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APOCALIPSIS
NOW La
selva, el origen y el horror Por
Esteban Ierardo
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Martin
Sheen, como Benjamin Willard, en Apocalipsis Now.
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Apocalipsis Now (Apocalypse Now, 1979)
convirtió la guerra de Vietnam en exploración simbólica de la
existencia humana. Francis F. Coppola consiguió una obra de
vasto alcance metafórico y filosófico. El film se inspira en
la fundamental novela de Joseph Conrad, El corazón de las
tinieblas. En el ensayo que sigue a continuación
pretendemos pensar el viaje de Apocalipsis Now hacia las tinieblas que
ocultan el enigma, el origen y el horror.
E.I
APOCALIPSIS
NOW La
selva, el origen y el horror Por
Esteban Ierardo
Sobre la selva se propagan las sombras negras. Que llegan
con sus cuerpos metálicos y zumbantes. Son moscas venenosas
que silban. Son los helicópteros del norte, que danzan
sobre la selva del Vietcong. Y despiden la saliva ácida
y explosiva del napalm. Entonces, la noche y las estrellas
tendrán que esperar. Porque ahora el fuego incendiario
arde sobre la tierra y los soldados norvietnamitas.
La selva y el crepúsculo, las llamas y los helicópteros
norteamericanos; el napalm y la destrucción; el rostro
invertido de Benjamin Willard (Martin Sheen) superpuesto a
aquellas escenas de destrucción. El comienzo de Apocalipsis
now (Apocalypse, 1979). El inicio que señala el final de toda esperanza.
Y todo envuelto en el estribillo This is the end, de
Jim Morrison y The doors (1).
En 1973, un avión despegó de emergencia del
aeropuerto de Saigón. Viajaban allí los últimos
norteamericanos evacuados de Vietnam. Escapaban de las tropas
del Vietcong
("Vietnam rojo"), las disciplinadas y tesoneras fuerzas dirigidas
por Ho Chi Minh ("el que ilumina"). E.E.U.U había
perdido la guerra. Detrás de sus últimas huellas
en el suelo vietnamita, el país del Norte dejaba alrededor
de 58.000 muertos. Lo mismo
que los franceses antes, los norteamericanos padecieron
en el sudeste asiático el flagelo humillante de la
derrota (2). Menos de una década después,
el infierno bélico de Vietnam dio lugar a una sublimación
artística y una indagación simbólica
sobre la existencia humana.
En
Apocalipsis Now, como en su modelo literario,
El corazón de las tinieblas (Heart of darkness)
de Conrad, un viaje en río es el camino de regreso
hacia el horror enquistado en las fuentes mismas de la vida.
Coppola
enfrentó el desafío de la expresión artística
de las tinieblas montado sobre la cresta de la ola de la popularidad
de su El Padrino I (1972), y El Padrino II (1974).
Cuando era estudiante de la Universidad de California de Los
Ángeles, inició su experiencia cinematográfica
con Roger Corman, el legendario director y productor de serie
B, y de las adaptaciones de obras de Edgar Allan Poe. En sus
inicios, Coppola trascendió por sus guiones para la
Seven Artists Productions. Luego de su primer film, la película
documental Dementia 13 (1963), rodada en Irlanda, dirigió
Ya eres un gran chico (1966), y Llueve sobre mi corazón
(1969), que produjo con su recientemente fundada productora
Zoetrope Studios. En 1970, ganó el Oscar al mejor guión
por Patton.
En Apocalipsis now la guerra de Vietnam adquiere un
intenso aliento simbólico. El film de Coppola no es superado en este sentido
por otras películas inspiradas en el conflicto vietnamita, como
El Franco tirador (The deer hunter, 1978) de Michael Cimino
(3); Pelotón (Platoon, 1986) de Oliver Stone
(4); Full Metal Jack (1987) de Stanley Kubrick (5);
Tres Estaciones (Three Seasons, 1999), de Tony Bui,
y con Harvey Keitel (6); o We are soldiers (2004), de Wallace Randall
(7).
El rodaje de Apocalipsis Now se extendió por
238 días. Sus peripecias son conocidas por El libro
de Apocalipsis Now, de Pete Cowie, o Noticias del Apocalipsis,
de la esposa de Coppola, y por el documental Heart
of Darknees: A filmmakers Apocalypse, donde se destaca
la importancia del estado emocional del equipo del film durante
el rodaje (8). El guión de John Millius (con el auxilio
argumental de Coppola) se cimentó sobre la turbia
realidad de drogas, soledad y desesperación del ejército norteamericano en
Vietnam descripto por el premio Pulitzer, Michael Heer, en
sus artículos de Despachos de Guerra. Heer es
autor del relato con voz en off de Willard.
Veintidós años después de su estreno original
en 1979, se estrena la versión restaurada conocida
como Apocalipsis Now redux, donde se integra la larga
secuencia de más de 15 minutos que trascurre en una
plantación francesa (donde destaca el trabajo de Aurore
Clement). Una inclusión que quizá perjudica
el increscendo de suspendo y otredad que provoca el gradual
ascenso del río Nung en el viaje a Camboya (9).
La forma narrativa elegida por Coppola se ajusta a
un modelo clásico. El film no muestra flasbacks
ni flashforwards. El relato es lineal. Y la riqueza
barroca de muchas imágenes muestran las sobreimpresiones
conseguidas por Vittore Storaro.
La obra de Coppola fue filmada sin los contemporáneos y
habituales efectos digitales. Los combates, la metralla, las
llamas, la pesadilla, fueron meticulosamente recreadas. Un
verismo que incluye la famosa escena de Willard y la rotura del
espejo en su pieza en el hotel de Saigón. Sheen, alejado de
toda ingesta de alcohol, se emborrachó en esta ocasión para,
bajo una real alteración, patentizar las tormentas que asolaban
a Willard.
La fundamental novela de Conrad, en la que se
inspira Coppola, ya había motivado antes un vivo interés
por su plasmación cinematográfica. Luego de
su célebre versión radiofónica de La
guerra de los mundos de H. G. Wells, Orson Welles hizo
una adaptación también para el medio radial
de la obra de Conrad. En su proyecto, nunca realizado, de
adaptación para el cine, el río Congo sería
el Hudson. Kurtz sería un oficial nazi, y Marlow un
demócrata convencido, cuyo rostro nunca se mostraría
al espectador. El propio Welles habría interpretado
a Kurtz, y la voz del invisible Marlow también habría
sido la suya.
George Lucas protagonizó el otro intento de adaptación
bajo un guión de Millius, quien imaginó la traslación
de la historia Marlow-Kurtz al selvático paisaje vietnamita.
El nombre de esta versión habría sido El
soldado psicodélico. Pero luego Lucas eligió
la guerra galáctica, y apareció entonces Coppola
con la voluntad de elevar la locura bélica en Vietnam
al podio de la grandeza artística. Luego de
su obra histórica, la cadena de televisión HBO
produjo la cinta de Nicolas Roeg, con John Malkovich (Kurtz)
y Tim Roth (Marlow); una visión más apegada
al texto de Conrad, pero ineficaz en la recreación
de su vuelo simbólico.
En el comienzo de la historia, Willard espera en un departamento
de Saigón una nueva misión. La angustia de la
espera y la inmovilidad le impiden escapar de sí mismo.
Entonces reflexiona. Advierte que ya no posee una patria clara.
Al volver a su país, tras su primera licencia en Vietnam,
sintió deseos de regresar a la oscuridad salvaje del
combate y el laberinto selvático. Y cuando estaba en
la selva vietnamita, quería volver a su hogar norteamericano.
Contradicción que habla de un desarraigo profundo,
de un sentimiento de exilio o no pertenencia. Así,
Willard ya no podía dialogar con su esposa. El divorcio
era inevitable. Pero la separación no era sólo
con una mujer. El divorcio era con un código
cultural, donde cada elemento está en su debido lugar.
Willard ya no pertenece al pequeño mundo de las certezas
conocidas. Sin comprenderlo con claridad, es ya un exiliado
de la civilización, y de su gran mentira acogedora.
Como lo es también el Coronel Walter E. Kurtz (Marlon
Brando), un antiguo boina verde, de una intachable foja de
servicios y múltiples medallas. Pero algo ocurrió
en la penumbra misteriosa de la mente de Kurtz. Una tormenta
que lo impulsó a romper toda cadena de mando. Violó
así la ley esencial, el axioma sagrado de la religión
militar: la obediencia. El rebelde Kurtz se internó
con un puñado de sus soldados en lo profundo de la selva camboyana.
Allí es venerado por los nativos salvajes; allí
hace la guerra a su manera. Kurtz es en sí mismo inclasificable.
Pero el ejército, como nuestra propia civilización,
no puede convivir con lo indefinible. Algo sin definición
no puede ser; sólo existe lo explicable y ordenable.
No la irracionalidad desobediente. La irracionalidad de Kurtz
sólo merece una clasificación: la locura. El
coronel ha enloquecido. Y sólo importa el efecto de su
demencia: la indiferencia frente a las órdenes, su
desdén por la civilización y sus verdades indiscutibles.
La única respuesta a la desobediencia es la muerte
del desobediente. El desobediente Kurtz, que mediante una
gran ironía, es acusado de asesinato de cuatro agentes
vietnamitas por sus oficiales
superiores.
Willard
recibe entonces su misión. Él, un exiliado involuntario,
deberá matar a otro exiliado, anclado en su exilio
por su propia decisión. Se abren dos guerras paralelas.
La guerra visible, la batalla de Occidente contra el comunismo
del Vietcong. Y la otra contienda, una microguerra contra
la desobediencia individual. Los dos enemigos, uno colectivo,
Charlie (el nombre que los soldados norteamericanos le daban
al Vietcong), y el otro individual, la locura personal de
Kurtz.
II.
Pero la victoria sobre ambos enemigos necesitaba de un triunfo
previo: el triunfo sobre la selva, sobre la naturaleza. Una
necesidad del ataque que genera una inevitable paradoja: el
ataque regresivo. En la guerra pueden existir muchos amigos
y enemigos; muchos agresores y agredidos, muchas naciones
y ejércitos. Pero toda guerra es un complejo de acciones
que buscan proteger el propio poder o incrementarlo. Por la
acción violenta el hombre aspira a alguna forma de
afirmación. La agresión guerrera es búsqueda
de una sensación de dominio y seguridad. Que alejaría
al hombre de su primaria indefensión y fragilidad ante
la naturaleza. En el lactante o el niño late la debilidad,
el sometimiento al entorno natural. En el ataque bélico
el hombre cree afirmarse sobre otros, y sobre sí mismo.
Pero el ataque contra un enemigo humano exige, muchas veces,
la confrontación con un medio natural donde ese enemigo
actúa. Es entonces cuando el ataque bélico somete
al agresor a una regresión. La regresión a la
situación primaria e infantil del hombre sofocado por
el poder superior de la naturaleza.
En
la guerra de Vietnam el ataque contra Charlie es confrontación
paralela con el monstruo vegetal de la selva. Al combatir a
los vietnamitas, los norteamericanos combaten paralelamente la
naturaleza selvática. Su ataque está destinado al fracaso; su ataque será un regresar a la experiencia del temblor y la
fragilidad humana frente al vigor salvaje de la naturaleza. Un proceso ejemplificado
por varios "ataques regresivos" en la historia militar. Napoleón y Hitler fueron derrotados
por el "general invierno ruso". En 1570, la flota mongola
que llevaba a un gran ejército para invadir el Japón
samurai fue destruida por un tifón, por un kamizake,
un "viento divino". En 1588, la Armada Invencible
de Felipe II fue malograda por las tormentas del Atlántico
norte más que por las ataques de los ágiles
navíos ingleses. Ejemplos del ataque humano con pretensiones
de conquista. Que regresa paradójicamente a la
experiencia de la superioridad
invencible de la naturaleza. Una imposición del poder
natural sobre la fuerza guerrera humana que se expresa también
en la plasticidad de la pintura, como en Tormenta de
nieve: Aníbal y su ejercito cruzan los Alpes, de William Turner
(10).
III. En El corazón de las tinieblas Conrad crea
el personaje Marlow como su alter ego, como vehículo
para integrar en su literatura varios momentos autobiográficos
de su pasado aventurero y marinero (11). En Heart of Darkness,
Marlow es también oficial de la Marina mercante británica.
Es capitán de un pequeño vapor. Su misión es
remontar las aguas del río Congo para encontrar a Kurtz,
un agente de una compañía comercial. Kurtz
es sumamente eficaz en la obtención del marfil. Cumple
con creces los objetivos comerciales de sus empleadores. Pero
sus métodos son poco ortodoxos. Ejerce un raro liderazgo
sobre los nativos. Los cautiva con su voz y elocuencia. Comparte
con ellos largos períodos dentro de la selva. Y no
duda
en adoptar como propia la herencia salvaje de la reducción
de cabezas para matar a posibles enemigos. Kurtz ha experimentado
un inesperado y extraño giro de su personalidad. Ha enloquecido.
Por eso debía ser relevado. Para la construcción
del personaje de Kurtz, Conrad seguramente se inspiró
en el coleccionista de cabezas
Guillaume Van Kerckhoven
(12).
Marlow
no posee ningún vínculo personal con aquel exótico
personaje. Pero la gradual acumulación de experiencias
en África erosiona en él, secretamente, su complacencia
con los engaños de la civilización. En el continente
africano, Marlow (como Conrad en su momento) se encuentra
con la degradación esclavista, con la locura explotadora
del colonialismo. En la narración de Conrad puede sospecharse
una velada crítica al rey belga Leopoldo II y su barbarismo
colonial. Una vía indirecta para señalar el
trato "más cortés" de los ingleses
con los esclavos en sus dominios coloniales. Una actitud reinvindicadora
de lo inglés de un Conrad que nunca pareció intuir que
el corazón de las tinieblas latía también
dentro del imperial león británico.
Lentamente Marlow viaja también hacia las tinieblas,
cuyo corazón palpita en el centro denso de la selva
inhóspita, y en el propio misterio del alma humana.
África se convierte en geografía de un viaje
hacia un saber de lo abismal, una sabiduría sobre la
vida y sus secretos. Aún hoy, lo profundo e inexplorado
de la selva africana remite a lo arcaico y desconocido
(13).
La novela es el relato de Marlow en un barco, ante la vista
del Támesis. El Támesis, el río desde
donde parte la civilización, es lo contrario al río
Congo y su inmersión en lo salvaje. Sin embargo, en
la antigüedad, el río que fluye frente a Londres, también
fue arteria abierta al misterio y lo incomprensible que vive
en el corazón de la naturaleza. Así, Marlow
imagina la llegada de los romanos a Inglaterra. Entonces,
el romano, aunque fuera un "honrado ciudadano vistiendo
una toga", al desembarcar "en una zona pantanosa,
atraviesa bosques, y en algún enclave tierra adentro
siente que la barbarie, la más absoluta barbarie, le
va rodeando; toda esa misteriosa vida de la selva que se agita
en los bosques, en las junglas, en los corazones de los salvajes.
No hay posible iniciación en semejantes misterios;
tiene que vivir en medio de lo incomprensible, que es también
detestable. Y esto ejerce además una fascinación
que actúa sobre él: la fascinación de
la abominación; ya sabéis, imaginaos el creciente
arrepentimiento, el ansia de escapar, la impotente repugnancia,
la renuncia, el odio" (14).
Las tinieblas comienzan a exhalar su vapor indescifrable.
Lo más profundo repudia el lenguaje de la claridad
lógica. Por eso "no hay posible iniciación
en semejante misterio". Frente a la tiniebla enigmática
el cristal de la civilización no puede brillar. El
espíritu se retuerce entonces en un ácido repugnante.
Pero el verdadero hombre es capaz de enfrentarse con la tiniebla
horrorosa. Sin retroceder. Como Kurtz.
Y
las tinieblas también viven dentro de la tierra. Luego
de su encuentro con Marlow, Kurtz le manifiesta que "el
silencio de la tierra se le adentraba a uno en el mismo corazón.
Su misterio, su grandeza, la asombrosa realidad de su vida
oculta"(15). El misterio y la tiniebla, la
realidad ahora siempre envuelta en un estado onírico e
impenetrable.
Pues, "la esencia de este mundo yacía bastante
por debajo de su superficie, más allá de mi
alcance, y más allá de mi poder de intromisión"(16).
Al
principio, Kurtz llegó al África con la prepotencia
del fusil, y con hambre de conquista. Llegó como
ariete de la civilización. Luego de su
llegada, Kurtz incluso
escribe un Informe para la Sociedad Internacional para
la supresión de las costumbres Salvajes (17). Pero, en medio del avance colonial y expoliador,
Kurtz regresa al origen misterioso de la tierra, a la fibra
densa del horror, al corazón de las tinieblas. Así,
Kurtz, el civilizado, es succionado por el magma primario.
Y le confiesa entonces a Marlow que se "había
colocado literalmente en un alto sitial entre los demonios
de la tierra" (18). En el amparo de las paredes,
de las casas, de las fortalezas, de las ciudades de la civilización,
el hombre puede olvidar el misterio, cuyo abismo insondable
genera odio, impotencia, la caída en el horror. Pero
Kurtz ha traspasado el umbral de todo refugio amigable y
protector. Ahora ya no bebe el licor dulce de la civilización,
sino que tambalea y danza junto a los "demonios de la
tierra".
La
potencia conmocionante de las fuerzas naturales también
es narrada por Conrad en otra de sus célebres novelas,
Tifón
(19).
El
reencuentro con el poder solitario e incontrolable de la naturaleza
impone la regresión hacia una condición
primaria y salvaje. Algo semejante ocurre
en El señor de las moscas, de William Golding. Unos
niños refugiados de una guerra quedan abandonados en una isla
tras la caída de su avión. No hay adultos sobrevivientes.
Entre los niños aislados surgen dos grupos. Uno de ellos,
el mayoritario, es liderado por Jack; es el grupo de niños
que se convierten en cazadores,
se pintan los rostros, se entregan a danzas y cánticos.
Su educación civilizada se convierte en una peligrosa
regresión salvaje, que contrasta con el comportamiento
de Raphal y Piggy, emblemas de la resistencia racional, aún
no eclipsada por la regresiva tiniebla irracional (20).
IV. Muy pocos pueden convivir con el horror en su más
pura potencia. Es necesaria alguna forma de sublimación.
Un refugio. Un anillo protector. El horror de la guerra que
fluye en Apocalipsis Now suscita una desesperada
respuesta estetizante. Un intento de transformar la fealdad
destructiva en acto estético. La desesperada estetización
de la guerra emerge en el ataque del Séptimo de Caballería,
que ha reemplazado los caballos por los helicópteros. Y que
ataca bajo los sones grandilocuentes de La cabalgata de
las Walkirias, de Wagner. Rober Duvall encarna al
inefable Coronel Kilgore. Su temperamento vivaz y jocoso parece
ignorar el miedo. Camina entre las balas como si se paseara
en un sereno jardín, o una solitaria
y apacible costa del mar. No duda en planear una sesión
de surfeo en medio de lo más recio del ataque a una
aldea vietnamita. Y, durante la atronadora metralla de sus
helicópteros, ordena que se expanda la música
wagneriana irradiada por unos grandes megáfonos. La
embestida destructora de los helicópteros se trasmuta
en acto estético. Luego de dar la orden para un fulminante
ataque aéreo con napalm, Kilgore pondera las raras
"delicias" de su poder destructivo: "Napalm,
hijo. Nada en el mundo huele así. Qué delicia
oler napalm en la mañana...! Sabes, una vez, durante
doce horas, bombardeamos una colina, y cuando todo acabó,
subí... Qué olor a gasolina quemada! Aquella
colina olía a... Victoria."
Durante el ascenso al río, ante la vista nocturna del
puente Do Lung, Lance manifiesta que es un espectáculo
"hermoso". Frente al caos horroroso de la guerra y
su sinsentido, una forma desesperada de aliviar o suavizar
el espanto consiste en postular como acto bello los cortes
que provoca la navaja grotesca de la guerra.
En varios momentos significativos de la historia del arte,
surge la desesperada estetización de la guerra. Es
el caso de Goya o Dix. Pero en estos casos, la respuesta artística
a la guerra es una forma de crítica y rechazo. Diferente
es la situación del futurismo de Marinetti. El artista
italiano repudia la falsa y anticuada pasión del claro
de luna romántico, en favor de la belleza del fuego
de artillería y las explosiones de las granadas. Aquí,
la guerra es convertida en acto de belleza, en escena artística
como en la visión del esplendor estético de
la maquinaria bélica de la primera guerra en Ernst
Junger (21), en la visión de un ataque aéreo
en Piloto de guerra, de Saint-Euxpéry; o, regresando
a la narración cinematográfica, el particular
documental Lecciones de oscuridad (Lessons of darkness)
de Herzog (con las imágenes de los incendios de los
pozos petroleros tras la guerra de Irak en 1992 editadas con
música wagneriana de fondo), o El doctor insólito
(Dr. Strangelove: or How i learned to stop worrying
and love the bomb, 1964) de Stanley Kubrick, con su final
sucesión de letales hongos nucleares que crecen entre
plácidas melodías musicales.
V.
Pero detrás del embellecimiento del acto bélico,
siempre se agazapa una estética de la desesperación.
Que no puede humanizar la fuerza devoradora del horror. Ni
del absurdo. La guerra de Vietnam nunca tuvo una justificación
convincente. Y con el devenir de la locura y las matanzas,
el sinsentido terminó por devorarlo todo. La guerra
devino un grito absurdo y grotesco. Kilgore es el único
oficial de alta graduación que aparece al frente de
las acciones de combate en el film. Sus extravagancias testimonian
lo absurdo que carcome al ejército y sus cuadros de
mando. No aparece luego ningún oficial. Como si nadie
quisiera asumir la responsabilidad por la erupción
continua del espanto. En el puente de Do Lung Willard pregunta
insistentemente por el oficial a cargo. Se muestra entonces
el singular soldado Roach, capaz de acallar a un soldado del
Vietcong con un proyectil que dispara guiándose por
el sonido de sus gritos. Ante la pregunta por el
Commanding Officer, Roach contesta a Willard: "¿No
eres tú?"
Kilgore es el único que asume el liderazgo. Pero no
para consumar una guerra de factura convencional, sino para
liberar la potencia de lo absurdo. Así el coronel, que
lidera su regimiento de "Caballería Aérea", está
más interesado en surfear que en una concentrada dirección
del ataque. Y no duda en usar sus helicópteros para
buscar a Willard y sus hombres luego de que éstos le
roban su tabla de surf.
El absurdo es una forma de naufragio, de colapso de la esperanza,
de hundimiento en la incertidumbre. Es una intuición
de un apocalipsis secular; no lo apocalíptico de los
fuegos destructores de un Armagedón final, sino la
desaparición en la tierra de toda posibilidad de una
real felicidad colectiva. Una visión que, con lucidez
trágica, ya tuvo en el siglo XIX el romanticismo, tal
como lo expresó El Naufragio del Buque Esperanza
de Kaspar David Friedrich (22). Un escena de caída en los
confines como la del avión norteamericano destruido, que
encuentran Willard y sus hombres en el ascenso del río.
El absurdo ruge también en el incidente del sampán.
En la subida al río en el bote PBR-5, el grupo de Willard
se encuentran con un pequeña barcaza vietnamita (un
sampán) ocupada por unos campesinos que viajan con sus gallinas,
mercancías y bártulos. Willard propone continuar la
marcha. Pero el Jefe Phillips insiste
en inspeccionar el bote. Durante la inspección, la
tensión crece gradualmente. Una mujer se sienta sobre
una caja, como si quisiera ocultar algo, quizá un arma.
La locura paranoica entonces estalla. Limpio vomita una tempestad
de balas con su ametralladora. Luego de la sanguinaria barahúnda,
se descubre que la mujer sólo quería proteger
a un perrito. La mujer aún respira. Willard la remata
sin ninguna vacilación. La matanza nació de
una combinación de temor, hartazgo y necedad de los
atacantes. Una destrucción absurda, como la saña
asesina desatada por desquiciados soldados norteamericanos
en Mi Lay (23).
En la guerra que se asfixia en la mentira, la racionalidad
se vacía. Y sólo sobrevive la gramática
de lo absurdo.
VI. Y el viaje hacia la tiniebla en la obra de Conrad, como
en la traducción cinematográfica de Coppola,
es siempre un río. El agua se convierte en zona de
pasaje. En medio para un viaje iniciático. El río
Congo, o el Nung, son memoria líquida, espacio de
transición donde perdura el recuerdo del origen.
Que vive en el fin del río, en el sitio más
alto y profundo de su curso. En Heart of Darkness,
el ascenso por el Río Congo es regreso al origen, pues: "Remontar
aquel río era regresar a los más tempranos orígenes del mundo
cuando la vegetación se agolpaba sobre la tierra y los grandes
árboles eran reyes". Por eso, durante el regreso a lo
originario, al seguir el curso de lo líquido: "...se
creía uno hechizado y aislado para siempre de todo lo que
se había conocido antes -en algún lugar muy lejos- en otra
existencia, tal vez" (24).
En el final del río Nung, Wallard y los dos únicos
sobrevivientes, Chef y Lance, arriban a la tiniebla donde
reina el coronel Kurtz, el individuo excepcional que ha regresado
a un origen donde existe la desnuda aceptación del caos, la
incertidumbre y una verdad ajena a todo código cultural o
libro revelado, que no tolera la mentira civilizada. Tras
la corriente del agua sobrevive una existencia originaria.
El río repite así una función ancestral
de transición hacia una realidad otra, un otro mundo,
un más allá. Es la imagen mítica de Caronte
llevando las almas en su barcaza al otro lado; o el río
que se debe trasponer, en la mitología andina, para
arribar a la vía láctea como sitio de eternidad (25).
La niebla se extiende también a veces sobre el río
como una misteriosa y sutil serpiente. La capacidad de la
niebla para ocultar, para alejar toda dispersión y
propiciar una clima de expectativa, alerta y suspenso, es
continuación de otra antigua función simbólico-ancestral:
lo neblinoso como lugar de indeterminación, de levedad
y desmaterialización, y de apertura a otro nivel de
existencia. Lo mismo que el río y el agua, la niebla
posee también una funcionalidad de pasaje, que John
Carpenter, por ejemplo, en su film La niebla (The fog,
1980), utilizó hábilmente en un contexto
de terror y suspenso. Y en el final de la navegación
hacia las aguas del sur en la novela de Edgar Allan Poe, Arthur
Gordon Pym, las tinieblas cubren el océano; y,
en ese contexto, el mar neblinoso adquiere también
una condición de tránsito a una realidad otra.
Durante el viaje en el río, también, Willard
medita en Kurtz. Recibe un mensaje que le informa que antes
que él, ya otro soldado fue enviado para cumplir su
misión. Su nombre es Colby, y no se tiene noticias
de su paradero. Y Willard, sobre el río, revisa el
expediente de Kurtz. Lee una carta del coronel disidente a
su hijo. Y durante el ascenso por el
río, a su vez, se despliega la amenazante impersonalidad
de la muerte. En el barco Willard es acompañado por Limpio
(un jovencísimo Laurence Fishburne,
muy popular por su papel de Morpheus en Matrix), Chef Hicks
(Frederic Forrest), Lance Johnson (Sam Bottoms), y Jefe Phillips
(Albert Hall). El personaje del
Jefe se inspira en el negro timonero de la embarcación
de Marlow. Durante el viaje, en la novela de Conrad o
en la obra de Coppola, tras las enrevesados muros de la vegetación,
siempre se presiente la proximidad del enemigo. Escondido
como un mal invisible. Y la invisibilidad de la amenaza
despersonaliza al enemigo. Lo convierte en una inquietante
presencia siniestra. El oponente no es ya un ejército
visible, sino una parte inaprensible de la realidad, de presuntos
poderes absolutos, que puede descargar un golpe mortal en
cualquier instante. Y la única manera de contrarrestar
el peligro indefinido es atacar a cualquier parte. Como ocurre
en el ataque del soldado Roach a la oscuridad en el puente
Do Lung. Un ataque indiscriminado hacia la sofocante
amenaza impersonal que se repite en la novela de Conrad cuando
un barco francés descarga su artillería sobre
un lugar cualquiera de la selva (26).
La desmaterialización del enemigo en el
río contrasta con la vívida nitidez del peligro
de la naturaleza salvaje representado por el tigre, the
fucking tiger, con el que se encuentra Chef al comienzo
casi del ascenso por el río Nung. Y el contraste se extiende
también a la palpable presencia del Vietcong en la
aldea atacada por Kilgore. En estas ocasiones, el enemigo
es claro, plenamente identificable. Como la niña que
arroja una granada que destruye un helicóptero norteamericano,
y que luego es ultimada por un fuego de metralla.
Y durante el ascenso por el río Nung, Limpio muere
alcanzado por una bala surgida de la selva. Un proyectil
silbante, fulgurante, letal, arrojado por el enemigo invisible.
El agobio ante el inminente ataque de una fuerza imperceptible
ocurre también en Aguirre la ira de Dios (1972),
de Werner Herzog, film cuya influencia en Apocalipsis Now
fue reconocida por el mismo Coppola. En Aguirre ...,
Herzog recrea la obsesiva búsqueda española del oro.
La utopía de El Dorado hechizaba a Pizarro y sus hombres.
En la
densidad de la selva peruana, el conquistador español nombra
a un pequeño grupo expedicionario para continuar el viaje
hacia la codiciada tierra del metal con el color del sol.
En varias balsas navegan río abajo el jefe del grupo,
Pedro Urzúa (acompañado por su mujer), y el particular
y ambicioso Lope de Aguirre (que viaja con su hija). El carismático
Aguirre (protagonizado magistralmente por Klaus Kinski) (27),
rápidamente se subleva, toma el poder. Y ordena que la expedición
se adentre en lo profundo de la selva. En una barca, los viajeros
remontan un río. La corriente se contorsiona, al principio,
en bruscos remolinos. Luego, adquiere una plácida y lenta
fluidez. La muerte se desparrama mientras aumenta la penetración
en el río. Muerte inesperada que traen los zumbidos
repentinos de las flechas indígenas que brotan de la
maleza. Pero el agresor siempre permanece invisible. El temor
y la desesperación taladran cada vez con más fuerzas
a los españoles. Hasta el punto de que Aguirre ordena que
sus hombres disparen con sus mosquetes y pequeños cañones.
"Pero ¿dónde?", pregunta uno de los soldados...
"Donde sea, pero haced ruido...", contesta Aguirre.
Invisibilidad de la amenaza en Apocalipsis now, o en
Aguirre, la ira de Dios.
Los
españoles usan sus antiguas armas de fuego. Los norteamericanos
las modernas ametralladoras. Pero en ambos casos, la primitiva
contundencia de las flechas o las lanzas desangran lentamente
la arrogancia del soldado occidental. Así, Jefe Phillips muere por una lanza; igual que el negro que
manipula el timón del barco de Marlow en la novela
de Conrad.
La selva
oculta siempre al amenazante agresor invisible. La impersonalidad
amenazante no tiene donde ocultarse; a diferencia de la amplitud
solitaria del desierto. Como en El Desierto de los tártaros,
de Dino Buzatti. Buzatti imagina una fortaleza donde se espera
un ataque que nunca llega. La demora de la agresión
franca de un enemigo personalizado provoca también
el agobio de una amenaza impersonal (28).
VII. Y en
el final del río, las tinieblas rompen todo disfraz
o envoltorio. Willard, Chef y Lance arriban hasta las ruinas
camboyanas, semejantes al estilo Angkor Vat, donde ejerce
su reino Kurtz. La selva ahora contiene estatuas paganas,
monos, colgantes cadáveres de soldados del Vietcong,
una multitud indígena, y algunos pocos soldados norteamericanos
de Kurtz, también atrapados por el caos originario.
Los recién llegados son recibidos
por un fotógrafo de noticias, protagonizado por Dennis
Hooper. El fotógrafo es admirador incondicional del
enloquecido coronel; su correlato en la novela de Conrad es el joven ruso
que también profesa una devoción incondicional por Kurtz.
Antes de desembarcar, Chef teme por la agresividad de los
nativos. El fotógrafo le pide que encienda la sirena. El
sonido es fuerza mágica, poderosa, que los nativos
temen. Apelación a la potencia ancestral de lo sonoro
presente también en la novela de Conrad.
Con su carácter exultante, Hooper
habla de Kurtz como un guerrero poeta. Es un hombre superior,
al que se debe escuchar. Como cuando habla de la fuerza del
"si": si logras actuar sin depender de las
opiniones o juicios de los demás, te conviertes en un hombre.
Alusión a Kipling, y su célebre poema Si. Pero el
fotógrafo es un pequeño hombre, e insiste en la condición otra
de su maestro, que ha abierto su mente. Y le advierte entonces
a Willard: "No puedes juzgar
al coronel como a un hombre ordinario".
Y Willard
distingue a Colby, el enviado antes de él para matar
a Kurtz. Colby divaga con la mirada perdida en la lejanía.
Y Willard se encuentra
con el motivo de su búsqueda: el individuo del misterio
desobediente, aquel que odia las pestes de las mentiras, la
civilización y sus máscaras hipócritas; esa
civilización-ejército que prepara a los jóvenes para matar
a jóvenes pero que les prohíbe escribir "putas" en
su aviones por considerarlo obsceno.
Dentro de un viejo edificio, las sombras coexisten
con zonas intensas de luz. El rostro de Kurtz, y su pronunciada
calvicie, se realzan en los contrastes entre la sombra y lo
luminoso. La presencia de Brando-Kurtz recuerda el claroscuro
barroco, la pasión de Caravaggio por la luz que rebulle
sobre un fondo oscuro.
Y Wallard contesta preguntas sobre su procedencia. Su hogar está cerca
del río Ohio. Y Kurtz recuerda ese río. Cuando era niño
una vez lo remontó. Se encontró entonces con una plantación
de gardenias. Durante ocho kilómetros aquellas flores
parecían que eran el cielo que había caído sobre la tierra.
Lo terrestre tocado y transfigurado por la magia celeste.
Comienzo de la mirada poetizante de Kurtz. Del individuo
rebelde que lee
poesía, en voz alta. El mundo es así para él lugar de la
metáfora poética, de los símbolos, que hacen de la realidad
algo distinto al repetido polvo de lo prosaico.
Kutz,
guerrero poeta. Y ávido de un primitivismo, que aflora cuando
con su rostro pintado le arroja la cabeza de Chef a un Willard
maniatado, en una prisión de piso fangoso, rodeada por la selva y la tormenta. El infortunado Chef sintió la
desmembración de su cuerpo antes de dar por radio las
coordenadas precisas para un ataque aéreo del reducto
del coronel desobediente.
Pero,
al día siguiente, un Kurtz de rostro perfectamente
afeitado y lavado, le lee a Willard la revista Times.
Lee noticias de la guerra que aseguran la gradual victoria
norteamericana en Vietnam. Willard escucha desde una celda
de castigo. Los pasajes seleccionados por Kurtz obedecen a
un propósito sarcástico. La ilusión del
progresivo éxito militar norteamericano brota de la
mentira instituida como lenguaje repetido de la civilización.
El poder, el ejército, Occidente, son incapaces de
asumir la verdad. Una verdad superlativa para Kurtz, nacida
en realidad de la desesperación: la pretendida
amoralidad de la acción victoriosa. La liberación
del juicio moral devuelve libertad, y la energía arrolladora
de una acción desinhibida y eficaz. Kurtz entonces
pronuncia su famoso parlamento:
"Recuerdo
que cuando estaba en las Fuerzas Especiales, parece que han
pasado mil siglos, fuimos a un campamento a vacunar a unos
niños. Dejamos el campamento, después de vacunarlos
a todos contra la polio. Un viejo vino corriendo lloraba sin
decir nada. Regresamos al campamento. Ellos habían
ido y habían cortado todos los brazos vacunados, vimos
allí una enorme montaña de bracitos. Y recuerdo
que yo, yo lloré también como una abuela, quería
arrancarme los dientes, no sé lo que quería
hacer, y me esfuerzo por recordarlo. No quiero olvidarlo nunca,
no quiero olvidarlo.
"Entonces, lo vi tan claro como si me hubiesen disparado, disparado
con una bala de diamante en la frente. Y pensé Dios
mío eso es pura genialidad. Es genial tener voluntad
para hacer eso. Perfecto, genuino, completo, cristalino, puro.
Y entonces me di cuenta de que ellos eran más fuertes
porque podían soportarlo, no eran monstruos, eran hombres,
tropas entrenadas. Esos hombres que luchaban con el corazón
que tenía familia, hijos que estaban llenos de amor,
habían tenido la fuerza, el valor para hacer eso. Si
contara con 10 divisiones de hombres así nuestros problemas
se resolverían en poco tiempo. Se necesitan hombres
con principios que al mismo tiempo sean capaces de utilizar
sus instintos, sus instintos primarios para matar, sin sentimientos,
sin pasión, sin prejuicios, sin juzgarse a sí
mismos porque juzgar es lo que nos derrota."
El acto
humanitario primero. La vacunación de los niños vietnamitas.
Pero todo bien recibido por un enemigo odiado es un veneno, un
caos de células cancerosas. Por eso, la mutilación
vietnamita de los brazos de los niños como un acto de expulsión de la invasión
enemiga. Y Kurtz necesita llorar o vomitar al comprobar la
vejación. Pero, luego, rápido, entiende: los vietnamitas que
mutilaron a sus propios niños no son monstruos. Ellos también
tenían hijos, familias. Hicieron lo necesario y fueron
lo suficientemente fuertes como para no retroceder ante la
repugnancia. No sintieron asco, porque ya no se refugiaban
en la moral. Usaron sus principios e instintos para actuar
sin juicios. Y Kurtz libera su admiración: "si
contara con 10 divisiones de hombres así, nuestros
problemas se resolverían en poco tiempo". En la
amoralidad el sujeto se hace fuerte. Puede entonces atravesar
la médula del horror. La acción se impone; se
hace fuerte en el seno de la tiniebla. Es la acción
que hace lo necesario, con temple "cristalino, puro",
sin juzgar. Porque "juzgar es lo que nos derrota".
En su parlamento crucial, Kurtz ratifica lo que ya le había
escrito en una carta a su hijo. Al ascender el río Nung, Willard
leyó aquella carta. Kurtz asumía que era acusado de asesinato
de cuatro agentes vietnamitas. Pero entendía que las acusaciones
eran injustificables, "dementes" en un contexto
de guerra. Porque en la guerra hay ocasiones para acciones
temerarias donde se debe actuar en forma directa, clara, alerta.
Sin dudas, ni juicios. Al proceder así Kurtz le aseguraba
a su hijo: "Estoy más allá de su moralidad tímida y nerviosa..."
Kurtz entonces como superhombre, con
apariencia de águila, más allá del bien
y el mal. Kurtz y la amoralidad que no juzga, y que se crea
una nueva moral para guiar las pisadas humanas entre el horror.
Pero
la amoralidad es sólo un acto más que brota
de la desesperación, rayana en la locura. Aún
la opción por el supuesto más allá del
bien y el mal, es ya la subrepticia imaginación de
un "bien"; de un falso "bien", en este
caso, por estar contaminado por una confusión malsana
donde se diluye la integridad humana.
Dentro del
mundo del coronel disidente el horror no es entelequia, o
parte de una metafísica de lo siniestro. Lo horroroso
vibra en el aire cotidiano. Pero la convivencia más
pura o desnuda con lo horroroso supondría la inevitable
aniquilación, o la caída en una locura definitiva
y paralizante. Se debe encontrar entonces alguna alianza,
una mirada amistosa con el caos, pues "el horror tiene
rostro, tienes que hacerte amigo del horror". Un encuentro
amistoso con lo horroroso surge en la práctica del
rito. Kurtz respira en una sensibilidad ritual para convivir
con lo horrendo. Participa así de una experiencia
arcaica. El hombre arcaico conocía los cabellos ensortijados
del caos y el horror. Y la presencia del caos horrendo sólo
podía ser conjurado por la vía ritual. Porque
el rito instaura un encuentro creador con lo divino, como
misterio y abismo. Por el rito las acciones humanas se colman
de un sentido; un sentido que permite compensar los estallidos
de la oscuridad abismal.
La primera
afloración de la senda ritual en el film acontece a
través de las particulares actitudes de Lance. Lance,
el surfista. Lance, cuyo prestigio y laureles deportivos son
reconocidos por el coronel Kilgore. En principio, Lance es
sólo un soldado más. Su único interés
es volver al surf. Y se conforma con una sesión de
esquí acuático, mientras remontan el río
Nung, con el acompañamiento de Satisfaction de
los Rolling Stones. En un comienzo, Lance palpita muy lejos
de la mirada trágica e inquisitiva de Willard. Pero,
lentamente, se produce en él una metamorfosis. En el
ascenso por el río se encuentran con un helicóptero
con unas conejitas de Playboy, que habían viajado al
infierno selvático para mostrar sus dotes y entretener a las
tropas. Su helicóptero se quedó sin combustible. Wallard
les provee unos tambos de diesel a cambio de un momento de
placer para sus soldados. Lance intima con una de las conejitas.
Es su iniciación sexual, que discurre entre espasmos
de nervios y temor. Pero aquí ocurre
también su iniciación, como veremos, en otra
percepción existencial.
Y Lance se apropia
de la pintura de la mujer. Se pinta el rostro. Primero como
parte de un camuflage. Luego, al avanzar en la subida del
río, el maquillaje se expande y consolida en su rostro.
Durante el ascenso
por el río, Jefe Phillips muere atravesado
por una lanza. Y en el atardecer, el crepúsculo
desparrama su silencio naranja. Los últimos brillos
del sol reverberan sobre las quietas aguas del río.
Lance acompaña y sostiene el cuerpo flotante de Jefe
Phillips. Lo acompaña en su último adiós.
Lo empuja suavemente en su tumba líquida. Cumple
en silencio un rito, mientras Jeff y Willard sólo discuten
sobre las dificultades de la misión que debe ser cumplida.
Lance vuelve al barco. Una flecha se extiende a ambos lados
de su cabeza. Ya no habla. Su silencio, su rostro pintado,
evidencian su pertenencia ya al mundo de lo primario, el mundo
próximo a la fuente de la vida con su enigma y horror.
Un mundo con el que sólo es posible una comunicación
mediante el rito.
Y el rito
es también puente o lugar de encuentro entre Kurtz
y el horror de lo primario. Sobre su mesa descansa La
rama dorada, el clásico sobre el mundo del rito
y el mito (29), y Del
Ritual al Romance, de Jessie Weston, un estudio sobre
las leyendas del Rey Arturo. Y Kurtz lee a Willard el poema
The Hollow Men (Los
hombres huecos),
de Eliot (30): "Somos los
hombres huecos. Somos los hombres rellenos. Apoyados uno contra
otro. El cráneo lleno de paja". Denuncia poética
del hombre moderno, de la subjetividad hueca, vacía,
desritualizada, incapaz de encontrar un sentido dentro del
horror que domina el centro de la vida. Dentro del corazón
de las tinieblas. Y dentro del viento ritual vive también
la levedad y agudeza de lo poético. La poesía
fue el primer lenguaje de la humanidad para comunicar los
más esencial. Lo poético rodea y protege la
ebullición más arcaica de la vida. Kurtz escucha
la profundidad a través de la cadencia poética.
Kurtz es entonces el guerrero poeta, que entiende lo que expresa
Eliot al fin de su poema, unos
versos finales pronunciados por Hooper: "Así es como
el mundo acaba.
No con una explosión sino con un gemido". Todo
ha estallado como un gemido, no como una gran explosión.
La mentira de la civilización ya se ha desgarrado con
el sutil susurro que sólo algunos pocos escuchan. Kurtz
ya ha escuchado durante demasiado tiempo el rayo con el que
se desmoronan todos los ídolos. El coronel disidente
es la mirada de la extrema lucidez. Ve con claridad la mentira,
el espanto que vomita sangre bajo los ideales y los principios
almidonados, los valores huecos y falsos, de la alta civilización.
Ver y entender lo más profundo, la verdad cruel y oculta,
condena a la soledad, a la condición de sujeto maldito, condenado
al exilio, e incapaz ya de refugiarse en la comodidad de la
multitud y las verdades comunes.
En su lúcida desmesura, Kurtz está exhausto. Willard
lo sabe. Sólo la muerte podrá liberarlo de tanta
agonía. Como el minotauro de la casa de Asterión
borgiana (31), Kurtz necesita un liberador, un redentor. Willard
brumosamente comprende su necesidad de liberación.
Comprende su anhelo de una muerte digna, de pie. La muerte
de un guerrero. Y sabe que todo quiere su muerte. La selva
lo quiere.
Y
Kurtz espera también que su muerte sea un rito. Como
la muerte samurai.
Willard
entonces emerge del agua, que es purificación, nuevo comienzo.
Su rostro pintado lo declara, silenciosamente, nuevo sudor
del mundo arcaico. Un lugar otro que la civilización
de la mentira no puede entender. Willard encuentra a Kurtz
en su soledad. Y descarga sus golpes rituales que tallan una
muerte paralela a la danza indígena y el sacrificio
de un buey, en el que Lance es gran oficiante. Lance mata
al buey. Acto sacrificial donde viven reminiscensias de los
antiguos cultos del taurobolios, del sacrificio del
toro por Mitra, o en el contexto del rito de Cibeles (32).
Muerte ritual del animal por Lance, sacerdote sacrificador,
que converge con el otro rito mortal, el consumado por Willard,
sacerdote redentor. Willard y su rito sacrificial. La acción
ritual que libera al coronel exiliado de su conciencia del
horror.
Willard
lee un cuaderno de Kurtz, donde con grandes letras surge una
orden, una exhortación: ¡Arrojen la bomba!. Quizá
el último deseo del coronel enloquecido de que el mundo
no termine como un gemido, sino con una explosión definitiva.
Y Willard abandona
entonces a su víctima redimida. Todos los contemplan
con solemne silencio. Ahora puede ser el nuevo rey. Pero Willard
es el sujeto de un viaje iniciático. Ahora es otro. Y vive
en una verdad nueva, purificada. Ya no podría vivir
en la quimera del poder de un monarca de los salvajes, o de
un oficial del ejército. Ha cumplido su última
misión. Que no era matar a Kurtz, sino liberarlo. Y
también liberarse a sí mismo.
Willard y Lance regresan entonces por el río. Y sólo
lo acompañan las últimas palabras
del coronel delirante. Una voz repetida que recuerda el horror
que la civilización oculta. Porque la vida razonable
elige no escuchar las voces infernales que brotan desde los
brazos del origen y la selva. (*)

(*)
Fuente: Esteban
Ierardo, "Apocalipsis Now. La selva, el origen
y el horror", editado
aquí
de manera original.
Citas:
(1)
La canción de Jim Morisson dice: This is the end, beautiful
friend. This is the end, my only friend, the end. Of our elaborate
plans, the end. Of everything that stands, the end. Not safety
nor surprise, the end. I'll never look into your eyes... again.
Can you picture what will be, so limitless and free...? Desperately
in need of some stranger's hand... in a desperate land. Lost
in a Roman wilderness of pain, and all the children are insane...
waiting for the summer rain... yeah.
(2)
La guerra en la
península de Indochina se extendió desde mediados
de los cincuenta y mediados de los setenta.
Francia intentó sostener desesperadamente su dominación
colonial en Indochina. Pero fue derrotada por las fuerzas
comunistas del Vietminh en la célebre batalla de Dien
Bien Phu (1954). La retirada francesa y los Acuerdos de Ginebra
de 1954 dispusieron la partición de Vietnam en dos.
Entonces, Washington apoyó al régimen anticomunista
de Vgo Dinh Diem en Vietnam del Sur, que se hallaba enfrentado
al Vietnam del Norte comunista, apoyado por la URSS.
Así surgió la guerra de EE.UU. y el gobierno
de Vietnam del Sur contra Vietnam del Norte y las guerrillas
comunistas infiltradas en la región meridional del
país. Vietnam del Norte fue dirigido Ho Chi Minh ("el
que ilumina"). La guerra se propagó también
a Laos y Camboya. La intervención norteamericana comenzó
puntualmente en 1964,
cuando se produjo el incidente de Tonkín contra su
destructor Maddox. Entonces, de 4000 soldados norteamericanos
que habían en Vietnam en 1962 se pasó a casi
500.000 en 1967. La guerra, como se sabe, fue sumamente impopular
en Estados Unidos. Tras sus infructuosos intentos de victoria
militar, los norteamericanos firmaron en París en enero
de 1973 un acuerdo de paz. En marzo de 1973, se retiraron
las últimas tropas de Vietnam del Sur. El régimen
pro-occidental de este país se desmoronó entonces
rápidamente. En 1975 se produjo la ofensiva final comunista.
El 30 de abril de ese año los comunistas tomaron Saigón.
El fuego destructor del napalm se había extinguido.
La guerra concluyó al fin. EE.UU. tuvo 58.000 muertos,
300.000 heridos, centenares de miles de soldados estrangulados
por la adicción a las drogas y con muchas dificultades
para reintegrarse a la sociedad.
(3)
Peter Cowie, en El libro de Apocalypse Now, comenta
sobre este film: "El
francotirador / El cazador se diferenciaba mucho de Apocalypse
Now en que trataba del impacto de la guerra en los hombres
y mujeres que se quedaron en Estados Unidos, en una ciudad
siderúrgica de Pennsilvania con un sentimiento muy
fuerte hacia su comunidad de inmigrantes rusos. Las escenas
en Vietnam parecían menos auténticas que las
que transcurrían en los salones de baile o en las montañas
Alleghenies de la tierra natal de Robert de Niro y Meryl Streep.
Con un poco más de tres horas de duración, la
trama de El francotirador / El cazador se va desentrañando
de manera más solemne que la de Apocalypse Now."
(en Peter Cowie, El libro de Apocalypse Now. Serie La memoria
del cine, Ediciones Paidós Ibérica, S.A.
Barcelona, 2001. pp. 271).
(4)
Platoon (1986) dirigida por Oliver Stone, es una convincente
recreación del caos bélico y su deshumanización, pero con
una tendencia a emitir un mensaje moral más que a realizar
una interpretación simbólica de la guerra. Es especialmente
significativa la contraposicion entre Barnes y Elías,
los dos máximos referentes del pelotón. Barnes
(Tom Berenger) es el oficial desalmado, sólo interesado
en su supervivencia propia y la del grupo a toda costa, sin
ningún reparo en la humanidad del enemigo. Bajo su
mando, varios soldados del pelotón, y él mismo,
comenten despiados asesinatos en una aldea vietnamita; una
atroz situación que hace recordar al salvajismo desatado
de la matanza de My Lai. Elías (William Dafoe), por
su parte, es la conciencia lúcida, que busca vivir
conforme a un sentido. Su nombre de un profeta bíblico
destaca su adhesión a una mirada trascendente. En una
noche estrellada, Elías la refiere a Chris (Charlie
Sheen), el otro personaje fundamental del film, que las estrellas
no son ni buenas ni malas, son simplemente. La amoralidad
no humana de las estrellas contrasta con la pretendida amoralidad
de la acción humana predicada por Kurtz en el film
de Coppola.
(5) Peter Cowie
manifiesta sobre la obra de Kubrick: "Stanley Kubrick se pasó años preparando
Cara de Guerra / La chaqueta metálica / Full Metal Jacket
(1987) e, igual que Coppola, empleó el incomparable
talento como escritor de Michael Herr. Ya que no le gustaba
nada viajar y los elementos impredecibles que acechan a todos
los rodajes en exteriores, Kubrick decidió hacer su
película en un aeródromo abandonado en la periferia
de Londres. Sin embargo, ni la iluminación ni el paisaje
resultaron convincentes y la película sucumbe a una
artificiosidad paralizada por el escenario si se compara con
la obra maestra de Kubrick en el género: Senderos de
Gloria (Paths of Glory, 1957). Es posible que se desarrollara
en el trascurso del asalto vietnamita a la antigua ciudadela
de Hué, en 1968, pero sus estallidos de violencia en
stacatto son más propios del campo de entrenamiento
de reclutas de la Marina donde la película comienza
de manera muy prometedora."(en
Peter Cowie, El libro de Apocalypse Now., op.cit., pp.
271).
(6) La cinta Three Seasons / Tres Estaciones (1999),
de Tony Bui, con Harvey Keitel, es la primera película de
un vietnamita sobre el Vietnam de la posguerra. Sólo una de las
varias historias paralelas se vinculan directamente al pasado
conflicto. Un soldado norteamericano (Harvey Keitel) regresa a Vietnam en búsqueda
de su hija, producto de su encuentro amoroso con una nativa. La
historia principal del film, el vínculo entre una prostituta y un
humilde dueño de un carro a pedal, se aparta del registro bélico. En
este último relato, por una vía metafórica y poética, se
vislumbra un camino de posible superación de la angustia y la
soledad.
(7) En We Were Soldiers
/ Fuimos héroes,
de Wallace Randall, protagonizada por Mel Gibson, al fin se
presenta al antiguo enemigo vietnamita desde una mirada respetuosa y
humanizada.
(8)
En Noticas del Apocalipsis, la esposa de Coppola
manifiesta en ese sentido: "Todos los que han venido a Filipinas parecen estar
experimentando algo que les afecta profundamente, cambiando
su perspectiva sobre el mundo o sobre ellos mismos, lo mismo
le ocurre a Willard en el transcurso de la película,
desde luego a mi me está pasando algo y a Francis también."
También
en esta dirección es pertinente el comentario de Coppola incluido en el documental
Hearts of Darkness: A Filmmakers Apocalypse (1991) "Hacer una película no es solo, al menos para
mí, una cuestión de escribir un guión
y rodarlo tal cual, tu vida y tus experiencias durante el
rodaje se convierten en elementos muy importantes, digamos
que el director trabaja con algo más que el guión,
el equipo técnico y loa actores. Las condiciones y
el estado de ánimo de todo el equipo en general y las
emociones que vive cada uno a nivel personal pasan a ser elementos
primarios de la película."
Asimismo,
durante la filmación accidentada y compleja, Coppola experimentó
una transformación que lo acercó a la condición psicológica del coronel Kurtz. Así,
en el documental arriba
mencionado, declara que: "Ser director de cine es uno de los
pocos puestos verdaderamente dictatoriales que quedan en este mundo,
que se va haciendo cada vez más democrático. Eso, sumado al hecho
de que estaba en un lejano país oriental, de que era mi dinero y de
que estaba haciendo la película en la cresta de popularidad que me
habían dado las dos películas de El Padrino contribuyó a que
llegara a un estado mental similar al de Kurtz."
Durante
del rodaje fueron especialmente importantes algunas
particularidades. El
actor inicial para el papel del capitán Benjamin Willard
era Harvey Keitel, pero luego de unas semanas fue reemplazado
por Martin Sheen quien, a comienzos de marzo de 1977, sufrió
un infarto. Sólo pudo reintegrarse al rodaje luego
de un mes y medio. Los helicópteros que aparecen dirigido
por el coronel Kilgore eran del ejército filipino. Durante la
filmación fueron empleados para combatir la guerrilla comunista. Y,
además, un tifón destruyó los decorados.
(9)
El microclima de hospitalidad de los anfitriones franceses,
el inesperado regreso a un remanente de civilización, y el idílico
encuentro erótico de Willard con Roxanne Sarrault (Aurore Clement)
constituyen una poco convincente relajación del continuo
ritmo de pesadilla que provoca el ascenso por el río.
Además, y en este sentido, con buen tino, Millius, el
guionista, opinaba que: "Cuando vas río arriba,
amenazado, rodeado de enemigos, y en búsqueda de un salvaje
enloquecido, lo último que querrías sería
detenerte a degustar una cena de alta cocina. Creo que Francis
hizo bien en cortar escenas en el montaje original". Una
acertada decisión que dos décadas después,
acaso por el deseo de reinstalar un producto, fueron finalmente
agregadas. Un elemento a destacar en cuanto a su importancia
en ambas versiones es el eficaz tratamiento sonoro de Carmine
Coppola (el padre del director), y del propio Francis F. Coppola.
(10)
La pintura en cuestión es 1812; se encuentra actualmente en
Londres, en The Tate Gallery. En el lienzo del gran pintor
romántico inglés, el ejército de Aníbal, antes una
formidable y temible máquina de guerra, luce
desordenado y aterrado ante la tormenta que se cierne como un
temible brazo oscuro de viento y furia.
(11)
El verdadero nombre de Joseph Coppola era Josef Teodor Konrad
Maleczkor Benidwski) había nacido en Ucrania el 3 de diciembre
de 1857, hijo de una familia polaca de la pequeña nobleza. En 1874, inicia su vida marítima. Viaja inicialmente en barcos
franceses. En 1878, desembarca en Inglaterra. En 1880, sale
exitoso del examen que lo convierte en segundo oficial de
la Marina Británica. Inicia su viaje al Extremo Oriente: Singapur,
Australia, Indonesia. Luego, adquiere el grado de primer oficial,
y en 1886 adopta la nacionalidad británica. Después se convierte
en capitán Mercante de la Marina Británica; viaje al Extremo
Oriente donde vivirá por dos años. En 1888 viaja al Congo.
En 1894, realiza su último viaje como capitán de la Marina
Mercante. En 1996 publica An outcast of islands, e inicia
The rescuer que sólo logrará terminar en el final de su vida.
Conrad se forja como escritor en una lengua distinta a la
propia. Entre 1898 y 1899, escribe El corazón de las tinieblas. Luego
Lord Jim (1900); The secret Agent (1906); Un der Western eyes
(1908); Twixtland and sea (1909); Tales of Hearsay
(1910);
Victory (1914); The shadow line (1915); The
arrow of gold (1917).
Muere en 1824.
(12)
Guillaume Van Kerckhoven era un capitán belga. Exploró el
río Congo; y en su viaje hacia Sudán, aterrorizó a los
nativos. Coleccionaba sus cabezas. Fue asesinado por uno de
sus propios soldados.
(13)
En las profundidades todavía ignotas de la exuberante selva de la cuenca del
Congo, algunos estiman que seres de lejanas épocas
prehistóricas aún podrían sobrevivir. La criptozoología
es una disciplina
que literalmente
significa "estudio de los animales escondidos".
Algunas expediciones vinculadas con esta rara rama de la
investigación científica han penetrado en la escasamente
explorada selva congoleña en busca de alguno de aquellos
animales desconocidos. El Congo, en la profundad de África,
conserva así su aura de región arcaica y misteriosa.
(14)
Joseph Conrad, El corazón de las tinieblas, ed.
Alianza,
p. 22.
(15)
Ibid., p..50.
(16)
Ibid., p.70.
(17)
Ver J. Conrad, op.cit, ibid., p.87.
(18)
Ibid., p.86.
(19)
Ver Joseph Conrad, Tifón, Unidad editorial, Madrid, 1988.
(20)
Ver Willian Golding, Lord of the flies (El señor de las
moscas).
Golding escribió en buena medida esta obra para demoler el
mito de Robinson, la suposición fomentada por la célebre
novela de Defoe de que el hombre, mediante la solvencia de su
educación y civilización, siempre puede imponerse a la
adversidad de una naturaleza hostil. A su vez, otro referente
a impugnar era La isla de coral, de Ballantyne, obra
muy popular en su tiempo. De hecho, la trama de El señor de
las moscas es una inversión crítica de aquella obra
donde también unos niños ingleses quedan abandonados en una
isla. Pero, en este caso, los buenos niños ingleses conservan
su civilización y se imponen sobre la adversidad.
(21)
Ernst
Junger (1895-1998), escritor alemán. Tras combatir en
la primera guerra mundial estudió filosofía y zoología
en las universidades de Leipzig y Nápoles. En libros como In
Stahlgewittern (Tormentas de acero, 1920) y Der Kampf
als inneres Erlebnis (La lucha como experiencia
interior,
1922) se cruzan los recuerdos de las campañas militares, y se
promueve una exaltación del combate, y el sufrimiento como
forma de purificación individual.
(22)
La obra en cuestión es el Mal Glacial o El
naufragio del Buque Esperanza, 1823-24. El barco se hunde
entre ásperos bloques de hielo en los confines del mundo. La
idea del naufragio es recurrente en el romanticismo. Ver por
ejemplo Rafael Argullol, "La atracción del abismo",
en La atracción del abismo. Un itinerario por el paisaje
romántico, ed. Plaza Janes, pp.90-99.
(23)
En 1968 un regimiento de soldados norteamericanos masacró a
la indefensa población civil de la aldea vietnamita de My Lai.
El ejército intentó denodadamente ocultar la brutal matanza.
A pesar de sus esfuerzos, el hecho sanguinario se difundió y
llegó hasta la opinión pública.
(24)
J. Conrad, El corazón de las
tinieblas, op.cit, p.63.
(25)
Cf. William Sullivan, El secreto de los incas,
Barcelona. ed. Grijalbo.
(26) J.
Conrad, El corazón de las tinieblas, op.cit, p.32.
(27) Klaus Kinski
protagonizó esenciales films de Herzog como además de Aguirre....,
Nosferatu (1979), Woyseck (1979), Cobra verde
(1988) o Fitzcarraldo (1982). Es proverbial su
tormentosa relación con Herzog. En su libro autobiográfico, Yo
necesito amor, recuerda aspectos de la filmación de Aguirre...
que recuerda algunos de los efectos que la selva provocó
sobre Kurtz: "Quizás es la primera vez que un bote se
desliza por estas aguas, quizás en millones de años no ha
puesto los pies aquí ningún ser humano. Ni siquiera un
indio. Esperamos en silencio, largas horas. Siento como la
selva se nos acerca, los animales, las plantas, que ya hace
tiempo que nos han visto, pero no se nos muestran. Por primera
vez en mi vida, no tengo pasado. El presente es tan intenso,
que hace desvanecerse el pasado. Sé que soy libre,
verdaderamente libre. Soy el pájaro que ha conseguido huir de
la jaula, que extiende sus alas y se eleva hacia el cielo.
Participo del universo".
(28) En Il
Deserto dei tartari (1940) de Dino Buzzati, el oficial Giovanni Drogo
protagoniza la historia de una larga espera en una fortaleza de un
ataque tártaro que nunca se consuma. La invisibilidad que
asume el enemigo, que jamás llega, se convierte, luego, en la invisibilidad del combate que
Drogo debe dar al final de su vida. Sobre el crepúsculo de
sus días, comprende que debe morir en una solitaria dignidad.
Una última batalla invisible para los otros, en la ausencia
de toda mirada. También es destacable que Valerio
Zurlini, en 1975, llevó "El desierto de los
tártaros" al cine en una coproducción Italia Alemania.
(29) La rama dorada
es una clásica obra del antropólogo británico Sir James Frazer.
A pesar de que su interpretación del mundo del mito es hoy
obsoleta, la obra conserva su valor de rica y amplia
fuente de información documental sobre las diversas creencias y ritos de la
antigüedad mítica.
(30)
En parte de su célebre poema, Eliot expresa: "Somos los
hombres huecos. Somos los hombres rellenos. Apoyados uno contra
otro. El cráneo lleno de paja. Ay! Nuestras voces secas, cuando
susurramos juntos, son suaves y sin sentido. Como el viento
sobre el pasto seco, o como pies de ratas sobre vidrio quebrado.
En nuestra bodega seca, modelo sin forma, sombra sin color,
fuerza quieta, gesto sin movimiento". El poema, a su
vez, fue dedicado Eliot al Kurtz de Conrad. Al comienzo
del poema, como epígrafe, se lee: "Mistah Kurtz - he
dead", texto perteneciente al último capítulo de El
Corazón de las Tinieblas: "Suddenly the manager's
boy put his insolent black head in the doorway, and said in
a tone of scathing contempt:
'Mistah Kurtz -he dead.' ").
También es preciso destacar que La Rama Dorada
y Del Ritual al Romance, las obras que descansan
en una mesa en la madriguera de Kurtz, testimonios de sus
lecturas fundamentales, fueron también las fuentes de
las que abrevó Eliot para escribir su obra maestra: The
Waste Land (La Tierra Baldía).
(31) En su relato La casa de Asterión, Borges
imagina al minotauro como Asterión, el nombre que le asigna
Apolodoro en su celébre Biblioteca. Asterión, padece soledad
dentro de su casa, que es el laberinto infinito. La angustia
lo carcome y su única esperanza es la llegada de su redentor,
Teseo. Por eso, cuando el joven héroe ateniense lo enfrenta,
no ofrece resistencia.
(32) En el sacrifico
ritual de toro por Mitra, se liberan las energías primordiales
de la vida contenidos en el sagrado cuerpo taurino. En el
rito de Cibeles, el taurobolios, el sacrifico del toro,
era parte de la iniciación de los sacerdotes de la
Diosa, originaria de la región de Frigia, que aseguraba
la inmortalidad a sus seguidores. En este sentido puede consultarse:
Alfred Loisy, "Mitra" y "Cibeles y Atis",
en Los misterios paganos y el misterio cristiano, Paidós,
Biblioteca e historia de las religiones.
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