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VOLVER QUEBRADA

 

  

 

* * *

 

Alas tienen , y vuelan cuando quieren.

Plumas, a veces; y pechos coloridos, deslumbrantes en su revoloteo.

Si se arraciman cubriendo los percheros, simulan pajareras al sol.

Pueblo extraño, suspendido a mitad de camino entre el Cielo y la Tierra, a la altura del hombre y la mujer. Corolas para invisibles picaflores, antenas de luz para los duendes.

Turquesa, rojo, azul, violeta, verde... se alborota el color en los sombreros. Coquetería humana con el aire, seducción del espectro de la luz.

Bailan. Trabajan. Van y vienen. Llevan en la cabeza el arco iris.

Verde, turquesa, azul, violeta, rojo... Bailan en una ronda, entre el Cielo y la Tierra, los sombreros...

 

* * *

 

 Algo regresa hacia la sombra, algo vuelve al pasado. Algo quiere percibir pulsaciones más antiguas, más hondas, que el tic-tac de un reloj o las campanas de la iglesia. Algo anhela el zumbido subterráneo más que el zumbido de la electricidad, las voces que se entretejen bajo el musgo más que las charlas de televisión.

Algo se aparta del centro de los pueblos, de las calles con autos, de los diarios del día, y se vuelve con ansia hacia el espacio sin señalizar, hacia el mundo silvestre.

Aparecen a orillas de los ríos, justo al pie de los cerros, al borde de todos los caminos. Al borde de otro mundo: los mojones.

La apacheta. El mojón.

Es la boca de sombra entre las piedras. ¿O la boca de luz? El beso de la sombra con la luz.

¿Habla? ¿Escucha? ¿Fuma? ¿Vaticina?

Las eligen, las cargan, las acercan. Preferentemente, blancas. Con amor, con respeto, las enciman: piedras y más piedras se amontonan en su escalonamiento hacia los cielos, trepan, se apresuran hacia arriba, modelan un cerro en miniatura, dulce pezón que brota de la Tierra que gira, piedra de toque para el baile, surtidor de la música que sube arremolinándose hacia el cielo - pero también, hondo pozo de silencio, apertura al doble fondo de la vida, caída hacia los túneles de sombra.

Pasaje. Canal. Eje del mundo.

Apacheta. Mojón carnavalero de comparsa. Altar de Pachamama.

Con amor, con respeto, las enciman: cada uno su piedra. ¿Son piedras o son huesos? ¿No serán quizás los propios cuerpos, amontonados unos sobre otros - los cuerpos vivos-muertos - los que forman la montaña sagrada?

Cada uno su piedra. Cada uno su porción de vida-muerte, su marca sobre el tiempo. Cada uno su riñón de risa y su riñón de llanto. La comunidad crea su ombligo y baila, amorosamente, alrededor.

¿Es piedra sobre piedra? ¿O es un árbol?

Seco y mustio de un año para el otro, como un árbol sin hojas, el Jueves de Comadres reverdece el mojón. Resurge de su propia sequedad, florece y estalla de colores. La vida planta en él sus alborotos: tallos largos y verdes, flores frescas, maíz, albahaca, girasoles. Hacia afuera, hacia arriba.

Alto, vital, redondo: ancho y resonante en su amarillo, es bandera de luz el girasol sobre el altar de piedra. Respira el mojón, envanecido. Vivo, reclama sus ofrendas: alcohol, tabaco, coca, chicha, talco, serpentinas, baile, música, copleros... Es boca de luz entre las piedras. Alrededor se baila, se festeja.

Cada uno le planta un cigarrillo: cada uno el humito de su vida, el dibujo inasible de su aliento. Ansiosa por entrelazarse con el aire, la Pachamama fuma, fuma, fuma.

 

* * *

 

(Llanto, digo, y conozco en los ojos lo que nombro.

Risa, digo, y conozco lo que ríe.

¿Qué llevo, piedra, entre las manos? ¿Qué pongo yo misma en el mojón? ¿Qué llevo, piedra, luz, toque de sombra, nudo, entre las manos? ¿Qué pongo en el mojón sino mi vida a medias derrumbada, mi diente de avería, mi sobrehueso de tristeza, mi astilla, mi peso, mi silencio, mi sed, mi intensidad, mi carcajada, mi anhelo resistiendo sobre un pie, sobre un dedo, sobre la medialuna de una uña?

Mi anhelo, sí. Mi anhelo limpio y obstinado de verme reverdecer: vital, brillante, respirando por todos los dolores, con la cara toda vuelta hacia el sol. Mi hambre de risas verdes y amarillas, brotando como tallos empinados hacia afuera, hacia arriba, hacia los molinetes de la luz. Anhelo del baile en el espacio, de los brazos girando contra el cielo.

Pero también anhelo de caer, de hundirme, de entrecerrar los ojos en la sombra. Disolverme en moléculas calientes, espesas, silenciosas. Ser, de pronto, un resuello, solamente. Un jugo en el murmullo de raíces. Abajo, dentro, allí: donde se sueña. Volver a la enorme pereza sustancial, la profunda pereza de las cosas que no quieren aún manifestarse, allí donde la madre late y nos envuelve y el susurro del agua nos rodea.

Aquí, donde se sueña. Donde se trabaja dulcemente, soñando las presencias y las formas. ¿Quién viene? ¿Quién anda? ¿Quién murmura? ¿Qué sombras son éstas que aparecen y juegan a la taba con mis huesos? ¿Duendes? ¿Mandingas? ¿Salamanca? ¿Viejos dioses caídos en olvido? ¿Caciques solitarios? ¿Bisabuelos? Entiendo lo que quieren decirme. ¿Qué son mis huesos? Nada. Sólo piedras blanquecinas que ruedan. No me pertenecen a mí, sino al ciego circular de las cosas. Que los usen. Que jueguen a la payana con mis muelas, al sapo con los nudos de mi angustia. Que tiren de mis pelos hacia abajo. Me entrego al anhelo de caer. Caer, caer. Dejarse llevar, piedras adentro, hasta el hígado dulce de la tierra. Olvidarse del tiempo. Regresar a la tranquila luz de lo disuelto. Juguetear en el fondo de la vida, en el fondo de la muerte, en el profundo limbo de las cosas que duermen, con mis pequeños hijos no nacidos. Ser un desmayo blando, interminable. Ser, interminablemente, pura almohada. Ser párpado, ser sueño, ser almohada...

Pero, ¿qué gota es ésta que cae sobre mi labio a despertarme? ¿Qué sonido de cuerno me recuerda la sucesión de días y de noches? ¿Qué redobles convocan a mis huesos y los hacen unirse nuevamente, encajarse los unos y los otros y andar, siguiendo un ritmo? ¿Qué alcohol es el que cae en mi garganta y me enciende la lengua?

Arriba están bailando. Arriba la comunidad está cantando, challando, dando chicha a los vivos y a los muertos. Arriba están sonando los erquenchos, las tarkas y las cajas. ¡Qué anhelo, nuevamente, de subir! ¡Qué repentino sacudón de sed! ¡Qué deseo del aire y de la luz! Arriba, arriba, afuera, hacia la vida, arriba. Recuperar el peso de mi cuerpo, la espesura sonora de mi voz, el castañeteo de mis dedos. Reaparecer, entera, rozagante, sorprendida de hallarme en plena fiesta, mezclada en la rueda de la vida, girando, con un vaso luminoso en la mano, sonriente, bailando, suelto el pelo en la lluvia de la albahaca, alegre la mirada, festejando.

La vida planta en mí sus alborotos. Hacia afuera, hacia arriba, hacia el espacio, hacia los molinetes de la luz. Ombligo de mi ser: tendrás tus tallos verdes, crepitantes, desplegando sus danzas en el cielo. Mi garganta verá crecer sus flores.

Palabra: vida-muerte que gira en el silencio, nutriéndose de sombras, y viene a abrir sus pétalos hambrientos, su sonoro estallido de colores, sus antenas pulposas y sensuales, en anhelante búsqueda de luz... Palabra: serás mi girasol...)

 

 

* * *

 

Late la piedra. Sueña.

Engalanado, espera el mojón con ansiedad la misteriosa parición que el sábado tendrá otra vez lugar entre sus piedras: su apertura, su brillo, su apogeo. El estallido de su luz.

Oye el rumor de gente que se acerca. Llegan, lo saludan, lo rodean. Son muchos esta vez. Vienen contentos, cargados de cosas, expectantes. Más flores, más albahaca, más gente, más alcohol. Ollas de chicha, cajones de cerveza, se amontonan en torno de las piedras. Alta, enrollada en sí misma todavía, impaciente por abrir sus alas, la flamante bandera de comparsa clava su pie único en la cima, como un pájaro extraño. Con orgullo levanta su cabeza, emblema de la fiesta, hundiéndola en el cielo, entre los cerros.

Pequeño, multicolor, cornudo, fálico, brillante, el ansiado Diablo se acomoda, apenas por un rato, entre las piedras. Late, respira, espera, se encabrita. Se sulfura por cada lentejuela, por cada destello de su cuerpo. Lo suyo no es el sueño ni el reposo tranquilo entre las sombras. Quiere salir, saltar, volar, encabriolarse. Clava sus cuernos en las piedras. Tantea las ristras de cohetes que lleva cosidas en el cuerpo: anuncio de su destino de incendiario que será finalmente consumado y consumido en el fuego, ocho días después. Ni siquiera le apena ese final. Lo suyo es la urgencia de vivir, la urgencia de salir, ahora y ya, con su cola y su pingo dando vueltas y vueltas por el aire. Lo suyo es el abrazo, la alegría, el baile y el amor en las esquinas, al borde de los ríos, bajo los árboles, en el cementerio. Lo suyo es la circulación apasionada. Se atraganta el Diablo entre las piedras con sus propios anhelos. Se aburre. Se sofoca. Oye crecer las voces de la gente que viene. Hablan. Se abrazan. Ríen. Se amontonan. Se cubren de talco y serpentinas. Se adornan con albahaca. Se impacientan...

Con amor, con respeto, se aproximan. En torno del mojón de Pachamama vierten de nuevo sus ofrendas. A ella se dirigen. Ella manda ese día. Ella es dueña de entregar el Diablo o retenerlo. A ella se le pide, con respeto, permiso para soltarlo por el mundo, para liberar lo que resopla su ahogo entre las sombras.

Y entonces, de las piedras, en un solo estallido, nace el fuego.

Algo explota de golpe en cada cerro. Las bombas de estruendo dan la súbita orden de largada. La música comienza. La alegría se sube a las gargantas. La comparsa alza al cielo su bandera, alza al sol su Diablo. Hacia arriba. Hacia afuera.

"¡Diablo, diablo!", grita el mundo por todas sus gargantas, por todos sus anhelos, por todos sus mojones encendidos.

"¡Diablo, diablo, diablo!", grita el mundo, feliz, en pleno salto.

"¡Diablo, diablo, diablo!", gritan piedras y ríos y pulmones.

Algo se expande hacia la luz, se afloja, se ensancha, se levanta. Algo crece, empuja, burbujea, arrastra y conmociona como un río exaltado de febrero. Hacia arriba, hacia afuera.

Es el ardor, el ansia, la energía, que pujan por salir y derramarse.

Es el salto. Son los cuerpos que vibran.

Es la revancha roja de los cuerpos que bailan contra el látigo negro de los cuerpos que penan.

Es la descontractura, es el alivio, es el aire que colma los pulmones.

Es el grito triunfal de los deseos que agitan en el aire sus banderas.

Es el deseo de la propia Tierra, que en sus corcovos se abalanza al Cielo.

Son los dioses viejísimos que ahuyentan bien lejos de sí las penitencias, las cruces, los ayunos.

Es la vida que bulle en las tinajas.

Es la chicha que corre por el mundo.

Es el orgasmo de las sombras que se pasma en el fuego.

 

"¡Diablo, diablo, diablo!", grita el mundo, feliz, en pleno salto.

Triunfales, visibles, luminosos, crepitantes de vida y de color, bandera y Diablo van al frente. Hacia arriba, hacia afuera. Presiden el frenesí de la comparsa, que se lanza hacia el pueblo.

Lo que se suelta, ya no se detiene.

Corre, corre, corre, corre, corre, corre...

 

 

* * *

 

Sábado, después del desentierro. Encuentro y topamiento de comparsas. Todo Tilcara baila junto al puente.

De todas las montañas, llueve luz.

 

Por las calles del pueblo, rebotando de color en color, embarullándose en las serpentinas, la luz se desparrama y zigzaguea. Baja desde todos los cerros, repica en los rincones y después se revuelve, alborozada, en el centro de todas las comparsas y en el vuelo de todas las banderas.

Topamiento de luz.

Junto al puente se baila, se festeja.

El pueblo suda talco y comienza a girar sobre sí mismo, a los saltos no más, de calle en calle.

 

De todas las montañas, llueve luz. Resbala, se desliza por el suelo bajo la inquieta multitud de pies, se arremolina en cada esquina, baila alrededor de cada árbol, se cuela velozmente en cada casa y se trepa al pequeño mojón que, en ciertas puertas, sosteniendo la ofrenda a Pachamama, espera a la bandera favorita. Desde el girasol clava en el aire su nota más aguda y se tira de cabeza en las ollas donde el alcohol espera a la comparsa.

 

De todas las montañas, llueve luz. Las comparsas, que irán de casa en casa, de convite en convite, responderán con alegría al generoso ritual que hoy distribuye luz y calor por las gargantas.

Hoy, mañana, pasado, la vida vendrá sola a cada lengua. Como en un recobrado paraíso, no hay más que abrir la boca y empinar levemente la cabeza para mamar con liberalidad la fermentada espuma de los cielos. Todos reciben, todos dan, todos vierten al suelo por igual, para la Pacha, las primeras gotas.

En todas las gargantas, llueve luz...

 

¿Alguien verá quizás, como entre sueños, la silueta magnífica del Inca alzando hacia el sol dos vasos de oro...? Mientras él bebe en uno, da de beber con el segundo al Sol, a las montañas, a la Tierra, a los ríos... Así se cimentan las alianzas, los pactos de reciprocidad. Así se forma el círculo sagrado: el vasto circuito solidario gracias al cual el Universo se sostiene y gira.

Aún cuando nadie lo recuerde, cuando nadie lo nombre, el pacto de los vasos ofrecidos se levanta desde el fondo del tiempo y cobra toda su fuerza en Carnaval. Aunque momentánea y parcialmente, los vínculos comunitarios se liberan, con aullidos de triunfo, del chaleco de fuerza del mercado. Mientras dura la fiesta, se baila aquí y allá, de casa en casa, de convite en convite. En esas casas donde baila el pueblo, la bebida no se vende, se da. Y se da hasta el final, copiosamente. En cada invitación, la alegría infantil de recibir embriaga mucho antes que el alcohol. Se revive el jolgorio de las manos abiertas y extendidas para atrapar golosamente lo que sueltan al aire las piñatas. Con respeto se recibe y se da. Con respeto se vierten en el suelo, para la Pacha, las primeras gotas.

Bulle la vida, alegre, por el pueblo. Es el tiempo de las manos abiertas, de las puertas abiertas, de los cielos abiertos. La libre circulación de la energía.

 

De todas las montañas, en todas las gargantas, llueve luz.12

 

 

* * *

 

 

Topamiento de risas y de llantos, de luces y de sombras. Topamiento de hombres y mujeres, de jóvenes y viejos, de Brujas, de Diablos, de Pepinos,13 de cuerpos, de saltos, de sudores...

Topamiento de vida junto al puente.

La Tierra vibra, se estremece, gira. Resuella y corcovea.

La luz caracolea en los sombreros, se agita en los disfraces, hace cabriolas en las lentejuelas.

El viento, que se exalta sacudiendo banderas, se lanza, agigantado, hacia los cerros, revoleando su comparsa de nubes.

Un fuego, que trepa por los cuerpos, estalla en cada salto, fulgura en las gargantas, se electriza en los cuernos del Diablo.

Por último, es el agua quien acude, liviana, ebria de cielo, desvestida, ávida de diversión y de festejo, al gran encuentro de los elementos: y entonces llueve, dulcemente llueve.

El aire, la luz, el agua, los colores, la música, la gente, la alegría: todo forma una sola masa vibratoria que junto al puente baila y se alborota.

Alzo, entonces, los ojos hacia el cielo: por arriba de todo - límpido, luminoso, centelleante - agita el arco iris su bandera.

Alianza, noviazgo, cópula. Fusión amorosa de contrarios: topamiento del Cielo con la Tierra, del agua con la luz. El arco triunfal de tu belleza me ríe y me llora en la garganta, me traspasa hasta el alma.

Aún estando hundida, así, como me encuentro, en esta marea horizontal de cuerpos, la dulce transparencia de tu lengua me eleva un momento sobre el mundo. Por un instante me alzo sobre el tiempo, exaltada y disuelta, ebria y liviana como el agua, bailando en el orgasmo de la luz.

La belleza del Cielo que se inclina en su abismo vertical para lamer, goloso, el cuerpo caliente y rojo de la Tierra, me clava en la cruz de la alegría. Que en esta encrucijada se sustente, para siempre, mi esperanza de amor.

 

Mojado, despeinado, feliz, el pueblo entero baila junto al puente.

 

 

* * *

 

 

No se va. No quiere irse. No se va.

No es suficiente para él desplegar en el cielo la tersura fugaz de su pelaje. Bello nadador de los diluvios, nacido de un gran huevo de luz, no le basta con mostrarnos desde lejos su lomo de animal recién bañado.

De un salto, se lanza el arco iris sobre el mundo.

El golpe lo hace añicos. Se desparrama en charcos, espejos, lentejuelas, pero recobra luego, sin esfuerzo, su forma de reptil fabuloso. Dividiéndose en múltiples serpientes de múltiples colores y múltiples cabezas, se adueña enseguida de las calles y repta locamente por ellas.

Lleva a las comparsas en el lomo.

 

* * *

 

Aquí es donde el pueblo se da vuelta. Gira. Salta. Corre. Cambia sus casas de lugar. Hace malabarismos con sus calles. Y mientras, enloquecidas, le hormiguean por dentro las comparsas, deviene en repentino laberinto.

Aquí es donde el tiempo se extravía. Desde la primera invitación, "vacunado" con el dulce sabor del "saratoga",14 pierde toda conciencia de su oficio. Las horas zigzaguean, van y vienen, patinan en el fondo de los vasos o se desparraman por el aire en estornudos de papel picado.

Las comparsas me arrastran. ¿Desde dónde? ¿Hacia dónde? No lo sé. Son torrentes de vida que derraman su ardor sobre las calles. Vamos. Cantando, bailando, caminando, no se sienten los pies. Una fuerza nos lleva dando vueltas y vueltas... ¿O es el pueblo el que gira? ¿Son las calles? ¿Las casas? ¿Son los cerros? ¿El río? ¿Por qué ahora, después de tanto andar, estamos de nuevo junto al puente? Pero sigo. Siguen la banda, el diablo, la bandera, el coro caliente de las voces arremetiéndole a los estribillos, las parejas que saltan, incansables, que van caracoleando, con sus lúdicos bailes en pasillo por delante de todo - encontrarse, soltarse, separarse, cruzarse, reencontrarse, saltar, correr, rotar - dibujando en el suelo espirales, ochos, cruces, remolinos, dibujando con un pie y otro pie, de salto en salto, como niños que juegan... Todo va, todo corre, todo rueda, dejándose llevar por la corriente, por la fuerza que arrastra y nos revuelca sobre el pueblo que bulle y se da vuelta, que se esconde, se cubre y se descubre... ¿Qué esquina es esta esquina? ¿La conozco? ¿Qué casa es esta casa en cuya puerta bailamos desde hace media hora? ¿Estuve antes acá? ¡Pero sí! ¡Claro! ¡Si es el almacén adonde vine a hacer las compras tantas veces...! Recién ahora, entre una saya y otra, dando vueltas, reconozco su puerta... Todo se ve distinto, trastocado... ¿Y yo? ¿Cómo me veo? ¿Quién soy, con esta cara blanca? La cara, la ropa, el pelo, todo blanco bajo el alud del talco. Blanca, liviana, transportada. Qué alegría de ser entre las cosas se apodera de mí. Ser, simplemente, bajo el cielo. Anónima, blanca, transportada: una gotita más en el torrente inagotable de energía, saltando, circulando, festejando, bailando en la alegría del color...

¿Y quiénes son éstos, que me abrazan, que bailan, corren, juegan, todos blancos, con los ojos brillantes, bajo el barullo de las serpentinas, sobre el mundo que rueda...?15

 

Gira la Tierra, gira, y por el cielo, se deshilacha el día en arreboles. Pero, ávido de fiesta todavía, se rebela el color en esas calles lavadas por la lluvia. Se revela, se exalta, se agudiza. Y así, maquillado por la luz que se despide, todo el pueblo es ahora una única joya reluciente que se prepara, con emoción de quinceañera, para el "gran baile gran" de los salones cuando caiga la noche.

 

Expulsado finalmente del cielo, el color no se va.

Se cuela en el local de las comparsas y, atornillándose a las lamparitas, revoloteando en las guirnaldas, brillando en las banderas, permanece hasta la madrugada lloviendo interminablemente en takiraris, cumbias, huaynos, serpentinas, lentejuelas y papel picado.

 

 

* * *

 

Como si el mundo fuera un caracol, lo escucho.

Con los oídos busco, entre el cielo y los cerros, mi camino.

Oigo un bullicio... ¿viene o va?

Como si el pueblo fuera un caracol, lo escucho. Oigo allí, adentro de su laberinto, el eco de la fiesta que da vueltas y vueltas por sus calles...

La música que escucho... ¿viene o va?

¿Es por la derecha que se oye, o el eco de los cerros me confunde?

En esta calle espero.

Como quien espera un colectivo, espero, parada en plena calle, el paso de la próxima comparsa.

 

La música que escucho viene y va.

 

 

* * *

 

Se han tendido guirnaldas de luz de cerro a cerro, serpentinas de mojón a mojón, culebreantes caminos musicales de comparsa a comparsa...

 

Sobre el mundo que rueda, bajo el cielo que gira, livianamente bailo, bailo, bailo...

 

 

* * *

 

"El deseo", me dice, "lo que llaman deseo".

En la oscuridad de su discurso estas palabras son como el chisporroteo repentino de un fósforo al prenderse. De un viejo fósforo de cera, raspado por manos toscas y rugosas.

 

Estamos en la explanada del Mercado, sí, la reconozco. Con orgullo se levanta en el centro el mojón de "las Comadres del Mercado". Me gustan estas mujeres aguerridas, desenvueltas, un poco misteriosas, por la fuerza que, al parecer, encarna en ellas. Una cierta autoridad, que me intriga, parece destacarlas ante el pueblo. Ellas, copleras avezadas, lideran su propia agrupación.

La ronda está girando y se coplea.

Entonces, se acerca y me pregunta: "¿Le está gustando esto?"

Un hombre ya mayor, con el rostro gastado por el tiempo, que sonríe. "Aquí, cuando un hombre se acerca a una mujer, lo hace con respeto..." Así comienza un largo, laberíntico discurso, una conversación que linda a ratos con lo ininteligible, y sólo sostengo por fragmentos. Pregunta por mi esposo, por mis hijos. Después ríe: "Yo también me declaro soltero cuando salgo del pueblo." Su dicción rápida, cerrada, un poco ebria, apenas si me permite comprender más que palabras sueltas, frases sueltas. Sólo percibo por momentos el aura, el resplandor de sus palabras, luz y sombra. La pasión que describe o que sugiere. "Una vez en un tren, conocí una mujer..." ¿Qué historia está contando? ¿Por qué a mí? Su propio discurso me parece ese tren, tambaleante y oscuro, cruzando no sé qué montes y desiertos. ¿Córdoba? ¿Santiago? ¿Qué me dijo? Toda la brumosa lejanía se apodera de mí. Un paisaje de trenes fantasmales que vienen y van a la deriva, con seres extraviados y anhelantes poblando sus vagones. Alzo los ojos, muevo la cabeza. Alrededor ahora están bailando. Veo a las comadres, entusiastas, sacando a bailar una tras otra a un joven inglesito, rubio y alto, que sonríe con cara de sorpresa. El hombre sigue hablándome del tren. Vuelve a mí ese paisaje neblinoso de seres errantes, solitarios, que van por el desierto sosteniendo pequeñas lucecitas, buscándose, chocándose, perdiéndose. ¿Quién no sueña, quién no ha soñado alguna vez la azarosa madeja de los trenes? El hombre - quién sabe si está hablando para mí - levanta su propia lucecita. "El deseo, ¿me entiende? lo que llaman deseo". El fósforo prendido es un vagón que se incendia de golpe. Un vagón rojo y vivo, sobrevolando así, por un instante, la lenta melancolía de los trenes. ¿Qué fue lo que pasó con la mujer? ¿Quién era "Una Mujer", así encontrada, perdida, deseada, en un vagón de tren? No puedo comprender lo que me dice. Percibo en su murmullo indescifrable la luminosa colisión de vidas. "Cincuenta el hombre, cincuenta la mujer".

"Con respeto, repite, con respeto".

Una muchacha, fresca y amigable, me sonríe: "La banda ya tiene que irse a la invitación de "los Ahijaditos", en casa de la Sra. de López, ¿sabés?, la zapatera. Nos vamos a bailar allá."

"Bueno, concluye el hombre, yo no la molesto más. Le he contado todo esto, con respeto, para que no vaya a pensar que acá no sabemos nada del amor."

Me saluda y se va.

De repente recuerdo - como si recobrara súbitamente un sueño, o saliera de él - que conozco a este hombre. Sí, es el mismo que justo en este sitio me vendía lechuga esta mañana.

 

Uno o dos días después lo vi de nuevo, circunspecto en su puesto cotidiano. Hablamos únicamente de lechuga.

Yo me llevé, oculto entre esas frescas hojas verdes, un jirón misterioso y parpadeante de su historia de vida, un rasguño del brillo de su ser.

Ni él mismo ha de recordar, probablemente, ante quién y por qué, aquella tarde, en torno del mojón de las Comadres, dejó vagar el tren de sus recuerdos con esa fascinante lucecita chisporroteando en el vagón: lo extraordinario.

 

 

 

* * *

 

Como si el mundo fuera un caracol, lo escucho.

Suena, a veces, la luz, tan hondamente...

 

Como si el mundo fuera un caracol, lo escucho.

Suena la multitud de corazones bajo el parche del cielo.

Y su sonido sube, en remolineantes espirales, sube y sube.

 

Círculos concéntricos, excéntricos, cruzados. Ondas sonoras que se expanden, se enciman, se entrelazan.

Hacia el cielo, entre los cerros sube, como una abigarrada profusión de tallos y de flores trenzándose en el aire, la polifonía de la fiesta.

Yo la veo subir, en este instante, desde la casa de la zapatera: una casa en el pueblo - una casa en el mundo - bajo el cielo que gira.

Desde el techo, las exclamaciones de una joven que tira, a la marchanta, caramelos.

En la calle, los gritos de los chicos que juegan, los atrapan, se burlan, curiosean.

En el pequeño patio que da al frente, la banda, enarbolando takiraris, carnavalitos, huaynos, se turna con los dos viejos parlantes que, desde la pared, hacen llover cumbias y ritmos tropicales, y se entremezcla con las risas de la gente que baila.

En la primera habitación - pequeña, superpoblada, oscura, ("pasados los treinta días, los zapatos no serán devueltos") - indiferente a la banda o los parlantes, hay una ronda que coplea. Y sus coplas, que caen, vienen cayendo, desde arriba del tiempo y de los cerros - sus coplas que giran, suben, bajan y rebotan en múltiples gargantas - se superponen, sin hacerse daño, con las cajas de una segunda rueda que, ahicito no más, en la cocina, canta también las suyas mansamente.

Y hacia atrás, en el fondo, fresco de árboles, parras, flores y maíz, un zumbido de risas, voces, charlas, chicos, vasos, chistes, cuentos, perros y piropos...

Y suben, voces, ruidos, notas y latidos, hacia arriba, trenzados, destrenzados, topándose, mezclándose, apartándose, cruzándose y volviéndose a encontrar, y dibujando en el aire espirales, ochos, cruces, remolinos, que se pierden arriba, bien arriba, en la hondura del cielo.

De la extraña armonía de ese caos, yo desprendo una voz.

De la madeja de esa voz, un hilo, sobre todo un hilo, con sus siete palabras bien plantadas, que saltan hacia mí.

Hundido en la colorida batahola, un hombre de edad mediana me conversa:

"¿Vio? Así es la diversión nuestra: respetuosa. Acá es lindo cómo canta la gente. Acá hay respeto. Nadie le dice a uno lo que tiene que hacer. Cada uno hace lo que tiene ganas. Dígame, ¿quién la va a molestar? Acá nadie hace quilombo. A veces hay machados, sí, pero nadie la va a molestar. No es como Buenos Aires. ¿Ve qué lindo cómo canta la gente? ¿No quiere entrar en la rueda?"

Entramos. El hombre, en realidad, no canta. Pasa sobre mi hombro un brazo, el otro, sobre quien está del otro lado, y, cerrando los ojos, se deja llevar, adormecido. Gira, acunado, sostenido, por un vaivén de brazos que se mecen, por un vaivén de coplas. Y al rato, abriendo nuevamente los ojos, me pregunta: "¿Le gusta?"

 

Una voz en la rueda de las voces que se mezclan y giran.

Un corazón entre los corazones.

Una vida en la rueda de las vidas.

"¿Buenos Aires? ¡Ah... si lo conoceré! ¡Años trabajé en Buenos Aires! Once, Palermo, el centro... lo conozco bien..." Y suena hermosa, suena soberbia, fresca, suena niña su voz cuando proclama, con un vibrante orgullo varonil, sobre el denso bullicio de la fiesta:

"Aunque me ve morocho... ¡yo conozco cosas!"

 

* * *

 

¿Qué dios se le trepa a la mirada?

Viene con los brazos en alto, traspasada de luz toda la cara, al frente de la comparsa, dirigiendo. Tambaleante, visionario, feliz. Alta la frente, alta la mirada, soberbio en su embriaguez y en su estatura de hombre pequeñito, alza los brazos con prestancia, los agita: dirige a la comparsa.

Sonríe: sin duda ve a la música naciendo del movimiento mismo de sus manos. De ellas nacen el baile, la alegría, los colores, las risas, la madeja de cuerpos que lo envuelve. Tambaleante, visionario, feliz, traspasada de Carnaval la cara, muy alta la mirada, que atraviesa, con ojos alucinadamente abiertos, el gentío, la calle, la llovizna. Se pierde más arriba, más atrás. ¿Qué mira? ¿Qué dirige? ¿Qué ve? Eufórico, sacude los brazos en el aire. Sonríe: dirige el movimiento de los astros, la rotación del cielo, el baile de la luz sobre los cerros... hace nacer el mundo con sus manos... Dirige, baila, ríe, girando con los brazos en alto, saltamontes de cara enharinada, traspasado de luz.

 

De pronto se detiene la comparsa, en la casa dispuesta para el baile. La esperan varias ollas de bebida y un generoso cucharón. Los vasos empiezan a girar. Entonces, se acerca y me saluda. Me da la mano y dice: "Yo soy Pedro".

Una vez.

Y otra vez, insistente, cómicamente respetuoso: "Yo me llamo Pedro".

Me invita a bailar un takirari. Sonríe, golpea su pecho con las manos: "Yo soy Pedro".

"Silvia, quiero que me mandes una carta."

"Yo me llamo Pedro".

"Silvia, ¿vas a escribirme?"

 

Sonríe. Está feliz. La vida es dulce. Alrededor todo fluye y se entrelaza, el caracolear de la comparsa lo acuna como a un niño, lo mece, lo trae, lo lleva, lo levanta; él se deja llevar, abandonado, liviano como un corcho en el oleaje, se deja ir, se deja atravesar, se arremolina, canta, baila, deja pasar la chicha a su garganta, entonces, tambaleante, se da vuelta, ve a la gente bailando, alza los brazos, toma esa energía con sus manos, la levanta, la tiene entre los dedos, la agita, la desparrama sobre el mundo, la ve desprenderse de sus manos como serpentinas de colores, la ve volar delante suyo, la impulsa, la hace girar, la distribuye por el mundo, la dirige. Sonríe, altos los brazos, alta la mirada, feliz y tambaleante, visionario. Altivo cardón, cardón viviente que en la Tierra que gira, con sus dos brazos ávidos de Cielo, apasionadamente, gesticula. Duende de cara enharinada, hombre llamado Pedro, saltamontes, director del Cielo.

 

(Lo vi pasar los días que siguieron, siempre adelante de una u otra comparsa - un dios no es exclusivo - caminando hacia atrás, con los brazos en alto, dirigiendo. No volvimos a hablar.

Esta es la carta que le debo.)

 

 

* * *

(Este final va dedicado a Gabi, por la fraterna conversación que, a lo largo de los años, y pese a la inevitable discontinuidad, hemos podido mantener en lugares tan diversos como: los bancos, el patio y la cantina de la escuela; el bar "Oriente" en la estación de Villa Ballester, "La Giralda" en la calle Corrientes; un divergente "viaje de egresadas" que comenzó en el "Estrella del Norte" a Tucumán, tuvo en Salta una cena de lujo con los distinguidos señores Poroto y Zapallito, siguió en un jeep destartalado que trepaba la Cuesta del Obispo bajo un cielo acribillado de estrellas y en la vereda de una antigua casa en Cachi, "ombligo del mundo y corazón del cielo", para regresar a Buenos Aires en la clase turista del "chahuanquero" tren Belgrano; los polvorientos vagones del ferrocarril Roca hacia el Sur, el refugio del cerro Catedral a la luz de una luna absoluta, el camping junto al lago Puelo, el muelle de Villa La Angostura sobre el Nahuel Huapi, un camión maderero que nos cruzaba a Chile, el residencial "La Paloma" en Osorno, el ferry sobre el canal del Chacao, con el viento en la cara, el muelle de Ancud, en Chiloé, comiendo almejas cuando cae el sol, un inverosímil manuscrito hallado en dicha isla, referido a traucas rubias y morenas; y, a la vuelta de los años: el comedorcito de su casa en Tilcara, la cocina de la peña "El Diablero" y su auto, de Tilcara a San Salvador de Jujuy y viceversa; conversación que ha versado sobre tantos y tan variados temas, entre otros, viajando en auto, éste: cómo se saluda en Jujuy.)

 

En Jujuy se saluda de esta manera misteriosa: nombrando.

 

Pasa a mi lado alguna persona que conozco. Sonríe, sacude levemente la cabeza, quizás alza las cejas y, con voz decidida, pronuncia la contraseña de mi ser diciendo: "¡Silvia!"

 

Es un juego. Es un acto de magia. Especie de luminoso "piedra libre" que saca del gran escondite del no ser el aura particular de cada vida y la planta en el mundo. "Abrete sésamo" que toca, riente, a la persona, descubriendo y desplegando su ser. Mágica revelación de una presencia. Reconocimiento de su forma, su espacio, su fulgor.

 

Me baila el corazón cuando me siento saludada así: existo, he sido puesta sobre el mundo, ocupo mi propio sitio entre los seres y las cosas que ruedan.

 

¿Nombrar es saludar?

Entonces, yo vivo saludando al mundo. Nombrarlo es mi forma de vivir, mi oficio.

 

Nombro la luz, el cielo, las montañas, el río, los álamos, las calles, los mojones, las casas, las comparsas...

Nombro el viento bailando entre los cerros...

Nombro Humahuaca, Purmamarca, Maimará, Tilcara...

Nombro luces, vidas, sombras, corazones... así, como quien toca con la punta del alma las formas, los misterios, las bellezas ocultas o visibles y las pone de un golpe en evidencia por la mágica fórmula del nombre.

 

Como quien saluda, te saludo: Quebrada de Humahuaca.

Que estén en pie tus cerros, que rueden por el mundo tus caminos, que reluzcan tus fuegos, que fluyan en el cielo tus estrellas, que bailen tus banderas, que despliegue tu nombre sobre el tiempo, límpido y vivo, el arco iris.

 

Desde lejos te nombro, y nombrándote, alzo hacia tu cielo mi vaso, pleno de luz hasta los bordes, para decir, una vez más: ¡Salud!

 

Tilcara-Buenos Aires,

1993-1997

 

 

 

ENCUENTRO

 

A Sergio, "el Diablo", desde el amor.

 

 

En qué oleaje de sombras

o de piedras

bajo las alas negras del sombrero

tus ojos me buscaban?

 

Yo soñé la montaña

Yo vi los arco iris sobre el cerro haciéndome señales

y caminé sin miedo por la Estrella-que-cae

solitaria

disuelta

de la luz a la sombra

de la sombra a la luz

circulé como un sueño entre los sueños

de la multitud que circulaba

Las fogatas se alzaban como soles en mitad de la noche

nacían y morían

desprendidas del sueño de los vivos

Eran lenguas de ultratumba que hablaban

La multitud bailaba

lloraba y se reía

deseaba

 

Yo soñé la montaña

Yo vi los arco iris sobre el cerro dibujando señales

lanzando al espacio sus anillos como signo de Boda:

El cielo y la tierra se buscaban

 

Yo recibí la lluvia en la mejilla

y era la vida vieja que se iba

la vida nueva que se presentaba

 

En qué sendero oculto para mí

tan lejos y tan cerca

iban entonces con su blanda marcha

tus pálidos fantasmas ancestrales

de larguísima trenza

en compañía del armiño blanco?

 

Yo lloraba y reía

yo bailaba

extendía las manos

hacia la multitud que se abrazaba

hacia la multitud que se enrollaba y se desenrollaba como una larguísima serpiente

 

sonámbula y perdida

mezclando en el caracol de sus insomnios el tiempo y el espacio

El lúpulo la uva y el maíz

daban su fuego a todas las miradas

y las hojas de coca lo prendían

 

Yo soñé la montaña

altísima y más bella que un topacio

traspasado de luz

y vi las vetas claras y las vetas oscuras

amarse lentamente en las laderas

y lamerse hasta el alma:

La luz y la sombra se buscaban

 

Yo soñé la montaña

y me detuve justo frente al puente

en donde el tiempo

como los lagartos

deja morir sin pena sus escamas gastadas

y miré al otro lado

¿te buscaba?

 

Yo vi alzarse en el centro de los antigales

misteriosas orquestas de cardones

tocando

con brazos alelados

la sinfonía blanca del silencio

y trepé a la montaña

y me colgué del viento contemplando

la hondura majestuosa de la vida:

de la vida pasada

y la vida futura

engarzadas en un golpe de luz

 

Estaba sola en el medio del paisaje

flotando en la Garganta del Diablo

 

Mi corazón

liviano

como una diminuta campanilla

alegre otra vez

se columpiaba

En qué lenguaje oculto para mí

el pueblo misterioso de los cuarzos y de los pedernales

me anunciaba tus pasos

y el paisaje

redondo y transparente

como una bola de cristal bailando en el centro del cielo

con su mismísimo nombre

te nombraba?

 

Sin que yo lo supiera

la montaña altísima y llameante

me soñaba

y por sus laberintos encantados

por el ir y venir de sus oleajes y el enmadejamiento de sus signos

el tiempo y el espacio se buscaban

y en sus evoluciones misteriosas

lanzando sus dados sobre el mundo

jugando

preparaban

la hora y el lugar para el encuentro.

 

- II -

 

Era la noche un ágata y temblaba

Yo me acodé en la música, mirando

 

En torno de mis ojos, como animales múltiples las mesas encrespándose giraban

Una fiebre muy vieja las mordía

 

Era la noche un humo que bailaba

 

Y alrededor las plazas y los cerros y la sombra licuándose en alcoholes y las calles ` borrachas zigzagueando y un deambular de seres enfiestados descorchándose el cielo

Y el bombo y las guitarras y una manada loca de violines trepándose a las mesas montados en los hombres cabalgaban

 

Era la noche un pozo

y el amor

vagabundo

se buscaba

 

Yo entrecerré los ojos: me caía

por la borra de un sueño

 

Era la noche un agua muy oscura

un ansia que se alzaba

 

Y entonces el oleaje

simplemente el oleaje

el torrente del tiempo desbordando las gargantas humanas

el caballo de copas corcoveando navegando hasta el alba

Apenas el vaivén de los oleajes

Apenas la sonrisa y la mirada

Apenas un sombrero

Apenas bajo el ala del sombrero

un fulgor de topacios

preguntando

Apenas una luz entre las mesas

un fósforo veloz en el oleaje

El tiempo avivando de repente la fiesta de sus luces

el fuego

los topacios

la mirada

Apenas la mirada

Apenas una pluma en el sombrero

la cosquilla de un guiño en la mirada

 

Y tu mano

 

Apenas el contacto misterioso de tu mano en mi espalda

Y el corazón del ágata

temblando

abriendo sus mares interiores

nos envolvió en su espuma y blandamente

en su profunda copa

de suavísimo vértigo emplumado

con dulcísimos labios

nos bebió

 

- III -

 

Adentro, mar adentro en la piedra

mar adentro en mitad de la montaña

se flota dulcemente

Adentro, mar adentro en los ojos

mar adentro en la luz de la saliva

mar adentro en la piedra

La noche es la piel de una geoda

y por adentro enciende sus cristales para las ceremonias del amor

qué palacio de espejos y de soles pequeños como besos

abriéndose en el centro de la noche

sus largas lenguas de cristal

despacio

se desprenden del cielo

y acarician los cuerpos

largamente

blandamente se abrazan los amantes

remando sin apuro

con brazos y piernas de silencio

mar adentro en la esponja de la noche

mar adentro en el cielo

mar adentro

Y la corola de los labios crece

y la anémona azul de la caricia

abriéndose y cerrándose en la sombra

con su estallido suave

mar adentro

Y el corazón acuático del mundo

bombea su miel de sombras

mar adentro

 

Quisieron ser violines

noche adentro

las cuentas luminosas del alba.

 

 

Mayo-Junio 1996.

 

 

 

AGUA

 

- I -

 

Un hombre está bebiendo

bebe

bebe de la boca del manantial

el agua pura

 

Y yo

viéndolo beber del manantial

lo amo

 

El hombre me señala una casa

muy sencilla

de adobe

y dice: "Allí es donde viví.

Clavaba infinidad de velas en la pared de barro."

 

Y yo

oyéndolo hablar de su casa de adobe

invadida de velas

me enamoro de él

 

El hombre se aparta del manantial

y llena, lejos, su vaso

de agua turbia

 

Y yo

ya lejos de aquel sitio

sabré toda la vida

que allí

mientras hablaba junto al manantial

ese hombre me amaba

y junto al manantial

bebiendo el agua pura

no mentía

 

- II -

 

El gran juego del nombre no les basta. ¿Acaso es cada ser un solo nombre? ¿Cuántos matices, mutaciones, recodos de una misma vida precisan igualmente ser nombrados? El apodo les hace su lugar.

En Jujuy, apodar es un arte, una fiesta, una manía.

 

Yo también, una vez, tuve un apodo.

En julio del 96 dice el Lobo en Tilcara: - A ella, le dicen ahora Agua Bendita.

- ¿Y por qué? - la pregunta se impone.

- Porque ella es la única que puede aplacarlo al Diablo.

 

Pero no.

Pero no. Mejor así. Nunca quise ser agua bendita.

Agua de las montañas, sí; agua de manantiales, sí.

Agua bendita, no.

 

 

- III -

 

Agua en la luna del espejo

tan límpida y tan honda

Allí nos sumergimos

luminosos

allí nadamos

juntos

Hotel Esperanza, pieza Diez

 

Por el espejo

nunca por la puerta

entrábamos y salíamos del cuarto

 

Por el agua de estrellas que llovía

interminablemente en ese patio

se abría y se cerraba nuestro hotel

Allí

donde en el agua dulce del espejo

nos alojaba la Esperanza

 

¿Habrán de quedar esas siluetas

altas, coloridas, con sombrero

flotando en el espejo

todavía?

 

En el día de la Candelaria

que es el día también de Yemanyá

día de agua y de fuego

de pasiones y profundidades

tu día

sobre el puente mirábamos el río

y llovía

llovía

llovía interminablemente toda el agua del cielo

y estabas conmigo bajo el agua

en el signo del agua

con sombrero

 

 

 

Un año después

bajo el mismo sombrero

no había sino lluvia y lluvia

sólo lluvia

y un fuego fatuo

que se deshacía

 

 

 

1997

 

COPLA

 

 

Los amores que he vivido

yo no los quiero llorar:

que se los lleven los vientos,

que los devuelvan al mar.

 

 

BOCAS

 

Es el valle una gran boca abierta. Misteriosa. Su saliva está llena de silencio. Y el silencio me habla.

 

 

* * *

 

 

En Amaicha del valle, Tucumán, subo, desde la casa donde duermo, por un corto sendero, que comienza al terminar la calle y me lleva hasta el borde de esa gran hondonada de silencio que es el valle interior.

Y mientras voy andando, veo al sol de la tarde relucir en un fino hilo de agua que corre por la calle de tierra. (No será agua de lluvia: en Amaicha, anuncia el cartel que está en la plaza, brilla el sol 360 días cada año.) Y el hilo de agua corre, como un niño con los pies descalzos que acabara de encontrar una moneda, corre, feliz y tintineante, por la calle de tierra, llevándose en el pecho los últimos gorjeos de ese sol.

Y mientras voy andando, comienza a combatir, en torno mío, la sombra con la luz.

Y mientras voy subiendo hacia ese borde, que no se ve muy alto, el aire que me envuelve es en sí mismo una gran sinfonía misteriosa. Siento que todo el aire me respira, a mí, leve mota de vida en el camino.

Y subo. Y llego. Y allí, justo en el borde, justo en el labio de esa boca abierta, justo donde se unen la hondura de la tierra y la del cielo, dos presencias me esperan: la apacheta, con su cuerpo de piedras, y una cruz. Y por primera vez en mucho tiempo, veo hermosa esa cruz. Porque no veo en ella un cristo, sino un mundo: los cuatro rincones del espacio abriendo sus brazos ante mí.

Helo allí: abierto, entero, hondo: ¿qué?

Después del borde: ¿qué?

Nada.

Sólo la bocanada del silencio.

Sólo el espacio, ahí.

Una gran boca abierta. Sólo espacio. Sólo, profunda, horizontal, la tierra. Y cayéndole encima, vertical, todo el alud del cielo.

Sólo el espacio como un gran cuero abierto puesto a secar sobre la tierra, traspasado en el centro por esa enorme estaca perpendicular: el tiempo.

Respiro.

Se respira.

Me respiran.

Mis ojos se desposan con el aire. Mis pulmones se hamacan en el cielo.

Y entonces, desde abajo, desde el valle, sube a mí un "¡ave!" como palabra de saludo. Un pájaro. Revolotea un instante frente a mí, como si me mirara, y desciende otra vez.

Eso es todo: la lengua del silencio que se agita un momento para mí.

Y mi corazón, una vez más, repica en el fondo del espacio como una campanilla.

 

 

 

* * *

Si hay combate, es de amor.

Ante mis ojos ruedan, abrazados, hacia el fondo del valle, noche y día, hundiéndose uno en otro, confundidos. En bruscos arrebatos pasionales, se arrancan mutuamente la ropa a mordiscones; y así quedan, flotando por el cielo, desgarrados, mezclados, los jirones de sombra, los jirones de luz, hasta que, finalmente, en el abrazo se desmaya el día y la noche lo absorbe por completo en su espasmo de amor.

 

 

 

* * *

 

 

Es la noche. Es la noche absoluta.

Y yo sé que es por ella que he venido.

Sólo para hundirme en ella y respirarla.

Sé que ayer a la tarde, cuando, en Tafí del Valle, la amiga que viajaba conmigo volvió a San Miguel de Tucumán y yo dije: "Me quedo, yo me quedo. Yo sigo", todo mi ser pensaba en las estrellas.

Subir. Subir hasta la luz. Subir hasta la noche y respirar profundamente en ella. Beberme la Vía Láctea gota a gota otra vez.

Y es, esta sed que me trajo, una gran boca abierta.

 

 

 

* * *

 

 

 

Cuando el prodigio toma la palabra, ¿qué decir?

Una noche en la rueda de las noches precisa ser nombrada.

Pero, ¿cómo? ¿en qué lengua? ¿con qué voz se puede cantar su maravilla?

¿Qué misterio de luces bailó toda esta noche sobre mí?

 

Que me responda el fuego. Sí, el fuego. Le toca hablar a él.

En torno suyo estamos, tres personas, en un patio que la noche desborda.

Hundidos, transportados, flotando, en la noche absoluta.

Sí, es la noche absoluta. Pero no es cualquier noche.

Es la noche del 31 de julio al 1º de agosto del 97. Y cuando el sol saque al día entre los cerros, no será cualquier día. Será fiesta de vida en cada casa. Será la fiesta de la Pachamama. La tierra tendrá la boca abierta y los hombres le darán de comer.

 

Y esta noche ¿qué es?

Esta noche de fuegos en la tierra - hay, no muy lejos de nosotros, un ponche en torno al cual parte del pueblo espera el día - esta noche de fuegos en el cielo - hay, encima de nosotros, la infinita pirotecnia del tiempo - esta noche, ¿qué es?

¿Qué puerta? ¿Qué umbral? ¿Qué ceremonia que no alcanzo a entender?

 

Soraya, Marcelo y yo, tres personas en torno a este fuego, en un patio tallado en los cimientos azules de la noche.

Hablamos levemente, casi nada. Se rozan, sin herirse, nuestros pensamientos en el fuego. La Vía Láctea es sobre nosotros un río transparente y tan intenso que podría tocarse. La emoción me desnuca. Sedientos, traspasados, nuestros ojos son seis bocas abiertas. Y caen, literalmente caen, todas las estrellas en nosotros.

Alzo la mano y digo suavemente: "Una estrella fugaz".

Después, dice Soraya: "Otra".

Después, Marcelo: "Otra".

Y después otra, y otra y otra...

Y otra. Y otra. Y otra...

Esta noche, ¿qué es?

¿Qué malabarismo de prodigios está bailando ahí?

¿Qué misterio de fósforos y luces derrama su gracia en nuestros ojos?

 

Es la noche. La magia. Es la madrugada del 1º de agosto del 97 y en la noche que precede a su día, la tierra se indigesta de estrellas.

Esta noche, el desborde bellísimo del cielo que derrocha el asombro de sus fuegos, precisa ser nombrado.

Pero ¿en qué lengua, cómo, con qué voz, podría cantar su maravilla?

Sólo la lengua del fulgor puede hablar del fulgor.

 

 

 

* * *

 

 

 

La Tierra abre la boca. Abre múltiples bocas a lo largo de la cordillera. Abre la boca y come. En cada casa, en cada pueblo, en cada cerro, come.

Aquí, rodeadas de su gente, inician la ceremonia las copleras.

Viejas - viejísimas algunas - alegres, arrugadas, coloridas, se inclinan sobre esa boca abierta para ofrecer comida y canto.

Como una mano más entre las manos, empujo yo misma hacia ese hoyo un puñado de maíz, cebolla, papa. He allí, firmado con mi mano entre las manos, este misterio simple de los cuerpos: como y seré comida.

Es grande en su sencillez el gesto de estos hombres y mujeres que cada año miran, cara a cara, la boca abierta que los devorará. Año tras año, miran y son mirados por la mirada ciega de esa fosa que parece decirles: "Tengo hambre. Tengo hambre de cuerpos", y aceptando, ante Ella - vulva de toda luz, boca de sombra - la naturalidad de su destino, alegremente cantan.

Viejas, arrugadas, coloridas, las copleras - las muchas veces madres, las muchas veces muertas y resucitadas - las Abuelas, oficiantes sencillas de misterios antiguos, echan a andar el tiempo con el suave latido de sus cajas, girando alrededor de esa boca abierta que las mira y les habla en ese lenguaje silencioso de las cosas que ruedan, así, de vientre a vientre, de hendidura a hendidura. Y ellas, girando, sostienen el misterio del tiempo con sus cajas, y con sus coplas, el misterio de la luz humana que, ante el abismo, canta.

 

Y yo me voy, sobre la tierra viva, bajo el cielo, con mi mitad de sombra y mi mitad de luz, con mi mitad que come y mi mitad comida, doble y una, populosa y sola, con mi bípedo andar y mi verdad humana: como y seré comida...

 

Mientras tanto, aquí estoy, de pie y entre los vivos, sostenida por mi propio latido y, como las copleras, alzo la voz y canto.

 

Que el paladar del tiempo me sostenga en su lengua todavía.

Mi semilla será una gota de agua, temblorosa de luz, trepando una garganta de arco iris.

 

Que fulguren las sombras para mí. (*) 

1997

 

NOTAS

 

1) Vincent Bonoure (1928-1996). Poeta surrealista francés. Integró dicho movimiento desde 1955 hasta su muerte. Además de su activa intervención en revistas y experiencias grupales, publicó varios libros de poemas (Envers l’ombre, 1965, Talismans, 1967, Maisons, 1967) ilustrados por Jean Benoît, Jorge Camacho, Guy Hallart, Martin Stejskal.

Fue un reconocido especialista en el arte de Oceanía. Su libro Vision d’Océanie fue publicado en 1992 en París por el Musée Dapper.

En 1976 compiló trabajos de surrealistas franceses y checos en el libro La civilisation surréaliste (París, Payot). En él está incluido su trabajo "Genealogía del intercambio", al que pertenece el citado fragmento sobre el don.

 

2) Fórmula de saludo ritual a Pachamama, para pedirle que sea propicia.

 

3) Copla tradicional. Juan Alfonso Carrizo la registró en sus cancioneros populares de la década del ‘30.

 

4) El "Jueves de compadres" es el penúltimo antes del sábado de Carnaval. Ese día comienza a vivirse ya el clima de fiesta, que se acentuará el jueves siguiente, llamado "de Comadres". Este último jueves cada una de las comparsas en las que se agrupa la población visita su mojón para challarlo. El mojón es un montículo de piedras consagrado a Pachamama, idéntico a las apachetas que se alzan al borde de los caminos, pero vinculado exclusivamente con los festejos de Carnaval. Cada comparsa tiene el suyo, al que vuelve año tras año, y en él se realizan las ceremonias del Jueves de Comadres, el desentierro del diablito, el sábado, y su entierro, el domingo siguiente. Durante esos días, el mojón es la única fuente de donde emana la sacralidad, y aunque algunos concurren a misa el miércoles de Cenizas, el festejo continúa, dando la espalda al calendario oficial, hasta el otro domingo. Durante la challa del jueves, cada comparsa adorna su mojón con tallos, flores y frutos, además de serpentinas y papel picado, realizando allí ofrendas, libaciones y copleadas.

Además de mi experiencia personal, tomo como fuente, con respecto al Carnaval tilcareño, el trabajo de Mercedes Costa y Gabriela A. Karasik, "¿Supay o diablo? El Carnaval en la Quebrada de Humahuaca (provincia de Jujuy, Argentina)", que fue incluido en el libro compilado por Bernd Schmelz y N. Ross Cumrine: "Estudios sobre el sincretismo en América Central y en los Andes", Bonn, Holos, 1996; y del que poseo una copia.

 

5) Así comienza la letra de uno de los carnavalitos que escuché cantar y bailar con más entusiasmo en el carnaval tilcareño. Me tomo aquí la libertad de asociarlo con esta interesante observación: "... en aymara, ‘se mira su pasado ante sí y se considera que el futuro se encuentra atrás’, como lo recalca Bouysse-Cassagne"... Esta nota figura al pie del trabajo de Thierry Saignes: "Borracheras andinas: ¿por qué los indios ebrios hablan en español?". El trabajo forma parte del libro de varios autores, compilado por el mismo Saignes: Borrachera y memoria: la experiencia de lo sagrado en los Andes. La Paz, Hisbol/IFEA, 1993

 

6) Esta frase es el título de uno de los capítulos del trabajo de Robert Randall: "Los dos vasos: cosmovisión y política de la embriaguez desde el inkanato hasta la colonia", incluido en el ya citado Borrachera y memoria...

Esta parte de mi libro no es más que un despliegue o comentario poético de la cosmovisión que él describe y las analogías que establece entre el proceso de elaboración de la chicha, el ciclo agrícola, el flujo de agua en el cosmos y el cuerpo humano. Su trabajo, basado en fuentes etnohistóricas y etnológicas contemporáneas - Randall convivió durante años con la comunidad quechuáfona de Ollaytantambo - está orientado también, indudablemente, por una singular intuición poética. Lo que aquí resumo brevemente es sólo una mínima parte de la riqueza de dicho trabajo. No sé, ni tampoco interesa a los fines puramente poéticos de mi abordaje, qué similitudes o diferencias existen entre el proceso de elaboración de la chicha tal como se da hoy en Tilcara y el que describe Randall, que paso a resumir:

El proceso comienza mojando y tapando granos de maíz para dejarlos germinar durante diez días (esta acción equivale a la siembra); este maíz brotado, llamado wiñapu, es sacado y secado (equivale a la cosecha) y luego molido y cocido (equivale a la preparación de la comida). Se lo coloca después en una canasta, colgada de una horqueta, para que gotee sobre un nuevo recipiente llamado raki. Randall compara este proceso con la lluvia que gotea de la Vía Láctea. La horqueta que sostiene al primer recipiente se llama chakana, y éste es el mismo nombre que recibe la constelación de las Tres Marías, ubicadas junto a la Vía Láctea (Mayu, "río"), el nombre sugiere que sirven como base para un puente sobre el río celestial. También señala Randall que el término wiñapu (que significa "crecer, brotar", pero también "siempre, eterno") puede ser considerado un síncope de wiñay apu "señor grande" o "divinidad"; de allí resulta un "dios eterno que siempre crece", título que sería apropiado para Wiraqochan, dios de las aguas y la fertilidad, equivalente a la Vía Láctea.

Una vez que el líquido está destilado en el raki, se le agrega el qonchu (sedimento que se conserva de la chicha del año anterior) y se los hierve juntos para hacerlos fermentar. El líquido equivale aquí a la fuerza masculina de la lluvia que fertiliza, mientras que el qonchu es la fuerza femenina de fecundidad, la tierra o Pachamama. Mezclarlos y calentarlos para hacerlos fermentar es equivalente al acto sexual de procreación, así como a la fertilización de las chacras.

Una vez hecha la chicha, se separa en tres niveles dentro del raki: arriba queda un líquido claro llamado ñawin, en el centro, la chicha propiamente dicha, y abajo el qonchu o sedimento. Antiguamente, los raki se clavaban en el suelo, enfatizando la conexión del qonchu con Pachamama.

Ñawi significa "ojo", y ñawin, "parte medular de una cosa, lo mejor de lo mejor", siendo también un nombre aplicado a los manantiales. Estos, utilizados para el riego, son, como la lluvia, fuerza fertilizante masculina, comparables al semen, al igual que el ñawin (lo mejor) de la chicha, situado arriba, que es lo más propicio para las ofrendas, especialmente las ofrendas a Pachamama.

"El raki de chicha es entonces un modelo cosmológico. Encima, el ñawin que es de color blanco claro es equivalente al semen masculino, mientras que el qonchu, que es un sedimento turbio, es comparable a la sangre femenina que es considerada la fuerza de fecundidad (...) Ahora bien, para servir la chicha es necesario removerla para mezclar todo junto y hacer una buena cantidad de espuma, phusuqu, (en los Andes es un insulto servir chicha o cerveza sin bastante phusuqu). El phusuqu es el resultado de la procreación; contiene la fuerza vital masculina y femenina y (...) está relacionado con el dios Wiraqochan. Así como la chicha, Wiraqochan es la fuerza vital masculina que a su vez está también compuesta de partes masculinas y femeninas." (Randall, ob. cit, p. 80).

 

7) Así llamaban mis amigos al Hotel Sierra, de Maimará, más generalmente conocido como "el Hotel". Máximo Puma, "el bandoneón de la Puna", era la persona que, en 1993, lo administraba.

 

8) Malcolm Lowry, en Bajo el volcán.

 

9) "Iruya", poema de Manuel J. Castilla incluido en Cantos del gozante. San Salvador de Jujuy, Buenamontaña, 1972.

 

10) Nombres de algunas de las comparsas maimareñas.

 

11) La saya es un ritmo de origen afro-boliviano, muy de moda en el Noroeste.

 

12) Cuando en febrero de 1993 viajé por primera vez a Tilcara, no pude dejar de recordar el sueño que abre este libro, soñado unos meses antes. Me pareció que su luz tan extraordinaria cobraba cuerpo y se desplegaba en el espacio para mí. No sólo por la coincidencia literal (mis largas caminatas en solitaria contemplación de la montaña) sino también porque me sentí sumergida en el horizonte mítico al que el sueño aludía.

Y aún más, porque esta experiencia de las "invitaciones" a las comparsas - de la que no tenía noticia previa - con su distribución gratuita de bebida - y de comida, en el caso de las invitaciones que tienen lugar al mediodía - me remitió inmediatamente, no sólo a aquel párrafo de Bonoure sobre el "don recibido", que intervino en la formación del sueño, sino al conjunto de ideas y temas tratados en el trabajo "Genealogía del intercambio", al que dicho párrafo pertenece. Bonoure intenta rescatar allí, por debajo del sentido puramente económico o cuantitativo que actualmente tiraniza los intercambios humanos, su primitiva función simbólica y sagrada como palabra que anuda un vínculo entre partes. Y analiza experiencias de intercambio social como el potlach y la kula.

Los trabajos que leí posteriormente sobre el Carnaval y sobre la bebida en los Andes me confirmaron aún más la proximidad entre las ideas de ese trabajo, que fue una de las raíces de mi sueño, y el sentido profundo de aquello que, meses después, viví.

Acerco aquí estos fragmentos que dan cuenta de esta proximidad:

Costa y Karasik (ob. cit.): "En los rituales de umbral de las invitaciones, se reproduce constantemente el símbolo máximo de lo social, dar y recibir bebida."

Robert Randall (ob. cit. p. 75-76): "El hecho de que siempre existen dos vasos en estos ritos etílicos enfatiza su naturaleza recíproca y complementaria. Dentro de las normas andinas, el hecho de recibir un vaso de alcohol implica aceptar una obligación, a la misma vez que pone al donor en posición de deudor (...) Así se establecen lazos inviolables que se aplican tanto al mundo social humano como al mundo sobrenatural. (...) Así el hombre quedó involucrado en una red eterna de obligaciones recíprocas con los dioses. Lo mismo pasó en los niveles tanto sociales como políticos."

Vincent Bonoure (La civilisation surréaliste p. 152): "El contrato de intercambio se desarrolla entonces a lo largo del tiempo como una conversación en la que los interlocutores, lejos de autentificar un documento único, firman sólo sus propias frases, certifican el valor de su propia moneda, y abren, por turno, a su socio, un crédito que sella su alianza por la doble circulación ininterrumpida de objetos frecuentemente inútiles, pero portadores, aún cuando respondan a ciertas necesidades, de un valor sagrado ligado a la comunicación que instauran."

Esta nota es simplemente una constatación. Aquel sueño, que tuvo en el momento mismo de producirse un efecto inmediato de bienestar y placer de singular intensidad, hundía sus raíces en las capas profundas y primeras de mi afectividad pero también resultó estar en contacto con lo que, en aquel momento no era otra cosa que mi futuro. Quizás intuí algo de esa función anunciadora del sueño cuando me vi impulsada a anotarlo y titularlo "sueño de la visión mágica". Así quedaba asimilado a aquel rito de los indios sioux, quienes, en situaciones de conflicto o crisis vital, se apartaban - muchas veces partiendo precisamente a la montaña - en busca de una visión - ocurrida muchas veces en sueños - que les permitiera discernir señales orientadoras para decidir los pasos a seguir.

Lo cierto es que este sueño parece haber alzado su luz, desde un punto particularmente oscuro de mi vida, para proyectarla hacia adelante y desplegarla en experiencia vivida - sin excluir la experiencia amorosa - y aún sigue desplegándola, varios años después, en la escritura de este libro, y luego, quién sabe en qué.

Lo cual demuestra que los sioux sabían lo que hacían: de todas las montañas llueve luz.

 

13) Estos son los disfraces más comunes en las comparsas. El pepino es un payaso.

 

14) "La primera bebida que se ofrece (en cada invitación) es la ‘vacuna’, esto es, una mezcla muy fuerte de bebidas: alcohol puro, jugo de frutas concentrado, frutas frescas y azúcar. La vacuna hace las veces de ‘permiso de entrada’, ya que pretende embriagar rápidamente, para que nadie esté ‘frío’, como ‘recién llegado’." Costa y Karasik, ob. cit.

 

15) "El enharinarse la cara es una representación de las almas, de las que vuelven en Todos Santos y que metafóricamente denotan abundancia, bienestar comunal y fertilidad (...) En este sentido, es como si representaran esta carga energética y vital de las almas y la exteriorizaran a cada instante. A través de la evocación del mundo de abajo, los propios cuerpos se transforman sin ocultarse, afirmándose en las significaciones a la vez sagradas y profanas del mundo al revés." Costa y Karasik, ob. cit.

"Estar borracho en Carnaval es necesario para ‘estar endiablado’, un estado de conciencia que no necesita mediadores para comunicarse con lo extraordinario. Los miembros de las comparsas se alzarán, olvidando el ritmo de los días y las noches, del trabajo y del descanso (...) es alcanzar un grado de conciencia diferente, como si la energía vital se multiplicara y necesitara expandirse. Dicen que en este momento sale la verdadera persona. (...) la gente lo asocia con el movimiento, con salir, ya no querer quedarse donde uno estaba, tener la sensación de que ‘nadie lo puede parar’." Costa y Karasik, ob. cit.


 

 

 

 

 

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