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   LAS PALABRAS

  Por Sebastián Fulugonio  


 

Breve comentario inicial

Sobre el autor, por Diana Requena

Presentación, por Prof. Edith R. de López Del Carril

Las Palabras

 

Breve comentario inicial

 Conocí a Sebastián. Su presencia dimanaba una sutil sensibilidad. Se podía sospechar que su mundo interior era intenso como el oleaje constante de un mar profundo y vital. Llegó luego el rayo de la tragedia. Su partida prematura. Pero él sigue como palabra que sopla entre los cabellos siempre nuevos de la mañana. Y él sigue en la sensibilidad de los lectores de los escritos que surgieron de sus latidos juveniles. En este nuevo momento de la Biblioteca Virtual de Temakel, presentamos una obra de Sebastián Fulugonio, una continuidad de su existencia que dejó huella y aún se difunde entre los acantilados del tiempo. Las palabras es precedida por el recuerdo de su autor por su madre, Diana Requena, y por un comentario de la recientemente desaparecida profesora López Del Carril. La obra fue publicada anteriormente en una edición especial del prestigioso Colegio Nacional Buenos Aires. Sebastián fue uno de sus alumnos más destacados. 

  Por la literatura, la selva de una pasión siempre continúa.

Esteban Ierardo 

 

Sobre el autor

Sebastián Fulugonio nació en Buenos Aires el 28 de junio de 1974 y murió en los bosques del Sur en el verano de 1996. Inquieto y apasionado, desde sus primeros años mostró una intensa manera de abordar la vida y una apremiante curiosidad ante lo que lo rodeaba e intrigaba.

Su ingreso al Colegio Nacional de Buenos Aires le dio la oportunidad de recrear su espíritu cuestionador y se interesó por todas aquellas disciplinas que lo ayudaban a deambular entre las certezas y las incertidumbres que lo acuciaban. La historia, la matemática, la lengua, entre otras, le permitirían perfilar su carácter y desarrollar su fecunda y compleja personalidad en la búsqueda de un equilibrio en un universo perturbador.

Compartió su vida escolar con su familia y amigos mientras profundizaba sus estudios de música e idiomas, sin dejar de lado la actividad física, especialmente la natación.

Ya egresado del Colegio como Bachiller en Ciencias Biológicas y encaminándose hacia una madura juventud inició la carrera de medicina. Entonces se entusiasmó con los secretos del cuerpo y la naturaleza, mientras que en un plano más cotidiano, en el hospital, se enojaba con un medio no siempre acorde al dolor de los enfermos.

El material que recoge este libro consta de 61 escritos que abarcan el período entre sus 14 y 21 años. Reúne pensamientos, relatos y poemas hallados luego de su muerte, gracias a una revisión minuciosa de sus libros, apuntes, márgenes de revistas o fotocopias y aun de papeles arrugados en sus bolsillos. Algunos tenían ya su forma definitiva, otros eran fragmentos que luego se unieron cuidadosamente, otros estaban archivados en la computadora, unos pocos los acercaron generosamente sus amigos y otra parte se encontró en hojas sueltas manuscritas con múltiples correcciones, infinitas tachaduras, diferentes secuencias, distintos comienzo o nudos, idas y vueltas en las que manifestaba su vehemencia o sus tiempos de lento análisis, reflexión y corrección.

Aparentemente los escritos carecen de unidad temática. Sin embargo, hay un eje conductor en el que Sebastián pasa de la búsqueda de sí mismo a la búsqueda de las respuestas de los grandes interrogantes de la existencia navegando entre la desolación y la confianza. Aborda la problemática del ser humano, indaga sobre sus preocupaciones, deseos y miedos. En su constante compromiso con la vida se aúna a los marginales, los excluidos, "los otros"; se inquieta en medio del desconcierto sobre la existencia de Dios y la noción de trascendencia. Bajo su mirada sensible y su escucha atenta nos enfrenta con una visión crítica de una sociedad consumista y devoradora. Y así, aun desde sus cortos años, deja su testimonio y un legado de esperanza en un mundo posible.

Para los que lo conocimos, a quienes nos leía muchas de sus producciones y quienes lo vimos arrojar decenas de manuscritos al cesto y aun al fuego, está bastante clara la cronología de sus escritos. Esta puede seguirse tanto por el contenido, en ocasiones relacionado a hechos que lo conmovían o a sucesos vividos o conocidos en determinadas circunstancias, como por la influencia que fueron ejerciendo sus lecturas de Rimbaud, Dostoievski, Ionesco, Neruda y otros. Por otro lado, las formas que utiliza en sus construcciones gramaticales, versificación, ritmo, cuidado del léxico y además reiteración de ideas como, por ejemplo: el remolino, el tiempo, señalan la evolución del estilo en sus trabajos. Pero en realidad, solamente algunos de ellos están fechados, por lo que la secuencia seguida en el libro no ha intentado mantener una línea temporal y es responsabilidad de los que ordenamos el material.

Finalmente quiero decir que este libro no hubiera sido factible sin la idea y aliento del Colegio Nacional de Buenos Aires a través de su gente y sus autoridades: El Dr. Sanguinetti, su iniciativa y apoyo, el Instituto de Investigaciones en Humanidades, en la persona de su directora, la entrañable Profesora López Del Carril quien, además de impulsarlo con su consabido talento, se hizo cargo de su corrección y compaginación. No dudo que en su impresión, "Las Palabras" llevará su marca y espero que, a su decir, hayamos logrado un volumen "sobrio y republicano".

Por último, y ya que no hay hasta el momento, estudios o comentarios sobre esta obra , creo que, como de toda obra, queda de ella mucho por decir.

  Diana Requena

 

Presentación

La Colección Homenajes nació con el propósito de recordar a quienes al pasar por el Colegio Nacional de Buenos Aires, han dejado su impronta desde sus actividades, sus lugares, sus tiempos.

Este volumen ha sido dedicado a la obra narrativa y poética del que fuera nuestro alumno: Sebastián Fulugonio. La propuesta generosa de su familia fructificó a través del Instituto de Investigaciones en Humanidades en la reunión y selección del material y, por último, la edición del mismo.

El libro "Las Palabras" nos acerca al hecho mágico, casi milagroso, de poder palpitar su adolescencia, desnudar su alma y reencontrarnos con él.

Buenos Aires, marzo de 2004

  Prof. Edith R. de López Del Carril

Directora

Instituto de Investigaciones en Humanidades

 

Para acceder a la versión impresa de Las palabras, o para formular comentarios, pueden enviar mensaje a Diana Requena, madre de Sebastián:   dianareq@yahoo.com.ar

 

 

 

 

 
 

 

LAS PALABRAS

 

Por Sebastián Fulugonio

 

  ETERNIDAD

 

 

  Así soy mientras espero.

 Penélope tejía sueños y en sus sueños era libre.

 Yo tejo palabras y en mis sueños busco porque necesito saber lo que soy y para qué he sido   puesto en el mundo, con alas para volar, vuelo para soñar y sueños para vivir.

  En la infinidad de la materia, las estrellas caen roídas desde un paisaje desordenado     formando un torbellino que da existencia a una célula. Se detiene: es única, irrepetible, distinta   a todas, soberbia. Luego estalla.

  Esa célula soy yo: fragmentos de una estrella que se desploma.

  Y Dios dijo:

"HAGASE LA LUZ"

Y la luz se hizo. Duda – titila, alumbra, se afirma.

Y la luz invadió todo. Y recién entonces supo Dios que crearía al hombre, toda luz a su imagen y semejanza: lleno de claridad y sombras, de certezas y dudas.

Al hombre, todopoderoso, con su pene erecto, maravilloso, potente, tan soberbio que dice sacar a la mujer de su costilla.

La quiere suya... por eso desde siglos la olfatea, la rastrea, se agazapa y la doblega, la busca en su celo permanente, la agujerea, la completa, la riega, la siembra, la posee bestialmente.

Como Dios.

Amén.

 

AMISTAD

 

Salgo a caminar por Buenos Aires. La calle me emborracha de recuerdos que pasan tan rápido que no me es posible atraparlos. Como ellos, el tiempo pasó vertiginosamente y me siento lejos de otros Sebastianes y a la vez igual a ellos, con las mismas preocupaciones, el mismo problema fundamental. Es así como se me presenta la disyuntiva: ¿pasó el tiempo o no? ¿soy joven o viejo? ¿estoy vivo o muerto? ¿es esto ilusión o realidad? ¿es necesario otro nacimiento para volver a ser, quién sabe bajo qué astros, bajo qué nuevas condiciones, bajo qué nuevos misterios?

No sé. No sé...

Mi cerebro da marcha atrás y los recuerdos se yuxtaponen unos a otros luchando por lograr la supremacía. Elijo uno al azar.

Avenida Libertador. Veo dos chicos andando en bici. Van contentos, miran adelante. Su objetivo está lejos, muy lejos: El Tigre.

Pasarán dos o tres largas, arduas horas pero la victoria vendrá, la gente aplaudirá y así serán famosos e ilustres... Puedo acordarme bien de esto: fue perfecto, como haberle escupido la cara a todo el mundo y apenas cinco metros antes de llegar, sudorosos, sin camisa, sin cansancio, con las piernas fuertes y el corazón en su mejor latido, apenas cinco metros antes de llegar y convertirnos en campeones, nos sentamos en el suelo y nos pusimos a comer bananas maduras, en silencio, mirándonos a carcajadas, dueños de nosotros mismos.

Nuestras bellas admiradoras se fueron todas sin entender nada. Todos lo hicieron y sólo quedó aquella pura e inmortal amistad, amistad contenida en una banana y efímera como ella, amistad que engullimos para poder completar así el vacío existente, amistad que se metió en nosotros y cruzando a nado el océano nos guió hasta la cresta de una ola para reencontrarnos. Solos. Vos y yo.

Esto ocurrió una mañana de diciembre ante un público estupefacto que no entendió jamás que estos dos niños burlaran su éxito para contribuir a la sociedad perfecta.

Y ya en el tiempo que transcurre debo recordar al estimado lector que somos excelentes alumnos, miembros útiles de esta sociedad que nos alberga.

 

 

LA CARTA

Me pregunto si alguien leerá esta carta y si al leerla se reirán, la quemarán, blasfemarán contra mí, me idolatrarán o ¡me repudiarán!

Me pregunto si alguien la leerá, mientras pedaleo y pedaleo para llegar al correo y despachar mi amor por correspondencia, mis locas esperanzas. Aquí y allá algunos autos me van pasando muy cerca pero sin golpearme porque voy muy precavido. Avenida Libertador, nunca me olvidaré de ti.

Nunca olvidaré tu traición.

El semáforo estaba en rojo y no pasaban autos y el distraído muchacho iba tranquilo sin pensar que nunca antes de la tormenta hay viento. La atmósfera se presentaba lúcida, iluminada, aunque se pudiera adivinar una electricidad, una fuerza maligna escondida a la vuelta de cualquier esquina. He aquí que, en un abrir y cerrar de ojos, un auto rozó al chico sin hacer ningún ruido y la frágil bicicleta voló hasta los confines de la tierra. El auto, insensible, sigue viaje.

Veo todo claro desde aquí, desde el piso, con la bici encima, veo como nunca he visto las cosas en mi vida, veo un mar, un mundo de desperdicios de acero, cemento, cal y pimienta, indigerible para mí.

Ignorada, la carta yace en el asfalto pisoteada por la gente que lleva con urgencia al chico al hospital retorciéndose con un dolor indescriptible, mientras el coche desaparece en las últimas calles sin siquiera imaginar que ese tenue golpe ha de cambiar la suerte de una carta, el desarrollo de una célula, el destino de un embrión.

Veo la carta en el suelo,

Veo soplar el viento y llevársela.

¡Ay amor mío! ¿Qué haré? Ahora sé que nadie la leerá porque esta gente me aleja de ella y por consiguiente de ti y de la vida que anidas y no sabe que mi dolor viene del corazón, del grito que no puedo gritar y no de mi brazo quebrado. Esta gente me traiciona y me mata porque yo no soy estéril como ellos, porque quiero ver mi semilla crecer, regarla... Yo no soy estéril como ellos y no lo entienden. CIEGOS – SORDOS – MUDOS, no ven más que un brazo quebrado.

 

MI PREFERIDO

Aunque abogado y economista, no hubo nada a lo que se negara si se lo pedía la Revolución, a cuyos ideales subordinó su vida toda. No dudó en usar su espada para defender su tierra con un ejército pobre, desnutrido y sucio.

Sin soldados ni armas ni alimentos apropiados cruzó selvas, pantanos y desiertos para enfrentar al español. Sólo su espíritu lleno de amor, que dio el ejemplo y alentó a sus hombres que se dejaron guiar sin preguntar, que no le cuestionaron nada, encandilados con su grandeza simple, callados por el respeto que infundían sus ojos nobles.

Lo acompañó un ejército dispuesto a cualquier sacrificio, lo siguió un pueblo dejando atrás sus casas, sus cosechas, sus animales, contagiados por la fascinadora palabra de aquel hombre austero, bonachón.

Jamás comulgó con los militares de uniformes de luces que sólo sabían ordenar prisiones y muertes.

No cedió ante políticos de talento mediocre que no comprendieron su superioridad innata y su sueño de amor y libertad que lo acompañó hasta en sus delirios finales.

Grande entre los grandes, no vaciló en ocupar los peores lugares en los peores momentos porque no buscaba trofeos personales. Cuando triunfó ofreció su gloria a la patria, cuando falló, lo juzgaron como traidor. Pero nunca se quejó, no dudó en sus decisiones porque no esperaba nada. Daba todo.

Postergó sus dolores para aliviar las heridas de un pueblo al que se entregó sin reservas, no se permitió desfallecimiento alguno ni caer en la desesperanza ni que lo moviera el odio o el furor.

Este hombre amó a su tierra, a mi tierra.

Desde chiquito bendigo el suelo que pisó, el amor que nos legó.

Jamás se dirá de él que abandonó o traicionó a un pueblo al que no quería adormecido por la ignorancia.

No hay excusas para su agonía solitaria ni perdón para los que lo olvidaron en su muerte.

A todos los vanidosos y chupasangres llenos de coronas y honores de cartón les digo que él es mi preferido.

Él es Belgrano

EL SEÑOR Y LA PALABRA

Observo como Cristo, el Señor del Amor, cae lentamente, tic tac – tic tac, frente al llanto silencioso de María y Magdalena, eternas en su dolor.

Los demás, sólo miles de personas reconcentradas en sí mismas, elaborando su futuro, solucionando sus problemas. Miles de personas de todos los tiempos que se tienen lástima, que no elaboran ni construyen nada, que viven sin ver lo único que vale la pena ver y por eso no saben que Cristo ha muerto harto ya de sacrificios y blasfemias y que ha quedado vacío el lugar del amor. Miles de personas que se santiguan a cada rato, confiesan sus pecados y se horrorizan cuando lanzo improperios y me río de su hipocresía. Entonces dicen que estoy loco... yo sólo miro a Cristo en su cruz y lloro con María y Magdalena.

¡Qué lejos están los tiempos en que la palabra de los locos era profética, tenía poder trascendental porque les estaba dada por los dioses.!

Pero eso no importa. Ahora basta con mirar una estampita de Cristo crucificado y esmirriado. En verdad, es una lástima que no sonría con un pucho y un Gancia y que tenga siempre ese gesto de perdonavidas que no hace más que condenar nuestras concupiscencias, nuestras mujeres cornudas y licenciosas... Así el guacho tira malas ondas...

Ahora basta con ser eficientes y producir. Y como los locos no producen, no son nada. ¡Pobres! Nada de nada. Y para colmo... hablan mucho, ¡son peligrosos! Mejor encerrarlos y que nadie los vea. Mejor atontarlos (Gracias Sres. Psiquiatras) disciplinarlos (Gracias Sres. Maestros), torturarlos (Gracias Sres. Policías), reprimirlos (Gracias Sres. Jueces), ¡que nadie los escuche!... y bueno... son mal ejemplo.

 

Ahora te pregunto:

¿Por qué encierran a los locos?

¿Quién está loco?

¿Acaso Cristo no estaba loco?

 

"¡Ay! ¿Qué dice este loco?" se escandalizan las miles de personas cuerdas que no saben que Cristo ha muerto que se divierten blanqueando su mente y que creen que son felices. No, yo no digo que no lo sean. Digo que no son NADA.

Yo?..................... No soy más que un pobre escarabajo que camina asustado en la inmensidad de la ciudad buscando una rutina que me ayude a no sentir, en tanto que las miles de personas viven inconscientes, evitando gesticular para que no se les hagan arrugas, ignorantes de la muerte del Salvador que ya nada puede salvar. Ellos hablan todo el tiempo, escriben kilómetros de renglones. Así miden sus obras que a veces pueden tener algún mensaje superfluo pero jamás grandeza, dado que, para las miles de personas, las cosas no son las palabras que las nombran. Y siendo así, las palabras no dicen nada, han perdido todo significado, se retuercen, se regodean y tras agotarse dentro de sí mismas quedan encarceladas.

Pero a mí las palabras no me engañan. A mí Cristo me enseñó a robarles el sagrado secreto:

"En las palabras las cosas son"

"Mientras lo digo, doy cuerpo y vida a lo que es" me dice.

 Por eso tengo que encontrar las "palabras – verdad" que se escaparon porque las traicionaron grandes hombres de corazón sucio y se escondieron y refugiaron en el alma de los poetas que son quienes tienen la verdad que sostiene las cosas, las palabras que capturan la realidad y las regalan envueltas en rimas. (Esto me dice el Señor de la Cruz).

Con desasosiego, me atrae su soberbia reciedumbre, la imponente vitalidad de su abrazo, su gesto traspasado de dolor. Entonces me miran sus ojos tristes y me estremezco ante esa idea inaccesible, oculta, que envía el mensaje directo a mi corazón palpitante.

"En las palabras las cosas son "

"Mientras lo digo doy cuerpo y vida a lo que ES".

 

Los poetas sí lo saben, por eso las dicen,

las deshacen, las atraen,

las entregan, las someten

las liberan, las sumergen, las proclaman,

las enredan, las desgarran,

las cercenan, las adhieren,

las acotan, las inventan o se las roban a Dios.

Por eso viven torturados, por eso mueren en una cruz... es el precio de ver y sentir la verdad. Y si no es así, silencio. Menos palabras en vano.

Mientras, observo como Cristo, el Señor del Amor, se levanta lentamente y me sonríe

 

(Y DESDE LAS SOMBRAS SU LUZ ME ILUMINA, ME INVADE)

 

  La cuestión es la siguiente.....

 

  EL CISNE Y LA FLOR.

  Estoy un tanto dormido y mi imaginación conversa con vos. Alguno de los dos hace una pregunta, no recuerdo bien qué ni quién pero se repite una y otra vez. Se refiere al dolor, a un por qué. Se va desglosando en las palabras que la componen que toman independencia hasta erigirse cada una por sí misma y amoldarse en el dibujo de sus letras.

No las puedo distinguir.

Resuenan en el adentro de mi cabeza y rebotan en mi cráneo sin encontrar una vía de salida y a medida que sigo hablando se suman más y más palabras que se chocan entre sí volviendo el discurso incoherente. Se aceleran en cada choque a un ritmo alocado que no puedo detener mientras gritan dentro mío en un silencio que me aturde. Al momento de dormir busco una escapatoria. Mi cabeza sigue llenándose y va a estallar en mi sangre que late torrentosa en los caminos estrechos de mis arterias. Yo sólo deseo lo mágico de un hueco indescriptiblemente bello por el que las palabras puedan escapar y recorrer por vasos subterráneos, la distancia que me separa de vos.

  Por fin llegan dentro de ti (¿quién sabe cómo?... yo no lo sé ni lo supe) y te hacen sonar una campana que no conocías, que no controlás, sostenida por una cadena de acero. Más tarde, cuando las fuerzas invisibles de la noche se dejan entrever en el horizonte, las palabras, implacables, desatan la campana que cae en el abismo en medio de un vértigo insoportable; tu corazón late cayendo eternamente y se debate entre la oscuridad y la fiebre, sin saber hasta cuándo, sin saber nada.

Sólo caer.

  Pero si algún día le inventás un suelo la campana se va estrellar y deshacer en pedazos y convertida en una nube de polvo se desintegrará en un resplandor que es el canto del cisne. Y campana y suelo se fundirán y ahí, en un instante, serán música que se desgajará por única vez en los mil sonidos del canto de una flor que se abre a la muerte y el amor.

Después... ¿qué importa, no? Tal vez de nuevo el dolor y el silencio. Mi cabeza se desagotó en un río como una esponja vegetal. Las palabras se ahogarán pero yo estoy tranquilo y puedo dormir.

Después... un caer eterno. Deshacerse y rehacerse, retroceder y volver a caer.

 Polvo y silencio.

 

 

   MI GUITARRA ES LO QUE SOY

 ¿Cómo no te das cuenta del poder que se ejerce a través de la opinión pública manipulada, la escuela que te acomoda el cerebro, los mensajes subliminales que te alienan el inconsciente? Hasta te convencen de que sos feliz y hacés lo que querés. La libertad, ésa de la que venís escuchando hablar hace tanto, no existe, pero claro loco, no te enterás. Todos se vuelven locos sin darse cuenta; los que tienen mucho porque quieren más y los que no tienen porque no los dejan ni vivir.

 

Máquinas humanas

Humanos máquinas

Lo que vale son las cosas y para conseguir cosas, cualquier cosa, la gente corre desesperada, se empuja, arrebata los saludos, sube a los colectivos corriendo, baja corriendo sin haber mirado el paisaje... el... ¿qué?. Después come corriendo, hace el amor corriendo y cuenta los orgasmos como si fueran trofeos para partir corriendo a ninguna parte para amontonar cosas, más cosas. No las conoce pero las amontona. No me interesan los montones de cosas sin sentido.

Me gusta la nariz del payaso que hace piruetas en la bicicleta, la cara pintada de blanco de los mimos y el corchito con el que juega el nene de enfrente.

Me gustan los cuadros de Leonardo ¡qué grande! con su saber universal podía observar como si estuviera en la cima de una montaña sin quedarse en el círculo cerrado de un solo conocimiento. Él pudo abrir su mente y desarrollar las posibilidades del hombre para entender más de todo y estar más vivo.

¡Eso! Me gusta estar vivo.

Me gusta mi guitarra que está rota, un poco vieja y no suena muy bien pero forma parte de un "mí" que tengo escondido, no el que uso. Mi guitarra me ofreció noches con ojos abiertos, resfríos con ojos cerrados. Ella me alimenta, cubre mi frágil corazón con su ternura; yo la abrazo, la caliento, la acaricio y en el éxtasis me regala la música. La gente cree que yo hago las canciones. No, me las regala mi guitarra porque para ella soy único en el mundo y para mí no hay otra como ella. Cuando la toco es como si hiciera el amor con una mujer; le arranco las canciones como se le arranca el fruto a la tierra, el hijo a la mujer. Con sus cuerdas desparejas me contacto con lo divino que nada tiene que ver con la hipocresía del dogma; lo divino es esta fuerza misteriosa que está dentro y fuera de mí y me da las canciones.

Cuando me abandono entre sus cuerdas pienso que si fuera hindú diría que mi alma ya ha pasado por un proceso de evolución y que con la música la mejoraré para habitar otras esferas superiores. Porque cuando la toco siento cosas grandes que no puedo explicar y busco con alegría y desesperación, con ansiedad y paciencia. ¡Qué se yo!... con todo ese bardo.

Y le pregunto en cada acorde: ¿habrá un Dios, una Inteligencia Suprema y remota que mueve los hilos del universo y es tan grande que no nos da pelota? Era Aristóteles o algunos de esos hombres ilustres que lo decían... una inteligencia o alma trascendente. Inefable. Tan lejos de nosotros que jamás podremos adivinar este misterio. Misterio, me gusta esa palabra y me asusta.

A Dios, como a mi guitarra, no se lo puede conocer ni nombrar ni imaginar. Tal vez cuando el hombre se libera del cuerpo y se convierte en pura alma puede acercarse a lo divino. ¿O queda en la NADA? ¿Y si de veras mi alma ya vivió? ¿Seré un karma en uno de los tantos ciclos?

¿Y si fui Dante o Mozart o mi abuelo?

¿Cuál habrá sido mi pasado? ¿Y cuál mi futuro?

¿Y qué otras cosas habrá creadas?

¿Es mi alma un espíritu tan abierto como para recibir las emanaciones de lo eterno? A veces creo que estoy encarcelado en un cuerpo con limitaciones que lo separa de su magnífico destino.

(Uf!! Me sale mal el tono de esta canción).

Dios es una pregunta que está por encima de mi pensamiento. No una respuesta... Dios es lo perfecto. Absoluto. Ni siquiera sabe que existo, como yo tampoco sé que existe; sin embargo sé que yo soy Dios y que Dios soy yo porque no hay límites entre el cuerpo y el alma, lo divino y lo profano; todo está en este infinito, un todo sin verdadera separación.

 

Yo, las cuerdas, mi canción.

Y en la guitarra mis manos, todas las manos de ayer, de hoy, de mañana. Manos para acercarnos. Manos para rechazarnos. Manos para odiar y para amar. Manos para pulsar las cuerdas.

Y me voy

Mi guitarra me queda pegada al cuerpo. Y me la llevo. La extraño... y entonces, lloro.

Si te doy algo, te doy mi alma.

  Sebastián

 

   LA BOCA DEL VIENTO

   La fiesta era un mundo de almas decadentes. El tuyo y el mío.

Mi única oportunidad de encontrar la razón de esta decadencia y saltar sobre ella para sentirme puro era seguir mis impulsos sin pensar en las consecuencias.

Hombres y mujeres. Un laberinto de habitaciones pequeñas y un rito: bailar y luego hacer el amor. A las cinco de la mañana cada hombre y cada mujer tendría su pareja y si vos te ibas con otro, yo también lo haría, no sin antes cubrir nuestras almas con trapos muertos. Muerto sobre muerto, yo debía resguardar para los otros tiempos el único amor que concebíamos: el nuestro.

Sabía que después de esa sonrisa y ese gesto sugerente que yo conocía bien, desaparecerías y yo debería cumplir nuestro propio rito. Sumergiéndome en él te seguiría al templo buscando, en mi deflagración, la mismísima verdad sin mutaciones.

Cuando me acerco a la habitación voy avanzando por el pasillo cada vez más oscuro. No importa, porque conozco de memoria los movimientos que debo realizar para abrir la puerta. La oscuridad más intensa del cuarto invade el pasillo como un viento que, de pronto, alguien deja escapar del encierro. El viento me refresca la cara y me detiene bruscamente cuando trato de atravesar la puerta. Insisto, debo seguir hasta el final y encontrar la existencia real de las cosas... Sin embargo, el viento frío me devora el corazón y me freno y resuelvo no entrar... sólo mi mano, ajena a mi voluntad, recorre la manija de la puerta y se desplaza casi reptando por la pared hasta la llave de la luz. Percibo que hay alguien adentro por el aire pegajoso... ni un ruido ni una imagen pero imagino la boca abierta, húmeda, tremenda y los dientes afilados acercándose a mi mano. Los dedos se me van quebrando uno a uno y con ellos todo lo que hicieron, lo que tocaron, lo que vieron, lo que vivieron. Todo ello se esfuma y se convierte en un viento que llena de nuevo el cuarto y que, cada vez que lo abro, se escapa fresco y me invade un escalofrío que me atemoriza y al mismo tiempo alimenta mi amor por vos, que sos la vida.

E imagino esa boca como una maraña de plantas selváticas que se hunde en mi vientre y devora mis tripas. Y abro la puerta con violencia. El viento. Todo se repite, sólo que cada vez más rápido y cada vez la boca es más espantosa y el viento más frío y que ya no quedan dedos ni tripas, sólo el alma que ofrezco incesante hasta la nada.

Él ya no habló más; se iluminó y se fue quemando mientras, desde su mano, el enchufe lo absorbió como un embudo y girando fue entrando al agujero de la pared. Pero entonces el cuarto se llenó de aire y salió como viento; el fresco le despejó la vista y le dejó una sensación agradable de liberación pero exageradamente corta. Y fue cuando, llevado por un deseo morboso, quiso entrar empujado por una boca que lo absorbía... acercó la mano a la pared para prender la luz pero percibe que hay...

 

MENSAJE PERDIDO I

¿Sabés? Tengo miedo de escribir tu nombre, miedo de cada una de las letras que lo componen.

A veces, cuando lo digo, me parece que lo escuchás a la distancia.

A veces, cuando lo oigo, intuyo que suena a cristales de mar.

A veces, cuando lo percibo, me trae tu amor que no es lo que imaginé pero es lo más fuerte que me pasó en años.

A veces, cuando lo sueño, se me asemeja al viento y a la lluvia con charcos chapoteados.

A veces, cuando lo repito, no es más que la noria ancestral. ¿Hasta cuándo la vuelta milenaria? El cerebro me martilla y en el pecho un caballo en celo que debe escapar de una trampa amoral, sin deseo de bien o mal: sólo una fuerza natural. El resto es mío. El volcán: mi creación; mi insatisfacción: una invención.

A veces, cuando lo recuerdo, me envuelve un olor a pasto recién cortado como si con él llegase tu presencia.

A veces, cuando lo muerdo, me palpo tieso como la montaña para luego derramarme en pedregullos de colores de azufre, hierro y cobre.

A veces, cuando lo murmuro, viajo al centro de un agujero negro donde el Todopoderoso manda... pero temo escribirlo.

Porque a veces cuando lo escribo, sus letras, como gusanos, se arrastran en mi carne y generan remolinos subterráneos que como dardos, me lastiman.

Porque cuando lo escribo, veo la presa que muerde feroz la soga que la ata en una pelea sin entregas, una cacería donde el zorro herido escapará nadando en el río torrentoso con el pelo largo y los dientes firmes.

Porque cuando lo escribo, no dudo que, como ÍCARO, quise tocar el sol porque me dio calor y me envolvió con ternura y entonces, para volar, me pegué las alas con cera y ¡pobre iluso.! ¡allá fui! cerca–cerca–más cerca más amor, más calor, hasta que con las alas derretidas me perdí en el espacio.

 

Por eso no lo escribo

 

Te di todas mis fantasías, mis velos enjabonados. No he de sacarme el último. (Salomé: no me acuerdo si te sacaste los siete velos). El último es el mío. Absolutamente moriría sin él, sin calor, sin fuego entre las piernas.

¿Entendés ahora por qué tengo miedo de escribir tu nombre?

 

EL OSO

 

Teniendo en cuenta que ese año hubo una epidemia de circos es lógico pensar que yo ya estuviera versado en las trampas del domador y con las habilidades de los animales amaestrados. No es por nada pero mejor que les aclare que los animales haciendo payasadas nunca me gustaron, siempre me pusieron muy nervioso.

 Esa tarde, el oso pardo del circo me miró raro y me asusté; había en su mirada algo de víctima o victimario, no lo supe distinguir. Enseguida, las viejas palabras del domador y el chasquido del látigo sacó al oso del ensimismamiento que comenzó a hacer sus piruetas como si nada. De tanto en tanto, distraía un segundo su mirada y me hacía llegar su desprecio. Yo no podía sacarle los ojos de encima, cada vez me sentía más atraído y más asustado.

Notaba con terror que me iba saliendo de mí mismo y me acercaba a las rejas que aseguraban la jaula, que en realidad era de un vidrio tan fino que de lejos no se veía. Absolutamente espantado y sin poder evitarlo sentí como me fundía en el vidrio y lo atravesaba justo en el momento en que el oso se abalanzaba sobre mí y en mí se vengaba de todos los tormentos que el hombre domador había infligido a su especie. Sentí su zarpa apretada en mi garganta y creí ahogarme ante los ojos paralizados del domador que no lograba entender lo que estaba pasando.

Por suerte, payasos, trapecistas y malabaristas arrancaron al oso de mi garganta justo a tiempo.

Cuando pude respirar mis pulmones ya estaban destrozados. Esto provocó la excitación de mi corazón que estalló y ensangrentó el circo y el universo. La sangre invadió todo y a la gente no le quedó más remedio que alimentarse de ella hasta acabarla y proseguir viviendo tranquilamente.

Mis familiares, que harían cualquier cosa por mí, menos saber de mi verdad, se apiadaron y me transplantaron un nuevo corazón de metal. Fuerte, indestructible, insensible, muerto. Yo mismo me lo arranqué y partí a buscar mis pedazos de corazón.

Recorreré el universo pero no me dejaré vencer.

 

Pero ahora el problema está en mi cabeza. No funciona bien, se siente mareada, perdida, de nada sirve una cabeza sin corazón porque yo siempre puse cabeza, corazón y alma sin poder dividirlo. Mi corazón energizaba cada una de sus fibras, de sus conexiones nerviosas y las entregaba sin reservas para que la cabeza las usara. Ahora mi cabeza está vacía, no me sirve.

Debo volver a hablar con el oso, si no tiene otra solución que me parta la cabeza. Si a vos, insensible a mi dolor y a mi indefensión, no te gusta, es problema tuyo.

Yo no me arrepiento de ser como soy.

 

A Caperucita se la comió el lobo.

Bien puede el oso comerme a mí.

 

MOBY DICK

I

José estaba sentado en la todavía tibia arena de la playa, meditando. Ya anochecía y algunos nubarrones se formaban entre la playa y el horizonte amenazando tormenta, una tormenta que él debía afrontar si quería continuar siendo un ser humano y no una rata.

Un rápido vistazo en derredor le permitió comprender que la tormenta en la playa lo desafiaba. Sí, originada por el dios Odio al norte, Resentimiento al sur, Venganza al oeste y Muerte al este se condensaría exactamente en el punto donde José estaba sentado, ya que sólo él podría enfrentar de una vez y para siempre las fuerzas del mal.

Sin embargo, no pareció perturbarse y siguió mirando ensimismado al horizonte. Indiferente ante lo que sucedía a su alrededor, ni siquiera se percató de los gritos de alarma de la gente que, manoteando sus pertenencias, intentaba buscar refugio.

Abrió el libro que había estado leyendo y que había dejado a un costado cuando los primeros relámpagos lo distrajeron de la lectura. Decidió aprovecharlo hasta su última página y luego abandonarlo a la intemperie para ver si resistía el temporal. Un chubasco repentino, seguido de un bramido de furia, anunció el huracán que caería de plano sobre José.

Vagamente oyó hablar a sus amigos:

¾ Mejor vamos muchachos...! ¡ Se viene una! 

¾ Sí, ésta no está amagando, se viene fulera. Mirá, no quedaron ni los perros. 

¾ ¡José! ¡José! ¡Vamos!

¾ Este tonto ni contesta. Que haga lo que quiera, nosotros nos tomamos el raje. 

¾ Chau, che. 

¾ Chau José. 

 

Pero José no contestó. Sus compañeros vacilaron pero, ajenos a su mundo, no estaban dispuestos a arriesgar nada ya que la tormenta no significaba lo mismo para todos. José lo comprendió, levantó la vista y vio cómo la playa se iba vaciando paulatinamente de sus amigos. Un rayo zigzagueante que cayó sobre el mar enloquecido, aterrorizó a los muchachos que ahora, sin reparar en José que cavilaba absorto, huían despavoridos. Nadie quedó.

Inmerso dentro de las páginas de la novela de Melville, su pensamiento se centraba en la tempestad que el autor describía en pocos renglones y cuyo poder penetraba en José. Estaba demasiado reconcentrado para oír cómo las olas acrecentadas en su furor golpeaban murallas de arena fina, ejércitos de caracoles y algas, de cangrejos y conchillas (mientras el capitán Ahab, en medio de un mar embravecido, perseguía con su mítico arpón, la ballena blanca). Tampoco pareció enterarse de cómo el viento había dado cuenta de sombrillas, reposeras y cuanto objeto olvidado había quedado disperso en la playa llevándolos en un manto arremolinado, oscuro, ululante, hacia los mismos puntos cardinales de donde provenía.

Cuando lo notó no tuvo tiempo de nada; la tormenta estaba encima suyo en su apogeo apocalíptico. Nunca supo por qué la fortuna había decidido que él la enfrentara solo, que se confundiera en ella, que aprendiera a caminar en ella, como Melville, aquel grande que encabritó al mundo puritano de su época desobedeciendo a la vez la ley divina y la de la razón, convirtiendo su maravillosa novela en un hito ineludible en la literatura universal o a escapar, si era necesario, como Galileo, que abjuró de sus ideas para vivir por ellas.

Alguna vez, en un tiempo sin relojes, recordaría cómo, obedeciendo un mandato, dejó Moby Dick en el suelo sin protección ninguna y se paró. Y en medio de la oscuridad, solo, escudriñó el camino con la arena lastimándole los ojos... y anduvo a tientas, con los pies doloridos y las rodillas dobladas... y tras haber marchado largo trecho sin entender dónde iba, SUPO. Supo claramente qué debía hacer y entonces decidió volver atrás en el tiempo, transitando la senda de regreso hacia el punto primigenio desde donde parten todos los hombres.

...Y la recorrió a tropezones, embarrándose cada vez más y más, desgarrándose las ropas. Pero imparable. Ansiando aquellas playas donde por equivocación se había puesto a meditar y se había olvidado de todo y de todos en busca de un ser más completo.

Al fin llegó a la playa ( que ya no existiría para él) donde todo seguía igual pero a la que José no volvería a pertenecer jamás; donde había pasado los mejores momentos de su vida y de la que había sido despojado por razones que aún no entendía. José siguió su camino hacia el pasado evocando sus recuerdos, tratando de revivirlos, soñando solamente con ser inocente como antes, antes de que ese implacable tornado lo marcase para siempre.

 

  Primavera de 1989

  José llega a Tierra Deseada. Lo que era suyo ya no le pertenece. Ni su cuerpo, ni su alma. Todo ha sido vendido. Es mediodía y no tiene sombrilla con la cual taparse del sol. Nadie lo invita a sentarse a su lado. Se siente solo, desgraciado, robado.

 

   II

Acá se acaba lo que yo sé de José. O creo que sé. Nada es seguro. Ahora que lo escribo pienso que probablemente no haya existido ningún José, ninguna tormenta, ninguna playa y que todo sea una falsa obra de la imaginación de un hombre inútil con deseos de grandeza que quiere ser emperador pero no sabe lo que esta palabra significa.

Sólo conoce la palabra impotente y la repite... impotente... impotente... IMPOTENTE... impotente...

Me asombro de mi valor de antaño, valor que ahora no poseo... es que ahora tengo tanto frío... y la tormenta pasa y no me puedo quedar atrás. Ya no sé ni escribir, sólo garabateo frases sueltas sin coherencia ni futuro.

Y hete aquí que, cuando estoy a punto de despedirme de José... lo veo en la orilla en medio de los mástiles de veleros hundidos y maderas de botes pesqueros que no resistieron el embate de la tormenta.

Y lo veo, parado, con el pelo suelto, el pecho descubierto y un arpón en la mano escudriñando el mar en busca de la ballena blanca.

Y hete aquí que lo veo cavando en un montículo de arena y, desenterrando su libro, lo mira largamente, le quita con amorosa dedicación la arena de entre las páginas, alisa, meticuloso, las tapas y con una luz nueva en los ojos y en la sonrisa, fuerte, potente, potente, POTENTE, se echa sobre la arena tibia y lee

Lee

LEE

 

EL INDIO HA MUERTO

Es raro. Increíblemente raro. Pero sólo al recibir el primer número de su bautismo me di cuenta de que yo también era un indio, un salvaje no subordinado a esta sociedad del presente ni a una del futuro ni a una del pasado ni a nada que los seres humanos pudieran comprender porque pertenezco a una dimensión atemporal y perdido donde estoy, invento mi propia realidad que estalla súbitamente y recupera los infinitos.

Y allí ya no conozco a nadie pero amo con un amor tan exaltado que no puedo dejar de abrazar cuanto me rodea y fundirme en el todo que me abarca.

Mi tiempo es salvaje, es loco, es imposible, pleno, indio, indisoluto, mi tiempo es eterno mientras mi espíritu no se agote. Es que en ésta, mi borrachera, yo me dedico al Universo Fundante con todas mis fuerzas, mis ilusiones, para luego caer rendido, destrozado. No importa.

 

¡Mi tiempo! ¡Mi sueño! ¡Mi imaginación!

Pero también mi miedo.

Sí, mi miedo, porque si por error abro los ojos y veo a mi alrededor, mi valor transgresor se diluye y puede fragmentarse irremediablemente en esta lastimante y enceguecedora claridad donde mi poesía se transforma en pesada prosa y mi amor en simple compañía y lo sensual y humano será maquinario, autómata, frío pero eso sí, conveniente a los códigos normativos.

 

Señores:

La propuesta es clara: quien quiera ser un indio verdadero, eterno por siempre y no de a momentos, aspirará esas pequeñas y súbitas inspiraciones que son el aroma de su propia poesía y las derramará hasta plasmar el único poema de su existencia.

Quien quiera ser ese indio, repito, debe saberse muerto por la sociedad, asesinado por un proceso lento y constructivo que culminará en la cruenta exposición de su descuartizado cadáver ante la mirada de niños, ancianos y mujeres en el paseo público más concurrido. Se pudrirá primero y luego, hediondo, seguirá adelante sin titubear hacia su completa desintegración. Recién entonces, en un último, heroico esfuerzo, aflorará lo que hay de valioso en él, sólo que los hombres vulgares no lo podrán ver (¡son tan simples, tan pobres!...) Ellos sólo creen lo que sus limitados ojos son capaces de señalarles. En cambio, nosotros, los indios verdaderos.......

"Y terminada será la era de la vacuidad si las futuras generaciones siguen su ejemplo. De lo contrario, sólo forjarán un mismo y desastroso presente asfixiando los innumerables bautismos del indio"

Y va pasando el tiempo

y el indio es olvidado.

Pero él sabe, él sabe en su tiempo atemporal

que murió con honor,

que vive de verdad.

 

Escrito el 19-2-92

Entre las 3 y las 5 de la mañana.

 

   ANTÍGONA

 

Un leve ruido en la planta baja despertó a Sebastián. No podía ser. Quiso pensar que seguía soñando y se hizo el distraído hasta que aterrorizado, reconoció la voz pastosa del hombre que, implacable, venía en busca de su hermana. A pesar del miedo pudo pensar con frialdad y tal como lo había premeditado sacó el revólver de abajo de la almohada cuidadosamente preparado la noche anterior.

¡Qué risa! ¡Qué paradoja!

¡Cómo se había burlado la vida de sus proyectos!

  Él, que creía en la paz, el entendimiento entre los hombres, la no-violencia, que condenaba el castigo, la pena de muerte... ahora iba a matar.

No tenía alternativa. Iba a matar a sangre fría y sin dudarlo y como si fuera poco, sin ningún remordimiento. Tal como si su conciencia, puesta ante las trampas del infierno, se hubiera trasmutado y ahora, nadando en las aguas del demonio, hubiera cambiado su piel como las serpientes...

  Con nitidez oyó pasos en la sala grande. Se levantó con movimientos acompasados de gato... no, como una ameba; algo no humano habitaba en él. Todo había sido estrictamente calculado, detalle por detalle.

Sebastián acarició la cabeza de su hermanita acostada en la cama de al lado, la tapó y la miró con ternura; escrutó su cara todavía con rasgos infantiles: estaba efectivamente dormida. En la mesita de luz su libro abierto en la parte III de Antígona le recordó cuando ella se lo leía en las tardes lluviosas con olor a tortas fritas repitiéndole una y otra vez la historia de una joven niña que enfrentó un reino y prefirió morir, antes que abandonar a su hermano.

 Hacía cuatro años, cuando se quedaron solos, había prometido cuidarla, ser su guía, su compañero, su referente. Así lo haría ¿Qué importaba a qué precio y bajo qué circunstancias? ¿Qué diferencia hacía si su hermana se había equivocado y mezclado con esa chusma de mal vivir? ¿Acaso no era él también responsable? ¿Acaso no le había fallado al no prevenirla lo suficiente evitando que se involucrara con gente que no perdona? Ahora le tocaba reparar su descuido.

Pensó: el film. Una canallada. Quisieron avergonzarlo cuando le mostraron las terribles imágenes. A él no le importó, por el contrario, se intensificó la necesidad de protegerla; frente a cualquier cosa que su hermanita hubiera hecho, él seguiría más y más y más a su lado. Debía obtener el film a toda costa. La habían usado, marcado, traicionado. ¡Por Dios que la traición le daba náuseas! Sentía como un vacío ante su presencia que lo obligaba a actuar porque su hermana necesitaba ayuda. ¿Quién si no él?

Nadie creería que aquel muchacho pacífico, sensible, miedoso... en fin... pero sin embargo capaz de jugarse todo por casi nada, enfrentaría a estos hombres sin siquiera dudarlo en una pelea despareja pero inevitable como el propio destino. No se planteó cuestiones de ética o moral ni pensó que de esta forma no hacía más que meterse en el mismo barro con el que habían empantanado a su hermana. Se sintió más allá del bien y del mal. Sabía que era matar o morir.

Oyó crujir la escalera. Escuchó la respiración rítmica de la hermana que marcó una arruga en el entrecejo, producto tal vez, de algún sueño perturbador. ¡Cómo la quería! Era su misma sangre; desde el vientre de su madre no había nada que ellos no pudieran compartir. El silencio filoso le hizo saber que el momento había llegado. Una vez muerto el intruso, Sebastián obtendría el film que acusaba a su hermana; después ella estaría a salvo de esa banda desalmada: Dinero – Poder – Sexo.

Crujió otro escalón, el aire se enrareció y el olor a azufre de la tragedia invadió la vieja casa paterna. La puerta se abrió de un golpe. Antes de que la luz de la linterna lo encegueciera vio una sombra que se alargaba frente a él y que cubría la guitarra que, muda al pie de la cama, observaba la patética escena. Su imaginación volvió a tiempos idos: ella leyendo Sófocles y su Antígona y él rasgando su guitarra.

Sólo pensó: "Estará a salvo".

Apretó el gatillo en el momento en que una carcajada maléfica rechinó escapando de la habitación. El fogonazo rodó por el cuarto iluminando los rincones hasta meterse en su cerebro.

 

Nunca había escuchado semejante estruendo.

Y así fue como se convirtió en esclavo del demonio.

 

JUGUETEO DE PALABRAS

En la calesa el payaso da vueltas sin cesar con su calzonso al aire mientras se mezclan música y carcajadas con pesadas pompas de jabón flotando en el espacio azul.

Aquella voz, tanto y nada... hace tanto tiempo y es ahora, puede ser mañana, nada es una certeza. No estoy en vos pero me llevás siempre. Lejos de la gente todo es la misma cosa, una melodía intermitente en busca de pájaros adormecidos en los altísimos tilos azules. Cualquier cosa.

Pero vayamos de a poco... Me pregunto todo el tiempo.

 ¿Cómo?

¿Quién?

¿Qué?

 

Todo me asombra. La luz, el calor, masticar, ver el lago transparente acostado como una mujer para que la montaña lo posea y le arranque sus misterios. Me asombra el agua que sale de la canilla y busco y me pregunto por qué la mesa se llama mesa. Las cosas son más de lo que parecen, tienen algo escondido que tengo que descubrir, que tengo que meterme adentro, sorberlas para encontrarlas y saberlas.

Me asombra mi reflejo en el espejo... ya no tengo ninguna forma proporcionada ni humana. Mi boca que era chica y de labios finos va engrosándose poco a poco y aumentando de tamaño y no sólo cubre mi cabeza sino también mi cuerpo. Se convierte en lo único que tengo, grande y vacía. Boca de palabras efímeras que no sabe más que comer. Así sobrevivo sin escuchar, sin ver ni pensar, ya que comer no basta y lo demás me destruiría. Boca sin garganta ni cuerdas vocales, hombre sin alma, mañana sin ayer, vida sin sentido.

No te reías payasito, de mí.

Sigue rodando en la calesa para alcanzar la sorta. Me la paso espiándote para que no te rías de mí; mejor riamos juntos y que nuestras carcajadas... ¿qué?... Ah! Ya entiendo... no podemos reír juntos. Lo que pasa es que en el espacio nebuloso y entre vos y yo hay algo que yo puedo ver. Sí, es el futuro, como un gran océano, con los mundos y los universos dentro de él. Pero para llegar hay que pasar una puerta que tiene una llave con un código secreto ¿la ves payasito?

Hay un mago que sólo entrega el código a quienes tengan mano firme, resistencia moral, ojos luminosos, boca con palabras, cara toda sonrisa, corazón bueno y tenaz y alegría, mucha alegría de vivir.

Ese código será para los que puedan ver sobre la calle mojada el reflejo del cielo de plomo, del tilo perfumado y del farol carcomido por los gusanos.

... Y para los que puedan ver el hambre y la miseria con el corazón oprimido y el coraje en la piel. Sin desaliento.

... Y será para mí que considero la traición, la rutina, la infamia, la indignidad, el egoísmo, tan ajenos que no pertenecen a los mundos verdaderos de mi ser.

... Y para los que sigan con los ojos ávidos y las manos ardidas las piernas de la mujer, con los senos firmes y el torso espigado hasta encontrar el agujero oscuro, succionante, misterioso, único dueño de la verdad y la realidad.

... Y para los pintores de pinceles calientes que estampan rostros repulsivos, sublimes en su creación y no para aquellos de pinceles fríos que sólo saben de rasgos de perfección, invariables, rígidos, donde no se trasluce la vida.

... Y para los que siguen haciendo piruetas en los trapecios desafiando la ley universal de Newton, saturando cada movimiento de inspiración aún cuando la carpa haya caído sobre la pista de donde han huido los domadores de fieras atropellando a los niños.

... Y será para los que asistieron a la primera representación de la Novena Sinfonía... y para mí, que estoy sentado en primera fila viendo a Beethoven sordo, desesperado, pegada su oreja al suelo de madera para sentir las vibraciones de su música celestial que le estaba vedada porque se la había robado a Dios. Yo estoy ahí, yo veo las notas sublimes entre sus mechones magníficos. Y lo aplaudo ferozmente. A rabiar. Y exploto en sollozos estrepitosos, temblando, gritando. Y lloro, arrebatado, como llora un hombre.

¡Ja! ¡Ja!. Yo tengo todo lo necesario para que el mago me dé la llave y mucho más, payasito, ya verás. El futuro es mío. Es bueno que me acompañes pero también quiero caminar solo, con ese gran desafío que trae preguntarse siempre todo, asombrarse siempre de todo, vivir en estado de admiración constante y que es sufrimiento, placer y esperanza. ¿Cómo? ¿Qué te lo diga con una sola palabra? VIVIR

 

(Te lo dije porque te reíste conmigo)

Sebastián

Julio 1995

P.S: También porque te reíste conmigo te informo:

Calesa es calesita

Calzonso es calzoncillo

Sorta es sortija

Canilla también se puede decir "cana"...¿querés una mandara?

(¿entendés el mensaje?)

 

ESTIGMA

Doctor

Creo que no me puede culpar, todo es causa de mi estigma y cada uno tiene el propio.

Sígame, por favor. Vea hacia mis ojos y siéntase como si estuviera en ellos, sentado, como en un carrito del tren fantasma. Usted es un niño jugando a asustarse en los misterios de la oscuridad; el guarda ajusta su cinturón y su corazón empieza a acelerarse. Avance conmigo Doctor, mis ojos se vuelan hacia adentro, giran ciento ochenta grados y entran en la cueva mágica: en mis cuerpos y mis caminos. Por ellos se llega hasta donde guardo las dos líneas que definen mi estigma, en una caja rosada al fondo de un universo fantástico de duendes que lo vigilan y esconden. ¡Cuidado! Hay mensajes falsos y sólo el viajero más astuto podrá descifrar los verdaderos códigos. Y cuando las ruedas poco aceitadas del carro suenen, una voz oscura va a resonar en el ambiente.

Todo empezó hace años. Yo, El Creador, estaba acostado sobre la tierra como una manzana arrojada cuesta abajo desde un árbol; miraba al cielo y soñaba con la luz primordial, al tiempo que en mi espalda una lombriz empezó a lamer mi piel y a cavar dulcemente un agujero por donde fue entrando mientras yo sonreía adormecido de placer. Después, una vez adentro, no volví a saber de ella pero cavó en mi cuerpo, como si yo no fuera más que una manzana, caminos tortuosos y hediondos.

Esta vez yo estaba a la sombra de un viejo tilo, mojado todavía después de mi baño en el agua helada del lago. Le decía que esta vez fue distinto, doctor, había mucha gente que me rodeaba y me miraba. Yo estaba borracho, cantando con mi guitarra:

 

Nubes que bajan

solas hasta aquí

hagan sonar las campanas

que no quiero ver morir

mis almas santas.

 

Todos saben yo soy de aquí

¡cuántos años vi la luz!

pero alguien me dio tu cruz

cuídense, gente de aquí.

 

De pronto me olvidé de la letra y dejé de cantar. Volví mis ojos para adentro y empecé, desesperado, a buscar las palabras en todos mis rincones. No había nada. Nada más para decir. Los ojos entonces se me trabaron; son ellos los que se volvieron locos: ya no quisieron ver afuera y sólo me quedó tantear con mis manos a mis costados pero tampoco encontré nada, ni siquiera la guitarra. Me di cuenta de que me paraba y traté de que todo volviera a la normalidad pero la gente se oscurecía en una nebulosa y yo me sentía encerrado en un cuarto negro cuyas paredes me asfixiaban. Y cuanto más esfuerzo hacía por escapar, más se alejaba el tilo, el lago, la gente y la luz.

-Me estoy volviendo loco -me dije- pero no puedo hacer nada. Estoy vuelto hacia adentro y mi voluntad no es obedecida. Ha de ser mi estigma. Hay un otro yo que no puedo ver que me maneja ¡si lo pudiera encontrar!¡Si tan sólo lo viera una vez!. Debe tener cara de monstruo y debe estar torturando a un ángel de ropas translúcidas con cuerpo blanco, casi transparente. Uno se pierde en las formas de ese inmenso mar de fuego frío, ese cuerpo es tan suave que no se distingue de la seda que lo recubre o es que tal vez no sea un cuerpo sino una yuxtaposición de sedas blancas, una sobre otra, infinitas, formando un volumen que, si bien de lejos parece compacto, cuando uno se acerca hace perder en sus formas como si uno fuera un minúsculo animal que caminara de a saltos para ubicarse en sus rincones más sabrosos y chupar la sangre de ese inmenso mar de fuego. Le repito, Doctor ¿me escucha?. Cuando el microscópico animal se acerca, navega en un ensueño que prolonga su borrachera y entra en un baile de viento y seda blanca entre las telas y los remolinos que ellas forman. Los velos se van corriendo uno a uno pero nunca se llega al cuerpo, al verdadero cuerpo. Los velos se corren para mostrar nuevos velos y el corazón del ángel no es más que otra hoja, la más blanca pero nunca una perla.

Bueno, como le decía doctor: el monstruo está torturando al ángel. Caminando por un pasillo vacío tomo una antorcha y me aproximo a ellos. Doctor, no tenga miedo, si cierra los ojos tal vez pueda acompañarme. ¿Ve? Yo tengo los míos vueltos hacia adentro, en realidad se escaparon de mis órbitas y se hicieron microscópicos. Ahora, por separado, recorren los túneles tenebrosos y hediondos que la lombriz fue excavando en mi cuerpo. Sé que al final mi cuerpo se va a pudrir pero mientras tanto, mis ojos encontraron ese túnel y lo recorrieron hasta donde se abre una gruta gigantesca en cuyo centro hay un lago y en el lago una isla de aguas hirvientes que impiden el acceso a todo elemento material: se derrite. Y allí se debaten las fuerzas del aire: el bien y el mal. El monstruo y el ángel no son más que imágenes, luces de colores infinitos que hasta allí llegan para su pelea final (son ellos los que tienen la palabra que definirá mi estigma). Oigo el traqueteo de las ruedas del tren fantasma. Usted debe llegar Doctor, porque allí está la palabra. Sígame doctor, antes que se destrocen el Ángel y el Demonio y la palabra quede en el fondo del lago para siempre.

En fin, ya le dije que no me puedo culpar porque todo es causa de mi estigma. Y cada uno tiene el propio. Sin embargo Usted no va a poder pasar doctor y tampoco la lombriz puede hacerle nada, porque ella no puede contra lo inmaterial. Mis ojos sonríen victoriosos y se disponen a descansar ¿Lo ve Doctor? Si no, lo ayudo. La palabra retumba en las paredes de la gruta y rebota invocando a los duendes que bailan alrededor de un caldero. Y del hervor del agua se levanta un vapor que humedece el ambiente. Lo siento. Todo es humedad, niebla. Si tuviera que caminar allí lo encontraría penoso porque los suelos barrosos cubiertos por el verdín lo harían patinar y una vez que cayera estaría irremediablemente atraído por el lago. Algo succiona sus piernas como si fuera un viento pero al revés, una máquina aspirante. A medida que un cuerpo cae, primero sus piernas, su sexo, su tronco, su pelo, su lengua, se va derritiendo en el lago y esto reaviva al ángel y al demonio.

Doctor ¿por qué no me da la mano mientras cae y después la apoya sobre mi sexo? ¿qué forma tiene doctor? Yo no lo puedo saber. Ud. está en el lago y lo sabe todo. Pero mis ojos, ya le dije, están en la gruta, mis brazos y mis piernas también, dislocados porque llegaron por caminos diferentes. La gruta tiene cien puertas de cien distintos gusanos y cada parte de mi cuerpo llegó por un lugar distinto.

Doctor: yo ya no puedo caminar; yo ya no tengo piernas. Pero tengo sexo.

Doctor: yo ya no puedo tocármelo; no tengo brazos. Pero sí sexo, doctor. ¿Soy hombre o mujer? ¿o soy distinto?

Me tengo que ir ahora: me espera mi guitarra y mi canción en el calor suave de mi habitación azul. Suena el teléfono y escucho la voz de mi novia mientras canto:

Tengo miedo de ver

miedo de amar.

Tengo miedo de ser

una noche más en tu corazón...

...pero me falta la palabra.

(Es mi estigma)

En la isla el monstruo tortura al ángel y en su lucha gira en un círculo que se acelera en cada vuelta hasta que todo se comporta como un gigantesco remolino. Los ojos van siendo atraídos al lago y ahí se derriten. Pero sin ojos, el monstruo y el ángel desaparecen y todo se cierra en una implosión que traga la energía del universo y la concentra en un solo punto.

Infinitamente pequeño.

Doctor, en ese punto quedé encerrado y nadie me va a poder encontrar; es demasiado pequeño y además sería muy peligroso abrirlo ya que todo explotaría y formaría otro universo dentro del universo. Y eso no es posible. Pero igual no se preocupe, no está en el saber humano conocer los códigos de este punto. PUNTO.

 

 CARTAS AL VACÍO, DESPERDICIOS DEL CORAZÓN

Ya sé que soy sólo un narrador del pasado y que nadie me hable de creación. Apesta. Yo repito, sí, repito. Y mi grandeza reside en ello. Exactitud, justeza, precisión. Esto es todo a lo que aspiro, buscando dar así, aquella imagen de la vida que, como toda imagen, será falsa, irreal, equivocada. Y mi presunta grandeza resultará no ser sino un gran globo lleno de aire que se nos diluye entre los dedos y se pierde irreparablemente ya que el globo se pincha.

Sólo la creatividad es vida verdadera y va siempre más allá.

Lloro por ella, porque la extraño, porque la vida me la quitó.

Lloro y lloro y cuando paro, solo, cual maniático, repito:

Él dijo:

"Hágase la repetición" y la repetición se hizo.

 

EL CABALLERO SOY YO

Cartas al vacío I

Desperdicio del corazón

La noche era pesada y parsimoniosa. Se habían reunido en la playa para festejar la graduación de Miguel. Llegué tarde y sin saludar a nadie me senté a comer en la mesa de la familia.

Pero... imaginemos primero el entorno.

Al fondo, ruido de mar en calma; más cerca, el murmullo tranquilo de la reunión y el chocar de las bandejas repletas y resplandecientes en manos de las mujeres que servían las mesas dispuestas de forma que estuvieran alejadas las unas de las otras. La "foule" contenta, dispersa. Y todo bajo un cielo negro que ni yo era capaz de mirar.

Comí jamón, queso y aceitunas hasta que me sirvieron pollo con ensalada rusa; seguí con chivito y lechón con mayonesa de atún. Después acabé con el postre, la torta y el helado. Tragaba con asco y en desorden. Mi objetivo: devorar cuanto mis ojos viesen para vomitar más de lo humanamente vomitable y sufrir por cada pata de pollo que no debí haber comido, por cada vaso de vino que no debí haber tomado, por cada palabra que no debí haber dicho; sufrir por todo y por todos y de una vez por todas, aliviar la fatigosa carga de culpa con la cual convivo y entonces atreverme a mirar el cielo y amarlo. Amar a Dios.

Mientras tanto, la fiesta se desarrollaba tranquila e intrascendente. Las charlas, cuasi monólogos, poco me interesaban y si no me dormía era por quedar bien. Mi primo, medio borracho, se fue con la novia. Más relajado y cuando los invitados se levantaban para ir a bailar, empecé a tomar cerveza.

Finalmente, harto de la gente, la comida y la bebida, decidí ir a caminar por la playa. La orilla del mar, oscura como un agujero negro, me llamaba. Fernanda me siguió. Cabe aclarar que durante toda la noche ella había estado rondando la mesa y en sus acercamientos, discretamente ingenuos, yo veía algo más fuerte e incontrolable que un simple deseo de agradar y eso se notaba en su charlas llenas de inconsistencia y en sus gestos, miradas y risas que se filtraban a través de mi piel hacia mi alma para alimentarse y emborracharse conmigo y salir multiplicados en estruendosas carcajadas de amor, amor que mi pequeña Fernanda, aparentemente inocente, jamás aceptaría. Nos dirigimos hacia la orilla, olvidados los zapatos, fríos los pies pisando la fría arena. Ella creía que estaba borracho (lo estaba) y aprovechando la situación le pedí la mano para sostenerme.

¡Bah! En realidad así no fue.

Fernanda y yo íbamos tan pegados que nuestros brazos y cuerpos se rozaban, se chocaban, se mezclaban; los dos sentíamos vértigo frente al precipicio de amor en el cual quién sabe si nos atreveríamos a caer. Nada decíamos, como si nada estuviese pasando. Y Dios sabe que no es así.

Yo me moría por un beso, un acto de amor. Pero ¡nada de eso! Sólo le tomé dulcemente la mano y palpé la fría punta de sus dedos sobre mi palma sudorosa y me hice el tonto mientras se olía en el aire, emanando de nuestros cuerpos abrumados, el precioso perfume del pecado que ni la tormenta que se avecinaba lograría disipar.

Yo ahora sé que ella no me ama. Pero en ese momento, cegado por su presencia y ante el aleteo de una pareja de gaviotas en la cresta de la ola, decidí seguir adelante. Nuestras manos se abrieron generosas, flácidas y receptivas... se fueron juntando una con la otra, nuestros dedos cruzándose lentamente, los dos disfrutando cada instante, cada movimiento, sabiéndolos irrepetibles. Cobijé sus dedos en los míos, ahora tensos, nerviosos y mantuvo su brazo soportando una carga infinitamente pesada: mi amor, bajo un cielo que empezaba a mostrarse inequívocamente tormentoso.

Riendo y jugando pero con el gran dolor en el pecho de querer lo imposible, sentí que todo lo que había olvidado volvía a mí. Yo me había esforzado para no pensar jamás en ella y casi lo había logrado. Pero esta nada a la que había llegado me había destruido y ya de nuevo a su lado y a pesar del alcohol, otra vez mi corazón corría como loco en busca del suyo, encerrado entre las rejas que siempre se interpondrían entre nosotros, ya que nunca podría yo amarla.

Su corazón está cautivo para mí.

Y en la orilla, los cuerpos helados, sentados en la arena mojada, jugando la espuma con los dedos de los pies, le dije:

¾ Basta Fernanda; no me lo nombres más, no me hables más de él. A vos tampoco te importa un carajo y además, ahora estás conmigo. 

¾ No contestó.

¾ Fernanda, te propongo un juego. ¿Ves tu mano? Imaginá que en tu dedo tenés un anillo que yo te regalé porque estamos comprometidos.

¾ Pero Andrés... ¾ vaciló.

¾ Eso, juguemos a que estamos comprometidos y nos queremos mucho.

¾ Pero Andrés, somos... eso nos es prohibido... nosotros no podemos ¾ tartamudeó Fernanda.

¾ ¡Y qué importa!. No es más que un juego y como todo juego, inocente... mirá... miralos a ellos, acá nadie sabe lo que hace ¿no ves que nadie se compromete con nada? Así que no sientas culpa, sólo te propongo divertirte; al fin y al cabo ¿no somos niños? 

¾ Pero, si él se entera... ¾ (fue entonces cuando le pedí que me sostuviera)

¾ ¡Mierda con ése! ¾ grité ¾ Escuchame, mirame. ¡Eso! Yo estoy enfermo y no puedo moverme. ¿Por qué no jugás a que vos me cuidás? Va a ser divertido: sos la única que puede actuar porque a mí tu amor me paralizó: yo solo no me puedo mover -

Quedamos callados un instante y luego en voz más baja proseguí:

¾ Y ahora que lo sabés podés dejarme acá tirado o cuidarme y abrazarme hasta la muerte.-

¾ Es que no sé qué hacer, Andrés ¾ balbuceó Fernanda visiblemente confundida.

¾ Vamos, decime que vaya a tocar la guitarra, que cante, que haga mi música y que tenga fe. 

Sólo miró hacia la casa y no contestó.

¾ Fernanda, no me puedo resistir a vos, es más, dependo de vos. Estoy enfermo y vos me podés curar porque sos mi dueña, mi alma, mi TODO.

 

Enfermo, enfermo de amor me entrego a ti.

Y otra vez nuestras manos se tomaron con fuerza, los dedos de uno cerrándose sobre los del otro. Y eran ellos los que entablaban el único diálogo, los que decían lo que la mente no quería imaginar, lo que las palabras no eran capaces de transmitir, lo que los cuerpos no se atreverían a soñar. Nadie, absolutamente nadie podría imaginar qué era lo que sucedía entre la playa y las olas.

Fue entonces cuando el silencio se coronó eterno rey de nuestro entorno. Y sólo un ruido subsistía: el de nuestros corazones por sobre el fondo del mar en calma que presagiaba la tormenta que, implacable, se asomaba. Si nos hubieran visto en silencio, nadie habría comprendido qué pasaba. Ellos eran todo desorden y bullicio.

 

Cartas al vacío II

Recurso de infelices

Por un momento nos separamos, nos miramos y mi pasado se me vino encima. Años de soledad y de vida insignificante, de aburrimiento y monotonía, cuya única luz, intangible, había sido Fernanda. Una luz que iluminaba a mi alrededor pero que a mí me dejaría a oscuras. Una luz que me encandilaba y ante su belleza jamás me dejaría ver otras luces.

Una luz que yo no debí haber visto.

Un amor que yo no debí haber sentido.

Es que yo ya lo dije. Fernanda era mi mejor amiga,

la prometida de mi hermano,

casi mi hermana.

Y ella así me veía.

Su mundo estaba bien ordenado, previsible, seguro ¿para qué complicar las cosas? Pero ¿quién sabe? ¿quién sabe si las cosas ya no estaban complicadas?

¾ Vamos ¾ dijo de pronto ¾ que ya van a brindar. 

¾ Yo me quedo ¿Para qué voy a ir? ¿No ves que allá a la gente le sacan lo bueno y humano y la convierten en tierra de abono? ¿no lo ves? 

¾ Vamos ¾ me respondió como si no me hubiera escuchado.

¾ Andá vos, yo no voy a ningún lado. 

Mientras se iba, empañado el cielo con mis lágrimas, me alcé y grité la verdad para que la supieran: mi amor prohibido, mi vergüenza y mi derrota. Vieron y oyeron mi corazón desgarrarse en mi voz despedazada pero se condena sin compasión al que infringe las leyes básicas de la vida y yo las había infringido.

La fiesta continuó pero ya sin mí. Nunca volví a ese mundo puesto que yo había sobrepasado los límites de la cordura y aunque mi ausencia se notó, era necesario disimular y olvidar como todos olvidaron.

Incluso así lo hizo un Andrés cuerdo, sin espíritu, que se olvidó al otro en la playa. Pero la locura lo persiguió y metiendo su mano en el bolsillo encontró un papelito que el otro había dejado, haciendo patente un destino al que jamás podría renunciar. Y fue a la playa a reencontrarse con el dolor y el amor a la vida. Y sufrió por siempre, pero por amor y no por vacío.

Juntos los dos Andrés, leyeron el papelito que los mantendría unidos en un único y loco destino.

Fernanda, el caballero

soy yo.

La princesa cautiva

vos.

Y sólo un beso puede romper

el hechizo que

te mantiene alejada

de mí.

Tengo a mis carnes que se come mis carnes.

Tengo mi voz ahogada en un mar desierto.

Las luces se apagan una a una. La risa me persigue.

Velas, viento y sangre.

Andrés.

 

POR QUIÉN DOBLAN LAS CAMPANAS

Estoy acostado cuando oigo un gemido en la calle. Paro las orejas y trato de escuchar mejor pero sólo se oyen, retumbantes, las campanas de la iglesia atravesando el calor de la tarde. Cuento las campanadas... tres... cuatro... cinco... ¿Habrá sido un sueño? Intento ser realista y no dar lugar a la fantasía pero lo que sé, es que de vez en cuando, en estas siestas de cenizas calientes algún sueño se desliza de mi cabeza dormida y salta.

" Acá estoy" me dice.

"Te pertenezco, soy tu producto y soy libre"

Pero a mí el sueño no me libera, pone ladrillos en mi camino como una red que me sostuviera y apenas me permitiera escasos movimientos. Por eso debo saber la verdad.

Me levanto y espío a través de las persianas: en la tarde de arenas encendidas, caballos sin herraduras, ventanas de rejas con malvones, veo las moscas volar entre los naranjos, huelo el perfume de sus flores blancas, profundo, pastoso como el calor de esa tarde. Después, el silencio pesado en la calle desierta y otra vez la queja quiebra el aire. Hay algo desesperado en ese quejido, algo no humano. Un mal presentimiento me impulsa a la calle. ¡Ahí está! ¡Es Federico! ¡Mi Federico!.

En medio del calor sofocante, sobre las piedras de la vereda, Federico está tirado cubierto de sangre que sale a chorros de una pequeña herida en medio del pecho agitado. Federico se está muriendo pero en estos minutos excelsos sus ojos están luminosos, brillantes, como si estuviera persiguiendo un sueño verde de esperanza y libertad. Y dueño de ese sueño vertiginoso que rodó a tanta velocidad que rompió los tiempos y le permitió ver los tiempos de los tiempos, sus ojos negros y su mirada de verde cristal me dicen:

"Mejor morir que vivir esclavo".

El calor empuja la tormenta, corre la sangre una carrera y en su loco galopar desata un torbellino en el cosmos. Lo arrastro hasta mi cama de sábanas bordadas y blancas; la sangre a borbotones dibuja verdes caballos alados... Federico murmura, es una canción que sale de entre sus dientes. No lo entiendo pero no importa. Sé que habla de su vida plena, alegre, brillante, de su felicidad restallante y efímera, de su voz como una castañuela, de su pluma como una navaja de plata, de su muerte injusta. Hay algo en su voz que enciende la sangre del pueblo: ése fue su tormento y su regocijo, los que defendió a golpes de poesía y haciendo gala de valores morales que nadie cumple y todos vociferan. Se entregó entero, su compromiso con los otros fue total, por eso no se lo perdonaron: ése fue su pecado y su gloria. Vio la belleza, la vivió, la inventó y la regaló. Pura pasión, no supo ni quiso esquivar las puñaladas y esta última, la traidora, le partió el corazón. Federico me enseñó a pensar nuevo, auténtico, a disfrutar abriendo el corazón y ¿por qué no? a recibir sin preguntar demasiado.

Las burbujas de sol llegan hasta la cama de bronce con sábanas de hilo almidonadas y bordadas con su reguero de sangre gitana. La luz de la tarde andaluza entra por las rendijas y no escapa pero se escurre por los rincones y trepa a los techos buscando el perfume del romero. Miro su herida que sangra, duele y corta como un cuchillo frío y en la tarde de girasoles calientes veo el campo del verde olivar, los verdes jazmines, las verdes palabras, su verde vida y su muerte verde y negra. Entre sus dedos transparentes se desata una canción:

"Tu verde y tu sentir son así de profundos y serán infinitos y han de ser inmortales. Ambos tienen el misterio del ser, son a la vez el abismo entre los seres y la sagrada fusión. Como el verde, tu sentir es solo, inaccesible, sagrado".

¡Ay, España! De toros negros con grandes cuernos lidiados en la plaza de mantones de manila y gitanos en su jaca.

¡Ay, España! desacralizada, profana ¿dónde están tus verdes?

¡Ay, España! tu indiferencia se nutre por sus poros, dilatándolos y carcomiendo los narcisos de su sangre...

Con el alma acongojada me pongo a llorar, no quiero que pase nada porque no podré restañar la herida ni juntar los pedazos cada vez que se deshagan. Federico apenas respira. Yo sé que hay algo que lo trasciende, no importa cómo se llama. Y es su energía, que en el reloj de la iglesia, marca otra vez, a las cinco de la tarde, los mismos signos de dolor.

En la plaza de toros, el toro y el torero caen muertos por la misma espada.

Federico muere.

España llorará por siempre.

 

QUERIDO AMIGO

Querido amigo que no tienes nombre ni forma, que te has vestido de celeste y blanco pero que sabes que sólo existe el gris. Yo quiero un nombre, una forma, una historia, una vida, un universo, una eternidad. Desde el comienzo hasta el fin mi historia es un viaje que no lleva a ningún lado, viajar por el simple hecho de viajar, por los lugares secretos de la tierra y cuando lo logre, volver a intentarlo una y otra vez hasta que mi cuerpo vomite todo su contenido y quede completamente limpio.

Voy a narrar esta estúpida historia:

Este es un viaje como cualquiera de los otros que se han desarrollado a lo largo de mi vida. Como no existe lo eterno dentro del auto, tenemos que responder a los invariables retos del destino. Puerta que se abre, yo me caigo y lastimo mi alma. Entonces, ¿qué hacer? Siempre esa pregunta que nos lleva a imaginar un mundo de fantasías y aventuras o a enfrentarnos a cualquier derrota o bien, sencillamente, a continuar el viaje repitiendo los mismos gestos... ruedo, me levanto y sigo, pues respondo a mi amo y no pienso ni actúo por mí mismo.

En cambio hace muchos años yo corría desprejuiciadamente por la pradera cantándole al rey sol y amando a mi entorno. De tanto correr me sangraban los pies y era un dolor placentero pisar la tierra firme sintiendo el pasto que se me metía entre los dedos.

Pero yo ya lo pronostiqué. Ahora, en la ciudad donde no hay tierra que pisar, estoy desconectado de la vida. No me quedaré aquí donde hasta la respiración se congela, seguiré mi rastro de sangre y cruzaré los cuatro pantanos antes de llegar nuevamente a la pradera con sus lomas suaves, sus hierbas altas ondulándose al viento y calentándose al sol, donde, en verdad, desentrañaré el secreto. Será un largo camino colmado de pruebas pero he de hallar lo mío, mi verdad.

Desearía saber cuánto falta para llegar a destino... si hay un destino, porque estoy muy cansado y a medida que cruzo la cuarta ciénaga me hundo inexorablemente hacia su infierno interior con sus demonios reptando sobre mis brazos y haciendo muecas ante mis ojos. Allí no hay nadie que me cuide y me oriente. Temo no salir nunca más.

Por eso estoy otra vez en el auto.

Y otra vez aquella sensación repetida... la puerta se abre, yo caigo a cientos de kilómetros por hora al suelo rocoso. Claro que dolor no siento en el cuerpo cuando ruedo invariablemente por el suelo. Ya en él, me levanto y subo al coche pero el viaje será nuevamente interrumpido por estas sensaciones hasta que predomine la sensación sobre el viaje. Entonces me cargo de valor. Soy yo el que abre la puerta y salta afuera y... la velocidad es increíble y...

... Y...

Amigo mío, librito mío, ya no caigo ni ruedo, ahora tengo alas y puedo irme, no valen más lamentos. Me voy al cielo cueste lo que cueste, aunque muera mil veces. Te dejo solo pero no desprotegido, estás en buenas manos; yo por mi parte, libero mi alma. Nunca te olvidaré, fuiste un buen compañero pero desgraciadamente estás atado al peso y a lo temporal, por lo tanto, condenado a muerte. Si me quedo contigo muero junto con mis palabras (ya habrás observado que mi último trabajo es decadente). En mi despedida me vas a ver morir momentáneamente, no te asustes porque podrás reconocerme por toda la eternidad. Este viaje no es ni en colectivo ni en avión ni en nada, hasta podría decirse que no voy a ningún lado. Pero no te preocupes, observando lo vivido hasta aquí, sé que nuestro trabajo no fue vano.

Ahora, hasta siempre.

Sebastián

¿Quién vendrá?

 

P.S: Un día de Julio de 1989 cuando decidí dejar de escribir mi diario.

 

ALICIA EN EL PAÍS DE LAS MARAVILLAS

I

Una historia escrita en primera persona

De pronto supe que estaba sentado. Entre mis manos jugaba una pequeña esfera de cristal y mis ojos la miraban: era liviana como un globo y el duende que me la había regalado me había dicho que era especial. Me prometió que si me sentaba en el banco del parque y esperaba largas horas a que el sol encontrara el ángulo exacto en el cual su luz se reflejara adentro, magníficamente, mi otro yo me miraría desde la esfera para después darse vuelta y empezar a caminar. Así de simple.

Y así lo hice. Ese día, sin embargo, estaba nublado y la luz y las imágenes en la esfera eran difusas. Yo me quedé clavado en el banco, la mirada vuelta hacia adentro, hacia ese otro mundo donde mi otro yo vivía. Hacia la esfera.

Y me veo caminando por Buenos Aires sabiendo que todo había de hacerse de inmediato para no perderse en vueltas en el laberinto de la ciudad; las manos en los bolsillos agujereados buscando algo, la cabeza inclinada hacia abajo, los pasos cortos, cansados. Y mientras sigo hurgando en mis bolsillos para no tener que ir más lejos, ya que a veces la verdad está tan cerca que hay que alejarse para que se deje ver, saco del bolsillo izquierdo un papel con olor a viejo en donde el duende había escrito las instrucciones del juego y en tanto leo, una voz extrañamente conocida, retumba en mis oídos:

"Estás adentro, diste tu primer paso y si querés seguir con la magia de este juego fantástico, éste es el momento del asesinato: matar al hombre malo con tu samurai, luego escapar sin dar explicaciones. Lo esencial no tiene explicación (siempre será un misterio). Después ya veremos, el duende sabrá si te has elevado de nivel"

 

¿Qué pasaría con C. cuando lo supiera? No la hubiera hecho sufrir por nada del mundo pero su otro yo seguía escuchando la voz que lo dominaba.

Sintió un placer absoluto cuando lo atravesó de un solo movimiento, ahuecó el alma para recibir la sangre parda del bautismo del samurai y lo horrorizó darse cuenta de que la sangre del cuerpo del hombre malo estaba seca y cuando lo abrió, apresurado, vio que su interior era de plumas y por eso, liviano como una esfera de cristal.

Miró a los ojos del muerto y vio que le sonreían.

Vio la sombra de C. ocultando su traición.

Vio una madre enferma en una cama rotosa.

Vio las manos de su niño acercándose al fuego de la sartén.

Vio sus deditos ardiendo y un grito aullante, el olor de la carne quemada y los ojos del niño llorando, deforme, mutilado, ir a pedir limosna.

Vió el pecado de la lujuria y el deseo.

Vió el negro intenso de las pupilas de C. y no vió nada más porque el hombre muerto cerró sus ojos y cayó al suelo sin hacer ruido; fue vaciando sus plumas al viento y como un globo pinchado, sólo quedó la piel arrugada que, al sol, se fue derritiendo en un líquido espeso, burbujeante, al que se lo tragó la tierra.

 

II

El asesino y su amante secreta

Ya había cumplido su parte. Ahora debía huir para nada explicar. Las reglas del duende indicaban que serían cuatro los coches policiales que estarían atrás del rastro del misterioso asesinato cuando los diarios del día siguiente lo señalaran como el sanguinario criminal y la hipocresía entera, con su dedo cínico, lo marcara culpable. Eso era lo mejor; él quería romper lazos con la ciudad y así por fin, escaparía de Buenos Aires, pero ¿cómo? se preguntaba. La ciudad se encuentra rodeada por una muralla alambrada y electrificada y salir significa electrocutarse. Adentro, no es más que un gran zoológico, una gran jaula de monas aullando y monos sedientos de poder y sexo. La jaula se llena de la mierda que emerge desde el submundo de las cloacas que subyacen a todo y lo fundamentan.

Escapar... es casi imposible. Algunos, alguna vez, lo hicieron.

Dicen viejas leyendas que en ciertos lugares, a pesar de que el alambrado parece continuo no es más que una superposición de cuatro paredes intercaladas con senderos a distinta distancia de la ruta; de lejos parece homogéneo pero no lo es. Y de quienes lograron desertar, una vez afuera no se supo más nada. Desaparecieron.

También dicen que en largas fosas cavadas tras las murallas justo a la salida del sendero, millones de almas engañadas corren juntas con la ilusión de escapar pero caen y tampoco de ellas se sabe nada más.

C. me contó que Alejandro le había revelado el gran secreto del duende: una cascada de agua límpida los esperaba para refrescarlos y salvarlos. Y aunque para llegar no quedaba más que meterse por los túneles que se conectaban desde la ciudad, si se conocía la salida del laberinto uno se encontraba con su otro yo en la cascada. ¿Hasta dónde sabía la tonta de C.?

Busqué de nuevo en mis bolsillos pero ya no había instrucciones. El duende me dejó solo, la esfera se me diluyó... Tomé la ruta norte cuando me dí cuenta de que no podría atravesar la aduana de la ciudad donde, sin duda, me atraparían. Debía buscar algo conveniente, resolver el enigma porque salir de la ciudad era un imperativo. Mi única posibilidad era dejarme llevar por el intenso olor a mujer que me conducía hacia una casa conocida. El olor me guiaba hasta la puerta que se abrió sin siquiera tocarla. Al entrar me sentí relajado, a gusto, protegido.

Entonces supe lo que quería: que C., que no debía involucrarse a no ser que ya estuviese involucrada, me ayudara a cruzar la frontera.

C., la etérea, la hermosa, sabía más que nadie de cloacas y de bajo fondo.

C., la superficial sin remedio, se manejaba en el mundo subterráneo como en su ambiente natural.

Y entré no más en el cuarto con la sola idea de esconderme en un lugar de confianza aunque no me atrevería a decirle que siguiendo las instrucciones del duende, mi samurai había atravesado el pecho de plumas de Alejandro.

Luego C., que sabía de camuflajes, disfraces, maquillajes, artificios y otras artes de la simulación, me vestiría de mujer ¿o de monstruo? y así yo podría completar la investigación y luego la ceremonia del duende y elevarme, tal vez, a un nivel superior. Pero por el momento no pensaba en nada, miraba la habitación pequeña, iluminada apenas por un velador dispuesto sobre una repisa en medio de las dos camas. C., en la suya, magnífica, me seducía hasta dormida. No era nada que ella hiciese sino un impulso, un deseo irrefrenable que yo no conocía pero que hoy sé que era el amor.

Me arrodillé a su lado escrutando su rostro con pasión, detalle por detalle, error por error. No me atreví siquiera a mover los ojos, apenas respiraba por temor a romper el hechizo si se despertaba; nada debía pasar entre los dos porque cualquier emoción haría estallar mi cabeza, mi mundo, mis riñones y no era el momento, ya tenía demasiado con el misterioso asesinato.

Y estaba yo en medio de estos pensamientos cuando, entre el suspenso y la somnolencia, abrió los ojos y si no le tapaba la boca pegaba un alarido. La blandura y la entrega de sus labios en mis manos me tentó y le di un beso y aunque no le gustó, se calmó. No sé por qué pero al verla tan desorientada olvidé que no estaba dispuesto a confesarme ante ella y sentí la necesidad de describirle, inmutable, mi perfecto asesinato sin omitir nada, salvo las instrucciones del duende y que la esfera me había enfrentado con mi otro yo. Le recalqué que debía callarse porque de su silencio dependía mi salvación, le dije que ella sería en un principio mi espía o más bien mi cómplice pero que no la quería en el medio del enigma que yo estaba dispuesto a descifrar; por eso no debía preguntar nada que yo no le hubiera revelado. Luego habló ella y es increíble lo estúpida que es. Pero lo peor es que es la persona que más ha influido en mí en los últimos tiempos.

¾ Mirá pibe... hay que darle tiempo al tiempo y todo va a ir bien, no te preocupes que tu amiguita no te va a dejar solo. Yo nunca te voy a desproteger vos sabés que... ¾

¾ ¿Me quedo? ¾ interrumpí, mientras percibía por anticipado la traición, la promesa fácil, la perfidia consabida en sus palabras.

Pero esta vez, a pesar de mis prejuicios, la pifié, porque C. se jugó por mí. (Nunca fui tan feliz por haberme equivocado).

¾¾ continuó ¾ porque vos me necesitás más que nunca, más que nadie. Yo voy a ser tu luna, tu guía, tu Dios. 

Creí que estaba soñando, no podía ser... tal vez había llegado la hora de que C. me entendiera y dejara de ser la tonta superficial de siempre... ¿ o es que C. también tenía un otro yo escondido en su esfera de cristal, un otro yo que yo jamás había sospechado, desconocido para mí y que podía comprender mi asesinato, el hombre malo con sangre seca y entrañas de plumas sin nada explicar? Si era así, tal vez pudiera entender o al menos perdonar que yo hubiera matado a Alejandro. Pero no me atreví a sincerarme porque en verdad sonaba su respuesta como armada o como algo literario, por lo que, receloso, miré su mesita de luz y en un libro de Leo Buscaglia abierto en la página 56 leí:

"Tú necesitas mi ayuda más que nunca, más que nadie. Yo voy a ser tu luna, tu guía, tu Dios".

En fin, estaba junto a la C. de siempre, mentirosa, fabulera, ordenada sentimentalmente, con un futuro preprogramado y dueña de una terrible seducción. Y yo también, a pesar del sortilegio del asesinato o tal vez precisamente por ello, seguía siendo el de siempre: pusilánime, miedoso, inseguro, sensible... es más, demasiado enamorado de la vida para ser capaz de jugármela por salir del pozo... en fin, un desperdicio.

Temí que C. me jugara sucio así que me metí en su cama y le conté todo de nuevo, una y otra vez, aún con más detalles. Esta vez sí se despertó, se sentó en la cama y me acarició la mejilla con esos dedos afilados y nudosos de pianista fracasado que yo había soñado arremolinando mis rulos. Tenía un pijama transparente y cuando vio que la observaba tratando de definir los contornos difusos de su todavía desconocida desnudez, sin hacer el recatado gesto de taparse, me dijo que a Alejandro le gustaba mucho y que cuando ella se lo ponía él venía a visitarla antes de dormir y charlaban como antes, mientras él le rozaba, distraído, todo el cuerpo.

Yo sabía que C. había querido mucho a Alejandro, con el que se había criado, compartido la mancha y los juegos callejeros; luego las primeras letras y la promesa a la Bandera. Muchos atardeceres los habían encontrado caminando juntos por el barrio conversando ensimismados, ajenos a los vecinos que sonreían complacientes al verlos pasar. Él le había enseñado a andar en bici, algún acorde en la guitarra y a seguir el ritmo de la música de moda con los primeros pasos de baile; junto con su crecimiento adolescente descubrieron a Charly García y Spinetta y el despertar de las ansias de su sangre, hasta que Alejandro se enamoró de Matilde, su hermana y entonces se alejó de C.

Pero un día, durante el veraneo, comenzó el hábito de saludarla en su cuarto cuando ya todos estaban en sus habitaciones excusando que desde la de C. tenía la mejor vista al mar. Desde entonces, aunque ella se lo negaba a sí misma, lo esperaba ansiosa y cuando él no venía se quedaba despierta, con la sonrisa apenada y el cuerpo en zozobra hasta la madrugada.

Dijo C. que la primera vez que la acarició no le gustó pero no dijo nada para que su hermana no se enojase ni a su madre le agarrase un ataque de histeria. Luego lo fue disfrutando, especialmente cuando Alejandro pasaba algunos límites prefijados y sus dedos rozaban el borde de sus pechos o se deslizaban sobre el esternón o cuando, bajando por la línea media hasta el ombligo jugaba, absorto, como si desde él pudiese ver las profundidades del universo o el subsuelo del mundo, reino de las cloacas, que se fue haciendo familiar para C. Ella nunca se movía; imaginaba su sexo potente penetrándola por el ombligo y llegando a sus ovarios para bañarlos y lavarlos de esa inmundicia del mundo subterráneo. Dijo que al principio él venía antes de acostarse, charlaban de cualquier cosa como en aquellas tardes adolescentes que rememoraban nostálgicos o, muchas veces, él le enseñaba mapas de los albañales y le contaba historias de los monstruos que los habitaban; después se reían con los ruidos del mar y se despedían con un beso en la mejilla. Pero una noche C. levantó la mano para saludarlo y la sábana se corrió y se dejaron ver sus bellos senos. Alejandro se hizo el distraído pero fue bajando la sábana hasta dejar completamente al aire los pechos, la cintura fina, la cadera redondeada, el ombligo ingenuo. Ahí, como si no prestara atención a lo que hacía, le acarició la cara, el cuello y luego no pudo frenarse y le apretó los pechos y le dejó erizados los pezones.

¾ Yo aguanté callada ¾ dijo y bajó la voz para murmurar ¾. En verdad, por pudor no le dije que siguiera, que quería más, que me recorriera toda. 

La vez siguiente C. se había decidido: estaba acostada sin taparse y sin siquiera pijama. Asustado, Alejandro cerró la puerta con llave y esta vez abusó de su cuerpo, lo gozó entero, cada rincón, cada redondez, cada pliegue buscando lugar tras lugar, iba y venía, subía y bajaba lamiendo y masajeando pero sin contacto entre sus sexos. C. contó que se excitó muchísimo, que la descontrolaban sus manos imperativas, la suavidad de su pelo enrulado, el cosquilleo de sus pestañas en el vientre y que tuvo tres orgasmos.

Disfrutaron muchas noches, ahogando ruidos, hasta que él vino sólo con una toalla en la cintura. C. la desanudó deleitándose en el movimiento lento de sus dedos, lo miró potente por primera vez e hicieron el amor como desaforados. Fue un fiasco y ahora había que aguantarlo, siempre por temor a que él contara que ella no era una niña casta como creía su papá.

El error estuvo en entregarse a Alejandro. Sentirse asustada, perseguida, hasta violada era más excitante: vivir un pecado, una traición, lo hacían deseable; ahora que ya todo había sucedido no le interesaba más. Pero si su familia se enteraba armaría un lío de la gran puta y sería muy desagradable que Alejandro alegara que él ni siquiera había sido el primero. Claro que igual en este asunto había algo de positivo: hacer el amor con Alejandro era un ejercicio sostenido; sin hacer gimnasia gastaba calorías y mantenía la forma y algo más agradable era...

Así era ella cuando se ponía a hablar; decía tantas estupideces como le venían en mente, era capaz de poner en ridículo a cualquiera y todo para no decir más que mentiras. Me acosté a su lado y le pedí que se callara; hablando no la soportaba, yo necesitaba su calor, su ternura femenina. Y así nos dormimos mientras en mis sueños la esfera de cristal se agigantaba y dentro de ella los monstruos de las cloacas se reían del duende.

Y de los pezones oscuros y tiesos de C.

A la mañana siguiente me desperté sucio, asqueado y con un terrible dolor de cabeza. Cuando le pregunté qué había pasado, C. me dijo que yo había estado alborotado toda la noche, que había tenido pesadillas y que jamás me había quedado quieto; gritaba, lloraba, gemía y la empujaba con todas mis fuerzas afuera de la cama y ya solo, con los ojos desorbitados fijos en la cruz que se veía iluminada por la luna en el otro extremo de la habitación, me masturbaba una y otra vez como un maniático.

¾ Finalmente ¾ me dijo ¾ tuve que irme de la cama y me quedé sentada en la silla y te cuidé toda la noche, te traje agua, te acaricié las manos, te di besos en la frente. Vos me buscabas los pezones y los chupabas como si estuvieras mamando, apacible y continuado, yo te dejé hacer y así, de a poco, te fuiste quedando más tranquilo. Entonces me acosté encima tuyo e hicimos el amor. 

En fin, C. seguía con su sarta de tonterías. Con un extraño desasosiego me paré con dificultad y fui a vestirme a un rincón de la habitación. Lloraba de espaldas a ella que callaba sin atinar a cubrirse. Pero de pronto me di vuelta y con una sonrisa de esperanza le dije:

– No importa C., esto es sólo un feo reflejo de nuestro sufrimiento. El amor ya va a venir porque está por ahí, encerrado bajo las mil llaves... ahora juntos podemos quemarlas y liberar el amor. – Me miró confusa mientras yo proseguía diciendo: - Sí, amor, aunque no se vea, entre vos y yo hay amor y entrega. 

– Sí – titubeó y afirmando de a poco la voz continuó: – Mirá... yo te voy a sacar de la ciudad si vos crees en mí y te dejás llevar por las cloacas - (¡su voz sonaba tan tierna!)

– Los monstruos, C., me asquean - apenas mascullé.

– No tengas miedo – y señalándome sus pechos tiernos y puntiagudos siguió: Desde mis pechos purificarás las aguas podridas, mientras camines los llevaré desnudos para que te alimentes. No tengas miedo. –

 Me tomó suavemente de la mano y apoyando mis labios abiertos en sus senos generosos y llenándome la boca de su savia vital, descendimos a las cloacas.

  III

Los mundos subterráneos

  Ellos no me ven pero yo sí. Es extraño pero el suelo de la ciudad es transparente desde abajo: veo perfectamente los baños, las cañerías, la vida oculta del hombre parado sobre un río de mierda en donde animales subterráneos, pequeños monstruos hijos del desperdicio humano se alimentan de él, lo vigilan por los espejos, dictan las leyes de la supervivencia que lo obligan a desagotarse en las cañerías. Todo se regula a través de ellas: el semen, la comida, todo entra y sale de las casas porteñas a horarios determinados y de distintos colores. Desde abajo. El resto es inmoral. El sexo también.

  Las leyendas dicen que son los monstruos los que gobiernan la ciudad. En una suerte de venganza cíclica, determinan qué come el hombre para que sus desperdicios sean su flor, su néctar, su procreación. Los monstruos nadan en los ríos y no se dejan ver. Pero yo los siento:

murmuran,

palpitan, respiran,

se contonean, se retuercen, gesticulan,

se contraen,

copulan,

se mimetizan.

 

 Ignoro su cara pero reconozco la superioridad de su sangre nacida de lo más bajo: de mi barro, de mis excrementos; debo acomodar mis costumbres a ellos, así podré sobrevivir hasta que, según las instrucciones del duende, encuentre mi esfera de cristal...

La voz de C. interrumpió mis pensamientos:

– Ánimo, ya falta poco, sólo cuatro túneles más. Sostenéte, no mires los monstruos... nos estamos acercando al límite. Ya pronto estaremos en mi auto fuera de la ciudad –

Y se paró en seco. Y en ese momento sus ojos negros se clavaron en mi pecho y me atravesaron; fue como si una mano helada de uñas largas me arrancara el corazón a la fuerza. C. está llorando y la miro al fondo de lo negro de su pupila. Viajo hasta el final de ese túnel hondo que me espera.

Los ojos.

Me desvanezco en el aire para entrar en ellos transformándome en energía pura, luz de mil colores primarios, maravillosa por lo inexistente y mi alma, que gira en redondo a la velocidad de la luz, va siendo absorbida en ese túnel donde veo a mi otro yo que camina por B. A., ciudad gris a la que está tan acostumbrado hasta el punto de amalgamarse y no ser más que un remolino de viento que golpea las hojas secas de los tilos y las cúpulas de los viejos edificios. En su mano izquierda va depositándose un pedazo de aire, tejido como papel, transparente y suave como seda. Las letras negras caen de las cúpulas, juegan con los tilos y bailan con el viento depositándose en el papel en un orden preestablecido y sobre la transparencia, quedan suspendidas en una danza fascinante delante de mis ojos.

¾ Es el duende ¾ piensa mi otro yo ¾ que me está dictando las reglas del juego del nivel superior. 

 

 IV

Epílogo

Y cuando el texto hubo terminado de escribirse, lo leyó mientras escuchaba que una voz, la de C., le retumbaba adentro y lo transportaba a un santuario en un bosque impenetrable en cuyo corazón mágico una olla hirviente cocinaba los destinos de los hombres. La voz de C. salía de los vapores de la olla y al enfriarse al viento se condensaba en partículas de palabras, lloviendo sobre el papel de aire.

Y decía así:

"Desde la esfera, en el banco de la plaza, yo miro una esfera en donde mi otro yo se esconde en otra esfera más pequeña, (imaginación esclava) y así sucesivamente, empequeñeciéndose hasta lo inapreciable.

Esfera dentro de la esfera, sueño dentro del sueño, cada vez más lejos de la realidad, yo existo sólo en tu imaginación.

Vivo en la eternidad de la esfera."

 

EL SAMURAI

PUNTO FINAL

Había parido la novela después de cuatro años.

Aquel mes de abril fue cuando tuvo la primera idea; en realidad, no había sido una idea sino una ensoñación borrosa de su personaje blandiendo una espada. A pesar del mucho tiempo transcurrido, podía recordar con nitidez aquel momento fundacional. De allí en más, se había transformado en una obsesión febril que lo perseguía como una sombra atormentada. Escribir fue un imperativo, un grito seco que nacía de los huesos y lo hostigaba dictando penosamente la historia de su personaje y su samurai. ¿Qué hacer? ¿qué hacer? Siempre esa maravillosa pregunta que lo llevaba a imaginar un mundo de fantasía y aventura, a vivir y a enfrentarse a la victoria y al fracaso.

La hoja en blanco lo esperaba.

Quiso usar la computadora. No pudo.

Insistió con la máquina eléctrica. No pudo

No le quedó más remedio que recurrir a su lapicera.

Cada frase llegaba a sus dedos sin buscarla como una explosión que no podía evitar y que traía bacanales de palabras como cuerpos entrelazados buscando desenfrenada liberación. Pero luego la desmenuzaba, la trituraba hasta que la frase dijese lo que él quería que dijese. Nada más. Nada menos. Palabras masticadas, murmuradas, rumiadas, suspiradas, rezadas, deletreadas. Palabras que fueron mitigando el desasosiego y así fue tomando forma, su novela...

Ahora miraba satisfecho las páginas manuscritas. No le preocupaba si la publicaba o no... era... otra cosa: una felicidad interior generada en él mismo que lo alegraba sin necesidad de caer en entretenimientos fáciles ni de hincarse en la iglesia para idolatrar tótems de papel ni de sostenerse con falsas promesas ni de ir tras la droga para no pensar. Tenía lo que necesitaba. Ahora era libre. Podía controlar su persona, usar su fuerza para irradiar su energía (aunque era consciente que a veces no hacía más que lamentarse en una hoja de papel). Pero su novela no era un lamento; era un homenaje, un canto de gloria.

Miró su espada colgada en la pared de su habitación. Brillando en su imponente pasión todavía inactiva, concentraba toda la ira y la piedad en su ancha hoja. No estaba afilada. Algún día la afilaría y la pondría a sus espaldas y saldría a la selva humana, desnudo y con la espada, a arrancar yuyos, ver arder las cenizas y desterrar los cánceres.

Terminada será, por fin, la era de la indiferencia e inevitablemente llegará la mañana en que se enfrente a su más terrible enemigo: el imposible. Entonces ya no será su espada sino su espíritu el que lo moverá para conocer lo aún desconocido: el alma descarnada. Desnudo y sin nada, lo tendrá todo. ¡Qué agitación! ¡Qué felicidad!

¿Será en ese instante cuando se vuelva loco?

Será el Diablo y Dios, todo en uno, como la suma de los colores: blanco, inmaculado.

–¡Dios! ¡qué debilidad! –se dijo– cualquiera podrá manchar mis blancas plumas y arruinar mi vuelo. Yo mismo al sangrar dejaré de vivir en aquella integridad. 

Sí, una gota de su propia sangre impediría aquella impoluta plenitud. ¡Qué efímera y débil era su perfección! Pero eso no le importaba.

Lo que valía era un imperceptible movimiento en su camino hacia la perfección aunque ésta fuera por un tiempo infinitamente corto, si por ese tiempo infinitamente corto, él pudiera ser puro absoluto.

El tiempo de fundirse con su personaje.

El tiempo de poner punto final a su novela.

PUNTO.

 

 

MI SEÑORA, SEÑORA DE DIOS.

Yo sólo quiero escribir y odio que algo me aleje de mi escritura... por eso tengo tanto miedo. Mis mujeres no son como vos, pasan sólo por la superficie de mi piel y el sexo y yo reservo mis pasiones para la intimidad de mi carne. Pero desde que te conocí ya no puedo escribir. Me siento torpe con mis manos y con mis pensamientos y hay una única, sola idea que me obsesiona: verte.

Entonces pensé que era mejor enfrentarla y fui a buscarla al bar que yo frecuentaba para estudiar (a veces me perdía en estupideces y no estudiaba nada) donde la vi por primera vez. Sabía que tarde o temprano aparecería.

Me senté en una de las muchas mesas vacías de madera sin lustre cubierta por un mantelito amarillo recién lavado y planchado; encima, un cenicero que nunca usaba más que para tirar la cáscara de maní y el servilletero que se iba adelgazando a medida que mi flota de barquitos de papel se hacía más temible al enemigo, completaban los objetos tan familiares para mí. En frente, un grupo de hombres discutía en voz baja detrás del mostrador junto al gallego que cortaba el pan.

Música en la radio. Sin mujeres. Como siempre.

Estaba tan en penumbras que apenas podía distinguir la entrada. Me senté dándole la espalda pero sentía una comezón como si algo estuviera pasando atrás mío, en esa penumbra que abismaba la distancia entre la puerta y yo. Pedí un cortado doble y un churro. Como siempre. El mozo me comentó el partido de Ferro del domingo que yo no había visto y entorné los párpados, aguardando. El aire se puso pesado a mi alrededor, la monotonía de los ruidos de la discusión del mostrador y del reloj de pared me dieron somnolencia. No tardé en darme cuenta de que la modorra me mantenía, casi en contra de mi voluntad, los ojos cerrados. Oía el tictac de mi viejo reloj a cuerda; sonaron las siete en la iglesia de San Cayetano, pasó el tren de las ocho, se oyó el bastón del ciego que regresaba a su casa a las nueve. Como siempre. Por fin, abrí los ojos como pude pero las cosas seguían mal, todo estaba sombrío y confuso como si estuvieran haciendo el amor a mis espaldas. Siempre a mis espaldas....

Igual pude adivinarla en el dintel de la puerta.

Ella era hermosa, anormalmente hermosa, con un brillo propio que me permitía observarla en medio de esa confusión. Me di vuelta para aclarar mis dudas pero al verla cara a cara se apoderó de mí un terror paralizante. En el centro de un halo de luz enmarcado por un etéreo pelo rubio su mirada me congeló, aunque su boca era fuego perpetuo. Desencajado, observé alrededor pero nadie parecía notar su presencia, al menos a nadie le importaba, ensimismados en sus menesteres. Sólo el mozo me observaba con insistente curiosidad.

Yo permanecí callado: no sabía qué preguntar a pesar de que necesitaba saber tanto. El peso de esa quietud me abrumaba. Por fin, en un idioma ininteligible, ella habló y rompió con tanta estaticidad

lloro

porque hoy

vi la soledad.

 

Y no,

no era fea

ni fría... sólo

pasaba lejos,

inalcanzable.

 

¡Qué desesperante!

¡Cómo fluyen las cosas

dentro de mis manos!

 

María Soledad

si llego a Dios

y te fecundo

perderé

mi vida humana,

lo único en que creo.

 

  Tu nombre es tragedia

pero tu carne

¡sí vive!

María Soledad

Fue al cielo

Murió

Dicen

era hermosa

simple, buena

sólo...

tenía miedo de mí.

 

Ahora, yo sólo pienso

¡Qué insensible es la perfección!"

 

 Escuché en silencio y casi sin comprender a qué se refería. Tenía algo de solemne. Pero ¿qué? Era un mensaje ¿Cuál? Lo único que saqué en claro fue que no debía buscar la santidad ni alcanzar lo inalcanzable, sólo vivir con deseos y apetitos humanos.

En fin, no debía ir a Dios.

 

  Aún así había cosas que no encajaban ¿Qué pasaba con María? ¿Estaba viva o muerta la mujer que yo tenía que enfrentar? Según la poesía su vida y la mía dependían de mis ganas de vivir como si la vida no fuese más que una, única y universal. No entendí. Me di vuelta tratando de aclarar mis dudas pero al verla cara a cara se apoderó de mí un pánico indescriptible, un terror paralizante.

... Y otra vez empezaron mis alucinaciones, ahora el fuego de su boca formaba minúsculos espirales que giraban en el bar absorbiendo la oscuridad. Sí, otra vez empecé a ver cosas inexistentes, salvo que ahora que me resistía a ellas brillaban con más y más fuerza atrapándome en mi asiento del cual no podía levantarme a pesar del tremendo esfuerzo que hacía. Debo haber gesticulado porque el mozo me miraba de reojo y yo... ponía cara de disimulo.

Sentí que estaba condenado a morir en esa silla cuando un factor inesperado cambió la situación. En un momento de intenso nerviosismo María me congeló con su mirada y en su boca se formó un inquietante espiral que atrayendo mi propio espiral interior (¡tanto tiempo guardado!) salió con tal fuerza que me impulsó hasta el techo. Una vez que hube vuelto a mi asiento comencé a escribir.

Mensaje para María Soledad

mi señora, señora de Dios

Lloro, porque hoy

vi a la soledad...

 

El tren de las diez irrumpió en la vereda haciendo temblar las mesas... María subió al último vagón y partió haciendo adiós con la mano...

Sí, claro... esto es muy lindo pero estamos en Liniers, un barrio muy poco literario, así que creo que sería mejor que les explique... siempre me veo compulsado a explicar todo.

Hoy, perdónenme muchachos, hoy no les voy a explicar nada... lo que me asombra es que ahora puedo escribir.

 

     TROMPO

  Iba escribiendo su historia sobre su propio pasado, como todos.

Era el último día. Ya lo había logrado. Desde hacía siete años estudiaba y hoy se recibía. Siempre había tratado de imaginar ese momento y se había oído decir:

"El día en que me reciba, me suicido".

Sin embargo estaba vivo y respiraba con deleite el aire vivificante que recorría sus alvéolos para oxigenar su sangre joven.

No habría fiesta ni huevos ni harina ni el beso de la novia. Tan sólo iba a bajar las escaleras por última vez, salir y mirar la calle ahora que era libre y no tenía nada que hacer porque ya lo había hecho todo. Ya tenía el papel. (Bueno, ¿por qué no decirlo?) Ya había obtenido su diploma. Por primera vez, podía ver a los demás, podía verse a sí mismo – blanco – puro – hueso sobre hueso – eligiendo alguna calle y caminando hasta ese bar para comer medialunas... volver a tomar un café un poco más allá... y los apuntes para los prácticos... y ese examen... y el otro... y la corbata... y el resumen...

¿Y ahora?

No sabía; tal vez nada. Ahora los surcos eran menos profundos porque los libros los habían aplastado con sus mensajes vacuos. ¿Acaso le habían servido de algo?

Respiró hondo y pensó:

"Tengo frío en las piernas y las cubro con lodo"

"Tengo frío en las manos y las cubro con arena"

"Bajo escaleras abajo y el mundo me tapa"

  Entonces cruzó la calle por primera vez relajado, sintiendo el suelo con los pies, manteniendo el equilibrio con el alma; cerró los ojos para ver más profundo, dejó de oír los ruidos para escuchar sus latidos, dejó de sentir el cemento bajo sus pies para sentir la tierra y en la repentina noche fría, sentado en una patineta, vio a un hombre deforme, casi sin piernas, sólo su torso y brazos, deslizándose por la calle mientras pedía una porción de pizza o un diario para taparse a la noche o un trago de agua para su cantimplora...

Desde su patineta el hombre lo miró y dijo:

"Las luces se apagan una a una en la avenida porque la muerte es lenta, es una tortura de espejos que se arrugan al mirarte"

  Después sonrió, le dio la mano y se alejó, sus dos manos empujando la patineta. Con su guardapolvo estrujado en el brazo siguió observándolo y en un momento el hombre se dio vuelta, se despidió con el gesto alto y, saludándolo con un trompo magnífico, la tierra lo absorbió arrastrándolo en un ir y venir eterno ¡pobre monstruo de cuatro ruedas por los ríos de Buenos Aires!

Quiso retenerlo en la mirada pero su mundo deslizante desapareció. Preguntó a los que lo rodeaban pero nadie lo había visto, es que la avenida no es más que una sucesión eterna de monstruos inválidos como él pero alineados en infinitas filas y despedazados por espirales vertiginosos. Todos iguales. Nadie los distingue.

De pronto se sintió perteneciendo a esta raza distinta y todo a su alrededor se transformó en cartón, chapa y estiércol. Las luces de las cátedras de la Facultad se apagaron una a una, en tanto el espejo le mostraba caras torturadas detrás de fachadas felices. Y escuchó su voz en un afuera que decía:

" Y es lo último que veo. Después nada. Quedo ahí, no me puedo mover. Entonces mi cuerpo se desdobla cuando cruzo la calle. Alguien abre los ojos y sigue caminando hacia la plaza. Alguien no. Se queda en la calle buscando la luz.

Pero yo no sé dónde estoy.

Llega mi novia: harina, huevos, aceite y risas en la plaza. Sangre en la calle.

Pero yo no sé dónde estoy.

Los dos cuerpos siguen alejándose y me estiro entre ellos. No puedo parar su movimiento. No puedo poner fin. Giro y miro. Giro y miro hasta que me convierto en un trompo. Pero la gente no ve más que su movimiento. El trompo dibuja una esfera en el aire y la gente ve la esfera y hace girar el trompo porque ama a esa esfera sin saber que adentro estoy yo, que no me puedo escapar. Giro y me encierro. Solo. Ya no hablo. Me avergüenzo de mi dolor y muero en la calle y vivo en la plaza.

Pero yo no sé dónde estoy.

En la esfera. ADENTRO. ADENTRO. ADENTRO. ADENTRO. ADENTRO. ADENTRO. ADENTRO. ADENTRO. ADENTRO. ADENTRO. ADENTRO.

Quiso acercarse a la esfera pero se desdibujó mientras su propia voz se perdía dentro de ella.

Esperar – esperar – esperar

Ya viene el alba.

El cuerpo roto

el alma quebrada,

cada paso un mármol

blanco, duro, frío.

 

Cada paso

un cuerpo retorcido en mil jirones,

estirado y deformado en caminos

que sólo él pudo recorrer,

a veces solo,

a veces nadie

pero siempre adelante

el corazón roto,

el alma quebrada,

sus cuatro ruedas

como único amigo

 

La silla mirando al centro

del laberinto

del cruce de las mil almas.

Esperar, esperar, esperar

el alba

ya viene el alba

lenta,

avanza.

 

Y él salta en un trompo magnífico,

dibuja en el aire y cae al mar

arrastrado y despedazado

por monstruos de cuatro ruedas

inválidos como él

pero alineándose en filas infinitas

en un ir y venir eterno

por las calles de Buenos Aires.

 

Y él salta en un trompo magnífico,

la tierra lo absorbe,

dibuja al aire y cae al mar

La calle.

La plaza.

La esfera.

 

Soledad no es siempre inacción,

es la hora de ir de viaje,

de quemar como formas de olvido.

El sol se pone y el cielo se vuelve

gris oscuro.

 

A lo lejos un alma descansa

y de su vuelo nace un ángel

que llora y se pierde en el medio

de la nada.

 

Infierno de Bs.As.

Desplazando al tiempo

al tiempo

al aire, a los muertos.

La plaza.

La esfera.

Sebastián

 

DE CARTÓN

 

Tengo una historia y es tuya desde hace tiempo.

Si me fuera posible describir ese beso creo que sería feliz. Pero bueno, no puedo. Así que al menos hablemos de él por un rato.

La historia empieza y termina en una reunión de sociedad, esos lugares vacíos donde no pasa nada.

 

Ese día, un payaso, desde el extremo de la sala, me perturbaba. Me miraba con los ojos tristes e implorantes; yo trataba de eludirlos y cerré los míos mientras una lágrima blanca recorría su rostro pintarrajeado. Yo no sabía que los payasos lloraban pero allí había uno. Tomé entonces mi máscara para cubrirme como él y en la sala enorme, llena de hombres importantes, somos ahora dos muñecos de papel. Y uno llora y el otro, de a momentos muy cortos, lo consuela. Los payasos se miran y de sus labios rojos se forma un beso. De sangre, suave y dulce como su amor y doloroso como un animal herido a muerte.

Y ese beso empezó a volar esquivando a la gente y... si me fuera posible describir ese beso creo que al menos por una vez, sería feliz.

Pero no puedo

ni quiero

y no debo.

Distantes, pegados cada uno a una pared diferente, se quitan sus máscaras frente a los invitados que los ignoran ya que no son más que imágenes de cartón, marionetas de alguna mano misteriosa que sueñan con amarse y que ansían, algún día, en el sueño de un niño o de amantes perdidos de su amor, besarse de verdad.

Las luces se apagan de a una en el camino

a la muerte

y el payaso ensaya una última pirueta

cayendo como un puñal de cabeza

al suelo.

 

Hiere a la tierra y se hunde en ella

y en ese quiebre van a caer

las lágrimas de los que miran

al fuego consumido,

tan rápido,

tan efímero,

tan frío a su ausencia.

 

  Ausencia es el viento que oigo rugir en mi almohada

Ausencia es que mi cuarto

no tenga una puerta

y que esa puerta

no dé a la de tu alma.

 

Ausencia es el payaso

que ensaya la pirueta.

Ausencia sos vos

y tu ausencia me mata como a un insecto,

abortado

en plena metamorfosis a flor.

 

Pero entonces te vi...

Te vi linda como nunca, tan linda como sólo mis ojos podían verte pero "las luces se apagaban una a una en el camino a la muerte". Fue todo lo que supimos repetir y entre nuestro silencio y la oscuridad escapamos de la fiesta y de nosotros. Sólo quedó el recuerdo de un beso lejano, de cartón e ilusorio; una historia donde cuentan que cuentan y no pasó nada.

No importa si las luces se apagan mientras queden murmullos y palabras que me dicen...

"Si me fuera posible describir ese beso creo que sería feliz"

 

A ella… por todo lo suyo, todo lo mío...

Por aquel día,

por el silencio

por el brillo de la mirada

por el calor

por lo que nos hizo vivir juntos

por lo que tengo adentro

por lo que se pierde

por las puertas que no se cierran

y a través de ellas se puede ver caminar al otro

cada vez más lejos, más distante, más irreconocible,

aprendiendo así que hay una sola cosa cierta,

un solo amor

y que no se recupera.

Nada más.

 

Estemos donde estemos no perdamos el sueño de lo fantástico y la melancolía de lo intangible y que al menos eso nos quede: el recuerdo de dos marionetas de cartón pintado.

Inertes juegos de niños.

Sebastián

 

 

PARA ANDREA

I

  Esta historia camina por una playa vestida de hombre o niño...

Y cuando en la noche mira al mar...

 

"Tu voz, el cuerpo frágil, la cintura quebrándose en sus manos torpes en sólo dos o tres pasos de baile".

Y la historia sigue antes de que el viento, el tiempo o el mar ¿quién sabe...? alguien, se la lleve. Antes de que eso ocurra aparecen las palabras que van saliendo de su boca, el aliento de fuego de su vientre se va enfriando y en una lluvia de piedras sus palabras caen al mar que las erosiona y las va depositando en la arena donde queda escrito tu nombre:

Andrea.

 

   II

  Y cuando hablo al mar...

  hacia un rincón en donde me espera un lago de sirenas, mis palabras se van convirtiendo en pájaros de colores que como un arco iris, de un extremo a otro del horizonte, extiende su belleza inmaterial. Los pájaros van volando al ras del agua confundiéndose en ese espacio intermedio entre el agua y el aire en el que no se sabe dónde está la espuma y de a poco, van convirtiéndose en peces voladores, alejándose hacia las sirenas.

Pero en su seno mis amigos desaparecen. El mar va devolviéndome su recuerdo a través de la arena. Las sirenas, al devorarlos, dan a luz pequeñas piedras luminosas que caen al fondo del mar.

Las piedras... el mar las erosiona y esa arena que se forma va bailando entre las olas hasta llegar a la orilla en donde mis pies que te esperan para quedar anclados, van hundiéndose en tu arena adonde la corriente va escribiendo tu nombre:

 

ANDREA.

 

III

 

Hay algo que me fascina

lo vi en tus ojos

comiendo sangre divina,

sangre de locos.

Pero el cielo lo oculta

y el mar

enfría.

 

Las luces que me iluminan

las vi en tu pecho

quemándose sobre mi piel

y dulces tus manos afinan

miles de claros sobre mi sien.

 

Las luces que me iluminan

las vi en tus ojos

(una sombra clandestina)

madre de locos.

 

Pero el viento lo oculta

y el mar

olvida

 

Hay algo en esta arena

que el viento escribe

tu nombre yace y cada piedra

se derrite en oro amarillo como el licor

que brilla a través de la luz;

me acuesto de espaldas

mirando el cielo.

 

 

Y tus palabras se funden sobre mi piel

arrastrándose lentas avanzan hasta mis venas

y lentas entran

viajan lentas

hasta este corazón

que se va llenando de un burbujeante

rojo púrpura vivo y exultante

y un latido

corre hacia el río

y en un gesto desesperado te busca a vos.

 

Hay algo en esta arena

que el viento arrastra

tiene luz de quimera

atormentada.

 

Pero el río lo oculta

y el mar

castiga.

 

Son las olas que golpean

insolentes a tu puerta,

frágiles y abriéndose el paso

en tu remolino de alabastro.

Y yo... yo no voy a dejar de mirarte

hasta que desaparezca de la tierra,

hasta que mis brazos se inflamen

en una guerra

sutil de lazos para abrasarte.

 

Y yo... yo me pierdo en el círculo de tu piel

hundiéndose mi mano fiel

en tu imagen, siempre casta

cayéndose lejos

Hasta ahogarse ardiendo de miel.

 

IV

 

Hoy se incendian mis sueños a la luz;

No tengo heridas ni rastros de sangre.

Ya no puedo vivir más.

 

Y dale más vino,

sal y cristal que de estrellas cae a vos

como río de dolor

sembrando cuchillos

y antorchas que suben hasta el cielo.

 

Y sólo vivo

para aullarle a los truenos desnudos.

Y yo te busco

y solo vivo para verte una vez más.

 

Soy sombra que se alarga hasta la tempestad

sólo para amar.

 

Pero el fuego lo oculta

y el mar

cautiva.

 

 

LAS PALABRAS

 

Las palabras crecen lentamente por el camino norte donde vuelan los pájaros más débiles, adonde sigo

tu amor

llegan una a una, subiendo con todo su dolor, escalón por escalón,

hasta la casa de la puerta de oro.

Las palabras entran y miran el paisaje interior.

Al principio sombrío, se tropiezan torpes y una a una van cayendo en tu bolsa.

Un monstruo de dos cabezas las arroja sobre un caldo hirviendo de almas

y revuelve

impasible al dolor.

Las palabras siguen entrando hasta que se olvidan de él.

Entonces llegó el momento;

toman un cuchillo y abren el pecho del monstruo.

Su corazón sigue latiendo, sólo que ahora,

con más fuerza.

Abren un tajo

y la sangre se derrama con él,

cae.

Morcilla de palabras

eso es tu amor.

 

 

Las palabras crecen lentamente sobre el olor a cebolla, el sexo de tu sexo y es lo único que queda.

Escaleras arriba está tu casa.

Caramelos de fruta abrillantada y pelos perdidos, queso, aires y una rosa negra van alimentando tu sopa;

entran y miran el paisaje interior:

en el armario del fondo se esconde tu sirviente,

especie de hombre-esclavo de tus deseos,

encerrado en un remolino que lo arrastra cada vez más hacia el centro

de una boca inconmensurable

devorando y regurgitando

todo lo que hay de vida.

 

Las palabras crecen y suben a pasos cortos

no

te

ven al sol

Una mujer es como todas las flores del mundo concentradas en un solo punto

tan negro...

Su sexo disparado al aire, el cuerpo abierto hacia el cielo de lluvia de calma, de lluvia de tormenta.

De muerte...

porque una mujer se abre al sol

y se lo traga...

Toda

la luz.

Nos deja a oscuras.

Negro, vacío y silencio. Pero...

la mujer

se marchita.

Y su flor

es sólo un deseo

desparrama sus pétalos al cielo

y desgarra al perfume

en un aire fresco

que yo

respiro.

Solo YO respiro.

Siempre clavada en la tierra

también tiene su destino trágico de animal.

Sólo un ciclo, en una línea eterna.

 

 

Las palabras crecen lentamente por el camino norte, adonde vuelan los pájaros más débiles,

adonde sigo tu amor hasta que se olvidan de él,

y entonces llegó el momento:

el monstruo de dos cabezas cae al suelo

y como todo animal, sangra por sus ojos.

Y luego muere,

Poco a poco,

se parte en dos.

 

En un hombre

Y

una mujer.

 

 

LA CLASE

 

Escuchando una clase fría y tonta

las palabras se deslizan en el tiempo

nada dicen, nada significan,

salen, vuelan,

Grito aullante de dolor en este caos.

 

Si me miras tal vez pienses que te escucho,

¿es que sirven tus conceptos de academia

si la gente sufren – lucha – miente

por detrás de estas gélidas paredes?

Las lombrices carcomiendo los lugares subterráneos.

 

¿Es que existen los microbios que inventaste?

¡te creíste que podías convencernos!

Si la gente sufre, ama, llora

a pesar de tu ciencia que la ignora.

Y las sombras que se alargan en los vidrios.

 

Salí un poco a la calle con la gente,

revolcate con ella y sus problemas

y verás que tu ciencia fría y tonta

quedará en el cajón de tu escritorio.

 

Así sabrás que sólo lo indomable,

sólo el amor regenera la vida,

y si algo querés enseñarme,

enseñame de una vez

tu corazón desgajado.

 

 

DULCE NIÑA

 

Al cruce de tu cuerpo

mis ojos abren sus puertas

y un abismo de dolor eterno

invade el mundo con el furor de los tormentos

hirvientes de cielos rojos.

 

Mis ojos abren tus puertas

ennegreciendo el universo

a tus pies rendido

por arte y magia de nuestro amor.

 

Desconozco el origen de tu inquietud ingenua

que te lleva a torcer los caminos

con la fuerza

de lo indomable que circunda la vida

que como ofrenda

me regalas.

 

La tuya,

claro está, porque cuando

las leyes del hombre

dicen:

 

"Cantar es cantar al sol

y acallar a la luna,

cantar por los caminos de Dios,

que el Señor nos acuna"

 

Al cruce de tu cuerpo

mis ojos abren sus puertas.

Entonces hay que obedecer

o prepararse

a la furia de una oda salvaje.

 

 

VIEJAS PALABRAS

 

Ya que mi vida

se pierde entre tus ojos

cuando llega la noche

mi amor enciende mi verso

grabado con un cincel.

 

Y en ese tiempo

el mundo se esfumó

una vez más.

 

Son sólo viejas palabras

mi verso que late sin voz.

Y es como un hilo

que vuela

de mi puerta

desatando una canción.

 

Un polvo fino se agota

en mi corazón,

no voy a ver las horas

llorando de lejos cubrir de sol

la hoguera

de la tarde.

 

Mi canción

baila,

canta,

llora

(¿quién va a venir ahora?)

 

Y es como una vieja historia

las viejas palabras

que se aprietan entre los dientes al salir

¿Hasta dónde se llevan mi guitarra?

 

 

Ya no quiero tener en estos dedos

nada más que a vos

porque yo ya no veo mi corazón.

Sólo quiero quemarte entre mis dedos

y que no quede

nada más.

 

Y en ese tiempo

el mundo se disolvió

una vez más.

Enamorados de amor,

dos almas yacen donde duerme la locura

enlazada al dolor.

 

Y quiera el loco cruzar la eternidad

que como río sale a navegar,

cubrir sus llagas de sal

en un muelle donde la ciudad

se traga

todo lo que dan.

 

Vida que se va al viento

que sabe adonde ir

quiero quemarte entre mis dedos

Y que no quede

Nada más.

 

¿Hasta cuándo me voy a perder?

sin días, sin tiempo

sin ver, sin ver

nada más.

 

No quiero

ver el mar de sirenas

que rompe las olas al quebrar las almas

 

yo te miro al cielo

y en tu pupila negra

suenan las palabras

mientras calla Dios.

 

Hay lluvia de miedo.

entre las viejas palabras.

entre las gotas que mojan

la niña del alba.

 

Si no lo puedo descubrir

no va a salir el sol

(pero no puedo y no veo)

 

Y en ese tiempo

el mundo se desvaneció

una vez más.

 

 

SI TE DIERA ALGO

Todo regalo se ve como una prolongación que existe en la realidad. Algo que se quiere dar con el cuerpo sin llegar a hacerlo. Mi regalo no soy yo sino este papel donde las palabras viajan y se mezclan hasta que lo escrito se ve deforme y grotesco.

 

Mujer:

Si te diera algo te daría mi alma y del resto, nada. Será que le tengo miedo a la risa porque la risa duele.

Mi regalo no soy yo sino este papel.

 

Es sólo un deseo

de dos almas desnudas

bailando en tu centro

de vueltas y vueltas.

 

Y una flor

entre un círculo de música

que nos abandona del resto

y nos deja

¡Solos!

 

Y una flor

desparrama

sus pétalos al cielo

y desgarra al perfume

en aire fresco

que yo respiro

de a momentos

porque sólo de a momentos

son las cosas.

 

Volando sin poder jamás tocar el suelo

y hacerse realidad,

sino a la inversa

volando nace de la tierra

y se convierte en ángel

 

 

De a momentos fuiste mi ángel

y de a momentos espero que lo seas

porque sólo de a momentos

son las cosas

 

Y después inmóvil

es el péndulo de la campana

que es la música y la música

somos nosotros

péndulo de nuestra propia campana

o silencio de nuestro propio vacío.

 

Todo esta ahí

pero todo en silencio,

esperando...

sólo un deseo

de dos almas desnudas

 

De a momentos

porque sólo de a momentos

son las cosas.

                                                                                                                   Sebastián

    De eso se trata todo esto. (*)

 

(*) Fuente: Sebastián Fulugonio, Las palabras, editado anteriormente en su versión impresa por el Colegio Nacional Buenos Aires, de la homónima ciudad, República Argentina, en el año 2004.

 

 

 

 

 

 

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