Animalia
LA NOCHE DEL JAGUAR
La hoguera, en el nervio de la selva,
ilumina
mi pasión que espera.
Los
guerreros danzan a mi alrededor.
Las
mujeres alisan mis cabellos.
Untan
mi piel con dibujos ancestrales.
Los
niños atisban mi quietud
desde
una temblorosa distancia
de
luces y hojas.
Y
el sacerdote
del
manto de piel moteada
pronuncia
las palabras
que
a ti te llaman.
Sus
manos dibujan
en
la oscuridad,
jaspeada
de luces,
los
secretos movimientos de un llamado.
Y
los músicos enardecen sus tambores.
Atizan
fraguas sonoras
en
la garganta de los cuernos.
Y
desparraman la música
en
la penumbra,
para
que llegues,
para
que vayas llegando
mientras
la espera en mí espera.
Espero
en la reverente espera
que
la fogata perezca,
que
el baile de las llamas cese.
Para
que todos se alejen,
y
me abandonen
en
un estanque de soledad.
Para
que tú vengas.
La hoguera cierra su
párpado rojo.
El
humo asciende y danza
en
anillos de vapor.
La selva cascabelea
entre
naciones de insectos.
Y
dardos
de oscuridad,
las
almas de las plantas y la madera,
se
humedecen en mi espera.
Espera
de ti.
¿Acaso
ya te aproximas?
Y
alzo
mi atención,
hacia
la nocturna piel afiebrada de estrellas,
hacia
el hormiguero opalino de luna.
Por los crujidos de la hojarasca,
por
un centelleo movedizo
en las
murallas oscuras,
sé
ya que no debo esperar.
Sé
que vienes.
Ya
no debo esperar tu noche.
Noche
de jaguar.
Animal
sagrado.
Y
mi pesadilla, mi sueño,
mi
iniciación se inician
en
esta noche, tu noche.
Noche
felina.
En
la que ya
islas
de cascadas rojas
brotan
de mi carne despedazada.
En
tus mandíbulas, se quiebra
mi
pulmón oculto,
mis
frágiles vértebras indefensas.
Y,
como serpiente,
versátil
y ligera,
me
difundo y disuelvo
en
tus antorchas de ojos salvajes,
en
los fermentos de tus rayas.
Con
tu pelambre y su incendio,
ahora
acecho
volcanes de la selva.
¡Llévame
animal
de
los muchos dioses que hierven!
¡
Llévame
hacia tu noche,
patria
del trueno felino!
Noche
de jaguar.
Y,
con lentitud,
con
los cuchillos de tu mirada,
herimos
los lomos de lo oscuro.
Y
lentos,
nos
agazapamos
entre
las lanzas de madera del árbol.
En
los anillos del follaje denso
respiramos.
Y
esperamos.
Esperamos.
Y
sospecho, presiento, comprendo
el salto de trueno.
Que
se agazapa
en el filo de tus garras.
Y
esperamos
con
burbujas tórridas
en
el aliento;
con
olas de flechas contenidas en los ojos.
Larga
oscuridad.
Ola
contenida en los ojos.
Y ningún temor
rasga el arpa quieta
de nuestros cuerpos.
Ninguna vacilación
fustiga
la decisión del
rugido.
Pues ahora
la gema de vida que
aguardamos,
que esperamos,
camina en los carros
de su inocencia.
Y
entonces, sí,
ya,
ya,
contigo corro,
en
tu noche felina.
Perseguimos
a la víctima.
Que
nuestra cólera de cazador busca.
¿Pero
qué perseguimos en el ser perseguido?
¿Qué ser se
persigue al perseguir al ser?
¿Qué
se persigue al perseguir lo que crea lo que es?
Y
él o ella,
con
latidos enrojecidos de pánico,
huye.
Humedece
con gotas de espanto
la
selva encorvada
bajo
las saetas de nuestra ira.
Y
te acompaño,
animal
sagrado,
donde
hierven los dioses,
mientras
corremos entre los altares de penumbra,
de
vientos y follajes.
Y
nuestra carrera y nuestra cacería
es
a
través de ejércitos indiferentes de insectos;
de callados remolinos de
ramas;
de breves arroyos con los cantos del
agua;
de losas de rocas
ceñidas;
de
los ojos vigilantes de los árboles;
de los chasquidos de la tierra
sensible;
de las serpientes que queman los troncos.
Y,
entonces,
el
espacio ya no es.
En la garganta abrupta de la noche,
nuestro
sudor ahoga
escarabajos
y luciérnagas.
La víctima gime
ya
en
las mandíbulas de tu pesadilla,
en
el sueño de tu vientre.
¿Pero
qué perseguimos en el ser perseguido?
¿Qué ser se
persigue al perseguir al ser?
¿Qué
se persigue al perseguir lo que crea lo que es?
Te
pregunto
entre la luna y la raíz de la selva.
Y
el ser,
que
hemos buscado,
sueña
en las temperaturas abisales
de
tu sanguíneos ríos.
Y
acaso mi pesadilla
de
vértigo y calor concluye.
Pero
en tu noche, animal sagrado,
continúo.
Continúo
en
tu santuario de grito lunar,
en
tu salud que derrite el cobre.
Y
ahora, aún mi día
es
continuación de tu noche,
animal
sagrado,
donde
hierven los dioses.
En
tu noche,
que
ahora también fosforece
en
mi día,
en
cada sitio percibo
al
ser que, tú y yo,
con
huracanes en los ojos perseguimos.
EL PEDIDO DE LA
SERPIENTE
La luz brota de la
luz
con la piel ondulada
de serpiente.
El todo exhala el
todo
con el viento
ondulado del reptil.
Y la noche,
en la que la
serpiente vomita la llama,
disuelve mi sobria
indiferencia
y me concede el don
de alimentarme
con lo hondo.
Todo lo que es,
es río de mañana
ardiente
que fluye desde las
fauces y las escamas de la serpiente.
Del animal que lo
oculto oculta.
Entre caminos
ondulantes de una lluvia que cae,
contemplo cerca
dentro del agua del
cielo
a la serpiente de la
radiación hechicera.
Y pienso que lo
sutil se mueve
con ondas
ligeras.
La realidad que no acaba
a sí misma se toca y
regresa
con ondulados
movimientos.
Ondas de luz y radio,
espiraladas ondas
estiradas de ADN,
son lo sutil que
danza y se expande
dentro de las
osamentas de la materia.
El único ser
que en el
visible espacio
se propaga y
desplaza como onda
eres tú, serpiente,
del ondulado cuerpo
hechicero.
Sólo tu onda de
calor
a cada cuerda del
espacio
puede arribar.
Con el rumor de la
lluvia entre mis cabellos,
te evoco y
presiento
embrujada criatura
escamada.
Sé que mi mente,
es la tierra húmeda
en la que viven tus
surcos y cuevas,
la ondulada firma de tus huellas.
Sé que, dentro de mí,
escuchas la flauta
hipnótica
de alguna diosa;
sé que en los lechos
sanguíneos de mi carne,
te zambulles y
escuchas la raíz de las raíces.
Sé que, en el volumen
de mis brazos y piernas,
avanzas con el
recuerdo
del primer lenguaje
que fosforece en tus
ojos.
Ojos que son los
ojos
de la mujer sagrada
que a sí misma se inventó.
Sé que, en las líneas
de mis manos,
encuentras las
grutas
donde descansa
olvidado el misterio.
Sé que siempre me
traes
el arco de una
amazona sacerdotisa
para que como flecha
me arroje
hacia el extremo de
lo que no termina.
Desde mi nacimiento
en el vientre de mi madre,
sé que me pides que
renuncie
a la lógica y la
gramática.
Sé que me pides que
escuche la lluvia
que al fin suena a
poesía.
CABALLOS EN
LA LLUVIA
El bosque y la llanura aguarda siempre la lluvia
porque bajo la bruma y la cascada lluviosa,
la nube, el cielo, y los gritos del sol,
se funden con la roca, la tierra y su
vegetación misteriosa.
Y los bosques se agobian de tanta intimidad,
de tanto intrincado sendero secreto.
Y, entonces, cuando nueva agua del cielo llega,
la broza y el
árbol sobre la llanura se precipitan.
Corren. Y devienen caballos furiosos en la lluvia.
Caballos que se alejan de la
floresta.
Mensajeros de
la vida que estalla
en
la libre estampida.
Y tambores de rayos trepidan sobre las crines revoltosas.
En la fuerza arrogante del galope,
la existencia encuentra el hervor de la
alegría.
Y las praderas mana zarzas ardientes
en cada resquicio de hierba y lodo
cuando los caballos atraviesan altivos
las desnudas planicies
de
flores y púrpura.
Y el atardecer se apoltrona
en un cielo anaranjado.
La lluvia continua como finos torrentes
de acuosas gemas.
Y los cascos rebotan en un imaginario granito incorruptible.
Lo vivo galopa en mármol cada vez más bruñido.
Y como libre ave me imagino
en torno a los corceles que no entibian su brío.
Entre aleteos de versos, sé que
el galope y el vendaval de los bufidos
no renuncian a ser,
aun en el atardecer bajo la lluvia,
el trueno tras
el trueno.
En la bruma de un ocaso lluvioso
lo sano y libre acude a cabalgar sobre los caballos empapados
jaspeados en su pelambre por reflejos dorados.
En los caballos del atardecer y la lluvia
cabalgan todo el viento y las semillas;
cabalgan todos los seres creados por una pasión;
cabalgan las musas que le cantan
a la belleza que
aún se refugia
en la
suave tempestad del galope.
CUERPO
DE MUJER
Sangre que es luz,
y un mar de rojiza
luminosidad,
acalora dentro de sí
todo el espacio.
De este océano del
sanguíneo y universal fulgor
ella emerge.
Otra vez.
Ella emerge ante mi
atención de poeta.
Otra vez
observo
una brizna de tu secreto.
Te observo
en la roja agua y la
luz sanguínea
de la que brota tu
cuerpo.
Cuerpo de mujer.
Himno de la poética
piel.
Incendiario baile
son tus caderas
y los jardines de tus senos,
y los rayos de tus
cabellos
y tu frondosa y
profunda gruta.
La amplitud del
cosmos,
y sus fríos espacios
son oro de la
vastedad.
Pero en el universo de
los largos huesos,
en el ancho espacio,
todo se
dispersa y aleja.
Por eso,
en el amplio cosmos,
y la cercana tierra,
que aúlla lo vivo en
nuestros talones,
un ser es el que
atrae y concentra,
la vida extendida.
Ese ser es la hoguera que
seduce.
Es la llama
magnética.
Es tu cuerpo.
Cuerpo de mujer
que guía el volver
hacia el origen.
Origen extraño,
rojizo.
Del que tú procedes.
La pasión
masculina y erecta
que se hunde en ti,
sin saberlo,
por ti
al origen extraño,
rojizo, regresa.
Tu bello huerto de líneas,
tus cabellos que
incendian el viento.
Los calientes mares
de tus senos
son la magnética llama.
Que llama y
atrae
lo disperso y
congelado
para que al origen
extraño, rojizo,
regresen.
En un mediodía de
cigüeñas azules,
presencio
tu cuerpo.
Desnudo cuerpo de
mujer.
Mientras a través de hierba y fango
caminas,
el magnético destino
de tu llama
me enseña el camino
del regreso.
Y las lluvias
pensantes del bosque
a tu cuerpo se
acercan.
Y también los
tigres,
las razones de la angustia,
los colores
ocultos de las rocas,
se acercan
y en tu
cuerpo se derraman.
Entonces,
¿por qué debería
sorprenderme
que
cuando mi lengua
explora
los valles de tu
piel y tus cuevas
descubra
en tu cuerpo,
cuerpo de
mujer,
el origen,
y las
salamandras
que ríen en las
llamas,
y las primeras
lluvias
sobre la tierra
emocionada?
Sí, ¿por qué
debería sorprenderme
de encontrar en tu
cuerpo,
cuerpo de
mujer,
la fuente,
el origen
del éxtasis del
leopardo?
EN EL LECHO, EL TORNADO
RÍE
Te he visto
lago escondido del dolor
cada vez que
con los humanos me encuentro.
Aún cuando el rostro finge alegría
o cuando un humor vacío disimula un cañaveral de heridas,
te he visto.
Deambulo con frecuencia
por las
calles y los humos
del dragón urbano.
Entonces,
gaitas apesadumbradas
me susurran
la lírica de antiguas almas profundas.
Y en mis ojos
vive el hechizo
por la bruma, el castillo y la mujer de hierba.
Pero en mis tobillos
las uñas del sufrimiento
grietas sangrientas tornean.
Y, por eso,
tantas veces,
entre las lanzas del sol
o las selvas de casas y ruedas,
te he visto
lago escondido del dolor.
Te he visto
en la madera del árbol
que la savia vomita;
te he
visto en las monedas del poderoso;
y en el niño extraviado
en la urbe indiferente.
Sin abrigo ni duendes,
te he visto
niño
enterrado en tu piel de jazmines
bajo la
lápida
del mundo de los lingotes.
Y sigo.
Camino y camino.
Y por las calles descubro
un extenuado caballo
que tira un carro de cometas destartalados.
Y también encuentro un perro
de exquisito cuidado.
Y en ambos animales,
en el protegido y el vejado,
por igual
gritan tus torbellinos.
Torbellinos que he visto
lagos escondidos del dolor.
Y en el dragón de la urbe,
acuden al confesionario
del moderno
médico de las almas
los esperanzados
en ser la vida que sonríe.
Y con el decir de muchas palabras
intentan los monjes de lo
inconciente
exorcizar el terror en la mirada.
Pero con el solo recuerdo y la palabra
no muere la sombra que sangra en las manos.
Y tras cada ventana
en las torres de cemento
se ensayan los privados conjuros
para vivir
con guirnaldas de placer,
con el rumor continuo de la satisfacción.
Pero, muchas veces, te he visto
con tu brisa
húmeda
llegar
hasta cada guarida de la urbe.
Te he visto
escabullirte debajo de las puertas
e inundar cada refugio e intimidad.
Te he visto,
lago escondido del dolor,
en las hojas sobre el asfalto
en cada huella humana sobre el tiempo.
Pero ahora no quiero detenerme en ti.
Porque ahora toco
tu lecho.
Allí está el tornado que ríe.
La misteriosa fuerza
que se burla de los campos inundados de dolor.
Es la fuerza
que,
luego de tanto padecer,
de nuevo te creará.
ESCAMA Y ALA
Agradeceré
entonces.
Pero,
para eso,
como
serpiente aérea
deberé
renacer.
Como
reptil
de piel hechizante.
Con
escamas de espuma magnética
deberé
renacer
para
atraer
los
tejidos
completos
del
mundo.
Como
serpiente
ondulante
de
cabeza de magma
deberé
renacer,
para
deambular
en
las grutas del origen.
Como
el animal
que
coloniza grietas,
se
enrosca a cimas,
hipnotiza
nubes,
y
sopla cielos
en
las cortezas y los cuerpos,
deberé
renacer.
Y
como alado reptil
agradeceré
entonces.
Acaso
por primera vez.
Y
saltaré como burbuja caliente
en
el vientre sin fondo
de
todo lo que hay.
Agradeceré entonces.
Agradeceré
ser
escama y ala
que
celebra todo lo que hay
en
este y el siguiente respirar.
CAMINO CON PIES DE TEMPESTAD
Cielo
que hoy en mí desciendes,
con
fuego celeste,
ya
rozas
con
sutiles dedos
la
calle y la azotea,
el
mármol y la pobreza,
los
árboles y los solitarios,
los
metales de los autos-caballos,
los
vidrios de los dragones-edificios.
Y
entonces inicio la escucha
de
la tempestad que ruge
en
las mesetas callejeras,
en
las casas sin cuerdas
hacia
las nubes.
Y entonces,
¿no lo escuchas?
¿no lo escuchas?
La
tormenta que dentro de la urbe perdura.
Y
ya camino.
Camino
con tempestad en los pies.
En mi tormentoso caminar,
la
gramática y la metáfora
se
disipan
en
océanos de bruma.
Las
pasiones de mi cerebro,
y
los halcones que nacen de mis cabellos,
y
las serpientes que me buscan,
pierden
su límite
en
selvas de calores secretos.
La
filosofía de las grandes escuelas
me
proponen
escaleras
de la razón.
Pero
la verdad no es
campanario
conquistable
sino
la cobra
que,
en la profundidad,
con
oído atento se alza.
El
esquivo castillo de ser
no
se arrodilla ante la idea o la teoría.
Es
danza que
emana
universos
al danzar.
Lo
que es ser baile es
para
que lo que es vacío
tiemble
y
hospede dentro de sí
nuevos
cuerpos que sean
cristal
y vitral.
El
cuerpo olvidado y real
es
el que se percibe
atravesado
por la luz
de
corazón oscuro, indecible,
por
luz
que
es
enigmático movimiento creador.
Sin
fin.
Camino
con tempestad en los pies.
Y
descubro
en el tumulto urbano
los
ojos extirpados de brillo,
y
las paredes mudas
sin
diálogo con las piedras y los mares.
Pero
en el campanario evanescente de un relámpago
sé
que oscuros
ángeles me acordaron
el
cuerpo y la voluntad
para
caminar escuchando el tornado
que
vive dentro del átomo.
Y
camino
con tempestad en los pies.
Aún
en el desierto
de
las lunas abandonadas.
Plegaria
DE
NUEVO SERÁS
Esta
es mi fe,
sin
duda que la flagele,
sin
hierba muerta en mis manos.
Esta
es mi fe:
sé
que,
a
pesar de nuestro largo tornado de miseria,
de
nuevo serás
el
cisne que nada en los crepúsculos,
la
salamandra que sobrevive en el fuego,
la
alucinación colorida del coral.
Sé que
de nuevo serás
líneas
incandescentes;
el
ser vestido
con
la luz de hogueras
y
árboles del bosque.
Sé
que
de
nuevo serás
el que, con las ruedas del horror,
ascienda
a los campanarios de la compasión.
Serás
el que niegue el cansancio.
El
que grite la magnolia en lo vacío.
El
que sea la generosa entrega
que
imita las dádivas del sol.
Sé
que
de
nuevo serás
el
viento sabio que habla con las montañas;
el
arroyo del agua musical;
la
raíz del árbol en la tierra secreta.
Sí,
lo sé, lo sé.
De
nueva serás
el
pájaro de lava
que
vuela para venerar.
NOSTALGIA
CON FUEGO
Nostalgia
me sangra
al
recordar
la
embriaguez de los ritos.
Los
dioses con corazas de viento.
Las
sacerdotisas del laurel y el misterio.
Pero
mi nostalgia
no es
cadalso
de hielo,
agonía
del desierto.
No.
Mi
nostalgia es trueno.
Penetro cada vez más
en
este tiempo
que
inventa
sucesivas
tumbas
para
los altares
y las águilas.
Y
cuando la soledad
amenaza
derretir mi ojo
en oro
negro,
mi
mente arrojo
como flecha
hacia
las sirenas
y
los
escudos de los héroes.
Y
el
bosque del druida.
Entonces,
regreso,
a la
cumbre del castillo
para
contemplar al halcón
que
ora entre las nubes.
Pero
mi nostalgia
no es
crujido
fósil de cadáver,
moneda
rota de sol,
colibrí
triturado por sepulcros.
No.
Mi
nostalgia es leopardo.
Furia.
La
bravura
del
jinete de la Mancha
que
enviste contra las dragones
vestidos
de molinos.
Las
espadas
de la
nobleza quebrada
me
imploran que calle.
Y
olvide ya
que no
soy
valles
de cielo.
Pero
las hogueras en mis venas,
evocan,
recuerdan,
golpean,
en mi
pecho,
los
tambores de la nostalgia.
Son
los tambores que evocan
el
carro de Dionisos,
la
danza soleada del sioux,
el
rayo del Buda.
Son
los tambores que evocan
las
serpientes de Moisés,
la
guerra patria de Bolívar y el granadero,
el
agua y el fuego de Asís,
la
exploración reverente del mar,
el
altar de magma en el bosque,
la
mujer que es diosa del amor,
el
caballero de la cólera y el honor.
Todo
aquello evocan los tambores.
Los
tambores.
Mis
hogueras.
Pero
mi nostalgia
no es
fragmento de alba estatua,
pluma
envenenada,
seda
desmembrada de angustia.
No.
No te
equivoques.
Mi
nostalgia
es la
que reenciende los fuegos.
EN MI ÚLTIMA
BATALLA
En mi última batalla,
inclinaré mis armaduras y espadas
ante la diosa de la
gracia y la ira
para que me ofrende los caballos de
la locura
que me lleven hasta
las últimas rocas.
El enemigo será la cómoda
cabalgadura;
el dragón opaco en el
acecho;
el licor de
lo
mediocre;
la abismal tentación de olvidar
las cumbres arduas;
el mandato de la existencia
diminuta;
el ardor sustituido por el hielo.
En mi última batalla,
caminaré sereno por las calles.
Fingiré ensimismamiento y
lejanía.
Pero, en cada instante,
halcones de fuego
estallarán en mi cerebro.
Cascadas de hierro
endurecerán mi voluntad,
pues muy largo será el
camino
que desnudo y sólo deberé
cabalgar.
En mi última batalla,
mi piel se
desvanecerá por el sufrimiento
de los seres de todas las
regiones
porque no podré ya soltar el remo
compasivo
en los desbordados ríos del
horror.
En mi última batalla,
sabré que no hay héroes,
sólo humanos con la decisión
de vivir con claridad en la mirada.
En mi última batalla,
me veré en un bello
espejo,
y sabré que deberé
olvidar mi imagen,
porque mi nombre
sacrificaré
para ser flecha más ligera.
Flecha viril lanzada
hacia los ojos vacíos
de un gigante frívolo.
En mi última batalla,
habrá
suspiros de jade por la belleza;
y llevaré sobre mis hombros,
el amor por la poesía y el pensamiento
hondo;
llevaré sobre mis piernas,
cascabeles de cometas y
desconocidos planetas;
llevaré en mis
cabellos
la ofrenda de los ritos
para la diosa procreadora de los
bosques.
Polvorientas
escaramuzas deberé atravesar
antes de que el ojo del decisivo
torbellino
me encuentre,
entre el estruendo y el sudor
de mi última batalla.
En mi última batalla,
arrojaré mi hierro
furioso
sobre el gigante
frívolo,
asesino de los lagos.
Y entonces sonreiré.
Sabes,
sonreiré en mi
última batalla.
Sonreiré con labios
que la luna me regalará.
Y moriré con
estrellas vivas.
Con estrellas vivas
cantando entre mis
heridas.
DESEO
DE GLORIA
¿Dónde
encontraré la gloria?
¿La
encontraré cuando camino entre castillos destruidos
o al
esquivar
puñales
de hielo
en
este tiempo de valles congelados?
¿Encontraré
lo glorioso
en
esta era sin fuego
ni
altares
de
dioses de vino y ensueño?
Y
mientras dura mi incertidumbre
invito
a la luna
a
fulgurar en mis cabellos
con
sus rayos de plata;
a la
mujer la acaricio, penetro y venero
para
que en la tierra siembre
campanadas
fértiles;
al
cóndor le imploro que grite
algo
noble entre los vientos;
a los
cristales de los altos edificios
les
propongo que celebren la risa del sol;
al pez
le pido que guíe
mi
deseo del brillo digno
hasta
los lechos profundos;
y la
luna, la mujer, el cóndor, los cristales y el pez me contestan,
pero,
aun así,
no
encuentro molinos de aspas gloriosas en mí;
no
relampaguean
cáliz
sublimes
en mi
garganta
lastimada
de sequedad.
Dime,
dime entonces: ¿dónde encontraré la gloria?
Recorro
el océano de rizos de agua
y algo
glorioso encuentro;
observo
el lento y tierno bosque de caricias
de la
madre sobre el hijo,
y algo
glorioso descubro;
me
acerco a las manos de amor del niño
sobre
la piel del animal,
y algo
glorioso encuentro;
contemplo
las alas del ave
que
derraman
lavas
de dicha
en
cimas celestes,
y algo
glorioso descubro;
pero
en mi historia y mi oxígeno,
en mis
ojos de volcanes rugientes
aún no
descubro
el
calor y vértigo glorioso.
Entonces,
dime, dime: ¿dónde encontraré la gloria?
¿Cómo
podré encontrarla entre la pasión asesinada,
entre
la belleza castigada,
y la
poesía asfixiada?
¿Cómo
podré encontrarla en la selva
urbana
y superficial
donde
no se bebe
el
licor del rayo
ni los
los jugos de la diosa
del
bosque profundo?
¿Cómo
haré para ser
cascada
gloriosa
en el
pozo
de los
mercaderes y frívolos?
Dime,
dime entonces: ¿dónde encontraré la gloria?
¿Dónde,
dónde me bañaré en sangre de dragones?
¿Dónde
renaceré en el vientre de una antigua diosa?
¿Dónde
descubriré las armaduras
que
reflejen los cielos
del
vuelo libre del halcón?
¿Dónde
descubriré
el
relámpago
que me
conceda
voz de
trueno
para
invocar
a las
musas
de la
poesía
sagrada?
¿Dónde
está la gloria?
¿Dónde
podré encontrarla?
Sólo
en los libros
de
fatigada historia
hallo
las batallas
donde
defender la honra.
Pero
ahora ya no tengo
la
espada
ni el
yelmo de alas terribles;
no
tengo caballo
ni el
combate de la estampida heroica;
no
tengo la bendición
de una
bandera de colores fogosos
ni el
beso de la princesa
de
bellos huertos en sus senos
y de
cristales de agua tersa en sus ojos.
Sólo
tengo en las espaldas
puñales
de angustia
y el
raro destino de venerar
aún,
solitario,
el
fuego y la nube.
Dime,
dime entonces: ¿dónde encontraré la gloria?
No sé
dónde encontrarte.
Pero,
ten por seguro
que te
buscaré
aun
entre las calles que ignoran la rareza de mis plumas;
aun
dentro de la tumba del Quijote derrotado;
te
buscaré
entre
los cementerios
de
árboles y estandartes,
porque
sé que
en
alguna repentina tormenta futura
mi
corazón
al fin
lo devorará
la
diosa
que
enciende de fuegos claros
la
mañana que
gloriosa
siempre
vuelve.
Vuelve.
A
pesar de la niebla fría.
CONTINÚA