I. Hacia una interpretación
mítico-simbólica de Big fish
El gran pez
juega en las profundidades. Prefiere el agua, el agua profunda,
porque ésta oculta mejor los rumores secretos de los símbolos
y de olvidadas posibilidades.
El cine de
Tim Burton, el que ya hemos explorado en otro momento (1) se
caracteriza por sus fuertes alas fantásticas, sus dispersas
imágenes de belleza poética, y una historia que actúa
como variante del cuento de hadas. Un tipo de construcción cinematográfica
que siempre puede confundir la mirada hermenéutica de
la crítica. La fantasía, la belleza, la historia
insólita, pueden deslumbrar, o confundir en exceso, y
arrebatarle a los ojos críticos la trama más sutil
de símbolos que se anidan en toda obra de fantasía
poética consumada. Y Big fish es otro ejemplo,
con nuevos matices, de una fantasía realizada en el cine
burtoniano. "Realizada" en cuanto la ficción tiende
finalmente a con-fundirse con lo real.
Inspirada
en una novela de Daniel Wallace, Big fish explora el
conflictivo nexo padre-hijo. Y estimula otros lugares para la
percepción del vínculo hombre-vida, siempre que la obra
sea interpretada más allá de su más inmediato
hechizo fantástico y algunas concesiones a situaciones
remanidas como el personaje siempre exitoso en sus aventuras,
reminiscencia hollywoodense de la "santificación"
del bueno; o cierto residuo católico de idealización
de la fidelidad matrimonial y del amor monogámico. Y,
por supuesto, para la apreciación del cine de Burton es necesario
asumir su desinterés por toda crítica frontal respecto
a la sociedad que nos envuelve y sus injusticias estructurales.
Este lugar crítico sólo emerge, quizá, de forma oblicua,
mediante la defensa del individuo excepcional que se realiza
fuera de las tendencias igualadoras de la cultura de masas.
Además
de estas posibles objeciones, en las críticas habituales
de este film se le reprocha a Burton su alejamiento de su interés
por la dinámica oscura de lo infantil (actitud sí
cristalizada en Edward Scissorhands (1990); o en Charlie
y la fábrica de chocolates (2005), adaptación de la célebre
novela infantil de Roald Dahl, y remake de la versión de
1971 con Gene Wilder; o en la galería de niños trágicamente
solitarios del libro de poemas de Burton La melancólica muerte
del niño ostra, ilustrado por él mismo). Se le cuestiona
también cierto facilismo para provocar la emoción
en el desenlace del ríspido vínculo padre-hijo;
y se le imputa la inferior belleza visual de ciertas imágenes
en comparación con otros momentos de su filmografía
(como la escena de la madre bruja del temeroso forense Ichabood
Crane que levita envuelta entre hojas y viento en Sleepy
Hollow. La leyenda del Jinete sin cabeza (1999),
o la danza inolvidable de Kim, acompañada por la inspirada
música de Danny Elfman, bajo la lluvia de los copos de
nieve provocada por El joven manos de tijeras al esculpir sus
esculturas de hielo).
Visiones quizá
poco generosas para un film que, pensamos, sólo abre
sus significados si se desciende junto con el gran pez a un
entramado que duerme en la profundidad líquida, el agua
profunda asociada con ancestrales situaciones simbólicas
que vuelven, bajo el disfraz del relato y la fantasía,
para iluminar un viaje humano distinto al corriente.
II. Autoinvención
y el poder de los relatos.
En el primer plano
de Big fish late un primero simbolismo revelador: la
relación entre el gran pez, la pesca y un proceso milenario
de auto-descubrimiento. Edward Bloom obra en dos tiempos ligados
por el empleo recurrente de los flashbacks. El Bloom
adulto, ya cercano a su muerte, recrea su infancia y juventud.
Su relato es en apariencia un tendal de fabulaciones caprichosas
sin remisiones a la realidad. Una libre creación de mentiras
seductoras sobre su pasado, historias encantadoramente falsas,
que reciben la constante crítica de su hijo. Su contraparte
realista, pragmática, que no tolera el aparente divorcio
entre lo ficcional y lo verdadero en los relatos del viejo Bloom.
Sólo luego de un proceso de cambios y sorpresas, el hijo
entenderá el sentido del uso del relato fantástico
en su padre.
Edward Bloom
adulto (Albert Finney) recuerda las aventuras del joven Bloom
(Ewan MacGregor). El apellido del personaje marca un camino
común que se extiende desde la infancia a la vejez del
sujeto narrador. Esta continuidad centellea desde la traducción
del apellido: Bloom: flor, florecimiento, proceso de
crecimiento, de realización, de autorrealización.
El central vínculo de Bloom con la pesca del gran pez
lo liga con un sendero constante de crecimiento, de florecimiento,
desde la autoinvención, desde la autoconstrucción; aunque este
proceso nunca debe ser idealizado dado que siempre se halla
condicionado por un ambiente cultural dominado por un pálido
pragmatismo igualador, y poco afecto a caminos de vida atípicos.
La invención
de sí es descubrimiento y realización de las propias
posibilidades. Pescar al gran pez profundo y extraño es pescar
el propio potencial de autocreación, de autorrealización
de un yo. Los diversos anclajes simbólicos que jaspean
el film poseen una notoria afinidad con símbolos universales,
claramente presentes, por ejemplo, en la tradición céltica.
La pesca como acceso a la sabiduría, a un construirse
como sujeto sabio, como individualidad fuerte, radiante, satisfecha
de sí misma, tiene un antecedente puntual en la pesca
del salmón en la mitología celta (2).
Para pescar
al gran pez maravilloso es necesario un anzuelo especial. Por
ejemplo: un anillo de oro, símbolo de la futura unión
nupcial de Bloom y Sandra; y este anzuelo es eficaz por su valor
sacrificial, por su entregarse como una ofrenda necesaria para
recibir a cambio un bien extraordinario.
Bloom así
pesca al gran pez, el que luego accederá a devolverle
la prenda de su sacrificio, el anillo que también es
imagen de totalidad, que puede unir opuestos como lo eterno
y lo temporal. Y que en el caso particular del pescador Bloom
es posible unión de la conciencia, ámbito psíquico de
la internalización y la repetición de normas preestablecidas,
y lo inconciente líquido como reserva de las posibilidades
de reinvención.
Bloom es
el pescador que ha triunfado donde muchos otros fracasaron;
por eso, su exitosa pesca lo identifica con el pez. Porque no
teme descender a la potencialidad del propio yo, donde aún
se conserva lo líquido, móvil, inconciente, lo
que puede devenir o moverse hacia nuevas posibilidades a diferencia
de la vida de la superficie, la de un sujeto que repite hábitos
estables, de granítica firmeza, impuestos desde fuera por la
presión social o la fuerza intimidante de la tradición
que suele exigir una repetición sin variantes. Por ello, un
sujeto líquido, que se transforma y autotransforma es
hombre pez. Su medio propio es el agua, y no la solidez de lo
instituido que, tras su apariencia de firmeza, oculta la incapacidad
para la transformación, para el discurrir hacia nuevos
senderos de acción.
Bloom padre,
como sujeto que se inventa a sí mismo y transforma, al
menos parcialmente, lo recibido o impuesto, contradice la concepción
habitual de la paternidad como lugar reproductor de las normas
y como fuerza de autoridad que impone al hijo la aceptación
de lo ya conocido. El vínculo padre-hijo se invierte.
Y toda inversión es también alteración y transformación.
Y la transformación
como autoinvención preferida de Bloom, como se sabe,
es a través del relato. Cuya fuerza más poderosa
dimana desde la oralidad. Así, una situación donde la
palabra oral de Bloom libera con más vigor su efecto
hechizante es cuando, en la noche y junto a una hoguera, le
narra a unos niños asombrados, la historia de la pesca del gran
pez. Situación narrativa que recupera la vieja magia del relato
oral en los albores míticos de la humanidad. Forma de
narratividad que apuntala la afinidad de Big fish con
su condición de variante de los antiguos cuentos de hadas;
situación ancestral también presente en el comienzo de
The fog (1980), de John Carpenter, que fluye como preámbulo
a la recreación de una antigua historia folklórica
de terror.
Pero si Big
fish puede ser pensado como relato que, dentro de la modernidad de su adaptación cinematográfica,
contiene inconcientes incrustaciones tradicionales y
arquetípicas, esto hace aún más natural que la historia recordada
por el viejo Bloom recree viejos caminos para la reinvención
del individuo enlazados con lo mítico-simbólico.
Y con la introducción de lo extraordinario dentro de lo cotidiano.
Lo extraordinario de pruebas iniciáticas para la autoinvención,
por ejemplo, que laten desde un modelo mítico revivido...
III. Las pruebas
y la recreación.
Bloom taladra
las paredes de lo cotidiano, corta el aire repetido. Introduce
lo extra-ordinario. Su destino es la trasgresión de los límites
ordinarios; misión prefigurada ya por su particular nacimiento:
por su salir expulsado a gran velocidad del vientre materno.
Bloom, en
su autoinvención, protege posibilidades poco frecuentadas
de imaginación y acción que luego pintarán el
lienzo de su vida futura. Proteger potencias amenazadas de desaparición
es labor ancestral de los héroes que, como Bloom, pre-anuncian
su condición extraordinaria desde su nacimiento o su
infancia; tal es el caso de Moisés, Arturo, o Cuchulainn, el
gran héroe céltico, entre otros (3).
El sujeto
de la autoinvención introduce gradualmente sus posibilidades
extraordinarias en lo familiar, modifica o amplia el horizonte
de lo cotidiano. Por ejemplo, el niño Bloom hace estallar
lo esperable y corriente mediante su raro crecimiento orgánico:
crece vertiginosamente y, durante tres años permanece inmóvil
en su cama; y frecuenta enciclopedias, para mantener abierta
su mente a la diversidad del mundo y sus perfiles y sorpresas.
Y así descubre un artículo sobre los peces carpas, los cuales
pueden vivir dentro de un tazón; pero si se les da más espacio, crecen
y aumentan rápidamente de tamaño. El niño Bloom interpreta este
rasgo de los particulares peces como una señal sobre su futuro:
un personaje extraordinario, como él, no puede vivir
dentro de los límites de la vida normal; puede crecer
más allá de un volumen reducido (como los peces carpas); y de
ahí la explicación del rápido crecimiento orgánico de Bloom.
La figura del pez adquiere el valor simbólico de un existir
más amplio; como lo hace también en Rumble fish (1983),
notable obra de Coppola, donde los rumble fish, los peces
que luchan, si se encuentran en el espacio estrecho de una pecera,
indican la agresividad de la vida encerrada dentro de la estrechez
de una pecera, la metáforica pecera-cultura, que impide una
existencia más amplia, modelada por reales posibilidades de
libertad.
La interacción
dialéctica entre lo ordinario y lo extraordinario se
agudiza con las repetidas desestabilizaciones de la normalidad
de Ashton, el pueblo que acoge al prodigioso Ed. Así,
Bloom asombra y sustrae de lo habitual a sus vecinos mediante
sus repetidas proezas deportivas, su ingenio intelectual que
fructifica en un premio en una Feria de Ciencias, o un heroico
salvataje de un perro en un incendio. Pruebas que siempre son
vividas desde la humillación por Don Price, un joven regordete
que oficia de representante de la mediocridad y la frustración
ante el joven maravilla del pueblo.
Bloom
atraviesa lo cotidiano invirtiendo sus tradiciones, descubriendo
nuevos senderos para la construcción de la propia subjetividad.
Edward convierte lo atípico, lo ingenioso e inesperado, en su
personal modo de esculpirse a sí mismo. Por eso habita
primero dentro de los límites de su pueblo (símbolo de lo estrecho,
inmóvil, tradicional), pero sólo para luego traspasar
sus muros y descubrir sendas poco frecuentadas hacia la autoinvención;
sendas que dependen de pruebas iniciáticas, de aventuras
que desafían lo desconocido, y que entienden que todo
individuo real sólo surge al enfrentar oposiciones,
resistirlas y autoinventarse al superar esas pruebas (4).
Entre este
plexo de pruebas sobresale la aventura del encuentro con la
bruja en cuyo ojo Bloom ve anticipada su muerte. La mujer bruja
(Helena Bonham Carter, en el doble papel
de la Bruja y luego de Jenny adulta), es la que guarda
lo secreto; es lo femenino que destila el don antiguo de la
profecía, encarnado en las profetizas que avizoran el
porvenir, como Casandra, las sibilas o las pitonisas.
Una clara
reaparición de una experiencia mítica dentro del
film es el rol de Bloom ante un inesperado peligro que llega
al pueblo: un gigante que reaviva el topos arcaico del
monstruo; y que, como los seres monstruosos que enfrenta Hércules,
amenaza la comunidad, y destruye cosechas y ganado, los medios
que, en la vida rural y rústica, aseguran la supervivencia
(5).
El pueblo
soliviantado decide la captura y muerte del monstruo-amenaza.
Pero Bloom se propone como sacrificio apaciguador y, movido
por una combinación de coraje y espíritu lúdico,
visita la cueva donde vive la supuesta criatura maligna. Se
entrega entonces como víctima sacrificial, como ofrenda
para saciar al monstruo y alejar su amenaza potencial de destrucción
(expresada como caos, voracidad) contra el pueblo (representación
de orden, civilización). Pero Bloom, como Prometeo respecto
al hombre, actúa como héroe civilizador. Convierte
al presunto monstruo en sujeto civilizado, en el gigante Karl,
cuya rareza, su gigantismo, abrirán luego a Bloom al
mundo de lo circense, privilegiado lugar de la fantasía
y salida de lo convencional.
Pero las pruebas
para la aventura de la autoinvención no concluyen aquí.
La propia invención requiere primero de una muerte simbólica,
de un sacrifico del ego forjado por la socialización que impone
un camino prestablecido. Pero Bloom es el sujeto de la transformación,
de las metamorfosis, no de la confirmación de lo conocido,
lo que lo vincula con el mito de Tuan Mac Carrel, personaje
de la tradición céltico irlandesa (6). Por eso sabe que
debe traspasar la muralla limitante de su pueblo, de lo real
replegado sobre su pequeñez y su apariencia de seguridad y rutina
presabidas, para ver lo que existe extra-muros. Y en el viaje
de salida del pueblo, que es paralela muerte simbólica
del ego de la complacencia y la pasividad, Bloom y el gigante
se encuentran con un camino que se abre en dos senderos. Es
el momento de la encrucijada. Un motivo tradicional que obliga
a la elección entre dos posibilidades: o la repetición
de lo mismo (el camino de asfalto, lisa seducción de
la seguridad moderna); o el camino primario, arcaico, pantanoso,
expresión de una incierta apertura a nuevas y desconocidas posibilidades
a descubrir desde el riesgo y lo temerario. Así Bloom
elige la definitiva senda de la transformación y sus
peligros, que conoce al atravesar un bosque semioscuro. Luego,
Bloom llega a Spectre. Spectre es en principio escenificación
del topos clásico del locus amoenus, del
lugar maravilloso, paradisíaco. La vida pueblerina como sitio
de un paraíso recuperado. Donde no extienden sus cabezas
gárgolas o dragones amenazantes, y todo
es luz acogedora, hierba iridiscente y miel reconfortante.
Pero todo lugar que
ofrece protección y quietismo, que promete continua seguridad,
es amenaza para el devenir, para el movimiento de la riesgosa
autocreación. Por eso Bloom abandona Spectre.
Y sus pruebas
continúan con su llegada al circo que contrata a Karl,
y donde hace su aparición Amos, el particular dueño del
ambulante espectáculo circense (Danny De Vito). Lo circense:
lugar de la festividad que, paradójicamente, para Bloom será
lugar de varios meses de pruebas para descifrar, mediante las
graduales revelaciones del dueño del circo ( y maestro iniciador),
el nombre y el hogar de la mujer que lo enamora: Sandra Templeton
(Alison Lohman de joven y Jessica Lange de mayor).
IV. El regreso
a Spectre, zapatos y la cumbre de la reinvención.
La superación
exitosa de las pruebas rompen con la vida de los límites
cerrados. Bloom entonces ingresa en una progresiva polifonía
de reinvenciones, de actos de metamorfosis. Ejemplo arquetípico
de la trasmutación es el devenir del humano en algo totalmente
otro, en su contraparte animal. Una dinámica metamórfica
que encarna el dueño del circo, lugar-fantasía, Danny
De Vito, al atravesar una experiencia de licantropía. El pasaje
de lo humano a lobo, y el regreso a su anterior condición,
refuerza el poder y posibilidad de las metamorfosis, de las
trasformaciones. Que Bloom consuma en su mutación de vagabundo
errante, sin trabajo, en vendedor ambulante y exitoso hombre
de negocios. Paralela reinvención a la del poeta de Spectre, Norther
Winslow (Steve Buscemi) que abandona el idílico, pero
estático, sueño de Spectre, para reinventarse primero
como asaltante de bancos y luego como exitoso asesor bursátil.
Y el posterior
regreso de Bloom a Spectre es momento cumbre de sus juegos de
reinvenciones que no se limitarán ya a su propia subjetividad;
porque ahora su llama autoinventiva se derramará sobre
un campo vital de acción que lo trascenderá.
Al retornar
a Spectre, Bloom encuentra al pueblo abandonado. Señal simbólica
de la imposibilidad de todo sueño paradisíaco dentro del mundo
moderno de la sofocación y la turbulencia. Pero el don inventivo
de Edward lo reinventará. Y se reencontrará con
Jenny (ya adulta), la niña que antes sustraía y lanzaba
y enrollaba luego los zapatos de los habitantes de Spectre en
una cuerda extendida entre dos postes a la entrada del pueblo.
En una realidad idílica los zapatos, medio protector de los
ásperos pavimentos de la vida moderna, ya no eran necesarios
sobre el liso suelo de amable hierba pueblerina. Liberación
de la presión del calzado que aprieta nuestros pies,
claro, anterior al derrumbe de la quimera de la vida que se
encierra sobre sí, en un imposible sueño de seguridad.
V. El agua y la
transformación.
Y gran pez
nada en las profundidades líquidas. El agua es tradicional
símbolo de la fuente de la vida, y de las corrientes de los
cambios. La proximidad o afinidad entre Bloom y lo líquido
se repite frecuentemente. Bloom nada en su piscina; se interna
en el río para pescar al gran pez (sobre el que urde
múltiples conjeturas; desde su condición de encarnación
de un antiguo criminal, hasta posible dinosaurio superviviente
del periodo cretácico). Y el Bloom adulto comparte
un encuentro amatorio en la bañera con su esposa, a la que le
aclara que al sumergirse busca "secarse". Su estar
fuera entonces de lo líquido ( y de su significación
simbólica) es una forma de estar fuera de sí,
fuera de su destino singular. Y Bloom también se encuentra,
bajo la mirada expectante de Jenny, con un pez en un angosto
río rodeado de un bosque penumbroso, en los lindes de
Spectre, que se manifiesta bajo el aspecto de una bella mujer
desnuda.
Y desde la
imagen que conjuga belleza y lirismo, típica expresión
inventiva del cine de Burton, la imagen icónica del vínculo
Bloom-agua es su descenso, con su flamante auto rojo, en el
lecho de un río luego de una poderosa tormenta. Entonces,
el asombrado aventurero, desde el refugio de su auto como surrealista
traje de inmersión, contempla una bella ninfa de las
aguas. Una plástica, ágil y hermosa ninfa desnuda
que, en el orden simbólico, protege el lazo inescindible
entre el agua, como fuente de la vida y el cambio. El cambio:
las metamorfosis de lo líquido, lo que se mueve con nuevas
figuras. El agua y el misterio de la creación y re-creación
de la vida.
Con esta sola
imagen, quizá la más lograda como acto de poética
visual, junto con el plano de los narcisos (al que luego aludiremos),
Burton sintetiza un poder central de la fantasía: su
ablandar las realidades duras y cerradas que luego renacerán
como nuevas formas o posibilidades.
VI. La alianza
de la belleza y la reinvención.
La tensión
que mueve a Bloon hacia la potencia metamórfica, hacia
las trasmutaciones continuas, se alimenta también del
magnetismo de Eros. En el circo, Bloom encuentra a la mujer
de su vida: Sandra Templeton. El tiempo entonces se detiene,
como en Belleza americana
(American Beauty, 1999), cuando un embelesado
Lester Burnham (Kevin Spacey)
descubre a una bella joven rubia. El amor-eros como introducción
de la novedad extraordinaria del enamoramiento dentro del tiempo
rutinario de las repeticiones. Detención de la temporalidad
como una breve irrupción de eternidad, próxima
a la figura tradicional, romántica y medieval, del eterno
femenino. El enamoramiento como liberación de nuevas
energías constructoras, que mueven a lo masculino hacia
su propia superación. Bloom no se amilana entonces ante
las pruebas para encontrarse con su mujer amada. Y mediante
un dato que le revela Amos-De Vito, sabe del amor de su amada
por los narcisos. Flor de alto valor mitológico. Perséfone,
hija de Deméter, se deslumbra por su belleza. Se inclina ante ella en una mañana
bañada por una bella luz matinal. Entonces, la tierra se abre;
y ocurre su conocido secuestro y su posterior conversión en
esposa de Hades, dios del más allá. Perséfone,
mujer divina. Y Sandra, mujer terrenal y proyección del
arquetipo mítico de lo femenino, que será seducida
también por el magnético halo seductor de la flor
de intenso amarillo. La flor cuyo nombre procede del Narciso
que se enamora ante su propia hermosura reflejada en una franja
de agua; pero que también, desde un sentido más
amplio, representa el enamoramiento de lo bello en la naturaleza.
Bloom entonces se une con lo femenino mediante la recreación
de esa belleza natural al sembrar de amarillos narcisos un descampado
que se extiende ante la casa de Sandra. El buscador de eros
se muestra entonces rodeado de una explosión de soleado
esplendor. Bloom circundado por los narcisos es seguramente
el segundo plano-icono de la típica poética visual
burtoniana en este film.
La belleza
no sólo es atracción de eros, es el estímulo también
para la unión de los opuestos masculino y femenino, por
la consumación de la pareja Bloom-Sandra. Lo bello asimismo
puede ser fuerza que supera la tosquedad áspera y no
versátil, no líquida, no metamórfica, de la violencia.
De ahí el triunfo en la seducción amorosa de Bloom
a pesar de ser demolido por la golpiza que le propina Don Price
(el personaje arquetípico de la mediocridad pasiva),
que se presenta como prometido de Sandra.
El centro
del tejido del relato desde donde Bloom se construye gira así
en torno a una instancia que, para cierta crítica precipitada,
podría parecer liviana concesión a lo sentimental.
Pero que, quizá, más hondamente, repite la atracción
siempre ineludible del ya aludido topos del eterno femenino,
presente desde Dante hasta Goethe, como fermento poderoso de
la voluntad masculina.
VII. Un gran pez.
El juego
de las reinvenciones no se nutre únicamente desde el
poder transformador de lo líquido y lo bello. La ocurrencia
imaginativa reinventa también lo corriente cuando Bloom, reunido
con su esposa, su hijo y la embarazada esposa francesa de éste,
Josephine (Marion Cotillard), inventa la historia de unos pericos
que habitan en el Congo africano, y que hablan perfecto francés
y dominan diversas materias. La aparente arbitrariedad de su
nueva invención compensa el vínculo realista de
Josephine con África por su profesión de fotógrafa
y su viaje
Y la
reinvención también es impulsada por la muerte.
La conciencia de la muerte es vigoroso catalizador para actuar
desde el continuo saber de la propia finitud, y de la necesidad
de atravesar el tiempo con decisión hacia la concreción de un
camino personal. Ya aludimos al encuentro con la Bruja del Ojo,
a la visión anticipada que Bloom tiene de su propia muerte.
Desde entonces, Bloom actúa desde el conocimiento de
la muerte como irreversibilidad física, como colapso
definitivo del cuerpo, pero también como desafío
para construir alguna forma alternativa de inmortalidad. Esta
consistirá en la perduración en la memoria de
los otros tras la propia muerte. Cuanto más profunda
es la huella del relato de la vida de alguien mayor será
su renacer en una continua inmortalidad conferida por el recuerdo
o evocación de las generaciones venideras.
Pero la muerte,
en el film, es también lo que estimula la supresión de
la distancia entre los sujetos desgarrados por el conflicto.
Bloom se separa tres años de su hijo. La relación sólo
se recreará a partir de los primeros indicios del enfermedad
del viejo Bloom. En el camino del padre hacia la muerte nace
una nueva escucha en el hijo. Bloom se cuidó de no revelar
su muerte, que había visto prefigurada en el Ojo
de la Bruja,
a su hijo, William Bloom (Billy Crudup),
como si quisiera dejar unos puntos suspensivos
para ser ulteriormente completados...
Y en la cercanía
del colapso final, el hijo consiente en un tributo. Acepta continuar
la cadena siempre abierta de relatos de su padre. Y así continúa
la narración inconclusa de la propia muerte de Bloom:
su llegada hasta el río, donde pescó al gran pez,
su transformación en ese pez, y su reencuentro con los personajes, supuestamente imaginarios,
de sus historias. Reencuentro en un funeral festivo, arropado
en cierto aire circense, que recuerda el circo de Amos, y el reencuentro del director y sus personajes
tras una fallida película en un clima de festividad final en
8 ½ de Fellini.
El hijo ofrenda
a su padre el relato de una muerte jubilosa, en un funeral que,
la lógica más estricta, asegura que sólo
existe en la ficción de la narración.
Pero luego
acontece el acto funerario. El supuestamente real. En la duplicación
del funeral relatado por el hijo y el efectivamente vivido tendría
que manifestarse la distancia entre la verdad y la ficción.
Pero en el sepelio final se repite la llegada, para homenajear
al desaparecido, de los personajes aparentemente fantásticos
de los relatos o fabulaciones del viejo Bloom. Lo que sólo
parecían las criaturas de su espíritu evasivo
y fabulador, retornan. Lo acompañan así el gigante Karl,
el dueño del circo, el poeta de Spectre. Y también Jenny,
el amor no realizado. Lo que parecían dos extremos: verdad
y ficción se compenetran, desde un proceso semejante
al de la construcción de la narración fílmica de Las
aventuras del Baron Muchhausen, de Terry Gilliam (7). Y
la muerte obraría, como lo pensaba Pasolini, como el
momento de un montaje final que resignifica toda la vida anterior.
Los relatos
de Bloom nunca fueron una negación de lo real, sino una
forma de invasión y desestabilización imaginativa de
una supuesta posibilidad única de realidad. Bloom se
dio forma desde la síntesis entre lo real dado por un momento
de la historia, por un entorno cultural, y por la libertad de
apelación o pesca de las propias posibilidades olvidadas.
La relación
padre-hijo, y sus conflictos, terminan por develarse como trasfondo
de otro proceso más velado: una forma particular de autoconstrucción
donde la fantasía interviene y actúa en la vida
"real" desde la fuerza dinámica de la libertad
imaginativa, como matriz de nuevas posibilidades. Sobre el duro
cemento inflexible de la realidad ya dada, se le superpone otro
mapa de acción, otra potencia, otro camino que encuentra,
aunque sea en un margen, alternativas y bifurcaciones respecto
a la supuesta única vía lineal que propone la
educación "oficial".
Tras lo fantástico
y el conflicto psicológico paternal y filial, palpita entonces
una estrategia de antropofanía, del hombre que
se hace o dice desde las pruebas, y las versátiles y
firmes decisiones, desde un sendero menos frecuentado, aparente
reverso oscuro del único camino posible o razonable.
Por eso el
film comienza con el pez en el agua, y regresa luego circularmente
a ese origen, cuando Bloom se convierte finalmente en el gran
pez, que habita en su nuevo hogar de aguas profundas. El lugar
versátil y de movimiento, para aquel que, lentamente, se autoinventó
burlándose de los caminos únicos.
(*)
Fuente: Esteban Ierardo, "La
estela de 'El gran pez'. Una
interpretación mítico-simbólica del film de Tim Burton
", editado aquí de forma original.
Citas:
(1) Ver Esteban Ierardo,
"El joven manos de tijeras. Soledad, diferencia y fantasía
en el cine de Tim Burton", editado aquí en Temakel,
sección cine, item 60.
(2) Sobre la relación
entre la pesca del salmón y el camino hacia la sabiduría puede
consultarse: Jean Markale, La trama oculta del Grial,
Girona, ed. Tikal; en especial el último capítulo: "La
búsqueda del significado", pp. 153-169. Markale es uno
de los autores más estimables en la difusión de la mitología
céltica y su camino específico de símbolos con su propia especificidad,
pero también con fuertes coincidencias con el simbolismo universal
y ancestral.
(3) Sobre los héroes,
su sentido y morfología particular puede consultarse el clásico
de Joseph Campbell, El héroe de las mil caras, México,
F.C.E; y también Hugo Francisco Bauzá, El mito del héroe.
Morfología y semántica de la figura heroica, Buenos Aires,
Fondo de Cultura Económica.
(4) En el horizonte
mítico, la iniciación siempre suponía un doble nacimiento. Un
primer nacer a las condiciones más inmediatas de la existencia
corpórea, biológica, y social o tribal para, luego de una
serie de pruebas, atravesar una "muerte simbólica"
y renacer dentro de un nuevo saber, en un nuevo tipo de existencia.
Sobre este proceso particular de las sociedades antiguas, que
se continua bajo nuevas formas en la historia posterior de las
culturas, puede consultarse: Mircea Eliade, Iniciaciones
místicas, Madrid, Taurus.
(5) El es caso de
los monstruos como la Hidra de Lerna o el León de Nemesa, que
devoran cosechas y ganados y que son derrotados por Hércules
durante sus célebres Doce Trabajos.
(6) Uno de los más
famosos relatos míticos celtas se vincula con las metamorfosis.
Este el caso de Tuan Mac Carell. Tuan atraviesa distintas transformaciones
que lo hacen experimentar la forma humana y animal. El relato
escrito de las aventuras de Tuan procede de la edad media irlandesa,
de la trascripción que los monjes cristianos realizaron
a partir de relatos orales anteriores de procedencia popular.
Ver Los
celtas. Mitos y leyendas; compilación de T. W. Rolleston,
Studio editores.