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PROSAS
POÉTICAS II
Por
Esteban Ierardo
EN
LA NIEVE, EL TIGRE
En
la nieve, el tigre.
Durante
millones de años, la tierra contempla
el cielo con sus estrellas. En las noches, las montañas
meditan en el origen de las constelaciones. Los mares
escrutan el otro océano, la bóveda nocturna donde navegan los astros. Los animales en
el bosque y los árboles y la hierba,
escudriñan
las trenzas de la luna descolgándose entre penumbras.
Siempre,
alguna roca pujó por romper
la cárcel de la pesadez. Para
volar. Por imaginarias escaleras de nubes. Hacia algún
otro lecho o ribera, más allá de las estrellas,
o de la mano de algún dios.
Durante
millones de años, lo vivo en la tierra, la
tierra misma, acaso desearon el acercamiento del fuego
del cielo. El descenso de la potencia extraña que
crea las rocas, el tímpano de los murciélagos,
el cuerpo del rinoceronte.
El
ciervo siempre ha querido que descienda el fuego quemante
que brilla arriba, y que contiene algo del misterio
de la materia polimorfa.
El
caballo siempre ha querido que el origen de su
fuerza salvaje descienda desde alguna herida del sol;
el volcán siempre ha querido un fervor más elevado que su lava rojiza, un fuego como el que baja de las
melenas del cielo hasta los campos y las laderas.
Y
la piedra de mucho silencio en su centro, las ramas
de mucho viento en sus bordes, las playas de muchas
olas en su arena, quieren como siempre, como ahora,
que el fuego del cielo descienda, baje. Y se muestre en
alguna forma. En una sola forma. En algún ser, un
único ser.
Y
yo también lo quiero. Quiero contemplar la
forma donde el fuego creador desciende. Y se concentra.
Se desnuda. Se muestra.
Mientras
tanto, a mi alrededor, se narcotizan las pantallas
televisivas con últimas novedades. Y músicas apresuradas.
Mientras veo los edificios. Las torres de la ciudad,
que cierran sus ventanas al misterio solar. Pero
alcanzo a flotar sobre la modernidad, que no se fascina
ya por ningún enigma.
Y
quiero ver, y vivir, donde el fuego celeste ya ha descendido
en una forma, en una sola forma. Que corre y respira a
través
del agua helada de los lagos, el torso áspero de las
montañas. Los escudos silbantes del viento.
Quiero
ver la forma, la única forma, donde todo el fuego caliente y
disperso del cielo hierve. Y corre.
Y
aunque esté rodeado por calles selváticas y automóviles, camino sobre la nieve.
Camino sobre la tierra blanca. Respiro. Contemplo. Lo
que se me obsequia. No temo el fin del asombro. No recuerdo
cementerios ni lápidas. Escucho. El regreso. Incesante.
Del viento. En mi piel hormiguean los verbos de lo vivo.
Y
en mi lento avanzar sobre la blancura me integro a una
comunidad del deseo. Las rocas, la tierra, el bosque, la montaña, el agua, el viento,
desean. Quieren que regrese. Y se muestre el fuego. El
origen insoportable.
Yo también lo quiero.
El día es luminoso. Toda la cúpula brilla. La serenidad difunde una cadencia
de quietud. Un búho duerme. La serena belleza es placentera. Pero el deseo por recordar
y recuperar la razón del fuego es más
grande. Por
eso, yo también deseo algo más poderoso
que el sosiego.
Quiero
ver el regreso de la forma, de la única forma, donde grita la luz.
Por
eso, ya quiero verte tigre cuando vienes, cuando regresas.
Quiero
verte cuando corres sobre la nieve, entre centellas del sol, y
árboles, que inclinan sus hojas ante ti.
Quiero
verte y te veo con tus ojos de trueno en pos de la
nueva presa.
Quiero verte y te veo,
te veo ya. Y me arrodillo golpeado por el asombro y las preguntas
que vomitan silencio: ¿Qué
lenguaje antiguo sobrevive en la palabra de tu piel? ¿Qué es lo que tus ojos miran? ¿Qué
secreto ser tus garras quieren atrapar?
Sigo arrodillado sobre la nieve, para entender aunque
sea alguna hebra de tu belleza. Y de vuelta colisiono
con un interrogante: ¿En qué reino viven aún los herreros que forjaron
los volcanes de tus colores? Y luego me sigue
estrangulando la pregunta: ¿sólo tengo que reverenciarte y dedicarte palabras
de poeta? ¿ O debo ponerme de nuevo
de pie, y correr detrás de ti, hasta donde alcance la
pequeñez de mi grito, a través de tus huellas en el sueño claro de la nieve?
Sí,
tengo que seguirte con el corazón rozando una fuerza
olvidada.
El
animal corre en la eternidad de esfinges, estatuas y
dioses. El ser distinto al humano anima lo que se mueve,
sin ser a su vez movido.
Y
corro tras tu felina movilidad en la entraña
metafísica de la llama.
¿
Pero hasta dónde podré seguirte? ¿ Hasta dónde
podré seguir el camino de lava de tus colores? Eres el que vive para desbordarse. Y la lava y el calor.
Y tu lava y tu calor se desbordan entre rocas. Ciervos. Y
las estepas nevadas. Y los arroyos cristalinos. Y las laderas de las montañas
jaspeadas de bosques.
Y,
te sigo, tigre en la nieve, aunque deba renunciar al conocimiento en favor de la fascinación.
Por eso, ya nunca me abandonará la sorpresa. Y
canto dentro de tu llamado, tigre,
que corres con los muchos volcanes en la piel.
Tigre,
que corres, en la nieve.
Con
la fuente insoportable de la luz.
UN
PINTOR CHINO
El
cielo siente la nostalgia de la lluvia. En su altura,
se acumulan las nubes. La tierra está seca. El viento no es
traspasado todavía por el
dulce descenso de las gotas.
Y
entre el bosque y las montañas, serpentea un camino jaspeado
de piedras y jirones de suelo áspero. Sobre el sendero,
proyecta su sombra un viajero solitario. Se sostiene sobre tres
pies: las dos extremidades naturales de su
cuerpo, y un bastón de bambú, que prolonga uno de sus brazos.
En su talego palpitan varias pinturas ya concluidas, y un rollo de exquisito papel, un frasco
de tinta, y los pinceles que nunca lo abandonan.
¿Podrá
el pintor olvidar los ríos de bellos soles y lluvias que visitaron
antes sus ojos? ¿Cómo suspender el placer
del recuerdo para permitir que nuevas brisas de maravilla
lleguen hasta su piel? Es necesario olvidar
para que las últimas evidencias del milagro de lo vivo
embriaguen el espíritu.
El pintor
deja de evocar el ayer entonces, para que un nuevo viento cante en
sus huesos.
Muchas veces,
Toyo durmió junto al fuego de
una fogata. Antes de conciliar el sueño, pensó con
insistencia en algo que su maestro le manifestó una tarde, en la que
hermosas nubes cárdenas tapizaban las alturas del cielo. "El arte no
necesita de muchas obras -le dijo su maestro-. Debes
servirle a una sola figura...".
"¿Cuál
es la única figura a la que debo servir?", nuevamente se
pregunta Toyo frente al trémulo baile de las
llamas. Y luego viene el sueño. Y dentro de los sueños, cantan
alegres mujeres que se bañan. Y en los sueños se alzan palacios de
ventanas de reflejos ámbar, y de diez
mil pisos y diez mil habitantes divinos. Y los sueños del
pintor son pródigos en dragones, salamandras, venerables antepasados,
y los rayos de la diosa solar Amateratsu.
Fuera
de los sueños, en la meditación ante el fuego, Toyo piensa en una casa que
flota; su techo es una nube; su piso,
la cumbre de una montaña solitaria. El artista camina hacia un único
hogar: la casa suspendida, la que vive en el río de las
muchas cosas.
Toyo
busca la casa suspendida. Desde sus ventanas, quizá alcance a
escudriñar la única figura a la que el pintor le debe
ser fiel.
¿Cómo habrá encontrado el Buda su casa suspendida? ¿La halló durante su lucha contra sus
demonios en el retiro ascético en el desierto? ¿La halló
meditando bajo el árbol Bo, o en el placer inefable del
éxtasis orgásmico?
¡Qué
importa como el Bodisattwa y otros maestros hallaron la casa!
Toyo necesita habitar su propia casa suspendida. Para eso, debe caminar
sin ninguna certeza. Sólo le queda moverse con
los pies de una gran espera. Y actuar y dar. Sin aspirar a
ninguna recompensa.
Así
lo hicieron y lo hacen sus maestros en el monasterio. Sólo
caminan y dan. Al vivir así, acaso dentro de un resplandor
inopinado,
el sol se desnude. Y entonces la casa suspendida...
Y
Toyo camina, ve, respira, acaricia. Y venera la
música del arroyo. Y desea escuchar el interior del agua.
Se acomoda sobre una roca,
con la bolsa colmada por sus preciados
rollos; con sus imágenes ya pintadas, acaso sus únicas posesiones. Y
hunde sus pies en el remanso
dulce y espumeante de la corriente. Los árboles cercanos endulzan sus mejillas con aromas vegetales. La humedad de
las raíces que bordean la corriente envuelven su
piel con caricias amorosas; mientras, sobre las hojas, se
anuncia el dorso oscuro y titilante de la noche.
La
luna brilla en el centro de un jardín de estrellas. El
tiempo descansa sentado en los labios de las rocas.
Los espíritus del bosque ya no deambulan entre los árboles;
ahora se mueven dentro de la sombra sin contorno de las
ramas. La tierra misma contempla la luz celeste. Los
animales flotan dentro de sueños que Toyo no puede
imaginar.
Pero
Toyo quiere imaginar las peripecias de la luna. El pintor
juega, imagina, y el disco de plata avanza ya a grandes zancadas, en una
imperceptible línea recta, entre los astros de parpadeante luz.
El artista se cuelga de una cuerda
enrollada en los pies de la dama lunar. Y, desde allí, sonríe,
y se saluda a sí mismo, a su cuerpo que, quieto, lo contempla
desde abajo. Y desde su imaginaria altura, Toyo saluda al bosque y las montañas, empapadas
de noche.
Y en la oscuridad profunda se encienden las
antorchas del sol, que brotan en el Oriente. Toyo ha
dormido. Y ya despierta, porque quiere presenciar el
amanecer que llega. Sus pies y su báculo componen una irregular
retahíla de huellas en un camino flanqueado por pinos y rocas.
El pintor sigue las ondulaciones de una serpiente. Abandona
el reino de los árboles. Y, adelante, se dibuja un horizonte
desnudo. La luz regala su poder una vez más. En los ojos de
Toyo arde un asombro.
Y
en su necesario momento, Toyo venera el lento rumor de sus
dientes entre hierbas silvestres o el arroz. Y,
a sus labios, llega la fresca agua de su cuenco.
En
la continuidad de su camino, el pintor descubre aldeas; y arrozales bendecidos por el milagro de las semillas,
y por el canto entusiasta de los agricultores.
Algunos cultivadores del arroz lo invitan a su hogar. Toyo acepta.
Y recibe. Comparte. Escucha. Por cortesía, farfulla algún
consejo. Agradece. Se marcha.
Muy
largo es el camino. Pero le acompañan sus pinturas, sus únicas posesiones.
Se detiene ante una
montaña. Se sienta sobre un
tronco. Una hilera de cerezos nacen en las espaldas de un
bosque, que expande su magia hacia el este. Toyo escucha entonces el canto de un pájaro.
Cerca, un caballo bufa en un paisaje festoneado por
florecillas amarillas. Y el caballo desaparece. El ave y su canto se desvanecen.
Toyo no lamenta esas desapariciones, porque en
sus rollos, en sus imágenes ya pintadas, vuela un pájaro. Y late
un
caballo. El ave y el corcel viven ya en sus pinturas, en esas
figuras de líneas y colores que parecen trozos de su piel.
El
invierno baña la tierra con su blanca melancolía. La calidez estival
retrocede ante las navajas heladas. El agua que
antes cantaba y danzaba ahora es un congelado suspiro. Las guirnaldas
soleadas del verano se han desvanecido. Pero en Toyo algo
permanece como el tiempo: la espera de
la casa suspendida. Desde su altura, la única figura a la
que el pintor le debe ser fiel, tal vez aparezca.
Y
todo vuelve. Como las mariposas que regresan con el fervor
primaveral. La endulzada
bebida de la primavera se vierte de nuevo en
las ánforas del aire. Toyo ama nuevos paisajes. Otra montaña. Otro
árbol. La nueva bella magnolia que
brota bajo sus párpados.
Nunca
se agota la fascinación. El artista es la perpetua mirada
fascinada. Toyo siempre se siente acompañado por las pinturas de la naturaleza.
Lo acompañan el
musgo en las rocas, y el viento que no anuncia su origen ni su
destino; lo acompañan el tremolar tenue de
la hoja suspendida, los círculos de antigüedad en la
madera, el dedo atávico del tiempo que erosiona las piedras, el
grillo y el saltamontes.
Y
a veces,
un resquemor de soledad estruja sus tobillos; pero el
consuelo rápido viene: "Además de la naturaleza, conmigo
están mis pinturas,
mis animales, bosques y montañas...", se repite el
pintor.
Quizá
por eso su talego nunca se aparta de sus hombros. Sus
labios recuperan entonces el flexible arco de la alegría.
Y el sol frota de nuevo sus pisadas. Y con frecuencia, recuerda la lejana casa suspendida, y añora
la única figura a la que sus pinceles le deben fidelidad.
No muy lejos,
otro caminante aparece en el camino. Toyo lo observa al principio sin sorpresa, cual si fuera
una visita presentida y necesaria. Un largo tiempo
fluye
sin que la distancia disminuya entre Toyo y el otro viajero.
Sólo en tres
ocasiones, el desconocido viandante mira por un instante hacia
atrás,
como si reclamara el acercamiento del pintor.
En aquellas efímeras detenciones de su misterioso
acompañante, Toyo percibe una brumosa inquietud, un viento
de extrañas ráfagas emponzoñadas.
Con
la sucesión de nuevos días, Toyo se acostumbra a la presencia del otro viajero. Que siempre respira
delante.
Y es la noche. Cerca, altas montañas se yerguen
como alabardas. Que rasgan las estrellas. El pintor contempla una fogata encendida por el
desconocido. Tal vez ya sea tiempo de acercarse y de ver el
rostro del otro caminante. El pintor medita en el encuentro, pero, en el
final de su cavilación, decide que la posible coincidencia
no debe ser dispuesta por el deseo; debe ser espontánea, como la
caída de una hoja del cerezo.
Entonces, el
día reenciende las candelas de la claridad. El
camino es hoy especialmente serpenteante. Con frecuencia, Toyo
pierde de vista al otro caminante. El tórrido aliento
primaveral barniza de sudor a los viajeros.
Toyo
descansa al pie de un pino. Cerca, escucha la voz de un río, saturado de torbellinos, y
de peligrosas velocidades. El pintor columbra una montaña en lontananza. Añora una
vez más impregnarse con los reflejos de la casa suspendida;
añora su radiante arquitectura tallada por una mano
misteriosa, que protege la única figura a la que su arte
le debe ser fiel.
Algunas
gotas de angustia hormiguean en su cuello. Pero recuerda a
los pájaros, y los caballos que ha pintado, y que viven en
sus rollos, sus pinturas, que lo acompañan cerca, en la
bolsa sobre su espalda.
Toyo derrama nuevas huellas sobre el
camino. Abajo, fluye el río, ancho, veloz; y vibra una presencia
no esperada, cerca de la ribera. Alguien flota; alguien es
succionado por la garganta vertiginosa de la corriente.
El
pintor corre hasta la orilla. Sin dudarlo, se arroja al
feroz pulso del agua. Nada con desesperación. Sus
brazos consiguen aferrar el cuello del desconocido que
flota. El dragón de la corriente veloz desea el alimento de los dos cuerpos.
Pero Toyo no interrumpe sus brazadas. Su
conciencia no gobierna ya ninguna acción. Entre
parpadeos entrecortados, abraza la
tierra salvadora.
Lentamente,
posado sobre una ancha roca, Toyo recupera el ritmo
pausado del aliento. Ladea su rostro. Cerca, reconoce la
chorreante silueta del otro viajero que camina delante, y
vuelve al regazo del bosque.
Y
Toyo, con sus brazos extendidos, mira el cielo, la magia irrecuperable de una nube. En su
espalda, ya no siente su bolsa, sus viejas pinturas. Está casi
desnudo. No posee nada.
Y
reconoce una casa suspendida sobre una cima. Sólo una imagen
silba en
los márgenes de sus ojos.
Una
lluvia.
Y
su pincel, siempre fiel, junto a las gotas frescas.
EL
DESCENSO FINAL
Es
un fuego enojado el que funde el acero. El metal fundido se
convierte en planchas encorvadas, que se
encastran con tornillos y soldaduras. El acero,
lentamente, sueña con algo distinto a su origen; no sueña
ya con la fragua ardiente, sino con el agua del océano. El cuerpo metálico,
nacido del horno de las rojas llamaradas, ahora es un pez,
que se imagina ya dentro del mar.
El pez
acumula escamas soldadas. El pez
madura. Crece. Nace plenamente.
Es
el submarino.
El
pez de larga anatomía curvilínea. Que recibe en su interior a los
seres que se sostienen sobre dos piernas, que ansían imitar
la tormenta y el trueno. Por eso,
quizá, los humanos bípedos inventan las luchas en
las que se despedazan entre sí.
Mucho
fuego que relumbra como el sol, mucho alarido que semeja
un trueno, brotan en las guerras de los extraños humanos bípedos.
En su guerra, los
humanos necesitan también destruirse dentro del espacio
abismal de las aguas.
Por
eso, muchos peces, de metal alguna vez caliente, descienden
hasta los lechos. Las hélices irradian sus zumbidos,
nunca antes escuchados por el pulpo, el tiburón o los corales
y sus bellas orgías de colores.
La
imagen lenta y puntiaguda del belicoso pez inventado por
los hombres se alarga entre el sol que brilla en la superficie, y las profundidades
acuáticas, con su silencio negro.
Y
siempre dentro del submarino, algunos humanos manipulan sus complejos
cartílagos y vértebras. Planean
la destrucción de otras naves que surcan las
superficies. Su sereno viaje se quiebra a
veces, cuando de las ensanchadas narices del submarino,
emergen unas enojadas y pequeñas anguilas que, tan veloces
como algunos animales terrestres, corren hasta estrellarse contra
el barco enemigo. Y entonces, la nave agredida,
estalla. Y vomita desaforadas llamaradas de fuego.
Pero,
en ocasiones, el pez, que destruye con sus anguilas
explosivas, puede ser sorprendido por cilíndricos puños de
metal. Que explotan
con una nerviosa descarga. Y, en ocasiones, en el pez se
abren cavidades, grietas, por donde el agua entra en furiosas cascadas. Para colmar todo espacio seco.
Para iniciar un descenso hacia el silencio, en el fondo enigmático, que no tolera que nadie regrese, luego de escucharlo...
El
puerto se deja embelesar por la aurora. Los bucles del sol
acarician el fondeadero y la bahía. El submarino alemán
espera. Los marinos repasan los últimos detalles, antes de
la inmersión. Por varios meses no verán su patria, la de la
tierra sólida. No es su primea misión. Ya han regresado
del océano en otras oportunidades. Nadie quiere pensar en
alguna travesía cuyo fin no sea el retorno a casa.
Cada miembro de la tripulación conoce
su tarea. Mediante una adecuada coordinación, todos los
marinos forman un solo organismo eficaz. El
capitán conoce el ritmo de cada sonido emitido, la
correcta polifonía de deberes y rendimientos. La máxima
autoridad a bordo tampoco quiere que el futuro sea una
lluvia de navajas cortantes.
Cada
marino acomoda las imágenes de sus seres queridos en algún
sitio. Las fotografías de las personas amadas se veneran
en un improvisado altar del recuerdo. Y toda la
tripulación
suda en nuevos preparativos y ensayos, hasta que el devenir
del reloj los acerca a la hora de la partida. Afuera, brilla
el
sol. Cerca del puerto,
algunos cerros reciben en sus laderas las sombras errantes
de las nubes. Más allá, no muy lejos, se yerguen árboles, establos y granjas. En varios carros se desplazan los campesinos,
que quieren ignorar los latidos de la guerra.
Pero, algo más allá, dentro de la tierra germana,
se agrupan los desafiantes ejércitos. Que se mueven
hacia varios frentes de la muerte. Los soldados,
los cañones, los tanques, todos son movidos por la voz de
un enajenado de bigotes, y oratoria exaltada.
Dentro del dragón germano y guerrero, se teje el enjambre de
las fábricas, de las ciudades y pueblos hipnotizados por un
demencial sueño imperial. En algunos lugares de Alemania, se crean los metales
sumergibles, los peces submarinos, los nuevos hermanos del
pez, del U-Boote, que ya abre sus aletas. Y lentamente abandona el
fondeadero. Y se adentra en el mar.
El pez creado por los hombres se sumerge.
El
submarino desciende por suaves pendientes de agua hasta
unos trescientos metros. Luego, avanza sobre una flotante línea en las
profundidades; y se
interna, de
a poco, en la
garganta del océano. Dentro del pez de las hélices flota un deseo callado, el deseo del regreso,
el ansía por la rápida vuelta a la tierra del padre y la madre. La nube
deseante humedece las paredes, los cuerpos, los compartimientos,
las turbinas, el periscopio, los altares de las imágenes
familiares, los torpedos-anguilas. Y el aire encajonado que roza
las frentes.
Hans,
el más joven, recuerda la joven que conoció en una fiesta
de su pueblo bávaro. La muchacha bailaba, lo invitaba con
una mirada tierna. Y con ella bailó. Con lo que ella era:
la belleza del trigo, las naranjas, los girasoles.
En su camarote, el capitán, el más veterano, inspecciona mapas, proyecta y
calcula tiempos. Y lo previsto en los cálculos se convierte
luego en barcos que aparecen en el
periscopio. En un tiempo y en un lugar aproximados, la víctima ofrece su
perfil al pequeño
pez guerrero. Entonces, desde el capitán
nace la orden. Y se prepara el lanzamiento de una anguila
explosiva. Del torpedo que ya corre hacia el casco
de la embarcación enemiga.
Y
la anguila estalla.
Los
marinos del barco alcanzado también querían volver a la Madre, a la patria, a la tierra natal. Pero,
entre las muchas llamaradas de fuego, el océano engulle
lentamente a la nave herida. Los sobrevivientes saltan al
mar. Con la esperanza del salvavidas, buscan su lugar en
algún bote; otros, son
elegidos por el barco moribundo para hundirse en una gran
tumba en el agua.
En
la tripulación del pez germano reina una moderada alegría. Los
tripulantes de una nave hundida antes eran enemigos; pero
ahora son colegas en desgracia; otros hombres de mar, como
ellos, estrangulados por el infortunio. Y nadie se engaña
en el submarino: la dicha de una victoria puede ser el preámbulo de la propia
destrucción. Fluye la satisfacción
entonces por el deber cumplido, pero despojada de toda
celebración o júbilo.
Y
el capitán hace cálculos en su camarote. Los hombres
cumplen sus tareas rutinarias, y buscan una caricia en el altar
con las imágenes de los seres queridos. Todos suspiran dentro de la nube
del deseo.
Desean,
una vez más, en secreto, el regreso a la patria.
Y
el periscopio confirma lo previsto por el capitán. A veces, el
ojo del pez muestra un día soleado; otros, un cielo plomizo, una mañana,
un mediodía, o un atardecer. Ahora, en el centro de la imagen, se desliza la silueta de
la nueva víctima. Y después se repite la mortal polifonía:
la orden del comandante con los ojos empotrados en la mirilla del
periscopio, las rápidas acciones en la sala de las
anguilas-torpedos, el disparo del dardo asesino, el
estallido, la
columna de fuego, la grieta, la cascada incontenible, la
agonía lenta, el parsimonioso descenso hacia el cementerio
sumergido.
La
dicha moderada embarga nuevamente a los habitantes del
submarino. Por varios días, el pez humano deambula bajo las aguas, sin sobresaltos. El capitán
piensa que es tiempo de un descanso. El submarino
recupera la superficie. El mar no es ya un vientre oscuro. El océano es
una inacabable eternidad visible. Y, lentamente, la luz del sol se desangra en
lontananza. El ocaso muerde al mar con dientes púrpura.
El U-Boote flota en el sueño del crepúsculo. El capitán sospecha un
temido tornado. Pero quiere
recordar a su esposa y su pequeña hija en su casa, en las
afuera de Dresde. Antes de despedirse, la nieve tapizaba la
tierra. El reía. Saltaba sobre cúmulos nevados. Alzaba a su hija Elke. Su esposa miraba
complacida a través de una ventana, al tiempo que agregaba
vegetales en una olla donde hervía una sopa.
Y todos los marinos, sentados sobre la cubierta, otean la distancia. Pero, en realidad,
recuerdan las
últimas escenas antes de
partir. Los abrazos y besos, los deseos de volver, de
reunirse nuevamente con la
madre, la hija, la novia, el hermano, el padre.
Y
el futuro es incierto. Mas los tripulantes del pez humano
imaginan jardines que devoran la soledad; bellos huertos
donde se desvanecen los espectros.
Hans, el más joven, nuevamente recuerda a la muchacha del pueblo. Ella
no deja bailar y de llamarlo. Quiere que vuelva para
desnudarse ante él, para mostrarle la geografía de placer
de su cuerpo sobre un lecho amarillento de hierba, rodeado
por girasoles.
El lírico lienzo del ocaso hipnotiza a los
espíritus cansados. Y vuelve la orden de la inmersión. Y de nuevo en la profundidad silenciosa,
cada tripulante del pez
respira dentro de la nube del deseo.
La
nube humedece la pantalla del radar, donde una figura se
aproxima.
El pez de las hélices repite entonces sus hábitos. El acercamiento. El periscopio
sigiloso. La verificación de la distancia del enemigo. La
espera del momento adecuado. La orden breve y letal. El
lanzamiento de la anguila silbante. La explosión en el lomo
del animal acechado. La cascada salvaje entre calderas
y camarotes destrozados. Los cuerpos succionados por un
sopor mortal. Y la discreta satisfacción. El seguro alejamiento. Pero,
esta vez, en la bruma ruge un gigante
vengador. Un destructor que trae sus cargas atronadoras.
Y
la cacería se inicia.
La distancia entre
el buque que destruye y el U-Boote se acortan. Los
truenos dentro del mar comienzan.
Y los marinos escuchan las órdenes rápidas, nerviosas.
Todos sudan dentro del pez. Un desierto
quema el aliento. El
gigante vengador sigue arrojando sus puñales. Y el joven
Hans manipula nervioso algunas escamas del pez que huye, e
imagina un día soleado, una feliz pradera. Las nubes
cantan himnos pacíficos. Toda la tripulación camina entre
los
pastizales, por una senda amarilla, hacia un paso entre las
bellas montañas. Es el camino que lleva a casa. Al hogar, a la propia
tierra, a la mujer que acaricia y bendice.
Y
cerca un río empieza. Y crece. Crece...
Y
la noche vive en el centro del agua. El aire se despide de los pulmones.
Y
el río crece. Crece...
Y ya es el crujido de los metales, la desesperación, y la espuma que
empapa las imágenes de los
lejanos seres queridos. Tiernos besos parten hacia la
lejanía. Porque el río crece. Crece...
Y
todo es una gran cascada. El camino entre las montañas se
inunda. El pez herido se hunde. Y sólo queda
un instante para rezar.
Para llorar.
Para implorar.
Antes del
descenso final.
A la tumba solitaria.
EL ROSTRO
AÚN VELADO
Las
agujas de cemento ambicionan propagarse hasta las nubes.
Son los edificios, los gigantes hastiados de la rutina. A
sus pies, dentro de sus cuerpos, detrás de los transparentes ojos de
sus ventanas, los habitantes de la ciudad viven su
sueño.
Y recorro libros de símbolos y de viejos
mitos. Y evoco un mar, que se extiende hasta los
confines del mundo. Entre las aguas navega Gilgamesh. Busca a
Utanatispin y su isla. Viaja para descubrir el secreto de
la vida inmortal. En otra evocación, veo un sendero enjaezado
de penachos verdes y escamosa hojarasca. Tras un
roble, irrumpe el caballero de la armadura resplandeciente. Busca el jinete el
cáliz que provee un alimento divino. En otro peldaño de
mi evocación descubro, en un retablo de penumbra, al can Cerbero, el perro de las
múltiples
cabezas iracundas, el mítico guardián del infierno.
Y
siguen mis evocaciones, entre los libros de mitologías
ancestrales. Y entonces presencio la llegada del héroe griego, el de los doce trabajos,
el que traspasa el aire con
su musculatura bañada de coraje. El Hércules que, al capturar
a Cerbero, demuestra su victoriosa incursión dentro del otro mundo.
Y
en las vidrieras de mi ciudad, veo otras imágenes del mito:
presencio el regreso de Ulises a Itaca, y la matanza de los
pretendientes. O persigo la imagen de Eneas cuando, guiado
por la Sibila, se adentra en el más allá para consultar a su
padre, Anfialtes.
Ya
puedes advertir que me persiguen las imágenes de
héroes pasados. Héroes
perdidos. Sé muy bien que mi nostálgica imaginación no
puede devolverle alguna emoción heroica a esta época
rutinaria. Por lo que sigo
avanzando por un solitario camino entre las calles. Hace tiempo
que quiero saber quién es el que avanza delante de mí,
alguien cuyo rostro no alcanzo a entrever.
Los modernos pájaros con turbinas
trasladan a millones hacia los distintos continentes. Los trenes y
barcos y automóviles nos desplazan con distintas
velocidades. Pero la abundancia del movimiento físico
disfraza la inmovilidad. El viaje moderno es
seguro y previsible. No demanda ya movimientos temerarios,
exploraciones valerosas de desiertos o selvas laberínticas.
En
los viajes más allá de la ciudad, o dentro de ella, ya no
brilla ninguna efusión mágica o heroica.
La
imaginación puede jugar con el tedio de la ciudad conocida,
y transformarla en paisajes perdidos. El edificio puede
convertirse en altas torres, con almenas de castillos
delineando sus bordes; los cruces de esquinas pueden devenir puentes levadizos que se extienden sobre
fosos de lóbregas aguas y cocodrilos; las sucesivas fachadas de las casas,
escuelas, templos, o negocios, pueden mutarse en
murallas ornadas con mármoles y figuras de leones; los
semáforos pueden transformarse en mástiles coronados por estandartes
donde bellas ninfas bailan en el viento; las estatuas ecuestres
pueden quebrar su tensa parálisis para liberar salvajes
caballos; las ramas
de los árboles pueden extenderse hasta los collares
de las nubes; las alcantarillas pueden brillar con la
claridad de remotas lunas magnéticas.
La imaginación puede transformar el tedio. Lo sé. Pero
sólo como un miserable consuelo, como un somnífero para
olvidar la muerte de lo heroico y mágico en la
ciudad moderna.
¿Es
que realmente ya no hay cumbre ni enigma hacia el que
caminar con piernas de héroe? ¿Es que sólo queda el humo de un
cuerpo que se incendia?
¿Es
que sólo me queda caminar detrás del hombre que avanza delante,
de aquel cuyo
rostro no he visto hasta ahora?
Todo
hombre reprime el temor a una gran destrucción. Pero llega el
día en que las defensas se quiebran. Los muros que lo protegen
del horror se desmoronan. Y cae ese hombre postrado ante el
sufrimiento. En ese día de la indefensa desnudez, en
ese día del gran temblor, estallan en los oídos la voz de los que predican
la inutilidad de la vida.
No
creo en la existencia inútil. Pero la voz del hombre
estrangulado por el dolor me exige aceptar la inutilidad, cuando me recuesto sobre el tronco de un árbol
que florece frente a paredes de vidrios
negros.
Ese ser, incapaz de trasmutar el dolor en algún resplandor
creador, taladra los cerebros con su grito; ambiciona retorcer el cuello de toda esperanza, y
engrillar los
tobillos con cadenas heladas.
El
hombre del extremo sufrir sangra. Busca cerrar sus heridas
con muchos objetos, y certezas consumistas.
Pero sabe que todo es inútil. Y grita con fuerza
desesperada. Y quiere que también yo me desnude y sufra. Sin
esperanzas. Y que ya no resista. Y que beba la única
agua rancia de lo inútil.
¡Lo
inútil! ¡Lo inútil!
Inútil
es sudar por un cielo elevado; o agitar estandartes de un dignidad
orgullosa; o venerar a la tierra en el bosque; o repetir los
cantos de
poetas en alabanza de dioses creadores.
¡Inútil! ¡Inútil!
Todo sangra. Sangra. Y vomita. Vomitan los huesos inútiles
en pozos que
se hunden. Todo es un crujir de la memoria que olvida el misterio del
rayo.
Sí, el único destino es
postrarse. Y sufrir.
¿Pero
por qué aún puedo levantarme? ¿Qué me regala
aún el don de no derrumbarme?
Quizá todavía camino porque alguien extraño me auxilia:
ese desconocido que siempre avanza delante de mí; ese que
se burla del sufriente desnudo que pontifica la inutilidad;
ese que ve los caminos entre los árboles; ese que agradece,
contempla y actúa, y se baña en la fuerza de los
manantiales.
Y
sigo ese rostro de perfil...
Ese rostro
heroico, aún velado.
Que
todavía camina hacia
el volcán.
VUELO
EN LA URBE
I
Es
la tarde. Un sonido de turbinas sacude las nubes. Sobre las
paredes salta el martillo sordo, el que golpea y hunde en la
piel los
clavos de la agitación moderna. Y trepan por el aire y el
cemento la cólera de los tubos de escape, el murmullo de
los transeúntes veloces, las sirenas de premuras médicas y
policíacas.
Entre
los nervios de la urbe aúlla el huracán cotidiano de la gran velocidad. Los millones de
seres que laten rápido. Sin tiempo para rozar el cielo.
Compruebo,
una vez más, el movimiento de los individuos, de sus ideas y
demandas, de las cascadas de angustia que atraviesan cada ojo.
En
el exceso de movilidad en la urbe, no hay sitio para atender.
A
lo que se mueve en todos los movimientos.
II
¿Qué
se mueve en lo que se mueve?
¿Qué
se mueve en el tiempo de la tarde?
El
edificio es alto. Estoy solo en la terraza. Sé que nadie
vendrá. Sé, con más fuerza aquí, que la única acción digna es percibir. En el final de todos los
arroyos, espera el hombre que calla. Y percibe la amplitud
de la tierra, el mar, el cielo. Las estrellas y todos los
cuerpos.
Mis
piernas se afirman; mi columna imita la rectitud de
las montañas; mi frente deviene la orilla de algún lago
lejano. Pienso en hojas que flotan sobre aguas quietas y
meditabundas. Escucho un viento, transido por el recuerdo de
todas las edades, que roza la hierba de las praderas.
Percibo
lo que se mueve y gira. Cuando es la tarde. En la terraza.
Intuyo
algo que se mueve en todos los movimientos que giran a mi
alrededor. Pero no comprendo, no comprendo...
III
Muchos
movimientos me siguen visitando. Y giran en mi derredor.
Todo lo sutil se burla de las distancias.
La imaginación cancela toda lejanía. Por eso, fácilmente, me siento sobre
una roca frente a un mar. Escucho las olas de sal entre
mis cabellos. Sospecho que están muy cerca el insecto y la
galaxia. Y no dudo de que un músico extraño ha llevado su piano hasta el centro del
bosque. Y caballos de lava corren por una tierra agrietada. El
fuego de las lenguas rojas trae calor a mis vértebras.
¿Y
qué se mueve en todo lo que se mueve?
IV
Pero estoy en la terraza de una ciudad moderna. ¿Cómo pretendo
entonces, tan estúpidamente, no rodar escaleras abajo hacia
la prisión de los tubos y cañerías, los cables y sótanos del
tiempo urbano?
¿Qué
torpeza injustificable me puede hacer creer que, inmóvil, con
el espinazo erguido, en una terraza solitaria, podré
percibir lo que se mueve en todos los movimientos?
¡Con
cuanta frecuencia ruedo dentro de los tubos y los cables de la urbe! Allí siempre
descubro las dragones que no dudan. Aun en los
días soleados, al caminar por la calle iluminada,
el asfalto se agrieta, y esquivo las bocas negras de los
dragones que salen desde los tubos. Su fétido y viscoso
fuego alimentan la renovada necesidad de
ostentar alguna forma del poder; la
mentirosa promesa de las publicidades; la conversación
banal; los puñales
frívolos que desprecian el misterio de la
luz.
Los
rostros que no aman.
El brillo del honor.
V
Lo percibo: lejos, un
girasol tiembla debajo de una langosta.
Las dragones niegan esa posibilidad sensible.
Pero los
dragones de los tubos no me
dominan.
Por
eso es la tarde, aquí, en la terraza solitaria, y sigo
preguntándome:
¿Qué es lo que se mueve en todo
lo que se mueve?
Y
la música me visita. Es el viento. El aire. Los huertos en
mis pulmones. Entre las grietas de las baldosas cercanas surge
una flor.
El lecho de los mares me regala sonidos profundos.
Y,
nítida, veo allá la curva rojiza del sol; allá, una angosta
nube se desvanece; allá, algunos pájaros reflejan sus alas
sobre ventanas y arreboles donde arde el crepúsculo.
Allá,
vuelo sobre la urbe.
Allá,
sospecho el secreto.
Que se mueve.
FRÁGIL CAÑA EN LA BRUMA
Frágil
caña en la bruma.
Al
principio, comprendió el hombre el rayo, y una misteriosa
fuerza divina. Desde entonces, comprendió que debe escapar.
Debe
huir de todo recuerdo de lo incomprensible.
Es necesario encontrar
escudos donde refugiarse del enigma. Y
cuanto más crece, mayor es
el temor del hombre a recordar que deambula desnudo en un
desierto extraño.
Los
sonidos estimulan los recuerdos. El trueno, o los gráciles timbales del viento,
hacen recordar al corazón músicas superiores al
cerebro, que vibran en el espacio.
Pero
en la gran ciudad, se aborrece
todo recuerdo de lo que nos excede. Y se olvida mejor las
incontrolable fuerzas divinas, si el hombre grita sus
victorias sobre las cosas, y sobre
sí mismo. La frágil caña humana
debe gritar su triunfo. Para conjurar la amenaza de lo
incomprendido.
En una noche de muchas hogueras, el hombre grita sin
descanso sus pasadas victorias.
La
primera victoria se repite ahora cuando es una mañana, con un sol de dientes naranjas
que muerden el cielo. Acompáñame, acompáñame a presenciar
las victorias humanas. Que se repiten...
El
cazador persigue a su presa. Entre hilachas frías de
viento, el animal consulta a sus antepasados. Una misteriosa
voz le ordena entregarse. El antílope acepta entonces, con invisible
alegría en su rostro, la lanza que se hunde en su carne. La criatura ágil de los bosques y las
praderas se derrumba. Y el
cazador celebra. Abre sus brazos hacia nubes
indiferentes.
Grita
su triunfo.
En
la noche de las muchas hogueras, grita el cazador de nuevo
su triunfo.
Y
mira, mira:
Ahora es,
nuevamente, el día en que la mano se hunde en la tierra
húmeda. El
ingenio observador del hombre recolector descubre las
semillas, intuye un nuevo futuro que se gesta en su
interior. Busca entonces alguna magia para liberar aquella vida.
Experimenta. Medita. Sospecha. Arroja las semillas en surcos
abiertos por sus manos. Y observa. Espera. Y el sol contribuye con el alimento de sus rayos
que se vierten sobre una diosa con rostro de tierra. Agua. Humedad.
Y la planta brota, lenta y orgullosa, del
suelo arado, del vientre de la diosa telúrica.
Y el
hombre sonríe. Abandona la lanza y la flecha. Ha
descubierto la
agricultura. Un remolino de aire y de júbilo frota sus
mejillas.
El agricultor grita su triunfo.
Y
ya sabes que me acompañas en
la noche de las muchas hogueras, donde podemos escuchar
cómo se repiten los gritos de la victoria humana en la historia.
Por eso, ahora podemos observar que, hasta hace una breve
brizna de tiempo, la llanura era
un tapiz de lisura impoluta. Pero ya llega el búfalo. La pesada pasión del animal dibuja sus huellas en
el lienzo del suelo. El cazador estudia un
tejido de señas. Que dicen mucho sobre el animal: su
tamaño, su dirección, el tiempo de sus pisadas. Las marcas
del animal son un mensaje
escrito en la tierra para ser descifrado y leído.
Y las huellas-letras crecen. Maduran.
Hasta que ingenios humanos, en Sumer o quizá en otra latitud
desconocida, tallan sobre una tabla de arcilla las nuevas
letras-huellas, ya no de un animal nómada, sino del hombre
inventor de lenguajes. El primer juego de signos escritos
reverbera en tabletas rasgadas. El pensamiento, la
ocurrencia y el saber humano ahora durarán. Ha nacido la
escritura. La memoria. Que sobrevive a la brevedad de la pasión.
Y
el escriba contempla la tabla de arcilla escrita. Agradece el obsequio del Dios. Se
prosterna. Recupera su postura erecta. Contempla el desierto.
Antes de dormir, una convulsión apabulla
su garganta. No puede evitarlo. Grita su triunfo.
Es
que en la noche de las muchas hogueras, ya sabes, se repiten
los gritos del triunfo humano. Por eso escucha y mira cómo alguien
sufre en una cruz, padece un calvario. Muere entre heridas
que vomitan un abismo de sangre. Luego de tres días sonríe
el martirizado. Asciende hasta un trono luminoso. Regresa
con su padre y gobierna la fe de millones de seres. Antes de partir,
deja la creencia en la purificación por el agua, en una
comunión sagrada y una salvación eterna. Sus seguidores
pregonan la nueva religión. Padecen tortura y muerte por ello.
Son perseguidos en
la Roma de las águilas orgullosas. Pero su suerte cambia por
razones misteriosas. En una paradoja de la historia, el
águila romana se rinde a los pies del Cristo. Que sonríe
ahora como Cristo Sol, como Cristo rey, Cristo
medieval
de la iglesia de las catedrales, y de los ejércitos
cruzados que, afiebrados de sangre y locura fanática,
cortan las gargantas de los musulmanes, a los que desprecian
por infieles. Y luego, la religión ambigua de la cruz, la
religión de la grandeza y la más repulsiva miseria, grita su
triunfo, que pretende, engañosamente, un triunfo de la
humanidad iluminada por la una única revelación de la
verdad.
Ya
sabes, lo sabes, muchas hogueras arden aquí, y los que
gesticulan gritan. Necesitan vociferar las supuestas victorias
humanas.
Y ahora de nuevo, muy felices, debemos gritar un prodigio
mecánico. Una invención donde una plancha cae
con letras borrachas de tinta sobre una hoja blanca. La
página recibe el mensaje escrito. La hoja
impresa da testimonio de la hechicería multiplicadora de la
imprenta. Gutemberg contempla los libros que se repetirán luego
con la frecuencia con que las madres alumbran. Los lectores educan sus ojos para recorrer con rapidez las
tipografías exquisitas de las letras. Las imprentas
multiplican la escritura que le ofrece permanencia al grito
de muchas victorias: la construcción de la torre Eiffel, la
invención de los trenes y la lamparilla eléctrica, la
creación de inmensos barcos de guerra y placer, y de submarinos,
y de cohetes espaciales, y las hipnóticas pantallas
televisivas y cinematográficas, y el descubrimiento de la
fusión nuclear, los rayos X, la computación y las leyes de
la genética.
Y
son muchos más los gritos de triunfo que el hombre repite
en la noche, entre las muchas hogueras, entre centellas rojizas
de un fuego orgulloso.
Pero
luego de tantos gritos de triunfo repetidos en la noche, es
inevitable un dormir
reparador. Las gargantas aún sudan, mientras los párpados
empiezan a caer. Entonces, un fría bruma repta entre las hogueras.
Y
las cañas recuerdan antes de volver a dormir. Por sólo un
instante, recuerdan la caída de todos los imperios, los
enigmas inexplicables, la imposibilidad de comprender y
controlar el salvaje aliento del tiempo.
Y
la frágil caña en la bruma vuelve a temblar.
Tiembla
el
hombre que no puede crear una estrella.
Y
ni siquiera evitar su muerte.
LA
SERPIENTE SIN ADÁN
Y
sale la serpiente de la grieta, del origen misterioso, y se extiende
hasta la lejanía, donde se erizan los
volúmenes puntiagudos de las montañas.
Y desciende la serpiente de la cima blanca, de las rocas altas y los
vientos furiosos. Y baja por las laderas hacia piedras que
laten en los bordes de una pradera. Allí, relinchan algunos caballos. Un arroyo
se ondula hacia el norte.
Una
música infatigable roza los pies del cielo. Y la serpiente
se mueve a través de todas las cosas, a través de la
amplitud, y deja tras de sí su línea ondulante.
Y
la serpiente se sumerge en un mar.
Allí, nada entre cardúmenes de peces de distintos tamaños y colores. En el
lecho se contonean helechos, bailan lumínicos reflejos. Pero, en algunas hendiduras de la
tierra sumergida, los rayos solares caen en profundas oscuridades. Una porción del
lecho, repentinamente, se desplaza y eleva. Y extiende sus
brazos hacia un diminuto pez desprevenido. Es un pulpo.
Que nada con plasticidad, junto a cangrejos y medusas.
Y
en la grieta y el lecho late un origen misterioso.
Y la serpiente corre a ras del lecho hacia la distancia,
hacia valles sumergidos, de una oscuridad más intensa que la que pinta el
cielo cuando renacen las estrellas.
Sobre los valles líquidos, sin aparente fondo, flotan otros peces, para los que el agua es aire.
Y roza la serpiente al tiburón
y el delfín. Y nada junto a peces espadas,
rodaballos y marsopas.
El
agua retrocede respetuosa ante la ballena. La ballena de
inmensas
aletas y boca inocente que engulle las toneladas de plancton.
El mar es generoso. Alimenta con exceso al gran cetáceo. El gran
pez es feliz. Y tanta felicidad no puede tolerar vivir replegada entre
músculos y pesados huesos. Es
necesario salir. Y
saltar.
Y
así salta la ballena.
Conmueve
el mar al caer.
Tiemblan los pilares que sostienen la
bóveda
celeste.
Y vibra el origen
misterioso.
Y la
serpiente sigue su danza. Corre entre los árboles de un bosque. Un
pino canta un himno. Un abedul honra la última lluvia. El
ciprés se
embriaga con la belleza de los venados. El roble hunde sus
raíces hasta el vientre de
una diosa. El búho contempla. Y comprende. El oso ruge sobre la
orilla de un río. Venera al salmón
que la corriente le regala. Y el
lobo se desplaza sobre la nieve. Cada pisada suya es un susurro de temor reverente hacia la
serpiente. Que corre. Dentro del bosque.
Y
la noche desciende sobre los árboles. Toca la tierra. Siembra en las rocas y las raíces, los mensajes de
las estrellas. La noche escucha el lenguaje común
que hablan las galaxias. Las plantas. El agua. De ríos. Arroyos. Pero
el sol llega para dar un descanso a ese diálogo entre
el cielo y la tierra. Resucita un nuevo imperio de luz, que
sólo
un día durará. Y se avivan las antorchas del asombro.
La gloria
de la creación resplandece.
El
origen misterioso resplandece.
Y
la serpiente sigue su danza. Su movimiento. Que se expande.
Con su línea. Ondulante. Y llega. A la selva.
Se enlaza con el árbol de largas hojas ovaladas. Y observa
gorilas que caminan pesadamente, pero que ascienden con agilidad a las
ramas. Variedades inacabables de insectos pululan
entre complejos laberintos vegetales. Cualquiera animal que caiga
sobre la hojarasca, recibirá la rápida visita de millones de pequeños aguijones devoradores. El
sonido de aves y ranas se unen a veces en una sola sinfonía.
Y, en la tarde, el
cielo crea tapices de nubes. Manos imperceptibles,
la fugaz imagen de sílfides o dioses aéreos, empujan esas nubes. Y
nacen
las gotas de la lluvia. Millares de pequeñas cascadas
surgen en el extremo de las hojas y las ramas.
La música, la lluvia, una sutil neblina, la
densidad de las formas enzarzadas, parecieran
suspender el tiempo. La selva late serena, entre los reflejos de
las formas mojadas.
Y
cada figura viva de
la selva roza las escamas de la serpiente. Que sigue su
marcha entre todas las cosas, y llega hasta las heladas planicies del norte.
Allí, el viento juega sobre la nieve. El sol parece clavado en la bóveda como
un estandarte fúlgido e inmóvil. El día es largo, pero el
frío no retira de las cosas sus dedos
congelados. Y sobre las superficies árticas, se estira la
ondulante línea de la serpiente. Magnética. Que se sigue
moviendo, expandiéndose.
Y
visita la serpiente las manadas de búfalos, las cuevas de los
murciélagos. Y pasa cerca de un hipopótamo
que retoza en un río, y del elefante, de cuerno de
marfil, y de nuevos bosques, selvas y cascadas.
Y
baila, se mueve la serpiente a través de todo el planeta.
Pasa cerca
de volcanes, y del tigre bello y feroz. Y
ve en una cima blanca a su hermano
animal. Al águila que desciende con el majestuoso batir de
sus alas para aferrar con sus garras al viejo
reptil.
Y
la serpiente que vuela contempla todos los caminos, desde
las cimas de la altura.
Y
el origen misterioso serpentea entre las formas.
Y
toda esta vida ya era antes del primer hombre.
Y
no necesita, nunca necesitó, de nosotros.
De
Adán y su descendencia.
RÉQUIEM
DESPUÉS DE LA LLUVIA
La
tierra es generosa. Nos entrega los frutos y las flores. Y
el cielo también es generoso. Nos regala la sensación de
algo alto. Nos obsequia el bosque de las estrellas en la
noche, el sol y la nube en el día. Y la gracia de las gotas,
lentas, húmedas. Una lluvia en el comienzo de una tarde.
Esta
lluvia.
Llueve
cuando
estoy
en una pradera, quieto, erguido. Y contemplo las gotas.
Me he apartado de un camino de automóviles y pavimento para
llegar hasta aquí. Algo me atrae. Me atraen los lugares
solitarios donde una belleza vaga, indefinible, insinúa una
revelación cercana, algo que se libera de un velo.
Y
llueve.
Y
quieto, erguido, y fuera del camino público y común,
contemplo las líquidas perlas que caen. Entre finas cuerdas
de agua suspendo toda incredulidad. No temo lo
imposible. Nada deja de ocurrir alguna vez. En este paraje
vacío, el más sobrio realismo dice que sólo veo un paraje
poblado por un racimo de árboles. No hay presencia
humana aquí; por eso, la planicie está vacía.
Y
el
cielo es plomizo. La cascada tenue de la lluvia se
interrumpe.
Y
antes te dije que el paisaje estaba vacío. ¿Pero cómo puede
existir algo vacío en la tierra si a todas partes llega el
viento y la lluvia que traen presencias...?
En la llanura
que recibe las gotas viven los que no quieren
ser olvidados...
El
agua celeste interrumpe su caída. Un húmedo sopor se alza de
la hierba mojada. Y los veo sentado en círculos. Son
millones. Y, sin embargo, sólo distingo unos pocos rostros.
Porque las historias de las humillaciones son pocas
historias, que se repiten...
No
me sorprenden sus presencias. Están parados, erguidos.
Contemplan el cielo, como si esperaran que algo se reinicie,
que algo empiece de nuevo.
Veo
los círculos de los humillados, sobre la hierba,
en la llanura. Un niño y una niña se toman las
manos. Visten ropas antiguas, sus ojos casi se desbarrancan de sus
rostros. Unas heridas recorren sus cuellos y serpentean por sus
brazos. Los reconozco. Ya murieron muchas veces por la
violencia que aplasta la inocencia. Murieron en Roma,
Tenochtlitán, o Irak.
Y ahora sólo esperan.
A
su lado, una mujer, la Madre, acaricia su abdomen, su
vientre deprimido. Alguna vez, delicados jardines crecían
en su mirada. Pero las flores se marchitaron cuando su fruto, el
hijo, el hombre, ya no caminó por la tierra. Porque el
fuego de las guerras lo masacró. Puñados de cenizas
espolvorean los cabellos de la mujer que llora, tan inevitablemente, como el arroyo
que corre entre
las rocas. Ella mira, con gesto implorante, hacia lo
alto.
Espera.
Y debajo de una cejas tupidas, descubro el brillo agudo de un
pionero. Siempre vio algo más que sus contemporáneos.
Siempre caminó
delante de su tiempo; y cristalizó el nuevo invento, la idea
que agigantaba la ciencia o el saber, o las plegarias para
invocar a las fuerzas benignas de los dioses de la luz o del
agua. El pionero siempre descubrió algún acantilado, algo más
elevado para observar. Y estudiar la verdad que huye.
El pionero sufrió incomprensión, rechazo, soledad. Y a veces
escarnio, tortura. Muerte dolorosa. Un sufrimiento que todavía
lo hostiga.
Pero
aun así, el que abre senderos quiere ver hacia arriba.
Espera.
Y
en
el extremo de un círculo, observo a un hombre y una mujer
semidesnudos. Se abrazan. Si no se abrazaran, ambos caerían.
Sus manos son ásperas como una roca corroída por el viento.
En sus codos, en sus dedos, en sus extremidades, se acumula
sudor mezclado con sangre. El arado roza sus rodillas. El
sonido de un reciente latigazo, real o temido, aturde sus oídos. Un seco crujido que
persiste desgarra sus labios.
Son los esclavos de la historia, los sometidos al látigo, a la fatiga. Los esclavizados en los reinos
antiguos, en los feudos, en las plantaciones sureñas, en
las fábricas modernas. Son los que se desangran sobre la tierra y el surco, los arados y las
máquinas.
Pero
la pareja, que se abraza para no caer, mira la
altura.
Espera
algo.
Y
en otro lugar de los círculos descubro al soldado que es
todos los soldados, que conoció el miedo profundo, y sintió
una serpiente grotesca que despedaza el cuerpo. Él también
espera.
Y
descubro al maestro que, con libros, lecturas o el recuerdo
de la más sabia tradición, buscó elevar y
fortalecer el espíritu de sus alumnos.
Él
también espera.
Y
descubro a un hombre sin brazos, al hombre de los pueblos,
todos los pueblos masacrados, exterminados, humillados,
despojados. Incapaces ya de acariciar el viento libre, el
agua fresca, o el rostro del hijo.
Él
también espera.
Y
descubro a una mujer extendida sobre la tierra, con las
piernas abiertas. No piensa en el amor. Lo que recuerda no
es una última noche de Eros. Lo que recuerda es el techo
desplomado en la casa del hogar de los hijos, despedazados
por los cañones o desintegrados por el fuego de las bombas
incendiarias. Ella también ve el cielo.
Ella
también espera.
Y
descubro al niño flagelado de heridas, que llega a los círculos.
Detrás de sí trae a otros millones. Que han padecido la
humillación, la explosión del exterminio estúpido.
Todos ven arriba.
Todos esperan.
Mientras la lluvia vuelva a empezar...
MOBY
DICK
...y
el arpón grita el deseo de matar. Una nube quiere también caer
y acribillar a la fugitiva. A Ella, al torbellino que
asesina. La ballena. La ballena asesina de muchos marinos, y de la
honra del capitán. Su pierna se separó de su destino,
cuando la mandíbula salvaje del cetáceo cercenó su orgullo, y despedazó para
siempre su sonrisa. La sonrisa del capitán Ahad.
"¡Ahad!
¡Ahad!", gritan los marinos. Gritan Starbuck,
Stubbs, Quiqueg.
Y gritan las tablas de madera
de los botes, y el agua que salpica los botes, y las
cuerdas, y los arpones. La figura del barco que se empequeñece
detrás. Nada hay que no aúlle; mientras el primer arpón se
hunde en un costado
del gigante blanco. Que nada con la velocidad de un rayo de tormenta. Una tormenta que ahora se repite. Pero que no desciende
desde un cielo desencajado de ira, sino que asciende.
Asciende desde la pasión espumosa del mar.
Cuando
el nuevo grito acribilla el aire:
¡Ahad!
¡Ahad!
Y
el infinito blanco corre con agilidad de gacela, con vigor
soberbio de tigre. Los botes saltan. Tiemblan. Imitan el
vuelo de un halcón al ras del agua.
Los marinos ya no recuerdan sus nombres, sus deseos de larga
vida.
Nada
fue ni habrá.
Sólo
existe lo que es: el segundo que estalla, el corazón que
truena, la sangre que mancha los gritos.
Y los nuevos arpones que se hunden en la carne. Sin
explicación. En el cielo del siniestro blanco. Que se sumerge
de nuevo.
Vuelve la calma...Una
suave brisa acaricia el mar. Y el
cielo y el océano se contemplan recíprocamente. Las gaviotas
bailan sobre las barcazas que se mecen, suaves, sobre el sitio donde
Ella recién regresó al abismo. Lejos, expectante, el
barco se balancea.
El
capitán ha convertido su grito en una furia silenciosa. En
su mirada, hierven los volcanes.
Y la espera no es pasiva espera. Los marinos
sudan puñales hambrientos. Quizá hay temor. Pero, en los
duros pescadores, el miedo sólo quiere matar lo que provoca
el miedo.
El
mar apenas ondula sus mejillas. La brisa y el vuelo de las
gaviotas continúan. Se agranda el silencio que hipnotiza.
Que adormece. Que confunde. Porque quiere hacer olvidar que
desde el vientre de lo quieto, siempre
puede renacer lo más salvaje que duerme en las
profundidades.
Lo oculto
ahora regresa. Porque
la
ballena vuelve. Y escupe sus carbones incandescentes de
abismo.
Y
corre de nuevo el gigante. El gran pez encoleriza,
una vez más, a los marinos.
Con quirúrgica ira,
los
arpones taladran la
piel blanca y extraña. Que ríe y desprecia a los pequeños cazadores.
Pero algún respeto les concede el cetáceo, porque sospecha alguna nobleza
en el cazador. Algo distinto a la posesión o la vanidad. Algo
más grande, que el marino busca descubrir y comprender a
través del pensamiento y el arpón.
Y
la
lluvia de arpones abre la superficie de la divinidad ballena.
Al buscar lo secreto, el secreto absorbe a su buscador.
Entre
las cuerdas y los arroyos sangrientos abiertos por los arpones,
el capitán queda adherido en el cuerpo del cetáceo. Oscuramente, los marinos
intuyen que su jefe regresa a una fuente de la que es
mensajero. La fuente: una verdad que huye con su lógica impensable.
Y
la verdad que escapa decide que los marinos, sus pequeños buscadores, regresen a lo que se
oculta.
El misterio blanco se hunde de nuevo. Luego, resurge con un
chillido feroz. Y la ballena golpea los tambores del agua
salada. Corre en el centro de un remolino, que
enloquece y succiona.
Arremete contra el barco cazador. Y las maderas flotantes,
las velas,
cuerdas, brújulas, mapas y marinos de la nave, también regresan.
Regresan allá, donde
sólo llega la cólera que busca lo misterioso.
Ahad entrega su último grito.
Los
hombres perecerán. Pasarán.
Los
árboles y las rocas, los palacios y los escudos imperiales,
terminarán. Pasarán.
Los
sueños del poder, las construcciones de la mentira, los
planeta y las galaxias, terminarán. Pasarán.
Pero
la verdad que se muestra y huye durará.
Volverá.
Y
la ballena vuelve.
LA
ESCALERA DEL CRETENSE
Un
homenaje
al Greco
Al comienzo, respiraste el aire salvaje de los acantilados
de Creta. Entonces te devoraba la inquietud. Temías que
tus ojos abandonaran sus órbitas y volaran hacia el sol. El sol: el padre de la luz magnética y hechicera. Y
por primera vez viste entonces cómo desde un desaforado borde amarillo, se descolgaba la cuerda. Una escalera
luminosa, de peldaños frágiles y ágiles, que podrían
llevarte hasta el nervio más incendiado del cielo.
Pero la escalera brilló con la brevedad de un relámpago. Antes de que desapareciera, corriste hacia ella
varias veces. En un mediodía de tu isla natal, la escalera
se descolgó sobre una roca. En un
atardecer lluvioso, los peldaños flotaron detrás del campanario de una
iglesia de pueblo; en un amanecer,
despertaste con brusquedad y, a través de la ventana,
contemplaste la escalera meciéndose sobre una cruz,
que descendía desde el ombligo de una nube
magenta.
La escalera siempre se desvanecía con la brevedad del
rayo. Entonces, decidiste enmendar esta ausencia.
Esta carencia obsesiva. Descubriste que el destino te
obsequiaba un reino, donde tu agilidad para componer músicas
de colores te convertía en un rey. Tus súbditos eran los
pinceles y los lienzos; con ellos, quizás podrías pintar
una nueva escalera hacia el cielo.
En tus comienzos, te inspiraron los
iconos, el universo bidimensional de lo bajo y lo alto del místico
arte de Bizancio. Aprendiste que el único
camino era la línea vertical. El peldaño al que le sigue
otro peldaño, siempre deseoso de más altura.
Y
la vertical no es un trazo geométrico. Es una
cuerda de luz.
Y la luz que nacía de tus pinceles desde
tu juventud trepaba sólo hasta la mitad del cielo.
No era como la escalera que danzaba hacia el sol que te
deslumbró una mañana.
Pero,
quizá,
el mucho pintar te regalaría los peldaños de la escalera mágica.
Y
de tus sueños nació un bosque de pinturas. Que vuelan por
encima de las nubes. Tus empinados árboles, tus lienzos de
frondosas ramas estiradas hacia la altura, reclamaban
modernidad. Colores apasionados. La sabiduría pictórica. Para
urdir. Conmociones. Cromáticas. Que hechizaran a los
espectadores.
Para pintar con modernidad dejaste tu isla en un dragón
flotante. Y llegaste a Venecia. Allí,
aunque ya muchos sabías, te enseñó el Tiziano. Muchos pintores que vivían entre los canales podrían rivalizar con tus pinceles. Entonces, viajaste a la Roma
donde el arte era refinado emblema de poder, y donde reinaba
la nostalgia imperial y la corrupción clerical. Miguel Ángel, el doliente creador del
David, ya había cumplido su misión y había partido hacia el
otro reino. Nadie todavía apagaba las hogueras de la belleza
que el elegido de Julio II encendió. Quizá ésta era tu oportunidad de ser
el nuevo creador del gran fuego. Entonces, conseguiste cobijo cerca del
cardenal Farnesio, en su palacio. En aquel palacio, el
bibliotecario Orsini te abrió las puertas de las tertulias
eruditas. Pero, en una ocasión, aseguraste tu
talento era superior al del pintor de la Capilla Sixtina. Esa
osadía no te fue perdonada. La Ciudad Luz te expulsó hacia tu último destino. Otra vez había que
atravesar el mar. De nuevo el dragón flotante te condujo a
través de la piel del océano hacia la España católica, la
tierra que el tiempo había elegido como nido del águila
imperial, que con sus alas abrazaba al mundo.
Nuevamente,
se reavivó tu debilidad humana, tu fascinación por la fama y el
aplauso. Felipe II quizá apreciaría y
reconocería
lo obvio: la grandeza de tu arte.
Llegaste a Toledo cuando aún creías que esta pequeña
ciudad era sólo el
umbral hacia tu reconocimiento como pintor de corte. Para el monarca
de España y el mundo pintaste el martirio de una legión
romana y cristiana (1). Todo tu genio los vertiste en el probable lienzo consagratorio. Pero no lograste seducir el
gusto real. El rey del Escorial no subestimó tus dotes; mas
no te concedió la corona y el laurel del artista elegido. La
profundidad de tu sueño no podía ser comprendida y
celebrada por las trompetas de ningún imperio. Sólo unas
pocas almas hondas y solitarias podrían entender tu devoción por
las alturas fosforescentes del cielo.
Las
puertas de la corte se habían cerrado. Tu nombre no se
difundiría con el viento hacia América o las Indias. El
respeto por tu arte, la repetición de tu nombre, no rompería
ya el estrecho círculo toledano.
Y de tus pinceles, en tu última patria toledana, nació un
Cristo rodeado por una multitud, y por un romano vestido de
veneciano, que prepara la cruz. El hijo de Dios luce
ataviado por un manto rojo, antes de ser despojado; antes de
sufrir el expolio (2). Y con mucho genio, sugeriste el interior de una catedral donde se enterraba a
un conde, luego de que San Pedro había
abierto el cielo con sus llaves. Dentro de la sugerida casa
divina, diversas miradas humanas
contemplaban la aparición milagrosa de San Esteban y San
Agustín (3).
Y tu brujería del color pintó a una María Magdalena de ojos
aterciopelados por la absoluta ternura (4). Y
tu imaginación de la resurrección plasmó un Cristo que levita glorioso. Y la
Anunciación se repitió a través de tus
dedos pintores cuando una asombrada María escucha el anuncio
de un San Gabriel que, como una hoja de un bello cerezo,
desciende desde fantásticas ramas habitadas por los angéles.
Y a Toledo la contemplaste en una
ocasión bajo un
cielo afiebrado por nubes tenebrosas. La ciudad
destilaba una vida quemante. Y, en otras de tus
visiones, un círculo de discípulos elevan sus
ojos. Arrobados. Para presenciar. El descenso. Sobre la cabeza.
De la Virgen. De una corona. Una corona. Que emerge. Desde un esplendor.
Incandescente.
En
muchas pinturas pintaste la luz. Pero la escalera de
tu visión juvenil nunca reaparecía. Tu ascenso sólo era en
la imagen, en la obra, en la belleza dentro del límite del
lienzo. Nunca encontrabas la escalera fuera de tu pintura,
en un abierto camino que trepara hacia lo alto.
Entonces,
los días fueron consumiendo tu piel. Los años
te desgarraban, con una sutil procesión de rasguños. Las imágenes seguían golpeando las
puertas de tu taller. Nunca te negabas a convertir una
ensoñación en lienzos inspirados.
Y
en tu vejez, tus colores se exaltaban.
Tus cuerpos pintados se estiraban cada vez más en figuras de puntiagudos ángulos.
Y pintaste al sacerdote de
Apolo, al Laocoonte que advirtió a los troyanos sobre el
peligro del gran caballo de madera. La serpiente brotó repentina y feroz
del mar para estrangular a Laooconte y sus hijos. En ésta y
otras de sus últimas obras, los colores gritan. Las formas
pierden sus líneas rígidas. Los
cuerpos se predisponen a estallar en cegadoras tonalidades.
Exaltación y desvanecimiento de las figuras que se repiten en
tu escena del Apocalipsis (5), del salvaje fin del tiempo,
donde las víctimas abren sus brazos, e imploran y hunden sus
miradas en un cielo que promete
dagas y fuego.
Pero tus ascensos seguían
viviendo sólo en tus obras, en los torbellino de pinceladas. En tus imágenes pintadas.
Y
el tiempo, con su navaja filosa e inclemente, proseguía su devastación. Pero en tus músculos cansados los
mediodías toledanos continuaban sembrando su calidez. La fibra física de la luz te atraía ahora más que tus
luces pintadas. Te detenías entonces a presenciar,
meditabundo y silencioso, la luminosidad que ardía en los reflejos
del agua tocada por un sol quemante. O las luces diurnas que
iluminaban los rostros humanos y los campanarios; o que
empapaban lejanas colmenas en el horizonte.
En
el sereno ocaso de tus años, te complacía deambular por las
calles solitarias. Y observar aljibes, árboles callados,
viejas puertas de madera, y las fachadas devotas de las
iglesias.
Y
la lluvia.
Y
te complacía escuchar la lluvia. Y el viento.
Te
asombraba ahora el polvo humilde que rueda sobre las
piedras.
Y
caminabas casi sin desear el vuelo y la elevación que
siempre sólo existió en los caminos de tus pinturas. Ya muy
poco se desea cuando la muerte trae el último día. El
día en el que te asombró, por primera vez, una abeja. Y una
hoja seca. Y más polvo te asombró en las rocas y las paredes.
Y
respiraban solitarias las calles de Toledo.
Las
nubes regresaban con su corazón de agua.
Nuevas
gotas besaban las formas. Y volvió la abeja que
rozó tus mejillas. Y, aunque las campanas estaban quietas,
escuchabas las campanadas. Las campanadas...Una música que
sólo tú escuchabas.
Y sólo tú atendías al humilde polvo que tiznaba tus manos,
las ventanas o las puertas toledanas.
Y
más gotas llegaban. Y en los campanarios los badajos estaban
quietos. Pero escuchabas...escuchabas más
campanadas...campanadas...
Y la escalera flotaba detrás de un campanario.
Y
una abeja y una gota, rozaban tus mejillas, El Greco.
Y
bendecías el polvo, cuando llegó tu hora de subir.
(1)
Referencia a la la obra del Greco El Martirio de San
Mauricio que Felipe II encargó para decorar uno de los
retablos del Escorial. El monarca compró la obra pero nunca
la exhibió en el famoso monasterio.
(2)
En El expolio, actualmente en la Catedral de Toledo,
El Greco pintó un Cristo vestido con llamativo manto rojo.
Que marcha hacia su calvario. Poco después, sufrirá el expolio
cuando le sea arrebatado su manto.
(3)
Alusión a El entierro del conde Orgaz, una de las
más célebres obra del cretense.
(4)
La María Magdalena penitente, actualmente en la
Nelson Gallery de Kansas, es uno de los retratos más
inspirados del Greco y quizá una de las más bellas
representaciones del eterno femenino.
(5)
El Apocalipsis es una de las principales obras
del último periodo del Greco, donde las figuras adquieren un estiramiento manierista especialmente marcado, y
colores exaltados.
FUERA
DEL LABERINTO
Nunca
hubo un mediodía aquí. Las curvas de las galerías son la
única sorpresa.
Algunas veces, los pasillos giran con brusquedad, o con una suave levedad hacia la izquierda o la derecha. En ocasiones,
incluso el suelo asciende como una ladera que se endereza
hacia la cima de una colina. Pero después, rápidamente, el
camino desciende hacia una rectitud cercana a una planicie.
Entre los planos rectos e inclinados y las curvas, se abren
grietas penumbrosas.
Y soy la multitud. Y, como la muchedumbre,
vivo
dentro de las galerías donde el aire destila
sofocación y encierro.
En
las partes altas del laberinto habitan los que se creen los
mejores espíritus. Ellos repiten que existir es saber que no
hay salida. Que en ninguna parte existe lo
que brilla con una gran salud. ¿Por qué buscar fuera de lo único que es? Sólo es el tiempo.
Que corre. Y envejece. Entre
los pasadizos. Laberínticos.
Desde
sus altos pedestales, los sabios del dédalo me hacen
recordar, me piden que no olvide: "No hay
afuera. No hay salida en los pasadillos. Nada exterior invade las
galerías. No quieras comprender lo que podría
ser. Sólo respira lo que es. Mira lo que debes
aceptar. Camina, no te detengas, y mira el edificio que
crece hacia lo alto".
Sí,
veo aquel edificio. De hecho estoy dentro de él. Estoy
dentro de una serpiente de cuerpo vertical que asciende. Y
escucho, desde hace unos pocos segundos, un sonido
monótono. Y, allí, allí cerca...
Nuevos pisos se suman uno encima del otro en el edificio que
me han señalado los sabios. Miles viven aquí; y millones viven en los muchos edificios
que existen dentro del intrincado
laberinto. Los millones de seres gritan, aman, lloran.
"Mira
bien al ser ensimismado en cada ser", me gritan los sabios de
las altas gradas. "No hay nada distinto de lo que ves".
Mientras
tanto, sigo escuchando el sonido monótono. Y allí, allí cerca...
La
noche lame los techos. La señal de su
llegada es un leve avivamiento de las luces de
neón de las calles, del resplandor que brota desde las
ventanas. En el reposo nocturno, los sueños liberan
monstruos y carencias. Muchas pesadillas se pueblan
con grotescos
seres que brotan de los sepulcros. Los cementerios parecen
colmados de presencias siniestras capaces de no agotar nunca
su avidez por estrangular o confundir. En otros sueños,
crecen uñas que desgarran la
piel, y rasguñan todo sitio de paz y esperanza. Y, en otros sueños,
aúlla la frustración, el quejido impotente por no poder
paladear alguna fuente de plenitud. Y en otras ensoñaciones,
se libera lo reprimido durante el día: los cuerpos entrelazados en todas las
variantes del sexo surgen entre jadeos y estallidos de
placer.
En todos los sueños de la noche y el laberinto, vive la amenaza incesante, el acecho de nubes
tenebrosas, y los deseos que sólo se cumplen en
jardines imaginarios. Todo se repite. Toda va. Y vuelve. El
deseo continuo. Y la no satisfacción perpetua. Todo late. En
un único movimiento. Pendular. Dentro. Del laberinto.
"Es sabio aceptar
un único movimiento pendular
del corazón. ¡Acéptalo!
¡Acéptalo!", me gritan los sabios desde las alturas de
las gradas; mientras sigo escuchando el sonido monótono. Y
allí, allí cerca...
En
el día o en la noche, entre el temblor de
las lámparas, nada puede correr mucho más allá de las curvas
o las rectas de las galerías. Ningún gran espacio vacío abre la
densa concentración de los edificios. Pero la
amplitud espacial es aún posible en las pantallas televisivas y
cinematográficas, donde multitudes recorren, con autos
veloces, avenidas anchas y solitarias. Y trepan hasta los
más altos pisos con ligeros ascensores. O viajan en aviones que quiebran varias veces
la velocidad del sonido. Pero el movimiento y la velocidad sólo acontecen en las imágenes. Cuando los habitantes del
laberinto se hartan de ellas regresan las sensaciones de
sofocación. Y encierro. Y entonces a un hombre
o una mujer le es dado imaginar su nombre propagándose y
repitiéndose. Como un eco infinito.
"
Lo ves, a pesar de todo, en nuestra ciudad existe la
amplitud, y lo que se mueve y expande con placer!", de
nuevo
rugen dentro de mis tímpanos la voz de los
ilustres pensadores en las gradas de las galerías.
Sí,
sí, pero sin embargo, sigo escuchando este sonido monótono.
Y allí, allí cerca...
Varias
veces, durante el día o la noche, una fría brisa surca los pasillos. Las ráfagas que pasan y vuelven
calman la angustia, y hacen rodar la columna del sufrimiento que no
alcanza a ser disuelta por ninguna promesa de satisfacción
futura.
"Lo
ves, el
viento pasa y acaricia. Es la esperanza en el triunfo final
de la civilización de las muchas galerías", me insisten
los sabios. "Es la esperanza de la gran victoria que
llegará
alguna vez para desparramarse en el aire del dolor más
profundo".
Y
mientras sigo escuchando el sonido monótono, recuerdo lo que
siempre he visto a través de las ventanas, en la superficie de los pavimentos, en las curvas siempre
visibles de las galerías laberínticas. Recuerdo que siempre
he visto alas escapando de los
rostros.
Siempre
he
visto a los sabios enseñando el olvido de la luz.
He visto la
confusión y el tedio ocultándose detrás de las
sonrisas obligadas.
He
visto un cementerio que siempre crece. Y las cruces y las lápidas que se alzan dentro de los edificios, en los
pasillos penumbrosos, y en el centro estéril de las miradas.
Y
todos van por los mismos caminos. Y todo se hace más
estrecho.
Entre
las pantallas, entre las paredes y las angostas galerías,
se repite la resignación; y las pesadillas de los
monstruos; y el deseo de un placer inagotable en jardines
irreales.
Todo
se estrecha y sofoca. El
laberinto ríe entre pantanos.
"No
hay nada más... No hay nada más, ¡Entiéndelo! ¡Acéptalo!", me exhorta con voz melancólica
el más anciano de los sabios de las gradas.
Sí,
sí. Pero el sonido monótono termina. Y allí, allí
cerca...
Salgo del ascensor.
Subo
por una escalerilla. Me acerco a un borde de la gran
terraza.
Y allí, allí cerca, brillan las estrellas, en el espacio libre, sin
fin.
Y
allí, allí cerca, fulge un horizonte de agua joven y salvaje.
El
mar abierto.
Y
el sol que, lentamente, sin nunca fracasar, brilla.
Brilla.
ALEJANDRO
MAGNO (*)
El
día anterior el cielo había estado desnudo y sereno. El
viento casi no susurraba sobre las montañas y los árboles.
Pero ahora las nubes negras apabullaban el
firmamento.
Se creaba la tempestad.
Y la mujer gritaba en su batalla por parir.
Los truenos de la
tormenta estallaban en la garganta de la madre
parturienta. Y el ser que nacía no lloraba. Gritaba.
Esbozaba la primera muestra de su futuro grito, atestado de
órdenes, demandas y amenazas.
Entonces,
el tiempo comenzó a rodar sobre tu piel
guerrera. Aun las espadas violentas necesitan de la guía de
un sueño. Y tu sueño se educó entre las lanzas y el
trono, entre los muros y la corte.
En el regazo cortesano, te educaron Leónidas, y luego
Aristóteles. Tu profundo compatriota pensaba con los pies
hundidos en la tierra, y con los ojos atentos al universo.
El ojo que se extiende hacia lo más grande sería una
de las lecciones de tu maestro filósofo que no olvidarías.
Los
mitos se burlan del tiempo. Rodean una historia con
círculos eternos. Así siempre se repite la guerra de
Troya, la mujer raptada, la contienda sangrienta ante los
muros, Héctor muerto en combate por Aquiles. Aquiles: la
anticipación de tu nombre glorioso en las arenas de un
poema mítico. Desde antaño, la leyenda dice que podías
repetir de memoria la Ilíada y la Odisea. Como también una
tradición legendaria habla de un caballo salvaje, que
rechazaba con desprecio a
los que pretendían montarlo. El caballo era Bucéfalo. Y
venciste a Bucéfalo cuando lo obligaste a mirar al sol. El caballo
vio entonces su sombra. Sintió espanto. Se sometió a tu
voluntad; o, tal vez, comprendió que su destino era
acompañarte en las futuras batallas.
A
los dieciséis años ocupaste el trono de Macedonia
mientras Filipo, tu padre, ponía sitio a Bizancio. Los
medas vinieron a comprobar tu fortaleza. En la batalla de Queronea,
por primera vez, escuchaste el aullido de las espadas. Muchos vientres se
abrieron, para vomitar sus entrañas desmembradas.
No pensabas todavía en la responsabilidad del
mando, cuando Pausanias detuvo a puñaladas el corazón de
tu padre. Entonces, con la naturalidad con la que el hielo
se deshace bajo un fuerte sol, recibiste el poder supremo. Tu primera acción fue mantener
a raya a los pueblos ya conquistados. Grecia
sentía el filo
de la lanza macedónica. Demóstenes era el gran orador. Su
verbo podía encender el fuego bélico de los
encadenados. El cuello de Tebas sudaba por tus cadenas.
Tebas se
atrevió a romperlas, instigada por el gran
orador de Atenas.
Entonces,
también prometían rebelarse los tracios, los getas
e ilirios. Pero había que golpear uno por vez. En el Danubio
partiste la frente de los insolentes del norte. Mediante la
mucha sangre, el río inventó largas corrientes rojizas. Luego, con
tu ejército descendiste hasta la rebelde ciudad de las Siete
Puertas. El sitio fue
rápido, demoledor. Muchos
hombres orgullosos murieron. Otros, los sobrevivientes, las
mujeres, los niños y ancianos, fueron vendidos como
esclavos. Tebas fue destruida. Sólo una casa respetaste: la del poeta
Píndaro.
El
temor al castigo cundió: Grecia entregó su espada.
Y en Corinto convocaste a una Asamblea, que decretó la guerra
con un temido león, que rugía en Asia...
Y era el atardecer. Caminabas en soledad, no muy lejos del campamento de tus
tropas
apostadas sobre el Danubio. Te abrazaba una llanura. La belleza de
unos anaranjados racimos de nubes te hipnotizaban. Te
embrujaba el
paisaje abierto. Una estética
fascinación te capturaba. Luego viste, o
creíste ver, un carro que traía imágenes extrañas,
líquidas. Allí, viste acantilados
que se hundían en el mar. Un río sereno. Una cascada; y un
lago, de un negro reflejo en su centro. En todas
las escenas del agua intuías a alguien que se ahogaba.
Presentías a un desdichado, un desconocido, un miserable que se ahogaba en
misteriosos pantanos de estupidez. El infeliz de tu
visión a veces
regresaba a la superficie, para gritar algo más. Y luego
retrocedía, y retornaba al espesor asfixiante del agua, como
si fuera tironeado desde el fondo del lecho por una cuerda
hecha de cenizas y escombros.
La
aparición espectral te provocaba asombro.
Nunca, claro, temor, ¿ a qué podría temerle un guerrero
como tú?, pensabas cerca del Danubio. Y también pensabas
que es
común morir ahogado en alguna de las formas del agua. Pero
en el carro de las imágenes enigmáticas viste también que alguien
se ahogaba rodeado por unos muros, cerca del desierto, cerca de incandescentes
dunas de arena. ¿Cómo es posible ahogarse en el desierto?
Seguramente era el final de algún desgraciado atrapado por una tormenta de arena.
Y nuevamente renació en tus retinas la bella y serena imagen
del
crepúsculo. En tus oídos renacían las
voces que te gritaban: "¡Adelante, adelante!" Era el
rugido de tus guerreros, que te exhortaban a no demorar ya
el asalto sobre el león persa. Si derribabas al coloso
asiático, mucho aire brotaría de tu pecho. El triunfo de la
espada regala un viento saludable, ráfagas de potentes
cumbres. Con todo ese nuevo aire, ¿quién podría ahogarse?
El destino de un gran conquistador es respirar el aire de las alturas.
"Un
trono dice mi nombre en Asia", eso creías escuchar, mientras
lavabas tus manos en el Danubio.
Un
bosque de metal oscilaba. Sus ramas duras de hierro
temblaban y se movían hacia adelante. Y sonidos taladrantes
de aves cazadoras corrían entre macizos pechos de madera. Era
tu ejército, tu bosque de lanzas, la recia madera de
los agresivos combates, lo que se desplazaba hacia la boca abierta y desafiante
del animal enemigo, donde se enrojecían cientos de miles de
colmillos, los guerreros del rey persa, los soldados preparados para morder y
despedazar las presas.
La guarida del animal cazador del
Asia no era sólo un gran imperio. La
guarida del león persa era el universo. No había montaña que
no temblase ante su rugido; no había columna o templo,
ciudad, roca o mar que no se agitase ante el animal
imperial, que sacudía su melena pintada con rayos de
espadas.
El exceso de seguridad adormece y engaña. La bestia
acostumbrada a prevalecer y despedazar perdía conciencia de
que el espacio puede ser dominado, pero no el tiempo hecho de
un futuro riguroso. El futuro riguroso: el destino que impone la muerte. Que siempre viene.
Y
sí, eras tú, eras tú, ya lo sabemos,
el que llegaba para hundir las lanzas en la bestia segura, que no recordaba el destino
que domina aun a los animales más feroces.
Eras
tú el que imaginaba el modo de morder el vientre del león. Para que empezara a desangrase en
océanos de sangre, y de tripas mezcladas con arena y polvo. Eras tú,
el que vomitaba las
órdenes para avanzar sobre el río Gránico. Los colmillos del
león saltaron hechos añicos al sentir el golpe de la
espalda y la lanza de tus falanges. La falange macedónica.
La falange que
creó la gran herida, que obligó al león a retroceder por
primera vez en su historia.
Y
tu falange, tu caballería selecta y el primer fogonazo de
tu brillantez estratégica, te permitieron entrar con estandartes de triunfo en Sardes, Mileto,
Halicarnaso, Licia, Panfilia, Frigia. Frigia: el sitio donde
cortaste el nudo, siempre tenso, inextricable, el nudo gordiano.
Y, luego llegó la gran lucha de Iso. El coloso persa
disponía en sus filas de algunos miles de
mercenarios griegos. La batalla aullaba feroz, y los
soldados helenos, que combatían para el imperio, lograron
adentrarse en el centro de tus fuerzas. Por lo que lanzaste
un contraataque con tu
caballería. Tu flanco izquierdo se exponía a una
embestida persa arrolladora, pero el león, Darío
III, era un nombre más que un hombre. Su corazón
temblaba. Y, sin dudas, le exigió a
su caballo el bálsamo del escape, de la rápida salvación. El
supuesto monarca invencible huyó, indiferente al honor. Abandonó el tesoro real, y a su madre, Sisigambia, su
esposa Estatira y sus hijos. A esa desamparada hebra de la
corte imperial respetaste. Le dispensaste un trato digno.
Y luego te aseguraste el dominio de Fenicia, y dentro de
Fenicia, doblegaste a la desafiante isla de Tiro; y
sometiste a Palestina y, dentro de Palestina, conquistaste la ciudad
fortificada de Gaza. Y con Tiro sometida se hundía el puerto
principal de la armada aqueménida. Y luego, de
manera muy diferente al anterior rechazo en Tiro y Gaza,
entraste en tierra egipcia, en Menfis, aclamado por el
pueblo como liberador del yugo persa. Y acaso por
una calculada astucia política o por tu fascinación por el
conocimiento de lo distinto, te consagraste a los dioses del Egipto milenario, e
hiciste un sacrificio al
toro Apis, encarnación viva del dios Path.
Luego visitaste el oráculo de Amón, en el Oasis de Siwah, entre
los brazos quemantes del desierto, donde el sacerdocio
egipcio te concedió el título de hijo de Amón, un privilegio
únicamente destinado a los faraones. Y, antes de que la sombra terrible de
tu yelmo y tu caballo
te llevaran a otra
parte, fundaste Alejandría, ciudad del futuro frenesí
cultural helenístico, y de la biblioteca de tantos volúmenes como plantas en la
vegetación del Nilo.
Y regresaste después al Asia Menor. Rocas, montañas y
vastas planicies arenosas lucían tiznadas por la sangre que
perdía el león en la primera herida que le infligiste en Granico e Iso. Pero
tu espada no había llegado hasta el corazón de
la moribunda bestia imperial. Darío III aún no se resignaba a perder el trono. Muchos
todavía podían combatir por él. Aún podían pelear
para ocultar su cobardía, 50.000 hombres de
infantería; 45.000 jinetes de la caballería de los
bactrianos y de los
escitas de las estepas
asiáticas; 15 elefantes de la India; 200 carros de
combate dotados con hoces en sus costados, movidos por cuatro caballos y por un solo auriga; y
los miles de mercenarios griegos; y la temida y famosa
guardia real.
Todos
ellos aún combatirían por un inepto disfrazado de león, en la
cercanía de Arbela, la ciudad de
los cuatro dioses.
Y con tu ejército de 40.000 guerreros de infantería, y 7.000 jinetes
decididos, cruzaste el Tigris. El río en cuyas
orillas por unos días descansaste, mientras ordenabas fortificar un campamento
circundado por fosas y estacas.
Una precaución defensiva. Luego, la continuidad de la marcha,
y la detención sólo a cinco kilómetros del cuartel persa.
Entonces convocaste a un consejo con tus generales y anunciaste
la estrategia para el gran ataque. Después, sólo quedaba esperar
las luces del alba.
Durante esa espera, te
alejaste de tu carpa. Unas hogueras bañaban
los alrededores con amarillentas manchas de claridad. El
cielo estaba desnudo. Las estrellas lucían tan cercanas
que parecía que se podía tocar su luz.
Y la
noche se hizo oscura, absoluta. Recordaste la profundidad del agua, donde no llega ningún estiletazo luminoso.
En aquella agua se seguía ahogando el
miserable desconocido. En tu piel se repitió el escozor que te provocaba la
visión del misterioso
desdichado que se ahogaba en el Danubio, y en todas las aguas.
El ahogado aullaba dentro de
la asfixia fatal, dentro de la perdida letal del aire. Una muerte
humillante,
indigna, el absoluto opuesto del morir que algunos de tus
hombres empezaban a conocer en la batalla
que ya hervía entre alaridos, heridas mortales, movimientos
tácticos y lanzas y espadas penetrantes.
La alegría del combate te incendiaba. Respirabas
más aire caliente, mientras escalabas la cumbre del
trono, el
nido alto del águila. ¿Qué asfixia humillante podrías sentir
aquí? ¿Qué sensación de caída podría enajenarte aquí?
Y más aire acaloró tus pulmones cuando ordenaste lanzar un ataque en
forma de cuña para atacar el ala izquierda del enemigo, y
para eludir un campo nivelado destinado a la acción de los carros
con las hoces. Escitas y bactrianos te atacaron. Lanzaste
entonces a Ménidas en un contraataque, que fue rechazado. Pero,
rápido, enviaste a los peonios de Aristón, y a los
griegos de Cleandro, a una carga para ampliar el ala derecha y continuar la arremetida sobre la izquierda
persa. Ya sobresaltado, Darío III envió los carros. Pero
una tempestad de jabalinas y flechas mataron a muchos de los aurigas.
Y vomitaba. Gruñía. El león ya abrumado. ¿Cómo
no
respirar entonces más aire caliente cuando tus alas
se
alargaban hacia el trono?
Nuevas órdenes
hervían en tu garganta. Ordenabas a tus hombres gritar con
ira, para asustar a los caballos atacantes, que luego volvían sus grupas
hacia sus propias filas. Y Darío, ya desesperado, ordenó atacar a
todas
tus líneas.
Y replicaste al enviar a los lanceros de Aretes hacia el
centro de la línea enemiga, que avanzaba en pos de tu rezagada
ala izquierda. Aretes desbarató la
muralla de jinetes rivales, e hizo una gran brecha. Era la
oportunidad de penetrar profundo en el corazón de la bestia
asiática. Era la ocasión de cegar los ojos de tu enemigo imperial. Entonces,
ordenaste dar media vuelta. Y al frente de tus homoi, de
tu caballería selecta, lanzaste
la gran carga contra la brecha abierta. Con el más enérgico
grito penetraste dentro del ala izquierda del
persa, y tu taladro se atizó apoyado por las largas
lanzas de las cohesionadas falanges. La caballería de Darío
retrocedió.
Y allí estaba el corazón, el corazón...¿y cómo sentir un destino
común con el asfixiado
que sigue ahogándose en las aguas? ¿Cómo
sentir esa humillación si aquí se te concedía el más
embriagante aire caliente? Entonces, tu espada se enfilaba ahora hacia el corazón, el corazón sobresaltado de
Darío, que desde su carro te veía acercarte. Te veía
acercarte con fogatas fatales en los ojos, para capturar
o quizá para matar al león soberbio. Y de nuevo el rey, supuestamente
invencible,
huyó sin tardanza. Con su frente sepultada ya en un fango
definitivo.
Y
tu
río de guerreros era una serpiente venenosa. Que con brillos
desafiantes continuaba penetrando, ahora ya dentro del león
muerto. Atrás quedaban cordilleras de cadáveres, de
imprecisable número. De tus bravos, muy pocos sucumbieron.
En su veloz huída, Darío otra vez olvidó su tesoro. Dejó cuatro mil talentos de
oro, flechas, arcos y un campo laminado con áureos
reflejos.
Al frente de tu
letal reptil llegaste hasta
Babilonia, la ciudad de los dioses. Esta vez no habría
resistencia. Ya nadie se atrevía a desafiar al águila del
vuelo triunfante. El sátrapa Mazeo traspuso las murallas para encontrarse contigo. Te dio la bienvenida.
Y luego entraste a la gran ciudad que fue de Nabucodonosor y
Hammurabi; y recorriste una senda flanqueada por fuegos y flores. En el palacio real, altas
pilas de oro te aguardaban para que disfrutaras de esa
riqueza, y para que la regalaras a tus soldados.
Y
en el comienzo, era el caos, un oscuro e informe mundo líquido.
Entonces llegó Marduk que mató a Tiamat, y creó el
universo. Y,
luego, en un momento crucial del mundo creado, le realizaste
sacrificios a Marduk. Como antes le habías tributado
veneración a Amón.
Y
la marcha de la serpiente debía continuar. Había que
ir hasta el final. Ese era tu valor: ir hasta lo más
lejano. No retroceder.
Tu inteligencia
no era sólo militar. Entendías la lógica compleja de las
señales y de los tributos; nombraste entonces a un
gobernador persa de Babilonia, un gesto conciliador con la
noble pérsica. A los persas que se inclinaban ante ti, le
dabas el mismo tratamiento. Y entonces desfilaste por Susa,
Pasagarda, Ectabana y Persépolis. Todos se arrodillaban a tu
paso.
Persépolis era el corazón del león asesinado. Allí, permitiste el saqueo de los
palacios del Rey Jerjes; quizá un último lastre de revancha por la pasada arrogancia de Persia,
y por la invasión de Grecia.
Pero
Darío III, descendiente de Jerjes, todavía
vivía.
Le ordenaste entonces a Parmenio perseguirlo. Mas la mano macedónica
no pudo posarse sobre él. Fue un hijo de la propia Persia,
el sátrapa Bessos, el que mató al pusilánime rey y se
proclamó a sí mismo Artajerjes, el nuevo monarca que luego
sucumbiría
ante una espada de Macedonia.
El
imperio aqueménida, el león antes absoluto, había cesado
sus rugidos, definitivamente. Y ahora había un nuevo rey. Y
tenía un nuevo nombre, que había llegado desde el Danubio.
Tu
patria era lo que dominabas. Era tu hogar Macedonia,
Grecia, Egipto, Palestina, Fenicia, y Persia. Pero Aristóteles te hizo amar el universo. Que
era
también tu
hogar. Por eso, tenías que dominar más. Debías ampliar
las tierras sometidas a tu nombre. Había que
ir hasta el final. Y antes de
ordenar que la serpiente y el veneno extendieran la dominación,
querías satisfacer tu deleite por saber, la avidez por la sorpresa. Largos meses dedicaste
entonces a explorar los ásperos suelos de Bactriana. Y, siempre, tu
pasión por la investigación científica era seguida por una
legión de botánicos, geólogos, astrónomos y geógrafos.
Y
la conquista siguió por tres años dentro de Persia. La
serpiente del veneno guerrero pasó por Bactriana,
Hicarnia, Drangiana y Sodgiana. Y entre los ataques
conociste a la bella Roxana. Una tenue brisa de amor te
llegó para mitigar tanta dureza bélica, y para
abrazar en matrimonio a una mujer de la Persia conquistada. Alentaste a tus oficiales a imitarte. Sangre
griega y macedónica se unieron con las madres persas, a
través de los deleites del lecho nupcial. Occidente y Oriente se unía en
aquellos matrimonios. Dos ancestrales tradiciones, dos formas
distintas de
contemplar el cielo y la tierra. Dos ficciones
ordenadoras del universo. Que en el devenir de los
siguientes siglos parirían la mentalidad cosmopolita y
erudita de la cultura helenística.
Pero
algo más que la belleza de la mujer persa te sedujo. Te
fascinó aún más la ostentación de la monarquía asiática. Tu casamiento fue a la usanza del rito
iranio. Adoptaste el sello, la tiara y el ceremonial de la
realeza que abatiste. Y ordenaste a tus hombres que te
saludaran hundiendo sus rodillas para venerarte como a
un dios. Tu séquito nada entendía
de esos signos de humillante sumisión. Estalló entonces una
conspiración. Tus guerreros habían seguido a un líder en el
campo de batalla, no a un tirano que se festoneaba con aires de superioridad divina. La conjura fue decapitada.
Y no dudaste al ordenar las ejecuciones de Filotas, de Calístenes, el
sobrino de Aristóteles, de Parmenio, tu valiente e
inteligente consejero,
y de Clito, quien te había salvado de
la muerte en la batalla
de Gránico.
Te
sentabas con comodidad en tu trono, que se propagaba hacia
todas las direcciones del espacio, y flotaba en el mucho aire
cálido que respirabas. En tu cumbre conquistada no había
asfixia posible. Sólo podían ahogarse en un charco de
sangre los que no pronunciasen tu nombre divino con una solemne
cadencia. Los que se rebelaran se ahogarían, los
que conspirasen, o los que no se postraran a tu paso,
se despedirían de las bellas mañanas.
Y
tu serpiente guerrera se extendió sobre la nueva tierra
exótica del Oriente
que invadiste. La India. Los hindúes. Todos ellos se ahogarían si
creían que podrían detenerte. Se ahogarían en las
aguas del Indo. Pero rápidamente, el rey Poros
aprendió
el respeto debido a tus falanges, y mostró una prudente sumisión. Por lo
que le devolviste su reino bajo su nueva condición de
vasallo.
Y más allá del Indo está el Ganges. Hacia esa mítica corriente
querías ya avanzar para dominar, para
seguir extendiendo el tacto de tus manos sobre el cuerpo del
universo.
Había que ir hasta el final.
Pero eran ya ochos años de conquistas. Con tu caballo
conquistador, sin ninguna derrota, habías unido Grecia,
Macedonia y la
líquida calidez del Mediterráneo, con Egipto y Persia. Y ahora la
India.
Y
tuviste que encabezar una carga entre demoledores elefantes.
Tú y los tuyos conocieron un infierno entre blancos
colmillos, las hojas intrincadas de la selva, y los hindúes
hábiles para arrojar tempestades de lanzas y flechas.
Caíste de tu caballo. Casi caíste en una tumba. Y quizá por eso, luego, a pesar de tu superioridad divina, comprendiste el
agotamiento humano. La fatiga, el hartazgo de tus hombres. Y ordenaste entonces el regreso. Nearco
dirigiría
una gran flota para que parte del ejército retornara por el
Índico. Y para explorar la costa de la misteriosa India. Con
tus otros guerreros iniciaste el regreso hacia Persépolis.
Y el poder no es sólo conquistar. También es
fundar. Y fundaste Nicea, y Bucefalia, para homenajear a tu
caballo fiel, legendario. Y en Susa te casaste con nuevas y
bellas mujeres, con Estatira, con Parsatis. Y reprimiste
nuevas sublevaciones de veteranos, y enfatizaste la
necesidad del orden administrativo. Creaste una moneda única
que rebosaba el esplendor de la plata.
Y
Hefestión, tu amigo, murió en Ectabana. No era posible que
alguien bendecido por tu afecto fuera derribado por la muerte. Entonces, crucificaste al médico que no
pudo salvarlo. Destruiste el templo de Esculapio, el dios
sanador; derribaste los muros de Ectabana, y apagaste todos
los fuegos sagrados de Asia.
Y luego, tu aire tan vital, ardiente y expansivo,
creó nuevos vientos, que batallaban y conquistaban. Y
te daban nuevas victorias. ¿Y por qué no pensar en otras
nuevas victorias en Babilonia, en la ciudad que te había
recibido con flores y sacras hogueras?
Anaranjados racimos de nubes nimbaban el cielo. Unas murallas
delimitaban el espacio de la ciudad sagrada. Afuera,
hervían las dunas de arena. Y dentro de los
muros meditabas en el aire y lo caliente. Tu aire
caliente absorbió al universo, a los
pueblos y las tierras. Y el mucho calor con el que brilló
tu cuerpo ahora descubría
una experiencia nunca imaginada: una fiebre te obligó a la quietud.
Te mantenías postrado.
Quieto, temblando, sudando. El aire se
concentraba en una evanescente corona. Y recordabas tu trono.
Allí no había ninguna
medicina para devolverte el aire cálido; allí se
entrelazaban las
serpientes. Y recordaste a Aristóteles, y sus enseñanzas
sobre lo que
es la sustancia, sobre lo que permanece, lo que es, y las
propiedades que pasan y desaparecen. Y mientras más sudor te
inundaba, recordabas a un joven, un hombre audaz. Especial.
Triunfador. Conquistador. Pero que no podía burlar el destino riguroso...
Y
tu sueño de los tronos, las falanges y las cargas
victoriosas, sudaba. Se ahogaba. En tu último
quejido miserable, Alejandro, bajabas hacia el fondo oscuro del
agua. Pero con la certeza de que siempre tuviste el
valor, de ir hasta el final.
(*)
Alejandro Magno brilló como estratega de la guerra. En su
juventud, recibió las lecciones de Aristóteles. Acometió,
como es sabido, la conquista del Imperio Persa. Una empresa
aparentemente imposible. Pero el joven macedonio triunfó
por una mezcla de sus cualidades de liderazgo y estrategia
militar, y también por la fortuna de que su enemigo a
vencer, Darío III, no era un gran y valeroso jefe sino un
inepto cobarde. Luego de propagar su conquista hasta el
norte de la India, debió interrumpir la marcha por el
cansancio y la oposición de sus tropas. Regresó entonces
por tierra a Persia, a la amurallada ciudad de Babilonia.
Allí, donde antes fue triunfalmente recibido, murió
postrado, envuelto por un ingente manto de sudor a causa del
paludismo. En nuestra prosa intentamos, en un primer nivel,
recrear las grandes hazañas militares de Alejandro. Pero,
en un segundo estadio paralelo, subrepticio, velado,
construimos e imaginamos un predestinado regreso de
Alejandro a su condición mortal. En el pináculo de su gloria, el
gran conquistador se creyó un dios; pero, luego de un
camino de señales y ensoñaciones previas, regresa a la
experiencia que iguala a la humanidad: la
muerte entre la soledad y la perplejidad.
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