|
SOMBRAS
SOBRE LA MESETA
"Todo
lo que nos rodea parece eterno, y el
desierto
nos hace oír voces misteriosas"
Charles
Darwin
Con el motor a pleno,
la camioneta modelo treinta y ocho enfrenta la
interminable recta que se extiende de sur a norte hacia un
confín reverberante donde tierra y cielo se diluyen.
Bajo la seca luz transparente, la pampa aguarda como
agazapada al viajero que se atreve a cruzarla a esa hora.
Al calor del sol, en medio de la ruta, una liebre alerta
levanta sus largas orejas para captar el ronco sonido del
motor lejano que surge de la misma tierra. Luego, en
lentos saltos se interna en el monte que crece enmarañado
al borde del camino.
Tras
largas horas de recorrer la picada polvorienta de la ruta
tres, el vehículo ingresa en la huella que lleva a la
zona de río Chico.
Atento
a los zigzagueantes y hondos huellones –trabajados más
por la erosión del viento que por el tráfico- maneja
esquivando piedras y matas que el camino pone como bruscas
sorpresas al conductor. Así atraviesa cursos secos,
encara con marcha firme las pequeñas dunas que el
permanente viento del oeste ha depositado; y si bien
maneja atento a los impredecibles obstáculos del camino,
aunque tal vez un poco rápido, teniendo en cuenta el
estado del terreno, pero no tanto para su deseo de llegar
a las estancias; no alcanza a esquivar un sólido mogote
en medio de la huella.
El
fuerte golpe lo sorprende quitándole el volante de las
manos. El vehículo salta con violencia del lado del
conductor y vuelve a caer en fracciones de segundos en
medio de una nube de polvo ocre, se arrastra todavía unos
metros para terminar clavándose en la tierra al costado
de la huella.
Tras
el escándalo de chirridos y golpes de fierros rotos que
irrumpiera la serenidad del paisaje, el silencio se impone
casi solemne, y lentamente, como un pájaro cansado,
vuelve el polvo a posarse en el suelo.
En
la tarde quieta, el vehículo resulta una extraña
osamenta ferrosa que se cobró el desierto.
Repuesto
de la conmoción, el conductor sale gateando por la puerta
del lado izquierdo que se encuentra ahora en un nivel más
alto.
Ya
afuera, el aire cálido de la media tarde le resulta sin
embargo más fresco que en la cabina. Aturdido e incrédulo
observa con detenimiento los daños: el para golpe ha
perdido sus formas curvas y arrugado como papel yace
enterrado en el suelo; la rueda delantera derecha está caída
debajo de la puerta del conductor, y el farol derecho,
ubicado entre el guardabarro y el capó de doble tapa, ha
sembrado innumerables fragmentos que lanzan destellos
desde las piedras.
Era
el final del viaje. Maldice el camino, su suerte, el calor
y la idea de salir al campo sin acompañante pese a que le
habían sugerido: "cuando salgas por ahí llevá agua
y comida y nunca te largués solo".
Antes
de abandonar la camioneta saca de los bultos un poncho
nuevo aún sin usar; da una última mirada a los fierros
destrozados y emprende resignado el retorno buscando la
ruta a la espera que alguien lo acerque a Garayalde o al
mismo Comodoro.
Volviendo
por el camino recorrido, calcula por lo andado en la
camioneta que no llegaría a la ruta hasta bien entrada la
noche. Esta idea lo desanima pero no tiene otra opción
dado que ignora a cuánto está la estancia más cercana,
y la posibilidad de perderse siguiendo otras huellas puede
resultarle fatal.
Anda
bajo un sol polvoriento. Mira el suelo que pisa y se
abstrae en los pies que se suceden el uno al otro en una
cadencia imparable, irresistible, como si esos extremos
que parecen y desaparecen no le pertenecieran; uno y otro,
el izquierdo y el derecho, el izquierdo, el derecho; la
punta negra y cubierta de polvo del zapato izquierdo que
asoma de la manga del pantalón y desaparece, cuando surge
de la manga del pantalón la punta negra del zapato
derecho cubierta de polvo y desaparece, cuando surge la
punta negra del zapato a un ritmo ajeno a su voluntad. Las
mangas del pantalón flamean, son retazos de banderas
vencidas cubriendo las interminables hileras de soldados
prisioneros, rendidos, viniendo hacia él, miran la cámara
en las dramáticas imágenes de los noticieros que vio en
el cine de Comodoro
Pensándolo
bien, lo que a él le pasa no es nada, no debería
entonces desesperar.
Aquello,
en cambio; tantos sufrimientos que la guerra infligía a
gente inocente; ciudades envueltas en llamas, ruinas y
desesperación, el ulular de aviones en picada y bajo las
hélices pintadas las fauces de un tiburón para infundir
más terror aún. Matar gratuitamente, eso es pura maldad,
eso hace la guerra, mata y destruye lo que no debe matar
ni destruir. La muerte gratuita, el terror gratuito; en
cambio él, va protegido por un silencio inhóspito, por
una paz horizontal pero sin muertes.
La
tarde se encoge en un silencio que interrumpe su respiración
sofocada.
De
improviso, surgida de la nada, una ráfaga insolente le
vuela el sombrero refrescándole la incipiente calvicie.
El caminante sólo atina a lanzar una sorprendida queja
mientras lo observa rodar por el polvo. Parecíale que el
sombrero, ahora desprendido de él, corría libre, se diría
que alegre, como invitando a seguirlo. Lo sigue, pero con
la vista y sólo para saber dónde se
detendrá.
Lo ve girar sobre el alero, cubriéndose de polvo,
desaparecer y aparecer por las caprichosas sinuosidades de
la huella, mimetizándose travieso en el terreno. Por unos
instantes lo buscó entre las matas y, al no encontrarlo,
sin mayor empeño desistió, desganado, de su búsqueda.
Ahogado
de desamparo y polvo la sed le fue llegando. Algo en él
se contrae y se pregunta por qué capricho no trajo agua
como le habían aconsejado: "cuando salgas al campo
llevá agua y que alguien te acompañe. No te largués
solo". Qué cabeza dura que soy.
La
calma agreste lo acompaña. ¿a cuánto estará la
ruta? La tarde alarga su sombra por el camino, recién
hacia la noche, espero que alguien...
Trata
de no pensar en su mala suerte, por eso se entretiene en
medir en pasos la dimensión exagerada de la sombra que le
precede: uno dos tres cuatro cinco seis siete ocho nueve
diez once doce trece catorce quince, hasta el matorral más
alto, se acerca al molle y le quita un breve racimo de
frutos redondos y violáceos, se lleva uno a la boca pero
rápidamente lo escupe, esperaba un jugo con un cierto
sabor dulce y encuentra una pulpa seca llena de semillas.
Después, y más allá, serán treinta pasos la distancia
entre los pies y la cabeza de su sombra.
Por
la huella polvorienta y declinando ya la luz, los pies
cansados levantan un polvillo dorado que lo persigue. En
el último parpadeo del día los colores iluminan
brevemente el ocre dominante del paisaje y enciende los
verdes graves y apagados de las matas.
Se
ha detenido. Sentado en el suelo desata los cordones de
los zapatos para quitar la tierra y sacudir las medias
mientras observa el cielo en su gratuita danza de colores;
sus ojos se deslumbran ante los majestuosos espacios que
poco a poco van apagándose en tonos púrpuras hacia el
azulnoche.
Siguiendo
en la huella, el caminante se interna en las sombras que
vienen a cubrirlo desde el poniente; y es como si
ingresara a un familiar y lejano pasado.
Después
la noche.
Noche
sin luna en el desierto.
Es
una sombra envuelta en sombras, y en el poncho.
Una
corriente fría le recorre los miembros agotados, mientras
del estómago le llega insistente y agria una ausencia.
Palpa
en el bolsillo del saco el atado de cigarrillos y extrae
uno, busca en el otro bolsillo la caja de fósforos. Se
detiene, enciende el cigarrillo haciendo un hueco con las
manos para proteger la llama naranja. Aspira el humo aromático
que le llena los pulmones y engaña el hambre.
Parado
en la noche del desierto escucha los sonidos inéditos del
lugar. Bajo la tenue claridad de las estrellas, distingue,
al costado de la huella, las espesas siluetas de los
matorrales que parecieran embozar innombrables fantasmas.
Prosigue
la marcha, pero ahora con paso cansino, atento a los
susurros de la oscuridad donde la luciérnaga fugaz del
cigarrillo se enciende como un tímido faro para perderse
en el pozo de sombras.
Las
sombras se hacen eco del tiempo:
Transitamos
por tierras tan recias y salvajes, atentos a resonancias
traídas en el viento allende lo abierto, ecos que daban
pavor. Ecos, o sombras de ecos que emanan de la árida
inmensidad sin fin.
Y
piedras habían, talladas por la mano de irascibles edades
inmemoriales que observan nuestro paso y perseguíanos más
allá de la vista haciéndonos sentir culpables pues eran,
o parecían, estatuas de dioses terrenales reprochando
nuestro viandar intruso.
Es
un extraño sentimiento, como si este caminar a través de
las horas del silencio lo hubiera vivido, repitiendo un
antiguo e interminable peregrinar, un volver al lugar
donde alguna vez pasara.
Escucha
el silencio lleno de ecos que no son los de las cosas sino
del ambiente; un vacío que suena a voces, a ruidos
conocidos; un tropel de pasos, de gente conversando.
Se
detiene, pero solo escucha la respiración entrecortada y
el palpitar del corazón contra su pecho.
Parado
en la noche del desierto, escucha atento. Teme mirar hacia
atrás y, sin embargo, se da vuelta y mira y nada mira
porque nada ve; por lo menos no lo que el creería ver. Sólo
mira sombras en la oscuridad.
Un
lugar de ausencias. Nada.
Debe
llegar pronto a la ruta, como si la encrucijada fuese un
destino, el término de su odisea.
Apurado
retoma el paso tropezando y rezongando en las tinieblas.
Es
como que hablasen un idioma conocido de extrañas y
arcaicas entonaciones, y hasta tiene la rara sensación de
haberlo hablado alguna vez en este insólito y mismo
lugar.
¿Serán
las ánimas en pena que dice la gente de campo, aquellos
que muertos quedaron sin cruces ni rezos?
En
la oscura soledad burbujeando voces.
Vuelven
en
pequeños grupos regresan de
çinco en çinco y de seys en seys
Son
una suerte de derrotados sin haber librado batalla alguna
con fuerza antagónica en ningún lugar del
inconmensurable territorio recorrido.
Los
primeros que vuelven regresan siguiendo a su jefe, quejoso
de enfermo y de años. Hambrientos, pues que no avía q´comer
ny aún hierbas sino raíces sufriendo la sequedad del
vastísimo vacío de la meseta. Y en el atardecer, cuando
el sol ilumina oblicuamente la tierra, los hombres y sus
sombras, al caminar agotados, arrastrando sus pesados y
dolidos pies, levantan un polvillo de oro que resplandece
al sol. Y ése, no otro es todo el oro que fueron a
buscar; pero ellos no ven lo que dejan sus pasos.
Lentamente,
pesándole el sueño, caminará arrastrando con dificultad
su propio peso, andará hasta el instante en que sus pies
llagados le obliguen detenerse. Busca con las manos el
suelo del descanso dejándose caer, y se recuesta en la
tierra como en un regazo con un suspiro de alivio.
Entonces, a través de la niebla de su cansancio los ve
pasar siguiendo su propio rumbo. Pasan casi sobre él, es
imposible no verlos. Sombras sólidas, tan reales e
intangibles como el humo, el viento, las tinieblas; no
podría no verlos. Surgen como materialización del tiempo
que los vastos espacios se encargaron de proteger por
siglos.
No
son más de cinco, quizá seis los que cruzan en harapos;
oscuras figuras recostadas contra el ocaso malva.
Espectros de otras épocas siguiendo en fila india al
primero, tan ciego de vida como los otros. Lanzan cada
tanto una maldición o dicen algo entre ellos en un idioma
familiar que sin embargo no termina de entender.
Los
ve pasar y les grita que esperen, a dónde van. Pero esa
suerte de mendicantes nómadas no lo escuchan, siguen,
cabizbajos, tropezando el desierto.
Por
el desierto austral, una insólita procesión de
desarrapados que encabeza el Adelantado.
El
Adelantado: este
tropel, qué digo, esta manada de enfermos y fracasados
que siguen mis pasos buscando quizá el momento propicio,
la oportunidad calculada para hacerme finado por haberlos
embarcado en esto que hoy resulta un calvario para todos y
que hace sólo unos días era el ilusionado y quimérico
viaje hacia la ventura. Pero ¿quién podría con este
hato de pícaros y malandrines, muchos de ellos optando
por la Indias antes que la cárcel; quién con esta chusma
podría jamás conquistar un palmo de tierra o fundar algo
perpetuo?
Partimos
desde el real, los caballeros sin caballos, pedestres
todos, y todos llenos de ánimo y de quimeras, y
regresamos vencidos, sin que nadie nos presentara batalla,
desanimados y aletargados; es cuestión de vernos, que si
parecemos una procesión de penitentes. Vencidos, sí,
pero por esta tierra de severa y desnuda
grandiosidad
como una virgen amazona. Y henos aquí volviendo,
patandariegos, hambrientos y andagónicos, sin aquella
voluntad férrea y bestial que bien conoce Europa.
Volvemos
sombras de lo que fuimos. Y volviendo nos sentimos como
retenidos por un vago deseo que no alcanzo a comprender ni
precisar.
Vuelve
enfermo, doliéndome el cuerpo por la cintura, doliéndome
por las rodillas, los pies, los dedos de las manos que se
me hinchan; y doliente el ánimo que es lo peor, que es lo
peor.
Han
vagado por planicies áridas.
Vagamos
por esta áridas planicies, siendo conducido en parihuela
por estos follones. ¿Y cuál ha de ser la suerte de aquel
gentilhombre, aquel don Pedro de Mendoza con quien
firmamos en Toledo y frente a su cesárea majestad las
Capitulaciones? ¿cómo le habrá ido en su adelantazgo?
Allí
lo vide, vestido con garbo y severo negro, con la
herreruela que le ensanchaba los hombros y le afinaba las
piernas rematadas con calzas acuchilladas en negro y
amarillo, un verdadero dómine de corte imperial, con
golillas que le enmarcaban el rostro pálido de enfermo
llevado en parihuela. Sospecho que debido a su fortuna de
cuna y de trabajos al servicios del rey ha tenido mejor
suerte que nosotros. Decíanme su gente que traerían
caballadas para poder conquistar mejor estas Yndias, como
lo hiciera Cortés, eso mesmo debí fazer, hubiéramos
llegado ya al Pacífico y repetir lo de Balboa, pero hube
de salir de apuro, que es un decir, pues tras cinco años
recorriendo pasillos y salas en esperas palaciegas,
soportando a inútiles, a ociosos cortesanos, soberbios
afeminados, amigos o parientes de sus majestades. Ya
estaba harto de aguardar, harto y furioso de promesas y
postergaciones, amén de quedar empeñado de por vida,
mientras tanto, otros más rústicos que yo se enriquecían
y colmaban de gloria y títulos como esos puerqueros de
Pizarros, desvergonzados ladrones del oro de los incas.
Cuando
lo despertó el sol en los ojos, pudo notar que estaba
sobre una huella apenas marcad. Desconoció el camino por
el que había andado la tarde anterior. Se levanta
dolorido para proseguir el rumbo que la luz de la mañana
le marca.
Debe
seguir por estos parajes del viento y de la piedra,
anhelando llegar a algún cañadón donde pueda encontrar
agua. Debe recorrer, ahora casi con desesperación el seco
y mudo entorno, donde cada tanto, en el aire transparente
de la mañana, el silvo de un pájaro, en una armónica
combinación de notas breves y largas, suena como un
llamado burlón.
Ha
caminado en la noche y agotado se durmió al amparo de las
matas, En algún momento cruzó sin darse cuenta la
anhelada ruta tres. Ahora sí está seguro de estar
perdido, de otra manera ¿hacia dónde puede llevar
esta huella cubierta de pastos? ¿a un puesto de veranada?
¿a algún lugar donde se junta leña? –cavila- Y
si son campos de veranada son campos de la costa: entonces
-razona- el mar no puede estar tan lejos.
Mientras
sigue por la huella apenas dibujada medita y duda:
¿y
si me desvié durante la noche y no voy directamente hacia
la costa? Pero no, la dirección es ésta, hacia el este.
Duda
el náufrago en un océano de tierra seca que más extravía
a quien ya está extraviado.
Arriba,
el sol marca al mínimo su sombra.
He
caminado toda la noche y todo este medio día y la picada
no aparece. ¿habré andado como sonámbulo? Pero ¿cuándo
entonces crucé la ruta?, porque seguro que la crucé...
tampoco veo los postes telegráficos que la bordean, ni un
alambrado...
Era
caminar por un lugar perdido –como él- en la mudez del
paisaje, cerrado, oscuro a todo signo reconocible. Un
naufragar en medio del calor, el cansancio, la soledad que
lo aplasta, haciéndole arrastrar los pies ahora
ampollados, que dejan sobre el polvo milenario sus propias
huellas sin aire.
Mira
la brevedad de su sombra.
Han de ser las doce, hora del almuerzo, del pan crocante,
la mesa, los platos, el sonar cantarino de los cubiertos.
Música de la casa. Las doce. En la vidriera de la relojería
observa admirado el reloj pulsera suizo con los números y
las agujas doradas desatándose nítidas sobre el fondo
negro. Le parece un poco caro, pero viéndolo bien, vale
la pena.
En
la indigencia total por la que transcurre, el reloj
representábasele rodeado de un especial encantamiento, de
perfumes nocturnos y noches alegres.
Al
pasar me miro de reojo en el espejo del club social que
refleja cómo luce la peinada brillante y engominada, en
la muñeca asoma el reloj de manecillas y números romanos
dorados sobre un fondo negro noche perfumada de agua
colonia. Ese que pasa en el espejo fuma rubios con la
boquilla roja que compró no se acuerda dónde, tal vez en
el almacén de ramos generales de la calle pellegrini; el
traje azul oscuro cruzado, los zapatos tan impecablemente
lustrosos que parecen de charol y la camisa de cuello
almidonado me dan una pinta bacana; le hago una seña
sutil con la cabeza a la de pelo castaño y vestido azul
floreado y ... salimos a bailar la música que suena
irresistible, invitando a, invitando...a...
Vuelven
repartidos en pequeños grupos.
De
çinco en çinco y de seys en seys de vuelta hacia las
naos.
Andariegos
adustos y complotados, traen a sus jefes como prisioneros
o rehenes. Regresa en grupos confusos, cuidándose y
sospechándose el uno del otro, porque con la rebelión ha
cundido también la desconfianza mutua.
Rodrigo
de Isla, que de jefe de la avanzada expedicionaria pasa a
ser el primer y principal rehén de los alzados, le recita
la compartida suerte a Juan de Mori:
-Pensar
que partimos protegidos de petos, yelmos y rodelas,
luciendo calzas acuchilladas, polainas de cuero, llevando
los arcabuceros delante e luego los ballesteros...
-Y
en la retaguardia –agrega Juan- el Comendador con
estandartes y blasones de Adelantado, y yo como jefe de su
guardia personal, que debió volverse pues tiene mala cara
su merced, que ya estoy un poco viejo Juan para estas
travesías. Y se lo veía que cojeaba y se quejaba y que
al fin debió ser llevado en parihuela.
-Portando
lanzar y hondas –sigue Rodrigo- y ansí dimos caza e
podimos comer esas sabrosas gallinetas.
-¿Gallinetas?,
¡Perdices, dirás!
-Sí
hombre, esas grises y copetudas
-y
avestruces como las del Africa.
-Y
como os decía; que habiendo salido del real con los
corazones henchidos, animosas las ánimas en pos de la
Fuente de la Juvencia, en pos de oros y pedrerías, a la búsqueda
también de los legendarios gigantes de Magallanes para
que nos guíen dónde el refulgente país, en qué lugar
la Ciudad Dorada de tantísimos comentarios en las largas
noches sobre los puentes de las naos.
-Y
de aquel ánimo que como tu dices Rodrigo traíamos al
salir ya nada queda, ni la ropa ni el garbo. Es cuestión
de ver estas calzas tan coloridas entonces, ahora
desgarradas, las camisolas hechas jirones, y quienes
llevaban el abrigado tabardo, sólo tienen retazos para
cubrirse del frío.
Paso
a paso el cansancio lo consume hundiéndolo al camino.
Lo
invade insistentes y fuertes imágenes de la guerra. No
recuerda bien la película que daban, tal vez era una
policial, en cambio tiene presente los rostros cansados y
victoriosos de soldados y los otros rostros, aquellos
aterrados de mujeres y chicos huyendo del horror.
El
sudor es un olor rancio que asciende junto al ardor de
ampollas que se formaron en los dedos y en el talón. Su
guerra es este suplicio que lo devora, lo fagocita, como
el espacio que recorre. No hay otra cosa que importe
ahora, sólo el vacío habitándole el estómago.
La
lengua recorre los labios secos y cuarteados para recibir
de la brisa un breve alivio. Invoca el recuerdo sedante
del agua cantarina en los arroyos de Esquel, la alegre música
de juegos y mañanas radiantes con los otros pibes. Dale
gordo tirate que está linda el agua. El agua de las
vacaciones, las risas despreocupadas en las caras felices,
el agua transparente como esos días radiantes, como esa
vida azul.
Rodrigo
de Isla:
Anduvimos a través de ariscos campos que poblamos de
seres fantásticos, temerosos de ver en cualquier recodo
del terreno dragones y esfinges, mujeres-pájaros,
polifemos, lebrele parlantes y brujas lúbricas
cotorreando entre las sombras. Y ahora regresamos vacíos
de oro y llenos de fatiga, apenas si con nuestros cuerpos
famélicos, mas no vencidos, como cuadra a un infante
hispano.
Juan
de Arias: Arrastramos
los pies sobre esta tierra frígida, harto fatigados,
dejando tras nuestro un murmullo de polvo seco. Vamos como
condenados, el sayo cubriendo nuestras caras, pareciendo
lo que somos, una tenebrosa apandilla de rebeldes
complotados, y a eso vamos, ha fazer nuestra implacable
justicia.
Treinta
días ha que encaramos estos lugares muy relucientes,
honorables y soberbios, y ovieron capitanes que iban pa
lucirse no se ante quién, llevaban esos sombreros bajos y
anchos de terciopelo negro, y guantes y polainas de cuero
y la herrehuela que hasta la cintura, como los hijosdalgos
que vide en Sevilla, y estoque llevaban como que fueran a
concurrir a un baile de palacio, aquí, en medio de esta
ausencia, de esta vasta monotonía pardusca donde sólo
nos observan los ojos de fieras y alimañas.
Estas
latitudes terminarán por vencer nuestro empaque y
arrogancia, y henos aquí que volviendo, sombras nómades
sobre la meseta, eco de lo que fuimos, es decir un viento.
Nada.
Los
recuerdos se evaporan, ya no se reconoce en aquel que
caminaba alguna vez las calles deseando ropas elegantes,
relojes caros, mujeres. ¿Existió ese yo de costumbres
urbanas, comidas a horario, cama con sábanas, luz eléctrica,
gas para calentar comida, casa; aquel de negocios, vehículos,
de radio y cine, vidrieras, bares y amigos, o sólo fue un
sueño, un cuento rosa leído en revistas de moda? Pero
ahora, dependiendo de sus propias fuerzas comprende que lo
único cierto es el dolor espeso y agudo en que se ha
convertido este cuerpo que lo fija a la tierra. Lo cierto
y real es esta luz que licua las cosas y lo confunde con
ellas hasta hacerlo olvidarse de si, de lo que alguna vez
fue.
Que
si salgo de ésta con vida Rodrigo, relataré lo que
vivimos –dice Juan de Mori quien suple al Adelantado en
la entrada a tierra firme y que ahora es el primer y
principal prisionero-rehén de los alzados. Dice:
...
ya
lejos de las naos, topamos con una tierra desierta y
despoblada adonde no hallamos ni hyerbas algunas de que
pudiéramos aprovechar para comer, que ni leña para
quemar ni agua que beber hasta que allegamos a un ryo que
yba por entre dos sierras y parecía el agua como la del
Guadalquivir y del mismo color y muy rezio y hondo y algo
angosto y encontramos gente yndia y muy bestias que no tenían
que comer sino unos granos tostados y que eran molidos con
unos guijarros e lo comían ansí en polvo.
Luego
preguntamos por señas a la yndias que dónde había
población y comenzaron a señalar ryo arriba.
...hicimos
balsa con unos sauces mymbres que había en la orilla y
pasamos con harto trabajos tardando un día en cruzarlo.
Guiados
por la yndias y por el piloto con el astrolabio subimos
por unas peñas muy altas dadas a la yra de Dios y pasamos
dos días sin hallar agua ninguna.
Bajamos
por unas peñas muy agrias y damos en un ryo muy hermoso
que yba entre aquellas peñas todo cercado de árboles
destos mymbres... y a este ryo lo topamos otras veces, que
iba dando vueltas y pescamos sin carnada ninguna y sacábamos
muy grandes pescados que parecían salmones los mejores
del mundo.
Anduvimos
por aquel ryo más de diez o doze días sin hallar cosa
ninguna y en este tiempo acabose el pan de las mochilas y
la gente y los capitanes comenzaron a no querer ir más
adelante, aunque las yndias que llevábamos nos daban señas
que más adelante había poblado y señalaban que traían
oro en las orejas y en los pechos en mucha cantidad y señalaban
andadura de no sabemos si dezían años o meses o días,
siempre señalando cinco.
Y
los capitanes iban de muy mala gana y amotinan la gente...
y habíamos de volver noventa o cien leguas a las naos.
Y yo que les digo que mejor sería seguir el río y ellos
no, que no, que ahora se hace lo que nosotros decidamos. Y
persistieron con su ruin propósito y ahora nos llevan
prisioneros y de mil talante por el hambre y la fatiga, la
desconfianza y el temor entre nosotros mesmo.
Arrebujado
en el poncho los oye discutir, son como ecos de una
presencia tenaz.
el
estruendo de bombas cayendo sobre aldeas indefensas
no
hace falta matarlo, que no es bueno ensañarse con un
viejo
que
sí hombre, que por su culpa estamos pasando tantas
penurias
rápidas,
veloces formaciones de tanques avanzan sobre el desierto
dejando tras sí espesas nubes de polvo
os
digo que no es de él la culpa ni el mismísimo Dios sabía
qué coño era esto, si un desierto seco o un nuevo Perú,
si el infierno o un paraíso de Mahoma.
paracaidistas
cubriendo el cielo y la pantalla
no
interesa, lo mesmo haremos nuestra justicia
vamos
hombre, así desafías al mismísimo rey
pues
me cago en el Rey y en toda su corte flamenca. No
tendremos piedad por nada ni por nadie
aferrado
al volante de la camioneta enfrenta la recta larguísima
que acaba abruptamente en altos acantilados donde comienza
el mar y, más allá, fondeados frente a la isla, dos
siluetas de carabelas esperan
La
noche protege las sombras instrumentales de la muerte
Patagoniantes
sombras cruzan la meseta.
Regresan
en pequeños grupos de cinco, de no más de seis las
siluetas recortándose contra el ocaso magenta.
Avanzan
callados en la dirección calculada y conocida. Sólo una
determinación los guía.
Juan
Arias: Sólo
una decisión nos guía, vamos por el gobernador a quien
ejecutaremos para cobrarnos tantas penalidades, vamos con
determinación, vamos para librarnos de toda autoridad
impuesta desde arriba, seremos así dueños y señores de
nosotros mismos, como decían los comuneros, y entonces
saldremos a los mares ha fazer el pirata.
Sotelo:
Arias
pretende irse por la mar a robar de toda ropa a
castellanos, portugueses, e irse a Levante o a la Francia,
pero yo prefiero encontrar a la gente de don Pedro de
Mendoza y correr mejor suerte.
Vuelven,
rabiosos y vengativos, tan malolientes como famélicos.
Julio
Ortiz: Rabiosos
y vengativos volvemos, los cabellos ya por los hombros,
oliendo a puercos, mesmo que los indios que vimos con sus
indias, tres de ellas paridas y como no llevábamos lengua
no pudimos entender lo que decían en ese río tan dulce
como el Guadalquivir que falta nos hace ahora, y ellas señalando
cinco, preguntándonos si nos hallábamos a cinco o a
cincuenta jornadas del oro que, decían, pendía de
orejas, narices y pechos, pero ahora nos parece que era
agorería de indias, que los cinco eran por diez, por los
cincuenta que morirían en estas secas y hambrientas
distancias.
Juan
Arias:
Tras nuestros pasos sólo la muerte tomando posesión en
algún lugar de esta angustiosa monotonía parda, perdidos
en el vacío de olvido han quedado cuerpos cristianos
blanqueando sus huesos en pedreros implacables, confundiéndose
con el suelo, depositados en parajes donde sólo las alimañas
podrán encontarlos. Perdimos cincuenta hombres dejando
sus fantasías, convertidos en sombras en pena recorriendo
sin consuelo el páramo, sombras de nuestros delirios.
Es
su tercer día en el desierto y lo atraviesa ya sin
pensamientos, aletargado por el cansancio de horizontes
monótonos que nunca podrá abarcar ni conocer como se
abarca una piedra con la mano, como se conoce la propia
mano.
Su
cuerpo, agotado y pesado se aplasta a la huella
polvorienta, la boca hinchada, sufriendo lacerantes
dolores musculares y la sensación de extravío y abandono
ante la apabullante presencia del entorno, lo lleva a
hundirse anonadado en una confusión de imágenes y
sentimientos. Siente que camina dentro de una inmensa
placenta de la que no podría evadirse ya que esa atmósfera
que lo cubre sin protegerlo, ese sutil e impalpable tejido
irá desintegrándolo hasta convertirlo en una emanación
más del paisaje, en esos intempestivos remolinos que se
forman y se disuelven en el espacio.
En
la costa, en el improvisado campamento, refugio, sede,
asiento de la gobernación virtual; a la espera de la
avanzada que sigue adentrándose en el territorio agreste
y a fines del verano, simón de Alcazaba aguarda; no puede
saber que los de la entrada ya están regresando
amotinados y en rebelión contra él, su persona y sus sueños.
Pero Simón no lo sabe, no podría saberlo.
Simón
de Alcaçaba y Sotomayor, Adelantado, Capitán General y
Gobernador de la utópica Provincia de Nueva León, espera
en la costa y escribe su relación:
"Y
habiendo llegado al paso magallánico que une ambas mar
oceanas",¿qué día sería? Debo fijarme en el libro
de bitácora. Busca. Fue hacia los primeros días de este
año. Sí aquí está. Embocamos la entrada el 17 de enero
del año treinta y cinco de mil y quinientos. Escribe:
"Nos azotaron muy fieros vientos de mil
demonios". No, no va tal cosa. Tacha "de mil
demonios" y escribe: "tan recios como si
soplasen desde el mismo Averno" (y sigo con el
infierno), que casi convierte las naos en pájaros, y lanzándonos
mar dentro debimos volver y reparar ambas naos en un
puerto donde hallamos indios que cazaban aves y ciervos y
venados, e habiendo comenzado el tiempo rezio, y a nevar y
mucho frío estobimos allí unos veynte o veynte y cynco días.
Y entonces el capitán de la nao San Pedro y los maestres
y capitanes me requieren que salgamos ya de allí y fuéramos
a invernar a aquel puerto de lobos..."
La
entrada de la tienda se pliega y asoma el rostro del capitán
de la San Pedro:
-Dispense
gobernador.
-Pasa
Rodrigo, pasa y siéntate.
-Escribe
don Simón, ¿acaso sobre nuestras penurias?
-Algo
de eso, capitán, algo de eso.
-Ya
hemos terminado de reparar la San Pedro y he mandado a
reponer el batel que ayer encallara.
-¿Sabes
si el maestre de Madre de Dios ha hecho coser las velas?,
tenían éstas una sarta de rajaduras.
-Juan
está en eso. Es extraño porque han estado amarradas y
sin desplegar todo este tiempo. Y para mañana, don Simón,
habrá que disponer de una partida de hombres que traiga
agua y otra que salga a cazar tierra adentro, así
variamos de peces y lobos, de mejillones y cangrejos.
-Bien
Rodrigo, bien, dispone tú nomás.
Rodrigo
Martínez, capitán de la San Pedro se queda observando
distraído la mesa con papeles.
-Sí
–dice el gobernador interpretando la mirada del otro-,
escribo sobre nuestras cosas. –Y tras una pausa agrega;
sí, escribo pero me embarga la duda, escribo porque
dudo, no de esta indudable y absorbente realidad de
silencios y tiempos eternos, sino de cómo se contará ésta,
nuestra experiencia. Escribo esta crónica, pues si
llegáramos a salir airosos –plugiera al cielo y a todos
los santos que así sea- quedarán estos hechos por siglos
en la memoria y la palabra de los hombres, pero si llegase
a fracasar, mejor dicho, si fracasamos, entonces estos
trabajos y estos días serán para nadie Rodrigo, para
estas gaviotas y cormoranes que revolotean y chillan como
marranos que no dejan a uno pensar tranquilo.
-Todo
dependerá de cómo le vaya a la avanzada en su entrada
–dice el capitán.
-Hay
tanto para contar y tanto para callar, que el silencio
acaba pesando más que aquello que se dice o se escribe.
Pero te repito; si triunfamos, los poetas del porvenir me
nombrarán enfáticos en sus metros, la grande historia
detallará cada día de mis días, y los venideros tiempos
sabrán de mí más que yo mismo, y hasta el mismísimo
pontífice me incluirá entre los benefactores de la Santa
Fe por haber ingresado a pueblos enteros a la grey del
Salvador.
-Y
en la noche heladas –se entusiasma el capitán
continuando el pensamiento del gobernador-, cuando la
gente simple cuente a sus nietos alrededor del fuego
aldeano nuestras aventuras, o desventuras, como
entretenidas leyendas que escucharán admirados.
-Tal
vez la crónica de este soldado no llegue a ser tan
atractiva ni entretenida como la de Amadís, o Lanzarote,
pero alborotará la imaginación de los que vendrán tras
nuestro.
-¿Y
si saliéramos airosos de esta empresa, como Cortés?
-Entonces
no sería yo quien escribiese nuestra leyenda; contrataría
amanuenses desocupados y hambrientos de Salamanca, ocupándolos
en dictarles día y noche estos estoicos trabajos de
lealtad y valentía. No necesitarían escribir probanzas a
otros de menor rango que yo. Blanquearía mis pecados
capitán, compraría indulgencias, aunque renieguen esos
clérigos renegados de Alemania. Vestiría como un
gentilhombre, como caballero que soy. Y tendríamos en
encomienda una innumerable turba de indios que, según
dicen los doctos escoláticos, no son hombres sino
bestias. Dómine
sería de estos dominios.
Y
el capitán de la nao San Pedro, quien volviera de la
entrada en tierra adentro junto con el adelantado,
permanece dubitativo.
¿Si?
–pregunta y apura el gobernador que lee la indecisión
en el gesto del otro.
-Que
unos marineros de la San Pedro riñeron entre ellos y
rompieron algunas cosillas...
-No
debéis minimizar eso capitán –interrumpe con tono enérgico
y gesto severo el comendador-, dadles cincuenta azotes a
cada uno para que escarmienten.¡Con lo que cuesta
mantener las cosas!
-¿Ejecutamos
el castigo en tierra?
-No,
ahí mismo en la nao, ante toda la tripulación, de
cualquier manera,todos se enterarán del caso.
Juan
de Moris: y
luego vienen a nuestras tiendas los capitanes Arias y
Sotelo y tienen con nosotros fuertes palabras y luego
venyeron alferes y cabos de escuadras con toda la gente
revuelta con sus arcabuces harmados y ballestas y lanzas y
des que nos vieron dixeron que nos diésemos presos y nos
obieron muerto si Dios y nuestra Señora no nos guardara.
Prenden
a Rodrigo de Isla teniente gobernador y a my, y dan
pregones que iban a tomar las naos y a matar a Simón de
Alcaçaba y concertaban que nos matarían, y no nos
dexaron cosa ninguna ny aún para comer y queríanos dexar
ally atados otros queraían desarmar los arcabuces y
ballestas en nosotros.Y
luego dos capitanes se concertan que el capitán Sotelo
fuese
adelante con una parte de la gente a las naos y las tomase
y matase al dicho gobernador, y el otro capitán, Juan
Arias con la otra parte de la gente viniese con nosotros y
nos truxese presos.
Julio
Ortiz: Y
ahora se me recomienda a mí la misión de acabar con el
Adelantado pero sospecho que Sotelo se cagó de miedo. ¿Por
qué siempre debe ser uno el que se encarga de estos
sucios menesteres?
¿Y
si vuelven? Y si, como dice el contramaestre, se perdieron
para siempre en este incomensurable lugar sin tiempo, sin
nombre? ¿Y si fueron comidos por los salvajes gigantes?
¿Y
si regresan con el fracaso en sus cuerpos, y el odio en
sus corazones, en la punta de sus dagas?
¿Y
qué si encuentran ¡alabado sea el Señor!
el
ansiado Eldorado?
Ya
son varias, casi treinta las jornadas que espero noticias
de nuestra avanzada.
Mientras
aguarda y duda, el gobernador escribe:
"A
la espera de albricias de quienes han hecho la entrada,
escribo la crónica de mi viaje al sur del mundo"
Escribe
en el castillete de popa de la nave capitana. Escribe.
"Y
habiendo firmado las Capitulaciones por las que se me
concede a mi entera costa y riesgo las tierras que continúan
a las otorgadas al Capitán Dn. Pedro de Mendoza hasta el
Estrecho Las Molucas me complacería que se lo
denominara Estrecho Patagón como bien expresara el
veneciano Pigafetta, si bien ahora comienza a llamársele
Magalhaes, que bien puesto está hacia el sur, y de
mar a mar hacia el ocaso.
Tomamos
posesión erigiendo campamento y cumpliendo las
formalidades del caso: leño, mis, juramento de lealtad, y
a partir de entonces, todo este vasto territorio pasa a
llamarse Provincia de Nueva León de la cual soy ¿soy?
Adelantado, Capitán General, Gobernador y Justicia Mayor.
Partimos
de Sanlúcar de Barrameda llevando en dos naos, la Sam
Pedro y la nao capitana Madre de Dios el bastimento
necesario y 250 hombres" ¿Y
qué si vuelven con la suerte de los conquistadores de México
y del Perú, si regresan como dueños y señores,
dispuestos a destruirme? Porque el corazón humano también
está hecho, y por sobre todo, de vilezas, codicias,
resentimientos, odios, ambiciones y traiciones.
En
su tienda que da a la costa pedregosa y rompiente, el
gobernador detalla con letra elegante la experiencia de su
entrada a tierra firme.
"Muchas
leguas caminamos hasta el lugar en que decidí emprender
el regreso, unas catorce o quince leguas (y muchas más
caminarán los de la entrada, la avanzada a las órdenes
de los capitanes Rodrigo de Isla y Juan Arias).
Mucho
caminamos y nada vimos que atrajera el interés y colmara
nuestros deseos. Nada en la monotonía de los días, sólo
murmullos asemejando ecos que recorren desenfrenados esos
espacios vastos y abiertos.
Transitamos
bajo un cielo amplio y compasivo y dentramos a lugar tan
infinito que alguien, no recuerdo quién, comentó: que
tengo la sensación Comendador que de aquí no saldremos
nunca. Quedando con los párpados absortos y azoradas las
pupilas contemplando todo aquello y no por el espectáculo:
un vastísimo paisaje overo manchado por sombras azules de
nubes peregrinas, sino por las fatigas y trabajos que
estaban delante nuestro al tener que atravesar todo ese páramo
ya sin agua, ya sin fuerzas. Y alcanzamos unos cerros de
cierta altura que rematan en planicies infinitas donde
toda mirada se alucina.
Y
ansí días y días y más días, un ir cambiando
horizontes que al pasar las horas y los días parecen
siempre los mismos, como si fuere un suplicio tantálico,
porque esa repetición de lo igual es lo que más destruye
cualquier ánimo"
El
Adelantado, esa figura que camina por la costa pedregosa
junto a Juan de Escarkuaga.
-¿Y
si todos estos empeños no fuesen más que nuestra
calenturienta imaginación de cruzados, el bravo proceder
sin más reflexión que el coraje, verdadero espíritu de
estos tiempos codiciosos de oro y poderío?
-Será
así don Simón? ¿Duda usted de que esta tierras no estén
habitadas por gigantes?
-Ah,
los gigantes que viera mi honorable paisano ¡que Dios lo
tenga en su santa gloria!, el muy admirable Hernando de
Magalhaes. Y ellos, me refiero a los indios, ¿cómo
nombrarán estas tierras, sus tierra?.
-¿Y
qué clase de seres han de ser para habitar estos yermos
¡por todos los santos! -exclama el contramaestre abrumado
ante la majestad del lugar costero, ventoso, solitario.
-Cierto,
cierto –murmura pensativo el adelantado. Y sólo se
escuchan los pasos de los hombres sobre la grava, el rumor
acompasado de las olas rompiendo en la playa y el grito áspero
de las gaviotas. De cualquier manera, esta tierra se
conocerá por el nombre que nosotros, cristianos, dueños
de la Vera Fe y de la palabra, le demos.
-¿Y
cómo la nombraremos Comendador, qué nombre pueden tener
estos parajes al fondo del mundo? ¿Tierra de Alcaçaba
acaso?
Prueba
el gobernador el sabor de las palabras henchidas de tiempo
y prestigio inmortal, dichas por el contramaestre.
-No
suena mal, pero también podría llamársele: ¡Magallánica!
-Sería
un homenaje muy justo; ¿y por qué no, Patagonia?
El
ritmo austral del oleaje enmarca la pregunta
-Sabe
Dios con qué nombre se conocerán estos parajes
venturientos, helados, tan lejos del oro y la especiería.
Quién sabe...
En
la madrugada de abril, sale del castillejo de popa y
aspira a fondo el fresco aire marinero.
El
Adelantado, esa figura de gestos breves y hablar
ceremonioso, quien tiene por títulos y experiencia el
haber sido Proveedor y Capitán General de la Armada, cosmógrafo,
hombre allegado a la corte de Don Manuel de Portugal y a
las grandes influencias.
Estas
vasta soledades salobres, esta abundante desolación ¿elegí
acaso este páramo? ¿es éste mi destino?
Apoyado
en la baranda, naufraga en sus pensamientos: sobre
un mapa con caprichosas líneas inconclusas, los cartógrafos
oficiales, dibujan a partir de la relación de nautas que
ni siquiera pisaron tierra firme, dibujan ríos donde no
los hay, caletas, penínsulas, deltas y bahía a leguas
del lugar real. Con letra firme y artística estamparon
los nombres de provincias y gobernaciones allí donde sólo
el viento vive. Sobre el suelo inestable de nuestras
ambiciones nos hemos posesionados del vacío.
Simón
de Alcazaba vuelve a entrar a su refugio de popa, a sus
papeles y libros, a los folios y mapas, cuadrantes,
astrolabio, compases:
Arte
es lo que ha puesto el vizcaíno Juan de la Cosa, piloto
de Colón, de Ojeda, de Vespucio, tan buen cartógrafo
como marino que deja estampadas sus experiencias en ese
admirable mapa en verde agua y cepia de mil y quinientos,
lucido de estandartes, rosa de los vientos, naos, ciudades
y figuras como las de la reina de Saba, la Torre de Babel
o san Cristóbal al costado izquierdo en el lugar que
ocupa el país de los aztecas, y donde la tierra nova
parece una gran boca dispuesta a engullirse las islas del
mar antillano y la misma Europa...
Y
artístico también el mapa de mi paisano, que Dios lo
tenga en su santísima gloria dos años ha, Diego de
Ribeiro con quien discutimos largamente de distancias,
grados, latitudes y longitudes, que en 1529 dibuja el
nuevo orbe,"Mundus Nows" lo denomina y lo
realiza con grata elegancia, con finura y precisión matemática,
superando al fin a Ptolomeo. Describe hasta el mismo confín
del mundo ¿o su comienzo? Y del que hice debida y exacta
copia y donde figura el pasaje de Magallaes y la Tierra de
Patagones donde hoy estamos despliega
el mapa de 180 x 96 centímetros y lee: Pº. De Sat Julián,
R. De la Cruz, R.de S. Ilifonso, c. De XI Vírgenes, P.de
la Vitoria, canal de Todos los Santos; Yº de los Patos,
aquí estuvimos varios días Ysla de Sanson, estrecho
del Ferna de Magallaes, Tierra de los Humos, Lago de los
estrechos, Tierra de los Fuegos, Sierras nevadas, C.
Deseado. Todos
lugares recorridos por no.
¡Cuántos
trabajos y cuántas fatigas oculta una línea, un signo en
una carta geográfica; cuánto terreno y cuánto
cansancio; qué inmensa variedad de plantas, de suelos, de
animales; y cuánta dolencia soportada las lluvias
benefactoras, y las lluvias heladas, cuánto alimento
cazado y tantos miedos y cantos de pájaros y los calores
y vuelos cubriendo cielos, y los infinitos aromas, los cíclicos
amaneceres, y los silencios largos, las noches misteriosas
las travesías hambrientas, tantas lunas alucinadas,
tormentas, derivas. Qué de cosas y cuántas puede decir
un mapa en su
despliegue, tanta vida oculta una palabra escrita en una
lengua tan ajena al lugar que pretende describir;¡cuánta!
Qué
soberbios ignorantes fuimos cuando sobre un papel donde el
artista trabajó concienzuda y amorosamente, establecimos,
dioses omnipotentes: de esta línea continua hacia allá,
"Juan será el Señor", de este signo, hasta
esta línea-río, "dominará Pedro"; y de éstos
puntos que indican un desierto a estos pequeños círculos
que interpretamos como bosque o selva, "corresponderá
a Diego", y se llamarán: Nueva Valencia, Nueva Aragón,
Nueva Córdoba.
Tiempo
llegará en que algún letrado, nada manco con la pluma,
tendrá la ocurrencia de escribir sarcasmos e ironías de
nuestros vicios de ver la realidad con las anteojeras de
lo escrito.
No
hay más carta terrestre que aquella que marcamos con los
pies, esa cartografía corpórea, el mapamundi que mi
cuerpo teje sobre el cuerpo del mundo, todo lo demás son
patrañas, nuestros delirios de abarcar y conquistar lo
inconquistable, porque; ¿conquistamos acaso este mundo
nuevo? ¿no será que es este mundo novo, esta tierra la
que nos está conquistando de a poco con su silencio de
edades bíblicas? Tal vez habría que darle razón a los
indianos que hablan de la Tierra como Madre, como diosa,
la cual, como toda hembra es ella la que conquista a los
hombres, pues lo contrario no es cierto.¿Acaso hemos
encontrado, descubierto, hallado, desvelado nosotros,
descubridores, adelantados, conquistadores esta bárbara
inmensidad, o es ella la que descubre en nosotros los
bestiales abismos que llevamos dentro?
El
Adelantado, el Gobernador, el Justicia, aquella figura que
ahora, en la playa rocosa observa el horizonte donde un
cielomar se confunden en la abierta distancia. Simón de
Alcazaba espera y duda. No es bueno para un hombre de acción
estar tanto tiempo inactivo porque se vuelve filósofo,
hombre dudante y crítico, y eso es malo para un soldado,
don Simón.
Vuelven:
Adivinamos
el mar en ese cielo tan hondamente azul que cubre un
espacio cóncavo por el que se intuye la esfera terráquea,
esa nueva imagen de la tierra. Sospechamos el mar en este
gusto húmedo que cubre la piel y empapa las cosas, que da
un respiro a esta ansias amenazantes, estos deseos
vengativos.
Vuelven,
en pequeños grupos regresan.
La
barba plateada enmarca los arrogantes rasgos del rostro
cansado, quemado de mar y esperas que se corona en una
canosa y frágil cabellera. Esa figura, ese hombre aguarda
y se llena de preguntas. Mira desde la abertura de la
tienda, seda para siempre provisoria de la gobernación de
la Provincia de Nueva León, mira el azul gris de la costa
y de sus sueños que le ingresa por los poros reflejándosele
en los ojos. Mira la costa bravía de ese mar océano Atlántico
por el que llegó y en algún
momento volverá –sólo Dios sabe cuándo y cómo, se
cabalgando con gloria o llevando cargada la cruz del
fracaso.
Mira
y mira la larga y desolada y ventosa la gris y pedregosa y
también fría costa patagónica donde habitan gigantes,
y, tierra adentro, Eldorado, ese lugar mitológico,
leyenda o delirio de conquistadores hispanos.
Apoyado
en la borda de la nao capitana junto al maestre, observa,
con la mirada perdida, dejándose aturdir por la cadencia
de las olas contra el maderamen del casco, ensimismado en
ese paisaje de aves cielo, de azulsal, de terra incógnita,
de esperanzada espera, de Ultima Thule; observa sobre él
la nube que se desliza sin obstáculos por los confines.
-Peregrinos
–dice como para sí-, como esa nube Juan, peregrinamos.
Como los de Santiago, pero movidos más que por la fe, por
la ambición y el poder, por los azares del destino, por
aquellas que tejen y destejen la trama de nuestras vidas. Ahora
estamos varados en esta playa de pájaros y de olas sucediéndose
en tropel, que el frío viento ágil hace flamear sus
largas y albas cabelleras. Peregrinos dejados a la
mano de Dios.
¿Cuántos
días lleva caminando?, ¿cuántas noches?, ¿cuánto
desde que abandonó el vehículo, desde que el vehículo
lo abandonó?.
Su
mente está tan débil como los pies que ya no soportan su
propio peso. Respira agitado y con dificultad el aire seco
de la tierra seca de la que afloran esas sombras o ecos de
sombras de los tiempos.
Sombras
que comentan: "subimos a los bateles y abordamos la
nao capitana".
Su
mente ahora obnubilada escucha: "que en ellas hay
gente que está con nosotros".
Los
pies se hunden y se doblan en las dunas dejándose caer
hacia la playa de pedregullo fresco ahogándose sus pasos
en chasquidos salobres y apagados.
Lentamente
deslizase el poncho hacia la piedras. Con un gesto
imperceptible se deshace del saco, y mientras avanza a los
tropiezos se libra de un zapato y, sin detenerse, del
otro. Corre entonces gozoso, desesperado corre, con lágrimas
en los ojos busca las olas que ríen espumosas, tropieza o
se zambulle, pero sin duda se hunde en el frío marino
para reaparecer del agua vomitando cuando los ve, o los
vuelve a ver. ¿Son las sombras de los tiempos que
retornan? ¿despertará alguna vez de esta pesadilla del
paisaje?
Ve
las dos figuras oscuras que en la playa se alzan con su
poncho y los zapatos. Los ve pero las arcadas no le
permiten gritar. Les hace señas, ellos seguro que tienen
agua, deberían tener agua dulce.
Ya
llegan
sublevados,
amotinados, perturbados, levantiscos y renegados de todo
como de todos, del prójimo y del mundo. Llegan así al
final del viaje, con el agrio vacío del resentimiento
sustituyendo cualquier deseo, con los cuerpos
sacrificados, hundidos en el esfuerzo de leguas de leguas
de leguas.
A
la vista de la costa, esperarán la noche.
Desde
la meseta se divisa el mar entre los cerros; una musical y
pura línea azul que se esfuma en el confín.
Los
grupos se reúnen para definir el complot.
"...y
avanzada la noche, los primeros ocuparán el campamento en
tierra, otro grupo sube a los bateles con sigilo y
silencio y van hacia la nao capitana dando muerte al
gobernador y a todos aquellos que se opongan. En ambos
barcos hay gente que está con nosotros y que ayudará"
–dice en las sombras algún capitán rebelde.
Figuras
en la playa.
Rostros
cetrinos de mirada brillante lo enfrentan. Intenta sonreír
pero no puede. El que está con su poncho y tiene puesto
un sombrero oscuro queda unos pasos atrás mientras que el
de boina vasca se acerca. En una mano tiene sus zapatos y
en la otra algo que aunque no ve, cree presentir, porque
esa cara grasienta y sucia que lo observa con mirada
provocadora y perversa le ocupa la visión, cuando
escucha, en el instante anterior a la punzada quemante en
el estómago que el otro, al que no ve, dice: "el
poncho lo vale", mientras la hoja encuentra el hígado
y la sorpresa y el dolor y en el rostro una mueca grotesca
y como que el dolor le alivia el cansancio y la sed abriéndole
a lo absurdo y el mismo dolor vuelve a entrar con un
ruido, un chasquido apagado de ropa y piel perforada que
se convierte en un quejido lastimero, desolado, oscuro,
oscuro, apagado y negro, y en medio del día el negro pozo
de la noche.
Llegan
en la noche sombras calladas cubiertas por el rumor de las
olas, sombras que avanzan como implacables instrumentos de
la muerte convocada.
Asaltan,
sigilosos y rápidos el campamento en tierra ocupados por
media docena de durmientes, mientras otro grupo con
espadas, puñales y ballestas suben a los bateles y
abordan el Madre de Dios sorprendiendo al gobernador
dormido ultimándolo a puñaladas.
Y
les echaron luego al mar mientras otros complotados fueran
a la cámara en que dormía el piloto de la nao y mátanle
y los echaron también abaxo en el agua
Y
cuando llegué con la última tanda de levantiscos que me
tenían prisionero, pude entrar a la cámara del
Comendador y vide un loco revoltijo de cosas y entre otros
papeles manuscritos levante una hoja y leí:
"Llegamos
el 24 de febrero a una bahía al norte de un golfo muy
amplio y bravío, y dos días después desembarcamos
frente a la isla que llamamos de los Lobos, porque
habiendo en grandes cantidades estas fieras que matándolas
nos mató el hambre. Lugar reparado que será punto de
partida de nuestra entrada a Tierra Firme donde...".
Pero no pude seguir la lectura porque los revoltosos se
repartieron entre ellos toda cosa y pertenencia y todo
recuerdo del gobernador tirando otras a las aguas. Eso fue
lo que vide Su Señoría, amén de manchas de sangre y un
gran desorden.
Ante
el Tribunal, uno de los complotados dirá:
Y
abordamos la naos capitana, tal como habíamos convenido
con los capitanes Arias y Sotelo, y fuimos a la cámara
donde yacía el Adelantado y le sorprendimos en sus sueños,
y él que intenta defenderse pero ya le cubrimos de
estoques certeros y él que atina a proferir ah ralea
infame y siento en mi puño el sordo crujido de la hoja
puntiaguda del puñal que le dentra en la piel blanca y
madura al viejo comendador y él que se queja ...
-¿Y
qué día sucedió eso?
-¿Qué
día?
-Sí,
infelize, qué día y mes cometieron tan atroz bellaquería,
ese crimen que nos avergüenza?
-Que
fue hacia el 15 de abril.
Y
otro de los amotinados el juez escucha:
-...y
dimos de cuchilladas a él y a su gente y echémosle al
agua...
Y
el juez que vuelve a interrogar:
-¿Y
qué día sucedió, en qué fecha y mes y si es posible en
que preciso momento cometieron tan atroz bellaquería, ese
crimen que nos avergüenza?
-Fue
el 14 de abril. Y afuera seguían gritos y juramentos
de definitiva sorpresa y en un revoltijo de cosas, los
cuerpos empapados de muerte los tiramos al mar para que se
libren de este mundo, para que nos limpiemos de culpas y
cargos
En
el destacamento policial, la voz estentórea del sargento:
-Y
vos desgraciado, ¿qué podés decirme, por qué mataste a
ese hombre? -El trueno aguardentoso rebota en las paredes
de adobe descascarado de cal. Y no me digas como tu
compinche que vos no fuiste porque te sableamos hasta que
reventés.
El
sujeto, de rostro cetrino y mirada brillante, parado ante
la breve y cicatrizada mesa que oficia de escritorio, mira
el piso de tierra donde yace una colilla aplastada que le
provoca deseos de fumar, su mirada va a la punta de las
alpargatas
desflecadas; viéndolas con bigotes pensó que también
los zapatos le hacían falta; las manos adelante y juntas,
como extrañando (las manos) las esposas que le rasparon
las muñecas todo el día de ayer y toda la noche de
anoche.
-¿Y?
–apura la autoridad policial-, me vas a decir quién
cometió esa muerte y por qué?
Ahora
sabe que lo que él diga será crucial para su existencia
de aquí en más. La cárcel: comida y cama aseguradas.
El
hombre que está parado ante la mesa frente al policía,
levanta la vista, rehuye la mirada represora y observa en
la pared, de espaldas al uniformado un oscuro crucifijo.
-Yo
lo despené señor, fue por el poncho.
-Te
das cuenta. –Dice el que está sentado al milico que
aguarda parado en la entrada, lo dice en tono de
incredulidad pese a su experiencia, lo dice como para que
el otro que está en la puerta sepa, tal vez adivine que
la muerte es un hecho tan azaroso como la vida.
La
azul inmensidad del agua y el monótono pardo de la tierra
se confunden en un viento que desdibuja manchas de nubes
sobre el mar y sombras nómadas por la meseta, sobre la
tierra seca.
Angel
Uranga, enero-marzo de 2000
|