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LA
REVOLUCIÓN ESQUIVA
Reflexiones
sobre el Danton de Andrzej Wajda
Por Esteban Ierardo
Parte de la Revolución Francesa es recreada por el gran
director polaco Andrzej Wajda en su Danton (1983). Danton,
brillantemente interpretado por Gérard Depardieu, es el principal
enemigo político de Robespierre, aunque antes fueran aliados.
En el contexto del llamado Terror del Comité de Salvación Pública,
Danton cae finalmente bajo el filo de la guillotina.
En
el centro del film se aloja la interrogación sobre el éxito
o fracaso de lo revolucionario, y la peligrosa repetición de
la tiranía.
En el texto que sigue a continuación reflexionamos desde el
cruce entre cine, historia y política, desde el conflicto Danton-Robespierre,
y la lucha por los ideales republicanos y revolucionarios.
E.I
LA
REVOLUCIÓN ESQUIVA
Reflexiones
sobre el Danton de Andrzej Wajda
Por Esteban Ierardo
I
La revolución crea sueños. Ilusiones y frustraciones.
O quizás peldaños hacia un aire más digno. Wajda, el gran creador
polaco, desciende dentro del vendaval revolucionario en su Danton
(1983). Un ejercicio de cine histórico que evidencia a un cineasta
capaz de traducir la historia en eficaz narración visual.
Wajda, hijo de un oficial de la caballería polaca
que muere en la lucha contra los alemanes en la Segunda Guerra
Mundial. Ya en sus primeros años, conoce de cerca los
ojos sin luz de la tragedia. Combate como adolescente contra
la ocupación de su patria. Y presencia la sublevación de Varsovia.
El gobierno polaco en el exilio da la orden para el levantamiento,
para expulsar a los alemanes antes de la llegada de los rusos.
El propósito es negociar en mejores condiciones con los
soviéticos, seguramente deseosos de ser los nuevos regentes
de Polonia. Pero los alemanes cuentan aún con mucho poder
de fuego. La sublevación es derrotada. Los sobrevivientes polacos
se refugian en los canales, en las cloacas. Este drama inspira
la primera
y notable obra importante de Wajda:
Kanal o La patrulla de la muerte (1957). Los pocos
que se atreven a salir de sus madrigueras subterráneas son rematados
o capturados. Los otros, tratan de encontrar alguna incierta
salida, entre el miedo continuo al gas que los alemanes pudieran
verter a través de las alcantarillas; o exhalan sus gemidos
de dolor, o dan sus últimos suspiros, entre la densa soledad
y la oscuridad, rodeados de estiércol y desesperación.
La guerra como prolongación del infierno dantesco. Kanal
es tal vez uno de los más estremecedores descensos
a lo infernal en la historia del cine.
Lo
bélico y lo trágico, la historia cercenada por el sable del
conflicto y la muerte: la gran fuente inspiradora del creador
polaco. Que vuelve al trasfondo de la guerra en un estimado
film: Cenizas y diamantes. En el asalto a Monte Cassino
(1) miles de jóvenes soldados polacos son usados como carne
de cañón por el Alto Mando aliado; son enviados en primer
línea para debilitar la dura resistencia alemana. El film se
sucede luego de aquellos trágicos hechos. A veces, cuando
la imagen ambiciona captar una emoción turbulenta se
sublima en expresión simbólica. Una imagen-símbolo
crucial del cine de Wajda es la del joven protagonista del film
que siempre lleva anteojos oscuros como señal de luto
por los muertos de su país en la guerra, y que enciende
copas de vodka como una evocación de varios viejos amigos
y compatriotas caídos en combate. El fuego como símbolo
del idealismo juvenil finalmente cegado por la muerte.
El cine de Wajda se nutre de lo trágico histórico de
su patria. Pero resuenan en él también los conflictos
de su propio tiempo. Wajda adhiere entusiasta al sindicato Solidaridad
de Lech Walesa; y construye un díptico fílmico para celebrar,
desde la imagen, el progresismo sindicalista polaco. El hombre
de mármol (1976) es una ironización sobre la construcción
de los héroes trabajadores de la época stalinista. Luego, en
El hombre de hierro (1981), el propio Walesa se representa
a sí mismo como líder de la resistencia sindical contra
los últimos coletazos de la opresión soviética representada
por el declinante régimen de Jaruselski.
El bosque los abedules, o La línea de sombra,
inspirada en el clásico de otro polaco, el célebre y profundo
Conrad, son otras de sus obras memorables; sin olvidar
Sin anestesia o
Director de orquesta.
En Wajda, la simbiosis de historia, tragedia y
compromiso político se unen con una expresión estética formal
de fuerte plasticidad pictórica. Antes de sus estudios sobre
cine, Wajda estudia Bellas Artes en Cracovia. Lo mismo que Greenaway
o Rohmer, o el Sukurov de Madre e hijo, en su cine la
imagen aspira a la composición pictórica.
El cruce entre actualidad y política promovió
una crítica habitual de Danton después de su estreno.
Desde un anacronismo histórico, Danton es asimilado con Lech
Walesa y sus ideales humanistas. Y Robespierre con Jaruselski,
el frío y dictatorial líder de un régimen moribundo.
El propio director subscribe parcialmente esta exégesis
al conceder que Danton podría ser vinculado con los ideales
de la democracia occidental contra la dictadura de los países
del Este.
Danton es el hastiado por el derramamiento de sangre, que se
sumerge en una autocrítica; en el remordimiento y la exhortación
a la compasión.
En 1983, en el Festival de Teatro de Nancy, se representa
La muerte de Danton, del célebre dramaturgo alemán George
Büchner (autor también de Woyzeck, trasladada al celuloide
por Herzog). Robespierre es entonces fatalmente asociado con
Stalin, y Danton es lo otro político, el antagonista
peligroso que es eliminado a la manera de Trosky.
II
Danton inicia su narración fílmica desde
el presupuesto de una revolución ya en marcha. En el siglo XVIII,
Francia es estrangulada por el antiguo régimen, por el sistema
monárquico absolutista en su punto de extremo paroxismo.
La sociedad francesa es continuación del rígido sistema feudal,
estamental, inmóvil, rígido. Su estructura es tripartita. El
tercer estado lo constituye el clero, dueño del 10% de las tierras
y con el poder del diezmo sobre los campesinos (2); el segundo
estado es la nobleza que posee el 30% de las riquezas y vive
exenta de impuestos como parte de sus tradicionales privilegios.
El tercer estado o estado llano, usina de lo revolucionario,
es integrado por burgueses, el campesinado y los obreros (3).
En la cúspide del desigual organismo social
brilla la prepotente estampa del soberano. Luis XIV es su más
claro exponente. El rey sol. El que gusta aclarar: "El
estado soy yo". Luis XV su sucesor, aumenta la propensión
cortesana hacia el fasto, los gastos desaforados, la vida ociosa
y frívola. Son los tiempos de la influencia de la sibarita marquesa
de Pampodour (precursora en este sentido de María Antonieta)
y el preciosista y ornamental estilo rococó, con sus
vistosas molduras doradas y la aristocrática pintura de Jean
Antoine Watteau.
Luis XVI, el monarca que entregará
su cabeza como compensación de la larga opresión cortesana
sobre la multitud, ocupa el trono en 1774. Los historiadores
acuerdan en destacar su carácter poco enérgico e inteligente.
Mientras tanto, las cosechas de trigos fracasan. El pan escasea.
Su precio aumenta. Los depósitos reales lo acaparan para el
bienestar palaciego. El hambre carcome al pueblo. La ira y desprestigio
de la corona es mayúsculo. Para subsanar en algo la situación,
el monarca convoca al economista Turgot, que pretende (en un
arrebato de ingenuidad) cobrar impuestos proporcionales a las
riquezas. Entonces, lo obvio: es expulsado por la nobleza. Y
Necker, un banquero ginebrino, la segunda opción de emergencia
que, por primera vez, aunque con datos equivocados, promulga
un Presupuesto Nacional.
Entonces, el rey finalmente rehabilita una vieja ficción de
co-participación del poder entre el estado monárquico y los
otros estamentos sociales: los Estados Generales (4). Este especial
organismo deliberativo se reúne el 5 de mayo de 1789, en Versalles.
Pero la decepción rápido cunde. En su discurso inaugural, el
rey aclara que las deliberaciones no pretenden ninguna reforma
estructural del gobierno monárquico o del sistema impositivo.
Entonces, los miembros del tercer estado se congregan
en el amplio recinto de un frontón abandonado y, entonces,
mediante el célebre Juramento de la Cancha de Pelota,
se constituyen en Asamblea Nacional; que se atribuye poderes
constitucionales. Y desde entonces se inicia las constelaciones
de estallidos y erupciones de política y sangre que amasan la
escena revolucionaria: la
Declaración de los Derechos del Hombre y el Ciudadano;
la abolición de los privilegios; las orientaciones políticas
en la Asamblea (5); las arremetidas contra el clero; el fallido
intento de fuga del monarca, su captura en Varennes (6) y su
final en la guillotina, en 1793; la creación de la Comuna
de París y de la Guardia Nacional liderada por el marqués
de La Fayette; la aparición de la bandera tricolor (7).
Para la compresión del tembladeral de pasiones que atraviesan
el film, es especialmente importante la acción de los clubes
políticos. Por un lado, los jacobinos, de tendencias
radicalizadas, capitaneados por Robespierre; y los Cordeleros,
encabezados por Danton, Desmoulins, Hébert, y Marat,
el famoso autor del periódico El amigo del pueblo.
La Asamblea se convierte finalmente en Convención y suprime
la monarquía. Comienza la República, y se pretende
reiniciar la historia. Por eso se habla del año I de
la República. En el centro del gobierno republicano Danton
crea el Tribunal Revolucionario; y luego surge el Comité de
Salvación Pública, bajo la esfera de Robespierre.
En esta situación, la República, como reino de la igualdad,
comienza su postergación. Antes de la igualdad, actuará
el filo que desmiembra las cabezas, inocentes o culpables (8).
III
La versión de Wajda de Danton se basa en una novela
de Stannislawa Przybyszewska. Y la
acción se inicia en el año II de la República
(1794).
Cuando el film comienza su penetración en el conflicto Danton-Robespierre,
estalla una tormenta de egos e ideas.
La
mirada histórica que atraviesa la revolución francesa en
Danton es dominada por un duelo de personalidades. Colisión
de psicologías y de concepciones opuestas en cuanto a la acción
política revolucionaria.
Camile Desmoulins, el instigador de la sublevación
que conduce a la toma de la Bastilla, inicio formal del proceso
revolucionario, escribe desde el Viejo
Cordelero,
y ataca a Robespierre (Wojciech Pszonozk). Lo acusa de tirano,
de cercenar la libertad de prensa. El volcán del desacuerdo
se enciende. Y la lava no podrá ser contenida, aunque Danton
(un magistral Gérard Depardieu) lo intente. Su intento: una
negociación directa, una audiencia privada con Robespierre.
Destinada al fracaso político y a subrayar las distancias inseparables
entre dos personalidades. Danton se autopercibe con "el
hombre del pueblo" por su especial protagonismo en los
sucesos del 10 de agosto de 1792, cuando encabezó el asalto
popular de las Tullerías (9). Es el hombre de la acción. El
realista. El que descree de todo idealismo platonizante. La
revolución
debe adecuarse a las fronteras de lo posible, y escapar a la
seducción de ideas que brillan como engañosos diamantes en un
cielo ideal. Es también quien, aunque ensalce lo popular,
gusta de un lujo de fibra aristocrática. De ahí
su refinado esmero en la decoración y los manjares dispuestos
en la mesa del salón acordado para el encuentro. Por
el contrario, Robespierre es la voz del idealismo rígido. De
la austeridad indiscutible. De una discreción en su modo de
vida sólo compensada por su interés excesivo por la apariencia
personal, sus pelucas empolvadas, sus modales y lenguaje refinados.
En términos históricos, un contraste quizás con aristas semejantes
a las de Bruto y Marco Antonio. A nivel fílmico, otra oposición
de caracteres fuertemente diferenciados se evidencia, por ejemplo,
en el repetido choque de espadas de los oficiales de la caballería
napoleónica en Los duelistas, de Rydell Scott, con la
oposición entre Gabriel Feraud ( Harvey Keitel) y Armand D’Hubert
(Keith Carradine).
La energía dimanada en el film por el duelo
de personalidades explica para algunos el deficiente rigor histórico
del film. Se señala que los hechos de la revolución son presentados
en cierto vacío contextual. No se menciona con el suficiente
énfasis que, mientras Robespierre y Danton disputan, una primera
y fuerte coalición, encabezada por Austria y Prusia, se levanta
contra Francia.
Las monarquías europeas, como forma de autopreservación,
deben expulsar del cuerpo
social francés el tumor revolucionario.
Y no tiene gravitación Hébert, el representante
de la más rabiosa izquierda jacobina. Representante de un anarquismo
que promueve la eliminación del Estado y la descristianización.
Hébert: el revolucionario de un ateísmo militante
que, sin embargo, no fue indiferente a la seducción de los ritos,
aunque fuera en una versión paródica. Hébert es la contracara
del Robespierre que creará el culto al Ser Supremo, al que luego
aludiremos. Hébert (10) arrebata la Catedral de Nuestra
Señora de París al clero para una célebre ceremonia
sacrílega en honor a la Diosa Razón, personificada por una actriz
de conocidos fervores eróticos.
No se menciona tampoco que antes de su disputa,
Danton y Robespierre son aliados en la supresión de la derecha
conservadora girondina. Los girondinos representan los intereses
del interior francés; partidarios de un sistema republicano
federal, a la manera norteamericana; constituyen así
una amenaza para el centralismo político parisino. Son finalmente
guillotinados. Y tampoco se suscribe con la importancia que
merecía, la relación entre el poder revolucionario y los sans-culotte,
la base popular de la revolución integrada por el hombre simple
vestido con sus característicos pantalones largos y gorro frigio.
Estas críticas son válidas desde el
código de una investigación que busca el rigor
histórico como su principal justificación. Pero
un cine de tema histórico no deja de ser arte. Un libre
ejercicio de arte que no está obligado, por tanto, a
ser puesta en escena de la más sólida documentación
sobre una época. Es legítima cierta exigencia de aproximación
veraz a los hechos pretéritos, pero libre de toda demanda de
objetividad (imposible por lo demás en la propia reconstrucción
histórico-académica). Se tiende a olvidar tal
vez que, desde una lógica esencialmente cinematográfica, cuando
la imagen fluye entre la historia no es para su estricta trascripción
documental sino para su transfiguración estética mediante el
poder expresivo de la propia imagen; o para generar una trasmutación
o elevación simbólica de lo narrado. Ejemplo del primer proceso
mencionado es acaso Lawrence de Arabia, del gran Sir
David Lean, y manifestación del segundo proceso, las numerosas
versiones fílmicas de los dramas shakespereanos (nutridos de
una base histórica) como el Macbeth de Orson Welles,
o su brillante variante japonesa Trono de sangre, de
Akira Kurosawa.
IV
El film de Wajda, más allá de la contraposición Danton-Robespierre,
es legítimo estímulo para una re-visión de la Revolución
Francesa no sólo como historia, sino también como
proyecto. Desde este sitio de reflexión, es dable destacar
que la Revolución Francesa exhibió una marcada voluntad
de ser un nuevo comienzo.
La República suprime el antiguo calendario gregoriano y crea
un nuevo calendario de inspiración pagana. Cada mes corresponde
a un estado o clima de la naturaleza (11). El mes posee treinta
días; cada semana diez días. De esa manera se cancela la festividad
cristiana de los domingos. El nuevo comienzo implica en principio
la construcción de una novedad emancipada de lo anterior, desvinculada
de la tradición. La modernidad, como aspiración constante de
lo novus, es afín a esta actitud. En el orden de la filosofía
fundacional del racionalismo moderno, Descartes pretende pensar
desde un punto cero, desde un nuevo origen libre de la repetición
de la metafísica escolástica anterior. Los pensadores ilustrados,
por su parte, como Kant en ¿Qué es la ilustración?
(1784), bregan por la ruptura de toda dependencia con el pasado
entendido como una sujeción inmadura o una minoría de edad.
Pero el nuevo comenzar no debe ser confundido con una absoluta
e imposible purificación respecto a la historia recibida. La
voluntad del nuevo inicio se fusiona con un retorno nostálgico
e idealizante hacia un modelo pasado para la configuración de
una nueva política republicana: Roma. El patriotismo de los
primeros romanos, su austeridad como fuerza moral.
Y también seduce el arte clásico. En el film es importante la
participación del artista de la revolución: David, siempre enfundado
en su chaqueta roja y su sombrero de copa negro. En su atellier
prepara con Robespierre los detalles para el culto del Ser Supremo.
Y pinta un mural en el que, desde la armoniosa desnudez del
cuerpo clásico, representa a los más destacados participantes
del Juramento de la Cancha de la Pelota. En estas circunstancias,
Robespierre ordena al artista borrar a Fabre, miembro de los
cordeleros y por tanto enemigo político indigno de ser inmortalizado
por el arte revolucionario (12).
David prolonga la armonía de las proporciones clásicas
en el famoso cuadro sobre Marat, luego de su asesinato por la
girondina Carlota Corday. Para muchos, la víctima nunca trascendió
la condición del resentido, afectado quizá por un pasado humillante
(13). Pero el posible Marat saturado de odio es idealizado desde
armoniosos rasgos de estirpe clásica.
La admiración por la romano clásico
es parte de una estrategia de quiebre con la continuidad histórica,
con la repetición de lo mismo, para así diseñar
una nueva arquitectura de la historia. Benjanim, en su célebre
Tesis de la filosofía de la historia, destaca la actitud
de los revolucionarios de romper el continuun de la historia
para refundar otra sociedad (14).
Una actitud radical de un recomenzar asociada a
una conciente supresión del pasado o la memoria histórica nos
hace recordar el ensayo borgeano La muralla y los libros,
donde Shih Huang Ti, el emperador unificador de China luego
de conquistar los Seis Reinos, ordena la quema de los libros
como, tal vez, un desesperado acto de expulsión de todo ayer
para que la historia sólo comenzara desde el inicio de
su Imperio (15).
Pero el nuevo comienzo puede encubrir a su vez, un proceso
de retorno al pasado en un sentido distinto al histórico.
La revolución, los ideales de la igualdad y la libertad, la
soñada sociedad sin privilegios de Robespierre, acaso reactualizan,
desde una dimensión arquetípica, el sentido más originario del
término revolución. En su sentido astronómico, revolución es
el regreso al inicio del ciclo de una órbita en el movimiento
de los cuerpos celestes.
La revolución, trasmutada en inconciente repetición
arquetípica, de matriz ancestral, aspiraría a la fundación de
lo nuevo pero como paralela restitución del paraíso de los orígenes;
el mito del paraíso que siempre asegura que, en los comienzos,
impera la comunidad, ajena al conflicto y la oposición que sólo
surge después en la caída del hombre en el tiempo histórico.
V
Pero la revolución es estrangulada por la inseguridad,
por el temor a la contrarrevolución desde el exterior y desde
el propio interior del país. La debilidad promueve la violencia
como desesperado mecanismo defensivo. El sentimiento de lo débil
justifica un temor a la repetición. Danton, junto con sus aliados,
es acusado de conspirador, de planear un golpe contrarrevolucionario.
Entonces, en su brillante oratoria defensiva, frente a su tribunal
acusador encabezado por el cínico Fouquier, anuncia con
claridad: por temor al regreso de la tiranía los revolucionarios
se convierten también en tiranos. Desde lo subyacente, acontece
así un proceso paradójico: la paradoja de la mimesis autoritaria.
El sujeto de la supuesta libertad imita el autoritarismo que
increpa y pretende superar. En el torbellino de esta contradicción,
los revolucionarios corren el riego de la autodevoración. Una
revolución que se fagocita a sí misma. Danton también lo anuncia
durante su defensa: la revolución se parece a Saturno, que devora
a sus propios hijos (16).
El exceso de la mimesis autoritaria se muestra acaso
con claridad patente en las llamadas Matanzas de Septiembre
(no reflejadas en el film). Profundamente atemorizados por un
éxito inminente de la contrarrevolución, los revolucionarios,
atizados por Marat, en septiembre de 1792, dieron vía
libre para el extermino de miles de realistas y sacerdotes.
Pero si la revolución sufre el roce de las navajas que
amenazan con decapitarla, ¿desde qué condiciones podría
imprimir alguna huella real de progreso en el rumor de la historia?
En 1794 Kant escribe El conflicto de las facultades.
Aquí sienta la tesis de que lo acontecido en la Revolución Francesa
asegura un avance ético, un triunfo histórico, a pesar de las
tempestades sanguinarias de las guillotinas.
Lo decisivo es la postura de un espectador imparcial
frente a la dinámica revolucionaria. En este acto de observación
o contemplación ese espectador experimenta entusiasmo ante la
revolución, adhiere a los derechos naturales de la libertad
e igualdad inalienables. De ahí que, aunque la revolución se
desbarranque entre pedregales oscuros y sangrientos, la mujer
de la Libertad de la célebre pintura de Delacroix no
se detiene entre los escombros y las sombras.
VI
En Danton es ineludible meditar en el peso o poder de la palabra
política, de la oratoria revolucionaria. El verbo político en
distintos contextos históricos, con diversas modalidades o envoltorios
ideológicos, siempre es productor de efectos; siempre es acción
constructora de realidad.
La prédica constante de Saint Just, primero, y de Robespierre,
después, por la decapitación de Danton derivan finalmente en
un informe en su contra y en su efectivo arresto.
La Convención en principio es hostil a este decreto
del Comité de Salvación Pública. Danton sigue
siendo el hombre del 10 de agosto. El
film de Wajda recrea entonces un momento clave de la oratoria
robesperriana. El
auditorio es profundamente hostil al líder jacobino.
Pero, progresivamente, su habilidad retórica, la eficacia
de sus recursos persuasivos, lo acercan a la victoria de la
palabra. Con astucia reprocha a la Convención que liberar a
Danton sería abogar por un privilegio cuando la revolución fue
precisamente consumada para la supresión de todo privilegio.
Uno de los cordeleros, el traidor Bordoun, conciente ya de la
caída final, pide la palabra para precipitar la acusación contra
Danton y salvar su propia cabeza. El poder de la palabra consigue,
en pocos minutos, modificar las campanadas de la historia. Un
efecto que no puede ser pensado disociado de la atávica
potencia mágica de las palabras en las culturas más antiguas,
donde pronunciar una palabra sobre un algo supone su posesión.
Robespierre consigue un efecto semejante a lo acontecido en
el Julio César de Shakespeare (17). Lo mismo que el dirigente
jacobino, en pocos minutos, Antonio modifica drásticamente la
posición del auditorio. La confirmación en el film de lo que
ya es bien sabido: en la palabra subsiste un
elixir más cercano al éxtasis y la pasión que a los argumentos
de la lógica.
VII
La figura de Robespierre brilla con su luz contradictoria de
sed idealista y terror dictatorial. Pero éste es sólo uno de
los aspectos de la complejidad del gran jacobino. En el film
el enigma de Robespierre no es quizá indagado con la debida
profundidad. La extrañeza de Robespierre opaca la mayor rudeza
y simplicidad de Danton, y acaso destila una mayor fascinación.
Danton-Depardieu predica el fin del miedo, la clemencia luego
de la furia de terror. Para ser fiel a esta nueva tolerancia,
prefiere ser aguillotinado antes que aguillotinar. Danton se
instala en el umbral de un idealismo que armoniza el arrepentimiento
y una renovada defensa de la confraternidad.
Por su parte, la complejidad de Robespierre se muestra
con más contundencia si se aborda su pensamiento doctrinario,
que permanece en buena medida silenciado en la narración de
Wajda. El Robespierre recreado siempre se concentra en estrategias
de persuasión, de negociación o conservación del poder. Pero
poco o nada se vislumbra del proyecto robesperriano
de sociedad, que se expresa en su texto fundamental: Sobre
las relaciones de las ideas religiosas y morales con los principios
republicanos y las fiestas nacionales,
escrito en 1794. Su lectura permite comprender el espesor más
profundo de la personalidad ( y el pensar) del líder del
Comité de Salvación Pública. Su lectura posibilita vislumbrar
que, detrás de la imagen del Robespierre encaramado sobre una
tarima en el atellier de David, hormigueaba algo más
complejo que una actitud excéntrica o delirante rayana en lo
demencial. Robespierre enfatiza la condición pionera de Francia
en el despertar revolucionario anti-monárquico en Europa. Lo
francés es así la vanguardia de la lucha contra la tiranía.
En esta glorificación de lo francés republicano, avanzada de
la libertad, se olfatea un disimulado galo-centrismo, una actitud
precursora del alto punto de autoestima que la intelectualidad
francesa siempre tuvo de sí misma. Pero lo que más nos atrae
ahora es el concepto político de Robespierre en un despliegue
que trasciende los límites del film. La Virtud es el pliegue
más estimado de un accionar político que se confronta con Maquiavelo.
Robespierre impugna la concepción maquiavélica de la política
como engaño, como conciente manipulación de la multitud desde
la indiferencia por la verdad. En la ética de Robespierre todo bebe de una
savia política. El Vicio y la Virtud son las dos grandes fuerzas
de la historia. En su traducción política el Vicio es lo tiránico,
el antiguo régimen, la monarquía del privilegio y el absolutismo;
la Virtud es la República. El ateísmo también adquiere
una porosidad política: lo ateo es degradación de lo republicano.
La simbiosis entre religión y política empieza a despuntar.
Es la alianza profunda que vive tras el Robespierre que, en
film de Wajda, frente a David rechaza las palmas del martirio
para representar al Ser supremo en su culto, y para así
insinuar, como se verá, un renacer religioso muy distinto
al tradicionalismo cristiano.
Robespierre pondera lo que denomina un instinto moral "rápido",
una rápida elección del bien, desde la velocidad de una clarividencia
intuitiva, más allá de la lentitud de la razón que sólo elige
lo bueno luego de una previa y lenta fundamentación. La acción
individual, en su originalidad más primigenia, es egoísta. La
moral, en cambio, es social, es pivote de la sociedad civil.
Y su impregnación en los individuos, y el rápido saber del bien,
sólo surgen por la educación dirigida por "un sentimiento
religioso". Aquí es donde se sitúa la necesidad política
de un culto religioso para Robespierre: el culto del Ser Supremo,
acompañado por una revalorización de la doctrina de la inmortalidad.
Un culto que efectivamente realizará en una oportunidad
(18). El fortalecimiento ético del individuo y lo colectivo
precisa del castigo, de la sanción que proteja de los desvíos
de la moral. Ese castigar sólo puede ser asegurado por la potencia
superior de un ser divino, garante inicial de la justicia.
Y en este momento es vital una fuente filosófica del pensar
de Robespierre sin gravitación en el film: la lectura
de Rousseau, el que por El contrato social estimula a
los revolucionarios hacia la defensa de los derechos naturales,
y la necesidad inalienable de la libertad y lo igualitario.
Pero Rousseau es también quien piensa la educación desde la
comunicación con sentimientos naturales, aún no corrompidos
por la frivolidad y la hipocresía de las costumbres; es el pensador-pedagogo
del Emilio, animado siempre por un "entusiasmo por
la divinidad" (19).
Pero Robespierre no identifica ya religión con una continuidad
levemente remozada del cristianismo anterior, comprometido,
mediante el alto clero, con los intereses del absolutismo político
y la contrarrevolución. Aquí también la nostalgia por una idealizada
Roma pagana atrae con sus pétalos seductores. La verdadera religión
del Ser Supremo es enemiga del fanatismo, de la idea de una
verdad atesorada por una religión o culto único. De ahí la paradoja
del Robespierre que al tiempo que aspira a un dominio total
del poder, brega por la diversidad de cultos. La religión de
la revolución es "la religión universal de la naturaleza"
(20) y la moral se vincula siempre a "principios eternos
y sagrados".
Pero la eficacia política de la creencia religiosa rehabilitada
por Robespierre en términos neopaganos necesita de una dimensión
más: las fiestas populares; el medio más idóneo para
catalizar la confraternidad y un sentido de pertenencia a una
comunidad de valores. La integración entre la religión del Ser
supremo y la moralidad republicana asegura la cohesión social.
La complejidad de Robespierre es explorada en el film de Wajda
sólo a través de la duda. La duda sobre un posible camino equivocado
que adoptó la revolución luego de la definitiva ejecución de
Danton. Es el Robespierre del sudor, del temblor, de la tribulación.
Este efecto en el film es sabiamente subrayado mediante la música
de Jean Prodomidès que apela a sonoridades atonales. En los
momentos más
adecuados, la imagen se funde con la atonalidad para atizar
el dramatismo. Situación máxima de este efecto sonoro es la
escena final de la ejecución de Danton y sus aliados, mediante
una disonante superposición de sonidos y voces que recuerda
la pieza de Ligetti Lux
eterna,
que envuelve el descubrimiento del monolito, extraño, misterioso,
acaso siniestro, hallado en la Luna en 2001, de Kubrick.
La guillotina misma que, luego de su acción letal, es
finalmente cubierta por un manto negro, adquiere asimismo cierta
presencia espectral y siniestra.
Pero regresemos a Robespierre. Su inestabilidad y derrumbe emocional
se patentizan aún más cuando el creador polaco introduce un
elemento simbólico para fortalecer su tormento dubitativo:
el rol crítico de la
inocencia infantil.
En el comienzo del film, la concubina de Robespierre baña a
su hermano, un niño desnudo, al que toma examen sobre los artículos
de la
Declaración de los Derechos del Hombre y el Ciudadano.
El niño al principio vacila. Su estar desnudo en la tina es
paralelo a un no estar vestido, un no estar impregnado aún por
una memoria sin fallas de los artículos revolucionarios. La
figura del niño como fuente de inocencia, de pureza diferente
a la ambigüedad o corrupción adulta, es en buena medida una
construcción del siglo XIX, del Romanticismo de Blake, Wordsworth,
o del propio Rousseau que idealizan la conciencia aún no contaminada
de la niñez. La duda como destello de la complejidad
robesperriana se agudiza
entonces al final, cuando el niño ya vestido, ya cubierto por
una segura memorización de los cinco primeros artículos de la
Declaración..., los repite ante un azorado Robespierre,
como un golpe final que destruye su castillo de sueños, la fortaleza
de sus ideales republicanos. Siente entonces ( y se lo confiesa
a Saint Just) el peso de la responsabilidad moral por el terror.
Por la dictadura que se pretende legitimar como medio para la
libertad. Y el film adquiera así también una estructura
cíclica donde la niñez abre y cierra un círculo
que contiene toda la narración.
Pero la duda devoradora no roza el núcleo más denso del enigma
de Robespierre. Para algunos, el gran jacobino es el representante
de la revolución burguesa, como el propio Danton; agente por
lo tanto de una sustitución de la desigualdad monárquica por
el inminente desquicio explotador del capitalismo. Una posición
avalada por historiadores como Michelet o Tocqueville, que alimentan
así la leyenda negra del dirigente máximo de los jacobinos.
Pero la otra alternativa es el Robespierre republicano, sincero
arquitecto de una sociedad emancipada, que si actuó desde la
ejecución indiscriminada, fue por la imposición de las circunstancias,
por la extrema necesidad de fortalecer el brote revolucionario
antes de su posible extirpación. Albert Mathiez o Gramsci, en
su Cuadernos desde la cárcel (21) avizoran, tal vez con
una mirada más alejada de las apariencias, el trasfondo más
complejo del Robespierre que cercenó el cuello de Danton.
Un destino que finalmente también él compartirá con el
líder cordelero (22).
En la construcción del film de Wajda, Danton viste los atuendos
de la víctima. De ahí que su aparente inocencia termine por
ser devorada por la mayor seducción de la turbulencia y complejidad
de Robespierre.
Y como antes afirmamos, la vieja formación en Bellas
Artes emerge en Wajda cuando elude la filmación exclusivamente
lineal, cuando filma un breve diálogo entre Danton y uno de
sus aliados entre dos columnas, cuya oscuridad parece metaforizar
lo oscuro que intoxica a los revolucionarios. Pero más allá
de la versatilidad lírica y pictórica de la imagen, la obra
de Wajda no puede desvincularse de una reflexión sobre la condición
siempre abierta del concepto de revolución. La discusión sobre
el éxito o fracaso de los ideales revolucionarios franceses
rebasan los límites del film y de este texto. Pero un cine sobre
la dimensión de lo revolucionario se vigoriza si impulsa un
re-pensar, aun desde la brevedad, algunas hipótesis sobre la
derrota o triunfo de los sueños revolucionarios.
La pregunta por el éxito de las olas revolucionarias en la modernidad,
sobre las que nadaron y finalmente se hundieron Danton y Robespierre,
puede conducir a la apreciación de un discreto progreso de algunos
principios (el pasaje de la condición de súbdito a la de ciudadano,
el reconocimiento al menos teórico de las libertades individuales);
discreto progreso siempre tamizado o estrangulado por un capitalismo
dominador del tiempo y cuerpo de los individuos.
Una segunda posibilidad de meditación sobre el sueño revolucionario
que palpita en el centro de Danton es la libertad para
proyectar una transformación de la historia desde ideales elevados.
Pero estos ideales se escanden desde una verdad moralmente superior
que siempre huye. Un bien que siempre se sustrae. En el mito
del Apolo que persigue a la bella ninfa Dafne, ésta huye, y
parece que logra escapar al ser metamorfoseada en laurel por
Zeus. Pero luego esta planta se convierte en la corona que porta
el dios y que se le concede a los poetas triunfantes en los
certámenes poéticos. El mito así dice que, detrás de
la apariencia de una pérdida, se captura un bien. Pero en la
dureza de la realidad histórica moderna dominada por fuerzas
opresivas, pareciera que el bien buscado, la revolución de los
ideales más elevados, la sociedad como real comunidad de ciudadanos
iguales en derechos, siempre es lo que se sustrae, lo que escapa.
Pero de la huida constante de los ideales revolucionarios, quizá
surgen diminutas huellas. Diseminadas marcas que, lentamente,
siembran sombras. Que no son la no luz, sino luz que no termina
por encenderse. Pero tampoco de apagarse. (*)
(*)
Fuente:
Esteban Ierardo, "La revolución esquiva. Reflexiones
sobre el Danton de Andrzej Wajda", editado aquí de manera original.

Citas:
(1)
La batalla de Monte Cassino fue una de las más importantes en
la Segunda Guerra Mundial. Fue librada en 1944, y su propósito
era la conquista de la Abadía de Montecasino fundada en 529
por Benito de Nursia, creador de la orden benedictina. El edificio
religioso, hoy reconstruido, se emplazaba sobre una áspera formación
rocosa. Durante su conquista murieron 54.000 soldados aliados
y, entre ellos, miles de soldados polacos. Cerca del monasterio
existe un cementerio de los polacos caídos.
(2)
El
primer estado lo constituía el clero, pero éste se dividía en
alto y bajo clero. El bajo clero estaba constituido
principalmente por curas de parroquias rurales que adherían a
la causa del tercer estado.
(3)
El elemento
burgués del tercer estado o estado llano eran los
profesionales o comerciantes; los obreros sufrían la
degradación de salarios humillantes; y los campesinos eran
alrededor de 15 millones dentro de una población aproximada de
24 millones en la Francia de la época pre-revolucionaria. En términos
formales, los campesinos eran dueños de las tierras pero
sufrían la continua vejación de una excesiva carga impositiva
por parte de la nobleza. Y dentro del vector campesino, a su
vez, se podía distinguir 1 millón de siervos, individuos
reducidos a una situación en la práctica de esclavitud.
(4)
Los Estados Generales
fueron credos inicialmente por Felipe IV el Hermoso en 1302. Era
una suerte de parlamento constituido por la nobleza, el clero y
la insipiente burguesía. En principio su justificación fue
fortalecer el poder político real frente al conflicto con
el Papa Bonifacio VIII. Los Estados Generales se reunieron hasta
1614. Siempre fueron, en realidad, una ficción de co-participación
entre la potestad política ascendente de la realeza y la condición
descendente de los otros estamentos sociales.
(5)
Como es bien sabido, las
famosas orientaciones políticas en la Asamblea Constituyente,
de mayoría monárquica antes del giro a la República, es
identificada por la ubicación de los políticos en el recinto.
En la izquierda o Montaña los más radicalizados; en el centro los
moderados; en la derecha, los conservadores. Pero más
allá de esta clasificación tradicional harto
conocida, el elemento que trasciende su esquematismo intrínseco
es la experiencia histórica que demuestra los
numerosos quiebres de estas posiciones como géneros
puros. La contaminación de elementos aparentemente opuestos en
lo político se expresa, por ejemplo, en la experiencia europea socialdemócrata
o el Estado de bienestar que la izquierda más radicalizada asocia con
una ilegítima contaminación entre aspiraciones socializantes y practicas centristas y
conservadoras.
(6)
Los hechos de la jornada de la captura del Luis XVI y su familia
son recreados en el film Varrenes de Ettore Scola.
(7)
La bandera tricolor francesa surge de la unión del blanco,
color de la monarquía, y el azul y rojo asociados a
París.
(8)
El Comité de Salvación Pública, el centro ejecutivo del
gobierno revolucionario, era acompañado por el Comité de
Seguridad General, una policía secreta en la práctica,
dirigida por Heron, que podía, de forma arbitraria, arrestar a
todo aquel sobre el que recayera la más mínima sospecha de
contrarrevolucionario. En el film, Bordoun, el cordelero que
luego traiciona a Danton, acusa a este organismo por sus excesos
dictatoriales.
(9)
En junio de 1792, se conoció en París el manifiesto del Duque
de Brunswick, general prusiano, jefe de la primera coalición
contra la revolución. Se amenazaba con el fusilamiento masivo
de los rebeldes y la destrucción de París si la autoridad real
era removida. Esto reveló a las claras la conspiración de Luis
XVI, su alianza con la contrarrevolución. La actitud
decididamente anticatólica de la Constitución civil del clero
sancionada por la Asamblea en 1792, además de la creciente
amenaza a los privilegios de la nobleza, lo condujo ya sin dudas
por ese camino. La Asamblea, todavía monárquica, se oponía
aún al derrocamiento del rey; pero los jacobinos y los
cordeleros acordaron el asalto a las Tullerías, donde se
alojaba el monarca. La sangrienta toma fue encabezada por Danton
el 10 de agosto. Así, por esta exitosa maniobra, el jefe de los
cordeleros comenzó a ser visto "como el hombre del
pueblo". Y la Asamblea, presionada, debió votar la
suspensión del rey.
(10)
Jacques Hébert, ubicado entre los más exaltados o rabiosos
jacobinos, alentó la destrucción de reliquias, monumentos
religiosos e iglesias. Dentro del especial clima de
revalorización de lo pagano, y por mediación de Hébert, la
razón, nuevo centro del saber moderno ilustrado, adquirió una
particular condición cultual: el culto a la Diosa Razón. Pero
el vínculo religión y paganismo en Hébert y Robespierre son
drásticamente diferentes. Hébert, entre otros factores, era
movido por una expresividad des-represora de los instintos
sensuales. Robespierre pensaba en una educación religiosa del
instinto moral. Finalmente, el creador del culto al Ser supremo,
y con el apoyo de Danton, consiguió que el Tribunal
revolucionario condenara a Hébert a la guillotina luego de una
insurrección vinculada a la escasez de víveres.
(11)
En el nuevo calendario revolucionario, los nombres de los meses
se asocian con los diversos estados de la Naturaleza:
Vendimiario (de la vendimia); Brumario (de las brumas); Frimario
(de los fríos); Nivoso (de las nieves); Pluvioso (de las
lluvias); Ventoso (de los vientos); Germinal (de la
germinación); Floreal (de las flores); Pradial (de los prados);
Mesidor (de las mieses); Terminador (del calor), y Fructidor (de
los frutos). Este calendario, de inspiración naturalista
pagana y solidario del regreso revolucionario a la idealizada
Roma, fue derogado finalmente por Napoleón, en 1806, para
regresar al tradicional calendario gregoriano.
(12)
La orden de Robespierre
de excluir a Fabre del mural en fase de elaboración ha sugerido
la identificación con el Stalin que ordenó también la
supresión de Trosky como irreconciliable opositor político
durante su exilio en México.
(13)
Pablo Marat fracasó en su profesión inicial de médico. Fue en
la práctica el más ávido defensor de la ferocidad política
como instrumento revolucionario. Conoció la más extrema
pobreza. Y poseía una enfermedad de la piel que lo obligaba a
repetidos baños purificadores (en estas circunstancias fue
apuñalado por Carlota Corday). Su especial exaltación
sanguinaria hace sospechar fuertemente en un trasfondo de un
resentimiento "compensador".
(14)
"La consciencia de estar haciendo saltar el continuum de la
historia es peculiar de las clases revolucionarias en el momento
de su acción. La gran revolución introdujo un calendario
nuevo. El día con el que comienza un calendario cumple oficio
de acelerador histórico del tiempo. Y en el fondo es el mismo
día que, en figura de días festivos, días conmemorativos,
vuelve siempre. Los calendarios no cuentan, pues el tiempo como
los relojes.", en Walter Benjamin, Tesis de la filosofía de
la historia, en Discursos interrumpidos I, Madrid, Taurus p.
188.
(15) Ver
J. Luis Borges, "La muralla y los libros", en Otras
inquisiciones, en Obras completas, Buenos Aires, Emecé.
(16) El
dios Saturno (Cronos en su versión original griega) recibe de
Gea y Urano la profecía de que alguno su hijo lo derrocará. De ahí que,
para evitar el cumplimiento del vaticinio adverso, comía a sus hijos. Esta situación
mitológica, más allá de su sentido en el
discurso en Danton, es célebre por la pintura de Goya: "Saturno devorando a sus hijos".
(17)
Bruto asesina a Cesar por acusarlo de enemigo
de la República. Frente a su cadáver y el pueblo reunido, toma
la palabra. Convence a la multitud de la justicia de su acción.
Pero luego habla Marco Antonio. Orador aún más hábil. Sin atacar
directamente a Bruto, gradualmente destaca los méritos de la
víctima y la pérdida irreparable de su genio político para la
grandeza de Roma, Y así, encoleriza al pueblo en contra de
Bruto, cuando poco antes éste exclamaba vítores en su nombre.
(18) El
8 de junio de 1794 (20 Pradial) Robespierre encabeza el culto
al Ser Supremo en el Campo de Marte. Fue una gran fiesta de
repudio al ateísmo y defensa del fervor de la confraternidad
republicana desde la ecuación religión-Virtud que Robespierre
intentaba alentar. Robespierre subió hasta lo alto de una suerte
de monte improvisado y leyó un sermón. Desde una perspectiva
totalmente contraria de defensa exaltada del ateísmo, Sade también
defendía, desde una moderada invocación del paganismo y un profundo
anti-cristianismo, el valor de los cultos o fiestas como
forma de plasmación de los ideales republicanos. Ver Marqués
de Sade, "Franceses, un esfuerzo más si queréis ser republicanos",
en La filosofía del tocador, Buenos Aires, C.S.
Ediciones, 1995.
(19)
Robespierre diferencia claramente a Rousseau del resto de los
filósofos ilustrados, o los hombres de letras, a los que calificaba
de hipócritas sofistas. Sobre el autor del Emilio escribe:
"...un hombre se muestra digno, por lo elevado de su alma
y por la grandeza de su carácter, del ministerio de preceptor
del género humano. Ataca a la tiranía con toda franqueza; habla
con entusiasmo de la divinidad; su viril y honesta elocuencia
pintó con trazos enérgicos el encanto de la virtud, y defendió
los dogmas consoladores que la razón da como apoyo al corazón
humano. La pureza de su doctrina extraída de la naturaleza y
del odio profundo hacia el vicio, y su invencible desprecio
hacia los sofistas intrigantes que usurpaban el nombre de filósofos
atrajeron sobre él el odio y la persecución de sus rivales y
falso amigos", en M. Robespierre, Sobre las relaciones
de las ideas religiosas y morales con los principios republicanos
y las fiestas nacionales, p. 174.
(20) La
religión del Ser Supremo se opone al fanatismo: "Convocar
a los hombres al culto del Ser supremo es asestar un golpe mortal
al fanatismo. Todas las ficciones desaparecen ante la Verdad
y todas las locuras se arrodillan ante la Razón. Sin violencia,
sin persecuciones, todas las sectas deben confundirse en la
religión universal de la Naturaleza"; en M. Robespierre,
Sobre las relaciones, ibid. Por otro lado, la nueva religión
del Ser supremo es la Naturaleza: "El verdadero sacerdote
del Ser supremo es la Naturaleza, su templo, el universo, su
culto, la Virtud; sus fiestas, la alegría del pueblo reunido
bajo sus ojos para estrechar los dulces lazos de la fraternidad
universal y para presentarle el homenaje de los corazones sensible
y puros", en M. Robespierre, ibid, p. 177.
Como otra influencia del paganismo romano, la religión
encuentra en la materia universal, en la abierta naturaleza
de los sentidos y no en cerrados templos y libros revelados,
el centro genuino
de la religión.
(21)
El historiador Albert Mathiez, hacia 1920, pronunció la
conferencia: "¿Por qué somos robespierristas?". Y Gramsci,
en sus Cuadernos de Cárcel, respecto a Robespierre y los
jacobinos escribía: "...frente a una corriente tendenciosa
y en el fondo antihistórica, hay que insistir en que los
jacobinos fueron realistas a lo Maquiavelo y no ilusos
visionarios. Los jacobinos estaban convencidos de la absoluta
verdad de las consignas acerca de la igualdad, la fraternidad y
la libertad. Y lo que es más importante: de tales verdades
estaban convencidos también las grandes masas populares que los
jacobinos suscitaban y a las que llevaban a la lucha", en
Antonio Gramsci, Cuadernos de cárcel, en E.J. Hobsbawn, Los
ecos de la marsellesa, Barcelona, ed. Crítica, 1992,
p.161-63.
(22)
En julio de 1794, frente a la Convención, Robespierre habló de
la necesidad de una purificación. Decía poseer una lista en su
poder con los nombres de numerosos conspiradores. Pero no
reveló ninguno. Lo que hizo que todos se sintieran amenazados.
Esto provocó la llamada Reacción Termidoriana, el final
estallido, largamente deseado, contra Robespierre, quien fue
rápidamente enjuiciado como "tirano" y guillotinado
junto a Saint Just y otros importantes jacobinos el 10 de
Termidor (el 28 de julio de 1794).
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