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Por Ulises Varsovia
Capitularia (De:
Jinetes nocturnos. 1974/75)
Todo
suceda de un modo que acorrale mi intelecto
en
una región de ciegas luces invertidas
donde
un hálito letal sople, circule y someta
lo
desatado que llevo y galopa sollozando.
Lo
cruento sobre el aire de la atmósfera de besos
que
allí se determine y al aire se reduzca,
vencido
su elemento de fragor lácteo y terrestre
por
un eclipse súbito de patas y metales,
y al
labio que agoniza herido en su costumbre
la
extremaunción del beso y el aliento no socorran,
y no
sean acudidas por un agua de desorden
las
dulces manos cóncavas de sed enardecida.
Yo
sufro de un sistema circular e intransgredible,
de
una paloma marchita apenas volando,
de un
día innumerable dividido en ceremonias
que
arrastra como un río mis sobrevivencias
hacia
el nocturno ascensor que en mis párpados espera:
allí
vive lo ajeno, lo más mío que amo.
Allí
comienza el pasto que acometo inútilmente
con
manos detenidas y sed en suspenso:
se
muere también el alma en zonas extranjeras.
Suceda
todo sin tiempo ni nada que lo habite,
de
una manera confusa que mi razón apague,
lo
desatado que llevo allí su ira deponga,
y ya
no escuchen mis labios el temblor de lo que crece,
y ya
mi sed se resuelva en los frutos de la muerte.
Afrodita
de Melos
(Venus
de Milo)
de:
Arqueologías (2007)
(inédito)
Déjame
tocar tu piel y quemarme,
déjame
acariciar tu cuerpo
con
mi mirada de varón en celo
trepando
las gradas de la fiebre,
consumido
en tus besos de piedra.
Mudo
y pasmado estoy en tu presencia,
indestructible
ícono de mármol
revoloteando
por siglos y milenios
en la
conciencia de la humanidad,
en el
subconsciente de la idea de arte.
En un
duro bloque de fría materia,
te
buscó el aprendiz de creador
armado
de un soplo de metal,
día
tras día y noche tras noche
fue
escarbando en los velos del misterio,
y al
final de la séptima aurora
emergió
tu cuerpo desde la luz
petrificado
en su propia belleza.
Bella
como ninguna diosa
tu
forma triunfal semidesnuda,
torcida
en la curvatura invicta
donde
el pubis esconde su secreto
bajo
un follaje de pliegues textiles.
Qué
importa que tus hermosos brazos
cayeran
al pozo de los siglos,
si la
turgencia idéntica del pecho
eleva
sus llamas paralelas,
y
corren dos ríos de agua pura
más
allá de la sed y de los labios.
Sólo
al genio griego le fue concedido
arrancar
de un frío bloque de materia
un
cuerpo de ansiedad inconsumible,
un
rostro de olímpicas líneas faciales,
un
monumento de luz y de mármol
a la
belleza, Afrodita de Melos.
De la
noche (De:
Aguas tumultuosas. 1976)
De la
noche hasta mi corazón llegan náufragos difuntos,
viajeros
que vi partir desde mis horas vacías
y
cuyo rumbo guiaron sucesos conmovedores.
Regresan
mustios y heridos, llorando de otoño espeso,
escrita
en sangre y derrota la bitácora marchita,
humillados
de cansancio y fatídicas desventuras.
No me
llaméis vuestro padre ni vuestra antigua morada,
aquél
que rezo y bendijo vuestra partida está enfermo,
no
pidáis paternidad para el luto a mi bandera.
Yo
sé que de noche existo como un puerto de naufragios
que
el soplo de las tormentas abastece de despojos
y
sólo desamparados viajes regresan pidiendo amparo.
Remece
mi corazón el llanto de los que vuelve,
avergonzados
viajeros piden perdón a mi puerta,
días
que vi morir se levantan desde el tiempo.
Noche
de estrellas azules cayendo contra el mundo,
nada
conjura el acoso de su color homicida,
besa
mi boca el verdugo embajador de su origen.
Acaso
la vi partir y mis viajes la buscaron;
la vi
zarpar y mis naves se hicieron hacia su ruta;
la vi
fallecer en mí, y en mí quise encontrarla.
Acaso
tal vez mis náufragos hallaron su sepultura
navegando
en mi interior que en la noche reencuentro.
Acaso
tal vez yo soy el único que no ha vuelto.
No te
sea dado
(De: Alianza. 1977)
No te
sea dado el movimiento
de
los piélagos en fuga,
del
aire inasible no extraiga
tu
sed de vivir su sustento,
no
salga a estallar de la tierra
la
harina sagrada de la agronomía
para
tu infiel ansiedad de transcurso.
No
volverás a saber que murieron
de
oprobio y rencor y de angustia,
que
ya no podrán regresar a enseñarte
la
invisible cerradura de los apotegmas.
Fueron
en ti la amenaza y la dulce ternura,
la
lluvia terrible y la flor en su clímax.
Ahora
no quieras tu espada sangrienta
ni
siglos de amor ejercidos.
Tus
días de decisión se han despeñado.
A lo
largo del lecho de muerte
se
congregan las enfermedades.
No
podrãs escoger tu suplicio,
no
pidas caer en un súbito sueño.
Tu
vida pertenece a otro destino.
Hermano,
desde el atalaya de la luz
donde
por vez primera fuiste hablado,
por
última vez te hablarás tú mismo
antes
de huir definitivamente.
Entre
la vida y la muerte,
entre
el amor de vivir y muriendo,
un
beso de eléctricos labios podría,
un
temblor de vidas férreamente,
rotundas,
perpetuándose en el roce.
Fémina
y sino (De: Abasalena. 1993/94)
Su
nombre pétalos rotos
que
ni la voz ni la tinta.
Del
tiempo, como mis días,
y
también sus pasos,
como
si luz ofuscada
o
sobresaltados sueños.
Ella
el amor sus racimos
lo
torrencial desgranado,
caótica
incandescencia
como
si cruel orfandad, o islas,
unísono
el grito al noches dormidas,
vástago
de cómo lo solo y lo llanto.
Calles
pálido cortejo,
desgarradora
asunción muertos metales,
y
cada a lo largo y ceniza,
y a
las horas de una y viniendo.
De
allí ella abasalena:
sobresaltados
sueños
toda
dimensión paralela asomados,
y sin
vestigio crónico de uso
o
malheridas ropas que testimonio,
sino
que direcciones piélagos,
ubicua
y ácrona y dormida.
Ella
pues fémina y sino,
fruto
tal vez eslabón amargo
en la
implacable noche ejercida,
o
exabrupto súbito deseo ciego
cuyo
luego errante insubsistencia.
A mí
entonces abasalena
cuando
calles estepa y ceniza,
y
prorrupciones lo nuestro de siglos,
y
descenso al nada y elixir
donde
adormideras nirvana y beleño.
Después
su nombre exhaustos fonemas,
y su
voz como cayendo al sueño,
y su
cuerpo lentas defunciones,
hasta
que pálido eco roído,
hasta
que fugitivas sombras.
Ahora
otra vez de allí aromas
y
vorágine y sed y trama.
Fémina
efímeras huellas,
subrepticia
impronta, empero,
de
modo que lira en trance,
ensimismado
aeda hurgando.
Pero
su nombre navíos en la niebla.
Cólera
de amar (De:
Cólera de amar. 1977)
Cólera
de amar,
apodera
mi instrumento creativo
uniendo
o disgregando,
creando
o destruyendo,
en la
ansiedad de la muerte
gestiona
con iras extremas,
porque
no muera ni aún sucumbiendo
la
totalidad de las fuerzas
ocultas
que guardo.
Entonces
hostiles substancias
no
yazgan sufriendo
opresión
ni ignominia,
no
sean la noche en acecho
ni
sueños infaustos
creciendo
del agua.
Por
tu relámpago no desatado
la
eternidad de otro hijo del hombre,
el
tiempo sujeto a su ser poderoso
que
siga existiendo sin fin
más
allá de los padres difuntos.
Ahora
ya puedes morir
o
seguir existiendo,
ya
puedes la luz extinguida
o
desarrollar tus costumbres originales,
continuar
tu destino en mudanzas terrestres.
Pero
ya no podrás regresar a la tierra.
Conjuración
(De:
El Transeúnte de Barcelona. 1997)
Aniquilamientos
y desórdenes
en la
acerba conjuración
de
secretas fuerzas urdiendo
su
enemiga estrategia nocturna
en el
tránsito invisible
de
señales y comunicaciones.
El
cielo gris precipitado
de
golpe con su volumen cereal,
los
volátiles caliginosos
cerniendo
su sombrío maleficio,
las
cartas interferidas
por
implacables agentes del orden
y
vertidas a inquietante desnudez…
De
noche los embozados jinetes
con
sus sombríos corceles golpeando
a
todo galope los frágiles sueños,
quebrantando
su cáscara vegetal
desde
el sótano agredido.
Un
pueblo de pálida presencia
mis
criaturas enarbolando
sus
resistencias de humeante conjuro,
y en
los cruces vitales un ojo
mío
con sus números abiertos.
De
aurora o crepúsculo el código
de
simulacros y desorientaciones
cubriendo
en su fatigosa nervadura
intersticios,
celosías y accesos,
solidario
su leal dispositivo
de
diurnos ángeles imperceptibles.
Pero
la noche enemiga cerrada
como
una cúpula de atroz membrana,
y en
su telaraña el forcejeo
de
inocentes seres caídos
a un
pozo de letales aguas.
Y
desde el sótano los gritos
de
infiltrados agentes del orden
interfiriendo
alianzas y conexiones,
conmocionando
la cavidad del sueño.
Heliotropos
(De:
Máscaras y Rostros. 1996)
Cualquiera
que a la adolescencia
de
los heliotropos,
cualquiera
que su aprendizaje
de
agrario habitante
atento
al rocío,
versátil
en sus tendencias…
De
alguna manera,
de
alguna manera instinto,
mucho
de congénito,
de
intrínseco y atávico
en su
lúdica danza,
su
lenta danza en arrobo.
Pero
la larga espera,
la
larga vela de armas
en el
salón agreste,
su
inmóvil desconcierto
hasta
los arreboles…
Como
si las direcciones,
como
si el cardinal
movimiento
terrestre
lento
en su discipulado,
penosamente
adquiriendo.
Entonces
cualquiera
que a
los heliotropos
en su
adolescencia,
a su
duro aprendizaje
desnudos
en los campos…
En
fin, también los geranios,
la
rubicunda amapola
y el
divertido homo erectus
azar
y peripecia,
estoico
discipulado.
Acaso
la poesía (De:
Cítara. 1999)
Acaso
la poesía
aquellas
habitaciones
donde
el dolido infante
su
exilio de cada día.
Aquellos
cuartos lóbregos
donde
un hálito indeleble
de
exorcismos y zahumerios,
de
agonías y decesos,
de
ilícitos amores
estrellando
los cuerpos
furtivos
en el fuego…
Acaso
la poesía
el
llanto en el desván
bajo
el latir de la lluvia,
rodeado
de soledad
en el
silencio impuro
de
huéspedes detenidos
en
prendas y mobiliario,
en
utensilios lánguidos,
en
pálidos daguerrotipos.
O las
noches de emisarios
cabalgando
por distancias
de
nunca acabar, de nunca
desnudar
su identidad
y
transmitir su relevo.
Acaso
la poesía el primer amor carnal
rompiendo
los cerrojos,
violentando
los sellos
de
una pulcra intimidad,
de
una secreta trascámara
llena
de una música azul,
inaccesible
a los besos.
Acaso
la poesía
la
tenaz persecusión
de
todos tus fantasmas,
de
tus huéspedes furtivos
presos
en tu intimidad,
gritando
en su cautiverio.
Alta
tarde (De:
Nocturnal. 2000)
Hoy
las seis de la obscuridad
del
señor otoño,
hoy
las tardecida y tantas
de su
rodaje humedad,
y
nadie sonoridad,
nadie
entreabiertos ojos
o
lentas guitarras.
Hoy
las innúmeras y altas,
hoy
las ya irreconocibles
del
tráfico astral,
lentas,
lentas sus pisadas,
y
perdiéndose en la urdimbre
de la
niebla abismal.
Las
seis de la desbandada,
las
tardías del corazón:
señor
otoño, piedad
en
las tantas que otredad
pasando
por el reloj
de
horas malhadadas.
Las
póstumas, las desnudas,
las
temblorosas de frío
en la
intemperie astral:
hoy
lentas, hoy inconclusas,
hoy
suma de los destinos
en el
sino monacal.
Hoy
las dieciocho crecientes,
hoy
las totales menguantes,
hoy
telaraña humedad:
Señor
otoño, piedad,
a las
tantas de la tarde,
a las
nunca de la muerte…
A lo
obscuro de lo viviente,
a lo
trágico de la suerte,
a lo
eterno de la humedad.
Mañana
de agosto (de: Atribularia. 2000)
El
día abierto de par en par,
arrojando
su luminosidad
de
novia intacta centelleante,
de
doncella cada día en flor,
cada
día iluminándome
de
luz cada día consumida
y
cada día reintegrada.
Astro
de rutilantes diademas
beligerando
en la conflagración
de
gases genéticos desgarrados,
miles
de edades tu hoguera cósmica
lamería
el girante planeta,
miles
de edades tu ojo incendiario
escrudriñaría
mi existencia
sin
tocarme, oh, sin acercarse
a mi
volumen óntico errante
por
su dimensión peripatética
de
númenes inescrutables.
Miles
de edades tu clarividencia
hurgaría
en mis íntimos distritos
sin
encontrarme, sin reducir mi ser
a
medida cuántica recuperable.
Y
miles de edades me inclinaría
yo
mismo hacia mi mar interior,
sin
hallar al náufrago errante
haciendo
inútiles señales
desde
su inaccesible otredad.
Clara
mañana de agosto
abierta
de par en par sobre cosas y existencias,
cada
día tu extensión de luz
sobre
mi extensión terrestre derramada,
cada
día tu ígnita persecusión,
y
cada día mi ser extraviado.
Pozo
(De: Ebriedad. 2002)
Días
de denodado silencio,
días
de mudez perpetua
sumergido
en un obscuro pozo
de
aguas inmisericordes,
rodeado
de muertas campanas.
Alguien
con una mano anónima
inclinado
sobre el pretil,
alguien
con mis propios rasgos
desdibujados
alejándose,
difuminando
su parentesco
en la
desfalleciente memoria.
Manes
míos de una estirpe
insoportablemente
repetida,
manes
láricos congregados
en el
redondel de piedra patria,
hoscos
de ira persecutoria,
quien
en la mudez de la palabra
su
mano de áfono náufrago
sobresaliendo
en el torbellino,
aquél
que por un largo túnel
con
su congregación de hermanos
sepultos
en su voto de silencio,
ése
no ser reconocido,
ése
ser por todos olvidado,
ése
desaparecer del habla,
y
reunir en su torno las voces
de
camaradas febriles callando,
de
cofrades deshojándose en luto,
de
sonámbulos regresando a casa.
Mariposa
(de. Anunciación. 2003)
Ocurra
una flor inédita,
ocurra
su inédito perfume
desde
el útero de las cosas,
una
mariposa arrebolada
en un
color de inextinta llama,
en un
espectro de lítico fuego.
Despréndase
inesperadamente,
de
súbito y en alto sigilo
con
sus invencibles atributos,
con
sus facultades omnívoras
desde
la vagina impalpable,
desde
el manantial del misterio.
Llegue
hasta nosotros su radiación,
llegue
hasta nosotros su fuerza oculta,
y
disuélvanse en polvo y silencio
las
maquinaciones diabólicas
de
aquello en nosotros subyacente,
de lo
que en nuestra humana doblez.
Ocurra
en su envolvente inanidad,
ocurra
en su arrolladora impotencia,
llena
de impalpable fuego digital,
lleno
de incombustibles alas secas.
Una
flor inédita erigida,
un
perfume insólito rociado,
una
mariposa color arrebol,
color
incendio, color inextinto,
color
humano en su humana doblez.
Discóbolo
Si
hemos de buscar en tu legado
una
escultura que, siendo clásica,
rompa
todos los ejes, y mantenga
no
obstante el equilibrio del volumen
en
torno a un centro de gravedad,
es
ese tu Discóforo, Hélade.
El
escultor captó aquí al atleta
en el
momento en que la contorsión
del
cuerpo ha llegado al límite,
y se
apresta a lanzar el disco:
el
brazo derecho de extiende hacia atrás,
el
izquierdo se balancea en el aire
buscando
el punto de equilibrio,
como
acontece también con las piernas,
que
buscan la perfecta posición,
en
tanto que el torso ha girado
en
casi ciento ochenta grados,
y la
cabeza se inclina hacia el suelo
presta
a girar violentamente
cuando
el disco haya sido despedido.
Uno
se pregunta cuántas veces
debió
Mirón realizar el intento
hasta
que cuajara la escultura,
¡tan
osada y llena de obstáculos
era
la empresa que acometía!
Porque
no sólo se trataba de hallar
las
coordenadas del movimiento
y el
desplace de los volúmenes
en el
bloque de mármol intocado,
sino
también de esculpir las formas
prácticamente
en el aire,
sin
un eje fijo de contención.
Lo
genial de todo este conjunto,
es
que la masa depone su peso
no
sobre la pierna, como pareciera,
sino
sobre el nudo de la contorsión.
Esfinge
De:
Arqueologías (2007)
(inédito)
Algo
intrínsecamente extraño,
algo
indefinible te circunda,
y te
confiere una atmósfera
de
casi impenetrable misterio
que
no logra romper tu sonrisa,
esfinge
votiva mutilada.
¿Eres
tal vez la que en los caminos
venía
al atardecer, cayendo
desde
regiones inaccesibles,
y
sometía a tardíos viajeros
a sus
inextricables enigmas?
¿Fuiste
tú, tal vez, la que, insistente,
detuvo
el paso del joven Edipo
y le
expuso su obscuro acertijo,
amenazándole
con llevarle
a la
región de las sombras largas?
Te
miro y no logro penetrarte,
adivino
en ti un ser venido
desde
la profundidad del caos,
o del
Hades, tan llena de mudez
tu
figura alada apostada
al
paso de los lentos siglos.
Tal
vez dentro de tu híbrido ser
tiene
lugar la lucha gigante
entre
el ser humano y el león,
o te
condenó el viejo padre Zeus
a
vagar por las rutas de Grecia
buscando
tu perdida identidad.
Porque
no eres, escucha, frío mármol
mirándome
inmóvil desde el tiempo,
ni un
ser fabuloso salido
de la
mente febril de los antiguos,
sino
la encantadora de poetas
envuelta
en eterno misterio.
Laocoonte
De:
Arqueologías (2007)
(inédito)
Después
de diez años de sitio,
los
dioses habían decidido
que
Troya fuera destruída.
A tal
efecto determinaron
que
los griegpos marcharan a sus naves
simulando
el regreso a la patria,
y en
supuesta gratitud a sus dioses
construyeron
un enorme caballo
de
madera, que abandonaron
frente
a las fuertes murallas de Ilión.
Como
ya se hubieran ido las naves,
pensando
que nada debían temer,
determinaron
los troyanos
introducir
el caballo en la ciudad,
y
celebrar con él la gran fiesta
por
el término del asedio.
Sólo
uno no estuvo de acuerdo
e
intentó oponerse: Laocoonte,
sacerdote
del templo de Apolo.
Primero
con razonamientos
trató
de disuadir a los suyos
de
introducir el caballo en Troya,
y
como no le hicieran caso
arrojó
una lanza a la barriga
del
enorme caballo de madera,
que
produjo un seco sonido.
Ante
lo cual la diosa Atenea
hizo
surgir de las olas del mar
una
enorme serpiente marina,
que
se enrrolló en torno a los cuerpos
de
Laocoonte y de sus hijos
estrangulándolos,
y con ello
sellando
el destino de la polis.
Muchos
siglos después de estos hechos,
en el
helenismo tardío,
un
demiurgo vaciaría en bronce
en
Pérgamo el singular suplicio
del
sacerdote y sus vástagos,
obra
maestra de la cual nos queda
solo
una buena copia de mármol
en el
Museo del Vaticano.
Allí
estuve, y en verdad grandiosa
y
trágica es la imagen del padre
debatiéndose
junto a sus hijos
por
ir contra el deseo de los dioses.
Consumación
del arte helenístico:
aquí
se rompen todos los preceptos
de
sobriedad, gravedad y medida
tan
caros al estilo clásico:
Laocoonte
retuerce su cuerpo
y
prorrumpe en gritos de dolor
arrollado
por la gran serpiente,
y lo
mismo sucede con los hijos:
ruptura
de los ejes y del canon,
desorden
de los volúmenes
arrancados
de su centro vector.
La
composición está aunada, claro,
en
torno a la figura central
del
sacerdote gimiendo de dolor,
a
cuyos lados las figuras
de
los hijos también se retuercen,
arrojando
el conjunto un cuadro
de
barroquismo exagerado
por
el dominio de los entrelazos
y la
constante de la curvatura.
La
cabeza de Laocoonte
está
poblada de barba y cabellos,
y
perfectamente trabajada
en el
sentido de la tendencia.
También
los músculos y los ijares,
e
incluso las venas de los miembros
han
sido bien reproducidos.
En
cuanto a las figuras laterales,
sincronizan
perfectamente
con
el barroquismo del conjunto,
las
proporciones están guardadas,
y el
artista ha realizado prodigios
al
esculpir con tal maestría
en
una posición tan difícil.
Laocoonte
aparece sentado,
y en
parte también la figura izquierda,
no
así, en cambio, la de la derecha,
de
modo que, en última instancia,
el
elemento aglutinante,
que
le da unidad y consistencia
al
conjunto es la enorme serpiente,
que
une y mantiene fijos los cuerpos.
La
escultura es una obra maestra
dentro
de los límites del helenismo,
el
ritmo de los volúmenes concuerda,
el
contrapunto barroco es perfecto,
el
escultor logra tal maestría
y tal
diversidad de formas,
arrancadas
de un bloque de mármol,
que
asombra el que lo haya logrado.
Partenón
De
Arqueologías (2007)
(inédito)
De
las construcciones monumentales
que
el hombre ha levantado en su trayecto
desde
las cavernas a los rascacielos,
podemos
nombrar las pirámides,
el
gran ziggurat de Babilonia,
la
basílica de Apollinare en Classe,
la
catedral de Notre Dame de París,
y la
iglesia de San Pedro en Roma.
Todas
ellas fueron construídas
para
gloria de Dios o del faraón,
y los
caracteriza la voluntad
de
trascender las medidas humanas
y
alcanzar el cielo o el Elíseo.
Si
trepáis conmigo desde Atenas
las
gradas que conducen a lo alto,
a la
gran ciudadela o Acrópolis,
pasaréis
primero los Propileos,
a
vuestra izquierda estará el Erecteión,
y
frente a éste el enorme prodigio
de
arquitectura llamado el Partenón.
La
gran masa de este templo dórico
trasciende
también la medida del hombre,
y si
os apostáis junto a una columna
sentiréis
la pequeñez de nuestra especie,
y
cómo la fuerza de lo divino
puede
mover toneladas de piedra
y
someter el espacio a su imperio.
Pero
no es lo ciclópeo ni faraónico,
no es
la soberbia monumentalidad
lo
que nos asombra y llena de estupor
cuando
consideramos esta obra
maestra
del ingenio del hombre.
Desde
una perspectiva estética,
la
forma, el espacio, los volúmenes,
corresponden
a la quintaesencia
de lo
que denominamos clásico:
armonía
y gravedad de las columnas,
íntima
simetría del espacio,
concordancia
de pesos y medidas,
equidistancia
de los componentes,
empuje
del peso y del volumen
centrifugal
y centripetal a un tiempo.
Templo
dórico peristilado
construido
en mármol pentélico:
nada
sobra, todo está en su sitio,
los
capiteles de muda sobriedad
sosteniendo
el sobrio entablamento
de
metopas y triglifos alternados,
ambos
tímpanos, que en sí albergaron
escenas
míticas o del Olimpo.
Si
penetramos por la pronaos,
accederemos
a la amplia cella,
en
cuyo lugar más sagrado,
detrás
del llamado Hecatompedón,
y
rodeada de veintiséis columnas,
se
encontraba Atenea Partenos,
la
diosa virgen creada por Fidias,
la
gran estatua crisolefantina
de
pie, con sus más caros atributos:
la
égida protegiendo su pecho,
la
lanza apoyada sobre el hombro,
la
estatuilla de Niké en la mano izquierda,
y
sobre su veneranda cabeza
el
casco guerrero e imperial a un tiempo,
mientras
su mano izquierda se posa
sobre
el escudo, en cuya parte interior
se
enrrolla una enorme serpiente.
Penetrando
por la fachada oeste,
encontramos
primero el Opistodomos,
que
constituye el umbral del "Partenón",
o
cámara íntima de la diosa,
en el
cual se conservaban los valores
más
preciados de Atenas, en especial
el
Tesoro de la Liga de Delos.
Alrededor
de todo el santuario,
a
todo lo largo del entablamento,
se
encontraban las altas metopas
que
relataban los hechos heroicos
de la
historia fabulosa de la Hélade:
la
Gigantomaquia en el friso este,
la
Amazonamaquia en el oeste,
la
conquista de Troya en el norte
y el
combate de centauros en el sur.
En el
interior, adornando el friso
del
muro que protegía la cella,
se
exponían las Panatenaicas
o
procesión en honor de Atenea,
con
jóvenes de la nobleza ateniense
cabalgando
sobre briosos corceles.
Sobre
el tímpano de ambas fachadas
se
podían observar, en fin, escenas
alusivas
a la vida de la diosa:
su
nacimiento desde el cráneo de Zeus,
o la
famosa disputa con Poseidón
acerca
del patronato de Atenas.
Impresionante
es tu enorme estructura
que
cobijó los huesos sagrados
del
faraón, pirámide del Nilo,
conmovedoras
tus torres gemelas
y tus
bóvedas de medio punto
que
sostienen en vilo la casa de Dios,
catedral
gótica junto al Sena,
de
vértigo y sagrado misterio
tus
naves elevadas hasta el cielo,
sacrosanta
iglesia de Pedro en Roma.
Pero
subid conmigo las gradas
que
conducen hacia la Acrópolis,
pasad
el umbral de los Propileos,
y
aproximaos en sumo silencio
a los
restos sagrados del Partenón:
¿No
tembláis de emoción ante una obra
que
resume el fuego del genio griego?
Después
de casi veinticinco siglos,
después
de guerras y revoluciones,
se
yerguen aún las columnas dóricas
custodiando
el recinto sagrado
de
las diosa Palas Atenea.
Me
construyeron Calícrates e Ictinos,
en el siglo quinto antes
de Cristo,
en la edad de oro de la cultura.
Sigue,
templo inmortal, fluyendo por siglos,
sigue
desafiando las edades,
como
testimonio de un tiempo heroico
cuando
la fe del hombre estaba intacta,
y
movió toneladas de mármol
para
darle un hogar a sus deidades.
Príncipe
de los lirios
De:
Arqueologías (2007)
(inédito
De
entre todas las bellas figuras
que
los frescos de Knossos nos deparan,
elijo
tu actitud soberana,
tu
natural despliegue de nobleza,
hermoso
príncipe de los lirios.
Esbelto
y fino, en la flor de tus años,
diriges
tus gráciles pasos, tal vez,
a la
sala central del trono,
a que
la nobleza allí reunida
mire,
admire y rinda tributo
a tu
porte de joven semidiós
coronado
de plumas y de lirios.
De tu
elegante ademán principesco
dimana
el sol, sus rayos dorados,
y
pareciera que guías su carro
ascendiendo
triunfal por la aurora,
derramándote
en resplandores.
De
seguro que habrás existido,
y
eras uno más de los donceles
cuya
figura privilegiada
extasiaba
la vista de las doncellas
en la
Creta del rey sempiterno.
Dime
cuáles eran tus dioses,
a
qué divinidad sacrificabas,
y de
qué ambrosía te alimentaron
para
crecer semejante a Apolo
y
eternizarte en la flor de tus años.
Al
sitio de tu palacio fui,
y
recorrí su intrincado sistema
buscándote,
oh joven amigo,
y
cuando de pronto ante mí apareció
tu
esbelta figura principesca,
supe
que no eras, que mentía el pintor,
y que
irrepetible, cual Faetonte,
se
yergue en Heraclión tu forma insigne. (*)
(*) Fuente: Ulises
Varsovia, Antología esencial, editado aquí en conformidad
con el autor.
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