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LA
VISIÓN Y LA ILUSIÓN Lo
visionario y el engaño en "El séptimo sello" de
Bergman y la "Juana de Arco" de Besson
Por
Esteban Ierardo
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La
muerte y el caballero Antonius Block (Max Von Sydow)
durante su célebre partido de ajedrez en El séptimo
sello, de Bergman.
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La visión puede ser encuentro con la otredad. O también manipulación
humana. Este doble camino de lo visionario es pensado en el
texto que sigue a continuación, mediante la incitación de
dos films situados en la edad media: El séptimo sello,
de Bergman, y la Juana de Arco de Besson. El film
de Besson se aleja de la estricta fidelidad histórica (que
sí buscó Dreyer en su La pasión de Juana de Arco,
1928, o Robert Bresson en su El proceso de Juana de Arco,
1965). El debilitamiento del rigor histórico convive con la
personalización de la conciencia de la doncella de
Orleáns. Que, durante el proceso que la conducirá a la hoguera,
actúa como instancia deconstructiva del relato visionario.
La
sospecha rodea a la visión cuando ésta pretende ser posesión
y certeza, en lugar de exaltación de lo desconocido.
E.I
LA
VISIÓN Y LA ILUSIÓN Lo
visionario y el engaño en "El séptimo sello" de
Bergman y la "Juana de Arco" de Besson
Por
Esteban Ierardo
I
Las
obras de un creador pueden multiplicarse. Y componer un cubo.
De diversas caras. Pero en el centro de la figura se reitera
un centro de gravedad, único, matizado por algunas diferencias
de tono, que revela un punto arquimédico constante. Como
en el caso de Tarcovsky, en Bergman la inquietud religiosa es
una brisa frecuente (1).
En El Séptimo Sello (Det Sjunde Inseglet, 1956),
Max Von Sidow protagoniza a Antonius Block, el caballero que
regresa a Suecia luego de diez años de cruzadas.
Tras el regreso, con su ritmo ondulante, el oleaje del mar besa
la playa. El caballero yace distendido sobre un improvisado
sillar de piedra. Sus ojos se nublan con el recuerdo de las
cruzadas, con sus erupciones discontinuas de batallas, intolerancias
y oraciones. La muerte lo persigue. Block quisiera ya entregarse
a sus brazos. Pero necesita postergar su encuentro con la Parca.
Porque aún no ha consumado algún hecho que justifique su vida.
Para detener la sombra letal de la muerte entabla una partida
de ajedrez. El caballero mueve la primera pieza. Su rival replica,
con otro movimiento. Mientras la muerte no lo venza, mientras
no acorrale y sofoque a su rey, su delgado hilo de vida no se
cortará.
Block
es estrujado por la ansiedad metafísica, por el deseo de un
encuentro vívido con Dios. Y es acompañado
por su escudero:
Jöns (Gunnar Bjornstrand). La asociación con las
andanzas del Quijote y su escudero Sancho parece inevitable. Sin
embargo, el parentesco es sólo exterior, epidérmico. En lo
íntimo, Block está muy lejos de la seguridad de los ideales
del caballero de la triste figura; y la lucidez crítica de
Jöns sólo tiene ocasionales
contactos con la simplicidad prosaica de Sancho.
Jöns descree de toda experiencia trascendente.
La iglesia y la religión son engaños endémicos. En el vientre misterioso
del tiempo, no palpita un dios oculto. Sólo existe el vacío.
La nada. La ausencia desértica. El escepticismo del escudero
es extrapolación anacrónica de la mirada del hombre moderno.
El hombre medieval podría dudar sobre los contenidos de la
revelación.
Pero nunca dudaría de una radiación divina del ser. Las diferencias
entre ortodoxos y herejes ocurren dentro de la indiscutida
aceptación
de un origen divino del mundo. La duda es únicamente en torno al modo
de manifestación de un calor absoluto.
II.
Bergman recuerda que El séptimo sello surgió a través
de su asombro infantil. Su padre era predicador en las iglesias
de diminutas aldeas en las proximidades de Estocolmo. El
padre, el adulto, se consagraba a la predicación. Pero el niño
se maravillaba con el impacto de las imágenes medievales que
esmaltaban paredes y vitrales. En aquellas pinturas, la sensibilidad
medieval sobrevive en un vivo presente. Allí, viven demonios
y ángeles. Profetas y santos. Allí, están el águila, el Apocalipsis
y la ballena de Jonás. En un bosque, un caballero juega una
partida de ajedrez con la muerte. El sombrío ser de la guadaña
taladra un árbol para capturar un nuevo habitante de su reino.
Y también entre las imágenes cantan juglares. Y avanzan procesiones
de flagelantes. Y muchos infortunados se derrumban estragados
por la peste.
El
recuerdo del asombro infantil ante la imaginería medieval se
convertirá, en el artista futuro, en estímulo para realizar
"un film histórico que no recrea la vida de la Suecia medieval,
sino un intento de poesía moderna, que traduce las experiencias
vitales del hombre moderno en una forma que trata muy libremente
los hechos medievales".
La
película se rueda en 1956. Es el tiempo de un Occidente devorado por
la guerra fría y el temor de una definitiva hecatombe nuclear.
Miedo
de proporciones equivalentes al pánico del hombre medieval ante
la peste negra y un inminente juicio final. Y como ya se dijo, el nihilismo del escudero es
también
la pérdida de la fe del hombre moderno en algún sentido superior
.
A
su vez, el trasfondo del miedo ante una inminente conflagración
atómica late en otros films de la época, como en los finales
de El proceso (The trial, 1962), de Orson Welles,
y de El doctor Insólito (Dr. Strangelove: or How i
learned to stop worrying and love the bomb, 1964), de Stanley
Kubrick; o, algo después, el temor ante la guerra nuclear sobrevuela
El sacrificio (Offret,1986) de Tarcovsky.
La
guerra atómica o la peste remiten al temor al juicio final,
a la conclusión violenta de la arrogante autosuficiencia humana.
Y
el temor crece allí donde aumenta la duda. El caballero Antonius
Block regresa de las cruzadas. Evento militar-religioso que
pretende afianzar la fe.
La liberación del Santo Sepulcro de la dominación musulmana
debe consolidar las certezas del cristiano. Pero las
cruzadas hacen evidentes las ambiciones de poder de los jefes
cruzados, y las crueldades en el trato del enemigo desarmado.
La realidad desnuda debilita en Block su entusiasmo inicial.
No vuelve entonces fortalecido. Regresa diezmado.
Y en una humilde iglesia de pueblo, ante un confesionario, expresa
su desesperación. Quiere entender. No creer. Pero no
halla la claridad. "El vacío es como un espejo, puesto
delante de mi rostro". La descomposición de todo altar
de solidez conlleva el anonadamiento: "Ahora habito en
un mundo de fantasmas, prisionero de ensueños y fantasías".
El caballero necesita que Dios no sea sólo una presencia intangible.
Lo desea como una fuerza sensible. Como un poder que se le muestre
a los sentidos. El caballero clama por un respuesta. Por un
molino de luz que gire. Dentro de una noche fría. Y cerca del
sacerdote que escucha la confesión, el sujeto atribulado que
se confiesa asume que su torturada vacuidad ya tuvo que haber
cesado. La muerte ya tuvo que haberlo acallado. Pero aún no
se resigna a renunciar a un acto de redención: "Mi vida
ha sido un absurdo. Fui un necio. Quiero emplear esta prórroga
en una acción única". En un tiempo dilatado y prestado,
como el personaje borgeano de El milagro secreto (2),
Block desea consumar su misión. Un acto que ilumine un jardín
abandonado.
Y el caballero insiste en su deseo de escuchar la voz divina:
"Quiero sabiduría, no fe, no suposiciones, sino sabiduría.
Quiero que Dios estire su mano hacia mí, se me revele y me hable".
El confesor le advierte que el Dios al que llama
permanece en silencio. Block siente que su desesperación se
agiganta: "Lo llamo en las tinieblas pero parece que no
hubiera nadie allí". Y el confesor manifiesta que quizá
no hay respuesta, porque no hay nada ni nadie que pueda responder.
El
confesor es la propia muerte. El engaño es una de sus mejores
armas. Como el espacio, la Parca puede estar en todas partes.
De su sombra no es posible escapar. Pero Block, el que duda,
realiza una nueva jugada. Necesita retrasar el filo de la navaja.
No se resigna todavía a no consumar alguna acción que le traiga
una última esperanza.
III. Varios
niveles de experiencias componen el tejido
narrativo de El séptimo sello. La duda de una nueva certeza
de Block; el nihilismo definitivo del escudero; la inocencia
próxima a la plenitud de los juglares, encabezados por Jöf (Nils
Pope) y
Mia (Bibi Andersson); la paranoia cristiana ante lo demoníaco y su inquina
contra la vida natural. Y lo femenino como sensibilidad preverbal
capaz de encontrar luz en los bordes de la muerte...
Nos
concentraremos primero en el escepticismo mordaz del escudero.
Su firmeza escéptica surge con claridad en su diálogo con el
pintor mural. En la Iglesia donde Block hace su confesión, un
humilde pintor pinta en las paredes imágenes encargadas por
la autoridad eclesiástica. El escudero se sorprende por las
imágenes de la peste. El pintor justifica las escenas tétricas
por la necesidad de recordarle al hombre su fragilidad. Su finitud.
A veces, se debe alegrar. Otras atemorizar. Y cuantos más tiemblan
los humanos, más se arrojan en brazos de los sacerdotes para
que éstos les digan cómo salvarse, observa el escudero. Luego
de una procesión de flagelantes y de un sermón sacerdotal, el
escudero no oculta su enojo ante su señor. Las advertencias
del sacerdote sobre el inminente Apocalipsis son cuentos. Patrañas.
Y el escudero, en una casa apartada, deshabitada, se encuentra
con una joven muda. Y con un vagabundo que la acecha: Raval.
El escudero rápidamente lo reconoce. Antes de caer en la abyección,
Raval se graduó como Doctor Mirabilis Caelestis et Diabilis,
en el seminario teológico de Ruskilde. Él fue quien convenció
a Block de integrar el ejército cruzado. Su pasaje de honorable
teólogo a malhechor trashumante expresa la corrupción e
hipocresía del clero. El escudero encarna una mirada crítica
del cristianismo medieval y, más particularmente, de la manipulación
clerical. Y aunque sus dardos de lucidez suele arrojarlos con
gesto adusto, se autopercibe como bufón.
Luego de la
escena inicial en la costa del mar, el caballero y
Jöns cabalgaban bajo la diáfana luz solar. El escudero
entonces canta, en tono jocoso, que en el centro del destino
sólo vive la nada. Lo mejor es preocuparse por la vida presente
y despreocuparse por el mañana. Y en su encuentro con el pintor
de murales, hace un dibujo donde se autorretrata con aspecto
bufonesco. Como bufón, es el individuo que, fuera de la seriedad
de la responsabilidad del mando, sabe descubrir, con certeza
despiadada, las falsedades enquistadas en el poder político
y religioso, y en la trama de las indiscutidas creencias populares.
IV.
La duda y la negación escéptica
conviven con la inocencia y la alegría. El lugar del frescor
y la pureza lo representan la pareja de los juglares Jöf y Maia.
La pureza de Jöf le obsequia un don visionario. Al comienzo
del film, ve a la virgen María, vestida a la usanza
medieval, mientras avanza junto a un niño por un bello prado.
Visión de brillante cromatismo paradisíaco. Jöf también ve la
caducidad de lo idílico cuando descubre al caballero jugando
su partida de ajedrez con la Muerte.
El
lugar del artista-juglar es la vitalidad sin complejidades
existenciales. Y
también es teatralidad. Es la fiesta
alegre de la comedia. El escenario donde la risa, el encanto y
lo inesperado, traen la diversión, lo diverso, lo distinto
al tiempo medieval del temor a la peste, a las flagelaciones,
los sermones y el autoritarismo feudal.
La
alegría de Jöf es la bondad que desconoce la violencia, o la
respuesta airada. El juglar inocente no podrá contestar a la
crueldad y el arrebato violento con una replica del mismo tenor.
Juan, miembro de la compañía del juglar, seduce (o es
seducido) por la mujer de un herrero. El engañado confunde al
culpable con el frágil Jöf que se distiende en una taberna.
El ruin Raval interviene para precipitar el acoso sobre Jöf.
Jöf es obligado a saltar sobre una mesa. Es humillado. Es incapaz
de responder al abuso con una respuesta violenta. La cercanía
a la inocencia originaria le impide el estallido agresivo.
Y en medio de un cielo oscurecido por la angustia, surge una
distensión. Una reunión idílica. Una breve restitución de un
regocijo paradisíaco. Es un idílico retozar frente a las orillas
del mar que el caballero comparte con Mia y Jöf (que acaba
de regresar del desagradable incidente tabernario). La luz solar
cae como una delicada lluvia de vívidos resplandores. La comida
fluye bajo la forma de fresas y leche. Todos beben de un mismo
cuenco. La comunidad sustituye la distancia entre los seres.
Y es el alimento. La luz. Una brisa amable. Los sonidos de pájaros.
La resonancia de una alegría elemental. El intelecto siembra
la duda donde camina un hombre inseguro. Pero ahora predomina
el goce sensorial. Es una pagana y gratuita celebración de la
pureza del día. Que poco sabe de la dialéctica de la sospecha
y la refutación.
La escena bucólica teatraliza un momento paradisíaco. Pero el
ensueño siempre es acosado por la finitud, por el malestar que
regresa. Una máscara de la muerte usada para representar la
muerte en las funciones de la compañía de juglares, yace cerca...
La
duda es un pozo que siempre muerde los pies. El caballero sólo
impide la caída definitiva en lo oscuro por la certeza de que
debe realizar una misión. La verdadera razón por la que Block intenta retrasar la llegada
de la muerte es para redimirse por el obrar. La muerte muestra
interés en los comediantes que lo acompañan. En el bosque, en
la última partida con la Parca, el caballero logra desviar su
atención. Maia y Jöf y su hijo, antes supuestamente condenados
a la conclusión definitiva de sus días, escapan. Son libres.
Block cumple su misión. La vida recupera, siquiera parcialmente,
su sentido.
Entonces,
para el caballero, ya no hay motivo para retrasar la llegada
de la guadaña feroz.
V. El sol
regala cataratas de clara luz. Brilla la verde faz de las plantas y la
suavidad de la hierba. Y sobre un escenario, la alegría natural convive
con el júbilo de los juglares. El pueblo ríe. Sus carcajadas no conocen
la angustia. En los rostros iluminados por la comedia todo temor
retrocede. El olvido de la peste y del castigo y el juicio final permite
gozar la vida. Pero entonces vuelve la procesión de la tortura...llegan
los flagelantes...los hombre y mujeres que lanzan sobre su piel ya
sangrante nuevas retahílas de azotes...
Los flagelantes se torturan a sí mismos "con la esperanza de
conmover a Dios, juez que castiga, para que depusiera su ira, les perdonara sus
pecados y se ahorrara los grandes castigos que de otro modo les afligirían
en esta vida y en la otra" (3). La procesión de flagelantes irrumpe en
1260 en las más importantes ciudades de Italia. Si bien el movimiento es
integrado por miembros de todas las clases sociales, sólo los más pobres
son fieles hasta el final a la auto-inmolación. Una de las
causas fundamentales de la agitación flagelante es el hambre que se
expande en Europa en 1258. También influye el milenarismo. En 1260, según Joaquín de Fiore, creador de
la herejía milenarista, se inicia la Tercera Edad, el Tercer
Milenio, donde surgiría la verdadera vida cristiana, sustentada en la
pobreza y el amor al prójimo.
Y en 1348-49 surge la terrible peste negra. Que reaviva las
prácticas flagelantes. Hoy sabemos que esta epidemia era peste
bubónica, que seguramente llega desde la India, luego de pasar
por el Mar Muerto. Asola primero los puertos de Italia y el
sur de Francia. Después, se expande por el resto de Europa occidental
siguiendo las rutas comerciales. La epidemia dura hasta seis
meses. Su acción letal es despiadada (4). El hombre medieval
cree que el dédalo de piras mortuorias y enfermos apestados
es el tétrico paisaje que precede al Apocalipsis. Un temor que
persistirá en Europa hasta incluso el siglo XVI, donde el Bosco
pinta su tríptico de El juicio final, y se difunden los
grabados apocalípticos de Durero (5).
En El séptimo sello, frente a los flagelantes envueltos entre humos
de inciensos, gemidos, azotes y cánticos solemnes, llega el sacerdote
que, frente al pueblo, y con el escenario de los juglares detrás, inicia
su sermón. Con su oratoria exaltada aviva el temor de las gentes
sencillas. Azuza su sentimiento de culpa. Censura la gula y el sexo.
Humilla. Condena e increpa. Como el ulterior Savanarola de las
admoniciones en la Florencia de los Médicis. Justifica la necesidad de un
cercano castigo divino. Final. Definitivo. Mediante un fuego purificador.
Tras la
diatriba eclesiástica, los flagelantes continúan su marcha. Desde lo
alto, la cámara capta el avance de sus figuras espectrales y retorcidas
sobre un límpido camino de hierba. Luego de que la
procesión desaparece del encuadre, prevalece la imagen de la tierra clara y desnuda.
Sin las heridas del dolor enfermizo.
VI. Atravesar
un bosque siempre es adentrarse en otro nivel de existencia.
Entre árboles frondosos, la realidad, antes cerrada,
se abre y entrega alguna revelación.
El
caballero propone a la compañía juglaresca que lo acompañe hacia su
castillo. De esta manera saldrán del camino de la peste. Para esto, deben
atravesar un bosque.
Ya
en lo profundo de la floresta, irrumpe Raval, estrangulado por
la peste. La muerte viene por él. Y lo mismo le ocurre a Juan,
quien, tras una cómica situación, se acomoda entre las ramas
de un árbol. Que la muerte taladra para conducirlo después a
su tumba.
Y
el caballero y su escudero se reencuentran con la muchacha acusada
de brujería. Antes, luego de salir de la iglesia rural, donde
Block pronunció su confesión, ya se habían encontrado
con ella. Uno de sus captores, un soldado, le informó entonces
al escudero que la muchacha había mantenido relaciones con el
demonio. Frente al agobio de la desdichada, el caballero le
preguntó si había visto al Diablo. Su interrogatorio fue interrumpido
por un cercano sacerdote, que le prohibió acercarse a la mujer,
ya que ésta tenía "la culpa de la peste".
Y en un claro del bosque, la muchacha es preparada para ser
entregada a las llamas. Block tiene una nueva oportunidad de
dialogar con la supuesta amante del demonio. La muchacha asume
el rol que se le ha impuesto. Cree que el Diablo vive en ella,
que su aspecto sombrío se contonea en el fondo de sus ojos.
Otra vez, el caballero le pregunta si ha visto al Diablo. Quiere
saber qué dice el hijo de las tinieblas sobre Dios. En la desesperación
de su duda, Block explora el camino de los opuestos. Conocer
el bien a través del mal. Y la hoguera se enciende. El escudero
lo apremia entonces para que le diga qué ve en los ojos de la
muchacha ahora abrazada por el fuego asesino. El caballero necesita
vislumbrar algún sentido aliviador. Pero Jöns lo reconduce
a la contundente realidad: en la mirada de la muchacha no se
asoma la majestad diabólica. En sus ojos sólo brota el horror.
El horror humano. Del otro lado no la espera la continuación
eterna del dolor o un perdón compasivo. Lo único que hay allí
es la nada. La impotencia y el miedo buscan ver algún destello
de verdad en la mirada de la mujer, quemada por la ignorancia
y la manipulación sacerdotal. Pero el propio caballero, antes,
durante su confesión, había entendido que "el miedo nos
hace crear una imagen salvadora. Y esa imagen es la de Dios".
El
deseo de la gran certeza falsifica. Cubre la realidad desnuda y misteriosa con la ilusión de un relato.
Que explique y dé
sentido.
Y el
caballero continúa su partida. La Parca acosa ya sin escapatoria a su
Rey. Su destino ya está consumado.
Y
Block, su escudero, el herrero y su esposa, y la mujer silenciosa,
llegan hasta el castillo. Es un día tormentoso. Y dentro del
edificio señorial, el caballero, luego de una década de ausencia,
se reencuentra con su esposa. Todos son bien recibidos. En torno
a la mesa, en un desayuno, la mujer del caballero lee el Apocalipsis
de Juan. El Cordero abre los sellos, revela las fuerzas que
atraviesan lo que, para la creencia cristiana, es la Historia
Sagrada. Los sellos se van abriendo. Uno tras otro. Cuando se
abre el sexto, se inicia la destrucción apocalíptica: "El
sol se puso tan negro como vestido de luto, la luna toda se
volvió como sangre, y las estrellas del cielo cayeron a la tierra
como higos pasmados que caen de una higuera agitada por el huracán"
(Apocalipsis, VI, 12-13). Y al abrirse el séptimo sello: "se
hizo silencio en el cielo como de media hora. Y vi a los siete
ángeles que están de pie delante de Dios, a los que entregaron
siete trompetas" (Apocalipsis, VIII, 1-2). Cada una de
las angélicas trompetas lanzan su estruendo. Y la destrucción
se multiplica. Se perfecciona.
Alguien
golpea la puerta. La atención de la cámara se concentra en la
mujer silenciosa. La que no habla es la que ve lo que
los otros no ven. Contempla un haz de creciente luz que fluye
por un ventanuco. Es el amanecer que llega. Pero es algo más...
El preludio de una inminente visita. Una visita precedida por
otro visitante. Y el escudero acude a la puerta para ver quién
llama. Dice, luego, que no ha encontrado a nadie. Pero lo que
llama viene. Se muestra. La muerte entra en la construcción
de sólidas paredes de piedra, como lo hace, oculta tras una
máscara roja, en la ficción de Poe (6). Todos se presentan ante
el visitante. El escudero insiste hasta el final en su lúcida
desconfianza. Cerca del caballero que ruega, asegura que en
las tinieblas nadie escucha las súplicas. Por eso, le recuerda
a Block que hubiera sido mejor gozar de la vida y despreocuparse
de la eternidad. Carpe diem. Y la mujer silenciosa por
primera vez habla: Consumatum est (todo está consumado).
La mujer arrodillada ve, quizá, una segunda visita. Tras la
muerte visitante viene lo que supera y contiene la finitud.
La mujer apela al lenguaje no para nutrir la duda, o el
lamento; su palabra secunda un previo instante donde se hace
presente el sentido pleno que el caballero siempre deseó.
La
visión femenina ve la segunda visita, la del gran sentido,
tras la muerte negadora. Su potencia visionaria se enlaza con
la visión final de Jöf. El juglar ve a la muerte que avanza
delante del caballero, el herrero, Lisa, Raval, y
el escudero con su guitarra. Todos danzan. De forma sugestiva,
no aparecen la mujer silenciosa ni la mujer del Block. No siguen
a la muerte ni la mujer que ve más allá, ni la que protege la
morada del caballero (7).
La
mujer ve la luz que brota en el centro oscuro de la muerte.
La visión de la plenitud velada en el final de El Séptimo
sello se contrapone a la visión bergmaniana del horror
que germina, cual un huevo de serpiente, en la Alemania
de la década del 20' (8); y se aproxima a la visión donde lo
físico y espiritual se unen en Fanny y Alexander (9).
VII.
Y las llamas liberan sus dragones asesinos sobre la mujer. Sus
gritos y su desesperación se queman. Del ardor y las cenizas
brotan el recuerdo, la leyenda y la interrogación. En 1928 es
la clásica recreación fílmica de los últimos días
de Juana de Arco de Carl Theodor Dreyer. Dreyer revive con
magnífica eficacia la atmósfera del tribunal, mediante
el énfasis de la dinámica gestual. En
su versión restaurada, se le suma una inspirada banda
sonora de aire sacro medieval. Otro film crucial dedicado a
la heroína francesa es El proceso de Juana de Arco
(1965) de Robert Bresson, donde el director acude con rigor
a las actas del proceso.
En 1431, Juana de Arco, la doncella de Orleáns, una muchacha de
19 años, es quemada en la hoguera (10).
En
1999, Luc Besson acomete una nueva recreación de la tragedia
de la muchacha campesina. Besson
se aleja de la estricta fidelidad histórica. En tono crítico,
se puede afirmar que el film consuma un abordaje simplificador
de una figura compleja. Se tergiversa el sentido histórico
y espiritual de la vida de Juana. Y la elección de este
personaje obedece a razones comerciales. Esta posible crítica
tiene sus fundamentos; pero, en este caso, sólo nos interesa
meditar en torno a la personalización de la conciencia
de la doncella de Orleáns que es introducida en el film. La
dinámica de la "conciencia" de la "mensajera
de Dios" permite, como veremos, pensar el posible trasfondo
humano de la supuesta comunicación visionaria con la
divinidad.
En la versión de Besson, Juana (Milla Jovovich) presencia el
saqueo de su pueblo por tropas inglesas. Un salvaje soldado
tuerto viola y mata a su hermana. Horrorizada, Juana presencia
la escena oculta en un mueble. Desde entonces, desea un acto
de justicia... Dios la elige para ser parte de esa acción. Juana
dice escuchar voces divinas. En el campo, encuentra una
espada que cree que Dios ha arrojado desde
el cielo para que encabece una furiosa carga contra el invasor
inglés. Los rumores de las visiones de Juana se propagan en
aldeas, pueblos y ciudades. Juana es recibida en la corte como
la supuesta mensajera divina. Pero se desconfía de ella. Es
sometida entonces a una prueba. Debe reconocer el rostro desconocido
del Delfín de Francia, el futuro Carlos VII ( John Malkovich)
entre otros desconocidos. Juana acierta. Pasa por otras pruebas,
y por la indagación de un tribunal, hasta que las dudas
sobre sus visiones se disipan. La monarquía francesa le entrega
un ejército para el ataque contra los ingleses en Orleáns. El
entusiasmo, el odio contra los sajones, rompe cercos. Mata.
Incendia. Juana consigue humillar al invasor británico. En la
corte inglesa, como una política de estado, se decide su muerte.
Un acto violento que se convierte en condición para la
pacificación entre la patria de Ricardo III Corazón de León,
y la tierra recorrida por el Sena.
Cuando
el Delfín se convierte en rey abandona a Juana. La mujer visionaria
es sometida a juicio. Bajo el ansía de revancha del clero
y de Inglaterra, los jueces la acusan. El
final de fuego de Juana se aproxima. En su espera solitaria
en su prisión, recibe una visita. Es la visita de su propia
conciencia (Dustin Hoffman), que se presenta encarnada en un
hombre enfundado en hábitos sacerdotales. En su rostro se cincela
una fina barba. Y comienza su tarea. Demoler una misión falsa.
En este punto, se unen el escepticismo del escudero Jöns
en El séptimo sello y la destrucción de ilusiones
acometida por la conciencia de Juana.
Frente
a la joven acusada de bruja, que arde en el bosque, Block deseaba
ver en sus ojos una revelación trascendente, un reflejo, aunque
sea breve y nebuloso, del demonio que merodea el secreto divino.
Pero el escudero refuta esa pretensión. Destruye la proyección
del deseo. El caballero sólo ve lo que necesita ver. Como su
época, convierte a una indefensa muchacha en la encarnación
del mal, en presencia diabólica que explica o justifica la propensión
humana a la barbarie. El escudero lo exhorta a ver que lo único
que hierve en la mirada de la joven quemada es el horror. El
horror humano.
El
escudero rompe la manipulación de hechos o personas. La manipulación
de la creencia religiosa por intereses humanos. La
conciencia de Juana cumple una función similar. Según
el film de Besson, en la edad media, abrumada por invocaciones
divinas y perturbaciones demoníacas, Juana disfraza su deseo
personal de desquite con un relato visionario. Se autoconstruye
como vidente, como mensajera de lo divino, para obtener influencia
y poder sobre los otros. Para consumar su ambición de revancha
contra el inglés que destruyó su aldea y vejó a su hermana.
El único móvil de Juana es su propio interés. Móvil oculto que
se disfraza bajo la santidad de una visión superior. Las voces
que dice escuchar son señal de su condición de elegida. Lo mismo
que el encuentro de la espada en el campo. Durante el juicio,
su conciencia le ayuda a ver con claridad el carácter
de este hallazgo. Es poco frecuente encontrar una espada en
la soledad rural. Pero muchas razones humanas pueden explicar
su aparición allí. La espada se le pudo caer a un jinete. O
pudo haber sido el arma que un perseguido pierde al ser alcanzado
por los soldados del rey; o pudo ser también la posesión de
un hidalgo que se bate a duelo y, luego de perder el trance,
ya no puede retener su espada. O hasta pudo ocurrir lo extraño:
un caballero que pasa y arroja su espada por alguna imprecisable
razón.
Pero
Juana no elige ninguna de esas posibilidades. Elige lo que confirma
sus velados propósitos. La espada cayó del cielo rodeada por
una luz ardiente y guerrera, para que ella luego la empuñe
en su causa santa.
Antes de las llamas, la conciencia de Juana interrumpe toda
proyección distorsionadora. Ve al fin lo que es. Ya no proyecta.
Ya no urde interpretaciones "místicas" para manipular
las circunstancias en pos de sus demandas personales. De su
egoísmo camuflado.
Pero
se podría observar que la deformación de la Juana
histórica en la libre interpretación de Besson
destruye la santidad de su misión para satisfacer el
escepticismo muy valorado por nuestro tiempo. Y podría
pensarse que una dogmática aceptación de la realidad
de lo visionario es sustituida por otro dogmatismo: el rechazo
escéptico de cualquier posibilidad de real experiencia
visionaria. Y la falsa invocación de lo divino en Juana
pudo tener motivaciones muy distintas a las fabuladas en el
film; motivaciones que dejarían su grandeza a mayor resguardo.
Quizá, la verdadera motivación de la Juana real
fue un genuino idealismo patriótico. Para consumar este
fin necesitaba un poder político y militar que sólo
podría obtener autoatribuyéndose la condición
de mensajera divina. El engaño subsiste así en
la construcción del relato visionario. Pero donde Besson
sitúa el egoísmo y la venganza disimulada, se
halla ahora la alternativa del deseo, de un tenor moral elevado,
de la lucha patriótica y la dignidad nacional.
La destrucción de la proyección y una crítica a la manipulación
de lo divino ocurren en El séptimo sello y en la Juana
de arco de Besson (aunque en este último film, es
preciso insistir, la crítica surge más del oportunismo
y del interesado halago del escepticismo de nuestro tiempo que
de una sincera inquietud filosófica). El lado oscuro
de las religiones es el que invoca lo divino en vano. Se llama
voluntad de Dios lo que es, en realidad, un disimulado deseo
humano. Dios, lo sagrado, lo sobrenatural, se convierten en
pretextos para la legitimación de intereses individuales o colectivos.
Y también el demonio es invocado para desplazar en él la responsabilidad
de la propia producción de oscuridad.
La
crítica de la falsa invocación de lo divino no
supone necesariamente impugnar un posible sentido sobrehumano,
sino advertir un entramado de falsedades implícitas en el discurso
de las certezas "religiosas". Cuando
la visión es contaminada por la manipulación,
en la supuesta otredad divina vive sólo la proyección
de la imagen humana (11). La posibilidad de una visión
real (diferente de la proyección) comienza cuando se
ve más allá de esa imagen. Es el momento de la visión de la
mujer silenciosa o del juglar en El séptimo sello.
La
visión que no disfraza ni manipula.
La
visión de un posible sentido otro. Que nunca puede
ser poseído.
Durante
su confesión, Block pedía una respuesta divina. Una voz superior,
de timbre absoluto, que le hablara y le diera la certeza. La
única respuesta era siempre el silencio. La muerte le advierte
que el silencio quizá es consecuencia de la inexistencia de
Dios. Quizá. No hay seguridad. La propia Parca desconoce el
secreto divino. El silencio es así signo de la inseguridad en
la manifestación de un Deus Asconditus. Según Arthur
Gibson, "el silencio de dios" es el centro de la inquietud
religiosa de Bergman (12). Es una confirmación de la posición
teológica negativa. Si hay divinidad ésta nunca habla con claridad.
Nunca se vierte en palabra. Es silencio. Y sólo se puede escuchar
lo silencioso sin convertirlo en palabra cierta, en clara revelación
auditiva, como quería Juana. Lo otro es sólo lo que se puede
ver o escuchar, pero sin ninguna posibilidad de posesión. Es
lo que se escucha o ve durante un instante. Para después desvanecerse.
La
retención de lo divino como palabra o imagen es metáfora. O cinismo
manipulador.
Sólo se ve un sentido otro. Donde no llega el engaño. (*)
(*)
Fuente: Esteban
Ierardo, "La visión y la ilusión. Lo visionario y el
engaño en El séptimo sello de Bergman y Juana de arco de Besson",
editado aquí de manera original.
Citas:
(1)
En la extensa filmografía de Ingmar Bergman, además de sus difundas
La flauta mágica (Trollflöjten, 1974), El huevo
de la serpiente (Das Schlangenei, 1977) o Fanny y Alexander
(Fanny och Alexander, 1982), sobresalen:
Un verano con Mónica (Sommaren med Monika,
1952); Noche de circo (Gycklarnas afton, 1953);
Sonrisas de una noche de verano (Sommarnattens leende,
1955); Fresas salvajes (Smultronstället, 1957); El
manantial de la doncella (Jungfrukällan, 1959); Persona
(Persona, 1966); La hora del lobo (Vargtimmen,
1967); Gritos y susurros (Viskningar och rop,
1972); Secretos de un matrimonio (Scener ur ett äktenskap,
1973); Cara a Cara (Ansikte mot ansikte);
Sonata de otoño (Höstsonaten, 1978); De la vida
de las marionetas (Aus dem leben der marionetten,
1980); Después del ensayo (Efter repitionen,
1982). Las temáticas repetidas en el cine de Bergman, además
de la inquietud religiosa que actúa como corazón de El séptimo
sello, son la indagación existencial, los abismos y complejidades
de las relaciones interpersonales; de ahí los puntos de encuentro
de su cine con el psicoanálisis. Y con el mundo teatral. De
hecho, Después de ensayo es un suerte de teatro filmado.
Bergman ha plasmado sus memorias en dos libros, Linterna
mágica (1988) e Imágenes (1990); y ha escrito el
guión de Las mejores intenciones (dirigida por Bille
August) y Los niños del domingo (dirigida por su hijo
Daniel), ambas obras filmadas en 1992. Recibió el Oscar a la
mejor película extranjera en 1961, 1962 y 1983, por El manantial
de la doncella (1959), Como en un espejo (1961),
y Fanny y Alexander (1982) respectivamente. En 1975
le fue concedido el doctorado honorífico en filosofía de la
Universidad de Estocolmo. Siempre profesó gran admiración por
Tarcovsky, a quien ayudó en la realización de El sacrificio
(Offret, 1986).
(2) Ver J. L. Borges, "El milagro secreto",
en Ficciones, en Obras completas, Buenos Aires, ed. Emecé.
En otro lugar, a propósito de este cuento, manifestamos:
"En una Praga que cae bajo las botas
de Alemania en 1939, Jaromin Hladik, "autor de la inconclusa
tragedia Los enemigos", es atrapado por las garras
de la Gestapo. Su futuro es previsible, inevitable. Lo espera
una letal descarga, un fusilamiento implacable. Hladik se lamenta
únicamente de morir sin concluir su obra. Dentro de un sueño,
pide a dios una postergación de su muerte para para concluir
su tarea. En un sueño, la voluntad divina le asegura la concesión
de lo pedido. Hladik no comprende al comienzo. Se prepara ya
para enfrentar su destino de rojas bocas de fusiles. Se resigna
a la devastadora visita de las balas en su pecho. Pero, con
sorpresa, advierte que todo se detiene. El tiempo se ha detenido.
Pues: "Dios operaba para él un milagro secreto".
Entre la orden de fuego y su caída en el frío sepulcro de la
muerte transcurre un año. Una gracia divina le concede un injerto
de tiempo mágico, milagroso, dentro del estricto y seco tiempo
cronométrico. Durante un año, Hladik puede, mediante la memoria,
ensayar una "escritura mental", un sumar, abreviar
o corregir su obra inconclusa", en Esteban Ierardo, La
sensación y la presencia. Ausencia y presencia de lo
real en Jorge Luis Borges, editado en www.temakel.com.
(3)
Norman Cohn, "Una elite de redentores por auto-inmolación",
En pos del milenio, Madrid, Alianza, p.127.
(4)
"En las ciudades superpobladas la plaga se difundió sobremanera,
superando todos los esfuerzos que se hicieron para combatirla;
los cuerpos yacían insepultos en los patios de las iglesias.
Parece ser cierto que en términos de índice de mortalidad esta
plaga fue la pero catástrofe que haya sufrido Europa occidental
en los últimos mil años - mucho peor que las dos guerras mundiales
del siglo actual juntas. Historiadores modernos, responsables,
estiman que entre 1348-1349 murió aproximadamente un tercio
de la población", en Norman Cohn, En
pos del milenio., op. cit, p.131.
(5) Las
visionarias descripciones del Apocalipsis de San Juan avivaron también su
influencia sobre el espíritu popular mediante los grabados en madera de
Durero. Uno de los más famosos grabados del artista alemán, realizado en
1513, es El Caballero, la Muerte y el Diablo, donde un fatigado
guerrero se adentra en un bosque bajo el acecho de de la muerte y del
demonio.
(6)
Ver Edgar Allan Poe, "La máscara de la muerte roja"
en Cuentos completos, v. 1, ed. Alianza (trad. Cortázar).
Aquí, el príncipe Próspero y su corte se refugian de
la peste negra dentro de una "abadía fortificada".
Se entregan a largas fiestas. Pretenden olvidar la proximidad
de la fatalidad. Finalmente, un inesperado visitante se mezcla
con los alegres cortesanos, con su rostro cubierto con una máscara
roja. Es la muerte que llega para suspender la ilusión de felicidad.
Y para extender su sombra letal.
(7) Una
rareza: la escena de la Danza de la Muerte sobre una ladera se filmó con
unos turistas que pasaban por allí en un momento donde las nubes y luz se
presentaban de una forma que Bergman consideró especialmente adecuada.
Los actores ya se habían marchado.
(8) En El huevo de la serpiente (Das
Schlangenei, 1977), cuya acción se sitúa en los años '20, durante
la república de Weimar, se despliega una visión premonitoria sobre la
futura barbarie nazi que empezaba a asomarse a través "de la delgada
cáscara del huevo de la serpiente".
(9)
En Fanny y Alexander (Fanny och Alexander,
1982) sobre el final
del film, el niño Alexander se encuentra con Ismael, personaje
situado en una incierta frontera entre el mundo empírico,
físico, "real", y la visión. Situación incierta que
es prefigurada en la obra por la afirmación de que: "La
mentira y la realidad son una, todo puede acontecer. Todo es
sueño y verdad. El tiempo y el espacio no existen. Y sobre la
frágil base de la realidad, la imaginación teje su tela y
diseña nuevas formas, nuevos destinos".
(10)
La niña limpia los enseres domésticos. Cuida los rebaños. Es
una bella campesina. De ojos azules. Cabellera morena. Delgada.
Manos ásperas por duras jornadas de trabajo. Es Juana de Arco,
de la aldea de Domrémy, en la región de Lorena, en el valle
del Mosa, cedida al señorío inglés. Vive
en la Francia asolada por la Guerra de los Cien años (1337-1453),
entre Francia e Inglaterra. Buena parte del territorio galo
se halla bajo la férula británica. Los resultados de los prolongados
combates son campos y propiedades destruidas. Muerte. Desolación.
A los trece años, Juana dice que comienza a escuchar
voces. Dios le habla a través del Arcángel San Miguel, y de
Santa Catalina de Alejandría y Margarita de Antioquía. Dios
le revela su voluntad. Le asegura que desea que el Delfín de
Francia sea rey. Juana debe guiarlo hacia su coronación en Reims.
En 1425, Juana se presenta, junto con su tío Durant Laxart,
en la ciudad fortificada de Vaucoulers. Juana sustituye su vestimenta
femenina por unas ropas masculinas. Luego de algunos intentos
fallidos, Yolanda de Aragón, suegra del Delfín, pide que la
doncella se presente ante la corte. Si es mensajera de Dios
como dice, deberá reconocer al heredero del trono. Entre unos
cientos de desconocidos, el delfín disimula su realeza enfundado
en ropas austeras. Juana lo reconoce. Y le anuncia: "El
Rey de los cielos me envía, pues por mi seréis consagrado y
coronado en Reims. Eres el verdadero heredero de Francia e hijo
del Rey". Juana se reúne luego, en privado, con el futuro
Carlos VII. Contesta supuestas preguntas cuyas respuestas le
deberían estar vedadas. En Poitiers, el consejero del Rey, Jean
Rabateau, preside un consejo que interroga a Juana durante tres
semanas. La muchacha contesta siempre con serenidad y precisión.
Se le pide un signo visible e irrebatible de su condición divina.
Pero Juana replica: "En el nombre de Dios, no he venido
a Poitiers a mostrar signos, pero conducidme a Orleáns y os
mostraré el signo para el cual he sido enviada". Orleáns
es sitiada por los ingleses. Antes de recibir la posible dirección
del ejército debe sortear una última prueba. Debe demostrar
su virginidad. Juana recibe finalmente
su ejército. Se le forja una armadura. En Chinon ordena que
se le traiga su espada "enterrada detrás del altar
de la Iglesia de Santa Catalina de Fierbois". Lidera
el ejército en el asalto a Orleáns. En un momento decisivo,
coloca una escalera sobre la muralla de la ciudad asediada.
Es herida por una flecha. Se cura a sí misma con tocino y aceite
vertido sobre la herida. Recupera ciudades. En la batalla de
Patay los hijos de la isla cuyo corazón está en Londres, dejan
sobre el campo alrededor de dos mil muertos. En Inglaterra la
joven es repudiada como "espía y una discípulo del Maligno".
Carlos VII es coronado rey en Reims con la presencia de Juana.
Ella quiera la expulsión definitiva de los ingleses. Pero el
rey prefiere la diplomacia. El nuevo monarca le concede sitiar
París, en manos inglesas. Juana es herida. El ejército es licenciado.
El rey le otorga un título de nobleza: Duquesa de la Orden de
Lis. Pero le cierra lentamente el grifo del aprovisionamiento
de sus tropas. En el intento de defender a la amenazada ciudad
de Compiégne, es capturada por los borgoñeses (aliados de Inglaterra)
y es entregada a los ingleses. Luego de nueve meses en prisión
es sometida a un proceso, promovido por la Santa Inquisición,
donde se confunden religión y política. Siempre permanece encadenada.
Sus jueces intentan demostrar su condición de idólatra y hereje.
Es condenada a la hoguera. Antes de la acción mortal de las
llamas, un miembro del tribunal le propone la salvación si firma
un papel donde se compromete a no declarar más su escucha de
voces divinas o a vestir como hombre. Juana firma con una x,
pues es analfabeta. Pero insiste en la audición de las voces
suprasensibles. Y los ingleses, empeñados en su muerte, la obligan
a seguir vistiendo ropas masculinas. Su condena al montículo
ardiente es confirmada. El fuego la recibe en el viejo mercado
de Rouen, en 1431. Apenas tiene diecinueve años. Veinticinco
años luego de su muerte, un nuevo tribunal impugna al anterior
y declara a Juana libre de todo cargo. En 1909, es beatificada.
En 1920, el Papa Benedicto XV la canoniza. Ahora es Santa Juana
de Arco. Anatole France, George Bernard Shaw, y Mark Twain crean
literatura inspirándose en su historia.
(11)
Un posible ejemplo de una visión supuestamente religiosa
como disfraz de un proceso piscológico de alienanción
es tal vez el caso de la joven alemana Anneliese Michel, cuya
dramática histórica fue llevada recientemente
al cine en El exorcismo de Emily Rose (2005). Emily,
su nombre en la ficción, pertenecía a una familia
fuertemente católica. Murió en 1976, en su casa,
luego de no comer durante un largo periodo y durante un exorcismo
realizado por un sacerdote. La Iglesia católica la declaró
en estado de posesión demoníaca. Y autorizó
las sesiones exorcistas. Luego del fallecimiento de Emily/Annelies
hubo una investigación y se realizó un juicio
al sacerdote exorcista. Si bien se pretende imparcialidad en
la presentación de las dos posiciones en el proceso (la
que muestra a Emily como enferma y la que la presenta como santa
visionaria), el film alienta, seguramente por motivos comerciales,
una tendencia a presentar a Emily como una heroína visionaria
víctima de un destino trágico.
(12) Arthur
Gibson elabora una meditación teológica en torno a varios films
de Bergman. Como consecuencia de este análisis, destaca
que un tema central en el creador de El séptimo sello
es "el silencio de Dios". Ver Arthur Gibson,
El Silencio de Dios. Una respuesta creativa a los filmes de
Ingmar Bergman, Editorial La Aurora, Buenos Aires, 1973.
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