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EN EL PARQUE CENTENARIO: EL BÚHO, LA CÚPULA Y EL LAGO

 

                                                                                   Texto Esteban Ierardo

                                                                                                        Fotos Andrés Manrique

 

  Aquí nos encontramos para este tercer devenir simbólico por la ciudad del sur. Caminaremos entre árboles, estatuas, un museo, un pequeño lago, murales populares y una cúpula blanca. Un deambular por la urbe que anhela recuperar símbolos e imágenes trascendentes. Nuestro escenario para este caminar es, en este caso, el Parque Centenario, en el barrio de Caballito, en Buenos Aires. Como ya señalamos antes, parte del espíritu de esta sección en Temakel es estimular a otros a que también caminen dentro de su ciudad o pueblo con fervor poético en la mirada y un imaginativo calor en los pies.

 

    El búho nos contempla desde una fachada del Museo de Ciencias Naturales de la ciudad de Buenos Aires. Nosotros, a su vez, atisbamos su quietud y hechizo luego de reunirnos en un extremo del Parque Centenario. Parque fundado en 1910, con el propósito de celebrar un siglo de emancipación del dominio español.  

  El museo con el búho es creado por el presidente Bernardino Rivadavia en 1823. Tuvo su primera morada en el convento de Santo Domingo. Su rico tesoro experimenta nomadismo y errancias hasta que en 1933 alcanza su sede definitiva en el parque. En el momento de la fundación dispone de 50.000 piezas vinculadas a los campos de la biología, paleontología, botánica y geología; también cuenta con una biblioteca de 20.000 volúmenes. Sus directores más famosos son el gran sabio alemán Germán Burmeister (con el que luego volveremos a encontrarnos) y  el célebre paleontólogo argentino Florentino Ameghino. En el museo vive el conocimiento científico. El deseo de un cielo diurno, fúlgido, que abrace con claridad a los seres de la naturaleza. Pero en la fachada persiste el búho, los búhos. El búho: animal nocturno, de resonancias mitológicas. En la antigua China es relacionado con el trueno y el solsticio de verano. Sus vuelos nocturnos y su mirada inmóvil y magnética han fomentado la creencia en su vínculo con el ocultismo; y con lo profético, con la premonición. Su poder para divisar tramas sutiles en parte procede de su capacidad de girar la cabeza casi 180 grados.

   Para el Antiguo Egipto, la India, China, Japón, América Central y del sur, el búho es ave de la muerte; pero también protector mágico de las praderas para los indios norteamericanos; de ahí la costumbre de estos indígenas de revestirse con plumas de búho a guisa de talismanes. En la Grecia antigua, en Atenas, el búho o la lechuza es el ave sagrada de Atenea, diosa de la sabiduría. La diosa del saber es representada en el anverso de las monedas con la imagen del pájaro nocturno. Como esta moneda de plata, que vemos abajo, de cuatro dracmas en celebración de Atenea, patrona de la ciudad.

El búho y la sabiduría en las culturas paganas antiguas; e incluso en el cristianismo. Para la tradición cristiana el búho representa la sabiduría de Cristo que irrumpió entre las penumbras de los no conversos. 

La sabiduría nocturna del ave de los ojos hechizantes descansa como centinela en lo alto de los muros que contienen al museo, al recinto del saber diurno, rebosante de la ciencia y de sus lupas y ojos de  cristal, de luminosidad diáfana. Pero en el inicio de la luz radiante que despeja, aclara, se halla la negrura. El sol de estridente claridad brota cada mañana del oscuro vientre de la noche y de la tierra. Detrás de la luz, laten anillos de oscuridad. Oscuridad que esmalta la noche terrestre o la noche del espacio exterior. 

  Hace miles de años,  miradas indígenas asombradas quizás pudieron contemplar unas luces chisporroteantes, unos pequeños soles que se acercaban como lanzas de roja fosforescencia y que parecían venir de una región de fuego y luz. Pero aquellos fulgores procedían de un umbrío vacío, de la noche cósmica, la noche del espacio exterior. Eran meteoritos. Meteoritos que fraguaron la lluvia meteórica de mayor intensidad que se haya precipitado sobre la tierra. En la entrada del museo descansa una de aquellas rocas de procedencia extraterrestre que incendiaron el cielo antiguo, y que se precipitaron sobre el territorio de la provincia argentina de Chaco.

    El museo y el saber diurno coexisten, en silencio, con el búho, habitante de la noche terrestre, y el meteorito, mensajero de lo nocturno sideral. 

    Y gracias a las velas de nuestros pies, podemos fluir hasta un sitio cercano. Allí, la ciencia que ama los cristales translúcidos, adquiere la figura de una cúpula, pequeña réplica de la abovedada gracia del cielo.  Desde aquella cúpula, en la noche, emerge un exiguo ojo, la lente amplificadora de las formas, que intenta escrutar las distancias oscuras. Este humilde observatorio de la ciudad del sur, ambiciona propagar el ojo de la ciencia astronómica dentro de un cuerpo sin conclusión; dentro de ese animal intangible que es la noche y el universo. El observatorio se alza sobre la Avenida Patricias Argentinas y, bajo el nombre de Observatorio de la Asociación Amigos de la Astronomía, es creado en 1944. Además de su telescopio, posee talleres y  laboratorios donde los aficionados construyen sus propios lentes estelares. Una humilde atalaya de observación, coronada por un giratorio sombrero blanco. Un blanco (de la cúpula) que desea adentrarse en lo negro (de la noche). Las radiaciones de lo blanco derraman visibilidad en las cosas, en la extensión del espacio. El universo ya creado, ya desplegado, ante los ojos del día, protege el misterio de su origen. Pero la tierra del parque visible, la multiplicidad de su flora, el aire que anega el espacio, ¿de dónde proceden? ¿cuál es el secreto de su origen? Para los viejos mitos, el universo abierto, visible, es emanación de una realidad previa donde no hay aún cielo y tierra, o las cuatro direcciones cardinales. Para numerosos mitos de la creación, antes de lo terrestre y el firmamento que se entregan al ojo  que ve lo visible, lo que existe es la noche, o el agua. El agua sin forma definida recuerda todo lo previo a las constelaciones de formas que rebullen en el día. Y en el centro del parque de la ciudad del sur, en el Parque Centenario, se halla el agua. Un pequeño lago donde  reposa la memoria líquida, el recuerdo del agua quizá, de un mundo sin luz, horizonte o sol sólo reconocibles por la mirada diurna. El agua serena del diminuto estuario tal vez se remonta instante tras intante, o en algún momento misterioso de los días, hacia el inicio en lo noctuno, lo oscuro, lo líquido anterior a las piedras y a las formas de lo vivo.  

   La piedra, lo sólido es continuación, propagación de una liquidez creadora. Con la piedra, la forma, surgió la luz, el alba, la aurora.  La estatua La aurora  pertenece al francés Emilio Peinot. La  mujer despliega su manto albo, su tela blanca versatil, ágil, que se expande sobre la naturaleza que ha brotado del vientre oscuro, húmedo, acuático. La mujer extiende el blanco manto de la materia. La materia que descubre sus figuras y colores, bajo el fervor solar. El agua, la noche primero; después el alba, lo material, la naturaleza manifestada.       

    Pero durante la noche o el día, la mujer se expande.  Lo femenino custodia el secreto de la genereración inicial de la vida. Por contrapartida, lo masculino, lo solar, tiende a verterse en el mundo ya creado. Pasión masculina por el mundo exterior donde se olvida el enigma de la generación, de la matriz, donde hay agua y oscuridad. La masculinidad pura es aspiración a un triunfo que es conquista de la casa de la tierra. Deseo de un victoria sin alas. Pero existe otra victoria...      

  La victoria alada, obra de Eduardo Rubino; una de las más hermosas estatuas del Parque Centenario. La épica de lo femenino no es el triunfo de los guerreros terrestres que anhelan exterminar al enemigo y anunciar su dominio sobre la tierra. La victoria de la mujer alada no es ascenso hacia la amplitud del cielo para acercarse al sol de la gloria. Su ascender es, en realidad, un sumergirse en el interior de la materia. Un ascenso con alas ligeras hasta el centro de lo material donde perdura el enigma de la generación de la existencia.

    Pero la mujer no sólo es memoria mística de lo que oculta la materia. También puede horadar el universo material mediante el experimento y las matemáticas.

  Tal es el caso de Madame Curie. La estatua que la representa en el parque es obra de Santiago Parodi. Al pie de la misma existe una placa donde resplandece un hecho mágico, ignorado. Bajo la escultura se hallan enterrados, en una urna, tubos de radio que pertenecieron a Mme. Curie, y tierra de su suelo natal, Polonia. En el año 2067, en el segundo centenario del nacimiento de la gran científica polaca, se procederá a desenterrar y abrir la urna. En  las pálidas y desgastadas letras metálicas de una placa ignorada habitualmente por los transeúntes, se invoca el futuro lejano. En el rectángulo corroído de una placa, hormiguean interrogantes de una potencialidad surrealista: ¿cuál será la fisonomía de la ciudad del sur en la proximidad del siglo XXll cuando se desentierre la urna bajo la estatua? ¿Cuál será el aspecto del propio parque donde caminamos con pisadas que persiguen lo extraordinario en lo cotidiano? ¿Existirá aún la urbe a orillas del ancho río? Y de existir, ¿qué destreza de la imaginación es necesaria para concebir la tecnología de sus futuros edificios y automóviles, la vestimenta de sus habitantes o los colores de sus veredas y calles?

    Desde una estatua en la cercanía del lago, podemos saltar a un mañana remoto, de tintes fantásticos. Y a sólo pocos pasos, otra forma de salto, puede sugerirnos una nueva estatua del parque. El sabio alemán Germán Burmeister, antiguo director del museo con los búhos en su fachada, inspecciona la piedra. Su vestimenta, su porte, el libro abierto del saber que yace sobre su rodilla, dimanan de su tiempo, de su propio presente histórico. Pero la quietud del observador sedente disfraza un movimiento, un saltar, un moverse, hacia el pasado remoto, hacia la flora y la fauna que reinó en lejanos mediodías del planeta. Distancias del tiempo donde los humanos eran escasos y su principal entorno no eran las murallas de edificios, los caminos de asfalto, sino la naturaleza salvaje y la diversidad de animales libres, seguros soberanos de sus propios territorios. En la lejanía temporal que el ojo del naturalista sopesa, el animal era libertad, vida palpitante en espacios abiertos. Un animal distinto al del ladrido lastimero que suele estallar en las gargantas de los perros abandonados o rabiosos que padecen muerte y cautiverio en el Instituo antirrábico Pasteur, que se alza en el parque frente a la Avenida Díaz Vélez. El instituo nace en 1927. Desde entonces, un imprecisable número de caninos han padecido encierro y colapso en un mundo  opuesto a las geografías prehistóricas donde ningún muro brotaba de la tierra.

     En las paredes de este sitio de angustia y mortandad animal, el arte popular ha plasmado coloridos murales. Quizás un acto de belleza que redime el sufrimiento que arrecia detrás de las paredes pintadas. 

    En este primer mural, la multitud escudriña algún sitio fuera de nuestra propia mirada. No podemos observar lo que ellos observan. Su mirar se expande en dirección este-oeste. Lo mismo que la luz matinal que reverbera detrás, en la lejanía. El este es región habitada, colmada por el sol, el cielo y los humanos que propagan su atención hacia el oeste, sitio donde el día perece, morada del crepúsculo, comarca de penumbras repetidas donde el sol, el disco rojo, que se hunde allí, nos hace recordar un más allá del horizonte, un páramo continuo de ausencia. Siempre atisbamos el sol que se sumerge en el ocaso, pero nunca podemos estar, ser, en esa opacidad donde se disuelve la luz del día. Lugar ausente para nosotros. Y en la ausencia se conservan vapores intangibles, niebla. La niebla que, en secreto, siempre  impregna lo presente; niebla que disimula el conflicto y la violencia de los contrastes de nuestro existir humano.  

    Algo del conflicto en la médula de la existencia, quizá late en este mural, en esta otra exhalación de creatividad popular. En la derecha, la adaptación del Guernica y, por ende, del hecho histórico que motivo la célebre imagen de Picasso: el bombardeo destructor de la aviación alemana durante la guerra civil española. El verbo rugiente de las bombas taladran cuerpos, edificios, la tierra y el aire. Y repiten, develan, uno de los efectos de nuestra conflictividad constante:  la disgregación, el caos de figuras, líneas, que son lo que despedaza. Lo que nos mutila y mata. Hacia la izquierda, el opuesto de las formas disueltas, de la escenografía de la destrucción del Guernica picassiano: el árbol que reúne lo disperso de la luz, el agua y el aire para gestar, entregar, con manos generosas, una nueva forma ordenada, viva; la unión exuberante de líneas que reverdecen en un fruto, una hoja. O en el niño, reciente orden viviente, unión fructífera de las líneas y formas del cuerpo humano. 

La madre protege al niño. La madre y el árbol unen figuras, líneas y colores, para gestar las nuevas formas. El Guernica escupe astillas rotas, lo viviente desmembrado,  dispersión de formas sin la madre y el árbol que irradian el vivir. Vivir que une, integra. Pero, quizás, para entrever el caos que des-integra, y la maternidad y el vegetal que re-integran, para ver todo aquello, en el lugar de la ausencia, en el oeste del crepúsculo sin luz, sea necesario la espontánea imaginación infantil, como aquella que rezuma la encantada presencia del Principito.

    Gracias a la fantasía infantil, donde la luz diurna se convierte en ausencia, no percibimos únicamente inexistencia de figuras, orfandad de contenidos. En el territorio crepuscular de la ausencia, al mirar con candidez de niño, podemos descubrir símbolos, un lenguaje cifrado de sentidos. Un símbolo como la espiral. La figura espiralada que plasma el hombre anónimo, al amparo, cerca, del niño reconocible, personalidad radiante, hecho con voces de un arroyo mágico: el Principito

  La espiral omnipresente en la cultura celta, y quizá el motivo ornamental que mayor fascinación causó en el arte prehistórico y antiguo. A nivel simbólico, las espirales suelen estimarse como una conciliación entre la rueda del devenir, los cambios y la transformación del tiempo de la vida, con el núcleo místico, el misterio de un centro, interior a la materia, lugar desde donde, para el pensamiento mítico, es irradiado el espacio y toda existencia.  

  Y cerca del instituto, en lo que hoy es Díaz Vélez, perdura un pasado ya ausente. En esa zona fue habilitado el primer jardín de niños que existió en Buenos Aires. En la cercana esquina de Campichuelo y Ambrosetti palpitó un viejo almacén donde, además del despacho de bebidas y la posibilidad de almozar un puchero criollo, se podía comprar "comida para llevar", toda una innovación por aquel entonces. El paseo de un abuelo con sus nietos en una humilde carreta era vivida como una experiencia que endulzaba la rutina cotidiana. También, por la Avenida Díaz Vélez, a fines de la década del 30', proyectó su figura el "vasco de la carretilla", un extraordinario personaje que desde el norte argentino había comenzado un viaje a pie, moviendo su carretilla y cuya meta final era la Plaza de Mayo. Asimismo, en ese lugar del parque tenían su taller los hermanos Gálvez, afamados pilotos de carrera. Las calles interiores que circundaban al parque eran su pista de pruebas.

    Y también dentro del parque se erige el Hospital Durand, cuya existencia se debe al doctor Durand. Luego de su muerte, en un armario de su dormitorio, se halló un maletín de dinero con un pequeño mensaje: "Mis ahorros para la construcción de un hospital". Con esa suma se construyó después el hospital que conserva su nombre. En otro lugar cercano al parque, en Bogotá y Río de Janeiro, tuvo su sede la histórica editorial Haynes que editó el diario El mundo y la revista El hogar y Mundo argentino. Tras la desaparición de la editorial, el edificio fue demolido; pero antes, se salvó un globo terráqueo de cobre que coronaba el techo de la institución. 

     Y luego de mucho caminar con cascabeles de fantasía en los pies, la noche urde en la bóveda sus pinceladas de negros colores. Y mientras entrevemos el lago próximo, y los cercanos árboles, el búho quizá abandona su quietud en la fachada del museo. Tal vez, mientras agita sus alas, derrama los visos hipnóticos de sus ojos sobre la nervadura de cada uno de los ejemplares de las 1100 especies que florecen en el Parque Centenario. Roza la copa de alguna araucaria o un sauce, y escoge la rama de un árbol donde acomodar su calor. Y, desde allí, escruta, en silencio, el mundo cercano. Medita en la raíz nocturna de la luz, en el agua y su memoria. Y en el misterio que respira en nosotros cuando caminamos cerca del búho extraño, dentro del parque de la ciudad mágica.

   Aclaración: Fotos de murales y lago de Parque Centenario se pueden ampliar con un clik.

 

                                                ©  Temakel. Por Esteban Ierardo