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Natura
ENTRE EL AGUA Y LAS PIEDRAS
En
el agua y las piedras
hallo
la niebla
donde
sobreviven
las
almas que aún contemplan
la
semilla de la lluvia y las praderas,
la
miel de la mañana,
las
sombras de los molinos
en los labios
del
rocío.
Cuerdas
desprendidas de nubes,
cabellos
centelleantes de estrellas,
estandarte
de dragones y salamandras,
reman
en la alta mar
de
la obstinada poesía.
Entre los rumores de las aguas,
mis
tímpanos se funden
con
el magnético mensaje de las piedras.
Y
desvanezco
mi rostro.
Mi
lenguaje ya no es ilusión del decir.
La
gramática verdadera en la tierra
es
el oído que arde
por
las sales del misterio.
Y,
entonces,
entre
el agua y las piedras,
escucho
todos los cielos
que,
como lluvia,
amaron
los suelos y los mares.
Escucho
peces que oran.
Entreveo
las manos fértiles de los soles
que
acarician los lechos.
Entre
las olas y las corrientes,
escucho
la
ondulante progresión de
las serpientes.
Escucho
el pedido de auxilio de los náufragos
atrapados
en
proas estranguladas de asfixia.
Escucho
al salmón, el delfín y la ballena,
a
las anclas y grietas marinas.
Entre el agua y las piedras
escucho,
al
final,
una
voz que, sin palabra,
canta
las hebras salvajes del bosque.
Y
la diosa dijo
el
poema en el inicio.
La
palabra
de
la que nacen lluvias,
y
la frescura
de los senos de la hembra.
Dentro de esa palabra,
las
águilas aman a las serpientes;
las
ninfas manan miel
en
las garras de los tigres.
Palabra
poema en el inicio
que
esconde
los
volcanes alados
que nunca
diré,
ni
escucharé.
Y
las aguas protegen a la piedra.
Porque
en la firmeza de la roca
sobrevive
la voluntad creadora de la diosa.
Y
las aguas corren por la tierra.
Alzan
olas en el mar.
Viajan
como lluvia.
Refulgen
en sedas de rocío.
Cantan las aguas.
En
especial cuando besan las rocas.
Porque
entonces escuchan la voz
de
la Mujer que estaba en el principio.
Y
difunden las aguas
en
todos los cáliz esa voz.
Y
tú también eres ese cáliz
en
el que todas las aguas cantan,
todas
las piedras recuerdan,
la
diosa que aún habla
desde
antes de la primera tormenta.
SOL EN SOL
Siempre en la mañana,
aunque sólo sea en un instante fugaz,
imagino mis músculos y el planeta
dentro de tus pensamientos de fuego.
Debo entonces
agradecer
tu creación
gratuita,
continua.
Nada es sin ti.
Es decir: todo lo que es
un filón es
dentro de tu meditar incendiado.
Entonces, la nostalgia
por ser alas de llamas
me embriaga con ensoñaciones extrañas.
Ensoñar en el que
una vez más aspiro
a un cuerpo incandescente.
Cuerpo redimido de serafín.
Y desde las terrazas de los edificios
ante ti me inclino.
Como en el tiempo del mito
te observo
venero,
ojo del dios.
Y, para mí,
otra vez
Surya, ojo de Varuna en la India eres;
Helios, ojo de Zeus, en Grecia eres;
en Persia, el ojo de Ahura Mazda eres;
en Egipto el ojo de Ra eres;
en la islámica fe, el ojo de Ala eres.
En la tierra egipcia
Akhenatón
con su himno te ensalza,
con su templo del espacio abierto,
te convoca.
Roma, sin fatiga cree
en tu eterna erupción victoriosa.
En México y Perú,
tu caldero esférico de gracia,
con sangre y rito
se debe nutrir.
Y nuevamente sé que
durante cada noche
(la bóveda tachonada de astros),
desciendes al regazo umbrío de los muertos,
a los reinos
donde lo oscuro congela.
Allí,
con tus lanzas de magma
traspasas el caos.
Y, en el alba nueva,
con repetida victoria y gloria
resucitas tras la batalla nocturna.
Pero, en la noche subterránea,
también exhalas tu cielo,
la seda diáfana de tus rayos,
pues, en la medianoche,
eres el Sol níger,
que el alquimista exalta.
Ahora,
te diré que
muchas veces,
al caminar por las calles,
deseo ser una pequeña réplica de ti.
Un pequeño sol.
Sol en sol.
Cuerpo donde estallan soles.
Deseo que mis venas y cabellos
ardan y crujan
en un calor que generoso dona
las manzanas brillantes.
En las mitologías numerosas,
tu delirio llameante nunca decrece.
Tu poder de ser el incendio permanente.
¿Acaso por eso
lo permanente acecho
entre los erráticos brebajes del tiempo
y el espacio donde huye todo lo lejano?
¿Acaso por eso
deseo que mis ojos irradien líneas incandescentes,
la visión aguda del resplandor
que traspasa todos los cofres y baila cerca
de la secreta permanencia de lo que deviene?
No es mi destino
la quieta idea del filósofo.
Mi carne se embriaga
con otro permanecer
que sólo entreverás
con el cuerpo donde estallan soles.
El permanecer
de la voz inaudible del agua
bajo la cascada que corre.
Permanecer del electrón
dentro de la
orgía de las estrellas.
Permanecer del cambio que siempre
no permanece.
Permanecer del enigma
que grita y grita.
Permanecer de las lluvias
en los labios del desierto.
Permanecer del cuerpo verdadero que aguarda.
Y el cuerpo es un bosques de
soles.
Soles.
El sol.
Que aun en el mundo frío
trae la victoria del alba.
DENTRO DE LA BRUMA
Sospeché alguna vez
que entre las cuerdas sonoras de la lluvia,
y entre la femenina bruma,
vive el campanario y la iglesia perdida.
El campanario que llama
a aquellos cuyos cuerpos manan soles.
Y dentro de la bruma, escucho campanadas.
Presiento lo que no escucho.
Y cerca del campanario recuerdo
que cuando escuchaba al viento
sabía que en los bordes de la piel
corren caballos que quieren libertad;
sabía que, en los húmedos adoquines de una calle,
sobreviven pasadas generaciones
de hombres y animales;
sabía que, en los metales, todavía crujen los martillos
de creadores dioses herreros.
Dentro de la bruma,
escucho campanadas.
Presiento lo que no escucho.
Y cerca del campanario recuerdo
que, cuando escuchaba al viento,
sabía que si los vientos se acallan
es porque duermen dentro de los árboles y paredes.
Duermen sobre alguna imagen de mar o de montaña,
o de hombres perdidos en el tiempo,
que han traído consigo.
Cuando escuchaba al viento,
sabía que un color no es un vestido que envejece
sino una llama
del infinito incendio de la fantasía.
¡Ah, sí!
Cuando escuchaba al viento
sabía que, en las mujeres,
los dioses ocultan lo inefable del secreto;
sabía que no hay sitio donde a cada segundo no brote un
árbol.
¡Ah, sí!
Dentro de la bruma
escucho campanadas.
Presiento lo que no escucho.
Y cerca de cada campanario recuerdo
que cuando escuchaba al viento
sabía que todos los seres son niños eternos
que corren cerca de la iglesia perdida,
para luego subir hasta su campanario;
para luego, desde allí, cantar de nuevo.
PÁJARO
DE TRUENO
(Poema
inspirado en la creencia de los pueblos de América del Norte en un pájaro del
trueno)
Dientes
de oro del sol, muerdes el agua. Y, tú, agua, aceptas y difundes el calor en
espumas y anchuras de mar. Y, tú, calor líquido, exhalas los primeros vapores.
Vaporosa exudación blanca, tenue exhalación. Vapor, vapores del agua, aguas
afiebradas de soles.
Y,
tú, leve vapor, eres ya nube. Nubes: follajes errantes del cielo, hojarascas de
piel esponjosa que, muchas veces, dejan el blanco para vestirte gris.
Y,
ustedes, nubes, nubes grises, son follajes y hojarascas que se funden y
enzarzan. Y, con lengua de vapor y labios de entusiasmo, invocan al viento, al
aire que viene con látigos, trompetas y martillos.
Y las
nubes se apelotonan y tallan colmillos, figuras de aristas puntiagudas, que se
suceden en una sola dentadura, una sola boca convulsa de furia. Colmillos
nubosos de la única boca, aun de labios separados, que se prolonga hacia el
cuello cuyo origen está detrás del espacio, en un vacío, vientre,
vientre-vacío, antes de lo que piensa y habla. Garganta de nervios empotrados
en un no-espacio, secreto, vivo en la noche previa al tapiz nocturno de
estrellas. Cuello y vientre suspendido, cueva aérea, rodeada de
nubes-colmillos, de caballos-viento.
Y
dentro de ti, espero. Espero que se expandan, dilaten, los bordes de tu boca,
madre. Espero mi repetido renacer desde la profundidad suspendida, para luego
emerger desde tu boca y garganta de circular contorno, jaspeada de nubes y
caballos de cólera y viento.
Y
espero en segundos, instantes, dentro de los que viven gigantes que trituran
diamantes y campanarios. Y, entonces, pensamientos sin lógica me impulsan hacia
adelante, hacia la salida de la oscura boca.
Y,
otra vez, recorro las aéreas paredes del túnel, y ya escucho sinfonías
violentas, cabalgatas del viento. Y vuelo cerca de trompetas enardecidas, de
platillos golpeados por huracanes. Vuelo junto a la ráfaga y la nube. Junto a
latidos de lluvia que cae; vuelo junto al enojo y jubilo de Ella. Ella. Tú,
Madre tormenta. Dentro de ti vuelo. En la turbulencia de tus ojos, vuelo. En
derredor de tu ombligo velado, vuelo. Próximo a tus cabellos de ráfagas y
lluvia, vuelo; vuelo entre tus huesos empapados, o entre tus senos que rozan
cimas de bosques y cerros. Sin romper el cordón umbilical que me enlaza a ti,
aleteo. Vuelo. Vuelo por ti y en ti, Madre tormenta. Y grito mi nombre: ¡Thunderbird!
¡Thunderbird!
El
pájaro del trueno soy.
Y con
imanes en mis iris, atraigo el rostro de la tierra y el corazón de sus seres, y
los metales de la cueva y el subsuelo, y los astros y cometas de patrias
celestes.
Y la
vida que el magnetismo de mi ver atrae, corren en círculos veloces dentro de
mis ojos y en mi cuello. Y de mis ojos mana, expansivo, efímero, el relámpago.
Y en mi garganta, todo lo que es en mí, se muta en puños de granito que chocan
entre sí, en arremetidas y colisiones feroces, dentro de mi cuello emplumado,
húmedo, ligero. Cuello de pájaro de trueno. Desde el que, bajo tu señal,
estalla el trueno. Mi trueno. Soy el Pájaro de trueno.
Rayo,
trueno y relámpago viven en cántaros dentro de mis alas. Cántaros, ánforas,
recipientes, que derramo sobre tierras, océanos, hielos, volcanes y los humanos
pequeños de todos los tiempos.
Eso me
complace. Y mío es el secreto de la semilla. Semillas de electricidad. Con
arados de cielo y luces eléctricas siembro toda realidad. Para que cada cosa
arda en la médula del relámpago y en el diapasón poderoso del trueno. Y con
mis soles de relámpagos y aullidos de rayos, obsequio, entrego, radiación y el
poder de la veneración a lo que vive bajo de ti, madre, Madre tormenta. Madre
de mis plumas y las fogatas de mi oxígeno.
Y
vuelo, vuelo, sin debilidad ni descanso. Continuo mi volar y enseño tu salud:
la fosforescencia y el venerar. Y vuelo para sembrar, para sembrarte madre. Y
antes que vuelvas a ocultarte en tu gruta de enigma, grito con mi voz de trueno
y liberó el relámpago que es tu anatomía radiante, antes de que la cúpula
sea de nuevo plácido azul.
Pero
sé que, aun después de desaparecer, tú sigues. Cuando la serenidad regresa,
tú sigues como fosforescencia en el escarabajo diminuto, en la tierra de surcos
y espacios tiznados de rocas, en bosques y pliegues de montañas. Aun después
de ocultarte, tú sigues en la fosa y el coral, en llanuras y geografías
esmaltadas de nieve, nieve del aliento invernal; y en el húmedo sudor de la
jungla, en la duna hirviente del desierto, en el horizonte lejano y curvo que
bulle en el ojo de las águilas, tú sigues.
Tú
sigues. Porque aun cuando te ocultas, sigues en la cúspide del cielo, en la
roca y el agua, en la madera. Emocionada. Del árbol.
Y
cuando regresas al vacío ancestral de tu cuerpo, Madre, yo también continuo,
como radiación y veneración en los humanos que, en la tempestad feroz, me
entreven. Adivinan mi aleteo. Saben que soy el pájaro. Pájaro de trueno. Que
siembra tu nombre, el de la tormenta continua, con luces de fuego.
EL
ÁRBOL CERCA DEL CLARO
Y fui
árbol, dentro de ti, bosque misterioso.
Mi
destino de mamífero urbano me repite que soy habitante de edificios y metales.
Mis pisadas en las calles, me exigen fidelidad al acero y la máquina. Pero yo
aún corro cerca del jabalí y el ciervo, cerca del arroyo y la fuente de las
hadas esquivas; aún trepo cerros, esmaltados de pinos; y persigo la luz, entre
enjambres de ramas; aún escucho polifonías de grillos e insectos, y los
conciertos de pájaros, y las voces del viento. Porque fui árbol, dentro de ti,
bosque misterioso.
Y aun
percibo tu sudor, Diana cazadora, diosa del caminar guerrero, Señora del Bosque
Salvaje; y presiento tu cuerpo tejido por cascadas de lunas. Y descubro tu
desnudez en la que hierve lo bello; y me deslumbro también con tus compañeras,
las ninfas sin velos. (1)
Y te
observo, mientras te bañas en el río. Río de agua sagrada.
Y
escucho, poco después, cuando lanzas tus lebreles sobre quien osó espiar la
bella locura de tus senos. Y los perros, coléricos, despedazan a Acteón, y
comprendo que los músculos triturados que se pudren regresarán a la tierra,
para nutrir a la semilla y la planta.
Y aún
puedo acompañarte, Diana, con tu escudo y la mirada celeste y áspera. Porque
fui árbol, dentro de ti, bosque misterioso.
Y en
la noche de carteles y luces quietas y programadas, entreveo todavía otro ardor
nocturno: el de las brujas danzando con el macho cabrío, entre invocaciones del
diablo encendidas en los labios; entre recelos por la cruz y amor por el fuego
alabado del sexo. Y aún presencio la magia voladora de las hechiceras, entre
las copas sombrías de la floresta y los tapices suspendidos de las estrellas. Y
aún observo a la bruja al descansar en su cueva, luego de vuelos y aquelarres.
Porque fui árbol, dentro de ti, bosque misterioso.
Y
aunque ahora camino entre las laderas planas de edificios, veo a miles de
romanos, soldados, centuriones, temerosos, preñados de cautela, mientras
avanzan dentro de un bosque germánico. (2)
Y ya
escucho de nuevo el repentino grito quemante de los guerreros. Los guerreros
adoradores de Wotan. Que inventan tempestades de lanzas que caen, y espadas que
se hunden. Se hunden en abismos de carne sorprendida.
Y,
pronto, huelo el calor que se desvanece de más veinte mil soldados del Dios
Marte.
Y aún
puedo cubrir muchas corazas y yelmos con hojas compasivas. Porque fui árbol,
dentro de ti, bosque misterioso.
Y
alguna lluvia me embriaga con frescura mientras piso el adoquín o el asfalto de
mi hogar moderno. Y, entonces, no suspenderé, no, el recuerdo del otro torrente
de agua del cielo que contemplé, una vez, mientras discurría sobre el
sacerdote vestido con pura tela blanca.
Era el
druida.
Era el
druida que, luego de varias noches de luna sonriente, se acercaba al roble, con
una hoz de oro, para obtener el muérdago. Y pronunciaba entonces las oraciones
con las que su cuerpo ardía. Ardía con un sol remoto en los ojos y el rostro.
(3)
¡Ah,
entonces tan cerca vi al que veneraba al roble y se embriaga de una luz vacía y
radiante que le donaba el corazón de fuego de la madera. Fuego dentro del
árbol. Llamarada misteriosa sin palabra.
Y el
sacerdote celta buceaba en un mar líquido de savia. Y yo sabía sumergirme,
junto con él, en oscuras profundidades de raíces. Porque fui árbol, dentro de
ti, bosque misterioso.
Y ya
es el crepúsculo en la ciudad.
Ruge
el rayo en mi ciudad.
Y el
viento valiente me entrega tu mensaje:
percibe
lo que ahora es, dentro de mí. Percibe
ahora
que
dentro
de mí
es
la
lechuza que piensa en los sentidos de la noche, desde su trono de ramas;
percibe
ahora
que
dentro
de mí
es
el
insecto que absorbe corazones quietos de animal y limpia la hojarasca;
y es
el oso que, en el arroyo, le pide al salmón que acepte detenerse entre sus
garras;
y es
el castor que talla hogares, donde se besan la madera y el agua;
y es
el rayo de sol que brilla entre las hojas, como un sol dentro de una cueva;
y es
el coyote que invoca a su dios, que vive solitario, en la luna del rostro de
plata;
y es
la tempestad que riega sobre las cortezas volcanes del cielo furioso;
y es
la primavera y sus pinceles, que pintan soles de borrachas luces verdes;
y es
el invierno, ensimismado en un frío vértigo blanco, y el otoño, ávido de
gritar con el rojo y el amarillo;
y es
el lago que refleja la imagen de las águilas y las hojas;
y es
el relámpago que riega dragones azules sobre los árboles;
y es
Diana, que se baña y caza;
y el
lobo, que corre hacia el altar, en el centro de ti, bosque misterioso, donde,
cerca de un claro, crece otra vez un árbol.
Aquel
que seré en el primer latido después de mi muerte.
Notas:
(1) Diana es la traducción mitológica romana de la Artemisa griega. Diosa
guerrera, casta, hermana de Apolo, hija de Zeus, dueña y señora del bosque
salvaje. En una oportunidad, el mortal Acteón, mientras cazaba, descubrió a la
diosa en un río mientras se bañaba junto a las ninfas de su cortejo. Entonces,
la diosa sorprendida lanzó a sus cincuenta lebreles tras el indeseado
visitante. Los perros le dieron caza y lo despedazaron. De esa manera Artemisa
castigó la osadía del humano que contempló una escena sólo destinada a ojos
divinos. (2) Este pasaje del poema se refiere a la batalla que en el año 8 d.c
se libró en un bosque germánico. Los germanos, encabezados por Arminio,
sorprendieron a un ejército romano de veinte mil hombres dirigidos por Varo.
Incapaces de combatir en un espacio reducido e intrincado, las legiones romanas
fueron exterminadas. Fue una de las máximas derrotas del ejercito imperial
romano que ennegreció el reinado de Augusto. (3) Alusión al rito druida de la
recolección del muérdago; uno de los principales rituales de los druidas
según Plinio el Viejo. Los druidas eran los sacerdotes celtas que veneraban los
robles y los bosques.
Histórica
ULTIMAS
IMÁGENES DEL KAMIKAZE
(En
la segunda guerra mundial cerca de cinco mil jóvenes
kamikazes se lanzaron con sus aviones sobre los navíos
enemigos)
Nuestro imperio del sol naciente
se ha ensombrecido.
En su altar en el cielo,
el Emperador observa la desolación
en los templos, lagos y almas de nuestra tierra.
El enemigo de los inacabables navíos,
el de la bandera de las muchas estrellas
que se flamean en el viento,
nos arrebata islas,
nos acosa;
y medita ya en el gran desembarco sobre nuestro pecho.
Mucho ha aprendido
sobre cómo matar nuestro cuerpo.
Pero muy poco
sabe
sobre la abismal potencia de nuestro espíritu.
Uno solo de nosotros,
en un pájaro de trueno y fuego,
perforará la frente de acero de sus naves;
un solo coraje de sol rojo
aniquilará cada
dragón que flota sobre el mar.
II
En la mañana,
con susurros amables,
nuestros dioses agradecen
los generosos tapices de luz de Amateratsu,
la diosa solar.
Al norte de la pista,
donde nos esperan nuestros Zeros,
meditan tranquilas las montañas;
y un lago, desde un alba inmemorial,
alberga a un antiguo kami o espíritu.
Cerca de nuestros pies firmes,
de la tierra brotan las plantas y las hierbas.
En ellas, el rocío, el sudor de la vivacidad del cielo,
aún besa con labios dulces
al viento que silba.
Grillos y langostas
cantan y juegan
en un cercano pantano.
¡Amateratsu!
¡Cuánto arde tu amor en lo alto!
Y frente a nosotros (muchos somos),
se propaga la blancura de la mesa solemne.
Y allí, el sake, la bebida tradicional de mi hogar,
nos es ofrecida.
Brindamos por el Emperador,
que llamea cual un radiante cristal.
Y esta es la cima del tiempo,
desde la que recordar a los samurais de antaño,
y el Bushido y su enseñanza del buen morir.
Esta es la cima del tiempo,
desde la que alabar a los dioses,
y a nuestro Emperador que los preside.
Esta es la cima del tiempo,
donde recibir el
último saludo del padre y la madre,
de la mujer,
y del resto de los seres de nuestra amada isla.
Y reímos.
Y todos los kamis del shinto
ríen con nosotros.
III
Y esta es la cima del tiempo
desde la que correr hacia nuestros fieles
pájaros de trueno y
fuego.
Ellos
serán nuestra carne y nuestra espada;
ellos, en cuanto se lo ordenamos,
ruedan por la pista que nos despide;
ellos trepan por las escamas
de los dragones del aire;
ellos nos llevan al gran mar;
la inmensa serpiente de agitada agua.
Nuestro pájaro aletea en la dirección debida.
Algunas nubes,
las suaves mujeres que vuelan con
cántaros de una futura
lluvia,
corren hacia el sur.
Y tú,
Amateratsu,
diosa de la antorcha generosa,
allí sigues, con tus sonrisas de llamas.
Luego de largos golpes en los tambores de mi corazón,
descubro allí, sobre la serpiente del agua nerviosa,
el quieto resplandor
del
dragón con la bandera de las muchas estrellas.
Sombras petulantes cascabelean
sobre sus huesos de hierro.
Y yo te venero, Amateratsu,
diosa de la sonrisa de llamas.
Y a ti, gran emperador,
comienzo a encomendarme.
En un sueño reciente,
una voz me dijo que para el futuro
nuestro vuelo será insensatez
o torpe suicidio.
Poco se comprenderá mañana
de nuestra devoción extrema.
Nuestro destino es que nuestra patria sea.
Que nuestra patria acalore cada sitio frío del universo.
Sobre el vidrio de control de la altura
advierto una pequeña hoja de trébol.
¿Cómo habrá llegado hasta mi pájaro?
!Ah, qué delicada gema verde!
Y esta es la cima del tiempo,
en la que ordeno,
a mi ave de fuego y
trueno,
que nos lancemos ya hacia el dragón que flota.
Recuerdo, padre,
cuando una vez me contaste
sobre aquella flota de
mongoles
que quiso invadirnos.
Entonces, los dioses aceptaron nuestros ruegos,
y crearon un viento divino
para destruir los dragones enemigos.
Kamikaze, el viento divino en nuestra lengua.
Kamikaze, el viento que se enrojece
cuando los recuerdo por última vez,
padre, madre,
mientras todo mi cuerpo grita,
mientras toda mi pasión es una llamarada
sobre la cubierta del dragón que flota.
RETORNO A SAN LORENZO
(El
3 de febrero de 1813 el entonces coronel San Martín encabezó
al regimiento de caballería de granaderos en su ataque
contra los españoles en un paraje frente al convento franciscano
de San Lorenzo. Porteau, el granadero mencionado durante
el poema, y con el que se entabla una imaginaria proximidad
, murió en el combate.
Este
poema fue escrito en el campo de la batalla).
La mañana sube a la tierra
tras el agua y la floresta ribereña del Paraná.
Por las barracas, por las escaleras y angostos senderos húmedos,
suben los realistas con los cañones
(que vomitan el hierro circular y
negro),
y con los fusiles
de las balas certeras.
Siembran el pasto matinal
con sus pisadas hacia el convento erguido bajo su cruz.
Y por el lomo de un caballo
asciende un grillo;
por las botas negras
aún se desplaza
en su osada y desapercibida exploración
una hormiga de fogosa voluntad.
Algunos pájaros saltan sobre la esguadaña del templo.
Un hornero recién acaba de concluir
su mansión de barro paciente.
En la rutina de brisas y gorjeos del nuevo día
una lanza de filo seguro corta el aire.
Aire que sangra la ansiedad por el comienzo.
Por el inicio del sueño de una nación.
En este origen,
hablarán las espadas
con el viril alarido marcial.
Pero, a pesar de tanta necesaria rudeza,
un corazón de niño sueña en los patriotas.
El sueño de un país de cumbres dignas
y de trigo generoso en cada boca.
Entonces, hoy, en un filamento de pasado
del viejo campo del combate,
se me ocurre escucharte a ti
que dices que me imaginaste deambulando la
última noche
por la tierra que hoy será nuestra.
Y me pides que nuevamente te vea
en aquella mañana del 3 de febrero...
En esta mañana
tras el convento de las blancas paredes,
te arenga tu comandante.
A pesar del inminente terremoto de historia que les aguarda,
un color sereno pinta su presencia.
Son muchas las batallas que ya han tronado en su cerebro.
Entonces su voz ya no es palabra sosegada.
Ahora su garganta revienta en el grito;
ahora su palabra es el fuego que se inicia
para incendiar el peligro de no ser.
Entonces, ciento veinte jinetes,
granaderos a caballos los llaman,
arrojan hacia adelante su hombría como flechas incandescentes;
son el pico asesino de un solo pájaro feroz.
Y mientras rozan la planicie
con los cascos salvajes de sus caballos,
los enemigos,
los carceleros
aún de nuestro futuro,
les envían dientes negros de dragón,
lo que regalan los cañones en la batalla;
les envían pequeñas esferas penetrantes,
lo que los fusiles ofrendan a la guerra.
Y algunos de los bravos que atacan se detienen.
Un vendaval de dolor se enloquece en sus ojos.
Los otros, llegan con sus caballos furiosos
hasta la boca abierta y confundida de los godos.
Y venas quebradas,
quejidos de muerte,
se apoltronan en la piel mutilada de los invasores.
Son para ellos, los jinetes que atacan,
una
avalancha de dioses que gritan victoria.
Pero
que no son inmortales.
Pero que no pueden saber
qué tan hondo
te taladró el pecho una bala.
Sé que un mar de lodo hirviente
se precipita hacia el fondo de tus entrañas.
Alguna vez naciste y viviste en Francia.
Porteau te dicen.
Eres el único que,
lo mismo que tu comandante,
cruzaste un océano
para ser aquí un ola que ataca.
Ahora, luego de tu hora de guerrero,
contemplas y escuchas la guerra que te merodea
con la música siniestra que cantan
los cuerpos que se combaten.
Un español se te acerca.
Es un casi un muchacho
que corre hacia ti
con una tempestad de terror en la mirada.
Quizá les has provocado un relámpago de compasión.
Quizá quiere ayudarte a que la voz ronca
de la vida que se desmembra
ya no golpee tus oídos.
Entonces, te hunde su bayoneta.
Cerca de tu hígado creo.
Tu
agresor grita luego
delante del brillo de una espada.
Y escucho, poco a poco,
los tambores de la victoria
en esas gargantas que,
las reconozco,
son las de tus compañeros en la carga frenética.
Y caes pesado sobre la tierra.
Quieras empezar a descansar.
Quieres pedir disculpas
por los hombres,
que el destino y
su hoz
te
obligaron a silenciar.
Y un desierto frío corre por tus piernas.
Pronto
llegará hasta la llama de tus
últimos latidos.
Y vas queriendo sólo el silencio
cuando vez por
última vez
tus manos afiebradas por un humo rojo;
cuando tus ojos, que aún no se cierran,
ven la altura por la que luchaste,
el cielo de un país futuro
que no sea el cementerio de los sueños.
GAUCHOS EN LA NIEBLA
(Poema escrito en el Parque criollo y Museo Ricardo
Guiraldes)
Fuiste alguna vez el galope
de una soledad larga
que abrazaba la pampa.
El cielo no te era lejano ni extraño,
pues la pintura anaranjada de los atardeceres,
las nubes de la tormenta bravía
o la voz amarilla del sol
siempre danzaban cerca de ti,
entre las medallas verdosas del pasto.
Al cabalgar no te extraviabas nunca
en un suelo amargo
sino en la espalda suave
de una gran mujer de hierba
que susurraba revelaciones y consuelos
a tu alma siempre expuesta
a los acantilados hondos de la melancolía.
Con tu guitarra de la madera y las cuerdas
en un hechicero peregrino te convertías;
cultivabas
con tus dedos y tu voz
los girasoles frescos del sonido
con los que devolvías la compañía
a la tierra que te
aconsejaba y nutría.
La cabalgata en la larga distancia
amontonaba ebrias llanuras de color
dentro de tu destino de jinete
que sólo habla con pensamientos callados.
Pero ocurrió una vez,
que en la estancia sujetaron tus riendas.
Te robaron el horizonte sin fondo.
Y, desde entonces,
la pampa se refugia en tu
lazo.
Pero ya no corre como centella veloz
hacia el ombú distante.
Desde entonces,
entre la bruma y un delgado puente,
sobre el río, regalo de las lluvias,
cabalgas hacia la lejanía.
Que nunca se acerca.
Porque avanzas sin moverte.
En la espera de que la tierra verde y el viento te recuerden
el arte de cabalgar de nuevo
hacia los rayos y
la llanura
donde volver a ser el hombre
que piensa con libertad de pájaro
sobre el altar de
un caballo.
VER SACRUM
(Ver
Sacrum, "primavera sagrada". De esta manera los antiguos sabinos
denominaban la costumbre según la cual, al llegar cada primavera, los jóvenes
debían abandonar los pueblos y ciudades para así entregarse a un viaje
incierto y audaz).
Los jóvenes sabinos escrutan la lejanía.
La juventud cosecha savia fresca en sus cuerpos.
El sol siembra aire dorado en los prados del Lacio.
La primavera asoma su corona florida
por encima de las nubes, y debajo del trono del Júpiter
tronante.
En el comienzo del fervor primaveral,
entre los rumores de los arroyos,
con más bríos regresa la voz de los ancestros.
La palabra oriunda de la infancia del pueblo
que viste el alma con el lino de las creencias.
Y en el comienzo del fervor primaveral,
la voz de los antepasados dice
que en la época de las flores apasionadas
sea ver sacrum, la primavera sagrada.
Parte de la juventud es entonces elegida
para que encuentre y conquiste su propia tierra.
En ese camino incierto,
Marte los guiará.
Marte, dios de la guerra,
también es sacra aureola de juventud volcánica.
Marte, a través de su animal sagrado,
conducirá a los juveniles entusiasmos en su primavera
hacia los valles vírgenes a conquistar.
Cuando despunta el destello solar esperado,
los jóvenes abandonan la ciudad,
el padre, la madre, el primer hogar.
Entonces, los corazones expectantes laten
tras el animal enviado por el dios.
El lobo.
El lobo surca el mar de luz que muerde las rocas y las
colinas.
Los miembros de la sacra primavera
siguen su sombra embriagada de hechizos.
El animal escucha en silencio las
órdenes del dios.
Y, aun entre la refulgencia quemante del día,
a cada viajero una niebla misteriosa a veces rodea.
Neblinosas manos feéricas,
que rozan en el pecho la repetida sentencia:
"No te engañes.
Aún no has nacido".
En ocasiones, lienzos vertiginosos de nubes
orquestan las músicas descendentes de la
lluvia.
Entonces, en cada restallar de las gotas sobre la piel
la insondable sentencia regresa:
"No te engañes. Aún no has nacido".
Y la enigmática advertencia
mana también del polvo y los colores tornadizos de cerros y
lagos.
Y, en la sucesión de sol tras una luna,
los días del rito esfuman el único camino
que suda bajo el dedo del dios.
Entonces, el animal de los aullidos
se apoltrona en una nube remota.
Y en el camino de cada viajero,
silba la incertidumbre y la soledad.
Y entonces cada joven con la sacra primavera en sus cabellos,
camina hacia su propio valle
sin amigos ni refugios
donde encontrar el volcán
en el que se pueda nacer.
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Sacrum 1
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