CAPITULO UNO DE TRILOGIA PATAGONICA, POR ESTEBAN IERARDO

    

-El viejo que está sentado allí...sí...¡Es Saos! ¡En la frente tiene el Leucutral! ¡Es el Etrai Saos! 

Saos les hace un gesto para que se acerquen. Los jóvenes se aproximan al venerable imagor con inquietud y respeto. 

-¡Vengan! Caminemos por la playa-les pide el Etrai que abandona el sitial de su roca circular y se pone en movimiento, sosteniendo una farola con una de sus manos.

Por un largo rato, los cuatro imagors caminan por la costa, en silencio. Llegan, entonces, hasta un círculo de cuatro rocas. Saos se sienta sobre una de las piedras y, sin mayores explicaciones, se sumerge en una abstraída contemplación del ancho río. Ráfagas vigorosas de viento hacen flamear su cabellera blanca como un ligero manto de ondulados rizos. Morens, Ameguin y Molican, se sientan sobre otras piedras y observan intrigados al misterioso Etrai. ¿Hasta cuándo se mantendrá silencioso, abstraído? El lento flujo de la noche, los distantes brillos de las estrellas, los murmullos del viento y las olas del río, tallan en el tiempo vivas tonalidades de intriga. Los corazones de los tres amigos laten serenos, pero impregnados por el ritmo de una creciente curiosidad.

Y, de repente, Saos se incorpora y camina hacia la costa. Su cuerpo, envuelto en su kaltran, y su cabellera blanca con la montaña verde, se recortan sobre la imagen del distante horizonte del Argento, donde nacen los primeros rayos del Sol Rojo. Bastante lejos, se distingue la aérea silueta de Kaur, empeñado en un lento y enigmático vuelo circular. Luego, el Etrai vuelve a sentarse en una roca. Y dice:

-Es tiempo de que empiecen a preparase para su destino. Sus vidas cambiarán dentro de muy poco. Pronto los dejaré y quiero que entiendan, al menos en parte, el viaje que emprenderán...

Hechizados, los tres jóvenes no desvían ni un instante sus miradas de Saos.

-Estoy al tanto de lo discutido en la última asamblea de la Casa del Sombrero Verde-prosigue el viejo imagor-. Sé de las dudas que están consumiendo el corazón de los habitantes de la Argontia del Amable Aire; sé que les preocupa mi desaparición, y también los hechos misteriosos que están ocurriendo en nuestra ciudad. Hefeno, el imagor herrero del Triángulo del Negro Risueño, los resumió en su intervención en la Asamblea. Todos estos intrigantes hechos son señales de la proximidad del Llao, del Día de la Exploración de la Región Extraña. Cada uno de estos enigmas se relaciona con el viaje hacia lo que está más allá de Argontia. Este no es momento para que les explique la relación. Ahora, lo más importante es que comprendan que Argontia ya no puede vivir encerrada en sí misma. Nuestros imagors buceadores, en los lechos de los arroyos subterráneos a los que descienden, sólo encuentran ikones cada vez más debilitados, agotados. En cambio, hay otro lugar donde los ikones son de inagotables colores, siempre poderosos y vivos. Ese lugar está en lo más lejano de la Región Extraña. Allí se oculta el secreto de los ikones del color siempre vivo.

Los labios del viejo imagor se comprimen. Los tres jóvenes nativos de la Ciudad de los Muchos Colores continúan inmersos en un silencio reverencial. Saos sonríe levemente y, después, prosigue:

-Mejor vayamos de a poco... Primero deben ponerse al tanto de todas las exploraciones realizadas por Segone. Segone no realizó una sola expedición hacia la Región Extraña. Esto es algo que desconoce Mogueno,  el imagor historiador. Luego de su primer viaje, Segone regresó a la Región Extraña. Durante seis meses estuvo ausente de Argontia. Para que no se supiera la verdad, mi padre inventó la historia de que Segone estaba enfermo y se había retirado a una casa sobre la costa del Argento para que nadie lo molestara. Se tomó el trabajo de rodear la casa con un círculo rojo, señal de que nadie debía entrar allí. Y durante el tiempo en que estaba supuestamente reponiéndose, Segone recorrió la Pampas guiado por el gauchos Calíbar. La Pampas es la tierra de paso hacia la Región Extraña.

-¿Es qué la Región Extraña sólo se llama así?-interviene Morens ya embargado por una desbordante ansiedad-. ¿No tiene algún otro nombre?

Por un instante, Saos mira en silencio a Morens.

-Sí, la Región Extraña tiene un nombre...su nombre es Patagonia.

El viejo imagor observa silencioso las estrellas que propagan sus sonrisas en el cielo. Y, luego, continúa:

-Patagonia, la Región Extraña, está divida en dos regiones:  Patagonia Despejada y Patagonia Oscurecida; esta división ocurrió después de una misteriosa jornada, llamada el Día Sin Hoja. Luego del Día sin Hoja, la Patagonia Oscurecida quedó cubierta por un permanente aire oscuro. Entonces, los pueblos que habitaban allí, tuvieron que retirarse hacia la zona despejada.

"Los pueblos de Patagonia Despejada se llaman a sí mismos indiens. Son los mapugues, selknas, tehuels, yáganas, kawescars, chonás y pehuenes; y algunos pueblos de otras características, muy especiales, que por el momento no conocerán.

"Los mapugues viven a ambos lados de la cordillera de Arenk, un inmensa cadena montañosa que recorre la Patagonia de norte a sur. En el oeste de las altas montañas, los mapugues habitan en las planicies de la Araucania, y la isla de Chilotel. En el este, ocupan la región del lago Nahuel Huapí, un inmenso y maravilloso espejo de agua. Los mapugues son feroces guerreros y odian profundamente a los huinkas...  

Saos calla por unos segundos. Escucha las melodías del viento. Aspira frescas bocanadas de aire. Y luego prosigue:

-Los huinkas viven en las cercanías del Monte Fitzron; habitan en un mundo subterráneo debajo de un glacial de altas y escarpadas paredes de hielo llamado Bursegon. Están gobernados por reyes que detentan un poder absoluto. Actualmente, Imegon es el rey huinka. Los huinkas se creen dueños de la Patagonia, que actualmente yace bajo un manto de polvo y cenizas, que los pueblos indiens llaman el Lithué. Al servicio de los huinkas actúan los pankros, un pueblo mercenario que recorre las oscurecidas tierras de Patagonia persiguiendo a los animales que han logrado sobrevivir a la atmósfera turbia y densa. Cuando dan con ellos, los cazan en sangrientas carnicerías. También excavan las laderas de las montañas en búsqueda de distintas rocas. Cuando consiguen lo que buscan, llevan los animales muertos y las piedras al reino huinka debajo del glacial. Allí arrojan su cargamento en el Kekesh, un pozo parecido al Honca. Los huinkas creen que el Kekesh amenaza su existencia; creen que arrojando allí los botines que les facilitan los pankros, lograrán, en un tiempo incierto, cerrar la misteriosa cavidad.

"Pero antes de los mapugues y los huinkas, Patagonia fue habitada por los antikuars. Los antikuars conocen los misterios del cielo y la tierra, y todas las edades o épocas de la vasta historia de la Región Extraña. Por hechos que tal vez en su momento conozcan, los antikuars abandonaron la Patagonia propiamente dicha para fundar Aoniken, el último reino antikuar en la remota región de la Tierra del Eterno Blanco. Allí, en cavidades subterráneas, fluyen lechos de ikones diferentes a los de Argontia; ikones inagotables, de vivaces colores. En Aoniken, se conserva el saber del Kaupolicán; un saber muy estimado por los indiens porque alberga la más antigua sabiduría. Uno de los misterios del Kaupolicán  se relaciona con una Gran Palabra para invocar al Tekel viajero, una fuerza poderosa que, luego de crear Patagonia, inició su viaje hacia su propio corazón, su propio centro, misterioso y remoto.

-Para los que se llaman indiens tal vez sea importante ese extraño saber del Kaupolicán, como acabas de llamarlo, Saos. ¿Pero por qué tiene que interesarnos a nosotros también?-pregunta Ameguin.

-Si no damos con los antikuars de Aoniken y el saber del Kaupolicán, los ikones de los arroyos subterráneos de Argontia seguirán debilitándose, y la Ciudad de los Muchos Colores ya no tendrá colores. Pero tan importante como la sabiduría del reino de Aoniken en la Tierra del Eterno Blanco, es el superar exitosamente el camino hacia allí. Y esto será lo más difícil...

En el rostro de Morens se esculpe  un gesto meditativo, mientras susurra:

-Creo entender...para llegar al reino antikuar de la Tierra del Eterno Blanco hay que atravesar primero la Patagonia Oscurecida. ¿Pero cómo podremos hacerlo si ahora está cubierta de polvo y cenizas?

-Esa no será la principal dificultad-aclara Saos-. Los mapugues saben que el cielo de Patagonia Oscurecida se despejará dentro de poco tiempo; eso es lo que le dice su más importante profecía, por ellos llamada la Profecía del Wettex. Los mayores obstáculos en el viaje hacia Aoniken, vendrán luego del despejamiento. Entonces, los pueblos que veneran a Tekel querrán llegar hasta el reino antikuar. Pero esta marcha hacia el sur será interpretada por los huinkas como una invasión a las tierras que, con o sin el Lithué cubriéndolas, las consideran propias. Además, el rey Imegon teme que, gracias a la ayuda de Aoniken, sea imposible la creación de un nuevo Lithué, de un nuevo mar de cenizas y polvo que facilite la dominación huinka de las extensiones patagónicas. Entonces, lo más seguro es que estalle una guerra de dudoso resultado.

-¡Una guerra en el sur, en Patagonia!-exclama Molican-. ¡Un pueblo viviendo debajo de un glacial! ¡Mercenarios que matan animales y sacan piedras de las montañas para luego arrojarlas a un pozo! Un pueblo antiguo y misterioso, los antikuars, que viven en una Tierra del Eterno Blanco! ¡Qué mundo tan extraño! ¡Ahora comprendo por qué todo este tiempo le hemos dado a patagonia el nombre de Región Extraña! Ir hasta allí supone un viaje demasiado largo y peligroso. Creo que lo mejor será quedarme en Argontia. No tienes que olvidar, Saos, que desde muy niño me aqueja un incómodo dolor de piernas...Y además: ¿Acaso has olvidado que Hipone, el más prestigioso médico imagor que vive en el Triángulo del Indigo Tímido, me recomendó poco movimiento y mucho reposo?

-¡Oh, sí Molican! Recuerdo esa importante recomendación médica, pero el hecho es que durante mucho tiempo tendrás que olvidar ese lamentable dolor de piernas. Mejor olvídate de esa penosa dolencia, porque si pretendes eludir la expedición hacia Patagonia te arrojaré de cabeza en el Honca para que explores íntimamente su misterio.

Molican se sonroja y se lleva una mano al corazón.

-¡Molican! ¿Cómo es que no te entusiasma descubrir lo que hay más allá del Cartesion?-lo reprende Ameguin-. ¡Tal vez podamos descubrir muchas cosas nuevas y excitantes allí! ¡Saos! ¡Dime! ¿En qué lugares de Patagonia me recomiendas cavar para hallar los fósiles más antiguos?

-Eso mejor se lo tendrás que preguntar a Calíbar...

-¿A Calíbar? ¿Iremos con él hacia Patagonia?-pregunta ahora Morens.

-El sólo los guiará por la Pampas, la tierra de paso hacia Patagonia. Pero bueno...ya hemos hablado demasiado esta noche. Ahora, lo que necesito es un largo y apacible sueño.

Saos se incorpora y, sin dar ninguna explicación, camina con vivo paso por la costa del Argento. Los tres amigos imagors lo siguen excitados; aún no pueden ordenar los nuevos y sorprendentes hechos. Luego de recorrer la escalera con el oído alado, y el túnel con los resplandecientes trozos de ikon y los pinceles partidos, los caminantes regresan al sótano de la casa de Morens.

-Bien; ahora quiero dormir larga y tranquilamente-anuncia Saos-. Me perturba la imagen de Molican retorciéndose por sus terribles dolores de piernas; es una conmoción demasiado grande para mi sensibilidad de imagor. Así que, Ameguin, Morens, sería muy bueno que llevarán a Molican a un lugar donde pueda reposar tranquilamente...

El imagor paleontólogo y el imagor ensoñador sonríen. Molican, algo afiebrado, se toca sus piernas. Y los tres amigos se encaminan luego hacia la escalera con la forma de espiral.       

 

Morens despierta. A través de la ventana de su cuarto, se difunden las sonrisas de un cielo soleado. Al caminar por las calles de Argontia, descubre que las conjeturas sobre el destino de Saos no dejan de aumentar. Crecen también los rumores sobre las apariciones de Calíbar: un par de niños afirman haberlo visto cabalgando, a todo galope, en la costa del ancho río. Fueron a llamar a una pareja que caminaba por una calle cercana, para que también lo vieran. Pero cuando regresaron a las orillas del Argento, el jinete ya había desaparecido.

Morens medita en todos aquellos rumores que recorren la Ciudad de los Muchos Colores; y dobla una esquina de una calle de Argontia en busca de Ameguin y Molican. Aún no puede entender del todo por qué sus dos amigos y él son los elegidos para la extraña expedición a Patagonia. Nunca han abandonado Argontia; nada saben de caballos, ni de exploraciones a regiones desconocidas. Ameguin sólo sabe cavar y cavar y desenterrar huesos que siempre cree que son lo más antiguos; Molican, ama la vida sedentaria y detesta mover en exceso sus piernas. Entonces, ¿por qué ellos son los elegidos?...

 Luego de mucho caminar, Morens arriba a un parque donde se delinean rectángulos y círculos de turquesas y gladiolos. Casi en el centro del paseo público, junto a la escultura de un caballo enfurecido, alguien remueve tierra; y, alguien más, parado sobre un banco, sostiene una pequeña superficie plana entre las manos. Morens se acerca y grita:

-¡Ameguin! ¿Qué estás haciendo?

-¡Morens! ¡Lo encontré de vuelta! ¡El fósil más antiguo!-y el imagor paleontólogo alza el hueso de un perro. Molican pide que no lo desconcentren; está por terminar el dibujo con el que dará un testimonio histórico del gran hallazgo. Y los tres jóvenes imagors se divierten hasta que, gradualmente, sus rostros adquieren una expresión grave y preocupada. Recuerdan lo vivido la última noche. Aún no pueden aceptar que todo haya sido realmente en serio. ¿Dejar Argontia? ¿Y para viajar hacia un mundo misterioso del que nada saben? El viejo Saos se debe haber equivocado en la elección.

-De todos modos, Saos no nos dijo cuándo tendríamos que partir-afirma Morens.

-Sí; pero tal vez sea en cualquier momento; tal vez llegue una nueva tormenta, y, otra vez, se escuche la voz en la escalera espiralada de tu casa, Morens. Y quizá, entonces, nos volvamos a encontrar con el viejo Saos, y éste nos diga que hay que partir en ese mismo instante-especula Ameguin.

-¡Ojalá que eso nunca ocurra!-desea Molican-. Me duelen mucho las piernas y no estoy preparado para grandes viajes.

-Sería bueno saber lo que realmente nos espera cuanto antes-confiesa Morens-. Tal vez lo mejor sea ir hacia Saos antes que esperar que él venga por nosotros. Sí, tal vez lo mejor sea que esta noche...

Ameguin y Molican observan intrigados a su amigo imagor. Y luego, en la noche, Morens contempla las estrellas a través de la ventana de su cuarto. Siente cansancio. Un inesperado malestar palpita en su garganta. Lleva una mano a su frente. Una corriente de sudor humedece su piel. Enciende una farola de luces multicolores. Y camina hacia la escalera espiralada. Baja por los acaracolados peldaños de madera. Y cuando arriba al final de la escalinata, en una de las paredes del sótano, reconoce una oscura abertura. Se adentra en el túnel que recorrió la última noche con sus amigos imagors. Recorre nuevamente la húmeda tierra cubierta por ikones resplandecientes y pinceles partidos; sube por la escalera con la imagen de un oído alado. Y sale a la costa del río. La noche acaricia con suaves dedos las aguas del Argento y las casas de Argontia.

Morens camina por la playa. Saos está sentado sobre la roca circular. El imagor ensoñador se acerca al viejo Etrai.

-El viento está soplando desde el sur-asegura Saos-; el viento trae unos sonidos extraños, que suenan como palabras de lenguajes desconocidos. ¿Alcanzas a escucharlos?...

Morens escruta intensamente el líquido rostro del Argento. Con atención, escucha los rumores del viento.

-Sí, Saos; creo escuchar algo diferente que viene desde el sur...

El viejo imagor observa de soslayo a Morens, con un gesto de alegría encendiéndose en su rostro. Y luego dice:

-Mañana por la noche empezarán el viaje hacia Patagonia.

Morens escucha sin sorpresa; y pregunta:

-¿Quién nos guiará?

-Cuando salga la luna, deberán ir hasta el Triángulo del Amarillo Inquisidor, hasta el puente Pas, cerca del anillo de bruma. Allí los esperará el gauchos Calíbar. Sólo lleven lo indispensable. No se preocupen por la comida; Calíbar sabrá conseguirla. Por algunos tramos del camino, los acompañará Kaur; él, por razones que entenderán en el futuro, también está muy interesado en Patagonia. Pero antes, Morens, tú debes saber cosas que, por lo menos por el momento, no es conveniente que sepan Ameguin ni Molican...

Saos hace una pausa. Morens contrae el aliento; siente en su piel las dentelladas de la intriga.

-Hay algo que dice la Profecía del Wettex que te involucra directamente-anuncia el viejo imagor-...

Morens vuelve a sentir el dardo de la ansiedad y la curiosidad.

-En la Profecía del Wettex-prosigue Saos-se dice que la Patagonia se despejará cuando se produzca la acción de una de las partes del Howin. El Howin es un antiguo cetro de los antikuars. Actualmente, está dividido en dos mitades. La primera parte se encuentra  en la Tierra del Eterno Blanco; la otra descansa oculta en algún lugar de la Pampas, en camino hacia la Patagonia Despejada. La primera mitad del Howin se llama Karyen; la segunda, Etener. La primera mitad será la que, según la Profecía del Wettex, actuará para despejar la Patagonia Oscurecida. Esa acción misteriosa, sobre la que nada sabrás por ahora, se producirá después de que el Extraño del Este llegue a la región del lago Nahuel Huapí.

-¡El Extraño del Este! ¿Quién es el Extraño del Este?

-Eso me pregunté yo por mucho tiempo; ahora sé que eres tú...

Morens mira confundido el océano de estrellas que titilan en la cúpula nocturna; escucha el cercano rumor de las olas besando la playa, con sus labios de agua y espuma.

-¿Por qué dices que soy el Extraño del Este?-pregunta al fin Morens.

-Porque vi algo que también vio la vieja Fonga al encontrarse con la casa del campanario de la cinta celeste. Tal como dijo la vieja, un ave que parecía arder en llamas volaba en círculos sobre esa casa, sobre tu casa Morens, mientras tú dormías. El pájaro misterioso es un cóndor; un ave que procede de la cordillera del Arenk, y que vive dentro de una montaña de fuego. Sólo deja su hogar en situaciones muy especiales; una de ellas es la que predice la Profecía del Wettex. La profecía, en una de sus partes, dice exactamente: Cuando el ave envuelta en llamas vuele a poco altura sobre un mundo extraño y muy diferente a Patagonia, entonces el Extraño del Este comenzará su viaje hacia el Nahuel Huapí  y traerá el Karyen, la primera mitad del Howin, para que cumpla su acción...

-¿Pero por qué el ave de la cordillera del Arenk me ha elegido a mí? No lo entiendo...

Saos sonríe.

-Yo tampoco lo entiendo...

Morens observa entonces al viejo imagor por unos segundos.

-¿Cómo es que tú sabes todo esto, Saos? ¿Todo eso te lo dijo Segone?

-Por Segone sé muy pocas cosas de Patagonia.

-Y entonces...

El Etrai imagor contempla la cercana oscuridad del río. Se sumerge en sus propios pensamientos como si quisiera eludir la pregunta. Pero luego dice:

-No puedo explicarte ahora...¡Hay tantas cosas que no puedo aclararte todavía...!

-¿Pero por qué no?

-Hay que esperar que tus oídos conozcan un viento que no han escuchado para que puedas entender...Tu ansiedad es muy parecida a la que yo tuve antes de...

-¿Antes de qué? ¡Dime!

Saos mira de frente a Morens; éste ve el intenso rostro del imagor con el Leucutral en su frente. Y Saos se arrodilla, y con el dedo índice de su mano izquierda dibuja sobre la costa la imagen del Leucutral o Vuelo de Manque y, a su lado, un círculo, sobre el que coloca una piedra.

-¡Mira atentamente el círculo!-exclama el viejo Etrai-. Todos en Argontia vivimos dentro de un círculo sin ventanas, ni aberturas. Dentro del círculo sin salida los colores se debilitan y el tiempo se llena de inquietud e incertidumbre, y el espacio se empequeñece. A la verdad no le gusta los círculos encerrados en sí mismos, Morens-. Y Saos dice luego, señalando la imagen del Leucutral: -La verdad es un viento o un río que se derrama en un cielo que siempre fluye y arde; y que vive fuera de toda figura que lo limite; a la verdad no le gustan las casas pequeñas. Es hora de que empieces a ser viento y agua que se derraman y no el círculo oscuro, sin ventanas, que se hunde bajo su propio peso-. Y Saos pisa la roca que cubre la imagen del círculo; y luego prosigue:            -Tal vez, cuando aprendas a derramarte, en algún lugar de Patagonia te acerques a misterios profundos. 

Morens mira perplejo las dos imágenes dibujadas por Saos en la playa del Argento. Cientos de preguntas corren salvajes por su mente. El viejo imagor percibe su inquietud. Libera entonces una carcajada.

-Sé que quisieras hacerme muchas, muchas preguntas. Pero este no es el momento de encontrar respuestas, sino de imaginarte renaciendo en otros lugares, bajo otros cielos.

Morens escruta la oscura distancia del río y, con tono pausado, asegura:

-Generalmente las imágenes especiales, raras, que acuden a mi mente, se me aparecen como una repentina ráfaga de viento. Son esas ensoñaciones que, a veces, me asaltan de improviso. Tú sabes, Saos... también eres un imagor ensoñador. En una de esas imágenes que me visita con frecuencia. Veo a cuatro jinetes cabalgando a través de una tierra que parece un mar de aguas amarillentas. Esa imagen, Saos, ¿es una anticipación de la Región Extraña?

-Quizás...quizás...Pero no debes preocuparte ahora por imaginar lo que encontrarás en la Región Extraña, porque dentro de muy poco empezarás el viaje hacia ella. Pronto, cuando veas hacia el oeste, ya no verás las brumas del Cartesion; pronto te sentirás como yo me sentí una vez al ver el anillo de bruma desde el Eidos...

Saos alza la vista hacia alguna estrella perdida y titilante en las mejillas del cielo.

-Un día-se vuelven a escuchar las palabras del Etrai imagor-, antes de retirarme de la vida pública de Argontia, subí hasta la cima del Eidos. Era una tarde luminosa. El sol rojo sonreía sobre nuestra ciudad del mucho color; pero me sentí triste porque vi los colores de nuestro hogar exhaustos, debilitados. En una breve ensoñación, vi una gota de lluvia que se mantenía suspendida en el aire, quieta, sin poder precipitarse sobre la tierra o volver al cielo. Y entonces me imaginé un pájaro de color, de color azul, rojo, amarillo o verde...eso no importa...Y yo volaba hacia el oeste y el sur, más allá del Cartesion; y era el pájaro de color que volaba hacia la patria de los colores; colores que nunca se enferman, debilitan o destiñen; colores que laten dentro de un fuego tremendo, poderoso, siempre caliente-. Saos lanza una mirada intensa sobre Morens-. Mañana, tal vez, otro pájaro del color empiece a volar más allá de Argontia. ¿Entiendes?...

Morens asiente con un leve movimiento de cabeza. El viejo imagor sonríe; y agrega:

-Ahora es mejor que pienses en el encuentro con Calíbar. El los llevará con Kalfuras, un indien solitario que conoce a los mapugues; Kalfuras los acompañará hasta el lago Nahuel Huapí, el lago donde empezará su verdadero viaje por Patagonia. No te adelantaré nada más. Ya es tiempo de que vuelvas a tu lecho. Pronto extrañarás tu cómodo dormir en la Argontia del Amable Aire.

-¿Cuándo volveremos a Argontia, Saos?

-Si llegas alguna vez hasta Aoniken, en la Tierra del Eterno Blanco, sabrás cuándo podrás volver a la Ciudad de los Muchos Colores...

-¿Te volveremos a ver?

-¡Ah! ¡Quién sabe! ¡Quién sabe!-. La voz de Saos adquiere una sonoridad indefinible, insondable-. En el viaje puedes llevar tu Lente Mágica si quieres; ella te ayudará a ver más de cerca los nuevos horizontes que te esperan...

            Y el viejo Etrai le sonríe al joven imagor. Y, por un tiempo, anbos intentan escuchar los susurros del misterioso porvenir.

Al día siguiente, Morens se encuentra con Ameguin y Molican en la plaza de las turquesas y gladiolos. El imagor ensoñador les comunica a sus amigos el momento de la partida.

-¿Tenemos que dejar Argontia esta misma noche?-pregunta Ameguin.

-Sí; y Saos quiere que llevemos lo mínimo e indispensable-responde Morens-. No tenemos que preocuparnos del alimento; de eso se encargará Calíbar.

-Bien; puedo olvidarme del alimento, pero no de mis palas-observa Ameguin-. Dejaré mi bolsa repleta de fósiles porque espero encontrarme con muchos nuevos. ¿Qué tan profundo habrá que cavar para encontrar en Patagonia el fósil más antiguo? ¿Tú lo sabes, Morens?

-No sé cuánto tengas que cavar. Lo seguro es que habrá que cabalgar mucho hasta llegar a la Región Extraña.

-Cabalgatas...largas cabalgatas... ¡No es posible que esto me ocurra a mí! Saos tiene muy poco respeto por el honorable saber médico de Argontia. Hipone le dijo bien claro a mi madre: Molican debe mover poco sus piernas y hacer mucho reposo...

-¡No te preocupes, Molican!-trata de serenarlo Morens-. El caballo será el que haga el trabajo por ti.

-Eso suponiendo que el caballo no muera al poco tiempo aplastado por el peso-conjetura Ameguin.

Morens y el imagor paleontólogo comienzan a reírse de oreja a oreja. Preocupado, Molican lleva sus manos a su abdomen.

-Largas cabalgatas, interminables cabalgatas para llegar a Patagonia-farfulla Molican mirando el cielo y sin apartar sus manos de su prominente barriga-; y además sin llevar comida...al menos tendré cerca mis pliegues de pergamino y mis lápices para dibujar. Al menos espero que en esa misteriosa Patagonia haya cosas dignas del lápiz de Molican.

-Y yo espero que haya fósiles dignos de Ameguin-replica el imagor paleontólogo-. ¿Y tú que esperas, Morens?

El imagor ensoñador acompaña con una serena mirada una nube que navega por el cielo iluminado por el sol rojo. Luego comienza a caminar, ensimismado, alrededor de la plaza, mirando ocasionalmente hacia el sur y aleteando con sus brazos como si fuera un ave.

-¡Oh, qué loco está Morens!-le dice Ameguin a Molican.

-Tú no lo estás menos con tu obsesión de querer encontrar siempre el fósil más antiguo.

-Al menos veo los hechos; a diferencia de Morens que siempre anda viendo cosas extrañas, invisibles.

-El único cuerdo del grupo, en realidad, soy yo. Ustedes quieren salir de Argontia para recorrer la Región Extraña; no comprenden la vida sensata y equilibrada. Es decir, una vida de calma y reposo. Lo mejor que un imagor de Argontia puede tener son dos sólidas y buenas piernas para apoyarse en la tierra, sin moverse demasiado.

-¡Ya pierde cuidado, Molican! En el futuro, los huesos de tus piernas, como los de todo tu cuerpo, estarán bajo tierra; y, tal vez, sólo los visiten las palas de un buen imagor paleontólogo.

Molican hecha una mirada atemorizada a sus piernas. Luego, ambos discuten sobre las mejores maneras de explicar a sus padres su larga e incierta ausencia. Ambos acuerdan que alegarán un viaje a la Isla de la Buena Madera para realizar un encargo secreto solicitado por el mismísimo Etrai interino Pelegrine. Y, entonces,  Morens regresa con sus amigos. En su rostro rebullen los visos de una viva alegría:

-¡Prepárense, imagors! Esta noche nos encontraremos en la entrada de la Casa del Sombrero Verde.

 

Cuando las estrellas inician su fiesta de blancuzcos parpadeos, Morens abandona su casa del campanario de la cinta celeste. Sobre una mesa de madera de pino, deja un nota para su tío Lopezo, en la que se despide por un tiempo indeterminado. El viajero sólo lleva una mochila con algunos pocos utensilios, una manta de lante, y la Lente Mágica con su trípode. Recorre las largas calles del Triángulo del Rojo Futuro y, al adentrarse en una calle flanqueada por estatuas de ilustres imagors buceadores, vislumbra la imponente Casa del Sombrero Verde. Cuando llega a ella, se sorprende de que Ameguin y Molican ya estén esperando sentados en un banco. Sobre la parte superior de la mochila del imagor paleontólogo, sobresalen los mangos de tres palas. Molican sostiene debajo de un brazo sus rollos de pergamino para el dibujo.

-La noche está tan serena...y hay una brisa tan agradable...Es un pena tener que abandonar Argontia ahora-dice Molican algo triste.

-Mejor partamos hacia el puente Pas sin mayores despedidas: allí ya nos deben de estar esperando-propone Morens.

-Sí; ya vamos-asiente Ameguin.

Los tres imagors se ponen en movimiento. Molican es el que avanza con mayor lentitud y pesadez. Por momentos, Morens y Ameguin tiene que detenerse para esperarlo. Tras recorrer dos triángulos de casas, llegan al puente. Del otro lado, laten las brumas del Cartesion.

-¿Ya hay que cruzar el puente?-pregunta Molican.

-No todavía; esperemos de este lado...-contesta Morens.

Los tres imagors se sientan en círculo. Comienza la espera. De a poco, Morens experimenta una perturbación en su mirada. Las formas del puente y de algunas casas cercanas se distorsionan. Se alejan. Escruta después el distante parpadeo de las estrellas; y ve a sus amigos. Sus dos amigos parecen dormir. Ameguin y Molican semejan dos estatuas agazapadas que aguardan una señal para romper su quietud. Luego, el imagor contempla inquieto el anillo de bruma. Ve entonces cómo Kaur, con su cuerno astado colgado al cuello, se adentra en el Cartesion. Y luego se escuchan unos leves sonidos y, el hocico de un caballo emerge de la niebla. Lo monta un jinete. Una barba oscura ciñe su rostro; en su frente se prolonga un sombrero de alas anchas; en su cintura se ajusta un cinturón con hebillas doradas en el que se enrollan un par de cuerdas con tres pequeñas piedras redondeadas en sus extremos; alza largas botas negras, con chispeantes espuelas metálicas, puntiagudas, hirientes. Sobre su espalda, carga un objeto de madera, de figura oblonga y surcado de un extremo a otro por unas cuerdas. Con una de sus manos, sostiene las riendas de tres caballos.

-¡Vamos, amigos! ¡Ya hay que partir!

Morens vuelve en sí; abandona su ensoñación. Y difunde su sospecha:

-Tú debes de ser el gauchos Calíbar...

-¿Quién otro? Don Saos ya le habrá dicho lo que nos espera. Así que vamos a montar pues...

Conciente de las dificultades de la tarea, Calíbar se apea de su caballo (al que llama  Chinita). Ayuda a los tres jóvenes imagors a montar por primera vez. El más difícil es el caso de Molican. El imagor dibujante no quiere desprenderse de sus rollos de dibujo que aferra bajo su brazo izquierdo. Casi teniendo que levantarlo en andas, Calíbar consigue al fin ensillarlo.

Los tres imagors ya se hallan sobre sus monturas. Menos Calíbar, todos exhalan ansiedad, incluidos los caballos. Entonces, el guía toma las riendas de los tres animales, y espolea su propio caballo.

Y los cuatro jinetes se sumergen en la bruma...

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