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   QUEBRADA

    Por Silvia Guiard


 

 
  
  

  Silvia Guiard

  Sueño de la visión mágica (introducción a la obra por la propia autora)

  Quebrada

Silvia Guiard nació en Buenos Aires en 1957. Utilizó durante varios años el seudónimo de Silvia Grénier, con el que publicó dos libros de poemas: Salomé o la búsqueda del cuerpo (Signo Ascendente, 1983) y Los banquetes errantes (diarios de viajes) (Signo Ascendente, 1987). Recientemente publicó, para chicos: Lombrices (Libros del Quirquincho, 1997) y Chantilly, el gato negro (Libros del Quirquincho, 1998).

  

    Aclaración: la edición digital de Quebrada que presentamos a continuación en esta Biblioteca Virtual Temakel tiene como precedente su edición impresa por Tsé-tsé ediciones en junio de 1998. 

 

 Comunicación con Silvia Guiard: sguiard@ciudad.com.ar

 

SUEÑO DE LA VISIÓN MÁGICA

A Vincent Bounoure, in memoriam.

  "Estoy sentada, sola, en medio de las montañas (sé que estoy al pie del Aconcagua). Aún dormida, conservo, como soñante, plena conciencia de los sentimientos de dolor, separación y pérdida que impregnan ese tiempo de mi vida, incluso de sus causas. Pero la montaña que me rodea es tan imponente y tan bella, tan maternal y llena de sol, que su sola visión calma mi angustia por completo, colmándome de un sentimiento extraordinario de alegría y fuerza."

(En la primavera de 1992 recibí el libro de Vincent Bounoure Vision d’Océanie, enviado por su autor desde París. De este hecho deriva directamente el sueño que tuve esa misma noche y que acabo de referir. Por un cierto recorrido asociativo, vinculado a la profesión de Bounoure - ingeniero en minería - me remonté, al comenzar a hojear el libro, al recuerdo de las vacaciones de mi infancia, que transcurrían en Mendoza, tierra de origen de mis padres y, para mí, fuente perdurable de encanto y maravilla. Por otra parte, al momento mismo de recibir el libro y constatar la generosidad de tal envío, recordé un fragmento de un texto del propio Bounoure cuyo tema es el don, y en el que se dice, en explícita referencia a la leche materna, que "en el plano de la ontogénesis (...) el don recibido es la experiencia económica original". A mí me basta con agregar la luz que emana de las mismas páginas del libro, a causa del intenso placer visual y poético que producen, para comprender de qué modo esa "Visión de Oceanía" se transformó en mi propia "Visión de la montaña".) 1

  Sueño-talismán, sueño todo de luz.

Comida imprescindible para el alma. ¿Leche? Leche del cielo, agua de la Vía Láctea: Luz.

Sueño de movimiento: toma el deseo infantil, regresivo de ampararse junto al pecho materno y lo expande hacia el mito. La cordillera toda me amamanta. Mi propia infancia, aureolada con toda su belleza, me sostiene en los brazos. Del pecho a la montaña, de la leche a la luz, la analogía abre el horizonte en abanico y me devuelve la plenitud del cielo.

El sueño abre la vida hacia adelante...

 

   



QUEBRADA

 

  A Gabi Karasik, Mario Arias, sus hijos Rocío y Santi, sus perros y su gata, por el cálido recibimiento que una y otra vez me ofrecieron en su casa, en la calle "Sorpresa sin número", en Tilcara.

 

"Quebrada". Juega la suerte a cara o cruz en la profundidad de una palabra, en la encrucijada del sentido.

"Quebrada". ¿Es ésta la palabra que elijo para nombrar un estado de mi ser? Quebrada de tristeza. Arrancado el amor, desgarrados los sueños, derrumbada la casa. La vida se destripa de repente, astillada de puro desconcierto.

Quebrada de dolor. Y ahora, ¿adónde ir?

"Quebrada": quiere la palabra darse vuelta, sacudir de un coletazo su sentido, abrir un nuevo rumbo hacia adelante.

Prodigio. Malabarismo de las voces. Es la misma palabra y vuelve a mí, de golpe, transformada: traspasada de repente de luz.

Quebrada es un lugar: la de Humahuaca.

"Quebrada" no es ya el sitio solitario en que me quieren encerrar las penas.

"Quebrada" es el camino que me lleva, rodando, sobre sí.

"Quebrada" es la apertura, el cielo desplegado entre los cerros, la bandera del aire transparente, el vértigo de luz en los pulmones.

Quebrada de Humahuaca es este sitio, este camino entre los arco iris, este alud de belleza en el que estoy.

 

* * *

Camino lentamente, junto al río. ¿Son un sueño los álamos que hablan, que agitan labios verdes y saludan? El sueño maternal de la montaña abre su entraña para mí: en él me muevo, sigo mi camino.

Me mira el sol, tranquilo, cabeceando, medio adormilado entre las nubes, que tratan de taparlo. Delgado pasa el río, sin apuro; conversa quedamente con las piedras, las acaricia, sigue su camino.

Se enciende junto a mí, con una luz que viene desde abajo, como del fondo mismo de la Tierra, la cresta blanca de las cortaderas. Las ideas les bailan de repente, remolino de suaves pensamientos, tocadas por un soplo de la brisa.

De lejos viene un indio con su burro. Despacio va, sereno, conversa quedamente con la leña, me saluda y sigue su camino.

Reverberan de golpe, en un sobresalto de presencia, los mágicos álamos plateados, contra un cielo que quiere desmayarse.

Allá lejos, bosteza el horizonte, misterioso de nubes y de honduras.

Respiro el aire inmenso del paisaje. Estoy despierta: sigo mi camino.

 

* * *

La montaña del sueño, que me envuelve, la montaña del sueño tiene nombre, tiene voz, tiene voces en ronda que la nombran. La Tierra, la redondez que gira y gira y gira, tiene la voz callada que mana hacia la luz en la apacheta, tiene la voz redonda de la caja que canta, tiene el latido suave, tiene el golpe profundo de la caja que va de mano en mano, tiene el eco que va de cerro en cerro, de quebrada en quebrada, y la copla que va de ronda en ronda.

Tiene el sueño que va de piedra en piedra, tiene el nombre redondo que le cantan las voces en ronda que la nombran:

Pachamama, kusilla kusilla. 2

Pachamama.

 

Sobre la Tierra que gira y gira y gira, me estoy moviendo, sigo mi camino.

 

* * *

 

Duermo entre los cerros y el I-Ching, entre el canto a deshora de los gallos y la luz de las cartas del Tarot, entre el cielo estrellado y el paisaje de las cartas astrales, entre el ladrido de los perros y tratados de Cábala y Alquimia, entre el lejano redoblar de cajas y la literatura medieval, entre el rasguido de guitarras y las revistas de Antropología...

Por fuera de la casa crece el sol, levantan su frente limpia las montañas, despliega su garganta de luces la Vía Láctea, alza su voz un pueblo que festeja.

Por adentro, ganando las paredes con voracidad de enredadera, crecen por todos los rincones los tentáculos multicelulares de la inagotable Biblioteca...

Una casa en el mundo, bajo el cielo que gira y gira y gira. Tiene su centro cálido en el mate, mundo pequeño a la altura de las manos, profunda calabaza-microcosmos en la que se reúnen agua y tierra, fuego y aire, para darnos su savia; misterio a la altura de la vida, mínimo mundo que en la rueda de amigos, de mano en mano, gira y gira y gira...

 

* * *

 

La Tana y el Lobito - los dos perros de la casa - y yo, nos vamos por la falda del cerro, hermanados como niños que juegan. Rebota mi corazón de piedra en piedra, en el centro del mundo. Alegre voy, subiendo hacia la luz.

Abajo, verde, se despereza el valle de Tilcara, tembloroso de vidas y de sol.

Liviana voy, converso con los perros.

Me alimentan los ojos, los oídos. Veo nacer el mundo para mí.

 

* * *

 

A mitad de mañana, entro a la humana algarabía del mercado. Huele a albahaca, a cebolla, a pimentón. Se agitan de colores las polleras, las bolsitas de especias, los sombreros, alguna premonición de serpentinas. Baila un desparramo de arco iris por los cajones de las verduleras.

Compro un kilo de rojo en los tomates y me siento feliz.

La vida está jugosa en los duraznos.

 

* * *

 

Maimará. Rosa, naranja, cobre: serpentea la luz sobre los cerros.

Abajo, junto al río, el viento que levanta polvareda y alza nubes de agua, pinta al mundo de lila.

Hacia adentro, entre las huertas verdes y el ocre rojizo del adobe, un girasol despliega, solitario, el alto kikirikí de su amarillo

En la estación, se duerme. Sonámbulos, los trenes que no existen circulan por un único color: el invisible.

Y acá, bajo el tinglado de la feria, inauguran su espléndido escándalo de rojo, los tomates; su lisura de dientes, los maíces; su recóndito mundo agazapado, las dulces calabazas-mujer; su fresquísimo verde, las acelgas; su chillido visual, las zanahorias.

 

Yo como los colores con los ojos.

 

"Estrella-que-cae": Maimará.

Patinando va el tiempo sobre un pie por esa casi única calle, alargada y rojiza, de una punta a la otra del misterio solitario de un pueblo. De un pueblo que fulgura, con su luz repentina, entre el Cielo y la Tierra. Estrella que no cesa de caer, estrella que hace estallar contra los cerros los múltiples colores de su luz.

 

* * *

 

De noche, en el fondo de la casa, caen todas las estrellas sobre mí. Cae, vertiginosamente cae la Vía Láctea, con su aluvión de luces, sobre mí. Chaparrones de estrellas se desploman, metiéndose en mis ojos, mi boca, mi garganta...

Corcovea mi aliento de repente, detenido un segundo, suspendido, alzándose de golpe sobre el mundo en el hipo abismal del infinito.

Chaparrones de sombras y de luces, chaparrones de honduras sobre mí.

 

* * *

 

A 4.000 metros sobre el mar, tocamos el misterio deslumbrante de la sal. Fantasmas de antiquísimos peces boquean, invisibles, en el aire invisible.

Cae el silencio a pique sobre el mundo.

Cae a pique la luz sobre la sal.

Inmóvil, la sal recuerda el día en que el mundo de pronto alzó los hombros, en un salto brutal, y la vació de sombras, de cavernas, de corales...

Desnuda está. Tendida. E indefensa. Lisa y abierta como un mantel sin dueño de donde vienen a sacar los hombres, sin permiso, puñados de sabor para sus mesas.

Ella los ve, los sabe.

La sal es un ojo sin descanso, un ojo sin pestañas, un ojo inmenso y solo cubierto de una lágrima seca.

La sal es una boca circular abierta en un asombro inextinguible. No hay lengua que le alivie la ardiente resquebrajadura de los labios. Pero tiene una voz de puñetazo, y el puñetazo blanco dice: "La inmovilidad es aparente. Todo lo que está abajo estará arriba. Todo lo que está arriba estará abajo. Yo espero el hipo de la eternidad".

La sal nos ve, nos sabe. Es un ojo sediento, devorante, vivo, que atrapa en sí mismo lo que ve. Porque añora su destino de agua, refleja ávidamente los nevados, el cielo, las oleadas de nubes que en ella limpiamente se desplazan.

¿Cómo no escuchar en este instante, entre las voces llevadas por el viento, una copla muy vieja, que, atravesando siglos, cargada con toda su nostalgia y su insaciable sed de lejanía, rodando, viene a mí?

 

"Las olas del mar

las olas del mar

yo no las he visto,

las oigo llorar." 3

 

Bajamos.

La sal se queda, sola. Profunda y alta, como una catedral.

 

* * *

 

Hay un ala blanca, un ala sola.

Hay el ala de una mariposa, ala blanca de sal, clavada contra el suelo por la punta del alfiler del sol.

Ala blanca detenida en el álbum inmenso de la Puna.

¿Y dónde, dónde está la otra ala?

¡Arriba, arriba, arriba, entre las nubes, alta, revoleando su espuma, agitándose siempre, ala blanca de viento...!

¡Mariposa doliente, partida al medio, herida, con un ala prisionera en el suelo y la otra queriéndose escapar!

 

Mariposa de lucha permanente. ¿Habrá fiesta en el cielo o desgarro en la tierra el día que liberes tu ala presa y salgas a volar por el espacio? Mariposa de viento, mariposa de nube, mariposa de sal...

 

* * *

 

"¿Va para abajo, doña?"

 

Pequeñísimos son. Saltando vienen, con patitas de cabra, desde arriba, muy lejos, de los valles que están al otro lado, cargando sus bolsas de verdura para llevarlas a Tilcara.

 

"¿Va para abajo, doña?"

Pensaba seguir subiendo un rato más, pero, ¿cómo negarme a regresar con ellos, con su gracia infantil que apareció de golpe frente a mí, toda luz en los ojos, desde atrás de una piedra?

En un chisporroteo repentino, les baila la picardía en las miradas: "Entonces... ¿nos lleva las bolsitas?"

Corriendo me hacen bajar, cargando mis bolsas de verdura, a los saltos no más, de piedra en piedra, hablándome de todos sus parientes entre un salto y el otro...

 

Pequeñísimos son. Ella, siete, y él, cinco. Más chiquitos parecen todavía. Saltando viven, con patitas de duende, de un valle al otro, atravesando cerros, llevando sus pequeños cargamentos de vida, sus lucecitas verdes de legumbres, hacia un lado y el otro, con un pie y otro pie de piedra en piedra, bajo la gran salpicadura de silencio que, del cerro a los valles y del valle a los cerros, se derrama.

 

* * *

 

En la mesa, pequeño, muy pequeño - cinco añitos - es Santiago quien habla: "¿Viste, mami? Maimará es amarillo y Tilcara es azul..."

Misterio. Juego sutil del aura de las cosas, de la luz, de los nombres.

Apertura del ojo de los duendes.

Visión infantil de algún murmullo, de algún resplandor inexplicable.

Poético impulso de atrapar el misterio en palabras.

"Maimará es amarillo y Tilcara es azul."

 

"¿Y Buenos Aires?," averiguo yo.

"¿Buenos Aires...? Celeste."

 

* * *

 

Jueves de Compadres, 4 por la noche. Calle Alverro hacia arriba. La negrura es total. ¿Dónde está el mundo? Como en un sueño voy, tranquila y sola, por esa calle oscura como un puente tendido sobre el tiempo de la nada a la nada. Marcho en busca de un nombre de resonante anacronía: "FM Pirca".

Cruza un hombre hacia abajo. Sin que yo le pregunte, me contesta: "¿Vas a Pirca? Dos cuadras más allá".

Y pronto, al borde de la calle en sombras, se abre el oasis de la luz. Voces, ruidos, olores. La humanidad se muestra de repente. La humanidad se enciende, se despliega, se arracima, gira. La ronda de copleros está allí. Más de una ronda simultánea. Embriagadora confusión de coplas, cajas, vasos, ponchos y sombreros.

Me detengo, justo al borde del círculo. Es como un agua en lento remolino, girando suavemente, levantando temblores en el aire. ¿Entrar? ¿Quedarme afuera? ¿Qué soy allí, de pie? ¿Quién soy allí, mirando, visitante extranjera?

Le dicen Cachamay, y me sonríe. Y me da, con la mano, un puñado de mote - frío, horrible, prodigioso - y su vaso de vino. Ceremonia de encuentro: beber es comulgar, ingresar en el círculo sagrado. Se abre la ronda, blanda, como agua: entro, estoy adentro, giro...

 

Una hora, dos horas, tres horas, cuatro horas... ¿Qué cosa es un reloj? El tiempo canta.

Lenta, muy lentamente, paso a paso, como balanceándose dormidos sobre un pie y otro pie, los copleros se mueven - yo con ellos - los copleros se dejan llevar por el oleaje, se entregan dulcemente al automatismo de la ronda.

Un vaivén en los pies, un vaivén en las voces, un vaivén en las coplas que van de caja en caja rebotando, que una a la otra se responden, se buscan, se provocan, se tientan y se acoplan. Un vaivén en el canto que sube y se derrumba y chapalea en el fondo de todas las gargantas, extrañamente lento y arrastrado en sus notas finales, como imitando una gárgara de tierra, una pastosa gárgara de sombra. (Ronda de sapos junto al agua, en torno a la ausencia de la luna).

Sube la voz en una ansiosa, repentina, zambullida hacia el cielo - chisporroteo hacia la luz - y retorna a la sólida, ronca, sombría vibración de la Tierra que dura. La Tierra está en todas las gargantas; los golpes de la caja la sostienen, la crean, la levantan.

Sobre la Tierra giran. Mujeres, hombres, jóvenes y viejos. De los valles, del cerro, de los pueblos. Variedad de tonadas, de tonos, de matices: en la Tierra se encuentran, en la caja se hermanan. Unísono latido: golpe a golpe, en una sola ronda los sostiene, los crea, los levanta.

 

Una hora, dos horas, tres horas, cuatro horas... ¿Qué cosa es un reloj? El tiempo bebe. La Pachamama bebe. Todos beben.

Beber es comulgar, entrar en el círculo sagrado. Giran los hombres en torno de los vasos, los vasos en torno de los hombres. El círculo es un vaso que se agita. El Cielo bebe en él. La Tierra bebe en él. La sombra bebe. Mareada, tambaleante, gira la ronda en el centro de la Tierra, gira el cielo en torno de la Tierra y la Tierra en torno de la copla. Bebe música el aire. Beben tiempo las cajas. Beben en una ronda Cielo y Tierra.

La vida bebe, brinda, canta, baila, se celebra; se sostiene, se crea, se levanta. Beben la vida, en una sola ronda, misteriosa y profunda, las gargantas.

 

* * *

 

No son las casas, reconstruidas con prolijidad, las que me hacen visitar el Pucará.

No.

 

Es el puente. Movimiento suspendido en sí mismo, encantado en su propia permanencia, colgado de la cúpula del cielo por un hilo de sol. Arco tendido de una orilla a la otra de la vida, sobre el río que pasa y pasa y pasa. Flecha lanzada al más allá.

Umbral a un otro mundo que se ofrece, allá lejos, neblinoso de luminosidad.

 

Es la piedra-campana. Misterio de una voz impredecible que canta y que resuena y echa a volar de un golpe por el aire la pesadez enorme de la roca, con transparencias sonoras de cristal.

Es el viento que siempre se levanta en la cima, justo allá donde la vista alcanza toda la profundidad de la Quebrada. El viento que nos echa a la cara, de repente, la inmensidad hondísima del mundo, la inmensidad hondísima del tiempo, y que sopla, que sopla, como de abajo mismo de la Tierra, como de abajo mismo de la Historia, con su pulmón descomunal de olvido, de fuerza y de memoria. El viento que perdura y se renueva. El viento sobrehumano que, de pronto, se humaniza en el sikus, y entrega mansamente, suavemente, la dulce profundidad de su silbido.

Es el viento que anda, el viento que habla y que recuerda.

 

Y son , sobre todo, los cardones, extrañamente humanos contra el cielo, con sus brazos alzados.

Los cardones trepados a la piedra y enganchados al viento.

Apiñándose aquí, en tumultuosa y detenida asamblea; desparramándose hacia allá, como marchando ¿adónde? Gesticulando siempre; altivos, expresivos, obstinados.

¿Fantasmas de indios muertos? Evocación del pueblo que palpitó de pie sobre las rocas con la vista en el sol. Presencia insoslayable en el paisaje de una humanidad mimetizada con la Naturaleza, adherida a las plantas y a los cerros, al aire y a la luz.

Presencia de un espíritu que ronda, que aguarda, que reclama.

Presencia de un silencio que se colma de tiempo, que rebalsa su vida sobre el tiempo.

Presencia de una voz que se levanta, desplegando palabras a través del silencio.

Presencia de un anhelo que no cesa.

Presencia de presencias.

 

Presencia de un misterio.

Los cardones.

 

* * *

 

No es un río que cae frente a nosotros. Es un viento que sube desde atrás.

Porque el futuro sopla desde atrás, como un viento que sube, nunca se sabe adónde volará el sombrero.

Hacia aquí o hacia allá, el camino aparece y nos empuja.

"Hoy estoy aquí / mañana no sé / pasado mañana / ¿dónde me encontraré?" 5

 

El Jueves de Comadres, al bajar de la challa en el mojón, de repente alguien dice: "Hoy hay señalada en Huichaira..."

Y poco después estoy ahí, en la caja de la camioneta, en busca de la fiesta, cerro arriba...

Sorpresa. Maravilla inesperada de irme hundiendo, con el frío del viento en las mejillas y los pulmones ávidos de cielo, en el pincel crepuscular del cerro... Sorpresa y maravilla ir recibiendo, en el pequeño rectángulo en que estamos, en honda y resonante caída libre, el diapasón de luz de cada estrella.

¿Quiénes somos? Una mujer viejísima, coplera -pequeña, arrugadita, dulce - ; otra coplera, joven, con su niño en los brazos; más hombres, niños y mujeres... un puñado de humanos.

Un coplero (me ha ofrecido su albahaca más temprano), sentado frente a mí, de repente me invita: "Mañana voy a viajar para Abra Pampa, a pasar el desentierro allá. Si te gusta, podemos irnos juntos."

Puedo decir que sí, puedo decir que no... sopla un viento que viene desde atrás: pasado mañana ¿donde me encontraré?

Sonrío. El coplero es hermoso. Pero digo que no. (Poco después, se apartará del grupo: por el largo camino, vuelve a pie, oteando entre los cerros la aparición de algún nuevo deseo. Pasado mañana, ¿dónde se encontrará?)

La camioneta, de pronto, se detiene: ha llovido, el terreno está barroso, no se puede seguir. Río arriba, continuamos a pie. Es noche ya. No se ve nada. Nada. Sólo una antigua memoria de la nada nos permite seguir. ¿Quizás va creando cada pie el terreno que pisa? Hacia arriba, hacia el centro de la noche, nuestra marcha deviene fantasmal. ¿Adónde, para qué y por qué vamos, entre tropezones, sobresaltos y risas?

Baja un hombre a caballo. ¿Lo vomita la nada? Se desprende de pronto de la sombra, como una palabra inesperada, aparecida no sé cómo de no se sabe dónde, para aterrizar sobre un discurso, de por sí, extravagante, que cruza, de piedra en piedra, el sinsentido...

 

Un hombre.

A caballo.

Y con sombrero.

Suelta palabra que cabalga, de la nada a la nada, sobre el mundo que rueda.

 

"No sigan, el mundo se termina".

 

No. No fue eso lo que dijo. La fiesta se termina. Hay agua en el camino. Es peligroso, es tarde. No tiene sentido continuar.

¿Tanto andar y volverse sin la fiesta?

Pero cerca de ahí hay una casa, una puerta, una luz... Llegamos. Se abren puertas y brazos. Y la chicha nos da la bienvenida. Nos quedamos allí. El tiempo, ¿se detiene o se emborracha? Vasos, coplas, sombreros, cajas, ponchos... todo empieza a girar. Va llegando más gente desde arriba...

Una hora, dos horas, tres horas, cuatro horas... la ronda sigue, tambaleante, en pie. ¿Quiénes somos? Un puñado de hombres y mujeres, lanzados a pique por el viento contra el talud enormísimo del cerro, en torno de una luz... Un puñado de humanos que festejan en la tierra que gira.

 

Hacia atrás, hacia el fondo oscurísimo y profundo donde la casa se abre al Universo, hermanada con alguna muchacha cuyo nombre no puedo recordar, me voy a orinar con las estrellas.

Aquí, donde la coronilla toca el cielo, se vuelve nuevamente sagrado el gesto simple de hacer fluir el agua, que hacia la Tierra quiere retornar.

 

Y cae, vertiginosamente cae el aluvión de luces sobre mí.

 

* * *

 

Altísimo en el cielo corre Mayu, "el Río" - la Vía Láctea.

 

Pensativa va el agua por la hondura de aquel mundo de arriba, fluyendo, siguiendo su camino, salpicando de luz sus dos orillas.

¿Qué peces de misterio dejarán sus huevos transparentes en la transparencia de esa espuma?

 

Contaban los Antiguos que de Mayu cayó a la Tierra un día toda el agua que formó los ríos, los lagos, los arroyos, y que, corriendo, se desbordó en los mares.

Alegre iba el agua por el mundo, cantando, siguiendo su camino, salpicando de verde sus orillas.

Los hombres, las plantas y las llamas, sedientos, la bebían.

 

Pero ¡cuidado! que también en el Mundo de Arriba hay gargantas con sed...

Yaqana es la llama negra que galopa en el cielo, al Sur de la Vía Láctea. Oscuro polvo cósmico la forma. Oscura, invisible, inagotable ansiedad la de su lengua: Yaqana, la sedienta, se bebe cada año toda el agua, la absorbe en la esponja negra y enorme de su cuerpo. Seca queda la Tierra, suplicante.

¿Morirán, pues, de sed los sembradíos, las mujeres, los hombres, los niñitos, los abuelos, los animalitos...?

 

¡Yaqana, danos agua!

 

Cuando llega el verano, satisfecha, henchido ya de líquido su cuerpo, deja caer Yaqana su milagrosa orina sobre el mundo.

¡Y entonces llueve, nuevamente llueve!

¡Sobre la Cordillera llueve y llueve!

Abierta, temblorosa, toda la Tierra espera, enamorada, la dulce inseminación de las estrellas.

¡Y llueve, llueve, llueve!

En enero y febrero, sobre el Tawantinsuyu llueve y llueve.

¡Qué pezuñas de barro se abalanzan de golpe por los ríos!

¡Qué alboroto de vida por los valles!

¡Qué surtidor de música en los cerros!

¡Qué descorchar de líquido en el mundo!

Abiertas, temblorosas, más sedientas que nunca, hacia el cielo se vuelven las gargantas.

¡Y llueve, llueve y llueve!

Chicha, aguardiente, vino: todo llueve.

Todo circula y corre por el mundo: el agua, la gente, el baile, los deseos, el amor y la chicha...

Todo fluye en el Cielo y en la Tierra; todo fluye en el cuerpo, microcosmos que absorbe como esponja los líquidos preciosos y los vierte a la Tierra nuevamente.

 

¡Yaqana, no retengas la luz de nuestra vida en tu vientre de sombras, no olvides que aquí estamos: danos agua!

 

Sobre el Tawantinsuyu llueve y llueve.

Alegre va la vida por el mundo: cantando, circulando, salpicando de luz sus dos orillas.

Se está moviendo: sigue su camino.

 

* * *

 

Profunda, revoleando su espuma por los toboganes del espacio, se despliega la vida, inagotable...

 

¿Qué encantador, qué mago poderoso seduce de repente a todas las serpientes de la luz y los basiliscos de la sombra, a todos los dragones del aire, las anguilas del agua y las salamandras crepitantes del fuego y los guarda en el mínimo vientre de una sola vasija?

 

"El Cosmos dentro de la tinaja de chicha"... 6

 

Pero, ¿cómo? ¿Tanta profundidad cabe en las manos?

¿Tanta luz, tanta sombra, tanto aluvión de estrellas, en la simplicidad de una tinaja?

¿Cabe el mundo en un grano de maíz?

 

¿Ilusionismo? ¿Juego de palabras? ¿Divagación un poco pintoresca?

 

No.

 

Realidad fermentando de misterio.

Realidad desbordada de sí misma.

 

El corazón humano galopando, saliéndose de madre como un río impetuoso de febrero, desbordándose siempre, desbordando sus ojos, sus manos, sus tinajas... forzando con las flechas de su anhelo el cerco virtual del horizonte.

 

El corazón en plena cacería. La más alta y antigua.

Cacería de luces y de sombras, de cumbres y de abismos.

Cacería de honduras de sentido: más y más profunda realidad.

 

¿El Cosmos durmiendo en la tinaja?

Sí.

¿Obra de magia entonces?

Sí.

 

Magia de imágenes que flotan, que danzan, que se cruzan, que copulan bailando por el cielo.

Magia del entrelazamiento amoroso de los mundos.

Es la magia de la analogía, que despliega sus redes transparentes en el océano del estremecimiento.

La analogía, que hace estallar furtivamente, en el cuenco de la vida cotidiana, sus silenciosas bombas de infinito.

Onda expansiva de los ojos. Onda expansiva del entendimiento.

Resonancias. Reverberaciones. Ecos que ahondan las honduras hondísimas del mundo.

Magia expansiva del espejo que duplica la luz.

El sol en una gota de rocío.

Mil soles en mil gotas de rocío.

El mundo en un grano de maíz.

 

¿El Cosmos metido en la tinaja? Que así sea.

También ésa soy yo; también es así mi propio juego.

Es la poesía, conquistando el cielo.

 

* * *

 

Y teje, teje, teje el corazón humano, con la baba caliente de su lengua, las telarañas de deslumbramiento.

Redes.

Redes sutiles, impalpables, leves.

Redes de imágenes, de ritmos, de sentidos.

Y en ellas, cada gota imperceptible de rocío se agiganta en un sol.

Y, así deslumbrado, descentrado, explota el ojo humano en abanico, como un universo en expansión, para abarcar en un solo vistazo, en un solo latido, el mínimo cuerpo de un guijarro y el géiser estelar.

El corazón, en plena cacería, proyecta, desbordado, sobre el mundo, la inagotable luz de sus visiones.

En amoroso salto de captura, despliega sus palabras en el cielo.

Es la más alta cacería: la cacería de constelaciones.

Figuras. Sueños. Mitos.

Costura luminosa de los mundos.

 

Maravilla. Profundidad. Fulgor.

Belleza del poema cotidiano:

Un hombre, una mujer, hacen su chicha.

En sus tinajas hierve el infinito.

 

* * *

 

Blanco semen de luz cayendo al mundo.

Blanco semen del ojo que gotea, que eyacula en el mundo sus visiones.

Blanco semen fluyendo hacia la vida desde el misterio de los manantiales.

 

Estrellas que gotean y gotean sobre la espesa sangre femenina, que bulle de amor en las tinajas.

Travesaño del cielo: de tu clavo de luz cuelga, a la espera de las transmutaciones, la vasija donde se cuece el mundo.

 

Gotean y gotean las estrellas.

Se inflaman las venas de la Tierra y revienta su sangre fermentada, desbordando los ríos.

Turbia, menstruante, oscura, desparrama su fuerza por el mundo, tumultuosa de fecundidad.

Turbia, menstruante, oscura, se alborota de amor en la tinaja.

Se cocina la chicha lentamente.

Gotean y gotean las estrellas.

Se transforma el maíz.

 

Vasija de misterio: en la noche profunda de tu vientre el Cielo y la Tierra se desposan; una mujer y un hombre se desposan.

Hierven. Desbordan el río de su ser. Fermentan. Se penetran. Se revuelcan de gozo en el phusuqu, espuma de mucha luz y mucha sombra, orgásmica embriaguez del infinito.

¿Cuál oro nace, entonces, de esta erótica alquimia de la chicha?

El oro de la energía transformada: material y poéticamente transformada por las manos y los sueños humanos. Conservada en lo oscuro de la Tierra, desplegada en lo altísimo del cielo. El grano de maíz en las estrellas.

La vida que desborda, se levanta, festeja, se procrea.

La fuerza vital multiplicada y multiplicadora de sí misma.

 

Serpiente multicolor del arco iris que se muerde la cola: el licor de tu oro - el oro del infinito destilado por la acción ensoñada de los hombres - fermenta hondamente en la tinaja y hace espuma en el vaso luminoso que, en torno de la Tierra, de mano en mano gira y gira y gira...

 

* * *

 

Sábado de Carnaval en Maimará.

Algo estalla de golpe en cada cerro. Una bomba de estruendo... La estampida de todos los Diablos...

Y de repente se desploma el mundo sobre el misterio de esa larga calle. Llueve: por todos los rincones llueve gente. Interminable chaparrón humano cayendo sobre el pueblo. Llueve y llueve. En unas horas llueven multitudes y se inundan las calles de personas, de autos, de barullo, de música y de bailes, de coloridas ferias ambulantes, de comparsas, de perros, de banderas, de disfraces, de albahaca y serpentinas, de amigos que se abrazan, de humaredas de talco, de amores que se buscan o se encuentran.

Sobre esas calles, en invierno viudas y reconcentradas de silencio, desparrama la vida en una tarde, como si reventara una piñata gigantesca en el centro del cielo, la bulliciosa luz de sus polleras.

 

 

* * *

 

 

Sábado de Carnaval. Llega la noche. Brilla el Hotel del Puma en Maimará - zarpazo de luz entre las sombras. 7

O mejor dicho: hierve.

Centro de encuentros y de citas - hay sólo dos o tres bares más por la Belgrano -, es asaltado por la multitud. El mundo entero parece estar ahí, lleno de euforia: se mueve, busca mesas, va de un salón al otro, de allí al patio, a la cocina, al mostrador... ¿Es un juego? Circular, circular, tropezarse, encontrarse, abrazarse, reír...

De repente, como siempre que llueve demasiado, queda el pueblo sin luz.

Aullido de placer en el gentío, que continúa su juego giratorio, con mayor entusiasmo, entre las sombras.

Yo estoy sentada en esa oscuridad, en medio del tumulto de gente que va y viene y se empuja, que trae y lleva sillas y botellas de un lado para el otro; mare mágnum de gente que se busca, de gente que se encuentra, suavemente arrastrada por el caos de fuerzas que se cruzan; gente desconocida y entrevista fragmentariamente en la penumbra, al leve temblor de alguna vela.

Ese torbellino de energías me envuelve, me sacude, me acaricia como un viento soplándome en la cara. Me dejo mecer por el barullo, cierro los ojos y respiro.

¿Qué otra cosa es vivir, me digo entonces, qué otra cosa es vivir, estar viviendo, sino hundirse de ese modo, casi a ciegas, en una circulación efervescente, interminable, incomprensible, anhelante de no se sabe qué, misteriosa y cargada de sorpresas, y dejarse llevar por ese flujo enigmático de sombras, con una expectación indefinida, atónita, confusa, a la vez temerosa del caos y entregándose a él...?

Después, durante el día, qué delicia ser envuelta y arrastrada por la deriva de luz de las comparsas que van de calle en calle, por el derroche incansable de energía y sudor en los bailes, por las arremetidas del Diablo que salta frente a mí. Qué alegría sentirse, bajo la nube de las serpentinas, formando parte, como dijo otro, del "sarape multicolor de la existencia". 8

¿Qué otra cosa es vivir, sino bailar, bailar y brillar de un lado al otro, hundidos en la marea inexplicable que nos lleva y nos trae?

 

 

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No obstante, es necesario detenerse, generar esos remansos circulares donde la vida puede abrirse en gajos dulces o ser compartida como un pan.

A lo largo del pueblo, aquí y allá, cuadrúpedas y mansas, ponen las mesas lomos amigables.

Aquí y allá, por todos los rincones, sobre todas las mesas, llueve gente.

Aquí y allá, por todos los rincones, sobre todas las mesas, aparecen, de pronto, las guitarras.

Brotan. Quién sabe cómo. Quién sabe de dónde. Misterio de música en el aire. Surtidores de luz sobre las mesas. La fantástica fauna musical desciende suavemente sobre el pueblo: flotando van y vienen instrumentos - algún violín, un bombo, bandoneones, saxo, charango, quenas -; flotando van y vienen, sin apuro, de un bar al otro, de un pueblo al otro, de una noche a otra, por misteriosas rutas, van y vienen... Sobre todo guitarras: manadas interminables de guitarras navegan a la deriva por el cielo, se arremolinan, giran, aterrizan sobre las mesas cálidas del mundo.

Ubicuas, promiscuas, repentinas. Generosas: celebran el milagro pagano de la multiplicación de las gargantas. Así, de bar en bar, de mesa en mesa, de mano en mano, giran, luminosas y frescas, profundas y calientes, las guitarras.

Aljibe musical al que se asoman, sedientos, los oídos, las bocas y los dedos.

Sol pequeño, fogata a la altura de las manos, en torno de la cual el canto humano gira y gira y gira...

 

 

* * *

 

 

Sábado, casi domingo, Maimará.

Mareada, vacilante, sin apuro, va llegando la luz para desayunar sobre este mundo, después de una larga trasnochada en algún bar abierto por el cielo. Se van desperezando, desmayados, los colores del cerro. Despacio, el sol empuja las tranqueras. A los bostezos se despierta el viento.

Sábado, casi domingo, Maimará. Después de las guitarreadas y del baile, después de los takiraris y las cumbias, después de la larga trasnochada en un barcito extraño, sumergida en un manso murmullo de borrachos que no quieren dormir...

Domingo, muy temprano, Maimará. ¿Cómo decir la luz tan transparente, tan liviana, que baila por todo el pueblo su strip-tease de arreboles...? La frescura del aire matinal me llena los ojos de cristales. Piso la calle como si flotara. Mi corazón respira y aletea, deseoso de alzar vuelo...

Domingo, muy temprano, Maimará: la noche trenzó su encanto largamente. Un hombre hermoso me presta su sombrero, me besa junto al río, me dice: "Vayámonos a Iruya..."

¡Iruya, Iruya, Iruya!

¡Qué cascada de música en mi lengua con sólo pronunciar esa palabra!

Iruya, Iruya...

Nunca habremos de ir... ¿y qué más da?

Iruya rueda en mí, por mi saliva, mezclando el sabor del beso junto al río con el misterio hondísimo del cóndor.

"Blanca, sobre la alzada palma del abismo..." 9 , Iruya es toda blanca en mis ensueños, toda blanca en mi lengua: blanca de sol, de sal , de lejanía; evocación de un cielo inaccesible, altísimo y barrido por el viento... evocación de besos arrastrados, como piedritas blancas y perdidas, por la luz de los ríos... promesa, simplemente, de un ensueño... Disponibilidad...

 

El domingo siguiente, mientras los fuegos queman al Diablo hasta el próximo año, el hombre que hablaba junto al río es sólo una sombra que no llega. No viene... que más da... No era el amor que regresaba; era sólo promesa de un ensueño, invitación al baile, evocación de cielos que circulan, flotando, por el aire, dan vueltas y vueltas, aterrizan de golpe sobre el mundo, se muestran y se esfuman y algún día, sorpresivamente, desnudos, se dejan alcanzar...

 

Cielos, mundos, ensueños... posibilidades que circulan, azares de fuerzas que se cruzan... campos magnéticos que flotan, se acarician y siguen su camino...

Yo camino, tranquila, levemente arrastrada por el aliento agreste de la noche, de una punta a la otra de esta calle Belgrano que atraviesa, de la sombra a la sombra, cruzando un sobresalto de fogatas, el misterio de un pueblo: Maimará.

"Estrella-que-cae", estrella fugaz que se desmaya: estrella que fulgura nueve noches entre el Cielo y la Tierra, crepitante de músicas y bailes, y retorna después a su silencio, pintado dulcemente entre los cerros.

 

Yo camino, tranquila, y voy de "Casatchok" a "Cerro Negro", pasando por "Los Acidos", que cantan, por "Avenida de Mayo" 10 , que me arrastra, me arrastra, en su tumultuoso remolino, hasta su mojón, casi en el río. Bailando junto al fuego, me hace girar un hombre cuya cara no veo, cuyo nombre no sé, entre el rojo y el negro.

Ya está. Ya están ardiendo todos los Diablos. Termina el Carnaval entre lamentos. Largos discursos lloran despedidas en este extraño punto donde lindan la oscuridad, el fuego, el cerro, el cielo, el río...

Risas y cantos, poco a poco, van sumergiéndose en la noche... Abre sus ojos abismales el silencio estrellado de infinito. Temblorosos se cubren los humanos, que palpitan, soñando, en la Tierra que gira...

 

Yo me alejo y sonrío.

Iruya misteriosa: no olvido el encanto de tu nombre susurrado en mi oído, junto al río.

Junto al río dulcísimo del beso que pasa y pasa y pasa...

Mi corazón ensueña lejanías: me estoy moviendo, sigo mi camino.

 

* * *

 

Enero. Mes de fiesta en Tilcara.

 

¿Cómo decir: se encienden?

¿Cómo decir: las chacareras ponen bombas de luz bajo las mesas?

¿Cómo explicar: es una Peña, y de una sola peña nace el fuego?

Por el solo frotar de los violines y el golpe apasionado de los bombos.

El aire se caldea, la música los alza sobre el mundo, se encienden y galopan. Se alzan como una oleada repentina. Se alzan la voz, el canto, las miradas; se levantan los brazos, las ganas, las gargantas; se alzan sobre sí mismos y galopan, levitando de golpe sobre el tiempo.

Queda la peña arriba, suspendida, girando sobre un salto de música y de vino y un remolino humeante de tabaco y de hojitas de coca.

 

Es la peña "El Diablero" y yo giro, feliz y desenvuelta como un astro sin rumbo rebotando vertiginosamente de planeta en planeta, yo giro y giro y giro entre las mesas, llevando en mi bandeja circular otros minúsculos sistemas planetarios, con sus soles centrales - las botellas - y su múltiple órbita de vasos.

Es la peña "El Diablero" y su éxtasis de azufre nos embriaga.

 

¿Cómo explicar: alguna cosa estalla en los sombreros? La chacarera alza los hombros, agita y zarandea su pollera, de un solo golpe hace bailar al mundo; las sayas11, sacuden la cabeza y por el cielo saltan las estrellas.

Después, de madrugada, se vuelven más dulces las guitarras, las voces se hacen quedas, desmayadas se apiñan las botellas, nace una niebla de los ceniceros... La luz, que quiere entrar por las ventanas, teje su poncho de melancolía, y blandos, olvidados, tranquilamente duermen en las mesas.

Sobre la balsa dulce de las mesas, dejándose llevar por el oleaje sin apuro del tiempo, navegan la luz del alba, los machados.

 

En una sola noche, la peña se levanta hasta el centro del cielo y se desploma. Como el sol. Como el amor. Como la hoguera.

 

 

* * *

 

En febrero del 95 viajo de nuevo hacia Jujuy. Se sienta a mi lado un hombre joven. Conversamos. Es humahuaqueño. Trabaja como obrero metalúrgico en el Gran Buenos Aires, en Munro, después de haberlo hecho varios años en las fábricas de Tierra del Fuego. "Cualquier cosa, me dice, cualquier cosa hacemos con tal de estar en Carnaval allá". Un telegrama enviado a tiempo a los patrones, mintiendo el grave estado de la madre, y... de Retiro a Jujuy el tiempo no termina de pasar. "A veces, en esta época, se corta el camino al Norte por la lluvia, pero los changos esperan lo que sea, cruzan como sea... el sábado hay que estar en Humahuaca". Se ríe: "Va a matarme mi primo cuando vuelva: trabajamos en la misma máquina, y, si yo falto, él tiene que quedarse".

Vive en una piecita. Dos posesiones tiene, dos tesoros: su bandeja para siete CD, que está pagando en cuotas, y el saxo, que toca desde siempre. Pero ¿cómo tocar en la estrecha pieza del hotel? ¿Cómo encontrar en ese sitio, y entre un turno de trabajo y el otro, espacio para la vida que desea reverberar a pleno en los pulmones...?

Quizás no viene en realidad en micro: volando viaja, montado sobre el saxo... Sobre el saxo, brillante como un sueño, llegará hasta Humahuaca, estén o no cortados los caminos. Allá, bien lejos de los mamelucos y las fábricas grises, se vestirá de nuevo de colores.

Allá serán la fiesta y el abrazo, la estampida del aire en los pulmones, la estampida de música en los cerros. Su saxo, entre los vientos de la banda, otra vez bailará de casa en casa, otra vez cantará de calle en calle.

Será la vida, la verdadera vida... ¿Un sueño solamente, de ocho días?

Tanta luz, tanta música percutiendo el cielo, ¿no acabarán un día por romper este apretón de herrumbre en la garganta, que apenas si nos deja respirar...?

 

 

* * *

 

Temprano a la mañana, me despierta el altavoz que pasa y pasa, una y otra vez, de calle en calle...

No, esta vez no es una oferta de verduras, ni el anuncio de un baile, un partido de fútbol o un concurso de pesca.

Una y otra vez, de calle en calle:

"La familia... participa a amigos y familiares el fallecimiento de... ocurrido ayer, jueves... Las exequias serán..."

Una y otra vez pasa la muerte, repitiendo su cita.

Muy joven, ayer, en los corrales, allá arriba, en el cerro, muy joven, casi un niño.

Ayer, jueves de challa y de festejo; hoy, viernes funeral.

 

¿Morir así, tan joven?

¿Morir así, de alcohol, de puro alcohol, en plena fiesta?

¿Morir en plena vida?

Las preguntas aprietan la garganta. ¿Qué fiesta es ésa, entonces? Dan ganas de salir corriendo, dando la espalda al baile.

Pero pensando un poco, ¿por qué no? Más mata la muerte que la vida. Más matan el hambre, el frío, la miseria... o el desarraigo en la ciudad.

Más penosa, más ásperamente muere el hombre día tras día trabajando mal por un penoso y áspero arañazo de pan...

Más mata la pena que la fiesta.

 

Ayer, de puro alcohol, en los corrales, muy joven, casi un niño.

Se murió de vivir, de puro brindar para la vida.

 

 

Es su pariente el hombre, también joven, que tres días después baila conmigo. Cargando han tenido que traerlo, a pie, desde allá arriba; cargándolo entre varios, caminando, agonizando así, de cara al cielo, muy joven, casi un niño, cargando lo han bajado, cargando lo han traído al Hospital. Muy joven, casi un niño, casi un muerto. Cargado, acunado, sostenido por un montón de brazos que se apuran, se fue muriendo bajo las estrellas. Su féretro crecía entre las piedras, como una sombra más entre las sombras, mientras lo iban bajando los amigos...

 

Es su pariente y hoy baila conmigo. Cargando, como a un niño, lo ha bajado. Le duelen los brazos todavía. Le duele, en algún sitio de la fiesta, el viernes funeral. La muerte no le quita lo bailado, ni le quita las ganas de bailar. No muere en una muerte el Carnaval.

Bailando me sonríe. Con callada elegancia alza los brazos, me dirige en el baile, me hace girar, sonríe, sin hablar. Es albañil; trabaja por aquí o por allá, donde se pueda - Salta, Jujuy, Bolivia - donde el viento y el escaso trabajo lo llamen por un tiempo. Pero en Semana Santa, cada año, quiere estar en Tilcara.

Es su vida: la banda de sikuris.

Dice que aprendió a tocar solo, o quizás conversando con el viento, desde chico.

Es su pasión, su fiesta, su alegría. Su despliegue de luz entre los cerros: la colorida banda de sikuris. Con ella irá tocando, cerro arriba, bailando sin parar, casi saltando, volando casi, olvidado de los pies, sobre las notas que caracolean, mientras la larga procesión, cargándola en los hombros como a un niño, lleva a la Virgen de Copacabana, día tras día bajo el sol, la lluvia o las estrellas, hasta el santuario de Punta Corral.

Cargando subirán, bailando. Soplando subirá, casi volando.

Cargando ha tenido que bajar, casi muriendo bajo las estrellas. Muy joven, casi un niño.

La muerte no le quita lo bailado, ni le quita las ganas de bailar. Pero de pronto, en medio del tumulto, arrebata la caja de un vecino, alza la voz y canta, con borracha afonía, su desgarro:

 

"Una sola vida tengo

dositas quiero tener,

una para vez en cuando,

la otra pa’permanecer."

 

¡Copla: mariposa doliente, abierta al medio, herida!

Mariposa de lucha permanente, con un ala que quiere estar en Tierra y la otra queriéndose esfumar...

Mariposa dolientemente humana de anhelo sobrehumano: más vida, más música, más luz...

 

* * *

 

Es Carnaval. Se baila sin parar. La vida fluye, salta, se alborota. Todo se suelta, buebujea, corre. La Pachamama deja manar sus jugos. Llueve el cielo los suyos. La vida se remueve, circulando, se renueva bailando. Llueve chicha y cerveza en las gargantas. Llueven nubes de talco, serpentinas. Llueve sudor humano del techo de zinc de los galpones donde se baila hasta la madrugada. Circulando se va de calle en calle, circulando se baila, se festeja.

Pero ¡cuidado! Es carnaval: cuidado. El Diablo anda suelto.

Alegre, festivo, compañero, el Diablo que bebe y se divierte, que ríe y enamora, también mete su cola, tiende sus trampas, tiene sus caprichos. Cuidado. Puede haber sobresaltos en el tiempo, sorpresas, turbulencias, accidentes. Abismos explotando en plena fiesta.

 

Y la generosa Pachamama, la amamantadora Pachamama, a veces también abre su garganta de sombra; a veces, también come.

Por eso, año tras año, rueda tras rueda, se le canta:

 

"Pachamama Santa Tierra

no me comás todavía,

mirá que soy jovencito

tengo que dejar semilla."

 

 

* * *

Oigo decir que se suicidan.

Oigo decir que es alto el porcentaje de jóvenes suicidas en Tilcara.

Oigo decir que se suicidan.

 

Muchas veces, cuando vuelven del baile.

¿Qué cuerda los asalta? ¿Qué hipo de silencio? ¿Qué disparo? ¿Qué badajo les da por la cabeza? ¿Qué repique de muerte los alcanza?

 

¿Qué rostros traicioneros tiene el hambre que clava sus uñas en los valles? ¿Qué soledad destripa sus corderos, lívida y desnuda, entre los cerros?

¿Qué desarraigo implora en los cardones?

 

Blanca es la horca. Cuelga de la luna. Qué vértigo. Qué angustia. Qué dolor. Y qué extraño placer quedarse así, colgando de la dicha. Flotando, detenidos para siempre, por siempre suspendidos del más alto corcovo de la Fiesta, sobre la Tierra que gira y gira y gira.

 

* * *

 

Suspendido en el aire, alguien mira con suave parpadeo.

Su mirada es un fleco de la luz.

Su cuerpo, todo su cuerpo es parpadeo.

Lentejuela repentina del cielo.

Vibración fulgurante: colibrí.

Ojo del Sol - síntesis del plumero luminoso del pavo real llamado Sol - suspendido a la hora de la siesta, delante de la casa, frente a mí.

Condensación de la avidez de vuelo en leve y relampagueante parpadeo: lo suyo es la gota dulce, el amor en la punta de la lengua, el vértigo de la sed que se abandona en la profundidad de un solo beso, cayendo hacia la miel - temblando de placer mientras penetra los órganos genitales de la Tierra, sus corolas de luz.

Más lejos, allá arriba, el aire desatado en cataratas de oxígeno indomable hace nacer otros amores, otras modalidades del amor. Arriba, sobre el cerro, desplegadas en el ansia total, abrazándolo todo, las ávidas alas de los cóndores hacen más hondas y más altas las honduras transparentes del cielo.