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   PROSAS POÉTICAS llI

  Por Esteban Ierardo


 

 

 
 

 

PROSAS POETICAS III (*)

 

Por Esteban Ierardo


LA AFIRMACIÓN

A propósito de la decisión nietzscheana por el eterno retorno

    Fue el día que esperaba. El día en el que ocurrió lo más deseado: la visita de un pensamiento. Con sus bigotes de azabache áspero que bordeaban sus labios, el seguidor de un dios griego recibió la mañana. Se alejó de la villa. Y caminó, no con las simples combinaciones de las piernas, no con la sucesión de una pisada tras otra. Caminó abierto a la música. 

   El que gustó llamarse el anticristo recorría la costa de un lago. El Silvaplana. "A 6.000 pies más allá del hombre y del tiempo". El agua colmaba la irregular y sumergida copa del lecho. Como un límpido espejo chino, la pureza del lago reflejaba los rizos de oro del día. 

  El caminante no quería pensar nada en particular. No buscaba analizar, horadar o auscultar. Su mente flotaba sobre las aguas, como un delicado barco a la deriva que esperaba una señal para encontrar la dirección hacia donde enfilar su proa. Y mucho sol, mucho viento bullían en su rostro acostumbrado a la voz de los arroyos, en húmedos campos solitarios.      

    Entonces, al caminante alerta le atrajo el contorno de unas montañas coronadas por unas blancas y puntiagudas cumbres, de duras rocas antiguas. Perplejo, observó que, tras las altas piedras, se asomaban las alas de un ave que le era conocida. El águila ascendió rápido. Volaba veloz, como si no quisiera demorarse en el anuncio de un mensaje, o en proclamar un nuevo reino sobre la tierra del  hielo y la hierba.

 Y la inspiración llegó, como la exhalación brusca de una musa gobernada por el dios creador de la vid, el dios dueño de las flautas hipnóticas y señor de las panteras. Y el rayo lanzó su grito ancestral, entre los ojos del pensador caminante. 

 El barco precario, versátil y receptivo, que se mecía sobre el lago, encontró su dirección. La proa sabía ya las costas donde vivía la tierra más bella.

 El pensamiento visitó al caminante.

 Ahora sabía que todo debe regresar. Y en la cubierta de una embarcación destinada a surcar tempestades de alta mar, debería componer himnos y discursos.

 Todo debía volver. Pero esta sentencia no era una revelación de hierro dogmático, o un supuesto libro divino. El eterno regreso no es una imposición. Es una pregunta que no pide una respuesta del intelecto. La respuesta es la que debe brotar del cuerpo sudoroso, de la sangre incendiada, de los hombros conmovidos por un gran peso. 

 Y de las aguas del lago emergió el dueño de la pregunta... El demonio que reía entre las sombras. El demonio que se burlaba del dios bueno, de aquel dios que promete el eterno jardín de un cielo sin relámpagos.

  Y el demonio le murmuró al pensador: 

- Junto al placer vive el dolor, el gran dolor. Y todo debe volver. Todo eternamente regresa. Entonces, volverá el dolor, y algunas esporádicas amapolas de placer. Entonces, ¿querrás que todo vuelva aunque vuelva el dolor? ¿No negarás el regreso de la vida al saber que todo debe regresar, con su placer y dolor? ¿Dirías sí a la vida a pesar de todo? Sólo se sabe lo que es un hombre al probarlo. Tengo que probarte. Tengo que saber... ¿Serás capaz de soportar el pensamiento más profundo...?

 El demonio calló. Volvió a sumergirse en las aguas.

 El discípulo de un dios griego, no vio ya al águila. El barco con hambre de tormentas desapareció. Dos días después, arrojó los remolinos de su cuerpo sobre una vieja cama, rodeaba por un escaso mobiliario; arriba, en el techo, se abrían unas grietas.

  El pensador sólo quería dormir. Quería aliviar la fatiga. Pues en sus hombros sentía estacas taladrantes y pesadas. La voz del único pensamiento, del pensamiento más profundo, lo llamaba desde cada árbol de los bosques cercanos, desde cada molino, desde cada rostro anónimo, desde las castigadas herraduras de los caballos, o las badajos de las campanas.

 Necesitaba descansar. Pero ya no había tiempo para evasivas y consuelos. El sudor mordía su cuello. Su habitación se anegaba con el vapor que descendía desde las grietas. No sabía si estaba despierto o si soñaba.

 ¿Pero soñaba?  

-¿Soñar...?- preguntó el demonio-. Cuando se ha despertado ya no hay diferencia entre la vigilia y el dormir. Todo es un único sueño donde no se puede dormir. Tú lo sabes...lo sabes.... 

  El demonio asomó su frente sulfurosa desde la hendidura del techo, y entonces preguntó: 

 - Ahora debes contestar la pregunta: ¿dirás sí a la vida a pesar de que el dolor siempre volverá?

   El pensador miraba al demonio con sus ojos colmados por largas noches de aforismos y pensamientos. Sus párpados adquirieron la pesadez de inmensas columnas de granito. Pero sus ojos se mantenían abiertos, mientras sentía el roce tenue de una niebla. Y el demonio continuó:

-No cerrarás tus ojos. Nunca más podrás cerrarlos. Aun dentro de tus párpados cerrados verás. Entonces contesta... contesta la pregunta...

 Y la hechicería del demonio inundó la niebla con múltiples escenas. Todas ellas deberían volver. Eternamente regresarían. Y el pensador, en su astronómica soledad, vio a un dios enfermo, cansado, amante del quejido, la culpa, el temor; y vio a los sacerdotes de ese dios que recitaban palabras sin emoción. Pregonaban el desprecio del cuerpo, exigían la renuncia a este mundo. Gritaban los peligros de la belleza, de los instintos, de la sensualidad. Gruñían contra el goce primario de la lluvia. En los diversos continentes, los acólitos del dios enfermo vomitaban su bilis, su resentimiento y cobardía. Todo aquello eternamente tendría que volver.

 Y el demonio no descansaba. Animó nuevas imágenes en la niebla. Entonces, los hombres-camellos avanzaron extenuados en un desierto. Sus ojos eligieron el polvo como cielo. Gozaban perversamente con el peso que arrastraban, y que los libraba de tener que decidir por cuenta propia. Imploraban un techo protector y eterno. Su deseo era la repetición de lo mismo. Un único candelabro que bendiga los días con una luz suave. Arañas y moscas eran aliadas del hombre-camello. O del último hombre. Las moscas zumbaban, y gozaban con lo que se pudría en paz; y los arácnidos tejían redes donde apresaban la flecha movida por el gran anhelo de alcanzar orillas distantes. 

   Todo aquello debía volver.

   El demonio hacía cabriolas  bajo el camastro desvencijado del pensador. Su magia era obstinada, tenaz, por lo que, en la niebla, animó nuevas presencias. Un hombre sedente fruncía el ceño. Recorría las hojas de unos libros. Leía selvas de palabras. Y escribía con hielo. La historia, con sus tambores de pasión y las sinfonías de terror, belleza y aventura, se disecaban en síntesis ordenadas. Los eruditos bajaban y subían por las escaleras y anaqueles de las bibliotecas. A veces presentían la furia del tigre, la procelosa voz del trueno, o el abismo de la noche sin historia. Pero necesitaban que los laberintos y selvas sean información. Conceptos claros y ordenados, alimentos para su triste ficción de una vida sin riesgos. Sin amenazas ni acantilados extraños. En su empresa contra el abismo y el misterio, los eruditos eran auxiliados por los sabios. Los discípulos de Parménides, los infantes del ejército cartesiano, que gustaban atacar las contradicciones inofensivas. Necesitaban que todo se incline ante la lógica. Sólo lo real es pensable. No querían saber que en las cuevas sobreviven dragones y salamandras. Sabios y eruditos roían los pilares del arco iris. Su faena enloquecida de información y lógica absoluta también tendría que volver. 

 El demonio disfrutaba de su tarea. Con su mano de azufre lanzó en la niebla la imagen de los autos de fe, la quema de brujas, las muchedumbres entregando su libertad a falsos profetas, profetas que vociferaban las bondades de la igualdad, el progreso, el mérito de una vida protegida. Allí o aquí, entre la niebla, se alzaba la cruz con un mortificado, las bibliotecas sin luna ni hierbas. Los conventos sin faunos. Las ciudades sin dioses ni ritos. Los oídos sin música. Ni éxtasis.

 Y todo aquello debía volver. Eternamente. 

 - Entonces, entonces...-gritó el demonio-. ¿Qué me contestas?

  Un silencio congeló el aire. La niebla se detuvo. El pensador parecía petrificado. Pero, luego, elevó una mano. La niebla rodeó su brazo como agua que gira en derredor del ojo de un torbellino. 

  Y con sus labios, con una voz firme, esculpió un monosílabo. 
  Una afirmación...


 

ALLÍ, ENTRE LOS GIRASOLES...

 

Siempre vuelve el sol. Y los girasoles siguen su sonrisa. También V. giró su cuello para perseguir la estrella diurna. Caminaba en el campo. Cerca de los girasoles. Los pastizales tersos de soles. Con algo de fatiga, V. llevaba el caballete, la caja con paletas, los potes de pintura. Y ese otro objeto que traía también, con un cañón, un gatillo, una boca de fuego...

 El día era diáfano. La cúpula celeste hospedaba algunas nubes. El resplandeciente oro solar se vertía sobre las cosas como un embriagante licor. Sobre una hoja de girasol deslizó sus dedos. Sintió primero la delgadez de la planta. Pero, rápido, sospechó un espesor replegado, una silente geología de misterios vegetales. ¿Con qué colores ha descendido el sol entre la savia y las finas nervaduras de las hojas? ¿Cuánto viento y días de agua y rayos ha absorbido el amarillo capullo de la planta?, se preguntaba V. 

 Sus yemas acariciaron otra planta que giraba. Luego, esparció en la paleta los primeros colores. Y, a espaldas de la pintura en preparación, revivió los días de su prédica evangélica. Era joven entonces. El cielo estaba allí, siempre altivo, radiante, distante. La tierra estaba allí, siempre cercana, sufriente. La mirada de V. se detuvo en los mineros y tejedores. En Bélgica, meditó largo tiempo en el dolor de los hombres condenados a descender a las minas. Los tejedores, y los infelices que horadaban el subsuelo, parecían sumidos en una frágil ensoñación, en un ensimismamiento donde quizá se refugiaban de los dardos que les arrojaba la adversidad. Los tejedores entretejían resignados los hilos de su tristeza, mientras V. creía en un dios del amor y la justicia. Sus palabras a los sometidos se inundaron de sentencias bíblicas. Le era grato en ese entonces el recuerdo de las virtudes de los santos. O las esperanzas de una redención eterna. Pero lo que vio V. era el sufrimiento. Que se estrellaba en grandes olas de angustia contra los farallones de su piel.

  Luego, marchó a la ciudad, al corazón del dragón de la modernidad para muchos: París. Entre sus calles, pensó que la imagen de un pintor o un escritor podían  invocar un don salvador con más firmeza, quizá, que la palabra bíblica. Pensó en Zola, en su Germinal. En la revolución de 1848. Y en la vocación innovadora de Coubert, que ya no pintaba dioses y héroes antiguos, sino el tráfago vertiginoso del hombre moderno. También le enardeció de júbilo la Escuela de Barbizon. Cuyos pintores habían renunciado a las comodidades urbanas, a la avidez de honores, premios, reconocimientos, exposiciones en prestigiosas galerías, para vivir en la austeridad rural, en la humildad y la adoración al arte y la naturaleza. A V. le fascinaba ante todo Millet, el hijo más influyente de la estética barbizoniana. El Millet que retrataba el solitario infierno de los campesinos. Los campesinos quebrando sus espaldas sobre los surcos de semillas y sudor. Los sembradores que sentían la áspera rugosidad de sus manos entre los campos, cubiertos por la bella y rubicunda cabellera del sol.

  En París, V. creyó que encontraría a otros que, lo mismo que él, quisieran pintar la agonía del humillado. Y la promesa de un nuevo rostro humano. Pero sólo conoció a pintores que le desagradaron como personas. En el aire parisino no halló ninguna brisa revolucionaria. La inmensa ciudad no era el molino de un nuevo viento. Era sólo el gigante que trituraba todo coraje renovador.

 Entonces el sol ya no le pareció la metáfora de una luz divina y redentora. Los días luminosos se transformaron en lluvias de fuego; en puñales de puntas incandescentes, en fuerzas para rasgar bordes. Para incendiar. Ablandar. Y golpear. Las formas cerradas. Pulsiones efervescentes para deformar. Y abrir. Los labios antes cerrados de las cosas. Para que expresen así una vida secreta. Dormida. Los filones de metales calientes y fluidos. Un color nuevo, que antes ningún ojo veía. V. comprendió que su pincel debía inyectar en el lienzo la luz liberadora, el fuego que deforma y expresa. 

 "¡Que se abran los labios de la materia! ¡Que las entrañas se expresen! ¡Que mi pincel incendie y libere! ¡Y que pinte el nuevo color!", esas parecían sus exclamaciones más frecuentes, mientras se removía sobre un vetusto camastro, entre cobertores raídos. Y cerca de las maderas de un piso desvencijado. 

  Y luego, en Arlés, el encuentro con Gauguin. El tal vez sería el hermano espiritual para la cruzada de un arte expresivo. Pero el fuego de V. era demasiado quemante, y el pintor, que luego exaltaría la Polinesia, no quería trasponer una línea quizás sin retorno. Entonces, con enojo y desesperación, V. quiso sacarlo de su indiferencia, y empujarlo hacia las llamas. Le regaló parte de su pasión. Una oreja para Gauguin. O una oreja quizá, para ofrendar y pedir auxilio a rabiosos dioses paganos. 

   Y V. escuchaba muchas voces. Observaba muchas llamas. Latía en valles amarillos, azules y verdes. Intuía que una gran fuerza quería expresarse y salir. Y le acompañaban las voces, los colores, y la conciencia de un destino, una misión. Pero nadie le acompañaba a él.

 El último consuelo era Theo, su hermano. Mas tampoco él comprendía. No veía otro color resbalando entre las cosas. Sólo sentía el deber familiar; por eso, ayudó a su hermano, pero con el desapasionamiento de las monedas, más que con el afecto. Nunca le tributó el auxilio que acaricia el corazón. Pero V. se empeñaba en enviarle cartas. Cartas para Theo. Cartas con sus comentarios sobre arte; y sobre las dudas, certezas y fantasmas que carcomían sus horas de reposo. En el fondo, V. se escribía a sí mismo. Porque el otro no era capaz de devolverte una palabra en su propio lenguaje. 

  Entonces, sabía que sólo queda salir afuera. Detrás, permanecían, mudos, el fervor evangélico de su juventud, los sueños de la revolución colectiva; y, detrás, quedaba disimulada, olvidada, la necesidad de la mujer, el deseo íntimo de alguna brisa de ternura.

 Y salió afuera. Si hay algún adentro, sólo es interioridad que demanda exterioridad. Todo debía salir afuera. Expresarse. Todo debía ser radiación quemante. Y V. hablaba y decía, con los labios que eran sus pinceles. Con palabras que eran sus pinceladas.

 Y pisas ahora, solo, de nuevo, la tierra de los girasoles y tulipanes calientes. Esparces, Vincent, en la paleta los primeros colores. Te restregas la frente bajo un cielo que suda flechas ardientes. Acomodas bien el caballete. Y ese objeto que traes también, con cañón, gatillo, la boca de fuego... 

   Y a través de ti, de tu labio-pincel, de tu palabra-pincelada-color, hablan los girasoles, los retratos, los paisajes, el Café de noche, los zapatos de campesinas en los que, después, un profundo filósofo creyó ver cifrado un nuevo mundo. 

  Y a través de ti habla la noche estrellada. Antes lo nocturno se encerraba dentro de su sombra. Pero ahora es tu noche. La que sale afuera. La noche no es menos fuego que el día. En el día, el sol salta y quema las formas. Mas la penumbra nocturna del espacio es atravesada por olas de fuego, por esferas fosforescente de estrellas. Así también es el reino de la materia. Mares ígneos, corrientes de  lava secreta. Que todo lo traspasan, incendian, transforman. Todo estalla y revive, en el transversal devenir del océano incandescente. Y tú pintas la noche, y la materia. Ígnea.

 Y mientras pintas, gritas. Pero nadie parece escuchar tu grito. Nadie parece escuchar la realidad que habla con tus colores incendiados. 

   Y corres, corres entre los girasoles, en el campo de los girasoles. Ellos sí escuchan, gozan, veneran las olas del sol secreto. Ellos sí escuchan tu grito, tu exaltación.

 Por eso corres muchos días y noches, rozando las sensibles plantas que entienden el lenguaje ígneo, el lenguaje que expresa lo velado.

  Y pintas. Corres. Gritas, Vincent. Pero nadie viene para acompañarte, para gritar contigo. ¿Nadie te escucha? ¿Nadie te ve? ¿Sólo te ve y escuchan los girasoles? Las plantas que celebran la materia en llamas.

 Demasiada soledad tal vez.

  Sí, Vincent, demasiada soledad tal vez...demasiada...

  Y, en este atardecer, los girasoles escuchan la boca enojada del rifle. La bala también grita contigo. Mientras se va tu sangre y tu aliento, mientras tu corazón aminora sus latidos.  

  Y, a pesar de todo, sonríes, Vincent. Porque un cuervo te calma, porque te asegura: ya has cumplido tu tarea.

 Ya puedas ir a nadar en paz. Entre los girasoles. En el mar soleado de la noche.

 


CIUDAD NOCTURNA

 Alguna vez, en remotas edades, voló un pájaro. Ningún rastro fósil quedó de su especie. Quizá, durante este vuelo nocturno que ahora realizo, en un veloz avión, pueda recordar algo de los días del ave prehistórica... 

   Entonces, en la atmósfera más pura de antaño, y con firmes alas más grandes que las del cóndor contemporáneo, el ave planeaba entre silbantes terciopelos de viento. Con un preciso vuelo descendente, capturaba a otros animales. Descansaba en picos de coronas blancas y rojizas. Se embriaga con la visión de selvas y bosques, mares y lagos. A través de un camino entre las montañas, escudriñaba la lenta marcha de los dinosaurios. La luz del día era la sacerdotisa que encendía lámparas de embrujo en el volumen ancho de la tierra. Y la fascinación no decrecía en los ojos del ave. Su exaltada contemplación duraba hasta la lenta agonía del sol en el ocaso. En su parsimoniosa caída, la corona solar iba descendiendo hacia la boca oscura del horizonte. 

  Entonces, nacía la noche. 

  El dominio del aire del pájaro, y su visión fascinada  de la diosa terrestre, se interrumpían. Ahora, se embelesaba con las estrellas que titilaban lejos. Sabía que no podría volar hasta ellas. A veces, lo arrobaba la luna.  Entonces, improvisaba algún himno para enaltecer a la diosa de plata. En un imaginario vuelo,  de tenues giros, acariciaba las caderas de la luna silenciosa. Y luego columbraba la amplitud que latía debajo de sus garras. Una cerrada negrura enmudecía la tierra. Los candelabros de la lujuriosa claridad de los mediodías yacían ocultos, dormidos. El ave extrañaba el resplandor del día. 

 En ocasiones, entrevía confusas visiones de un remoto tiempo futuro.

 Y el ave se reavivaba cuando volaba hacia las cimas, o cuando contemplaba el renacimiento del sol. Luego, siempre regresaba la noche. El oscuro dormir. El discreto embrujo de la luna. Y el regreso a esa rara percepción del futuro de la tierra, de sus esparcidos racimos de dolor...  

  Pero, una vez, el círculo de las repeticiones se detuvo cuando, con una ruda cabalgata de nubes relampagueantes, una tormenta colonizó las alturas. Dentro de la tempestad, el pájaro voló entre bruscos valles de viento. La tormenta repentinamente cesó. Los ojos del ave se enderezaron hacia abajo. Y, sin comprender, sin necesidad de entender, vio otro pájaro, que nunca había visto antes, de raros y homogéneos brillos plateados, de sólidas formas regulares, y carente de todo plumaje. Vio el avión, donde ahora vuelo sobre la ciudad nocturna, donde nos espera una pista de aterrizaje.  

   Vuelo ahora dentro de este triste pájaro de eficacia mecánica, huérfano de toda conciencia poética. Antes de la llegada de esta noche, contemplé las nubes. Reconocí en las nubes, grandes castillo de torres y almenas irregulares. Luego, el sol ahogó su luz, con su solemne parsimonia, en un cuello de oscuridad. Y en este instante, a través de la ventanilla, hacia arriba, veo las estrellas. Abajo, chispean las luces del gigante. La ciudad nocturna. 

 Falta poco para el aterrizaje. Boquiabierto, contemplo las fascinantes fosforescencias de neón. En esta noche no brilla la luna. Luego de su lenta agonía de luz, el disco de plata desapareció. Renacerá dentro de tres noches. Y no puedo evitar una nostalgia prehistórica. En la memoria de mi cuerpo, sobrevive la fascinación del gran pájaro antiguo. Entonces, imagino el poder de la mirada del ave lejana, cuyos ojos son más poderosos aún que los del águila. Con estos nuevos ojos, juego. Juego. Y observó alguna calle de la ciudad nocturna. Allí se asoma la cabeza de la serpiente de luz, el reptil profundo, que emerge de alguna alcantarilla, con algún secreto inefable. En sus escamas, el gran reptil contiene todas las luces de la urbe. La mano humana se cree la creadora de la gran polifonía lumínica de la urbe. Pero, presiento, la belleza de la serpiente luminosa sólo utiliza a los hombres para manifestar en la noche  un desconocido lenguaje de la tierra. Las luces de la ciudad nocturna ya no le pertenecen a los humanos. Son la emanación extraña de un atávico poder de lo terrestre. 

   La ciudad-serpiente habla quizá con las aguas de las canales y tubos subterráneos, con los líquidos que corren por cañerías y grifos. La ciudad nocturna, la de las muchas figuras y escamas de luz, iluminan una pintura, una mural o panel centelleante, que se brinda para deleite de los astros. Y anuncia que, en el nervio central de lo oscuro, la realidad es luz apabullante y secreta. 

  Y sobre la ciudad nocturna, contemplo humos y vapores, que nacen desde las ventanas, y los vanos de las puertas. Tal vez la vida íntima de los habitantes de la urbe emana efluvios, señales, sólo visibles desde lo alto. En cada edificio, afiebrado por centelleos de lámparas y carteles, se apoltronan millones de destinos. Sus deseos quebrados, sus angustias y secretos, quizá crean las columnas vaporosas que veo ascender, entre millares de torres iluminadas.

 Y sobre la ciudad nocturna no sólo veo. También escucho voces fugaces, discontinuas, murmullos quizá de generaciones pasadas que habitaron en su tiempo la urbe luminosa de la noche. Presiento que las voces claman por los sueños heridos, por las ambiciones nunca cumplidas. Pero también repiten sus momentos de plenitud, algún instante de alegría que, aunque fugaz, justifica toda una vida. 

   Y la serpiente se mueve, lentamente. Sigue surgiendo su cuerpo magnético desde las grietas y el abismo. Y libera otros susurros, demasiados profundos, demasiados sutiles, como para percibirlos y entenderlos.  

    Las turbinas vomitan su sonido sordo, su chillido áspero, que anuncia el descenso. El aterrizaje es preciso. La noche ya casi se extingue. El sol baña las cumbres de los edificios.

    El día derrama su luz salvaje.

  Abandono el aeropuerto. En un edificio céntrico, me espera mi celda de cemento. Las luces artificiales se apagan una vez más. De a poco, me reintegro al río del tumulto cotidiano, al bullicio de máquinas rodantes y peatones apresurados. Por una calle, camino con mi escaso equipaje, como un ciudadano moderno que regresa. Pero bajo las alcantarillas, presiento el aliento agazapado de un ser de escamas y luces. Y sobre un edificio, veo las alas abiertas... 

 


 

GUERRERO POETA

Guerrero poeta, ¿quién eres?

Sé que en una lluvia del paleolítico, participaste de la cacería del bisonte. Con los de tu tribu destrozaste al animal. Veneraste el alimento. Luego, había que regresar con las mujeres que esperaban en una cueva, en una montaña cercana. La lluvia seguía. Tus compañeros recordaban todavía la reciente caza, y entreveían una danza inminente. Dentro del cavernario seno de la diosa terrestre. Y tu danzabas, con los otros. Entre las contorsiones, pensabas, deseabas, un nuevo salto sobre el bisonte. Te veías en una futura arremetida, con los dientes salpicados de bilis colérica, con tu lanza que hundías en la carne excitada por tempestades. Y, siempre tras la última cacería, agradecías al animal caído, por haberse entregado. Y, bajo otra lluvia, contemplaste el vientre húmedo de las nubes. Tus labios se abrieron con suavidad. Para pronunciar, lentamente, con torpeza, con temor, pero con decisión, las palabras... las palabras... la poesía. 

 Y la tierra escuchó tus instintivos versos. De guerrero poeta.

 En la inminencia de la batalla con los romanos, desnudaste tu cuerpo. En tu piel hervían los coloridos tatuajes. Los colores de las figuras parecían traspasar tu piel para hundirse luego en la corriente rojiza de tus venas. En un lago próximo, un cisne blanco flotaba entre los cabellos rubicundos de un hada de los manantiales. A la distancia de una breve cabalgata, en el bosque, el dios Cernunos, de cabeza astada de ciervo, aferraba serpientes y protegía la savia de la madera. Tras un monte, dentro de un círculo de piedras, los druidas pronunciaban sentencias de poder para fraguar vientos favorables, jabalinas de aire penetrante para también combatir a los hijos de Roma. Y con los tuyos te fundiste, en un abigarrado puño de aullidos. Tú eras uno más dentro de la multitud de los guerreros, de los guerreros celtas, que gritaban desaforados, para prepararse para la batalla. Para intimidar al enemigo. Para olvidar la pequeña vida. Y no temer. Y correr, con desnudez enfurecida, contra la muralla de los escudos romanos.

  Y estalló, al fin, el trueno de la espada. La espada contra el escudo de las legiones. Contra el romano. Y rugió la tormenta de tajos, incisiones, regueros de sangre. Muchos caían. Con los labios inundados por la sangría letal. Muchos guerreros del grito celta, antes feroces, se desplomaban, ahora mudos, y formaban sanguinolentos montículos. Sobre los pies de los caídos se agitaban los estandartes del águila romana. Pero tú aún vivías. Sobrevivías,  derrumbado sobre una pila de cadáveres. El invasor de las ordenadas cohortes se alejó, ya complacido con su victoria. Con meticuloso dolor, caminaste entre los tuyos. Todavía sostenías tu espada. Te detuviste para contemplar a tus valientes hermanos desplomados. Querías abrazarlos. Querías recuperar sus espadas, para entregárselas, en un rito, al viento y al sol. Y tus palabras fluyeron. Inevitables. Pronunciaste tu oración pagana, en honor de tus parientes valientes. La inspiración céltica de tus labios hizo que todos ellos fueran un solo hombre. 

  Un solo guerrero poeta.

 ¿Quién eres, guerrero poeta?

  En las corrientes de la historia te has vestido de muchas formas. Entre almenas de castillos, torneos y colisiones de lanzas y armaduras, los caballeros del tiempo medieval tributaron fidelidad a sus señores, y a sí mismos. Los jinetes enfundados en relucientes corazas metálicas combatieron por el poder de sus feudos, por la intolerancia de la cruz, por sus propias ambiciones. Sólo en escasísimas ocasiones, lo sabes, caballero, combatiste por lo noble. Tú fuiste quizá sólo uno. Sólo uno que creía en la ética del coraje, en la fidelidad al señor, en la protección de los desamparados, en el amor idealizado de las cortes. Y en una tarde gris, combatiste con especial bravura. Viste demasiados ojos que se cerraron a la contemplación del sol. Te repugnó tantas vidas cegadas. Recordaste entonces a la mujer. Imaginaste que ella era un puente que, a través de la hierba y el arco iris, podía guiarte a mejores tierras. Aprendiste a arrodillarte ante ella. Descubriste el poder sutil de la poesía. Las palabras que nutren el deseo, y que imploran un cielo de pasión. 

   Subiste hasta los labios de la mujer. Por sus labios llegarías hasta un reino mejor, en el que podrías, al fin, lavar la sangre de tu armadura. Guerrero poeta.

 ¿Quién eres?

  Sé que cabalgaste en tu isla japonesa. Allí también lucías armaduras, y jurabas fidelidad absoluta a un Señor. Los ejércitos que encabezabas recorrían llanuras, o brotaban entre caminos de montañas, enjaezados entre cientos de estandartes, coloridas y ondulantes serpientes que bailaban en el viento. Un grito feroz siempre precedía el asalto contra el dragón rival. Con tu espada penetraste en la intimidad de muchos cuellos y entrañas. El preciso filo de tu sable ritual liberó muchas  cabezas de sus hombros. Nadie te pidió compasión. Los que sucumbieron ante ti agradecieron el don de una muerte ceremonial. Y cuando el cascabel de la ira se acallaba, la noche resplandecía como un vestido de perlas. Los arroyos cantaban para venerar a las rocas y los antepasados. Las montañas elevaban hacia el cielo las ofrendas de hombres y animales. En los bosques, los senderos tejían sus laberintos de misterio. Y dentro de la aldea, o cerca de los castillos, los cerezos susurraban sutiles versos. Encontrar un poema de una palabra dedicado a los árboles, te daría tanto honor como ganar mil batallas. 

 Por eso contemplaste y dibujaste el cerezo. 

 Lo escuchaste con humilde atención. Durante los días serenos o las jornadas de tormenta. Lo observaste, con tus ojos empapados con el licor soleado del verano, o con la espuma gélida del invierno. Nunca te entregó la palabra. Pero tu espíritu se embelleció en la escucha atenta. Guerrero poeta.

¿Quién eres?

  Sé que te vistes con muchas formas. Y te he visto en ocasiones con tu negra musculatura, junto a Shaka Sulu, en la lucha contra el invasor inglés. Demasiados de los tuyos cerraban sus labios en la lucha desigual, en la contienda de flechas y lanzas contra el frío trayecto de las balas. Tu padre, algunos de tus hijos, también callaron. Sus cuerpos imitaban la quietud de las piedras. 

 Tú sobreviviste. 

 Y en el atardecer, con la lluvia del dolor en los ojos, cantaste mientras el sol se ocultaba y muchas estrellas caminaban por largos senderos del cielo. Cantaste para que el espíritu se liberara del cuerpo abatido. Cantaste como guerrero poeta. Para que el espíritu viajará hasta la selva, hasta santuarios de arroyos y anchas hojas verdes. 

  ¿Quién eres, guerrero poeta?

   Sé que te vistes de muchas formas. A veces has sido misteriosamente elegido no para combatir de forma física, sino para entonar palabras líricas. Para combinar sonidos. Para tallar piedras, o unir líneas y colores. Tu lucidez está en la piel. Que ve y percibe. Siempre viste los espectros que viven en la ambición de poder, o en la fragilidad de los indefensos. Pero tu destino no es sólo percibir el horror o el engaño. Tu más alta tarea es quizá proteger la danza del girasol. Por eso sigues creando. Para alimentar la llama, que baila frente al labio partido de la insignificancia. Por eso, aunque tu tiempo sea fango, estupidez y miseria, no renunciarás al grito. Al grito creador que traspasa la tiniebla. 

  Porque eres guerrero y poeta.

 Sé que te vistes de muchas formas, guerrero poeta. A veces eres la madre que combate en el parir; y que, luego de vencer y alumbrar el fruto, compone una poesía de caricias en el hijo; a veces, eres el que socorre al que sufre. Eres el primero que batalla para dar medicina, consuelo, luces y caminos. 

 Sé que vistes de muchas formas, pero todas tus formas de existencia desconocen la renuncia. 
 Por eso sé que el desierto sin dioses crece. Pero no renunciarás.

El desprecio ante lo vivo multiplica sus disfraces. 

 La indiferencia por el misterio ríe en nuestro tiempo frívolo. Pero no renunciarás.

 El horror pretende gobernar sin peligros. Pero eres guerrero y poeta. 

 Por eso, no renunciarás. 

A sembrar en el fango.

 


 

  LA LLUVIA DE EROS

  

 Fue quizá cuando caía la lluvia sobre la hierba.

  Fue quizá cuando los dioses no habían abandonado todavía los árboles y las montañas.

 Quizá, cuando ningún poeta aún existía, los dioses y diosas bailaron sobre tapices de delicadas hebras amarillas. En la pureza de un  aire, desconocido ahora para el viento, la preciosa forma empezó a centellear. Pensamientos, himnos y palabras irrecuperables, tal vez, intervinieron  en la lenta gestación de la forma más exquisita y enigmática...

 En ningún momento amainó la lluvia mientras el poder secreto de las divinidades creaban aquella preciosa forma. Entonces, mientras la hierba recibía el grácil aliento del agua, la mujer se irguió, por primera vez, sobre la tierra humedecida.

 En barcos de proas cristalinas, Ella recorrió los mares. Los antiguos dioses movían los timones y las velas. Ella empezó a conocer. A conocer y escuchar. Escuchar es atender a lo que una cosa sabe antes de toda disección. Ella escuchó el licor secreto que destilan los cuerpos.  

  Nada hay que no sea un cuerpo vivo. Escuchar es también atender a la música del encuentro entre los cuerpos.

 Y Ella escuchó. Dentro de su propio cuerpo empezó a vivir lo escuchado. En su piel, en sus senos y caderas, escuchó: las olas y sus espumas, las danzas del viento, el resplandor luminoso del alba, las penumbras anudadas en el bosque, el zumbido de las abejas, el murmullo de los arroyos, una pequeña roca rodando por una ladera blanca.

 Dioses del mar  la guiaron a través de lechos marinos. Espíritus de aguas calurosas, la condujeron entre desiertos; espíritus protectores de los bosques la escoltaron en largas travesías entre los árboles. Un dios remoto del fuego la condujo a la boca humeante de los volcanes. Un dios del rayo le enseñó a contemplar el cielo, y a descifrar el lenguaje de las luces y rugidos de las tormentas. 

  Ella siempre escuchaba. Y lo escuchado se derramaba y fluía dentro de su cuerpo.

  Y Ella crecía. Era más vasta. La tenue luz inicial de sus ojos dejaba lugar al intenso brillo de una profunda mirada. En las noches, la luz de las estrellas se reflejaba en las convexas perlas de sus mejillas. La luna brillaba bajo sus párpados. 
   Cerca de una cueva umbrosa, emergió una divinidad. Sin rostro. Sin nombre. Que le enseñó que una serpiente extraña atraviesa la creación múltiple. Nada es sin misterio. Y Ella crecía como conciencia sensible del enigma. Y cerca de una montaña, le fue anunciado que poco faltaba para que naciera otro ser, destinado a acompañarla. 

 Y en un mediodía febril, Ella fue guiada hasta las selvas. Entre la frondosa vegetación, entre  el vértigo de hojas, ramas y piedras, escuchó la voz de diosas ocultas. Caminó largamente dentro del universo selvático. Aprendió a escuchar más. Pronto sintió que las polifonías del intrincado mundo vegetal ya no resonaban afuera. Por el contrario, ahora, las distintas sonoridades hormigueaban dentro sus órganos. Ahora, dentro de Ella, avanzaba la humilde procesión de los insectos, la numerosa familia de los animales selváticos, la compleja variedad de las especies arbóreas, los arroyos, la lengua ululante del viento. Y una gota. Rodaba suave. Sobre la piel de las serpientes.

 Y Ella cada vez escuchaba más. Más espacio había entre las calles de terciopelos de su piel. Y, una vez, sentada sobre una roca, con sus brazos aferrados a sus piernas y rodillas, contempló las estrellas. Meditó en lo que contemplaba. Y escuchó. Aún más. Percibió su conciencia del tiempo. 

  Y, desde una cueva, la voz de un dios forjador, dueño de las fraguas, le comunicó que muy poco faltaba para que naciera otro ser, destinado a acompañarla. 

   Ella regresó a los cuatro caminos del mundo. Recorrió las sendas cardinales del espacio. Escuchó el poder de la escucha. Todo lo que escuchaba vibraba dentro de Ella. 

 Y cuando Ella respiraba y exhalaba, las voces y sonidos se alejaban por un instante. Pero, al aspirar, los espacios volvían y refluían dentro de la viajera. Todas las formas y seres emanaban desde la mujer. Y regresaban luego a Ella. 

 Una vez, sus cabellos flotaban ondulados, como tersos estandartes. El viento acarició los senos turgentes y sabrosos de la mujer, sus caderas de finas ágatas talladas, las piernas vivaces como arenas quemantes.

  Y el cielo rápido se cubrió. De las alturas pendía la barba gris de las nubes. Las divinidades celestes reinventaron las gotas. El dios forjador, dueño de las fraguas, anunció el final de su tarea.

  Las divinidades, más antiguas que las de cualquier mitología conocida, se unieron en círculos. Empezaron a danzar, mientras la lluvia reía sobre la hierba. La hierba se partió en miríadas de grietas desde las que brotaban humos sulfurosos. En las hendiduras, voces extrañas murmuraban la llegada de la arrogancia, la estupidez, el olvido. El mal que ambiciona muchos rostros y ojos.  

 Ella, por primera vez, se posó sobre la tierra partida.

 El Forjador creó al fin a Eros. Eros llegó, con sus himnos sublimes, con sus manos y dedos de viento, para acariciarla a Ella, y a todo lo lejano. 

 Con su lluvia de excitaciones y penetraciones, Eros se adentró en el femenino misterio de cabelleras y caderas. 

  Y Ella consintió en crear, una y otra vez. 

 



HALCÓN AL ATARDECER

Allí, el reflejo arde en las hojas, o en el agua. Es la imagen del sol. Es la sombra del ser poderoso, que disminuye su furia. Para ser tolerado por los mortales. Sólo es tolerable vivir de espaldas a la vida. Aprovecharnos del sol, pero sin meditar en su incandescencia vital. Vivir entre corrientes y efectos, lejos de las fuentes. Así debemos existir, en nuestra  modernidad. Así vivimos. Pero no un ser que vuela alto...

  Quisiera ser tu destino, pero únicamente me es dado convertirme en tu testigo. No necesito, como un zoólogo, reconstruir tus hábitos y comprender tu sentido dentro de un ecosistema. Me basta con la imaginación para acompañarte. Y para entrever tu función poética. Puedo unirme con tu poesía. Para regresar a lo que ilumina. Sólo debo atender. Sentir tu vuelo.

 Contemplo los arreboles púrpuras del ocaso para imaginar tu vuelo. El vuelo del halcón. En el atardecer.

 No preciso la proximidad física. No necesito contemplar directamente tus alas que trepan escaleras del aire. 

 Y en el ocaso, camino en un parque de mi ciudad del sur. Y me concentro en las copas de los árboles. A través de tejidos de ramas y hojas, se cuelan retazos del crepúsculo. Entre las hendiduras del ramaje, presiento lentos círculos, a mediana altura, un planeo preparatorio, para tu futuro salto hacia el sol.

 Y recuerdo mi biblioteca. Durante largas retahílas de horas y días, me he resecado en la lectura. Al leer eclosionan hechos, historias, ideas. Y muchas veces ocasos. Quejidos. Lamentos de los pensadores modernos. Que gritan el poder absoluto del polvo. Una inteligencia sana, dicen, demandaría a la bestia humana el suicidio. Pero su cobardía le impide concluir con su propia mano su mentira. Entonces, sólo queda durar en el juego de las creencias, hasta la llegada al sepulcro. Hasta el consuelo final de las lápidas. Todo gime, entre las cascadas de cenizas, de una verdad que nunca fue. Muchas veces he escuchado ese quejido al leer las biblias seculares de la filosofía moderna. Vivimos sobre la flecha aplastada del deseo, se dice. La ilusión de un gran dios aúlla en los sótanos, se dice. En ninguna parte brilla un campanario hacia el que remontarse, se dice. No hay ninguna altura hacia la que subir. Las cumbres son una ficción del tedio.

  Y camino entre los árboles en la plaza. No olvido todavía los libros. Por eso, escucho el cascabel nihilista de este tiempo. Que con su imán quiere atraerlo todo hacia el polvo y el chillido. Pero el atardecer no es alcanzado por la pesadilla humana. Veo el final de la tarde. El sol levita ceñido por nubes naranjas. Un pintor extraño, sin rostro, parece pintar los colores y texturas de la atmósfera.  Y, allí, con suave decisión geométrica, hilvana el halcón nuevos círculos, antes de un salto entre nubes y viento.

 Camino yo también en círculos en derredor de la plaza. Observo un anillo de grandes carteles sobre vidrieras y paradas de ómnibus. Son las imágenes ingeniosas de la publicidad. La divinidad hipnótica en las calles modernas. El dios calidoscópico, sin marca del misterio y de los manantiales.

 Aunque aún subsiste la luz del día, algunos carteles encienden sus luces. El crepúsculo es ignorado por la luminiscencia de neón. Pero frente a los carteles, unos niños ríen. El imán que quiere polvo, ceniza, chillidos, se aviva cuando la luz diurna está a punto de extinguirse. Y este es el momento en que caigo sobre el césped de la plaza. Y, desde abajo, contemplo las ramas.

 Aún no muere la claridad diurna. Cerca, los niños no dejan de reír. Un nuevo color se agrega a una nube. El aire flota en un mar de brisas misteriosas. Y aún las luces de los carteles no ocultan el fondo de los ríos o todo el esférico rostro del planeta.  

    Y es el atardecer, halcón. Cuando vuelas alto.

    El viento es nuestro aliado. 

 


 

LA ESPERA DE MOZART

  Las paredes y los cristales se deleitaban con las vibraciones en el aire. El violín de Leopold creaba las sonoras olas de belleza. Sobre la alfombra, el niño jugaba no con juguetes, sino con imaginarias sílfides, alegres señoras que soplaban y brillaban sobre la cresta de los sonidos. Y el niño reía. Rodaba sobre la felpa suave. Sus labios se abrían en una sonrisa, capaz de aniquilar cualquier estaca de tristeza. 

 Y cuando algunas sonatas surgían del instrumento de Leopold, el niño agitaba los brazos, que se convertían en vivaces estandartes. En aquellos brazos, no se contoneaban imágenes heráldicas de casas reales, sino un violín. Un piano. El clavecín. El clarinete. La trompeta y el oboe. El teatro. La orquesta. La partitura y el sol de una alegría creadora.

 Y no muchos días de frío, nieve o cielo desnudo antes, Leopold había pronunciado por primera vez el nombre de su hijo: Johannes Wolfgangus Theophilius Mozart. Y otro día dijo nuevamente el nombre, con menos notas. Wolfgang, alemán, no latín. Y Amadeus, latín, no griego. Amadeus:  "El amor de Dios", en el decir de la Roma antigua.

 Amadeus. A Amadeus ya no le bastaba con sonreír, rodar, agitar sus brazos, jugar y escuchar. Ya había que decir. Muy pronto aprendió a hablar. Y pronto, a los tres años, empezó a estirar las piernas y a elevar sus diminutos talones para rozar las teclas del clavecín. No podía ver las teclas. Pero sí tocarlas. Recorrerlas. Y oprimirlas. Pero los sonidos eran desagradables, disonantes. No había que saltar con los dedos de una tecla hacia la siguiente. Había que dejar una intermedia sin tocar, entonces surgía un sonido agradable. Consonancia y disonancia. La música comenzaba. Y un año después ya era tiempo de tocar el violín. Y aún más...ya era el tiempo de asumir la responsabilidad de la composición y de ejecutar lo compuesto ante un público.

 Amadeus amaba a su madre. Escribió largas cartas para ella. Y jugaba con delectación con Nannerl, su hermana mayor. Para ella compuso un obsequio: un concierto paras dos pianos, para tocar juntos. Y a su padre lo veneraba. Y Leopold accedió a una demanda del niño. Amadeus quería un pequeño violín. Y lo tuvo. Leopold se lo obsequió. Y el violinista Wenzel, músico de la corte, con su colega Schatner, visitaron el hogar que Leopold sustentaba, para tocar un trío de violín. Wolfgang trajo también su diminuto instrumento de cuerdas. Su padre lo reprendió por la impertinencia. Pero tanto lloró el niño que se le concedió participar en la música colectiva. Mas con suaves acordes. No debía estorbar. Pero sus compases fueron perfectos, como las operaciones de las matemáticas que lo fascinaban. Y los tres viejos músicos lloraron. Lloraron ante un prodigio que se burlaba de lo imposible.

 Y cuando los seis años cincelaron su rostro sonriente, Leopold lo lanzó a la primera gira. Amadeus visitó Munich. Abandonó así, por primera vez, la Salzburgo que luego aborrecería. Tocó en un concierto ante el príncipe elector. El primer torrente de alabanzas humedeció sus labios. Y luego fue a Viena, el corazón del Sacro Imperio Romano Germánico, el lugar del trono imperial. El Emperador esperaba al niño prodigio en el salón real. A su lado, la emperatriz también esperaba. Amadeus vestía un traje de color lila, de seda; y a guisa de fúlgido ornato, gruesos botones de oro recorrían  su prenda exquisita. ¿Pero para qué tanta pompa? El niño entró con desinhibida naturalidad. Y allí estaba ella, con su gran vestido de tersos y ondulantes pliegues. Y Amadeus corrió hacia ella. Hacia la emperatriz. Su cuello era suave. Y la abrazó. La besó.  Como a la madre de una familia imperial a la que nunca pertenecería. Y tocó para la dinastía de mucho poder, y pocos méritos. Todos aplaudieron deslumbrados. Amadeus le pidió entonces al Emperador que enviara al maestro de capilla, a Wagenseil. Y con la espontaneidad de lo que desconoce etiquetas y parsimonias, el niño le solicitó a su colega: "Señor, voy a tocar uno de sus conciertos, tenga usted la bondad de voltearme las hojas".

   En el Palacio real de Schombrum se acostumbraron a su presencia alegre y vivaz. El emperador jugaba a su manera proponiéndole problemas musicales. Amadeus los resolvía fácilmente para ir luego a jugar con los otros niños y niñas de su edad. ¿Pero cuál era su verdadera edad? Y en el jardín real pisó en falso y sufrió una caída. La oportunidad no fue desperdiciada por sus compañeros de juego para burlarse de él a mandíbula batiente. Sólo ella lo ayudó: la que sería después reina de Francia y conocería el filo preciso de la gran navaja lanzada desde lo alto sobre su cuello. Maria Antonieta. El niño le agradeció con efusión su protección. Y le aseguró que, cuando fuera grande, se casaría con ella. Pero Amadeus ya era grande. Por eso, en su segunda gira, de 1763, le aclamaron con más frenesí que en su primera visita. Viajó entonces con un carruaje festoneado de oropeles, y desparramó su cuerpo infantil sobre las camas de lujosos hoteles. Y en sus oídos fluyó el bálsamo de los aplausos que recibió nuevamente en Munich, y en Ausburgo, Maguncia, Mannheim, Coblenza, Colonia, Aquisgrán, Bruselas. Y Paris. La ciudad siempre ensoberbecida. Allí volaron hacia la historia sus primeras cuatro sonatas. Y luego Londres. Allí, Wolfgang se apeó de un carruaje. Caminó entre mucha niebla y flema. Con una típica sorpresa, los nobles cortesanos escucharon al niño genial. Jorge III y la reina Sofía Carlota de Mecklemburgo habían escuchado antes, con placer, a Juan Cristian Bach, hijo menor del inspirado vienés del órgano y las cantatas. Bach le propuso al visitante algunas encrucijadas musicales. Que Wolfgang resolvió sin tardanzas. Y con el descendiente del creador de El oratorio de San Mateo lo unió una viva amistad. Se sentaba sobre sus rodillas, ante un clavecín; y, juntos, improvisaban y disfrutaban de las composiciones espontáneas. El niño acompañaba y seguía el vuelo del maestro, y, acaso, lo superaba. 

  Amadeus abandonó la isla de los grandes poetas y piratas y, otra vez en su tierra natal, en camino a Salzburgo, nuevos laureles le llovieron en Dijon, Berna, Zurich, Ulm.

    En Viena, la viruela arañó su fragilidad infantil. Un estrago momentáneo. Después, el Emperador en persona le encargó una ópera. La finta semplice ya no era un espectáculo de inocente magia musical. Ahora, sus ambiciones crecieron. Ya pretendía navegar en el mismo barco de gloria de los grandes compositores. Entonces, sus dedos empezaron a empaparse con un primer veneno: la envidia. Todos alegaron que la obra íntegra no podría haber nacido de un niño. Su padre, Leopold, la escribió para urdir la patraña. Así la hostilidad frustró la representación de su canto operístico bautismal. Pero aquello sólo fue una distracción mientras el fuego del joven dragón creador crecía. Y entre sus llamas alegres, brotaron la ópera Sebastian y Sebastiana, una misa solemne, un concierto para trompeta, una sinfonía en re menor.

  En el aire que respiraba Wolfgang estaba la música. En las corrientes vitales de su sangre, estaba la música. En largos cabellos de los que se enorgullecía y que empolvaba a la usanza de la época, estaba la música. Su presencia era música, con forma humana. Pero su condición de sinfonía encarnada debía convivir con la conquista amarga de la subsistencia. La cruz triste de los despojados de la riqueza hereditaria y los privilegios  de cuna. Entonces, la salvación podría ser algún cargo de maestro de capilla tal vez. Ese nombramiento le confirió el Arzobispo de Salzburgo, en 1769. Bajo esta dignidad, Wolfgang compuso pequeñas piezas diversas, un Tedeum, dos misas. Pero el estipendio de su cargo no era generoso. Nunca sus escasos cargos consiguieron liberarlo de la inseguridad material. Pero aún  era tiempo de la precocidad triunfante, el tiempo de exhibir la corona dispuesta sobre su cabeza por las musas. Por eso, había que difundir en la bella Italia la maravilla de su prodigio infantil. Entonces, acaso el niño se sintió un pequeño dios que regresaba de las pérdidas eras paganas cuando los romanos recibían a sus generales con el máximo júbilo. En Verona, Mantúa, Florencia, Roma, Nápoles, Milán, su presencia encendió las antorchas de la devoción popular. Entonces, las academias celebraron el honor de recibirle. Los poetas lo exaltaron con sus versos, y medallas destinadas a la inmortalidad estampaban su imagen. Y, para coronar tanto entusiasta delirio, Amadeus visitó la Capilla Sixtina. Acaso sólo sabía el nombre del angustiado artista obrero que durante cuatro años tendió su espalda dolorida sobre un tablón para pintar esas imágenes semidesnudas, de santos y héroes cristianos emperifollados en aires paganos. Y allí, bajo los frescos sublimes, un coro entonó el Miserere de Allegri. El niño escuchó. Luego escribió la composición sacra de manera completa y perfecta, sin dudas ni esfuerzo. El Papa Clemente XIV se enteró del nuevo prodigio. Recibió a Wolfgang. Y se consumó la rutina ya conocida. Una gentileza obligada: el niño tocó para su anfitrión. Lo obligó al asombro. Y el Papa inundó de elogios al concertista, y le confirió el pomposo título de "caballero de la espuela de oro".

 Y en Milán, la ciudad del Duomo, la Catedral que pretendía rozar la cima celeste, sonó Mitridate, la ópera que durante veinte noches consecutivas cosechó un éxito estruendoso. En la urbe lombarda, Amadeus  también estrenó Lucio Silla, otra ópera; otras composiciones que se agregaban a las crecientes composiciones. Casi todo el tiempo del niño era para la creación. Acción delicada que a muchos otros creadores los extenuaba. Pero a él, el incremento de la actividad creativa lo embriagaba. Era como jugar y divertirse. Y la alegría no necesita descansar.

 Y Segismundo, el arzobispo de Salzburgo murió, igual que cualquier hoja otoñal. Pero el boato institucional demandaba una alabanza. Un recuerdo musical. Para ese recuerdo Wolfgang compuso la cantata El sueño de Escipión. Y llegó otro para ocupar la silla arzobispal, ese sitial de tanto lujo y ceremoniales: Jerónimo Colloredo. Su mirada era más dura que la de su predecesor. Los placeres musicales no morigeraban su adustez. No tuvo condescendencias para el niño prodigio. Su trato distante le recordó que, al fin de cuentas, aun el más exitoso músico de su época era un sirviente, alguien que, en áureos platos de sonidos servía musicales manjares para el paladar auditivo de la realeza, la corte y las jerarquías del clero. Un sirviente que, al crecer, perdió el frescor y la sorpresa de la genialidad infantil.

 El recuerdo de las hazañas infantiles de Amadeus empezó a desvanecerse. Era un músico estimado,  pero que estaba lejos de recibir una copiosa estimación, como antes. De vuelta había que pensar en los cargos...los cargos. Pero en 1781, hastiado de Salzburgo y del arzobispo renunció a su anterior nombramiento. Entonces, acudió al elector de Munich. Le propuso escribir cuatro operas por año y tocar todos los días por un estipendio discreto de sólo 500 florines. Pero una negativa fue la respuesta, y el recuerdo de que no era ya el centro del universo. No se podía contratarlo porque carecía del suficiente renombre de músico serio. Lo mismo se le dijo en Augsburgo y en Mannheim.

 Los laureles y las rosas se marchitaron. Ahora sólo quedaba avanzar en territorios anfractuosos. Pero si el ahora joven Amadeus tuviera una compañera, quizá tuviera más bríos para saltar vacíos. Entonces, se casó con Constanza Weber. Quería a su hermana, Aloysia, pero ésta entregó sus dones a otro pretendiente. Así que Amadeus se armó de resignación. Constanza no era muy bella, ella nunca entendió su arte. No podía acompañarlo en sus vuelos. Pero le amaba con el poder de la simplicidad. Y soportó la falta de fortuna. Le acompañó en los teatros, en la alcoba y en la inseguridad dentro de las paredes domésticas.

 También en 1781, el Emperador volvió a honrarlo con el encargo de una nueva ópera: Un Rapto en el Serallo. El público y el rey no fueron  muy efusivos esta vez. José II intentó aclararle el motivo de la frialdad: "Es demasiado hermosa para nuestros oídos, verdaderamente encuentro que hay demasiadas notas". Una vez, a Paganini le pidieron la repetición de una inspirada improvisación. Y el genial violinista contestó: "Paganini no repite ". Y Amadeus, por su parte, con una mezcla de sumisión y jactancia, le replicó al Rey: "Exactamente no hay más notas que las necesarias". Pero, pronto, olvidó la Viena glacial gracias al aplauso de Praga ante sus Bodas de Fígaro. Los hijos de la bella ciudad checa, que luego crearía a un escritor de laberintos y perplejidades, celebró a Wolfgang como maestro supremo.

 En los teatros, en las ocasiones más afortunadas, Amadeus fue semidios, hacedor de pequeños milagros, dispensador de sabrosos banquetes musicales. En los teatros, a veces, podía ser venerado e idealizado desde una admirativa distancia, por el afecto del público. Pero, allí, no había hermandad. La pertenencia a una comunidad de valores y símbolos compartidos. Entonces, Leopold le habló a su hijo de una logia, de una hermandad que profesaba la tradición del compás y el martillo. Su solo nombre mitigaba la angustia: La esperanza coronada. Una corona para una espera, una espera...

  Y dentro del templo reinaba el silencio. Las antorchas del brillo que penetraban la oscuridad. Los hermanos escuchaban. Y pronunciaban el juramento: "Hacer el bien, mitigar las angustias de la humanidad, difundir la luz y disminuir el odio entre los hombres". Y Amadeus recorrió una cámara oscura. Meditó allí en un gran arquitecto. Y juró, y sonrió por el aroma de una hermandad recién conseguida.

  Y Wolfgang frecuentó las calles de Viena. Sobre los techos, o a través de las nubes ligeras,  reverberara la luz de día. La lujuria solar se derramaba sobre los campanarios, las fachadas, las ventanas y los cuerpos. Invisibles ángeles, de un fulgor quemante en los ojos, giraban alrededor de  la piel frágil de los humanos. Pero entre lo luz de lo angélico y lo solar, siempre llegaba la muerte para quebrar el cuello del resplandor. Tras su apariencia risueña, Wolfgang aprendió a pensar, sin temor, en la guadaña mortal. En una carta, le aseguraba a su padre que no pasaba día sin recordar los dientes fríos de la muerte acercándose a su yugular indefensa. Por eso, entendió el raro don de pertenecer al mundo de los vivos; por eso, agradecía: "Doy gracias a mi creador todos los días".

 Con el sol y cielo brillando sobre una calle nevada de Viena, Amadeus escuchaba la música. Siempre y en todas partes la escuchaba. Y escuchaba y escribía lo escuchado en las partituras intangibles de la mente. Y luego no escribía sobre los pentagramas, como algunos creían. Sólo transcribía lo que le fue dictado. La borradura en la corrección es signo de un error o una vacilación. Pero Amadeus no dudaba sobre la combinación acertada de notas. Clara y nítida era la voz de las musas en sus tímpanos, como la lengua del sol que arde sobre la nieve. En la máxima luz, sospechamos la máxima claridad.  ¿Y qué claridad brilla en la más potente claridad musical? 

 En una pesadilla, o en una imagen repentina, apareció ante Wolfgang, por primera vez, un misterioso hombre vestido de negro, que ocultaba algo, algo digno de una larga espera... Y Amadeus comenzó la espera. Y esperaba ya cuando compuso sinfonías, como la Sinfonía 41; óperas, como la dedicada a Don Juan; cantatas, conciertos. Como el magistral concierto para clarinete. 

   Y en la ronda de las fiestas y las danzas, Wolfgang bailaba como un antiguo bailarín embelesado por Dioniso. 

 Y fue a Praga para crear otra ópera. Una noche faltaba para el estreno, y la obertura todavía no tenía sus partituras. Wolfgang bailaba. reía. Bailaba. Y el empresario que costeaba los gastos del gran evento sudaba, alterado. Nervioso, irrumpió en medio de la danza. Le preguntó al músico dónde estaba la obertura. "¡No se preocupe! ¡Aquí la tengo...aquí la tengo...!", contestó Amadeus entre saltos y contorsiones, mientras señalaba su frente. La pregunta se repitió. La respuesta también. Y llegó la advertencia: "Sí, mi querido Mozart, pero los músicos no pueden leer allí". Finalmente, la rígida realidad del deber y los relojes le hizo comprender. Despidió a los danzarines. Se marchó a escribir, es decir, a transcribir lo ya escrito en él por las manos divinas. Y comenzó a colmar los pentagramas de notas. Le pidió a Constanza café para soportar las mordeduras de Morfeo, el dios del sueño. Ya a las cinco de la mañana, el cansancio lo estrangulaba. Pidió a su fiel esposa un descanso de sólo quince minutos. Y tan profundo fue su sueño que Constanza no quiso despertarlo. Pero luego entreabrió sus ojos fatigados. Cuando el reloj indicaba las ocho la partitura estaba terminada. Pero faltaban las copias para cada instrumento. Las cinco era la hora señalada para el inicio de la función. Recién luego de una hora, la esperada escritura musical se distribuía en los atriles de la orquesta. El nerviosismo mordía el cuello del compositor, estaba empapado de sudor. Salió entonces para dirigir la gran obertura. Los músicos deberían leer a primera vista las combinaciones sonoras de una obra nunca antes escuchada. Y la ópera nació. Y al final estalló la ovación: "¡Bravo! ¡Bravo! ¡ Viva el maestro!".

 En Praga, de nuevo, un instante efímero de gloria. Más que al músico, los espectadores enardecidos celebraban la música. La música grande. Cuyos mensajeros, muchas veces, podían temblar en el frío y la pobreza. Y la pobreza era la persistente sombra de un cuervo sobre la piel sensible del creador de la sinfonía Júpiter.  En 1787, Amadeus recibió el nombramiento de compositor de corte. La retribución: 8000 florines anuales. Pero no era suficiente para ahuyentar los demonios que rasguñaban sus hombros. Privaciones y deudas. Deudas que convirtieron a Wolfgang en centro de las demandas de acreedores chacales. Por eso quizá, en una carta a su prestamista Puchberg, confesó: "Para mí todo es frío como el hielo". A veces, no tenía dinero para comprar leña en los hostiles inviernos; y, muchas veces, el casero lo apremiaba para el pago de la renta. Entonces, no encontraba otra forma de pago que la entrega de alguna bella y rápida composición. Varios de sus hijos no pudieron sobrevivir. Las intrigas de quienes envidiaban su talento también carcomían sus pies. Pero Wolfgang siempre bailaba. Sonreía. Irradiaba una generosidad y alegría que muchos confundían con una despreocupación; no advertían así la gravedad y urgencia de sus necesidades. A pesar de los cargos, su subsistencia dependía del  trabajo independiente de los encargos, y el dictado de clases.

  Pero, bailar y jugar eran un bálsamo. Amadeus amaba las cartas, el billar, los bolos, la esgrima, el andar a caballo. Le complacía también el afecto de los animales. Perros, gatos, aves, y aquel pájaro estornino que, convertido en su mascota, canto la melodía de su concierto para piano 17.

 Mas su gran juego siempre era la composición. Primero, inhalaba el aire milagroso y, después, exhalaba las nuevas notas. Las composiciones se sumaban. Crecían. Superaron los seis centenares. Las obras de Wolfgang eran de estilo clásico, ese estilo en el que fulguró junto con su amigo Haydn. Haydn, generoso también, le reconoció como el máximo compositor de su época. Y en sus composiciones se enzarzaban, en un placentero matrimonio sonoro, las melodías del estilo italiano y el contrapunto germánico. En la imaginación mozartiana bullía el oleaje incansable del mar.  

Y las húmedas composiciones bañaban un túnel de paredes claras. ¿Pero la claridad debe tener un centro, un lugar donde cada cosa sea afirmación de alguna perfección? ¿Las melodías de Amadeus brillaban en torno al centro de la claridad perfecta? ¿Qué música surgiría allí? Las dagas que vomita el tiempo acaso eclipsan esa claridad. Un eclipse oscuro como el color del  hombre arropado de homogéneo y estricto negro...

 Y el príncipe Tamino, amaba a Pamina, y a la sabiduría. Y necesitaba de la música. Elvej, un hermano del compás y la escuadra, le entregó a Wolfgang el libreto para La flauta mágica, en 1791. Ya poco tiempo quedaba para el río de las composiciones. Amadeus le dio la música a la obra.    

    El príncipe, el héroe, no retrocedió dentro del vientre misterioso de la verdad. Y Papageno, su compañero, sólo quería cazar pájaros domesticables. Únicamente aspiraba a una papagena. Y aunque fueran temperamentos distintos, ambos compartieron el camino, entre las pruebas difíciles, hacia un elevado conocimiento dentro del templo de Sarastro.

  El público estalló en aclamaciones al concluir el difícil vuelo hacia la sabiduría. Wolfgang saludó a la multitud, con su sonrisa juvenil. Los aplausos y urras frotaban el aire enardecido de la sala. Sembraban por doquier colmenas llameantes. Y luciérnagas claras, fosforescentes, como la música de Amadeus. Aquella claridad, ¿giraba en torno al centro, era anuncio de la música de la perfecta claridad? ¿Qué música secreta sería aquella?  ¿Los hermanos de la logia del músico sabían algo de esa música? ¿Era suficiente para ocultar el sonoro centro secreto un hombre vestido de negro? 

   Ese hombre que caminaba en todo tiempo, que camina ahora por una calle de Viena. Ese hombre, vestido de negro, se detiene en el lugar correcto. Sube por las escaleras. Golpea la puerta. Pocos después, Mozart atiende al llamado. El recién llegado se anuncia como un mensajero. Dice venir de parte del Conde de Walsseg. Eso dicen los biógrafos mozartianos, eso siempre creyeron. Pero Mozart entiende... El misterioso mensajero le comunica su última misión. Una Misa de Réquiem. Una música de difuntos. La música para un gran tránsito. 

  Y las enfermedades y la pobreza son muchas veces aliadas. Más de veinte dolencias acosan a Wolfgang. Una de ellas lo obliga al reposo. Y en medio del enfermizo descanso, para cumplir su misión, debió entregarse a una concentración definitiva.

  En el bosque de las hojas, los búhos y lobos absorben el aire. La luz cumple su tiempo. Y aparece luego la sombra. Pero la sombra se corre. Y en la sombra todo sucesivamente se acercaba, se agrandaba. Y la sombra la habitaba el mensajero misterioso que vuelve para reclamar la obra. Mozart desfallece en su lecho. Cerca, sufre Constanza. Y acude con frecuencia Süsmayer, el discípulo ayudante que auxilia a su maestro para acelerar la escultura de los sonidos solemnes. Y el Réquiem crece. Para cantarle a los muertos, Wolfgang siente que debe elevarse sobre hileras inacabables de lápidas. Y volar luego en las alas de un coro angélico, para ver las serpientes de dolor zigzagueando sobre la tierra. Desde el vuelo coral, el músico convaleciente observa que el llanto y el pánico son tajos hirientes en el costado de un león. Que sigue, no obstante, rugiendo con alegría. Por eso, el júbilo está cerca del ocaso y el sepulcro. Y la voz del réquiem recorre escaleras de nieve dorada, que siempre ascienden hacia altas cumbres.

  Debajo de la sonrisa del músico, las serpientes riegan más veneno. La enfermedad oscurece más su sangre. La sombra se expande. Por ella vuelve y camina el mensajero vestido de negro. Que pregunta, una vez más, por la obra en marcha. "Dentro de poco terminaré...terminaré...", musita el convaleciente, mientras le confiesa a Constanza: "Ya tengo el sabor de la muerte en la boca, la siento cerca".

 Y el réquiem sube. Sube. La música sacra se eleva y aleja de las pequeñas lápidas y las cruces de la agonía. Y el músico sobrevuela los cementerios, las generaciones olvidadas de los muertos. Y en el vuelo ascendente del réquiem se le revela la Lacrimosa, el canto bello y lúgubre. Las plumas de la canción rozan la frente del compositor, mientras le rodean sus amigos. A ellos les propone que le acompañen, que canten con él  la canción de la compasión. Pero en medio del canto, la emoción desborda sus pupilas. Mozart llora. Llora. Y los humildes de Viena, los cortesanos, los clérigos, el rey, caen en la sombra. Y soplan más los vientos. Golpean las ventanas de su cuarto. Las culebras de la enfermedad zigzaguean con libertad dentro del compositor. 

 Y tus ojos, Wolfgang, escrutan un lugar alto, lejano. El réquiem, con forma de águila, suelta sus últimas plumas. Una claridad extraña brilla sobre el ave. Y recuerdas tu espera. La larga espera. La claridad dentro de lo claro. La sospecha de una música distinta, superior, oculta en un centro...

Y le entregas las últimas indicaciones a Süsmayer para completar la música. Constanza, tu hermana Sofía y Süsmayer están arrodillados junto a tu lecho.

  Ya no hay ninguna lápida bajo las alas del réquiem.

  Y la sombra se corre. Desde el centro claro llega un canto. Perfecto. 
 Y sonríes, Amadeus. Porque ahora empieza la música.

 


 

SIETES VARIACIONES DE LA CARGA ESCOCESA EN WATERLOO

 I

Fue un día distinto. Ella caminaba con algo más de dificultad. El lugar con el alimento parecía mucho más alejado que de costumbre. Algo nuevo le impedía avanzar tranquilamente. En muchas jornadas anteriores de travesía por el campo, nada le evitaba arrastrarse hacia lo que le aseguraba la supervivencia. Pero, hoy, el cielo de los muchos dioses creadores de hojas y madrigueras era surcado por extrañísimas, veloces y rectilíneas centellas. Sobre la tierra, rodaban pesados puños silbantes. Cerca, muy cerca, en una peligrosa proximidad, unas sombras negras irrumpieron repentinamente en el aire. Luego de elevarse, las sombras cayeron, con fulmínea violencia. Y aplastaron hierbas, pastizales, retazos de suelos planos y ondulantes. Las colinas ondulantes abundaban por aquí. Y en este tiempo tenso, nunca antes conocido por ella, pasaban con más virulencia las presencias extrañas. Las centellas chispeantes perforaban la atmósfera. Las sombras aplastantes aparecían y caían con más frecuencia. Los truenos chillaban y saltaban en un vendaval ensordecedor. Y ella no entendía. Seguía arrastrando el alimento que un dios lejano le había destinado para este día. Ella creía que pronto terminaría el tembladeral sofocante. Era necesario avanzar sin pensar ni detenerse. Y la tormenta que rodaba sobre la hierba bramaba con voz más acerada. Sobre el cutis terroso de la colina ella percibió un nuevo sonido. Un siseo constante. Era acaso el lenguaje de uno de los dioses, antes remotos, que ahora venían, con rudo paso, para traer alguna revelación, acaso para anunciar el final de la fatigosa necesidad de tener que apresar y arrastrar el alimento todos los días. Y entonces el zumbido taladrante, que martilleaba la tierra, era más nítido. Era el crujido de una rama que se partía. O eran rocas que se atropellaban en su rodar cuesta abajo por una ladera. Y ella no perdía la fe. Creía que pronto estaría en su hogar, con su pueblo, con la comida fresca. O tal vez con la primera visión del dios, antes sin rostro, que ahora distribuiría alimento abundante y los liberaría del trabajo.

 Y entonces la centellea de la bala pasó silbante. Perforó el aire y el cuello de un jinete escocés que gritaba: "¡Scotland for ever!". Y cayó el jinete, con su caballo, sobre la hormiga que, en una colina de Waterloo, soltó la hoja que arrastraba. Sin siquiera poder comprender. 

II

  La orden llegó. Mackintire desenvainó la espada. La orden no era un mandato. Era el placer esperado por los jinetes de las casacas rojas, y por el acero cortante de sus espadas, que deseaba cortar las gargantas que gritan el nombre de Napoleón.

Oscuramente los caballos, algunos de ellos, entendieron quizá la necesidad de embestir, de olvidar todo temor a fuerza de aullidos y estampidas. Entonces, regalaron vértigo, velocidad y relinchos, para llevar a Mackintire hacia el cuello de los galos. El escocés y su sable se extendieron en una borracha tensión hacia adelante. Hincaba sus espuelas en el vientre enajenado de un dragón. Y gritaba, junto con otros hijos de la Escocia nativa. No muy lejos venían otros, de su mismo ejército. Pero que eran otros... Eran ingleses de la caballería pesada. Alucinados en la misma carga. Con la misma voluntad de perforar. Destrozar. Cegar. Embestir. A la infantería enemiga. Escoceses e ingleses tallaban una alfombra violenta, por la que silbaba la jabalina quemante de los caballos. A ambos lados, nacían montículos de cadáveres. Y se acercaban al corazón de la fuerza enemiga. Pero la nueva orden llegó. Detenerse. Volver. 

 ¿Pero para qué retroceder? Mackintire veía, tan cerca, el corazón del poder francés. Por eso, por nada debía detenerse ahora el grito y la embestida. Y mucho menos por la orden de un inglés... un inglés... los ingleses... Culloden.. 

  Aun en medio la de la furia Mackintire recordó a su abuelo. Recordó como éste farfullaba antes de morir en el campo de Culloden. ¡Culloden! Los ingleses habían invadido las tierras altas de Escocia. Jorge II Hannover gobernaba. Y los estuardos, Carlos Eduardo Estuardo, príncipe, hijo de Jacobo Eduardo, hijo éste a su vez de Jacobo II, quería el trono. Los clanes de las tierras altas, los highlanders, querían el trono para Carlos Eduardo. Para humillar al inglés. Y para embriagarse con una vida rústica y libre de la flema del inglés. Del odiado inglés que trepó el norte escocés con sus soldados de pulcro vestuario que, bien alimentados, bien armados, se dispusieron en la planicie de Culloden. ¡Culloden! ¡ Culloden! Allí el inglés derrotó primero al ancestro escocés. Y luego lo vejó. Lo mató aún herido. Lo persiguió hasta refugios de montañas y bosques, para silenciar su corazón con una bala o una bayoneta asesina. 

Y Mackintire cabalgaba ahora con el inglés. Aullaba y demandaba el honor de la victoria junto a la Inglaterra opresora, que tanto humilló al irlandés, al galés y el escocés. Y el abuelo de Mackintire cayó. Un inglés lo creyó ya muerto, por eso no lo remató. Pero la quietud final le sobrevino después. En la noche, luego del día de la masacre, la luna lloraba lágrimas plateadas sobre miles de bravos highlanders exánimes. Y una campesina compasiva escuchó las palabras finales del antepasado de Mackintire. Escuchó la afirmación extraña, un brebaje agónico de profecía y delirio: "Y sin embargo, el que viene después de mi hijo, cabalgará con el inglés". Y Mackitire recordó de nuevo aquella frase. No podía olvidarla mientras gritaba... Atropellaba. Y estiraba el filo de su cólera sobre la serpiente dolorida de los infantes galos en retirada. Recordaba los largos días de matanzas luego de Culloden. Los excesos asesinos del inglés que ahora cabalgaba  junto a él. La espada o el fusil de los carniceros de Hannover abrieron el cuerpo de la madre, el hijo, el anciano. Abrieron la frente de los últimos combatientes del norte de Escocia. Y, con mandíbulas calientes,  el fuego de Londres trituró los techos de paja, las maderas de los humildes, las puertas y ventanas, y la carne de los que gritaban, o pensaban: "¡Scotland for ever!"

 Y Mackintire embestía. Aullaba. Masacraba. Taladraba. Y recordaba aquella paradoja cruel. Entre los sobrevivientes de las tierras altas, el hambre blandía sus guadañas. El futuro vomitaba tormentas sin esperanzas. Entonces, el hijo de la madre escocesa sólo tenía un camino para eludir la hambruna fatal: alistarse en el ejército inglés. Y ofrecer su única habilidad: el coraje. Y su grito con fusil; o con la espada desde una atalaya con forma de caballo. Y el inglés que sintió, quizá, un velado remordimiento, acogió a los descendientes de los masacrados. Rindió un silencioso tributo a los guerreros de las altas tierras de Escocia. Aceptó sus kilts, sus faldas, sus gaitas. La música que invocaba a sus dioses de la guerra. Y que enfervorizaba y animaba el espíritu en el momento de la carga, en la oportunidad de incendiar un retazo de historia con las llamaradas de la hombría. Y esa gaitas sonaban ya muy lejos mientras Mackintire continuaba sus aullidos desafiantes. Y sudaba en una lucha sin esperanza. Cientos de lanceros franceses lo rodeaban, a él, y otros temerarios, con el metal letal de las lanzas. Pero la lanza que cabalgaba hacia él sintió que venía de otra patria... Recordó de nuevo a su abuelo desplomado, y las llanuras de Culloden, bañadas de sangre. Y cuando el punzante y delgado metal francés se hundía en su abdomen, aún era presa de la alucinación, de la confusión, o de la trágica lucidez. Porque sentía que la lanza que lo mataba era empujada por unas inesperadas manos... nacidas en Londres.  

III

 Fue un día de fuego cuando ella nació. Creyó al principio que su destino sería un desierto o un volcán. Pero después una lluvia de aire la enfrió. Se sintió entonces maciza, y con facciones puntiagudas. La arrojaron con otras dentro de una viejas cajas de madera. Desde el lugar de su creación, marchó en una carreta hasta un sitio donde objetos con un alargado cañón brillante producían sordas y breves descargas. Unos hombres vestidos con ropas semejantes, practicaban un arte letal con aquellos objetos brillantes, silbantes, puntiagudos. Durante esos días vio a muchas que, como ella, eran sacadas de las cajas e introducidas, rápido, dentro del objeto que generaban una pequeña explosión. De a poco empezaba a sospechar su destino. Había nacido para participar de un duelo mortal entre seres extraños. Alcanzó a comprender parte del lenguaje de esos seres, quizá porque ellos la habían creado. Ellos querían que otros, como ellos, recibieran su marcha veloz, precisa. Las de su estirpe habían sido forjados para una sola travesía. Deberían recorrer aires desnudos, y atravesar corazones o cuerpos.

 Ella sintió una vez que una mano ruda se hundía en la caja. Y se cerraba sobre muchas de sus compañeras. Y entonces pasó a uno nuevo lugar oscuro, de paredes flexibles y colgantes, que se agitaba al compás del paso de su nuevo dueño, quien practicó las descargas, muchas veces, con el objeto alargado y explosivo. Nunca recurrió a ella para consumar una descarga de ensayo. Y un día llovió con salvaje abundancia. Un campo atravesado por suaves colinas, quedó anegado. A las pocas horas la tierra absorbió buena parte del agua obsequiada por el cielo. Entonces, ella escuchó chillidos de ruedas en movimiento, junglas de caballos y hombres nerviosos que murmuraban, y otros que vociferaban fárragos de órdenes. Cerca, un hombre sobre un corcel blanco, escrutaba una meseta con un catalejo.

    Y el hombre del catalejo dio una orden. Poco después, en el cielo se encendieron curvas luminosas. Miles de hombres se reagrupaban y avanzaban. Entre sus manos, sostenían los objetos de las descargas. Y gritaban y embestían. Disparaban. Morían.    

   Y ella presintió que se acercaba a su destino. Fue tomada bruscamente por su dueño. La colocó dentro del afilado objeto de las descargas. Y allí venían, a la carga,