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BARTON
FINK Y EL LUGAR EN LA PLAYA SOLEADA
Por Esteban Ierardo
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Una
de las imágenes emblemáticas de Barton Fink, el
quizá mejor film de los Hermanos Coen.
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Una mujer ve hacia el mar, hacia la distancia,
hacia una lejanía más vital. Esa imagen observa deslumbrado
el escritor Barton Fink, quien padecerá un intenso bloqueo creativo
bajo la presión de su trabajo como guionista para Hollywood.
En Barton Fink (1991) este notable film de los hermanos
Coen, hay sin duda una indirecta crítica a la meca del cine
norteamericano, pero, más profundamente, una visión donde,
desde un simbólico ámbito infernal, surge el hálito creador
que finalmente se impone a su negación por la cultura del entretenimiento
pasajero.
E.I
BARTON
FINK Y EL LUGAR EN LA PLAYA SOLEADA
Por Esteban Ierardo
Por
un pasillo corre un hombre gordo y vociferante, grita algo sobre
la vida de la mente. Y su rifle lanza fuego como las paredes
circundantes. El agresor enajenado mata en algún lugar
del infierno, junto a serpientes oscuras. Pero, desde allí
también, puede emerger un paisaje de sol y mar, donde
la mirada se pierde en una lejanía creadora...
El
infierno, lo cerrado, y la costa y el mar, lo abierto y expansivo,
coexisten en Barton Fink (1991), seguramente el más
agraciado film de los hermanos Coen. El tema de la creación
y su posible inhibición, la individualidad excepcional
y un entorno sofocante, se entrelazan en la historia de un dramaturgo
neoyorquino de origen judío (como los hacedores del film
y como el escritor de Balas sobre Broadway (1994), la
obra de Woody Allen, con visibles afinidades a la obra que consideramos
( 1) ).
Joel y Ethan Coen representan un extraño dúo creativo a nivel
cinematográfico, como pudo serlo, salvando algunas diferencias,
el de Kinski-Herzog. Habitualmente su cine suele ser identificado
con las pretensiones de la iniciativa independiente y con una
invocación paródica de los géneros del cine clásico (2). En
cuanto a un acercamiento crítico a Hollywood, como acontece
en Barton Fink, es curioso recordar que la crítica contra
la gran usina hollywodense puede ser rastreada hasta un film
tan lejano como The life and death of 9413, a Hollywood
extra (1928) (3).
A
comienzo de los años 40, el éxito parece sonreírle
a Fink. La trascendencia de su nombre va acompañada por un estilo
distintivo, el "toque Fink". Su representante le anuncia
una oferta de contrato con Hollywood, pero Fink no parece muy
entusiasmado por la fama o el dinero que esa contratación podría
ofrecerle. Fink no se deja seducir por los halagos de la crítica;
o las tentaciones de crecientes ganancias. Su deseo es crear
un teatro que glorifique al hombre común, que dignifique su
vida aparentemente insignificante. El dramaturgo quiere así
dar significado a las existencias cotidianas como las de los
vendedores de pescado que protagonizan su obra triunfal. Fink
anuncia su idea del arte a un admirador y una pareja de gestos
bobalicones, que introducen por primera vez con claridad
la expresión de la medianía indiferente a todo gran proyecto
artístico.
Fink
termina aceptando la propuesta de trabajar en el corazón del cine
norteamericano en Los Ángeles, acaso como medio para la difusión
de sus propias aspiraciones creadoras. Pero pronto vivirá un
conflicto ineludible, arquetípico: la colisión entre el vuelo y el
entretenimiento que repta a ras del suelo.
Una
vez en Hollywood, Fink
descubrirá pronto la sorpresa del desierto en el centro
de un jardín soñado. El aparente reconocimiento
a la personalidad creadora se desvanece gradualmente al conocer
los engranajes de la maquinaria cinematográfica. El "toque
Fink" remite a una distinción individual, pero que
no evitará la
lógica igualadora del lenguaje fílmico de Hoollywood.
Fink (un inmejorable John
Turturro) se entrevista con Jack
Lipnick (Michael
Lerner), presidente de la Capitol Pictures,
una personalidad exuberante y, a la vez, analfabeto, avasallante
y pragmático. El escritor es recibido con gran efusión,
pero la
individualidad Fink es sólo un formato especial o reconocido
para empaquetar un contenido impersonal. Fink, el escritor con
una íntima conciencia de su altura artística,
es el contratado para despersonalizarse en la redacción
de guiones de películas clase B, sobre peleas de luchadores.
La individualidad Fink sólo debe ser continuada con algún
leve nuevo elemento propio para recrear una receta ya reconocida
en su eficacia: acción, sexo, compasión, el heroísmo
del desgraciado, son los elementos que, reordenados, aseguran
la aceptación pública, el éxito que justifique
ganancias, y la consolidación y expansión del
mercado cinematográfico. El escritor contratado recibe un salario
no para ser sino para ordenar. Lo esencial es el deseo de la
industria. La individualidad Fink se desploma al tratar con
empleados aduladores, o al ser alojado en un pieza de hotel;
o al lidiar con productores frenéticos que poco entienden de
la delicada complejidad de una tarea creativa. La despersonalización
que envenena al escritor del deseo creador lo obliga a alguna
forma de resistencia inconciente. Entonces, los dedos fluyen
sobre las teclas de la máquina de escribir, pero la hoja
se muestra en blanco.

Fink
empieza a rodar por un vacío sofocante, en un lugar cerrado
sin salidas o conexiones claras con el mundo exterior. Fink
se aloja en el hotel Earle, cuya entrada nunca es enfocada. Allí
sólo parecen discurrir el conserje
Chet (Steve Buscemi), un ascensorista
viejo, y el vecino de Fink... El escritor hace una queja por
ruidos molestos que llegan desde la habitación contigua.
Entonces, recibe la primera visita del vecino denunciado: Charlie
Meadows ( John Goodman), un supuesto corredor de comercio que luego
se revelerá como Mundt el loco, un asesino especialmente
afecto a cortar las cabezas de sus víctimas.
Un
escritor conoce su debacle infernal cuando no crea, o cuando
lo hace como perentoria forma de subsistencia. En esta experiencia
desoladora a Fink
le precede otro escritor: W.P. Mayhew (John Mahoney)
inspirado en William Faulkner y su trabajo como guionista de
Hollywood. Fink se encuentra con Mayhew-Faulkner
en un baño, y estalla entonces su vivaz admiración por
el gran escritor de mirada melancólica y finos bigotes.
La relación admirativa inicial decrece hasta convertirse
después en desagrado y repudio. Lo que explica el cambio
es el gradual descubrimiento del aspecto oscuro
de Mayhew: su alcoholismo y sus
maltratos a su bella secretaria-amante ( y Musa) Audrey
Taylor (Judy Davis). Los estallidos desaforados
provocados por la bebida en Mayhew
recuerdan una idéntica
debilidad de Faulkner. Su íntimo desprecio por el circo
de ligeros entretenimientos hollywodenses es también
el del autor de El sonido y la furia, Palmeras salvajes
o Mientras yo agonizo. Faulkner inició su colaboración
con Hollywood en 1932. Su literatura de elevadas aspiraciones
no podía ceñirse a la concisión cinematográfica
del guión. Lo mismo que Scott Fittgerald o Raymond Chandler,
Faulkner nunca se adaptó a la maquinaria de la meca del
cine. Un gran amigo de Faulkner, el director Howard Hawks, lo
condujo a encarar la adaptación de la novela de Ernst
Hemingway, Tener o no tener. Se consumó así
el caso único de la novela de un Premio Nobel adaptada
a la pantalla por otro Premio Nobel. Y Hawks convenció
también a Jack Warner para que el creador de la tierra
mítica de Yornapatawpha County arreglara el guión
para la adaptación de El sueño eterno, la novela
de Chandler, famosa por su laberíntica trama.
Pero
tras la dificultad en la adaptación a Hollywood y a la
linealidad narrativa propia del guión se oculta en Mayhew-Faulkner,
y en el propio Fink, una íntima autovaloración
como escritor-artista, y por ende como sujeto que posee
sus propias leyes de existencia y creación (4). Faulkner
o Fink saben que su destino es la expresión desde alguna
cumbre superlativa. En Faulkner, la literatura como manifestación
del flujo de conciencia o de la intersubjetividad; o la expresión
de las grandezas del hombre común, en el caso de Fink.
Pero la recreación literaria de las ordinarias pasiones
necesita de una pluma y una sensibilidad fuera de lo ordinario.
En la autopercepción elevada del destino y la persona
del artista perdura, secularizado, modificado, alterado,
el rol arcaico del artista-poeta-músico cuya condición,
como ya lo advertía el Ion platónico, era
semidivina. Su misión era la escucha de lo divino para,
luego, actuar como anillo transmisor de las imágenes
y emociones divinas hacia el anillo mayor del pueblo, o del
público receptor. En su latitud de máxima gloria
el artista era legislador, sabio, voz divina, el gran mediador.
En la edad media, el artista se subordinada a la consumación
de la obra como celebratio dei, y, en la cuesta hacia
la modernidad, en el Renacimiento, es cuando comienza la situación
ambigua, contradictoria, del artista divino, pero, a la vez,
empleado asalariado de nobles y papas. El ego artístico
es celebrado, pero el artista, para los ojos de las altas jerarquías
es sólo un instrumento para cumplir, pago mediante, con
un particular encargo.
La
conciencia de su singularidad obliga al escritor-artista Fink
a una dificultosa integración a los molinos de la vulgarización
de la cultura del entretenimiento, y, además, lo hace
gritar con orgullo a unos marineros durante un baile que él
es un creador, un artista, su uniforme es la mente creadora;
es por lo tanto alguien distinto a su loado hombre común.
La excepcionalidad del artista es reconocida por Lipnick, pero
sólo como medio para estimular el ego del artista contratado
a fin de que éste concluya el esperado guión.
Es la situación del presidente de la Capitol Pictures
besando literalmente los pies a Fink junto a la piscina de su
residencia para ratificar su admiración incondicional
por su arte.
Concebir
una historia de peleadores es el encargo que Fink debe cumplir.
El vacío creativo, el blanco angustiante de la página
brota puntualmente al deber imaginar un relato ceñido a los
límites de las sogas, los cuerpos sudorosos enzarzados
en áspero combate ante un público estridente. El productor
preocupado por el bloqueo de Fink le organiza una exhibición
de films del género para "inspirarlo". Pero
el inyectarse remanidas imágenes de lucha no anula la
incapacidad. Cuando Fink es presionado por
Lipnick para narrar la
historia dentro de los cánones esperados el escritor se retrae,
su inventiva naufraga, su palabra se degrada en confusos balbuceos.
La historia del film de lucha de Fink sólo surgirá
cuando reciba una especial asistencia inspiradora. Sólo
entonces, los aparentemente vulgares personajes del cuadrilátero
se revelarán como seres de un destino trágico
que expresa la profundidad de las pasiones o sentimientos del
"hombre común". Fink cristalizará así
un designio antiguo personificado en lo moderno: el artista
como gran mediador.
La obra nunca es luz pura. El arte es tanto más vivaz
cuando centellea desde el infierno. En Barton Fink ,
lo infernal es lugar simbólico, es saber de lo encerrado
que prepara otro saber, el de la obra abierta a la vida. El
saber infernal es representado por Charlie Meadows, "Mundt
el loco". Para el mundo del orden civilizado es Meadows,
un paseante de comercio. Pero su verdadera identidad no es la
máscara agradable, el rol útil y deseable por
la sociedad. El verdadero yo de Meadows
es el que habita las profundidades del dolor y la oscuridad
humana. Meadows es el ego-fachada que se desdobla hacia el ego
real: Mundt el loco, el criminal ávido por matar y decapitar.
Para la mirada del castigo social, su salvajismo homicida sólo
puede ser aberración psíquica, monstruosidad de
una humanidad perdida. Sin embargo, Mundt el loco es inquietante
saber de la otredad. Él vive en la otra orilla. Y aun en lo
infernal hay sabiduría. Mundt pretende comprender el
dolor profundo de los hombres; su acción homicida es una forma
de liberar al hombre desagarrado de su íntimo calvario. Hay un
saber de la compasión en Mundt; y un saber de la autorreferencialidad
de Fink: "Tú nunca escuchas", le recrimina;
o quizá el escritor sólo escucha las demandas
de sus sueños. Y Mundt asesina a la musa Aubrey y enseña
a Fink cómo enfrentar el delirio de la muerte y la sangre
que lo abruman luego de una noche de placer. Y Mundt mata a
los policías que lo acechan bajo el grito: "¡Te enseñaré
los misterios de la mente!". Mundt posee las llaves del
otro lado. El hotel-laberinto, el alojamiento encerrado sobre
sí, es su hogar. Mundt se presenta ante sus perseguidores
en un extremo del pasillo central. El pasillo actúa como túnel,
como lugar de pasaje por el que la idea de poder y autoridad,
asociado con los detectives, es invadida por la realidad otra
de la trasgresión del límite, del horror criminal, de las figuras
y formas de un subsuelo infernal. Cuando Mundt, el guardián
del hotel infernal llega, llega también el calor, las llamas
infernales que surgen en el ascensor y las paredes del túnel.
Y el
túnel es también indicador de pasaje de niveles en el momento
posterior al encuentro erótico entre Fink y Aubrey, luego de
que ésta acude a su llamado. La cámara se interna en
la oscuridad del desagüe del lavabo mientras se escuchan gemidos
sensuales; una obvia referencia al goce sexual, pero, más allá,
el descenso en esta profundidad es el encuentro con lo más horroroso,
cuando Fink descubre el cadáver de Aubrey en su cama inundada
de sangre. La cámara que se sumerge asimismo en la oscuridad
de la boca de una trompeta, al concluir la escena del baile,
conduce luego al pasillo-túnel del hotel Earle, el túnel de
mayor significación simbólica en la construcción del film.
Y
en su hotel, Mundt oficia como cancerbero, custodio de un
peculiar averno, guardián del horror y los secretos que viven
en un nivel profundo de la mente. Pero el infierno de Mundt
no es páramo sin salida o redención. El hotel-símbolo
no es un dantesco destino de eterno sufrimiento. Es sofocación
con ventanas hacia la vida plena, es la habitación de
Fink con la imagen de una mujer misteriosa que, sentada en la
playa con traje de baño, en un día soleado, otea
la distancia del mar.
En el cine
de David Lynch también los lugares apartados, recintos teatrales
o cuasi-teatrales, son el sitio donde se producen especiales
revelaciones o donde lo ilógico ocupará el centro
de la escena (5).
Mundt
es sabio y juez en su mundo laberíntico, en su hotel-guarida,
como Jack Torrance (Jack Nicolson) en
El resplandor (1980) de Stanley Kubrick (6). Y, de forma
oscura,
Mundt es parte de lo que salva al artista. El demonio es
aliado del artista-ángel. El escritor debe caminar con los
zapatos endemoniados para atravesar el horror y luego llegar a
un lugar distinto. Por momentos, en el túnel-pasillo se
muestran un par de zapatos frente a cada habitación. Y Mundt
visita en una ocasión a Fink para decirle que le han dado sus
zapatos por "error". La relación zapato-pie alude al
caminar, a un necesario modo de tránsito. Magritte realizó
pinturas que muestran un pie que se confunde con los zapatos.
Para el artista belga el envolver un pie humano en un zapato es
una costumbre monstruosa, una
aberración necesaria. Y Fink debe calzar en algún momento el
prestado calzado demoníaco para luego de un necesario avanzar-caminar por lo
horroroso, por el lugar de lo monstruoso-aberrante (su residencia en el
hotel infernal), continuar su deambular hacia una particular
ladera de experiencias. Sólo por el previo caminar por el
horror se accede luego a lo celestial, a alguna amplitud
vital.
Y en el hotel, en el
dédalo masculino de Mundt, Fink recibirá el don
femenino de lo que inspira, de lo que salva. La musa Aubrey
visita al escritor. Por pedido de éste acude en su
auxilio.
Fink descubre que su relación con Mayhew
no es sólo la de una secretaria, de una transcriptora
del genio del escritor. Aubrey no es en realidad la que trascribe.
Es la que dicta, es la que dice o dona la obra; es la que inspira
y le obsequia a Mayhew varias obras. Mayhew creó por
su mediación inspiradora. Fink se indigna, cruje ante
la infamia de su otrora admirado autor. ¿Qué validez
le queda a un acto de escritura si éste no procede del
dominio consciente del creador? No es legítimo el escribir
desde la escucha de una voz que dicta. Pero Fink acaso sólo
creará también al escuchar esa voz...
Este
es el momento de los parpadeos más oscuros del film.
Orfeo, el gran cantor de la Antigua Grecia, elegido de las Musas,
fue muerto y descuartizado por las Bacantes, las mujeres de
Dioniso. Su cabeza en la isla de Lesbos continuaba viva. Continuaba
como canto. Canto de una cabeza parlante inspiradora (7). Mundt
se complacía en matar, desmembrar, descuartizar. Luego
del asesinato de Aubrey, unos policías que visitan a
Fink le informan de la muerte y el hallazgo del cadáver
de una bella mujer, de lindos senos y sin cabeza. Mundt, dueño
de lo infernal, entrega a Fink una caja misteriosa, para que
la custodie. Nunca se revela con inequívoca claridad su contenido.
Un contenido que puede ser sospechado, intuido, por indicios
bíblicos, proféticos... Fink lee la Biblia, abre
el supuesto libro sagrado en el sueño de Daniel, donde se advierte
que aquel que pretenda interpretar los sueños del rey será
decapitado. Aubrey, la musa convocada, interpreta el sueño de
creación, aún no realizado, de Fink, el rey-artista.
Quien oficia como hermeneuta de sueños se arriesga al castigo
del descuartizamiento, de la decapitación. La que interpreta
acaso sobrevive como Orfeo, cabeza parlante, cabeza que cabe
en una caja, como la que Mundt le deja a Fink para que éste
la cuide. Esa caja que el escritor acomoda a su lado, mientras
vuelca sus dedos, unas vez más, sobre las teclas. Y entonces,
a diferencia de los fracasos anteriores, junto a la caja del
tamaño equivalente a una cabeza, el escritor escribe sin interrupciones
la historia soñada. Ninguna duda lo estrangula, ningún
desvío lo aparta de un vuelo seguro, como si escuchase,
desde la inconciencia, una voz sutil, una voz cercana que dice
e inspira. La visita de la musa, de la inspiración, es
como un relámpago de homogénea y segura luz, que
ilumina una oscuridad anterior. Entonces, la historia soñada
al fin desciende desde un cielo imaginativo hacia el papel.
La historia soñada, ahora real, es la
que Fink presenta complacido a su empleador. Pero ahora, el
deseo realizado del escritor provocará en el jefe de
la magia del divertimiento un repudio sin disfraces.
Lipnick le reprocha a
Fink la lentitud, la afectada intimidad de su guión.
Fink es un presuntuoso. Se cree un nuevo Shakespeare, cuando
su verdadera labor debería ser agasajar al público
con un momento de distensión.
Lipnick se autopresenta
como representante del sentido común. Debe reprimir los arrebatos
de sutileza o de rareza de sus escritores. Concede que es posible
interpolar en un film alguna evocación de las atribulaciones
del alma, pero sólo como una concesión a los críticos. La negación
de lo sensible en Lipnick no debe ser confundida con una miopía
para auscultar el alma que él pretende subestimar. Lipnick es
capaz de advertir el peligro de la personalidad excepcional
( y quizá de todo hombre no especialmente lúcido en particular):
el riesgo del egocentrismo complaciente. Suponer que el mundo
existe como envolvente escenario para la propia aventura personal.
Así, Lipnick denuncia que Fink cree que todo debe girar alrededor
de lo ocurre en su mente. Frente a la sensibilidad artística
que se introvierte y supone que el afuera es imagen que proyecta
o refleja su propio camino deseante, Lipnick es la visión que
ve el afuera donde viven el gusto general que incluye a la mayoría
de los individuos, y las exigencias más apremiantes de un tiempo.
De ahí que, ya iniciada la guerra con Japón luego de Pearl Habour,
el jefe de Capitol se le presente a Barton con uniforme militar
y como el "coronel Lipnick". Sólo ingenuamente podría
suponerse que Lipnick es la ignorancia frente a la clarividencia
artística. Lipnick exuda el conocimiento no despreciable del
hombre en sus valores o deseos generales situados en su propia
coyuntura histórica. Tal vez Lipnick está más cerca de la verdad
del hombre común que Fink.
Y
la declaración de
rebeldía
no libera a Fink de la marca de la cultura de la medianía
y de Lipnick como su lúcido representante.
Aun cuando su guión sea rechazado, permanecerá
como guionista contratado por los estudios Capitol hasta nuevo aviso.
El
castigo al escritor-artista rebelde es pagarle para que sea
un sujeto exiliado, un individuo sin lugar en el verdadero arte,
el de la aceptación popular. El castigo final es la paga
para ser un no lugar. Pero Fink se desplazará hacia el
lugar. El desplazamiento es consumado por un conector
visual, por un primer plano de una gran roca en la playa sobre
la que se rompe una ola. Esa imagen precedió antes la
llegada de Fink al hotel Earle. El mar, el día, el cielo, lo
expansivo. A ese lugar se llega luego de atravesar la profundidad
horrorosa. Fink emerge del mundo de Mundt y ahora la roca y
el mar no son una referencia aislada sino que son el inicio
de la llegada o desplazamiento hacia el lugar. La
proximidad del mar, del agua, de lo líquido, es remisión ancestral
a un aproximarse a lo originario, a algo primario e inconciente. (8)
Fink
camina, al final, por la playa, con la caja del tamaño de una
cabeza. Antes, dentro del hotel infernal, en el reino simbólico
de Mundt, la única ventana abierta hacia alguna parte
era la imagen de una bella joven en la playa, que oteaba la
distancia del mar. Ahora el escritor camina dentro de esa imagen;
se suprime la distancia entre lo real y la fantasía,
entre el sueño y lo posible. El artista que avanza dentro de
una imagen simbólica ya no vive en lo que se representa,
sino en la experiencia cercana a algo más auténtico,
a una presencia de intensidad radiante. Fink camina dentro de
la imagen-playa, como un admirador de Van Gogh, que corre y
respira dentro de los llameantes lienzos del artista holandés
en uno de los sueños de Kurosawa (9). Y también en la
imagen de otro pintor neerlandés, un viajero se
interna en Elegía de un viaje, de Sokurov.
Fink admira la belleza de la mujer que se acerca,
y cuya grácil figura es abrazada por la clara calidez del sol
diurno. La mujer repara en su presencia como testigo, como visitante.
Embelesado ante la solitaria caminante de la playa, Fink le
pregunta: "¿Trabajas en películas?". "No
seas tonto...", es la respuesta. El destino de la
presencia de la belleza femenina no es alimentar el
entretenimiento. Su posible rol es otro, es indicar un sitio, un
lugar... Y la mujer luego contempla
la distancia, la lejanía, como la mujer que atisba el
inmenso cielo estrellado en Stars de Parrisch. Y la nueva
mujer-Musa mira hacia el mar, hacia lo abierto, hacia la rica
y, a su vez, cercana lejanía. Seguramente el lugar, el único lugar
donde el escritor-artista debe respirar. (*)
(*) Fuente: Esteban Ierardo, "Barton
Fink y el lugar en la playa soleada", es editado aquí de manera original.
Citas:
(1) Balas
sobre Brooklyn transcurre en los años 20. David Shayne,
un autor de teatro en serios problemas económicos, consigue
finalmente financiar su obra pero a través del acuerdo con un
jefe mafioso, el gángster Nick Valenti. Para obtener su apoyo
debe aceptar que su novia, Olive, tenga un papel en la obra.
A diferencia de Barton Fink, Shayne representa la claudicación
y la caída en las dudas respecto a la cristalización de su arte
(que paradójicamente será continuado por Cheech, guardaespaldas
de Olive, quien en los ensayos iba sugiriendo nuevas posibilidades
para mejorar, y, en último término, recrear la obra).
(2) Joel
Coen estudió en la Escuela de cine de la Universidad de New York;
Ethan Coen es graduado por la Universidad de Princeton. Ambos han
realizado hasta ahora: Sangre fácil (1984); Arizona Baby (1987),
Muerte entre las flores (1990); El gran salto,
también escrita con Sam Rimi; Fargo (1996), El gran
Lebowski (1998); O brother (2000); El hombre que nunca
estuvo allí (2001).
(3) The
life and death of 9413, a Hollywood extra fue
realizada por Robert Florey y Slavko Vorkapich. Con la ayuda de
Charles Chaplin y Douglas Fairbanks, plasmaron un corto de 13
minutos, donde un extra participa en diversos films de Hollywood
siempre con un número inscripto en su frente como única
identificación. Luego de una vida de impersonal oscuridad bajo las
luces hollywoodenses, el extra vuela hacia el cielo. En la
realización de este film influyó también la estética
expresionista de Metrópolis de Fritz Lang.
(4)
En una ocasión, el famoso artista del manierismo italiano Benvenuto
Cellini (1500-1571), conocido por sus múltiples asesinatos en
la turbulenta Italia del siglo XVI, debió comparecer ante el
Papa para ser juzgado. La condena papal podía ser mortal, pero
el artista, hábilmente, le obsequió unas finas piezas
de orfebrería. El Papa declaró entonces que los artistas, como
Cellini, responden a leyes distintas a las del hombre
común.
(5)
Un ejemplo de un lugar apartado, de una escena replegada sobre
sí, en el cine de David Lynch es el "teatro silencio"
en El
camino de los sueños (Mulholland
Drive,
2002); o también En Twin Peaks: Fuego
camina conmigo (Twin Peaks: Fire Walks with Me, 1992),
en un escenario apartado de lo cotidiano se manifiesta claramente
la identidad doble de Leland Palmer (padre y violador); y allí
también su hija muerta observa plácidamente al ángel que ha
venido por ella.
(6)
En El resplandor Jack Torrance (Jack Nicolson) es
el encargado-guardián del hotel Overlook, que durante el invierno
permanece vacío. Vive allí con su hijo Danny (quien posee un
poder de premonición, "el resplandor"), y su mujer
Wendy. Durante los meses invernales, y por el cerco de la nieve,
no pueden llegar hasta la ciudad más cercana. Durante el aislamiento,
en el hotel y en la mente de Jack estalla un desatado terror.
Jack morirá finalmente en un laberinto. El laberinto remite
simbólicamente a lo subterráneo, a lo infernal. Jack el guardián
del hotel laberinto termina por perderse en su propio reino.
(7) Orfeo
es el hijo de Calíope, la más elevada de las musas. Luego
de su muerte en manos de las mujeres tracias, éstas despedazaron
su cadáver, y arrojaron los trozos a un río que los arrastró
hasta el mar. De esta forma, la cabeza y la lira de Orfeo llegaron
hasta la isla de Lesbos, donde se les rindieron ritos fúnebres
y se le erigió una tumba. La creencia popular era que desde
allí se escuchaba un canto y el son de una lira. La isla de
Lesbos fue asociada así con la poesía lírica. La cabeza de Orfeo
sigue así cantando. Un canto que, en último término, es inspirador
y procede de su origen divino relacionado con las Musas.
(8)
Es curioso observar otros films donde el encuentro con el mar es
también una forma final de visión o experiencia elevadora. En Los
400 golpes (1958), de Francois Truffaut (vinculado a la nueva
ola y a Cahiers du Cinéma), el joven Antonie, luego de
escapar del centro de detención
al que le han enviado por robar una máquina de escribir, y de
transitar otras peripecias, llega hasta la costa del mar, como
simbólico lugar de liberación o renacimiento. En Muerte en
venecia (1971), de Luchino Visconti, inspirada en la célebre
novela de Thomas Mann, el compositor Gustav von Aschenbach aspira a
un supremo encuentro con la belleza. Al fin, el bello joven Tadzio
reposa en la playa del mar, indicando hacia un lugar lejano, un
lugar más alto hacia el que acaso viajará; una imagen con una
clara afinidad con la secuencia final de Barton Fink. En La
dolce vita (1960 ) de Fellini, el periodista Marcello
Rumini (Marcello Mastroianni), luego de su transitar por
largas jornadas de
disipación y frivolidad en Roma encuentra en la costa del mar a una niña,
que parece recordarle una inocencia perdida. En Rumble fish
(1983), de Francis Ford Coppola, el joven Rusty James (Matt Dillon)
acepta el consejo de su hermano, condenado por una percepción más
aguda de la realidad, de viajar con su moto hasta la costa del mar.
Allí, un plano fijo final entrega una imagen compuesta por Rusty,
unos pájaros, la moto y el mar, la ondulante superficie líquida
que pareciera la señal de una incipiente reinvención del joven. En
el orden literario, es interesante recordar también que Ismael,
personaje-narrador de Moby Dick, sólo al llegar a la costa
del mar, luego de una travesía por tierra, siente que comienza la
verdadera vida como aventura y apertura a las cosas remotas;
sensación parecida a la Arthur Gordon Pyme en el cuento homónimo
de Poe. En Nietzsche, el embarcarse hacia alta mar es metáfora de
un proceso emancipador. Y la navegación por ríos o mares, en el
imaginario renacentista, es parte de la potencia simbólica de la
locura como comunicación con el otro mundo tal como lo analiza
Foucault en su Historia de la Locura.
(9) Ver Los
sueños de Akira Kurosawa (1990).
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