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   PROSAS POÉTICAS II

  Por Esteban Ierardo

  (Aclaración: versión casi definitiva editada el 15-5-05, luego de revisión de una edición anterior presentada aquí) 


 

 Prólogo

Prosas poéticas II:

    En la nieve, el tigre...

   Un pintor chino

   El descenso final

   El rostro aún velado 

   Vuelo en la urbe 

   Frágil caña en la bruma

   La serpiente sin Adán  

   Réquiem tras la lluvia   

   Moby Dick   

   La escalera del cretense. Un homenaje al Greco

   Fuera del laberinto

   Alejandro Magno

 

    Prólogo

   Narrar es invocar espacios, para luego poblarlos con pasiones humanas y paisajes no humanos. Una prosa no sólo enlaza personajes, hechos, descripciones, objetos, y paralelas tramas de silencio. Una narración puede comunicar también intensidades sensitivas. La intensidad expresa estados acrecentados de sensibilidad, intuiciones fugaces de sentidos profundos, fulguraciones simbólicas, o el choque de la sorpresa y la perplejidad. La intensidad nace de variadas sendas o ejemplos literarios: la introspección psicológica (Dostoievsky); la monumental voluntad recreadora de los caracteres humanos (Balzac); las mutaciones enriquecedoras del tiempo (Proust y Joyce); el devenir hacia líricas alturas espirituales (Hesse); la cadencia rítmico-musical (Cortázar). O también la compenetración de la prosa con imágenes líricas y símbolos. Un desafío legítimo en la búsqueda de la intensidad poética confundida con la prosa es crear estados de vivacidad sensorial, teñidos de incrustaciones simbólicas.

 Dudo que el estado poético de la vivacidad sensorial emerja con pleno éxito en las prosas que siguen a continuación. Pero, al menos, hemos intentado propiciar el entusiasta matrimonio de la narración y la lírica. 

   En "En la nieve, el tigre", regresó a una comarca que suele perseguirme: la identificación entre lo humano y la no humanidad del animal. La misteriosa belleza del felino es motivo de invocación, y de una nunca consumada comunión. En "Un pintor chino" nos inspira la experiencia oriental del arte como misión religiosa, y como incierta hermenéutica de un indescifrable ser divino. En "El descenso final", intentamos recrear, durante la segunda guerra mundial, la violencia desesperante de la muerte de un submarino y su tripulación en el fondo umbrío y silencioso del océano. En la actualidad de la rutina, la programación y las mecánicas tecnológicas, la aventura heroica no halla su linfa nutritiva. Pero el héroe ancestral sobrevive cerca, en "El rostro aún velado". 

  Nos hechiza la vivacidad de las distintas especies del movimiento: las aguas del río torrentoso, las olas, las nubes ligeras, los automóviles y aviones veloces. Pero somos indiferentes a lo que se mueve en toda forma de movimiento. La sospecha de este algo que se mueve en todo moverse es el centro de "Vuelo en la urbe". En "Frágil caña en la bruma", somos impiadosos con el delirio de la grandeza humana y su necesidad de repetir obsesivamente sus victorias para ocultar su pequeñez ante el misterio del mundo. Otro gesto de nuestra omnipotencia es el presupuesto contemporáneo de que sólo hay plena realidad allí donde está la acción humana. La vida sólo es plenamente real en tanto es ordenada y explicada por el hombre. Pero el amplio espacio preexiste a todo sujeto humano. Esta idea es anunciada por un reptil en "La serpiente sin Adán".  Y el dolor de los olvidados de la historia se concentra en una llanura, en la espera del recuerdo y de alguna redención. Tal esperanza vislumbra "Réquiem tras la lluvia". 

  Un vértigo absoluto brilla en el capitán Ahad y su caza de la ballena blanca. En "Moby Dick", con nervioso entusiasmo, pretendemos recrear la fusión final de los marinos-cazadores con el enigma que palpita en las profundidades del mar. "En fuera del laberinto", columbramos un espacio salvaje y libre que aún late fuera del denso laberinto de edificios de la ciudad moderna.  

   Para un pintor de Creta, las formas y colores eran escaleras hacia lo divino. La mística pictórica del Greco nos guía en un homenaje que imagina una luminosa escalera para el cretense. Y desde el limo más espeso de la historia, algunos personajes resurgen con insistencia y seductora vigencia. Alejandro Magno regresa siempre con el aura del conquistador épico de lo imposible. Pero la universalidad de sus conquistas, o su fascinación por la divinidad real persa, no lo eximió de la estocada de la muerte. Esa caída del mortal en su mortalidad abraza la prosa final consagrada al conquistador del león asiático.

  Entre los pastizales de un narrar poético, invocamos el calor. Que es palabra e imagen.  

  Esteban Ierardo

 

 

 

 
 

 

 PROSAS POÉTICAS II

Por Esteban Ierardo

 EN LA NIEVE, EL TIGRE

 En la nieve, el tigre.

 Durante millones de años, la tierra contempla el cielo con sus estrellas. En las noches, las montañas meditan en el origen de las constelaciones. Los mares escrutan el otro océano, la bóveda nocturna donde navegan los astros. Los animales en el bosque y los árboles y la hierba, escudriñan las trenzas de la luna descolgándose entre penumbras.

 Siempre, alguna roca pujó por romper la cárcel de la pesadez. Para volar. Por imaginarias escaleras de nubes. Hacia algún otro lecho o ribera, más allá de las estrellas, o de la mano de algún dios.

 Durante millones de años, lo vivo en la tierra, la tierra misma, acaso desearon el acercamiento del fuego del cielo. El descenso de la potencia extraña que crea las rocas, el tímpano de los murciélagos, el cuerpo del rinoceronte.

  El ciervo siempre ha querido que descienda el fuego quemante que brilla arriba, y que contiene algo del misterio de la materia polimorfa.

  El caballo siempre ha querido que el origen de su fuerza salvaje descienda desde alguna herida del sol; el volcán siempre ha querido un fervor más elevado que su lava rojiza, un fuego como el que baja de las melenas del cielo hasta los campos y las laderas.  

 Y la piedra de mucho silencio en su centro, las ramas de mucho viento en sus bordes, las playas de muchas olas en su arena, quieren como siempre, como ahora, que el fuego del cielo descienda, baje. Y se muestre en alguna forma. En una sola forma. En algún ser, un único ser.

  Y yo también lo quiero. Quiero contemplar la forma donde el fuego creador desciende. Y se concentra. Se desnuda. Se muestra.

 Mientras tanto, a mi alrededor, se narcotizan las pantallas televisivas con últimas novedades. Y músicas apresuradas. Mientras veo los edificios. Las torres de la ciudad, que cierran sus ventanas al misterio solar. Pero alcanzo a flotar sobre la modernidad, que no se fascina ya por ningún enigma.

 Y quiero ver, y vivir, donde el fuego celeste ya ha descendido en una forma, en una sola forma. Que corre y respira a través del agua helada de los lagos, el torso áspero de las montañas. Los escudos silbantes del viento.

 Quiero ver la forma, la única forma, donde todo el fuego caliente y disperso del cielo hierve. Y corre.

  Y aunque esté rodeado por calles selváticas y automóviles, camino sobre la nieve. Camino sobre la tierra blanca. Respiro. Contemplo. Lo que se me obsequia. No temo el fin del asombro. No recuerdo cementerios ni lápidas. Escucho. El regreso. Incesante. Del viento. En mi piel hormiguean los verbos de lo vivo.

  Y en mi lento avanzar sobre la blancura me integro a una comunidad del deseo. Las rocas, la tierra, el bosque, la montaña, el agua, el viento, desean. Quieren que regrese. Y se muestre el fuego. El origen insoportable.

  Yo también lo quiero.

  El día es luminoso. Toda la cúpula brilla. La serenidad difunde una cadencia de quietud. Un búho duerme. La serena belleza es placentera. Pero el deseo por recordar y recuperar la razón del fuego es más grande. Por eso, yo también deseo algo más poderoso que el sosiego.

 Quiero ver el regreso de la forma, de la única forma, donde grita la luz. 

 Por eso, ya quiero verte tigre cuando vienes, cuando regresas.

 Quiero verte cuando corres sobre la nieve, entre centellas del sol, y árboles, que inclinan sus hojas ante ti. 

 Quiero verte y te veo con tus ojos de trueno en pos de la nueva presa. 

 Quiero verte y te veo, te veo ya. Y me arrodillo golpeado por el asombro y las preguntas que vomitan silencio: ¿Qué lenguaje antiguo sobrevive en la palabra de tu piel? ¿Qué es lo que tus ojos miran? ¿Qué secreto ser tus garras quieren atrapar? 

  Sigo arrodillado sobre la nieve, para entender aunque sea alguna hebra de tu belleza. Y de vuelta colisiono con un interrogante: ¿En qué reino viven aún los herreros que forjaron los volcanes de tus colores? Y luego me sigue estrangulando la pregunta: ¿sólo tengo que reverenciarte y dedicarte palabras de poeta? ¿ O debo ponerme de nuevo de pie, y correr detrás de ti, hasta donde alcance la pequeñez de mi grito, a través de tus huellas en el sueño claro de la nieve? 

  Sí, tengo que seguirte con el corazón rozando una fuerza olvidada.

  El animal corre en la eternidad de esfinges, estatuas y dioses. El ser distinto al humano anima lo que se mueve, sin ser a su vez movido. 

  Y corro tras tu felina movilidad en la entraña metafísica de la llama. 

  ¿ Pero hasta dónde podré seguirte? ¿ Hasta dónde podré seguir el camino de lava de tus colores? Eres el que vive para desbordarse. Y la lava y el calor. Y tu lava y tu calor se desbordan entre rocas. Ciervos. Y las estepas nevadas. Y los arroyos cristalinos. Y las laderas de las montañas jaspeadas de bosques.

  Y, te sigo, tigre en la nieve, aunque deba renunciar al conocimiento en favor de la fascinación. Por eso, ya nunca me abandonará la sorpresa. Y canto dentro de tu llamado, tigre, que corres con los muchos volcanes en la piel.

 Tigre, que corres, en la nieve.

 Con la fuente insoportable de la luz.


 

UN PINTOR CHINO

   El cielo siente la nostalgia de la lluvia. En su altura, se acumulan las nubes. La tierra está seca. El viento no es traspasado todavía por el dulce descenso de las gotas.

  Y entre el bosque y las montañas, serpentea un camino jaspeado de piedras y jirones de suelo áspero. Sobre el sendero, proyecta su sombra un viajero solitario. Se sostiene sobre tres pies: las dos extremidades naturales de su cuerpo, y un bastón de bambú, que prolonga uno de sus brazos. En su talego palpitan varias pinturas ya concluidas, y un rollo de exquisito papel, un frasco de tinta, y los pinceles que nunca lo abandonan.

   ¿Podrá el pintor olvidar los  ríos de bellos soles y lluvias que visitaron antes sus ojos? ¿Cómo suspender el placer del recuerdo para permitir que nuevas brisas de maravilla lleguen hasta su piel? Es necesario olvidar para que las últimas evidencias del milagro de lo vivo embriaguen el espíritu.

    El pintor deja de evocar el ayer entonces, para que un nuevo viento cante en sus huesos.

   Muchas veces, Toyo durmió junto al fuego de una fogata. Antes de conciliar el sueño, pensó con insistencia en algo que su maestro le manifestó una tarde, en la que hermosas nubes cárdenas tapizaban  las alturas del cielo. "El arte no necesita de muchas obras -le dijo su maestro-. Debes servirle a una sola figura...".  

  "¿Cuál es la única figura a la que debo servir?", nuevamente se pregunta Toyo frente al trémulo baile de las llamas. Y luego viene el sueño. Y dentro de los sueños, cantan alegres mujeres que se bañan. Y en los sueños se alzan palacios de ventanas de reflejos ámbar, y de diez mil pisos y diez mil habitantes divinos.  Y los sueños del pintor son pródigos en dragones, salamandras, venerables antepasados, y los rayos de la diosa solar Amateratsu.

    Fuera de los sueños, en la meditación ante el fuego, Toyo piensa en una casa que flota; su techo es una nube; su piso, la cumbre de una montaña solitaria.  El artista camina hacia un único hogar: la casa suspendida, la que  vive en el río de las muchas cosas. 

    Toyo busca la casa suspendida. Desde sus ventanas, quizá alcance a escudriñar la única figura a la que el pintor le debe  ser fiel. 

  ¿Cómo habrá encontrado el Buda su casa suspendida? ¿La halló durante su lucha contra sus demonios en el retiro ascético en el desierto? ¿La halló meditando bajo el árbol Bo, o en el placer inefable del éxtasis orgásmico?

 ¡Qué importa como el Bodisattwa y otros maestros hallaron la casa! Toyo necesita habitar su propia casa suspendida. Para eso, debe caminar sin ninguna certeza. Sólo le queda moverse con los pies de una gran espera. Y actuar y dar. Sin aspirar a ninguna recompensa. 

   Así lo hicieron y lo hacen sus maestros en el monasterio. Sólo caminan y dan. Al vivir así, acaso dentro de un resplandor inopinado, el sol se desnude. Y entonces la casa suspendida...  

  Y Toyo camina, ve, respira, acaricia. Y venera la música del arroyo. Y desea escuchar el interior del agua. Se acomoda sobre una roca, con la bolsa colmada por  sus preciados rollos; con sus imágenes ya pintadas, acaso sus únicas posesiones. Y hunde sus pies en el remanso dulce y espumeante de la corriente. Los árboles cercanos endulzan sus mejillas con aromas vegetales. La humedad de las raíces que bordean  la corriente envuelven su piel con caricias amorosas; mientras, sobre las hojas, se anuncia el dorso oscuro y titilante de la noche. 

  La luna brilla en el centro de un jardín de estrellas. El tiempo descansa sentado en los labios de las rocas. Los espíritus del bosque ya no deambulan entre los árboles; ahora se mueven dentro de la sombra sin contorno de las ramas. La tierra misma  contempla la luz celeste. Los animales flotan dentro de sueños que Toyo no puede imaginar.

  Pero Toyo quiere imaginar las peripecias de la luna. El pintor juega, imagina, y el disco de plata avanza ya a grandes zancadas, en una imperceptible línea recta, entre los astros de parpadeante luz. El artista se cuelga de una cuerda enrollada en los pies de la dama lunar. Y, desde allí, sonríe, y se saluda a sí mismo, a su cuerpo que, quieto, lo contempla desde abajo. Y desde su imaginaria altura, Toyo saluda al bosque y las montañas, empapadas de noche. 

  Y en la oscuridad profunda se encienden las antorchas del sol, que brotan en el Oriente. Toyo ha dormido. Y ya despierta, porque quiere presenciar el amanecer que llega. Sus pies y su báculo componen una irregular retahíla de huellas en un camino flanqueado por pinos y rocas. 

   El pintor sigue las ondulaciones de una serpiente. Abandona el reino de los árboles. Y, adelante, se dibuja un horizonte desnudo. La luz regala su poder una vez más. En los ojos de Toyo arde un asombro. 

  Y en su necesario momento, Toyo venera el lento rumor de sus dientes entre hierbas silvestres o el arroz. Y, a sus labios, llega la fresca agua de su cuenco. 

  En la continuidad de su camino, el pintor descubre aldeas; y arrozales bendecidos por el milagro de las semillas, y por el canto entusiasta de los agricultores. Algunos cultivadores del arroz lo invitan a su hogar. Toyo acepta. Y recibe. Comparte. Escucha. Por cortesía, farfulla algún consejo. Agradece. Se marcha. 

  Muy largo es el camino. Pero le acompañan sus pinturas, sus únicas posesiones. 

  Se detiene ante una montaña. Se sienta sobre un tronco. Una hilera de cerezos nacen en las espaldas de un bosque, que expande su magia hacia el este. Toyo escucha entonces el canto de un pájaro. Cerca, un caballo bufa en un paisaje festoneado por florecillas amarillas. Y el caballo desaparece. El ave y su canto se desvanecen. Toyo no lamenta esas desapariciones, porque en sus rollos, en sus imágenes ya pintadas, vuela un pájaro. Y late un caballo. El ave y el corcel viven ya en sus pinturas, en esas figuras de líneas y colores que parecen trozos de su piel.

  El invierno baña la tierra con su blanca melancolía. La calidez estival retrocede ante las navajas heladas. El agua que antes cantaba y danzaba ahora es un congelado suspiro. Las guirnaldas soleadas del verano se han desvanecido. Pero en Toyo algo permanece como el tiempo: la espera de la casa suspendida. Desde su altura, la única figura a la que el pintor le debe ser fiel, tal vez aparezca. 

  Y todo vuelve. Como las mariposas que regresan con el fervor primaveral. La endulzada bebida de la primavera se vierte de nuevo en las ánforas del aire. Toyo ama nuevos paisajes. Otra montaña. Otro árbol. La nueva bella magnolia que brota bajo sus párpados. 

  Nunca se agota la fascinación. El artista es la perpetua mirada fascinada. Toyo siempre se siente acompañado por las pinturas de la naturaleza. Lo acompañan el musgo en las rocas, y el viento que no anuncia su origen ni su destino; lo acompañan el tremolar tenue de la hoja suspendida, los círculos de antigüedad en la madera, el dedo atávico del tiempo que erosiona las piedras, el grillo y el saltamontes. 

 Y a veces, un resquemor de soledad estruja sus tobillos; pero el consuelo rápido viene: "Además de la naturaleza, conmigo están mis pinturas, mis animales, bosques y montañas...", se repite el pintor. 

 Quizá por eso su talego nunca se aparta de sus hombros. Sus labios recuperan entonces el flexible arco de la alegría. 

  Y el sol frota de nuevo sus pisadas. Y con frecuencia, recuerda la lejana casa suspendida, y añora la única figura a la que sus pinceles le deben fidelidad.  

  No muy lejos, otro caminante aparece en el camino. Toyo lo observa al principio sin sorpresa, cual si fuera una visita presentida y necesaria. Un largo  tiempo fluye sin que la distancia disminuya entre Toyo y el otro viajero. Sólo en tres ocasiones, el desconocido viandante mira por un instante hacia atrás, como si reclamara el acercamiento del pintor.

  En aquellas efímeras detenciones de su misterioso acompañante, Toyo percibe una brumosa inquietud, un viento de extrañas ráfagas emponzoñadas. 

  Con la sucesión de nuevos días, Toyo se acostumbra a la presencia del otro viajero. Que siempre respira delante. 

  Y es la noche. Cerca, altas montañas se yerguen como alabardas. Que rasgan las estrellas. El pintor contempla una fogata encendida por el desconocido. Tal vez ya sea tiempo de acercarse y de ver el rostro del otro caminante. El pintor medita en el encuentro, pero, en el final de su cavilación, decide que la posible coincidencia no debe ser dispuesta por el deseo; debe ser espontánea, como la caída de una hoja del cerezo. 

   Entonces, el día reenciende las candelas de la claridad. El camino es hoy especialmente serpenteante. Con frecuencia, Toyo pierde de vista al otro caminante. El tórrido aliento primaveral barniza de sudor a los viajeros.

  Toyo descansa al pie de un pino. Cerca, escucha la voz de un río, saturado de torbellinos, y de peligrosas velocidades. El pintor columbra una montaña en lontananza. Añora una vez más impregnarse con los reflejos de la casa suspendida; añora su radiante arquitectura tallada por una mano misteriosa, que protege la única figura a la que su arte le debe ser fiel.

   Algunas gotas de angustia hormiguean en su cuello. Pero recuerda a los pájaros, y los caballos que ha pintado, y que viven en sus rollos, sus pinturas, que lo acompañan cerca, en la bolsa sobre su espalda. 

   Toyo derrama nuevas huellas sobre el camino. Abajo, fluye el río, ancho, veloz; y vibra una presencia no esperada, cerca de la ribera. Alguien flota; alguien es succionado por la garganta vertiginosa de la corriente.

   El pintor corre hasta la orilla. Sin dudarlo, se arroja al feroz pulso del agua. Nada  con desesperación. Sus brazos consiguen aferrar el cuello del desconocido que flota.  El dragón de la corriente veloz desea el alimento de los dos cuerpos. Pero Toyo no interrumpe sus brazadas. Su conciencia no gobierna ya ninguna acción. Entre parpadeos entrecortados, abraza la tierra salvadora. 

  Lentamente, posado sobre una ancha roca, Toyo recupera el ritmo pausado del aliento. Ladea su rostro. Cerca, reconoce la chorreante silueta del otro viajero que camina delante, y vuelve al regazo del bosque. 

   Y Toyo, con sus brazos extendidos, mira el cielo, la magia irrecuperable de una nube. En su espalda, ya no siente su bolsa, sus viejas pinturas. Está casi desnudo. No posee nada.

  Y reconoce una casa suspendida sobre una cima. Sólo una imagen silba en los márgenes de sus ojos.

  Una lluvia. 

  Y su pincel, siempre fiel, junto a las gotas frescas.

 


 

EL DESCENSO FINAL

  Es un fuego enojado el que funde el acero. El metal fundido se convierte en planchas encorvadas, que se encastran con tornillos y soldaduras. El acero, lentamente, sueña con algo distinto a su origen; no sueña ya con la fragua ardiente, sino con el agua del océano. El cuerpo metálico, nacido del horno de las rojas llamaradas, ahora es un pez, que se imagina ya dentro del mar. 

  El pez acumula escamas soldadas. El pez madura. Crece. Nace plenamente.

  Es el submarino.

  El pez de larga anatomía curvilínea. Que recibe en su interior a los seres que se sostienen sobre dos piernas, que ansían imitar la tormenta y el trueno. Por eso, quizá, los humanos bípedos inventan las luchas en las que se despedazan entre sí. 

  Mucho fuego que relumbra como el sol, mucho alarido que semeja un trueno, brotan en las guerras de los extraños humanos bípedos. En su guerra, los humanos necesitan también destruirse dentro del espacio abismal de las aguas.

  Por eso, muchos peces, de metal alguna vez caliente, descienden hasta los lechos. Las hélices irradian sus zumbidos, nunca antes escuchados por el pulpo, el tiburón o los corales y sus bellas orgías de colores.

  La  imagen lenta y puntiaguda del belicoso pez inventado por los hombres se alarga entre el sol que brilla en la superficie, y las profundidades acuáticas, con su silencio negro.

  Y siempre dentro del submarino, algunos humanos manipulan sus complejos cartílagos y vértebras. Planean la destrucción de otras naves que  surcan las superficies. Su sereno viaje se quiebra a veces, cuando de las ensanchadas narices del submarino, emergen unas enojadas y pequeñas anguilas que, tan veloces como algunos animales terrestres, corren hasta estrellarse contra el barco enemigo. Y entonces, la nave agredida, estalla. Y vomita desaforadas llamaradas de fuego.

 Pero, en ocasiones, el pez, que destruye con sus anguilas explosivas, puede ser sorprendido por cilíndricos puños de metal. Que explotan con una nerviosa descarga. Y, en ocasiones, en el pez se abren cavidades, grietas, por donde el agua entra en furiosas cascadas. Para colmar todo espacio seco. Para iniciar un descenso hacia el silencio, en el fondo enigmático, que no tolera que nadie regrese,  luego de escucharlo...

 

  El puerto se deja embelesar por la aurora. Los bucles del sol acarician el fondeadero y la bahía. El submarino alemán espera. Los marinos repasan los últimos detalles, antes de la inmersión. Por varios meses no verán su patria, la de la tierra sólida. No es su primea misión. Ya han regresado del océano en otras oportunidades. Nadie quiere pensar en alguna travesía cuyo fin no sea el retorno a casa. 

  Cada miembro de la tripulación conoce su tarea. Mediante una adecuada coordinación, todos los marinos forman un solo organismo eficaz. El capitán conoce  el ritmo de cada sonido emitido, la correcta polifonía de deberes y rendimientos. La máxima autoridad a bordo tampoco quiere que el futuro sea una lluvia de navajas cortantes.

  Cada marino acomoda las imágenes de sus seres queridos en algún sitio. Las fotografías de las personas amadas se veneran en un improvisado altar del recuerdo. Y toda la tripulación suda en nuevos preparativos y ensayos, hasta que el devenir del reloj los acerca a la hora de la partida. Afuera, brilla el sol. Cerca del puerto, algunos cerros reciben en sus laderas las sombras errantes de las nubes. Más allá, no muy lejos, se yerguen árboles, establos y granjas. En varios carros se desplazan los campesinos, que quieren ignorar los latidos de la guerra. Pero, algo más allá, dentro de la tierra germana, se agrupan los desafiantes  ejércitos. Que se mueven hacia varios frentes de la muerte. Los soldados, los cañones, los tanques, todos son movidos por la voz de un enajenado de bigotes, y oratoria exaltada. 

   Dentro del dragón germano y guerrero, se teje el enjambre de las fábricas, de las ciudades y pueblos hipnotizados por un demencial sueño imperial. En algunos lugares de Alemania, se crean los metales sumergibles, los peces submarinos, los nuevos hermanos del pez, del U-Boote, que ya abre sus aletas. Y lentamente abandona el fondeadero. Y se adentra en el mar.

 El pez creado por los hombres se sumerge.

 El submarino desciende por suaves pendientes de agua hasta unos trescientos metros. Luego, avanza sobre una flotante línea en las profundidades; y se interna, de a poco, en la garganta del océano. Dentro del pez de las hélices flota un deseo callado, el deseo del regreso, el ansía por la rápida vuelta a la tierra del padre y la madre. La nube deseante humedece las paredes, los cuerpos, los compartimientos, las turbinas, el periscopio, los altares de las imágenes familiares,  los torpedos-anguilas. Y el aire encajonado que roza las frentes.

  Hans, el más joven, recuerda la joven que conoció en una fiesta de su pueblo bávaro. La muchacha bailaba, lo invitaba con una mirada tierna. Y con ella bailó. Con lo que ella era: la belleza del trigo, las naranjas, los girasoles. 

   En su camarote, el capitán, el más veterano, inspecciona mapas, proyecta y calcula tiempos. Y lo previsto en los cálculos se convierte luego en barcos que aparecen en el periscopio. En un tiempo y en un lugar aproximados, la víctima ofrece su perfil al pequeño pez guerrero. Entonces, desde el capitán nace la orden. Y se prepara el lanzamiento de una anguila explosiva. Del torpedo que ya corre hacia el casco de la embarcación enemiga.

 Y la anguila estalla.

 Los marinos del barco alcanzado también querían volver a la Madre, a la patria, a la tierra natal. Pero, entre las muchas llamaradas de fuego, el océano engulle lentamente a la nave herida. Los sobrevivientes saltan al mar. Con la esperanza del salvavidas, buscan su lugar en algún bote; otros, son elegidos por el barco moribundo para hundirse en una gran tumba en el agua.

  En la tripulación del pez germano reina una moderada alegría. Los tripulantes de una nave hundida antes eran enemigos; pero ahora son colegas en desgracia; otros hombres de mar, como ellos, estrangulados por el infortunio. Y nadie se engaña en el submarino: la dicha de una victoria puede ser el preámbulo de la propia destrucción. Fluye la satisfacción entonces por el deber cumplido, pero despojada de toda celebración o júbilo.

  Y el capitán hace cálculos en su camarote. Los hombres cumplen sus tareas rutinarias, y buscan una caricia en el altar con las imágenes de los seres queridos. Todos suspiran dentro de la nube del deseo. Desean, una vez más, en secreto, el regreso a la patria.

   Y el periscopio confirma lo previsto por el capitán. A veces, el ojo del pez muestra un día soleado; otros, un cielo plomizo, una mañana, un mediodía, o un atardecer. Ahora, en el centro de la imagen, se desliza la silueta de la nueva víctima. Y después se repite la mortal polifonía: la orden del comandante con los ojos empotrados en la mirilla del periscopio, las rápidas acciones en la sala de las anguilas-torpedos, el disparo del dardo asesino, el estallido, la columna de fuego, la grieta, la cascada incontenible, la agonía lenta, el parsimonioso descenso hacia el cementerio sumergido.

   La dicha moderada embarga nuevamente a los habitantes del submarino. Por varios días, el pez humano deambula bajo las aguas, sin sobresaltos. El capitán piensa que es tiempo de un descanso. El submarino recupera la superficie. El mar no es ya un vientre oscuro. El océano es una inacabable eternidad visible. Y, lentamente, la luz del sol se desangra en lontananza. El ocaso muerde al mar con dientes púrpura. El U-Boote flota en el sueño del crepúsculo. El capitán sospecha un temido tornado. Pero quiere recordar a su esposa y su pequeña hija en su casa, en las afuera de Dresde. Antes de despedirse, la nieve tapizaba la tierra. El reía. Saltaba sobre cúmulos nevados. Alzaba a su hija Elke. Su esposa miraba complacida a través de una ventana, al tiempo que agregaba vegetales en una olla donde hervía una sopa. 

  Y todos los marinos, sentados sobre la cubierta, otean la distancia. Pero, en realidad, recuerdan las últimas escenas antes de partir. Los abrazos y besos, los deseos de volver, de reunirse nuevamente con la madre, la  hija, la novia,  el hermano, el padre. 

  Y el futuro es incierto. Mas los tripulantes del pez humano imaginan jardines que devoran la soledad; bellos huertos donde se desvanecen los espectros. 

  Hans, el más joven, nuevamente recuerda a la muchacha del pueblo. Ella no deja bailar y de llamarlo. Quiere que vuelva para desnudarse ante él, para mostrarle la geografía de placer de su cuerpo sobre un lecho amarillento de hierba, rodeado por girasoles. 

  El lírico lienzo del ocaso hipnotiza a los espíritus cansados. Y vuelve la orden de la inmersión. Y de nuevo en la profundidad silenciosa, cada tripulante del pez respira dentro de la nube del deseo. La nube humedece la pantalla del radar, donde una figura se aproxima.

  El pez de las hélices repite entonces sus hábitos. El acercamiento. El periscopio sigiloso. La verificación de la distancia del enemigo. La espera del momento adecuado. La orden breve y letal. El lanzamiento de la anguila silbante. La explosión en el lomo del animal acechado. La cascada salvaje entre calderas  y camarotes destrozados. Los cuerpos succionados por un sopor mortal. Y la discreta satisfacción. El seguro alejamiento. Pero, esta vez, en la bruma ruge un gigante vengador. Un destructor que trae sus cargas atronadoras. 

  Y la cacería se inicia. 

  La distancia entre el buque que destruye y el U-Boote se acortan. Los truenos  dentro del mar comienzan.

  Y los marinos escuchan las órdenes rápidas, nerviosas. Todos sudan dentro del pez. Un desierto quema el aliento. El gigante vengador sigue arrojando sus puñales. Y el joven Hans manipula nervioso algunas escamas del pez que huye, e imagina un día soleado, una feliz pradera. Las nubes cantan himnos pacíficos. Toda la tripulación camina entre los pastizales, por una senda amarilla, hacia un paso entre las bellas montañas. Es el camino que lleva a casa. Al hogar, a la propia tierra, a la mujer que acaricia y bendice.

  Y cerca un río empieza. Y crece. Crece...

  Y la noche vive en el centro del agua. El aire se despide de los pulmones. 

  Y el río crece. Crece...

  Y ya es el crujido de los metales, la desesperación, y la espuma que empapa las imágenes de los lejanos seres queridos. Tiernos besos parten hacia la lejanía. Porque el río crece. Crece...

  Y todo es una gran cascada. El camino entre las montañas se inunda. El pez herido se hunde. Y sólo queda un instante para rezar. 

  Para llorar. 

  Para implorar. 

  Antes del descenso final. 

  A la tumba solitaria. 

  


 

EL ROSTRO AÚN VELADO

   Las agujas  de cemento ambicionan propagarse hasta las nubes. Son los edificios, los gigantes hastiados de la rutina. A sus pies, dentro de sus cuerpos, detrás de los transparentes ojos de sus ventanas, los habitantes de la ciudad viven su sueño.

  Y recorro libros de símbolos y de viejos mitos. Y evoco un mar, que se extiende hasta los confines del mundo. Entre las aguas navega Gilgamesh. Busca a Utanatispin y su isla. Viaja para descubrir el secreto de la vida inmortal. En otra evocación, veo un sendero enjaezado de penachos verdes y escamosa hojarasca. Tras un roble, irrumpe el caballero de la armadura resplandeciente. Busca el jinete el cáliz que provee un alimento divino. En otro peldaño de mi evocación descubro, en un retablo de penumbra, al can Cerbero, el perro de las múltiples cabezas iracundas, el mítico guardián del infierno. 

 Y siguen mis evocaciones, entre los libros de mitologías ancestrales. Y entonces presencio la llegada del héroe griego, el de los doce trabajos, el que traspasa el aire con su musculatura bañada de coraje. El Hércules que, al capturar a Cerbero,  demuestra su victoriosa incursión dentro del otro mundo.

 Y en las vidrieras de mi ciudad, veo otras imágenes del mito: presencio el regreso de Ulises a Itaca, y la matanza de los pretendientes. O persigo la imagen de Eneas cuando, guiado por la Sibila, se adentra en el más allá para consultar a su padre, Anfialtes.         

 Ya puedes advertir que me persiguen las imágenes de héroes pasados. Héroes perdidos. Sé muy bien que mi nostálgica imaginación no puede devolverle alguna emoción heroica a esta época rutinaria. Por lo que sigo avanzando por un solitario camino entre las calles. Hace tiempo que quiero saber quién es el que avanza delante de mí, alguien cuyo rostro no alcanzo a entrever. 

   Los modernos pájaros con turbinas trasladan a millones hacia los distintos continentes. Los trenes y barcos y automóviles nos desplazan con distintas velocidades. Pero la abundancia del movimiento físico disfraza la inmovilidad. El viaje moderno es seguro y previsible. No demanda ya movimientos temerarios, exploraciones valerosas de desiertos o selvas laberínticas. 

  En los viajes más allá de la ciudad, o dentro de ella, ya no brilla ninguna efusión mágica o heroica. 

  La imaginación puede jugar con el tedio de la ciudad conocida, y transformarla en paisajes perdidos. El edificio puede convertirse en altas torres, con almenas de  castillos delineando sus bordes; los cruces de esquinas pueden devenir puentes levadizos que se extienden sobre fosos de lóbregas aguas y cocodrilos; las sucesivas fachadas de las casas, escuelas, templos, o negocios, pueden mutarse en murallas ornadas con mármoles y figuras de leones; los semáforos pueden transformarse en mástiles coronados por estandartes donde bellas ninfas bailan en el viento; las estatuas ecuestres pueden quebrar su tensa parálisis para liberar salvajes caballos; las ramas de los árboles pueden extenderse hasta los collares de las nubes; las alcantarillas pueden brillar con la claridad de remotas lunas magnéticas. 

  La imaginación puede transformar el tedio. Lo sé. Pero sólo como un miserable consuelo, como un somnífero para olvidar la muerte de lo heroico y mágico en la ciudad moderna.

  ¿Es que realmente ya no hay cumbre ni enigma hacia el que caminar con piernas de héroe? ¿Es que sólo queda el humo de un cuerpo que se incendia?

 ¿Es que sólo me queda caminar detrás del hombre que avanza delante, de aquel cuyo rostro no he visto hasta ahora?

  Todo hombre reprime el temor a una gran destrucción. Pero llega el día en que las defensas se quiebran. Los muros que lo protegen del horror se desmoronan. Y cae ese hombre postrado ante el sufrimiento. En ese día de la indefensa desnudez, en ese día del gran temblor, estallan en los oídos la voz de los que predican la inutilidad de la vida. 

 No creo en la existencia inútil. Pero la voz del hombre estrangulado por el dolor me exige aceptar la inutilidad, cuando me recuesto sobre el tronco de un árbol que florece frente a paredes de vidrios negros. 

 Ese ser, incapaz de trasmutar el dolor en algún resplandor creador, taladra los cerebros con su grito; ambiciona retorcer el cuello de toda esperanza, y engrillar los tobillos con cadenas heladas. 

 El hombre del extremo sufrir sangra. Busca cerrar sus heridas con muchos objetos, y certezas consumistas. Pero sabe que todo es inútil. Y grita con fuerza desesperada. Y quiere que también yo me desnude y sufra. Sin esperanzas. Y que ya no resista. Y que beba la única agua rancia de lo inútil.  

 ¡Lo inútil! ¡Lo inútil! 

  Inútil es sudar por un cielo elevado; o agitar estandartes de un dignidad orgullosa; o venerar a la tierra en el bosque; o repetir los cantos de poetas en alabanza de dioses creadores. 

  ¡Inútil! ¡Inútil! 

  Todo sangra. Sangra. Y vomita. Vomitan los huesos inútiles en pozos que se hunden. Todo es un crujir de la memoria que olvida el misterio del rayo. 

 Sí, el único destino es postrarse. Y sufrir.

 ¿Pero por qué aún puedo levantarme? ¿Qué me regala aún el don de no derrumbarme? 

  Quizá todavía camino porque alguien extraño me auxilia: ese desconocido que siempre avanza delante de mí; ese que se burla del sufriente desnudo que pontifica la inutilidad; ese que ve los caminos entre los árboles; ese que agradece, contempla y actúa, y se baña en la fuerza de los manantiales. 

 Y sigo ese rostro de perfil...

 Ese rostro heroico, aún velado. 

 Que todavía camina hacia el volcán. 

 


 

VUELO EN LA URBE

I

  Es la tarde. Un sonido de turbinas sacude las nubes. Sobre las paredes salta el martillo sordo, el que golpea y hunde en la piel los clavos de la agitación moderna. Y trepan por el aire y el cemento la cólera de los tubos de escape, el murmullo de los transeúntes veloces, las sirenas de premuras médicas y policíacas.

 Entre los nervios de la urbe aúlla el huracán cotidiano de la gran velocidad. Los millones de seres que laten rápido. Sin tiempo para rozar el cielo.

 Compruebo, una vez más, el movimiento de los individuos, de sus ideas y demandas, de las cascadas de angustia que atraviesan cada ojo.

  En el exceso de movilidad en la urbe, no hay sitio para atender.

  A lo que se mueve en todos los movimientos.

 

II

¿Qué se mueve en lo que se mueve?

¿Qué se mueve en el tiempo de la tarde?

 El edificio es alto. Estoy solo en la terraza. Sé que nadie vendrá. Sé, con más fuerza aquí, que la única acción digna es percibir. En el final de todos los arroyos, espera el hombre que calla. Y percibe la amplitud de la tierra, el mar, el cielo. Las estrellas y todos los cuerpos. 

 Mis piernas se afirman; mi columna imita la rectitud de las montañas; mi frente deviene la orilla de algún lago lejano. Pienso en hojas que flotan sobre aguas quietas y meditabundas. Escucho un viento, transido por el recuerdo de todas las edades, que roza la hierba de las praderas. 

  Percibo lo que se mueve y gira. Cuando es la tarde. En la terraza.

  Intuyo algo que se mueve en todos los movimientos que giran a mi alrededor. Pero no comprendo, no comprendo...  

 

III

  Muchos movimientos me siguen visitando. Y giran en mi derredor. Todo lo sutil se burla de las distancias. La imaginación cancela toda lejanía. Por eso, fácilmente, me siento sobre una roca frente a un mar. Escucho las olas de sal entre mis cabellos. Sospecho que están muy cerca el insecto y la galaxia. Y no dudo de que un músico extraño ha llevado su piano hasta el centro del bosque. Y caballos de lava corren por una tierra agrietada. El fuego de las lenguas rojas trae calor a mis vértebras. 

 ¿Y qué se mueve en todo lo que se mueve?

 

  IV

    Pero estoy en la terraza de una ciudad moderna. ¿Cómo pretendo entonces, tan estúpidamente, no rodar escaleras abajo hacia la prisión de los tubos y cañerías, los cables y sótanos del tiempo urbano?

 ¿Qué torpeza injustificable me puede hacer creer que, inmóvil, con el espinazo erguido, en una terraza solitaria, podré percibir lo que se mueve en todos los movimientos?

 ¡Con cuanta frecuencia ruedo dentro de los tubos y los cables de la urbe! Allí siempre descubro las dragones que no dudan. Aun en los días soleados, al caminar por la calle iluminada, el asfalto se agrieta, y esquivo las bocas negras de los dragones que salen desde los tubos. Su fétido y viscoso fuego alimentan la renovada necesidad de ostentar alguna forma del poder; la mentirosa promesa de las publicidades; la conversación banal; los puñales frívolos que desprecian el misterio de la luz.

  Los rostros que no aman. 

  El brillo del honor.

 

V

  Lo percibo: lejos, un girasol tiembla debajo de una langosta.

  Las dragones niegan esa posibilidad sensible.
 
Pero los dragones de los tubos no me dominan.

 Por eso es la tarde, aquí, en la terraza solitaria, y sigo preguntándome:

¿Qué es lo que se mueve en todo lo que se mueve?

  Y la música me visita. Es el viento. El aire. Los huertos en mis pulmones. Entre las grietas de las baldosas cercanas surge una flor. El lecho de los mares me regala sonidos profundos. 

 Y, nítida, veo allá la curva rojiza del sol; allá, una angosta nube se desvanece; allá, algunos pájaros reflejan sus alas sobre ventanas y arreboles donde arde el crepúsculo.

 Allá, vuelo sobre la urbe.

 Allá, sospecho el secreto.

Que se mueve.  

 


 

 FRÁGIL CAÑA EN LA BRUMA

 

  Frágil caña en la bruma. 

  Al principio, comprendió el hombre el rayo, y una misteriosa fuerza divina. Desde entonces, comprendió que debe escapar. 

  Debe huir de todo recuerdo de lo incomprensible. 

  Es necesario encontrar escudos donde refugiarse del enigma. Y cuanto más crece,  mayor es el temor del hombre a recordar que deambula desnudo en un desierto extraño. 

  Los sonidos estimulan los recuerdos. El trueno, o los gráciles timbales del viento, hacen recordar al corazón músicas superiores al cerebro, que vibran en el espacio.

  Pero en la gran ciudad, se aborrece todo recuerdo de lo que nos excede. Y se olvida mejor las incontrolable fuerzas divinas, si el hombre grita sus victorias sobre las cosas, y sobre sí mismo. La frágil caña humana debe gritar su triunfo. Para conjurar la amenaza de lo incomprendido.  

   En una noche de muchas hogueras, el hombre grita sin descanso sus pasadas  victorias.

  La primera victoria se repite ahora cuando es una mañana, con un sol de dientes naranjas que muerden el cielo. Acompáñame, acompáñame a presenciar las victorias humanas. Que se repiten...

  El cazador persigue a su presa. Entre hilachas frías de viento, el animal consulta a sus antepasados. Una misteriosa voz le ordena entregarse. El antílope acepta entonces, con invisible alegría en su rostro, la lanza que se hunde en su carne. La criatura ágil de los bosques y las praderas se derrumba. Y el cazador celebra. Abre sus brazos hacia nubes indiferentes. 

 Grita su triunfo.

  En la noche de las muchas hogueras, grita el cazador de nuevo su triunfo.

  Y mira, mira:

 Ahora es, nuevamente, el día en que la mano se hunde en la tierra húmeda. El ingenio observador del hombre recolector descubre las semillas, intuye un nuevo futuro que se gesta en su interior. Busca entonces alguna magia para liberar aquella vida. Experimenta. Medita. Sospecha. Arroja las semillas en surcos abiertos por sus manos. Y observa. Espera. Y el sol contribuye con el alimento de sus rayos que se vierten sobre una diosa con rostro de tierra. Agua. Humedad. 

  Y la planta brota, lenta y orgullosa, del suelo arado, del vientre de la diosa telúrica.     

  Y el hombre sonríe. Abandona la lanza y la flecha. Ha descubierto la agricultura. Un remolino de aire y de júbilo frota sus mejillas. 

  El agricultor grita su triunfo.

  Y ya sabes que me acompañas en la noche de las muchas hogueras, donde podemos escuchar cómo se repiten los gritos de la victoria humana en la historia. Por eso, ahora podemos observar que, hasta hace una breve brizna de tiempo, la llanura era un tapiz de lisura impoluta. Pero ya llega el búfalo. La pesada pasión del animal dibuja sus huellas en el lienzo del suelo. El cazador estudia un tejido de señas. Que dicen mucho sobre el animal: su tamaño, su dirección, el tiempo de sus pisadas. Las marcas del animal son un mensaje escrito en la tierra para ser descifrado y leído. 

  Y las huellas-letras crecen. Maduran. Hasta que ingenios humanos, en Sumer o quizá en otra latitud desconocida, tallan sobre una tabla de arcilla las nuevas letras-huellas, ya no de un animal nómada, sino del hombre inventor de lenguajes. El primer juego de signos escritos reverbera en tabletas rasgadas. El pensamiento, la ocurrencia y el saber humano ahora durarán. Ha nacido la escritura. La memoria. Que sobrevive a la brevedad de la pasión. 

  Y el escriba contempla la tabla de arcilla escrita. Agradece el obsequio del Dios. Se prosterna. Recupera su postura erecta. Contempla el desierto. Antes de dormir, una convulsión apabulla su garganta. No puede evitarlo. Grita su triunfo.

  Es que en la noche de las muchas hogueras, ya sabes, se repiten los gritos del triunfo humano. Por eso escucha y mira cómo alguien sufre en una cruz, padece un calvario. Muere entre heridas que vomitan un abismo de sangre. Luego de tres días sonríe el martirizado. Asciende hasta un trono luminoso. Regresa con su padre y gobierna la fe de millones de seres. Antes de partir, deja la creencia en la purificación por el agua, en una comunión sagrada y una salvación eterna. Sus seguidores pregonan la nueva religión. Padecen tortura y muerte por ello. Son perseguidos en la Roma de las águilas orgullosas. Pero su suerte cambia por razones misteriosas. En una paradoja de la historia, el águila romana se rinde a los pies del Cristo. Que sonríe ahora como  Cristo Sol, como Cristo rey, Cristo medieval de la iglesia de las catedrales, y de los ejércitos cruzados que, afiebrados de sangre y locura fanática, cortan las gargantas de los musulmanes, a los que desprecian por infieles. Y luego, la religión ambigua de la cruz, la religión de la grandeza y la más repulsiva miseria, grita su triunfo, que pretende, engañosamente, un triunfo de la humanidad iluminada por la una única revelación de la verdad.

 Ya sabes, lo sabes, muchas hogueras arden aquí, y los que gesticulan gritan. Necesitan vociferar las supuestas victorias humanas. 

  Y ahora de nuevo, muy felices, debemos gritar un prodigio mecánico. Una invención donde una plancha cae con letras borrachas de tinta sobre una hoja blanca.  La página recibe el mensaje escrito. La hoja impresa da testimonio de la hechicería multiplicadora de la imprenta. Gutemberg contempla los libros que se repetirán luego con la frecuencia con que las madres alumbran. Los lectores educan sus ojos para recorrer con rapidez las tipografías exquisitas de las letras. Las imprentas multiplican la escritura que le ofrece permanencia al grito de muchas victorias: la construcción de la torre Eiffel, la invención de los trenes y la lamparilla eléctrica,  la creación de inmensos barcos de guerra y placer, y de submarinos, y de cohetes espaciales, y las hipnóticas pantallas televisivas y cinematográficas, y el descubrimiento de la fusión nuclear, los rayos X, la computación y las leyes de la genética.

  Y son muchos más los gritos de triunfo que el hombre repite en la noche, entre las muchas hogueras, entre centellas rojizas de un fuego orgulloso.

  Pero luego de tantos gritos de triunfo repetidos en la noche, es inevitable un dormir reparador. Las gargantas aún sudan, mientras los párpados empiezan a caer. Entonces, un fría bruma repta entre las hogueras. 

  Y las cañas recuerdan antes de volver a dormir. Por sólo un instante, recuerdan la caída de todos los imperios, los enigmas inexplicables, la imposibilidad de comprender y controlar el salvaje aliento del tiempo.

  Y la frágil caña en la bruma vuelve a temblar.

  Tiembla el hombre que no puede crear una estrella.

  Y ni siquiera evitar su muerte.

  


 

LA SERPIENTE SIN ADÁN

 Y sale la serpiente de la grieta, del origen misterioso, y se extiende hasta la lejanía, donde se erizan los volúmenes puntiagudos de las montañas.

  Y desciende la serpiente de la cima blanca, de las rocas altas y los vientos furiosos.   Y baja por las laderas hacia piedras que laten en los bordes de una pradera. Allí, relinchan algunos caballos. Un arroyo se ondula hacia el norte.

 Una música infatigable roza los pies del cielo. Y la serpiente se mueve a través de todas las cosas, a través de la amplitud, y deja tras de sí su línea ondulante.

 Y la serpiente se sumerge en un mar. 

 Allí, nada entre cardúmenes de peces de distintos tamaños y colores. En el lecho se contonean helechos, bailan lumínicos reflejos. Pero, en algunas hendiduras de la tierra sumergida, los rayos solares caen en profundas oscuridades. Una porción del lecho, repentinamente, se desplaza y eleva. Y extiende sus brazos hacia un diminuto pez desprevenido. Es un pulpo. Que nada con plasticidad, junto a cangrejos y medusas.

 Y en la grieta y el lecho late un origen misterioso.

  Y la serpiente corre a ras del lecho hacia la distancia, hacia valles sumergidos, de una oscuridad más intensa que la que pinta el cielo cuando renacen las estrellas.

  Sobre los valles líquidos, sin aparente fondo, flotan otros peces, para los que el agua es aire. Y roza la serpiente al tiburón y el delfín. Y nada junto a peces espadas, rodaballos y marsopas.

  El agua retrocede respetuosa ante la ballena. La ballena  de inmensas aletas y boca inocente que engulle las toneladas de plancton.

  El mar es generoso. Alimenta con exceso al gran cetáceo. El gran pez es feliz. Y tanta felicidad no puede tolerar vivir replegada entre músculos y pesados huesos. Es necesario salir. Y saltar. 

 Y así salta la ballena.

 Conmueve el mar al caer. 

 Tiemblan los pilares que sostienen la bóveda celeste.  

 Y vibra el origen misterioso. 

 Y la serpiente sigue su danza. Corre entre los árboles de un bosque. Un pino canta un himno. Un abedul honra la última lluvia. El ciprés se embriaga con la belleza de los venados. El roble hunde sus raíces hasta el vientre de una diosa. El búho contempla. Y comprende. El oso ruge sobre la orilla de un río. Venera al salmón que la corriente le regala. Y el lobo se desplaza sobre la nieve. Cada pisada suya es un susurro de temor reverente hacia la serpiente. Que corre. Dentro del bosque.

 Y la noche desciende sobre los árboles. Toca la tierra. Siembra en las rocas y las raíces, los mensajes de las estrellas. La noche escucha el lenguaje común que hablan las galaxias. Las plantas. El agua. De ríos. Arroyos. Pero el sol llega para dar un descanso a ese diálogo entre el cielo y la tierra. Resucita un nuevo imperio de luz, que sólo un día durará. Y se avivan las antorchas del asombro. 

 La gloria de la creación resplandece. 

 El origen misterioso resplandece. 

  Y la serpiente sigue su danza. Su movimiento. Que se expande. Con su línea. Ondulante. Y llega. A la selva. Se enlaza con el árbol de largas hojas ovaladas. Y observa gorilas que caminan pesadamente, pero que ascienden con agilidad a las ramas. Variedades inacabables de insectos pululan entre complejos laberintos vegetales. Cualquiera animal que caiga sobre la hojarasca, recibirá la rápida visita de millones de pequeños aguijones devoradores. El sonido de aves y ranas se unen a veces en una sola sinfonía. Y, en la tarde, el cielo crea tapices de nubes. Manos imperceptibles, la fugaz imagen de sílfides o dioses aéreos, empujan esas nubes. Y nacen las gotas de la lluvia. Millares de pequeñas cascadas surgen en el extremo de las hojas y las ramas.  

  La música, la lluvia, una sutil neblina, la densidad de las formas enzarzadas, parecieran suspender el tiempo. La selva late serena, entre los reflejos de las formas mojadas.  

 Y cada figura viva de la selva roza las escamas de la serpiente. Que sigue su marcha entre todas las cosas, y llega hasta las heladas planicies del norte. Allí, el viento juega sobre la nieve. El sol parece clavado en la bóveda como un estandarte fúlgido e inmóvil. El día es largo, pero el frío no retira de las cosas sus dedos congelados. Y sobre las superficies árticas, se estira la ondulante línea de la serpiente. Magnética. Que se sigue moviendo, expandiéndose. 

 Y visita la serpiente las manadas de búfalos,  las cuevas de los murciélagos. Y pasa cerca de un hipopótamo que retoza en un río, y del elefante, de cuerno de marfil, y de nuevos bosques, selvas y cascadas.

 Y baila, se mueve la serpiente a través de todo el planeta. Pasa cerca de volcanes, y del tigre bello y feroz. Y ve en una cima blanca a su hermano animal. Al águila que desciende con el majestuoso batir de sus alas para aferrar con sus garras al viejo reptil.  

  Y la serpiente que vuela contempla todos los caminos, desde las cimas de la altura.

  Y el origen misterioso serpentea entre las formas. 

  Y toda esta vida ya era antes del primer hombre.

  Y no necesita, nunca necesitó, de nosotros.

  De Adán y su descendencia. 


 

RÉQUIEM DESPUÉS DE LA LLUVIA

  La tierra es generosa. Nos entrega los frutos y las flores. Y el cielo también es generoso. Nos regala la sensación de algo alto. Nos obsequia el bosque de las estrellas en la noche, el sol y la nube en el día. Y la gracia de las gotas, lentas, húmedas. Una lluvia en el comienzo de una tarde.

 Esta lluvia.

 Llueve cuando estoy en una pradera, quieto, erguido. Y contemplo las gotas. Me he apartado de un camino de automóviles y pavimento para llegar hasta aquí. Algo me atrae. Me atraen los lugares solitarios donde una belleza vaga, indefinible, insinúa una revelación cercana, algo que se libera de un velo.

 Y llueve.

 Y quieto, erguido, y fuera del camino público y común, contemplo las líquidas perlas que caen. Entre finas cuerdas de agua suspendo toda incredulidad. No temo lo imposible. Nada deja de ocurrir alguna vez. En este paraje vacío, el más sobrio realismo dice que sólo veo un paraje poblado por un racimo de árboles. No hay presencia humana aquí; por eso, la planicie está vacía. 

 Y el cielo es plomizo. La cascada tenue de la lluvia se interrumpe.

 Y antes te dije que el paisaje estaba vacío. ¿Pero cómo puede existir algo vacío en la tierra si a todas partes llega el viento y la lluvia que traen presencias...?

 En la llanura que recibe las gotas viven los que no quieren ser olvidados...

 El agua celeste interrumpe su caída. Un húmedo sopor se alza de la hierba mojada. Y los veo sentado en círculos. Son millones. Y, sin embargo, sólo distingo unos pocos rostros. Porque las historias de las humillaciones son pocas historias, que se repiten...

 No me sorprenden sus presencias. Están parados, erguidos. Contemplan el cielo, como si esperaran que algo se reinicie, que algo empiece de nuevo.

  Veo los círculos de los humillados, sobre la hierba, en la llanura. Un niño y una niña se toman las manos. Visten ropas antiguas, sus ojos casi se desbarrancan de sus rostros. Unas heridas recorren sus cuellos y serpentean por sus brazos. Los reconozco. Ya murieron muchas veces por la violencia que aplasta la inocencia. Murieron en Roma, Tenochtlitán, o Irak. 

  Y ahora sólo esperan.

 A su lado, una mujer, la Madre, acaricia su abdomen, su vientre deprimido. Alguna vez, delicados jardines crecían en su mirada. Pero las flores se marchitaron cuando su fruto, el hijo, el hombre, ya no caminó por la tierra. Porque el fuego de las guerras lo masacró. Puñados de cenizas espolvorean los cabellos de la mujer que llora, tan inevitablemente, como el arroyo que corre entre las rocas. Ella mira, con gesto implorante, hacia lo alto. 

  Espera.

  Y debajo de una cejas tupidas, descubro el brillo agudo de un pionero. Siempre vio algo más que sus contemporáneos. Siempre caminó delante de su tiempo; y cristalizó el nuevo invento, la idea que agigantaba la ciencia o el saber, o las plegarias para invocar a las fuerzas benignas de los dioses de la luz o del agua. El pionero siempre descubrió algún acantilado, algo más elevado para observar. Y  estudiar la verdad que huye.  

  El pionero sufrió incomprensión, rechazo, soledad. Y a veces escarnio, tortura. Muerte dolorosa. Un sufrimiento que todavía lo hostiga. 

  Pero aun así, el que abre senderos quiere ver hacia arriba. 

  Espera.

 Y en el extremo de un círculo, observo a un hombre y una mujer semidesnudos. Se abrazan. Si no se abrazaran, ambos caerían. Sus manos son ásperas como una roca corroída por el viento. En sus codos, en sus dedos, en sus extremidades, se acumula sudor mezclado con sangre. El arado roza sus rodillas. El sonido de un reciente latigazo, real o temido, aturde sus oídos. Un seco crujido que persiste desgarra sus labios. Son los esclavos de la historia, los sometidos al látigo, a la fatiga. Los esclavizados en los reinos antiguos, en los feudos, en las plantaciones sureñas, en las fábricas modernas. Son los que se desangran sobre la tierra y el surco, los arados y las máquinas. 

 Pero la pareja, que se abraza para no caer, mira la altura. 

 Espera algo.

  Y en otro lugar de los círculos descubro al soldado que es todos los soldados, que conoció el miedo profundo, y sintió una serpiente grotesca que despedaza el cuerpo. Él también espera. 

 Y descubro al maestro que, con libros, lecturas o el recuerdo de la más sabia tradición, buscó elevar y fortalecer el espíritu de sus alumnos. 

 Él también espera. 

 Y descubro a un hombre sin brazos, al hombre de los pueblos, todos los pueblos masacrados, exterminados, humillados, despojados. Incapaces ya de acariciar el viento libre, el agua fresca, o el rostro del hijo. 

 Él también espera.

 Y descubro a una mujer extendida sobre la tierra, con las piernas abiertas. No piensa en el amor. Lo que recuerda no es una última noche de Eros. Lo que recuerda es el techo desplomado en la casa del hogar de los hijos, despedazados por los cañones o desintegrados por el fuego de las bombas incendiarias. Ella también ve el cielo. 

 Ella también espera.

 Y descubro al niño flagelado de heridas, que llega a los círculos. Detrás de sí trae a otros millones. Que han padecido la humillación, la explosión del exterminio estúpido. 

  Todos ven arriba.  

  Todos esperan. 

   Mientras la lluvia vuelva a empezar... 


 

MOBY DICK

...y el arpón grita el deseo de matar. Una nube quiere también caer y acribillar a la fugitiva. A Ella, al torbellino que asesina. La ballena. La ballena asesina de muchos marinos, y de la honra del capitán. Su pierna se separó de su destino, cuando la mandíbula salvaje del cetáceo cercenó su orgullo, y despedazó para siempre su sonrisa. La sonrisa del capitán Ahad.

 "¡Ahad! ¡Ahad!", gritan los marinos. Gritan Starbuck, Stubbs, Quiqueg. Y gritan las tablas de madera de los botes, y el agua que salpica los botes, y las cuerdas, y los arpones. La figura del barco que se empequeñece detrás. Nada hay que no aúlle; mientras el primer arpón se hunde en un costado del gigante blanco. Que nada con la velocidad de un rayo de tormenta. Una tormenta que ahora se repite. Pero que no desciende desde un cielo desencajado de ira, sino que asciende. Asciende desde la pasión espumosa del mar. 

 Cuando el nuevo grito acribilla el aire:

 ¡Ahad! ¡Ahad!

 Y el infinito blanco corre con agilidad de gacela, con vigor soberbio de tigre. Los botes saltan. Tiemblan. Imitan el vuelo de un halcón al ras del agua. 

 Los marinos ya no recuerdan sus nombres, sus deseos de larga vida. 

 Nada fue ni habrá.

 Sólo existe lo que es: el segundo que estalla, el corazón que truena, la sangre que mancha los gritos. 

  Y los nuevos arpones que se hunden en la carne. Sin explicación. En el cielo del siniestro blanco. Que se sumerge de nuevo. 

  Vuelve la calma...Una suave brisa acaricia el mar. Y el cielo y el océano se contemplan recíprocamente. Las gaviotas bailan sobre las barcazas que se mecen, suaves, sobre el sitio donde Ella recién regresó al abismo. Lejos, expectante, el barco se balancea. 

 El capitán ha convertido su grito en una furia silenciosa. En su mirada, hierven los volcanes. Y la espera no es pasiva espera. Los marinos sudan puñales hambrientos. Quizá hay temor. Pero, en los duros pescadores, el miedo sólo quiere matar lo que provoca el miedo.  

 El mar apenas ondula sus mejillas. La brisa y el vuelo de las gaviotas continúan. Se agranda el silencio que hipnotiza. Que adormece. Que confunde. Porque quiere hacer olvidar que desde el vientre de lo quieto, siempre puede renacer lo más salvaje que duerme en las profundidades. 

  Lo oculto ahora regresa. Porque la ballena vuelve. Y escupe sus carbones incandescentes de abismo. 

  Y corre de nuevo el gigante. El gran pez encoleriza, una vez más, a los marinos.  

 Con quirúrgica ira, los arpones taladran la piel blanca y extraña. Que ríe y desprecia a los pequeños cazadores. Pero algún respeto les concede el cetáceo, porque sospecha alguna nobleza en el cazador. Algo distinto a la posesión o la vanidad. Algo más grande, que el marino busca descubrir y comprender a través del pensamiento y el arpón.

  Y la lluvia de arpones abre la superficie de la divinidad ballena.

  Al buscar lo secreto, el secreto absorbe a su buscador. 

 Entre las cuerdas y los arroyos sangrientos abiertos por los arpones,