RECORRIDOS POR
CALLES Y VEREDAS (*)
Este
caminar nos propone un nuevo rumbo, ya sin mapas ni locaciones: la
senda que se evade en lo cotidiano, la que nos pierde y es fuente de
inagotables anécdotas que en su momento sufrimos pero que al
narrarlas reímos de ellas. Este camino es, en fin, el que nos pierde
y nos somete al sabroso temor de lo inesperado, una suerte de
no-camino: el franqueo de ciertos límites y rutas previamente
impuestas donde la elección queda librada a la búsqueda que cada uno
haga. Sugerimos, tal vez, volver a gatear por la ciudad y abrir las
compuertas al reencuentro.
Para compartir, aquí presentamos a dos gigantes
escritores recorridos por las calles y veredas que trazaron surcos en
sus almas y se lo reconocieron con unos versos. Ahora, las estrofas,
vuelven a la fuente que les dio nacimiento, y nos encontramos, en el
Parque Thays con un mural cuyas paredes gozan de un poema de Julio
Cortázar y otro de Jorge Luis Borges.

Y
al acercarnos, desde nuestro gatear, se abrió el oído y escuchamos
el diálogo que mantuvo el árbol, la calle, la vereda y el cordón
para que nos dijeran:
-¡Siempre
tan cerca, tan distante, siempre tan para otra cosa! -gritó el árbol
enojado-.
-Y
es claro, si ella encima con los chicos ahí saltando, y yo...
-¿Y
vos, qué? Si corrés y te perdés, más allá. Siempre la misma,
coqueta,
amatista en la noche, vía firme hacia...
-Hacia,
hacia, pero ¿dónde estoy o, mejor dicho, quién soy? Si no me miran,
si su vista está pendiente de lo que pasa por encima, ¿te das cuenta
que no estoy?
-¿Cómo
no? Si ahí, a mi lado. ¿De qué te quejás? Al menos tenés nombre.
-A
tu lado, claro, pero tan diferente. Sí, ya veo cómo es la cosa, ¿nombre?
Para lo que me sirve, como si fuera realmente mío. Si es el de uno de
ellos, el de algún prócer u hombre ya muerto, del pasado.
-¡Sí,
pero tenés! ¿qué más querés? Si al fin y al cabo te bautizan con
los hombres que antes anduvieron sobre mí, como homenaje a los que a
mí me recorrieron.
-Para
vos es fácil, si total. Siempre te andan por encima, taconeando. E
incluso alguno te pinta o dibuja, en alguna peatonal, con sus tizas o
pinturas mientras los chicos traviesos chapotean en tus charcos.
-Lo
que vos quieras, pero ¿qué me decís?, vos, que te internás en
lugares a los que, y andás por ahí, entre montes, por la selva y a
todos lados llegas.
-¿Y?
-Y,
y, ¿cómo que y? No te das cuenta que yo estoy acá, enredada a la
ciudad que se acaba tan
de pronto, justo cuando el aire empieza a cambiar, a transparentarse,
justo cuando empiezo a ver con más claridad, a respirar de verdad ¡Zácate!,
desaparezco, mientras vos seguís, errante, a la distancia.
-¿Pero
vos creés que llegar allá o estar allá es interesante, es estar o
llegar? Si mi destino es ser un medio, invisible, nunca un fin.
-Ya
de nuevo, sos terrible; por lo menos un poeta de vos dijo, “que
ahondan el poniente”. ¿Te das cuenta?, nada menos que el poniente.
¿Es que nada te conforma?
-¿Y
a vos?, un fin para tantos, albergue de muchos que sobre vos
descansan.
-Sí,
de muchos "sin casa", como se los llama, ¿albergue de quién?
Qué sé yo, es que tantas veces siento que no hay quien me sienta,
porque ahora ni los chicos. Hasta ellos
me
recorren, no se paran a mirarme, dibujarme o hacerme cosquillas con
sus
bolitas de vidrio o figuritas. Son muy pocos los que quedan que se
animan
a jugar. Todos tan ensimismados,pasan ciegos a...
-Y
ahí te veo, ves, hablás de juego. En cambio, conmigo o sobre mí,
quién
se atreve.
-No
sé, es diferente, si vos estás para otra cosa. Pero pará, pará,
porque
ahora
que pienso bien, en la senda blanca, en las esquinas, hay veces que
alguno, diferente, prolonga el juego que venía haciendo conmigo y se
salta los espacios: los negros o los...
-Ahí
está, pisa franjas blancas, como si yo fuera un estigma, ¿cómo
pensar otra cosa?
-¿Por
qué siempre tan oscura?
-Porque
así me han hecho, de petróleo, ¿o estás ciega?
-¿Ciega,
yo? No, sólo cansada.
-¿De
qué, no ves la trama de tus líneas, el tejido que ahí formas, las
baldosas que te traman coloridas y que alternan tus cien metros con
sus tejidos de roca?
-Vos
también tenés lo tuyo, y no sólo sos cinta, porque ahí entre los
barrios
desplegás tus dientes pétreos, en tu prado adoquinado,
multiforme y colorido.
-¿Colorido?
Como mucho gris.
-¿Y
la ciega era yo? ¿No ves los infinitos reflejos con que las luces
colorean reflejadas sobre el agua que recorre por tus piedras, sobre
las que se zambullen las estrellas. ¿Quién de las dos está ciega?
-Tal
vez ambas, incapaces de ver lo que a cada una llena; limitadas por un
cordón que nos separa, no nos une: límite entre el peatón y el
automovilista, cordón que divide y desune.
-¿Él
es culpable, o somos nosotras que no lo vemos como posible contacto y
relación? ¿Qué tendrá él para contarnos?
-¡Yo!
-alzó su voz el cordón-. Uff, yo contorneo feliz sus territorios: de
un lado soy calle, un poquito por abajo; del otro: vereda, asiento
para algunos y hasta canal o río para el barquito que zarpa de unas
manos regordetas y lo llevo al centro mío, en canales subterráneos
hasta el río o a un lago.
-Es
que a vos siempre te miran -lo interrumpió la calle-.
-Sí,
y cuando no, me estiro un poco para que tropiecen, no me olviden. Para
que la próxima me salten, me tengan en cuenta –dijo el cordón
entre dientes-.
-Ahí
tenés, ¿no ves? -irrumpió la vereda-. Él disfruta su estado,
porque vos o yo, en su lugar, estaríamos lamentando que sus pies nos
evaden.
Él, en cambio, goza en su
forma.
-Y
claro -se iluminó toda la calle-. Por qué no aprovechar el ir hacia,
llevar por la vía, llegar hasta allá, hacer conocer, correr bajo árboles,
escalar cerros, puentes, autopistas, por ciudades y entre barrios.
-Cierto
-prosiguió la vereda-. Por qué no aprovechar el calor de los cuerpos
que cansados se amodorran en mí, el golpeteo de puntudos tacos por
"el centro" y el de mullidas suelas por los barrios. Y por
qué no, el laberíntico ambular entre ciudades, el roce de una hoja y
la caricia de la sombra que vos, árbol certero, nos echás desde ahí
arriba, con ajena sabiduría.
Las
calles
¿Por
qué cuando caminan sobre nosotras,
no se fijan ni nos miran y pasean sin vernos?
Sólo el bache, el agujero, la carencia es destacada
mientras
en las elegantes corren siempre, desinteresados.
Pero nosotras estamos ahí: piel callosa de ciudad,
abrigo de tierra, confort de pies y ruedas.
Espacio para el juego, entre el cielo y la tierra,
camino para muchos, para otros el infierno.
"¡A la calle!" -se les dice-, y empiezan a temblar,
como si yo fuera la margen, el exilio último,
destino final jamás querido.
Y en mí, ahora que pienso, quedas libre,
al azar, adonde tus pasos te lleven, abierto al sol,
derecho, en zig-zag, o como vos lo desees.