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LAS
PALABRAS
Por Sebastián Fulugonio
ETERNIDAD
Así
soy mientras espero.
Penélope
tejía sueños y en sus sueños era libre.
Yo
tejo palabras y en mis sueños busco porque necesito saber
lo que soy y para qué he sido puesto en el mundo, con alas
para volar, vuelo para soñar y sueños para vivir.
En
la infinidad de la materia, las estrellas caen roídas desde
un paisaje desordenado formando un torbellino que da
existencia a una célula. Se detiene: es única,
irrepetible, distinta a todas, soberbia. Luego estalla.
Esa
célula soy yo: fragmentos de una estrella que se desploma.
Y
Dios dijo:
"HAGASE
LA LUZ"
Y
la luz se hizo. Duda – titila, alumbra, se afirma.
Y
la luz invadió todo. Y recién entonces supo Dios que
crearía al hombre, toda luz a su imagen y semejanza: lleno
de claridad y sombras, de certezas y dudas.
Al
hombre, todopoderoso, con su pene erecto, maravilloso,
potente, tan soberbio que dice sacar a la mujer de su
costilla.
La
quiere suya... por eso desde siglos la olfatea, la rastrea,
se agazapa y la doblega, la busca en su celo permanente, la
agujerea, la completa, la riega, la siembra, la posee
bestialmente.
Como
Dios.
Amén.
AMISTAD
Salgo
a caminar por Buenos Aires. La calle me emborracha de
recuerdos que pasan tan rápido que no me es posible
atraparlos. Como ellos, el tiempo pasó vertiginosamente y
me siento lejos de otros Sebastianes y a la vez igual a
ellos, con las mismas preocupaciones, el mismo problema
fundamental. Es así como se me presenta la disyuntiva:
¿pasó el tiempo o no? ¿soy joven o viejo? ¿estoy vivo o
muerto? ¿es esto ilusión o realidad? ¿es necesario otro
nacimiento para volver a ser, quién sabe bajo qué astros,
bajo qué nuevas condiciones, bajo qué nuevos misterios?
No
sé. No sé...
Mi
cerebro da marcha atrás y los recuerdos se yuxtaponen unos
a otros luchando por lograr la supremacía. Elijo uno al
azar.
Avenida
Libertador. Veo dos chicos andando en bici. Van contentos,
miran adelante. Su objetivo está lejos, muy lejos: El
Tigre.
Pasarán
dos o tres largas, arduas horas pero la victoria vendrá, la
gente aplaudirá y así serán famosos e ilustres... Puedo
acordarme bien de esto: fue perfecto, como haberle escupido
la cara a todo el mundo y apenas cinco metros antes de
llegar, sudorosos, sin camisa, sin cansancio, con las
piernas fuertes y el corazón en su mejor latido, apenas
cinco metros antes de llegar y convertirnos en campeones,
nos sentamos en el suelo y nos pusimos a comer bananas
maduras, en silencio, mirándonos a carcajadas, dueños de
nosotros mismos.
Nuestras
bellas admiradoras se fueron todas sin entender nada. Todos
lo hicieron y sólo quedó aquella pura e inmortal amistad,
amistad contenida en una banana y efímera como ella,
amistad que engullimos para poder completar así el vacío
existente, amistad que se metió en nosotros y cruzando a
nado el océano nos guió hasta la cresta de una ola para
reencontrarnos. Solos. Vos y yo.
Esto
ocurrió una mañana de diciembre ante un público
estupefacto que no entendió jamás que estos dos niños
burlaran su éxito para contribuir a la sociedad perfecta.
Y
ya en el tiempo que transcurre debo recordar al estimado
lector que somos excelentes alumnos, miembros útiles de
esta sociedad que nos alberga.
LA
CARTA
Me
pregunto si alguien leerá esta carta y si al leerla se
reirán, la quemarán, blasfemarán contra mí, me
idolatrarán o ¡me repudiarán!
Me
pregunto si alguien la leerá, mientras pedaleo y pedaleo
para llegar al correo y despachar mi amor por
correspondencia, mis locas esperanzas. Aquí y allá algunos
autos me van pasando muy cerca pero sin golpearme porque voy
muy precavido. Avenida Libertador, nunca me olvidaré de ti.
Nunca
olvidaré tu traición.
El
semáforo estaba en rojo y no pasaban autos y el distraído
muchacho iba tranquilo sin pensar que nunca antes de la
tormenta hay viento. La atmósfera se presentaba lúcida,
iluminada, aunque se pudiera adivinar una electricidad, una
fuerza maligna escondida a la vuelta de cualquier esquina.
He aquí que, en un abrir y cerrar de ojos, un auto rozó al
chico sin hacer ningún ruido y la frágil bicicleta voló
hasta los confines de la tierra. El auto, insensible, sigue
viaje.
Veo
todo claro desde aquí, desde el piso, con la bici encima,
veo como nunca he visto las cosas en mi vida, veo un mar, un
mundo de desperdicios de acero, cemento, cal y pimienta,
indigerible para mí.
Ignorada,
la carta yace en el asfalto pisoteada por la gente que lleva
con urgencia al chico al hospital retorciéndose con un
dolor indescriptible, mientras el coche desaparece en las
últimas calles sin siquiera imaginar que ese tenue golpe ha
de cambiar la suerte de una carta, el desarrollo de una
célula, el destino de un embrión.
Veo
la carta en el suelo,
Veo
soplar el viento y llevársela.
¡Ay
amor mío! ¿Qué haré? Ahora sé que nadie la leerá
porque esta gente me aleja de ella y por consiguiente de ti
y de la vida que anidas y no sabe que mi dolor viene del
corazón, del grito que no puedo gritar y no de mi brazo
quebrado. Esta gente me traiciona y me mata porque yo no soy
estéril como ellos, porque quiero ver mi semilla crecer,
regarla... Yo no soy estéril como ellos y no lo entienden.
CIEGOS – SORDOS – MUDOS, no ven más que un brazo
quebrado.
MI
PREFERIDO
Aunque
abogado y economista, no hubo nada a lo que se negara si se
lo pedía la Revolución, a cuyos ideales subordinó su vida
toda. No dudó en usar su espada para defender su tierra con
un ejército pobre, desnutrido y sucio.
Sin
soldados ni armas ni alimentos apropiados cruzó selvas,
pantanos y desiertos para enfrentar al español. Sólo su
espíritu lleno de amor, que dio el ejemplo y alentó a sus
hombres que se dejaron guiar sin preguntar, que no le
cuestionaron nada, encandilados con su grandeza simple,
callados por el respeto que infundían sus ojos nobles.
Lo
acompañó un ejército dispuesto a cualquier sacrificio, lo
siguió un pueblo dejando atrás sus casas, sus cosechas,
sus animales, contagiados por la fascinadora palabra de
aquel hombre austero, bonachón.
Jamás
comulgó con los militares de uniformes de luces que sólo
sabían ordenar prisiones y muertes.
No
cedió ante políticos de talento mediocre que no
comprendieron su superioridad innata y su sueño de amor y
libertad que lo acompañó hasta en sus delirios finales.
Grande
entre los grandes, no vaciló en ocupar los peores lugares
en los peores momentos porque no buscaba trofeos personales.
Cuando triunfó ofreció su gloria a la patria, cuando
falló, lo juzgaron como traidor. Pero nunca se quejó, no
dudó en sus decisiones porque no esperaba nada. Daba todo.
Postergó
sus dolores para aliviar las heridas de un pueblo al que se
entregó sin reservas, no se permitió desfallecimiento
alguno ni caer en la desesperanza ni que lo moviera el odio
o el furor.
Este
hombre amó a su tierra, a mi tierra.
Desde
chiquito bendigo el suelo que pisó, el amor que nos legó.
Jamás
se dirá de él que abandonó o traicionó a un pueblo al
que no quería adormecido por la ignorancia.
No
hay excusas para su agonía solitaria ni perdón para los
que lo olvidaron en su muerte.
A
todos los vanidosos y chupasangres llenos de coronas y
honores de cartón les digo que él es mi preferido.
Él
es Belgrano
EL
SEÑOR Y LA PALABRA
Observo
como Cristo, el Señor del Amor, cae lentamente, tic tac –
tic tac, frente al llanto silencioso de María y Magdalena,
eternas en su dolor.
Los
demás, sólo miles de personas reconcentradas en sí
mismas, elaborando su futuro, solucionando sus problemas.
Miles de personas de todos los tiempos que se tienen
lástima, que no elaboran ni construyen nada, que viven sin
ver lo único que vale la pena ver y por eso no saben que
Cristo ha muerto harto ya de sacrificios y blasfemias y que
ha quedado vacío el lugar del amor. Miles de personas que
se santiguan a cada rato, confiesan sus pecados y se
horrorizan cuando lanzo improperios y me río de su hipocresía.
Entonces dicen que estoy loco... yo sólo miro a Cristo en
su cruz y lloro con María y Magdalena.
¡Qué
lejos están los tiempos en que la palabra de los locos era
profética, tenía poder trascendental porque les estaba
dada por los dioses.!
Pero
eso no importa. Ahora basta con mirar una estampita de
Cristo crucificado y esmirriado. En verdad, es una lástima
que no sonría con un pucho y un Gancia y que tenga siempre
ese gesto de perdonavidas que no hace más que condenar
nuestras concupiscencias, nuestras mujeres cornudas y
licenciosas... Así el guacho tira malas ondas...
Ahora
basta con ser eficientes y producir. Y como los locos no
producen, no son nada. ¡Pobres! Nada de nada. Y para
colmo... hablan mucho, ¡son peligrosos! Mejor encerrarlos y
que nadie los vea. Mejor atontarlos (Gracias Sres.
Psiquiatras) disciplinarlos (Gracias Sres. Maestros),
torturarlos (Gracias Sres. Policías), reprimirlos (Gracias
Sres. Jueces), ¡que nadie los escuche!... y bueno... son mal ejemplo.
Ahora
te pregunto:
¿Por
qué encierran a los locos?
¿Quién
está loco?
¿Acaso
Cristo no estaba loco?
"¡Ay!
¿Qué dice este loco?" se escandalizan las miles de
personas cuerdas que no saben que Cristo ha muerto que se
divierten blanqueando su mente y que creen que son felices.
No, yo no digo que no lo sean. Digo que no son NADA.
Yo?.....................
No soy más que un pobre escarabajo que camina asustado en
la inmensidad de la ciudad buscando una rutina que me ayude
a no sentir, en tanto que las miles de personas viven
inconscientes, evitando gesticular para que no se les hagan
arrugas, ignorantes de la muerte del Salvador que ya nada
puede salvar. Ellos hablan todo el tiempo, escriben
kilómetros de renglones. Así miden sus obras que a veces
pueden tener algún mensaje superfluo pero jamás grandeza,
dado que, para las miles de personas, las cosas no son las
palabras que las nombran. Y siendo así, las palabras no
dicen nada, han perdido todo significado, se retuercen, se
regodean y tras agotarse dentro de sí mismas quedan
encarceladas.
Pero
a mí las palabras no me engañan. A mí Cristo me enseñó
a robarles el sagrado secreto:
"En
las palabras las cosas son"
"Mientras
lo digo, doy cuerpo y vida a lo que es" me
dice.
Por
eso tengo que encontrar las "palabras – verdad"
que se escaparon porque las traicionaron grandes hombres de
corazón sucio y se escondieron y refugiaron en el alma de
los poetas que son quienes tienen la verdad que sostiene las
cosas, las palabras que capturan la realidad y las regalan
envueltas en rimas. (Esto me dice el Señor de la Cruz).
Con
desasosiego, me atrae su soberbia reciedumbre, la imponente
vitalidad de su abrazo, su gesto traspasado de dolor.
Entonces me miran sus ojos tristes y me estremezco ante esa
idea inaccesible, oculta, que envía el mensaje directo a mi
corazón palpitante.
"En
las palabras las cosas son "
"Mientras
lo digo doy cuerpo y vida a lo que ES".
Los
poetas sí lo saben, por eso las dicen,
las
deshacen, las atraen,
las
entregan, las someten
las
liberan, las sumergen, las proclaman,
las
enredan, las desgarran,
las
cercenan, las adhieren,
las
acotan, las inventan o se las roban a Dios.
Por
eso viven torturados, por eso mueren en una cruz... es el
precio de ver y sentir la verdad. Y si no es así, silencio.
Menos palabras en vano.
Mientras,
observo como Cristo, el Señor del Amor, se levanta
lentamente y me sonríe
(Y
DESDE LAS SOMBRAS SU LUZ ME ILUMINA, ME INVADE)
La
cuestión es la siguiente.....
EL
CISNE Y LA FLOR.
Estoy
un tanto dormido y mi imaginación conversa con vos. Alguno
de los dos hace una pregunta, no recuerdo bien qué ni
quién pero se repite una y otra vez. Se refiere al dolor, a
un por qué. Se va desglosando en las palabras que la
componen que toman independencia hasta erigirse cada una por
sí misma y amoldarse en el dibujo de sus letras.
No
las puedo distinguir.
Resuenan
en el adentro de mi cabeza y rebotan en mi cráneo sin
encontrar una vía de salida y a medida que sigo hablando se
suman más y más palabras que se chocan entre sí volviendo
el discurso incoherente. Se aceleran en cada choque a un
ritmo alocado que no puedo detener mientras gritan dentro
mío en un silencio que me aturde. Al momento de dormir
busco una escapatoria. Mi cabeza sigue llenándose y va a
estallar en mi sangre que late torrentosa en los caminos
estrechos de mis arterias. Yo sólo deseo lo mágico de un
hueco indescriptiblemente bello por el que las palabras
puedan escapar y recorrer por vasos subterráneos, la
distancia que me separa de vos.
Por
fin llegan dentro de ti (¿quién sabe cómo?... yo no lo
sé ni lo supe) y te hacen sonar una campana que no
conocías, que no controlás, sostenida por una cadena de
acero. Más tarde, cuando las fuerzas invisibles de la noche
se dejan entrever en el horizonte, las palabras,
implacables, desatan la campana que cae en el abismo en
medio de un vértigo insoportable; tu corazón late cayendo
eternamente y se debate entre la oscuridad y la fiebre, sin
saber hasta cuándo, sin saber nada.
Sólo
caer.
Pero
si algún día le inventás un suelo la campana se va
estrellar y deshacer en pedazos y convertida en una nube de
polvo se desintegrará en un resplandor que es el canto del
cisne. Y campana y suelo se fundirán y ahí, en un
instante, serán música que se desgajará por única vez en
los mil sonidos del canto de una flor que se abre a la
muerte y el amor.
Después...
¿qué importa, no? Tal vez de nuevo el dolor y el silencio.
Mi cabeza se desagotó en un río como una esponja vegetal.
Las palabras se ahogarán pero yo estoy tranquilo y puedo
dormir.
Después...
un caer eterno. Deshacerse y rehacerse, retroceder y volver
a caer.
Polvo
y silencio.
MI
GUITARRA ES LO QUE SOY
¿Cómo
no te das cuenta del poder que se ejerce a través de la
opinión pública manipulada, la escuela que te acomoda el
cerebro, los mensajes subliminales que te alienan el
inconsciente? Hasta te convencen de que sos feliz y hacés
lo que querés. La libertad, ésa de la que venís
escuchando hablar hace tanto, no existe, pero claro loco, no
te enterás. Todos se vuelven locos sin darse cuenta; los
que tienen mucho porque quieren más y los que no tienen
porque no los dejan ni vivir.
Máquinas
humanas
Humanos
máquinas
Lo
que vale son las cosas y para conseguir cosas, cualquier
cosa, la gente corre desesperada, se empuja, arrebata los
saludos, sube a los colectivos corriendo, baja corriendo sin
haber mirado el paisaje... el... ¿qué?. Después come
corriendo, hace el amor corriendo y cuenta los orgasmos como
si fueran trofeos para partir corriendo a ninguna parte para
amontonar cosas, más cosas. No las conoce pero las
amontona. No me interesan los montones de cosas sin sentido.
Me
gusta la nariz del payaso que hace piruetas en la bicicleta,
la cara pintada de blanco de los mimos y el corchito con el
que juega el nene de enfrente.
Me
gustan los cuadros de Leonardo ¡qué grande! con su saber
universal podía observar como si estuviera en la cima de
una montaña sin quedarse en el círculo cerrado de un solo
conocimiento. Él pudo abrir su mente y desarrollar las
posibilidades del hombre para entender más de todo y estar
más vivo.
¡Eso!
Me gusta estar vivo.
Me
gusta mi guitarra que está rota, un poco vieja y no suena
muy bien pero forma parte de un "mí" que tengo
escondido, no el que uso. Mi guitarra me ofreció noches con
ojos abiertos, resfríos con ojos cerrados. Ella me
alimenta, cubre mi frágil corazón con su ternura; yo la
abrazo, la caliento, la acaricio y en el éxtasis me regala
la música. La gente cree que yo hago las canciones. No, me
las regala mi guitarra porque para ella soy único en el
mundo y para mí no hay otra como ella. Cuando la toco es
como si hiciera el amor con una mujer; le arranco las
canciones como se le arranca el fruto a la tierra, el hijo a
la mujer. Con sus cuerdas desparejas me contacto con lo
divino que nada tiene que ver con la hipocresía del dogma;
lo divino es esta fuerza misteriosa que está dentro y fuera
de mí y me da las canciones.
Cuando
me abandono entre sus cuerdas pienso que si fuera hindú
diría que mi alma ya ha pasado por un proceso de evolución
y que con la música la mejoraré para habitar otras esferas
superiores. Porque cuando la toco siento cosas grandes que
no puedo explicar y busco con alegría y desesperación, con
ansiedad y paciencia. ¡Qué se yo!... con todo ese bardo.
Y
le pregunto en cada acorde: ¿habrá un Dios, una
Inteligencia Suprema y remota que mueve los hilos del
universo y es tan grande que no nos da pelota? Era
Aristóteles o algunos de esos hombres ilustres que lo decían...
una inteligencia o alma trascendente. Inefable. Tan lejos de
nosotros que jamás podremos adivinar este misterio.
Misterio, me gusta esa palabra y me asusta.
A
Dios, como a mi guitarra, no se lo puede conocer ni nombrar
ni imaginar. Tal vez cuando el hombre se libera del cuerpo y
se convierte en pura alma puede acercarse a lo divino. ¿O
queda en la NADA? ¿Y si de veras mi alma ya vivió? ¿Seré
un karma en uno de los tantos ciclos?
¿Y
si fui Dante o Mozart o mi abuelo?
¿Cuál
habrá sido mi pasado? ¿Y cuál mi futuro?
¿Y
qué otras cosas habrá creadas?
¿Es
mi alma un espíritu tan abierto como para recibir las
emanaciones de lo eterno? A veces creo que estoy encarcelado
en un cuerpo con limitaciones que lo separa de su magnífico
destino.
(Uf!!
Me sale mal el tono de esta canción).
Dios
es una pregunta que está por encima de mi pensamiento. No
una respuesta... Dios es lo perfecto. Absoluto. Ni siquiera
sabe que existo, como yo tampoco sé que existe; sin embargo
sé que yo soy Dios y que Dios soy yo porque no hay límites
entre el cuerpo y el alma, lo divino y lo profano; todo
está en este infinito, un todo sin verdadera separación.
Yo,
las cuerdas, mi canción.
Y
en la guitarra mis manos, todas las manos de ayer, de hoy,
de mañana. Manos para acercarnos. Manos para rechazarnos.
Manos para odiar y para amar. Manos para pulsar las cuerdas.
Y
me voy
Mi
guitarra me queda pegada al cuerpo. Y me la llevo. La
extraño... y entonces, lloro.
Si
te doy algo, te doy mi alma.
Sebastián
LA
BOCA DEL VIENTO
La
fiesta era un mundo de almas decadentes. El tuyo y el mío.
Mi
única oportunidad de encontrar la razón de esta decadencia
y saltar sobre ella para sentirme puro era seguir mis
impulsos sin pensar en las consecuencias.
Hombres
y mujeres. Un laberinto de habitaciones pequeñas y un rito:
bailar y luego hacer el amor. A las cinco de la mañana cada
hombre y cada mujer tendría su pareja y si vos te ibas con
otro, yo también lo haría, no sin antes cubrir nuestras
almas con trapos muertos. Muerto sobre muerto, yo debía
resguardar para los otros tiempos el único amor que
concebíamos: el nuestro.
Sabía
que después de esa sonrisa y ese gesto sugerente que yo
conocía bien, desaparecerías y yo debería cumplir nuestro
propio rito. Sumergiéndome en él te seguiría al templo
buscando, en mi deflagración, la mismísima verdad sin
mutaciones.
Cuando
me acerco a la habitación voy avanzando por el pasillo cada
vez más oscuro. No importa, porque conozco de memoria los
movimientos que debo realizar para abrir la puerta. La
oscuridad más intensa del cuarto invade el pasillo como un
viento que, de pronto, alguien deja escapar del encierro. El
viento me refresca la cara y me detiene bruscamente cuando
trato de atravesar la puerta. Insisto, debo seguir hasta el
final y encontrar la existencia real de las cosas... Sin
embargo, el viento frío me devora el corazón y me freno y
resuelvo no entrar... sólo mi mano, ajena a mi voluntad,
recorre la manija de la puerta y se desplaza casi reptando
por la pared hasta la llave de la luz. Percibo que hay
alguien adentro por el aire pegajoso... ni un ruido ni una
imagen pero imagino la boca abierta, húmeda, tremenda y los
dientes afilados acercándose a mi mano. Los dedos se me van
quebrando uno a uno y con ellos todo lo que hicieron, lo que
tocaron, lo que vieron, lo que vivieron. Todo ello se esfuma
y se convierte en un viento que llena de nuevo el cuarto y
que, cada vez que lo abro, se escapa fresco y me invade un
escalofrío que me atemoriza y al mismo tiempo alimenta mi
amor por vos, que sos la vida.
E
imagino esa boca como una maraña de plantas selváticas que
se hunde en mi vientre y devora mis tripas. Y abro la puerta
con violencia. El viento. Todo se repite, sólo que cada vez
más rápido y cada vez la boca es más espantosa y el
viento más frío y que ya no quedan dedos ni tripas, sólo
el alma que ofrezco incesante hasta la nada.
Él
ya no habló más; se iluminó y se fue quemando mientras,
desde su mano, el enchufe lo absorbió como un embudo y
girando fue entrando al agujero de la pared. Pero entonces
el cuarto se llenó de aire y salió como viento; el fresco
le despejó la vista y le dejó una sensación agradable de
liberación pero exageradamente corta. Y fue cuando, llevado
por un deseo morboso, quiso entrar empujado por una boca que
lo absorbía... acercó la mano a la pared para prender la
luz pero percibe que hay...
MENSAJE
PERDIDO I
¿Sabés?
Tengo miedo de escribir tu nombre, miedo de cada una de las
letras que lo componen.
A
veces, cuando lo digo, me parece que lo escuchás a la
distancia.
A
veces, cuando lo oigo, intuyo que suena a cristales de mar.
A
veces, cuando lo percibo, me trae tu amor que no es lo que
imaginé pero es lo más fuerte que me pasó en años.
A
veces, cuando lo sueño, se me asemeja al viento y a la
lluvia con charcos chapoteados.
A
veces, cuando lo repito, no es más que la noria ancestral.
¿Hasta cuándo la vuelta milenaria? El cerebro me martilla
y en el pecho un caballo en celo que debe escapar de una
trampa amoral, sin deseo de bien o mal: sólo una fuerza
natural. El resto es mío. El volcán: mi creación; mi
insatisfacción: una invención.
A
veces, cuando lo recuerdo, me envuelve un olor a pasto
recién cortado como si con él llegase tu presencia.
A
veces, cuando lo muerdo, me palpo tieso como la montaña
para luego derramarme en pedregullos de colores de azufre,
hierro y cobre.
A
veces, cuando lo murmuro, viajo al centro de un agujero
negro donde el Todopoderoso manda... pero temo escribirlo.
Porque
a veces cuando lo escribo, sus letras, como gusanos, se
arrastran en mi carne y generan remolinos subterráneos que
como dardos, me lastiman.
Porque
cuando lo escribo, veo la presa que muerde feroz la soga que
la ata en una pelea sin entregas, una cacería donde el
zorro herido escapará nadando en el río torrentoso con el
pelo largo y los dientes firmes.
Porque
cuando lo escribo, no dudo que, como ÍCARO, quise tocar el
sol porque me dio calor y me envolvió con ternura y
entonces, para volar, me pegué las alas con cera y ¡pobre
iluso.! ¡allá fui! cerca–cerca–más cerca más
amor, más calor, hasta que con las alas derretidas me
perdí en el espacio.
Por
eso no lo escribo
Te
di todas mis fantasías, mis velos enjabonados. No he de
sacarme el último. (Salomé: no me acuerdo si te sacaste
los siete velos). El último es el mío. Absolutamente
moriría sin él, sin calor, sin fuego entre las piernas.
¿Entendés
ahora por qué tengo miedo de escribir tu nombre?
EL
OSO
Teniendo
en cuenta que ese año hubo una epidemia de circos es
lógico pensar que yo ya estuviera versado en las trampas del domador y con las habilidades de los animales
amaestrados. No es por nada pero mejor que les aclare que
los animales haciendo payasadas nunca me gustaron, siempre
me pusieron muy nervioso.
Esa
tarde, el oso pardo del circo me miró raro y me asusté;
había en su mirada algo de víctima o victimario, no lo
supe distinguir. Enseguida, las viejas palabras del domador
y el chasquido del látigo sacó al oso del ensimismamiento
que comenzó a hacer sus piruetas como si nada. De tanto en
tanto, distraía un segundo su mirada y me hacía llegar su
desprecio. Yo no podía sacarle los ojos de encima, cada vez
me sentía más atraído y más asustado.
Notaba
con terror que me iba saliendo de mí mismo y me acercaba a
las rejas que aseguraban la jaula, que en realidad era de un
vidrio tan fino que de lejos no se veía. Absolutamente
espantado y sin poder evitarlo sentí como me fundía en el
vidrio y lo atravesaba justo en el momento en que el oso se
abalanzaba sobre mí y en mí se vengaba de todos los
tormentos que el hombre domador había infligido a su
especie. Sentí su zarpa apretada en mi garganta y creí
ahogarme ante los ojos paralizados del domador que no
lograba entender lo que estaba pasando.
Por
suerte, payasos, trapecistas y malabaristas arrancaron al
oso de mi garganta justo a tiempo.
Cuando
pude respirar mis pulmones ya estaban destrozados. Esto
provocó la excitación de mi corazón que estalló y
ensangrentó el circo y el universo. La sangre invadió todo
y a la gente no le quedó más remedio que alimentarse de
ella hasta acabarla y proseguir viviendo tranquilamente.
Mis
familiares, que harían cualquier cosa por mí, menos saber
de mi verdad, se apiadaron y me transplantaron un nuevo
corazón de metal. Fuerte, indestructible, insensible,
muerto. Yo mismo me lo arranqué y partí a buscar mis
pedazos de corazón.
Recorreré
el universo pero no me dejaré vencer.
Pero
ahora el problema está en mi cabeza. No funciona bien, se
siente mareada, perdida, de nada sirve una cabeza sin
corazón porque yo siempre puse cabeza, corazón y alma sin
poder dividirlo. Mi corazón energizaba cada una de sus
fibras, de sus conexiones nerviosas y las entregaba sin
reservas para que la cabeza las usara. Ahora mi cabeza está
vacía, no me sirve.
Debo
volver a hablar con el oso, si no tiene otra solución que
me parta la cabeza. Si a vos, insensible a mi dolor y a mi
indefensión, no te gusta, es problema tuyo.
Yo
no me arrepiento de ser como soy.
A
Caperucita se la comió el lobo.
Bien
puede el oso comerme a mí.
MOBY
DICK
I
José
estaba sentado en la todavía tibia arena de la playa,
meditando. Ya anochecía y algunos nubarrones se formaban
entre la playa y el horizonte amenazando tormenta, una
tormenta que él debía afrontar si quería continuar siendo
un ser humano y no una rata.
Un
rápido vistazo en derredor le permitió comprender que la
tormenta en la playa lo desafiaba. Sí, originada por el
dios Odio al norte, Resentimiento al sur, Venganza al oeste
y Muerte al este se condensaría exactamente en el punto
donde José estaba sentado, ya que sólo él podría
enfrentar de una vez y para siempre las fuerzas del mal.
Sin
embargo, no pareció perturbarse y siguió mirando
ensimismado al horizonte. Indiferente ante lo que sucedía a
su alrededor, ni siquiera se percató de los gritos de
alarma de la gente que, manoteando sus pertenencias,
intentaba buscar refugio.
Abrió
el libro que había estado leyendo y que había dejado a un
costado cuando los primeros relámpagos lo distrajeron de la
lectura. Decidió aprovecharlo hasta su última página y
luego abandonarlo a la intemperie para ver si resistía el
temporal. Un chubasco repentino, seguido de un bramido de
furia, anunció el huracán que caería de plano sobre
José.
Vagamente
oyó hablar a sus amigos:
¾
Mejor vamos muchachos...! ¡ Se viene una!
¾
Sí, ésta no está amagando, se viene fulera. Mirá, no
quedaron ni los perros.
¾
¡José! ¡José! ¡Vamos!
¾
Este tonto ni contesta. Que haga lo que quiera, nosotros
nos tomamos el raje.
¾
Chau, che.
¾
Chau José.
Pero
José no contestó. Sus compañeros vacilaron pero, ajenos a
su mundo, no estaban dispuestos a arriesgar nada ya que la
tormenta no significaba lo mismo para todos. José lo
comprendió, levantó la vista y vio cómo la playa se iba
vaciando paulatinamente de sus amigos. Un rayo zigzagueante
que cayó sobre el mar enloquecido, aterrorizó a los
muchachos que ahora, sin reparar en José que cavilaba
absorto, huían despavoridos. Nadie quedó.
Inmerso
dentro de las páginas de la novela de Melville, su
pensamiento se centraba en la tempestad que el autor
describía en pocos renglones y cuyo poder penetraba en
José. Estaba demasiado reconcentrado para oír cómo las
olas acrecentadas en su furor golpeaban murallas de arena
fina, ejércitos de caracoles y algas, de cangrejos y
conchillas (mientras el capitán Ahab, en medio de un mar
embravecido, perseguía con su mítico arpón, la ballena
blanca). Tampoco pareció enterarse de cómo el viento
había dado cuenta de sombrillas, reposeras y cuanto objeto
olvidado había quedado disperso en la playa llevándolos en
un manto arremolinado, oscuro, ululante, hacia los mismos
puntos cardinales de donde provenía.
Cuando
lo notó no tuvo tiempo de nada; la tormenta estaba encima
suyo en su apogeo apocalíptico. Nunca supo por qué la
fortuna había decidido que él la enfrentara solo, que se
confundiera en ella, que aprendiera a caminar en ella, como
Melville, aquel grande que encabritó al mundo puritano de
su época desobedeciendo a la vez la ley divina y la de la
razón, convirtiendo su maravillosa novela en un hito
ineludible en la literatura universal o a escapar, si era
necesario, como Galileo, que abjuró de sus ideas para vivir
por ellas.
Alguna
vez, en un tiempo sin relojes, recordaría cómo,
obedeciendo un mandato, dejó Moby Dick en el suelo sin
protección ninguna y se paró. Y en medio de la oscuridad,
solo, escudriñó el camino con la arena lastimándole los
ojos... y anduvo a tientas, con los pies doloridos y las
rodillas dobladas... y tras haber marchado largo trecho sin
entender dónde iba, SUPO. Supo claramente qué debía hacer
y entonces decidió volver atrás en el tiempo, transitando
la senda de regreso hacia el punto primigenio desde donde
parten todos los hombres.
...Y
la recorrió a tropezones, embarrándose cada vez más y
más, desgarrándose las ropas. Pero imparable. Ansiando
aquellas playas donde por equivocación se había puesto a
meditar y se había olvidado de todo y de todos en busca de
un ser más completo.
Al
fin llegó a la playa ( que ya no existiría para él) donde
todo seguía igual pero a la que José no volvería a
pertenecer jamás; donde había pasado los mejores momentos
de su vida y de la que había sido despojado por razones que
aún no entendía. José siguió su camino hacia el pasado
evocando sus recuerdos, tratando de revivirlos, soñando
solamente con ser inocente como antes, antes de que ese
implacable tornado lo marcase para siempre.
Primavera
de 1989
José
llega a Tierra Deseada. Lo que era suyo ya no le pertenece.
Ni su cuerpo, ni su alma. Todo ha sido vendido. Es mediodía
y no tiene sombrilla con la cual taparse del sol. Nadie lo
invita a sentarse a su lado. Se siente solo, desgraciado,
robado.
II
Acá
se acaba lo que yo sé de José. O creo que sé. Nada es
seguro. Ahora que lo escribo pienso que probablemente no
haya existido ningún José, ninguna tormenta, ninguna playa
y que todo sea una falsa obra de la imaginación de un
hombre inútil con deseos de grandeza que quiere ser
emperador pero no sabe lo que esta palabra significa.
Sólo
conoce la palabra impotente y la repite... impotente...
impotente... IMPOTENTE... impotente...
Me
asombro de mi valor de antaño, valor que ahora no poseo...
es que ahora tengo tanto frío... y la tormenta pasa y no me
puedo quedar atrás. Ya no sé ni escribir, sólo garabateo
frases sueltas sin coherencia ni futuro.
Y
hete aquí que, cuando estoy a punto de despedirme de
José... lo veo en la
orilla en medio de los mástiles de veleros hundidos y
maderas de botes pesqueros que no resistieron el embate de
la tormenta.
Y
lo veo, parado, con el pelo
suelto, el pecho descubierto y un arpón en la mano
escudriñando el mar en busca de la ballena blanca.
Y
hete aquí que lo veo
cavando en un montículo de arena y, desenterrando su libro,
lo mira largamente, le quita con amorosa dedicación la
arena de entre las páginas, alisa, meticuloso, las tapas y
con una luz nueva en los ojos y en la sonrisa, fuerte,
potente, potente, POTENTE, se echa sobre la arena tibia y
lee
Lee
LEE
EL
INDIO HA MUERTO
Es
raro. Increíblemente raro. Pero sólo al recibir el primer
número de su bautismo me di cuenta de que yo también era
un indio, un salvaje no subordinado a esta sociedad del
presente ni a una del futuro ni a una del pasado ni a nada
que los seres humanos pudieran comprender porque pertenezco
a una dimensión atemporal y perdido donde estoy, invento mi
propia realidad que estalla súbitamente y recupera los
infinitos.
Y
allí ya no conozco a nadie pero amo con un amor tan
exaltado que no puedo dejar de abrazar cuanto me rodea y
fundirme en el todo que me abarca.
Mi
tiempo es salvaje, es loco, es imposible, pleno, indio,
indisoluto, mi tiempo es eterno mientras mi espíritu no se
agote. Es que en ésta, mi borrachera, yo me dedico al
Universo Fundante con todas mis fuerzas, mis ilusiones, para
luego caer rendido, destrozado. No importa.
¡Mi
tiempo! ¡Mi sueño! ¡Mi imaginación!
Pero
también mi miedo.
Sí,
mi miedo, porque si por error abro los ojos y veo a mi
alrededor, mi valor transgresor se diluye y puede
fragmentarse irremediablemente en esta lastimante y
enceguecedora claridad donde mi poesía se transforma en
pesada prosa y mi amor en simple compañía y lo sensual y
humano será maquinario, autómata, frío pero eso sí,
conveniente a los códigos normativos.
Señores:
La
propuesta es clara: quien quiera ser un indio verdadero,
eterno por siempre y no de a momentos, aspirará esas
pequeñas y súbitas inspiraciones que son el aroma de su
propia poesía y las derramará hasta plasmar el único
poema de su existencia.
Quien
quiera ser ese indio, repito, debe saberse muerto por la
sociedad, asesinado por un proceso lento y constructivo que
culminará en la cruenta exposición de su descuartizado
cadáver ante la mirada de niños, ancianos y mujeres en el
paseo público más concurrido. Se pudrirá primero y luego,
hediondo, seguirá adelante sin titubear hacia su completa
desintegración. Recién entonces, en un último, heroico
esfuerzo, aflorará lo que hay de valioso en él, sólo que
los hombres vulgares no lo podrán ver (¡son tan simples,
tan pobres!...) Ellos sólo creen lo que sus limitados ojos
son capaces de señalarles. En cambio, nosotros, los indios
verdaderos.......
"Y
terminada será la era de la vacuidad si las futuras
generaciones siguen su ejemplo. De lo contrario, sólo
forjarán un mismo y desastroso presente asfixiando los
innumerables bautismos del indio"
Y
va pasando el tiempo
y
el indio es olvidado.
Pero
él sabe, él sabe en su tiempo atemporal
que
murió con honor,
que
vive de verdad.
Escrito
el 19-2-92
Entre
las 3 y las 5 de la mañana.
ANTÍGONA
Un
leve ruido en la planta baja despertó a Sebastián. No
podía ser. Quiso pensar que seguía soñando y se hizo el
distraído hasta que aterrorizado, reconoció la voz pastosa
del hombre que, implacable, venía en busca de su hermana. A
pesar del miedo pudo pensar con frialdad y tal como lo
había premeditado sacó el revólver de abajo de la
almohada cuidadosamente preparado la noche anterior.
¡Qué
risa! ¡Qué paradoja!
¡Cómo
se había burlado la vida de sus proyectos!
Él,
que creía en la paz, el entendimiento entre los hombres, la
no-violencia, que condenaba el castigo, la pena de muerte...
ahora iba a matar.
No
tenía alternativa. Iba a matar a sangre fría y sin dudarlo
y como si fuera poco, sin ningún remordimiento. Tal como si
su conciencia, puesta ante las trampas del infierno, se
hubiera trasmutado y ahora, nadando en las aguas del
demonio, hubiera cambiado su piel como las serpientes...
Con
nitidez oyó pasos en la sala grande. Se levantó con
movimientos acompasados de gato... no, como una ameba; algo
no humano habitaba en él. Todo había sido estrictamente
calculado, detalle por detalle.
Sebastián
acarició la cabeza de su hermanita acostada en la cama de
al lado, la tapó y la miró con ternura; escrutó su cara
todavía con rasgos infantiles: estaba efectivamente
dormida. En la mesita de luz su libro abierto en la parte
III de Antígona le recordó cuando ella se lo leía en las
tardes lluviosas con olor a tortas fritas repitiéndole una
y otra vez la historia de una joven niña que enfrentó un
reino y prefirió morir, antes que abandonar a su hermano.
Hacía
cuatro años, cuando se quedaron solos, había prometido
cuidarla, ser su guía, su compañero, su referente. Así lo
haría ¿Qué importaba a qué precio y bajo qué
circunstancias? ¿Qué diferencia hacía si su hermana se
había equivocado y mezclado con esa chusma de mal vivir?
¿Acaso no era él también responsable? ¿Acaso no le
había fallado al no prevenirla lo suficiente evitando que
se involucrara con gente que no perdona? Ahora le tocaba
reparar su descuido.
Pensó:
el film. Una canallada. Quisieron avergonzarlo cuando le
mostraron las terribles imágenes. A él no le importó, por
el contrario, se intensificó la necesidad de protegerla;
frente a cualquier cosa que su hermanita hubiera hecho, él
seguiría más y más y más a su lado. Debía obtener el
film a toda costa. La habían usado, marcado, traicionado.
¡Por Dios que la traición le daba náuseas! Sentía como
un vacío ante su presencia que lo obligaba a actuar porque
su hermana necesitaba ayuda. ¿Quién si no él?
Nadie
creería que aquel muchacho pacífico, sensible, miedoso...
en fin... pero sin embargo capaz de jugarse todo
por casi nada, enfrentaría a estos hombres sin siquiera
dudarlo en una pelea despareja pero inevitable como el
propio destino. No se planteó cuestiones de ética o moral
ni pensó que de esta forma no hacía más que meterse en el
mismo barro con el que habían empantanado a su hermana. Se
sintió más allá del bien y del mal. Sabía que era matar
o morir.
Oyó
crujir la escalera. Escuchó la respiración rítmica de la
hermana que marcó una arruga en el entrecejo, producto tal
vez, de algún sueño perturbador. ¡Cómo la quería! Era
su misma sangre; desde el vientre de su madre no había nada
que ellos no pudieran compartir. El silencio filoso le hizo
saber que el momento había llegado. Una vez muerto el
intruso, Sebastián obtendría el film que acusaba a su
hermana; después ella estaría a salvo de esa banda
desalmada: Dinero – Poder – Sexo.
Crujió
otro escalón, el aire se enrareció y el olor a azufre de
la tragedia invadió la vieja casa paterna. La puerta se
abrió de un golpe. Antes de que la luz de la linterna lo
encegueciera vio una sombra que se alargaba frente a él y
que cubría la guitarra que, muda al pie de la cama,
observaba la patética escena. Su imaginación volvió a
tiempos idos: ella leyendo Sófocles y su Antígona y él
rasgando su guitarra.
Sólo
pensó: "Estará a salvo".
Apretó
el gatillo en el momento en que una carcajada maléfica
rechinó escapando de la habitación. El fogonazo rodó por
el cuarto iluminando los rincones hasta meterse en su
cerebro.
Nunca
había escuchado semejante estruendo.
Y
así fue como se convirtió en esclavo del demonio.
JUGUETEO
DE PALABRAS
En
la calesa el payaso da vueltas sin cesar con su calzonso al
aire mientras se mezclan música y carcajadas con pesadas
pompas de jabón flotando en el espacio azul.
Aquella
voz, tanto y nada... hace tanto tiempo y es ahora, puede ser
mañana, nada es una certeza. No estoy en vos pero me
llevás siempre. Lejos de la gente todo es la misma cosa,
una melodía intermitente en busca de pájaros adormecidos
en los altísimos tilos azules. Cualquier cosa.
Pero
vayamos de a poco... Me pregunto todo el tiempo.
¿Cómo?
¿Quién?
¿Qué?
Todo
me asombra. La luz, el calor, masticar, ver el lago
transparente acostado como una mujer para que la montaña lo
posea y le arranque sus misterios. Me asombra el agua que
sale de la canilla y busco y me pregunto por qué la mesa se
llama mesa. Las cosas son más de lo que parecen, tienen
algo escondido que tengo que descubrir, que tengo que
meterme adentro, sorberlas para encontrarlas y saberlas.
Me
asombra mi reflejo en el espejo... ya no tengo ninguna forma
proporcionada ni humana. Mi boca que era chica y de labios
finos va engrosándose poco a poco y aumentando de tamaño y
no sólo cubre mi cabeza sino también mi cuerpo. Se
convierte en lo único que tengo, grande y vacía. Boca de
palabras efímeras que no sabe más que comer. Así
sobrevivo sin escuchar, sin ver ni pensar, ya que comer no
basta y lo demás me destruiría. Boca sin garganta ni
cuerdas vocales, hombre sin alma, mañana sin ayer, vida sin
sentido.
No
te reías payasito, de mí.
Sigue
rodando en la calesa para alcanzar la sorta. Me la paso
espiándote para que no te rías de mí; mejor riamos juntos
y que nuestras carcajadas... ¿qué?... Ah! Ya entiendo...
no podemos reír juntos. Lo que pasa es que en el espacio
nebuloso y entre vos y yo hay algo que yo puedo ver. Sí, es
el futuro, como un gran océano, con los mundos y los
universos dentro de él. Pero para llegar hay que pasar una
puerta que tiene una llave con un código secreto ¿la ves
payasito?
Hay
un mago que sólo entrega el código a quienes tengan mano
firme, resistencia moral, ojos luminosos, boca con palabras,
cara toda sonrisa, corazón bueno y tenaz y alegría, mucha
alegría de vivir.
Ese
código será para los que puedan ver sobre la calle mojada
el reflejo del cielo de plomo, del tilo perfumado y del
farol carcomido por los gusanos.
...
Y para los que puedan ver el hambre y la miseria con el
corazón oprimido y el coraje en la piel. Sin desaliento.
...
Y será para mí que considero la traición, la rutina, la
infamia, la indignidad, el egoísmo, tan ajenos que no
pertenecen a los mundos verdaderos de mi ser.
...
Y para los que sigan con los ojos ávidos y las manos
ardidas las piernas de la mujer, con los senos firmes y el
torso espigado hasta encontrar el agujero oscuro,
succionante, misterioso, único dueño de la verdad y la
realidad.
...
Y para los pintores de pinceles calientes que estampan
rostros repulsivos, sublimes en su creación y no para
aquellos de pinceles fríos que sólo saben de rasgos de
perfección, invariables, rígidos, donde no se trasluce la
vida.
...
Y para los que siguen haciendo piruetas en los trapecios
desafiando la ley universal de Newton, saturando cada
movimiento de inspiración aún cuando la carpa haya caído
sobre la pista de donde han huido los domadores de fieras
atropellando a los niños.
...
Y será para los que asistieron a la primera representación
de la Novena Sinfonía... y para mí, que estoy sentado en
primera fila viendo a Beethoven sordo, desesperado, pegada
su oreja al suelo de madera para sentir las vibraciones de
su música celestial que le estaba vedada porque se la
había robado a Dios. Yo estoy ahí, yo veo las notas
sublimes entre sus mechones magníficos. Y lo aplaudo
ferozmente. A rabiar. Y exploto en sollozos estrepitosos,
temblando, gritando. Y lloro, arrebatado, como llora un
hombre.
¡Ja!
¡Ja!. Yo tengo todo lo necesario para que el mago me dé la
llave y mucho más, payasito, ya verás. El futuro es mío.
Es bueno que me acompañes pero también quiero caminar
solo, con ese gran desafío que trae preguntarse siempre
todo, asombrarse siempre de todo, vivir en estado de
admiración constante y que es sufrimiento, placer y
esperanza. ¿Cómo? ¿Qué te lo diga con una sola palabra?
VIVIR
(Te
lo dije porque te reíste conmigo)
Sebastián
Julio
1995
P.S:
También porque te reíste conmigo te informo:
Calesa
es calesita
Calzonso
es calzoncillo
Sorta
es sortija
Canilla
también se puede decir "cana"...¿querés una
mandara?
(¿entendés
el mensaje?)
ESTIGMA
Doctor
Creo
que no me puede culpar, todo es causa de mi estigma y cada
uno tiene el propio.
Sígame,
por favor. Vea hacia mis ojos y siéntase como si estuviera
en ellos, sentado, como en un carrito del tren fantasma.
Usted es un niño jugando a asustarse en los misterios de la
oscuridad; el guarda ajusta su cinturón y su corazón
empieza a acelerarse. Avance conmigo Doctor, mis ojos se
vuelan hacia adentro, giran ciento ochenta grados y entran
en la cueva mágica: en mis cuerpos y mis caminos. Por ellos
se llega hasta donde guardo las dos líneas que definen mi
estigma, en una caja rosada al fondo de un universo
fantástico de duendes que lo vigilan y esconden. ¡Cuidado!
Hay mensajes falsos y sólo el viajero más astuto podrá
descifrar los verdaderos códigos. Y cuando las ruedas poco
aceitadas del carro suenen, una voz oscura va a resonar en
el ambiente.
Todo
empezó hace años. Yo, El Creador, estaba acostado sobre la
tierra como una manzana arrojada cuesta abajo desde un
árbol; miraba al cielo y soñaba con la luz primordial, al
tiempo que en mi espalda una lombriz empezó a lamer mi piel
y a cavar dulcemente un agujero por donde fue entrando
mientras yo sonreía adormecido de placer. Después, una vez
adentro, no volví a saber de ella pero cavó en mi cuerpo,
como si yo no fuera más que una manzana, caminos tortuosos
y hediondos.
Esta
vez yo estaba a la sombra de un viejo tilo, mojado todavía
después de mi baño en el agua helada del lago. Le decía
que esta vez fue distinto, doctor, había mucha gente que me
rodeaba y me miraba. Yo estaba borracho, cantando con mi
guitarra:
Nubes
que bajan
solas
hasta aquí
hagan
sonar las campanas
que
no quiero ver morir
mis
almas santas.
Todos
saben yo soy de aquí
¡cuántos
años vi la luz!
pero
alguien me dio tu cruz
cuídense,
gente de aquí.
De
pronto me olvidé de la letra y dejé de cantar. Volví mis
ojos para adentro y empecé, desesperado, a buscar las
palabras en todos mis rincones. No había nada. Nada más
para decir. Los ojos entonces se me trabaron; son ellos los
que se volvieron locos: ya no quisieron ver afuera y sólo
me quedó tantear con mis manos a mis costados pero tampoco
encontré nada, ni siquiera la guitarra. Me di cuenta de que
me paraba y traté de que todo volviera a la normalidad pero
la gente se oscurecía en una nebulosa y yo me sentía
encerrado en un cuarto negro cuyas paredes me asfixiaban. Y
cuanto más esfuerzo hacía por escapar, más se alejaba el
tilo, el lago, la gente y la luz.
-Me
estoy volviendo loco -me dije- pero no puedo hacer nada.
Estoy vuelto hacia adentro y mi voluntad no es obedecida. Ha
de ser mi estigma. Hay un otro yo que no puedo ver que me
maneja ¡si lo pudiera encontrar!¡Si tan sólo lo viera una
vez!. Debe tener cara de monstruo y debe estar torturando a
un ángel de ropas translúcidas con cuerpo blanco, casi
transparente. Uno se pierde en las formas de ese inmenso mar
de fuego frío, ese cuerpo es tan suave que no se distingue
de la seda que lo recubre o es que tal vez no sea un cuerpo
sino una yuxtaposición de sedas blancas, una sobre otra,
infinitas, formando un volumen que, si bien de lejos parece
compacto, cuando uno se acerca hace perder en sus formas
como si uno fuera un minúsculo animal que caminara de a
saltos para ubicarse en sus rincones más sabrosos y chupar
la sangre de ese inmenso mar de fuego. Le repito, Doctor
¿me escucha?. Cuando el microscópico animal se acerca,
navega en un ensueño que prolonga su borrachera y entra en
un baile de viento y seda blanca entre las telas y los
remolinos que ellas forman. Los velos se van corriendo uno a
uno pero nunca se llega al cuerpo, al verdadero cuerpo. Los
velos se corren para mostrar nuevos velos y el corazón del
ángel no es más que otra hoja, la más blanca pero nunca
una perla.
Bueno,
como le decía doctor: el monstruo está torturando al
ángel. Caminando por un pasillo vacío tomo una antorcha y
me aproximo a ellos. Doctor, no tenga miedo, si cierra los
ojos tal vez pueda acompañarme. ¿Ve? Yo tengo los míos
vueltos hacia adentro, en realidad se escaparon de mis
órbitas y se hicieron microscópicos. Ahora, por separado,
recorren los túneles tenebrosos y hediondos que la lombriz
fue excavando en mi cuerpo. Sé que al final mi cuerpo se va
a pudrir pero mientras tanto, mis ojos encontraron ese
túnel y lo recorrieron hasta donde se abre una gruta
gigantesca en cuyo centro hay un lago y en el lago una isla
de aguas hirvientes que impiden el acceso a todo elemento
material: se derrite. Y allí se debaten las fuerzas del
aire: el bien y el mal. El monstruo y el ángel no son más
que imágenes, luces de colores infinitos que hasta allí
llegan para su pelea final (son ellos los que tienen la
palabra que definirá mi estigma). Oigo el traqueteo de las
ruedas del tren fantasma. Usted debe llegar Doctor, porque
allí está la palabra. Sígame doctor, antes que se
destrocen el Ángel y el Demonio y la palabra quede en el
fondo del lago para siempre.
En
fin, ya le dije que no me puedo culpar porque todo es causa
de mi estigma. Y cada uno tiene el propio. Sin embargo Usted
no va a poder pasar doctor y tampoco la lombriz puede
hacerle nada, porque ella no puede contra lo inmaterial. Mis
ojos sonríen victoriosos y se disponen a descansar ¿Lo ve
Doctor? Si no, lo ayudo. La palabra retumba en las paredes
de la gruta y rebota invocando a los duendes que bailan
alrededor de un caldero. Y del hervor del agua se levanta un
vapor que humedece el ambiente. Lo siento. Todo es humedad,
niebla. Si tuviera que caminar allí lo encontraría penoso
porque los suelos barrosos cubiertos por el verdín lo
harían patinar y una vez que cayera estaría
irremediablemente atraído por el lago. Algo succiona sus
piernas como si fuera un viento pero al revés, una máquina
aspirante. A medida que un cuerpo cae, primero sus piernas,
su sexo, su tronco, su pelo, su lengua, se va derritiendo en
el lago y esto reaviva al ángel y al demonio.
Doctor
¿por qué no me da la mano mientras cae y después la apoya
sobre mi sexo? ¿qué forma tiene doctor? Yo no lo puedo
saber. Ud. está en el lago y lo sabe todo. Pero mis ojos,
ya le dije, están en la gruta, mis brazos y mis piernas
también, dislocados porque llegaron por caminos diferentes.
La gruta tiene cien puertas de cien distintos gusanos y cada
parte de mi cuerpo llegó por un lugar distinto.
Doctor:
yo ya no puedo caminar; yo ya no tengo piernas. Pero tengo
sexo.
Doctor:
yo ya no puedo tocármelo; no tengo brazos. Pero sí sexo,
doctor. ¿Soy hombre o mujer? ¿o soy distinto?
Me
tengo que ir ahora: me espera mi guitarra y mi canción en
el calor suave de mi habitación azul. Suena el teléfono y
escucho la voz de mi novia mientras canto:
Tengo
miedo de ver
miedo
de amar.
Tengo
miedo de ser
una
noche más en tu corazón...
...pero
me falta la palabra.
(Es
mi estigma)
En
la isla el monstruo tortura al ángel y en su lucha gira en
un círculo que se acelera en cada vuelta hasta que todo se
comporta como un gigantesco remolino. Los ojos van siendo
atraídos al lago y ahí se derriten. Pero sin ojos, el
monstruo y el ángel desaparecen y todo se cierra en una
implosión que traga la energía del universo y la concentra
en un solo punto.
Infinitamente
pequeño.
Doctor,
en ese punto quedé encerrado y nadie me va a poder
encontrar; es demasiado pequeño y además sería muy
peligroso abrirlo ya que todo explotaría y formaría otro
universo dentro del universo. Y eso no es posible. Pero
igual no se preocupe, no está en el saber humano conocer
los códigos de este punto. PUNTO.
CARTAS
AL VACÍO, DESPERDICIOS DEL CORAZÓN
Ya
sé que soy sólo un narrador del pasado y que nadie me
hable de creación. Apesta. Yo repito, sí, repito. Y mi
grandeza reside en ello. Exactitud, justeza, precisión.
Esto es todo a lo que aspiro, buscando dar así, aquella
imagen de la vida que, como toda imagen, será falsa,
irreal, equivocada. Y mi presunta grandeza resultará no ser
sino un gran globo lleno de aire que se nos diluye entre los
dedos y se pierde irreparablemente ya que el globo se
pincha.
Sólo
la creatividad es vida verdadera y va siempre más allá.
Lloro
por ella, porque la extraño, porque la vida me la quitó.
Lloro
y lloro y cuando paro, solo, cual maniático, repito:
Él
dijo:
"Hágase
la repetición" y la repetición se hizo.
EL
CABALLERO SOY YO
Cartas
al vacío I
Desperdicio
del corazón
La
noche era pesada y parsimoniosa. Se habían reunido en la
playa para festejar la graduación de Miguel. Llegué tarde
y sin saludar a nadie me senté a comer en la mesa de la
familia.
Pero...
imaginemos primero el entorno.
Al
fondo, ruido de mar en calma; más cerca, el murmullo
tranquilo de la reunión y el chocar de las bandejas
repletas y resplandecientes en manos de las mujeres que
servían las mesas dispuestas de forma que estuvieran
alejadas las unas de las otras. La "foule"
contenta, dispersa. Y todo bajo un cielo negro que ni yo era
capaz de mirar.
Comí
jamón, queso y aceitunas hasta que me sirvieron pollo con
ensalada rusa; seguí con chivito y lechón con mayonesa de
atún. Después acabé con el postre, la torta y el helado.
Tragaba con asco y en desorden. Mi objetivo: devorar cuanto
mis ojos viesen para vomitar más de lo humanamente
vomitable y sufrir por cada pata de pollo que no debí haber
comido, por cada vaso de vino que no debí haber tomado, por
cada palabra que no debí haber dicho; sufrir por todo y por
todos y de una vez por todas, aliviar la fatigosa carga de
culpa con la cual convivo y entonces atreverme a mirar el
cielo y amarlo. Amar a Dios.
Mientras
tanto, la fiesta se desarrollaba tranquila e intrascendente.
Las charlas, cuasi monólogos, poco me interesaban y si no
me dormía era por quedar bien. Mi primo, medio borracho, se
fue con la novia. Más relajado y cuando los invitados se
levantaban para ir a bailar, empecé a tomar cerveza.
Finalmente,
harto de la gente, la comida y la bebida, decidí ir a
caminar por la playa. La orilla del mar, oscura como un
agujero negro, me llamaba. Fernanda me siguió. Cabe aclarar
que durante toda la noche ella había estado rondando la
mesa y en sus acercamientos, discretamente ingenuos, yo
veía algo más fuerte e incontrolable que un simple deseo
de agradar y eso se notaba en su charlas llenas de
inconsistencia y en sus gestos, miradas y risas que se
filtraban a través de mi piel hacia mi alma para
alimentarse y emborracharse conmigo y salir multiplicados en
estruendosas carcajadas de amor, amor que mi pequeña
Fernanda, aparentemente inocente, jamás aceptaría. Nos
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