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CHEJOV Y EL CINE
Entrevista a Ingmar Bergman, por
Bengt Forslund

Chejov
ha esculpido
una brillante obra literaria. Su estilo posee una llamativa
impronta visual. Este aspecto del dramaturgo ruso es destacado
por Ingmar Bergman, el gran director sueco, hacedor
de films memorables como El séptimo sello, Detrás del
vidrio oscuro, El huevo de la serpiente, La fuente de
la doncella, Fanny y Alexander. Bergman destaca
los méritos artísticos del fim La dama del perrito,
de Josif Heifitz (1959), adaptación de una obra de Chejov.
A partir de esta ponderación, Bergman se desliza
hacia consideraciones esenciales sobre el arte cinematográfico:
el primer objetivo del cine es conseguir que "el
espectador no reflexione ni un instante sobre el hecho de
que está sentado en un cine viendo una película; uno no
tiene más remedio que dejarse arrastrar en una sucesión
de hechos dirigidos directamente al sentimiento". Y,
por otro lado, el cineasta escandinavo, frente a la intrascendencia
del nouvelle vague del cine francés, defiende la
temática como aspecto esencial de todo arte, un querer decir
algo, el deseo de expresión de un sentido. En este momento
de Cine y Trascendencia de Temakel,
entonces, los invitamos a disfrutar esta sustanciosa entrevista
a Bergman, que se inicia con el vínculo entre Chejov
y el cine, pero que, después, se extiende hacia la significación
misma de la creación cinematográfica.
-Ud. ha
hecho notar con frecuencia que los cuentos de Chejov son unos
argumentos cinematográficos casi perfectos. ¿Puede precisarlo un poco
más?
IB:
Sí. Leyendo un cuento de Chejov no hay manera de evitar el
percibir lo increíblemente sugestivo que es desde el punto de vista
visual. Hay una atmósfera formulada siempre con toda claridad y
precisión y la caracterización de los personajes se nos ofrece en
rasgos perfectamente limpios y definidos. Y en cuanto al diálogo, pues
hay mucho diálogo en sus cuentos, no hay sino que mantener los lados
derecho e izquierdo como en un guión. Chejov es, en otras
palabras, fácil de traducir al lenguaje cinematográfico, lo que no es
muy frecuente. La razón está en el hecho de que Chejov es un
dramaturgo, piensa siempre de una manera escénica, incluso dentro de su
producción novelística.
-Cuando dirigió la La gaviota en el
Teatro dramático, durante el mes de febrero, me enteré de que Ud. hizo
que toda la compañía fuese a ver la película La dama del perrito
(1959, Josif Heifitz). ¿Qué perseguía con ello?
IB:
Durante los ensayos se habló bastante de la sensualidad de Chejov.
No me refiero, por supuesto, a sensibilidad erótica de ninguna especie,
sino a la sensualidad que abarca y afecta todos los
sentidos. En La dama del perrito, precisamente, uno experimenta
el olor, y la luz, y el calor, y el frío y la sugestión de los roces
entre los personajes y hasta el peculiar aroma de una habitación... En
realidad, no hay nada que falte en esta película. Uno vive con todos
los sentidos. Chejov ha inspirado tanto al director que éste, a
su vez, ha llegado a recrear toda la atmósfera del original. Podemos
convenir, por ejemplo, en que pocas películas habrá que sugieran la
idea del color con tanta intensidad como ésta, a pesar de estar
realizada en blanco y negro. Uno siente en color.
Acuérdese del principio: los días cálidos llenos de sol y de viento,
la pereza, el aburrimiento, la sorda y latente presión del otoño
colgando todavía en el aire...
-Pero Heifitz se ha permitido
muchas libertadas con respecto al original, porque en él no hay muchos
de los personajes y de los detalles que aparecen en la película.
IB: De acuerdo, sí. Pero estos personajes y esos detalles se
encuentran en otras obras de Chejov. No hay nada en la película
que no sea de Chejov, no hay nada que se creen libremente. En
realidad, la película es tan enormemente fiel a Chejov, que yo
en contadas ocasiones he visto una película-apenas después de Diario
de un cura de campaña, de Bresson-que fuese tan fiel al
original. Y mientras la película de Bresson lo era de una forma
aburrida, mal digerida, La dama del perrito lo es de una forma
brillante y fiel al mismo tiempo. A pesar de que usa todo el tiempo
medios convencionales de expresión con la cámara, se siente siempre
nueva. Y ha logrado algo que, a mi juicio, constituye el punto máximo
del arte cinematográfico, esto es, que el espectador no reflexione ni
un instante sobre el hecho de que está sentado en un cine viendo una
película; uno no tiene más remedio que dejarse arrastrar en una
sucesión de hechos dirigidos directamente al sentimiento.
-Entonces, enfrentando la "nouvelle
vague" con películas como La dama del perrito...
IB: No quiero enfrentar nada, pero no puedo dejar de sentir
el vacío de las películas francesas. Lo esencial para mí es y
seguirá siendo el tema. La temática es esencial en todo arte, y a la
temática tiene que sujetarse la forma. No puede ser al contrario. No es
la forma la que ha de dominar el tema, sino el tema el que ha de imponer
la forma. Por eso es por lo que La dama del perrito se recibe
como una bendición, como un vaso de agua fresca, después de haber
estado obligados a beber mal Pernod durante mucho tiempo. Lo que
yo creo es, sencillamente, que las películas francesas actúan con el
envenenamiento del sensacionalismo. Y, a pesar de ello, cualquier
profesional ve lo simple que son sus artimañas.
-En otra palabras, lo que a Ud. le
atrae de películas como Don quijote (1957, Don Kishot),
Pasaron las grullas (1958, Mihail Kalatozov) y La dama del
perrito es la concentración en lo esencialmente humano, el tema del
individuo en relación con sus semejantes.
IB: Eso es. Cualquier película que "quiera algo"
me parece mucho más significativa que esas películas que no dicen
nada, que no quieren nada. ¿En qué queda su astucia formal, su
futilidad temática, frente a La dama del perrito que, a pesar de
utilizar medios convencionales, se siente tan brillantemente
inconvencional y bienhechora? No tiene más que pensar en ese coraje de
atreverse a ser lento, casi inmóvil, para poder dar después a la
película esa enorme intensidad en cuanto se acelera. Y otra cosa que me
maravilla es la total ausencia de sentimentalismo, tan frecuente en las
representaciones de Chejov que se hacen en el extranjero.
Sentimiento hay y en gran medida, pero lo que es sentimentalismo, ni una
gota. Y otro tanto habría que decir de la estupenda manera que la
película tiene de equilibrar lo cómico y lo trágico, que siempre
existe en Chejov. En fin...Yo podría ver esa película
miles de veces. (*)
(*) Fuente: Originalmente publicado
en la revista sueca "Tidskriften Chaplin" y, luego,
reproducida en la revista española "Nuestro cine", n 2,
agosto de 1961, pp-13-14.

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