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TODO
EL MUNDO TIENE DERECHO A TENER SU ARMA EN EL PAÍS DE LOS COWBOYS
A
propósito de Bowling for Columbine,
de Michael Moore
Por
Marcelo Dosa
Michael
Moore, el director de Bowling for Columbine,
manipulando un arma, reflejo de la obsesión norteamericana
por una peligrosa seguridad. |
Todo
el mundo tiene derecho a tener su arma en el país de los cowboys,
por Marcelo Dosa
La
selectiva política del miedo,
por Mercedes Agustina Nuñez
Aquí
le presentamos dos artículos en torno al importante documental
donde Michel Moore plantea el enigma de la sociedad norteamericana y
su desmesurada capacidad de generación de violencia. Marcelo Dosa,
autor del primer artículo, y quien gentilmente nos ha enviado estos
dos textos, es director de la importante Revista
Cadáver Exquisito. En el número 11 de esta publicación, que
actualmente circula por email, fue editado originalmente el primer
artículo que presentamos. El segundo aporte pertenece al número 12
de Cadáver Exquisito. Su autora, Mercedes Agustina
Nuñez (también integrante de la revista arriba mencionada), explora la explotación política del miedo en Estados Unidos,
la guerra en Irak, y
algunos paralelos, en cuanto al flagelo de la inseguridad, con la
sociedad argentina.
TODO
EL MUNDO TIENE DERECHO A TENER SU ARMA EN EL PAÍS DE LOS COWBOYS
A
propósito de Bowling for Columbine,
de Michael Moore
Por
Marcelo Dosa
Ganadora del Oscar al mejor
documental, la película del periodista norteamericano recorre todos
los aspectos que hacen a la sociedad estadounidense la más violenta
del mundo. Un ejemplo de investigación periodística independiente
que reformula los códigos del documental.
El Oscar al Mejor Documental que ganó Michael Moore por Bowling
for Columbine puso algo de justicia a esa ceremonia frívola y
cobarde que coronó a Chicago como la película del año,
postergando a Martin Scorsese y Pandillas de Nueva York. Moore
tal vez haya logrado dos éxitos muy importantes con su discurso esa
noche. En primer lugar, mostrar la cara híbrida de la sociedad
norteamericana y su "mundo del espectáculo" –que por un
lado deja sin un sólo Oscar al film de Scorsese por
"políticamente incorrecto", pero por el otro premia al
corrosivo documental de Moore para no serlo y evitar la acusación
de censura. Y en segundo lugar hacer popular el género documental
con una investigación fabulosa e inteligente sobre la cultura de
las armas en Estados Unidos.
¿Las
referencias a Bush y su gobierno ilegítimo al retirar la
estatuilla? Una buena estrategia publicitaria. Desde una semana
antes a la entrega se conocía una carta abierta al presidente
norteamericano enrrostrándole las mismas acusaciones. Y ni que
hablar del próximo documental que está encarando Moore –Farenheit
911- sobre las escandalosas relaciones entre Bush padre y Bin
Laden, aún dos meses después de los atentados a las Gemelas.
El
documentalista norteamericano nos acerca su trabajo más impactante
en momentos en que la Guerra del Golfo II levanta las peores
críticas a la "política exterior" estadounidense. Y la
película es un suceso allá donde se presenta: ovación cerrada en
el Festival de Cine de Mar del Plata, un millón de personas viendo
un documental en Francia y Alemania, una recaudación de veinte
millones de dólares en la propia tierra de Bush (para una película
de un presupuesto de cuatro millones) y, la reacción más cercana
para mí, la ira de un espectador norteamericano en la función de
estreno del Abasto de Buenos Aires. Creánlo o no, pero en la
exhibición que yo presencié, un espectador norteamericano sentado
justo detrás mío se cansó de las carcajadas irónicas del
público y, luego de una escena en la que la platea festejaba la
caída de las Torres Gemelas les gritó desaforado: "Fuck you",
arrojó su pochoclo –pop corn, obviously- sobre la gente y
finalmente pateó mi sillón. En otras circunstancias se hubiera
armado una trifulca, pero la película es tan vertiginosa y
entretenida que nadie se molestó en enfrentarlo y dejó que se
perdiera por la puerta de salida. Eso sí... más de uno fantaseó
con que el sacado volviera con una escopeta y nos matara a todos.
Porque Bowling for Columbine provoca todo eso. Y una certeza
concreta: la sociedad norteamericana está demente.
Pero
antes de dedicarse a la película es mejor reseñar un poco quien es
éste Jorge Lanata americano –pero con mucha más movilidad
física- que se arriesga a enfrentar a gente tan peligrosa como las
brigadas armadas del Medio Oeste norteamericano o el presidente de
la Asociación del Rifle, Mr. Charlton "Moisés" Heston;
todo eso para ponernos delante de las pruebas documentales que nos
permitan inferir cuales son las causas de tanta violencia americana.
Porque esa es la mayor virtud de Moore: el no imponernos una visión
única del asunto –tal vez él se juegue por la hipótesis de una
sociedad miedosa desde sus orígenes- y ofrecernos todos los
parámetros para que nosotros arribemos a nuestras propias
conclusiones.
Michael
Moore es, además del director y protagonista del documental ganador
del Oscar, un periodista que inició su carrera polémica y
comprometida a fines de los 80. En ese momento presentó el
documental Roger and me, pieza sobre el cierre en su pueblo
natal de una planta de General Motors que dejó a 30.000 obreros sin
empleo, destruyendo la economía del lugar. Sus investigaciones
tomaron un curso similar al del No logo –libro de la
canadiense Naomí Klein sobre la globalización- cuando empezó a
preocuparse por las compañias multinacionales. De esa época es su
film The big one, que denuncia a Nike por explotación del
trabajo infantil en Indonesia, obligando a la compañia a reformar
sus prácticas esclavistas. Luego vinieron su contratación en NBC y
Fox, cadenas que no quisieron desaprovechar su figura. Actualmente
tiene 49 años y unos cuantos kilos de más y es el mayor opositor
junto a Mailer, Pean y tanto otros artistas a la política de los
republicanos.
En
Bowling for Columbine Moore toma como punto de partida a una
masacre escolar. Dos chicos que deciden un día y porque sí –aún
hoy no se conocen las causas- entrar a su colegio y asesinar a
balazos a una docena de compañeros y un docente. Esto
"dispara" su investigación que se va abriendo por
diversas ramas, una más interesante que la otra. Hasta llevarlo
incluso a Canadá para comparar sus conclusiones con los hábitos de
vida de otro país diferente a los Estados Unidos. La recorrida va
de lo micro a lo macro. De los casos particulares –perros armados
que hieren personas, bancos que regalan rifles al abrir una cuenta,
el hermano declarado inocente de Timothy Mc Veight, la campaña
personal de Charlton Heston a favor de el libre uso de las armas- se
pasa, mediante infinidad de recursos, a fenómenos masivos: la
cantidad de asesinatos anuales en Estados Unidos, el control de
armas en las escuelas, la violencia racista, la incitación de la
televisión. En la mitad del film surge una revelación que resulta
escalofriante: en los Estados Unidos el índice de delincuencia ha
bajado un 60 % pero la presencia en los medios de noticias
policiales aumentó un 800 % en los últimos años. ¿Paranoia
incitada? ¿Intento estatal de restringir las libertades de una
sociedad en complicidad con los medios? ¿Consecuencia doméstica de
la filosofía del ataque preventivo anticipada por escritores
como Orwell o Dick (del que se versionó tiempo atrás Minority
Report)?
Entre
los momentos destacados del documental se encuentra una seguidilla
de las incursiones bélicas norteamericanas en otros países y la
cantidad de muertos que produjeron. La incoherencia de su política
exterior que financia dictadores y terroristas para luego
bombardearlos. Y el -difundido por la televisión argentina- dibujo
animado que parodia a la historia de la sociedad norteamericana como
una nación de cobardes que disparan primero y luego preguntan.
Bowling
for Columbine es por momentos
hilarante. Sus primeros quince minutos son de lo más desopilante
que se haya visto por éstas tierras. Combina la ironía, forma
contundente de dejar al descubierto la injusticia, con la
investigación periodística comprometida. Explota el sentimiento
antinorteamericano de una forma valiente –no olvidarse de que
Moore es un norteamericano descendiente de irlandeses- y el disfrute
que nos causa descubrir que la sociedad más poderosa y sojuzgadora
del planeta está llena de idiotas. Y le ofrece al espectador todas
las pruebas para que hilvane su propia hipótesis. Tiene una belleza
de imágen muy diferente al documental tradicional. Un ritmo alocado
y cruel para con quienes quiere denunciar. Es largo y no tiene
desperdicio. Bowling for Columbine es un documento
fundamental para explicar a las generaciones futuras la barbarie del
siglo pasado y de éste que comienza.
El
final nos deja en pleno desconcierto. ¿Qué pensarías si al espiar
las cosas de tu jefe que te desprecia encontrarás que tiene el
escritorio lleno de armas? ¿Alguien tiene alguna duda sobre quien
es el jefe en nuestro planeta? (*)
(*)
Fuente: Publicado
originalmente en Revista Cadáver Exquisito Numero 11.
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desee suscribirse la Revista Cadáver Exquisito, de
circulación por email, puede hacerlo gratuitamente
dirigiendo mensaje a
cadaverexquisito@arnet.com.ar |
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"Un
país bajo las armas" - Bowling for Columbine (2002)
Dirección:
Michael Moore. Producción: Michael Moore. Guión: Michael
Moore
Protagonistas:
Michael Moore, Marilyn Manson, George W. Bush, Dick Clark,
Charlton Heston, Charlton Heston, Marilyn Manson, Matt Stone,
Dick Clark, James Nichols y Jeff Rossen |
LA
SELECTIVA POLÍTICA DEL MIEDO
Por
Mercedes Agustina
Nuñez
Un
nuevo paradigma
empieza a dominar al mundo. Y la inseguridad y el miedo son sus
caballitos de batalla. La ultradifusión de noticias sobre delitos
con violencia física acalla otro tipo de violencias que gozan de
menos prensa y tienen influencias más vastas y nefastas sobre el
futuro de la libertad. Un viaje a lo nuevo de las sociedades de
control.
En
Bowling for Columbine, Michel Moore describe al miedo como el
recurso ideal que utiliza el poder político para manipular a la
sociedad norteamericana, así como también uno de los posibles
factores que mejor explican la violencia radicada en dicha
comunidad. En realidad, es probable que lo que el periodista
circunscribe al suelo estadounidense constituya una herramienta
bastante más difundida. Primero, pensemos por un momento cuántos
discursos, no sólo mediáticamente sino también en charlas de
café y oficina, escuchamos acerca del tan mentado tema de la
inseguridad, vinculado tan de cerca al temor. Segundo, pensemos a
qué se hace referencia cuando hablamos de inseguridad: la mayor
parte de las veces, se alega acerca de la posibilidad de ser
víctima de un delito violento. Sin embargo, la difusión de esta
"política del miedo" sumada a la asociación inmediata
entre inseguridad y criminalidad presentan dos graves problemas: por
un lado, la aceptación casi total de recursos que invaden por sobre
nuestras libertades individuales y derechos como el de la intimidad;
por el otro, el desvío de nuestra atención hacia otra clase de
inseguridades como la alimentaria, la política, la laboral o la
jurídica.
Desde
tiempos inmemoriales
Tal
vez, el recurso de la política del miedo sea tan antiguo como la
Biblia: no mirar atrás para no ser convertido en estatua de sal era
el mandato para aquellos que huían del castigo divino en las
ciudades de Sodoma y Gomorra, según el Viejo Testamento. Y si antes
era el temor a Dios hoy es el miedo al terrorista islámico o al
ladrón de la villa.
Pero
también podemos pensar, como Julián Marías lo hace, que la
inseguridad es tan anciana como la vida humana. El filósofo
sostiene que nuestra existencia es contingente: como especie nunca
dejamos de ser prescindibles. Es decir que, desde su origen la vida,
revela su condición de insegura porque, aunque efectiva, siempre
está condicionada por la muerte. De esta manera, tanto la
incertidumbre de nuestra existencia como la utilización de esa
inseguridad a través de la manipulación del temor ante la muerte
constituyen dos elementos inherentes a nuestra condición de seres
humanos.
Inseguros
Parece
difícil no hablar de nuestras vidas sin olvidar nuestros mortales
miedos. Pero: ¿Todas las inseguridades cuentan de la misma manera?
Primero,
pensemos qué pasa en estas pampas: el aumento de la delincuencia es
un dato tan innegable como el crecimiento del desempleo y los
indicadores de pobreza. En el 2002, hubo 260 secuestros express en
la provincia de Buenos Aires, donde la cifra de homicidios dolosos
creció en un 127% durante la última década, según cifras
oficiales. Por su parte, hasta octubre del año pasado, el desempleo
había alcanzado en todo el país el 17,8%, mientras que según el
Banco Interamericano de Desarrollo (BID) el 40% de los argentinos
viven con menos de un dólar diario. El paralelismo entre estas
estadísticas invita al debate acerca de dónde está el foco de la
inseguridad: si en la cantidad de víctimas muertas en homicidios
dolosos o en la cantidad de muertes generadas por la inanición.
Cuando la sociedad y los medios hablan de inseguridad referida a la
criminalidad pueden llegar a vincularla con los problemas de
ocupación y con la creciente situación de indigencia, pero olvidan
destacar que estos fenómenos también nos hablan de inseguridades
como la laboral o la alimentaria. La precarización del empleo
sumada a la regresión en la distribución del ingreso supone un
panorama de una incertidumbre probablemente aun más grave que la
vulnerabilidad desde el punto de vista penal. En cuanto a la
creciente hambruna mundial, es la Food Alimentary Organization (FAO)
quien utiliza el término "inseguridad alimentaria" al
referirse a los 6 millones de niños de menos de cinco años que
mueren anualmente por inanición alrededor de todo el mundo. Pero
parece que esa clase de índices no son los suficientemente
consistentes para generar miedo.
Ahora,
reflexionemos sobre los fenómenos que tienen lugar en la tierra del
Presidente George W. Bush, donde la vulnerabilidad a ataques
terroristas amerita el desarrollo de un sitio web gubernamental que
tiene la finalidad de difundir medidas de seguridad (www.ready.gov).
Cuando criticamos la paranoia norteamericana, podemos llegar a ser
injustos al olvidar que al menos 3000 norteamericanos murieron el 11
de septiembre de 2003 como consecuencia del ataque a las Torres
Gemelas de Nueva York. Pero la aceptación del lógico miedo
después de semejante tragedia, no debería implicar la tolerancia
frente a las acciones "preventivas" ordenadas por el
presidente norteamericano que asesinaron 1300 civiles iraquíes,
hirieron a otros 5000 y dejaron a 3.000.000 de mujeres y niños en
condición de urgente ayuda humanitaria, según cifras de la
Organización de las Naciones Unidas (ONU). Huelga decir que los
iraquíes también tienen derecho a tenerle miedo a Estados Unidos,
así como también señalar que hubiese sido bastante más funcional
a la vida humana que esas "prevenciones" se hubieran
realizado mucho antes y en otros ámbitos, por ejemplo, al momento
de venderle las armas al dictador Saddam Hussein, antes y durante la
guerra contra Irán. En realidad, difícilmente podamos argumentar
que se ha tratado de una cuestión de "no reflexión" por
parte del Departamento de Estado norteamericano, sino más bien que
efectivamente se pensó pero, como siempre, en términos de
imperialismo y dominación.
La
intervención militar norteamericana en suelo iraquí encontró en
casa otros modos para hacerse sentir. Es que la supuesta
vulnerabilidad ante el potencial peligro terrorista ha inspirado una
serie de medidas que terminan conspirando con otras clases de (in)seguridades
como la jurídica o la política. Como parte de la aplicación de la
"Ley Patriótica", los encargados de seguridad nacional
han armado una lista de 13.000.000 de nombres para ayudar a
"identificar a aquellos extranjeros que son inadmisibles o
deportables", según lo describió el Presidente Bush. El
documento incluye 20.000 nombres de sospechosos identificados por el
Departamento de Estado a partir de los atentados en Nueva York y
combina las listas antes confeccionadas por el Servicio de Aduanas,
el Servicio de Inmigración y Naturalización y la agencia
antidrogas (DEA). Como parte de esta búsqueda de información, el
FBI está forzando a los bibliotecarios del gran país del Norte a
dar información acerca de las lecturas de sus usuarios lo que
constituye una grave violación al derecho a la intimidad y, aun
más, a la libertad de pensamiento. Pero, tal parece, interesarse
por cierta literatura invita a medidas "preventivas".
Afortunadamente, todavía quedan focos de "rebeldía": en
una entrevista con The New York Times, Anne M. Turner, directora del
sistema de bibliotecas de Santa Cruz en California, afirmó negarse
junto a otros 225 de sus colegas a otorgar información expresando:
"Estoy más aterrorizada por tener atropellados mis derechos de
la Primera Enmienda sobre la información y libre expresión, que
por el tipo de atentados terroristas que se han realizado hasta
ahora".
Un
recurso "selectivo"
El
miedo, un sentimiento tan humano como la vida misma, parece estar
resultando más funcional a la derecha que a la izquierda. Por lo
menos, es lo que observamos si comparamos las victorias ideológicas
de la derecha tanto de Estados Unidos como de Argentina en
detrimento de la postura "progresista" en esos mismos
países. La línea más conservadora parece tener más "rating
social" con sus argumentos en pos de la "seguridad",
aun cuando tenga límites tan acotados como la protección respecto
de la violencia física y eso implique la opresión sobre personas
inocentes e incluya atropello sobre otros derechos. En cambio, el
foco teórico desde el ala contraria respecto de otra clase de
inseguridades como la alimentaria (frente a los dramáticos números
del hambre), la laboral (como consecuencia del creciente desempleo
estructural tan globalizado como McDonald’s) y la jurídica (ante
el avasallamiento de libertades y derechos) no parece conseguir el
mismo consenso social ni mediático. Parece que el miedo es igual de
humano para todos, pero que no todos pueden hacer un igual uso como
argumento para fundamentar acciones políticas. (*)
(*)
Fuente: Publicado
originalmente en Revista Cadáver Exquisito Numero 12.
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