Biblioteca virtual temakel

  Inicio  Mapa del sitio Volver Biblioteca virtual  

 

 

   VER SACRUM

   Por Esteban Ierardo


 

    Volver Ver Sacrum 1

  

  
Natura

 

 ENTRE EL AGUA Y LAS PIEDRAS

 

En el agua y las piedras

hallo la niebla

donde sobreviven 

las almas que aún contemplan

la semilla de la lluvia y las praderas,

la miel de la mañana,

las sombras de los molinos 

en los labios del rocío.

 

Cuerdas desprendidas de nubes,

cabellos centelleantes de estrellas,

estandarte de dragones y salamandras,

reman en la alta mar

de la obstinada poesía.

 

Entre los rumores de las aguas, 

 mis tímpanos se funden

con el magnético mensaje de las piedras.

 

Y desvanezco mi rostro.

Mi lenguaje ya no es ilusión del decir.

La gramática verdadera en la tierra

es el oído que arde

por las sales del misterio.

 

Y, entonces,

entre el agua y las piedras,

escucho todos los cielos

que, como lluvia,

amaron los suelos y los mares.

Escucho peces que oran.

Entreveo las manos fértiles de los soles

que acarician los lechos. 

 

Entre las olas y las corrientes,

escucho 

la ondulante progresión de las serpientes.

Escucho el pedido de auxilio de los náufragos 

atrapados en proas estranguladas de asfixia.

Escucho al salmón, el delfín y la ballena,

a las anclas y grietas marinas. 

 

Entre el agua y las piedras

escucho, 

al final, 

una voz que, sin palabra,

canta las hebras salvajes del bosque.

 

Y la diosa dijo

el poema en el inicio.

La palabra 

de la que nacen lluvias,

y la frescura 

de los senos de la hembra.

 

Dentro de esa palabra,

las águilas aman a las serpientes;

las ninfas manan miel

en las garras de los tigres.

Palabra poema en el inicio

que esconde 

los volcanes alados

que nunca diré,

ni escucharé.

 

Y las aguas protegen a la piedra.

Porque en la firmeza de la roca

sobrevive la voluntad creadora de la diosa.

 

Y las aguas corren por la tierra.

Alzan olas en el mar.

Viajan como lluvia.

Refulgen en sedas de rocío.

 

Cantan las aguas.

En especial cuando besan las rocas.

Porque entonces escuchan la voz

de la Mujer que estaba en el principio.

Y difunden las aguas

en todos los cáliz esa voz.

Y tú también eres ese cáliz

en el que todas las aguas cantan,

todas las piedras recuerdan,

la diosa que aún habla

desde antes de la primera tormenta.

 

SOL EN SOL

 

Siempre en la mañana,

aunque sólo sea en un instante fugaz,

imagino mis músculos y el planeta

dentro de tus pensamientos de fuego.

Debo entonces

agradecer

tu  creación

gratuita,

continua.

 

Nada es sin ti.

Es decir: todo lo que es

un filón es

dentro de tu meditar incendiado.

Entonces, la nostalgia

por ser alas de llamas

me embriaga con ensoñaciones extrañas.

Ensoñar en el que

una vez más aspiro

a un cuerpo incandescente.

Cuerpo redimido de serafín.

 

Y desde las terrazas de los edificios

ante ti me inclino.

Como en el tiempo del mito

te observo

venero,

ojo del dios.

Y, para mí,

otra vez

Surya, ojo de Varuna en la India eres;

Helios, ojo de Zeus, en Grecia eres;

en Persia, el ojo de Ahura Mazda eres;

en Egipto el ojo de Ra eres;

en la islámica fe, el ojo de Ala eres.

 

En la tierra egipcia

Akhenatón

con su himno te ensalza,

con su templo del espacio abierto, 

te convoca.

Roma, sin fatiga cree

en tu eterna erupción victoriosa.

En México y Perú,

tu caldero esférico de gracia,

con sangre y rito

se debe nutrir.

 

Y nuevamente sé que

durante cada noche

(la bóveda tachonada de astros), 

desciendes al regazo umbrío de los muertos,

a los reinos donde lo oscuro congela.

 

Allí,

con tus lanzas de magma

traspasas el caos.

Y, en el alba nueva,

con repetida victoria y gloria

resucitas tras la batalla nocturna.

Pero, en la noche subterránea,

también exhalas tu cielo,

la seda diáfana de tus rayos,

pues, en la medianoche,

eres el Sol níger,

que el alquimista exalta.

 

Ahora,

te diré que muchas veces,

al caminar por las calles,

deseo ser una pequeña réplica de ti.

Un pequeño sol.

Sol en sol.

Cuerpo donde estallan soles.

 

Deseo que mis venas y cabellos

ardan y crujan

en un calor que generoso dona

las manzanas brillantes.

En las mitologías numerosas,

tu delirio llameante nunca decrece.

Tu poder de ser el incendio permanente.

¿Acaso por eso lo permanente acecho

entre los erráticos brebajes del tiempo

y el espacio donde huye todo lo lejano?

¿Acaso por eso

deseo que mis ojos irradien líneas incandescentes,

la visión aguda del resplandor

que traspasa todos los cofres y baila cerca

de la secreta permanencia de lo que deviene?

 

No es mi destino la quieta idea del filósofo.

Mi carne se embriaga

con otro permanecer

que sólo entreverás

con el cuerpo donde estallan soles.

El permanecer

de la voz inaudible del agua

bajo la cascada que corre.

Permanecer del electrón dentro de la orgía de las estrellas.

Permanecer del cambio que siempre no permanece.

Permanecer del enigma que grita y grita.

Permanecer de las lluvias en los labios del desierto.

Permanecer del cuerpo verdadero que aguarda.

 

Y el cuerpo es un bosques de soles.

Soles. El sol.

Que aun en el mundo frío

trae la victoria del alba.

 

DENTRO DE LA BRUMA

 

Sospeché alguna vez

que entre las cuerdas sonoras de la lluvia,

y entre la femenina bruma,

vive el campanario y la iglesia perdida.

El campanario que llama

a aquellos cuyos cuerpos manan soles.

Y dentro de la bruma, escucho campanadas.

Presiento lo que no escucho.

Y cerca del campanario recuerdo

que cuando escuchaba al viento

sabía que en los bordes de la piel

corren caballos que quieren libertad;

sabía que, en los húmedos adoquines de una calle,

sobreviven pasadas generaciones de hombres y animales;

sabía que, en los metales, todavía crujen los martillos

de creadores dioses herreros.

 

Dentro de la bruma,

escucho campanadas.

Presiento lo que no escucho.

Y cerca del campanario recuerdo

que, cuando escuchaba al viento,

sabía que si los vientos se acallan

es porque duermen dentro de los árboles y paredes.

Duermen sobre alguna imagen de mar o de montaña,

o de hombres perdidos en el tiempo,

que han traído consigo.

Cuando escuchaba al viento,

sabía que un color no es un vestido que envejece

sino una llama

del infinito incendio de la fantasía.

 

¡Ah, sí!

 Cuando escuchaba al viento

sabía que, en las mujeres,

los dioses ocultan lo inefable del secreto;

sabía que no hay sitio donde a cada segundo no brote un árbol.

 

¡Ah, sí!

Dentro de la bruma

escucho campanadas.

Presiento lo que no escucho.

Y cerca de cada campanario recuerdo 

que cuando escuchaba al viento

sabía que todos los seres son niños eternos

que corren cerca de la iglesia perdida,

para luego subir hasta su campanario;

para luego, desde allí, cantar de nuevo.

 

PÁJARO DE TRUENO 

(Poema inspirado en la creencia de los pueblos de América del Norte en un pájaro del trueno)

Dientes de oro del sol, muerdes el agua. Y, tú, agua, aceptas y difundes el calor en espumas y anchuras de mar. Y, tú, calor líquido, exhalas los primeros vapores. Vaporosa exudación blanca, tenue exhalación. Vapor, vapores del agua, aguas afiebradas de soles.

Y, tú, leve vapor, eres ya nube. Nubes: follajes errantes del cielo, hojarascas de piel esponjosa que, muchas veces, dejan el blanco para vestirte gris.

Y, ustedes, nubes, nubes grises, son follajes y hojarascas que se funden y enzarzan. Y, con lengua de vapor y labios de entusiasmo, invocan al viento, al aire que viene con látigos, trompetas y martillos.

Y las nubes se apelotonan y tallan colmillos, figuras de aristas puntiagudas, que se suceden en una sola dentadura, una sola boca convulsa de furia. Colmillos nubosos de la única boca, aun de labios separados, que se prolonga hacia el cuello cuyo origen está detrás del espacio, en un vacío, vientre, vientre-vacío, antes de lo que piensa y habla. Garganta de nervios empotrados en un no-espacio, secreto, vivo en la noche previa al tapiz nocturno de estrellas. Cuello y vientre suspendido, cueva aérea, rodeada de nubes-colmillos, de caballos-viento.

Y dentro de ti, espero. Espero que se expandan, dilaten, los bordes de tu boca, madre. Espero mi repetido renacer desde la profundidad suspendida, para luego emerger desde tu boca y garganta de circular contorno, jaspeada de nubes y caballos de cólera y viento.

Y espero en segundos, instantes, dentro de los que viven gigantes que trituran diamantes y campanarios. Y, entonces, pensamientos sin lógica me impulsan hacia adelante, hacia la salida de la oscura boca.

Y, otra vez, recorro las aéreas paredes del túnel, y ya escucho sinfonías violentas, cabalgatas del viento. Y vuelo cerca de trompetas enardecidas, de platillos golpeados por huracanes. Vuelo junto a la ráfaga y la nube. Junto a latidos de lluvia que cae; vuelo junto al enojo y jubilo de Ella. Ella. Tú, Madre tormenta. Dentro de ti vuelo. En la turbulencia de tus ojos, vuelo. En derredor de tu ombligo velado, vuelo. Próximo a tus cabellos de ráfagas y lluvia, vuelo; vuelo entre tus huesos empapados, o entre tus senos que rozan cimas de bosques y cerros. Sin romper el cordón umbilical que me enlaza a ti, aleteo. Vuelo. Vuelo por ti y en ti, Madre tormenta. Y grito mi nombre: ¡Thunderbird! ¡Thunderbird!

El pájaro del trueno soy.

Y con imanes en mis iris, atraigo el rostro de la tierra y el corazón de sus seres, y los metales de la cueva y el subsuelo, y los astros y cometas de patrias celestes.

Y la vida que el magnetismo de mi ver atrae, corren en círculos veloces dentro de mis ojos y en mi cuello. Y de mis ojos mana, expansivo, efímero, el relámpago. Y en mi garganta, todo lo que es en mí, se muta en puños de granito que chocan entre sí, en arremetidas y colisiones feroces, dentro de mi cuello emplumado, húmedo, ligero. Cuello de pájaro de trueno. Desde el que, bajo tu señal, estalla el trueno. Mi trueno. Soy el Pájaro de trueno.

Rayo, trueno y relámpago viven en cántaros dentro de mis alas. Cántaros, ánforas, recipientes, que derramo sobre tierras, océanos, hielos, volcanes y los humanos pequeños de todos los tiempos.

Eso me complace. Y mío es el secreto de la semilla. Semillas de electricidad. Con arados de cielo y luces eléctricas siembro toda realidad. Para que cada cosa arda en la médula del relámpago y en el diapasón poderoso del trueno. Y con mis soles de relámpagos y aullidos de rayos, obsequio, entrego, radiación y el poder de la veneración a lo que vive bajo de ti, madre, Madre tormenta. Madre de mis plumas y las fogatas de mi oxígeno.

Y vuelo, vuelo, sin debilidad ni descanso. Continuo mi volar y enseño tu salud: la fosforescencia y el venerar. Y vuelo para sembrar, para sembrarte madre. Y antes que vuelvas a ocultarte en tu gruta de enigma, grito con mi voz de trueno y liberó el relámpago que es tu anatomía radiante, antes de que la cúpula sea de nuevo plácido azul.

Pero sé que, aun después de desaparecer, tú sigues. Cuando la serenidad regresa, tú sigues como fosforescencia en el escarabajo diminuto, en la tierra de surcos y espacios tiznados de rocas, en bosques y pliegues de montañas. Aun después de ocultarte, tú sigues en la fosa y el coral, en llanuras y geografías esmaltadas de nieve, nieve del aliento invernal; y en el húmedo sudor de la jungla, en la duna hirviente del desierto, en el horizonte lejano y curvo que bulle en el ojo de las águilas, tú sigues.

Tú sigues. Porque aun cuando te ocultas, sigues en la cúspide del cielo, en la roca y el agua, en la madera. Emocionada. Del árbol.

Y cuando regresas al vacío ancestral de tu cuerpo, Madre, yo también continuo, como radiación y veneración en los humanos que, en la tempestad feroz, me entreven. Adivinan mi aleteo. Saben que soy el pájaro. Pájaro de trueno. Que siembra tu nombre, el de la tormenta continua, con luces de fuego.

 

EL ÁRBOL CERCA DEL CLARO

 

Y fui árbol, dentro de ti, bosque misterioso.

Mi destino de mamífero urbano me repite que soy habitante de edificios y metales. Mis pisadas en las calles, me exigen fidelidad al acero y la máquina. Pero yo aún corro cerca del jabalí y el ciervo, cerca del arroyo y la fuente de las hadas esquivas; aún trepo cerros, esmaltados de pinos; y persigo la luz, entre enjambres de ramas; aún escucho polifonías de grillos e insectos, y los conciertos de pájaros, y las voces del viento. Porque fui árbol, dentro de ti, bosque misterioso.

Y aun percibo tu sudor, Diana cazadora, diosa del caminar guerrero, Señora del Bosque Salvaje; y presiento tu cuerpo tejido por cascadas de lunas. Y descubro tu desnudez en la que hierve lo bello; y me deslumbro también con tus compañeras, las ninfas sin velos. (1)

Y te observo, mientras te bañas en el río. Río de agua sagrada.

Y escucho, poco después, cuando lanzas tus lebreles sobre quien osó espiar la bella locura de tus senos. Y los perros, coléricos, despedazan a Acteón, y comprendo que los músculos triturados que se pudren regresarán a la tierra, para nutrir a la semilla y la planta.

Y aún puedo acompañarte, Diana, con tu escudo y la mirada celeste y áspera. Porque fui árbol, dentro de ti, bosque misterioso.

Y en la noche de carteles y luces quietas y programadas, entreveo todavía otro ardor nocturno: el de las brujas danzando con el macho cabrío, entre invocaciones del diablo encendidas en los labios; entre recelos por la cruz y amor por el fuego alabado del sexo. Y aún presencio la magia voladora de las hechiceras, entre las copas sombrías de la floresta y los tapices suspendidos de las estrellas. Y aún observo a la bruja al descansar en su cueva, luego de vuelos y aquelarres. Porque fui árbol, dentro de ti, bosque misterioso.

Y aunque ahora camino entre las laderas planas de edificios, veo a miles de romanos, soldados, centuriones, temerosos, preñados de cautela, mientras avanzan dentro de un bosque germánico. (2)

Y ya escucho de nuevo el repentino grito quemante de los guerreros. Los guerreros adoradores de Wotan. Que inventan tempestades de lanzas que caen, y espadas que se hunden. Se hunden en abismos de carne sorprendida.

Y, pronto, huelo el calor que se desvanece de más veinte mil soldados del Dios Marte.

Y aún puedo cubrir muchas corazas y yelmos con hojas compasivas. Porque fui árbol, dentro de ti, bosque misterioso.

Y alguna lluvia me embriaga con frescura mientras piso el adoquín o el asfalto de mi hogar moderno. Y, entonces, no suspenderé, no, el recuerdo del otro torrente de agua del cielo que contemplé, una vez, mientras discurría sobre el sacerdote vestido con pura tela blanca.

Era el druida.

Era el druida que, luego de varias noches de luna sonriente, se acercaba al roble, con una hoz de oro, para obtener el muérdago. Y pronunciaba entonces las oraciones con las que su cuerpo ardía. Ardía con un sol remoto en los ojos y el rostro. (3)

¡Ah, entonces tan cerca vi al que veneraba al roble y se embriaga de una luz vacía y radiante que le donaba el corazón de fuego de la madera. Fuego dentro del árbol. Llamarada misteriosa sin palabra.

Y el sacerdote celta buceaba en un mar líquido de savia. Y yo sabía sumergirme, junto con él, en oscuras profundidades de raíces. Porque fui árbol, dentro de ti, bosque misterioso.

Y ya es el crepúsculo en la ciudad.

Ruge el rayo en mi ciudad.

Y el viento valiente me entrega tu mensaje:

percibe lo que ahora es, dentro de mí. Percibe

ahora

que

dentro

de mí

es

la lechuza que piensa en los sentidos de la noche, desde su trono de ramas;

percibe

ahora

que

dentro

de mí

es

el insecto que absorbe corazones quietos de animal y limpia la hojarasca;

y es el oso que, en el arroyo, le pide al salmón que acepte detenerse entre sus garras;

y es el castor que talla hogares, donde se besan la madera y el agua;

y es el rayo de sol que brilla entre las hojas, como un sol dentro de una cueva;

y es el coyote que invoca a su dios, que vive solitario, en la luna del rostro de plata;

y es la tempestad que riega sobre las cortezas volcanes del cielo furioso;

y es la primavera y sus pinceles, que pintan soles de borrachas luces verdes;

y es el invierno, ensimismado en un frío vértigo blanco, y el otoño, ávido de gritar con el rojo y el amarillo;

y es el lago que refleja la imagen de las águilas y las hojas;

y es el relámpago que riega dragones azules sobre los árboles;

y es Diana, que se baña y caza;

y el lobo, que corre hacia el altar, en el centro de ti, bosque misterioso, donde, cerca de un claro, crece otra vez un árbol.

Aquel que seré en el primer latido después de mi muerte.

 

Notas: (1) Diana es la traducción mitológica romana de la Artemisa griega. Diosa guerrera, casta, hermana de Apolo, hija de Zeus, dueña y señora del bosque salvaje. En una oportunidad, el mortal Acteón, mientras cazaba, descubrió a la diosa en un río mientras se bañaba junto a las ninfas de su cortejo. Entonces, la diosa sorprendida lanzó a sus cincuenta lebreles tras el indeseado visitante. Los perros le dieron caza y lo despedazaron. De esa manera Artemisa castigó la osadía del humano que contempló una escena sólo destinada a ojos divinos. (2) Este pasaje del poema se refiere a la batalla que en el año 8 d.c se libró en un bosque germánico. Los germanos, encabezados por Arminio, sorprendieron a un ejército romano de veinte mil hombres dirigidos por Varo. Incapaces de combatir en un espacio reducido e intrincado, las legiones romanas fueron exterminadas. Fue una de las máximas derrotas del ejercito imperial romano que ennegreció el reinado de Augusto. (3) Alusión al rito druida de la recolección del muérdago; uno de los principales rituales de los druidas según Plinio el Viejo. Los druidas eran los sacerdotes celtas que veneraban los robles y los bosques.

 

Histórica

 

ULTIMAS IMÁGENES DEL KAMIKAZE

 

(En la segunda guerra mundial cerca de cinco mil jóvenes kamikazes se lanzaron con sus aviones sobre los navíos enemigos)  

 

Nuestro imperio del sol naciente

se ha ensombrecido.

En su altar en el cielo,

el Emperador  observa la desolación 

en los templos, lagos y almas de nuestra tierra.

El enemigo de los inacabables navíos,

el de la bandera de las muchas estrellas

que se flamean en el viento,

nos arrebata islas, 

nos acosa;

y medita ya en el gran desembarco sobre nuestro pecho.

Mucho ha aprendido 

sobre cómo matar nuestro cuerpo.

Pero muy poco sabe 

sobre la abismal potencia de nuestro espíritu.

Uno solo de nosotros,

en un pájaro de trueno y fuego,

perforará la frente de acero de sus naves;

un solo coraje de sol rojo

aniquilará cada dragón que flota sobre el mar.

 

II

En la mañana,

con susurros amables,

 nuestros dioses agradecen

los generosos tapices de luz de Amateratsu,

la diosa solar.

Al norte de la pista,

 donde nos esperan nuestros Zeros,

meditan tranquilas las montañas;

y un lago, desde un alba inmemorial,

alberga a un antiguo kami o espíritu.

Cerca de nuestros pies firmes,

de la tierra brotan las plantas y las hierbas.

En ellas, el rocío, el sudor de la vivacidad del cielo,

aún besa con labios dulces al viento que silba.

Grillos y langostas

cantan y juegan

en un cercano pantano.

 

¡Amateratsu!

¡Cuánto arde tu amor en lo alto!

Y frente a nosotros (muchos somos),

se propaga la blancura de la mesa solemne.

Y allí, el sake, la bebida tradicional de mi hogar,

nos es ofrecida.

Brindamos por el Emperador,

que llamea cual un radiante cristal.

Y esta es la cima del tiempo,

desde la que recordar a los samurais de antaño,

y el Bushido y su enseñanza del buen morir.

Esta es la cima del tiempo,

desde la que alabar a los dioses,

y a nuestro Emperador que los preside.

Esta es la cima del tiempo,

donde recibir el último saludo del padre y la madre,

de la mujer, 

y del resto de los seres de nuestra amada isla.

 

Y reímos.

Y todos los kamis del shinto ríen con nosotros.

 

III

Y esta es la cima del tiempo

desde la que correr hacia nuestros fieles pájaros de trueno y fuego.

Ellos serán nuestra carne y nuestra espada;

ellos, en cuanto se lo ordenamos,

ruedan por la pista que nos despide;

ellos trepan  por las escamas de los dragones del aire;

ellos nos llevan al gran mar;

la inmensa serpiente de agitada agua.

 

Nuestro pájaro aletea en la dirección debida.

Algunas nubes, 

las suaves mujeres que vuelan con cántaros de una futura lluvia,

corren hacia el sur.

Y tú, Amateratsu, 

diosa de la antorcha generosa, 

allí sigues, con tus sonrisas de llamas.

Luego de largos golpes en los tambores de mi corazón,

descubro allí, sobre la serpiente del agua nerviosa,

el quieto resplandor

del dragón con la bandera de las muchas estrellas.

Sombras petulantes cascabelean

sobre sus huesos de hierro.

Y yo te venero, Amateratsu,

diosa de la sonrisa de llamas.

Y a ti, gran emperador,

comienzo a encomendarme.

En un sueño reciente,

una voz me dijo que para el futuro

nuestro vuelo será insensatez

o torpe suicidio.

Poco se comprenderá mañana 

de nuestra devoción extrema.

Nuestro destino es que nuestra patria sea.

Que nuestra patria acalore cada sitio frío del universo.

Sobre el vidrio de control de la altura

advierto una pequeña hoja de trébol.

¿Cómo habrá llegado hasta mi pájaro?

!Ah, qué delicada gema verde!

Y esta es la cima del tiempo,

en la que ordeno,

a mi ave de fuego y trueno,

que nos lancemos ya hacia el dragón que flota.

 

Recuerdo, padre, 

cuando una vez me contaste 

sobre aquella flota de mongoles que quiso invadirnos.

Entonces, los dioses aceptaron nuestros ruegos,

y crearon un viento divino

para destruir los dragones enemigos.

Kamikaze, el viento divino en nuestra lengua.

Kamikaze, el viento que se enrojece

cuando los recuerdo por última vez,

padre, madre,

mientras todo mi cuerpo grita,

mientras toda mi pasión es una llamarada

sobre la cubierta del dragón que flota. 

 

RETORNO A SAN LORENZO

 

 (El 3 de febrero de 1813 el entonces coronel San Martín encabezó al regimiento de caballería de granaderos en su ataque contra los españoles en un paraje frente al convento franciscano de San Lorenzo. Porteau, el granadero mencionado durante el poema, y con el que se entabla una imaginaria proximidad , murió en el combate. 

Este poema fue escrito en el campo de la batalla).

 

La mañana sube a la tierra

tras el agua y la floresta ribereña del Paraná.

Por las barracas, por las escaleras y angostos senderos húmedos,

suben los realistas con los cañones

(que vomitan el hierro circular y negro),

y con los fusiles 

de las balas certeras.

 

Siembran el pasto matinal

con sus pisadas hacia el convento erguido bajo su cruz.

 

Y por el lomo de un caballo

asciende un grillo;

por las botas negras aún se desplaza

en su osada y desapercibida exploración

una hormiga de fogosa voluntad.

Algunos pájaros saltan sobre la esguadaña del templo.

Un hornero recién acaba de concluir

su mansión de barro paciente.

 

En la rutina de brisas y gorjeos del nuevo día

una lanza de filo seguro corta el aire.

 Aire que sangra la ansiedad por el comienzo.

Por el inicio del sueño de una nación.

En este origen, hablarán las espadas

con el viril alarido marcial.

 

Pero, a pesar de tanta necesaria rudeza,

un corazón de niño sueña en los patriotas.

El sueño de un país de cumbres dignas

y de trigo generoso en cada boca.

 

 Entonces, hoy, en un filamento de pasado

del viejo campo del combate,

se me ocurre escucharte a ti

que dices que me imaginaste deambulando la última noche

por la tierra que hoy será nuestra.

Y me pides que nuevamente te vea 

en aquella mañana del 3 de febrero...

 

En esta mañana

tras el convento de las blancas paredes,

te arenga tu comandante.

A pesar del inminente terremoto de historia que les aguarda,

un color sereno pinta su presencia.

Son muchas las batallas que ya han tronado en su cerebro.

Entonces su voz ya no es palabra sosegada.

Ahora su garganta revienta en el grito;

ahora su palabra es el fuego que se inicia

para incendiar el peligro de no ser.

 

Entonces, ciento veinte jinetes,

granaderos a caballos los llaman,

arrojan hacia adelante su hombría como flechas incandescentes;

son el pico asesino de un solo pájaro feroz.

 

Y mientras rozan la planicie

con los cascos salvajes de sus caballos,

los enemigos,

los carceleros aún de nuestro futuro,

les envían dientes negros de dragón,

lo que regalan los cañones en la batalla;

les envían pequeñas esferas penetrantes,

lo que los fusiles ofrendan a la guerra. 

 

Y algunos de los bravos que atacan se detienen.

Un vendaval de dolor se enloquece en sus ojos.

Los otros, llegan con sus caballos furiosos

hasta la boca abierta y confundida de los godos.

 

Y venas quebradas,

quejidos de muerte,

se apoltronan en la piel mutilada de los invasores.

 

Son para ellos, los jinetes que atacan,

una avalancha de dioses que gritan victoria.

 

Pero que no son inmortales.  

Pero que no pueden saber qué tan hondo

te taladró el pecho una bala.

Sé que un mar de lodo hirviente

se precipita hacia el fondo de tus entrañas.

 

Alguna vez naciste y viviste en Francia.

Porteau te dicen.

Eres el único que,

lo mismo que tu comandante,

cruzaste un océano

para ser aquí un ola que ataca.

 

Ahora, luego de tu hora de guerrero,

contemplas y escuchas la guerra que te merodea

con la música siniestra que cantan

los cuerpos que se combaten.

 

Un español se te acerca.

Es un casi un muchacho

que corre hacia ti

con una tempestad de terror en la mirada.

Quizá les has provocado un relámpago de compasión.

Quizá quiere ayudarte a que la voz ronca

de la vida que se desmembra

ya no golpee tus oídos.

 

Entonces, te hunde su bayoneta.

Cerca de tu hígado creo.

Tu agresor grita luego

delante del brillo de una espada.

 

Y escucho, poco a poco,

los tambores de la victoria

en esas gargantas que, las reconozco,

son las de tus compañeros en la carga frenética.

 

Y caes pesado sobre la tierra.

Quieras empezar a descansar.

Quieres pedir disculpas

por los hombres,

que el destino y su hoz

te obligaron a silenciar.

 

Y un desierto frío corre por tus piernas.

Pronto llegará hasta la llama de tus últimos latidos.

 

Y vas queriendo sólo el silencio

 cuando vez por última vez

tus manos afiebradas por un humo rojo;

cuando tus ojos, que aún no se cierran,

ven la altura por la que luchaste,

el cielo de un país futuro

que no sea el cementerio de los sueños.

 

GAUCHOS EN LA NIEBLA

 

(Poema escrito en el Parque criollo y Museo Ricardo Guiraldes)

 

Fuiste alguna vez el galope 

de una soledad larga

que abrazaba la pampa.

 

El cielo no te era lejano ni extraño,

pues la pintura anaranjada de los atardeceres,

las nubes de la tormenta bravía

o la voz amarilla del sol

siempre danzaban cerca de ti,

entre las medallas verdosas del pasto.

 

Al cabalgar no te extraviabas nunca

en un suelo amargo

sino en la espalda suave

de una gran mujer de hierba

que susurraba revelaciones y consuelos

a tu alma siempre expuesta

a los acantilados hondos de la melancolía.

 

Con tu guitarra de la madera y las cuerdas

en un hechicero peregrino te convertías;

cultivabas con tus dedos y tu voz

los girasoles frescos del sonido

con los que devolvías la compañía

a la tierra que te aconsejaba y nutría.

 

La cabalgata en la larga distancia

amontonaba ebrias llanuras de color

dentro de tu destino de jinete

que sólo habla con pensamientos callados.

 

Pero ocurrió una vez,

que en la estancia sujetaron tus riendas.

Te robaron el horizonte sin fondo.

Y, desde entonces,

la pampa se refugia en tu lazo.

Pero ya no corre como centella veloz

hacia el ombú distante.

 

Desde entonces,

entre la bruma y un delgado puente,

sobre el río, regalo de las lluvias,

cabalgas hacia la lejanía.

Que nunca se acerca.

Porque avanzas sin moverte.

En la espera de que la tierra verde y el viento te recuerden

el arte de cabalgar de nuevo

hacia los rayos y la llanura

donde volver a ser el hombre

que piensa con libertad de pájaro

sobre el altar de un caballo.

 

VER SACRUM

 

(Ver Sacrum, "primavera sagrada". De esta manera los antiguos sabinos denominaban la costumbre según la cual, al llegar cada primavera, los jóvenes debían abandonar los pueblos y ciudades para así entregarse a un viaje incierto y audaz).

 

Los jóvenes sabinos escrutan la lejanía.

La juventud cosecha savia fresca en sus cuerpos.

El sol siembra aire dorado en los prados del Lacio.

La primavera asoma su corona florida

por encima de las nubes, y debajo del trono del Júpiter tronante.

En el comienzo del fervor primaveral,

entre los rumores de los arroyos,

con más bríos regresa la voz de los ancestros.

La palabra oriunda de la infancia del pueblo

que viste el alma con el lino de las creencias.

Y en el comienzo del fervor primaveral,

la voz de los antepasados dice

que en la época de las flores apasionadas

sea ver sacrum, la primavera sagrada.

Parte de la juventud es entonces elegida

para que encuentre y conquiste su propia tierra.

En ese camino incierto,

Marte los guiará.

Marte, dios de la guerra,

también es sacra aureola de juventud volcánica.

Marte, a través de su animal sagrado,

conducirá a los juveniles entusiasmos en su primavera

hacia los valles vírgenes a conquistar.

Cuando despunta el destello solar esperado,

los jóvenes abandonan la ciudad,

el padre, la madre, el primer hogar.

Entonces, los corazones expectantes laten

tras el animal enviado por el dios.

El lobo.

El lobo surca el mar de luz que muerde las rocas y las colinas.

Los miembros de la sacra primavera 

siguen su sombra embriagada de hechizos.

El animal escucha en silencio las órdenes del dios.

Y, aun entre la refulgencia quemante del día,

a cada viajero una niebla misteriosa a veces rodea.

Neblinosas manos feéricas,

que rozan en el pecho la repetida sentencia:

"No te engañes. Aún no has nacido".

En ocasiones, lienzos vertiginosos de nubes

orquestan las músicas descendentes de la lluvia.

Entonces, en cada restallar de las gotas sobre la piel

la insondable sentencia regresa:

"No te engañes. Aún no has nacido".

Y la enigmática advertencia

mana también del polvo y los colores tornadizos de cerros y lagos.

Y, en la sucesión de sol tras una luna,

los días del rito esfuman el único camino

que suda bajo el dedo del dios.

Entonces, el animal de los aullidos 

se apoltrona en una nube remota.

Y en el camino de cada viajero,

silba la incertidumbre y la soledad.

Y entonces cada joven con la sacra primavera en sus cabellos,

camina hacia su propio valle 

sin amigos ni refugios

donde encontrar el volcán

en el que se pueda nacer. 

 

Volver Ver Sacrum 1

 

 

 

 

Volver arriba  Inicio  Volver Biblioteca virtual

©  Temakel. Por Esteban Ierardo