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PROSAS
POÉTICAS
Por Esteban Ierardo
EL
OTRO SALTO
El sol no está lejos. Quizá
por eso no puedo escapar de las llamas. Y digo: no
congelaré las antorchas que hay en mis hombros. Quiero
la gran cima. La nube alta, donde llegar con mis flechas. Quiero
la altura difícil donde extender mis cabellos. Hay en
mi frente viento y aguas profundas.
Y deambulo por calles, entre los edificios y la indiferencia.
Las fogatas del amanecer siempre están lejos de aquí.
Las estrellas no hablan aquí, sobre las paredes y sus
sombras. No es aquí el grito espumoso del mar.
En mi hogar no brillan
leopardos. Ni hierve la cabeza de un cometa.
Pero en la ciudad ardo.
¿Hasta cuándo lucharé contra los acantilados de hielo?
¿Hasta cuándo recordaré lo que perdemos?
En una noche de lluvia, me siento en la urbe, junto a
una avenida, y a un tigre. Un felino inventado por ebrios
pinceles de la imaginación.
Poso
una de mis manos sobre sus rayas. Y recuerdo. Como tantas
veces.
Recuerdo,
entre el rumor de las fogatas, lo que hemos perdido. Eso
que perdemos lo veo hoy bajo la forma de un hombre solitario,
que se aleja y empequeñece, entre la bruma húmeda de la
lluvia.
Allí,
deambula el Hombre de la Pérdida; el habitante callado
de la soledad. Él
se aleja resignado. Lleva lo que hemos perdido. Meditabundo,
silencioso, junto al recóndito tigre, veo lo que perdemos.
¿Por
qué hemos perdido los sentimientos nobles, el poder de
la entrega, el amar sin esperar ninguna recompensa?
Ya no es ningún sacrificio por la dignidad de la nación
ni por el brillo de los otros. Sepultada es la mirada
que perciba una hoja, el mar o la belleza de la mujer
desnuda entre la luz y la niebla.
Advierto
cadenas enmohecidas que se descuelgan desde algún quebrantado
reino entre las nubes y que crujen al desplomarse cerca
del Hombre de la pérdida. Que deambula ensimismado entre
cofres desvencijados que antes contuvieron muérdagos y
brebajes de lunas inmortales.
Y sigo padeciendo el resquemor por lo extraviado. Padezco
la áspera ruptura de
la escalera que lleva desde el polvo hasta el cielo. Extraño el
galope hasta los árboles más antiguos y profundos, o la
aspiración del viento nuevo de la mañana. Esa brisa fresca
de las primeras horas del día, en las que dioses olvidados
cabalgan entre girasoles y halcones.
¿Por
qué hemos perdido incluso la angustia por tanta pérdida?
En otros tiempos, no era tan vasto lo perdido.
Eran esos tiempos en lo que grité en las batallas. O canté
con torbellinos de colores. O corrí hacia lo alto de campanarios
para allí agitar las campanas.
Y celebrar.
Venerar.
Ahora sé que debo sangrar la angustia por lo perdido.
Pero no debo abandonar el tigre. Que salta en lo bello.
En la belleza profunda que regresa.
La belleza es enigma. Lo
más bello son los enigmas.
Allí
regresa el bello enigma sobre el desierto; sobre el cuerpo
y sus órganos; sobre las anaranjadas nubes del ocaso.
La banalidad y la estupidez humana terminan con la muerte.
Pero el bello enigma seguirá. Y cubrirá nuestras heridas
y las tumbas, con nuevo follaje de la tierra.
Junto al tigre puedo correr sin ningún temor. Entre bruscas
palpitaciones y torrentes de sudor puedo avanzar y escuchar
los rumores de lo perdido.
Curioso es el poder de la mente y el cuerpo sensible que
aún puede rodar sobre las tierras y espíritus lejanos.
Mi voluntad lo dispone, y con el temblor que nubla mis
ojos, pienso, y me impregno con lo pensado al correr.
En la carrera pensante traspaso castillos donde, entre
viejos brillos lánguidos, las armaduras se resquebrajan.
Sí, lo reconozco: se ha disecado la gloria caballeresca.
Traspaso los edificios de tecnologías sofisticadas, las
paredes con muchos ornamentos y pantallas, las residencias
con fachadas esplendentes y piscinas atestadas de cloro
y de resplandores chillones. Allí, las fieras adineradas
aúllan y ostentan, pero gimen en el secreto de sus alcobas
al recordar la muerte y el cansancio por tanto acumular.
Traspaso las reuniones de las familias y las amistades.
Aquí, los labios deben esbozar una constante sonrisa.
Las palabras deben propalar continuos augurios propicios,
felicidades, buenos deseos. Y, antes de salir brioso por
una ventana hacia algún bosque sin seres engañosos, veo
a alguien abrumado por tanto fingir, mientras acomoda
la máscara de su sonrisa sobre un piso de madera. Anhela
un cuerpo liberado de toda costumbre impuesta. Quiere
sonreír como los caballos salvajes de las praderas.
Traspaso los ejércitos de los resignados a ser opacos
espejos que reflejan sombras. Si cada hombre que pierde
su autenticidad arrojará un vomito de azufre y oscuridad,
el planeta sería noche sin fin y un enloquecido hervidero
de lamento.
En los ocasos, traspaso los cementerios, y corro y atravieso
desérticas bibliotecas, estatuas no veneradas de héroes
y santos, las academias y agencias donde se enseña el
arte de la venta mentirosa.
Y concluyo la carrera. Entre las ciudades y los días civilizados
sigue el viejo aire, el enigma, la materia sembrada de
dioses, los senderos sutiles que conducen hacia indestructibles
candelabros.
Y, aquí, en la urbe, ruge la cultura que pierde la entraña
del espacio misterioso. Y no lamenta esa pérdida.
Entre la tierra de los girasoles sagrados y la civilización
dormida brota el abismo. Que también es un puente. Y es
preciso habitar el puente. Se lo habita al saltar.
Y la lluvia aún sigue. La bruma aún extiende sus melenas
neblinosas sobre la ciudad. Mi ciudad.
El tigre, ágil, ya avanza entre las gotas y un puente.
Volverá a saltar.
Yo también lo haré.
EL
BÚHO EN EL BOSQUE NOCTURNO
El
cielo ama al bosque. Entre los árboles, deambulan serpientes
extrañas. Ellas abren pequeñas ventanas entre la hojarasca.
Al abrirse estas aberturas se muestra lo que es: cada
cosa es un candelabro humeante.
Con voz silenciosa llaman los árboles a la niebla. La
suave piel neblinosa acaricia las superficies de la vida.
En la fantasmagórica atmósfera de la floresta, piensa
un pensador no humano. El búho piensa con inquisitiva
profundidad. Su meditabunda presencia convierte al bosque
en un santuario de ramas y follaje.
Con su mirada vivaz, quema la corteza de lo secreto. Y
lo escondido brota entonces y humedece las hojas y el
aire nocturno.
Escucha cerca el pájaro, violines que no son humanos.
Esos violines que crean su música desde las raíces que
no terminan en ningún sitio.
Los hombres no advierten la peregrinación que ocurre en
el bosque nocturno. El pájaro, con centellas como ojos,
recibe en la noche la visita de cada planta, insecto o
animal. Bajo los brazos opalinos de la luna, van hasta
el altar del búho el castor. La hierba. Los escarabajos.
Las cornejas. El lobo. Vienen los vientos que soplan entre
todos los peldaños del tiempo y cada poro del espacio.
Todos se acercan al búho. Peregrinan los numerosos seres
y los elementos para ver por un instante a través de su
mirada hechicera.
Sólo lo que se funde con el ojo del ave, se acercará y
entenderá las alejadas fuentes de lo vivo.
En las noches de la historia muy pocos humanos han peregrinado
hasta el altar del búho. Quizá ya casi ninguno lo haga
en el mundo de las fiebres electrónicas.
Entre arroyos, piedras y ramas, la arrogancia humana ni
siquiera es un chasquido. En el reino vegetal, libre de
la pisada de los hombres, vibran las conciencias despiertas.
Despiertos están los seres y las formas entre los senderos
del bosque.
En la expresión del búho aúlla la claridad del comprender.
Pero la civilización y la razón negarán siempre la clarividencia
del ave.
En las vidrieras escudriño una presencia que proyecta
la lejana madera de los bosques. Quiero poseer ojos animales.
Quiero peregrinar hacia el pájaro de los ojos sabios.
Sobre los pulidos cristales de escaparates descubro las
pupilas que relumbran. Desde el búho que parpadea en el
vidrio veo a tres hombres que duermen sobre piedras y
cables. Desde largos siglos, su ininterrumpido dormitar
les impide recordar a la primera mujer, a la gran fuerza
despierta que parió a los humanos y a las polifonías de
la existencia múltiple.
Mediante los ojos del cercano búho, mediante el bosque
nocturno, traspaso las cárceles cotidianas. Recorro muchos
anillos donde casi todos duermen. En el centro de los
redondeles fluyen las aguas más profundas, las palabras
olvidadas cuya pronunciación creó las primeras figuras.
En el centro sigue despierta la niebla que abraza las
maderas.
Es de noche, y desde las cuatro direcciones del gran espacio,
acuden en peregrinación los seres y los elementos.
Peregrinan hacia los ojos del búho.
La
mirada del pájaro los guía hacia la tierra. Donde todo
es un candelabro.
VIRGILIO
Hay muchas voces en el Coliseo. Gritan muchas gargantas
en la batalla. Declaman muchos oradores en el Senado.
Corren muchas palabras entre los labios romanos. Se elevan
hacia las nubes muchas invocaciones sacerdotales. Muchas
sibilas murmuran en secreto. Muchas espadas despedazan
los escudos enemigos.
Pero aquí sólo deambula una voz. El siseo del ulular del
viento. El trinar de los pájaros, ebrios de ramas y cielo.
Aquí, el leve chasquido de tus pies sobre el suelo dibuja
un claro en tus oídos, Virgilio.
Desde
el templo de Apolo, Augusto contempla tu quietud. Desde
el Ara Pacis Agustae, Deméter envía el
trigo esmaltado de oro. Sin que tú aún lo supieras, ya
en la Cartago de Dido, Eneas presentía las gotas de eternidad
de tus palabras.
Y
un búho mira dos rocas. Las piedras sueñan en la madera
de un bosque. Los árboles desean que el cielo se empape
en los arroyos.
Muchos deseos y sueños te esperan. La vida múltiple sabe
que hoy escucharás. Hoy escucharás finalmente.
La noche escapará. Y te llevará hacia el origen.
Pero
necesitas llaves para escuchar. Todo hombre es una presencia
imposible. Que trae una llave para abrir los cerrojos
de una visión. En un rostro se acomodan las líneas de
una llave, que levanta ventanas en muros de granito.
Dárdano, el padre de la estirpe latina de Eneas, pudo
no haber sido. Pero extrañamente existe. Como todo lo
que existe.
Dárdano sale de la sombra exhalada por un árbol. Es el
primer nacido desde la raíz, desde la humedad telúrica,
desde el suelo fértil. Es el primigenio vástago de la
terrae progenies, es el hijo primero de
la Saturnia tellus, de la tierra italiana.
Y Dárdano arroja su llave sobre la hojarasca, en el bosque,
entre gramíneas y bellotas.
En las mañanas numerosas que siguen a Dárdano nace Eneas,
el que conoció las lanzas partidas de Troya. En la oscuridad
del Hades, Anquises, su padre, le reveló la futura águila
triunfante de Roma, y el poder universal de Júpiter que,
igual que los hombres, debe aceptar el hado o destino.
Y Eneas después llega a Italia. Blande su espada en el
Lacio, en la tierra latina recorrida por la líquida voz
del Tíber.
Luego, es Rómulo, Roma, la estirpe romana. Y las batallas
que vomitan mucho coraje y horror. La ira guerrera romana
crea las columnas, los templos, las casas y las ciudades.
El orgullo romano ambiciona la victoria inacabable, incesante,
de los estandartes de Marte.
Pero Roma no es sólo un sol arrogante, el águila combativa
y cruel que esquilma los países subyugados. Es
también la tierra. Los frutos de la Madre. Los hijos que
a veces olvidan que la vida es un regalo del vientre materno.
Pero tú no corres peligro. Aún respiras con la fuerza
de la firme tierra; aún te hechiza la cercanía del río
y la madera. Y sabes que en Ella, en la Madre, escucharás
algo que todavía no escuchas.
Augusto está ya impaciente. Te espera junto a Mecenas,
a los sacerdotes y al águila triunfante. Desea que digas.
No que escuches. Desea que digas, con sonora palabra de
miel, que Júpiter entrega a Roma el dominio eterno sobre
todos los seres y sobre la propia Madre. Esperas que repitas
el elogio de la vida campestre.
El pan y la leche alimentan a los cuerpos robustos para
que, enérgicos, muevan los arados. Al comienzo, el romano
labraba a la Madre con esfuerzo y respeto. El trabajo
sobre los surcos creaba la nobleza del espíritu. Así,
el hijo de Roma, se forjaba como ser noble y austero.
Catón, en su Tratado sobre la agricultura,
y tú, en las Geórgicas y Bucólicas,
ponderan la labranza, las faenas agrícolas, el trabajo
sobre la tierra que ennoblece. Pero todo aquello Roma
luego lo perdió. El romano acumuló las tierras, los objetos,
se benefició del comercio. Ya no trabajó. Se convirtió
en parásito cortesano. Cuando las manos pierden el contacto
con el suelo, el espíritu se despeña en un ocio
envenenado.
Y ya el surco labrado quiere decirte algo, que el trono
y los colegios sacerdotales nunca entenderán. Nunca escucharán...
Lentos, tus pies recorren la tierra arada. Tus cabellos
flotan entre los silbidos del viento. El calor del sol
amaina. El frescor de los últimos frutos de las cosechas,
el grácil vaivén de las espigas de trigo, danzan entre
la sucesión de los días y las noches.
El verano guarda su viento caliente en las espaldas del
sol. Desaparece el vivo azul. Ahora, muchas nubes grises
barnizan el cielo. Los fríos ojos del invierno exudan
meditabundas melancolías.
Piensa
la tarde del invierno.
Piensa
la nieve, la lluvia de copos desde el alto misterio.
Leen
los árboles los pensamientos que caen desde el firmamento.
Una serena melancolía bulle entonces por los valles de
tus párpados. Sólo hay que escuchar...
¿Cuándo escucharás? ¿Lo que hay que escuchar vive entre
el rumor de muchas llaves? Detrás de los árboles, desde
cercanos muros de ramas y neblina, vienen los hombres
y mujeres que no tienen número. Cada uno trae su llave.
Cada uno vivió para justificar su llave. Que abrirá alguna
vez lo velado.
Pasan los muchos seres antes los sensibles cristales de
tus ojos. Dejan sobre la nieve las llaves. Que son muchas.
Que no son un número. Alguna vez, abrirán los cerrojos.
Y dejarán a unos oídos escuchar, entender.
Entre la nieve y los árboles, entre la melancolía pensante
del invierno, está cerca lo velado.
Lo velado: las razones secretas de la historia,
siempre sofocadas de dolor.
¿Por qué la tierra debe tolerar al hombre que no percibe
ningún misterio?
Y deben ser los suelos testigos del humano que explota,
mata, y engaña; de ese que quiere el oro, sólo para que
brille su estatura pequeña. La
pradera soporta a quienes aplastan las magnolias y destruyen
lo digno. La tierra florecida de árboles absorbe las sombras
de los asesinos de los bosques, o las suciedades del progreso
que enferman las aguas.
¿Por qué la tierra debe soportar sobre su piel al arrogante
dragón de las ciudades o el paso de los que nunca venerarán
el sol o la hierba?
Las respuestas están veladas. La tierra que sufre calla.
Y
la nieve tapiza todas las llaves. El viento detiene sus
caballos. El bosque está en silencio. Las gotas blancas
se encastran en las manos del suelo. Los árboles piensan.
No interrumpen su pensar.
La tarde quiere que la melancolía sea eterna.
Y una loba excava la nieve. Ya sabes lo que busca.
Ya sabes que cuando lo que está oculto en la tierra hable,
tus oídos, Virgilio, serán los primeros en escuchar.
LA
DECISIÓN DEL HONOR
En la ciudad, la mujer sufre un ser que quema su vientre.
Un hijo que se acerca. La madre gime cuando la tarde es
diáfana; pero, poco después, nace en el firmamento un
caos de rayos.
Aúlla la tormenta. Entre el enojo de la atmósfera, palomas
misteriosas sobrevuelan tres veces un campanario. Nace
el nuevo ser. Anfiarao. Que crece con un brillo secreto
en la frente. Sus piernas podrían subir las escaleras
conocidas, ya recorridas muchas veces. Pero Anfiarao escucha
otra música. Músicas de cumbres altas y cuerdas extendidas
hacia las doradas torres de la aurora. Sin entender, seguirá
el sonido de un tambor diferente.
Y Anfiararo crece. En el centro de las cosas, descubre
un color extraño, que no ven quienes lo rodean. Camina
por un sendero sin visitantes. Una calle solitaria donde
se arremolinan las músicas y los colores desconocidos.
Y Anfiarao irradia una belleza magnética. Su mirada es
incisiva, su porte principesco, aunque vista ropas discretas.
Y en un cruce de calles, en pleno mediodía, entre tumultos
de automóviles y personas, flota el murciélago. Que no
pierde tiempo para asegurarle a Anfiarao: "Si subes
la escalera que casi todos suben, Anfiarao, sin dudas
conseguirás riqueza, el reconocimiento de la mayoría,
una familia protectora, un hogar de fachada llamativa."
Pero Anfiarao elige la calle solitaria. Allí, escucha
bosques lejanos, el enigma que hierve en las aves del
cielo y las creaturas de la tierra. En el camino abandonado
escucha el crepitar de una hoguera que alumbra el rostro
de los antepasados y de los antiguos ritos. Escucha teclas
de órganos que ángeles llameantes tocan con manos empapadas
de barro. "En seguir este sendero está el honor.",
escucha Anfiarao esta sentencia por primera vez. La nereida
de una fuente es quien la pronuncia.
Anfiarao contempla la estatua de la antiquísima deidad
mitológica. Advierte la quietud y mudez de sus labios.
Pero la lógica retrocede desmembrada. Y Anfiarao escucha
nuevamente el decir de la mujer: "En la calle solitaria,
no en la escalera concurrida, está el honor. El murciélago
se equivoca".
El arroyo del tiempo devora muchos días, sucesivos años.
Anfiarao no deja de escuchar. Es fiel. No extraña la escalera
de la multitud. Pero, a veces, el látigo de la soledad
desgarra demasiado su piel. Es un destino trágico ver
siempre un color que casi nadie ve.
Algunos sospechan la rareza de Anfiarao. Y le demandan
explicar su exceso de independencia y singularidad. Nunca
serán suficientes sus excusas; nunca serán convincentes
las explicaciones. Por eso, acude al ardid de disfrazarse
con actitudes triviales para atenuar el sobresalto que
provocan sus caminatas entre las hierbas profundas.
Mucha piel hay que entregar para ser fiel al camino antiguo.
A veces, Anfiarao siente que pierde demasiada sangre.
Entonces, debe regresar a la solitaria calle para arrodillarse
e invocar una fuerza grande. Luego, acaricia el filo de
su espada y entre el metal duro y el cielo abierto retumba
la certeza, la íntima voz de la nereida:
"Escucha la
única fuerza, el único sol que te hará seguir tu honor."
Y regresa Anfiarao a la urbe de las escaleras colmadas,
donde todos quieren subir para brillar y ser aplaudidos.
Y Anfiarao dice lo otro, lo lejano, lo olvidado. Pero
ríe después. Se disfraza con las vestiduras del payaso
para que no se lo tome demasiado en serio.
Y con creciente insistencia, medita en el sentido del
sacrificio. Y allí encuentra a Esteban mártir, a Juana
de Arco, a Giordano Bruno. Sospecha oscuramente que el
sacrificio no exige la muerte explícita del cuerpo. ¿Cuál
podrá ser el verdadero sacrificio entonces?
Con más frecuencia, para renovar su fuerza, para renovar
su fidelidad a las corrientes hondas, regresa a la calle
solitaria. Allí, imagina una ciudad invadida por dioses
pensativos y creadores; imagina niños que conferencian
con escarabajos y a hormigas que ruedan por los ásperos
bordes de adoquines. Imagina el aliento fétido del poder.
Los átomos que frotan lo vacío. La tecnología contradictoria,
la de magia y hechizos, y la de la velocidad sin pensamiento.
Y Anfiarao visita un gran río que cabrillea frente a la
ciudad. Contempla largamente las aguas. Hasta que una
diosa fluvial emerge con un escudo. "Aquí está tu
escudo", asegura la diosa, "cúbrelo con las
imágenes y símbolos que quieras". Anfiarao toma el
presente, pero no estampa sobre él ninguna imagen pretenciosa.
Él quiere ser, no representar.
Y Anfiarao elige finalmente una estrategia para atravesar
la ciudad de las escaleras muy frecuentadas. Se
cubre con la toga profesoral. Las instituciones sólo quieren
que se enseñe tramas ordenadas, conocimientos quietos,
sistemas de inofensivas relojerías conceptuales. Pero
él dice entre líneas. Habla de una gran luz con expresiones
oblicuas. De todos modos, el murciélago rápido entiende.
Persigue a veces al solitario que dice lo extraño. Lo
ataca con ahínco. Su escudo es insuficiente para protegerlo.
Recibe muchas heridas.
Pero en la calle solitaria, manos de diosas
tejedoras cierran las cortaduras sanguinolentas. A pesar
de todas las lesiones, Anfiarao debe seguir. La fidelidad,
el honor, se lo exigen.
Y Afiarao medita cerca de semáforos o dentro de los trenes.
Medita entre laberintos de pantallas que multiplican
efímeras novedades anémicas. El tiempo de lo fugaz y frívolo
quieren envenenar el enigma, intoxicarlo con sobredosis
de estupidez. Pero como liebre blanca y ligera, escapa
lo enigmático. Escapa el enigma. Siempre conserva su pureza
intocada.
Y corre a veces Anfiarao con los niños bajo la lluvia.
Que como él serán llamados por la calle solitaria, y verán
un color más. Un color diferente.
Y
el murciélago temen las flores que Anfiarao cultiva. La
ciega ave nocturna sueña con la final sangría del
solitario. Pero, en la calle solitaria, Anfiarao, encuentra
a las ninfas y diosas que curan las heridas. Y disfruta
allí con la contemplación de nubes de melenas naranjas
que descienden y susurran cosas secretas.
El solitario escucha el bello rumor del agua de una fuente.
Cerca, las multitudes marchan con veloz indiferencia
hacia el estómago de los pulpos donde se debe trazar con
tesón el olvido de todo lo divino. Y entonces en la fuente
asoma la nereida, que le revela a Anfiarao:
"Pronto
llegará la gran prueba; pronto llegará la hora de comprender
qué es el sacrificio".
Y en noches despejadas, Anfiarao ve a Pegaso cabalgar
entre la luna y los flamígeros círculos de las estrellas.
Ve campanarios decorados con flores y barnizados con miel,
que roza a su paso el mágico corcel.
Y el murciélago brota del reflejo de una luz de neón sobre
una ancha vidriera. Y Anfiarao siente que más dagas persiguen
su cuello. Más hielo y escombros se empantanan en su pecho.
Más dolor vomita el agua pura que baña sus pies.
"Debo volver a la calle solitaria, donde las secretas
diosas curen de nuevo las heridas que se abren",
se dice a sí mismo Anfiarao mientras busca volver a la
calle de un viejo poder sagrado. Camina por laberintos
de veredas. No encuentra lo que busca. El murciélago lo
confunde. Cambia el nombre de las sendas urbanas. Las
palabras ya no se corresponden a lo que es. Al no poder
decir lo que hay, el hombre se pierde. Anfiarao no encuentra
ya ninguna calle especial. Ningún sitio secreto de renovación.
"Ningún lugar podrá protegerte y renovarte ya",
le advierte la nereida de la fuente. "Solo, definitivamente
solo, tendrás que avanzar con una sombra del cielo entre
las manos. ¿Aún así seguirás? ¿Aun así seguirás recordando
algo grande y misterioso entre los edificios y la indiferencia?
¿Estarás dispuesto a sacrificarte para que el recuerdo
de algo más grande sea?
Anfiarao suda. Medita en el peso de la sombra del cielo.
Esa paradójica mancha de follaje luminoso que se le hunde
en los hombros y el rostro.
"¿Y aun así seguirás? ¿Seguirás?", pregunta
la nereida.
¿Y aun así seguirás? ¿Seguirás?", pregunta el murciélago
que aletea entre leves fulgores de cristales.
"Ya olvida el cielo y lo extraño. Ve a la escalera
concurrida. Allí te protegerán. Allí no temblarás. ¡Ve!
¡Ve, ya!", aúlla el animal sin visión.
Anfiarao contempla el azul profundo de la noche. Alza
su escudo, desnudo, sin emblemas. Anda otra vez cerca
de las tersuras flotantes del agua, de las flautas silbantes
del viento. Y de algunos sonidos secretos.
Con decisión, camina lejos de las escaleras concurridas.
En el desierto frío le queda el fuego del recordar. Le
queda el escudo que no engaña. Y el honor que sobrevive
en su rostro.
LA
GRAN COLMENA
La tarde es calurosa. A través de una ventana, llegan
hasta mi piel los estiletazos del sol. Y medito y sudo.
Agua caliente mana de mi soledad. Acaso una fiebre coloniza
mi frente. Los relojes engullen el tiempo y, más que nunca,
las paredes son para mí una geometría rectangular y opresiva.
Cerca,
me hablan los libros de una biblioteca. Cantan, gritan,
susurran las escrituras entre letras estranguladas. Entre
líneas de oraciones y renglones, se contonea un espacio.
Un volumen que se expande. Allí, se recorta la orgullosa
cima de una montaña. La cumbre rasga una nube de
cobalto en un cielo de uvas y crepúsculo.
Allí, entre las líneas de una narración, más sudor pinta
con hormigas calientes mis brazos. Sé que dentro de las
paredes estáticas estoy muy lejos de los jabalíes
libres y las salvajes melenas del aire.
Nuevo y creciente sudor calienta y disgrega mis músculos.
Las fronteras del cuerpo colapsan. Empiezo a escuchar
un reloj movido por un tiempo mucho más antiguo. Un tiempo
donde peregrinos arreboles tornasolados cabalgan por el
ocaso. Empiezo a contemplar a Ella, a la noche, a la luna
que brilla como hace millones de años. Y sé también que,
bajo las selvas de las luces nocturnas, cerca, está el
mar, el mar de antaño.
Y luego regresa el sol. Vuelve a brillar la bóveda diurna
y azulada. Y el
grillo regala su voz a húmedos pajonales. Desde
lejos, el viento acerca nuevos granos de frescor.
Y escucho ya las olas de la cercana costa del mar. Buscan
mis piernas un acantilado donde meditar.
Es mediodía. El sol entona su himno de fuego. Contemplo
y padezco la lejanía. El viento sopla festoneado con humedades
del océano y de la mañana.
Especulo que, en las alturas del cielo, nunca germinan
las semillas del miedo. Allí, en lo alto, acaso ninguna
nube, ningún pájaro, temen a la muerte o a una vida contaminada
por el error.
¿Qué estructuras gramaticales compondrán el lenguaje mediante
el cual la cúpula celeste piensa? ¿Acaso las principales
reglas gramaticales son las corrientes recias de viento,
las ebrias cabalgatas de las nubes o los cambiantes reflejos
de las luces del sol y la luna?
Hay un verbo profundo que no alcanzo a imaginar. Hay una
secreta colmena, una miel impensable que se disimula en
la superficie de los cuerpos. Hay una más allá que debo
atravesar para acercarme a la gran colmena.
¿Cuál es el más allá que tendría que explorar? Es el más
allá de los senos de la tierra fértil. El más allá de
las montañas. El volcán. El bosque. La gacela. El polvo.
El caballo en la pradera de luz. El más allá de la fogata
y el cazador. Los sembrados y las cuevas. El escarabajo
en los desiertos. El glacial y las hachas de frío. El
jaguar en las hogueras verdes de la selva. El más allá
de los muertos por las manos del hombre.
Acaso
debería caminar por un sendero oscuro, bajo una feérica
luz de luna. Con un trémulo candil podría acercarme al
cristal del misterio que gime en el centro de los cerebros.
Tendría que forjarme entonces un pensamiento de la
distancia. Un poder evocar lo más remoto y golpear
las puertas de una gran revelación. Quizá, en las espaldas
de un agujero negro, esté la ranura por la que entrever
la colmena de la que mana toda la miel, la saludable y
la venenosa.
Quizá
debería extirpar de mis oídos las polifonías del mundo
y sólo escuchar un silencio. Quizá debería liberarme de
toma forma y de la materia, y entregar mi espíritu hacia
una nada lejana, hacia el más allá y la gran colmena.
Pero siento que la distancia más extrema viajó hasta lo
finito en el primer segundo del tiempo. Y llegó a esta
costa del mar que ahora pronuncia las canciones melodiosas
de las olas.
Desde aquel primer instante, enigmático, el más allá endulza
lo próximo.
Muchos
hombres no perciben que las abejas de la gran colmena
liban su néctar en todas partes. En lo más cercano.
Y la playa murmura en derredor de mis pies.
El océano exhala dulces zumbidos.
En la coraza de un cangrejo, acaricio la miel remota.
EL
DESCUBRIMIENTO
Agua.
Largo líquido. Olas. El mar. Divinidad ancha de sal. El
baile espumoso que humedece las costas, el puerto y el
fondeadero donde relumbran las naves.
La
madera del casco de los barcos ha olvidado ya la raíz
de los árboles que alguna vez fue. Ha olvidado las verdes
melenas de las copas.
Un
rostro adusto se desplaza por cubierta. En un mapa mental,
el almirante revisa el camino a seguir.
Y los marinos preparan las velas. Una brisa con fragancias
salitrosas trae sonidos de playas lejanas, nunca visitadas
aún por ningún europeo. Saben que, en su incierto viaje,
estará ausente la cálida ternura de la mujer. No habrá,
en los días que vienen, la delicada hendidura femenina
que se entrega al hombre. No habrá un quieto lecho donde
dormir sin angustia. No habrá la misa dominical y su consuelo;
no habrá suelo de rocas seguras; no habrá ya certeza.
La única religión será la pasión para embestir. Embestir
sobre la ola amable ahora, o enardecida después. La única
oración o rezo será embestir sobre el mar que desprecia
los puertos y los espacios domesticados de los mapas.
Embestir será la religión. La única fe del descubridor.
Las
velas se hinchan lo suficiente. La gran aventura se inicia...
La
única verdad ahora es el agua, el sol y las tempestades,
las nubes, las lluvias y el ocaso; las estrellas y los
peces.
Y al agua habrá que someterla. Al agua que da el cuerpo,
la sangre fluida, la respiración vital. A la Madre Agua,
a la fuente, habrá que azotarla para que deje que una
nueva tierra emerja entre su espumosa piel. La única moral
es amenazar al mar. No mostrar miedo o desesperación.
Y arrastrar al océano, conmocionarlo y desgarrarlo para
que así las propias aguas quieran encontrar un continente,
una serena costa donde curar sus heridas.
Pero la nueva tierra no brota todavía en lontananza. Poco
a poco, en los ojos se acomoda la herrumbre de la desesperanza.
Derrumbados, los marinos sudan su amargura en las cubiertas.
El mar grita su condición divina. Se burla del azote de
las proas. No teme a las embestidas de los descubridores.
Para
sus adentros, el jefe de la expedición aprende a deponer
su pose erguida y orgullosa de conquista. Sufre en secreto
junto al palo mayor. Por el dorso escondido de su rostro,
corren los gusanos del miedo. Pero no debe romper su apariencia
de seguridad.
Siempre
lo entendió con claridad: no será arrojando puñales de
amenaza e intimidación sobre el mar como se llegará hasta
las playas deseadas. El hombre sólo conquista aquello
que el destino le concede. La música repetida del corazón
es un don, un misterioso obsequio de una realidad incomprensible.
Y también lo es la oportunidad de alcanzar las altas cumbres.
Y el Almirante ya lo sabe, lo sabe... Muy fuerte en la
madera tendrá que hundir sus rodillas. Porque allí está
la tierra. Allí está el agua que recibirán las pisadas
lentas y el reflejo de los labios que se arquean con el
signo de una sonrisa.
Y
los marinos desembarcan.
Por
sus mejillas ruedan las gotas que nacen de sus ojos nimbados
por la emoción.
Fláccidas, las rodillas se hunden en la arena. Los brazos
se alzan hasta las nubes. Aunque luego será el cañón,
el trueno y la cruz, ahora es el rostro de las lágrimas
agradecidas. La celebración por el viaje heroico. Por
el descubrimiento titánico. Ahora, sólo ahora, se postran
conmovidos los descubridores. Los conquistadores. Que
luego no tolerarán el blanco puro de las nubes que se
mecen sobre América.
ÁGUILA
CAÍDA
Entrevisiones
de Napoleón en el ocaso
Las aguas no saben. El viento que estira las velas no
sabe. El sol que labra campanarios de luz no lo sabe.
El jirón húmedo de la costa no lo sabe. Nadie sabe quién
es el hombre que arroja su amargura sobre cubierta. Ahora
sólo es un escombro solitario. Antes, fue un águila disfrazada
con un cuerpo humano.
El ave caída se inició en las tormentas de la guerra entre
las salvas de la artillería. Ahora quisiera que una bala
de cañón horadara una montaña y creara una cueva donde
ocultarse. Y donde olvidar y beber serenidad.
Y la nave atraviesa las olas indiferentes. En la proa,
al viejo pájaro desplomado le gusta imaginar que el horizonte
retrocede, asustado y respetuoso, ante él, el general
caído que escudriña el océano. Las aguas, el viento y
el sol, se comunican mediante un lenguaje inaudible para
el oído humano.
¿Qué podría sustraer al bronce áureo del sol, o a los
cascabeles susurrantes del viento, o a los penachos salados
del mar de su diálogo en el que lo humano no participa
ni es? ¿Acaso el recuerdo de los estruendos de las batallas
podrá exhalar un grito que le ordene a la Naturaleza escuchar,
ver y honrar al guerrero meditabundo?
El mucho fuego de los cañones no impresionan al búho de
los bosques. No conmueve tampoco al mar de los caballos
de espuma. Los alaridos de la carga, los quejidos dantescos
de los heridos, no inmutan a la tierra. No detienen ahora
tampoco al viento.
Antes, toda Europa temblaba bajo la mirada del guerrero.
Ahora, en la Isla de Santa Elena, el emperador orgulloso
tendrá como único dominio una diminuta casona, infectada
de ratas.
El tedio invade los días. Pasan las jornadas de sol. Pasan
los carnavales de estrellas y el ardor de la luna, mientras
el águila caída se ensombrece entre nubarrones de melancolía
y muchos puñales de hielo.
Antes fue Versalles, la pompas de las fiestas cortesanas,
el fasto de los palacios y los mobiliarios de destellos
aterciopelados. Ahora son las velas de una llama breve;
la chimenea de un pequeño fuego. Y los simulacros de una
corte desterrada, junto a Louis Marchan, el conde Jean
Tristan Mortolon; y Francesco Cipriani, el paisano del
general, el que también es nativo de Córcega. Allí, la
hombría y las peleas entre clanes eran la escuela que
forjaba a los líderes. Entre las cotidianas trifulcas,
aprendió el hijo de la pequeña isla el arte de dirigir.
El corso llegó después a la Francia de los insignes nombres:
Vercingentorix, Clodoveo, Carlomagno, Richelieu.
Con los puños, y con largos días de estudio, el joven
de Córcega subió la escalera de los galones. Alcanzó el
poder de mandar. En los libros vivió por primera vez la
tempestad de las batallas. Aprendió de los grandes generales:
Julio César, Aníbal, Alejandro, Escipión el Africano.
Los combates que luego vinieron fueron una repetición
de las viejas estrategias de combate leídas por un joven
estudiante.
Poco le agregaría el corso al arte de la estrategia. Sus
planes serían variaciones de la antigua gramática de la
guerra. Ganaría las batallas en su mente; sólo luego en
el terreno.
Antes, su talento encendió muchas hogueras de victoria.
El recuerdo de aquel calor ahora es el único bálsamo para
el general vencido.
Para recordar, llega hoy de nuevo el águila caída al borde
de una roca triste, frente al mar. Viste ropas discretas.
Pero se imagina nuevamente con sus botas negras, con un
pantalón de pura y regia blancura, con el chaleco de tenso
azul orlado por las hileras de botones gualdos. Y el sombrero
de los puntiagudos extremos negros que se arquean hacia
abajo como garras que desean aferrar el cuello de la tierra.
Y una de las manos del pájaro derrotado se adentra en
el reverso de la chaqueta; el otro brazo, se endurece
tras la espalda.
De nuevo una pincelada de orgullo barniza el rostro de
la vieja águila. De nuevo, sus ojos buscan al dragón enemigo
para, luego, lanzar balas y fuego.
Y recuerda el general caído el primer peldaño en la escalera
de la gloria. Que también fue una pasión asesina.
Recuerda el día de Toulon, donde aferró entre sus manos
el estandarte revolucionario y encabezó la carga, sin
ningún temor, entre un vendaval de balas. Los primeros
leones de grandeza rugieron en su frente.
En su mirada nació la certeza de poseer un destino único.
Y no se detuvo entonces el águila hasta llegar al campanario
de la victoria.
Y vino la campaña victoriosa en Italia, la jornada de
Marengo y el Consulado. Y la fama. La estima popular.
El poder sobre el poder del pequeño corso de negras botas.
Y el día del primer delirio megalómano. El hombre que
se hizo emperador. Dios. Que con sus propias manos acomodó
la corona sobre su cabeza mortal. Que entonces era ya
la calva morada de una divinidad.
Una mañana neblinosa construyó su máximo triunfo en un
valle que los hombres llamaron Austerlitz. La noche anterior,
el águila de botas oscuras visitó a sus tropas. Entre
la oscuridad nocturna, miles de guerreros saludaron con
antorchas a su general. Se despidió de ellos con un saludo
breve e intenso que sería el último. Porque muchos de
los que coronaban sus brazos con las teas refulgentes
perderían su aliento al día siguiente.
Y
así ocurrió. Miles de bravos caminaron hacia sus tumbas
bajo el ala extendida del ambicioso general.
Poco le conmovió al guerrero, de la baja estatura, ordenar
que la artillería disparase al lago helado sobre el que
austriacos y rusos se retiraban. Al romperse el hielo,
miles de soldados indefensos murieron ahogados.
Con los sablazos de su ambición impulsó a un ejército
inmenso hacia la Rusia que batalló con el mongol. Allí,
regó la nieve con la inacabable sangre de sus soldados.
Y sin embargo los guerreros franceses no dejaron de amar
al águila altiva. Con la primera hemorragia del fracaso,
el general fue encadenado a la roca de Elba. Pero rompió
poco después la cárcel de piedra. Regresó a la Francia
amada. Y mostró su pecho a las bayonetas de sus viejos
centuriones.
Y sigue recordando el ave derrumbada en el borde de la
roca frente al mar. Recuerda de nuevo, a los soldados
que le envió Luis XVIII para detenerlo. Le mostró el pecho
para que le dispararan, si así lo querían. Pero todos
se postraron ante él, y lo aclamaron como a un sol con
forma humana.
Y luego el regreso a París. La huida del Rey. Y
otra vez el hambre de conquista. Los estandartes desafiantes.
Las gárgolas deleitándose con las inminentes escenas de
cuerpos despedazados entre las guadañas de la muerte.
Las ventanas y calles parisienses convertidas en cascadas
de flores y aclamaciones. Y sí: el ejército del general
que volvió del exilio, nuevamente hacía retumbar las montañas
y las praderas.
Y Prusia e Inglaterra lanzaron a los caminos de Europa
a miles de soldados con el mandato de derribar al pájaro
soberbio. Wellington y Blucher acordaron disparar juntos
sobre la amenaza francesa. El águila descendió una vez
más desde su cumbre y masacró a quince mil prusianos en
la batalla de Ligny. Los primitivos dioses de la guerra
de nuevo parecían proteger al caudillo francés de las
muchas victorias.
Wellington dispuso sus fuerzas en las colinas levemente
onduladas de Waterloo. El león galo siguió a su
presa hasta allí. El prusiano debía ser mantenido lejos.
La fiera prusiana e inglesa no debían unirse. Sólo eso
aseguraría la derrota del inglés. El general-águila comisionó
entonces a Grouchy para aquella tarea.
Antes de la batalla, el cielo derramó una generosa lluvia
sobre las lomas. El suelo enlodado retrasaría varias horas
los saltos letales de los balas de cañón. El general que
escapó de Elba debió postergar el inicio del ataque. Una
de las muchas razones de la futura debacle.
Y entonces estalló el primer trueno. El primer rayo. El
primer cañonazo. Los cañones de ambos bandos se arrojaron
calientes gritos metal. Y comenzó la lenta y gran avalancha
de la infantería francesa sobre el Chateau. Y las balas,
las salvas de artillería, las bayonetas, perforaban la
carne. Y los prusianos se acercaban, mientras Grouchy
permanecía lejos con varios miles de hombres bajo su mando.
Los ingleses detuvieron la arremetida enemiga. El logro
los entusiasmó. Los jinetes británicos, y sus caballos,
se creyeron dioses inmortales, incandescentes, capaces
de atravesar murallas de hierro y diamante. Cargaron enloquecidos,
y penetraron muy adentro en las fauces del lobo imperial.
Exhaustos, los caballos se detuvieron antes de que explotaran
sus corazones. Los bravos escoceses ya no podían volver
a sus líneas. Un millar de los audaces jinetes sintieron
entonces cómo sus cuerpos eran atravesados por los lanceros
franceses.
Y el águila atrincherada en retaguardia, en su cima, aún
creía en la victoria. Una confianza excesiva y una
desacertada opinión de Ney, lo decidió a lanzar su caballería
en una ambiciosa carga. Catorce mil hombres y caballos,
sin auxilio de infantería y artillera, se lanzaron con
furia y frialdad sobre los ingleses abroquelados en estrictos
cuadros defensivos. En silencio, la marea de jinetes cabalgó
hacia los rojos infantes.
Por un instante el inglés no vio el peligro. No recordó
la serpiente devoradora de la guerra. Se convirtió en
asombrado contemplador del ballet de la caballería enemiga
que extendía sus penachos hasta el horizonte remoto. Mientras
la tierra chillaba con amenazantes cascabeles, la selva
de hombres y caballos galopaba suavemente. Componía
así una majestuosa y armoniosa danza. Era una imagen
hechizante, única en la historia, acaso urdida por un
mago llegado de un cercano bosque druídico.
Pero la efímera fascinación concluyó cuando el inglés
recordó que, junto a la bella estampa de los jinetes y
sus caballos, lo que venía eran miles de sables. Los sables
que pueden partir en dos un cráneo humano. Entonces, el
fusil y el cañón de la isla británica escupió el metal
que perforó las casacas lustrosas y las crines revoltosas
de los caballos. Cientos de jinetes caían y morían.
En los ojos del águila el sol del triunfo empezaba a ensombrecerse.
A ambos costados de su negro sombrero se apelotonaban,
en tétrico desorden, millares de espadas partidas.
Por
eso, la última decisión llegó:
¡Que
ataque la Vieja Guardia!
Los
viejos guerreros, que sobrevivieron a tantas matanzas,
avanzaron sobre las líneas inglesas.
Wellington convirtió a la tierra en su aliada. Los ordenados
cuadros de casacas rojas se escondieron tras las lomas.
Se tornaron invisibles. Con un rabioso huracán de balas,
sorprendieron a los duros de la Vieja Guardia. Tantos
cuerpos cayeron perforados que los fieros guerreros de
Francia rompieron filas. Y poco después llegaba Blucher
y sus prusianos. Grouchy fracasó en su misión.
La estatua para celebrar el triunfo francés se desmembró
al fin. Entre los trozos de mármol chamuscados, escapaban
miles de franceses.
En cada fuga atropellada, en el ya sepulcral campo de
Waterloo, el águila perdía una de sus plumas.
Y
el águila caía. Caía.
La luz del antiguo emperador se apagaba en el pánico de
cada soldado que escapaba. Antes, el cielo
era el lugar para el vuelo libre y placentero del águila-general.
Ahora, el viejo guerrero derrotado percibía la muerte
del propio espíritu. Sentía los temblores de su cuerpo
estragado por la pérdida absoluta.
Y en el mar, que ahora escudriña el águila que ya nunca
volará, brotan hogueras donde se incendia la gloria.
Desde la distancia, algunas miradas inglesas suelen observar
al meditabundo general. Algunos de los rostros observadores
exhalan poses remilgadas; otros, exhiben mejillas estriadas
por un mohín de dureza. Pero ninguno de ellos podrá
escudriñar los rescoldos últimos de la vieja
fogata. Ninguno sospecha la última batalla que se repite
en el solitario que escruta la distancia marina. Nunca
sospecharán la caída que sigue y no concluye. Nunca comprenderán
la desolación de caer desde los ojos del sol.
Sólo ven, sin entender, al hombre quieto que recuerda.
A Napoleón sobre la roca, frente al mar, con el cielo
derrumbado sobre sus hombros. Y los miles de soldados
que siguen muriendo a sus pies.
BOLÍVAR
EN EL CHIMBORAZO
En alguna tarde venezolana clavas la espada de tus ojos
en la llanura. Rápido, imaginas allí un sendero de llamas.
En el fondo de aquella senda se derrumban los soldados
españoles. Allí, gritan las futuras batallas; allí, se
desploman los campanarios, y mueren nobles caballos junto
a los hombres. Y las nubes ascienden atosigadas de sangre
hasta la cima del cielo.
Sí, lo sabes bien. Llegará la guerra. Y los niños y las
mujeres sufrirán. Los cementerios recibirán cientos de
cadáveres. No habrá sosiego para contemplar un bello ocaso
o disfrutar las santas letras de la Biblia o la docta
cultura de los libros. Pero qué importa todo aquello si
una nueva bandera libre flameará en el centro del sol;
qué importa todo aquello si, entre la selva asesina de
las batallas, nacerá una Venezuela y Colombia libres.
Y:
muchos soles después de la visión en la llanura, llega
el gran General, el Soñador, a los pies de una montaña.
El Chimborazo. Allí recuerda la hacienda de sus padres;
los viajes a Europa con Simón Rodríguez; una vida de despilfarro
y holganza en las cortes europeas. Pero también de
estudio concentrado y aprendizaje de filosofías iluministas
y libertarias, y de tácticas militares.
El viajero venezolano vio de cerca al vencedor de Austerlitz,
al futuro derrotado de Waterloo. Admiró su genio bélico,
pero detestó su delirio imperial. En Londres, conferenció
con Miranda. Luego, con las insignias de masón, regresó
a la patria.
Entonces:
el
General empezó a subir una escalera sangrienta. Muchas
veces caería el Soñador sobre un lecho amargo de piedras.
Con las mejillas ensangrentadas, siempre volvió a ponerse
de pie. Luego, un terremoto forjó violentas grietas. La
tierra aulló. Las piernas de Caracas se quebraron. Los
sacerdotes del Rey se apresuraron a decir que Dios castigaba
al pueblo rebelde. Y el Soñador no dudó en lanzar su famoso
desafío: "Si la naturaleza se nos opone, también
la derrotaremos".
El General Soñador sufrió nuevas derrotas. Fue inevitable
el exilio en Jamaica. Pero regreso después como guerrero
al continente. Y su voz retumbó en Cartagena y la Angostura.
La tierra que destruyó Caracas le envió también a Sucre,
el amigo fiel, el valiente capitán. Dos cóndores fueron
entonces los que asolaron al español arrogante. Y vencieron
en Bogota, Carabobo, Bomboná, Pichinca, Junín, Ayachucho.
Y luego se le reprocharía al general Soñador el haberse
traicionado a sí mismo. Se le acusó de tirano. De ambicionar
un poder sin fin en el fallido híbrido de la Gran Colombia.
Quizá la acusación tenía fundamentos atendibles. Y vino
entonces el atentado, el escapar semidesnudo por una ventana,
y en el crepúsculo final y más triste, la muerte en la
pobreza.
Pero ahora, ahora:
la montaña llama al Soñador. El Chimborazo quiere escuchar
el corazón del guerrero que sueña. El que sueña sube por
la ladera de la elevación que los indios llamaban "nieve
del otro bando". El Chimborazo es esposo de Tungurahua.
Ambas montañas se unen cuando el cielo resplandece con
la pasión del relámpago.
Humbolt quiso antes llegar a la cima del Chimborazo, donde
ningún humano había respirado todavía. No pudo. Pero el
que siempre ha sobrevivido a la ira de los sables y las
balas, ¿cómo no podrá "trepar por los cabellos canosos
del gigante de la tierra"?
El General sube. Sube. Serpientes de viento fluyen por
sus hombros. Guirnaldas de creciente emoción se desplazan
entre las frondosas cejas del escalador.
Y la sangre del Soñador empieza a arder. Su calor desintegra
la razón. Su calor es una fiebre, la fiebre de un delirio...
Un sordo rumor retumba entre las nubes. Los rayos del
sol se avivan. Aves de varias especies y plumajes escoltan
el carro. El carro del Dios de Colombia; de bruñidas ruedas
áureas. El carro que se detiene sobre la afiebrada cabeza
del soñador.
El General que sueña toca el cielo. Pero sus pies se suspenden
sobre un abismo. Desde el borde de la cavidad abismal,
llega el tiempo. Es un jinete montado en un oscuro caballo.
En su mano trae la hoz de la muerte.
En el vasto latido de la eternidad es muy débil la huella
humana. Aun la máxima gloria del hombre es casi un inaudible
chasquido entre los tambores de los años. El hombre no
debe olvidar que es un instrumento del fuego. Pero no
la llama eterna.
Recordar la propia pequeñez aligera. Permite elevarse,
volar. Se asciende cuando se sabe que somos una pluma
del pájaro, pero no el pájaro inacabable. Infinito.
Y entonces podrá aparecer el ave que custodia los signos
secretos.
El
cóndor.
El cóndor extiende sus alas tras la cima. El pájaro vuela
a veces para abrazar las medidas sin medidas del espacio.
En un veloz vuelo traza un círculo. En ese movimiento,
atisba los penachos verdes de los suelos. Y las corazas
titilantes de las estrellas. Los templos de los hombres.
Las llanuras ondulantes de los mares.
Y el cóndor regresa a una cumbre de los Andes. Quizá al
Chimborazo. Y cierra sus alas junto al caballo del tiempo.
Y el tiempo, el cóndor y la montaña, le ordenan al General
Soñador que recuerde su éxtasis, las imágenes de la visión
delirante. Debe recordar para luego revelarle un camino
a los compatriotas que respiran a los pies de la cordillera
andina.
Y el guerrero que sueña, que delira, cae sobre la roca.
La montaña se enfría. El viento calla. El jinete con la
hoz es engullido por la tierra profunda. El escalador
quisiera yacer plácido, sin interrupciones, con la continua
miel de su visión jaspeando sus pupilas. Por siempre.
Pero entonces Simón Bolívar escucha la voz de Colombia
que le grita: "¡Levántate! ¡Y ve a cumplir tu sueño!".
EL
ALTAR SUMERGIDO
Salto...salto nuevo. Nuevo salto de delfín...
Quisiera
saltar contigo y llevar en aletas vidas secretas del océano,
evocaciones del cielo ligero, sonidos de un jubilo que
asciende como vapor desde el fuego.
Y
en este nuevo salto, antes de inclinarte y tallar tu gracia
en un semicírculo, te estiras en una línea recta, semejante
a una columna firme de templo; y percibo que demoras el
giro que lleva a la cima de tu salto. Y lo entreveo, lo
presumo, quieres prolongar un instante la suspensión,
anhelas extender el segundo de tu pose erecta porque ahora
es cuando percibes todo el mar. Todo el mar que asciende
y flota contigo.
Lo
sé...lo sé... en tu breve latido aéreo, en tu fugaz tiempo
de pájaro, en tu hacer que suba el mar y salte en el aire,
en tu rostro se enreda cada habitante del agua. Cada pez
nada en ti; cada medusa y coral, cangrejo y flora de mar,
serpentean en torbellinos dentro de ti; cada roca y volcán,
cada montaña y fosa, golpean platillos vivaces en ti;
cada ancla y madera de barco muerto, cada marino dormido
en los lechos, soplan. Soplan flautas angustiadas en ti.
Y,
entonces, cerca de tus ojos suspendidos, todos los seres
de la mar contemplan contigo, contemplamos juntos, la
bóveda acribillada de luz y anchura, las nubes que beben
altura, las olas que golpean el torso del océano para
acompañar los murmullos del viento.
Y
contemplamos el anillo del horizonte, donde la lejanía
oculta su origen. Y, gracias a tus saltos, toda pesadez
oceánica ahora es aire, flotación, percepción hirviente
del mundo sin agua. Y gracias a tus saltos: la pesadez
es ligero asombro que flota.
Y
ya empiezas a inclinarte. El giro comienza. La cima de
tu salto espera. Y, ya sí, sí, derramemos aletas y elasticidad
de esponja en un medio círculo, en una figura arqueada,
próxima al arco de la bóveda. Y el gran cielo descubre
el pequeño cielo que aferras entre tus aletas y el lomo
arqueado. Y el mar que te observa, recuerda un cielo que
en una noche oscura parieron las aguas.
Y
tu salto enciende y extingue selvas de antorchas, y da
más bríos a ríos salvajes y molinos incansables; y, desde
nuestro efímero cielo, regresamos, contigo regreso....regresamos...a
lo hondo...
Un
diapasón secreto brota lento entre tus vértebras. Relámpagos
de sonido emanan de tu piel. Serpientes de vibración nacen
de tu verbo. A veces, tu sonido es látigo sutil que encuentra
y luego engulle a la presa. Pero, otras...¿ pero otras...?
¿Qué música es la que urden las campanas de sonido que
emanas? ¿Son tus sonidos, tus palabras, flechas que viajan
lejos, ancla que se hunde, nube que trepa la cúpula? ¿Hasta
dónde quieres que descienda contigo?
¿Es
distinto el mar a lo que los sabios de mi especie aseguran?
¿Por qué me dices, con fastidio en ocasiones, que regrese
a la superficie de mi urbe seca, refugio de borrascas
de sequedad? ¿Qué me hace creer que me asiste el don de
acompañarte y de acompañar tus sonidos, tus palabras,
hacia la noche escondida del océano?
¿
Acaso crees que yo podría renacer en tu gramática extraña
de cetáceo?
¿
Acaso imaginas que el humano pueda arraigar donde lo sonoro
es revelación y no información?
Al
menos, imagina por mí, hermano del salto y el océano,
que la diosa, la Diosa que te ha dado el agua, te impone
una pesadilla donde no podrás conseguir que me aparte
de ti; no podrás evitar que te siga al descender a la
entraña de la tierra submarina. Y la Diosa te obliga a
que pienses en mí: la verdad no aletea en el concepto.
Seco. El ser esquivo se disfraza con armaduras de agua.
Agua desde la que Algo pare seres y mundos...
Pero,
ahora, debemos subir...¨¡Sube! ¡Sube!¨, me dices. ¿Es
que ya me ha sido concedido el pensar dentro de ti, el
descifrar tus señales? ¿Acaso será por eso que no te sorprendes
cuando cerca de ti, emerjo en aguas frías y nocturnas?
La
esfera de plata mece su cabellera sobre el mar; entre
débiles olas, centellean y se ondulan sus rizos plateados;
y advierto que, junto a ti, vienen otros cientos de tu
especie. Y nadamos hacia una noche que no espera el alba...
Todos
en silencio, nos deslizamos hacia un faro ajeno a la mirada
de los marinos. Y me detengo porque tú y los tuyos, se
han detenido; y porque estoy cerca de ti, no dudo que
la Reina de la Noche se hunde en la copa de sal y agua
del océano. Y nada debajo de nosotros. Y, lo presiento,
lo imagino, ya muchos de los tuyos acuden a un altar inundado.
Y
en el alfabeto viejo del mar descendemos. Desciendo próximo
a cientos de tus hermanos. En cada segundo de caída, se
desvanecen las torres altas de mis recuerdos humanos.
¿Qué otro, con las formas de mis piernas y mis ojos, ha
descendido en este valle de vegetación que se hunde?
Y
llegamos hasta piedras aplastadas de agua. Nadamos alrededor
del altar inundado. Sí, ahora, olvídate amigo cetáceo
que fui alguna vez, aunque acaso siga siéndolo, prisionero
de la urbe moderna. Seca. Pulpo ahogado por sus propios
tentáculos. Olvídate para que yo también pueda girar alrededor
de la esfera que irradia tempestades de luz empapada.
Pero, rápido, advierto que la luminosidad se distancia,
se repliega en el centro de anillos de oscuridad. Oscuros
círculos. Círculos entre la escama de la noche de mar.
Círculo y negrura. Círculo donde sé que late el verbo
anterior a toda claridad de palabra. A todo farol de pensamiento.
Y,
en la noche sumergida, abajo, columbramos remotos cabellos
de plata. Los cabellos de la que antes ardía en el altar.
Y
todos los de tu especie, inician himnos. Vientos de sonido.
Campanadas de líquida vibración. Y tú y los tuyos, nadan
hacia abajo. No sé, amigo mío, si pueda seguirte ya. No
sé si aún tenga la gracia para que me guíes, mediante
candelabros y antorchas de sonido, hacia el centro del
anillo oscuro. Hacia el nuevo altar en la noche del agua.
Donde sé que tu Diosa te pedirá que saltes.
BLODEUWEDD
(1)
Decenas
de lluvias cayeron sobre un camino de hojas. Vientos y
escarabajos, tres duendes y un búho blanco, acudieron
a meditar sobre el sendero, bendecido por el agua del
cielo.
Entonces,
en el vientre del aire se gestó la céltica mujer de la
flor. Blodeuwedd. Etéreos soplidos expandieron su figura,
entre las túnicas feéricas de las hadas.
Blodeuwedd: flores de distintos reinos viajaron en las
alas de águilas y cuervos, para llegar hasta una exacta
escama cristalina de tu cuerpo. Los pétalos y tallos,
nervaduras y corolas, fueron esmaltando tu anatomía, perfumada
de cedros.
Dagda (2), el padre de todo, dueño del arpa inspirada
y de la voracidad del instinto, vino a verte. Pero dejó
que otro te deseara. Lug (3), el de los muchos talentos
y el brazo letal como lanza, vino a verte. Pero dejo que
otro te deseara. Cuchulainn (4), el del enajenado frenesí
guerrero, el que venció a los perros del herrero Culann,
vino a verte. Pero dejó que otro te deseara.
Hoy, entre las gaitas de una tormenta que se precipita,
yo vengo. Para desearte.
Dentro del bosque que protege lunas de cuernos azules,
te deseo. Te deseo dentro de un recuerdo celta.
No
lejos de un castillo y un pozo negro, crece tu piel de
flores. Tus manos rozan escaleras hacia las nubes y en
el roce de tus talones sobre la hojarasca bullen las raíces
de nuevos árboles. En el gemido del crepúsculo, le regalas
fogatas a los búhos. Giras,
con piel grávida de músicas, dentro de vestidos de hierba.
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