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DENTRO
DEL ARCA RUSA
Por Esteban Ierardo
Russian
Ark (1992) del cineasta ruso Alexander Sokurov sorprendió
por la novedad técnica de su filmación. Por primera
vez en la historia del cine un film se concibe en un solo plano
secuencia, sin cortes, ni montajes. Pero, más allá
de este novedoso rasgo formal, la obra ofrece una especial exploración
de las riquezas artísticas del Museo Hermitage en la
ciudad de San Petersburgo. Pretende restituirle a las obras
una vida presente. Y también busca una reconstrucción,
de dificultosos aspectos, de los últimos tres siglos
de la historia rusa. Aquí, presentamos un texto que indaga
varios de los sentidos que acompañan los movimientos
de esta particular arca rusa.
E.I
DENTRO
DEL ARCA RUSA
Por
Esteban Ierardo
Dentro del museo las pinturas respetan los límites
de los marcos. Las estatuas brillan. En las galerías, los espectadores
mantienen la distancia respecto a las obras. Los obras en el
Hermitage. La ruptura de esa distancia entre la obra y el observador
es una búsqueda estética de Alexander Sukurov en El arca
rusa.
El
film de Sukorov ambiciona un vuelo alto. Émulo discutido de
Tarkovski, Sukurov muestra su pasión por la fusión entre la
imagen cinematográfica y la pintura en Madre e hijo.
Casi sesenta secuencias son concebidas como pinturas. Como imágenes
pictóricas que juegan a abandonar, por un momento, el movimiento propio del cine.
La fuente inspiradora es la pictórica del gran romántico alemán
Kaspar David Friedrich. La experimentación se presenta también
en la primera parte de Voices. Aquí, unos árboles son
enfocados con persistencia durante largos minutos. La imagen
parece que se repite. Pero, en realidad, la figura de los árboles
lentamente se modifica por el cambio de la luz, por el paso
del día hacia la noche. Así, el ojo cinematográfico hace evidente
la sutileza del cambio. Desnuda que aquello que parece lo mismo
y repetido se modifica: y pertenece por tanto a una zona de
trasformaciones. En Humble life, la vida cotidiana de
una anciana japonesa irradia toda su riqueza y complejidad,
disimulada en la aparente intrascendencia de lo cotidiano.
Y es oportuno recordar otro film, de espíritu especialmente
solidario con El arca Rusa: Elegía de un Viaje.
Aquí el cineasta se convierte en una voz-narradora que relata
en off una particular travesía. Un lugar misterioso
convoca a un viajero. Y el viaje se inicia en la Rusia devocional
de las iglesias y la liturgia sacra. Luego, cual si fuera un
ave, el viajero vuela sobre Alemania, en la noche. Una delicada
flotación. Un vuelo poético sobre una ciudad que brilla entre
luces mágicas. Y, finalmente, el viajero arriba a Holanda. El
sitio misterioso que convoca al espíritu inquieto, alado, es
una galería del Rijk Museum de Amsterdam. El viajero se encuentra
entonces con una pintura de Saenredam (1597-1665), pintor especializado
en pinturas de iglesias. Pero que aquí pinta Un ayuntamiento
en Amsterdam (1657). Y el visitante se adentra después dentro
de la pintura. Ya no hay separación entre el espectador del
lienzo y lo observado. Hay fusión. Integración. La sensibilidad
no contempla desde fuera. Ahora experimenta desde la interioridad
misma de la pintura. Ahora, el observador es dentro
de la obra, (y es también ya parte de ella). Respira el aire
de la calle. Se deslumbra con la luz solar. Se detiene en la
figura de un reloj en el vértice superior de la iglesia. Esa
misma superación entre la obra contemplada y la mirada contempladora
ocurre en la experiencia artística que Sokurov filma dentro
del Hermitage. El Museo Hermitage en San Petersburgo.
El Hermitage es el máximo patrimonio artístico
de los rusos. Es un inevitable referente de un orgullo nacional.
Sus numerosas colecciones contienen millones de piezas. La historia
del museo comenzó con la edificación del Palacio de Invierno,
tradicional residencia de los zares, cuya fachada estilo rococó
se alza frente a las aguas del río Neva. Isabel Petrovna, hija
de Pedro el Grande, promovió la construcción de este emblemático
edificio real zarista. Entre 1755 a 1765, durante 6 años, sin
un día de descanso, cuatro mil hombres le dieron realidad a
sus formas palaciegas. Catalina II contrató a nuevos arquitectos,
a Yuriy Velten, y al francés Jean Baptiste Vallin de La Moche,
quienes construyeron un ermitage (palabra francesa que
significa "refugio del ermitaño"). El ermitage
era un pabellón
con jardines destinados a encuentros o actividades fuera de
las rutinarias funciones protocolares de la corte.
Los
artistas construyeron también un jardín colgante sobre
el Neva. Durante la historia del museo, su astronómico tesoro
artístico fue creciendo gracias a las sucesivas compras de colecciones.
Catalina II compró numerosas pinturas entre las
cuales descollan varios Rembrants y el retrato El hombre
con guante de Frans Hals. La colección de Alejandro I adquirió
el acervo artístico de Josefina Bonaparte, donde destacan las
magníficas esculturas de Canova y El interprete del Laúd
de Caravaggio. Los zares Nicolás I y II también nutrieron el
paraíso estético abrazado por el museo.
En
el comentario habitual sobre El
arca rusa
suele repetirse: el film es el primero en la historia que fue
filmando en un solo plano secuencia. En una sola toma. Sin cortes.
Una sola toma de noventa minutos. El camarógrafo, Tillman Buttner,
recorre casi dos kilómetros, y unos treinta y tres salones del
museo. Un recorrido que le supuso un esfuerzo físico que casi
lo obliga a abandonar la empresa.
Un único plano secuencia es la renuncia a la complejidad del
montaje. Es significativo quizá observar que, en Rusia, en los
albores del cine, surgió la compleja teoría y practica del montaje.
Desde una posición estética condicionada fuertemente por el
vínculo con la dialéctica marxista, Sergei Einsenstein celebró
el cine como montaje (1) (junto también con Pudovkin y Kuleshov).
Varias décadas después, otro ruso medita sobre el acto del montaje,
pero desde su virtual negación. Sokurov pretende renunciar así
a la trasformación del flujo temporal. Pretende acompañar el
tiempo real. Lo cual es un deseo formal más que una posibilidad
efectiva. El llamado tiempo real siempre se pierde en cualquier
apropiación fílmica, aun en la que desea capturar o documentar
una imagen que emerge, sin posteriores modificaciones, en la
vida o en el set de filmación.
El tiempo de la reproducción, el de la exhibición
de una imagen, acontece siempre en un tiempo abstracto distinto
al tiempo real donde emerge esa misma imagen. A pesar de esto,
como espectadores adherimos a un pacto ficcional por el que
apreciamos El arca rusa como una secuencia única filmada
en un "tiempo real".
También es habitual mencionar que para la realización del film
fueron necesarios ocho meses de ensayos y que en el rodaje participaron
867 actores y miles de extras. El día de la filmación el frío
mordía con desaforadas dentelladas a los transeúntes. La temperatura
era de -23ø. Pero de las 4.500 personas que participarían en
el complejo rodaje sólo faltaron 22. El puntilloso cuidado en
el vestuario fue otro de los grandes desafíos para la realización
de la obra.
El cineasta, que es a la vez la voz narradora, guía el
viaje (como en la ya mencionada Elegía de un viaje).
Se imagina despertar repentinamente de un sueño, en el algún
momento del siglo XIX. El viajero irrumpe entonces en un museo
transfigurado, distinto al de las visitas rutinarias de los
turistas y amantes del arte. La voz viajera se encuentra con
un Marqués francés (Sergei Dreiden), inspirado en el Marqués
Custine. Custine visitó Rusia en el siglo XIX. Escribió textos
críticos sobre la cultura rusa. En el juego imaginativo del
viaje, el Marqués habla un perfecto ruso. Su modo de apreciar
el arte exhibido en las salas devela varios significados posibles.
En primer término, su forma de observación estética confronta
con una ingenua devoción por lo ruso. Su postura es crítica,
independiente. Rechaza tanto la reverencia como la pose formal
o ingenua.
La interrogación sobre el lugar de la cultura rusa respecto
al resto de Europa es uno de los temas más sensibles del film.
En términos históricos y culturales, Rusia está más
próxima al universo asiático, al cristianismo
ortodoxo, al cristianismo oriental. Sus luchas y final independencia
de los aguerridos mongoles en tiempos de Iván el Terrible, en
1480, o las hazañas del héroe Alexander Nevsky (brillantemente reanimado
fílmicamente por Einsenstein junto con la música de Prokofiev)
insinúan una Rusia más cercana a las estepas, al Volga, a los
Urales. Pero bajo la monarquía zarista de los Romanov, principalmente
a partir de Pedro el Grande, Rusia sintió la necesidad de integrarse
a la Europa del desarrollo de la cultura y la ciencia.
Es la Rusia, que como reprocha el Marqués, intenta imitar
lo europeo y pretende reproducir el esplendor de las galerías
vaticanas.
Es la Rusia que desea ser aceptada por Europa en un plano de
igualdad. No como un sospechoso margen, siempre cargado de algo
extraño y hostil. Quizá por eso se enfatice tanto en el film
la imagen de una pompa zarista que si bien acoge elementos del
lujo oriental, pretende, mediante el acopio del arte occidental,
ser aceptada como nación culta, como válido miembro de la civilización
europea. Y en el film se hace evidente un lamento por cierto
desprecio de Europa Occidental hacia a esa Rusa ambigua, de
una identidad dividida entre lo asiático y lo europeo.
Pedro
el Grande soñó con una Rusia europea. Con una San Petersburgo
grandiosa, pujante, refinada. Algo de esa simbiosis transmite
el lienzo Iluminaciones de San Petesburgo en la segunda mitad
del siglo XVIII, de Fidor
Vasiliev. Una nocturna San Petersburgo muestra la magia de su
belleza arquitectónica y el progreso de su tejido de faroles
colmados de luz eléctrica.
Pero regresemos al Marqués.
El Marqués representa una sensibilidad exquisita y exigente.
Para él, parte de la fuerza del arte es el asombro sensible
ante la belleza. El ejemplo máximo de esta actitud es su sorpresa
y arrobamiento cuando descubre las esculturas de Canova, el
exquisito escultor neoclásico de la Francia del siglo XIX. Canova
es el verdadero heredero de la antigüedad clásica y de su refinamiento
escultórico. La obra que motiva principalmente su veneración
es Las tres gracias, inspirada en la repetida tríada
de la mitología antigua. El mármol tan magistralmente cincelado
por el escultor hace olvidar la dureza pétrea de los cuerpos
representados. Y lo femenino recreado parece así una danza en
el amanecer bañada por fresca agua de rocío.
Por otro lado, el Marqués rechaza una
falsa postura del espectador que proyecta sobre las obras sus
propios deseos. Sorprende a un muchacho que contempla la pintura
Pedro y Pablo, del Greco. El joven le asegura que alguna
vez tal vez todos seremos como esos dos hombres santos. El Marqués
se encoleriza. Esa observación reduce la obra a un deseo moral;
y también descubre el desconocimiento de las Escrituras por
parte del joven. El catolicismo del cortesano empieza a asomar.
Esto se hace más claro en el momento de la visita a la Galería
italiana. Aquí el Marqués se indigna ante la exhibición de la
Santa Cecilia de Carlo Dolci, o La Circunscripción de
Cristo de Ludovico Cardi, junto a una pintura de Cleopatra,
de Máximo Stazione. Un acto intolerable de igualación de paganismo
y catolicismo.
Y frente a un actor y un médico en esa misma galería,
el Marqués reclama que el arte debe ser vivido, experimentado,
no reducido a una representación intelectual.
El Marqués se encuentra luego con una mujer que pretende abrazar
una pintura. Pero tras la aparente extravagancia de la
espectadora, se oculta una actitud que el film promueve como
un axioma estético: un adentrarse dentro de lo contemplado para
vivir, como una viva presencia, lo que muestra, sugiere o simbolizan
las obras en el museo.
El Marqués se encuentra también con una visitante ciega. La
invidente le informa de un cuadro de Rubens, La fiesta en
casa de Simeón el fariseo, que se halla fuera de
exhibición. Pero alude a la obra como si fuera una vida visible,
de potente presencia. El arte pictórico puede encender gozosamente
las retinas con una directa y placentera invasión de colores
y luz. Pero un imaginar sin la mediación directa de los sentidos
físicos puede asimismo recrear una obra artística. La ciega
no ve con los ojos físicos, pero ve sí con los candiles sutiles
de la imaginación. Y goza así del Rubens ausente. Y también
percibe y explica al
atento Marqués parte
del simbolismo de la Virgen de las perdices de Van Dick.
Las manzanas simbolizan la vida; los girasoles la piedad; las
perdices la frivolidad.
La inclusión de la mujer de la ceguera física y la videncia
del imaginar recuerda una práctica real durante de la Segunda
Guerra Mundial. Entonces, las colecciones del museo habían sido
evacuadas. Las paredes estaban vacías. Pero se organizaban de
todos modos visitas donde el guía describía las pinturas antes
allí presentes. El visitante debía entonces, lo mismo que la
ciega, imaginar un fulgor estético que antes era un directo
hechizo visible. Aun en las paredes o pisos donde la apariencia
más inmediata indicaría vacío, ausencia, el imaginar puede encontrar
densas poblaciones de seres, imágenes, símbolos derramados desde
los lienzos.
Aquí es llamativa el paralelo con una obra literaria de un notable
escritor argentino: Manuel Mujica Lainez. En 1984, Mujica Lainez
(2) luego de repetidas y asiduas visitas al más prestigioso
museo madrileño escribió Un novelista en el Museo del Prado.
Su imaginación novelesca entonces libera a los personajes de
los límites de los
lienzos. Y éstos, durantes las noches, participan de diversas
historias. El museo deja de ser lugar de acumulación de las
pinturas. Entonces, se transmuta en escenario mágico.
En el teatro de un revivir lo irradiado por las obras. El museo
ya no como receptáculo de la cultura elevada, sino como lugar
de una renacida vitalidad de la representación artística.
En relación con este proceso, la contemplación de las
obras puede o debería ser producción de un saber sensitivo e
intelectual en el espectador. Y no sólo un momento de deleite
en un lugar de obligada visita según los cánones
de la cultura de élite.
El concepto de museo como lujoso albergue del arte es asumido
hoy sin mayores salvedades. Pero es interesante pensar que la
trasformación del Hermitage, su condición de lugar de renacimiento
del pasado y de la potencia de las obras en el presente del
plano secuencia de Sokurov, puede estimularnos a meditar sobre
otros sentidos perdidos de la institución museo. Museum,
término de origen latino, procedente del griego mouseion.
Su primera significación era la de un templo consagrado a las
nueve musas. En la Antigüedad y en la Edad Media no tuvo el
significado actual de ámbito acogedor de colecciones de objetos
artísticos bellos y diversos. El primer mouseion se
fundó hacia el 290 a.C., en la ciudad creada por Alejandro en
las orillas del Nilo: Alejandría. Tolomeo I Sóter, un rey egipcio
ya helenizado, construyó un magnífico edificio donde se daban
cita sabios y eruditos subvencionados por el Estado. El
mouseion contaba con un observatorio astronómico, jardín
botánico, parque zoológico, claustro, salón de lectura y biblioteca
(la célebre Biblioteca de Alejandría). El museo aquí era entonces
fundamentalmente un centro cultural, un ámbito universitario
ávido de reflexión y multiplicación de conocimientos. No imperaba
aquí la pasividad receptiva ante una obra sino la generación
activa de conocimiento.
Entre los romanos, el término Museum aludía a
una villa particular, donde se realizaban tertulias filosóficas.
Por lo tanto, no involucraba un sitio de acumulación y exhibición
de obras de arte. Recién en el Renacimiento surgió la
noción contemporánea de museo (3).
Y regresemos detrás de las huellas del verborrágico Marqués.
Durante su visita del Hermitage, el Marqués explora un
salón apartado donde un presunto personal del museo le reclama
que se cuide de no atropellar cadáveres y féretros. La
perplejidad del visitante es despejada por la voz narradora
que le aclara que, en la Segunda Guerra Mundial, el Museo Hermitage
de San Petersburgo conoció, bajo otro nombre, Leningrado, un
hecho dramático: la ciudad fue sitiada por el ejército alemán
durante 900 días. Sólo llegaban algunos víveres por el lago
Lagoda. Pero los suministros no eran suficientes para satisfacer
las necesidades de la población. La urbe rusa, temerosa de ser
aniquilada luego de una eventual ocupación germana, y ebria
de un desesperado heroísmo, resistió sin titubear. Y no sucumbió
ante las fuerzas invasoras. Pero pagó un alto precio: alrededor
de un millón de muertos, la mayor parte víctimas del hambre.
En el frenesí de la desesperación, los sitiados acudían a la
pintura descascarada de las paredes para hacer menestra, hervían
madera para convertirla en una suerte de pasta comestible, o
apelaban trágicamente a la antropofagia.
La fugaz alusión a la tragedia del sitio de Leningrado es quizá
la única invocación de un hecho victorioso, pero trágico a su
vez, de la historia rusa del siglo XX. Por el contrario, el
polémico reinado del comunismo soviético es simplificado
mediante el pasajero comentario de que "...nuestra convención
duró 80 años. Una verdadera revolución...Muy
triste...muy triste...".
La historia rusa que el film pretende revivir es
la de sus últimos trescientos años. El itinerario comienza con
Pedro el Grande, el violento y voluntarioso monarca, que ordenó
el asesinato de su propio hijo, y que fue fundador de la ciudad
con su nombre, y que mostró un vivo interés por una Rusia abierta
a Europa. En la evocación histórica del film, se excluye la
crueldad de la sociedad feudal y zarista para subrayar las aristas
más almidonadas del esplendor cortesano del zar, su familia
y la corte real. Se hilvanan gradualmente momentos de recuerdo
de, además del ya mencionado Pedro el Grande, Catalina II, y
los zares Nicolás I y II. El espectador es deslumbrado por una
recepción real de una comitiva persa que busca el perdón del
zar tras el asesinato de diplomáticos rusos en Persia. Y el
clímax del film se sitúa en el final del Gran Baile Real, que
se consumó pocos años antes de la revolución bolchevique.
Durante la deslumbrante danza se expanden los acordes de una
mazurka de Glinka interpretada por la Orquesta del Teatro Mariinsky
conducida por Valery Gerviev. El camarógrafo recuerda aquí que
antes del inicio de esta escena el agotamiento estuvo a punto
de hacerlo renunciar a la manipulación de la cámara.
Pero justo en ese momento empezó el baile. Junto a la vivacidad
de los acordes musicales, los
vestuarios de los muchos colores erotizan el ambiente.
Vivacidad como la del correr de las hijas del zar como sensuales
mujeres,
semejantes a ninfas, por uno de los pasillos del museo. La reflexión, la mirada serena sobre el arte, retrocede en favor
de la fascinación de la sensualidad. De un cromatismo grávido
de variedad y fascinación. El film deriva entonces hacia una
celebración de los sentidos. La embriaguez de colores, movimientos
y sonidos. La vitalidad de una multitud plena de entusiasmo
festivo. La fascinación sensorial, y ya no la sosegada contemplación
de las obras termina por dominar las aventuras de la cámara
dentro del museo transfigurado.
Es la embriaguez cortesana. Y es aquí inevitable observar
la edulcorada y restringida visión de la historia rusa que el
film ofrece. El Hermitage cobija una vasta colección de arte
oriental, y del arte devocional ruso de los íconos, las
imágenes que, desde las más profundas tradiciones del campesinado
ruso, remiten a una experiencia religiosa profunda, y al duro
mundo de los mujiks de la Rusia que existió fuera de
los muros de la aristocracia zarista. Produce cierta sorpresa
que la cámara, en su itinerario sin interrupciones, nunca se
haya concentrado en algunas de aquellas figuras sacras y bidimensionales,
aunque éstas no pertenezcan al circuito más habitual o "turístico"
que se ofrece a los visitantes. La presencia de un ícono
pudo remitir a todo un entramado de una Rusia sufriente, explotada
y creyente. Pero aquí esa otra Rusia sólo se destaca
por su ausencia. Se percibe una tendencia a trasmitir un sosiego
no traumático en el espectador medio occidental. Y para eludir
las turbiedades de la compleja y violenta sociedad rusa de los
últimos siglos.
Es
difícil contener, en este momento de nuestro comentario, el
recuerdo de la escena del pueblo corriendo dentro del Hermitage,
como una suerte de exorcismo respecto a su pasado aristocrático,
en Octubre, de Einsenstein. Y también es tentadora
la evocación de una obra de Ilia Repin, en la Galería Tretiakov
de Moscú (donde se conservan miles de íconos). El lienzo
se titula: Procesión en la provincia de Kursk (1880-1883).
Se trata de una procesión religiosa en Semana Santa en la provincia
de Kursk. Devotos de todos los órdenes sociales participan de
la marcha litúrgica. Pero en este fresco humano, el artista,
a diferencia de Sokurov, se preocupa intensamente en subrayar
la oscura historia de la Rusia dominada por el zarismo. Un diácono
marcha en el centro; sus lujosas vestimentas desentonan ostensiblemente
con los humildes atuendos campesinos. Detrás, avanza un aristócrata
terrateniente, y autoridades
del gobierno. La policía montada controla al pueblo mientras,
en primer plano, un muchacho pobre, minusválido, avanza enfundado
en sus humildes harapos. Una sola imagen para evidenciar, y
no ocultar, la violencia social de la Rusia de las últimas centurias;
una situación muy distinta a los tersos algodones de
la visión del cineasta admirador de El espejo de Tarcosvki;
obra donde, dicho sea de paso, a pesar de su alto simbolismo
poético, hay lugar para la evocación de la tragedia del soldado
anónimo perdido en las oscuras guerras que estallan en los hombres.
Sin embargo, estas críticas no despojan a El arca
rusa de su dignidad artística. Y de su condición de eficaz
aguijón para la estimulación de la reflexión. Por ejemplo, las
discusiones entre el Marqués y la voz narradora sobre lo ruso,
sobre la identidad de la cultura rusa, habla de una función
altamente valiosa del arte muchas veces subestimada: el arte
como meditación sobre el significado de una cultura. El Nietzsche
de El nacimiento de la tragedia, por ejemplo, es un claro
exponente de cómo a través de un pensar sobre el arte antiguo
y moderno es posible pensar la amplitud de la cultura y sus
posibles concentraciones de corrupción y decadencia en su tejido
histórico. Lo mismo es dable decir del Rousseau del Discurso
sobre las ciencias y las artes; o de los estudios de Hauser
o Panofsky sobre la interacción entre arte, las ideas
y la sociedad.
El
arca rusa nos acerca a un modo particular de experiencia artística;
y también, y quizá aun en contra de sus pretensiones,
nos conduce a una indagación crítica e histórica sobre la cultura
rusa de los últimos siglos.
Y la metáfora final de film es especialmente significativa
en esta integración entre arte, cultura e historia. La cámara
se desliza lentamente por un pasillo que la sustrae de la jungla
de lienzos y de las altisonancias rítmicas del último gran Baile
Real. Se regresa a un afuera,
se supera los límites siempre presentes del museo.
Y la imagen se sumerge en las aguas frías del Neva.
Todo parece ahora circundado por el ligero elemento líquido.
Toda vida humana, toda cultura, la cultura del Volga y Siberia,
flotan sobre las aguas. Como un arca. Como el arca rusa. Remisión
ineludible al arca bíblica. Según la tradición,
el arca originaria se posó sobre las faldas del Monte
Ararat. El arca de Noé era lugar de refugio y de expectativa
de un recomenzar. Como el arca, por el arte y la cultura un
pueblo se protege del tiempo, de las corrientes de la historia
siempre hostiles. Esa arca flota, navega (4). El hundimiento
siempre es un riesgo. Pero el peligro se compensa. Con la esperanza,
con la utopía, de un navegar, alguna vez, hacia la mejor
imagen del hombre.
(*)
(*)
Fuente:
Esteban Ierardo, "Dentro del arca rusa", editado aquí
de manera original.

Citas:
(1)
Sobre la compleja teoría del montaje en Eisenstein puede
consultarse: "Eisenstein y el montaje intelectual", en
Jacques Aumont, Las teorías de los cineastas. La concepción
del cine de los grandes directores, Buenos Aires, Paidós,
2004, pp.26-31.
(2)
Manuel Mujica Lainez (1910-1984) es autor de notables obras
como Misteriosa Buenos Aires, Bomarzo o El escarabajo
de oro. En su obra, como en Un novelista en el Museo
del Prado, impera una tendencia a otorgarle vida propia
a los objetos supuestamente inanimados.
(3)
La historia de los museos en un sentido moderno es indisociable
del coleccionismo. Las obras coleccionadas eran exhibidas en
templos como parte también de una muestra de poder. En
la edad media las catedrales fueron ámbitos privilegiados
por la conservación y exhibición de tesoros eclesiásticos.
Ya en el Renacimiento, en el umbral de la modernidad, fue
muy importante la
adquisición de obras de arte por la familia Médici de Florencia.
Cosme I de Médici (siglo XVI) empleó el término museión
para designar su propia colección privada. Contrató después
a Vasari para construir un edificio que albergará la
colección. El primer museo en un sentido moderno es la Galería
de los Ufizzi en Florencia, que incluye ya la galería
como elemento esencial del diseño arquitectónico
museístico. El humanista Paolo Giovio, en 1520, en el
Palacio de Como, creó el primer museo histórico.
(4)
Un filósofo moderno que explora la navegación
como metáfora de diversos estados existenciales o espirituales
es Hans Blumenberg, en La inquieutd que atraviesa el río,
ed. Península.
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