Biblioteca virtual temakel

  Inicio  Mapa del sitio Volver Biblioteca virtual  

 

 

   VER SACRUM

   Por Esteban Ierardo


 
 

Esteban Ierardo

Prólogo

Ver Sacrum

Esteban Ierardo es un caminante que, a veces, sólo a veces, deambula entre brumas misteriosas y soles todavía no del todo extinguidos.

Prólogo  

    La poesía sólo habita cómoda en las flechas. En saetas livianas, multicolores, embadurnadas de plumas. La poesía se aloja y viaja hacia un blanco que nunca se ofrece. De ahí que lo poético no tenga meta o fin donde concluir.  La sensibilidad poética es un siempre atravesar, como flecha ligera, el pulmón transparente del aire y del tiempo. La historia y la práctica de la poesía es el susurro silbante de la flecha que atraviesa el volumen esponjoso del mundo. En ese traspasar, el poeta escucha, aunque sea débilmente, la música que fosforece dentro de las cosas. 

    Aquí entrego a las aguas de posibles lectores estos primeros poemas que hallé en el traspasar tambores afiebrados de vida. Vida siempre extraña, enigmática, de frondosa cabellera recogida en la penumbra.

   Los versos que siguen luego bailan bajo el nombre de Ver Sacrum, primavera sagrada. De esta manera los antiguos sabinos denominaban la costumbre según la cual, al llegar cada primavera, los jóvenes debían abandonar los pueblos y ciudades para así entregarse a un viaje incierto y audaz. El propósito de este deambular era el descubrir un nuevo lugar donde habitar. En esta peregrinación eran guiados por una loba enviada por el Dios Marte.Ver sacrum, la primavera sagrada, era un camino sacro para el propio florecer; era un alentar la realización de la juventud como acto de viaje y descubrimiento. Sólo se nace de veras en la energía del caminar y descubrir.

   He agrupado los poemas en varias regiones según la particularidad de su temática. La primera región apela al neologismo Animalia para abrigar las poesías donde froto el talismán de una posible reconciliación entre lo humano y lo animal. Quizá el estandarte de esta aspiración sea "El canto del lobo" y "La noche del jaguar". En Místico-filosófica libero inquietudes filosóficas personales y una irreprimible idealización místico-romántica de lo femenino en "Cuerpo de mujer"; en Plegaria, con cautas huellas, nos acercamos hacia la poesía como potencia hímnica y como gran anhelo; en Natura, serpentean versos que sobrevuelan y traspasan el agua, las piedras, el sol, la bruma que abraza y oculta; y, en Histórica, deambulamos entre pretéritas orillas de historia; respiramos entonces en los instantes finales de un kamizake; en la desvanecida épica del gaucho; en un combate sanmartiniano que fue la matriz del sueño de una nación que no es; y exhalamos ritmos poéticos también entre los jóvenes sabinos que aún caminan en su primavera sagrada.

   Por suerte para la poesía, la rareza del mundo no deja de murmurar secretos sobre la arena. 

  Esteban Ierardo

 

 

  

VER SACRUM 

Por Esteban Ierardo

 

 Animalia 

 

LA NOCHE DEL JAGUAR

 

 La hoguera, en el nervio de la selva,

ilumina mi pasión que espera.

Los guerreros danzan a mi alrededor.

Las mujeres alisan mis cabellos.

Untan mi piel con dibujos ancestrales.

Los niños atisban mi quietud

desde una temblorosa distancia

de luces y hojas.

Y el sacerdote

del manto de piel moteada

pronuncia las palabras

que a ti te llaman.

Sus manos dibujan

en la oscuridad,

jaspeada de luces,

los secretos movimientos de un llamado.

Y los músicos enardecen sus tambores.

Atizan fraguas sonoras

en la garganta de los cuernos.

Y desparraman la música

en la penumbra,

para que llegues,

para que vayas llegando

mientras la espera en mí espera.

 

Espero en la reverente espera

que la fogata perezca,

que el baile de las llamas cese.

Para que todos se alejen,

y me abandonen

en un estanque de soledad.

Para que tú vengas.

 

La hoguera cierra su párpado rojo.

El humo asciende y danza

en anillos de vapor.

La selva cascabelea

entre naciones de insectos.

Y dardos de oscuridad,

las almas de las plantas y la madera,

se humedecen en mi espera.

Espera de ti.

¿Acaso ya te aproximas?

Y alzo mi atención,

hacia la nocturna piel afiebrada de estrellas,

hacia el hormiguero opalino de luna.

Por los crujidos de la hojarasca,

por un centelleo movedizo

 en las murallas oscuras,

sé ya que no debo esperar.

Sé que vienes.

 

Ya no debo esperar tu noche.

Noche de jaguar.

Animal sagrado.

Y mi pesadilla, mi sueño,

mi iniciación se inician

en esta noche, tu noche.

Noche felina.

En la que ya

islas de cascadas rojas

brotan de mi carne despedazada.

En tus mandíbulas, se quiebra

mi pulmón oculto,

mis frágiles vértebras indefensas.

Y, como serpiente,

versátil y ligera,

me difundo y disuelvo

en tus antorchas de ojos salvajes,

en los fermentos de tus rayas.

Con tu pelambre y su incendio,

ahora acecho  

volcanes de la selva.

¡Llévame animal

de los muchos dioses que hierven!

¡ Llévame hacia tu noche,

patria del trueno felino!

Noche de jaguar.

 

Y, con lentitud,

con los cuchillos de tu mirada,

herimos los lomos de lo oscuro.

Y lentos,

nos agazapamos

entre las lanzas de madera del árbol.

En los anillos del follaje denso

respiramos.

Y esperamos.

Esperamos.

 

Y sospecho, presiento, comprendo

el salto de trueno.

Que se agazapa 

en el filo de tus garras.

Y esperamos

con burbujas tórridas

en el aliento;

con olas de flechas contenidas en los ojos. 

Larga oscuridad.

Ola contenida en los ojos.

Y ningún temor

rasga el arpa quieta

de nuestros cuerpos.

Ninguna vacilación fustiga

la decisión del rugido.

Pues ahora 

la gema de vida que aguardamos,

que esperamos,

camina en los carros de su inocencia.

 

Y entonces, sí, 

ya, ya, 

contigo corro,

en tu noche felina.

Perseguimos a la víctima.

Que nuestra cólera de cazador busca.

¿Pero qué perseguimos en el ser perseguido?

¿Qué ser se persigue al perseguir al ser?

¿Qué se persigue al perseguir lo que crea lo que es?

Y él o ella,

con latidos enrojecidos de pánico,

huye.

Humedece con gotas de espanto

la selva encorvada

bajo las saetas de nuestra ira.

Y te acompaño,

animal sagrado,

donde hierven  los dioses,

mientras corremos entre los altares de penumbra,

de vientos y follajes.

Y nuestra carrera y nuestra cacería

es

a través de ejércitos indiferentes de insectos;

de callados remolinos de ramas;

de breves arroyos con los cantos del agua;

de losas de rocas ceñidas;

de los ojos vigilantes de los árboles;

de los chasquidos de la tierra sensible;

de las serpientes que queman los troncos.

 

Y, entonces,

el espacio ya no es.

En la garganta abrupta de la noche,

nuestro sudor ahoga

escarabajos y luciérnagas.

La víctima gime ya

en las mandíbulas de tu pesadilla,

en el sueño de tu vientre.

¿Pero qué perseguimos en el ser perseguido?

¿Qué ser se persigue al perseguir al ser?

¿Qué se persigue al perseguir lo que crea lo que es?

Te pregunto entre la luna y la raíz de la selva.

Y el ser,

que hemos buscado,

sueña en las temperaturas abisales

de tu sanguíneos ríos.

Y acaso mi pesadilla

de vértigo y calor concluye.

Pero en tu noche, animal sagrado,

continúo.

Continúo en tu santuario de grito lunar,

en tu salud que derrite el cobre.

 

Y ahora, aún mi día

es continuación de tu noche,

animal sagrado,

donde hierven los dioses.

En tu noche,

que ahora también fosforece

en mi día,

en cada sitio percibo

al ser que, tú y yo,

con huracanes en los ojos perseguimos.

 

EL PEDIDO DE LA SERPIENTE   

 

La luz brota de la luz

con la piel ondulada de serpiente.

El todo exhala el todo

con el viento ondulado del reptil.

Y  la noche,

en la que la serpiente vomita la llama,

disuelve mi sobria indiferencia

y me concede el don

de alimentarme con lo hondo.

 

Todo lo que es,

es río de mañana ardiente

que fluye desde las fauces y las escamas de la serpiente.

Del animal que lo oculto oculta.

 

Entre caminos ondulantes de una lluvia que cae,

contemplo cerca

dentro del agua del cielo

a la serpiente de la radiación hechicera.

Y pienso que lo sutil se mueve

con ondas ligeras. 

La realidad que no acaba

a sí misma se toca y regresa

con ondulados movimientos.

Ondas de luz y radio,

espiraladas ondas estiradas de ADN,

son lo sutil que danza y se expande

dentro de las osamentas de la materia.

 

El único ser

 que en el visible espacio

se propaga y desplaza como onda

eres tú, serpiente,

del ondulado cuerpo hechicero.

Sólo tu onda de calor

a cada cuerda del espacio

puede arribar.

Con el rumor de la lluvia entre mis cabellos,

te evoco y presiento 

embrujada criatura escamada.

 

Sé que mi mente,

es la tierra húmeda

en la que viven tus surcos y cuevas, 

la ondulada firma de tus huellas.

Sé que, dentro de mí,

escuchas la flauta hipnótica 

de alguna diosa;

sé que en los lechos sanguíneos de mi carne,

te zambulles y escuchas la raíz de las raíces.

Sé que, en el volumen de mis brazos y piernas,

avanzas con el recuerdo

del primer lenguaje

que fosforece en tus ojos.

Ojos que son los ojos

de la mujer sagrada que a sí misma se inventó.

Sé que, en las líneas de mis manos,

encuentras las grutas

donde descansa olvidado el misterio.

Sé que siempre me traes

el arco de una amazona sacerdotisa

para que como flecha me arroje

hacia el extremo de lo que no termina.

Desde mi nacimiento en el vientre de mi madre,

sé que me pides que renuncie

a la lógica y la gramática.

Sé que me pides que escuche la lluvia

que al fin suena a poesía.

 

CABALLOS EN LA LLUVIA

 

El bosque y la llanura aguarda siempre la lluvia

porque bajo la bruma y la cascada lluviosa,

la nube, el cielo, y los gritos del sol,

se funden con la roca, la tierra y su vegetación misteriosa.

Y los bosques se agobian de tanta intimidad,

de tanto intrincado sendero secreto.

Y, entonces, cuando nueva agua del cielo llega, 

la broza y el árbol sobre la llanura se precipitan.

Corren. Y devienen caballos furiosos en la lluvia.

Caballos que se alejan de la floresta.

Mensajeros de la vida que estalla

en la libre estampida.

Y tambores de rayos trepidan sobre las crines revoltosas.

En la fuerza arrogante del galope, 

la existencia encuentra el hervor de la alegría.

Y las praderas mana zarzas ardientes

en cada resquicio de hierba y lodo

cuando los caballos atraviesan altivos

las desnudas planicies 

de flores y púrpura.

Y el atardecer se apoltrona 

en un cielo anaranjado.

La lluvia continua como finos torrentes

de acuosas gemas. 

Y los cascos rebotan en un imaginario granito incorruptible.

Lo vivo galopa en mármol cada vez más bruñido.

 

Y como libre ave me imagino

en torno a los corceles que no entibian su brío.

Entre aleteos de versos, sé que

el galope y el vendaval de los bufidos

no renuncian a ser,

aun en el atardecer bajo la lluvia, 

el trueno tras el trueno.

 

En la bruma de un ocaso lluvioso

lo sano y libre acude a cabalgar sobre los caballos empapados

jaspeados en su pelambre por reflejos dorados.

En los caballos del atardecer y la lluvia

cabalgan todo el viento y las semillas;

cabalgan todos los seres creados por una pasión;

cabalgan las musas que le cantan

a la belleza que aún se refugia

en la suave tempestad del galope.  

 

CUERPO DE MUJER

 

Sangre que es luz,

y un mar de rojiza luminosidad,

acalora dentro de sí 

todo el espacio.

De este océano del sanguíneo y universal fulgor

ella emerge.

Otra vez.

Ella emerge ante mi atención de poeta.

Otra vez

observo 

una brizna de tu secreto.

Te observo

en la roja agua y la luz sanguínea

de la que brota tu cuerpo.

Cuerpo de mujer.

Himno de la poética piel.

Incendiario baile son tus caderas

y los jardines de tus senos, 

y los rayos de tus cabellos

y tu frondosa y profunda gruta.

La amplitud del cosmos,

y sus fríos espacios

son oro de la vastedad.

Pero en el universo de los largos huesos,

en el ancho espacio,

todo se dispersa y aleja.

Por eso, 

en el amplio cosmos,

y la cercana tierra,

que aúlla lo vivo en nuestros talones,

un ser es el que atrae y concentra,

la vida extendida.

Ese ser es la hoguera que seduce.

Es la llama magnética.

Es tu cuerpo.

Cuerpo de mujer

que guía el volver 

hacia el origen.

Origen extraño, rojizo.

Del que tú procedes.

La pasión masculina y erecta 

que se hunde en ti,

sin saberlo,

por ti 

al origen extraño, rojizo, regresa.

Tu bello huerto de líneas,

tus cabellos que incendian el viento.

Los calientes mares de tus senos 

son la magnética llama.

Que llama y atrae

lo disperso y congelado

para que al origen

extraño, rojizo, 

regresen.

 

En un mediodía de cigüeñas azules,

presencio 

tu cuerpo.

Desnudo cuerpo de mujer.

Mientras a través de hierba y fango caminas,

el magnético destino de tu llama

me enseña el camino del regreso.

 

Y las lluvias pensantes del bosque

a tu cuerpo se acercan.

Y también los tigres, 

las razones de la angustia,

 los colores ocultos de las rocas,

se acercan 

y en tu cuerpo se derraman.

Entonces,

¿por qué debería sorprenderme

que cuando mi lengua explora

los valles de tu piel y tus cuevas

descubra en tu cuerpo,

 cuerpo de mujer,

el origen,

y las salamandras

que ríen en las llamas,

y las primeras lluvias

sobre la tierra emocionada?

Sí, ¿por qué debería sorprenderme

de encontrar en tu cuerpo,

 cuerpo de mujer,

la fuente, 

el origen

del éxtasis del leopardo?

 

EN EL LECHO, EL TORNADO RÍE

 

Te he visto

lago escondido del dolor

cada vez que

con los humanos me encuentro.

Aún cuando el rostro finge alegría

o cuando un humor vacío disimula un cañaveral de heridas,

te he visto.

Deambulo con frecuencia

por las calles y los humos del dragón urbano.

Entonces, gaitas apesadumbradas

me susurran la lírica de antiguas almas profundas.

Y en mis ojos vive el hechizo

por la bruma, el castillo y la mujer de hierba.

Pero en mis tobillos

las uñas del sufrimiento 

grietas sangrientas tornean.

Y, por eso,

tantas veces,

entre las lanzas del sol

o las selvas de casas y ruedas,

te he visto

lago escondido del dolor.

Te he visto

en la madera del árbol

que la savia vomita;

te he visto en las monedas del poderoso;

y en el niño extraviado

en la urbe indiferente.

Sin abrigo ni duendes,

te he visto

niño

enterrado en tu piel de jazmines

bajo la lápida

del mundo de los lingotes.

Y sigo.

Camino y camino.

Y por las calles descubro

 un extenuado caballo

que tira un carro de cometas destartalados.

Y también encuentro un perro

de exquisito cuidado.

Y en ambos animales,

en el protegido y el vejado,

por igual gritan tus torbellinos.

Torbellinos que he visto

lagos escondidos del dolor.

Y en el dragón de la urbe,

acuden al confesionario

del moderno médico de las almas

los esperanzados

en ser la vida que sonríe.

Y con el decir de muchas palabras

intentan los monjes de lo inconciente

exorcizar el terror en la mirada.

Pero con el solo recuerdo y la palabra

no muere la sombra que sangra en las manos.

Y tras cada ventana

en las torres de cemento

se ensayan los privados conjuros

para vivir

con guirnaldas de placer,

con el rumor continuo de la satisfacción.

Pero, muchas veces, te he visto

con tu brisa húmeda

llegar

hasta cada guarida de la urbe.

Te he visto

escabullirte debajo de las puertas

e inundar cada refugio e intimidad.

Te he visto,

lago escondido del dolor,

en las hojas sobre el asfalto

en cada huella humana sobre el tiempo.

Pero ahora no quiero detenerme en ti. 

Porque ahora toco tu lecho.

Allí está el tornado que ríe.

La misteriosa fuerza

que se burla de los campos inundados de dolor.

Es la fuerza 

que, 

luego de tanto padecer,

de nuevo te creará.

 

  ESCAMA Y ALA

 

Agradeceré entonces.

Pero, para eso,

como serpiente aérea

deberé renacer.

Como reptil de piel hechizante.

 

Con escamas de espuma magnética

deberé renacer

para atraer

los tejidos

completos

del mundo.

Como serpiente ondulante

de cabeza de magma

deberé renacer,

para deambular

en las grutas del origen.

 

Como el animal

que coloniza grietas,

se enrosca a cimas,

hipnotiza nubes,

y sopla cielos

en las cortezas y los cuerpos,

deberé renacer.

 

Y como alado reptil

agradeceré entonces.

Acaso por primera vez.

Y saltaré como burbuja caliente

en el vientre sin fondo

de todo lo que hay.

Agradeceré entonces.

Agradeceré ser escama y ala

que celebra todo lo que hay

en este y el siguiente respirar.

 

 CAMINO CON PIES DE TEMPESTAD

 

Cielo que hoy en mí desciendes,

con fuego celeste,

ya rozas

con sutiles dedos

la calle y la azotea,

el mármol y la pobreza,

los árboles y los solitarios,

los metales de los autos-caballos,

los vidrios de los dragones-edificios.

 

Y entonces inicio la escucha

de la tempestad que ruge

en las mesetas callejeras,

en las casas sin cuerdas

hacia las nubes.

 

Y entonces,

¿no lo escuchas?

¿no lo escuchas?

La tormenta que dentro de la urbe perdura.

 

Y ya camino.

Camino con tempestad en los pies.

En mi tormentoso caminar,

la gramática y la metáfora

se disipan

en océanos de bruma.

Las pasiones de mi cerebro,

y los halcones que nacen de mis cabellos,

y las serpientes que me buscan,

pierden su límite

en selvas de calores secretos.

 

La filosofía de las grandes escuelas

me proponen

escaleras de la razón.

Pero la verdad no es

campanario conquistable

sino la cobra

que, en la profundidad,

con oído atento se alza.

 

El esquivo castillo de ser

no se arrodilla ante la idea o la teoría.

Es danza que emana

universos al danzar.

Lo que es ser baile es

para que lo que es vacío

tiemble

y hospede dentro de sí

nuevos cuerpos que sean

cristal y vitral.

El cuerpo olvidado y real

es el que se percibe

atravesado por la luz

de corazón oscuro, indecible,

por luz

que es 

enigmático movimiento creador.

Sin fin. 

 

Camino con tempestad en los pies.

Y descubro en el tumulto urbano

los ojos extirpados de brillo,

y las paredes mudas

sin diálogo con las piedras y los mares.

Pero en el campanario evanescente de un relámpago

sé que oscuros ángeles me acordaron

el cuerpo y la voluntad

para caminar escuchando el tornado

que vive dentro del átomo.

 

Y camino con tempestad en los pies.

Aún en el desierto

de las lunas abandonadas.

 

Plegaria

 

 DE NUEVO SERÁS

 

Esta es mi fe,

sin duda que la flagele,

sin hierba muerta en mis manos.

Esta es mi fe:

sé que,

a  pesar de nuestro largo tornado de miseria,

de nuevo serás

el cisne que nada en los crepúsculos,

la salamandra que sobrevive en el fuego,

la alucinación colorida del coral.

Sé que

de nuevo serás

líneas incandescentes;

el ser vestido

con la luz de hogueras 

y árboles del bosque.

 

Sé que

de nuevo serás

el que, con las ruedas del horror,

ascienda a los campanarios de la compasión.

Serás el que niegue el cansancio.

El que grite la magnolia en lo vacío.

El que sea la generosa entrega

que imita las dádivas del sol.

Sé que

de nuevo serás

el viento sabio que habla con las montañas;

el arroyo del agua musical;

la raíz del árbol en la tierra secreta.

 

Sí,

 lo sé, lo sé.

De nueva serás

el pájaro de lava

que vuela para venerar.

 

NOSTALGIA CON FUEGO 

 

Nostalgia me sangra

al recordar

la embriaguez de los ritos.

Los dioses con corazas de viento.

Las sacerdotisas del laurel y el misterio.

 

Pero mi nostalgia

no es

cadalso de hielo,

agonía del  desierto.

No.

Mi nostalgia es trueno.

 

Penetro cada vez más

en este tiempo

que inventa

sucesivas tumbas

para los altares 

y las águilas.

 

Y cuando la soledad

amenaza derretir mi ojo

en oro negro,

mi mente arrojo 

como flecha

hacia las sirenas

y los escudos de los héroes.

Y el bosque del druida.

 

Entonces, regreso,

a la cumbre del castillo

para contemplar al halcón

que ora entre las nubes.

Pero mi nostalgia

no es

crujido fósil de cadáver,

moneda rota de sol,

colibrí triturado por sepulcros.

No.

Mi nostalgia es leopardo.

Furia.

La bravura

del jinete de la Mancha

que enviste contra las dragones

vestidos de molinos.

 

Las espadas

de la nobleza quebrada

me imploran que calle.

Y olvide ya

que no soy

valles de cielo.

 

Pero las hogueras en mis venas,

evocan,

recuerdan,

golpean,

en mi pecho,

los tambores de la nostalgia.

Son los tambores que evocan

el carro de Dionisos,

la danza soleada del sioux,

el rayo del Buda.

Son los tambores que evocan

las serpientes de Moisés,

la guerra patria de Bolívar y el granadero,

el agua y el fuego de Asís,

la exploración reverente del mar,

el altar de magma en el bosque,

la mujer que es diosa del amor,

el caballero de la cólera y el honor.

Todo aquello evocan los tambores.

Los tambores.

Mis hogueras.

Pero mi nostalgia

no es fragmento de alba estatua,

pluma envenenada,

seda desmembrada de angustia.

No.

No te equivoques.

Mi nostalgia

es la que reenciende los fuegos.

 

 EN MI ÚLTIMA BATALLA

 

 En mi última batalla,

inclinaré mis armaduras y espadas

ante la diosa de la gracia y la ira

para que me ofrende los caballos de la locura

que me lleven hasta las últimas rocas.

 

El enemigo será la cómoda cabalgadura;

el dragón opaco en el acecho;

el licor de lo mediocre;

la abismal tentación de olvidar

las cumbres arduas;

el mandato de la existencia diminuta;

el ardor sustituido por el hielo.

 

En mi última batalla,

caminaré sereno por las calles.

Fingiré ensimismamiento y lejanía.

Pero, en cada instante,

halcones de fuego 

estallarán en mi cerebro.

Cascadas de hierro 

endurecerán mi voluntad,

pues muy largo será el camino

que desnudo y sólo deberé cabalgar.

 

En mi última batalla,

mi piel se desvanecerá por el sufrimiento

de los seres de todas las regiones

porque no podré ya soltar el remo compasivo

en los desbordados ríos del horror.

 

  En mi última batalla,

sabré que no hay héroes,

sólo humanos con la decisión

de vivir con claridad en la mirada.

 

 En mi última batalla,

me veré en un bello espejo,

y sabré que deberé olvidar mi imagen,

porque mi nombre sacrificaré

para ser flecha más ligera.

Flecha viril lanzada 

hacia los ojos vacíos 

de un gigante frívolo. 

 

En mi última batalla,

habrá suspiros de jade por la belleza;

y llevaré sobre mis hombros,

el amor por la poesía y el pensamiento hondo;

llevaré sobre mis piernas,

cascabeles de cometas y desconocidos planetas;

llevaré en mis cabellos 

la ofrenda de los ritos

para la diosa procreadora de los bosques.

 

 Polvorientas escaramuzas deberé atravesar

antes de que el ojo del decisivo torbellino

me encuentre,

entre el estruendo y el sudor

de mi última batalla.

 

En mi última batalla, 

arrojaré mi hierro furioso

sobre el gigante frívolo,

asesino de los lagos.

Y entonces sonreiré.

Sabes,

sonreiré en mi última batalla.

Sonreiré con labios que la luna me regalará.

Y moriré con estrellas vivas.

Con estrellas vivas

cantando entre mis heridas.

 

DESEO DE GLORIA

 

¿Dónde encontraré la gloria?

¿La encontraré cuando camino entre castillos destruidos

o al esquivar

puñales de hielo

en este tiempo de valles congelados?

¿Encontraré lo glorioso

en esta era sin fuego

ni altares

de dioses de vino y ensueño?

Y mientras dura mi incertidumbre

invito a la luna

a fulgurar en mis cabellos

con sus rayos de plata;

a la mujer la acaricio, penetro y venero

para que en la tierra siembre

campanadas fértiles;

al cóndor le imploro que grite

algo noble entre los vientos;

a los cristales de los altos edificios

les propongo que celebren la risa del sol;

al pez le pido que guíe

mi deseo del brillo digno

hasta los lechos profundos;

y la luna, la mujer, el cóndor, los cristales y el pez me contestan,

pero, aun así,

no encuentro molinos de aspas gloriosas en mí;

no relampaguean

cáliz sublimes

en mi garganta

lastimada de sequedad.

Dime, dime entonces: ¿dónde encontraré la gloria?

Recorro el océano de rizos de agua

y algo glorioso encuentro;

observo el lento y tierno bosque de caricias

de la madre sobre el hijo,

y algo glorioso descubro;

me acerco a las manos de amor del niño

sobre la piel del animal,

y algo glorioso encuentro;

contemplo las alas del ave

que derraman

lavas de dicha

en cimas celestes,

y algo glorioso descubro;

pero en mi historia y mi oxígeno,

en mis ojos de volcanes rugientes

aún no descubro

el calor y vértigo glorioso.

Entonces, dime, dime: ¿dónde encontraré la gloria?

¿Cómo podré encontrarla entre la pasión asesinada,

entre la belleza castigada,

y la poesía asfixiada?

¿Cómo podré encontrarla en la selva

urbana y superficial

donde no se bebe

el licor del rayo

ni los los jugos de la diosa

del bosque profundo?

¿Cómo haré para ser

cascada gloriosa

en el pozo

de los mercaderes y frívolos?

Dime, dime entonces: ¿dónde encontraré la gloria?

¿Dónde, dónde me bañaré en sangre de dragones?

¿Dónde renaceré en el vientre de una antigua diosa?

¿Dónde descubriré las armaduras

que reflejen los cielos

del vuelo libre del halcón?

¿Dónde descubriré

el relámpago

que me conceda

voz de trueno

para invocar

a las musas

de la poesía

sagrada?

¿Dónde está la gloria?

¿Dónde podré encontrarla?

Sólo en los libros

de fatigada historia

hallo las batallas

donde defender la honra.

Pero ahora ya no tengo

la espada

ni el yelmo de alas terribles;

no tengo caballo

ni el combate de la estampida heroica;

no tengo la bendición

de una bandera de colores fogosos

ni el beso de la princesa

de bellos huertos en sus senos

y de cristales de agua tersa en sus ojos.

Sólo tengo en las espaldas

puñales de angustia

y el raro destino de venerar

aún, solitario,

el fuego y la nube.

Dime, dime entonces: ¿dónde encontraré la gloria?

No sé dónde encontrarte.

Pero, ten por seguro

que te buscaré

aun entre las calles que ignoran la rareza de mis plumas;

aun dentro de la tumba del Quijote derrotado;

te buscaré

entre los cementerios

de árboles y estandartes,

porque sé que

en alguna repentina tormenta futura

mi corazón

al fin lo devorará

la diosa

que enciende de fuegos claros

la mañana que

gloriosa

siempre vuelve.

Vuelve.

A pesar de la niebla fría.

 

CONTINÚA

 

 

 

 

Volver arriba  Inicio  Volver Biblioteca virtual

©  Temakel. Por Esteban Ierardo