"Quebrada".
Juega la suerte a cara o cruz en la profundidad de una
palabra, en la encrucijada del sentido.
"Quebrada".
¿Es ésta la palabra que elijo para nombrar un estado de
mi ser? Quebrada de tristeza. Arrancado el amor,
desgarrados los sueños, derrumbada la casa. La vida se
destripa de repente, astillada de puro desconcierto.
Quebrada
de dolor. Y ahora, ¿adónde ir?
"Quebrada":
quiere la palabra darse vuelta, sacudir de un coletazo su
sentido, abrir un nuevo rumbo hacia adelante.
Prodigio.
Malabarismo de las voces. Es la misma palabra y vuelve a
mí, de golpe, transformada: traspasada de repente de luz.
Quebrada
es un lugar: la de Humahuaca.
"Quebrada"
no es ya el sitio solitario en que me quieren encerrar las
penas.
"Quebrada"
es el camino que me lleva, rodando, sobre sí.
"Quebrada"
es la apertura, el cielo desplegado entre los cerros, la
bandera del aire transparente, el vértigo de luz en los
pulmones.
Quebrada
de Humahuaca es este sitio, este camino entre los arco
iris, este alud de belleza en el que estoy.
*
* *
Camino
lentamente, junto al río. ¿Son un sueño los álamos que
hablan, que agitan labios verdes y saludan? El sueño
maternal de la montaña abre su entraña para mí: en él
me muevo, sigo mi camino.
Me
mira el sol, tranquilo, cabeceando, medio adormilado entre
las nubes, que tratan de taparlo. Delgado pasa el río,
sin apuro; conversa quedamente con las piedras, las
acaricia, sigue su camino.
Se
enciende junto a mí, con una luz que viene desde abajo,
como del fondo mismo de la Tierra, la cresta blanca de las
cortaderas. Las ideas les bailan de repente, remolino de
suaves pensamientos, tocadas por un soplo de la brisa.
De
lejos viene un indio con su burro. Despacio va, sereno,
conversa quedamente con la leña, me saluda y sigue su
camino.
Reverberan
de golpe, en un sobresalto de presencia, los mágicos
álamos plateados, contra un cielo que quiere desmayarse.
Allá
lejos, bosteza el horizonte, misterioso de nubes y de
honduras.
Respiro
el aire inmenso del paisaje. Estoy despierta: sigo mi
camino.
*
* *
La
montaña del sueño, que me envuelve, la montaña del
sueño tiene nombre, tiene voz, tiene voces en ronda que
la nombran. La Tierra, la redondez que gira y gira y gira,
tiene la voz callada que mana hacia la luz en la apacheta,
tiene la voz redonda de la caja que canta, tiene el latido
suave, tiene el golpe profundo de la caja que va de mano
en mano, tiene el eco que va de cerro en cerro, de
quebrada en quebrada, y la copla que va de ronda en ronda.
Tiene
el sueño que va de piedra en piedra, tiene el nombre
redondo que le cantan las voces en ronda que la nombran:
Pachamama,
kusilla kusilla.
2
Pachamama.
Sobre
la Tierra que gira y gira y gira, me estoy moviendo, sigo
mi camino.
*
* *
Duermo
entre los cerros y el I-Ching, entre el canto a deshora de
los gallos y la luz de las cartas del Tarot, entre el
cielo estrellado y el paisaje de las cartas astrales,
entre el ladrido de los perros y tratados de Cábala y
Alquimia, entre el lejano redoblar de cajas y la
literatura medieval, entre el rasguido de guitarras y las
revistas de Antropología...
Por
fuera de la casa crece el sol, levantan su frente limpia
las montañas, despliega su garganta de luces la Vía
Láctea, alza su voz un pueblo que festeja.
Por
adentro, ganando las paredes con voracidad de enredadera,
crecen por todos los rincones los tentáculos
multicelulares de la inagotable Biblioteca...
Una
casa en el mundo, bajo el cielo que gira y gira y gira.
Tiene su centro cálido en el mate, mundo pequeño a la
altura de las manos, profunda calabaza-microcosmos en la
que se reúnen agua y tierra, fuego y aire, para darnos su
savia; misterio a la altura de la vida, mínimo mundo que
en la rueda de amigos, de mano en mano, gira y gira y
gira...
*
* *
La
Tana y el Lobito - los dos perros de la casa - y yo, nos
vamos por la falda del cerro, hermanados como niños que
juegan. Rebota mi corazón de piedra en piedra, en el
centro del mundo. Alegre voy, subiendo hacia la luz.
Abajo,
verde, se despereza el valle de Tilcara, tembloroso de
vidas y de sol.
Liviana
voy, converso con los perros.
Me
alimentan los ojos, los oídos. Veo nacer el mundo para
mí.
*
* *
A
mitad de mañana, entro a la humana algarabía del
mercado. Huele a albahaca, a cebolla, a pimentón. Se
agitan de colores las polleras, las bolsitas de especias,
los sombreros, alguna premonición de serpentinas. Baila
un desparramo de arco iris por los cajones de las
verduleras.
Compro
un kilo de rojo en los tomates y me siento feliz.
La
vida está jugosa en los duraznos.
*
* *
Maimará.
Rosa, naranja, cobre: serpentea la luz sobre los cerros.
Abajo,
junto al río, el viento que levanta polvareda y alza
nubes de agua, pinta al mundo de lila.
Hacia
adentro, entre las huertas verdes y el ocre rojizo del
adobe, un girasol despliega, solitario, el alto kikirikí
de su amarillo
En
la estación, se duerme. Sonámbulos, los trenes que no
existen circulan por un único color: el invisible.
Y
acá, bajo el tinglado de la feria, inauguran su
espléndido escándalo de rojo, los tomates; su lisura de
dientes, los maíces; su recóndito mundo agazapado, las
dulces calabazas-mujer; su fresquísimo verde, las
acelgas; su chillido visual, las zanahorias.
Yo
como los colores con los ojos.
"Estrella-que-cae":
Maimará.
Patinando
va el tiempo sobre un pie por esa casi única calle,
alargada y rojiza, de una punta a la otra del misterio
solitario de un pueblo. De un pueblo que fulgura, con su
luz repentina, entre el Cielo y la Tierra. Estrella que no
cesa de caer, estrella que hace estallar contra los cerros
los múltiples colores de su luz.
*
* *
De
noche, en el fondo de la casa, caen todas las estrellas
sobre mí. Cae, vertiginosamente cae la Vía Láctea, con
su aluvión de luces, sobre mí. Chaparrones de estrellas
se desploman, metiéndose en mis ojos, mi boca, mi
garganta...
Corcovea
mi aliento de repente, detenido un segundo, suspendido,
alzándose de golpe sobre el mundo en el hipo abismal del
infinito.
Chaparrones
de sombras y de luces, chaparrones de honduras sobre mí.
*
* *
A
4.000 metros sobre el mar, tocamos el misterio
deslumbrante de la sal. Fantasmas de antiquísimos peces
boquean, invisibles, en el aire invisible.
Cae
el silencio a pique sobre el mundo.
Cae
a pique la luz sobre la sal.
Inmóvil,
la sal recuerda el día en que el mundo de pronto alzó
los hombros, en un salto brutal, y la vació de sombras,
de cavernas, de corales...
Desnuda
está. Tendida. E indefensa. Lisa y abierta como un mantel
sin dueño de donde vienen a sacar los hombres, sin
permiso, puñados de sabor para sus mesas.
Ella
los ve, los sabe.
La
sal es un ojo sin descanso, un ojo sin pestañas, un ojo
inmenso y solo cubierto de una lágrima seca.
La
sal es una boca circular abierta en un asombro
inextinguible. No hay lengua que le alivie la ardiente
resquebrajadura de los labios. Pero tiene una voz de
puñetazo, y el puñetazo blanco dice: "La
inmovilidad es aparente. Todo lo que está abajo estará
arriba. Todo lo que está arriba estará abajo. Yo espero
el hipo de la eternidad".
La
sal nos ve, nos sabe. Es un ojo sediento, devorante, vivo,
que atrapa en sí mismo lo que ve. Porque añora su
destino de agua, refleja ávidamente los nevados, el
cielo, las oleadas de nubes que en ella limpiamente se
desplazan.
¿Cómo
no escuchar en este instante, entre las voces llevadas por
el viento, una copla muy vieja, que, atravesando siglos,
cargada con toda su nostalgia y su insaciable sed de
lejanía, rodando, viene a mí?
"Las
olas del mar
las
olas del mar
yo
no las he visto,
las
oigo llorar." 3
Bajamos.
La
sal se queda, sola. Profunda y alta, como una catedral.
*
* *
Hay
un ala blanca, un ala sola.
Hay
el ala de una mariposa, ala blanca de sal, clavada contra
el suelo por la punta del alfiler del sol.
Ala
blanca detenida en el álbum inmenso de la Puna.
¿Y
dónde, dónde está la otra ala?
¡Arriba,
arriba, arriba, entre las nubes, alta, revoleando su
espuma, agitándose siempre, ala blanca de viento...!
¡Mariposa
doliente, partida al medio, herida, con un ala prisionera
en el suelo y la otra queriéndose escapar!
Mariposa
de lucha permanente. ¿Habrá fiesta en el cielo o
desgarro en la tierra el día que liberes tu ala presa y
salgas a volar por el espacio? Mariposa de viento,
mariposa de nube, mariposa de sal...
*
* *
"¿Va
para abajo, doña?"
Pequeñísimos
son. Saltando vienen, con patitas de cabra, desde arriba,
muy lejos, de los valles que están al otro lado, cargando
sus bolsas de verdura para llevarlas a Tilcara.
"¿Va
para abajo, doña?"
Pensaba
seguir subiendo un rato más, pero, ¿cómo negarme a
regresar con ellos, con su gracia infantil que apareció
de golpe frente a mí, toda luz en los ojos, desde atrás
de una piedra?
En
un chisporroteo repentino, les baila la picardía en las
miradas: "Entonces... ¿nos lleva las bolsitas?"
Corriendo
me hacen bajar, cargando mis bolsas de verdura, a los
saltos no más, de piedra en piedra, hablándome de todos
sus parientes entre un salto y el otro...
Pequeñísimos
son. Ella, siete, y él, cinco. Más chiquitos parecen
todavía. Saltando viven, con patitas de duende, de un
valle al otro, atravesando cerros, llevando sus pequeños
cargamentos de vida, sus lucecitas verdes de legumbres,
hacia un lado y el otro, con un pie y otro pie de piedra
en piedra, bajo la gran salpicadura de silencio que, del
cerro a los valles y del valle a los cerros, se derrama.
*
* *
En
la mesa, pequeño, muy pequeño - cinco añitos - es
Santiago quien habla: "¿Viste, mami? Maimará es
amarillo y Tilcara es azul..."
Misterio.
Juego sutil del aura de las cosas, de la luz, de los
nombres.
Apertura
del ojo de los duendes.
Visión
infantil de algún murmullo, de algún resplandor
inexplicable.
Poético
impulso de atrapar el misterio en palabras.
"Maimará
es amarillo y Tilcara es azul."
"¿Y
Buenos Aires?," averiguo yo.
"¿Buenos
Aires...? Celeste."
*
* *
Jueves
de Compadres, 4 por la noche. Calle
Alverro hacia arriba. La negrura es total. ¿Dónde está
el mundo? Como en un sueño voy, tranquila y sola, por esa
calle oscura como un puente tendido sobre el tiempo de la
nada a la nada. Marcho en busca de un nombre de resonante
anacronía: "FM Pirca".
Cruza
un hombre hacia abajo. Sin que yo le pregunte, me
contesta: "¿Vas a Pirca? Dos cuadras más
allá".
Y
pronto, al borde de la calle en sombras, se abre el oasis
de la luz. Voces, ruidos, olores. La humanidad se muestra
de repente. La humanidad se enciende, se despliega, se
arracima, gira. La ronda de copleros está allí. Más de
una ronda simultánea. Embriagadora confusión de coplas,
cajas, vasos, ponchos y sombreros.
Me
detengo, justo al borde del círculo. Es como un agua en
lento remolino, girando suavemente, levantando temblores
en el aire. ¿Entrar? ¿Quedarme afuera? ¿Qué soy allí,
de pie? ¿Quién soy allí, mirando, visitante extranjera?
Le
dicen Cachamay, y me sonríe. Y me da, con la mano,
un puñado de mote - frío, horrible, prodigioso - y su
vaso de vino. Ceremonia de encuentro: beber es comulgar,
ingresar en el círculo sagrado. Se abre la ronda, blanda,
como agua: entro, estoy adentro, giro...
Una
hora, dos horas, tres horas, cuatro horas... ¿Qué cosa
es un reloj? El tiempo canta.
Lenta,
muy lentamente, paso a paso, como balanceándose dormidos
sobre un pie y otro pie, los copleros se mueven - yo con
ellos - los copleros se dejan llevar por el oleaje, se
entregan dulcemente al automatismo de la ronda.
Un
vaivén en los pies, un vaivén en las voces, un vaivén
en las coplas que van de caja en caja rebotando, que una a
la otra se responden, se buscan, se provocan, se tientan y
se acoplan. Un vaivén en el canto que sube y se derrumba
y chapalea en el fondo de todas las gargantas,
extrañamente lento y arrastrado en sus notas finales,
como imitando una gárgara de tierra, una pastosa gárgara
de sombra. (Ronda de sapos junto al agua, en torno a la
ausencia de la luna).
Sube
la voz en una ansiosa, repentina, zambullida hacia el
cielo - chisporroteo hacia la luz - y retorna a la
sólida, ronca, sombría vibración de la Tierra que dura.
La Tierra está en todas las gargantas; los golpes de la
caja la sostienen, la crean, la levantan.
Sobre
la Tierra giran. Mujeres, hombres, jóvenes y viejos. De
los valles, del cerro, de los pueblos. Variedad de
tonadas, de tonos, de matices: en la Tierra se encuentran,
en la caja se hermanan. Unísono latido: golpe a golpe, en
una sola ronda los sostiene, los crea, los levanta.
Una
hora, dos horas, tres horas, cuatro horas... ¿Qué cosa
es un reloj? El tiempo bebe. La Pachamama bebe. Todos
beben.
Beber
es comulgar, entrar en el círculo sagrado. Giran los
hombres en torno de los vasos, los vasos en torno de los
hombres. El círculo es un vaso que se agita. El Cielo
bebe en él. La Tierra bebe en él. La sombra bebe.
Mareada, tambaleante, gira la ronda en el centro de la
Tierra, gira el cielo en torno de la Tierra y la Tierra en
torno de la copla. Bebe música el aire. Beben tiempo las
cajas. Beben en una ronda Cielo y Tierra.
La
vida bebe, brinda, canta, baila, se celebra; se sostiene,
se crea, se levanta. Beben la vida, en una sola ronda,
misteriosa y profunda, las gargantas.
*
* *
No
son las casas, reconstruidas con prolijidad, las que me
hacen visitar el Pucará.
No.
Es
el puente. Movimiento suspendido en sí mismo, encantado
en su propia permanencia, colgado de la cúpula del cielo
por un hilo de sol. Arco tendido de una orilla a la otra
de la vida, sobre el río que pasa y pasa y pasa. Flecha
lanzada al más allá.
Umbral
a un otro mundo que se ofrece, allá lejos, neblinoso de
luminosidad.
Es
la piedra-campana. Misterio de una voz impredecible que
canta y que resuena y echa a volar de un golpe por el aire
la pesadez enorme de la roca, con transparencias sonoras
de cristal.
Es
el viento que siempre se levanta en la cima, justo allá
donde la vista alcanza toda la profundidad de la Quebrada.
El viento que nos echa a la cara, de repente, la
inmensidad hondísima del mundo, la inmensidad hondísima
del tiempo, y que sopla, que sopla, como de abajo mismo de
la Tierra, como de abajo mismo de la Historia, con su
pulmón descomunal de olvido, de fuerza y de memoria. El
viento que perdura y se renueva. El viento sobrehumano
que, de pronto, se humaniza en el sikus, y entrega
mansamente, suavemente, la dulce profundidad de su
silbido.
Es
el viento que anda, el viento que habla y que recuerda.
Y
son , sobre todo, los cardones, extrañamente humanos
contra el cielo, con sus brazos alzados.
Los
cardones trepados a la piedra y enganchados al viento.
Apiñándose
aquí, en tumultuosa y detenida asamblea; desparramándose
hacia allá, como marchando ¿adónde? Gesticulando
siempre; altivos, expresivos, obstinados.
¿Fantasmas
de indios muertos? Evocación del pueblo que palpitó de
pie sobre las rocas con la vista en el sol. Presencia
insoslayable en el paisaje de una humanidad mimetizada con
la Naturaleza, adherida a las plantas y a los cerros, al
aire y a la luz.
Presencia
de un espíritu que ronda, que aguarda, que reclama.
Presencia
de un silencio que se colma de tiempo, que rebalsa su vida
sobre el tiempo.
Presencia
de una voz que se levanta, desplegando palabras a través
del silencio.
Presencia
de un anhelo que no cesa.
Presencia
de presencias.
Presencia
de un misterio.
Los
cardones.
*
* *
No
es un río que cae frente a nosotros. Es un viento que
sube desde atrás.
Porque
el futuro sopla desde atrás, como un viento que sube,
nunca se sabe adónde volará el sombrero.
Hacia
aquí o hacia allá, el camino aparece y nos empuja.
"Hoy
estoy aquí / mañana no sé / pasado mañana / ¿dónde
me encontraré?"
5
El
Jueves de Comadres, al bajar de la challa en el
mojón, de repente alguien dice: "Hoy hay señalada
en Huichaira..."
Y
poco después estoy ahí, en la caja de la camioneta, en
busca de la fiesta, cerro arriba...
Sorpresa.
Maravilla inesperada de irme hundiendo, con el frío del
viento en las mejillas y los pulmones ávidos de cielo, en
el pincel crepuscular del cerro... Sorpresa y maravilla ir
recibiendo, en el pequeño rectángulo en que estamos, en
honda y resonante caída libre, el diapasón de luz de
cada estrella.
¿Quiénes
somos? Una mujer viejísima, coplera -pequeña,
arrugadita, dulce - ; otra coplera, joven, con su niño en
los brazos; más hombres, niños y mujeres... un puñado
de humanos.
Un
coplero (me ha ofrecido su albahaca más temprano),
sentado frente a mí, de repente me invita: "Mañana
voy a viajar para Abra Pampa, a pasar el desentierro
allá. Si te gusta, podemos irnos juntos."
Puedo
decir que sí, puedo decir que no... sopla un viento que
viene desde atrás: pasado mañana ¿donde me encontraré?
Sonrío.
El coplero es hermoso. Pero digo que no. (Poco después,
se apartará del grupo: por el largo camino, vuelve a pie,
oteando entre los cerros la aparición de algún nuevo
deseo. Pasado mañana, ¿dónde se encontrará?)
La
camioneta, de pronto, se detiene: ha llovido, el terreno
está barroso, no se puede seguir. Río arriba,
continuamos a pie. Es noche ya. No se ve nada. Nada. Sólo
una antigua memoria de la nada nos permite seguir.
¿Quizás va creando cada pie el terreno que pisa? Hacia
arriba, hacia el centro de la noche, nuestra marcha
deviene fantasmal. ¿Adónde, para qué y por qué vamos,
entre tropezones, sobresaltos y risas?
Baja
un hombre a caballo. ¿Lo vomita la nada? Se desprende de
pronto de la sombra, como una palabra inesperada,
aparecida no sé cómo de no se sabe dónde, para
aterrizar sobre un discurso, de por sí, extravagante, que
cruza, de piedra en piedra, el sinsentido...
Un
hombre.
A
caballo.
Y
con sombrero.
Suelta
palabra que cabalga, de la nada a la nada, sobre el mundo
que rueda.
"No
sigan, el mundo se termina".
No.
No fue eso lo que dijo. La fiesta se termina. Hay agua en
el camino. Es peligroso, es tarde. No tiene sentido
continuar.
¿Tanto
andar y volverse sin la fiesta?
Pero
cerca de ahí hay una casa, una puerta, una luz...
Llegamos. Se abren puertas y brazos. Y la chicha nos da la
bienvenida. Nos quedamos allí. El tiempo, ¿se detiene o
se emborracha? Vasos, coplas, sombreros, cajas, ponchos...
todo empieza a girar. Va llegando más gente desde
arriba...
Una
hora, dos horas, tres horas, cuatro horas... la ronda
sigue, tambaleante, en pie. ¿Quiénes somos? Un puñado
de hombres y mujeres, lanzados a pique por el viento
contra el talud enormísimo del cerro, en torno de una
luz... Un puñado de humanos que festejan en la tierra que
gira.
Hacia
atrás, hacia el fondo oscurísimo y profundo donde la
casa se abre al Universo, hermanada con alguna muchacha
cuyo nombre no puedo recordar, me voy a orinar con las
estrellas.
Aquí,
donde la coronilla toca el cielo, se vuelve nuevamente
sagrado el gesto simple de hacer fluir el agua, que hacia
la Tierra quiere retornar.
Y
cae, vertiginosamente cae el aluvión de luces sobre mí.
*
* *
Altísimo
en el cielo corre Mayu, "el Río" - la
Vía Láctea.
Pensativa
va el agua por la hondura de aquel mundo de arriba,
fluyendo, siguiendo su camino, salpicando de luz sus dos
orillas.
¿Qué
peces de misterio dejarán sus huevos transparentes en la
transparencia de esa espuma?
Contaban
los Antiguos que de Mayu cayó a la Tierra un día
toda el agua que formó los ríos, los lagos, los arroyos,
y que, corriendo, se desbordó en los mares.
Alegre
iba el agua por el mundo, cantando, siguiendo su camino,
salpicando de verde sus orillas.
Los
hombres, las plantas y las llamas, sedientos, la bebían.
Pero
¡cuidado! que también en el Mundo de Arriba hay
gargantas con sed...
Yaqana
es la llama negra que galopa en el cielo, al Sur de la
Vía Láctea. Oscuro polvo cósmico la forma. Oscura,
invisible, inagotable ansiedad la de su lengua: Yaqana,
la sedienta, se bebe cada año toda el agua, la absorbe en
la esponja negra y enorme de su cuerpo. Seca queda la
Tierra, suplicante.
¿Morirán,
pues, de sed los sembradíos, las mujeres, los hombres,
los niñitos, los abuelos, los animalitos...?
¡Yaqana,
danos agua!
Cuando
llega el verano, satisfecha, henchido ya de líquido su
cuerpo, deja caer Yaqana su milagrosa orina sobre
el mundo.
¡Y
entonces llueve, nuevamente llueve!
¡Sobre
la Cordillera llueve y llueve!
Abierta,
temblorosa, toda la Tierra espera, enamorada, la dulce
inseminación de las estrellas.
¡Y
llueve, llueve, llueve!
En
enero y febrero, sobre el Tawantinsuyu llueve y
llueve.
¡Qué
pezuñas de barro se abalanzan de golpe por los ríos!
¡Qué
alboroto de vida por los valles!
¡Qué
surtidor de música en los cerros!
¡Qué
descorchar de líquido en el mundo!
Abiertas,
temblorosas, más sedientas que nunca, hacia el cielo se
vuelven las gargantas.
¡Y
llueve, llueve y llueve!
Chicha,
aguardiente, vino: todo llueve.
Todo
circula y corre por el mundo: el agua, la gente, el baile,
los deseos, el amor y la chicha...
Todo
fluye en el Cielo y en la Tierra; todo fluye en el cuerpo,
microcosmos que absorbe como esponja los líquidos
preciosos y los vierte a la Tierra nuevamente.
¡Yaqana,
no retengas la luz de nuestra vida en tu vientre de
sombras, no olvides que aquí estamos: danos agua!
Sobre
el Tawantinsuyu llueve y llueve.
Alegre
va la vida por el mundo: cantando, circulando, salpicando
de luz sus dos orillas.
Se
está moviendo: sigue su camino.
*
* *
Profunda,
revoleando su espuma por los toboganes del espacio, se
despliega la vida, inagotable...
¿Qué
encantador, qué mago poderoso seduce de repente a todas
las serpientes de la luz y los basiliscos de la sombra, a
todos los dragones del aire, las anguilas del agua y las
salamandras crepitantes del fuego y los guarda en el
mínimo vientre de una sola vasija?
"El
Cosmos dentro de la tinaja de chicha"... 6
Pero,
¿cómo? ¿Tanta profundidad cabe en las manos?
¿Tanta
luz, tanta sombra, tanto aluvión de estrellas, en la
simplicidad de una tinaja?
¿Cabe
el mundo en un grano de maíz?
¿Ilusionismo?
¿Juego de palabras? ¿Divagación un poco pintoresca?
No.
Realidad
fermentando de misterio.
Realidad
desbordada de sí misma.
El
corazón humano galopando, saliéndose de madre como un
río impetuoso de febrero, desbordándose siempre,
desbordando sus ojos, sus manos, sus tinajas... forzando
con las flechas de su anhelo el cerco virtual del
horizonte.
El
corazón en plena cacería. La más alta y antigua.
Cacería
de luces y de sombras, de cumbres y de abismos.
Cacería
de honduras de sentido: más y más profunda realidad.
¿El
Cosmos durmiendo en la tinaja?
Sí.
¿Obra
de magia entonces?
Sí.
Magia
de imágenes que flotan, que danzan, que se cruzan, que
copulan bailando por el cielo.
Magia
del entrelazamiento amoroso de los mundos.
Es
la magia de la analogía, que despliega sus redes
transparentes en el océano del estremecimiento.
La
analogía, que hace estallar furtivamente, en el cuenco de
la vida cotidiana, sus silenciosas bombas de infinito.
Onda
expansiva de los ojos. Onda expansiva del entendimiento.
Resonancias.
Reverberaciones. Ecos que ahondan las honduras hondísimas
del mundo.
Magia
expansiva del espejo que duplica la luz.
El
sol en una gota de rocío.
Mil
soles en mil gotas de rocío.
El
mundo en un grano de maíz.
¿El
Cosmos metido en la tinaja? Que así sea.
También
ésa soy yo; también es así mi propio juego.
Es
la poesía, conquistando el cielo.
*
* *
Y
teje, teje, teje el corazón humano, con la baba caliente
de su lengua, las telarañas de deslumbramiento.
Redes.
Redes
sutiles, impalpables, leves.
Redes
de imágenes, de ritmos, de sentidos.
Y
en ellas, cada gota imperceptible de rocío se agiganta en
un sol.
Y,
así deslumbrado, descentrado, explota el ojo humano en
abanico, como un universo en expansión, para abarcar en
un solo vistazo, en un solo latido, el mínimo cuerpo de
un guijarro y el géiser estelar.
El
corazón, en plena cacería, proyecta, desbordado, sobre
el mundo, la inagotable luz de sus visiones.
En
amoroso salto de captura, despliega sus palabras en el
cielo.
Es
la más alta cacería: la cacería de constelaciones.
Figuras.
Sueños. Mitos.
Costura
luminosa de los mundos.
Maravilla.
Profundidad. Fulgor.
Belleza
del poema cotidiano:
Un
hombre, una mujer, hacen su chicha.
En
sus tinajas hierve el infinito.
*
* *
Blanco
semen de luz cayendo al mundo.
Blanco
semen del ojo que gotea, que eyacula en el mundo sus
visiones.
Blanco
semen fluyendo hacia la vida desde el misterio de los
manantiales.
Estrellas
que gotean y gotean sobre la espesa sangre femenina, que
bulle de amor en las tinajas.
Travesaño
del cielo: de tu clavo de luz cuelga, a la espera de las
transmutaciones, la vasija donde se cuece el mundo.
Gotean
y gotean las estrellas.
Se
inflaman las venas de la Tierra y revienta su sangre
fermentada, desbordando los ríos.
Turbia,
menstruante, oscura, desparrama su fuerza por el mundo,
tumultuosa de fecundidad.
Turbia,
menstruante, oscura, se alborota de amor en la tinaja.
Se
cocina la chicha lentamente.
Gotean
y gotean las estrellas.
Se
transforma el maíz.
Vasija
de misterio: en la noche profunda de tu vientre el Cielo y
la Tierra se desposan; una mujer y un hombre se desposan.
Hierven.
Desbordan el río de su ser. Fermentan. Se penetran. Se
revuelcan de gozo en el phusuqu, espuma de mucha
luz y mucha sombra, orgásmica embriaguez del infinito.
¿Cuál
oro nace, entonces, de esta erótica alquimia de la
chicha?
El
oro de la energía transformada: material y poéticamente
transformada por las manos y los sueños humanos.
Conservada en lo oscuro de la Tierra, desplegada en lo
altísimo del cielo. El grano de maíz en las estrellas.
La
vida que desborda, se levanta, festeja, se procrea.
La
fuerza vital multiplicada y multiplicadora de sí misma.
Serpiente
multicolor del arco iris que se muerde la cola: el licor
de tu oro - el oro del infinito destilado por la acción
ensoñada de los hombres - fermenta hondamente en la
tinaja y hace espuma en el vaso luminoso que, en torno de
la Tierra, de mano en mano gira y gira y gira...
*
* *
Sábado
de Carnaval en Maimará.
Algo
estalla de golpe en cada cerro. Una bomba de estruendo...
La estampida de todos los Diablos...
Y
de repente se desploma el mundo sobre el misterio de esa
larga calle. Llueve: por todos los rincones llueve gente.
Interminable chaparrón humano cayendo sobre el pueblo.
Llueve y llueve. En unas horas llueven multitudes y se
inundan las calles de personas, de autos, de barullo, de
música y de bailes, de coloridas ferias ambulantes, de
comparsas, de perros, de banderas, de disfraces, de
albahaca y serpentinas, de amigos que se abrazan, de
humaredas de talco, de amores que se buscan o se
encuentran.
Sobre
esas calles, en invierno viudas y reconcentradas de
silencio, desparrama la vida en una tarde, como si
reventara una piñata gigantesca en el centro del cielo,
la bulliciosa luz de sus polleras.
* * *
No
obstante, es necesario detenerse, generar esos remansos
circulares donde la vida puede abrirse en gajos dulces o
ser compartida como un pan.
A lo
largo del pueblo, aquí y allá, cuadrúpedas y mansas,
ponen las mesas lomos amigables.
Aquí y
allá, por todos los rincones, sobre todas las mesas,
llueve gente.
Aquí y
allá, por todos los rincones, sobre todas las mesas,
aparecen, de pronto, las guitarras.
Brotan.
Quién sabe cómo. Quién sabe de dónde. Misterio de
música en el aire. Surtidores de luz sobre las mesas. La
fantástica fauna musical desciende suavemente sobre el
pueblo: flotando van y vienen instrumentos - algún
violín, un bombo, bandoneones, saxo, charango, quenas -;
flotando van y vienen, sin apuro, de un bar al otro, de un
pueblo al otro, de una noche a otra, por misteriosas
rutas, van y vienen... Sobre todo guitarras: manadas
interminables de guitarras navegan a la deriva por el
cielo, se arremolinan, giran, aterrizan sobre las mesas
cálidas del mundo.
Ubicuas,
promiscuas, repentinas. Generosas: celebran el milagro
pagano de la multiplicación de las gargantas. Así, de
bar en bar, de mesa en mesa, de mano en mano, giran,
luminosas y frescas, profundas y calientes, las guitarras.
Aljibe
musical al que se asoman, sedientos, los oídos, las bocas
y los dedos.
Sol
pequeño, fogata a la altura de las manos, en torno de la
cual el canto humano gira y gira y gira...
* * *
Sábado,
casi domingo, Maimará.
Mareada,
vacilante, sin apuro, va llegando la luz para desayunar
sobre este mundo, después de una larga trasnochada en
algún bar abierto por el cielo. Se van desperezando,
desmayados, los colores del cerro. Despacio, el sol empuja
las tranqueras. A los bostezos se despierta el viento.
Sábado,
casi domingo, Maimará. Después de las guitarreadas y del
baile, después de los takiraris y las cumbias, después
de la larga trasnochada en un barcito extraño, sumergida
en un manso murmullo de borrachos que no quieren dormir...
Domingo,
muy temprano, Maimará. ¿Cómo decir la luz tan
transparente, tan liviana, que baila por todo el pueblo su
strip-tease de arreboles...? La frescura del aire
matinal me llena los ojos de cristales. Piso la calle como
si flotara. Mi corazón respira y aletea, deseoso de alzar
vuelo...
Domingo,
muy temprano, Maimará: la noche trenzó su encanto
largamente. Un hombre hermoso me presta su sombrero, me
besa junto al río, me dice: "Vayámonos a Iruya..."
¡Iruya,
Iruya, Iruya!
¡Qué
cascada de música en mi lengua con sólo pronunciar esa
palabra!
Iruya,
Iruya...
Nunca
habremos de ir... ¿y qué más da?
Iruya
rueda en mí, por mi saliva, mezclando el sabor del beso
junto al río con el misterio hondísimo del cóndor.
"Blanca,
sobre la alzada palma del abismo..." 9
, Iruya es toda blanca en mis ensueños, toda blanca en mi
lengua: blanca de sol, de sal , de lejanía; evocación de
un cielo inaccesible, altísimo y barrido por el viento...
evocación de besos arrastrados, como piedritas blancas y
perdidas, por la luz de los ríos... promesa, simplemente,
de un ensueño... Disponibilidad...
El
domingo siguiente, mientras los fuegos queman al Diablo
hasta el próximo año, el hombre que hablaba junto al
río es sólo una sombra que no llega. No viene... que
más da... No era el amor que regresaba; era sólo promesa
de un ensueño, invitación al baile, evocación de cielos
que circulan, flotando, por el aire, dan vueltas y
vueltas, aterrizan de golpe sobre el mundo, se muestran y
se esfuman y algún día, sorpresivamente, desnudos, se
dejan alcanzar...
Cielos,
mundos, ensueños... posibilidades que circulan, azares de
fuerzas que se cruzan... campos magnéticos que flotan, se
acarician y siguen su camino...
Yo
camino, tranquila, levemente arrastrada por el aliento
agreste de la noche, de una punta a la otra de esta calle
Belgrano que atraviesa, de la sombra a la sombra, cruzando
un sobresalto de fogatas, el misterio de un pueblo: Maimará.
"Estrella-que-cae",
estrella fugaz que se desmaya: estrella que fulgura nueve
noches entre el Cielo y la Tierra, crepitante de músicas
y bailes, y retorna después a su silencio, pintado
dulcemente entre los cerros.
Yo
camino, tranquila, y voy de "Casatchok" a
"Cerro Negro", pasando por "Los Acidos",
que cantan, por "Avenida de Mayo" 10 ,
que me arrastra, me arrastra, en su tumultuoso remolino,
hasta su mojón, casi en el río. Bailando junto al fuego,
me hace girar un hombre cuya cara no veo, cuyo nombre no
sé, entre el rojo y el negro.
Ya
está. Ya están ardiendo todos los Diablos. Termina el
Carnaval entre lamentos. Largos discursos lloran
despedidas en este extraño punto donde lindan la
oscuridad, el fuego, el cerro, el cielo, el río...
Risas y
cantos, poco a poco, van sumergiéndose en la noche...
Abre sus ojos abismales el silencio estrellado de
infinito. Temblorosos se cubren los humanos, que palpitan,
soñando, en la Tierra que gira...
Yo me
alejo y sonrío.
Iruya
misteriosa: no olvido el encanto de tu nombre susurrado en
mi oído, junto al río.
Junto al
río dulcísimo del beso que pasa y pasa y pasa...
Mi
corazón ensueña lejanías: me estoy moviendo, sigo mi
camino.
* * *
Enero.
Mes de fiesta en Tilcara.
¿Cómo
decir: se encienden?
¿Cómo
decir: las chacareras ponen bombas de luz bajo las mesas?
¿Cómo
explicar: es una Peña, y de una sola peña nace el fuego?
Por el
solo frotar de los violines y el golpe apasionado de los
bombos.
El aire
se caldea, la música los alza sobre el mundo, se
encienden y galopan. Se alzan como una oleada repentina.
Se alzan la voz, el canto, las miradas; se levantan los
brazos, las ganas, las gargantas; se alzan sobre sí
mismos y galopan, levitando de golpe sobre el tiempo.
Queda la
peña arriba, suspendida, girando sobre un salto de
música y de vino y un remolino humeante de tabaco y de
hojitas de coca.
Es la
peña "El Diablero" y yo giro, feliz y
desenvuelta como un astro sin rumbo rebotando
vertiginosamente de planeta en planeta, yo giro y giro y
giro entre las mesas, llevando en mi bandeja circular
otros minúsculos sistemas planetarios, con sus soles
centrales - las botellas - y su múltiple órbita de
vasos.
Es la
peña "El Diablero" y su éxtasis de azufre nos
embriaga.
¿Cómo
explicar: alguna cosa estalla en los sombreros? La
chacarera alza los hombros, agita y zarandea su pollera,
de un solo golpe hace bailar al mundo; las sayas11,
sacuden la cabeza y por el cielo saltan las estrellas.
Después,
de madrugada, se vuelven más dulces las guitarras, las
voces se hacen quedas, desmayadas se apiñan las botellas,
nace una niebla de los ceniceros... La luz, que quiere
entrar por las ventanas, teje su poncho de melancolía, y
blandos, olvidados, tranquilamente duermen en las mesas.
Sobre la
balsa dulce de las mesas, dejándose llevar por el oleaje
sin apuro del tiempo, navegan la luz del alba, los machados.
En una
sola noche, la peña se levanta hasta el centro del cielo
y se desploma. Como el sol. Como el amor. Como la hoguera.
* * *
En
febrero del 95 viajo de nuevo hacia Jujuy. Se sienta a mi
lado un hombre joven. Conversamos. Es humahuaqueño.
Trabaja como obrero metalúrgico en el Gran Buenos Aires,
en Munro, después de haberlo hecho varios años en las
fábricas de Tierra del Fuego. "Cualquier cosa, me
dice, cualquier cosa hacemos con tal de estar en Carnaval allá".
Un telegrama enviado a tiempo a los patrones, mintiendo el
grave estado de la madre, y... de Retiro a Jujuy el tiempo
no termina de pasar. "A veces, en esta época, se
corta el camino al Norte por la lluvia, pero los changos
esperan lo que sea, cruzan como sea... el sábado hay que
estar en Humahuaca". Se ríe: "Va a matarme mi
primo cuando vuelva: trabajamos en la misma máquina, y,
si yo falto, él tiene que quedarse".
Vive en
una piecita. Dos posesiones tiene, dos tesoros: su bandeja
para siete CD, que está pagando en cuotas, y el saxo, que
toca desde siempre. Pero ¿cómo tocar en la estrecha
pieza del hotel? ¿Cómo encontrar en ese sitio, y entre
un turno de trabajo y el otro, espacio para la vida que
desea reverberar a pleno en los pulmones...?
Quizás
no viene en realidad en micro: volando viaja, montado
sobre el saxo... Sobre el saxo, brillante como un sueño,
llegará hasta Humahuaca, estén o no cortados los
caminos. Allá, bien lejos de los mamelucos y las
fábricas grises, se vestirá de nuevo de colores.
Allá
serán la fiesta y el abrazo, la estampida del aire en los
pulmones, la estampida de música en los cerros. Su saxo,
entre los vientos de la banda, otra vez bailará de casa
en casa, otra vez cantará de calle en calle.
Será la
vida, la verdadera vida... ¿Un sueño solamente, de ocho
días?
Tanta
luz, tanta música percutiendo el cielo, ¿no acabarán un
día por romper este apretón de herrumbre en la garganta,
que apenas si nos deja respirar...?
* * *
Temprano
a la mañana, me despierta el altavoz que pasa y pasa, una
y otra vez, de calle en calle...
No, esta
vez no es una oferta de verduras, ni el anuncio de un
baile, un partido de fútbol o un concurso de pesca.
Una y
otra vez, de calle en calle:
"La
familia... participa a amigos y familiares el
fallecimiento de... ocurrido ayer, jueves... Las exequias
serán..."
Una y
otra vez pasa la muerte, repitiendo su cita.
Muy
joven, ayer, en los corrales, allá arriba, en el cerro,
muy joven, casi un niño.
Ayer,
jueves de challa y de festejo; hoy, viernes
funeral.
¿Morir
así, tan joven?
¿Morir
así, de alcohol, de puro alcohol, en plena fiesta?
¿Morir
en plena vida?
Las
preguntas aprietan la garganta. ¿Qué fiesta es ésa,
entonces? Dan ganas de salir corriendo, dando la espalda
al baile.
Pero
pensando un poco, ¿por qué no? Más mata la muerte que
la vida. Más matan el hambre, el frío, la miseria... o
el desarraigo en la ciudad.
Más
penosa, más ásperamente muere el hombre día tras día
trabajando mal por un penoso y áspero arañazo de pan...
Más
mata la pena que la fiesta.
Ayer, de
puro alcohol, en los corrales, muy joven, casi un niño.
Se
murió de vivir, de puro brindar para la vida.
Es su
pariente el hombre, también joven, que tres días
después baila conmigo. Cargando han tenido que traerlo, a
pie, desde allá arriba; cargándolo entre varios,
caminando, agonizando así, de cara al cielo, muy joven,
casi un niño, cargando lo han bajado, cargando lo han
traído al Hospital. Muy joven, casi un niño, casi un
muerto. Cargado, acunado, sostenido por un montón de
brazos que se apuran, se fue muriendo bajo las estrellas.
Su féretro crecía entre las piedras, como una sombra
más entre las sombras, mientras lo iban bajando los
amigos...
Es su
pariente y hoy baila conmigo. Cargando, como a un niño,
lo ha bajado. Le duelen los brazos todavía. Le duele, en
algún sitio de la fiesta, el viernes funeral. La muerte
no le quita lo bailado, ni le quita las ganas de bailar.
No muere en una muerte el Carnaval.
Bailando
me sonríe. Con callada elegancia alza los brazos, me
dirige en el baile, me hace girar, sonríe, sin hablar. Es
albañil; trabaja por aquí o por allá, donde se pueda -
Salta, Jujuy, Bolivia - donde el viento y el escaso
trabajo lo llamen por un tiempo. Pero en Semana Santa,
cada año, quiere estar en Tilcara.
Es su
vida: la banda de sikuris.
Dice que
aprendió a tocar solo, o quizás conversando con el
viento, desde chico.
Es su
pasión, su fiesta, su alegría. Su despliegue de luz
entre los cerros: la colorida banda de sikuris. Con
ella irá tocando, cerro arriba, bailando sin parar, casi
saltando, volando casi, olvidado de los pies, sobre las
notas que caracolean, mientras la larga procesión,
cargándola en los hombros como a un niño, lleva a la
Virgen de Copacabana, día tras día bajo el sol, la
lluvia o las estrellas, hasta el santuario de Punta
Corral.
Cargando
subirán, bailando. Soplando subirá, casi volando.
Cargando
ha tenido que bajar, casi muriendo bajo las estrellas. Muy
joven, casi un niño.
La
muerte no le quita lo bailado, ni le quita las ganas de
bailar. Pero de pronto, en medio del tumulto, arrebata la
caja de un vecino, alza la voz y canta, con borracha
afonía, su desgarro:
"Una
sola vida tengo
dositas
quiero tener,
una para
vez en cuando,
la otra
pa’permanecer."
¡Copla:
mariposa doliente, abierta al medio, herida!
Mariposa
de lucha permanente, con un ala que quiere estar en Tierra
y la otra queriéndose esfumar...
Mariposa
dolientemente humana de anhelo sobrehumano: más vida,
más música, más luz...
* * *
Es
Carnaval. Se baila sin parar. La vida fluye, salta, se
alborota. Todo se suelta, buebujea, corre. La Pachamama
deja manar sus jugos. Llueve el cielo los suyos. La vida
se remueve, circulando, se renueva bailando. Llueve chicha
y cerveza en las gargantas. Llueven nubes de talco,
serpentinas. Llueve sudor humano del techo de zinc de los
galpones donde se baila hasta la madrugada. Circulando se
va de calle en calle, circulando se baila, se festeja.
Pero
¡cuidado! Es carnaval: cuidado. El Diablo anda suelto.
Alegre,
festivo, compañero, el Diablo que bebe y se divierte, que
ríe y enamora, también mete su cola, tiende sus trampas,
tiene sus caprichos. Cuidado. Puede haber sobresaltos en
el tiempo, sorpresas, turbulencias, accidentes. Abismos
explotando en plena fiesta.
Y la
generosa Pachamama, la amamantadora Pachamama, a veces
también abre su garganta de sombra; a veces, también
come.
Por eso,
año tras año, rueda tras rueda, se le canta:
"Pachamama
Santa Tierra
no me
comás todavía,
mirá
que soy jovencito
tengo
que dejar semilla."
* * *
Oigo
decir que se suicidan.
Oigo
decir que es alto el porcentaje de jóvenes suicidas en
Tilcara.
Oigo
decir que se suicidan.
Muchas
veces, cuando vuelven del baile.
¿Qué
cuerda los asalta? ¿Qué hipo de silencio? ¿Qué
disparo? ¿Qué badajo les da por la cabeza? ¿Qué
repique de muerte los alcanza?
¿Qué
rostros traicioneros tiene el hambre que clava sus uñas
en los valles? ¿Qué soledad destripa sus corderos,
lívida y desnuda, entre los cerros?
¿Qué
desarraigo implora en los cardones?
Blanca
es la horca. Cuelga de la luna. Qué vértigo. Qué
angustia. Qué dolor. Y qué extraño placer quedarse
así, colgando de la dicha. Flotando, detenidos para
siempre, por siempre suspendidos del más alto corcovo de
la Fiesta, sobre la Tierra que gira y gira y gira.
* * *
Suspendido
en el aire, alguien mira con suave parpadeo.
Su
mirada es un fleco de la luz.
Su
cuerpo, todo su cuerpo es parpadeo.
Lentejuela
repentina del cielo.
Vibración
fulgurante: colibrí.
Ojo del
Sol - síntesis del plumero luminoso del pavo real llamado
Sol - suspendido a la hora de la siesta, delante de la
casa, frente a mí.
Condensación
de la avidez de vuelo en leve y relampagueante parpadeo:
lo suyo es la gota dulce, el amor en la punta de la
lengua, el vértigo de la sed que se abandona en la
profundidad de un solo beso, cayendo hacia la miel -
temblando de placer mientras penetra los órganos
genitales de la Tierra, sus corolas de luz.
Más
lejos, allá arriba, el aire desatado en cataratas de
oxígeno indomable hace nacer otros amores, otras
modalidades del amor. Arriba, sobre el cerro, desplegadas
en el ansia total, abrazándolo todo, las ávidas alas de
los cóndores hacen más hondas y más altas las honduras
transparentes del cielo.