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   LAS PALABRAS

  Por Sebastián Fulugonio  


 

Breve comentario inicial

Sobre el autor, por Diana Requena

Presentación, por Prof. Edith R. de López Del Carril

Las Palabras

 

Breve comentario inicial

 Conocí a Sebastián. Su presencia dimanaba una sutil sensibilidad. Se podía sospechar que su mundo interior era intenso como el oleaje constante de un mar profundo y vital. Llegó luego el rayo de la tragedia. Su partida prematura. Pero él sigue como palabra que sopla entre los cabellos siempre nuevos de la mañana. Y él sigue en la sensibilidad de los lectores de los escritos que surgieron de sus latidos juveniles. En este nuevo momento de la Biblioteca Virtual de Temakel, presentamos una obra de Sebastián Fulugonio, una continuidad de su existencia que dejó huella y aún se difunde entre los acantilados del tiempo. Las palabras es precedida por el recuerdo de su autor por su madre, Diana Requena, y por un comentario de la recientemente desaparecida profesora López Del Carril. La obra fue publicada anteriormente en una edición especial del prestigioso Colegio Nacional Buenos Aires. Sebastián fue uno de sus alumnos más destacados. 

  Por la literatura, la selva de una pasión siempre continúa.

Esteban Ierardo 

 

Sobre el autor

Sebastián Fulugonio nació en Buenos Aires el 28 de junio de 1974 y murió en los bosques del Sur en el verano de 1996. Inquieto y apasionado, desde sus primeros años mostró una intensa manera de abordar la vida y una apremiante curiosidad ante lo que lo rodeaba e intrigaba.

Su ingreso al Colegio Nacional de Buenos Aires le dio la oportunidad de recrear su espíritu cuestionador y se interesó por todas aquellas disciplinas que lo ayudaban a deambular entre las certezas y las incertidumbres que lo acuciaban. La historia, la matemática, la lengua, entre otras, le permitirían perfilar su carácter y desarrollar su fecunda y compleja personalidad en la búsqueda de un equilibrio en un universo perturbador.

Compartió su vida escolar con su familia y amigos mientras profundizaba sus estudios de música e idiomas, sin dejar de lado la actividad física, especialmente la natación.

Ya egresado del Colegio como Bachiller en Ciencias Biológicas y encaminándose hacia una madura juventud inició la carrera de medicina. Entonces se entusiasmó con los secretos del cuerpo y la naturaleza, mientras que en un plano más cotidiano, en el hospital, se enojaba con un medio no siempre acorde al dolor de los enfermos.

El material que recoge este libro consta de 61 escritos que abarcan el período entre sus 14 y 21 años. Reúne pensamientos, relatos y poemas hallados luego de su muerte, gracias a una revisión minuciosa de sus libros, apuntes, márgenes de revistas o fotocopias y aun de papeles arrugados en sus bolsillos. Algunos tenían ya su forma definitiva, otros eran fragmentos que luego se unieron cuidadosamente, otros estaban archivados en la computadora, unos pocos los acercaron generosamente sus amigos y otra parte se encontró en hojas sueltas manuscritas con múltiples correcciones, infinitas tachaduras, diferentes secuencias, distintos comienzo o nudos, idas y vueltas en las que manifestaba su vehemencia o sus tiempos de lento análisis, reflexión y corrección.

Aparentemente los escritos carecen de unidad temática. Sin embargo, hay un eje conductor en el que Sebastián pasa de la búsqueda de sí mismo a la búsqueda de las respuestas de los grandes interrogantes de la existencia navegando entre la desolación y la confianza. Aborda la problemática del ser humano, indaga sobre sus preocupaciones, deseos y miedos. En su constante compromiso con la vida se aúna a los marginales, los excluidos, "los otros"; se inquieta en medio del desconcierto sobre la existencia de Dios y la noción de trascendencia. Bajo su mirada sensible y su escucha atenta nos enfrenta con una visión crítica de una sociedad consumista y devoradora. Y así, aun desde sus cortos años, deja su testimonio y un legado de esperanza en un mundo posible.

Para los que lo conocimos, a quienes nos leía muchas de sus producciones y quienes lo vimos arrojar decenas de manuscritos al cesto y aun al fuego, está bastante clara la cronología de sus escritos. Esta puede seguirse tanto por el contenido, en ocasiones relacionado a hechos que lo conmovían o a sucesos vividos o conocidos en determinadas circunstancias, como por la influencia que fueron ejerciendo sus lecturas de Rimbaud, Dostoievski, Ionesco, Neruda y otros. Por otro lado, las formas que utiliza en sus construcciones gramaticales, versificación, ritmo, cuidado del léxico y además reiteración de ideas como, por ejemplo: el remolino, el tiempo, señalan la evolución del estilo en sus trabajos. Pero en realidad, solamente algunos de ellos están fechados, por lo que la secuencia seguida en el libro no ha intentado mantener una línea temporal y es responsabilidad de los que ordenamos el material.

Finalmente quiero decir que este libro no hubiera sido factible sin la idea y aliento del Colegio Nacional de Buenos Aires a través de su gente y sus autoridades: El Dr. Sanguinetti, su iniciativa y apoyo, el Instituto de Investigaciones en Humanidades, en la persona de su directora, la entrañable Profesora López Del Carril quien, además de impulsarlo con su consabido talento, se hizo cargo de su corrección y compaginación. No dudo que en su impresión, "Las Palabras" llevará su marca y espero que, a su decir, hayamos logrado un volumen "sobrio y republicano".

Por último, y ya que no hay hasta el momento, estudios o comentarios sobre esta obra , creo que, como de toda obra, queda de ella mucho por decir.

  Diana Requena

 

Presentación

La Colección Homenajes nació con el propósito de recordar a quienes al pasar por el Colegio Nacional de Buenos Aires, han dejado su impronta desde sus actividades, sus lugares, sus tiempos.

Este volumen ha sido dedicado a la obra narrativa y poética del que fuera nuestro alumno: Sebastián Fulugonio. La propuesta generosa de su familia fructificó a través del Instituto de Investigaciones en Humanidades en la reunión y selección del material y, por último, la edición del mismo.

El libro "Las Palabras" nos acerca al hecho mágico, casi milagroso, de poder palpitar su adolescencia, desnudar su alma y reencontrarnos con él.

Buenos Aires, marzo de 2004

  Prof. Edith R. de López Del Carril

Directora

Instituto de Investigaciones en Humanidades

 

Para acceder a la versión impresa de Las palabras, o para formular comentarios, pueden enviar mensaje a Diana Requena, madre de Sebastián:   dianareq@yahoo.com.ar

 

 

 

 

 
 

 

LAS PALABRAS

 

Por Sebastián Fulugonio

 

  ETERNIDAD

 

 

  Así soy mientras espero.

 Penélope tejía sueños y en sus sueños era libre.

 Yo tejo palabras y en mis sueños busco porque necesito saber lo que soy y para qué he sido   puesto en el mundo, con alas para volar, vuelo para soñar y sueños para vivir.

  En la infinidad de la materia, las estrellas caen roídas desde un paisaje desordenado     formando un torbellino que da existencia a una célula. Se detiene: es única, irrepetible, distinta   a todas, soberbia. Luego estalla.

  Esa célula soy yo: fragmentos de una estrella que se desploma.

  Y Dios dijo:

"HAGASE LA LUZ"

Y la luz se hizo. Duda – titila, alumbra, se afirma.

Y la luz invadió todo. Y recién entonces supo Dios que crearía al hombre, toda luz a su imagen y semejanza: lleno de claridad y sombras, de certezas y dudas.

Al hombre, todopoderoso, con su pene erecto, maravilloso, potente, tan soberbio que dice sacar a la mujer de su costilla.

La quiere suya... por eso desde siglos la olfatea, la rastrea, se agazapa y la doblega, la busca en su celo permanente, la agujerea, la completa, la riega, la siembra, la posee bestialmente.

Como Dios.

Amén.

 

AMISTAD

 

Salgo a caminar por Buenos Aires. La calle me emborracha de recuerdos que pasan tan rápido que no me es posible atraparlos. Como ellos, el tiempo pasó vertiginosamente y me siento lejos de otros Sebastianes y a la vez igual a ellos, con las mismas preocupaciones, el mismo problema fundamental. Es así como se me presenta la disyuntiva: ¿pasó el tiempo o no? ¿soy joven o viejo? ¿estoy vivo o muerto? ¿es esto ilusión o realidad? ¿es necesario otro nacimiento para volver a ser, quién sabe bajo qué astros, bajo qué nuevas condiciones, bajo qué nuevos misterios?

No sé. No sé...

Mi cerebro da marcha atrás y los recuerdos se yuxtaponen unos a otros luchando por lograr la supremacía. Elijo uno al azar.

Avenida Libertador. Veo dos chicos andando en bici. Van contentos, miran adelante. Su objetivo está lejos, muy lejos: El Tigre.

Pasarán dos o tres largas, arduas horas pero la victoria vendrá, la gente aplaudirá y así serán famosos e ilustres... Puedo acordarme bien de esto: fue perfecto, como haberle escupido la cara a todo el mundo y apenas cinco metros antes de llegar, sudorosos, sin camisa, sin cansancio, con las piernas fuertes y el corazón en su mejor latido, apenas cinco metros antes de llegar y convertirnos en campeones, nos sentamos en el suelo y nos pusimos a comer bananas maduras, en silencio, mirándonos a carcajadas, dueños de nosotros mismos.

Nuestras bellas admiradoras se fueron todas sin entender nada. Todos lo hicieron y sólo quedó aquella pura e inmortal amistad, amistad contenida en una banana y efímera como ella, amistad que engullimos para poder completar así el vacío existente, amistad que se metió en nosotros y cruzando a nado el océano nos guió hasta la cresta de una ola para reencontrarnos. Solos. Vos y yo.

Esto ocurrió una mañana de diciembre ante un público estupefacto que no entendió jamás que estos dos niños burlaran su éxito para contribuir a la sociedad perfecta.

Y ya en el tiempo que transcurre debo recordar al estimado lector que somos excelentes alumnos, miembros útiles de esta sociedad que nos alberga.

 

 

LA CARTA

Me pregunto si alguien leerá esta carta y si al leerla se reirán, la quemarán, blasfemarán contra mí, me idolatrarán o ¡me repudiarán!

Me pregunto si alguien la leerá, mientras pedaleo y pedaleo para llegar al correo y despachar mi amor por correspondencia, mis locas esperanzas. Aquí y allá algunos autos me van pasando muy cerca pero sin golpearme porque voy muy precavido. Avenida Libertador, nunca me olvidaré de ti.

Nunca olvidaré tu traición.

El semáforo estaba en rojo y no pasaban autos y el distraído muchacho iba tranquilo sin pensar que nunca antes de la tormenta hay viento. La atmósfera se presentaba lúcida, iluminada, aunque se pudiera adivinar una electricidad, una fuerza maligna escondida a la vuelta de cualquier esquina. He aquí que, en un abrir y cerrar de ojos, un auto rozó al chico sin hacer ningún ruido y la frágil bicicleta voló hasta los confines de la tierra. El auto, insensible, sigue viaje.

Veo todo claro desde aquí, desde el piso, con la bici encima, veo como nunca he visto las cosas en mi vida, veo un mar, un mundo de desperdicios de acero, cemento, cal y pimienta, indigerible para mí.

Ignorada, la carta yace en el asfalto pisoteada por la gente que lleva con urgencia al chico al hospital retorciéndose con un dolor indescriptible, mientras el coche desaparece en las últimas calles sin siquiera imaginar que ese tenue golpe ha de cambiar la suerte de una carta, el desarrollo de una célula, el destino de un embrión.

Veo la carta en el suelo,

Veo soplar el viento y llevársela.

¡Ay amor mío! ¿Qué haré? Ahora sé que nadie la leerá porque esta gente me aleja de ella y por consiguiente de ti y de la vida que anidas y no sabe que mi dolor viene del corazón, del grito que no puedo gritar y no de mi brazo quebrado. Esta gente me traiciona y me mata porque yo no soy estéril como ellos, porque quiero ver mi semilla crecer, regarla... Yo no soy estéril como ellos y no lo entienden. CIEGOS – SORDOS – MUDOS, no ven más que un brazo quebrado.

 

MI PREFERIDO

Aunque abogado y economista, no hubo nada a lo que se negara si se lo pedía la Revolución, a cuyos ideales subordinó su vida toda. No dudó en usar su espada para defender su tierra con un ejército pobre, desnutrido y sucio.

Sin soldados ni armas ni alimentos apropiados cruzó selvas, pantanos y desiertos para enfrentar al español. Sólo su espíritu lleno de amor, que dio el ejemplo y alentó a sus hombres que se dejaron guiar sin preguntar, que no le cuestionaron nada, encandilados con su grandeza simple, callados por el respeto que infundían sus ojos nobles.

Lo acompañó un ejército dispuesto a cualquier sacrificio, lo siguió un pueblo dejando atrás sus casas, sus cosechas, sus animales, contagiados por la fascinadora palabra de aquel hombre austero, bonachón.

Jamás comulgó con los militares de uniformes de luces que sólo sabían ordenar prisiones y muertes.

No cedió ante políticos de talento mediocre que no comprendieron su superioridad innata y su sueño de amor y libertad que lo acompañó hasta en sus delirios finales.

Grande entre los grandes, no vaciló en ocupar los peores lugares en los peores momentos porque no buscaba trofeos personales. Cuando triunfó ofreció su gloria a la patria, cuando falló, lo juzgaron como traidor. Pero nunca se quejó, no dudó en sus decisiones porque no esperaba nada. Daba todo.

Postergó sus dolores para aliviar las heridas de un pueblo al que se entregó sin reservas, no se permitió desfallecimiento alguno ni caer en la desesperanza ni que lo moviera el odio o el furor.

Este hombre amó a su tierra, a mi tierra.

Desde chiquito bendigo el suelo que pisó, el amor que nos legó.

Jamás se dirá de él que abandonó o traicionó a un pueblo al que no quería adormecido por la ignorancia.

No hay excusas para su agonía solitaria ni perdón para los que lo olvidaron en su muerte.

A todos los vanidosos y chupasangres llenos de coronas y honores de cartón les digo que él es mi preferido.

Él es Belgrano

EL SEÑOR Y LA PALABRA

Observo como Cristo, el Señor del Amor, cae lentamente, tic tac – tic tac, frente al llanto silencioso de María y Magdalena, eternas en su dolor.

Los demás, sólo miles de personas reconcentradas en sí mismas, elaborando su futuro, solucionando sus problemas. Miles de personas de todos los tiempos que se tienen lástima, que no elaboran ni construyen nada, que viven sin ver lo único que vale la pena ver y por eso no saben que Cristo ha muerto harto ya de sacrificios y blasfemias y que ha quedado vacío el lugar del amor. Miles de personas que se santiguan a cada rato, confiesan sus pecados y se horrorizan cuando lanzo improperios y me río de su hipocresía. Entonces dicen que estoy loco... yo sólo miro a Cristo en su cruz y lloro con María y Magdalena.

¡Qué lejos están los tiempos en que la palabra de los locos era profética, tenía poder trascendental porque les estaba dada por los dioses.!

Pero eso no importa. Ahora basta con mirar una estampita de Cristo crucificado y esmirriado. En verdad, es una lástima que no sonría con un pucho y un Gancia y que tenga siempre ese gesto de perdonavidas que no hace más que condenar nuestras concupiscencias, nuestras mujeres cornudas y licenciosas... Así el guacho tira malas ondas...

Ahora basta con ser eficientes y producir. Y como los locos no producen, no son nada. ¡Pobres! Nada de nada. Y para colmo... hablan mucho, ¡son peligrosos! Mejor encerrarlos y que nadie los vea. Mejor atontarlos (Gracias Sres. Psiquiatras) disciplinarlos (Gracias Sres. Maestros), torturarlos (Gracias Sres. Policías), reprimirlos (Gracias Sres. Jueces), ¡que nadie los escuche!... y bueno... son mal ejemplo.

 

Ahora te pregunto:

¿Por qué encierran a los locos?

¿Quién está loco?

¿Acaso Cristo no estaba loco?

 

"¡Ay! ¿Qué dice este loco?" se escandalizan las miles de personas cuerdas que no saben que Cristo ha muerto que se divierten blanqueando su mente y que creen que son felices. No, yo no digo que no lo sean. Digo que no son NADA.

Yo?..................... No soy más que un pobre escarabajo que camina asustado en la inmensidad de la ciudad buscando una rutina que me ayude a no sentir, en tanto que las miles de personas viven inconscientes, evitando gesticular para que no se les hagan arrugas, ignorantes de la muerte del Salvador que ya nada puede salvar. Ellos hablan todo el tiempo, escriben kilómetros de renglones. Así miden sus obras que a veces pueden tener algún mensaje superfluo pero jamás grandeza, dado que, para las miles de personas, las cosas no son las palabras que las nombran. Y siendo así, las palabras no dicen nada, han perdido todo significado, se retuercen, se regodean y tras agotarse dentro de sí mismas quedan encarceladas.

Pero a mí las palabras no me engañan. A mí Cristo me enseñó a robarles el sagrado secreto:

"En las palabras las cosas son"

"Mientras lo digo, doy cuerpo y vida a lo que es" me dice.

 Por eso tengo que encontrar las "palabras – verdad" que se escaparon porque las traicionaron grandes hombres de corazón sucio y se escondieron y refugiaron en el alma de los poetas que son quienes tienen la verdad que sostiene las cosas, las palabras que capturan la realidad y las regalan envueltas en rimas. (Esto me dice el Señor de la Cruz).

Con desasosiego, me atrae su soberbia reciedumbre, la imponente vitalidad de su abrazo, su gesto traspasado de dolor. Entonces me miran sus ojos tristes y me estremezco ante esa idea inaccesible, oculta, que envía el mensaje directo a mi corazón palpitante.

"En las palabras las cosas son "

"Mientras lo digo doy cuerpo y vida a lo que ES".

 

Los poetas sí lo saben, por eso las dicen,

las deshacen, las atraen,

las entregan, las someten

las liberan, las sumergen, las proclaman,

las enredan, las desgarran,

las cercenan, las adhieren,

las acotan, las inventan o se las roban a Dios.

Por eso viven torturados, por eso mueren en una cruz... es el precio de ver y sentir la verdad. Y si no es así, silencio. Menos palabras en vano.

Mientras, observo como Cristo, el Señor del Amor, se levanta lentamente y me sonríe

 

(Y DESDE LAS SOMBRAS SU LUZ ME ILUMINA, ME INVADE)

 

  La cuestión es la siguiente.....

 

  EL CISNE Y LA FLOR.

  Estoy un tanto dormido y mi imaginación conversa con vos. Alguno de los dos hace una pregunta, no recuerdo bien qué ni quién pero se repite una y otra vez. Se refiere al dolor, a un por qué. Se va desglosando en las palabras que la componen que toman independencia hasta erigirse cada una por sí misma y amoldarse en el dibujo de sus letras.

No las puedo distinguir.

Resuenan en el adentro de mi cabeza y rebotan en mi cráneo sin encontrar una vía de salida y a medida que sigo hablando se suman más y más palabras que se chocan entre sí volviendo el discurso incoherente. Se aceleran en cada choque a un ritmo alocado que no puedo detener mientras gritan dentro mío en un silencio que me aturde. Al momento de dormir busco una escapatoria. Mi cabeza sigue llenándose y va a estallar en mi sangre que late torrentosa en los caminos estrechos de mis arterias. Yo sólo deseo lo mágico de un hueco indescriptiblemente bello por el que las palabras puedan escapar y recorrer por vasos subterráneos, la distancia que me separa de vos.

  Por fin llegan dentro de ti (¿quién sabe cómo?... yo no lo sé ni lo supe) y te hacen sonar una campana que no conocías, que no controlás, sostenida por una cadena de acero. Más tarde, cuando las fuerzas invisibles de la noche se dejan entrever en el horizonte, las palabras, implacables, desatan la campana que cae en el abismo en medio de un vértigo insoportable; tu corazón late cayendo eternamente y se debate entre la oscuridad y la fiebre, sin saber hasta cuándo, sin saber nada.

Sólo caer.

  Pero si algún día le inventás un suelo la campana se va estrellar y deshacer en pedazos y convertida en una nube de polvo se desintegrará en un resplandor que es el canto del cisne. Y campana y suelo se fundirán y ahí, en un instante, serán música que se desgajará por única vez en los mil sonidos del canto de una flor que se abre a la muerte y el amor.

Después... ¿qué importa, no? Tal vez de nuevo el dolor y el silencio. Mi cabeza se desagotó en un río como una esponja vegetal. Las palabras se ahogarán pero yo estoy tranquilo y puedo dormir.

Después... un caer eterno. Deshacerse y rehacerse, retroceder y volver a caer.

 Polvo y silencio.

 

 

   MI GUITARRA ES LO QUE SOY

 ¿Cómo no te das cuenta del poder que se ejerce a través de la opinión pública manipulada, la escuela que te acomoda el cerebro, los mensajes subliminales que te alienan el inconsciente? Hasta te convencen de que sos feliz y hacés lo que querés. La libertad, ésa de la que venís escuchando hablar hace tanto, no existe, pero claro loco, no te enterás. Todos se vuelven locos sin darse cuenta; los que tienen mucho porque quieren más y los que no tienen porque no los dejan ni vivir.

 

Máquinas humanas

Humanos máquinas

Lo que vale son las cosas y para conseguir cosas, cualquier cosa, la gente corre desesperada, se empuja, arrebata los saludos, sube a los colectivos corriendo, baja corriendo sin haber mirado el paisaje... el... ¿qué?. Después come corriendo, hace el amor corriendo y cuenta los orgasmos como si fueran trofeos para partir corriendo a ninguna parte para amontonar cosas, más cosas. No las conoce pero las amontona. No me interesan los montones de cosas sin sentido.

Me gusta la nariz del payaso que hace piruetas en la bicicleta, la cara pintada de blanco de los mimos y el corchito con el que juega el nene de enfrente.

Me gustan los cuadros de Leonardo ¡qué grande! con su saber universal podía observar como si estuviera en la cima de una montaña sin quedarse en el círculo cerrado de un solo conocimiento. Él pudo abrir su mente y desarrollar las posibilidades del hombre para entender más de todo y estar más vivo.

¡Eso! Me gusta estar vivo.

Me gusta mi guitarra que está rota, un poco vieja y no suena muy bien pero forma parte de un "mí" que tengo escondido, no el que uso. Mi guitarra me ofreció noches con ojos abiertos, resfríos con ojos cerrados. Ella me alimenta, cubre mi frágil corazón con su ternura; yo la abrazo, la caliento, la acaricio y en el éxtasis me regala la música. La gente cree que yo hago las canciones. No, me las regala mi guitarra porque para ella soy único en el mundo y para mí no hay otra como ella. Cuando la toco es como si hiciera el amor con una mujer; le arranco las canciones como se le arranca el fruto a la tierra, el hijo a la mujer. Con sus cuerdas desparejas me contacto con lo divino que nada tiene que ver con la hipocresía del dogma; lo divino es esta fuerza misteriosa que está dentro y fuera de mí y me da las canciones.

Cuando me abandono entre sus cuerdas pienso que si fuera hindú diría que mi alma ya ha pasado por un proceso de evolución y que con la música la mejoraré para habitar otras esferas superiores. Porque cuando la toco siento cosas grandes que no puedo explicar y busco con alegría y desesperación, con ansiedad y paciencia. ¡Qué se yo!... con todo ese bardo.

Y le pregunto en cada acorde: ¿habrá un Dios, una Inteligencia Suprema y remota que mueve los hilos del universo y es tan grande que no nos da pelota? Era Aristóteles o algunos de esos hombres ilustres que lo decían... una inteligencia o alma trascendente. Inefable. Tan lejos de nosotros que jamás podremos adivinar este misterio. Misterio, me gusta esa palabra y me asusta.

A Dios, como a mi guitarra, no se lo puede conocer ni nombrar ni imaginar. Tal vez cuando el hombre se libera del cuerpo y se convierte en pura alma puede acercarse a lo divino. ¿O queda en la NADA? ¿Y si de veras mi alma ya vivió? ¿Seré un karma en uno de los tantos ciclos?

¿Y si fui Dante o Mozart o mi abuelo?

¿Cuál habrá sido mi pasado? ¿Y cuál mi futuro?

¿Y qué otras cosas habrá creadas?

¿Es mi alma un espíritu tan abierto como para recibir las emanaciones de lo eterno? A veces creo que estoy encarcelado en un cuerpo con limitaciones que lo separa de su magnífico destino.

(Uf!! Me sale mal el tono de esta canción).

Dios es una pregunta que está por encima de mi pensamiento. No una respuesta... Dios es lo perfecto. Absoluto. Ni siquiera sabe que existo, como yo tampoco sé que existe; sin embargo sé que yo soy Dios y que Dios soy yo porque no hay límites entre el cuerpo y el alma, lo divino y lo profano; todo está en este infinito, un todo sin verdadera separación.

 

Yo, las cuerdas, mi canción.

Y en la guitarra mis manos, todas las manos de ayer, de hoy, de mañana. Manos para acercarnos. Manos para rechazarnos. Manos para odiar y para amar. Manos para pulsar las cuerdas.

Y me voy

Mi guitarra me queda pegada al cuerpo. Y me la llevo. La extraño... y entonces, lloro.

Si te doy algo, te doy mi alma.

  Sebastián

 

   LA BOCA DEL VIENTO

   La fiesta era un mundo de almas decadentes. El tuyo y el mío.

Mi única oportunidad de encontrar la razón de esta decadencia y saltar sobre ella para sentirme puro era seguir mis impulsos sin pensar en las consecuencias.

Hombres y mujeres. Un laberinto de habitaciones pequeñas y un rito: bailar y luego hacer el amor. A las cinco de la mañana cada hombre y cada mujer tendría su pareja y si vos te ibas con otro, yo también lo haría, no sin antes cubrir nuestras almas con trapos muertos. Muerto sobre muerto, yo debía resguardar para los otros tiempos el único amor que concebíamos: el nuestro.

Sabía que después de esa sonrisa y ese gesto sugerente que yo conocía bien, desaparecerías y yo debería cumplir nuestro propio rito. Sumergiéndome en él te seguiría al templo buscando, en mi deflagración, la mismísima verdad sin mutaciones.

Cuando me acerco a la habitación voy avanzando por el pasillo cada vez más oscuro. No importa, porque conozco de memoria los movimientos que debo realizar para abrir la puerta. La oscuridad más intensa del cuarto invade el pasillo como un viento que, de pronto, alguien deja escapar del encierro. El viento me refresca la cara y me detiene bruscamente cuando trato de atravesar la puerta. Insisto, debo seguir hasta el final y encontrar la existencia real de las cosas... Sin embargo, el viento frío me devora el corazón y me freno y resuelvo no entrar... sólo mi mano, ajena a mi voluntad, recorre la manija de la puerta y se desplaza casi reptando por la pared hasta la llave de la luz. Percibo que hay alguien adentro por el aire pegajoso... ni un ruido ni una imagen pero imagino la boca abierta, húmeda, tremenda y los dientes afilados acercándose a mi mano. Los dedos se me van quebrando uno a uno y con ellos todo lo que hicieron, lo que tocaron, lo que vieron, lo que vivieron. Todo ello se esfuma y se convierte en un viento que llena de nuevo el cuarto y que, cada vez que lo abro, se escapa fresco y me invade un escalofrío que me atemoriza y al mismo tiempo alimenta mi amor por vos, que sos la vida.

E imagino esa boca como una maraña de plantas selváticas que se hunde en mi vientre y devora mis tripas. Y abro la puerta con violencia. El viento. Todo se repite, sólo que cada vez más rápido y cada vez la boca es más espantosa y el viento más frío y que ya no quedan dedos ni tripas, sólo el alma que ofrezco incesante hasta la nada.

Él ya no habló más; se iluminó y se fue quemando mientras, desde su mano, el enchufe lo absorbió como un embudo y girando fue entrando al agujero de la pared. Pero entonces el cuarto se llenó de aire y salió como viento; el fresco le despejó la vista y le dejó una sensación agradable de liberación pero exageradamente corta. Y fue cuando, llevado por un deseo morboso, quiso entrar empujado por una boca que lo absorbía... acercó la mano a la pared para prender la luz pero percibe que hay...

 

MENSAJE PERDIDO I

¿Sabés? Tengo miedo de escribir tu nombre, miedo de cada una de las letras que lo componen.

A veces, cuando lo digo, me parece que lo escuchás a la distancia.

A veces, cuando lo oigo, intuyo que suena a cristales de mar.

A veces, cuando lo percibo, me trae tu amor que no es lo que imaginé pero es lo más fuerte que me pasó en años.

A veces, cuando lo sueño, se me asemeja al viento y a la lluvia con charcos chapoteados.

A veces, cuando lo repito, no es más que la noria ancestral. ¿Hasta cuándo la vuelta milenaria? El cerebro me martilla y en el pecho un caballo en celo que debe escapar de una trampa amoral, sin deseo de bien o mal: sólo una fuerza natural. El resto es mío. El volcán: mi creación; mi insatisfacción: una invención.

A veces, cuando lo recuerdo, me envuelve un olor a pasto recién cortado como si con él llegase tu presencia.

A veces, cuando lo muerdo, me palpo tieso como la montaña para luego derramarme en pedregullos de colores de azufre, hierro y cobre.

A veces, cuando lo murmuro, viajo al centro de un agujero negro donde el Todopoderoso manda... pero temo escribirlo.

Porque a veces cuando lo escribo, sus letras, como gusanos, se arrastran en mi carne y generan remolinos subterráneos que como dardos, me lastiman.

Porque cuando lo escribo, veo la presa que muerde feroz la soga que la ata en una pelea sin entregas, una cacería donde el zorro herido escapará nadando en el río torrentoso con el pelo largo y los dientes firmes.

Porque cuando lo escribo, no dudo que, como ÍCARO, quise tocar el sol porque me dio calor y me envolvió con ternura y entonces, para volar, me pegué las alas con cera y ¡pobre iluso.! ¡allá fui! cerca–cerca–más cerca más amor, más calor, hasta que con las alas derretidas me perdí en el espacio.

 

Por eso no lo escribo

 

Te di todas mis fantasías, mis velos enjabonados. No he de sacarme el último. (Salomé: no me acuerdo si te sacaste los siete velos). El último es el mío. Absolutamente moriría sin él, sin calor, sin fuego entre las piernas.

¿Entendés ahora por qué tengo miedo de escribir tu nombre?

 

EL OSO

 

Teniendo en cuenta que ese año hubo una epidemia de circos es lógico pensar que yo ya estuviera versado en las trampas del domador y con las habilidades de los animales amaestrados. No es por nada pero mejor que les aclare que los animales haciendo payasadas nunca me gustaron, siempre me pusieron muy nervioso.

 Esa tarde, el oso pardo del circo me miró raro y me asusté; había en su mirada algo de víctima o victimario, no lo supe distinguir. Enseguida, las viejas palabras del domador y el chasquido del látigo sacó al oso del ensimismamiento que comenzó a hacer sus piruetas como si nada. De tanto en tanto, distraía un segundo su mirada y me hacía llegar su desprecio. Yo no podía sacarle los ojos de encima, cada vez me sentía más atraído y más asustado.

Notaba con terror que me iba saliendo de mí mismo y me acercaba a las rejas que aseguraban la jaula, que en realidad era de un vidrio tan fino que de lejos no se veía. Absolutamente espantado y sin poder evitarlo sentí como me fundía en el vidrio y lo atravesaba justo en el momento en que el oso se abalanzaba sobre mí y en mí se vengaba de todos los tormentos que el hombre domador había infligido a su especie. Sentí su zarpa apretada en mi garganta y creí ahogarme ante los ojos paralizados del domador que no lograba entender lo que estaba pasando.

Por suerte, payasos, trapecistas y malabaristas arrancaron al oso de mi garganta justo a tiempo.

Cuando pude respirar mis pulmones ya estaban destrozados. Esto provocó la excitación de mi corazón que estalló y ensangrentó el circo y el universo. La sangre invadió todo y a la gente no le quedó más remedio que alimentarse de ella hasta acabarla y proseguir viviendo tranquilamente.

Mis familiares, que harían cualquier cosa por mí, menos saber de mi verdad, se apiadaron y me transplantaron un nuevo corazón de metal. Fuerte, indestructible, insensible, muerto. Yo mismo me lo arranqué y partí a buscar mis pedazos de corazón.

Recorreré el universo pero no me dejaré vencer.

 

Pero ahora el problema está en mi cabeza. No funciona bien, se siente mareada, perdida, de nada sirve una cabeza sin corazón porque yo siempre puse cabeza, corazón y alma sin poder dividirlo. Mi corazón energizaba cada una de sus fibras, de sus conexiones nerviosas y las entregaba sin reservas para que la cabeza las usara. Ahora mi cabeza está vacía, no me sirve.

Debo volver a hablar con el oso, si no tiene otra solución que me parta la cabeza. Si a vos, insensible a mi dolor y a mi indefensión, no te gusta, es problema tuyo.

Yo no me arrepiento de ser como soy.

 

A Caperucita se la comió el lobo.

Bien puede el oso comerme a mí.

 

MOBY DICK

I

José estaba sentado en la todavía tibia arena de la playa, meditando. Ya anochecía y algunos nubarrones se formaban entre la playa y el horizonte amenazando tormenta, una tormenta que él debía afrontar si quería continuar siendo un ser humano y no una rata.

Un rápido vistazo en derredor le permitió comprender que la tormenta en la playa lo desafiaba. Sí, originada por el dios Odio al norte, Resentimiento al sur, Venganza al oeste y Muerte al este se condensaría exactamente en el punto donde José estaba sentado, ya que sólo él podría enfrentar de una vez y para siempre las fuerzas del mal.

Sin embargo, no pareció perturbarse y siguió mirando ensimismado al horizonte. Indiferente ante lo que sucedía a su alrededor, ni siquiera se percató de los gritos de alarma de la gente que, manoteando sus pertenencias, intentaba buscar refugio.

Abrió el libro que había estado leyendo y que había dejado a un costado cuando los primeros relámpagos lo distrajeron de la lectura. Decidió aprovecharlo hasta su última página y luego abandonarlo a la intemperie para ver si resistía el temporal. Un chubasco repentino, seguido de un bramido de furia, anunció el huracán que caería de plano sobre José.

Vagamente oyó hablar a sus amigos:

¾ Mejor vamos muchachos...! ¡ Se viene una! 

¾ Sí, ésta no está amagando, se viene fulera. Mirá, no quedaron ni los perros. 

¾ ¡José! ¡José! ¡Vamos!

¾ Este tonto ni contesta. Que haga lo que quiera, nosotros nos tomamos el raje. 

¾ Chau, che. 

¾ Chau José. 

 

Pero José no contestó. Sus compañeros vacilaron pero, ajenos a su mundo, no estaban dispuestos a arriesgar nada ya que la tormenta no significaba lo mismo para todos. José lo comprendió, levantó la vista y vio cómo la playa se iba vaciando paulatinamente de sus amigos. Un rayo zigzagueante que cayó sobre el mar enloquecido, aterrorizó a los muchachos que ahora, sin reparar en José que cavilaba absorto, huían despavoridos. Nadie quedó.

Inmerso dentro de las páginas de la novela de Melville, su pensamiento se centraba en la tempestad que el autor describía en pocos renglones y cuyo poder penetraba en José. Estaba demasiado reconcentrado para oír cómo las olas acrecentadas en su furor golpeaban murallas de arena fina, ejércitos de caracoles y algas, de cangrejos y conchillas (mientras el capitán Ahab, en medio de un mar embravecido, perseguía con su mítico arpón, la ballena blanca). Tampoco pareció enterarse de cómo el viento había dado cuenta de sombrillas, reposeras y cuanto objeto olvidado había quedado disperso en la playa llevándolos en un manto arremolinado, oscuro, ululante, hacia los mismos puntos cardinales de donde provenía.

Cuando lo notó no tuvo tiempo de nada; la tormenta estaba encima suyo en su apogeo apocalíptico. Nunca supo por qué la fortuna había decidido que él la enfrentara solo, que se confundiera en ella, que aprendiera a caminar en ella, como Melville, aquel grande que encabritó al mundo puritano de su época desobedeciendo a la vez la ley divina y la de la razón, convirtiendo su maravillosa novela en un hito ineludible en la literatura universal o a escapar, si era necesario, como Galileo, que abjuró de sus ideas para vivir por ellas.

Alguna vez, en un tiempo sin relojes, recordaría cómo, obedeciendo un mandato, dejó Moby Dick en el suelo sin protección ninguna y se paró. Y en medio de la oscuridad, solo, escudriñó el camino con la arena lastimándole los ojos... y anduvo a tientas, con los pies doloridos y las rodillas dobladas... y tras haber marchado largo trecho sin entender dónde iba, SUPO. Supo claramente qué debía hacer y entonces decidió volver atrás en el tiempo, transitando la senda de regreso hacia el punto primigenio desde donde parten todos los hombres.

...Y la recorrió a tropezones, embarrándose cada vez más y más, desgarrándose las ropas. Pero imparable. Ansiando aquellas playas donde por equivocación se había puesto a meditar y se había olvidado de todo y de todos en busca de un ser más completo.

Al fin llegó a la playa ( que ya no existiría para él) donde todo seguía igual pero a la que José no volvería a pertenecer jamás; donde había pasado los mejores momentos de su vida y de la que había sido despojado por razones que aún no entendía. José siguió su camino hacia el pasado evocando sus recuerdos, tratando de revivirlos, soñando solamente con ser inocente como antes, antes de que ese implacable tornado lo marcase para siempre.

 

  Primavera de 1989

  José llega a Tierra Deseada. Lo que era suyo ya no le pertenece. Ni su cuerpo, ni su alma. Todo ha sido vendido. Es mediodía y no tiene sombrilla con la cual taparse del sol. Nadie lo invita a sentarse a su lado. Se siente solo, desgraciado, robado.

 

   II

Acá se acaba lo que yo sé de José. O creo que sé. Nada es seguro. Ahora que lo escribo pienso que probablemente no haya existido ningún José, ninguna tormenta, ninguna playa y que todo sea una falsa obra de la imaginación de un hombre inútil con deseos de grandeza que quiere ser emperador pero no sabe lo que esta palabra significa.

Sólo conoce la palabra impotente y la repite... impotente... impotente... IMPOTENTE... impotente...

Me asombro de mi valor de antaño, valor que ahora no poseo... es que ahora tengo tanto frío... y la tormenta pasa y no me puedo quedar atrás. Ya no sé ni escribir, sólo garabateo frases sueltas sin coherencia ni futuro.

Y hete aquí que, cuando estoy a punto de despedirme de José... lo veo en la orilla en medio de los mástiles de veleros hundidos y maderas de botes pesqueros que no resistieron el embate de la tormenta.

Y lo veo, parado, con el pelo suelto, el pecho descubierto y un arpón en la mano escudriñando el mar en busca de la ballena blanca.

Y hete aquí que lo veo cavando en un montículo de arena y, desenterrando su libro, lo mira largamente, le quita con amorosa dedicación la arena de entre las páginas, alisa, meticuloso, las tapas y con una luz nueva en los ojos y en la sonrisa, fuerte, potente, potente, POTENTE, se echa sobre la arena tibia y lee

Lee

LEE

 

EL INDIO HA MUERTO

Es raro. Increíblemente raro. Pero sólo al recibir el primer número de su bautismo me di cuenta de que yo también era un indio, un salvaje no subordinado a esta sociedad del presente ni a una del futuro ni a una del pasado ni a nada que los seres humanos pudieran comprender porque pertenezco a una dimensión atemporal y perdido donde estoy, invento mi propia realidad que estalla súbitamente y recupera los infinitos.

Y allí ya no conozco a nadie pero amo con un amor tan exaltado que no puedo dejar de abrazar cuanto me rodea y fundirme en el todo que me abarca.

Mi tiempo es salvaje, es loco, es imposible, pleno, indio, indisoluto, mi tiempo es eterno mientras mi espíritu no se agote. Es que en ésta, mi borrachera, yo me dedico al Universo Fundante con todas mis fuerzas, mis ilusiones, para luego caer rendido, destrozado. No importa.

 

¡Mi tiempo! ¡Mi sueño! ¡Mi imaginación!

Pero también mi miedo.

Sí, mi miedo, porque si por error abro los ojos y veo a mi alrededor, mi valor transgresor se diluye y puede fragmentarse irremediablemente en esta lastimante y enceguecedora claridad donde mi poesía se transforma en pesada prosa y mi amor en simple compañía y lo sensual y humano será maquinario, autómata, frío pero eso sí, conveniente a los códigos normativos.

 

Señores:

La propuesta es clara: quien quiera ser un indio verdadero, eterno por siempre y no de a momentos, aspirará esas pequeñas y súbitas inspiraciones que son el aroma de su propia poesía y las derramará hasta plasmar el único poema de su existencia.

Quien quiera ser ese indio, repito, debe saberse muerto por la sociedad, asesinado por un proceso lento y constructivo que culminará en la cruenta exposición de su descuartizado cadáver ante la mirada de niños, ancianos y mujeres en el paseo público más concurrido. Se pudrirá primero y luego, hediondo, seguirá adelante sin titubear hacia su completa desintegración. Recién entonces, en un último, heroico esfuerzo, aflorará lo que hay de valioso en él, sólo que los hombres vulgares no lo podrán ver (¡son tan simples, tan pobres!...) Ellos sólo creen lo que sus limitados ojos son capaces de señalarles. En cambio, nosotros, los indios verdaderos.......

"Y terminada será la era de la vacuidad si las futuras generaciones siguen su ejemplo. De lo contrario, sólo forjarán un mismo y desastroso presente asfixiando los innumerables bautismos del indio"

Y va pasando el tiempo

y el indio es olvidado.

Pero él sabe, él sabe en su tiempo atemporal

que murió con honor,

que vive de verdad.

 

Escrito el 19-2-92

Entre las 3 y las 5 de la mañana.

 

   ANTÍGONA

 

Un leve ruido en la planta baja despertó a Sebastián. No podía ser. Quiso pensar que seguía soñando y se hizo el distraído hasta que aterrorizado, reconoció la voz pastosa del hombre que, implacable, venía en busca de su hermana. A pesar del miedo pudo pensar con frialdad y tal como lo había premeditado sacó el revólver de abajo de la almohada cuidadosamente preparado la noche anterior.

¡Qué risa! ¡Qué paradoja!

¡Cómo se había burlado la vida de sus proyectos!

  Él, que creía en la paz, el entendimiento entre los hombres, la no-violencia, que condenaba el castigo, la pena de muerte... ahora iba a matar.

No tenía alternativa. Iba a matar a sangre fría y sin dudarlo y como si fuera poco, sin ningún remordimiento. Tal como si su conciencia, puesta ante las trampas del infierno, se hubiera trasmutado y ahora, nadando en las aguas del demonio, hubiera cambiado su piel como las serpientes...

  Con nitidez oyó pasos en la sala grande. Se levantó con movimientos acompasados de gato... no, como una ameba; algo no humano habitaba en él. Todo había sido estrictamente calculado, detalle por detalle.

Sebastián acarició la cabeza de su hermanita acostada en la cama de al lado, la tapó y la miró con ternura; escrutó su cara todavía con rasgos infantiles: estaba efectivamente dormida. En la mesita de luz su libro abierto en la parte III de Antígona le recordó cuando ella se lo leía en las tardes lluviosas con olor a tortas fritas repitiéndole una y otra vez la historia de una joven niña que enfrentó un reino y prefirió morir, antes que abandonar a su hermano.

 Hacía cuatro años, cuando se quedaron solos, había prometido cuidarla, ser su guía, su compañero, su referente. Así lo haría ¿Qué importaba a qué precio y bajo qué circunstancias? ¿Qué diferencia hacía si su hermana se había equivocado y mezclado con esa chusma de mal vivir? ¿Acaso no era él también responsable? ¿Acaso no le había fallado al no prevenirla lo suficiente evitando que se involucrara con gente que no perdona? Ahora le tocaba reparar su descuido.

Pensó: el film. Una canallada. Quisieron avergonzarlo cuando le mostraron las terribles imágenes. A él no le importó, por el contrario, se intensificó la necesidad de protegerla; frente a cualquier cosa que su hermanita hubiera hecho, él seguiría más y más y más a su lado. Debía obtener el film a toda costa. La habían usado, marcado, traicionado. ¡Por Dios que la traición le daba náuseas! Sentía como un vacío ante su presencia que lo obligaba a actuar porque su hermana necesitaba ayuda. ¿Quién si no él?

Nadie creería que aquel muchacho pacífico, sensible, miedoso... en fin... pero sin embargo capaz de jugarse todo por casi nada, enfrentaría a estos hombres sin siquiera dudarlo en una pelea despareja pero inevitable como el propio destino. No se planteó cuestiones de ética o moral ni pensó que de esta forma no hacía más que meterse en el mismo barro con el que habían empantanado a su hermana. Se sintió más allá del bien y del mal. Sabía que era matar o morir.

Oyó crujir la escalera. Escuchó la respiración rítmica de la hermana que marcó una arruga en el entrecejo, producto tal vez, de algún sueño perturbador. ¡Cómo la quería! Era su misma sangre; desde el vientre de su madre no había nada que ellos no pudieran compartir. El silencio filoso le hizo saber que el momento había llegado. Una vez muerto el intruso, Sebastián obtendría el film que acusaba a su hermana; después ella estaría a salvo de esa banda desalmada: Dinero – Poder – Sexo.

Crujió otro escalón, el aire se enrareció y el olor a azufre de la tragedia invadió la vieja casa paterna. La puerta se abrió de un golpe. Antes de que la luz de la linterna lo encegueciera vio una sombra que se alargaba frente a él y que cubría la guitarra que, muda al pie de la cama, observaba la patética escena. Su imaginación volvió a tiempos idos: ella leyendo Sófocles y su Antígona y él rasgando su guitarra.

Sólo pensó: "Estará a salvo".

Apretó el gatillo en el momento en que una carcajada maléfica rechinó escapando de la habitación. El fogonazo rodó por el cuarto iluminando los rincones hasta meterse en su cerebro.

 

Nunca había escuchado semejante estruendo.

Y así fue como se convirtió en esclavo del demonio.

 

JUGUETEO DE PALABRAS

En la calesa el payaso da vueltas sin cesar con su calzonso al aire mientras se mezclan música y carcajadas con pesadas pompas de jabón flotando en el espacio azul.

Aquella voz, tanto y nada... hace tanto tiempo y es ahora, puede ser mañana, nada es una certeza. No estoy en vos pero me llevás siempre. Lejos de la gente todo es la misma cosa, una melodía intermitente en busca de pájaros adormecidos en los altísimos tilos azules. Cualquier cosa.

Pero vayamos de a poco... Me pregunto todo el tiempo.

 ¿Cómo?

¿Quién?

¿Qué?

 

Todo me asombra. La luz, el calor, masticar, ver el lago transparente acostado como una mujer para que la montaña lo posea y le arranque sus misterios. Me asombra el agua que sale de la canilla y busco y me pregunto por qué la mesa se llama mesa. Las cosas son más de lo que parecen, tienen algo escondido que tengo que descubrir, que tengo que meterme adentro, sorberlas para encontrarlas y saberlas.

Me asombra mi reflejo en el espejo... ya no tengo ninguna forma proporcionada ni humana. Mi boca que era chica y de labios finos va engrosándose poco a poco y aumentando de tamaño y no sólo cubre mi cabeza sino también mi cuerpo. Se convierte en lo único que tengo, grande y vacía. Boca de palabras efímeras que no sabe más que comer. Así sobrevivo sin escuchar, sin ver ni pensar, ya que comer no basta y lo demás me destruiría. Boca sin garganta ni cuerdas vocales, hombre sin alma, mañana sin ayer, vida sin sentido.

No te reías payasito, de mí.

Sigue rodando en la calesa para alcanzar la sorta. Me la paso espiándote para que no te rías de mí; mejor riamos juntos y que nuestras carcajadas... ¿qué?... Ah! Ya entiendo... no podemos reír juntos. Lo que pasa es que en el espacio nebuloso y entre vos y yo hay algo que yo puedo ver. Sí, es el futuro, como un gran océano, con los mundos y los universos dentro de él. Pero para llegar hay que pasar una puerta que tiene una llave con un código secreto ¿la ves payasito?

Hay un mago que sólo entrega el código a quienes tengan mano firme, resistencia moral, ojos luminosos, boca con palabras, cara toda sonrisa, corazón bueno y tenaz y alegría, mucha alegría de vivir.

Ese código será para los que puedan ver sobre la calle mojada el reflejo del cielo de plomo, del tilo perfumado y del farol carcomido por los gusanos.

... Y para los que puedan ver el hambre y la miseria con el corazón oprimido y el coraje en la piel. Sin desaliento.

... Y será para mí que considero la traición, la rutina, la infamia, la indignidad, el egoísmo, tan ajenos que no pertenecen a los mundos verdaderos de mi ser.

... Y para los que sigan con los ojos ávidos y las manos ardidas las piernas de la mujer, con los senos firmes y el torso espigado hasta encontrar el agujero oscuro, succionante, misterioso, único dueño de la verdad y la realidad.

... Y para los pintores de pinceles calientes que estampan rostros repulsivos, sublimes en su creación y no para aquellos de pinceles fríos que sólo saben de rasgos de perfección, invariables, rígidos, donde no se trasluce la vida.

... Y para los que siguen haciendo piruetas en los trapecios desafiando la ley universal de Newton, saturando cada movimiento de inspiración aún cuando la carpa haya caído sobre la pista de donde han huido los domadores de fieras atropellando a los niños.

... Y será para los que asistieron a la primera representación de la Novena Sinfonía... y para mí, que estoy sentado en primera fila viendo a Beethoven sordo, desesperado, pegada su oreja al suelo de madera para sentir las vibraciones de su música celestial que le estaba vedada porque se la había robado a Dios. Yo estoy ahí, yo veo las notas sublimes entre sus mechones magníficos. Y lo aplaudo ferozmente. A rabiar. Y exploto en sollozos estrepitosos, temblando, gritando. Y lloro, arrebatado, como llora un hombre.

¡Ja! ¡Ja!. Yo tengo todo lo necesario para que el mago me dé la llave y mucho más, payasito, ya verás. El futuro es mío. Es bueno que me acompañes pero también quiero caminar solo, con ese gran desafío que trae preguntarse siempre todo, asombrarse siempre de todo, vivir en estado de admiración constante y que es sufrimiento, placer y esperanza. ¿Cómo? ¿Qué te lo diga con una sola palabra? VIVIR

 

(Te lo dije porque te reíste conmigo)

Sebastián

Julio 1995

P.S: También porque te reíste conmigo te informo:

Calesa es calesita

Calzonso es calzoncillo

Sorta es sortija

Canilla también se puede decir "cana"...¿querés una mandara?

(¿entendés el mensaje?)

 

ESTIGMA

Doctor

Creo que no me puede culpar, todo es causa de mi estigma y cada uno tiene el propio.

Sígame, por favor. Vea hacia mis ojos y siéntase como si estuviera en ellos, sentado, como en un carrito del tren fantasma. Usted es un niño jugando a asustarse en los misterios de la oscuridad; el guarda ajusta su cinturón y su corazón empieza a acelerarse. Avance conmigo Doctor, mis ojos se vuelan hacia adentro, giran ciento ochenta grados y entran en la cueva mágica: en mis cuerpos y mis caminos. Por ellos se llega hasta donde guardo las dos líneas que definen mi estigma, en una caja rosada al fondo de un universo fantástico de duendes que lo vigilan y esconden. ¡Cuidado! Hay mensajes falsos y sólo el viajero más astuto podrá descifrar los verdaderos códigos. Y cuando las ruedas poco aceitadas del carro suenen, una voz oscura va a resonar en el ambiente.

Todo empezó hace años. Yo, El Creador, estaba acostado sobre la tierra como una manzana arrojada cuesta abajo desde un árbol; miraba al cielo y soñaba con la luz primordial, al tiempo que en mi espalda una lombriz empezó a lamer mi piel y a cavar dulcemente un agujero por donde fue entrando mientras yo sonreía adormecido de placer. Después, una vez adentro, no volví a saber de ella pero cavó en mi cuerpo, como si yo no fuera más que una manzana, caminos tortuosos y hediondos.

Esta vez yo estaba a la sombra de un viejo tilo, mojado todavía después de mi baño en el agua helada del lago. Le decía que esta vez fue distinto, doctor, había mucha gente que me rodeaba y me miraba. Yo estaba borracho, cantando con mi guitarra:

 

Nubes que bajan

solas hasta aquí

hagan sonar las campanas

que no quiero ver morir

mis almas santas.

 

Todos saben yo soy de aquí

¡cuántos años vi la luz!

pero alguien me dio tu cruz

cuídense, gente de aquí.

 

De pronto me olvidé de la letra y dejé de cantar. Volví mis ojos para adentro y empecé, desesperado, a buscar las palabras en todos mis rincones. No había nada. Nada más para decir. Los ojos entonces se me trabaron; son ellos los que se volvieron locos: ya no quisieron ver afuera y sólo me quedó tantear con mis manos a mis costados pero tampoco encontré nada, ni siquiera la guitarra. Me di cuenta de que me paraba y traté de que todo volviera a la normalidad pero la gente se oscurecía en una nebulosa y yo me sentía encerrado en un cuarto negro cuyas paredes me asfixiaban. Y cuanto más esfuerzo hacía por escapar, más se alejaba el tilo, el lago, la gente y la luz.

-Me estoy volviendo loco -me dije- pero no puedo hacer nada. Estoy vuelto hacia adentro y mi voluntad no es obedecida. Ha de ser mi estigma. Hay un otro yo que no puedo ver que me maneja ¡si lo pudiera encontrar!¡Si tan sólo lo viera una vez!. Debe tener cara de monstruo y debe estar torturando a un ángel de ropas translúcidas con cuerpo blanco, casi transparente. Uno se pierde en las formas de ese inmenso mar de fuego frío, ese cuerpo es tan suave que no se distingue de la seda que lo recubre o es que tal vez no sea un cuerpo sino una yuxtaposición de sedas blancas, una sobre otra, infinitas, formando un volumen que, si bien de lejos parece compacto, cuando uno se acerca hace perder en sus formas como si uno fuera un minúsculo animal que caminara de a saltos para ubicarse en sus rincones más sabrosos y chupar la sangre de ese inmenso mar de fuego. Le repito, Doctor ¿me escucha?. Cuando el microscópico animal se acerca, navega en un ensueño que prolonga su borrachera y entra en un baile de viento y seda blanca entre las telas y los remolinos que ellas forman. Los velos se van corriendo uno a uno pero nunca se llega al cuerpo, al verdadero cuerpo. Los velos se corren para mostrar nuevos velos y el corazón del ángel no es más que otra hoja, la más blanca pero nunca una perla.

Bueno, como le decía doctor: el monstruo está torturando al ángel. Caminando por un pasillo vacío tomo una antorcha y me aproximo a ellos. Doctor, no tenga miedo, si cierra los ojos tal vez pueda acompañarme. ¿Ve? Yo tengo los míos vueltos hacia adentro, en realidad se escaparon de mis órbitas y se hicieron microscópicos. Ahora, por separado, recorren los túneles tenebrosos y hediondos que la lombriz fue excavando en mi cuerpo. Sé que al final mi cuerpo se va a pudrir pero mientras tanto, mis ojos encontraron ese túnel y lo recorrieron hasta donde se abre una gruta gigantesca en cuyo centro hay un lago y en el lago una isla de aguas hirvientes que impiden el acceso a todo elemento material: se derrite. Y allí se debaten las fuerzas del aire: el bien y el mal. El monstruo y el ángel no son más que imágenes, luces de colores infinitos que hasta allí llegan para su pelea final (son ellos los que tienen la palabra que definirá mi estigma). Oigo el traqueteo de las ruedas del tren fantasma. Usted debe llegar Doctor, porque allí está la palabra. Sígame doctor, antes que se destrocen el Ángel y el Demonio y la palabra quede en el fondo del lago para siempre.

En fin, ya le dije que no me puedo culpar porque todo es causa de mi estigma. Y cada uno tiene el propio. Sin embargo Usted no va a poder pasar doctor y tampoco la lombriz puede hacerle nada, porque ella no puede contra lo inmaterial. Mis ojos sonríen victoriosos y se disponen a descansar ¿Lo ve Doctor? Si no, lo ayudo. La palabra retumba en las paredes de la gruta y rebota invocando a los duendes que bailan alrededor de un caldero. Y del hervor del agua se levanta un vapor que humedece el ambiente. Lo siento. Todo es humedad, niebla. Si tuviera que caminar allí lo encontraría penoso porque los suelos barrosos cubiertos por el verdín lo harían patinar y una vez que cayera estaría irremediablemente atraído por el lago. Algo succiona sus piernas como si fuera un viento pero al revés, una máquina aspirante. A medida que un cuerpo cae, primero sus piernas, su sexo, su tronco, su pelo, su lengua, se va derritiendo en el lago y esto reaviva al ángel y al demonio.

Doctor ¿por qué no me da la mano mientras cae y después la apoya sobre mi sexo? ¿qué forma tiene doctor? Yo no lo puedo saber. Ud. está en el lago y lo sabe todo. Pero mis ojos, ya le dije, están en la gruta, mis brazos y mis piernas también, dislocados porque llegaron por caminos diferentes. La gruta tiene cien puertas de cien distintos gusanos y cada parte de mi cuerpo llegó por un lugar distinto.

Doctor: yo ya no puedo caminar; yo ya no tengo piernas. Pero tengo sexo.

Doctor: yo ya no puedo tocármelo; no tengo brazos. Pero sí sexo, doctor. ¿Soy hombre o mujer? ¿o soy distinto?

Me tengo que ir ahora: me espera mi guitarra y mi canción en el calor suave de mi habitación azul. Suena el teléfono y escucho la voz de mi novia mientras canto:

Tengo miedo de ver

miedo de amar.

Tengo miedo de ser

una noche más en tu corazón...

...pero me falta la palabra.

(Es mi estigma)

En la isla el monstruo tortura al ángel y en su lucha gira en un círculo que se acelera en cada vuelta hasta que todo se comporta como un gigantesco remolino. Los ojos van siendo atraídos al lago y ahí se derriten. Pero sin ojos, el monstruo y el ángel desaparecen y todo se cierra en una implosión que traga la energía del universo y la concentra en un solo punto.

Infinitamente pequeño.

Doctor, en ese punto quedé encerrado y nadie me va a poder encontrar; es demasiado pequeño y además sería muy peligroso abrirlo ya que todo explotaría y formaría otro universo dentro del universo. Y eso no es posible. Pero igual no se preocupe, no está en el saber humano conocer los códigos de este punto. PUNTO.

 

 CARTAS AL VACÍO, DESPERDICIOS DEL CORAZÓN

Ya sé que soy sólo un narrador del pasado y que nadie me hable de creación. Apesta. Yo repito, sí, repito. Y mi grandeza reside en ello. Exactitud, justeza, precisión. Esto es todo a lo que aspiro, buscando dar así, aquella imagen de la vida que, como toda imagen, será falsa, irreal, equivocada. Y mi presunta grandeza resultará no ser sino un gran globo lleno de aire que se nos diluye entre los dedos y se pierde irreparablemente ya que el globo se pincha.

Sólo la creatividad es vida verdadera y va siempre más allá.

Lloro por ella, porque la extraño, porque la vida me la quitó.

Lloro y lloro y cuando paro, solo, cual maniático, repito:

Él dijo:

"Hágase la repetición" y la repetición se hizo.

 

EL CABALLERO SOY YO

Cartas al vacío I

Desperdicio del corazón

La noche era pesada y parsimoniosa. Se habían reunido en la playa para festejar la graduación de Miguel. Llegué tarde y sin saludar a nadie me senté a comer en la mesa de la familia.

Pero... imaginemos primero el entorno.

Al fondo, ruido de mar en calma; más cerca, el murmullo tranquilo de la reunión y el chocar de las bandejas repletas y resplandecientes en manos de las mujeres que servían las mesas dispuestas de forma que estuvieran alejadas las unas de las otras. La "foule" contenta, dispersa. Y todo bajo un cielo negro que ni yo era capaz de mirar.

Comí jamón, queso y aceitunas hasta que me sirvieron pollo con ensalada rusa; seguí con chivito y lechón con mayonesa de atún. Después acabé con el postre, la torta y el helado. Tragaba con asco y en desorden. Mi objetivo: devorar cuanto mis ojos viesen para vomitar más de lo humanamente vomitable y sufrir por cada pata de pollo que no debí haber comido, por cada vaso de vino que no debí haber tomado, por cada palabra que no debí haber dicho; sufrir por todo y por todos y de una vez por todas, aliviar la fatigosa carga de culpa con la cual convivo y entonces atreverme a mirar el cielo y amarlo. Amar a Dios.

Mientras tanto, la fiesta se desarrollaba tranquila e intrascendente. Las charlas, cuasi monólogos, poco me interesaban y si no me dormía era por quedar bien. Mi primo, medio borracho, se fue con la novia. Más relajado y cuando los invitados se levantaban para ir a bailar, empecé a tomar cerveza.

Finalmente, harto de la gente, la comida y la bebida, decidí ir a caminar por la playa. La orilla del mar, oscura como un agujero negro, me llamaba. Fernanda me siguió. Cabe aclarar que durante toda la noche ella había estado rondando la mesa y en sus acercamientos, discretamente ingenuos, yo veía algo más fuerte e incontrolable que un simple deseo de agradar y eso se notaba en su charlas llenas de inconsistencia y en sus gestos, miradas y risas que se filtraban a través de mi piel hacia mi alma para alimentarse y emborracharse conmigo y salir multiplicados en estruendosas carcajadas de amor, amor que mi pequeña Fernanda, aparentemente inocente, jamás aceptaría. Nos