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EL ARBOL, EL OBELISCO Y LA GALERIA
Texto Esteban Ierardo
Fotos Luis Sanjurjo
Aquí nos encontramos para este segundo devenir imaginativo por la ciudad del sur, Buenos Aires. Caminaremos entre edificios, calles, árboles y galerías. Un deambular por la urbe que anhela recuperar símbolos e imágenes trascendentes. En esta segunda caminata descubriremos dos ideas arropadas en cemento, piedra o madera: la superación de lo que se muestra como realidades opuestas y el puente, la unión, entre dos pliegues de lo real: el manifiesto, palpable, cercano y el ausente, imperceptible, invisible. Una segunda experiencia de transmutación de la ciudad moderna.
Como ya señalamos antes, parte del espíritu de esta sección en Temakel es
estimular a otros a que también caminen dentro de su ciudad o pueblo con fervor
poético en la mirada y un imaginativo calor en los pies.
Entre los edificios de la ciudad fluye una delicada brisa.
Varias almas inquietas nos reunimos bajo las ramas de un árbol particular,
situado en la esquina de Paraguay y Libertad, en un extremo de la plaza Alsina,
en Buenos Aires. Dedicamos algunos instantes a circundar el noble ser vegetal.
En silencio completamos un giro en torno al árbol. Luego, meditamos
en
el mensaje cotidiano que irradian las formas, los seres, el tiempo. Meditamos en
las señales que exhala el cercano árbol. Cuya dignidad se sostiene en dos
gruesos troncos. ¿Acaso el grosor de aquellas maderas habla de dos árboles o
de uno solo? El ser de las ramas y las verdes hojas comienza a interpelarnos.
Nos propone el desafío de apreciar su verdadera naturaleza. Al maravillarnos
ante él, trascendemos la indiferencia urbana habitual respecto al mundo vegetal
que sobrevive en los márgenes del asfalto y, por otro lado, recuperamos un
viejo poder: el de percibir un árbol, nuestro cercano árbol, o cualquier otro
objeto o ser, como un símbolo. En las antiguas culturas, el árbol fue
expresión de la vida y la resurrección. Las raíces arbóreas se adentran en
un centro que emana los primeros frescos filamentos de la vida. Así, el ser de
las largas ramas revela la fuente inicial de toda existencia. Sus hojas que
perecen en otoño y luego renacen en primavera, dicen que lo viviente nace y
muere. Pero luego renace.
Volvamos al árbol que late en la proximidad de nuestra piel. Él
nos entrega la ilusión de dos árboles que, en el fondo, son uno. La apariencia
de los dos opuestos, los dos árboles, se resumen en uno solo. Otro eco de una
arcaica percepción dentro de la moderna ciudad. Lo que se insinúa dualidad,
oposición, diferencia, detrás de lo aparente, es el resplandecer de una sola
realidad.
Decidimos continuar nuestro perceptivo caminar que nos conduce hacia el centro
de la plaza donde nos hallamos. Allí, se alza la estatua de Valentín Alsina.
Su hijo, Adolfo Alsina (1829-1877), fue gobernador de la provincia de Buenos
Aires en 1866. Durante el gobierno del presidente Nicolás Avellaneda, Alsina
fue su ministro de guerra y marina. En aquel entonces, los indios recorrían
con libertad la Pampa Argentina. Numerosos guerreros unidos animaban los
llamados malones. Para el gobierno argentino de aquel entonces, la libre
presencia indígena en la Pampa representaba una negación de la existencia
urbana y sedentaria y de los ideales de la civilización de origen europeo.
Perturbado por aquella diferencia de lo indígena, y para impedir su avance,
Alsina dispuso, en 1876, un extraño ardid defensivo: la construcción de lo que
en la historia argentina se conoce como la Zanja de Alsina, un vasto
hoyo de tres metros de ancho y dos de profundidad y más de cien kilómetros de
extensión precedido por una muralla de palos.
Curioso ingenio defensivo. Que también fue preámbulo de la futura
conquista y el genocida exterminio casi completo del indígena en la campaña
del general Roca, en 1879. La firme mano extendida entonces de Alsina padre
manifiesta un anhelo de dominación que luego heredará el hijo. Un expansivo y
destructor impulso conquistador de lo otro, de lo extraño, del indio. Impulso
que mana de un centro diferente a aquel en el que el árbol antes empotraba sus
raíces. No el centro creador de vida. Otro centro revela la inmóvil fisonomía
del personaje histórico: el del proyecto político de conquista violenta, de
asesina aniquilación de lo extraño.
Gracias a otro caminar, en un reducido espacio físico, en una
pequeña plaza de la ciudad del sur, ya nos hemos encontrado con el árbol como
símbolo arcaico, y la estatua del político como expresión de una nefasta
fuerza destructora. Estos dos opuestos son irreconciliables. Pero no las dos
cabezas de águila que enfilan sus agudas miradas hacia direcciones
diferentes.
La
imagen pertenece a la fachada del Teatro Cervantes en el cruce de Libertad y
Avenida Córdoba. En las ancestrales mitologías, el águila se asocia con el
fuego, el trueno y el aire. Su contracara es la lechuza, pájaro de la oscuridad
nocturna y la muerte. Su equivalente en la tierra es el león. El águila se
hermana estrechamente con el sol y con el poder masculino de la fecundación.
Desde el norte de Europa hasta el Extremo Oriente, el ave de intensa mirada se
enlaza con la nobleza heroica y con los dioses de la guerra y el poder.
El águila: el ave de Júpiter para los romanos. Cuando eleva su
emplumado cuerpo entre la tormenta, el águila destruye lo inferior y adquiere
el atributo de lo volátil y ligero. Cuando el pájaro de afilado pico vuela a
través del cielo zodiacal de Géminis, se transforma en águila bicéfala,
afín a la deidad romana Jano. En el águila bicéfala acontece un agon,
combate, un polemos, guerra, donde lo superior prevalece sobre lo
inferior. Triunfo acaso testimoniado por la corona sobre las dos cabezas. Según
Jung, la corona es emblema de la transmutación espiritual de lo instintivo. La
corona radiante es un tercer elemento que supera y contiene los dos principios
antes en conflicto (espíritu e instinto), ahora reconciliados.
Otra imagen en la arquitectura urbana donde las fuerzas opuestas son
trascendidas en una realidad más vasta y superior. La unión de los contrarios
y sus propagaciones también pueden sorprendernos cerca, en otro sitio de la
ciudad. Sólo es preciso continuar nuestras pisadas evocadoras de símbolos.
Así, caminamos hasta la esquina de Talcahuano y Tucumán. Allí se yergue un
edificio conocido como la Torre Massué (por su arquitecto constructor); un
ejemplo del estilo de art nouveau.
La
Torre Massué estuvo a punto de ser demolida para dar lugar a una construcción
moderna. Pero lo que iba a ser la sustitución de lo antiguo por lo moderno fue,
en definitiva, una unión: la vieja torre fue preservada; en su derredor, como
un collar de listones metálicos y cristales, surgió la nueva construcción.
Ejemplo poco frecuente en la arquitectura de las ciudades: las cristalinas
paredes de lo contempóraneo como radiante y serena extensión de un arte
arquitectónico más vetusto. Y en el extremo de la torre emergen las presencias
encantadas de cuatro rostros femeninos de argamasa. Tras la remodelación del
edificio sólo son visibles directamente tres. Ahora, el semblante de una de las
mujeres permanece oculto. Acaso una señal del misterio que perdura más allá
de nuestro entorno tridimensional; y más allá del ritmo femenino de la
luna. Las tres mujeres que permanecen visibles quizás se unen en las noches de
la ciudad del sur con los tres momentos de la vida lunar: primero,
luna
que aparece plateada, fulgurante, relumbrante; luego, luna que muere durante
tres noches; y, en tercer término, luna que renace como nueva señora de las
vastedades nocturnas. Este último momento de la tercera esfera selenita,
aquella que renace, es la que supera la vida anterior, y la muerte de la vida
previa, en una nueva existencia que contiene y une lo que de otra manera sería
lo vivo opuesto a lo muerto.
Permanecemos embelesados por algunos instantes en la contemplación de las tres
señoras que exhalan magia desde su hogar en la altura de la torre. Y, al bajar
la vista, cerca podemos apreciar el edificio de los Tribunales, la estatua de
Lavalle (un importante general y político en la historia argentina), y el
Teatro Colón. Y también aspiramos en la proximidad la erguida gracia de varios
árboles. Quizá por eso, en este caminar, se nos ocurre otra vez imaginar el
lugar donde el árbol adentra sus raíces. Sus labios anhelantes de la rica agua
subterránea. El árbol se posa en la fuente de lo viviente, en el manantial
donde la vida aflora. Un sitio que conduce a un centro del que todo surge. Una
centralidad que habíamos percibido como opuesta a la de la voluntad política
de dominio. Recordar lo que se emplaza en un centro nos guía hacia, quizá, la
figura paradigmática de la ciudad del sur: el obelisco.
El
obelisco fue construido bajo el influjo de antiguos simbolismos cosmológicos;
lo cual es una derivación de los obeliscos del Antiguo Egipto. Ya en 1880, en
Escocia, Charles Piazzi Smyth, astrónomo real de Escocia, afirmó que las
pirámides egipcias fueron construidas según magnitudes que revelaban el radio
medio del planeta, las distancia al Astro Rey y la circunferencia de la tierra.
Las antiguas pirámides y obeliscos, como el obelisco de la ciudad del sur,
expresan medidas cosmológicas tal como lo manifiesta el arquitecto argentino
Carlos Hilger en su artículo
Egipcios porteños.
El Obelisco que hoy refulge en la sucesión de las noches y los días,
fue inaugurado el 23 de mayo de 1936. Se erigió sobre el solar de la Iglesia de
San Nicolás de Bari, sitio donde la bandera argentina flameó por vez primera.
Antes de su definitiva inauguración, se produjo un singular debate sobre los
materiales a emplear en su construcción. En el mundo antiguo, los meteoritos,
las incandescentes piedras de origen celeste, eran estimadas como manifestación
de las esferas superiores en la tierra. El Obelisco de la ciudad del sur debía
entonces realizarse con un metal meteórico; en particular con el material
ferroso de los meteoritos que se precipitaron en la provincia argentina del
Chaco, en el contexto de lo que, quizás, fue la lluvia de aerolitos más
intensa que registra la historia de la tierra. Pero la propuesta del obelisco
meteórico no prevaleció. Finalmente, fue modelado con piedra clara proveniente
de la provincia de Córdoba.
El obelisco de la ciudad moderna del sur es el centro espontáneo
de multitudes de reuniones, protestas políticas, de festejos populares. Centro
del fervor popular. Este sitio del regocijo ciudadano, ¿no puede ser imaginado
como una inconciente evocación del centro irradiador de la primera vida? La
estirpe egipcia del obelisco nos permite intuir un inesperado paralelismo con el
más conocido mito egipcio de la creación y su noción de centro. En la tierra
de los faraones, se imaginó que, en un comienzo, sólo existía un océano
primordial, el océano Nun. Luego, en su centro, emergió la colina primordial,
un centro desde el que después se irradia el mundo del cielo y la tierra. En
distintas versiones del mito, en la cima de la colina se halla una barca solar,
una escalera doble, o un pájaro sobre una estaca. La colina se emparenta con la
montaña, y la montaña con el obelisco. El obelisco, colina, montaña, en un
centro de la creación rodeado de agua, mar, océano. El obelisco de Buenos
Aires se halla circundado por la Avenida 9 de julio, la más ancha avenida del
mundo. Por ella, circulan veloces multitudes de automóviles. El movimiento de
los rodados metálicos nos recuerda el continuo desplazarse de las olas de un
mar, de un océano donde nada quieto hay, una extensión líquida desde cuyo
centro emerge una colina y un Obelisco desde el cual, simbólicamente, se
irradia la vida y el mundo. Quizá, aquel centro que emana lo vital, no es sólo
la colina primordial egipcia. ¿No podrá albergar el mismo valor simbólico el
Obelisco que se yergue en el centro espontáneo de expresiones populares de un
país del sur?
Contemplamos en silencio la pequeña pirámide. Mientras tanto, una
polifonía de motores, voces y viento desembocan en la bahía de nuestros
oídos.
Luego, advertimos que el obelisco visible, el que vocifera su grandeza en la
ciudad nos ha impulsado hacia otro obelisco imperceptible, invisible, secreto.
Una imagen en los ojos puede unirnos con una realidad sutil no directamente
observable. Un reencontrarse de dos realidades paralelas. Unión de dos pliegues
de existencia que son un único hálito viviente. El encuentro de aquellas dos
orillas puede consumarla una galería.
La galería Guemes quizás. Otro sitio henchido de una disimulada
magia en la ciudad del sur. Hacia fines del siglo XlX, Argentina experimentaba
un fuerte desarrollo económico. Su perfil productivo era básicamente
agrícolo-ganadero
exportador. La bonanza comercial se ligaba con una valoración de los
refinamientos de la cultura francesa en desmedro de toda tradición española.
En esta situación Buenos Aires importa el modelo de la galería comercial que
surge en Londres en 1790 con la Royal Opera Arcade. El homo mercator
reemplaza al homo sapiens; pero el primero no se conforma con la
acumulación de la riqueza material. También aspira a embellecer
artísticamente el espacio donde circulan las mercaderías. Es así como nace la
Galería Guemes. Fue construida en 1915 por Francesco Gianotti (1881-1967). Su
modelo fue la galería Vittorio Emmanuele, de Milán. Todo fue diseñado por
él, desde picaportes y lámparas hasta los tres subsuelos y dos grandes
cúpulas de claraboya que componen la galería.
Y por aquella galería deambuló hace varias décadas un joven de espigada
figura y un rostro poblado por duendes y poesía. En los dedos de su mano
izquierda, siempre poseyó un cántaro de creación. Cuando recorrió por
primera vez la galería Guemes o quizás después, advirtió que una situación
fantástica visitaba su mente. Un agente de bolsa de Buenos Aires, en la primera
mitad del siglo veinte, recorría con deleite esa misma galería. Ingresaba en
ella por la entrada de la calle Florida y, luego, al arribar a la salida, sobre
la calle San Martín, irrumpía en el París de la segunda mitad del siglo XlX.
Allí convivía con prostitutas y, con ellas, padecía la angustia y la intriga
por el acecho de un misterioso criminal, llamado Laurent. Muchas veces, el
ciudadano de Buenos Aires atravesó la fantástica galería-puente. Así
accedía a otro tiempo separado pero que, sin embargo, era paralelo a la
temporalidad conocida, habitual. Dos orillas temporales que necesitan un puente
que las uniera. El escritor del cántaro de la creación es Julio Cortázar,
quien plasmó la situación antes descripta en El otro cielo, en el
volumen de relatos Todos los fuego el fuego. Allí, le hace decir al
narrador: "...casi siempre mi paseo terminaba en el barrio de las galerías
cubiertas, quizá porque los pasajes y las galerías han sido mi patria secreta
desde siempre. Aquí, por ejemplo, el Pasaje Guemes, territorio ambiguo donde ya
hace tanto tiempo fui a quitarme la infancia como un traje usado. Hacia el año
veintiocho, el pasaje Guemes era la caverna del tesoro en que deliciosamente se
mezclaban la entrevista del pecado y de las pastillas de menta, donde se
voceaban las ediciones vespertinas con crímenes a toda página y ardían las
luces de la sala del subsuelo donde pasaban inalcanzables películas
realistas."
Luego de todo este devenir, ¿no podría ocurrir que su ahora
ingresamos a la galería Guemes por la calle Florida quizá podríamos sentir un
escalofrío mientras avanzamos hacia el otro extremo en la calle San Martín.
¿Del otro lado nos esperara la calle conocida o alguna inesperada playa de un
tiempo imprevisible, que coexiste, secretamente, con nuestra existencia
corriente?
Y, al alejarnos de la galería, advertimos cómo el negro aroma de
la noche perfuma la bóveda.
Y entonces, trenzas titilantes de estrellas se mecen en la
distancia. Nuevamente recordamos que en las formas cercanas de la ciudad
centellean puentes, vasos comunicantes con otros pliegues de lo real que rozan
nuestros ojos empolvados. Puentes que asumen las líneas de galerías,
obeliscos, árboles o edificios.
Y mientras deambulamos por la calle Florida, ante el torso
centelleante de la noche, evocamos un distante leño de la imaginación: para el
pueblo altaico el cielo es una gran carpa, un vasto toldo. En su extremo
superior, existe una abertura, un pequeño espacio abierto a través del que el
alma de sus chamanes podía trascender el estrecho cofre del mundo más conocido
y adentrarse en un cielo paralelo, en principio imperceptible, que acompaña la
miel y el polvo más cercanos a nuestros cuerpos.
No interrumpimos la caminata mientras el gran toldo celestial de
los altaicos se extiende sobre la ciudad del sur. Y entonces nos acecha el
presentimiento de que los quietos y pesados edificios que nos rodean también
protagonizan una embelesada observación. Escudriñan aquel lugar del cielo
donde se halla la abertura a través de la que pueden unirse nuestras huellas en
el asfalto con los dibujos secretos de las alturas.
© Foto Luis Sanjurjo, salvo foto luna y última foto Galería Guemes.
© Temakel. Por Esteban Ierardo