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   ANTOLOGÍA ESENCIAL

  Por Ulises Varsovia 


 

 Presentación

Antología esencial

 

Presentación

Ulises Varsovia

Nací el 2 de julio de 1949 en Valparaíso, cuyo mar y sus tempestades marcaron definitivamente mi persona y mi poesía.

Estudié varias asignaturas humanísticas, y trabajé en tres universidades, tanto en historia como en historia del arte, al mismo tiempo que escribía poesía. En 1985 salí a doctorarme a Alemania, y como mi mujer es suiza, pude trabajar y quedar-me en San Gall, ciudad en cuya universidad hago un par de lecciones.

He publicado 28 títulos de poesía, cinco de ellos en Chile, y tres dedicados a

Valparaíso, el último: Hermanía: La Hermandad de la Orilla, en Apostrophes

de Santiago (www.apos.cl). El libro más antiguo que he publicado es Jinetes

Nocturnos, de 1974, pero tengo otros inéditos más antiguos. En 1972 publiqué

un cuadernillo, Sueños de Amor, que circuló sólo entre amigos.

Me han publicado más de 70 revistas de literatura de todo el mundo, en varios idiomas, y repetidas veces, y estoy en numerosas páginas web.

En agosto del pasado año salió a la luz en Sevilla, España, mi libro de poemas Anunciación. Ángeles y Espadas, publicado por la Asociación Cultural Myr-tos. Esta misma entidad acaba de publicar mi Antología Esencial y Otros Poe- mas (1974-2005), que incluye dos poemas de cada poemario publicado, es decir, 52 poemas "esenciales", y tres poemas de 12 libros inéditos, lo que hace un total de 88 poemas. Lo último mío aparecido es Vientos de Letras, también antológi-co, en colaboración con el poeta andaluz Alexis R. , editado por Myrtos.

De los 28 poemarios publicados, sobresalen Jinetes Nocturnos, de 1974/75 ,

Tus náufragos, Chile, de 1993, Capitanía del Viento , de 1994 , El Transe-únte de Barcelona , de 1997, Madre Oceánica, Valparaíso, de 1999 , Mega-lítica, de 2000, Ebriedad , de 2003, y la Antología Esencial.

 

Comunicación con el autor: 

  http://ulisesvarsovia.tripod.com

  www.ulisesvarsovia.ch

 

 

 

 

 

 

 

   ANTOLOGÍA ESENCIAL

 

Por Ulises Varsovia

 

Capitularia (De: Jinetes nocturnos. 1974/75)

 

Todo suceda de un modo que acorrale mi intelecto

en una región de ciegas luces invertidas

donde un hálito letal sople, circule y someta

lo desatado que llevo y galopa sollozando.

Lo cruento sobre el aire de la atmósfera de besos

que allí se determine y al aire se reduzca,

vencido su elemento de fragor lácteo y terrestre

por un eclipse súbito de patas y metales,

y al labio que agoniza herido en su costumbre

la extremaunción del beso y el aliento no socorran,

y no sean acudidas por un agua de desorden

las dulces manos cóncavas de sed enardecida.

Yo sufro de un sistema circular e intransgredible,

de una paloma marchita apenas volando,

de un día innumerable dividido en ceremonias

que arrastra como un río mis sobrevivencias

hacia el nocturno ascensor que en mis párpados espera:

allí vive lo ajeno, lo más mío que amo.

Allí comienza el pasto que acometo inútilmente

con manos detenidas y sed en suspenso:

se muere también el alma en zonas extranjeras.

Suceda todo sin tiempo ni nada que lo habite,

de una manera confusa que mi razón apague,

lo desatado que llevo allí su ira deponga,

y ya no escuchen mis labios el temblor de lo que crece,

y ya mi sed se resuelva en los frutos de la muerte.

 

Afrodita de Melos 

(Venus de Milo)

de: Arqueologías (2007)

(inédito)

Déjame tocar tu piel y quemarme,

déjame acariciar tu cuerpo

con mi mirada de varón en celo

trepando las gradas de la fiebre,

consumido en tus besos de piedra.

Mudo y pasmado estoy en tu presencia,

indestructible ícono de mármol

revoloteando por siglos y milenios

en la conciencia de la humanidad,

en el subconsciente de la idea de arte.

En un duro bloque de fría materia,

te buscó el aprendiz de creador

armado de un soplo de metal,

día tras día y noche tras noche

fue escarbando en los velos del misterio,

y al final de la séptima aurora

emergió tu cuerpo desde la luz

petrificado en su propia belleza.

Bella como ninguna diosa

tu forma triunfal semidesnuda,

torcida en la curvatura invicta

donde el pubis esconde su secreto

bajo un follaje de pliegues textiles.

Qué importa que tus hermosos brazos

cayeran al pozo de los siglos,

si la turgencia idéntica del pecho

eleva sus llamas paralelas,

y corren dos ríos de agua pura

más allá de la sed y de los labios.

Sólo al genio griego le fue concedido

arrancar de un frío bloque de materia

un cuerpo de ansiedad inconsumible,

un rostro de olímpicas líneas faciales,

un monumento de luz y de mármol

a la belleza, Afrodita de Melos.

 

 

De la noche (De: Aguas tumultuosas. 1976)

De la noche hasta mi corazón llegan náufragos difuntos,

viajeros que vi partir desde mis horas vacías

y cuyo rumbo guiaron sucesos conmovedores.

Regresan mustios y heridos, llorando de otoño espeso,

escrita en sangre y derrota la bitácora marchita,

humillados de cansancio y fatídicas desventuras.

No me llaméis vuestro padre ni vuestra antigua morada,

aquél que rezo y bendijo vuestra partida está enfermo,

no pidáis paternidad para el luto a mi bandera.

Yo sé que de noche existo como un puerto de naufragios

que el soplo de las tormentas abastece de despojos

y sólo desamparados viajes regresan pidiendo amparo.

Remece mi corazón el llanto de los que vuelve,

avergonzados viajeros piden perdón a mi puerta,

días que vi morir se levantan desde el tiempo.

Noche de estrellas azules cayendo contra el mundo,

nada conjura el acoso de su color homicida,

besa mi boca el verdugo embajador de su origen.

Acaso la vi partir y mis viajes la buscaron;

la vi zarpar y mis naves se hicieron hacia su ruta;

la vi fallecer en mí, y en mí quise encontrarla.

Acaso tal vez mis náufragos hallaron su sepultura

navegando en mi interior que en la noche reencuentro.

Acaso tal vez yo soy el único que no ha vuelto.

 

 

No te sea dado (De: Alianza. 1977)

No te sea dado el movimiento

de los piélagos en fuga,

del aire inasible no extraiga

tu sed de vivir su sustento,

no salga a estallar de la tierra

la harina sagrada de la agronomía

para tu infiel ansiedad de transcurso.

No volverás a saber que murieron

de oprobio y rencor y de angustia,

que ya no podrán regresar a enseñarte

la invisible cerradura de los apotegmas.

Fueron en ti la amenaza y la dulce ternura,

la lluvia terrible y la flor en su clímax.

Ahora no quieras tu espada sangrienta

ni siglos de amor ejercidos.

Tus días de decisión se han despeñado.

A lo largo del lecho de muerte

se congregan las enfermedades.

No podrãs escoger tu suplicio,

no pidas caer en un súbito sueño.

Tu vida pertenece a otro destino.

Hermano, desde el atalaya de la luz

donde por vez primera fuiste hablado,

por última vez te hablarás tú mismo

antes de huir definitivamente.

Entre la vida y la muerte,

entre el amor de vivir y muriendo,

un beso de eléctricos labios podría,

un temblor de vidas férreamente,

rotundas, perpetuándose en el roce.

 

 

Fémina y sino (De: Abasalena. 1993/94)

Su nombre pétalos rotos

que ni la voz ni la tinta.

Del tiempo, como mis días,

y también sus pasos,

como si luz ofuscada

o sobresaltados sueños.

Ella el amor sus racimos

lo torrencial desgranado,

caótica incandescencia

como si cruel orfandad, o islas,

unísono el grito al noches dormidas,

vástago de cómo lo solo y lo llanto.

Calles pálido cortejo,

desgarradora asunción muertos metales,

y cada a lo largo y ceniza,

y a las horas de una y viniendo.

De allí ella abasalena:

sobresaltados sueños

toda dimensión paralela asomados,

y sin vestigio crónico de uso

o malheridas ropas que testimonio,

sino que direcciones piélagos,

ubicua y ácrona y dormida.

Ella pues fémina y sino,

fruto tal vez eslabón amargo

en la implacable noche ejercida,

o exabrupto súbito deseo ciego

cuyo luego errante insubsistencia.

A mí entonces abasalena

cuando calles estepa y ceniza,

y prorrupciones lo nuestro de siglos,

y descenso al nada y elixir

donde adormideras nirvana y beleño.

Después su nombre exhaustos fonemas,

y su voz como cayendo al sueño,

y su cuerpo lentas defunciones,

hasta que pálido eco roído,

hasta que fugitivas sombras.

Ahora otra vez de allí aromas

y vorágine y sed y trama.

Fémina efímeras huellas,

subrepticia impronta, empero,

de modo que lira en trance,

ensimismado aeda hurgando.

Pero su nombre navíos en la niebla.

 

 

Cólera de amar (De: Cólera de amar. 1977)

 

Cólera de amar,

apodera mi instrumento creativo

uniendo o disgregando,

creando o destruyendo,

en la ansiedad de la muerte

gestiona con iras extremas,

porque no muera ni aún sucumbiendo

la totalidad de las fuerzas

ocultas que guardo.

Entonces hostiles substancias

no yazgan sufriendo

opresión ni ignominia,

no sean la noche en acecho

ni sueños infaustos

creciendo del agua.

Por tu relámpago no desatado

la eternidad de otro hijo del hombre,

el tiempo sujeto a su ser poderoso

que siga existiendo sin fin

más allá de los padres difuntos.

Ahora ya puedes morir

o seguir existiendo,

ya puedes la luz extinguida

o desarrollar tus costumbres originales,

continuar tu destino en mudanzas terrestres.

Pero ya no podrás regresar a la tierra.

 

 

Conjuración (De: El Transeúnte de Barcelona. 1997)

Aniquilamientos y desórdenes

en la acerba conjuración

de secretas fuerzas urdiendo

su enemiga estrategia nocturna

en el tránsito invisible

de señales y comunicaciones.

El cielo gris precipitado

de golpe con su volumen cereal,

los volátiles caliginosos

cerniendo su sombrío maleficio,

las cartas interferidas

por implacables agentes del orden

y vertidas a inquietante desnudez…

De noche los embozados jinetes

con sus sombríos corceles golpeando

a todo galope los frágiles sueños,

quebrantando su cáscara vegetal

desde el sótano agredido.

Un pueblo de pálida presencia

mis criaturas enarbolando

sus resistencias de humeante conjuro,

y en los cruces vitales un ojo

mío con sus números abiertos.

De aurora o crepúsculo el código

de simulacros y desorientaciones

cubriendo en su fatigosa nervadura

intersticios, celosías y accesos,

solidario su leal dispositivo

de diurnos ángeles imperceptibles.

Pero la noche enemiga cerrada

como una cúpula de atroz membrana,

y en su telaraña el forcejeo

de inocentes seres caídos

a un pozo de letales aguas.

Y desde el sótano los gritos

de infiltrados agentes del orden

interfiriendo alianzas y conexiones,

conmocionando la cavidad del sueño.

 

 

Heliotropos (De: Máscaras y Rostros. 1996)

 

Cualquiera que a la adolescencia

de los heliotropos,

cualquiera que su aprendizaje

de agrario habitante

atento al rocío,

versátil en sus tendencias…

De alguna manera,

de alguna manera instinto,

mucho de congénito,

de intrínseco y atávico

en su lúdica danza,

su lenta danza en arrobo.

Pero la larga espera,

la larga vela de armas

en el salón agreste,

su inmóvil desconcierto

hasta los arreboles…

Como si las direcciones,

como si el cardinal

movimiento terrestre

lento en su discipulado,

penosamente adquiriendo.

Entonces cualquiera

que a los heliotropos

en su adolescencia,

a su duro aprendizaje

desnudos en los campos…

En fin, también los geranios,

la rubicunda amapola

y el divertido homo erectus

azar y peripecia,

estoico discipulado.

 

 

Acaso la poesía (De: Cítara. 1999)

 

Acaso la poesía

aquellas habitaciones

donde el dolido infante

su exilio de cada día.

Aquellos cuartos lóbregos

donde un hálito indeleble

de exorcismos y zahumerios,

de agonías y decesos,

de ilícitos amores

estrellando los cuerpos

furtivos en el fuego…

Acaso la poesía

el llanto en el desván

bajo el latir de la lluvia,

rodeado de soledad

en el silencio impuro

de huéspedes detenidos

en prendas y mobiliario,

en utensilios lánguidos,

en pálidos daguerrotipos.

O las noches de emisarios

cabalgando por distancias

de nunca acabar, de nunca

desnudar su identidad

y transmitir su relevo.

Acaso la poesía el primer amor carnal

rompiendo los cerrojos,

violentando los sellos

de una pulcra intimidad,

de una secreta trascámara

llena de una música azul,

inaccesible a los besos.

Acaso la poesía

la tenaz persecusión

de todos tus fantasmas,

de tus huéspedes furtivos

presos en tu intimidad,

gritando en su cautiverio.

 

 

Alta tarde (De: Nocturnal. 2000)

 

Hoy las seis de la obscuridad

del señor otoño,

hoy las tardecida y tantas

de su rodaje humedad,

y nadie sonoridad,

nadie entreabiertos ojos

o lentas guitarras.

Hoy las innúmeras y altas,

hoy las ya irreconocibles

del tráfico astral,

lentas, lentas sus pisadas,

y perdiéndose en la urdimbre

de la niebla abismal.

Las seis de la desbandada,

las tardías del corazón:

señor otoño, piedad

en las tantas que otredad

pasando por el reloj

de horas malhadadas.

Las póstumas, las desnudas,

las temblorosas de frío

en la intemperie astral:

hoy lentas, hoy inconclusas,

hoy suma de los destinos

en el sino monacal.

Hoy las dieciocho crecientes,

hoy las totales menguantes,

hoy telaraña humedad:

Señor otoño, piedad,

a las tantas de la tarde,

a las nunca de la muerte…

A lo obscuro de lo viviente,

a lo trágico de la suerte,

a lo eterno de la humedad.

 

 

Mañana de agosto (de: Atribularia. 2000)

 

El día abierto de par en par,

arrojando su luminosidad

de novia intacta centelleante,

de doncella cada día en flor,

cada día iluminándome

de luz cada día consumida

y cada día reintegrada.

Astro de rutilantes diademas

beligerando en la conflagración

de gases genéticos desgarrados,

miles de edades tu hoguera cósmica

lamería el girante planeta,

miles de edades tu ojo incendiario

escrudriñaría mi existencia

sin tocarme, oh, sin acercarse

a mi volumen óntico errante

por su dimensión peripatética

de númenes inescrutables.

Miles de edades tu clarividencia

hurgaría en mis íntimos distritos

sin encontrarme, sin reducir mi ser

a medida cuántica recuperable.

Y miles de edades me inclinaría

yo mismo hacia mi mar interior,

sin hallar al náufrago errante

haciendo inútiles señales

desde su inaccesible otredad.

Clara mañana de agosto

abierta de par en par sobre cosas y existencias,

cada día tu extensión de luz

sobre mi extensión terrestre derramada,

cada día tu ígnita persecusión,

y cada día mi ser extraviado.

 

 

Pozo (De: Ebriedad. 2002)

 

Días de denodado silencio,

días de mudez perpetua

sumergido en un obscuro pozo

de aguas inmisericordes,

rodeado de muertas campanas.

Alguien con una mano anónima

inclinado sobre el pretil,

alguien con mis propios rasgos

desdibujados alejándose,

difuminando su parentesco

en la desfalleciente memoria.

Manes míos de una estirpe

insoportablemente repetida,

manes láricos congregados

en el redondel de piedra patria,

hoscos de ira persecutoria,

quien en la mudez de la palabra

su mano de áfono náufrago

sobresaliendo en el torbellino,

aquél que por un largo túnel

con su congregación de hermanos

sepultos en su voto de silencio,

ése no ser reconocido,

ése ser por todos olvidado,

ése desaparecer del habla,

y reunir en su torno las voces

de camaradas febriles callando,

de cofrades deshojándose en luto,

de sonámbulos regresando a casa.

 

 

Mariposa (de. Anunciación. 2003)

 

Ocurra una flor inédita,

ocurra su inédito perfume

desde el útero de las cosas,

una mariposa arrebolada

en un color de inextinta llama,

en un espectro de lítico fuego.

Despréndase inesperadamente,

de súbito y en alto sigilo

con sus invencibles atributos,

con sus facultades omnívoras

desde la vagina impalpable,

desde el manantial del misterio.

Llegue hasta nosotros su radiación,

llegue hasta nosotros su fuerza oculta,

y disuélvanse en polvo y silencio

las maquinaciones diabólicas

de aquello en nosotros subyacente,

de lo que en nuestra humana doblez.

Ocurra en su envolvente inanidad,

ocurra en su arrolladora impotencia,

llena de impalpable fuego digital,

lleno de incombustibles alas secas.

Una flor inédita erigida,

un perfume insólito rociado,

una mariposa color arrebol,

color incendio, color inextinto,

color humano en su humana doblez.

Discóbolo

Si hemos de buscar en tu legado

una escultura que, siendo clásica,

rompa todos los ejes, y mantenga

no obstante el equilibrio del volumen

en torno a un centro de gravedad,

es ese tu Discóforo, Hélade.

El escultor captó aquí al atleta

en el momento en que la contorsión

del cuerpo ha llegado al límite,

y se apresta a lanzar el disco:

el brazo derecho de extiende hacia atrás,

el izquierdo se balancea en el aire

buscando el punto de equilibrio,

como acontece también con las piernas,

que buscan la perfecta posición,

en tanto que el torso ha girado

en casi ciento ochenta grados,

y la cabeza se inclina hacia el suelo

presta a girar violentamente

cuando el disco haya sido despedido.

Uno se pregunta cuántas veces

debió Mirón realizar el intento

hasta que cuajara la escultura,

¡tan osada y llena de obstáculos

era la empresa que acometía!

Porque no sólo se trataba de hallar

las coordenadas del movimiento

y el desplace de los volúmenes

en el bloque de mármol intocado,

sino también de esculpir las formas

prácticamente en el aire,

sin un eje fijo de contención.

Lo genial de todo este conjunto,

es que la masa depone su peso

no sobre la pierna, como pareciera,

sino sobre el nudo de la contorsión.

 

 

Esfinge 

De: Arqueologías (2007)

(inédito)

Algo intrínsecamente extraño,

algo indefinible te circunda,

y te confiere una atmósfera

de casi impenetrable misterio

que no logra romper tu sonrisa,

esfinge votiva mutilada.

¿Eres tal vez la que en los caminos

venía al atardecer, cayendo

desde regiones inaccesibles,

y sometía a tardíos viajeros

a sus inextricables enigmas?

¿Fuiste tú, tal vez, la que, insistente,

detuvo el paso del joven Edipo

y le expuso su obscuro acertijo,

amenazándole con llevarle

a la región de las sombras largas?

Te miro y no logro penetrarte,

adivino en ti un ser venido

desde la profundidad del caos,

o del Hades, tan llena de mudez

tu figura alada apostada

al paso de los lentos siglos.

Tal vez dentro de tu híbrido ser

tiene lugar la lucha gigante

entre el ser humano y el león,

o te condenó el viejo padre Zeus

a vagar por las rutas de Grecia

buscando tu perdida identidad.

Porque no eres, escucha, frío mármol

mirándome inmóvil desde el tiempo,

ni un ser fabuloso salido

de la mente febril de los antiguos,

sino la encantadora de poetas

envuelta en eterno misterio.

 

 

Laocoonte 

De: Arqueologías (2007)

(inédito)

Después de diez años de sitio,

los dioses habían decidido

que Troya fuera destruída.

A tal efecto determinaron

que los griegpos marcharan a sus naves

simulando el regreso a la patria,

y en supuesta gratitud a sus dioses

construyeron un enorme caballo

de madera, que abandonaron

frente a las fuertes murallas de Ilión.

Como ya se hubieran ido las naves,

pensando que nada debían temer,

determinaron los troyanos

introducir el caballo en la ciudad,

y celebrar con él la gran fiesta

por el término del asedio.

Sólo uno no estuvo de acuerdo

e intentó oponerse: Laocoonte,

sacerdote del templo de Apolo.

Primero con razonamientos

trató de disuadir a los suyos

de introducir el caballo en Troya,

y como no le hicieran caso

arrojó una lanza a la barriga

del enorme caballo de madera,

que produjo un seco sonido.

Ante lo cual la diosa Atenea

hizo surgir de las olas del mar

una enorme serpiente marina,

que se enrrolló en torno a los cuerpos

de Laocoonte y de sus hijos

estrangulándolos, y con ello

sellando el destino de la polis.

Muchos siglos después de estos hechos,

en el helenismo tardío,

un demiurgo vaciaría en bronce

en Pérgamo el singular suplicio

del sacerdote y sus vástagos,

obra maestra de la cual nos queda

solo una buena copia de mármol

en el Museo del Vaticano.

Allí estuve, y en verdad grandiosa

y trágica es la imagen del padre

debatiéndose junto a sus hijos

por ir contra el deseo de los dioses.

Consumación del arte helenístico:

aquí se rompen todos los preceptos

de sobriedad, gravedad y medida

tan caros al estilo clásico:

Laocoonte retuerce su cuerpo

y prorrumpe en gritos de dolor

arrollado por la gran serpiente,

y lo mismo sucede con los hijos:

ruptura de los ejes y del canon,

desorden de los volúmenes

arrancados de su centro vector.

La composición está aunada, claro,

en torno a la figura central

del sacerdote gimiendo de dolor,

a cuyos lados las figuras

de los hijos también se retuercen,

arrojando el conjunto un cuadro

de barroquismo exagerado

por el dominio de los entrelazos

y la constante de la curvatura.

La cabeza de Laocoonte

está poblada de barba y cabellos,

y perfectamente trabajada

en el sentido de la tendencia.

También los músculos y los ijares,

e incluso las venas de los miembros

han sido bien reproducidos.

En cuanto a las figuras laterales,

sincronizan perfectamente

con el barroquismo del conjunto,

las proporciones están guardadas,

y el artista ha realizado prodigios

al esculpir con tal maestría

en una posición tan difícil.

Laocoonte aparece sentado,

y en parte también la figura izquierda,

no así, en cambio, la de la derecha,

de modo que, en última instancia,

el elemento aglutinante,

que le da unidad y consistencia

al conjunto es la enorme serpiente,

que une y mantiene fijos los cuerpos.

La escultura es una obra maestra

dentro de los límites del helenismo,

el ritmo de los volúmenes concuerda,

el contrapunto barroco es perfecto,

el escultor logra tal maestría

y tal diversidad de formas,

arrancadas de un bloque de mármol,

que asombra el que lo haya logrado.

Partenón 

De Arqueologías (2007)

(inédito)

De las construcciones monumentales

que el hombre ha levantado en su trayecto

desde las cavernas a los rascacielos,

podemos nombrar las pirámides,

el gran ziggurat de Babilonia,

la basílica de Apollinare en Classe,

la catedral de Notre Dame de París,

y la iglesia de San Pedro en Roma.

Todas ellas fueron construídas

para gloria de Dios o del faraón,

y los caracteriza la voluntad

de trascender las medidas humanas

y alcanzar el cielo o el Elíseo.

Si trepáis conmigo desde Atenas

las gradas que conducen a lo alto,

a la gran ciudadela o Acrópolis,

pasaréis primero los Propileos,

a vuestra izquierda estará el Erecteión,

y frente a éste el enorme prodigio

de arquitectura llamado el Partenón.

La gran masa de este templo dórico

trasciende también la medida del hombre,

y si os apostáis junto a una columna

sentiréis la pequeñez de nuestra especie,

y cómo la fuerza de lo divino

puede mover toneladas de piedra

y someter el espacio a su imperio.

Pero no es lo ciclópeo ni faraónico,

no es la soberbia monumentalidad

lo que nos asombra y llena de estupor

cuando consideramos esta obra

maestra del ingenio del hombre.

Desde una perspectiva estética,

la forma, el espacio, los volúmenes,

corresponden a la quintaesencia

de lo que denominamos clásico:

armonía y gravedad de las columnas,

íntima simetría del espacio,

concordancia de pesos y medidas,

equidistancia de los componentes,

empuje del peso y del volumen

centrifugal y centripetal a un tiempo.

Templo dórico peristilado

construido en mármol pentélico:

nada sobra, todo está en su sitio,

los capiteles de muda sobriedad

sosteniendo el sobrio entablamento

de metopas y triglifos alternados,

ambos tímpanos, que en sí albergaron

escenas míticas o del Olimpo.

Si penetramos por la pronaos,

accederemos a la amplia cella,

en cuyo lugar más sagrado,

detrás del llamado Hecatompedón,

y rodeada de veintiséis columnas,

se encontraba Atenea Partenos,

la diosa virgen creada por Fidias,

la gran estatua crisolefantina

de pie, con sus más caros atributos:

la égida protegiendo su pecho,

la lanza apoyada sobre el hombro,

la estatuilla de Niké en la mano izquierda,

y sobre su veneranda cabeza

el casco guerrero e imperial a un tiempo,

mientras su mano izquierda se posa

sobre el escudo, en cuya parte interior

se enrrolla una enorme serpiente.

Penetrando por la fachada oeste,

encontramos primero el Opistodomos,

que constituye el umbral del "Partenón",

o cámara íntima de la diosa,

en el cual se conservaban los valores

más preciados de Atenas, en especial

el Tesoro de la Liga de Delos.

Alrededor de todo el santuario,

a todo lo largo del entablamento,

se encontraban las altas metopas

que relataban los hechos heroicos

de la historia fabulosa de la Hélade:

la Gigantomaquia en el friso este,

la Amazonamaquia en el oeste,

la conquista de Troya en el norte

y el combate de centauros en el sur.

En el interior, adornando el friso

del muro que protegía la cella,

se exponían las Panatenaicas

o procesión en honor de Atenea,

con jóvenes de la nobleza ateniense

 

cabalgando sobre briosos corceles.

Sobre el tímpano de ambas fachadas

se podían observar, en fin, escenas

alusivas a la vida de la diosa:

su nacimiento desde el cráneo de Zeus,

o la famosa disputa con Poseidón

acerca del patronato de Atenas.

Impresionante es tu enorme estructura

que cobijó los huesos sagrados

del faraón, pirámide del Nilo,

conmovedoras tus torres gemelas

y tus bóvedas de medio punto

que sostienen en vilo la casa de Dios,

catedral gótica junto al Sena,

de vértigo y sagrado misterio

tus naves elevadas hasta el cielo,

sacrosanta iglesia de Pedro en Roma.

Pero subid conmigo las gradas

que conducen hacia la Acrópolis,

pasad el umbral de los Propileos,

y aproximaos en sumo silencio

a los restos sagrados del Partenón:

¿No tembláis de emoción ante una obra

que resume el fuego del genio griego?

Después de casi veinticinco siglos,

después de guerras y revoluciones,

se yerguen aún las columnas dóricas

custodiando el recinto sagrado

de las diosa Palas Atenea.

Me construyeron Calícrates e Ictinos, 

en el siglo quinto antes de Cristo, 

en la edad de oro de la cultura.

Sigue, templo inmortal, fluyendo por siglos,

sigue desafiando las edades,

como testimonio de un tiempo heroico

cuando la fe del hombre estaba intacta,

y movió toneladas de mármol

para darle un hogar a sus deidades.

 

 

 

Príncipe de los lirios 

De: Arqueologías (2007)

(inédito

De entre todas las bellas figuras

que los frescos de Knossos nos deparan,

elijo tu actitud soberana,

tu natural despliegue de nobleza,

hermoso príncipe de los lirios.

Esbelto y fino, en la flor de tus años,

diriges tus gráciles pasos, tal vez,

a la sala central del trono,

a que la nobleza allí reunida

mire, admire y rinda tributo

a tu porte de joven semidiós

coronado de plumas y de lirios.

De tu elegante ademán principesco

dimana el sol, sus rayos dorados,

y pareciera que guías su carro

ascendiendo triunfal por la aurora,

derramándote en resplandores.

De seguro que habrás existido,

y eras uno más de los donceles

cuya figura privilegiada

extasiaba la vista de las doncellas

en la Creta del rey sempiterno.

Dime cuáles eran tus dioses,

a qué divinidad sacrificabas,

y de qué ambrosía te alimentaron

para crecer semejante a Apolo

y eternizarte en la flor de tus años.

Al sitio de tu palacio fui,

y recorrí su intrincado sistema

buscándote, oh joven amigo,

y cuando de pronto ante mí apareció

tu esbelta figura principesca,

supe que no eras, que mentía el pintor,

y que irrepetible, cual Faetonte,

se yergue en Heraclión tu forma insigne. (*)


(*) Fuente: Ulises Varsovia, Antología esencial, editado aquí en conformidad con el autor.

 

 

 

 

 

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