Inicio Temakel    Volver caminatas urbanas  Mapa del sitio Contacto   

    

 

 

 

 

 RECORRIDOS POR CALLES Y VEREDAS (*)

                                                    

Este caminar nos propone un nuevo rumbo, ya sin mapas ni locaciones: la senda que se evade en lo cotidiano, la que nos pierde y es fuente de inagotables anécdotas que en su momento sufrimos pero que al narrarlas reímos de ellas. Este camino es, en fin, el que nos pierde y nos somete al sabroso temor de lo inesperado, una suerte de no-camino: el franqueo de ciertos límites y rutas previamente impuestas donde la elección queda librada a la búsqueda que cada uno haga. Sugerimos, tal vez, volver a gatear por la ciudad y abrir las compuertas al reencuentro.

Para compartir, aquí presentamos a dos gigantes escritores recorridos por las calles y veredas que trazaron surcos en sus almas y se lo reconocieron con unos versos. Ahora, las estrofas, vuelven a la fuente que les dio nacimiento, y nos encontramos, en el Parque Thays con un mural cuyas paredes gozan de un poema de Julio Cortázar y otro de Jorge Luis Borges.

fotocucuatropcortazar.jpg (12196 bytes)               fotocucuatropborges.jpg (40513 bytes)

 

Y al acercarnos, desde nuestro gatear, se abrió el oído y escuchamos el diálogo que mantuvo el árbol, la calle, la vereda y el cordón para que nos dijeran:

-¡Siempre tan cerca, tan distante, siempre tan para otra cosa! -gritó el árbol enojado-.                                                        

-Y es claro, si ella encima con los chicos ahí saltando, y yo...

-¿Y vos, qué? Si corrés y te perdés, más allá. Siempre la misma, coqueta, amatista en la noche, vía firme hacia...

-Hacia, hacia, pero ¿dónde estoy o, mejor dicho, quién soy? Si no me miran, si su vista está pendiente de lo que pasa por encima, ¿te das cuenta que no estoy?

-¿Cómo no? Si ahí, a mi lado. ¿De qué te quejás? Al menos tenés nombre.

-A tu lado, claro, pero tan diferente. Sí, ya veo cómo es la cosa, ¿nombre? Para lo que me sirve, como si fuera realmente mío. Si es el de uno de ellos, el de algún prócer u hombre ya muerto, del pasado.

-¡Sí, pero tenés! ¿qué más querés? Si al fin y al cabo te bautizan con los hombres que antes anduvieron sobre mí, como homenaje a los que a mí me recorrieron.

-Para vos es fácil, si total. Siempre te andan por encima, taconeando. E incluso alguno te pinta o dibuja, en alguna peatonal, con sus tizas o pinturas mientras los chicos traviesos chapotean en tus charcos.

-Lo que vos quieras, pero ¿qué me decís?, vos, que te internás en lugares a los que, y andás por ahí, entre montes, por la selva y a todos lados llegas.

-¿Y?

-Y, y, ¿cómo que y? No te das cuenta que yo estoy acá, enredada a la ciudad  que se acaba tan de pronto, justo cuando el aire empieza a cambiar, a transparentarse, justo cuando empiezo a ver con más claridad, a respirar de verdad ¡Zácate!, desaparezco, mientras vos seguís, errante, a la distancia.

-¿Pero vos creés que llegar allá o estar allá es interesante, es estar o llegar? Si mi destino es ser un medio, invisible, nunca un fin.

-Ya de nuevo, sos terrible; por lo menos un poeta de vos dijo, “que ahondan el poniente”. ¿Te das cuenta?, nada menos que el poniente. ¿Es que nada te conforma?    

-¿Y a vos?, un fin para tantos, albergue de muchos que sobre vos descansan.

-Sí, de muchos "sin casa", como se los llama, ¿albergue de quién? Qué sé yo, es que tantas veces siento que no hay quien me sienta, porque ahora ni los chicos. Hasta ellos

me recorren, no se paran a mirarme, dibujarme o hacerme cosquillas con

sus bolitas de vidrio o figuritas. Son muy pocos los que quedan que se

animan a jugar. Todos tan ensimismados,pasan ciegos a...

 

-Y ahí te veo, ves, hablás de juego. En cambio, conmigo o sobre mí,

quién se atreve.

 

-No sé, es diferente, si vos estás para otra cosa. Pero pará, pará, porque

ahora que pienso bien, en la senda blanca, en las esquinas, hay veces que alguno, diferente, prolonga el juego que venía haciendo conmigo y se salta los espacios: los negros o los...

-Ahí está, pisa franjas blancas, como si yo fuera un estigma, ¿cómo pensar otra cosa?

-¿Por qué siempre tan oscura?

-Porque así me han hecho, de petróleo, ¿o estás ciega?

-¿Ciega, yo? No, sólo cansada.   

-¿De qué, no ves la trama de tus líneas, el tejido que ahí formas, las baldosas que te traman coloridas y que alternan tus cien metros con sus tejidos de roca?

-Vos también tenés lo tuyo, y no sólo sos cinta, porque ahí entre los barrios desplegás tus dientes pétreos, en tu prado adoquinado, multiforme y colorido.

-¿Colorido? Como mucho gris.

-¿Y la ciega era yo? ¿No ves los infinitos reflejos con que las luces colorean reflejadas sobre el agua que recorre por tus piedras, sobre las que se zambullen las estrellas. ¿Quién de las dos está ciega?

-Tal vez ambas, incapaces de ver lo que a cada una llena; limitadas por un cordón que nos separa, no nos une: límite entre el peatón y el automovilista, cordón que divide y desune.

-¿Él es culpable, o somos nosotras que no lo vemos como posible contacto y relación? ¿Qué tendrá él para contarnos?

-¡Yo! -alzó su voz el cordón-. Uff, yo contorneo feliz sus territorios: de un lado soy calle, un poquito por abajo; del otro: vereda, asiento para algunos y hasta canal o río para el barquito que zarpa de unas manos regordetas y lo llevo al centro mío, en canales subterráneos hasta el río o a un lago.

-Es que a vos siempre te miran -lo interrumpió la calle-.

-Sí, y cuando no, me estiro un poco para que tropiecen, no me olviden. Para que la próxima me salten, me tengan en cuenta –dijo el cordón entre dientes-.  

   -Ahí tenés, ¿no ves? -irrumpió la vereda-. Él disfruta su estado, porque vos o yo, en su lugar, estaríamos lamentando que sus pies nos evaden. Él, en cambio, goza en su forma.

-Y claro -se iluminó toda la calle-. Por qué no aprovechar el ir hacia, llevar por la vía, llegar hasta allá, hacer conocer, correr bajo árboles, escalar cerros, puentes, autopistas, por ciudades y entre barrios.

-Cierto -prosiguió la vereda-. Por qué no aprovechar el calor de los cuerpos que cansados se amodorran en mí, el golpeteo de puntudos tacos por "el centro" y el de mullidas suelas por los barrios. Y por qué no, el laberíntico ambular entre ciudades, el roce de una hoja y la caricia de la sombra que vos, árbol certero, nos echás desde ahí arriba, con ajena sabiduría.   

                            Las calles

 

        ¿Por qué cuando caminan sobre nosotras,

       no se fijan ni nos miran y pasean sin vernos?

   Sólo el bache, el agujero, la carencia es destacada

mientras en las elegantes corren siempre, desinteresados.

 

  Pero nosotras estamos ahí: piel callosa de ciudad,

          abrigo de tierra, confort de pies y ruedas.

       Espacio para el juego, entre el cielo y la tierra,

        camino para muchos, para otros el infierno.

 

    "¡A la calle!" -se les dice-, y empiezan a temblar,

        como si yo fuera la margen, el exilio último,

                    destino final jamás querido.

 

           Y en mí, ahora que pienso, quedas libre,

      al azar, adonde tus pasos te lleven, abierto al sol,

         derecho, en zig-zag, o como vos lo desees.

 

       (*) Fotos y texto Andrés Manrique

 

 

                                                ©  Temakel. Por Esteban Ierardo