La luz,
lentamente, hace muchos seres de un mismo ser. Durante el día, un
mismo edificio es muchos. Cada instante, el cambio del ángulo de
incidencia de la luz y de su intensidad, transforma un edificio en
un nuevo ser. Si no percibimos estas mutaciones, no conocemos
aquello que pretendemos conocer. La ciudad que nos envuelve, sigue
siéndonos desconocida. Este es el primer ritmo de la secuencia
fotográfica de Mariano Baques donde un mismo paisaje urbano
atraviesa las arenas del día y la noche. Los edificios y calles, el
entorno todo, se muta en cada contorsión de tiempo, como también
lo revela el estudio fotográfico de Andrés Manrique en Ventanas.
El segundo clamor de la experiencia fotográfica de Baques es
apertura al repetido retorno, muchas veces, de la noche luego de los
bailes diurnos de la luz. Percibir la noche repetida es también la
percepción del amanecer que se repetirá y que iniciará una nueva
mutación de las cosas a través de la luz. Muchas veces se
reinstauran esas repeticiones. Y en este repetirse del cambio,
palpita también algo continuo, una disimulada eternidad. Pero
tendemos a no percibirlo. Las percepciones de estas mutaciones
urbanas que nacen de las pinceladas de noche y luz es lo que dimana
esta experiencia fotográfica y sensitiva que, mediante texto e
imágenes, nos propone Mariano Baques en este instante de Caminata
Urbana de Temakel.
Muchas
veces al enfrentarnos con objetos cotidianos, los cuales conocemos o
pensamos que conocemos, nos producen cierta sensación extraña. Lo
cotidiano puede presentarse de manera reconocible pero distinta;
llama nuestra atención o simplemente nos obliga a detenernos ante
su presencia. Generalmente estamos rodeados por objetos, edificios,
paisajes que suponemos conocidos, inmutables, pero siempre, aunque
la memoria los reconstruya de la manera más pura, dejan consigo una
impresión engañosa. Costumbre la nuestra (habitantes de ciudades)
de movernos en forma automática donde el paisaje va y viene, cambia
y se regenera delante de nuestros ojos pero fuera de la mirada. Pero
el enfrentamiento ante el mundo, de todos los días, puede
convertirse en una experiencia nueva y desconocida.
El día y la noche se suceden simultáneamente, día tras día,
noche tras noche, pero ese instante que emerge sobre la ciudad donde
la oscuridad se apodera del mundo y la noche toma el mando es
especial. Es un instante que no perdura en el tiempo pero que
involucra la eternidad. Dos fuerzas, el día y la noche, se abren
paso entre la materia. Y están en equilibrio. Es un instante, solo un
instante, el que estamos suspendidos entre dos fuerzas que,
recorriendo el mundo con un sordo bramido, aparecen y desaparecen,
chocando una y otra vez...y otra vez...
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