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   PROSAS POÉTICAS

   Por Esteban Ierardo


   

 

 Prólogo

 Prosas poéticas:

 El otro salto

 El búho en el bosque nocturno

 Virgilio

 La decisión del honor

 La gran colmena

 El descubrimiento

 Águila caída. Entrevisiones de Napoleón en el ocaso

 Bolívar en el Chimborazo

 El altar sumergido

 Blodeuwedd

 Beethoven y el halcón

 El canto del lobo

 

 Prólogo

    Por largos reinos del tiempo, la poesía se sometió a formas estrictas. La poética clásica amoldó la versificación a las variadas y rígidas matemáticas de la métrica. Pero el mediodía de los versos preestablecidos languideció, y se esfumó entre brumosos valles, rayos y grisáceos rostros de nubes. En aquella agitación nació la fantástica creatura romántica. Para decir los candelabros lejanos de la noche, las turbulencias del ojo sensible, o la belleza de la piel de los bosques y las selvas, era necesaria la narración-libertad, un poetizar que se expresara mediante una diversidad de géneros. La poesía romántica se manifestó entonces como novela, pintura, música. Y prosa. El verso libre introducido por el romanticismo creó la matriz para una prosa poética. Para un decir poético cuyo viento inflama narrativas y libres velas. 

 Aquí, en prosas de tendencia breve, intentamos intuir el espíritu de algunos personajes históricos y frotar ciertas rutas hacia una percepción vivaz de la materia. Una asombrada incursión dentro de algunas ricas selvas del mundo. Este es un primer volumen de prosas poéticas que, con el devenir de los gritos del sol y el vuelo de las aves, intentaremos continuar.

  El otro salto es el hallazgo en la urbe de un puente, siempre sobreviviente e imperceptible, hacia la bahía extraña de lo más misterioso y abismal. El búho en el bosque nocturno es la primera expresión en esta obra de una mística de lo animal. Muy lejos de la subordinación moderna del animal a la supuesta superioridad del sujeto humano y racional, siempre sospeché que en el búho, el lobo o el delfín, o en toda la vasta pléyade de los animales, pulsa una sabiduría aguda y despierta. Virgilio supone un homenaje al creador de la Eneida, y, a la vez, es un imaginar la secreta relación del poeta con la tierra. El descubrimiento atraviesa una realidad ambigua, paradojal: el de la expedición descubridora de Cristóbal Colón. La llegada de los españoles a América significó oscuros cielos que vomitaron sangre sobre los indígenas y su antigua cultura. El descubrimiento fue origen de una dolorosa secuencia expoliadora de culturas ancestrales. Pero, a un mismo tiempo, en el inicial viaje descubridor de Colón brilló un exaltado heroísmo, una salvaje cascada de valor en la lucha con la incertidumbre y las desconocidas amplitudes marinas. En La decisión del Honor reverbera la figura de un Anfiarao desplazado al mundo moderno. Anfiarao fue uno de los sietes jefes argivos que atacó la ciudad de Tebas. Su historia pertenece a Los sietes contra Tebas, gran tragedia de Esquilo. Todos los jefes ostentaban imágenes simbólicas en sus escudos que enaltecían sus nombres y linajes. Anfiarao es el único que se negó a estampar emblemas en su escudo, dado que quería ser, y no representar.  El Anfiarao del mundo contemporáneo es quien, aun en la soledad extrema, sigue siendo fiel a un camino de autenticidad y profundidad. La gran colmena es un viaje mental, un abandonar el mundo pequeño de la ciudad, de los edificios, para recuperar la costa del mar y para convertir a la miel y la colmena en metáforas de una siempre inasible y omnipresente totalidad sagrada. En Águila caída nos acercamos al Napoleón atado a la piedra de su lamento final, en Santa Elena. Allí, el gran derrotado de Waterloo, el derrocado emperador, contempla los sombríos colores del ocaso al que no lo seguirá ningún sol. En Bolívar en el Chimborazo recreamos un raro episodio, de fuerte impronta simbólica, protagonizado por el gran venezolano en el monte Chimborazo. El vencedor de Boyacá entrevió en la cumbre de la montaña andina la presencia del dios de Colombia y del tiempo montado en un incesante caballo. En esta prosa buscamos escrutar el corazón de la visión bolivariana. En Blodeuwedd, nos inspiramos en la mujer celta de las flores. La imaginación céltica concibió una mujer hecha de plantas y aromas vegetales. Una hembra que destila magia, fantasía. Entre los verdes cabellos centelleantes de esta mujer descubrimos playas que serpentean cerca de alguna divinidad y del fuego sagrado del sexo. Beethoveen y el halcón es la entrevisión de la angustia esencial del músico. El hombre que combina sonidos escucha una previa música mental para luego expresarla. Pero, quizá, cuando el oído musical llega a su apogeo escucha en la distancia una sonoridad que nunca se convertirá en cercana y envolvente melodía. En El altar sumergido el delfín pierde su amable aureola de simpatía para transformarse en mensajero de una olvidada divinidad en la profundidad del lecho marino. En El canto del lobo, el señor de los aullidos y del bosque entona una música antigua, un talismán sonoro que invoca a lo más enigmático.

  Doce actos de respiración poética. El viaje inacabable. Hacia las cumbres fugitivas en el viento.

Esteban Ierardo

 

 

 

PROSAS POÉTICAS

Por Esteban Ierardo

 

 

EL OTRO SALTO

 

   El sol no está lejos. Quizá por eso no puedo escapar de las llamas. Y digo: no congelaré las antorchas que hay en mis hombros. Quiero la gran cima. La nube alta, donde llegar con mis flechas. Quiero la altura difícil donde extender mis cabellos. Hay en mi frente viento y aguas profundas. 

  Y deambulo por calles, entre los edificios y la indiferencia.

  Las fogatas del amanecer siempre están lejos de aquí. Las estrellas no hablan aquí, sobre las paredes y sus sombras. No es aquí el grito espumoso del mar. En mi hogar no brillan leopardos. Ni hierve la cabeza de un cometa.

  Pero en la ciudad ardo. 

  ¿Hasta cuándo lucharé contra los acantilados de hielo? ¿Hasta cuándo recordaré lo que perdemos?

  En una noche de lluvia, me siento en la urbe, junto a una avenida, y a un tigre. Un felino inventado por ebrios pinceles de la imaginación.

 Poso una de mis manos sobre sus rayas. Y recuerdo. Como tantas veces.

 Recuerdo, entre el rumor de las fogatas, lo que hemos perdido. Eso que perdemos lo veo hoy bajo la forma de un hombre solitario, que se aleja y empequeñece, entre la bruma húmeda de la lluvia. 

 Allí, deambula el Hombre de la Pérdida; el habitante callado de la soledad. Él se aleja resignado. Lleva lo que hemos perdido. Meditabundo, silencioso, junto al recóndito tigre, veo lo que perdemos. 

 ¿Por qué hemos perdido los sentimientos nobles, el poder de la entrega, el amar sin esperar ninguna recompensa?

  Ya no es ningún sacrificio por la dignidad de la nación ni por el brillo de los otros. Sepultada es la mirada que perciba una hoja, el mar o la belleza de la mujer desnuda entre la luz y la niebla.

 Advierto cadenas enmohecidas que se descuelgan desde algún quebrantado reino entre las nubes y que crujen al desplomarse cerca del Hombre de la pérdida. Que deambula ensimismado entre cofres desvencijados que antes contuvieron muérdagos y brebajes de lunas inmortales. 

Y sigo padeciendo el resquemor por lo extraviado. Padezco la áspera ruptura de la escalera que lleva desde el polvo hasta el cielo. Extraño el galope hasta los árboles más antiguos y profundos, o la aspiración del viento nuevo de la mañana. Esa brisa fresca de las primeras horas del día, en las que dioses olvidados cabalgan entre girasoles y halcones.

 ¿Por qué hemos perdido incluso la angustia por tanta pérdida?

  En otros tiempos, no era tan vasto lo perdido.

  Eran esos tiempos en lo que grité en las batallas. O canté con torbellinos de colores. O corrí hacia lo alto de campanarios para allí agitar las campanas. 

Y celebrar. 

Venerar.

  Ahora sé que debo sangrar la angustia por lo perdido.

  Pero no debo abandonar el tigre. Que salta en lo bello. En la belleza profunda que regresa.

  La belleza es enigma. Lo más bello son los enigmas.

 Allí regresa el bello enigma sobre el desierto; sobre el cuerpo y sus órganos; sobre las anaranjadas nubes del ocaso.

  La banalidad y la estupidez humana terminan con la muerte. Pero el bello enigma seguirá. Y cubrirá nuestras heridas y las tumbas, con nuevo follaje de la tierra.

  Junto al tigre puedo correr sin ningún temor. Entre bruscas palpitaciones y torrentes de sudor puedo avanzar y escuchar los rumores de lo perdido.

  Curioso es el poder de la mente y el cuerpo sensible que aún puede rodar sobre las tierras y espíritus lejanos.

  Mi voluntad lo dispone, y con el temblor que nubla mis ojos, pienso, y me impregno con lo pensado al correr. En la carrera pensante traspaso castillos donde, entre viejos brillos lánguidos, las armaduras se resquebrajan. Sí, lo reconozco: se ha disecado la gloria caballeresca.

  Traspaso los edificios de tecnologías sofisticadas, las paredes con muchos ornamentos y pantallas, las residencias con fachadas esplendentes y piscinas atestadas de cloro y de resplandores chillones. Allí, las fieras adineradas aúllan y ostentan, pero gimen en el secreto de sus alcobas al recordar la muerte y el cansancio por tanto acumular.

  Traspaso las reuniones de las familias y las amistades. Aquí, los labios deben esbozar una constante sonrisa. Las palabras deben propalar continuos augurios propicios, felicidades, buenos deseos. Y, antes de salir brioso por una ventana hacia algún bosque sin seres engañosos, veo a alguien abrumado por tanto fingir, mientras acomoda la máscara de su sonrisa sobre un piso de madera. Anhela un cuerpo liberado de toda costumbre impuesta. Quiere sonreír como los caballos salvajes de las praderas.

   Traspaso los ejércitos de los resignados a ser opacos espejos que reflejan sombras. Si cada hombre que pierde su autenticidad arrojará un vomito de azufre y oscuridad, el planeta sería noche sin fin y un enloquecido hervidero de lamento.

  En los ocasos, traspaso los cementerios, y corro y atravieso desérticas bibliotecas, estatuas no veneradas de héroes y santos, las academias y agencias donde se enseña el arte de la venta mentirosa.

  Y concluyo la carrera. Entre las ciudades y los días civilizados sigue el viejo aire, el enigma, la materia sembrada de dioses, los senderos sutiles que conducen hacia indestructibles candelabros.

  Y, aquí, en la urbe, ruge la cultura que pierde la entraña del espacio misterioso. Y no lamenta esa pérdida.

  Entre la tierra de los girasoles sagrados y la civilización dormida brota el abismo. Que también es un puente. Y es preciso habitar el puente. Se lo habita al saltar.  

  Y la lluvia aún sigue. La bruma aún extiende sus melenas neblinosas sobre la ciudad. Mi ciudad.

  El tigre, ágil, ya avanza entre las gotas y un puente.

  Volverá a saltar.

  Yo también lo haré. 


 

EL BÚHO EN EL BOSQUE NOCTURNO

 El cielo ama al bosque. Entre los árboles, deambulan serpientes extrañas. Ellas abren pequeñas ventanas entre la hojarasca. Al abrirse estas aberturas se muestra lo que es: cada cosa es un candelabro humeante.

  Con voz silenciosa llaman los árboles a la niebla. La suave piel neblinosa acaricia las superficies de la vida. En la fantasmagórica atmósfera de la floresta, piensa un pensador no humano. El búho piensa con inquisitiva profundidad. Su meditabunda presencia convierte al bosque en un santuario de ramas y follaje.

  Con su mirada vivaz, quema la corteza de lo secreto. Y lo escondido brota entonces y humedece las hojas y el aire nocturno.

  Escucha cerca el pájaro, violines que no son humanos. Esos violines que crean su música desde las raíces que no terminan en ningún sitio.

  Los hombres no advierten la peregrinación que ocurre en el bosque nocturno. El pájaro, con centellas como ojos, recibe en la noche la visita de cada planta, insecto o animal. Bajo los brazos opalinos de la luna, van hasta el altar del búho el castor. La hierba. Los escarabajos. Las cornejas. El lobo. Vienen los vientos que soplan entre todos los peldaños del tiempo y cada poro del espacio. Todos se acercan al búho. Peregrinan los numerosos seres y los elementos para ver por un instante a través de su mirada hechicera. 

  Sólo lo que se funde con el ojo del ave, se acercará y entenderá las alejadas fuentes de lo vivo.

  En las noches de la historia muy pocos humanos han peregrinado hasta el altar del búho. Quizá ya casi ninguno lo haga en el mundo de las fiebres electrónicas. 

  Entre arroyos, piedras y ramas, la arrogancia humana ni siquiera es un chasquido. En el reino vegetal, libre de la pisada de los hombres, vibran las conciencias despiertas. Despiertos están los seres y las formas entre los senderos del bosque.

  En la expresión del búho aúlla la claridad del comprender. 

  Pero la civilización y la razón negarán siempre la clarividencia del ave. 

  En las vidrieras escudriño una presencia que proyecta la lejana madera de los bosques. Quiero poseer ojos animales. Quiero peregrinar hacia el pájaro de los ojos sabios. Sobre los pulidos cristales de escaparates descubro las pupilas que relumbran. Desde el búho que parpadea en el vidrio veo a tres hombres que duermen sobre piedras y cables. Desde largos siglos, su ininterrumpido dormitar les impide recordar a la primera mujer, a la gran fuerza despierta que parió a los humanos y a las polifonías de la existencia múltiple.

   Mediante los ojos del cercano búho, mediante el bosque nocturno, traspaso las cárceles cotidianas. Recorro muchos anillos donde casi todos duermen. En el centro de los redondeles fluyen las aguas más profundas, las palabras olvidadas cuya pronunciación creó las primeras figuras. En el centro sigue despierta la niebla que abraza las maderas. 

Es de noche, y desde las cuatro direcciones del gran espacio, acuden en peregrinación los seres  y los elementos. Peregrinan hacia los ojos del búho. 

 La mirada del pájaro los guía hacia la tierra. Donde todo es un candelabro.


 

VIRGILIO

  Hay muchas voces en el Coliseo. Gritan muchas gargantas en la batalla. Declaman muchos oradores en el Senado. Corren muchas palabras entre los labios romanos. Se elevan hacia las nubes muchas invocaciones sacerdotales. Muchas sibilas murmuran en secreto. Muchas espadas despedazan los escudos enemigos.

  Pero aquí sólo deambula una voz. El siseo del ulular del viento. El trinar de los pájaros, ebrios de ramas y cielo.

  Aquí, el leve chasquido de tus pies sobre el suelo dibuja un claro en tus oídos, Virgilio.

 Desde el templo de Apolo, Augusto contempla tu quietud. Desde el Ara Pacis Agustae, Deméter envía el trigo esmaltado de oro. Sin que tú aún lo supieras, ya en la Cartago de Dido, Eneas presentía las gotas de eternidad de tus palabras. 

 Y un búho mira dos rocas. Las piedras sueñan en la madera de un bosque. Los árboles desean que el cielo se empape en los arroyos.

  Muchos deseos y sueños te esperan. La vida múltiple sabe que hoy escucharás. Hoy escucharás finalmente.     

  La noche escapará. Y te llevará hacia el origen.

 Pero necesitas llaves para escuchar. Todo hombre es una presencia imposible. Que trae una llave para abrir los cerrojos de una visión. En un rostro se acomodan las líneas de una llave, que levanta ventanas en muros de granito.

  Dárdano, el padre de la estirpe latina de Eneas, pudo no haber sido. Pero extrañamente existe. Como todo lo que existe.

  Dárdano sale de la sombra exhalada por un árbol. Es el primer nacido desde la raíz, desde la humedad telúrica, desde el suelo fértil. Es el primigenio vástago de la terrae progenies, es el hijo primero de la Saturnia tellus, de la tierra italiana. 

  Y Dárdano arroja su llave sobre la hojarasca, en el bosque, entre gramíneas y bellotas.

   En las mañanas numerosas que siguen a Dárdano nace Eneas, el que conoció las lanzas partidas de Troya. En la oscuridad del Hades, Anquises, su padre, le reveló la futura águila triunfante de Roma, y el poder universal de Júpiter que, igual que los hombres, debe aceptar el hado o destino. Y Eneas después llega a Italia. Blande su espada en el Lacio, en la tierra latina recorrida por la líquida voz del Tíber.

  Luego, es Rómulo, Roma, la estirpe romana. Y las batallas que vomitan mucho coraje y horror. La ira guerrera romana crea las columnas, los templos, las casas y las ciudades. El orgullo romano ambiciona la victoria inacabable, incesante, de los estandartes de Marte. 

  Pero Roma no es sólo un sol arrogante, el águila combativa y cruel que esquilma los países subyugados. Es también la tierra. Los frutos de la Madre. Los hijos que a veces olvidan que la vida es un regalo del vientre materno. 

  Pero tú no corres peligro. Aún respiras con la fuerza de la firme tierra; aún te hechiza la cercanía del río y la madera. Y sabes que en Ella, en la Madre, escucharás algo que todavía no escuchas.

  Augusto está ya impaciente. Te espera junto a Mecenas, a los sacerdotes y al águila triunfante. Desea que digas. No que escuches. Desea que digas, con sonora palabra de miel, que Júpiter entrega a Roma el dominio eterno sobre todos los seres y sobre la propia Madre. Esperas que repitas el elogio de la vida campestre. 

  El pan y la leche alimentan a los cuerpos robustos para que, enérgicos, muevan los arados. Al comienzo, el romano labraba a la Madre con esfuerzo y respeto. El trabajo sobre los surcos creaba la nobleza del espíritu. Así, el hijo de Roma, se forjaba como ser noble y austero.

   Catón, en su Tratado sobre la agricultura, y tú, en las Geórgicas y Bucólicas, ponderan la labranza, las faenas agrícolas, el trabajo sobre la tierra que ennoblece. Pero todo aquello Roma luego lo perdió. El romano acumuló las tierras, los objetos, se  benefició del comercio. Ya no trabajó. Se convirtió en parásito cortesano. Cuando las manos pierden el contacto con el suelo, el espíritu se despeña en un ocio envenenado.

 

   Y ya el surco labrado quiere decirte algo, que el trono y los colegios sacerdotales nunca entenderán. Nunca escucharán...

   Lentos, tus pies recorren la tierra arada. Tus cabellos flotan entre los silbidos del viento. El calor del sol amaina. El frescor de los últimos frutos de las cosechas, el grácil vaivén de las espigas de trigo, danzan entre la sucesión de los días y las noches.

  El verano guarda su viento caliente en las espaldas del sol. Desaparece el vivo azul. Ahora, muchas nubes grises barnizan el cielo. Los fríos ojos del invierno exudan meditabundas melancolías. 

Piensa la tarde del invierno. 

Piensa la nieve, la lluvia de copos desde el alto misterio.

 Leen los árboles los pensamientos que caen desde el firmamento. 

  Una serena melancolía bulle entonces por los valles de tus párpados. Sólo hay que escuchar...

  ¿Cuándo escucharás? ¿Lo que hay que escuchar vive entre el rumor de muchas llaves? Detrás de los árboles, desde cercanos muros de ramas y neblina, vienen los hombres y mujeres que no tienen número. Cada uno trae su llave. Cada uno vivió para justificar su llave. Que abrirá alguna vez lo velado.

  Pasan los muchos seres antes los sensibles cristales de tus ojos. Dejan sobre la nieve las llaves. Que son muchas. Que no son un número. Alguna vez, abrirán los cerrojos. Y dejarán a unos oídos escuchar, entender.

  Entre la nieve y los árboles, entre la melancolía pensante del invierno, está cerca lo velado.  Lo velado: las razones secretas de la historia, siempre sofocadas de dolor.

  ¿Por qué la tierra debe tolerar al hombre que no percibe ningún misterio?

  Y deben ser los suelos testigos del humano que explota, mata, y engaña; de ese que quiere el oro, sólo para que brille su estatura pequeña. La pradera soporta a quienes aplastan las magnolias y destruyen lo digno. La tierra florecida de árboles absorbe las sombras de los asesinos de los bosques, o las suciedades del progreso que enferman las aguas.

  ¿Por qué la tierra debe soportar sobre su piel al arrogante dragón de las ciudades o el paso de los que nunca venerarán el sol o la hierba?

  Las respuestas están veladas. La tierra que sufre calla.

 Y  la nieve tapiza todas las llaves. El viento detiene sus caballos. El bosque está en silencio. Las gotas blancas se encastran en las manos del suelo. Los árboles piensan. No interrumpen su pensar.

  La tarde quiere que la melancolía sea eterna.

  Y una loba excava la nieve. Ya sabes lo que busca.

  Ya sabes que cuando lo que está oculto en la tierra hable, tus oídos, Virgilio, serán los primeros en escuchar.


 

LA DECISIÓN DEL HONOR

  En la ciudad, la mujer sufre un ser que quema su vientre. Un hijo que se acerca. La madre gime cuando la tarde es diáfana; pero, poco después, nace en el firmamento un caos de rayos.

    Aúlla la tormenta. Entre el enojo de la atmósfera, palomas misteriosas sobrevuelan tres veces un campanario. Nace el nuevo ser. Anfiarao. Que crece con un brillo secreto en la frente.  Sus piernas podrían subir las escaleras conocidas, ya recorridas muchas veces. Pero Anfiarao escucha otra música. Músicas de cumbres altas y cuerdas extendidas hacia las doradas torres de la aurora. Sin entender, seguirá el sonido de un tambor diferente. 

  Y Anfiararo crece. En el centro de las cosas, descubre un color extraño, que no ven quienes lo rodean. Camina por un sendero sin visitantes. Una calle solitaria donde se arremolinan las músicas y los colores desconocidos. 

  Y Anfiarao irradia una belleza magnética. Su mirada es incisiva, su porte principesco, aunque vista ropas discretas. Y en un cruce de calles, en pleno mediodía, entre tumultos de automóviles y personas, flota el murciélago. Que no pierde tiempo para asegurarle a Anfiarao: "Si subes la escalera que casi todos suben, Anfiarao, sin dudas conseguirás riqueza, el reconocimiento de la mayoría, una familia protectora, un hogar de fachada llamativa."

  Pero Anfiarao elige la calle solitaria. Allí, escucha bosques lejanos, el enigma que hierve en las aves del cielo y las creaturas de la tierra. En el camino abandonado escucha el crepitar de una hoguera que alumbra el rostro de los antepasados y de los antiguos ritos. Escucha teclas de órganos que ángeles llameantes tocan con manos empapadas de barro. "En seguir este sendero está el honor.", escucha Anfiarao esta sentencia por primera vez. La nereida de una fuente es quien la pronuncia. 

  Anfiarao contempla la estatua de la antiquísima deidad mitológica. Advierte la quietud y mudez de sus labios. Pero la lógica retrocede desmembrada. Y Anfiarao escucha nuevamente el decir de la mujer: "En la calle solitaria, no en la escalera concurrida, está el honor. El murciélago se equivoca".

  El arroyo del tiempo devora muchos días, sucesivos años. Anfiarao no deja de escuchar. Es fiel. No extraña la escalera de la multitud. Pero, a veces, el látigo de la soledad desgarra demasiado su piel. Es un destino trágico ver siempre un color que casi nadie ve. 

  Algunos sospechan la rareza de Anfiarao. Y le demandan explicar su exceso de independencia y singularidad. Nunca serán suficientes sus excusas; nunca serán convincentes las explicaciones. Por eso, acude al ardid de disfrazarse con actitudes triviales para atenuar el sobresalto que provocan sus caminatas entre las hierbas profundas.

  Mucha piel hay que entregar para ser fiel al camino antiguo. A veces, Anfiarao siente que pierde demasiada sangre. Entonces, debe regresar a la solitaria calle para arrodillarse  e invocar una fuerza grande. Luego, acaricia el filo de su espada y entre el metal duro y el cielo abierto retumba la certeza, la íntima voz de la nereida:

  "Escucha la única fuerza, el único sol que te hará seguir tu honor." 

  Y regresa Anfiarao a la urbe de las escaleras colmadas, donde todos quieren subir para brillar y ser aplaudidos. Y Anfiarao dice lo otro, lo lejano, lo olvidado. Pero ríe después. Se disfraza con las vestiduras del payaso para que no se lo tome demasiado en serio.

   Y con creciente insistencia, medita en el sentido del sacrificio. Y allí encuentra a Esteban mártir, a Juana de Arco, a Giordano Bruno. Sospecha oscuramente que el sacrificio no exige la muerte explícita del cuerpo. ¿Cuál podrá ser el verdadero sacrificio entonces?

  Con más frecuencia, para renovar su fuerza, para renovar su fidelidad a las corrientes hondas, regresa a la calle solitaria. Allí, imagina una ciudad invadida por dioses pensativos y creadores; imagina niños  que conferencian con escarabajos y a hormigas que ruedan por los ásperos bordes de adoquines. Imagina el aliento fétido del poder. Los átomos que frotan lo vacío. La tecnología contradictoria, la de magia y hechizos, y la de la velocidad sin pensamiento.

  Y Anfiarao visita un gran río que cabrillea frente a la ciudad. Contempla largamente las aguas. Hasta que una diosa fluvial emerge con un escudo. "Aquí está tu escudo", asegura la diosa, "cúbrelo con las imágenes y símbolos que quieras". Anfiarao toma el presente, pero no estampa sobre él ninguna imagen pretenciosa. Él quiere ser, no representar. 

  Y Anfiarao elige finalmente una estrategia para atravesar la ciudad de las escaleras muy frecuentadas. Se cubre con la toga profesoral. Las instituciones sólo quieren que se enseñe tramas ordenadas, conocimientos quietos, sistemas de inofensivas relojerías conceptuales. Pero él dice entre líneas. Habla de una gran luz con expresiones oblicuas. De todos modos, el murciélago rápido entiende. Persigue a veces al solitario que dice lo extraño. Lo ataca con ahínco. Su escudo es insuficiente para protegerlo. Recibe muchas heridas.  

  Pero en la calle solitaria, manos de diosas tejedoras cierran las cortaduras sanguinolentas. A pesar de todas las lesiones, Anfiarao debe seguir. La fidelidad, el honor, se lo exigen.  

  Y Afiarao medita cerca de semáforos o dentro de los trenes. Medita entre laberintos de pantallas que  multiplican efímeras novedades anémicas. El tiempo de lo fugaz y frívolo quieren envenenar el enigma, intoxicarlo con sobredosis de estupidez. Pero como liebre blanca y ligera, escapa lo enigmático. Escapa el enigma. Siempre conserva su pureza intocada.

  Y corre a veces Anfiarao con los niños bajo la lluvia. Que como él serán llamados por la calle solitaria, y verán un color más. Un color diferente. 

 Y el murciélago temen las flores que Anfiarao cultiva. La ciega ave nocturna sueña con la final sangría del solitario. Pero, en la calle solitaria, Anfiarao, encuentra a las ninfas y diosas que curan las heridas. Y disfruta allí con la contemplación de nubes de melenas naranjas que descienden y susurran cosas secretas.

  El solitario escucha el bello rumor del agua de una fuente. Cerca, las multitudes marchan con veloz indiferencia  hacia el estómago de los pulpos donde se debe trazar con tesón el olvido de todo lo divino. Y entonces en la fuente asoma la nereida, que le revela a Anfiarao:

 "Pronto llegará la gran prueba; pronto llegará la hora de comprender qué es el sacrificio".

  Y en noches despejadas, Anfiarao ve a Pegaso cabalgar entre la luna y los flamígeros círculos de las estrellas. Ve campanarios decorados con flores y barnizados con miel, que roza a su paso el mágico corcel.

  Y el murciélago brota del reflejo de una luz de neón sobre una ancha vidriera. Y Anfiarao siente que más dagas persiguen su cuello. Más hielo y escombros se empantanan en su pecho. Más dolor vomita el agua pura que baña sus pies.

  "Debo volver a la calle solitaria, donde las secretas diosas curen de nuevo las heridas que se abren", se dice a sí mismo Anfiarao mientras busca volver a la calle de un viejo poder sagrado. Camina por laberintos de veredas. No encuentra lo que busca. El murciélago lo confunde. Cambia el nombre de las sendas urbanas. Las palabras ya no se corresponden a lo que es. Al no poder decir lo que hay, el hombre se pierde. Anfiarao no encuentra ya ninguna calle especial. Ningún sitio secreto de renovación. "Ningún lugar podrá protegerte y renovarte ya", le advierte la nereida de la fuente. "Solo, definitivamente solo, tendrás que avanzar con una sombra del cielo entre las manos. ¿Aún así seguirás? ¿Aun así seguirás recordando algo grande y misterioso entre los edificios y la indiferencia? ¿Estarás dispuesto a sacrificarte para que el recuerdo de algo más grande sea?

  Anfiarao suda. Medita en el peso de la sombra del cielo. Esa paradójica mancha de follaje luminoso que se le hunde en los hombros y el rostro.

  "¿Y aun así seguirás? ¿Seguirás?", pregunta la nereida.

  ¿Y aun así seguirás? ¿Seguirás?", pregunta el murciélago que aletea entre leves fulgores de cristales.

  "Ya olvida el cielo y lo extraño. Ve a la escalera concurrida. Allí te protegerán. Allí no temblarás. ¡Ve! ¡Ve, ya!", aúlla el animal sin visión.

  Anfiarao contempla el azul profundo de la noche. Alza su escudo, desnudo, sin emblemas. Anda otra vez cerca de las tersuras flotantes del agua, de las flautas silbantes del viento. Y de algunos sonidos secretos.

  Con decisión, camina lejos de las escaleras concurridas.

  En el desierto frío le queda el fuego del recordar. Le queda el escudo que no engaña. Y el honor que sobrevive en su rostro. 

 


LA GRAN COLMENA

  La tarde es calurosa. A través de una ventana, llegan hasta mi piel los estiletazos del sol. Y medito y sudo. Agua caliente mana de mi soledad. Acaso una fiebre coloniza mi frente. Los relojes engullen el tiempo y, más que nunca, las paredes son para mí una geometría rectangular y opresiva. 

 Cerca, me hablan los libros de una biblioteca. Cantan, gritan, susurran las escrituras entre letras estranguladas. Entre líneas de oraciones y renglones, se contonea un espacio. Un volumen que se expande. Allí, se recorta la orgullosa cima de una montaña. La cumbre  rasga una nube de cobalto en un cielo de uvas y crepúsculo. 

  Allí, entre las líneas de una narración, más sudor pinta con hormigas calientes mis brazos. Sé que dentro de las paredes estáticas estoy muy lejos de los jabalíes libres y las salvajes melenas del aire. 

  Nuevo y creciente sudor calienta y disgrega mis músculos. Las fronteras del cuerpo colapsan. Empiezo a escuchar un reloj movido por un tiempo mucho más antiguo. Un tiempo donde peregrinos arreboles tornasolados cabalgan por el ocaso. Empiezo a contemplar a Ella, a la noche, a la luna que brilla como hace millones de años. Y sé también que, bajo las selvas de las luces nocturnas, cerca, está el mar, el mar de antaño. 

  Y luego regresa el sol. Vuelve a brillar la bóveda diurna y azulada. Y el grillo regala su voz a  húmedos pajonales. Desde lejos, el viento acerca nuevos granos de frescor. 

   Y escucho ya las olas de la cercana costa del mar. Buscan mis piernas un acantilado donde meditar. 

  Es mediodía. El sol entona su himno de fuego. Contemplo y padezco la lejanía. El viento sopla festoneado con humedades del océano y de la mañana.

  Especulo que, en las alturas del cielo, nunca germinan las semillas del miedo. Allí, en lo alto, acaso ninguna nube, ningún pájaro, temen a la muerte o a una vida contaminada por el error.

  ¿Qué estructuras gramaticales compondrán el lenguaje mediante el cual la cúpula celeste piensa? ¿Acaso las principales reglas gramaticales son las corrientes recias de viento, las ebrias cabalgatas de las nubes o los cambiantes reflejos de las luces del sol y la luna?

  Hay un verbo profundo que no alcanzo a imaginar. Hay una secreta colmena, una miel impensable que se disimula en la superficie de los cuerpos. Hay una más allá que debo atravesar para acercarme a la gran colmena.

  ¿Cuál es el más allá que tendría que explorar? Es el más allá de los senos de la tierra fértil. El más allá de las montañas. El volcán. El bosque. La gacela. El polvo. El caballo en la pradera de luz. El más allá de la fogata y el cazador. Los sembrados y las cuevas. El escarabajo en los desiertos. El glacial y las hachas de frío. El jaguar en las hogueras verdes de la selva. El más allá de los muertos por las manos del hombre. 

 Acaso debería caminar por un sendero oscuro, bajo una feérica luz de luna. Con un trémulo candil podría acercarme al cristal del misterio que gime en el centro de los cerebros.

  Tendría que forjarme entonces un pensamiento de la distancia. Un poder evocar lo más remoto y golpear las puertas de una gran revelación. Quizá, en las espaldas de un agujero negro, esté la ranura por la que entrever la colmena de la que mana toda la miel, la saludable y la venenosa. 

 Quizá debería extirpar de mis oídos las polifonías del mundo y sólo escuchar un silencio. Quizá debería liberarme de toma forma y de la materia, y entregar mi espíritu hacia una nada lejana, hacia el más allá y la gran colmena.

  Pero siento que la distancia más extrema viajó hasta lo finito en el primer segundo del tiempo. Y llegó a esta costa del mar que ahora pronuncia las canciones melodiosas de las olas. 

  Desde aquel primer instante, enigmático, el más allá endulza lo próximo.

 Muchos hombres no perciben que las abejas de la gran colmena liban su néctar en todas partes. En lo más cercano.

  Y la playa murmura en derredor de mis pies. 

  El océano exhala dulces zumbidos. 

  En la coraza de un cangrejo, acaricio la miel remota.


 

EL DESCUBRIMIENTO

Agua. Largo líquido. Olas. El mar. Divinidad ancha de sal. El baile espumoso que humedece las costas, el puerto y el fondeadero donde relumbran las naves.

La madera del casco de los barcos ha olvidado ya la raíz de los árboles que alguna vez fue. Ha olvidado las verdes melenas de las copas. 

 Un rostro adusto se desplaza por cubierta. En un mapa mental, el almirante revisa el camino a seguir.

  Y los marinos preparan las velas. Una brisa con fragancias salitrosas trae sonidos de playas lejanas, nunca visitadas aún por ningún europeo. Saben que, en su incierto viaje, estará ausente la cálida ternura de la mujer. No habrá, en los días que vienen, la delicada hendidura femenina que se entrega al hombre. No habrá un quieto lecho donde dormir sin angustia. No habrá la misa dominical y su consuelo; no habrá suelo de rocas seguras; no habrá ya certeza. 

  La única religión será la pasión para embestir. Embestir sobre la ola amable ahora, o enardecida después. La única oración o rezo será embestir sobre el mar que desprecia los puertos y los espacios domesticados de los mapas. 

  Embestir será la religión. La única fe del descubridor.

 Las velas se hinchan lo suficiente. La gran aventura se inicia...

 La única verdad ahora es el agua, el sol y las tempestades, las nubes, las lluvias y el ocaso; las estrellas y los peces.   

  Y al agua habrá que someterla. Al agua que da el cuerpo, la sangre fluida, la respiración vital. A la Madre Agua, a la fuente, habrá que azotarla para que deje que una nueva tierra emerja entre su espumosa piel. La única moral es amenazar al mar. No mostrar miedo o desesperación. Y arrastrar al océano, conmocionarlo y desgarrarlo para que así las propias aguas quieran encontrar un continente, una serena costa donde curar sus heridas.

   Pero la nueva tierra no brota todavía en lontananza. Poco a poco, en los ojos se acomoda la herrumbre de la desesperanza. Derrumbados, los marinos sudan su amargura en las cubiertas. El mar grita su condición divina. Se burla del azote de las proas. No teme a las embestidas de los descubridores.

 Para sus adentros, el jefe de la expedición aprende a deponer su pose erguida y orgullosa de conquista. Sufre en secreto junto al palo mayor. Por el dorso escondido de su rostro, corren los gusanos del miedo. Pero no debe romper su apariencia de seguridad.

 Siempre lo entendió con claridad: no será arrojando puñales de amenaza e intimidación sobre el mar como se llegará hasta las playas deseadas. El hombre sólo conquista aquello que el destino le concede. La música repetida del corazón es un don, un misterioso obsequio de una realidad incomprensible. Y también lo es la oportunidad de alcanzar las altas cumbres. 

  Y el Almirante ya lo sabe, lo sabe... Muy fuerte en la madera tendrá que hundir sus rodillas. Porque allí está la tierra. Allí está el agua que recibirán las pisadas lentas y el reflejo de los labios que se arquean con el signo de una sonrisa. 

 Y los marinos desembarcan. 

 Por sus mejillas ruedan las gotas que nacen de sus ojos nimbados por la emoción.  

  Fláccidas, las rodillas se hunden en la arena. Los brazos se alzan hasta las nubes. Aunque luego será el cañón, el trueno y la cruz, ahora es el rostro de las lágrimas agradecidas. La celebración por el viaje heroico. Por el descubrimiento titánico. Ahora, sólo ahora, se postran conmovidos los descubridores. Los conquistadores. Que  luego no tolerarán el blanco puro de las nubes que se mecen sobre América.


 

 ÁGUILA CAÍDA

Entrevisiones de Napoleón en el ocaso

  Las aguas no saben. El viento que estira las velas no sabe. El sol que labra campanarios de luz no lo sabe. El jirón húmedo de la costa no lo sabe. Nadie sabe quién es el hombre que arroja su amargura sobre cubierta. Ahora sólo es un escombro solitario. Antes, fue un águila disfrazada con un cuerpo humano.

  El ave caída se inició en las tormentas de la guerra entre las salvas de la artillería. Ahora quisiera que una bala de cañón horadara una montaña y creara una cueva donde ocultarse. Y donde olvidar y beber serenidad. 

    Y la nave atraviesa las olas indiferentes. En la proa, al viejo pájaro desplomado le gusta imaginar que el horizonte retrocede, asustado y respetuoso, ante él, el general caído que escudriña el océano. Las aguas, el viento y el sol, se comunican mediante un lenguaje inaudible para el oído humano. 

  ¿Qué podría sustraer al bronce áureo del sol, o a los cascabeles susurrantes del viento, o a los penachos salados del mar de su diálogo en el que lo humano no participa ni es? ¿Acaso el recuerdo de los estruendos de las batallas podrá exhalar un grito que le ordene a la Naturaleza escuchar, ver y honrar al guerrero meditabundo?

  El mucho fuego de los cañones no impresionan al búho de los bosques. No conmueve tampoco al mar de los caballos de espuma. Los alaridos de la carga, los quejidos dantescos de los heridos, no inmutan a la tierra. No detienen ahora tampoco al viento.       

  Antes, toda Europa temblaba bajo la mirada del guerrero. Ahora, en la Isla de Santa Elena, el emperador orgulloso tendrá como único dominio una diminuta casona, infectada de ratas. 

  El tedio invade los días. Pasan las jornadas de sol. Pasan los carnavales de estrellas y el ardor de la luna, mientras el águila caída se ensombrece entre nubarrones de melancolía y muchos puñales de hielo.

  Antes fue Versalles, la pompas de las fiestas cortesanas, el fasto de los palacios y los mobiliarios de destellos aterciopelados. Ahora son las velas de una llama breve; la chimenea de un pequeño fuego. Y los simulacros de una corte desterrada, junto a Louis Marchan, el conde Jean Tristan Mortolon; y Francesco Cipriani, el paisano del general, el que también es nativo de Córcega. Allí, la hombría y las peleas entre clanes eran la escuela que forjaba a los líderes. Entre las cotidianas trifulcas, aprendió el hijo de la pequeña isla el arte de dirigir. 

El corso llegó después a la Francia de los insignes nombres: Vercingentorix, Clodoveo, Carlomagno, Richelieu. 

  Con los puños, y con largos días de estudio, el joven de Córcega subió la escalera de los galones. Alcanzó el poder de mandar. En los libros vivió por primera vez la tempestad de las batallas. Aprendió de los grandes generales: Julio César, Aníbal, Alejandro, Escipión el Africano. Los combates que luego vinieron fueron una repetición de las viejas estrategias de combate leídas por un joven estudiante. 

  Poco le agregaría el corso al arte de la estrategia. Sus planes serían variaciones de la antigua gramática de la guerra. Ganaría las batallas en su mente; sólo luego en el terreno.

  Antes, su talento encendió muchas hogueras de victoria. El recuerdo de aquel calor ahora es el único bálsamo para el general vencido. 

  Para recordar, llega hoy de nuevo el águila caída al borde de una roca triste, frente al mar. Viste ropas discretas. Pero se imagina nuevamente con sus botas negras, con un pantalón de pura y regia blancura, con el chaleco de tenso azul orlado por las hileras de botones gualdos. Y el sombrero de los puntiagudos extremos negros que se arquean hacia abajo como garras que desean aferrar el cuello de la tierra. 

   Y una de las manos del pájaro derrotado se adentra en el reverso de la chaqueta; el otro brazo, se endurece tras la espalda.

   De nuevo una pincelada de orgullo barniza el rostro de la vieja águila. De nuevo, sus ojos buscan al dragón enemigo para, luego, lanzar balas y fuego. 

  Y recuerda el general caído el primer peldaño en la escalera de la gloria. Que también fue una pasión asesina.

  Recuerda el día de Toulon, donde aferró entre sus manos el estandarte revolucionario y encabezó la carga, sin ningún temor, entre un vendaval de balas. Los primeros leones de grandeza rugieron en su frente.

  En su mirada nació la certeza de poseer un destino único. Y no se detuvo entonces el águila hasta llegar al campanario de la victoria. 

  Y vino la campaña victoriosa en Italia, la jornada de Marengo y el Consulado. Y la fama. La estima popular. El poder sobre el poder del pequeño corso de negras botas. Y el día del primer delirio megalómano. El hombre que se hizo emperador. Dios. Que con sus propias manos acomodó la corona sobre su cabeza mortal. Que entonces era ya la calva morada de una divinidad.

  Una mañana neblinosa construyó su máximo triunfo en un valle que los hombres llamaron Austerlitz. La noche anterior, el águila de botas oscuras visitó a sus tropas. Entre la oscuridad nocturna, miles de guerreros saludaron con antorchas a su general. Se despidió de ellos con un saludo breve e intenso que sería el último. Porque muchos de los que coronaban sus brazos con las teas refulgentes perderían su aliento al día siguiente. 

Y así ocurrió. Miles de bravos caminaron hacia sus tumbas bajo el ala extendida del ambicioso general.

  Poco le conmovió al guerrero, de la baja estatura, ordenar que la artillería disparase al lago helado sobre el que austriacos y rusos se retiraban. Al romperse el hielo, miles de soldados indefensos murieron ahogados. 

  Con los sablazos de su ambición impulsó a un ejército inmenso hacia la Rusia que batalló con el mongol. Allí, regó la nieve con la inacabable sangre de sus soldados.

  Y sin embargo los guerreros franceses no dejaron de amar al águila altiva. Con la primera hemorragia del fracaso, el general fue encadenado a la roca de Elba. Pero rompió poco después la cárcel de piedra. Regresó a la Francia amada. Y mostró su pecho a las bayonetas de sus viejos centuriones.

  Y sigue recordando el ave derrumbada en el borde de la roca frente al mar. Recuerda de nuevo, a los soldados que le envió Luis XVIII para detenerlo. Le mostró el pecho para que le dispararan, si así lo querían. Pero todos se postraron ante él, y lo aclamaron como a un sol con forma humana.  

  Y luego el regreso a París. La huida del Rey. Y otra vez el hambre de conquista. Los estandartes desafiantes. Las gárgolas deleitándose con las inminentes escenas de cuerpos despedazados entre las guadañas de la muerte. Las ventanas y calles parisienses convertidas en cascadas de flores y aclamaciones. Y sí: el ejército del general que volvió del exilio, nuevamente hacía retumbar las montañas y las praderas. 

  Y Prusia e Inglaterra lanzaron a los caminos de Europa a miles de soldados con el mandato de derribar al pájaro soberbio. Wellington y Blucher acordaron disparar juntos sobre la amenaza francesa. El águila descendió una vez más desde su cumbre y masacró a quince mil prusianos en la batalla de Ligny. Los primitivos dioses de la guerra de nuevo parecían proteger al caudillo francés de las muchas victorias. 

  Wellington dispuso sus fuerzas en las colinas levemente onduladas de Waterloo. El león  galo siguió a su presa hasta allí. El prusiano debía ser mantenido lejos. La fiera prusiana e inglesa no debían unirse. Sólo eso aseguraría la derrota del inglés. El general-águila comisionó entonces a Grouchy para aquella tarea. 

  Antes de la batalla, el cielo derramó una generosa lluvia sobre las lomas. El suelo enlodado retrasaría varias horas los saltos letales de los balas de cañón. El general que escapó de Elba debió postergar el inicio del ataque. Una de las muchas razones de la futura debacle.

  Y entonces estalló el primer trueno. El primer rayo. El primer cañonazo. Los cañones de ambos bandos se arrojaron calientes gritos metal. Y comenzó la lenta y gran avalancha de la infantería francesa sobre el Chateau. Y las balas, las salvas de artillería, las bayonetas, perforaban la carne. Y los prusianos se acercaban, mientras Grouchy permanecía lejos con varios miles de hombres bajo su mando. 

  Los ingleses detuvieron la arremetida enemiga. El logro los entusiasmó. Los jinetes británicos, y sus caballos, se creyeron dioses inmortales, incandescentes, capaces de atravesar murallas de hierro y diamante. Cargaron enloquecidos, y penetraron muy adentro en las fauces del lobo imperial. Exhaustos, los caballos se detuvieron antes de que explotaran sus corazones. Los bravos escoceses ya no podían volver a sus líneas. Un millar de los audaces jinetes sintieron entonces cómo sus cuerpos eran atravesados por los lanceros franceses.

  Y el águila atrincherada en retaguardia, en su cima, aún creía en la victoria. Una confianza  excesiva y una desacertada opinión de Ney, lo decidió a lanzar su caballería en una ambiciosa carga. Catorce mil hombres y caballos, sin auxilio de infantería y artillera, se lanzaron con furia y frialdad sobre los ingleses abroquelados en estrictos cuadros defensivos. En silencio, la marea de jinetes cabalgó hacia los rojos infantes. 

  Por un instante el inglés no vio el peligro. No recordó la serpiente devoradora de la guerra. Se convirtió en asombrado contemplador del ballet de la caballería enemiga que extendía sus penachos hasta el horizonte remoto. Mientras la tierra chillaba con amenazantes cascabeles, la selva de hombres y caballos galopaba suavemente.  Componía así una majestuosa y  armoniosa danza. Era una imagen hechizante, única en la historia, acaso urdida por un mago llegado de un cercano bosque druídico. 

  Pero la efímera fascinación concluyó cuando el inglés recordó que, junto a la bella estampa de los jinetes y sus caballos, lo que venía eran miles de sables. Los sables que pueden partir en dos un cráneo humano. Entonces, el fusil y el cañón de la isla británica escupió el metal que perforó las casacas lustrosas y las crines revoltosas de los caballos. Cientos de jinetes caían y morían.

  En los ojos del águila el sol del triunfo empezaba a ensombrecerse. A ambos costados de su negro sombrero se apelotonaban, en tétrico desorden, millares de espadas partidas.

 Por eso, la última decisión llegó: 

 ¡Que ataque la Vieja Guardia! 

 Los viejos guerreros, que sobrevivieron a tantas matanzas, avanzaron sobre  las líneas inglesas. 

  Wellington convirtió a la tierra en su aliada. Los ordenados cuadros de casacas rojas se escondieron tras las lomas. Se tornaron invisibles. Con un rabioso huracán de balas, sorprendieron a los duros de la Vieja Guardia. Tantos cuerpos cayeron perforados que los fieros guerreros de Francia rompieron filas. Y poco después llegaba Blucher y sus prusianos. Grouchy fracasó en su misión.

  La estatua para celebrar el triunfo francés se desmembró al fin. Entre los trozos de mármol chamuscados, escapaban miles de franceses. 

  En cada fuga atropellada, en el ya sepulcral campo de Waterloo, el águila perdía una de sus plumas. 

 Y el águila caía. Caía.

  La luz del antiguo emperador se apagaba en el pánico de cada soldado que escapaba.  Antes, el cielo era el lugar para el vuelo libre y placentero del águila-general. Ahora, el viejo guerrero derrotado percibía la muerte del propio espíritu. Sentía los temblores de su cuerpo estragado por la pérdida absoluta.  

  Y en el mar, que ahora escudriña el águila que ya nunca volará, brotan hogueras donde se incendia la gloria. 

  Desde la distancia, algunas miradas inglesas suelen observar al meditabundo general. Algunos de los rostros observadores exhalan poses remilgadas; otros, exhiben mejillas estriadas por un mohín de dureza. Pero ninguno de ellos podrá escudriñar los rescoldos últimos de la vieja fogata. Ninguno sospecha la última batalla que se repite en el solitario que escruta la distancia marina. Nunca sospecharán la caída que sigue y no concluye. Nunca comprenderán la desolación de caer desde los ojos del sol.

  Sólo ven, sin entender, al hombre quieto que recuerda. A Napoleón sobre la roca, frente al mar, con el cielo derrumbado sobre sus hombros. Y los miles de soldados que siguen muriendo a sus pies.


 

BOLÍVAR EN EL CHIMBORAZO

  En alguna tarde venezolana clavas la espada de tus ojos en la llanura. Rápido, imaginas allí un sendero de llamas. En el fondo de aquella senda se derrumban los soldados españoles. Allí, gritan las futuras batallas; allí, se desploman los campanarios, y mueren nobles caballos junto a los hombres. Y las nubes ascienden atosigadas de sangre hasta la cima del cielo. 

  Sí, lo sabes bien. Llegará la guerra. Y los niños y las mujeres sufrirán. Los cementerios recibirán cientos de cadáveres. No habrá sosiego para contemplar un bello ocaso o disfrutar las santas letras de la Biblia o la docta cultura de los libros. Pero qué importa todo aquello si una nueva bandera libre flameará en el centro del sol; qué importa todo aquello si, entre la selva asesina de las batallas, nacerá una Venezuela y Colombia libres.

 Y:

  muchos soles después de la visión en la llanura, llega el gran General, el Soñador, a los pies de una montaña. El Chimborazo. Allí recuerda la hacienda de sus padres; los viajes a Europa con Simón Rodríguez; una vida de despilfarro y holganza en las cortes europeas. Pero también de estudio concentrado y aprendizaje de filosofías iluministas y libertarias, y de tácticas militares.

  El viajero venezolano vio de cerca al vencedor de Austerlitz, al futuro derrotado de Waterloo. Admiró su genio bélico, pero detestó su delirio imperial. En Londres, conferenció con Miranda. Luego, con las insignias de masón, regresó a la patria.

 Entonces:

 el General empezó a subir una escalera sangrienta. Muchas veces caería el Soñador sobre un lecho amargo de piedras. Con las mejillas ensangrentadas, siempre volvió a ponerse de pie. Luego, un terremoto forjó violentas grietas. La tierra aulló. Las piernas de Caracas se quebraron. Los sacerdotes del Rey se apresuraron a decir que Dios castigaba al pueblo rebelde. Y el Soñador no dudó en lanzar su famoso desafío:  "Si la naturaleza se nos opone, también la derrotaremos".

  El General Soñador sufrió nuevas derrotas. Fue inevitable el exilio en Jamaica. Pero regreso después como guerrero al continente. Y su voz retumbó en Cartagena y la Angostura.

   La tierra que destruyó Caracas le envió también a Sucre, el amigo fiel, el valiente capitán. Dos cóndores fueron entonces los que asolaron al español arrogante. Y vencieron en Bogota, Carabobo, Bomboná, Pichinca, Junín, Ayachucho.

  Y luego se le reprocharía al general Soñador el haberse traicionado a sí mismo. Se le acusó de tirano. De ambicionar un poder sin fin en el fallido híbrido de la Gran Colombia. Quizá la acusación tenía fundamentos atendibles. Y vino entonces el atentado, el escapar semidesnudo por una ventana, y en el crepúsculo final y más triste, la muerte en la pobreza.

  Pero ahora, ahora:

  la montaña llama al Soñador. El Chimborazo quiere escuchar el corazón del guerrero que sueña. El que sueña sube por la ladera de la elevación que los indios llamaban "nieve del otro bando". El Chimborazo es esposo de Tungurahua. Ambas montañas se unen cuando el cielo resplandece con la pasión del relámpago. 

  Humbolt quiso antes llegar a la cima del Chimborazo, donde ningún humano había respirado todavía. No pudo. Pero el que siempre ha sobrevivido a la ira de los sables y las balas, ¿cómo no podrá "trepar por los cabellos canosos del gigante de la tierra"?

  El General sube. Sube. Serpientes de viento fluyen por sus hombros. Guirnaldas de creciente emoción se desplazan entre las frondosas cejas del escalador.

  Y la sangre del Soñador empieza a arder. Su calor desintegra la razón. Su calor es una fiebre, la fiebre de un delirio...

   Un sordo rumor retumba entre las nubes. Los rayos del sol se avivan. Aves de varias especies y plumajes escoltan el carro. El carro del Dios de Colombia; de bruñidas ruedas áureas. El carro que se detiene sobre la afiebrada cabeza del soñador. 

  El General que sueña toca el cielo. Pero sus pies se suspenden sobre un abismo. Desde el borde de la cavidad abismal, llega el tiempo. Es un jinete montado en un oscuro caballo. En su mano trae la hoz de la muerte.

  En el vasto latido de la eternidad es muy débil la huella humana. Aun la máxima gloria del hombre es casi un inaudible chasquido entre los tambores de los años. El hombre no debe olvidar que es un instrumento del fuego. Pero no la llama eterna.

  Recordar la propia pequeñez aligera. Permite elevarse, volar. Se asciende cuando se sabe que somos una pluma del pájaro, pero no el pájaro inacabable. Infinito.

  Y entonces podrá aparecer el ave que custodia los signos secretos.

 El cóndor. 

  El cóndor extiende sus alas tras la cima. El pájaro vuela a veces para abrazar las medidas sin medidas del espacio. En un veloz vuelo traza un círculo. En ese movimiento, atisba los penachos verdes de los suelos. Y las corazas titilantes de las estrellas. Los templos de los hombres. Las llanuras ondulantes de los mares.

  Y el cóndor regresa a una cumbre de los Andes. Quizá al Chimborazo. Y cierra sus alas junto al caballo del tiempo.

  Y el tiempo, el cóndor y la montaña, le ordenan al General Soñador que recuerde su éxtasis, las imágenes de la visión delirante. Debe recordar para luego revelarle un camino a los compatriotas que respiran a los pies de la cordillera andina.

  Y el guerrero que sueña, que delira, cae sobre la roca. La montaña se enfría. El viento calla. El jinete con la hoz es engullido por la tierra profunda. El escalador quisiera yacer plácido, sin interrupciones, con la continua miel de su visión jaspeando sus pupilas. Por siempre. 

   Pero entonces Simón Bolívar escucha la voz de Colombia que le grita: "¡Levántate! ¡Y ve a cumplir tu sueño!".  


 

EL ALTAR SUMERGIDO

 

   Salto...salto nuevo. Nuevo salto de delfín...

Quisiera saltar contigo y llevar en aletas vidas secretas del océano, evocaciones del cielo ligero, sonidos de un jubilo que asciende como vapor desde el fuego.

Y en este nuevo salto, antes de inclinarte y tallar tu gracia en un semicírculo, te estiras en una línea recta, semejante a una columna firme de templo; y percibo que demoras el giro que lleva a la cima de tu salto. Y lo entreveo, lo presumo, quieres prolongar un instante la suspensión, anhelas extender el segundo de tu pose erecta porque ahora es cuando percibes todo el mar. Todo el mar que asciende y flota contigo.

Lo sé...lo sé... en tu breve latido aéreo, en tu fugaz tiempo de pájaro, en tu hacer que suba el mar y salte en el aire, en tu rostro se enreda cada habitante del agua. Cada pez nada en ti; cada medusa y coral, cangrejo y flora de mar, serpentean en torbellinos dentro de ti; cada roca y volcán, cada montaña y fosa, golpean platillos vivaces en ti; cada ancla y madera de barco muerto, cada marino dormido en los lechos, soplan. Soplan flautas angustiadas en ti.

Y, entonces, cerca de tus ojos suspendidos, todos los seres de la mar contemplan contigo, contemplamos juntos, la bóveda acribillada de luz y anchura, las nubes que beben altura, las olas que golpean el torso del océano para acompañar los murmullos del viento.

Y contemplamos el anillo del horizonte, donde la lejanía oculta su origen. Y, gracias a tus saltos, toda pesadez oceánica ahora es aire, flotación, percepción hirviente del mundo sin agua. Y gracias a tus saltos: la pesadez es ligero asombro que flota.

Y ya empiezas a inclinarte. El giro comienza. La cima de tu salto espera. Y, ya sí, sí, derramemos aletas y elasticidad de esponja en un medio círculo, en una figura arqueada, próxima al arco de la bóveda. Y el gran cielo descubre el pequeño cielo que aferras entre tus aletas y el lomo arqueado. Y el mar que te observa, recuerda un cielo que en una noche oscura parieron las aguas.

Y tu salto enciende y extingue selvas de antorchas, y da más bríos a ríos salvajes y molinos incansables; y, desde nuestro efímero cielo, regresamos, contigo regreso....regresamos...a lo hondo...

Un diapasón secreto brota lento entre tus vértebras. Relámpagos de sonido emanan de tu piel. Serpientes de vibración nacen de tu verbo. A veces, tu sonido es látigo sutil que encuentra y luego engulle a la presa. Pero, otras...¿ pero otras...? ¿Qué música es la que urden las campanas de sonido que emanas? ¿Son tus sonidos, tus palabras, flechas que viajan lejos, ancla que se hunde, nube que trepa la cúpula? ¿Hasta dónde quieres que descienda contigo? 

¿Es distinto el mar a lo que los sabios de mi especie aseguran? ¿Por qué me dices, con fastidio en ocasiones, que regrese a la superficie de mi urbe seca, refugio de borrascas de sequedad? ¿Qué me hace creer que me asiste el don de acompañarte y de acompañar tus sonidos, tus palabras, hacia la noche escondida del océano?

¿ Acaso crees que yo podría renacer en tu gramática extraña de cetáceo?

¿ Acaso imaginas que el humano pueda arraigar donde lo sonoro es revelación y no información?

Al menos, imagina por mí, hermano del salto y el océano, que la diosa, la Diosa que te ha dado el agua, te impone una pesadilla donde no podrás conseguir que me aparte de ti; no podrás evitar que te siga al descender a la entraña de la tierra submarina. Y la Diosa te obliga a que pienses en mí: la verdad no aletea en el concepto. Seco. El ser esquivo se disfraza con armaduras de agua. Agua desde la que Algo pare seres y mundos...

Pero, ahora, debemos subir...¨¡Sube! ¡Sube!¨, me dices. ¿Es que ya me ha sido concedido el pensar dentro de ti, el descifrar tus señales? ¿Acaso será por eso que no te sorprendes cuando cerca de ti, emerjo en aguas frías y nocturnas?

La esfera de plata mece su cabellera sobre el mar; entre débiles olas, centellean y se ondulan sus rizos plateados; y advierto que, junto a ti, vienen otros cientos de tu especie. Y nadamos hacia una noche que no espera el alba...

Todos en silencio, nos deslizamos hacia un faro ajeno a la mirada de los marinos. Y me detengo porque tú y los tuyos, se han detenido; y porque estoy cerca de ti, no dudo que la Reina de la Noche se hunde en la copa de sal y agua del océano. Y nada debajo de nosotros. Y, lo presiento, lo imagino, ya muchos de los tuyos acuden a un altar inundado.

Y en el alfabeto viejo del mar descendemos. Desciendo próximo a cientos de tus hermanos. En cada segundo de caída, se desvanecen las torres altas de mis recuerdos humanos. ¿Qué otro, con las formas de mis piernas y mis ojos, ha descendido en este valle de vegetación que se hunde?

Y llegamos hasta piedras aplastadas de agua. Nadamos alrededor del altar inundado. Sí, ahora, olvídate amigo cetáceo que fui alguna vez, aunque acaso siga siéndolo, prisionero de la urbe moderna. Seca. Pulpo ahogado por sus propios tentáculos. Olvídate para que yo también pueda girar alrededor de la esfera que irradia tempestades de luz empapada. Pero, rápido, advierto que la luminosidad se distancia, se repliega en el centro de anillos de oscuridad. Oscuros círculos. Círculos entre la escama de la noche de mar. Círculo y negrura. Círculo donde sé que late el verbo anterior a toda claridad de palabra. A todo farol de pensamiento.

Y, en la noche sumergida, abajo, columbramos remotos cabellos de plata. Los cabellos de la que antes ardía en el altar.

Y todos los de tu especie, inician himnos. Vientos de sonido. Campanadas de líquida vibración. Y tú y los tuyos, nadan hacia abajo. No sé, amigo mío, si pueda seguirte ya. No sé si aún tenga la gracia para que me guíes, mediante candelabros y antorchas de sonido, hacia el centro del anillo oscuro. Hacia el nuevo altar en la noche del agua. Donde sé que tu Diosa te pedirá que saltes.


 

BLODEUWEDD (1)

Decenas de lluvias cayeron sobre un camino de hojas. Vientos y escarabajos, tres duendes y un búho blanco, acudieron a meditar sobre el sendero, bendecido por el agua del cielo.

Entonces, en el vientre del aire se gestó la céltica mujer de la flor. Blodeuwedd. Etéreos soplidos expandieron su figura, entre las túnicas feéricas de las hadas.

  Blodeuwedd: flores de distintos reinos viajaron en las alas de águilas y cuervos, para llegar hasta una exacta escama cristalina de tu cuerpo. Los pétalos y tallos, nervaduras y corolas, fueron esmaltando tu anatomía, perfumada de cedros.

   Dagda (2), el padre de todo, dueño del arpa inspirada y de la voracidad del instinto, vino a verte. Pero dejó que otro te deseara. Lug (3), el de los muchos talentos y el brazo letal como lanza, vino a verte. Pero dejo que otro te deseara. Cuchulainn (4), el del enajenado frenesí guerrero, el que venció a los perros del herrero Culann, vino a verte. Pero dejó que otro te deseara.

  Hoy, entre las gaitas de una tormenta que se precipita, yo vengo. Para desearte.

  Dentro del bosque que protege lunas de cuernos azules, te deseo. Te deseo dentro de un recuerdo celta.

 No lejos de un castillo y un pozo negro, crece tu piel de flores. Tus manos rozan escaleras hacia las nubes y en el roce de tus talones sobre la hojarasca bullen las raíces de nuevos árboles. En el gemido del crepúsculo, le regalas fogatas a los búhos. Giras, con piel grávida de músicas, dentro de vestidos de hierba. 

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