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  LAND ROVER. RELATOS PATAGÓNICOS

   Por Hugo Covaro


 
 

 Hugo Covaro

  Prólogo

 Land Rover. Relatos patagónicos

 

   Hugo Covaro, mediante palabras,  ha generado numerosos  torrentes de frescura patagónica. En la Biblioteca Virtual Temakel ya hemos editado Memorias del viento ; El chamán y la lluvia y Con ojos de puma.  

   La vasta trayectoria literaria de Hugo se compone de las siguientes publicaciones: "Canto joven" -poemas- 1970;"Rastro moreno" -poemas- 1972;"Inquilino de la soledad"-relatos 1975; "Memorias del viento" -relatos- 1983; 2° edición 1984; "Luna de los salares" -relatos- 1985; "El chamán y la lluvia" -novela breve- 1996; "Trampa para duendes"-relatos- 1998; "Con los ojos del puma" -novela" 2000; Inéditos: "La tierra lastimada" -poemas; "El oro del Deseado" -novela.

   

   PROLOGO

  Un viaje es siempre una invitación a la aventura, la expectativa ante el arribo a mundos inéditos. Cada paso por andar escribe en la memoria sucesos que surgirán después en cada palabra por decir o por pensar.
Por eso, es necesario tener el asombro intacto y la mirada atenta, de modo que nade escape a las emociones, sobre todo cuando el escenario es un ámbito tan colmado de misterios como la Patagonia.
Hugo Covaro es, una vez más, el encargado de llevarnos hacia las entrañas de este sur. Rescatamos en su voz personajes de leyenda, míticas creencias, experiencias de vida, que andan de boca en boca y que el viento multiplica y reparte de puesto en puesto, de aldea en aldea, de pueblo en pueblo.
Desde el fondo del tiempo, uno a uno, regresan rostros moldeados a viento y soledad, protagonistas de una historia paralela, siempre vigente en los rincones más alejados de este sur que somos, que vivimos y que también, muchas veces, desconocemos.
Este libro, como todos los de este incansable andariego, es el resultado de la profunda observación de alguien que tiene capacidad de ver otros ojos la belleza de un paisaje distinto y de ahondar, además, en el alma de los hombres.
Sólo nos resta a los lectores caminar junto al autor para poder reconocer en cada uno de los seres que por aquí desfilan, aristas que nos identifican con el ser nacional que todos conformamos.


Alicia Carballo

 

 

 

  LAND ROVER. RELATOS PATAGÓNICOS

Por Hugo Covaro

 

LONCOCHE *

Primero fue el lejano ladrar de los perros. Después, la figura del jinete que aparecía y desaparecía conforme subía o bajaba el contorno de los cañadones.

Pensó que el arriero no lo había visto, tal vez porque estaba ocupado con los animales por esos campos quebrados o porque había acampado en un bajo montoso, tan tupido que al Land Rover apenas se le veía la parte superior del sobretecho.

Llenó la pava para el mate y cuando estaba por encender el calentador un ruido a sus espaldas lo hizo girar sorprendido. Vista desde abajo, la imagen del caballo parecía crecer hasta una altura inmedible, desde cuya cima unas pupilas inquisidoras lo apretaban más contra ese suelo cercano. Antes que pudiera reaccionar, la voz del gaucho lo estaqueó contra el silencio de la tarde.

¿-Qué anda haciendo por acá? –inquirió en tono severo, y sin esperar respuesta de su asustado interlocutor, agregó -Estos son campos de pastoreo para las ovejas, no sitios para hacer turismo.

-Disculpe, pero anduve buscando el casco de la estancia o algún puesto cercano y no pude dar con ninguno... si no hubiera pedido permiso. A mí me gusta que el dueño del campo sepa que ando por su propiedad, pero esta vez tuve que acampar sin permiso – contestó el viajero, luego de un breve silencio.

-Es medio difícil que encuentre pobladores por esta zona. El puesto más cercano es el mío y está como a legua y media detrás de aquellos cerros.

-Mucho gusto –atinó a decir el viajero al tiempo que le alcanzaba su mano.

Desde el caballo, el jinete se sacó el sombrero y con cierta timidez, propia de los hombres de campo, aceptó el saludo del desconocido.

-Ando buscando flechas...¿Conoce dónde hay picaderos* ? –quiso saber el conductor del Land Rover.

-Mire, toda la falda de aquella loma es picadero. Siempre que paso por ahí con los animales sé encontrar algunas... A veces no las levanto porque me da pereza bajarme del caballo... Parece que los vientos fuertes las tapan y las destapan... y así aparecen en la arena... En esa falda se junta toda la tierra que arrastra el viento.

Antes de proseguir se quedó un rato quieto, como quién junta y ordena las palabras de una nueva historia. Al fin, dijo:

-Arriba, en la punta de la loma, dicen que hay chenques* ... paisanos enterrados... A mí me da miedo pasar por donde hay sepulturas. Al que le gusta andar travesiando con esas cosas es al hijo de mi patrón. El otro día trajo una cabeza que dice encontró en esa loma. Estaba amarilla de tanto tiempo sin ver el sol... Se la veía muy vieja, pero tenía todos los dientes... gastados, pero todos... Parece que era de un indio que murió muy anciano. Si le gustan esas cuestiones pase por el puesto que, si la quiere, se la regalo –anunció el paisano, al tiempo que con las riendas cortas hacía girar a su cabalgadura y salía lanzado en un corto galope seguido por sus ovejeros.

El puesto era una precaria construcción de dos habitaciones. Una, la más amplia, servía de dormitorio; la otra, de cocina. Cuando se detuvo el jeep frente a la casa el puestero parecía estar esperándolo. En una bolsa de arpillera un bulto redondo porfiaba por salir, tratando de desatar el apretado nudo. Esa era la sensación que parecía sentir el gaucho al querer entregar lo más rápido posible aquel funesto legado. Al ver cómo se alejaba el jeep hasta desaparecer tras las serranías seguramente había sentido el alivio de quien se libera de un gran peso.

En las aguas de la vertiente que nace de ese manchón verde oscuro en el pecho de las serranías y baja viboreando por pedregosas hondonadas el viajero lavó la calavera. Al cráneo le asomaban, por las cuencas vacías, raíces que habían anidado sus culebras donde la memoria de un hombre había sido ahuecada por la muerte. Mientras le quitaba la greda adherida el buscador de flechas imaginó cómo habría sido la existencia de aquel cazador de guanacos, recolector de frutos silvestres, alfarero pobre. Tal vez ya viejo, se había dejado morir por estos parajes y sus hermanos de raza lo habían enterrado cerro arriba para resguardar su largo sueño de las alimañas y de las manos profanadoras del blanco.

La dejó al sol, sobre una piedra, para que el viento caliente del verano le sacara el resto de humedad que el agua había dejado en el hueso. Con el crepúsculo escondiendo sus incendios tras del horizonte armó la carpa y guardó de la curiosidad de los zorros su preciado trofeo. Cansado, pronto el sueño lo envolvió con su pesada manta de sombras y soñó con el dueño de la cabeza. La voz le llegaba, al principio, como un eco lejano. Cada vez la sentía más próxima, hasta que, sobresaltado, se sentó presintiendo que el dueño de aquella voz estaba dentro de la carpa. Permaneció quieto en la oscuridad esperando percibir el mínimo sonido. A tientas buscó la caja de fósforos que había dejado junto a la garrafa. Encendió la pequeña lumbre y en un movimiento instintivo dirigió la luz hacia el rincón donde había dejado la calavera. ¡Un rostro horrible parecía sonreírle desde esa grotesca máscara! Movilizado por un terror desconocido salió de la carpa y deambuló sin rumbo por el monte hasta que la claridad del nuevo día lo devolvió, exhausto, al campamento. Ya con el sol alto se animó a entrar de nuevo a la carpa. Lentamente, como no queriendo encontrarse con esa figura aterradora, sus ojos fueron al encuentro de esas pupilas baldías. ¡Allí estaba aquella calavera, con una barba blanca formada por finas espículas de sal que brotaban de cada poro del hueso desenterrado!

Afuera, un viento menudo parecía reír restregando su soplo en las duras espinas de las matas.

 

EL FACÓN DE CASIANO SOSA

Tal vez llevaba meses de muerto. Los piches* le habían comido todo el vientre y desde esa oquedad las ratas estiraban túneles angostos que lo recorrían entero. Estaba boca arriba, mirando sin ver ese techo bajo, ennegrecido, desde donde la vida porfiaba horadar con alfileres de luz la compacta oscuridad reinante. Cuando pudo abrir la puerta, asegurada por yuyos que habían crecido con las últimas lluvia, esa momia pareció librarse de invisibles habitantes. A la claridad del día mostraba esa envoltura apergaminada, ese seco despojo abandonado por una crisálida* trágica. Un fuerte olor a carne podrida y a excremento le sopló en el rostro su fétido viento. Debajo del catre aún se podía ver la tierra suelta que los peludos habían sacado al excavar sus cuevas, traspasando los débiles cimientos del puesto.

En el reducido ámbito pocas cosas hablaban de la identidad del difunto. Bajo la manta doblada que oficiaba de almohada, un facón con vaina de cuero sobado dormía el mismo sueño de su dueño, inútil cancerbero del destino. Tenía casi cincuenta centímetros de largo y una hoja de acero de treinta y cinco, donde apenas se leía la palabra Schuler por toda marca o señal. Pequeños "gavilanes* " separaban la hoja de la empuñadura, construida con anillos de asta de venado perfectamente pulidos.

En un saco raído que colgaba de un clavo en la pared encontró la ajada y grasienta libreta de enrolamiento. Desde una vieja fotografía, la mirada mansa de un hombre joven emergía desde una niebla sepia enrejada por grietas blancas. Arriba, con letras desleídas se podía leer:

Casiano Sosa, argentino, nacido el 14 de marzo de 1898, en Nancay, Provincia de Entre Ríos. A vuelta de página, el documento descubría:

Estatura: 1 metro con 75 centímetros; cabello negro ondulado; ojos negros, pequeños; boca mediana; piel trigueña; nariz aguileña; señas particulares: ninguna.

En la pared, sobre la cabecera del muerto, colgaba un almanaque del que hacía tres meses nadie arrancaba hojas. Junto al calendario, a modo de rústica pintura, una lámina de Molina Campos* mostraba una escena gauchesca de lejanos territorios de la pampa húmeda.

Cuando quiso cerrar la puerta una fuerza extraña parecía oponer resistencia, como si los fantasmas que habitaban esas soledades necesitaran de esa presencia ocasional para no seguir la triste historia del domador desaparecido.

Pero, ¿habría sido ese el oficio del muerto? ¿Por qué no arriero, alambrador, esquilador, ovejero?¿Qué inexplicable intuición determinaba esa premonitoria certeza? –se preguntaba el viajero mientras el Land Rover desandaba el polvoriento camino.

En el destacamento policial el agente de guardia le tomó la denuncia y se preparó para acompañar al denunciante, modificando apenas su gesto de perpetuo aburrimiento.

Cuando dejó al policía en el puesto del muerto y emprendía el definitivo regreso, lo vio.

Allí estaba, como un perro triste que busca cariño luego de ver morir a su amo, suplicando una caricia y ofreciendo a cambio su rotunda fidelidad. ¡Si ni se parecía al verdadero facón de Casiano Sosa!

No supo cómo llegó hasta ese sitio mimetizado entre otros elementos del equipaje. En un primer impulso pensó en devolverlo. Pero de nuevo esa inexplicable intuición apareció para hacerlo cambiar de idea.

-El antiguo dueño ya no puede reclamarlo –se dijo a sí mismo sin esperar respuesta.

-¿Qué hará con él la policía? ¿Lo guardará? ¿Lo venderá?¿Lo tirará? ¿Se lo llevará alguno para colgarlo como un simple adorno? –se indagaba, mientras el jeep avanzaba por la poceada huella.

En ese pequeño espacio para guardar cosas que tiene el Land Rover frente al asiento del acompañante el facón de Casiano Sosa parecía dormir tranquilo, protegido por la cercanía de su nuevo dueño.

 

LAMENTOS DEL RÍO CHICO

Había hablado de muertos toda la tarde con el paisano Millalonco* . El mestizo decía que en toda la costa del Río Chico, habían chelforó* , como le gustaba llamar a los enterratorios. Decía que había escuchado contar a los abuelos que los antepasados que poblaban las riberas del río eran pescadores. Que armaban redes hechas con el unco que crece en las orillas de los lagos y pescaban sujetando la red con piedras bochas que tenían una canaleta en el medio para atarlas, como boleadoras gigantes, en los lugares donde el río se volvía angosto.

-Si usté mira con cuidado, todavía se saben encontrar esas piedras –aseguraba el paisano con el aire de quién está diciendo algo importante. -Se ve que armaban los toldos en esos bajos que abría el río cuando crecía. Después se retiraba el agua y quedaba todo planito. Ahí se saben encontrar flechas, raspadores, pedazos de jarrones... No hace mucho, anduvieron unos tipos buscando chelforó. A mí me preguntaron y los mandé para unos cerros que apenas se ven desde aquí... no me gusta que anden molestando a los pobres paisanos muertos –sentenció con un dejo de picardía.

Antes del encuentro con Millalonco, había armado campamento cerca del camino, en un claro del monte protegido por una enorme mata de calafate. Había hecho fuego aprovechando el fogón que algún jinete dejara armado, luego de apagar las brasas arrimándole tierra. Mientras mateaba, las palabras del indio regresaban sacándolo de cualquier otro pensamiento. "Toda la costa del río esta llena de sepulturas..." "los que poblaban las riberas del río eran pescadores..." "sujetaban las redes hechas de unco con unas piedras bochas, con una caladura ecuatorial igual que las boleadoras..." "buscaban el sitio más estrecho del río para poner las redes..." "por aquí anduvieron los que profanan tumbas y el paisano los engañó indicándoles otro sitio..."

Apenas las primeras sombras esfumaron los perfiles de las serranías del poniente, se acomodó en la bolsa de dormir y acunado por una suave brisa pronto encontró el sueño.

Al principio creyó que estaba soñando. Que ese sonido no venía del exterior, sino desde su propio sueño. Pero abrió los ojos y esperó, excitado, la repetición de ese ruido inesperado que comenzaba a torturarlo desde algún inubicable escondrijo. No tuvo que esperar demasiado. En un principio creyó escuchar el afónico resuello de una trutruca* . Enseguida comprendió que ese zumbido aumentaba o disminuía, se acercaba o se alejaba, o desaparecía por completo, según fuera la voluntad del ejecutante. Entonces, como un suceso recordado de pronto, le llegaron las palabras del paisano Millalonco y un largo estremecimiento lo sacudió entero.

-¡Ese quejido viene de la boca de los muertos! –pensó en voz alta, mientras esperaba que se repitiera aquel inexorable llamado.

Pero en vano esperó que ese sonido acallara los nocturnos rumores del monte y, desvelado, vio llegar el nuevo día como una semilla luminosa sembrada por los pájaros.

Un cielo diáfano mostraba su enorme pupila sin nubes hasta el confín del horizonte. De a ratos, hilachas de viento hacían cabecear las ramas más altas de las matas, esparciendo un sahumo oloroso por la mañana apacible.

Ensimismado miraba las lomadas del naciente cuando escuchó que regresaba el misterioso sonido.

Alcanzó a girar la cabeza guiado por ese lamento y le pareció que algo pequeño espejeaba reverberando los tímidos rayos del sol recién salido. Se quedó inmóvil mirando fijo esa muesca oscura, esperando que un nuevo destello develara su ignota existencia.

¡Pero no fue luz lo que salió de aquel objeto semienterrado!

De esa marca hecha en la arena venía el funesto reclamo que le había quitado el sueño. Ese gemido de viejas muertes era como la voz de la propia tierra violada en el sexo de sus criaturas más entrañables.

Ungido por los fantasmas del miedo, en una corta carrera atravesó la distancia que lo separaba de aquella temida presencia.

Una vieja botella, violeta de tanta intemperie, asomaba su gollete en dirección del viento.

Ese viento que de cuando en cuando, hace sonar su olvidada flauta, en un responso por la memoria de los paisanos muertos.

 

TORTAS FRITAS

Después de dejar atrás la ruta asfaltada el jeep se internó por el poco transitado camino de tierra, que con su espinazo de ripio y piedras sueltas corría paralelo a las hondas depresiones de los cañadones. Un polvo fino alzó su estela gredosa tras el paso del Land Rover y permaneció algunos instantes suspendido para luego descender su polen cautivo sobre el desierto. El motor carraspeó su monotonía, sacudido por las arrugas del camino. Una vibración sostenida acometió a la sólida estructura de la máquina, se trepó por el volante a los brazos del conductor, lo recorrió, y terminó por desacomodar todo el equipaje con ese traqueteo interminable.

A los costados de la huella, una banquina estrecha marcaba el límite exacto entre esa antigua cicatriz de la tierra y el desmemoriado territorio del monte patagónico. Pequeños manchones de arbustos achaparrados aparecían y pasaban como girando por los ojos de las ventanillas, antes que la polvareda los tapara con su manotazo de arena.

Largas rectas, apenas interrumpidas por el dibujo caprichoso de alguna curva, predestinaban el rumbo del viajero en ese silencio doloroso donde suele empozar la distancia sus colosales incendios.

De pronto, como si el lejano horizonte arremetiera contra el vehículo en marcha, un profundo valle dejó ver su dilatada paz, abrazada por los bordes rocosos de la meseta recién vencida. Claro, esto sucedió en verano. En invierno, cuando se escarchaban las paredes de la serranía, el suave descenso de ahora se transformaba en empinada cuesta que sólo el Land Rover, con doble tracción y cadenas, puede sortear. Y era cuando el paisano Cirilo Manquepán escondía entre las desparejas paredes de su rancho su mínima historia de indio pobre.

No bien el jeep detuvo su marcha, media docena de perros salieron al encuentro del recién llegado, y mientras él saludaba al amigo, ellos aprovecharon la ocasión para orinar repetidamente las ruedas del vehículo.

A pesar de que su apellido mapuche pareciera negarlo, Cirilo tenía la inconfundible impronta del legado tehuelche: alto, magro de carnes, brazos y piernas largas, piel color tabaco, que parecía haber tomado tono de los ocres que el derrubio* baja de las lomadas vecinas.

-Anoche hice un sueño con usté... –dijo, al tiempo que con un ademán indicó un banco petiso frente a la vieja cocina, desde donde alguna leña verde llenaba de humo la estrecha habitación.

-Sabía que se iba aparecer un día de estos... –prosiguió, mientras su mano diestra, rugosa, como un nudo de raíces terminadas en uñas enlutadas por un sebo oscuro y rancio, apareció entre la niebla para ofrecerle mate en esa vieja calabaza retobada* con buche de avestruz. Y antes que le respondiera, expresó:

-Ahora le preparo unas tortas criollas... deje que haga lugar en la mesa.

Harina, agua y sal gruesa, se mezclaron en un amasijo pringoso que las manos sarmentosas de Cirilo Manquepán amasaban con baquía. De a poco la masa fue estirando su elástica hechura hasta ser una delgada pieza que luego el verijero* del indio tajeó en trozos desprolijos. Una sartén que guardaba, sólida, la morena grasa de pasadas frituras se estacionó sobre la cocina. Antes, el paisano con un pequeño gancho le había sacado dos tiznados anillos a la hornalla, para que llamas amarillas le pasaran sus lenguas como culebras escapadas del fuego.

Al poco rato la grasa derretida entreveró en el humo espeso su melodía; ese eco que deja en el desierto la sal molida por los grillos.

-Sirvasé, don Hugo –convidó Cirilo Manquepán, ofreciendo las doradas tortas fritas.

Sus manos parecían menos oscuras y sus uñas lucían extrañamente blancas...

 

TRECE FLECHAS

 

Había caminado toda la mañana sin encontrar una mísera esquirla. La silueta del Land Rover se empequeñecía hasta ser una tenue marca azul, indicando el sitio donde había acampado.

El lugar tenía el aspecto prometedor de los picaderos vírgenes, ese sueño que desvela a los buscadores de flechas desde el ignoto tiempo en que los primeros hermanos salieron de cacerías bajo los ilimitados cielos patagónicos.

Esperaba que el obstinado viento del oeste barriera las arenas dejando ver, a pleno día, la perfecta hechura de cuarzo donde sabía viajar la muerte como un breve escalofrío.

-¡Este es monte flechero! –se dijo a sí mismo, mientras un solazo cruel untaba su reverbero en las ramas de los arbustos espinudos.

En los costados del lecho olvidado por el agua el monstruoso costillar del médano empozaba al esporádico torrente que lluvias escasas juntaban para el verde pezón del desierto.

Aprovechó para salir del angosto cañadón, la senda que marcan los guanacos al bajar a la aguada, y se internó en un pequeño bosque que calafates y molles que se interponen al viajero que se aventura por esas soledades.

Una suave pendiente servía de paso a un peladero de greda amarillenta donde ningún vegetal sobrevivía a la sequedad del suelo, sólo habitado por las formas oscuras de las piedras de antiguos fogones, que parecían sostener ante las furiosas ráfagas de los temporales a ese singular quillango* extendido.

Después de rodear una mata de algarrobillo algo brilló en la diminuta pampa, guarnecida por el monte bajo. Esperó que de nuevo ese brillar lanzara sus destellos luminosos para ubicar el sitio exacto desde donde le llegaba el hiriente mensaje. Caminó unos pasos y se detuvo. Lentamente se fue agachando hasta quedar en cuclillas. Ante sus ojos deslumbrados, una flecha entera mostraba su perfecta figura. Se quedó inmóvil mirando esa criatura misteriosa, silente, amenazadora, que parecía observarlo con ese único ojo de petrificada aguamarina.

Cuando iba a levantarla, sintió otra presencia que lo distrajo. A poca distancia, otra flecha, tan perfecta como la anterior, reclamaba que la rescatara de tanta intemperie. Entonces se sentó en esa arcilla machorra* y con movimientos lentos comenzó armar su cigarro. Mientras liaba en el papel las negras hebras de tabaco fue levantando la cabeza hasta abarcar con la vista toda la superficie que la greda amarilla delimitaba claramente. ¡Y como salidas de esa tierra estéril fueron apareciendo, una a una, las trece flechas enteras!.

Permaneció quieto en ese silencio rotundo, sólo quebrado por el alocado percutir de su corazón.

Era casi la oración cuando cansado, pero feliz, emprendió el regreso. Mientras acariciaba las flechas que viajaban apretujadas en un bolsillo de la campera, se preguntaba:

¿Cómo se explica que en un pequeño claro del monte se encuentren trece flechas enteras? ¿Acaso no había caminado media jornada sin encontrar una sola esquirla? ¿Sería cierta aquella teoría que los antiguos habitantes de estas latitudes dejaban colgadas en alguna mata bolsitas con puntas de flechas para no tener que cargar tanto peso en sus largas travesías, cuando bajaban en el invierno buscando el abrigo de las costas; o cuando, con la llegada de la primavera, trepaban las mesetas en procura de los fértiles valles cordilleranos? ¿Había acaso un recorrido que por siglos los antiguos dueños de la tierra habían usado como rutas de cacerías y recolección en su sempiterno peregrinar? ¿Habría ocurrido que aquella bolsita hecha con cuero de guanaco, esperó en vano la llegada del cazador y fue víctima de la persistente carcoma de lluvias y vientos por milenios? ¿Qué remoto sortilegio las depositó en ese diminuto continente arcilloso?

Aquella noche el buscador de flechas soñó con indios. Sin que se apercibieran de su presencia los veía pasar silenciosos, saturados de una resolana sepia, cargando los cueros y las varas de los toldos. Algunos llevaban arcos tan altos como un hombre y cerraban la caravana mujeres llenas de sombras acunando el débil pulso del fuego, que latía en tiznados cántaros de barro cocido. Cuando pensó que se alejaban, alcanzó a ver a un indio, que como sonámbulo, buscaba en la tierra amarillenta algo que había perdido y necesitaba recuperar. Un movimiento instintivo le guió la mano hasta el bolsillo de la campera y con angustia comprobó que estaba vacío.

Se despertó con un grito y hasta que entendió que estaba soñando un miedo torturante le secó la garganta. Las primeras luces del día trajeron también los ruidos familiares con que despierta la vida en el campo patagónico.

Cuando pasó de nuevo por el lugar donde encontrara las trece flechas pudo ver que grandes rastros de pies desnudos habían dejado sus marcas en la greda amarilla.

 

LA MUERTE DEL PAISANO CAICO

 

Era pasado el mediodía cuando el Land Rover llegó a la chacra que llaman Quimeyhue* . Apenas se detuvo el vehículo apareció el chileno Márquez con la novedad.

-Han apuñaleao al paisano Caico –alcanzó a balbucear, nervioso.

-¿Y cómo fue que pasó?

-Estuvo tomando desde temprano con el puestero de Davidson... y comenzaron a discutir por una tontera, hasta que Caico le pegó una trompada y el otro sacó el cuchillo –contaba el bolichero, tratando de imitar con ademanes lo sucedido.

-Estaban muy tomaos los dos... Yo no pude hacer nada... ¡todo pasó tan rápido...! Habían pedido otra vuelta y cuando volvía del mostrador con los vasos, ya lo había cortao al pobre viejo –explicaba atropelladamente.

-¿Y dónde está?

-Ahí, en la galería –indicó con el mentón en dirección a un bulto quieto, tirado en el suelo.

-No lo quise tocar hasta que venga la policía... le pedí a don Vargas que dé parte en la comisaría, pero a trote de caballo no creo que llegue a tiempo –sentenció.

-¿Está muy mal? ¿A qué hora ocurrió?

-Como a las diez y media, calculo yo.

Lo alzaron con dificultad, tomándolo de los brazos. Encorvado, se agarraba el vientre con ambas manos tratando de contener los intestinos, que pugnaban por vencer ese dique precario. Entre los dedos, como destilando un vino oscuro, se le escapaba la vida.

El rostro pálido no parecía pertenecer a ese indio de piel morena y de pocas palabras.

Pero sólo el rostro de ese hombre retacón, de pelo renegrido a pesar de los años, peón de campo en tantas estancias. ¡Como si la única parte con vida fuera esa cara ajada por tantos inviernos duros, por tanto tiempo al sol impiadoso de esta tierra cruel y hermosa!

Se quejó un par de veces en algún barquinazo que daba el jeep por aquel maltratado camino rural, transitado por camionetas que llevaban los obreros de los turnos o pesados equipos petroleros. Cuando se terminó el tramo de ripio y empalmaron la ruta asfaltada el viejo mapuche parecía haber entrado en un profundo sueño.

 

En el hospital lo subieron a una camilla y pronto desapareció por el fondo de un pasillo poco iluminado. Al cabo de un tiempo, un médico joven preguntó por los familiares de Vicente Caico.

-No se pudo hacer nada... había perdido mucha sangre –fue el escueto informe que dio a los entristecidos acompañantes.

-¡Cómo que no pudieron hacer nada! –dijo en tono de reproche el bolichero.

-La herida no era tan grave... el problema fue que perdió casi toda la sangre.

Después de algunos trámites les entregaron el cuerpo. Lo habían puesto dentro de una bolsa negra, donde esos huesos tristes parecían encontrar sosiego.

Lo velaron en el boliche, sin cajón, sobre una mesa rústica, estaqueado por la cruz de tres velas blancas y entre perros flacos y gauchos silenciosos lo sepultaron en el faldeo de la loma que, al norte, sirve de límite al valle largo.

Como si se enterrara vivo, cada paisano fue tirando al pozo una palada de tierra olorosa, aprisionando con pequeños golpes de sombras la memoria del muerto.

De a poco todo volvió a ser igual que antes. Del indio Vicente Caico poco o nada se dice. Sólo a veces, cuando un vino fuerte humedece el recuerdo de los paisanos, alguien lo regresa de su muerte absurda y por unos instantes su breve historia resucita.

Después, otra vez el olvido desmorona su modesta alfarería hasta volverlo tierra volada.

Sólo el viento suele posarse desmemoriado en esa tosca cruz hecha de molle. Sólo el viento...

 

CAÑADÓN LAGARTO

 

En esos pocos momentos de lucidez, cuando la conciencia encendía de pronto su fósforo breve, la abuela Carmen hablaba de Cañadón Lagarto.

Después, nuevamente esa enfermedad incurable la envolvía con su espesa cerrazón, aislándola del mundo en un autismo ominoso.

Había ido a la escuela en ese desolado paraje, allá por 1926, cuando Cañadón Lagarto era un próspero pueblito con 250 habitantes.

"De mi casa a la escuela había unas cinco cuadras. Nos íbamos caminando por las vías... no había peligro, el tren siempre pasaba por la tarde".

Y ahora, sus duendes desmemoriados buscaban encontrarse con los fantasmas que, penitentes, rondan los sitios baldíos de la vida donde la soledad empolla sus persistentes olvidos.

¡Ella quiere regresar, pero no puede! ¡No hay regreso posible a la nada!

Sólo en ella perduraban las casas bajas, separadas por callejuelas angostas, agrupadas a ambos lados de las vías. Y el cementerio cercano, con el pesado sueño de los muertos aromado por las minúsculas flores del tomillar nativo.

"El cementerio estaba al sur. Tenía un cerco bajo de alambre que nosotros saltábamos para ir a jugar en unas casitas pequeñas. Lo hacíamos a escondidas. Mi abuela no quería que fuéramos a ese sitio".

 

El jeep detuvo su marcha a metros del aljibe, que con su ojo huero parecía mirar sin ver ese mínimo cielo redondo encerrado en sus paredes. A la sombra de esos árboles doblegados por el viento, sobrevivientes a la sed en ese penoso desamparo, la voz de la abuela Carmen sonaba como un eco salido de la profunda garganta del pozo.

"El agua para la estación la traía un tren y la depositaba en el aljibe. Los pobladores la buscaban al norte, en carros que la transportaban desde unos manantiales escondidos entre los cañadones. En ocasiones lo acompañaba al tío Ramón, cuando iba a las aguadas. Era escasa, por eso se pagaba hasta $ 1.20 el barril de 100 litros. Los únicos árboles del pueblo estaban al lado del pozo de agua".

Ningún sonido extraño entorpecía el monótono rumor del viento en ese incendio que el coironal prende con las últimas luces del crepúsculo. De a trechos, los rieles oscuros extendían sus caprichosas paralelas, crucificadas sobre el duro sueño de los durmientes de quebracho. Por esa vía muerta, llegaba la noche asperjando su pólvora.

"Con mi primo Lalo sabíamos jugar en la nieve. No sentíamos frío. Decían que Cañadón Lagarto era el lugar más helado que había en la Patagonia. ¡Veinte grados bajo cero sabían hacer! A nosotros nos llevaban a Comodoro en las vacaciones. En esos peladeros mucha gente se moría congelada en los inviernos".

 

Como quién se aleja del sitio de un naufragio, abandonaron las ruinas del pueblo. Mientras el Land Rover hacía memoria por recordar el camino conocido en ese laberinto de sendas estrechas, nadie se animaba a voltear la cabeza. Algo parecido al miedo les posaba su mano helada, denunciando una presencia invisible. Cuando dejaron la huella de tierra y retomaron la negra lonja del asfalto, sintieron que esos fantasmas se habían quedado en la última curva del camino.

Era media noche cuando llegaron. A pesar de lo avanzado de la hora, la abuela Carmen estaba despierta y hasta parecía que los estaba esperando. En sus ojos pequeños una lejía turbia dejaba pasar briznas de un brillo antiguo, gastado de ver pasar tanta vida. Mientras la llevaban a su cama, con ese andar inseguro de los ancianos arrastrando los pies con pasitos cortos, se la escuchó decir claramente:

-¡Vamos Lalo, apúrate, que podemos perder el tren!

Y en el silencio de la noche el resoplar de la vieja locomotora alborotaba el enrulado cabello de esa niña, que después de pasar las vacaciones en Comodoro regresaba a Cañadón Lagarto...

 

LOS HEREJES DE PASO MORENO

 

Fue para el feriado de semana santa que prepararon el viaje. En el jeep fueron acomodando ordenadamente lo anotado en una larga lista: las provisiones, la caja de herramientas, la carpa, las colchonetas, el farol, la marmita, los bidones con agua, la otra rueda de auxilio, la carabina, la linterna, el inflador, la garrafa, el equipo de mate, papel y fósforos.

Pensaban salir temprano, a más tardar a las cinco, para llegar –si nada malo ocurría- pasado el mediodía a Paso Moreno.

Mientras el Land Rover porfiaba terco contra el viento del oeste, el conductor con la vista fija en la interminable recta se preguntaba cómo estaría el camino que lleva a Bajo La Cancha, el paraje donde habita el cacique Nicolás.

Una pinchadura los demoró apenas vadearon el ancho valle del Senguerr, donde el pequeño pueblo de Facundo languidece en su aislamiento, arrinconado contra la falda de la meseta por las azules ataduras del río.

A poco de andar el tortuoso sendero la sagrada pampa de los camaricunes mostraba su pelambre rubia. Y al fondo, como salida del verde oscuro del menuco, la casa humilde del viejo cacique levantaba su blanca hechura bajo un cielo desleído.

-¡Qué alegría, pase adelante! –invitó don Nicolás, entrando en la casa, seguido por los visitantes.

-¿Cómo anda, don Nicolás? ¡Tanto tiempo!

-Aquí andamos, medio pobres... no tenemos ni carne para recibirlos con un asao –se lamentó.

-¡No se preocupe... si me acompaña nos pegamos una escapada hasta el boliche de Paso Moreno! –propuso el recién llegado.

-¡Para qué se va a poner en molestias!

-¡No es molestia, don Nicolás... vamos!

Una vieja chata lanera, sacada de servicio por la aparición de otros medios de transporte más modernos adornaba la entrada del boliche de campo, sólo defendido del viento inclemente por un batallón de erguidos álamos. Un pasillo angosto, acordonado por un cerco de tamariscos, desembocaba en la puerta del comercio. Nada parecía perturbar ese silencio nacido al amparo de los árboles. Después de golpear un par de veces, apareció el bolichero.

-Buenas tardes –saludaron, para enseguida preguntar-¿Nos vende un poco de carne, por favor?

-¡Fuera de aquí, herejes! –bramó el gallego, lleno de indignación.

-¿Acaso no saben que estamos en semana santa? –se le escuchó vociferar antes de cerrar con un portazo.

Apenas dejaron atrás la primer tranquera el conductor detuvo el vehículo a un costado del camino y señalando un piño de ovejas que pastaban a un tiro de piedra, consultó...

-¿Cuál de esos está gordo, don Nicolás?

-Ése que está de costado cerca de la mata, ese... –indicó, convencido, el mapuche.

El estampido asustó a los animales. Al pie del arbusto, un borrego agonizaba, estremecido por un breve estertor. Un cuero astroso agitaba al viento su sucia bandera colgado del alambre.

En el pequeño patio, entre la casa y el horno de barro, hicieron el asado. Las llamas del fuego generoso doraron la desnudez del animal crucificado. La grasa dejaba caer sobre las brasas su olorosa gotera sahumando el aire de la noche.

-¡Arrímese y péguele un tajo! -le dijo a la visita, mientras le ofrecía su cuchillo.

Y todos a su tiempo se fueron acercando al asador para salir con un trozo del sabroso manjar, hasta que sólo quedaron los garrones de ese borrego entero.

Ya tarde, cuando sólo la luciérnaga pequeña de alguna brasa soplada por el viento abría por un segundo su párpado de ceniza, al cacique Nicolás se le oyó decir:

-Inché mañn, eimí nieimí cume piuqué, cume iaquel.

-¿Qué dijo?

-Dije que estoy agradecido, que usté tiene buen corazón, que muy buena la comida –tradujo el indio con sincera gratitud.

Y antes que le respondieran, arrojando restos de la comida al fuego moribundo, exclamó...

-¡Inché fentren mañun eimí ñuque mapu!

-¿Y ahora qué fue lo que dijo?

-Dije... ¡ yo te agradezco mucho madre tierra!

Al otro día, apenas el sol puso de oro la llanura sagrada de Bajo La Cancha, el Land Rover trepó la lomada que aprisiona el valle y desapareció, tragado por las serranías.

 

EL NACIMIENTO DEL VIENTO

 

El Land Rover recorría sin dificultad el solitario camino que de sur a norte une a Sarmiento con Paso de Indios. Un abra rodeada de montañas daba forma a esa única vía de tránsito. Seguro que el nombre de ese pueblito del norte de la provincia del Chubut, se debe a que por allí pasaban los antiguos trashumantes en sus largas travesías, subiendo en procura de los valles andinos o bajando para encontrar amparo en los abrigados cañadones de la costa.

Al naciente, después de dejar atrás el paraje Toro Hosco, una gran planicie de greda clara extendía su dilatado territorio. Pequeñas mesetas erosionadas por el duro clima patagónico adornaban de a trechos la estéril desolación, como caprichosas esculturas de humana apariencia erigidas en remotos tiempos a dioses olvidados.

El camino parecía marcar el inicio del desierto. La tierra agrietada mostraba su vientre devastado, donde los escarabajos rodaban trabajosamente sus diminutos mundos de bosta. Ni una sola mata delataba la vida en esa seca vastedad.

Armaron el campamento protegidos por una formación de estratos arenosos, testigos de la remota adolescencia del planeta y salieron a recorrer la llanura, deslumbrados por esa claridad desde donde la mica pone a volar sus mariposas transparentes. Anduvieron callados, seguidos por sombras compuestas con los mismos pedazos de ese espejismo, trizado por un colosal golpe de viento.

Hasta donde se podía mirar, la vida languidecía en un obsesivo exilio. Soles insaciables dejaron caer sus vómitos bermejos sobre la mansedumbre del paisaje, calcinando el germen de todas las estaciones.

Al atardecer, una luna pálida asomaba su calavera en los umbrales del horizonte. Pronto la noche acercó hasta el erial su frontera oscura. Ellos, cansados, se durmieron con la certeza de ser los únicos habitantes de esos inhóspitos confines.

Con la evidencia de un nuevo día entraron otra vez en esa geografía inmutable. Se sintieron atraídos una vez más por esa lánguida soledad estirada desde aquí hasta el infinito. Y como una marca en esa lejanía, apareció un punto oscuro. Esa mancha negra comenzó a crecer y crecer hasta alcanzar la definida figura de un hombre. Un hombre que al principio era sólo harapos y sombras. Un hombre sin rostro y sin manos, que en vez de caminar parecía girar y girar, desfigurándose. Cada vez estaba más cerca y al mismo tiempo menos claro, como si evitara esa proximidad. Por un instante pareció detenerse y observarlos, pero pronto lo vieron alejarse hasta desaparecer tras de unos mogotes de greda.

Siguieron el rumbo que había tomado aquella extraña figura que se desplazaba sin dejar rastros. La buscaron por una amplia zona sin encontrar indicios de su presencia. Fatigados, se sentaron a descansar apoyados en una de esas formaciones de greda cuando una voz los congeló de espanto.

-¡Intrusos, deben abandonar este lugar! ¡Aquí nace el viento y nadie debe verlo! ¡Salgan de la greda sagrada o serán castigados y convertidos en arenas muertas!

¡Todos esos mogotes son intrusos que desoyeron los mandatos del padre viento! ¡Aléjense de sus dominios y no regresen jamás!

 

Cuando pudieron torcer la cabeza en dirección a la voz sólo alcanzaron a ver cómo se formaba un pequeño remolino, un tornado en miniatura que danzaba frenético y que fue creciendo y creciendo hasta treparse a un cielo distraído, como un viento redondo lleno de brillos dorados.

Recién cuando lo vieron desaparecer entre los nublados del naciente retornaron al campamento. Cargaron todo en el Land Rover y sin demora se pusieron en marcha.

Atrás, en la lunar geología, un viento niño jugueteaba entre los mogotes dormidos, desandaba los rastros que hollaron su escondida morada y se volvía para acompañar a la distancia el regreso de dos desmemoriados aventureros.

 

RÓMULO CARBALLO

 

Había visto pasar por sus ojos cansados la Patagonia vieja. Por eso hablaba de pueblos muertos, desaparecidos, abatidos por ramalazos de olvidos. Viejos nombres que al ser recordados le ponían gusto a barro en la boca.

Cabo Blanco, Mata Magallanes, Cañadón Lagarto, Las Pulgas, Río Chico, El Guenguel, volvían en historias tantas veces contadas en los fogones campesinos, como si el criollo quisiera desembarazarse de esos sucesos para siempre. Breves sucedidos que cada vez que eran contados resultaban menos ciertos, que se iban gastando como sobados por el relato. Que viajaban de boca en boca semillando en silencio el mezquino lenguaje de los gauchos. Y por esos escenarios de fábula, alucinados duendes de carreros de boca guasa, domadores corajudos, puesteros solitarios, mensuales llenos de sombras, esquiladores sufridos, sogueros de lonja fina resucitaban si Rómulo Carballo lo quería.

Pero también solían regresar pintados personajes que matizaban con sus existencias singulares la dura vida de la campaña patagónica. Tumbiadores* , mercachifles* sin escrúpulos, expertos en "cargar"* tabas, falsos adivinos, fulleros de pueblo o simples vagos sin querencia...

Alcanzaba con que una chispa fugaz alumbrara algún rincón en su memoria prodigiosa. Bastaba que alguien rozara con la palabra invisibles habitantes del recuerdo para que este criollo venido del siglo XIX, nativo del suelo pampeano, contara...

 

"Lo conocí en la estancia La Pirucha, de Gonzalo Gutiérrez, cerca de El Quemado, en Pampa del Potrillo.

Yo había terminado la campaña de esquila con la comparsa* del vasco Garmendia y como necesitaban gente en la estancia, me conchabé. Se llamaba Belisario Gamarra y dijo que era de la provincia de Buenos Aires, de un pueblito cerca de General Madariaga, pero con un mentiroso de su laya, nunca se sabe...

La peonada pronto se dio cuenta que le gustaba mentir y comenzaron a "tirarle de la lengua" para después reírse de sus macanas...

Un atardecer, cuando mateábamos esperando que se hiciera el asado, lo vimos llegar del campo y desensillar, soltar al animal, guardar la montura y allegarse a la rueda.

-¿Qué te pasó Belisario que llegás tarde? –le preguntó uno del grupo.

-¡Callate... cuando venía por el cuadro del medio me doy cuenta que no me seguía ningún perro.... entonces me vuelvo y ¿qué veo?¡ Contra una mata de molle tenían un puma empacao!

-¿Y?

-Desmonté y despacito me fui acercando para sorprenderlo por atrás... y cuando lo tuve a tiro, le aforré un buen talerazo!

¡Cuac!, gritó el zorro y cayó seco.

Ya había hecho como media legua cuando me acordé que la grasa del "Juan* " es buena pa’l reumatismo. Me volví y con el cuchillo le abrí el pecho...

¡Flaco el guanaco!

-¡La pucha que sos macanero Belisario! –le reprochó un paisano petiso, mientras el resto trataba de ocultar la risa.

-Primero era un puma empacao* ... después era un zorro... más luego un guanaco... ¡dejate de joder! ¿Quién te puede creer semejante bolazo?

-¡Ah,! ¿No me creen? –respondió ofendido. Y señalando para el lado donde había dejado los aperos, dijo- Debajo del cojinillo* traigo el cuero...

 

Todos fueron hasta la montura que descansaba sobre un caballete y vieron, con asombro, ese pequeño cuerito de lagartija que el mentiroso mostraba como prueba de que decía la verdad.

 

SEVERO ALTAMIRANO

 

Cuando el Land Rover llegó hasta el vado por donde se podía cruzar el Fénix Chico un torrente desbocado parecía arrastrar por su lecho pedregoso la furia desatada de la montaña.

Aguas marrones escondían al ronco bramido echado a rodar desde las cumbres, enturbiando con ese plasma arcilloso a la verde pupila del cauce.

El viajero paró el motor. Bajó y comenzó a caminar siguiendo el curso del arroyo en busca de alguna rama, palo o vara que le sirviera para medir cuánto había crecido. Lo recordaba menudo, amontonando en los meandros sus remansos serenos, como marcando en la memoria de los peces su empecinado derrotero.

Estaba desgajando una rama seca cuando el morro oscuro de un sombrero apareció sobre la línea de altos juncos que acompañan al arroyo en esa parte de su recorrido. Necesitó esperar unos instantes para ver aparecer al jinete entero. El zaino* había cambiado su pelaje lustroso por un tono más oscuro luego de cruzar las frías aguas. Cuando detuvo su marcha diminutos chorrillos bajaban de los ijares para desaparecer prontamente, tragados por la tierra negra. Con un ademán de la mano que detuvo justo al llegar a la altura del sombrero, a manera de saludo dijo:

-Buenas....¡no me diga que no se le anima al arroyito de cordillera! –y antes que el forastero respondiera continuó:

-¡Si yo lo pasé con un solo caballo, cómo no lo va a cruzar usté con el cachirulo* que debe tener un montón de caballos escondidos adentro del motor! –sentenció, antes de soltar una sonora carcajada.

Desde la otra orilla media docena de ovejeros ladraban y lloriqueaban reclamando por su amo, incapaces de sortear la crecida.

-Le tengo un poco de desconfianza al fondo... a los pedrones que sabe traer el agua...y viene de bote a bote –respondió, mientras caminaba al encuentro del criollo para estrecharle la mano.

-Mucho gusto... Severo Altamirano pa¢ servirle! –se presentó, sin bajarse del caballo que se sacudía tratando de liberarse de la mojadura.

Luego de intercambiar algunas palabras el conductor se agachó junto a las ruedas para girar los conos que ponen a funcionar el diferencial del tren delantero y se subió al vehículo para ponerlo en marcha y accionar las palancas de la caja reductora y la doble tracción.

Como probando sus fuerzas aceleró un par de veces antes de lanzarse a la encabritada corriente. Con el agua hasta mitad de la puerta el jeep avanzaba bamboleándose, tratando de superar los ocultos obstáculos del desparejo lecho. Una estela de espuma blanca nacía de su flanco izquierdo, convirtiendo en ahogado murmullo el ruido del caño de escape.

-¡Vamos que falta poco! –gritó el gaucho al tiempo que volvía a entrar al agua con su cabalgadura.

Cuando parecía que el Land Rover alcanzaba sin dificultad la otra orilla, un barquinazo imprevisto lo sacó del paso quedando de costado, en una posición incómoda, casi de frente a la correntada. Al perder el impulso el motor se detuvo y el agua comenzó a filtrarse hasta anegar el habitáculo. Con esfuerzo, el conductor pudo abrir la puerta y saltar a las heladas aguas que lo arrastraron sin que encontrara algo sólidamente unido a la tierra de donde asirse. El jinete lo vio agitar los brazos y luego desaparecer tras el primer recodo del arroyo.

 

Cuando abrió los ojos, el rostro curtido del gaucho le sonreía desde su grotesca fisonomía.

Al principio veía cómo movía los labios sin que sonido alguno llegara hasta su aturdido cerebro. De a poco le fueron llegando las primeras palabras...

-¡Había sido como el salmón...porfiaba por salir fuera del agua...pero si no lo saco...! –se burlaba Altamirano, que permanecía parado junto al confundido náufrago.

-¿Qué pasó?

-¡Nada...que casi se lo lleva el agua nomás! Diga que todavía me las arreglo con el lazo que si no...no estaría contando el cuento –presumió.

-¿Y mi jeep?

-Allá está...tuve que ir a buscar la yunta de bueyes que usa en el catango* el paisano Canquel* para poder sacarlo...¡usté ni se enteró, se la pasó durmiendo...!.

-¿Cómo durmiendo?

-¡Un día entero!...desde que lo cinché del agua hasta ahora que está despertando... Pa¢ mí que cuando el agua lo arrastró se golpeó la cabeza con una piedra del fondo –conjeturó.

-Recuerdo que el agua me llevaba...Después no sé qué pasó...

-Ese ramillón* que tiene en la cara seguro que es donde se pegó con la piedra! Si esperaba un poco para pasar no se lo llevaba la correntada. Ya para la tardecita el arroyo había bajado mucho...Fue una macana cruzarlo cuando venía hasta la jeta! –sentenció el gaucho.

 

Al regresar de la cordillera, el Land Rover detuvo la marcha ante el lecho desnudo del Fénix Chico. Esquivado por la huella marcada en el cauce un mogote de lava porosa parecía calmar su antigua sed volcánica, bebiéndose ese hilo de plomo líquido que a esa hora teñían los nublados.

 

CHARLIE

 

El Land Rover hizo un alto en su andar para que abrieran la última tranquera. Apenas dejaron atrás la suave pendiente por donde se trepa a lo más alto de las lomadas, la blanca figura del casco de la Estancia Flecha Negra asomó su clara hechura contra el fondo pardusco del paisaje. Era el cuarto viaje a ese escondido territorio que habitaba Carlos Melillán* , entre La Manchuria y Bajo Caracoles. En anteriores oportunidades había resultado inútil todo esfuerzo por encontrarlo. Se las arreglaba para desaparecer apenas amanecía y regresar al atardecer, con ánimo de comer algo y descansar para enfrentar la venidera jornada. Intentaron sacarle alguna palabra mientras el paisano comía con la mirada fija en un abollado plato de aluminio.

-No... de eso entendía mi abuela –contestaba en voz apenas audible, refrendada por una risita breve.

-Sí... algo sabía... pero me olvidé...

-¿Hay chenques por aquí, don Carlos?

-...

 

Pero esta vez las cosas fueron diferentes. Parecía que esta vez estaba interesado por la curiosidad de los puebleros y hasta invitó a uno de ellos a compartir las faenas del campo. Cuando despertó aquella mañana el indio lo estaba esperando con los caballos ensillados.

Anduvieron en silencio, subiendo y bajando por esos campos quebrados sembrados de mogotes de roca volcánica, vomitados por la furia de los dioses en remotos tiempos. A veces el caballo pisaba alguna mata de té pampa* . Un olor silvestre se trepaba entonces por las patas del animal, sahumándolo al jinete. Pero era un instante. Después todo volvía a tener esa obsesiva intemperie de tierra olvidada, de soledad sin límites, de dolorosos silencios remecidos por temporales.

Era casi el mediodía cuando el mapuche indicó un sitio para acampar. Ataron las cabalgaduras a una mata y en cuclillas comieron al reparo del viento.

¿Cómo se llama aquella plantita?

-¿Cuál?... ¿esa?

-Sí.

-En castilla le dicen Quilimbay* ... en toelcho* le llamaban tratráquich...y en paisano... ¿cómo era?... ¡Ah! Ya me acuerdo... trallao... así la nombraban... trallao.

-¿Por qué le dicen Charlie?

-Acá me dicen... Así me puso el hijo del patrón... sí...

-¿Y es cierto que sabe hablar inglés?

-No... hablar no... entiendo si me hablan... claro...

-¿Y dónde aprendió?

-Trabajando en la isla...

-¿En Tierra del Fuego?

-Sí... Allá todos los dueños de estancias eran gringos... hablaban puro inglé... Yo trabajé como veinticinco años... imaginesé...

-¿Y es difícil?

-Es parecido al mapuche... digo yo...

-¿En qué se parecen?

-Cómo le dijera... en paisano se dice P’lán ruca, que quiere decir blanca casa...no como en castilla que decimos casa blanca... al revés... por eso digo que es parecido...

 

Volvieron con unas ovejas que encontraron en un bajo montoso cuando el sol colgaba sobre el cielo rojizo del oeste su dorada moneda. Con dificultad desmontó el pueblero entre las risas y comentarios de la peonada reunida y con el caminar de un anciano se dirigió al comedor. Contestando con monosílabos respondió a las preguntas sobre la cabalgata y antes que los demás terminaran de cenar se levantó y se fue a dormir.

 

Mientras el jeep desandaba el duro camino el conductor no dejaba de pensar en las últimas palabras del indio...

-¿Así que usté quiere aprender a hablar en paisano? ¡Mejor aprenda primero inglé que es más fácil... digo yo... !.

 

 

PEQUEÑO VOCABULARIO

DE TÉRMINOS POCO USADOS

O CONOCIDOS

 

Cachirulo: Término con el que se designaba a cualquier vehículo a motor en el campo patagónico.

 

Camaricún: También Camaruco. Ceremonia religiosa del pueblo mapuche.

 

Canquel: Palabra mapuche, sig: "atravesado".

 

"Cargar": Modificar con artilugios la natural estructura de la taba para hacer trampas en el juego.

 

Catango: Carro pequeño, típico de la comarca andina, con 2 ruedas hechas con rollizos de madera, de una sola vara y tirado por un yunta de bueyes.

 

Cojinillo: Arg. Manta pequeña de lana o hilo que se coloca encima del lomillo del recado de montar.

 

Comparsa: Nombre que le suele dar en la Patagonia a los grupos de esquiladores que recorren las estancias para la zafra lanera.

 

Crisálida: Estado larval de los insectos.

 

Chelforó o elelforó: Voz mapuche. Sig.: lugar donde hay huesos o sepulturas. Vocablo más apropiado que chenque, para denominar a los enterratorios indios.

 

Chenque: Lugar donde los aborígenes patagónicos enterraban sus muertos.

 

Derrubio: Tierra que cae o se desmorona. Depósito de sedimentos producidos por deslizamientos de laderas de montañas o en las orillas de ríos o mares.

 

Empacao: Dícese del animal acorralado por los perros, de modo especial el puma.

 

Gavilán: Cada uno de los hierros que forman la cruz y que separan la empuñadura de la hoja en espadas o facones.

 

"Juan": Manera fabulosa de nombrar al zorro en algunos lugares de América. Seguramente legado cultural llegado con la conquista.

 

Lancoche: Calavera. Voz mapuche compuesta por lonco=cabeza y che=gente.

 

Machorra: Hembra estéril.

 

Manquepán: Voz mapuche compuesta por manque=cóndor y pangui=puma.

 

Melillán: Voz mapuche compuesta por meli=cuatro y llanca=cuentas de collar.

 

Mercachifle: Vendedor ambulante que recorre ofreciendo su mercancía a pequeños poblados y estancias de la Patagonia.

 

Millalonco: Voz mapuche. Sig.: milla=oro y lonco=cabeza.

 

Molina Campos, Florencio: (1890-1959). Dibujante argentino que popularizó las costumbres propias del gaucho de la llanura pampeana.

 

Picadero: Lugares donde se encuentran restos de industrias líticas. (lascas).

 

Piche: (Zaedyus pichi). Armadillo. Única especie de este género típica de la Patagonia.

 

Quilimbay: (Chuquiraga avellanedae). Arbusto que alcanza mediana altura, muy resinoso (arde verde) de hojas pequeñas terminadas en espinas.

 

Quillango: Arg. Manta de pieles cosidas, especialmente de guanacos, aunque existen realizadas con cueros de otros animales.

 

Quimeyhue: Voz mapuche compuesta por quimey=hermoso, lindo y hue, partícula que pospuesta significa sitio o lugar.

 

Ramillón: Marca hecha en la piel con aspecto de haber sido provocada por el raspar de una rama.

 

Retobar: Arg. Forrar o cubrir con cuero. Ejemplo: boleadoras, mates y cabos de rebenques.

 

Té pampa: Pequeña planta de algunas regiones patagónicas, muy olorosa, usada en la medicina campesina.

 

Toelcho: Deformación del término tehuelche.

 

Tumbiador: de "tumba", trozo de carne de capón o vacuno que en guiso o puchero, forma parte del menú del hombre de campo. Dícese de quién va de estancia en estancia "tumbiando" sin interesarse por trabajar.

 

Trutruca: Voz mapuche. Instrumento musical sagrado empleado en las rogativas , parecido al erque.

 

Verijero: Cuchillo de porte mediano que el criollo lleva en la cintura, sostenido por la faja o el cinto, a la altura de la ingle.

 

Zaino: Animal equino de pelaje castaño oscuro, sin otro color.

 

 

 

 

 

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©  Temakel. Por Esteban Ierardo