LONCOCHE
*
Primero
fue el lejano ladrar de los perros. Después, la figura
del jinete que aparecía y desaparecía conforme subía o
bajaba el contorno de los cañadones.
Pensó
que el arriero no lo había visto, tal vez porque estaba
ocupado con los animales por esos campos quebrados o
porque había acampado en un bajo montoso, tan tupido que
al Land Rover apenas se le veía la parte superior del
sobretecho.
Llenó
la pava para el mate y cuando estaba por encender el
calentador un ruido a sus espaldas lo hizo girar
sorprendido. Vista desde abajo, la imagen del caballo
parecía crecer hasta una altura inmedible, desde cuya
cima unas pupilas inquisidoras lo apretaban más contra
ese suelo cercano. Antes que pudiera reaccionar, la voz
del gaucho lo estaqueó contra el silencio de la tarde.
¿-Qué
anda haciendo por acá? –inquirió en tono severo, y sin
esperar respuesta de su asustado interlocutor, agregó
-Estos son campos de pastoreo para las ovejas, no sitios
para hacer turismo.
-Disculpe,
pero anduve buscando el casco de la estancia o algún
puesto cercano y no pude dar con ninguno... si no hubiera
pedido permiso. A mí me gusta que el dueño del campo
sepa que ando por su propiedad, pero esta vez tuve que
acampar sin permiso – contestó el viajero, luego de un
breve silencio.
-Es
medio difícil que encuentre pobladores por esta zona. El
puesto más cercano es el mío y está como a legua y
media detrás de aquellos cerros.
-Mucho
gusto –atinó a decir el viajero al tiempo que le
alcanzaba su mano.
Desde
el caballo, el jinete se sacó el sombrero y con cierta
timidez, propia de los hombres de campo, aceptó el saludo
del desconocido.
-Ando
buscando flechas...¿Conoce dónde hay picaderos*
? –quiso saber el conductor del Land Rover.
-Mire,
toda la falda de aquella loma es picadero. Siempre que
paso por ahí con los animales sé encontrar algunas... A
veces no las levanto porque me da pereza bajarme del
caballo... Parece que los vientos fuertes las tapan y las
destapan... y así aparecen en la arena... En esa falda se
junta toda la tierra que arrastra el viento.
Antes
de proseguir se quedó un rato quieto, como quién junta y
ordena las palabras de una nueva historia. Al fin, dijo:
-Arriba,
en la punta de la loma, dicen que hay chenques*
... paisanos enterrados... A mí me da miedo pasar por
donde hay sepulturas. Al que le gusta andar travesiando
con esas cosas es al hijo de mi patrón. El otro día
trajo una cabeza que dice encontró en esa loma. Estaba
amarilla de tanto tiempo sin ver el sol... Se la veía muy
vieja, pero tenía todos los dientes... gastados, pero
todos... Parece que era de un indio que murió muy
anciano. Si le gustan esas cuestiones pase por el puesto
que, si la quiere, se la regalo –anunció el paisano, al
tiempo que con las riendas cortas hacía girar a su
cabalgadura y salía lanzado en un corto galope seguido
por sus ovejeros.
El
puesto era una precaria construcción de dos habitaciones.
Una, la más amplia, servía de dormitorio; la otra, de
cocina. Cuando se detuvo el jeep frente a la casa el
puestero parecía estar esperándolo. En una bolsa de
arpillera un bulto redondo porfiaba por salir, tratando de
desatar el apretado nudo. Esa era la sensación que
parecía sentir el gaucho al querer entregar lo más
rápido posible aquel funesto legado. Al ver cómo se
alejaba el jeep hasta desaparecer tras las serranías
seguramente había sentido el alivio de quien se libera de
un gran peso.
En
las aguas de la vertiente que nace de ese manchón verde
oscuro en el pecho de las serranías y baja viboreando por
pedregosas hondonadas el viajero lavó la calavera. Al
cráneo le asomaban, por las cuencas vacías, raíces que
habían anidado sus culebras donde la memoria de un hombre
había sido ahuecada por la muerte. Mientras le quitaba la
greda adherida el buscador de flechas imaginó cómo
habría sido la existencia de aquel cazador de guanacos,
recolector de frutos silvestres, alfarero pobre. Tal vez
ya viejo, se había dejado morir por estos parajes y sus
hermanos de raza lo habían enterrado cerro arriba para
resguardar su largo sueño de las alimañas y de las manos
profanadoras del blanco.
La
dejó al sol, sobre una piedra, para que el viento
caliente del verano le sacara el resto de humedad que el
agua había dejado en el hueso. Con el crepúsculo
escondiendo sus incendios tras del horizonte armó la
carpa y guardó de la curiosidad de los zorros su preciado
trofeo. Cansado, pronto el sueño lo envolvió con su
pesada manta de sombras y soñó con el dueño de la
cabeza. La voz le llegaba, al principio, como un eco
lejano. Cada vez la sentía más próxima, hasta que,
sobresaltado, se sentó presintiendo que el dueño de
aquella voz estaba dentro de la carpa. Permaneció quieto
en la oscuridad esperando percibir el mínimo sonido. A
tientas buscó la caja de fósforos que había dejado
junto a la garrafa. Encendió la pequeña lumbre y en un
movimiento instintivo dirigió la luz hacia el rincón
donde había dejado la calavera. ¡Un rostro horrible
parecía sonreírle desde esa grotesca máscara!
Movilizado por un terror desconocido salió de la carpa y
deambuló sin rumbo por el monte hasta que la claridad del
nuevo día lo devolvió, exhausto, al campamento. Ya con
el sol alto se animó a entrar de nuevo a la carpa.
Lentamente, como no queriendo encontrarse con esa figura
aterradora, sus ojos fueron al encuentro de esas pupilas
baldías. ¡Allí estaba aquella calavera, con una barba
blanca formada por finas espículas de sal que brotaban de
cada poro del hueso desenterrado!
Afuera,
un viento menudo parecía reír restregando su soplo en
las duras espinas de las matas.
EL
FACÓN DE CASIANO SOSA
Tal
vez llevaba meses de muerto. Los piches*
le habían comido todo el vientre y desde esa oquedad las
ratas estiraban túneles angostos que lo recorrían
entero. Estaba boca arriba, mirando sin ver ese techo
bajo, ennegrecido, desde donde la vida porfiaba horadar
con alfileres de luz la compacta oscuridad reinante.
Cuando pudo abrir la puerta, asegurada por yuyos que
habían crecido con las últimas lluvia, esa momia
pareció librarse de invisibles habitantes. A la claridad
del día mostraba esa envoltura apergaminada, ese seco
despojo abandonado por una crisálida*
trágica. Un fuerte olor a carne podrida y a excremento le
sopló en el rostro su fétido viento. Debajo del catre
aún se podía ver la tierra suelta que los peludos
habían sacado al excavar sus cuevas, traspasando los
débiles cimientos del puesto.
En
el reducido ámbito pocas cosas hablaban de la identidad
del difunto. Bajo la manta doblada que oficiaba de
almohada, un facón con vaina de cuero sobado dormía el
mismo sueño de su dueño, inútil cancerbero del destino.
Tenía casi cincuenta centímetros de largo y una hoja de
acero de treinta y cinco, donde apenas se leía la palabra
Schuler por toda marca o señal. Pequeños
"gavilanes* "
separaban la hoja de la empuñadura, construida con
anillos de asta de venado perfectamente pulidos.
En
un saco raído que colgaba de un clavo en la pared
encontró la ajada y grasienta libreta de enrolamiento.
Desde una vieja fotografía, la mirada mansa de un hombre
joven emergía desde una niebla sepia enrejada por grietas
blancas. Arriba, con letras desleídas se podía leer:
Casiano
Sosa, argentino, nacido el 14 de marzo de 1898, en Nancay,
Provincia de Entre Ríos. A vuelta de página, el
documento descubría:
Estatura:
1 metro con 75 centímetros; cabello negro ondulado; ojos
negros, pequeños; boca mediana; piel trigueña; nariz
aguileña; señas particulares: ninguna.
En
la pared, sobre la cabecera del muerto, colgaba un
almanaque del que hacía tres meses nadie arrancaba hojas.
Junto al calendario, a modo de rústica pintura, una
lámina de Molina Campos*
mostraba una escena gauchesca de lejanos territorios de la
pampa húmeda.
Cuando
quiso cerrar la puerta una fuerza extraña parecía oponer
resistencia, como si los fantasmas que habitaban esas
soledades necesitaran de esa presencia ocasional para no
seguir la triste historia del domador desaparecido.
Pero,
¿habría sido ese el oficio del muerto? ¿Por qué no
arriero, alambrador, esquilador, ovejero?¿Qué
inexplicable intuición determinaba esa premonitoria
certeza? –se preguntaba el viajero mientras el Land
Rover desandaba el polvoriento camino.
En
el destacamento policial el agente de guardia le tomó la
denuncia y se preparó para acompañar al denunciante,
modificando apenas su gesto de perpetuo aburrimiento.
Cuando
dejó al policía en el puesto del muerto y emprendía el
definitivo regreso, lo vio.
Allí
estaba, como un perro triste que busca cariño luego de
ver morir a su amo, suplicando una caricia y ofreciendo a
cambio su rotunda fidelidad. ¡Si ni se parecía al
verdadero facón de Casiano Sosa!
No
supo cómo llegó hasta ese sitio mimetizado entre otros
elementos del equipaje. En un primer impulso pensó en
devolverlo. Pero de nuevo esa inexplicable intuición
apareció para hacerlo cambiar de idea.
-El
antiguo dueño ya no puede reclamarlo –se dijo a sí
mismo sin esperar respuesta.
-¿Qué
hará con él la policía? ¿Lo guardará? ¿Lo
venderá?¿Lo tirará? ¿Se lo llevará alguno para
colgarlo como un simple adorno? –se indagaba, mientras
el jeep avanzaba por la poceada huella.
En
ese pequeño espacio para guardar cosas que tiene el Land
Rover frente al asiento del acompañante el facón de
Casiano Sosa parecía dormir tranquilo, protegido por la
cercanía de su nuevo dueño.
LAMENTOS
DEL RÍO CHICO
Había
hablado de muertos toda la tarde con el paisano Millalonco*
. El mestizo decía que en toda la costa del Río Chico,
habían chelforó* , como le
gustaba llamar a los enterratorios. Decía que había
escuchado contar a los abuelos que los antepasados que
poblaban las riberas del río eran pescadores. Que armaban
redes hechas con el unco que crece en las orillas de los
lagos y pescaban sujetando la red con piedras bochas que
tenían una canaleta en el medio para atarlas, como
boleadoras gigantes, en los lugares donde el río se
volvía angosto.
-Si
usté mira con cuidado, todavía se saben encontrar esas
piedras –aseguraba el paisano con el aire de quién
está diciendo algo importante. -Se ve que armaban los
toldos en esos bajos que abría el río cuando crecía.
Después se retiraba el agua y quedaba todo planito. Ahí
se saben encontrar flechas, raspadores, pedazos de
jarrones... No hace mucho, anduvieron unos tipos buscando
chelforó. A mí me preguntaron y los mandé para unos
cerros que apenas se ven desde aquí... no me gusta que
anden molestando a los pobres paisanos muertos –sentenció
con un dejo de picardía.
Antes
del encuentro con Millalonco, había armado campamento
cerca del camino, en un claro del monte protegido por una
enorme mata de calafate. Había hecho fuego aprovechando
el fogón que algún jinete dejara armado, luego de apagar
las brasas arrimándole tierra. Mientras mateaba, las
palabras del indio regresaban sacándolo de cualquier otro
pensamiento. "Toda la costa del río esta llena de
sepulturas..." "los que poblaban las riberas
del río eran pescadores..." "sujetaban las
redes hechas de unco con unas piedras bochas, con una
caladura ecuatorial igual que las boleadoras..."
"buscaban el sitio más estrecho del río para poner
las redes..." "por aquí anduvieron los que
profanan tumbas y el paisano los engañó indicándoles
otro sitio..."
Apenas
las primeras sombras esfumaron los perfiles de las
serranías del poniente, se acomodó en la bolsa de dormir
y acunado por una suave brisa pronto encontró el sueño.
Al
principio creyó que estaba soñando. Que ese sonido no
venía del exterior, sino desde su propio sueño. Pero
abrió los ojos y esperó, excitado, la repetición de ese
ruido inesperado que comenzaba a torturarlo desde algún
inubicable escondrijo. No tuvo que esperar demasiado. En
un principio creyó escuchar el afónico resuello de una
trutruca* . Enseguida
comprendió que ese zumbido aumentaba o disminuía, se
acercaba o se alejaba, o desaparecía por completo, según
fuera la voluntad del ejecutante. Entonces, como un suceso
recordado de pronto, le llegaron las palabras del paisano
Millalonco y un largo estremecimiento lo sacudió entero.
-¡Ese
quejido viene de la boca de los muertos! –pensó en voz
alta, mientras esperaba que se repitiera aquel inexorable
llamado.
Pero
en vano esperó que ese sonido acallara los nocturnos
rumores del monte y, desvelado, vio llegar el nuevo día
como una semilla luminosa sembrada por los pájaros.
Un
cielo diáfano mostraba su enorme pupila sin nubes hasta
el confín del horizonte. De a ratos, hilachas de viento
hacían cabecear las ramas más altas de las matas,
esparciendo un sahumo oloroso por la mañana apacible.
Ensimismado
miraba las lomadas del naciente cuando escuchó que
regresaba el misterioso sonido.
Alcanzó
a girar la cabeza guiado por ese lamento y le pareció que
algo pequeño espejeaba reverberando los tímidos rayos
del sol recién salido. Se quedó inmóvil mirando fijo
esa muesca oscura, esperando que un nuevo destello
develara su ignota existencia.
¡Pero
no fue luz lo que salió de aquel objeto semienterrado!
De
esa marca hecha en la arena venía el funesto reclamo que
le había quitado el sueño. Ese gemido de viejas muertes
era como la voz de la propia tierra violada en el sexo de
sus criaturas más entrañables.
Ungido
por los fantasmas del miedo, en una corta carrera
atravesó la distancia que lo separaba de aquella temida
presencia.
Una
vieja botella, violeta de tanta intemperie, asomaba su
gollete en dirección del viento.
Ese
viento que de cuando en cuando, hace sonar su olvidada
flauta, en un responso por la memoria de los paisanos
muertos.
TORTAS
FRITAS
Después
de dejar atrás la ruta asfaltada el jeep se internó por
el poco transitado camino de tierra, que con su espinazo
de ripio y piedras sueltas corría paralelo a las hondas
depresiones de los cañadones. Un polvo fino alzó su
estela gredosa tras el paso del Land Rover y permaneció
algunos instantes suspendido para luego descender su polen
cautivo sobre el desierto. El motor carraspeó su
monotonía, sacudido por las arrugas del camino. Una
vibración sostenida acometió a la sólida estructura de
la máquina, se trepó por el volante a los brazos del
conductor, lo recorrió, y terminó por desacomodar todo
el equipaje con ese traqueteo interminable.
A
los costados de la huella, una banquina estrecha marcaba
el límite exacto entre esa antigua cicatriz de la tierra
y el desmemoriado territorio del monte patagónico.
Pequeños manchones de arbustos achaparrados aparecían y
pasaban como girando por los ojos de las ventanillas,
antes que la polvareda los tapara con su manotazo de
arena.
Largas
rectas, apenas interrumpidas por el dibujo caprichoso de
alguna curva, predestinaban el rumbo del viajero en ese
silencio doloroso donde suele empozar la distancia sus
colosales incendios.
De
pronto, como si el lejano horizonte arremetiera contra el
vehículo en marcha, un profundo valle dejó ver su
dilatada paz, abrazada por los bordes rocosos de la meseta
recién vencida. Claro, esto sucedió en verano. En
invierno, cuando se escarchaban las paredes de la
serranía, el suave descenso de ahora se transformaba en
empinada cuesta que sólo el Land Rover, con doble
tracción y cadenas, puede sortear. Y era cuando el
paisano Cirilo Manquepán escondía entre las desparejas
paredes de su rancho su mínima historia de indio pobre.
No
bien el jeep detuvo su marcha, media docena de perros
salieron al encuentro del recién llegado, y mientras él
saludaba al amigo, ellos aprovecharon la ocasión para
orinar repetidamente las ruedas del vehículo.
A
pesar de que su apellido mapuche pareciera negarlo, Cirilo
tenía la inconfundible impronta del legado tehuelche:
alto, magro de carnes, brazos y piernas largas, piel color
tabaco, que parecía haber tomado tono de los ocres que el
derrubio* baja de las lomadas
vecinas.
-Anoche
hice un sueño con usté... –dijo, al tiempo que con un
ademán indicó un banco petiso frente a la vieja cocina,
desde donde alguna leña verde llenaba de humo la estrecha
habitación.
-Sabía
que se iba aparecer un día de estos... –prosiguió,
mientras su mano diestra, rugosa, como un nudo de raíces
terminadas en uñas enlutadas por un sebo oscuro y rancio,
apareció entre la niebla para ofrecerle mate en esa vieja
calabaza retobada* con buche de
avestruz. Y antes que le respondiera, expresó:
-Ahora
le preparo unas tortas criollas... deje que haga lugar en
la mesa.
Harina,
agua y sal gruesa, se mezclaron en un amasijo pringoso que
las manos sarmentosas de Cirilo Manquepán amasaban con
baquía. De a poco la masa fue estirando su elástica
hechura hasta ser una delgada pieza que luego el verijero*
del indio tajeó en trozos desprolijos. Una sartén que
guardaba, sólida, la morena grasa de pasadas frituras se
estacionó sobre la cocina. Antes, el paisano con un
pequeño gancho le había sacado dos tiznados anillos a la
hornalla, para que llamas amarillas le pasaran sus lenguas
como culebras escapadas del fuego.
Al
poco rato la grasa derretida entreveró en el humo espeso
su melodía; ese eco que deja en el desierto la sal molida
por los grillos.
-Sirvasé,
don Hugo –convidó Cirilo Manquepán, ofreciendo las
doradas tortas fritas.
Sus
manos parecían menos oscuras y sus uñas lucían
extrañamente blancas...
TRECE
FLECHAS
Había
caminado toda la mañana sin encontrar una mísera
esquirla. La silueta del Land Rover se empequeñecía
hasta ser una tenue marca azul, indicando el sitio donde
había acampado.
El
lugar tenía el aspecto prometedor de los picaderos
vírgenes, ese sueño que desvela a los buscadores de
flechas desde el ignoto tiempo en que los primeros
hermanos salieron de cacerías bajo los ilimitados cielos
patagónicos.
Esperaba
que el obstinado viento del oeste barriera las arenas
dejando ver, a pleno día, la perfecta hechura de cuarzo
donde sabía viajar la muerte como un breve escalofrío.
-¡Este
es monte flechero! –se dijo a sí mismo, mientras un
solazo cruel untaba su reverbero en las ramas de los
arbustos espinudos.
En
los costados del lecho olvidado por el agua el monstruoso
costillar del médano empozaba al esporádico torrente que
lluvias escasas juntaban para el verde pezón del
desierto.
Aprovechó
para salir del angosto cañadón, la senda que marcan los
guanacos al bajar a la aguada, y se internó en un
pequeño bosque que calafates y molles que se interponen
al viajero que se aventura por esas soledades.
Una
suave pendiente servía de paso a un peladero de greda
amarillenta donde ningún vegetal sobrevivía a la
sequedad del suelo, sólo habitado por las formas oscuras
de las piedras de antiguos fogones, que parecían sostener
ante las furiosas ráfagas de los temporales a ese
singular quillango* extendido.
Después
de rodear una mata de algarrobillo algo brilló en la
diminuta pampa, guarnecida por el monte bajo. Esperó que
de nuevo ese brillar lanzara sus destellos luminosos para
ubicar el sitio exacto desde donde le llegaba el hiriente
mensaje. Caminó unos pasos y se detuvo. Lentamente se fue
agachando hasta quedar en cuclillas. Ante sus ojos
deslumbrados, una flecha entera mostraba su perfecta
figura. Se quedó inmóvil mirando esa criatura
misteriosa, silente, amenazadora, que parecía observarlo
con ese único ojo de petrificada aguamarina.
Cuando
iba a levantarla, sintió otra presencia que lo distrajo.
A poca distancia, otra flecha, tan perfecta como la
anterior, reclamaba que la rescatara de tanta intemperie.
Entonces se sentó en esa arcilla machorra*
y con movimientos lentos comenzó armar su cigarro.
Mientras liaba en el papel las negras hebras de tabaco fue
levantando la cabeza hasta abarcar con la vista toda la
superficie que la greda amarilla delimitaba claramente.
¡Y como salidas de esa tierra estéril fueron
apareciendo, una a una, las trece flechas enteras!.
Permaneció
quieto en ese silencio rotundo, sólo quebrado por el
alocado percutir de su corazón.
Era
casi la oración cuando cansado, pero feliz, emprendió el
regreso. Mientras acariciaba las flechas que viajaban
apretujadas en un bolsillo de la campera, se preguntaba:
¿Cómo
se explica que en un pequeño claro del monte se
encuentren trece flechas enteras? ¿Acaso no había
caminado media jornada sin encontrar una sola esquirla?
¿Sería cierta aquella teoría que los antiguos
habitantes de estas latitudes dejaban colgadas en alguna
mata bolsitas con puntas de flechas para no tener que
cargar tanto peso en sus largas travesías, cuando bajaban
en el invierno buscando el abrigo de las costas; o cuando,
con la llegada de la primavera, trepaban las mesetas en
procura de los fértiles valles cordilleranos? ¿Había
acaso un recorrido que por siglos los antiguos dueños de
la tierra habían usado como rutas de cacerías y
recolección en su sempiterno peregrinar? ¿Habría
ocurrido que aquella bolsita hecha con cuero de guanaco,
esperó en vano la llegada del cazador y fue víctima de
la persistente carcoma de lluvias y vientos por milenios?
¿Qué remoto sortilegio las depositó en ese diminuto
continente arcilloso?
Aquella
noche el buscador de flechas soñó con indios. Sin que se
apercibieran de su presencia los veía pasar silenciosos,
saturados de una resolana sepia, cargando los cueros y las
varas de los toldos. Algunos llevaban arcos tan altos como
un hombre y cerraban la caravana mujeres llenas de sombras
acunando el débil pulso del fuego, que latía en tiznados
cántaros de barro cocido. Cuando pensó que se alejaban,
alcanzó a ver a un indio, que como sonámbulo, buscaba en
la tierra amarillenta algo que había perdido y necesitaba
recuperar. Un movimiento instintivo le guió la mano hasta
el bolsillo de la campera y con angustia comprobó que
estaba vacío.
Se
despertó con un grito y hasta que entendió que estaba
soñando un miedo torturante le secó la garganta. Las
primeras luces del día trajeron también los ruidos
familiares con que despierta la vida en el campo
patagónico.
Cuando
pasó de nuevo por el lugar donde encontrara las trece
flechas pudo ver que grandes rastros de pies desnudos
habían dejado sus marcas en la greda amarilla.
LA
MUERTE DEL PAISANO CAICO
Era
pasado el mediodía cuando el Land Rover llegó a la
chacra que llaman Quimeyhue* .
Apenas se detuvo el vehículo apareció el chileno
Márquez con la novedad.
-Han
apuñaleao al paisano Caico –alcanzó a balbucear,
nervioso.
-¿Y
cómo fue que pasó?
-Estuvo
tomando desde temprano con el puestero de Davidson... y
comenzaron a discutir por una tontera, hasta que Caico le
pegó una trompada y el otro sacó el cuchillo –contaba
el bolichero, tratando de imitar con ademanes lo sucedido.
-Estaban
muy tomaos los dos... Yo no pude hacer nada... ¡todo
pasó tan rápido...! Habían pedido otra vuelta y cuando
volvía del mostrador con los vasos, ya lo había cortao
al pobre viejo –explicaba atropelladamente.
-¿Y
dónde está?
-Ahí,
en la galería –indicó con el mentón en dirección a
un bulto quieto, tirado en el suelo.
-No
lo quise tocar hasta que venga la policía... le pedí a
don Vargas que dé parte en la comisaría, pero a trote de
caballo no creo que llegue a tiempo –sentenció.
-¿Está
muy mal? ¿A qué hora ocurrió?
-Como
a las diez y media, calculo yo.
Lo
alzaron con dificultad, tomándolo de los brazos.
Encorvado, se agarraba el vientre con ambas manos tratando
de contener los intestinos, que pugnaban por vencer ese
dique precario. Entre los dedos, como destilando un vino
oscuro, se le escapaba la vida.
El
rostro pálido no parecía pertenecer a ese indio de piel
morena y de pocas palabras.
Pero
sólo el rostro de ese hombre retacón, de pelo renegrido
a pesar de los años, peón de campo en tantas estancias.
¡Como si la única parte con vida fuera esa cara ajada
por tantos inviernos duros, por tanto tiempo al sol
impiadoso de esta tierra cruel y hermosa!
Se
quejó un par de veces en algún barquinazo que daba el
jeep por aquel maltratado camino rural, transitado por
camionetas que llevaban los obreros de los turnos o
pesados equipos petroleros. Cuando se terminó el tramo de
ripio y empalmaron la ruta asfaltada el viejo mapuche
parecía haber entrado en un profundo sueño.
En
el hospital lo subieron a una camilla y pronto
desapareció por el fondo de un pasillo poco iluminado. Al
cabo de un tiempo, un médico joven preguntó por los
familiares de Vicente Caico.
-No
se pudo hacer nada... había perdido mucha sangre –fue
el escueto informe que dio a los entristecidos
acompañantes.
-¡Cómo
que no pudieron hacer nada! –dijo en tono de reproche el
bolichero.
-La
herida no era tan grave... el problema fue que perdió
casi toda la sangre.
Después
de algunos trámites les entregaron el cuerpo. Lo habían
puesto dentro de una bolsa negra, donde esos huesos
tristes parecían encontrar sosiego.
Lo
velaron en el boliche, sin cajón, sobre una mesa
rústica, estaqueado por la cruz de tres velas blancas y
entre perros flacos y gauchos silenciosos lo sepultaron en
el faldeo de la loma que, al norte, sirve de límite al
valle largo.
Como
si se enterrara vivo, cada paisano fue tirando al pozo una
palada de tierra olorosa, aprisionando con pequeños
golpes de sombras la memoria del muerto.
De
a poco todo volvió a ser igual que antes. Del indio
Vicente Caico poco o nada se dice. Sólo a veces, cuando
un vino fuerte humedece el recuerdo de los paisanos,
alguien lo regresa de su muerte absurda y por unos
instantes su breve historia resucita.
Después,
otra vez el olvido desmorona su modesta alfarería hasta
volverlo tierra volada.
Sólo
el viento suele posarse desmemoriado en esa tosca cruz
hecha de molle. Sólo el viento...
CAÑADÓN
LAGARTO
En
esos pocos momentos de lucidez, cuando la conciencia
encendía de pronto su fósforo breve, la abuela Carmen
hablaba de Cañadón Lagarto.
Después,
nuevamente esa enfermedad incurable la envolvía con su
espesa cerrazón, aislándola del mundo en un autismo
ominoso.
Había
ido a la escuela en ese desolado paraje, allá por 1926,
cuando Cañadón Lagarto era un próspero pueblito con 250
habitantes.
"De
mi casa a la escuela había unas cinco cuadras. Nos
íbamos caminando por las vías... no había peligro, el
tren siempre pasaba por la tarde".
Y
ahora, sus duendes desmemoriados buscaban encontrarse con
los fantasmas que, penitentes, rondan los sitios baldíos
de la vida donde la soledad empolla sus persistentes
olvidos.
¡Ella
quiere regresar, pero no puede! ¡No hay regreso posible a
la nada!
Sólo
en ella perduraban las casas bajas, separadas por
callejuelas angostas, agrupadas a ambos lados de las
vías. Y el cementerio cercano, con el pesado sueño de
los muertos aromado por las minúsculas flores del
tomillar nativo.
"El
cementerio estaba al sur. Tenía un cerco bajo de alambre
que nosotros saltábamos para ir a jugar en unas casitas
pequeñas. Lo hacíamos a escondidas. Mi abuela no quería
que fuéramos a ese sitio".
El
jeep detuvo su marcha a metros del aljibe, que con su ojo
huero parecía mirar sin ver ese mínimo cielo redondo
encerrado en sus paredes. A la sombra de esos árboles
doblegados por el viento, sobrevivientes a la sed en ese
penoso desamparo, la voz de la abuela Carmen sonaba como
un eco salido de la profunda garganta del pozo.
"El
agua para la estación la traía un tren y la depositaba
en el aljibe. Los pobladores la buscaban al norte, en
carros que la transportaban desde unos manantiales
escondidos entre los cañadones. En ocasiones lo
acompañaba al tío Ramón, cuando iba a las aguadas. Era
escasa, por eso se pagaba hasta $ 1.20 el barril de 100
litros. Los únicos árboles del pueblo estaban al lado
del pozo de agua".
Ningún
sonido extraño entorpecía el monótono rumor del viento
en ese incendio que el coironal prende con las últimas
luces del crepúsculo. De a trechos, los rieles oscuros
extendían sus caprichosas paralelas, crucificadas sobre
el duro sueño de los durmientes de quebracho. Por esa
vía muerta, llegaba la noche asperjando su pólvora.
"Con
mi primo Lalo sabíamos jugar en la nieve. No sentíamos
frío. Decían que Cañadón Lagarto era el lugar más
helado que había en la Patagonia. ¡Veinte grados bajo
cero sabían hacer! A nosotros nos llevaban a Comodoro en
las vacaciones. En esos peladeros mucha gente se moría
congelada en los inviernos".
Como
quién se aleja del sitio de un naufragio, abandonaron las
ruinas del pueblo. Mientras el Land Rover hacía memoria
por recordar el camino conocido en ese laberinto de sendas
estrechas, nadie se animaba a voltear la cabeza. Algo
parecido al miedo les posaba su mano helada, denunciando
una presencia invisible. Cuando dejaron la huella de
tierra y retomaron la negra lonja del asfalto, sintieron
que esos fantasmas se habían quedado en la última curva
del camino.
Era
media noche cuando llegaron. A pesar de lo avanzado de la
hora, la abuela Carmen estaba despierta y hasta parecía
que los estaba esperando. En sus ojos pequeños una lejía
turbia dejaba pasar briznas de un brillo antiguo, gastado
de ver pasar tanta vida. Mientras la llevaban a su cama,
con ese andar inseguro de los ancianos arrastrando los
pies con pasitos cortos, se la escuchó decir claramente:
-¡Vamos
Lalo, apúrate, que podemos perder el tren!
Y
en el silencio de la noche el resoplar de la vieja
locomotora alborotaba el enrulado cabello de esa niña,
que después de pasar las vacaciones en Comodoro regresaba
a Cañadón Lagarto...
LOS
HEREJES DE PASO MORENO
Fue
para el feriado de semana santa que prepararon el viaje.
En el jeep fueron acomodando ordenadamente lo anotado en
una larga lista: las provisiones, la caja de herramientas,
la carpa, las colchonetas, el farol, la marmita, los
bidones con agua, la otra rueda de auxilio, la carabina,
la linterna, el inflador, la garrafa, el equipo de mate,
papel y fósforos.
Pensaban
salir temprano, a más tardar a las cinco, para llegar –si
nada malo ocurría- pasado el mediodía a Paso Moreno.
Mientras
el Land Rover porfiaba terco contra el viento del oeste,
el conductor con la vista fija en la interminable recta se
preguntaba cómo estaría el camino que lleva a Bajo La
Cancha, el paraje donde habita el cacique Nicolás.
Una
pinchadura los demoró apenas vadearon el ancho valle del
Senguerr, donde el pequeño pueblo de Facundo languidece
en su aislamiento, arrinconado contra la falda de la
meseta por las azules ataduras del río.
A
poco de andar el tortuoso sendero la sagrada pampa de los
camaricunes mostraba su pelambre rubia. Y al fondo, como
salida del verde oscuro del menuco, la casa humilde del
viejo cacique levantaba su blanca hechura bajo un cielo
desleído.
-¡Qué
alegría, pase adelante! –invitó don Nicolás, entrando
en la casa, seguido por los visitantes.
-¿Cómo
anda, don Nicolás? ¡Tanto tiempo!
-Aquí
andamos, medio pobres... no tenemos ni carne para
recibirlos con un asao –se lamentó.
-¡No
se preocupe... si me acompaña nos pegamos una escapada
hasta el boliche de Paso Moreno! –propuso el recién
llegado.
-¡Para
qué se va a poner en molestias!
-¡No
es molestia, don Nicolás... vamos!
Una
vieja chata lanera, sacada de servicio por la aparición
de otros medios de transporte más modernos adornaba la
entrada del boliche de campo, sólo defendido del viento
inclemente por un batallón de erguidos álamos. Un
pasillo angosto, acordonado por un cerco de tamariscos,
desembocaba en la puerta del comercio. Nada parecía
perturbar ese silencio nacido al amparo de los árboles.
Después de golpear un par de veces, apareció el
bolichero.
-Buenas
tardes –saludaron, para enseguida preguntar-¿Nos vende
un poco de carne, por favor?
-¡Fuera
de aquí, herejes! –bramó el gallego, lleno de
indignación.
-¿Acaso
no saben que estamos en semana santa? –se le escuchó
vociferar antes de cerrar con un portazo.
Apenas
dejaron atrás la primer tranquera el conductor detuvo el
vehículo a un costado del camino y señalando un piño de
ovejas que pastaban a un tiro de piedra, consultó...
-¿Cuál
de esos está gordo, don Nicolás?
-Ése
que está de costado cerca de la mata, ese... –indicó,
convencido, el mapuche.
El
estampido asustó a los animales. Al pie del arbusto, un
borrego agonizaba, estremecido por un breve estertor. Un
cuero astroso agitaba al viento su sucia bandera colgado
del alambre.
En
el pequeño patio, entre la casa y el horno de barro,
hicieron el asado. Las llamas del fuego generoso doraron
la desnudez del animal crucificado. La grasa dejaba caer
sobre las brasas su olorosa gotera sahumando el aire de la
noche.
-¡Arrímese
y péguele un tajo! -le dijo a la visita, mientras le
ofrecía su cuchillo.
Y
todos a su tiempo se fueron acercando al asador para salir
con un trozo del sabroso manjar, hasta que sólo quedaron
los garrones de ese borrego entero.
Ya
tarde, cuando sólo la luciérnaga pequeña de alguna
brasa soplada por el viento abría por un segundo su
párpado de ceniza, al cacique Nicolás se le oyó decir:
-Inché
mañn, eimí nieimí cume piuqué, cume iaquel.
-¿Qué
dijo?
-Dije
que estoy agradecido, que usté tiene buen corazón, que
muy buena la comida –tradujo el indio con sincera
gratitud.
Y
antes que le respondieran, arrojando restos de la comida
al fuego moribundo, exclamó...
-¡Inché
fentren mañun eimí ñuque mapu!
-¿Y
ahora qué fue lo que dijo?
-Dije...
¡ yo te agradezco mucho madre tierra!
Al
otro día, apenas el sol puso de oro la llanura sagrada de
Bajo La Cancha, el Land Rover trepó la lomada que
aprisiona el valle y desapareció, tragado por las
serranías.
EL
NACIMIENTO DEL VIENTO
El
Land Rover recorría sin dificultad el solitario camino
que de sur a norte une a Sarmiento con Paso de Indios. Un
abra rodeada de montañas daba forma a esa única vía de
tránsito. Seguro que el nombre de ese pueblito del norte
de la provincia del Chubut, se debe a que por allí
pasaban los antiguos trashumantes en sus largas
travesías, subiendo en procura de los valles andinos o
bajando para encontrar amparo en los abrigados cañadones
de la costa.
Al
naciente, después de dejar atrás el paraje Toro Hosco,
una gran planicie de greda clara extendía su dilatado
territorio. Pequeñas mesetas erosionadas por el duro
clima patagónico adornaban de a trechos la estéril
desolación, como caprichosas esculturas de humana
apariencia erigidas en remotos tiempos a dioses olvidados.
El
camino parecía marcar el inicio del desierto. La tierra
agrietada mostraba su vientre devastado, donde los
escarabajos rodaban trabajosamente sus diminutos mundos de
bosta. Ni una sola mata delataba la vida en esa seca
vastedad.
Armaron
el campamento protegidos por una formación de estratos
arenosos, testigos de la remota adolescencia del planeta y
salieron a recorrer la llanura, deslumbrados por esa
claridad desde donde la mica pone a volar sus mariposas
transparentes. Anduvieron callados, seguidos por sombras
compuestas con los mismos pedazos de ese espejismo,
trizado por un colosal golpe de viento.
Hasta
donde se podía mirar, la vida languidecía en un obsesivo
exilio. Soles insaciables dejaron caer sus vómitos
bermejos sobre la mansedumbre del paisaje, calcinando el
germen de todas las estaciones.
Al
atardecer, una luna pálida asomaba su calavera en los
umbrales del horizonte. Pronto la noche acercó hasta el
erial su frontera oscura. Ellos, cansados, se durmieron
con la certeza de ser los únicos habitantes de esos
inhóspitos confines.
Con
la evidencia de un nuevo día entraron otra vez en esa
geografía inmutable. Se sintieron atraídos una vez más
por esa lánguida soledad estirada desde aquí hasta el
infinito. Y como una marca en esa lejanía, apareció un
punto oscuro. Esa mancha negra comenzó a crecer y crecer
hasta alcanzar la definida figura de un hombre. Un hombre
que al principio era sólo harapos y sombras. Un hombre
sin rostro y sin manos, que en vez de caminar parecía
girar y girar, desfigurándose. Cada vez estaba más cerca
y al mismo tiempo menos claro, como si evitara esa
proximidad. Por un instante pareció detenerse y
observarlos, pero pronto lo vieron alejarse hasta
desaparecer tras de unos mogotes de greda.
Siguieron
el rumbo que había tomado aquella extraña figura que se
desplazaba sin dejar rastros. La buscaron por una amplia
zona sin encontrar indicios de su presencia. Fatigados, se
sentaron a descansar apoyados en una de esas formaciones
de greda cuando una voz los congeló de espanto.
-¡Intrusos,
deben abandonar este lugar! ¡Aquí nace el viento y nadie
debe verlo! ¡Salgan de la greda sagrada o serán
castigados y convertidos en arenas muertas!
¡Todos
esos mogotes son intrusos que desoyeron los mandatos del
padre viento! ¡Aléjense de sus dominios y no regresen
jamás!
Cuando
pudieron torcer la cabeza en dirección a la voz sólo
alcanzaron a ver cómo se formaba un pequeño remolino, un
tornado en miniatura que danzaba frenético y que fue
creciendo y creciendo hasta treparse a un cielo
distraído, como un viento redondo lleno de brillos
dorados.
Recién
cuando lo vieron desaparecer entre los nublados del
naciente retornaron al campamento. Cargaron todo en el
Land Rover y sin demora se pusieron en marcha.
Atrás,
en la lunar geología, un viento niño jugueteaba entre
los mogotes dormidos, desandaba los rastros que hollaron
su escondida morada y se volvía para acompañar a la
distancia el regreso de dos desmemoriados aventureros.
RÓMULO
CARBALLO
Había
visto pasar por sus ojos cansados la Patagonia vieja. Por
eso hablaba de pueblos muertos, desaparecidos, abatidos
por ramalazos de olvidos. Viejos nombres que al ser
recordados le ponían gusto a barro en la boca.
Cabo
Blanco, Mata Magallanes, Cañadón Lagarto, Las Pulgas,
Río Chico, El Guenguel, volvían en historias tantas
veces contadas en los fogones campesinos, como si el
criollo quisiera desembarazarse de esos sucesos para
siempre. Breves sucedidos que cada vez que eran contados
resultaban menos ciertos, que se iban gastando como
sobados por el relato. Que viajaban de boca en boca
semillando en silencio el mezquino lenguaje de los
gauchos. Y por esos escenarios de fábula, alucinados
duendes de carreros de boca guasa, domadores corajudos,
puesteros solitarios, mensuales llenos de sombras,
esquiladores sufridos, sogueros de lonja fina resucitaban
si Rómulo Carballo lo quería.
Pero
también solían regresar pintados personajes que
matizaban con sus existencias singulares la dura vida de
la campaña patagónica. Tumbiadores*
, mercachifles* sin
escrúpulos, expertos en "cargar"*
tabas, falsos adivinos, fulleros de pueblo o simples vagos
sin querencia...
Alcanzaba
con que una chispa fugaz alumbrara algún rincón en su
memoria prodigiosa. Bastaba que alguien rozara con la
palabra invisibles habitantes del recuerdo para que este
criollo venido del siglo XIX, nativo del suelo pampeano,
contara...
"Lo
conocí en la estancia La Pirucha, de Gonzalo Gutiérrez,
cerca de El Quemado, en Pampa del Potrillo.
Yo
había terminado la campaña de esquila con la comparsa*
del vasco Garmendia y como necesitaban gente en la
estancia, me conchabé. Se llamaba Belisario Gamarra y
dijo que era de la provincia de Buenos Aires, de un
pueblito cerca de General Madariaga, pero con un mentiroso
de su laya, nunca se sabe...
La
peonada pronto se dio cuenta que le gustaba mentir y
comenzaron a "tirarle de la lengua" para
después reírse de sus macanas...
Un
atardecer, cuando mateábamos esperando que se hiciera el
asado, lo vimos llegar del campo y desensillar, soltar al
animal, guardar la montura y allegarse a la rueda.
-¿Qué
te pasó Belisario que llegás tarde? –le preguntó uno
del grupo.
-¡Callate...
cuando venía por el cuadro del medio me doy cuenta que no
me seguía ningún perro.... entonces me vuelvo y ¿qué
veo?¡ Contra una mata de molle tenían un puma empacao!
-¿Y?
-Desmonté
y despacito me fui acercando para sorprenderlo por
atrás... y cuando lo tuve a tiro, le aforré un buen
talerazo!
¡Cuac!,
gritó el zorro y cayó seco.
Ya
había hecho como media legua cuando me acordé que la
grasa del "Juan* " es
buena pa’l reumatismo. Me volví y con el cuchillo le
abrí el pecho...
¡Flaco
el guanaco!
-¡La
pucha que sos macanero Belisario! –le reprochó un
paisano petiso, mientras el resto trataba de ocultar la
risa.
-Primero
era un puma empacao* ...
después era un zorro... más luego un guanaco... ¡dejate
de joder! ¿Quién te puede creer semejante bolazo?
-¡Ah,!
¿No me creen? –respondió ofendido. Y señalando para
el lado donde había dejado los aperos, dijo- Debajo del
cojinillo* traigo el cuero...
Todos
fueron hasta la montura que descansaba sobre un caballete
y vieron, con asombro, ese pequeño cuerito de lagartija
que el mentiroso mostraba como prueba de que decía la
verdad.
SEVERO
ALTAMIRANO
Cuando
el Land Rover llegó hasta el vado por donde se podía
cruzar el Fénix Chico un torrente desbocado parecía
arrastrar por su lecho pedregoso la furia desatada de la
montaña.
Aguas
marrones escondían al ronco bramido echado a rodar desde
las cumbres, enturbiando con ese plasma arcilloso a la
verde pupila del cauce.
El
viajero paró el motor. Bajó y comenzó a caminar
siguiendo el curso del arroyo en busca de alguna rama,
palo o vara que le sirviera para medir cuánto había
crecido. Lo recordaba menudo, amontonando en los meandros
sus remansos serenos, como marcando en la memoria de los
peces su empecinado derrotero.
Estaba
desgajando una rama seca cuando el morro oscuro de un
sombrero apareció sobre la línea de altos juncos que
acompañan al arroyo en esa parte de su recorrido.
Necesitó esperar unos instantes para ver aparecer al
jinete entero. El zaino* había
cambiado su pelaje lustroso por un tono más oscuro luego
de cruzar las frías aguas. Cuando detuvo su marcha
diminutos chorrillos bajaban de los ijares para
desaparecer prontamente, tragados por la tierra negra. Con
un ademán de la mano que detuvo justo al llegar a la
altura del sombrero, a manera de saludo dijo:
-Buenas....¡no
me diga que no se le anima al arroyito de cordillera! –y
antes que el forastero respondiera continuó:
-¡Si
yo lo pasé con un solo caballo, cómo no lo va a cruzar
usté con el cachirulo* que
debe tener un montón de caballos escondidos adentro del
motor! –sentenció, antes de soltar una sonora
carcajada.
Desde
la otra orilla media docena de ovejeros ladraban y
lloriqueaban reclamando por su amo, incapaces de sortear
la crecida.
-Le
tengo un poco de desconfianza al fondo... a los pedrones
que sabe traer el agua...y viene de bote a bote –respondió,
mientras caminaba al encuentro del criollo para
estrecharle la mano.
-Mucho
gusto... Severo Altamirano pa¢
servirle! –se presentó, sin bajarse del caballo que se
sacudía tratando de liberarse de la mojadura.
Luego
de intercambiar algunas palabras el conductor se agachó
junto a las ruedas para girar los conos que ponen a
funcionar el diferencial del tren delantero y se subió al
vehículo para ponerlo en marcha y accionar las palancas
de la caja reductora y la doble tracción.
Como
probando sus fuerzas aceleró un par de veces antes de
lanzarse a la encabritada corriente. Con el agua hasta
mitad de la puerta el jeep avanzaba bamboleándose,
tratando de superar los ocultos obstáculos del desparejo
lecho. Una estela de espuma blanca nacía de su flanco
izquierdo, convirtiendo en ahogado murmullo el ruido del
caño de escape.
-¡Vamos
que falta poco! –gritó el gaucho al tiempo que volvía
a entrar al agua con su cabalgadura.
Cuando
parecía que el Land Rover alcanzaba sin dificultad la
otra orilla, un barquinazo imprevisto lo sacó del paso
quedando de costado, en una posición incómoda, casi de
frente a la correntada. Al perder el impulso el motor se
detuvo y el agua comenzó a filtrarse hasta anegar el
habitáculo. Con esfuerzo, el conductor pudo abrir la
puerta y saltar a las heladas aguas que lo arrastraron sin
que encontrara algo sólidamente unido a la tierra de
donde asirse. El jinete lo vio agitar los brazos y luego
desaparecer tras el primer recodo del arroyo.
Cuando
abrió los ojos, el rostro curtido del gaucho le sonreía
desde su grotesca fisonomía.
Al
principio veía cómo movía los labios sin que sonido
alguno llegara hasta su aturdido cerebro. De a poco le
fueron llegando las primeras palabras...
-¡Había
sido como el salmón...porfiaba por salir fuera del
agua...pero si no lo saco...! –se burlaba Altamirano,
que permanecía parado junto al confundido náufrago.
-¿Qué
pasó?
-¡Nada...que
casi se lo lleva el agua nomás! Diga que todavía me las
arreglo con el lazo que si no...no estaría contando el
cuento –presumió.
-¿Y
mi jeep?
-Allá
está...tuve que ir a buscar la yunta de bueyes que usa en
el catango* el paisano Canquel*
para poder sacarlo...¡usté ni se enteró, se la pasó
durmiendo...!.
-¿Cómo
durmiendo?
-¡Un
día entero!...desde que lo cinché del agua hasta ahora
que está despertando... Pa¢
mí que cuando el agua lo arrastró se golpeó la cabeza
con una piedra del fondo –conjeturó.
-Recuerdo
que el agua me llevaba...Después no sé qué pasó...
-Ese
ramillón* que tiene en la cara
seguro que es donde se pegó con la piedra! Si esperaba un
poco para pasar no se lo llevaba la correntada. Ya para la
tardecita el arroyo había bajado mucho...Fue una macana
cruzarlo cuando venía hasta la jeta! –sentenció el
gaucho.
Al
regresar de la cordillera, el Land Rover detuvo la marcha
ante el lecho desnudo del Fénix Chico. Esquivado por la
huella marcada en el cauce un mogote de lava porosa
parecía calmar su antigua sed volcánica, bebiéndose ese
hilo de plomo líquido que a esa hora teñían los
nublados.
CHARLIE
El
Land Rover hizo un alto en su andar para que abrieran la
última tranquera. Apenas dejaron atrás la suave
pendiente por donde se trepa a lo más alto de las
lomadas, la blanca figura del casco de la Estancia Flecha
Negra asomó su clara hechura contra el fondo pardusco del
paisaje. Era el cuarto viaje a ese escondido territorio
que habitaba Carlos Melillán*
, entre La Manchuria y Bajo Caracoles. En anteriores
oportunidades había resultado inútil todo esfuerzo por
encontrarlo. Se las arreglaba para desaparecer apenas
amanecía y regresar al atardecer, con ánimo de comer
algo y descansar para enfrentar la venidera jornada.
Intentaron sacarle alguna palabra mientras el paisano
comía con la mirada fija en un abollado plato de
aluminio.
-No...
de eso entendía mi abuela –contestaba en voz apenas
audible, refrendada por una risita breve.
-Sí...
algo sabía... pero me olvidé...
-¿Hay
chenques por aquí, don Carlos?
-...
Pero
esta vez las cosas fueron diferentes. Parecía que esta
vez estaba interesado por la curiosidad de los puebleros y
hasta invitó a uno de ellos a compartir las faenas del
campo. Cuando despertó aquella mañana el indio lo estaba
esperando con los caballos ensillados.
Anduvieron
en silencio, subiendo y bajando por esos campos quebrados
sembrados de mogotes de roca volcánica, vomitados por la
furia de los dioses en remotos tiempos. A veces el caballo
pisaba alguna mata de té pampa*
. Un olor silvestre se trepaba entonces por las patas del
animal, sahumándolo al jinete. Pero era un instante.
Después todo volvía a tener esa obsesiva intemperie de
tierra olvidada, de soledad sin límites, de dolorosos
silencios remecidos por temporales.
Era
casi el mediodía cuando el mapuche indicó un sitio para
acampar. Ataron las cabalgaduras a una mata y en cuclillas
comieron al reparo del viento.
¿Cómo
se llama aquella plantita?
-¿Cuál?...
¿esa?
-Sí.
-En
castilla le dicen Quilimbay*
... en toelcho* le llamaban tratráquich...y
en paisano... ¿cómo era?... ¡Ah! Ya me acuerdo... trallao...
así la nombraban... trallao.
-¿Por
qué le dicen Charlie?
-Acá
me dicen... Así me puso el hijo del patrón... sí...
-¿Y
es cierto que sabe hablar inglés?
-No...
hablar no... entiendo si me hablan... claro...
-¿Y
dónde aprendió?
-Trabajando
en la isla...
-¿En
Tierra del Fuego?
-Sí...
Allá todos los dueños de estancias eran gringos...
hablaban puro inglé... Yo trabajé como veinticinco
años... imaginesé...
-¿Y
es difícil?
-Es
parecido al mapuche... digo yo...
-¿En
qué se parecen?
-Cómo
le dijera... en paisano se dice P’lán ruca, que
quiere decir blanca casa...no como en castilla que
decimos casa blanca... al revés... por eso digo
que es parecido...
Volvieron
con unas ovejas que encontraron en un bajo montoso cuando
el sol colgaba sobre el cielo rojizo del oeste su dorada
moneda. Con dificultad desmontó el pueblero entre las
risas y comentarios de la peonada reunida y con el caminar
de un anciano se dirigió al comedor. Contestando con
monosílabos respondió a las preguntas sobre la cabalgata
y antes que los demás terminaran de cenar se levantó y
se fue a dormir.
Mientras
el jeep desandaba el duro camino el conductor no dejaba de
pensar en las últimas palabras del indio...
-¿Así
que usté quiere aprender a hablar en paisano? ¡Mejor
aprenda primero inglé que es más fácil... digo yo... !.
PEQUEÑO
VOCABULARIO
DE
TÉRMINOS POCO USADOS
O
CONOCIDOS
Cachirulo:
Término con el que se designaba a cualquier vehículo a
motor en el campo patagónico.
Camaricún:
También Camaruco. Ceremonia religiosa del pueblo
mapuche.
Canquel:
Palabra mapuche, sig: "atravesado".
"Cargar":
Modificar con
artilugios la natural estructura de la taba para hacer
trampas en el juego.
Catango:
Carro pequeño,
típico de la comarca andina, con 2 ruedas hechas con
rollizos de madera, de una sola vara y tirado por un yunta
de bueyes.
Cojinillo:
Arg. Manta
pequeña de lana o hilo que se coloca encima del lomillo
del recado de montar.
Comparsa:
Nombre que le
suele dar en la Patagonia a los grupos de esquiladores que
recorren las estancias para la zafra lanera.
Crisálida:
Estado larval de
los insectos.
Chelforó
o elelforó: Voz
mapuche. Sig.: lugar donde hay huesos o sepulturas.
Vocablo más apropiado que chenque, para denominar a los
enterratorios indios.
Chenque:
Lugar donde los aborígenes patagónicos enterraban sus
muertos.
Derrubio:
Tierra que cae o se desmorona. Depósito de sedimentos
producidos por deslizamientos de laderas de montañas o en
las orillas de ríos o mares.
Empacao:
Dícese del
animal acorralado por los perros, de modo especial el
puma.
Gavilán:
Cada uno de los hierros que forman la cruz y que separan
la empuñadura de la hoja en espadas o facones.
"Juan":
Manera fabulosa
de nombrar al zorro en algunos lugares de América.
Seguramente legado cultural llegado con la conquista.
Lancoche:
Calavera. Voz mapuche compuesta por lonco=cabeza y
che=gente.
Machorra:
Hembra estéril.
Manquepán:
Voz mapuche compuesta por manque=cóndor y pangui=puma.
Melillán:
Voz mapuche compuesta por meli=cuatro y llanca=cuentas de
collar.
Mercachifle:
Vendedor
ambulante que recorre ofreciendo su mercancía a pequeños
poblados y estancias de la Patagonia.
Millalonco:
Voz mapuche. Sig.:
milla=oro y lonco=cabeza.
Molina
Campos, Florencio: (1890-1959).
Dibujante argentino que popularizó las costumbres propias
del gaucho de la llanura pampeana.
Picadero:
Lugares donde se
encuentran restos de industrias líticas. (lascas).
Piche:
(Zaedyus pichi).
Armadillo. Única especie de este género típica de la
Patagonia.
Quilimbay:
(Chuquiraga
avellanedae). Arbusto que alcanza mediana altura, muy
resinoso (arde verde) de hojas pequeñas terminadas en
espinas.
Quillango:
Arg. Manta de pieles cosidas, especialmente de guanacos,
aunque existen realizadas con cueros de otros animales.
Quimeyhue:
Voz mapuche
compuesta por quimey=hermoso, lindo y hue, partícula que
pospuesta significa sitio o lugar.
Ramillón:
Marca hecha en
la piel con aspecto de haber sido provocada por el raspar
de una rama.
Retobar:
Arg. Forrar o
cubrir con cuero. Ejemplo: boleadoras, mates y cabos de
rebenques.
Té
pampa: Pequeña
planta de algunas regiones patagónicas, muy olorosa,
usada en la medicina campesina.
Toelcho:
Deformación del
término tehuelche.
Tumbiador:
de
"tumba", trozo de carne de capón o vacuno que
en guiso o puchero, forma parte del menú del hombre de
campo. Dícese de quién va de estancia en estancia "tumbiando"
sin interesarse por trabajar.
Trutruca:
Voz mapuche.
Instrumento musical sagrado empleado en las rogativas ,
parecido al erque.
Verijero:
Cuchillo de
porte mediano que el criollo lleva en la cintura,
sostenido por la faja o el cinto, a la altura de la ingle.