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CAPITULO UNO DE TRILOGOIA PATAGONICA, POR ESTEBAN IERARDO
....se encabritó. Entonces, Calíbar, mi padre, Vagoni,
y Estibón, se resignaron a esperar el incierto regreso de Segone. Esto ocurrió
al amanecer del día siguiente; el rostro de Segone estaba tiznado por un polvo
húmedo; su caballo lucía exhausto, al borde del abatimiento. Durante los
primeros días posteriores a su regreso, Segone no habló; se mostraba
taciturno, apesadumbrado. De a poco, recuperó su buen humor habitual y manifestó
mucho interés en regresar cuanto antes a Argontia. Ya en nuestra ciudad, le
confió a mi padre todo lo que descubrió; y sólo tiempo después Vagoni le
comunicó esas revelaciones a Saos. Y, poco antes de morir, Segone le dijo a mi
padre: "Se aproxima el momento en que parta una nueva expedición hacia el
lejano sur; uno de sus integrantes, encontrará un objeto mucho más antiguo que
Argontia"... La asamblea imagor contempla intrigada a Mogueno. El
asombro todavía no rompe su hechizo. Todos quisieran que la revelación
continuase. Pero el imagor historiador se mantiene silencioso. Y Pelgrine
quiebra el silencio: -¿Por qué no informaste de esto antes? -Supuse que era deber de Saos revelar a la asamblea de
la Casa del Sombrero Verde todo lo que descubrió Segone. Pero no sé si eso
pasará alguna vez. Yo, como creo que ninguno de nosotros, no esperaba esta
misteriosa desaparición de Saos. -¡La desaparición de Saos no es el único hecho
misterioso que está ocurriendo en Argontia!-. La voz de Rondiguez, imagor del
Triángulo del Azul Sobrio, resuena nítida y estentórea en el recinto-: ¡Pelgrine!
¡Compañeros, imagors! Pido su atención para referirles algo que he visto poco
antes de venir aquí y que ha despertado mi curiosidad... Rondiguez interrumpe sus palabras. Mira al jefe imagor
interino como buscando su asentimiento. -No son necesarias tantas formalidades. ¡Ya habla,
Rondiguez!-lo espeta Pelgrine-. ¿Qué es lo que has visto? -Como ustedes saben, vivo en el Triángulo del Azul
Sobrio, una zona de Argontia cuyas casas dan al ancho río. Poco antes de venir
hacia aquí, decidí respirar algo del buen y amable aire procedente del
Argento. Cuando caminaba por la costa, escuché un extraño sonido a mis
espaldas; un sonido que crecía aceleradamente. Antes de que tuviera tiempo de
darme vuelta para averiguar de qué se trataba, un caballo pasó a todo galope a
mi lado. Lo conducía un jinete vestido de manera extraña. Se detuvo un
instante y me miró atentamente. Entonces, pude ver que vestía unos pantalones
negros y anchos, botas de cuero con espuelas, un cinturón de una gruesa hebilla
dorada, un chaleco negro, camisa blanca, y un sombrero de ala ancha. Se parecía
bastante a los imagors arreadores de ganado de la Isla de la Buena Madera.
Levantó una mano en señal de saludo. Luego reanudó la cabalgata, y se alejó
hasta perderse en la costa. Entonces, me pregunté para mis adentros lo que
quiero preguntar ahora en voz alta: ¿Quién era ese desconocido que cabalgaba
en la costa del ancho río de Argontia y qué es lo que hace aquí? Rondiguez mantiene sus ojos clavados en Pelgrine; el
Etrai interino esboza un gesto de desconcierto y perplejidad. Un largo silencio
amenaza con propagarse por la Casa del Sombrero Verde, hasta que, Mogueno,
retoma la palabra: -¡Sé quién es el jinete que vio Rondiguez en la costa
del Argento!-. Un nueva detonación de voces y murmullos satura el ambiente. -¡Ya dinos lo que sabes!-le reclama Pelgrine. -El jinete era Calíbar, el gauchos que acompañó a
Segone, Vagoni y Estibón en la única expedición imagor hacia la Región Extraña.
Es fácil reconocerlo por la descripción que Rondiguez ha hecho de su
vestimenta. Si Calíbar está merodeando por las afueras de Argontia, y si se
oculta lo mismo que Saos, es porque tal vez se aproxima el Llao. Pero, en este
caso, de vuelta, el único que podría esclarecernos es Saos... -¡Sí! ¡Saos! ¿Dónde está?-grita nuevamente la
vieja Fonga. Y luego agrega-: No sé dónde está Saos, pero si sé que ocurrió
algo muy extraño la última noche en Argontia... Otra vez, un hondo silencio domina la sala. La vieja
Fonga chasquea la lengua; saca otro gato de la bolsa que pende de su cintura; le
hace caricias, le cuchichea cosas incomprensibles en el oído; y luego, con una
mueca simpática en el rostro, mira al Etrai interino. -Ayer a la noche había sacado a dar una vuelta a mi
familia-dice ahora la vieja Fonga-. Caminaba por una calle en el Triángulo del
Rojo Futuro donde vivo. La noche era fría; la noche de ayer, supongo que lo
recordarán; y había una leve llovizna. Me gusta mucho ver el cielo nocturno
cuando está tapado por nubes oscuras y libera las gotas suaves y pequeñitas de
una llovizna; me divierte imaginar cuántas nubes, y con qué velocidad, están
corriendo en ese momento por el firmamento. Me entretenía en ese juego de la
imaginación cuando mis gatitos empezaron un coro de maullidos. ‘¿Qué les
pasa?’, les pregunté. ‘¿Están felices por algo que desconozco?’ Me
dediqué un tiempo a ver los ojos, brillantes, de mis gatitos, que ardían como
antorchas en la oscuridad, mientras maullaban cada vez más. ‘¿Qué les pasa?
¿Qué les pasa?’, volví a preguntarles. Y, entonces, uno de mis gatos, el tío
Jordi, empezó a correr desesperado hacia una casa con un campanario con una
cinta celeste enrollada en su parte superior; una cinta de un celeste puro que
bailaba entre las ráfagas del viento. Y entonces, levanté la vista...y ah, sí...sobre
el campanario...ah, ¿qué era eso?... La vieja contempla a Kaur, con la mirada perdida. El
jefe imagor interino se impacienta; comienza a resoplar. -¡Bien! ¡Ya continúa!-estalla Pelgrine. -¡Oh, sí! ¡No te enojes imagor gruñón! ¿Quieres
asustar a mis gatos?-. La vieja Fonga acaricia a sus pequeños felinos; y después
prosigue-: Sobre el campanario de la cinta celeste vi un pájaro muy grande, muy
luminoso, casi fosforescente, que parecía una brasa de fuego. Ese pajarraco
misterioso volaba en círculos y, desde sus alas, caían gotas resplandecientes
que se precipitaban sobre el techo del campanario. Mis gatitos y yo mirábamos
fascinados el espectáculo de esa ave tan rara que volaba cerca, a poca altura.
Repentinamente, toda mi familia se lanzó a la carrera sobre la casa de la cinta
celeste; empezaron a trepar por sus paredes; querían llegar hasta la terraza,
era como si quisieran acercarse al ave ardiente, misteriosa; pero, al poco
tiempo, el pájaro remontó vuelo, cobró mucha altura y se perdió entre las
nubes. ¡Oh, Pelgrine! Sabemos que Saos es más sabio que tú, pero si te dejó
como Etrai reemplazante debe de ser porque confía en tus dotes...Así que por
qué no nos dices qué hacia ese pájaro de fuego volando sobre una casa de
Argontia en medio de la noche. Pelgrine, lo mismo que antes al escuchar el relato de
Rondiguez sobre el jinete que vio en la costa del río, se sume en un gesto de
confusión. Y, esta vez, Mogueno parece no poder auxiliarlo; en el rostro del
imagor historiador burbujean también la duda y la incertidumbre. -Nada sé sobre ese pájaro-admite Pelgrine finalmente-;
sólo Saos podría decirnos por qué se ha hecho presente esa ave en el cielo de
Argontia. -¿Y entonces por qué no terminamos con el
encubrimiento?-grita exasperado Hefeno, imagor herrero del Triángulo del Negro
Risueño-. ¡Pelgrine! Si algunos imagors de Argontia están a punto de
participar de un viaje hacia lo desconocido, tenemos derecho de saber quiénes
serán esos imagors; como también tenemos derecho de saber por qué están
pasando una serie de cosas tan extrañas en Argontia. No sabemos por qué el
Honca ha aumentado sus misteriosos sonidos; no sabemos por qué los colores con
los que pintamos nuestras casas durante los últimos ritos del Aguador Colorido
se muestran cada vez más pálidos; como tampoco sabemos por qué las formas de
las parcelas de flores en las plazas crecen de manera desordenada, como si
quisieran burlarse de los límites que les trazan los imagors jardineros. Ahora
bien, si tú, Pelgrine, no sabes por qué ocurren todas estas cosas, que venga
Saos a explicárnoslo. -¡Sí! ¡Sí! ¡Que Saos deje su escondite! ¡Que se
presente en la asamblea de la Casa del Sombrero Verde! ¡Que venga a
explicarnos!-se escuchan las voces de cientos de imagors acompañando la
propuesta de Hefeno; como de costumbre, las demandas más estridentes y
expansivas son las de la vieja Fonga que vuelve a levantar y agitar uno de los
miembros de su familia gatuna. Entonces, Pelgrine golpea enfurecido el suelo con su
bastón coronado por el tímpano de piedra. Se incorpora derramando una enérgica
mirada sobre la asamblea. -Saos sabe bien lo que hace. Si se ha retirado y se
mantiene oculto, es por buenas y justificadas razones. Mantengan la calma y confíen
en que nuestro venerado Etrai, aun desde su retiro voluntario, hará lo mejor
para Argontia. Pelgrine alza el bastón rematado por el tímpano de la
piedra roja y, entre la insatisfacción y la incertidumbre de la asamblea imagor,
se retira por la puerta con la forma de pincel.
Al día siguiente de la asamblea en la Casa del Sombrero
Verde, Morens y Ameguin se encuentran en la casa del primero. Morens tiene junto
a la ventana de su cuarto de rojas paredes de barro, su posesión más preciada:
una lente, una Lente Mágica, o el Ojo sin Distancia, como gusta llamarla. Se
trata de un esférico cristal transparente que encontró su tío Lopezo, un
imagor buceador, en el fondo de un arroyo muy pródigo en ikones. Lopezo lo
recogió junto a otras piedras multicolores. Al preparar un cargamento de rocas
variopintas para enviar a un Taller de Trituración y Tinturas descubrió el
translúcido y luminoso cristal. Lo alzó y lo sostuvo entre sus manos. Vio a su
través el ancho río y entonces comprobó un mágico hecho: lo que antes era la
lejana Isla de la Buena Madera, ahora lucía cercana, con nítidos contornos de
troncos y ramas; e incluso podían verse algunas aves volando sobre las copas de
unos eucaliptos. "¡Qué mágico cristal es éste!", se dijo Lopezo; y
le mandó construir a un imagor carpintero un trípode con tres pies de madera,
con un pequeño semiarco en su parte superior, provisto de una ranura, en la
que, por presión, se podría encastrar un borde de la Lente Mágica para
disfrutar cómodamente de su poder de aumento de las formas. Luego pensó en
obsequiarle su descubrimiento a su sobrino más especial, a Morens. El tío Lopezo vive con Morens en una casa del Triángulo
del Rojo Futuro desde que éste quedó huérfano. Pero ahora Morens está sólo
debido a que su tío busca ikones en un arroyo que serpentea entre un bosque de
algarrobos en la Isla de la Buena Madera. Morens es el sobrino más especial del tío Lopezo
porque es un imagor ensoñador.
Los imagors ensoñadores son el tipo menos frecuente de imagors en Argontia. Se
distinguen por experimentar, desde temprana edad, sueños extraños, visiones
diurnas, ensoñaciones que, en ocasiones, los conducen a alterar las apariencias
más inmediatas de las cosas. Morens tuvo sus primeras visiones raras cuando,
muy niño, caminaba por la costa del Argento. Sintió entonces que veía el
mundo íntimo e invisible del río, sus peces, los accidentes y la flora de su
lecho. Después, mientras caían las gotas de una fresca y delicada lluvia sobre
Argontia, creyó ver, como si estuviera a su alrededor, una asamblea imagor que
se estaba celebrando en esos momentos en la Casa del Sombrero Verde. Cuando llegó
al Colegio de Oficios la noticia de las raras ensoñaciones del imagor Morens,
Saos dispuso lo que suele hacerse con los pocos imagors ensoñadores que surgen
de tanto en tanto: dejar que siga sus propios instintos, sin ninguna instrucción
especial más que la lectura de libros de poesía imagor o la audición de la música
de los vientos soplando sobre la Argontia del Amable Aire. Está libertad
perdura hasta que el Etrai Mayor de la Ciudad de los Muchos Colores dispone que
el imagor ensoñador comience un aprendizaje secreto y especial en la Cámara
del Oído de Agua del Colegio de los Oficios. Según la tradición, es de los
imagors ensoñadores de donde suelen proceder los Etrai. Morens espera el incierto momento de su preparación en
la Cámara del Oído de Agua; aguarda ese momento con ansiedad; pero más lo
inquieta en estos días una extraña visión que inalterablemente lo asalta
cuando sube hasta la cumbre del Eidos. Desde la cima del monte, ve una nube de
tenues colores rojo y, dentro de ella, entreve a cuatro jinetes desplazándose
hacia el sur a través de un mar de aguas amarillas. "¿Qué significará
esa visión que me domina al subir al Eidos?", se pregunta Morens. "¿Pero
qué habrá también detrás de esos sueños que he tenido las últimas siete
noches?" Morens se hace esta nueva pregunta mientras enciende unas velas
junto a su Lente Mágica para ahuyentar la oscuridad que la noche comienza a
cosechar sobre Argontia. A su lado, el joven imagor Ameguin remueve un grupo de
huesos distribuidos sobre una mesa de pino. Ameguin es un imagor paleontólogo. Se cree dotado de
una imaginación ordenada, disciplinada, científica, sólo destinada a una
reconstrucción de la fisonomía y costumbres de los animales de lejanas edades.
"Yo sólo imagino los hechos tal como fueron; no como tú, Morens, que
siempre estás viendo cosas raras e indemostrables", suele decirle Ameguin
a su amigo ensoñador. A Ameguin lo obsesiona la idea de encontrar el fósil más
antiguo de Argontia. En una oportunidad, empezó a cavar en una plaza de
girasoles, amparado por la oscuridad nocturna. Cavó casi hasta el amanecer; sólo
con una pala y su entusiasmo. Cuando la tierra fue debidamente removida, sintió
con el tacto de su pie izquierdo algo sólido y pequeño. Acercó la luz de un
farol; y rápidamente pensó: "Fue aquí donde empezó toda vida. He
encontrado el fósil más antiguo del mundo". Ameguin le muestra ahora ese hueso a Morens. -¡Míralo bien, Morens! ¡Es el fósil más antiguo del
Mundo del Incansable Color! Este hallazgo demuestra que en Argontia empezó la
vida. -De ser así sería bueno que fuéramos con Molican para
que haga un dibujo de tu descubrimiento-observa el imagor ensoñador. Ameguin se
muestra de acuerdo; y Morens toma un farol. La luz del candil irradia fantásticas
redes de luces multicolores. Los dos amigos imagors abandonan la casa de barro y
madera y se encaminan por una calle de tierra acariciada por los dedos oscuros
de la noche. En el firmamento titilan vastos enjambres de estrellas. En el cruce
de las calles fulguran farolas con formas de pincel. Morens dobla con frecuencia
hacia la izquierda. Las luces de su lámpara producen fascinantes y efímeras
figuras sobre las rojizas paredes de las casas del Triángulo del Rojo Futuro.
Ameguin sigue a pocos pasos a su amigo; sobre sus hombros carga una bolsa
repleta de fósiles. En el camino aparecen un padre con su hijo. Intercambian
silenciosos saludos y, luego, al doblar nuevamente a la izquierda, entreven una
casa de leve coloración bermellón; de su techo emergen, inclinándose hacia
los costados, numerosas ramas de eucaliptos. Algo más lejos, se escuchan los puños
de solitarias y espumosas olas golpeando las costas del Argento. Una puerta de algarrobo está semiabierta. Morens y
Ameguin franquean la entrada. El farol del imagor ensoñador baña con sus luces
de variados colores un cuarto sólo poblado por una mesa, un armario y una cama.
Desde un revoltijo de mantas de laten dispuestas sobre un humilde catre,
resuenan unos estridentes ronquidos. Al imagor paleontólogo se le escurre de
las manos la piola de su bolsa, colmada de fósiles. El brusco sonido del
impacto sobre el suelo produce como respuesta: -¡Eh!, ¿quién andá ahí? El rostro de Molican emerge desde el arrugado mar de las
sábanas. Se restrega los ojos; estira los brazos; se incorpora; su anatomía
resplandece bajo los brillos de la farola de Morens. El kaltran de Molican luce
hinchado, abultado como un tonel. Pero la gordura no es lo que más destaca al
habitante de la casa coronada por una cabellera de ramas de eucaliptos. Lo que más
lo distingue son sus habilidades con el dibujo. Molican es un imagor dibujante y
pertenece a la corporación de los imagors dibujantes del Triángulo del Blanco
Ambicioso. Mientras Molican reconoce a sus amigos, Ameguin recoge
su bolsa y extrae el fósil que ha descubierto recientemente. El imagor paleontólogo
acaricia el hueso como le gustaría ser acariciada a una buena mujer imagor. -Me imagino que querrás un dibujo de tu nuevo hueso...
¿Verdad, Ameguin?-pregunta Molican. -No queríamos sacarte de tu profundo sueño-aclara
Morens-. Pero Ameguin no podía contener su ansiedad por ver su último
descubrimiento dibujado por tu mano de imagor dibujante. -Pues veremos qué se puede hacer-contesta Molican
mientras desliza sus manos sobre su voluminoso abdomen arropado por su kaltran
multicolor. Saca después unos lápices de una caja de madera en cuya tapa se
muestra la imagen de un lápiz brotando de una grieta de la tierra y, de un cajón
del armario, obtiene unos enrollados pergaminos blancos que, al desplegarse,
adquieren un aspecto sólido y liso. Morens acerca su farol, y el hueso de
Ameguin irradia un blanco inmaculado. Molican comienza entonces su tarea. Su
mano izquierda se mueve con rapidez; baila con ritmo sobre un pergamino. La
punta de su lápiz descarga un torbellino de puntos y líneas. Y, al poco
tiempo, la hoja de pergamino, al principio vacía y homogénea, es poblada ahora
por la silueta alargada de un hueso rojo y amarillo que atraviesa de lado a lado
una nube con forma de girasol que flota sobre la Argontia del Amable Aire. Ameguin y Morens sonríen ante el imaginativo dibujo.
Y, luego, los tres imagors se entregan a una animada
charla sobre los últimos y enigmáticos acontecimientos que atrapan la atención
de la Ciudad de los Muchos Colores. Las horas nocturnas continúan su avance
oscuro y silencioso por el tiempo y, cuando el agotamiento comienza a conquistar
los ánimos de los jóvenes, Molican propone acompañar el resto de la noche con
un sueño sereno y reparador. Morens y Ameguin aceptan complacidos. Entonces,
entre bostezos y saludos, se sumergen en las aguas íntimas del sueño. Y en medio del descanso, cuando se halla sumido en un
profundo dormir, el imagor ensoñador es invadido por la imagen de una Argontia
nocturna. En el firmamento prospera una tormenta. Morens se percibe sentado, con
sus piernas cruzadas, frente a su casa, en cuyo techo se yergue un campanario
con un cinta celeste enrollada en uno de sus extremos. Un misterioso pájaro de
fuego, de una apasionada y abrasadora tonalidad rojiza, flota en círculos sobre
el campanario. Repite este movimiento hasta extraviarse luego en la invisible
intimidad de la tempestad, que exhala ahora un vigoroso rayo. Morens se
despierta, acalorado. Su atención se concentra en la ventana. Maravillado, no
sabiendo si su mente aún late en la intimidad del sueño, observa rayos y relámpagos
surcando el cielo. Escucha truenos. Y las voces de un viento enfurecido. Ameguin
y Molican siguen profundamente dormidos. Por un momento, Morens piensa en
despertar a sus amigos. ¡Cómo se perderán la primera tormenta sobre la
Argontia del Amable Aire después de mucho tiempo! Ellos nunca han presenciado
el firmamento colmado de electricidad y furia. La atmósfera sobre la Ciudad del
Mucho Color no suele urdir más que serenas lluvias o veloces vientos. "¡Sí!
¡Ameguin y Molican tienen que ver esto!", se dice Morens; pero, pronto, lo
asalta la duda...y si tal vez la tormenta sólo es un espectáculo privado,
secreto, sólo destinado a un imagor ensoñador...Morens abandona entonces su
primer impulso. Y silencioso, solitario, contempla la brusca danza de los
elementos. Y, de a poco, el cansancio va disolviendo su asombro. Siente un peso
progresivo en los párpados. El trepidante sonido de las cascadas de gotas,
desprendiéndose desde el cielo, se aleja, se debilita hasta disiparse en un
tibio y casi inaudible murmullo. Y el imagor ensoñador flota en las espumosas
aguas de un nuevo sueño... Y cuando llega la mañana, Ameguin y Morens se
despiertan mientras el imagor dibujante continua profundamente dormido. Deciden
entonces despertar a su amigo dibujante. El
imagor paleontólogo agita fuertemente los hombros del obeso durmiente, sin
resultados. Mientras crece su enojo, concibe la idea de emplear el más duro y
largo de sus huesos para propinar un certero golpe en la cabeza del hacedor de
dibujos. Pero antes de que Ameguin perpetre su plan, Morens golpea con la punta
de un dedo las piernas de Molican. Molican despierta inmediatamente. -¡Oh, mi dolor de piernas! ¡Mis piernas! ¿Dónde están? -¡Vamos, Molican! Usa tus maravillosas y ágiles
piernas para ir hasta la costa del ancho río-le dice Morens. -¿Ir a la costa del río? ¿Para qué?-pregunta
sorprendido Molican. -¡Sí! ¿Para qué?-expresa su sorpresa también
Ameguin. -Vayamos al Argento y les explicaré... Cuando los imagors llegan a las playas del Argento,
Morens le pide a Ameguin que distribuya sobre el suelo todos los fósiles que
tiene en su bolsa de lante. Y Morens explica: -En las últimas noches he tenido extraños sueños. No
sé cómo interpretarlos. Durante uno de ellos, escuché una voz misteriosa que
me dijo: "Tienes que recordar tus sueños en voz alta; debes decirlos en la
costa del río, con Ameguin y Molican de testigos; y mientras recuerdas tus sueños,
debes bailar hasta darle forma a un dibujo. Un dibujo hecho gracias a una danza
de fósiles... -¿Gracias a qué?-pregunta Molican. -Gracias a la danza de los fósiles, he dicho, imagor
gordiflón-responde Morens fingiendo enojo. -¿A qué danza te refieres?-quiere ahora saber Ameguin. -Yo iré tomando uno por uno los huesos que has ordenado
sobre la playa. Los levantaré con los brazos bien altos aferrándolos
firmemente con las manos. Después, cerraré los ojos. Y empezaré a recordar en
voz alta mis últimos sueños. Y al terminar de narrar cada sueño, gritaré:
‘¡Baja por allí!’; y dejaré caer el hueso que sostenga en alto en ese
momento. Cuando recuerde siete sueños, se habrán distribuido siete fósiles
por la playa. Y, entonces, sabré cuál es el lugar por el que debo bajar... -¿Un lugar por el que debes bajar? ¿A qué te
refieres? A veces pienso que está definitivamente loco-termina por confesar
Ameguin con voz bien clara y resonante como si buscara ser escuchado hasta por
las gaviotas que vuelan sobre la costa del río. -La danza de los fósiles no deja de ser un juego digno
de la imaginación de un imagor-trata de suavizar Molican la sospecha de insania
que recae sobre Morens. Y Morens estira los brazos, mueve las piernas. Y ya
propone: -¡Bien! ¡Empecemos! El imagor ensoñador se apodera de un primer hueso; lo
eleva aferrándolo con las manos. Camina sobre la playa con pasos breves al
principio. Luego comienza a moverse, a agitarse, a bailar. Recuerda el primer
sueño; luego, interrumpe la danza de sus piernas; deja caer el hueso. Y grita:
"¡Baja por allí!". Esta acción se repite en siete oportunidades.
Tras el último baile y el último recuerdo onírico, Morens finge estar mareado
y se recuesta sobre el suelo. -Sin duda Morens es el imagor más loco que
conozco-observa Ameguin. -¿Loco?
¿Qué quieres decir?-pregunta Molican-. Se supone que los de nuestra condición
debemos tener una imaginación vivaz. ¿O no? Así que Morens demuestra que es
un imagor de pura cepa. -Puede ser; pero este juego de recordar los sueños...
bailar y arrojar fósiles sobre la playa, es sólo un disparate. -Disparate o no, ya deja de fastidiar; pienso hacer el
dibujo de los fósiles dispersos. ¡Así que déjame dibujar tranquilo! -Haz lo quieras, Molican; yo, mientras tanto, iré a
cavar un poco. Todavía recostado sobre la playa, Morens estira sus
brazos. Vuelve en sí gradualmente. Y sonríe. Mira de soslayo el río. Reconoce
después a Ameguin, que excava no muy lejos. Se reclina y ve después los fósiles
desparramados. Sentado sobre una roca, Molican desplaza alternativamente sus
ojos desde los viejos huesos hasta su lisa hoja de pergamino blanco. Mueve
afiebradamente su mano izquierda. De a poco, crece un gesto de satisfacción en
su rostro. Morens se incorpora; se acerca a Molican, que enciende un último
trazo sobre el papel. Y el imagor ensoñador contempla el último dibujo de su
amigo: un solo hueso con forma espiralada. Y
recuerda su casa, una escalera acaracolada que se hunde en un sótano
repleto de cajas de pinceles viejos y deshilachados. Y escucha una voz que nace
en un peldaño misterioso de su cerebro. Y que le dice: ¡Baja por allí! ¡Baja
por allí! Saos respira en la habitación subterránea de una casa
con un campanario que luce una cinta celeste enrrollada en su extremo superior.
Hace poco se ha instalado en este sitio donde Pelgrine lo visita ocasionalmente
trayéndole comida y las últimas noticias sobre la vida en Argontia. En su última
visita, el Etrai interino le informó sobre la inquietud que se vive en la
Ciudad de los Muchos Colores por su misteriosa desaparición. Todos, en todas
partes, se preguntan dónde está Saos. Y ahora Saos explora su nuevo hogar. Sobre una pared, se
alza una biblioteca de libros empolvados. En el centro del recinto, sobre una
arrugada alfombra de kaltran, yacen unas velas apagadas. Al pie de las paredes,
crecen unos tréboles achaparrados y chamuscados. En una esquina, se yergue una
chimenea; junto a ella, se suceden los peldaños de una escalera espiralada. Rodeado por la soledad y el aislamiento de su escondite,
Saos navega en los recuerdos que acuden libres y tormentosos a su mente.
Recuerda su aprendizaje en la Cámara del Oído de Agua del Colegio de los
Oficios. Ya desde su niñez, mostró especiales virtudes imaginativas; ya era
entonces un imagor ensoñador. Pero lo que más ocupó su mente, desde los
primeros años de su juventud, fue la belleza de Stornia, una imagor poetisa. La
mujer que lo cautivó retribuyó su pasión. Compartieron varios años de amor
encendido; y concibieron la idea de procrear un nuevo ser. Pero un día ella vio
la luna, y dijo que la roca azulada del cielo se estaba desgajando en pétalos
plateados que se precipitan sobre el Argento. Y nadó entonces en sus aguas: nadó
hacia el corazón de alguna imagen remota. Se enamoró de una profundidad
desconocida, y se sumergió para no regresar a la superficie. Durante cientos de
días de Sol Rojo, Saos acudía al río en la hora en que Stornia se sumergió
para no volver. Ya era un hábito obligado de sus amigos esperarlo en las
orillas del Argento a fin de sujetarlo e impedir que se arrojara en él para
nadar tras Stornia. Y una vez que fue a la costa del río, sus amigos, por
razones misteriosas, no estaban esperándolo. Entonces, la luna refulgía
apasionada. Y desde aquel ojo plateado cayó un rayo sobre el agua, donde el
apesadumbrado imagor descubrió un cisne. Un grácil cisne que había emergido
repentinamente en la superficie, para después desaparecer. Saos caminó luego
por las costas del Argento y contempló su imagen reflejada en las aguas. Se vio
entonces, por primera vez, con su cabellera blanca, con la figura de una montaña
verde pintada sobre sus cabellos; con la imagen del Leucutral en su frente, y se
imaginó cabalgando hacia unas altas montañas; en especial hacia una de ellas,
hacia una montaña de fuego. Ya no pensó en Stornia, en la luna o el cisne.
Desde entonces su único pensamiento fue la montaña de fuego... Y ahora Saos recuerda que su abuelo, Solisi, poco antes
de morir, le habló de la última tormenta que se abatió sobre la Ciudad del
Mucho Color, cuando él era niño. Desde entonces, el tiempo apacible de la
Argontia del Amable Aire, nunca se transformó en una nueva tempestad. Puede
comprenderse entonces que Saos se asombre al escuchar sonidos de truenos que
llegan desde la escalera. Supone que afuera, en la calle, debe de estar naciendo
la primera tormenta luego de muchos, muchos días de Sol Rojo. La intriga lo guía
hasta los peldaños espiralados. Sube por la escalera y, al llegar al final de
la escalinata, descubre dos corredores. Uno está en oscuridad y, el otro,
muestra una puerta entreabierta. Saos franquea aquella puerta, y sale a una
calle de tierra; camina por ella. En el cielo, estallan rugidos eléctricos.
Desde las alturas, caen guirnaldas de flores líquidas que empapan las casas de
barro y madera. El imagor contempla fascinado los manantiales de lluvia y
electricidad que bañan a Argontia. Camina hasta agotarse. Entonces, se sienta
en un banco de calden, mientras un relámpago ilumina la bóveda. Y el Etrai Mayor cae en una súbita ensoñación... Por
escasos momentos, oscuras fuerzas lo sumergen en un nuevo entorno. Argontia ha
desaparecido. Y el Etrai se percibe caminando sobre una vasta planicie empapada
por la tormenta. En el este, se extienden los labios del río. Hacia el sur, hay
un molino cuyas astas no se mueven a pesar de las enérgicas ráfagas de viento.
El imagor camina hasta el molino inmóvil. Frente a él, se abre una grieta de
la que mana un vapor blanco y caliente. Saos hunde sus manos en la hendidura, y
extrae de allí la mitad de un cetro partido con una figura de dos alas que
emergen en uno de sus extremos. Luego, se dirige a la costa del río. Junto a
una roca, encuentra un tambor; el instrumento está envuelto en la piel de un
animal desconocido en Argontia. En la superficie del tambor se muestra un
Leucutral, el mismo símbolo que luce en su frente el viejo imagor. Que ahora
escudriña el techo del cielo. Sendas gotas de fresca agua penetran en sus ojos.
Y, por un instante, al caer sus párpados, otra vez se ve de espaldas, sobre un
caballo que agita animadamente su cola; se ve cabalgando hacia una montaña que
arroja fuego; una montaña que se incendia, junto a otros cerros de blancas
cimas... Y, al abrir los ojos, Saos observa de nuevo la tormenta
que se abate sobre Argontia. Nuevos rayos aturden la atmósfera. El agua del
cielo continúa una danza brusca y generosa sobre el rostro, la cabellera y el
kaltran del imagor. pasillo, a la escalera espiralada; vuelve a su habitación subterránea, oculta. Y se reclina sobre su cama. Concentrado, observa el techo como si continuara contemplando la tormenta que reina afuera. Decenas de imágenes se atropellan en acelerado curso por los rincones de su mente; pero, entre ellas, una sola es preferente: la imagen de
su cabalgata hacia la montaña de fuego. Y siente entonces una voz, un susurro en sus oídos: -¿Dónde estás? ¿Hacia dónde viajas, Saos?-le
pregunta Pelgrine. También circulan rumores sobre el jinete misterioso.
Algunos dicen haberlo visto cabalgando en el crepúsculo en la costa del
Argento; otros afirman haberlo reconocido en la noche, apoyado sobre una pared
en una callejuela arropada de niebla; otros dicen también que tenía entre sus
manos un raro instrumento de cuerdas del que extraía unos sonidos extraños. Un
niño asegura que vio al jinete junto a la entrada de un taller de Trituración
y Tinturas. Hasta dice haber intercambiado algunas palabras con el desconocido,
que le preguntó por Saos. Al comparar los relatos de los testigos, lo que se
evidencia es el parecido del visitante con el gauchos Calíbar, el personaje
referido por Mogueno, el imagor historiador, en la asamblea de la Casa del
Sombrero Verde. Los rumores sobre el jefe imagor y el jinete
desconocido, fascinan también a Morens. Pero con igual fuerza lo atrae el
dibujo que hizo Molican de los fósiles que desperdigó sobre la playa durante
el recuerdo de sus sueños. Aquel dibujo lo ha fijado en una pared de su
habitación, cerca de la Lente Mágica. Lo contempla todo el tiempo; observa el
largo hueso de forma acaracolada. No puede evitar asociar esta imagen con la
escalera espiralada que baja hasta el sótano de su casa. Hasta que finalmente
se pregunta: ¿Por qué no hacerlo? ¿Por qué no bajar? Morens baja entonces
por la escalera. La escalinata no
es muy profunda. A los pocos pasos, llega al sótano que tantas veces ha
visitado. Allí, encuentra lo de siempre: las cajas con pinceles en desuso junto
a desgastados mantos de laten, un escritorio desvencijado, anaqueles empolvados
de un vieja biblioteca, mechas de velas agotadas, y una chimenea abandonada.
Todo repetido. Pero su olfato percibe aromas indefinibles que cabalgan por el
aire; sus oídos escuchan leves oscilaciones. Morens vuelve a su cuarto;
contempla de vuelta el dibujo de Molican. De nuevo, siente el mandato repentino,
enigmático: “¡Baja por allí! ¡Baja por asllí” "¿Tal vez debería
bajar de nuevo?", se pregunta Morens. "Sí, ¿por qué no?". Se
encamina entonces, nuevamente, hacia la escalera espiralada. Pero entonces
escucha unos golpes en la puerta. -¿Quién es? -¡Somos nosotros! ¡Ameguin y Molican, Morens! ¡Abrenos! Cuando Morens abre la puerta, Ameguin se avalancha: -¡Mira lo que acabo de encontrar en una excavación que
hice en la costa del río!-Ameguin le muestra un hueso de una leve coloración
ámbar, carcomido en sus bordes-. ¡Ahora no tengo dudas! ¡Este es el fósil más
antiguo del Mundo del Incansable Color! ¡En Argontia empezó la vida! Los tres imagors van hasta el cuarto de Morens. Una vez
allí, Molican muestra su dibujo del último hallazgo: un hueso atraviesa la
luna y, de sus extremos, penden dos campanas que repican sobre el ancho río. Y, luego, por largo tiempo, los tres nativos de Argontia
departen sobre las mujeres imagors, la vida y costumbres de los habitantes de la
Isla de la Buena Madera, los reglamentos, a veces tediosos, del Colegio de los
Oficios, los nuevos colores de los triángulos de casas de Argontia después del
último rito del Aguador Colorido; las últimas especulaciones sobre el Honca, y
el enigma de la exploración de la Región Extraña. La variada y encadenada sucesión de temas en la
conversación, aleja a los tres imagors del ritmo habitual del tiempo; los hace
olvidar el irreversible giro del Sol Rojo en torno a la Argontia del Amable
Aire. Se comprende entonces que la noche los sorprenda con sus mantos de
oscuridad. Entonces, repentinamente,
escuchan bruscos sonidos. A través de las ventanas, observan el cielo: una
tormenta ruge en las alturas.
Los rayos se exasperan. Las nubes se deshacen en gruesas gotas de lluvia.
La ciudad se viste con ropas húmedas. Y desde la escalera espiralada, llega un
retumbo sordo; un golpeteo agudo, rítmico. Los jóvenes imagors empiezan a
inquietarse; sus rostros lividecen. El techo vibra y el sonido que llega desde
la escalera es más nítido e incisivo. Y desde el centro de aquel sonido se
escucha una voz que dice: -¡Vamos! ¡Vamos! ¡Vengan! ¡Bajen! Atrapados por una profunda intriga, los tres imagors
caminan hacia los peldaños oscuros y espiralados. Bajan lentamente. Llegan
hasta el sótano, donde reina un meticuloso silencio. Pero, luego, se escucha de
vuelta la voz que dice: -¡Vamos! ¡Vamos! Los jóvenes imagors se contemplan entre sí. La
perplejidad los detiene por un instante. Pero la curiosidad les devuelve el
movimiento y se adentran más profundamente en el sótano. En el suelo,
dispersos trozos de ikones difunden fulgores de distintos colores, junto a
racimos de pinceles partidos. Los ikones los conducen hasta un túnel, cuyas
paredes lucen moteadas por rocas de perfiles ásperos y grisáceos.
Eventualmente, una gota de agua se desliza desde alguna hendidura del techo. El
camino zizaguea como una serpiente. -¿Cómo nunca hablaste de este túnel oculto en el sótano
de tu casa, Morens?-le pregunta Ameguin. -No sabía de su existencia hasta ahora-contesta el
imagor ensoñador sin reprimir su sorpresa. Y, repentinamente, de nuevo, por el
aire navega la voz que dice: -¡Vamos! ¡Vamos! Los imagors se apresuran. Llegan hasta una curva.
Escuchan sonidos de agua en movimiento. Trasponen el recodo y una luz clara
salpica sus ojos. La luminosidad crece. Suben por una escalinata de anchos peldaños
en la que se distingue la imagen de un oído con alas, un oído alado. Y, al
terminar el ascenso, la sensación de encierro se desvanece. Fuertes ráfagas de
viento frotan la piel de los viajeros. El cielo muestra collares de luminosas
estrellas. Enigmático, a no mucha distancia, y a bastante altura, flota Kaur. Sorprendidos, los tres imagors contemplan la costa del
Argento. Hacia el sur, un desconocido permanece sentado sobre una roca; escruta
la titilante cúpula nocturna. La luz de un farol que descansa junto a sus
piernas, lo ilumina intensamente. De soslayo, observa a los recién llegados. Y, entonces, Molican estalla en un grito:
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