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EN PLAZA SAN MARTÍN Y RETIRO: LA TORRE, EL HÉROE Y
EL TOTEM
Texto Esteban
Ierardo
Fotos Andrés
Manrique
En Plaza San Martín y Retiro, en la ciudad de Buenos Aires, se reúnen lugares que rezuman
múltiples simbolismos. En esta oportunidad, caminaremos bajo las
estampas de una torre, un épico grupo escultórico y un totem
canadiense. Y en este deambular descubriremos paisajes inesperados de
imágenes y significados. Cerca de Plaza San Martín, vivieron el premio
nobel de literatura, el guatemalteco Miguel de Asturias; el surrealista
Oliverio Girondo; y Borges, quien le dedicó al paseo público su poema
Plaza San Martín.
Como siempre señalamos, parte del espíritu
de esta sección en Temakel es estimular a otros a que también
caminen dentro de su ciudad o pueblo con fervor poético en la mirada y
un imaginativo calor en los pies.
El viento habla con susurros entre las copas de los árboles de
la Plaza. Plaza San Martín. Entre el extremo de las ramas y las raíces
arbóreas, se extiende la madera,
el tronco que enhebra superpuestos discos, señales circulares que
develan la edad del árbol. Anillos de antiguedad vegetal. No sólo las marcas del tiempo pueden superponerse.
También en un tronco pueden yuxtaponerse espacios, anillos de espacio pertenecientes a distintas épocas.
Así, caminemos dentro de los anillos de espacio que todavía son en una
Plaza de Buenos Aires, la ciudad del sur...
En las cercanías donde ahora vive la Plaza San Martín, a fines del s. XVll, se yergue la Eremita de San Sebastián. Lugar de retiro espiritual, arquitectura
cerrada para que los seres mediten en la brisa íntima del alma.
Luego, en 1692, el gobernador Agustín de Robles adquiere
de Miguel de Riglos amplias parcelas de tierra y construye una casa de campo que
adquirirá el nombre por el que ya era conocida la zona: El Retiro.
En 1704, el gobernador de Robles abandona el Río de la Plata. La casa es rentada a
la Compañía Francesa de Guinea, que dedica el predio al mercado de
esclavos. El mismo destino le imprime al sitio, en 1721, la South Sea
Company, la Companía Inglesa que también trafica esclavos africanos. Esclavitud:
sujeción del hombre sobre su igual que el escritor
argentino Manuel Mujica Lainez
recrea en su relato La pulsera del cascabel.
La dominación también puede derivar en muerte,
asesinato. Tal es lo que ocurre en el Plaza cuando allí se construye
una Plaza de Toros que, por el año 1801, posee una capacidad para 10.000
espectadores. La mayor asistencia de público a la Plaza acontece en la
corrida del 4 de diciembre de 1809 con 3.000 personas.
A
través del ámbito de la Plaza de Toros, el esclavo negro ahora es sustituido por
el animal astado, el toro exaltado, sometido a detención, provocación y
muerte. Un primer anillo del tronco de las superposiciones espaciales es
entonces la Eremita, la Casa
de Campo, el mercado de esclavos y la Plaza de Toros, con su animal burlado, vejado, desangrado. En
un segundo anillo de espacio, el hombre (africano) y el animal (toro) comparten la
penumbra de un yugo común.
La
paradoja, los dientes irregulares de la contradicción, trituran,
carcomen, la existencia. Los colmillos de lo contradictorio también
muerden los espacios, los anillos espaciales, yuxtapuestos, de la Plaza. En algunos de esos
anillos, hay esclavitud y, en otro, emancipación. El brazo de héroe como
lanza destinada a la emancipación:
En 1862 se crea el Monumento al General San Martín y a los
ejércitos de la Independencia. El monumento, obra de Louis Joseph
Daumas, exhibe la primera estatua ecuestre de la ciudad.
El basamento del edificio es realizado con granito rojo sueco. El jinete, el que extiende su brazo cual una lanza, es el
General San Martín. En 1814,
el General San Martín cruza con cuatro mil hombres las ríspidas
laderas de las altas montañas de la cordillera de los Andes para luego
vencer a un ejército español en la Batalla de Chacabuco. Victoria
contra los invasores godos en la que también late el previo triunfo
ante los piramidales muros de la cordillera andina.
En
los muros de la parte baja del monumento son visibles ocho altorrelieves
en alusión a la proeza sanmartiniana. En la región superior se
encuentra la estatua de Minerva. Apoyado sobre un pedestal más
pequeño, en uno de los extremos del Monumento, se hallan dos grupos
alegóricos: La Batalla y La Victoria. La Victoria aspira al ascenso, a clavar la espada del triunfo sobre pedestales resplandecientes entre las nubes.
Pero
un águila desciende y aferra a la victoria humana al suelo. El
territorio etéreo del cielo sólo admite como huéspedes permanentes a los
seres alados.
El águila retiene a la victoria, ansía impedir que la fuerza guerrera
triunfante se exalte a sí misma y desee conquistar la altura, el cielo
eterno de los dioses. La epopeya de los hombres
únicamente debe aspirar a fraguar un sol que alumbre desde una grieta
de la tierra.
Junto
con San Martín, combatieron varios cientos de negros. El negro que se
empapa de sangre para disolver la marca esclava de su piel. Por otra
parte, el caballo
que sostiene al San Martín victorioso, y el águila que detiene a la Victoria,
reflejan al animal transmutado, redimido. El animal ya no como presa de caza y
vejación, sino como vehículo de gloria y ascensión. Así, el
esclavo negro y el toro acribillado revierten su anterior destino.
El combate por la liberación supone certeza, determinación sin vacilación. La certeza guerrera se entreteje
con la seguridad de la fe religiosa. Pero fe y certeza nunca desvanecen su constante opuesto: el de
la duda. Las metrallas de la duda nacen de las palabras
y argumentos. Y de una sonrisa sarcástica, por ejemplo, corriendo sobre los lomos del
escepticismo y la refutación. Esa
sonrisa aflora en la estatua
La duda. Escultura ubicada a escasos pasos del monumento
sanmartiniano, fue realizada en mármol en 1906 por el escultor francés Louis Henri
Cordier (1853-1925). Muestra a un joven creyente. Que rezuma certeza junto a
su Biblia abierta. Pero el anciano, a su lado, lo cuestiona. Impele
sobre él la ventisca de la vacilación. Muy próximo, en vecindad, en
la Plaza San Martín, conviven el monumento del héroe y su certeza, y la
estatua de la duda. La duda que, en
apariencia, libera al escéptico de falsas creencias pero que,
paralelamente, le impide al que duda habitar en otra tierra que no sea un suelo
fangoso y frágil. Paradoja de la duda: duda que primero libera, desata,
y, después, instituye la certeza incuestionable de la duda misma.
Lo
paradoja de la duda, y lo paradójico como tal, es un desgarro. La colisión disonante de dos piedras.
Colisión, quizá, entre el grito de victoria guerrera y, luego, el
silencio de los soldados muertos. Colisión, choque ríspido de rocas, representado,
quizá, en la plaza San Martín por la victoria primero, y, luego, el fracaso respecto al inglés. Caminemos por
este nuevo anillo de espacio:
En 1806, el Imperio Británico ambiciona engullir al Río de la
Plata y al puerto y la ciudad que laten frente a sus aguas. El primer
intento, la primera invasión, deriva en un gran combate, en la Plaza de
Toros del antiguo Retiro. Allí, las fuerzas comandadas por Santiago
de Liniers quiebran las garras del león inglés. Luego, en 1807, ruge la segunda
invasión de Buenos Aires. Entonces,
800 argentinos, con estridente fiereza, otra vez hacen retroceder a los
invasores. La primera piedra inicia su movimiento impelida por el triunfo. Pero inicia entonces su trayectoria hacia otra roca, la
roca con la que colisionará. Roca que
comienza a moverse en 1982. En este año, la dictadura militar de la
Argentina invade las
Islas Malvinas. Maniobra política desesperada para acallar
la protesta popular y el derrumbe inminente del poder
antidemocrático.
Para enfrentar a
las superprofesionales tropas británicas se envía jóvenes conscriptos.
El cachorro casi indefenso frente al tigre guerrero. Desde el aire, la Fuerza Aérea argentina
logra hundir algunos
colmillos en el pecho inglés. Pero todo fue previsible. Más de 600 caídos
argentinos componen el silencio fúnebre del cementerio de San Carlos. En
Plaza
San Martín se los recuerda a través del Monumento a los Caídos. 649
nombres se
hunden en un mármol semicicular.
Amparados por el mástil y la bandera, que danza en el viento. Bandera
celeste y blanca que baila, quizá, con
el oculto deseo de devolver alegría y movimiento a los condenados a una
lúgubre sepultura. La segunda roca es así arrojada definitivamente en
el aire de la historia. La piedra de la victoria y luego la del fracaso
ante el inglés terminan por colisionar. Y eclosiona así el desgarro,
la disonancia. Sonidos opuestos como los que emiten un reloj y una
danza tribal.
Un especial reloj domina la Plaza y el ámbito de Retiro. Es el reloj que
corona la Torre de los ingleses .
En 1909, el Congreso
argentino aprueba por ley el ofrecimiento de los residentes británicos de
eregir una columna monumental en celebración del Centenario de la
Revolución de Mayo. En 1810, en Cabildo
abierto, los nativos proclaman su independencia respecto a la corona
española. La piedra fundamental de la Torre fue emplazada el 26 de noviembre de 1910.
Ambrose Poynter concibe el diseño del edificio conmemorativo. Le insufla un estilo renacentista. La altura de la torre es de 75,50m.
Tiene 8 pisos, su base es de 280 m. A 50 m del nivel del suelo, se
encuentra la terraza. Allí se halla el reloj que posee un cuadrante de
4,40 m de diámetro realizado con piezas de opalina inglesa. Su
funcionamiento es a péndulos y pesas. El péndulo pesa 100 kilos, su
longitud es de cuatro metros. Sobre los cuadrantes del reloj se delinean
las campanas de bronce que le confieren su peculiar sonido.
El reloj en la Torre. A veces, el sonido baña las playas de algo divino. La reminiscencia de esa sonoridad
sagrada nos aguarda en el Retiro, como luego veremos. Pero el sonido del reloj en la Torre de los Ingleses no es
salto a
lo divino. Es acústica de la medición, la fragmentación y control del
tiempo. A partir del Renacimiento, los relojes desplazan a los
campanarios de las iglesias. Las campanas anunciaban la Misa, evento de lo
ritual y sagrado. El reloj ahora mide el tiempo profano, el devenir de
los asuntos mundanales. Y señala, recuerda, la importancia de no
"perder tiempo", de utilizarlo correctamente para actividades
útiles y lucrativas.
Por
otra parte, la aguja del reloj moderno entra en conflicto con su otra
dimensión: el péndulo. El vértice de
la aguja batalla con el vaivén del péndulo. Lo pendular es el repetido ir hacia
atrás (flecha hacia el pasado), y el ir hacia adelante (brazo hacia el
futuro), siempre atravesando el capullo del presente. El tiempo pendular
es continuo vaivén. Expansión hacia uno y otro lado. Expansión, lo
contrario de una contracción. Y la aguja del reloj
es esencialmente esa contracción. Aguja que siempre se contrae a
señalar este instante, este presente, este ahora.
El
tiempo contraído de la aguja es afín a la veleta que sostiene la
cúpula de forma octogonal de la torre. La veleta de
la Torre de los Ingleses representa
a una fragata de tres mástiles de la época isabelina. La veleta se
entrega al viento. Alternativamente, el viento sopla hacia los cuatro
puntos cardinales, hacia todas las direcciones del mundo. Pero la veleta isabelina
en realidad, sólo navega en una dirección; la empuja una
fuerza unidireccional: el hambre de conquista del imperio
británico. Un barco con la silueta típica de la época de la Reina Isabel,
(como el de la veleta que aparenta ser permeable a todas las direcciones del espacio) es lo que
ostenta el navío de Sir Francis Drake. La nave pirata que acomete la
segunda circunnavegación de la Tierra. Nave que recorre todos los mares,
todas las direcciones, pero siguiendo el único sendero de la ambición de conquista de las Islas
Británicas. Así, la
veleta isabelina finge moverse en cuatro direcciones, pero su popa,
entre las espumas oceánicas, labra una senda de un único sentido.
El
tiempo contraído, encerrado en el instante presente de la aguja del reloj,
o la dirección única de la veleta isabelina, hablan de un siempre ir. La aguja en su siempre ir hacia la marca de
un nuevo segundo del tiempo medido; la
veleta que, detrás de la apariencia, siempre va hacia el único espacio
de la conquista. El siempre ir, es contrario al ir y venir del péndulo.
Y al siempre ir y venir de una estación
de tren. Ya desde sus orígenes, el Retiro
es zona de tránsito, de entrada y salida. Espacio pendular de la
continua partida y regreso. Este aspecto del espacio de Retiro es
confirmado por su Estación de Micros, principal enlace, por vía
terrestre, entre Buenos Aires y el resto del país. Y este movimiento del ir y venir,
lo confirma el metálico devenir de los trenes de Retiro. En 1905, se
concluye la primera estación ferroviaria de Retiro. Es un primer tramo hacia la ciudad de Rosario. En
1915, se inaugura el Edificio Central. Desde aquí, parten los trenes hacia
todo el interior y también hacia algunas vías suburbanas.
En
sus inicios, la Estación de Retiro es la construcción metálica más
grande del mundo. La obra posee un costo de 2 millones de libras
esterlinas. Cerca de 500 trenes entran y salen diariamente las 24 horas. Consta
de una gran entrada central para carruajes y automóviles; ocho plataformas de
35 metros largo y 6 de 250 metros de longitud; trece ventanillas para
venta de boletos; confitería para 500 personas; comedor para 100 personas
con acceso a la calle y hall revestido con madera de robles oscuros.
Decoración de lujo para
los años 50'.
El ir y venir, el salir y entrar del tren transcurre en la dimensión
horizontal de la tierra. El devenir viajero de locomotoras y vagones
es reunión y comunicación entre sitios separados del suelo terrestre.
No obstante, en el veloz correr del tren, bulle una voluntad
escondida de vuelo, de adquisición de una levedad capaz de erguirse hacia
las alturas. El humo de la vieja locomotora es signo del deseo de
ligereza, del anhelo de un remontarse hacia lo alto. Pero el volar para el tren, largo
animal terrestre, es expectativa
irrealizable. El vehículo de los rieles no puede transgredir su condición terrenal, su
entrar y salir de los nervios empolvados de la tierra.
¿Pero existe en el Retiro, cerca de la estación del partir y regresar
dentro del mapa terrestre, un ir y venir de lo
vertical, un juego de ascensos y descensos entre cielo y tierra? Ese
sitio existe en El Retiro. Su forma es espigada, alargada, fino dedo
de madera que emerge de la tierra y el pasto y se abre hacia alguna
escama azulada del cielo.
El camino del ir y
venir de lo vertical es un
totem. Un totem canadiense en El
Retiro, en Buenos Aires, la ciudad del
sur. Totem que se alza no muy lejos de la Villa 31, lugar de fijación
del hombre a la pobreza y la marginalidad.
A comienzos de la década del 60', la
Municipalidad decide crear una plaza llamada Canadá. Entonces, el
embajador canadiense concibe la idea extraña, mágica: donar a la ciudad
del sur un totem realizado por indígenas artesanos de Vancouver. El
totem es representación de animales míticos y de ancestros que
protegen a un clan. El
totem de la Plaza Canadá es réplica del Clan Geeksem, de la tribu
Kwakiutl. Una vez, en la costa del mar, este poste totémico surgió frente al
primer jefe, al
patriarca del clan, Geeksem. En su madera de cedro
rojo, desde su extremo superior hasta su base, se suceden: el águila, el
león marino, la nutria mariana y el pez (ballena) del clan. La altura del
poste totémico es de 21,50 m.
El totem trepa en la altura con su
soledad, chicoteado por dardos de indiferencia, rozado por marejadas humanas
que, apresuradas, fluyen día a día cerca de él. Es ornamento ignorado,
oropel fagocitado por la uniformidad del paisaje urbano. Pero tal vez
tanta indiferencia y olvido
puede cortar y fragmentar
un rostro, el rostro del patriarca del clan. Geeksem
muestra una herida que atraviesa sus labios. Resquebrajadura torneada
por el abandono.
Pero la cicatriz, la madera abierta en el rostro
del jefe, ¿es sólo señal de deterioro y descuido?
Quizá
haya algo más, quizá lo que
pareciera cicatriz acaso sea madera que recuerda, madera que abre sus
labios y delinea una abertura; acaso una vulva entreabierta hacia lo
originario. Corteza tallada de árbol que, en sí misma, alberga una abertura. ¿Pero abertura hacia
dónde?
Ante el totem, el indígena
se sustrae de su entorno profano conocido, de su presente tangible y próximo.
Gracias a la cercana visión del totem, el hombre arcaico visita
el tiempo inicial, la escena de los orígenes, la región sagrada que es
un arriba, cielo de sabiduría perenne, pasado acalorado por las
enseñanzas ancestrales de los antepasados, altura donde viven el animal
como espíritu protector, guardián. Ante el totem, el ojo humano se
propaga a la altura y luego regresa a la tierra horizontal. En la
alargada madera ritual perdura una puerta abierta, un ir y volver hacia el espíritu a través de una escalera,
un poste vegetal.
El
totem murmura el ir y venir hacia un cielo próximo. El totem
irradia la corporeidad de una sabiduría pagana. Una verdad divina que
vive en el cuerpo de la madera, en los rostros míticos en la
madera. Así, los hilos del espíritu se enredan entre los poros de la
materia.
Podríamos imaginar que el totem en El Retiro muestra su indiferencia ante la
vieja eremita. Al principio, mencionamos que el nombre de esta zona de Buenos
Aires procede de la Eremita de San Sebastián. Sitio de piadosa reclusión.
Senda de acercamiento a una divinidad inmaterial. El dios cristiano es
causa sui (causa de sí mismo), causa única de todo lo que es ante el ojo. Es
espíritu puro, verdad distinta, opuesta a la materia. En el siglo XVll,
sacerdotes hoy olvidados por la historia, invocan al dios
desencarnado, sin forma, sin rostro de animal u hombre. Los adoradores de esta divinidad no podrían contemplar asombrados la escalera vegetal, el poste sagrado,
el totem que es puente hacia el pasado mítico de los ancestros y los animales sagrados. Los
sacerdotes desvanecidos en el ayer, veneran al dios que exige el retiro,
el abandono del mundo, del árbol, del cedro, del águila, de la nutria y el
castor, de la primera tierra, del primer sol y de una nube inicial desplazándose
sobre un hombre y un totem.
Frente al
"retiro" la salida a través del poste indígena hacia un cielo mítico.
Y luego de mucho caminar entre los anillos invisibles de espacio de
Plaza San Martín y Retiro, advierto que, en algún crepúsculo lluvioso, el agua del firmamento impregna
al totem. Las gotas de la lluvia, acaso como una sutil serpiente, pueden
desplazarse dentro de la escisión del rostro del jefe indígena, de Geeksem.
Entonces, quizás la voz del agua persuade
Geeksem a recorrer
los alrededores, a explorar su extraño hogar urbano, a caminar con pies
desnudos sobre empapadas calles, sobre breve retazos de tierra húmeda.
Y el
ser con la resquebrajadura, con la abertura en el rostro,
deambula cerca de los trenes, las agujas y figuras
heráldicas de la Torre de los ingleses. Avanza lento, entre el camino de árboles de la Plaza San
Martín; y se detiene, acaso asombrado, ante el
monumento donde suspiros guerreros nacen de los soldados quietos y del jinete
que propaga su brazo con ademán determinado. Y, luego, quizá repara en la
cercana estatua de la duda. Y sin comprender, entiende que en el anciano
sarcástico hormiguea un error, una vacilación sin poder.
Y la lluvia, lenta, sigue
amando al Retiro. Y el jefe decide regresar al poste ritual, mientras en sus
tobillos burbujea un rumor, una demanda. El pedido de la tierra que, a través del poste y la
abertura, quieren alzarse hacia el hogar distante de las águilas.
Todas
las fotos son de Andrés Manrique, salvo foto de Estación
Retiro.
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