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MÁS ALLÁ DEL
MAR
Sobre
"Dead man"
de Jim Jarmusch
Por
Esteban Ierardo
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Johnny
Depp en "Dead man", de Jim Jarmusch
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Jim Jarmusch nació en Akron, Ohio, en 1953. Su postura independiente,
su búsqueda de personajes y situaciones fuera del orden convencional
dotaron a su obra de un magnetismo especial. Luego de estudiar
literatura inglesa y norteamericana en la Universidad de Columbia,
se entregó al aprendizaje del cine. Recibió la influencia
de Nicholas Ray, pero siempre tuvo la certeza de que sólo
las películas son las escuelas de cómo hacer películas. A
través de su creación buscó revelar que el estilo de vida
norteamericano es una especie de "gran mentira".
La filmografía de Jarmusch incluye Vacaciones permanentes
(1982); Extraños en el paraíso (1984); Bajo el peso
de la ley (1986); Mystery train (1989); Noche
en la tierra (1991); Year of the horse (1997);
Ghost dog (1999). Y Dead man (1995), el film
protagonizado por Johnny Depp, la obra que motiva las reflexiones
que siguen a continuación.
E.I
MÁS ALLÁ DEL
MAR
Sobre
"Dead man" de Jim Jarmusch
Por
Esteban Ierardo
La locomotora agita sus cabellos de humo blanco. Corre
con el deseo de superar a los caballos salvajes. Los gritos
del tren ruedan por las praderas. Dentro de los vagones se acomodan
miradas, espaldas erguidas, cuerpos sedentes. Y un joven con
anteojos, un contador de Cleveland. William Blake. En su maleta
lleva una carta que le asegura un empleo en el fin del viaje.
Durante la travesía, Blake salpica sus ojos con los paisajes
que le entrega una ventana: montañas, árboles, largos tapices
de hierba, abandonados toldos de indios. El tedio empapa el
aire. Blake está ansioso por ver el cartel de Machine, del pueblo
donde terminan los rieles. Antes de la añorada meta final, lo
visita el fogonero, el hombre blanco, pero con un rostro ennegrecido,
el que hace el fuego en el corazón de la rugiente locomotora.
Un personaje misterioso que quiebra la monotonía de un tren
recorriendo las llanuras en el Estados Unidos del siglo XIX.
El visitante le habla a Blake, al contable de Cleveland, sobre
un enigmático viaje por mar, un paisaje quieto en el techo de
un barco que se mueve. Y le pregunta por su destino. La respuesta
es el pueblo de Machine, lo más lejano, lo que está al final,
en un borde, en un extremo, lo que muerde una entrada al infierno.
"¿Y por qué viajar hacia el infierno?", le reprocha
a Blake el hombre de rostro tiznado de negro; el fogonero que
viene de un otro lado donde reina el fuego infernal. Su reproche
es también un anuncio velado: el viaje de Blake pertenece ya
a una topografía no cotidiana. Allí, transcurrirá Dead man,
el film de Jim Jarmusch, de 1995.
William
Blake (Johnny Depp) arriba finalmente a Machine, lugar de las
máquinas, del pujante impulso industrial. Allí, acude a la metalistería
Dickinson, donde la carta que trae consigo le asegura un empleo,
un ancla de supervivencia y certeza en los confines, en el salvaje
desierto del Oeste. Mas su puesto ya tiene dueño, le anuncia
John Scholfield (John Hurt). Blake no puede impedir la frustración.
La árida sorpresa le vomita en la cara. Le sorprende el primer
hecho que escapa a su domino o comprensión. Es incomprensible
haber viajado hasta un extremo de la tierra con una certeza
para encontrarse luego con una inesperada decepción. Una carencia.
Pero Blake insiste. Demanda que la realidad responda a la lógica
de una planificación, que sea la continuación de un balance,
de una matemática segura. Insiste ante Dickinson (Robert Mitchum),
su supuesto empleador. Entonces, una escopeta enderezada hacia
sus ojos lo convence de que ya no vive en la tierra de logos,
del cálculo, del control y la previsión. A partir de ahora,
Blake será un espectador del tiempo como devenir extraño.
El destino es siempre extraño; el destino siempre es hilado
por las morias a espaldas de nuestra voluntad y comprensión.
Blake no comprende su expulsión de la metalistería. Y no comprende
su encuentro con Thel, una bella ex-prostituta; no comprende
su
rápido yacer con ella, cerca de sus senos de caliente miel.
Y no entiende la inopinada irrupción de Charlie (Gabriel Byrne),
su ex-novio, que se arrepiente por la ruptura, y suplica el
perdón femenino, la reinstauración del amor. Mas la mujer se
niega. El despechado dispara. Mata a Thel. Y Blake descarga
un balazo. Y no sabe cómo en el cuello del agresor estalla un
circular torrente rojo. Charlie cae muerto. Es el hijo de Dickinson.
Además
de no entender, Blake ahora aloja una bala en su pecho. Pero
ahora tiene al menos una nueva certeza: sabe que ha caído desde
los brazos de la ley hacia un valle oscuro. Debe huir. Su huida
nocturna lo sumerge entre bosques y montañas. En la claridad
del día, un indio lo encuentra. Lo auxilia. Lo libera de la
bala. Revisa sus pertenencias en busca de tabaco. Y le endilga
una definición válida para él y los de su estirpe: "¡Estúpido
hombre blanco!". Estupidez es no admitir la propia ignorancia
y fragilidad. Estúpido es sustituir la precariedad y la no comprensión
por una falsa seguridad del saber; estúpido es no percibir la
urdimbre rara y sagrada de las cosas. Y Blake no sabe, no entiende.
Es el que no puede escapar ya de la existencia incomprensible.
Willian Blake, contador de Cleveland,
no sabe. Y el no saber es desconocimiento de la propia identidad,
y de la vida extraña que envuelve a cada individuo con un aire
inasible.
Un indio es la nueva encarnación de lo otro, luego del
hombre blanco-negro del tren. Un indio gordo (Gary Farmer) será
la voz que lo guíe dentro de un anillo de revelaciones. El despliegue
de un largo camino de persecuciones, sorpresas y un regreso,
donde la música acústica de Neil Young construye una constante
atmósfera magnética.
El indio es Nobody, Nadie. En su juventud, fue capturado por
los soldados; fue convertido en una atracción circense en las
ciudades donde siempre había mucha gente blanca. Siempre la
misma gente. La multitud de cada ciudad se componía por distintos
individuos. Pero para Nobody eran una misma gente blanca, una
sola muchedumbre sin identidad. Eran nadie, como él,
como el indio Nadie, que cruzó el gran mar y fue
obligado a respirar en tierras inglesas. Allí, el destino extraño
le exigió abrir un libro, y leer poesías. Leyó unas palabras
poderosas. Y luego descubrió el nombre de su autor: William
Blake. Siempre recordará uno de sus versos: "Algunos
caen en dulce fortuna, otros caen en una oscuridad sin fin".
Luego de superar su perplejidad inicial, Nadie le asegura
al "estúpido hombre blanco", a William Blake, el contador
de Cleveland, que él es el poeta de la lejana isla británica.
El William Blake poeta y pintor del siglo XVIII, creador de
Las bodas del cielo y el infierno, es el mismo que acompaña
a Nadie. Para Nobody, las palabras y el ser coinciden. No puede
concebirse un nombre como significante móvil de varios
significados. Un nombre asegura la identidad. William Blake
no puede ser el nombre de dos individuos diferentes. Debe connotar
un solo sujeto que persiste en el tiempo. Blake antes fue un
poeta vivo; ahora, en el salvaje oeste norteamericano,
es Dead Man, un hombre muerto. Es peligroso viajar con
un hombre muerto, gatilla una sentencia de Henri Michaux, que
oficia de epígrafe del film. Y Nobody también posee su historia
singular que lo convierte en un ser tan raro como Blake. Ambos
son fósforos oscilantes de la vida extraña.
Al regresar de Inglaterra, Nadie recorrió tierras donde vio
humo, sangre y destrucción esparcidos en distintas aldeas indígenas.
Al volver con su pueblo, narró lo que vio. Gritó lo que vio.
Y lo llamaron "el que habla fuerte y no dice nada".
Un nombre que ya no era una identidad. El no decir nada merecía
una grave acusación ontológica. Para los suyos, Nadie no decía
la verdad. Entonces, sus palabras ya no eran el ser resonando
en las palabras. Había quebrado el continuun entre el
ser y su enunciación verbal. Por eso ya no era alguien.
Era nadie, condenado a vagar errante, como un nómada,
fuera del abrazo protector de su pueblo. Como el Ulises que
para engañar a Polifemo se llamó a sí mismo "nadie",
el indio parece enajenado respecto a su identidad. Pero
Nobody sólo ha debilitado su lazo con su tribu. No se ha separado
del ritmo de la verdad. Es aún la lúcida conciencia de un orden
sagrado. Nadie es quien sabe lo que Blake desconoce. Nobody
sabe que todo viaje no es errancia hacia ninguna parte. El viaje
verdadero es siempre hacia el origen.
Blake, Michaux, Nadie-Ulises, conciencia de un viaje de regreso,
incrustaciones de una textualidad literaria repetida en los
films de Jarmusch. Jarmusch, director de cine independiente
que, antes de los rodajes, estudió literatura inglesa y norteamericana.
Para él las películas son la única escuela de cine. Nicholas
Ray lo influyó de manera determinante. Además, su modo
de concebir los guiones suele dispararse no desde una idea previa
de una historia sino desde la irradiación del actor al que servirá
el relato fílmico. Jarmusch siempre pretendió
demostrar en sus films que el estilo de vida estadounidense
es un falso sueño. En este sentido, Dead man puede
ser percibido como una ácida increpación simbólica
de los vacíos y oscuridades del materalismo norteamericano.
L
La filmografía de Jarmusch incluye Vacaciones permanentes
(Permanent Vacation, 1982); Extraños en el paraíso
(Stranger than Paradise, 1984); Bajo el peso de la
ley (Down by law, 1986); Mystery train (Mystery train,
1989); Noche en la tierra (Night on Earth, 1991);
Year of the horse (Year of the horse,1997); Ghost
Dog. El camino del samurai (Ghost dog,1999). En esta
última obra, Ghost dog (Forest
Whitaker) es también el sujeto
de un destino singular, el que vive fuera de las normas, en
un mundo propio de valores ancestrales de raíz oriental. Es
un particular y aislado samurai negro y norteamericano, atado
a indisolubles lazos de fidelidad a un mafioso. A diferencia
de Blake-Depp, es el que sabe, el que es conciente de su peligrosa
diferencia y extrema singularización dentro de la masificación
contemporánea.
Y Nadie y Blake se sumergen en el bosque. Topografía simbólica
de una travesía en el más
allá, descenso a un nivel otro de lo real, al infierno
anticipado por el fogonero, por el blanco del rostro jaspeado
de oscuridad. El fogonero era la primera presencia de saber.
Él sabía que el que parecía un solemne contable era en realidad
el poeta que volvía, el Blake, que, antes de su viaje por tren,
había surcado el mar para llegar al oeste de América. Y lo infernal
abierto por la dupla sapiente indio-fogonero no es lugar de
un castigo eterno. Es el escenario de las pruebas y obstáculos
finales hasta el salto hacia la fuente de la que proceden los
espíritus. Como en tradiciones ancestrales, Nadie es psicopompo,
es el que guía al alma de un muerto en pos del origen del Gran
Espíritu.
Y
Blake, poeta inglés, Blake, contador de Cleveland, deviene involuntario
asesino de hombres blancos. Junto a Nodody, mata a unos
estrafalarios individuos que acampan en el bosque y que comen
alubias. Cerca de una hoguera, mata a Sally Jenko (Iggy Pop),
y a Big George (Billy Bob Thornton); mata a dos ayudantes de
sheriff, ambos tonsurados, de lisas y albas cabezas, impregnación
blanca y espectral de seres sumergidos en el otro mundo, en
el reino de los muertos.
Blake, poeta-criminal, viaja sin saber el origen misterioso.
Su rostro luce ahora una pintura aborigen, señal de su
reciente lazo con la sabiduría india. En el film de Jarmusch
subyace la dicotomía saber indígena-ignorancia blanca (el fogonero
es la única excepción a la estupidez del hombre matador de indios
y búfalos). Lo vivido por Blake no pertenece ya a la lógica
occidental. La realidad recorrida no es la de la claridad racional.
El viaje fluye a través de una geografía arcaica, de una tierra
de símbolos, donde la naturaleza no es idea ni ley matemática.
Sólo el indígena comprende esta región más primaria del espacio
y la materia. Nobody comprende los signos del orden sagrado.
Blake, el poeta, también comprendía el ritmo sacro del universo.
Pero la poesía se aturde y extingue en la modernidad industrial.
El Blake que conocía sutiles y poderosas potencias poéticas
sucumbió al materialismo calculador y capitalista. El poeta
Blake murió en el anti-Blake contable, en el pasivo hijo de
la época mercantil; y es ahora el hombre muerto que le asegura
a Nadie que nada sabe de poesía. El hombre muere no por la disolución
de su cuerpo, sino por la muerte de su conciencia.
Nobody guía al poeta caído, decapitado por la amnesia, al que
padece la muerte de su identidad originaria. Lo guía hacia su
patria perdida. Y para volver al origen de la conciencia se
necesita de un cruce. De un atávico paso al otro lado. Para
la imaginación mitológica, el agua es el gran puente. Más allá
del mar brotan las luces del cielo. Nadie, la sensibilidad arcaica,
revela al blanco sin conciencia el lugar simbólico del cruce:
un espejo de agua, el mar que se extiende hasta donde se encuentra
con el cielo radiante. Allí, refulge la patria de todos
los espíritus.
La
claridad sobre la meta, y el puente hacia ella, le es dada a
Nobody por su comunicación
con la fuente de todo. Ante el Blake poeta-contador, Nadie consume
peyote. Comida sagrada. Alimento de los dioses. Fermento ritual
que asegura la visión sagrada del Gran Espíritu. El ser sólo
es visible a través del estado visionario, a través de una sucesión
de imágenes más poderosas que la lógica. Y Blake pide el peyote.
Quiere experimentar por sí mismo. Pero Nadie le niega la comida
del espíritu. Su conciencia extinguida de hombre muerto no podría
soportar el estallido de la visión.
Blake regresa sin saber a la fuente y se aleja de la civilización
blanca, sin conciencia del Gran Espíritu. Pero el civilizado
sentido de utilidad lo persigue, husmea sus huellas mediante
tres matones contratados por el Sr. Dickinson. Los cazadores
de recompensa son un joven negro, Conway Twill (Michael Wincott),
y Cole Wilson (Lance Henriksen). El cazador de color caerá pronto
bajo una bala de Wilson, el que, a la muerte de la conciencia
espiritual, le agrega la insensibilidad absoluta. Es el exponente
de un canibalismo desritualizado. En las culturas arcaicas,
un animal o un ser humano sacrificados configuraban un deslizamiento
ritual hacia una identificación simbólica con alguna fuerza
divina. Los sacrificadores aztecas comían la carne del sacrificado
que representaba a un dios. La comida ritual era una forma de
espiritualización. Comer la carne de un valeroso guerrero vencido,
asimismo, era un intento de asimilar su coraje. Twill le asegura
al negro que Wilson violó y mató a sus padres, para luego comerlos.
Comida caníbal ya no como rito elevador o absorción de
cualidades poderosas de un otro, sino como voracidad sanguinaria,
como estallido de una violencia cuyo placer se enajena de toda
referencia trascendente. Wilson, el caníbal, encarna una triangularidad
de la violencia profana: la liberación malsana del odio, el
placer de matar y absorber lo muerto, la ambición sin el freno
de ninguna ética humanista. El único principio es el egoísmo
calculador. Wilson calcula. No quiere compartir la eventual
ganancia de la recompensa con los demás. Twill lo harta. Y es
carne fresca. Wilson detiene entonces su aliento. Y calienta
y mastica sus restos, se regodea una vez más en la placentera
absorción de la muerte. Repetición del placer de la perversidad
caníbal. Y avidez por destruir todo lo que remita a algo sacro.
Durante su involuntario aprendizaje asesino, Blake le preguntó
a los ayudantes de sheriff que lo perseguían: Do you know
my books? Como refucilazos de una memoria oscura, el criminal
Blake recordaba su pasado como poeta, como hombre oficiante
de una celebración laica de lo sagrado. Pero luego llegan Wilson
y Twill. Encuentran a los dos calvos abatidos. La cabeza
de uno de ellos yace sobre una mata circular que parece coronarlo
con el aura de un santo. Wilson, caníbal moderno, salvaje de
la civilización sin dios, reacciona con odio. Pisa la cabeza
que evoca lo sacro. Siente de nuevo el goce por lo muerto.
Sólo desde una mirada de superficie, Wilson es un cazador de
recompensas. En realidad es el tentáculo de lo más oscuro del
tiempo moderno, que puja por detener al Blake que viaja hacia
una forma de existencia arcaica, extraña y preñada de redención.
Lo moderno hipócrita exalta la igualdad. Pero la sociedad moderna
real es una ríspida trama de desigualdades. La supuesta superioridad
blanca desprecia lo distinto de sí. Un blanco, aun el más estúpido
y caníbal, siempre será mejor que un indio. Nadie y Blake llegan
a una despensa de un presunto sacerdote en el bosque. Allí,
Nobody recuerda que se vendían mantas infectadas de viruela
a sus hermanos. Para el discurso cristiano del vendedor la llegada
del indio es la pagana presencia infernal. Nobody conviene que
su declamada fe es enemiga de su cosmovisión ancestral.
Y el vendedor sacerdotal no quiere vender tabaco a Nadie, pero
no duda en ofrecérselo a Blake; y no duda en pedirle
un autógrafo al criminal, al asesino
de blancos. Blake es superior al indio. Merece el placer de
un buen cigarrillo. Pero el dinero ofrecido por Blake es superior
a Blake. El despensero, que antes invocaba al Dios invisible,
no resistirá entonces la tentación de la deidad más terrenal
del oro. Quiere capturar la apetecida recompensa. Con una bala,
Blake fulmina el brote de su ambición. Pero, a su vez, afuera,
al perseguido contable de Cleveland le espera la bala de un
agresor inesperado y escondido.
Comienza la sangría final del poeta-criminal. Antes, su carencia
era el no saber, la no-conciencia; ahora también sufre la decadencia
física, el lento murmullo de una salud corporal que huye. La
doble muerte del hombre muerto: la debilidad del cuerpo y la
extinción de la conciencia del ser.
Nadie lleva
a Blake a una aldea de su pueblo.
Va allí para pedir una canoa. No es la petición de un objeto
práctico, de un sentido únicamente
utilitario. Nobody pide un vehículo sagrado para el acorde más
sutil del viaje hacia la fuente. Nadie habla con los
ancianos. Se reúne en secreto con ellos dentro de un recinto
ritual al amparo de imágenes totémicas, representaciones de
antepasados, reverberaciones de la sabiduría ancestral que
venera al Gran Espíritu.
Lo pedido es concedido. Entonces, en las orillas de un mar,
Blake se acomoda sobre la canoa, sólo destinada a él. Nadie
anuncia a su protegido que es momento de regresar a la patria
olvidada. "¿Volveré a Cleveland?", pregunta el abatido
hombre fuera de la ley. Blake, poeta y criminal, aún persiste
en su no saber. Aún, a pesar de no comprender, avanza hacia
su cima solitaria. Navega hacia ella impulsado por Nadie.
Y flota tenue la madera. La canoa, cubierta con ramas de cedro.
Y, como siempre, Blake contempla. Es espectador de lo que no
comprende. Atrás, en la playa, la voracidad caníbal de lo moderno
llega para un último intento por retener al Blake que se
aleja. Y vuelve. Pero Wilson recibe una bala de Nadie. Y Nobody,
a su vez, concluye su misión de guía por una bala de Wilson.
Y Blake, el hombre muerto, se desplaza con un suave susurro
sobre el sendero líquido. Lo muerto, lento renace. Y recuerda,
de a poco, un comienzo profundo. Una luz olvidada arde. Y la
canoa del poeta-criminal se mece sobre las aguas. Más allá,
el mar termina. Y allí, el poeta cantará. De nuevo. Desde de
su primera patria. (*)
(*)
Fuente: Esteban
Ierardo, "Más allá del mar. Sobre 'Dead man ' de Jim
Jarmusch", editado aquí de manera original.
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