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PROSAS
POÉTICAS II
Por
Esteban Ierardo
EN
LA NIEVE, EL TIGRE
En
la nieve, el tigre.
Durante
millones de años, la tierra contempla
el cielo con sus estrellas. En las noches, las montañas
meditan en el origen de las constelaciones. Los mares
escrutan el otro océano, la bóveda nocturna donde navegan los astros. Los animales en
el bosque y los árboles y la hierba,
escudriñan
las trenzas de la luna descolgándose entre penumbras.
Siempre,
alguna roca pujó por romper
la cárcel de la pesadez. Para
volar. Por imaginarias escaleras de nubes. Hacia algún
otro lecho o ribera, más allá de las estrellas,
o de la mano de algún dios.
Durante
millones de años, lo vivo en la tierra, la
tierra misma, acaso desearon el acercamiento del fuego
del cielo. El descenso de la potencia extraña que
crea las rocas, el tímpano de los murciélagos,
el cuerpo del rinoceronte.
El
ciervo siempre ha querido que descienda el fuego quemante
que brilla arriba, y que contiene algo del misterio
de la materia polimorfa.
El
caballo siempre ha querido que el origen de su
fuerza salvaje descienda desde alguna herida del sol;
el volcán siempre ha querido un fervor más elevado que su lava rojiza, un fuego como el que baja de las
melenas del cielo hasta los campos y las laderas.
Y
la piedra de mucho silencio en su centro, las ramas
de mucho viento en sus bordes, las playas de muchas
olas en su arena, quieren como siempre, como ahora,
que el fuego del cielo descienda, baje. Y se muestre en
alguna forma. En una sola forma. En algún ser, un
único ser.
Y
yo también lo quiero. Quiero contemplar la
forma donde el fuego creador desciende. Y se concentra.
Se desnuda. Se muestra.
Mientras
tanto, a mi alrededor, se narcotizan las pantallas
televisivas con últimas novedades. Y músicas apresuradas.
Mientras veo los edificios. Las torres de la ciudad,
que cierran sus ventanas al misterio solar. Pero
alcanzo a flotar sobre la modernidad, que no se fascina
ya por ningún enigma.
Y
quiero ver, y vivir, donde el fuego celeste ya ha descendido
en una forma, en una sola forma. Que corre y respira a
través
del agua helada de los lagos, el torso áspero de las
montañas. Los escudos silbantes del viento.
Quiero
ver la forma, la única forma, donde todo el fuego caliente y
disperso del cielo hierve. Y corre.
Y
aunque esté rodeado por calles selváticas y automóviles, camino sobre la nieve.
Camino sobre la tierra blanca. Respiro. Contemplo. Lo
que se me obsequia. No temo el fin del asombro. No recuerdo
cementerios ni lápidas. Escucho. El regreso. Incesante.
Del viento. En mi piel hormiguean los verbos de lo vivo.
Y
en mi lento avanzar sobre la blancura me integro a una
comunidad del deseo. Las rocas, la tierra, el bosque, la montaña, el agua, el viento,
desean. Quieren que regrese. Y se muestre el fuego. El
origen insoportable.
Yo también lo quiero.
El día es luminoso. Toda la cúpula brilla. La serenidad difunde una cadencia
de quietud. Un búho duerme. La serena belleza es placentera. Pero el deseo por recordar
y recuperar la razón del fuego es más
grande. Por
eso, yo también deseo algo más poderoso
que el sosiego.
Quiero
ver el regreso de la forma, de la única forma, donde grita la luz.
Por
eso, ya quiero verte tigre cuando vienes, cuando regresas.
Quiero
verte cuando corres sobre la nieve, entre centellas del sol, y
árboles, que inclinan sus hojas ante ti.
Quiero
verte y te veo con tus ojos de trueno en pos de la
nueva presa.
Quiero verte y te veo,
te veo ya. Y me arrodillo golpeado por el asombro y las preguntas
que vomitan silencio: ¿Qué
lenguaje antiguo sobrevive en la palabra de tu piel? ¿Qué es lo que tus ojos miran? ¿Qué
secreto ser tus garras quieren atrapar?
Sigo arrodillado sobre la nieve, para entender aunque
sea alguna hebra de tu belleza. Y de vuelta colisiono
con un interrogante: ¿En qué reino viven aún los herreros que forjaron
los volcanes de tus colores? Y luego me sigue
estrangulando la pregunta: ¿sólo tengo que reverenciarte y dedicarte palabras
de poeta? ¿ O debo ponerme de nuevo
de pie, y correr detrás de ti, hasta donde alcance la
pequeñez de mi grito, a través de tus huellas en el sueño claro de la nieve?
Sí,
tengo que seguirte con el corazón rozando una fuerza
olvidada.
El
animal corre en la eternidad de esfinges, estatuas y
dioses. El ser distinto al humano anima lo que se mueve,
sin ser a su vez movido.
Y
corro tras tu felina movilidad en la entraña
metafísica de la llama.
¿
Pero hasta dónde podré seguirte? ¿ Hasta dónde
podré seguir el camino de lava de tus colores? Eres el que vive para desbordarse. Y la lava y el calor.
Y tu lava y tu calor se desbordan entre rocas. Ciervos. Y
las estepas nevadas. Y los arroyos cristalinos. Y las laderas de las montañas
jaspeadas de bosques.
Y,
te sigo, tigre en la nieve, aunque deba renunciar al conocimiento en favor de la fascinación.
Por eso, ya nunca me abandonará la sorpresa. Y
canto dentro de tu llamado, tigre,
que corres con los muchos volcanes en la piel.
Tigre,
que corres, en la nieve.
Con
la fuente insoportable de la luz.
UN
PINTOR CHINO
El
cielo siente la nostalgia de la lluvia. En su altura,
se acumulan las nubes. La tierra está seca. El viento no es
traspasado todavía por el
dulce descenso de las gotas.
Y
entre el bosque y las montañas, serpentea un camino jaspeado
de piedras y jirones de suelo áspero. Sobre el sendero,
proyecta su sombra un viajero solitario. Se sostiene sobre tres
pies: las dos extremidades naturales de su
cuerpo, y un bastón de bambú, que prolonga uno de sus brazos.
En su talego palpitan varias pinturas ya concluidas, y un rollo de exquisito papel, un frasco
de tinta, y los pinceles que nunca lo abandonan.
¿Podrá
el pintor olvidar los ríos de bellos soles y lluvias que visitaron
antes sus ojos? ¿Cómo suspender el placer
del recuerdo para permitir que nuevas brisas de maravilla
lleguen hasta su piel? Es necesario olvidar
para que las últimas evidencias del milagro de lo vivo
embriaguen el espíritu.
El pintor
deja de evocar el ayer entonces, para que un nuevo viento cante en
sus huesos.
Muchas veces,
Toyo durmió junto al fuego de
una fogata. Antes de conciliar el sueño, pensó con
insistencia en algo que su maestro le manifestó una tarde, en la que
hermosas nubes cárdenas tapizaban las alturas del cielo. "El arte no
necesita de muchas obras -le dijo su maestro-. Debes
servirle a una sola figura...".
"¿Cuál
es la única figura a la que debo servir?", nuevamente se
pregunta Toyo frente al trémulo baile de las
llamas. Y luego viene el sueño. Y dentro de los sueños, cantan
alegres mujeres que se bañan. Y en los sueños se alzan palacios de
ventanas de reflejos ámbar, y de diez
mil pisos y diez mil habitantes divinos. Y los sueños del
pintor son pródigos en dragones, salamandras, venerables antepasados,
y los rayos de la diosa solar Amateratsu.
Fuera
de los sueños, en la meditación ante el fuego, Toyo piensa en una casa que
flota; su techo es una nube; su piso,
la cumbre de una montaña solitaria. El artista camina hacia un único
hogar: la casa suspendida, la que vive en el río de las
muchas cosas.
Toyo
busca la casa suspendida. Desde sus ventanas, quizá alcance a
escudriñar la única figura a la que el pintor le debe
ser fiel.
¿Cómo habrá encontrado el Buda su casa suspendida? ¿La halló durante su lucha contra sus
demonios en el retiro ascético en el desierto? ¿La halló
meditando bajo el árbol Bo, o en el placer inefable del
éxtasis orgásmico?
¡Qué
importa como el Bodisattwa y otros maestros hallaron la casa!
Toyo necesita habitar su propia casa suspendida. Para eso, debe caminar
sin ninguna certeza. Sólo le queda moverse con
los pies de una gran espera. Y actuar y dar. Sin aspirar a
ninguna recompensa.
Así
lo hicieron y lo hacen sus maestros en el monasterio. Sólo
caminan y dan. Al vivir así, acaso dentro de un resplandor
inopinado,
el sol se desnude. Y entonces la casa suspendida...
Y
Toyo camina, ve, respira, acaricia. Y venera la
música del arroyo. Y desea escuchar el interior del agua.
Se acomoda sobre una roca,
con la bolsa colmada por sus preciados
rollos; con sus imágenes ya pintadas, acaso sus únicas posesiones. Y
hunde sus pies en el remanso
dulce y espumeante de la corriente. Los árboles cercanos endulzan sus mejillas con aromas vegetales. La humedad de
las raíces que bordean la corriente envuelven su
piel con caricias amorosas; mientras, sobre las hojas, se
anuncia el dorso oscuro y titilante de la noche.
La
luna brilla en el centro de un jardín de estrellas. El
tiempo descansa sentado en los labios de las rocas.
Los espíritus del bosque ya no deambulan entre los árboles;
ahora se mueven dentro de la sombra sin contorno de las
ramas. La tierra misma contempla la luz celeste. Los
animales flotan dentro de sueños que Toyo no puede
imaginar.
Pero
Toyo quiere imaginar las peripecias de la luna. El pintor
juega, imagina, y el disco de plata avanza ya a grandes zancadas, en una
imperceptible línea recta, entre los astros de parpadeante luz.
El artista se cuelga de una cuerda
enrollada en los pies de la dama lunar. Y, desde allí, sonríe,
y se saluda a sí mismo, a su cuerpo que, quieto, lo contempla
desde abajo. Y desde su imaginaria altura, Toyo saluda al bosque y las montañas, empapadas
de noche.
Y en la oscuridad profunda se encienden las
antorchas del sol, que brotan en el Oriente. Toyo ha
dormido. Y ya despierta, porque quiere presenciar el
amanecer que llega. Sus pies y su báculo componen una irregular
retahíla de huellas en un camino flanqueado por pinos y rocas.
El pintor sigue las ondulaciones de una serpiente. Abandona
el reino de los árboles. Y, adelante, se dibuja un horizonte
desnudo. La luz regala su poder una vez más. En los ojos de
Toyo arde un asombro.
Y
en su necesario momento, Toyo venera el lento rumor de sus
dientes entre hierbas silvestres o el arroz. Y,
a sus labios, llega la fresca agua de su cuenco.
En
la continuidad de su camino, el pintor descubre aldeas; y arrozales bendecidos por el milagro de las semillas,
y por el canto entusiasta de los agricultores.
Algunos cultivadores del arroz lo invitan a su hogar. Toyo acepta.
Y recibe. Comparte. Escucha. Por cortesía, farfulla algún
consejo. Agradece. Se marcha.
Muy
largo es el camino. Pero le acompañan sus pinturas, sus únicas posesiones.
Se detiene ante una
montaña. Se sienta sobre un
tronco. Una hilera de cerezos nacen en las espaldas de un
bosque, que expande su magia hacia el este. Toyo escucha entonces el canto de un pájaro.
Cerca, un caballo bufa en un paisaje festoneado por
florecillas amarillas. Y el caballo desaparece. El ave y su canto se desvanecen.
Toyo no lamenta esas desapariciones, porque en
sus rollos, en sus imágenes ya pintadas, vuela un pájaro. Y late
un
caballo. El ave y el corcel viven ya en sus pinturas, en esas
figuras de líneas y colores que parecen trozos de su piel.
El
invierno baña la tierra con su blanca melancolía. La calidez estival
retrocede ante las navajas heladas. El agua que
antes cantaba y danzaba ahora es un congelado suspiro. Las guirnaldas
soleadas del verano se han desvanecido. Pero en Toyo algo
permanece como el tiempo: la espera de
la casa suspendida. Desde su altura, la única figura a la
que el pintor le debe ser fiel, tal vez aparezca.
Y
todo vuelve. Como las mariposas que regresan con el fervor
primaveral. La endulzada
bebida de la primavera se vierte de nuevo en
las ánforas del aire. Toyo ama nuevos paisajes. Otra montaña. Otro
árbol. La nueva bella magnolia que
brota bajo sus párpados.
Nunca
se agota la fascinación. El artista es la perpetua mirada
fascinada. Toyo siempre se siente acompañado por las pinturas de la naturaleza.
Lo acompañan el
musgo en las rocas, y el viento que no anuncia su origen ni su
destino; lo acompañan el tremolar tenue de
la hoja suspendida, los círculos de antigüedad en la
madera, el dedo atávico del tiempo que erosiona las piedras, el
grillo y el saltamontes.
Y
a veces,
un resquemor de soledad estruja sus tobillos; pero el
consuelo rápido viene: "Además de la naturaleza, conmigo
están mis pinturas,
mis animales, bosques y montañas...", se repite el
pintor.
Quizá
por eso su talego nunca se aparta de sus hombros. Sus
labios recuperan entonces el flexible arco de la alegría.
Y el sol frota de nuevo sus pisadas. Y con frecuencia, recuerda la lejana casa suspendida, y añora
la única figura a la que sus pinceles le deben fidelidad.
No muy lejos,
otro caminante aparece en el camino. Toyo lo observa al principio sin sorpresa, cual si fuera
una visita presentida y necesaria. Un largo tiempo
fluye
sin que la distancia disminuya entre Toyo y el otro viajero.
Sólo en tres
ocasiones, el desconocido viandante mira por un instante hacia
atrás,
como si reclamara el acercamiento del pintor.
En aquellas efímeras detenciones de su misterioso
acompañante, Toyo percibe una brumosa inquietud, un viento
de extrañas ráfagas emponzoñadas.
Con
la sucesión de nuevos días, Toyo se acostumbra a la presencia del otro viajero. Que siempre respira
delante.
Y es la noche. Cerca, altas montañas se yerguen
como alabardas. Que rasgan las estrellas. El pintor contempla una fogata encendida por el
desconocido. Tal vez ya sea tiempo de acercarse y de ver el
rostro del otro caminante. El pintor medita en el encuentro, pero, en el
final de su cavilación, decide que la posible coincidencia
no debe ser dispuesta por el deseo; debe ser espontánea, como la
caída de una hoja del cerezo.
Entonces, el
día reenciende las candelas de la claridad. El
camino es hoy especialmente serpenteante. Con frecuencia, Toyo
pierde de vista al otro caminante. El tórrido aliento
primaveral barniza de sudor a los viajeros.
Toyo
descansa al pie de un pino. Cerca, escucha la voz de un río, saturado de torbellinos, y
de peligrosas velocidades. El pintor columbra una montaña en lontananza. Añora una
vez más impregnarse con los reflejos de la casa suspendida;
añora su radiante arquitectura tallada por una mano
misteriosa, que protege la única figura a la que su arte
le debe ser fiel.
Algunas
gotas de angustia hormiguean en su cuello. Pero recuerda a
los pájaros, y los caballos que ha pintado, y que viven en
sus rollos, sus pinturas, que lo acompañan cerca, en la
bolsa sobre su espalda.
Toyo derrama nuevas huellas sobre el
camino. Abajo, fluye el río, ancho, veloz; y vibra una presencia
no esperada, cerca de la ribera. Alguien flota; alguien es
succionado por la garganta vertiginosa de la corriente.
El
pintor corre hasta la orilla. Sin dudarlo, se arroja al
feroz pulso del agua. Nada con desesperación. Sus
brazos consiguen aferrar el cuello del desconocido que
flota. El dragón de la corriente veloz desea el alimento de los dos cuerpos.
Pero Toyo no interrumpe sus brazadas. Su
conciencia no gobierna ya ninguna acción. Entre
parpadeos entrecortados, abraza la
tierra salvadora.
Lentamente,
posado sobre una ancha roca, Toyo recupera el ritmo
pausado del aliento. Ladea su rostro. Cerca, reconoce la
chorreante silueta del otro viajero que camina delante, y
vuelve al regazo del bosque.
Y
Toyo, con sus brazos extendidos, mira el cielo, la magia irrecuperable de una nube. En su
espalda, ya no siente su bolsa, sus viejas pinturas. Está casi
desnudo. No posee nada.
Y
reconoce una casa suspendida sobre una cima. Sólo una imagen
silba en
los márgenes de sus ojos.
Una
lluvia.
Y
su pincel, siempre fiel, junto a las gotas frescas.
EL
DESCENSO FINAL
Es
un fuego enojado el que funde el acero. El metal fundido se
convierte en planchas encorvadas, que se
encastran con tornillos y soldaduras. El acero,
lentamente, sueña con algo distinto a su origen; no sueña
ya con la fragua ardiente, sino con el agua del océano. El cuerpo metálico,
nacido del horno de las rojas llamaradas, ahora es un pez,
que se imagina ya dentro del mar.
El pez
acumula escamas soldadas. El pez
madura. Crece. Nace plenamente.
Es
el submarino.
El
pez de larga anatomía curvilínea. Que recibe en su interior a los
seres que se sostienen sobre dos piernas, que ansían imitar
la tormenta y el trueno. Por eso,
quizá, los humanos bípedos inventan las luchas en
las que se despedazan entre sí.
Mucho
fuego que relumbra como el sol, mucho alarido que semeja
un trueno, brotan en las guerras de los extraños humanos bípedos.
En su guerra, los
humanos necesitan también destruirse dentro del espacio
abismal de las aguas.
Por
eso, muchos peces, de metal alguna vez caliente, descienden
hasta los lechos. Las hélices irradian sus zumbidos,
nunca antes escuchados por el pulpo, el tiburón o los corales
y sus bellas orgías de colores.
La
imagen lenta y puntiaguda del belicoso pez inventado por
los hombres se alarga entre el sol que brilla en la superficie, y las profundidades
acuáticas, con su silencio negro.
Y
siempre dentro del submarino, algunos humanos manipulan sus complejos
cartílagos y vértebras. Planean
la destrucción de otras naves que surcan las
superficies. Su sereno viaje se quiebra a
veces, cuando de las ensanchadas narices del submarino,
emergen unas enojadas y pequeñas anguilas que, tan veloces
como algunos animales terrestres, corren hasta estrellarse contra
el barco enemigo. Y entonces, la nave agredida,
estalla. Y vomita desaforadas llamaradas de fuego.
Pero,
en ocasiones, el pez, que destruye con sus anguilas
explosivas, puede ser sorprendido por cilíndricos puños de
metal. Que explotan
con una nerviosa descarga. Y, en ocasiones, en el pez se
abren cavidades, grietas, por donde el agua entra en furiosas cascadas. Para colmar todo espacio seco.
Para iniciar un descenso hacia el silencio, en el fondo enigmático, que no tolera que nadie regrese, luego de escucharlo...
El
puerto se deja embelesar por la aurora. Los bucles del sol
acarician el fondeadero y la bahía. El submarino alemán
espera. Los marinos repasan los últimos detalles, antes de
la inmersión. Por varios meses no verán su patria, la de la
tierra sólida. No es su primea misión. Ya han regresado
del océano en otras oportunidades. Nadie quiere pensar en
alguna travesía cuyo fin no sea el retorno a casa.
Cada miembro de la tripulación conoce
su tarea. Mediante una adecuada coordinación, todos los
marinos forman un solo organismo eficaz. El
capitán conoce el ritmo de cada sonido emitido, la
correcta polifonía de deberes y rendimientos. La máxima
autoridad a bordo tampoco quiere que el futuro sea una
lluvia de navajas cortantes.
Cada
marino acomoda las imágenes de sus seres queridos en algún
sitio. Las fotografías de las personas amadas se veneran
en un improvisado altar del recuerdo. Y toda la
tripulación
suda en nuevos preparativos y ensayos, hasta que el devenir
del reloj los acerca a la hora de la partida. Afuera, brilla
el
sol. Cerca del puerto,
algunos cerros reciben en sus laderas las sombras errantes
de las nubes. Más allá, no muy lejos, se yerguen árboles, establos y granjas. En varios carros se desplazan los campesinos,
que quieren ignorar los latidos de la guerra.
Pero, algo más allá, dentro de la tierra germana,
se agrupan los desafiantes ejércitos. Que se mueven
hacia varios frentes de la muerte. Los soldados,
los cañones, los tanques, todos son movidos por la voz de
un enajenado de bigotes, y oratoria exaltada.
Dentro del dragón germano y guerrero, se teje el enjambre de
las fábricas, de las ciudades y pueblos hipnotizados por un
demencial sueño imperial. En algunos lugares de Alemania, se crean los metales
sumergibles, los peces submarinos, los nuevos hermanos del
pez, del U-Boote, que ya abre sus aletas. Y lentamente abandona el
fondeadero. Y se adentra en el mar.
El pez creado por los hombres se sumerge.
El
submarino desciende por suaves pendientes de agua hasta
unos trescientos metros. Luego, avanza sobre una flotante línea en las
profundidades; y se
interna, de
a poco, en la
garganta del océano. Dentro del pez de las hélices flota un deseo callado, el deseo del regreso,
el ansía por la rápida vuelta a la tierra del padre y la madre. La nube
deseante humedece las paredes, los cuerpos, los compartimientos,
las turbinas, el periscopio, los altares de las imágenes
familiares, los torpedos-anguilas. Y el aire encajonado que roza
las frentes.
Hans,
el más joven, recuerda la joven que conoció en una fiesta
de su pueblo bávaro. La muchacha bailaba, lo invitaba con
una mirada tierna. Y con ella bailó. Con lo que ella era:
la belleza del trigo, las naranjas, los girasoles.
En su camarote, el capitán, el más veterano, inspecciona mapas, proyecta y
calcula tiempos. Y lo previsto en los cálculos se convierte
luego en barcos que aparecen en el
periscopio. En un tiempo y en un lugar aproximados, la víctima ofrece su
perfil al pequeño
pez guerrero. Entonces, desde el capitán
nace la orden. Y se prepara el lanzamiento de una anguila
explosiva. Del torpedo que ya corre hacia el casco
de la embarcación enemiga.
Y
la anguila estalla.
Los
marinos del barco alcanzado también querían volver a la Madre, a la patria, a la tierra natal. Pero,
entre las muchas llamaradas de fuego, el océano engulle
lentamente a la nave herida. Los sobrevivientes saltan al
mar. Con la esperanza del salvavidas, buscan su lugar en
algún bote; otros, son
elegidos por el barco moribundo para hundirse en una gran
tumba en el agua.
En
la tripulación del pez germano reina una moderada alegría. Los
tripulantes de una nave hundida antes eran enemigos; pero
ahora son colegas en desgracia; otros hombres de mar, como
ellos, estrangulados por el infortunio. Y nadie se engaña
en el submarino: la dicha de una victoria puede ser el preámbulo de la propia
destrucción. Fluye la satisfacción
entonces por el deber cumplido, pero despojada de toda
celebración o júbilo.
Y
el capitán hace cálculos en su camarote. Los hombres
cumplen sus tareas rutinarias, y buscan una caricia en el altar
con las imágenes de los seres queridos. Todos suspiran dentro de la nube
del deseo.
Desean,
una vez más, en secreto, el regreso a la patria.
Y
el periscopio confirma lo previsto por el capitán. A veces, el
ojo del pez muestra un día soleado; otros, un cielo plomizo, una mañana,
un mediodía, o un atardecer. Ahora, en el centro de la imagen, se desliza la silueta de
la nueva víctima. Y después se repite la mortal polifonía:
la orden del comandante con los ojos empotrados en la mirilla del
periscopio, las rápidas acciones en la sala de las
anguilas-torpedos, el disparo del dardo asesino, el
estallido, la
columna de fuego, la grieta, la cascada incontenible, la
agonía lenta, el parsimonioso descenso hacia el cementerio
sumergido.
La
dicha moderada embarga nuevamente a los habitantes del
submarino. Por varios días, el pez humano deambula bajo las aguas, sin sobresaltos. El capitán
piensa que es tiempo de un descanso. El submarino
recupera la superficie. El mar no es ya un vientre oscuro. El océano es
una inacabable eternidad visible. Y, lentamente, la luz del sol se desangra en
lontananza. El ocaso muerde al mar con dientes púrpura.
El U-Boote flota en el sueño del crepúsculo. El capitán sospecha un
temido tornado. Pero quiere
recordar a su esposa y su pequeña hija en su casa, en las
afuera de Dresde. Antes de despedirse, la nieve tapizaba la
tierra. El reía. Saltaba sobre cúmulos nevados. Alzaba a su hija Elke. Su esposa miraba
complacida a través de una ventana, al tiempo que agregaba
vegetales en una olla donde hervía una sopa.
Y todos los marinos, sentados sobre la cubierta, otean la distancia. Pero, en realidad,
recuerdan las
últimas escenas antes de
partir. Los abrazos y besos, los deseos de volver, de
reunirse nuevamente con la
madre, la hija, la novia, el hermano, el padre.
Y
el futuro es incierto. Mas los tripulantes del pez humano
imaginan jardines que devoran la soledad; bellos huertos
donde se desvanecen los espectros.
Hans, el más joven, nuevamente recuerda a la muchacha del pueblo. Ella
no deja bailar y de llamarlo. Quiere que vuelva para
desnudarse ante él, para mostrarle la geografía de placer
de su cuerpo sobre un lecho amarillento de hierba, rodeado
por girasoles.
El lírico lienzo del ocaso hipnotiza a los
espíritus cansados. Y vuelve la orden de la inmersión. Y de nuevo en la profundidad silenciosa,
cada tripulante del pez
respira dentro de la nube del deseo.
La
nube humedece la pantalla del radar, donde una figura se
aproxima.
El pez de las hélices repite entonces sus hábitos. El acercamiento. El periscopio
sigiloso. La verificación de la distancia del enemigo. La
espera del momento adecuado. La orden breve y letal. El
lanzamiento de la anguila silbante. La explosión en el lomo
del animal acechado. La cascada salvaje entre calderas
y camarotes destrozados. Los cuerpos succionados por un
sopor mortal. Y la discreta satisfacción. El seguro alejamiento. Pero,
esta vez, en la bruma ruge un gigante
vengador. Un destructor que trae sus cargas atronadoras.
Y
la cacería se inicia.
La distancia entre
el buque que destruye y el U-Boote se acortan. Los
truenos dentro del mar comienzan.
Y los marinos escuchan las órdenes rápidas, nerviosas.
Todos sudan dentro del pez. Un desierto
quema el aliento. El
gigante vengador sigue arrojando sus puñales. Y el joven
Hans manipula nervioso algunas escamas del pez que huye, e
imagina un día soleado, una feliz pradera. Las nubes
cantan himnos pacíficos. Toda la tripulación camina entre
los
pastizales, por una senda amarilla, hacia un paso entre las
bellas montañas. Es el camino que lleva a casa. Al hogar, a la propia
tierra, a la mujer que acaricia y bendice.
Y
cerca un río empieza. Y crece. Crece...
Y
la noche vive en el centro del agua. El aire se despide de los pulmones.
Y
el río crece. Crece...
Y ya es el crujido de los metales, la desesperación, y la espuma que
empapa las imágenes de los
lejanos seres queridos. Tiernos besos parten hacia la
lejanía. Porque el río crece. Crece...
Y
todo es una gran cascada. El camino entre las montañas se
inunda. El pez herido se hunde. Y sólo queda
un instante para rezar.
Para llorar.
Para implorar.
Antes del
descenso final.
A la tumba solitaria.
EL ROSTRO
AÚN VELADO
Las
agujas de cemento ambicionan propagarse hasta las nubes.
Son los edificios, los gigantes hastiados de la rutina. A
sus pies, dentro de sus cuerpos, detrás de los transparentes ojos de
sus ventanas, los habitantes de la ciudad viven su
sueño.
Y recorro libros de símbolos y de viejos
mitos. Y evoco un mar, que se extiende hasta los
confines del mundo. Entre las aguas navega Gilgamesh. Busca a
Utanatispin y su isla. Viaja para descubrir el secreto de
la vida inmortal. En otra evocación, veo un sendero enjaezado
de penachos verdes y escamosa hojarasca. Tras un
roble, irrumpe el caballero de la armadura resplandeciente. Busca el jinete el
cáliz que provee un alimento divino. En otro peldaño de
mi evocación descubro, en un retablo de penumbra, al can Cerbero, el perro de las
múltiples
cabezas iracundas, el mítico guardián del infierno.
Y
siguen mis evocaciones, entre los libros de mitologías
ancestrales. Y entonces presencio la llegada del héroe griego, el de los doce trabajos,
el que traspasa el aire con
su musculatura bañada de coraje. El Hércules que, al capturar
a Cerbero, demuestra su victoriosa incursión dentro del otro mundo.
Y
en las vidrieras de mi ciudad, veo otras imágenes del mito:
presencio el regreso de Ulises a Itaca, y la matanza de los
pretendientes. O persigo la imagen de Eneas cuando, guiado
por la Sibila, se adentra en el más allá para consultar a su
padre, Anfialtes.
Ya
puedes advertir que me persiguen las imágenes de
héroes pasados. Héroes
perdidos. Sé muy bien que mi nostálgica imaginación no
puede devolverle alguna emoción heroica a esta época
rutinaria. Por lo que sigo
avanzando por un solitario camino entre las calles. Hace tiempo
que quiero saber quién es el que avanza delante de mí,
alguien cuyo rostro no alcanzo a entrever.
Los modernos pájaros con turbinas
trasladan a millones hacia los distintos continentes. Los trenes y
barcos y automóviles nos desplazan con distintas
velocidades. Pero la abundancia del movimiento físico
disfraza la inmovilidad. El viaje moderno es
seguro y previsible. No demanda ya movimientos temerarios,
exploraciones valerosas de desiertos o selvas laberínticas.
En
los viajes más allá de la ciudad, o dentro de ella, ya no
brilla ninguna efusión mágica o heroica.
La
imaginación puede jugar con el tedio de la ciudad conocida,
y transformarla en paisajes perdidos. El edificio puede
convertirse en altas torres, con almenas de castillos
delineando sus bordes; los cruces de esquinas pueden devenir puentes levadizos que se extienden sobre
fosos de lóbregas aguas y cocodrilos; las sucesivas fachadas de las casas,
escuelas, templos, o negocios, pueden mutarse en
murallas ornadas con mármoles y figuras de leones; los
semáforos pueden transformarse en mástiles coronados por estandartes
donde bellas ninfas bailan en el viento; las estatuas ecuestres
pueden quebrar su tensa parálisis para liberar salvajes
caballos; las ramas
de los árboles pueden extenderse hasta los collares
de las nubes; las alcantarillas pueden brillar con la
claridad de remotas lunas magnéticas.
La imaginación puede transformar el tedio. Lo sé. Pero
sólo como un miserable consuelo, como un somnífero para
olvidar la muerte de lo heroico y mágico en la
ciudad moderna.
¿Es
que realmente ya no hay cumbre ni enigma hacia el que
caminar con piernas de héroe? ¿Es que sólo queda el humo de un
cuerpo que se incendia?
¿Es
que sólo me queda caminar detrás del hombre que avanza delante,
de aquel cuyo
rostro no he visto hasta ahora?
Todo
hombre reprime el temor a una gran destrucción. Pero llega el
día en que las defensas se quiebran. Los muros que lo protegen
del horror se desmoronan. Y cae ese hombre postrado ante el
sufrimiento. En ese día de la indefensa desnudez, en
ese día del gran temblor, estallan en los oídos la voz de los que predican
la inutilidad de la vida.
No
creo en la existencia inútil. Pero la voz del hombre
estrangulado por el dolor me exige aceptar la inutilidad, cuando me recuesto sobre el tronco de un árbol
que florece frente a paredes de vidrios
negros.
Ese ser, incapaz de trasmutar el dolor en algún resplandor
creador, taladra los cerebros con su grito; ambiciona retorcer el cuello de toda esperanza, y
engrillar los
tobillos con cadenas heladas.
El
hombre del extremo sufrir sangra. Busca cerrar sus heridas
con muchos objetos, y certezas consumistas.
Pero sabe que todo es inútil. Y grita con fuerza
desesperada. Y quiere que también yo me desnude y sufra. Sin
esperanzas. Y que ya no resista. Y que beba la única
agua rancia de lo inútil.
¡Lo
inútil! ¡Lo inútil!
Inútil
es sudar por un cielo elevado; o agitar estandartes de un dignidad
orgullosa; o venerar a la tierra en el bosque; o repetir los
cantos de
poetas en alabanza de dioses creadores.
¡Inútil! ¡Inútil!
Todo sangra. Sangra. Y vomita. Vomitan los huesos inútiles
en pozos que
se hunden. Todo es un crujir de la memoria que olvida el misterio del
rayo.
Sí, el único destino es
postrarse. Y sufrir.
¿Pero
por qué aún puedo levantarme? ¿Qué me regala
aún el don de no derrumbarme?
Quizá todavía camino porque alguien extraño me auxilia:
ese desconocido que siempre avanza delante de mí; ese que
se burla del sufriente desnudo que pontifica la inutilidad;
ese que ve los caminos entre los árboles; ese que agradece,
contempla y actúa, y se baña en la fuerza de los
manantiales.
Y
sigo ese rostro de perfil...
Ese rostro
heroico, aún velado.
Que
todavía camina hacia
el volcán.
VUELO
EN LA URBE
I
Es
la tarde. Un sonido de turbinas sacude las nubes. Sobre las
paredes salta el martillo sordo, el que golpea y hunde en la
piel los
clavos de la agitación moderna. Y trepan por el aire y el
cemento la cólera de los tubos de escape, el murmullo de
los transeúntes veloces, las sirenas de premuras médicas y
policíacas.
Entre
los nervios de la urbe aúlla el huracán cotidiano de la gran velocidad. Los millones de
seres que laten rápido. Sin tiempo para rozar el cielo.
Compruebo,
una vez más, el movimiento de los individuos, de sus ideas y
demandas, de las cascadas de angustia que atraviesan cada ojo.
En
el exceso de movilidad en la urbe, no hay sitio para atender.
A
lo que se mueve en todos los movimientos.
II
¿Qué
se mueve en lo que se mueve?
¿Qué
se mueve en el tiempo de la tarde?
El
edificio es alto. Estoy solo en la terraza. Sé que nadie
vendrá. Sé, con más fuerza aquí, que la única acción digna es percibir. En el final de todos los
arroyos, espera el hombre que calla. Y percibe la amplitud
de la tierra, el mar, el cielo. Las estrellas y todos los
cuerpos.
Mis
piernas se afirman; mi columna imita la rectitud de
las montañas; mi frente deviene la orilla de algún lago
lejano. Pienso en hojas que flotan sobre aguas quietas y
meditabundas. Escucho un viento, transido por el recuerdo de
todas las edades, que roza la hierba de las praderas.
Percibo
lo que se mueve y gira. Cuando es la tarde. En la terraza.
Intuyo
algo que se mueve en todos los movimientos que giran a mi
alrededor. Pero no comprendo, no comprendo...
III
Muchos
movimientos me siguen visitando. Y giran en mi derredor.
Todo lo sutil se burla de las distancias.
La imaginación cancela toda lejanía. Por eso, fácilmente, me siento sobre
una roca frente a un mar. Escucho las olas de sal entre
mis cabellos. Sospecho que están muy cerca el insecto y la
galaxia. Y no dudo de que un músico extraño ha llevado su piano hasta el centro del
bosque. Y caballos de lava corren por una tierra agrietada. El
fuego de las lenguas rojas trae calor a mis vértebras.
¿Y
qué se mueve en todo lo que se mueve?
IV
Pero estoy en la terraza de una ciudad moderna. ¿Cómo pretendo
entonces, tan estúpidamente, no rodar escaleras abajo hacia
la prisión de los tubos y cañerías, los cables y sótanos del
tiempo urbano?
¿Qué
torpeza injustificable me puede hacer creer que, inmóvil, con
el espinazo erguido, en una terraza solitaria, podré
percibir lo que se mueve en todos los movimientos?
¡Con
cuanta frecuencia ruedo dentro de los tubos y los cables de la urbe! Allí siempre
descubro las dragones que no dudan. Aun en los
días soleados, al caminar por la calle iluminada,
el asfalto se agrieta, y esquivo las bocas negras de los
dragones que salen desde los tubos. Su fétido y viscoso
fuego alimentan la renovada necesidad de
ostentar alguna forma del poder; la
mentirosa promesa de las publicidades; la conversación
banal; los puñales
frívolos que desprecian el misterio de la
luz.
Los
rostros que no aman.
El brillo del honor.
V
Lo percibo: lejos, un
girasol tiembla debajo de una langosta.
Las dragones niegan esa posibilidad sensible.
Pero los
dragones de los tubos no me
dominan.
Por
eso es la tarde, aquí, en la terraza solitaria, y sigo
preguntándome:
¿Qué es lo que se mueve en todo
lo que se mueve?
Y
la música me visita. Es el viento. El aire. Los huertos en
mis pulmones. Entre las grietas de las baldosas cercanas surge
una flor.
El lecho de los mares me regala sonidos profundos.
Y,
nítida, veo allá la curva rojiza del sol; allá, una angosta
nube se desvanece; allá, algunos pájaros reflejan sus alas
sobre ventanas y arreboles donde arde el crepúsculo.
Allá,
vuelo sobre la urbe.
Allá,
sospecho el secreto.
Que se mueve.
FRÁGIL CAÑA EN LA BRUMA
Frágil
caña en la bruma.
Al
principio, comprendió el hombre el rayo, y una misteriosa
fuerza divina. Desde entonces, comprendió que debe escapar.
Debe
huir de todo recuerdo de lo incomprensible.
Es necesario encontrar
escudos donde refugiarse del enigma. Y
cuanto más crece, mayor es
el temor del hombre a recordar que deambula desnudo en un
desierto extraño.
Los
sonidos estimulan los recuerdos. El trueno, o los gráciles timbales del viento,
hacen recordar al corazón músicas superiores al
cerebro, que vibran en el espacio.
Pero
en la gran ciudad, se aborrece
todo recuerdo de lo que nos excede. Y se olvida mejor las
incontrolable fuerzas divinas, si el hombre grita sus
victorias sobre las cosas, y sobre
sí mismo. La frágil caña humana
debe gritar su triunfo. Para conjurar la amenaza de lo
incomprendido.
En una noche de muchas hogueras, el hombre grita sin
descanso sus pasadas victorias.
La
primera victoria se repite ahora cuando es una mañana, con un sol de dientes naranjas
que muerden el cielo. Acompáñame, acompáñame a presenciar
las victorias humanas. Que se repiten...
El
cazador persigue a su presa. Entre hilachas frías de
viento, el animal consulta a sus antepasados. Una misteriosa
voz le ordena entregarse. El antílope acepta entonces, con invisible
alegría en su rostro, la lanza que se hunde en su carne. La criatura ágil de los bosques y las
praderas se derrumba. Y el
cazador celebra. Abre sus brazos hacia nubes
indiferentes.
Grita
su triunfo.
En
la noche de las muchas hogueras, grita el cazador de nuevo
su triunfo.
Y
mira, mira:
Ahora es,
nuevamente, el día en que la mano se hunde en la tierra
húmeda. El
ingenio observador del hombre recolector descubre las
semillas, intuye un nuevo futuro que se gesta en su
interior. Busca entonces alguna magia para liberar aquella vida.
Experimenta. Medita. Sospecha. Arroja las semillas en surcos
abiertos por sus manos. Y observa. Espera. Y el sol contribuye con el alimento de sus rayos
que se vierten sobre una diosa con rostro de tierra. Agua. Humedad.
Y la planta brota, lenta y orgullosa, del
suelo arado, del vientre de la diosa telúrica.
Y el
hombre sonríe. Abandona la lanza y la flecha. Ha
descubierto la
agricultura. Un remolino de aire y de júbilo frota sus
mejillas.
El agricultor grita su triunfo.
Y
ya sabes que me acompañas en
la noche de las muchas hogueras, donde podemos escuchar
cómo se repiten los gritos de la victoria humana en la historia.
Por eso, ahora podemos observar que, hasta hace una breve
brizna de tiempo, la llanura era
un tapiz de lisura impoluta. Pero ya llega el búfalo. La pesada pasión del animal dibuja sus huellas en
el lienzo del suelo. El cazador estudia un
tejido de señas. Que dicen mucho sobre el animal: su
tamaño, su dirección, el tiempo de sus pisadas. Las marcas
del animal son un mensaje
escrito en la tierra para ser descifrado y leído.
Y las huellas-letras crecen. Maduran.
Hasta que ingenios humanos, en Sumer o quizá en otra latitud
desconocida, tallan sobre una tabla de arcilla las nuevas
letras-huellas, ya no de un animal nómada, sino del hombre
inventor de lenguajes. El primer juego de signos escritos
reverbera en tabletas rasgadas. El pensamiento, la
ocurrencia y el saber humano ahora durarán. Ha nacido la
escritura. La memoria. Que sobrevive a la brevedad de la pasión.
Y
el escriba contempla la tabla de arcilla escrita. Agradece el obsequio del Dios. Se
prosterna. Recupera su postura erecta. Contempla el desierto.
Antes de dormir, una convulsión apabulla
su garganta. No puede evitarlo. Grita su triunfo.
Es
que en la noche de las muchas hogueras, ya sabes, se repiten
los gritos del triunfo humano. Por eso escucha y mira cómo alguien
sufre en una cruz, padece un calvario. Muere entre heridas
que vomitan un abismo de sangre. Luego de tres días sonríe
el martirizado. Asciende hasta un trono luminoso. Regresa
con su padre y gobierna la fe de millones de seres. Antes de partir,
deja la creencia en la purificación por el agua, en una
comunión sagrada y una salvación eterna. Sus seguidores
pregonan la nueva religión. Padecen tortura y muerte por ello.
Son perseguidos en
la Roma de las águilas orgullosas. Pero su suerte cambia por
razones misteriosas. En una paradoja de la historia, el
águila romana se rinde a los pies del Cristo. Que sonríe
ahora como Cristo Sol, como Cristo rey, Cristo
medieval
de la iglesia de las catedrales, y de los ejércitos
cruzados que, afiebrados de sangre y locura fanática,
cortan las gargantas de los musulmanes, a los que desprecian
por infieles. Y luego, la religión ambigua de la cruz, la
religión de la grandeza y la más repulsiva miseria, grita su
triunfo, que pretende, engañosamente, un triunfo de la
humanidad iluminada por la una única revelación de la
verdad.
Ya
sabes, lo sabes, muchas hogueras arden aquí, y los que
gesticulan gritan. Necesitan vociferar las supuestas victorias
humanas.
Y ahora de nuevo, muy felices, debemos gritar un prodigio
mecánico. Una invención donde una plancha cae
con letras borrachas de tinta sobre una hoja blanca. La
página recibe el mensaje escrito. La hoja
impresa da testimonio de la hechicería multiplicadora de la
imprenta. Gutemberg contempla los libros que se repetirán luego
con la frecuencia con que las madres alumbran. Los lectores educan sus ojos para recorrer con rapidez las
tipografías exquisitas de las letras. Las imprentas
multiplican la escritura que le ofrece permanencia al grito
de muchas victorias: la construcción de la torre Eiffel, la
invención de los trenes y la lamparilla eléctrica, la
creación de inmensos barcos de guerra y placer, y de submarinos,
y de cohetes espaciales, y las hipnóticas pantallas
televisivas y cinematográficas, y el descubrimiento de la
fusión nuclear, los rayos X, la computación y las leyes de
la genética.
Y
son muchos más los gritos de triunfo que el hombre repite
en la noche, entre las muchas hogueras, entre centellas rojizas
de un fuego orgulloso.
Pero
luego de tantos gritos de triunfo repetidos en la noche, es
inevitable un dormir
reparador. Las gargantas aún sudan, mientras los párpados
empiezan a caer. Entonces, un fría bruma repta entre las hogueras.
Y
las cañas recuerdan antes de volver a dormir. Por sólo un
instante, recuerdan la caída de todos los imperios, los
enigmas inexplicables, la imposibilidad de comprender y
controlar el salvaje aliento del tiempo.
Y
la frágil caña en la bruma vuelve a temblar.
Tiembla
el
hombre que no puede crear una estrella.
Y
ni siquiera evitar su muerte.
LA
SERPIENTE SIN ADÁN
Y
sale la serpiente de la grieta, del origen misterioso, y se extiende
hasta la lejanía, donde se erizan los
volúmenes puntiagudos de las montañas.
Y desciende la serpiente de la cima blanca, de las rocas altas y los
vientos furiosos. Y baja por las laderas hacia piedras que
laten en los bordes de una pradera. Allí, relinchan algunos caballos. Un arroyo
se ondula hacia el norte.
Una
música infatigable roza los pies del cielo. Y la serpiente
se mueve a través de todas las cosas, a través de la
amplitud, y deja tras de sí su línea ondulante.
Y
la serpiente se sumerge en un mar.
Allí, nada entre cardúmenes de peces de distintos tamaños y colores. En el
lecho se contonean helechos, bailan lumínicos reflejos. Pero, en algunas hendiduras de la
tierra sumergida, los rayos solares caen en profundas oscuridades. Una porción del
lecho, repentinamente, se desplaza y eleva. Y extiende sus
brazos hacia un diminuto pez desprevenido. Es un pulpo.
Que nada con plasticidad, junto a cangrejos y medusas.
Y
en la grieta y el lecho late un origen misterioso.
Y la serpiente corre a ras del lecho hacia la distancia,
hacia valles sumergidos, de una oscuridad más intensa que la que pinta el
cielo cuando renacen las estrellas.
Sobre los valles líquidos, sin aparente fondo, flotan otros peces, para los que el agua es aire.
Y roza la serpiente al tiburón
y el delfín. Y nada junto a peces espadas,
rodaballos y marsopas.
El
agua retrocede respetuosa ante la ballena. La ballena de
inmensas
aletas y boca inocente que engulle las toneladas de plancton.
El mar es generoso. Alimenta con exceso al gran cetáceo. El gran
pez es feliz. Y tanta felicidad no puede tolerar vivir replegada entre
músculos y pesados huesos. Es
necesario salir. Y
saltar.
Y
así salta la ballena.
Conmueve
el mar al caer.
Tiemblan los pilares que sostienen la
bóveda
celeste.
Y vibra el origen
misterioso.
Y la
serpiente sigue su danza. Corre entre los árboles de un bosque. Un
pino canta un himno. Un abedul honra la última lluvia. El
ciprés se
embriaga con la belleza de los venados. El roble hunde sus
raíces hasta el vientre de
una diosa. El búho contempla. Y comprende. El oso ruge sobre la
orilla de un río. Venera al salmón
que la corriente le regala. Y el
lobo se desplaza sobre la nieve. Cada pisada suya es un susurro de temor reverente hacia la
serpiente. Que corre. Dentro del bosque.
Y
la noche desciende sobre los árboles. Toca la tierra. Siembra en las rocas y las raíces, los mensajes de
las estrellas. La noche escucha el lenguaje común
que hablan las galaxias. Las plantas. El agua. De ríos. Arroyos. Pero
el sol llega para dar un descanso a ese diálogo entre
el cielo y la tierra. Resucita un nuevo imperio de luz, que
sólo
un día durará. Y se avivan las antorchas del asombro.
La gloria
de la creación resplandece.
El
origen misterioso resplandece.
Y
la serpiente sigue su danza. Su movimiento. Que se expande.
Con su línea. Ondulante. Y llega. A la selva.
Se enlaza con el árbol de largas hojas ovaladas. Y observa
gorilas que caminan pesadamente, pero que ascienden con agilidad a las
ramas. Variedades inacabables de insectos pululan
entre complejos laberintos vegetales. Cualquiera animal que caiga
sobre la hojarasca, recibirá la rápida visita de millones de pequeños aguijones devoradores. El
sonido de aves y ranas se unen a veces en una sola sinfonía.
Y, en la tarde, el
cielo crea tapices de nubes. Manos imperceptibles,
la fugaz imagen de sílfides o dioses aéreos, empujan esas nubes. Y
nacen
las gotas de la lluvia. Millares de pequeñas cascadas
surgen en el extremo de las hojas y las ramas.
La música, la lluvia, una sutil neblina, la
densidad de las formas enzarzadas, parecieran
suspender el tiempo. La selva late serena, entre los reflejos de
las formas mojadas.
Y
cada figura viva de
la selva roza las escamas de la serpiente. Que sigue su
marcha entre todas las cosas, y llega hasta las heladas planicies del norte.
Allí, el viento juega sobre la nieve. El sol parece clavado en la bóveda como
un estandarte fúlgido e inmóvil. El día es largo, pero el
frío no retira de las cosas sus dedos
congelados. Y sobre las superficies árticas, se estira la
ondulante línea de la serpiente. Magnética. Que se sigue
moviendo, expandiéndose.
Y
visita la serpiente las manadas de búfalos, las cuevas de los
murciélagos. Y pasa cerca de un hipopótamo
que retoza en un río, y del elefante, de cuerno de
marfil, y de nuevos bosques, selvas y cascadas.
Y
baila, se mueve la serpiente a través de todo el planeta.
Pasa cerca
de volcanes, y del tigre bello y feroz. Y
ve en una cima blanca a su hermano
animal. Al águila que desciende con el majestuoso batir de
sus alas para aferrar con sus garras al viejo
reptil.
Y
la serpiente que vuela contempla todos los caminos, desde
las cimas de la altura.
Y
el origen misterioso serpentea entre las formas.
Y
toda esta vida ya era antes del primer hombre.
Y
no necesita, nunca necesitó, de nosotros.
De
Adán y su descendencia.
RÉQUIEM
DESPUÉS DE LA LLUVIA
La
tierra es generosa. Nos entrega los frutos y las flores. Y
el cielo también es generoso. Nos regala la sensación de
algo alto. Nos obsequia el bosque de las estrellas en la
noche, el sol y la nube en el día. Y la gracia de las gotas,
lentas, húmedas. Una lluvia en el comienzo de una tarde.
Esta
lluvia.
Llueve
cuando
estoy
en una pradera, quieto, erguido. Y contemplo las gotas.
Me he apartado de un camino de automóviles y pavimento para
llegar hasta aquí. Algo me atrae. Me atraen los lugares
solitarios donde una belleza vaga, indefinible, insinúa una
revelación cercana, algo que se libera de un velo.
Y
llueve.
Y
quieto, erguido, y fuera del camino público y común,
contemplo las líquidas perlas que caen. Entre finas cuerdas
de agua suspendo toda incredulidad. No temo lo
imposible. Nada deja de ocurrir alguna vez. En este paraje
vacío, el más sobrio realismo dice que sólo veo un paraje
poblado por un racimo de árboles. No hay presencia
humana aquí; por eso, la planicie está vacía.
Y
el
cielo es plomizo. La cascada tenue de la lluvia se
interrumpe.
Y
antes te dije que el paisaje estaba vacío. ¿Pero cómo puede
existir algo vacío en la tierra si a todas partes llega el
viento y la lluvia que traen presencias...?
En la llanura
que recibe las gotas viven los que no quieren
ser olvidados...
El
agua celeste interrumpe su caída. Un húmedo sopor se alza de
la hierba mojada. Y los veo sentado en círculos. Son
millones. Y, sin embargo, sólo distingo unos pocos rostros.
Porque las historias de las humillaciones son pocas
historias, que se repiten...
No
me sorprenden sus presencias. Están parados, erguidos.
Contemplan el cielo, como si esperaran que algo se reinicie,
que algo empiece de nuevo.
Veo
los círculos de los humillados, sobre la hierba,
en la llanura. Un niño y una niña se toman las
manos. Visten ropas antiguas, sus ojos casi se desbarrancan de sus
rostros. Unas heridas recorren sus cuellos y serpentean por sus
brazos. Los reconozco. Ya murieron muchas veces por la
violencia que aplasta la inocencia. Murieron en Roma,
Tenochtlitán, o Irak.
Y ahora sólo esperan.
A
su lado, una mujer, la Madre, acaricia su abdomen, su
vientre deprimido. Alguna vez, delicados jardines crecían
en su mirada. Pero las flores se marchitaron cuando su fruto, el
hijo, el hombre, ya no caminó por la tierra. Porque el
fuego de las guerras lo masacró. Puñados de cenizas
espolvorean los cabellos de la mujer que llora, tan inevitablemente, como el arroyo
que corre entre
las rocas. Ella mira, con gesto implorante, hacia lo
alto.
Espera.
Y debajo de una cejas tupidas, descubro el brillo agudo de un
pionero. Siempre vio algo más que sus contemporáneos.
Siempre caminó
delante de su tiempo; y cristalizó el nuevo invento, la idea
que agigantaba la ciencia o el saber, o las plegarias para
invocar a las fuerzas benignas de los dioses de la luz o del
agua. El pionero siempre descubrió algún acantilado, algo más
elevado para observar. Y estudiar la verdad que huye.
El pionero sufrió incomprensión, rechazo, soledad. Y a veces
escarnio, tortura. Muerte dolorosa. Un sufrimiento que todavía
lo hostiga.
Pero
aun así, el que abre senderos quiere ver hacia arriba.
Espera.
Y
en
el extremo de un círculo, observo a un hombre y una mujer
semidesnudos. Se abrazan. Si no se abrazaran, ambos caerían.
Sus manos son ásperas como una roca corroída por el viento.
En sus codos, en sus dedos, en sus extremidades, se acumula
sudor mezclado con sangre. El arado roza sus rodillas. El
sonido de un reciente latigazo, real o temido, aturde sus oídos. Un seco crujido que
persiste desgarra sus labios.
Son los esclavos de la historia, los sometidos al látigo, a la fatiga. Los esclavizados en los reinos
antiguos, en los feudos, en las plantaciones sureñas, en
las fábricas modernas. Son los que se desangran sobre la tierra y el surco, los arados y las
máquinas.
Pero
la pareja, que se abraza para no caer, mira la
altura.
Espera
algo.
Y
en otro lugar de los círculos descubro al soldado que es
todos los soldados, que conoció el miedo profundo, y sintió
una serpiente grotesca que despedaza el cuerpo. Él también
espera.
Y
descubro al maestro que, con libros, lecturas o el recuerdo
de la más sabia tradición, buscó elevar y
fortalecer el espíritu de sus alumnos.
Él
también espera.
Y
descubro a un hombre sin brazos, al hombre de los pueblos,
todos los pueblos masacrados, exterminados, humillados,
despojados. Incapaces ya de acariciar el viento libre, el
agua fresca, o el rostro del hijo.
Él
también espera.
Y
descubro a una mujer extendida sobre la tierra, con las
piernas abiertas. No piensa en el amor. Lo que recuerda no
es una última noche de Eros. Lo que recuerda es el techo
desplomado en la casa del hogar de los hijos, despedazados
por los cañones o desintegrados por el fuego de las bombas
incendiarias. Ella también ve el cielo.
Ella
también espera.
Y
descubro al niño flagelado de heridas, que llega a los círculos.
Detrás de sí trae a otros millones. Que han padecido la
humillación, la explosión del exterminio estúpido.
Todos ven arriba.
Todos esperan.
Mientras la lluvia vuelva a empezar...
MOBY
DICK
...y
el arpón grita el deseo de matar. Una nube quiere también caer
y acribillar a la fugitiva. A Ella, al torbellino que
asesina. La ballena. La ballena asesina de muchos marinos, y de la
honra del capitán. Su pierna se separó de su destino,
cuando la mandíbula salvaje del cetáceo cercenó su orgullo, y despedazó para
siempre su sonrisa. La sonrisa del capitán Ahad.
"¡Ahad!
¡Ahad!", gritan los marinos. Gritan Starbuck,
Stubbs, Quiqueg.
Y gritan las tablas de madera
de los botes, y el agua que salpica los botes, y las
cuerdas, y los arpones. La figura del barco que se empequeñece
detrás. Nada hay que no aúlle; mientras el primer arpón se
hunde en un costado
del gigante blanco. Que nada con la velocidad de un rayo de tormenta. Una tormenta que ahora se repite. Pero que no desciende
desde un cielo desencajado de ira, sino que asciende.
Asciende desde la pasión espumosa del mar.
Cuando
el nuevo grito acribilla el aire:
¡Ahad!
¡Ahad!
Y
el infinito blanco corre con agilidad de gacela, con vigor
soberbio de tigre. Los botes saltan. Tiemblan. Imitan el
vuelo de un halcón al ras del agua.
Los marinos ya no recuerdan sus nombres, sus deseos de larga
vida.
Nada
fue ni habrá.
Sólo
existe lo que es: el segundo que estalla, el corazón que
truena, la sangre que mancha los gritos.
Y los nuevos arpones que se hunden en la carne. Sin
explicación. En el cielo del siniestro blanco. Que se sumerge
de nuevo.
Vuelve la calma...Una
suave brisa acaricia el mar. Y el
cielo y el océano se contemplan recíprocamente. Las gaviotas
bailan sobre las barcazas que se mecen, suaves, sobre el sitio donde
Ella recién regresó al abismo. Lejos, expectante, el
barco se balancea.
El
capitán ha convertido su grito en una furia silenciosa. En
su mirada, hierven los volcanes.
Y la espera no es pasiva espera. Los marinos
sudan puñales hambrientos. Quizá hay temor. Pero, en los
duros pescadores, el miedo sólo quiere matar lo que provoca
el miedo.
El
mar apenas ondula sus mejillas. La brisa y el vuelo de las
gaviotas continúan. Se agranda el silencio que hipnotiza.
Que adormece. Que confunde. Porque quiere hacer olvidar que
desde el vientre de lo quieto, siempre
puede renacer lo más salvaje que duerme en las
profundidades.
Lo oculto
ahora regresa. Porque
la
ballena vuelve. Y escupe sus carbones incandescentes de
abismo.
Y
corre de nuevo el gigante. El gran pez encoleriza,
una vez más, a los marinos.
Con quirúrgica ira,
los
arpones taladran la
piel blanca y extraña. Que ríe y desprecia a los pequeños cazadores.
Pero algún respeto les concede el cetáceo, porque sospecha alguna nobleza
en el cazador. Algo distinto a la posesión o la vanidad. Algo
más grande, que el marino busca descubrir y comprender a
través del pensamiento y el arpón.
Y
la
lluvia de arpones abre la superficie de la divinidad ballena.
Al buscar lo secreto, el secreto absorbe a su buscador.
Entre
las cuerdas y los arroyos sangrientos abiertos por los arpones,
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