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DERSU UZALA Y EL SOL EN EL BOSQUE
Por Esteban Ierardo
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Mansik
Munzuk protagonizando a Dersu Uzala, el memorable cazador que
anima un gran film de Akira Kurosawa. |
El
cine de Akira Kurosawa es el más conocido referente del cine
japonés en Occidente. Dentro de la vasta filmografía
del artista de la pequeña y vigorosa isla del Lejano
Oriente, Dersu Uzala es uno de sus films más entrañables.
A comienzos del siglo pasado, Vladimir Arseniev, un explorador
ruso, geógrafo y capitán del ejército, se encuentra con un vivo exponente
de la sabiduría arcaica, de la íntima relación con el bosque
y los ritmos naturales: el cazador Dersu Uzala. En 1923, Arserniev
publica un libro sobre sus viajes, durante los cuales conoce
a Dersu. No podía imaginar entonces que sus recuerdos serían
luego el alimento para una de las obras de mayor poesía y
humanismo en la historia del cine de autor. Aquí presentamos
un texto personal sobre el film de Kurosawa y sobre la perdida
cosmovisión de un solitario cazador.
E.I
DERSU
UZALA Y EL SOL EN EL BOSQUE
Por
Esteban Ierardo
La
lluvia ha besado los árboles. Muchas veces. Las plantas
han crecido por la alianza con el sol y el agua. En una cavidad
de la tierra, en un día recorrido por el viento, el cazador
fue enterrado. Y, lentamente, el hombre de los muchos días
de caza se unió con el suelo.
Y,
varios años después, Arseniev llega a buscar la
tumba del amigo, del cazador, de Dersu Uzala. Ninguna lápida,
ninguna cruz se alza sobre un montículo olvidado. Donde
antes se encontraba la tumba ahora unas sierras rugen, los árboles
son arrasados, y nuevas casas aparecen. Sobre el descampado
crecen rápido los tentáculos de ventanas y puertas
de una ciudad.
Una
vez, dentro del bosque, se encontraron Arseniev, hombre de la
civilización moderna, y Dersu Uzala, el cazador hijo
del bosque y hermano del agua y el sol. La
historia del singular cazador de la taiga siberiana sobrevive en los relatos de Vladimir Arseniev y sus exploraciones,
editado en 1923 (1). Arseniev, un cartógrafo, geógrafo,
científico, que, como capitán del ejército
ruso realizó labores de exploración y relevamiento
topográfico en una región de Siberia (2). Durante
su labor, se encuentra con un cazador, Dersu Uzala, quien, al
advertir el acecho de los soldados, grita: "¡No disparen!
¡Soy gente!". Luego, lentamente, nacerá una
amistad entrañable entre el capitán ruso y el arcaico
nómada del bosque. La particular amistad, que es también
el encuentro de dos mundos opuestos, inspirará luego
a Akira Kurosawa, el creador japonés de memorables obras,
en quien las fuentes de la historia y la literatura japonesas
(como en Rashomon (1950), inspirado en un relato de Ryunosuke
Akutagawa; Los siete samurais (1954); o Kagemusha, la sombra
del guerrero ( 1980) )
conviven con la incitación de la literatura rusa o shakespereana
(como en El idiota (1951), adaptación de la obra homónima
de Dostoievski, y Trono de sangre (1957) y Ran (1985),
versiones de Macbeth
y el Rey Lear respectivamente). Los sueños de Akira Kurosawa
(1990) y Rapsodia de agosto (1991) consolidan un reconocimiento internacional del cineasta del
otrora Imperio del Sol Naciente. Pero no siempre su cine fue
aplaudido. En 1970, Dodes'Ka-Den, la obra anterior a
Dersu Uzala (1975), fue un gran fracaso, que lo acercó
a la idea del suicidio.
En
1939, Kurosawa hizo un primer intento de filmar los recuerdos
de Arseniev en una locación diferente a los hechos recordados
por el explorador ruso en sus relatos. Comprendió que
esto era una falencia muy empobrecedora, por lo que abandonó
el proyecto. Sólo tres décadas después,
en 1974, realiza el film gracias al apoyo financiero de Mosfil,
el instituto oficial del cine en la ex Unión Soviética.
Al año siguiente, luego de su estreno, Dersu Uzala obtuvo
el Oscar a la mejor película de habla no inglesa. La
historia del encuentro entre el cazador y el explorador ruso
transcurre al norte de Corea y el este de Manchuria, en una
región recorrida por el río Ussuri. Dersu Uzala
(Mansik Munzuk) se convierte en guía de la patrulla rusa,
comandada por el capitán Arseniev (Yuri Solomin). Mediante
su milimétrico conocimiento de la geografía, el
cazador le permite a los rusos sumergirse, sin extravíos,
en la intrincada taiga.
Munsuk
protagoniza de forma magistral a Dersu. Actor de teatro tuva
(3), y él mismo cazador, recrea sin esfuerzo ni énfasis
pocos convincentes, la naturaleza rústica, simple y compleja
a la vez, del cazador, que pertenece a la tribu de los Hezhen
(4).
La
fotografía es especialmente destacable en el film. La
película es rodada casi en su totalidad en exteriores. La
centralidad de la naturaleza surge por medio de los travellings
y sus largos planos panorámicos. El mundo natural
es así exaltado en su presencia sobrecogedora, en
su lenguaje extraño, sugestivo y misterioso.
En la historia del arte anterior a la aparición de la
imagen fílmica, el paisaje y su poder expresivo es territorio
de la pintura, desde los holandeses en el siglo XVI, hasta el
paisajismo japonés representado por Sesshu o Hokusai.
En el arte cinematográfico, Sokurov en Madre e hijo
(Mat i syn, 1997) revela exquisitas imágenes,
de filiación pictórica, e inspiradas en la pintura
de la naturaleza del romántico alemán Kaspar David
Friedrich. En los films de Terrence Malick, en La delgada
línea roja (The Thin Red Line, 1998) o El nuevo
mundo (The New World, 2005), la presencia de la naturaleza
adquiere también un especial y poético influjo.
Asimismo, Robert Flaherty, el fundador del documentalismo,
supo trasladar a la memoria del celuloide la gravedad indecible
del paisaje y su relación con el hombre en su seguimiento de
los días y las faenas de un cazador esquimal y su familia en
Nanuk, el esquimal (Nanook of the North, 1922),
o en la filmación del combate y respeto entre los pescadores
y el mar en Hombres de Arán (Men of Aran, 1934). Y en Madadayo
(1993), la última obra de Kurosawa, su imagen final muestra
el sueño del profesor, que es el centro del film, donde un niño contempla extasiado las
nubes rojizas de un atardecer. Una visión que parecería el último
testamento visual de la convicción del artista japonés en cuanto a la
necesidad de que el hombre salga de su propio encierro y vea,
en un sentido poético y alerta, la naturaleza como un espacio cuya
contemplación estimula una forma más profunda de existencia (5).
Frente
al mundo natural, la reacción del hombre es compleja, y
puede expresarse mediante un movimiento triple: por un lado, la cultura se
proyecta sobre la presencia salvaje de la naturaleza para ordenarla
e integrarla a la civilización. En segundo término el
hombre puede idealizar la vida natural y entronizarla como esencia más
auténtica y, paralelamente, de forma velada, humanizar
la otredad de lo salvaje, como "el hombre de los osos"
que muestra un notable documental de Werner Herzog (6). Y también,
la respuesta puede ser una intensa y asombrada observación
de lo natural, que experimenta así la condición
primaria y superior de la naturaleza. La primera y tercera
posibilidad recién mencionadas, se reflejan
en el vínculo del explorador ruso y Dersu Uzala. Arseniev
explora la taiga salvaje para cartografiarla, para ubicar la
tierra en los mapas. Es el movimiento de proyección ordenadora de
la civilización sobre lo terrestre. Dersu encarna el
movimiento contrario. Es la salida de la primacía de
un orden humano sobre lo natural para compenetrarse con una
realidad pre-cartográfica y originaria. Y es en
el contexto de estas dos actitudes contrastadas donde se produce
el encuentro entre dos culturas, entre lo moderno y lo arcaico.
El
encuentro entre dos culturas puede significar la trasformación
de ambos términos de la relación, o de uno solo
de ellos. Tal vez es más factible la alteración
de la cultura que recibe o recupera algo ausente que es presencia
en la otra. En la cultura moderna y racionalista que representa
Arseniev y su formación científica, la apertura
emocional y la mirada espiritual de la naturaleza de Dersu es
ausencia. Estas cualidades del cazador invaden positivamente
la sensibilidad del capitán científico ruso. La
nobleza de Dersu, su carácter generoso y desinteresado,
es también una riqueza ética que, gradualmente,
infunde respeto y estima entre Arseniev y sus hombres.
Ante
los rusos, Dersu expone también su experiencia de la
naturaleza animista y premoderna. El animismo percibe una
fuerza viviente en cada presencia natural. Un rasgo perceptivo
que se manifiesta, por ejemplo, cuando el cazador y la patrulla
rusa se refugian de la lluvia. Las gotas del cielo parecen que
caerán largamente. Pero Dersu escucha los pájaros,
señal de que la cascada que se derrama desde lo alto pronto decrecerá. El sol está
próximo a reaparecer. Y los rayos solares efectivamente
penetran entre abiertos penachos de nubes. Dersu señala al sol.
Pero: ¿qué puede saber el cazador sobre el sol?,
sugieren los sarcásticos soldados. ¿Cómo
puede saber algo sustantivo sobre el fuego solar un nómada
primitivo de los bosques? Ese conocimiento sólo puede
estar reservado al conocimiento científico, capaz de
traducir su realidad en proposiciones de física, química,
o matemáticas. Pero Dersu se sorprende: "¿Es
que no han visto nunca el sol?". El hombre moderno poco
atiende a los fuegos celestes, o a las maravillas terrestres.
Su relación con los elementos, con el conjunto de la
naturaleza, suele estar mediada por sus conceptos, por sus representaciones
intelectuales, por una cosmovisión racional. El sujeto
así no percibe directamente el sol. La fuerza solar sólo
le entrega una definición, una idea. Pero Dersu percibe
la antorcha del cielo. Sabe que el sol está vivo,
y que de él depende la vida terrestre. Percibe su energía
vehemente y la venera. Su valoración de la naturaleza es efecto de
un continuo ver, de una alerta percepción de las fuerzas
naturales como entidades vivientes.
Y, paralelamente, frente a la riqueza natural, la mirada del
cazador cultiva un saber empírico, particular. Dersu
ve y descifra huellas, señales. Recoge información sobre
el deambular de animales o personas. Es rastreador. Dersu no
se distancia de las coronas vegetales del bosque mediante cálculos
matemáticos o teorizaciones filosóficas. El cazador
convierte a la tierra y sus rastros en textos a descifrar,
en tejidos sutiles de evidencias físicas a interpretar.
La lectura empírica de señales que surge con las prácticas
de caza deriva en las particulares habilidades de rastreadores
y baquianos de diversas culturas donde el hombre no ha roto
todavía la empatía con su entorno geográfico
(7). El cazador sabe de forma inductiva. Va de lo particular
a lo general. Observa las señales escritas en lo físico,
en lo material. Dersu es heredero del ancestral saber de los
cazadores paleolíticos, "saber indiciario"
en la denominación de Carlo Ginzburg (8).
La
viva apertura a la diversidad empírica de la naturaleza
se expresa asimismo en las sofisticadas taxonomías de las propiedades
de vegetales, minerales, o animales, que elaboran muchas culturas
arcaicas. El exhaustivo conocimiento de lo particular es el
centro de una "ciencia de lo concreto", es el eje
de un "pensamiento salvaje", tal como lo sugiere una
célebre investigación de Levi-Strauss (9).
Dersu
Uzala vive dentro de la sacralidad de la naturaleza. Su experiencia
manifiesta un aspecto importante del cine de Kurosawa y, más
profundamente, de la cosmovisión del sinto, de
la antigua religión del Japón. Para la religiosidad popular
y ancestral japonesa, anterior a la llegada del budismo desde
la India y China, toda la naturaleza está habitada por
los kamis, espíritus que habitan en el bosque,
las montañas y las aguas (10). Ninguna textura de la materia
late fuera de una energía divina. En este universo de
presencias sagradas, el hombre es actor invitado, no protagonista
principal. Una experiencia que se trasluce en "La aldea de los molinos de agua", el último sueño en Los
sueños de Akira Kurosawa, donde un viejo anciano le expresa a un
joven visitante de su arcádico hogar la cosmovisión ancestral que
busca vivir dentro del equilibrio natural, y que evita así toda
violencia sistemática sobre el entorno. Una situación opuesta a la cultura moderna
que, desde las grandes ciudades o el sujeto racional, pretende
ser el centro que domina y racionaliza la naturaleza.
El
saber empírico del cazador ancestral, y de Dersu Uzala
como su encarnación particular en los relatos de Arseniev,
es también hermandad entre el hombre y la naturaleza.
Las culturas antiguas humanizan o personalizan el entorno natural.
Para Dersu, el fuego, el agua, el aire, son "gente".
Al fuego no se lo debe enojar porque podría incendiar
luego el bosque. Y con los animales se puede hablar (11). El
cazador persuade a un tigre para que se aleje cuando persigue
a la expedición. Lo "convence" advirtiéndole
que los soldados podrían matarlo con sus letales armas.
Pero en la segunda aparición del bello y amenazante felino,
el cazador dispara, seguramente preocupado por la seguridad
de su amigo Arseniev. El tigre escapa veloz. Pero Dersu cree
que lo ha herido mortalmente, y si el animal no ha caído
abruptamente es porque el tigre corre hasta morir. El cazador
ha violentado así al Espíritu del bosque, a Canga.
El tigre agredido vendrá en su debido momento para cumplir
un necesario castigo que restablezca el orden dañado.
Desde entonces, el cazador se siente sentenciado. Su seguridad
y regocijo se desmoronan; pierde gradualmente su aguda puntería
de cazador (la que demostró antes cuando, ante la patrulla
de soldados, acertó con un perfecto disparo a una cuerda
de la que pendía una botella). La armonía con
la vida natural colapsa en el propio representante de esa experiencia.
La
conciencia del cazador de los ritmos y señales de la naturaleza
aflora también en la lucha contra la violencia de las
fuerzas naturales. La escenificación de ese combate acontece
en la dura experiencia que Dersu comparte con Arseniev sobre
un lago helado. Desorientados por el golpe de susurrantes ráfagas,
el cazador y el geógrafo se pierden en una planicie helada.
El día se acorta. El sol desciende hacia una gruta nocturna.
La noche llegará implacable, con su puño de frío,
y sus lanzas de viento. La única oportunidad de sobrevivir
es crear un refugio de paredes sólidas. Con velocidad
desesperada, los dos atrapados cortan juncos y construyen un
pequeño recinto protector. La contienda entre el hombre y los
elementos en el film recuerda la lucha con el mar en Moby
Dick, en Tifon de Conrad, o el recuerdo de su combate
con la tormenta patagónica de Saint-Exupéry en
El piloto y las potencias naturales (12). Pero, en los
ejemplos recién mencionados, el hombre moderno sobrevive
gracias a alguna mediación tecnológica, gracias a la
manipulación de una embarcación o un avión.
En el cazador arcaico la supervivencia es consecuencia de un
aprovechamiento de los propios elementos de la naturaleza enfurecida.
Con
su saber ambiental Dersu salva al capitán de una muerte
segura. Una victoria que se repetirá luego, al ser sorprendidos
por un río torrentoso en una balsa a la deriva. La supervivencia
exitosa en el río o la planicie helada no aminora la
pequeñez del hombre dentro de una naturaleza muchas veces hostil.
La superioridad del mundo natural se expresa también
mediante la sugestiva e hipnótica magia del sol. En una
de las imágenes más emblemáticas del film,
en el ocaso, el sol fulge dentro de su rojo círculo en
las alturas mientras, abajo, avanzan, como pequeños testigos
de ese poder, los exploradores de un mundo aún no cartografiado.
La fragilidad humana, que el sofisticado mundo moderno olvida
y oculta, es subrayada por la abundancia de planos donde Dersu
y Arseniev aparecen diminutos y perdidos en el momento en que
los vientos arrecian sobre el lago congelado, y cuando el día
está a punto de extinguirse.
El
hombre puede sobrevivir más como concesión del
destino que por la imposición de sus fuerzas. Una situación
que se refleja también en los hombres perdidos en un
paisaje ártico en uno de los sueños del gran director
japonés (13).
Dersu
sobrevive por un conocimiento que brota de un vivir dentro
de la naturaleza. Pero este conocimiento siempre se impregna
de creencias y terrores ancestrales. Por eso, no duda de las
consecuencias fatales de su involuntaria agresión al
tigre. Sin justificación posible, ha matado la vida,
ha quebrado un orden, ha incurrido en el mal. A partir de ahora,
su vida no podrá ser sino una cuesta declinante. La historia
del cazador y el científico muestra en este punto una
doble pérdida del mundo arcádico de la armonía
con el entorno. La primera pérdida es la del propio Dersu
que, a consecuencia de su violencia sobre el felino, ha sido
expulsado del bien y el orden divinos del bosque. Y la segunda
pérdida de ese orden es la que, sin conciencia de ninguna
culpa, viven los exploradores modernos entregados a cartografiar,
a medir un resquicio de Siberia.
El
debilitamiento de la visión es el anuncio de un lento
proceso de castigo al que el Espíritu del Bosque somete al cazador.
Sus disparos no aciertan como antes en sus presas. Un venado
no recibe ya su dardo letal. Un guante sobre un rama tampoco
es traspasado. La desesperación se torna intolerable
para el cazador. Acepta, finalmente, la propuesta de Arseniev
de vivir en su casa, en Khabarovsk. Ningún tigre merodea
entre las paredes. Pero Dersu no puede olvidar el aroma de los
árboles. "¿Cómo pueden vivir dentro
de estas cajas?", pregunta perplejo a su anfitrión.
Y no puede comprender que el agua, generosa en su abundancia,
sea vendida dentro de la ciudad. El cazador clama por regresar
a su destino. Arseniev se compadece. Le obsequia un rifle moderno,
más preciso que su arma anterior; por lo que, aun con
"sus ojos malos", no podrá fallar.
Y
el cazador vuelve al bosque.
Alguien lo sorprende y lo mata para robarle su rifle. Para su
mentalidad arcaica, su muerte es el castigo mágico del
Espíritu del Bosque. Pero su deceso sólo es producto
de la exclusiva maldad del hombre.
Y
el topógrafo, el especialista en medir lugares, luego
de varios años, regresa al lugar de la tumba del cazador. El
amigo de un gran amigo no puede encontrar el montículo
donde, luego del entierro del cazador, clavó su báculo.
Ningún mojón indica la tumba. Porque quizá
Dersu no perdura ya en un sitio del bosque, sino en todos los
senderos de los árboles. (*)
(*)
Fuente:
Esteban Ierardo, "Dersu Uzala, y el sol en el bosque",
editado aquí de forma original.
Citas:
(1)
Ver Vladimir Arseniev, Dersu Uzala, Emecé, 1981.
(2)
Vladimir Klavdievich Arseniev (1872-1930). En Vladivostok, ciudad
donde vivió Arseniev existe actualmente un museo dedicado
a su obra como explorador. Arseniev fue explorador,
naturalista, cartógrafo. Bajo el servicio del zar, investigó
la región del río Ussuri, el "Lejano Este
Ruso", en la zona más lejana de la Rusia asiática.
Entre 1902 y 1908 emprendió tres expediciones. Su principal
medio de locomoción fueron sus propios pies. Sus guías
fueron cosacos y siberianos. En uno de estas exploraciones conoció
a Dersu Uzala, un solitario cazador. Desde entonces, una profunda
amistad unirá al científico y explorador ruso con el
hombre de costumbres ancestrales. Este vínculo ejercerá
en el resto de su vida una influencia determinante. Arseniev
narra sus viajes en Dersu Uzala, La Taiga del Ussuri.
Obra que le brindó gran popularidad en Rusia y en la
desaparecida Unión Soviética, donde su nombre
alcanzó proporciones heroicas.
(3)
Los tuvas son una nación en el sur de Siberia. Los tuvas
han desarrollado una peculiar forma de canto, llamado kh
öö meior khoomii, expresión que es la palabra
mongol para designar a la garganta. En este canto se emiten
dos notas al mismo tiempo; su sonoridad es aguda y gutural.
El canto de los tuvas es afín al animismo que impregna
la sensibilidad de Dersu. En un artículo del Scientific
American respeto al canto tuva y su componente animista
se manifiesta: "En Tuva, leyendas sobre los orígenes
del canto de garganta, afirman que el género humano aprendió
a cantar de tal modo hace mucho tiempo. Lo que intentaban aquellos
primeros cantantes era duplicar sonidos naturales cuyos timbres,
o colores tonales, eran ricos en armónicos, como el agua
caudalosa o vientos que susurran. Aunque la génesis verdadera
de canto de garganta tal y como se practica hoy en día, sea
oscura , la música de los pastores de Tuva, va conectada a una
antigua tradición animista en la que los objetos naturales
y fenómenos tienen alma o son habitados por espíritus.
Según el animismo Tuvan, la espiritualidad de montañas
y ríos se manifiesta no sólo por su forma física
y posición sino también por los sonidos ellos
producen o pueden ser hechos para producir por seres humanos.
El eco de una roca, por ejemplo, puede ser impregnado de impronta
espiritual. La gente puede asimilar el poder de algunos animales
imitando sus sonidos", en Theodore C. Levin y Michael E.
Edgerton, Scientific American, 20 de septiembre de 1999.
(4)
Esta tribu hablaba un lenguaje perteneciente a las lenguas manchú-tungús
de la familia de las lenguas altaicas. Actualmente, en China
es un idioma amenazado de extinción, dado que son muy
pocos los que aún lo emplean.
(5)
En esa última imagen de Modadayo un niño se oculta dentro
de una refugio de juncos. Es la situación del hombre encerrado
primero en sí mismo, en su hogar protector, lugar simbólico a su
vez del claustro materno. Y luego el niño sale afuera, y ve el
atardecer, aquello que está más allá de la propia pequeñez o del
autoencierro.
(6)
El inefable Werner Herzog realizó uno de sus más especiales
documentales bajo el nombre de Grizzly man
(2005). El film es una edición libre de numerosas
cintas obtenidas por Timothy Treadwell, quien se entregó a la
protección de los osos pardos (grizzly)
del Parque Nacional Katmai, en Alaska. Durante 13 veranos
consecutivos Treadwell viajó a Katmai para "convivir"
con los osos y filmarlos. Su aparente relación idílica con los
animales salvajes concluyó en el verano de 2003, cuando un oso
se lo comió. Treadwell cometió el error de suponer un lengua
común entre el hombre y el animal; pretendió humanizar lo que
es esencialmente no humano. Detrás de esta actitud, que posee
muchos elementos posibles de análisis, se vislumbra la posible
manipulación de una imagen idílica de la naturaleza para
encontrar un refugio encantado, un lugar donde el hombre se
acercaría a algo más auténtico. Pero en esta idealización de
la proximidad con lo natural se agazapa seguramente la necesidad
humana de encontrar un sitio de mayor valor y consistencia que
la vida urbana dominada por la dispersión, el anonimato y la
incomunicación. Desde esta perspectiva, la relación de
Treadwell con la naturaleza está en las antípodas de la
experiencia del cazador Dersu Uzala, que no idealiza el espacio
natural sino que lo vive como un hogar donde siempre conviven la
poesía y el misterio con el peligro y la muerte.
(7)
Las habilidades del rastreador o el baquiano surgen en diversas
culturas o personajes fuertemente integrados a su entorno natural.
Por ejemplo, es célebre la descripción de las
artes perceptivas del baquiano en el Facundo, del gran
escritor argentino Domingo Faustino Sarmiento. El baquiano recuerda
y sitúa en su justo sitio las rocas, árboles,
ríos o arroyos que laten en las montañas, llanos,
o selvas. El recordar del baquiano es microscópico. Es
capaz de reconocer una roca particular entre miles de rocas,
un exiguo arroyo entre cientos de angostas corrientes de agua.
Su pensar es afín a la adivinación, a la rabdomancia.
Es una inteligencia sensitiva. Siente cada forma del terreno
y la ubica con exactitud en el todo de un mapa general. El baquiano
puede sin dudas elegir el camino correcto entre muchas otras
opciones equivocadas.
(8)
Ver Carlo Ginzburg, Mitos, emblemas, indicios. Morfología
e historia, Barcelona, Ed. Gedisa, 1994. Tener en cuenta
principalmente capítulo "Indicios. Raíces
de un paradigma de inferencias indiciales".
(9)
Ver Levi- Strauss, El pensamiento salvaje, México,
Fondo de cultura económica.
(10)
Según Riviere el sinto es "palabra que significa
"el camino de los dioses", y que los japoneses oponen
al butsudo; "el camino del Buda". Fue un animismo
generalizado, no sangriento, en contraposición a las
formas similares de África o de la América precolombina;
el sinto cree en la activa existencia de múltiples fuerzas
invisibles, dioses locales, genios protectores, espíritus
de las cosechas, del hogar, de los antepasados y de los parientes
fallecidos, fuerzas de la fertilidad, de la generación
de la vida, poderes que mueven tanto al cosmos como a los humildes
objetos. Estas fuerzas no están individualizadas ni personalizadas;
son los kami, representaciones de todo lo sagrado. El universo
fue creado por los tres kami, nacidos sin progenitores, y por
una jerarquía descendiente que recuerda los eons gnósticos;
los kami se multiplicaron y se hallan presentes en todas las
actividades de la vida diaria del japonés. Su culto forma
el sinto, la religión nacional, muy viva todavía
en el país. Hasta 1945, el emperador era venerado como
descendiente de la diosa del sol, Amaterasu-o-mi-kami, "el
kami, gran iluminador del cielo", en Jean Riviere, El
arte oriental, Biblioteca Salvat.
(11)
San Francisco de Asís, en el contexto del cristianismo
medieval, también personalizaba los elementos e instituía
con ellos una relación de hermandad. Uno de sus sermones
más famosos es "el sermón a los pájaros",
que fue recreado por el Giotto en sus frescos en la Iglesia
de Siena dedicados al predicador que se acercó a una
mirada paganizante o panteísta de la naturaleza. Lo mismo
que Dersu, San Francisco percibía al fuego solar como
entidad viviente y hermana, tal como surge también en
Cántico al hermano Sol: "Loado seas, mi Señor,
con todas tus criaturas, / especialmente el hermano Sol,/el
cual hace el día y nos da la luz", en San Francisco
de Asís, Leyendas de Amor y virtud, Buenos Aires,
ed. Errepar.
(12)
Ver Saint-Exupéry, "El piloto y las potencias naturales",
en Un sentido de la vida, Buenos Aires, Ed. Troquel,
1971.
(13)
Junto al ya aludido sueño de "La aldea de los molinos de
agua", en Los sueños de Akira Kurosawa, Kurosawa da expresión fílmica
a varios de sus sueños personales. El segundo de ellos
está dedicado a una tormenta de nieve. Un grupo de exploradores
se pierde luego de dejar su campamento. Los viajeros son rodeados
por una furiosa ventisca. Todos, uno por uno, van cayendo.
La mágica irrupción de un hada de la nieve da
ánimos al más enérgico de ellos. Y el cielo
se despeja y los hombres regresan a su campamento, un regreso
que acaso ocurre en una tierra situada en un más allá,
luego de la muerte.
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