PROSAS
POETICAS III (*)
Por Esteban Ierardo
LA
AFIRMACIÓN
A
propósito de la decisión nietzscheana por el eterno
retorno
Fue el día que esperaba. El día en el que ocurrió lo más
deseado: la visita de un pensamiento. Con sus bigotes de
azabache áspero que bordeaban sus labios, el seguidor de un
dios griego recibió la mañana. Se alejó
de la villa. Y caminó, no con las simples combinaciones de
las piernas, no con la sucesión de una pisada tras otra.
Caminó abierto a la música.
El que gustó llamarse el anticristo recorría la costa de
un lago. El Silvaplana. "A 6.000 pies más allá del
hombre y del tiempo". El agua colmaba la irregular y
sumergida copa del lecho. Como un límpido espejo chino, la pureza del
lago reflejaba los rizos de oro
del día.
El caminante no quería pensar nada en particular. No buscaba
analizar, horadar o auscultar. Su mente flotaba sobre las
aguas, como un delicado barco a la deriva que esperaba una
señal para encontrar la dirección hacia donde enfilar su
proa. Y mucho sol, mucho viento bullían en su rostro
acostumbrado a la voz de los arroyos, en húmedos campos
solitarios.
Entonces, al caminante alerta le atrajo el contorno de unas
montañas coronadas por unas blancas y puntiagudas cumbres,
de duras rocas antiguas. Perplejo, observó que, tras las
altas piedras, se asomaban las alas de un ave que le era
conocida. El águila ascendió rápido. Volaba veloz, como
si no quisiera demorarse en el anuncio de un mensaje, o en
proclamar un nuevo reino sobre la tierra del hielo y
la hierba.
Y
la inspiración llegó, como la exhalación brusca de una
musa gobernada por el dios creador de la vid, el dios dueño de
las flautas hipnóticas y señor de las panteras. Y el rayo
lanzó su grito ancestral, entre los ojos del pensador
caminante.
El
barco precario, versátil y receptivo, que se mecía sobre el
lago, encontró su dirección. La proa sabía ya las costas
donde vivía la tierra más bella.
El
pensamiento visitó al caminante.
Ahora
sabía que todo debe regresar. Y en la cubierta de una
embarcación destinada a surcar tempestades de alta mar,
debería componer himnos y discursos.
Todo
debía volver. Pero esta sentencia no era una revelación de
hierro dogmático, o un supuesto libro divino. El eterno
regreso no es una imposición. Es una pregunta que no pide
una respuesta del intelecto. La respuesta es la que debe
brotar del cuerpo sudoroso, de la sangre incendiada, de
los hombros conmovidos por un gran peso.
Y
de las aguas del lago emergió el dueño de la pregunta...
El demonio que reía entre las sombras. El demonio que se
burlaba del dios bueno, de aquel dios que promete el eterno
jardín de un
cielo sin relámpagos.
Y el demonio le murmuró al pensador:
-
Junto al placer vive el dolor, el gran dolor. Y todo debe
volver. Todo eternamente regresa. Entonces, volverá el
dolor, y algunas esporádicas amapolas de placer. Entonces,
¿querrás que todo vuelva aunque vuelva el dolor? ¿No
negarás el regreso de la vida al saber que todo debe
regresar, con su placer y dolor? ¿Dirías sí a la vida a
pesar de todo? Sólo se sabe lo que es un hombre al
probarlo. Tengo que probarte. Tengo que saber... ¿Serás
capaz de soportar el pensamiento más profundo...?
El
demonio calló. Volvió a sumergirse en las aguas.
El
discípulo de un dios griego, no vio ya al águila. El barco
con hambre de tormentas desapareció. Dos días después,
arrojó los remolinos de su cuerpo sobre una vieja cama,
rodeaba por un escaso mobiliario; arriba, en el techo, se
abrían unas grietas.
El pensador sólo quería dormir. Quería aliviar la fatiga.
Pues en sus hombros sentía estacas taladrantes y pesadas.
La voz del único pensamiento, del pensamiento más
profundo, lo llamaba desde cada árbol de los bosques
cercanos, desde cada molino, desde cada rostro anónimo,
desde las castigadas herraduras de los caballos, o las
badajos de las campanas.
Necesitaba
descansar. Pero ya no había tiempo para evasivas y
consuelos. El sudor mordía su cuello. Su habitación se anegaba con
el vapor que descendía
desde las grietas. No sabía si estaba despierto o si soñaba.
¿Pero soñaba?
-¿Soñar...?-
preguntó el demonio-. Cuando
se ha despertado ya no hay diferencia entre la vigilia y el
dormir. Todo es un único sueño donde no se puede dormir. Tú
lo sabes...lo sabes....
El demonio asomó su
frente sulfurosa desde la hendidura del techo, y entonces
preguntó:
-
Ahora debes contestar la pregunta: ¿dirás sí a la vida a
pesar de que el dolor siempre volverá?
El pensador miraba al demonio con sus ojos colmados
por largas noches de aforismos y pensamientos. Sus párpados
adquirieron la pesadez de inmensas columnas de granito. Pero
sus ojos se mantenían abiertos, mientras sentía el roce
tenue de una niebla. Y el demonio continuó:
-No
cerrarás tus ojos. Nunca más podrás cerrarlos. Aun dentro
de tus párpados cerrados verás. Entonces contesta...
contesta la pregunta...
Y
la hechicería del demonio inundó la niebla con múltiples
escenas. Todas ellas deberían volver. Eternamente regresarían.
Y el pensador, en su astronómica soledad, vio a un dios
enfermo, cansado, amante del quejido, la culpa, el temor; y
vio a los sacerdotes de ese dios que recitaban palabras sin
emoción. Pregonaban el desprecio del cuerpo, exigían la
renuncia a este mundo. Gritaban los peligros de la belleza,
de los instintos, de la sensualidad. Gruñían contra el goce primario de la
lluvia. En los diversos continentes, los acólitos del dios enfermo vomitaban su bilis,
su resentimiento y cobardía. Todo aquello eternamente tendría
que volver.
Y
el demonio no descansaba. Animó nuevas imágenes en la
niebla. Entonces, los hombres-camellos avanzaron extenuados
en un desierto. Sus ojos eligieron el polvo como
cielo. Gozaban perversamente con el peso que
arrastraban, y que los libraba de tener que decidir por
cuenta propia. Imploraban un techo protector y eterno. Su
deseo era la repetición de lo mismo. Un único candelabro
que bendiga los días con una luz suave. Arañas y moscas
eran aliadas del hombre-camello. O del último hombre. Las
moscas zumbaban, y gozaban con lo que se pudría en paz; y
los arácnidos tejían redes donde apresaban la flecha
movida por el gran anhelo de alcanzar orillas distantes.
Todo aquello debía volver.
El demonio hacía cabriolas bajo el camastro
desvencijado del pensador. Su magia era obstinada, tenaz,
por lo que, en la niebla, animó nuevas presencias. Un
hombre sedente fruncía el ceño. Recorría las hojas de
unos libros. Leía selvas de palabras. Y escribía con
hielo. La historia, con sus tambores de pasión y las sinfonías
de terror, belleza y aventura, se disecaban en síntesis
ordenadas. Los eruditos bajaban y subían por
las escaleras y anaqueles de las bibliotecas. A veces
presentían la furia del tigre, la procelosa voz del trueno, o
el abismo de la noche sin historia. Pero necesitaban que los
laberintos y selvas sean información. Conceptos claros y
ordenados, alimentos para su triste ficción de una vida
sin riesgos. Sin amenazas ni acantilados extraños. En su
empresa contra el abismo y el misterio, los eruditos eran
auxiliados por los sabios. Los discípulos de Parménides,
los infantes del ejército cartesiano, que gustaban atacar las contradicciones inofensivas.
Necesitaban que todo se incline ante la lógica. Sólo lo
real es pensable. No querían saber que en las cuevas
sobreviven dragones y salamandras. Sabios y eruditos roían
los pilares del arco iris. Su faena enloquecida de información
y lógica absoluta también tendría que volver.
El
demonio disfrutaba de su tarea. Con su mano de azufre lanzó
en la niebla la imagen de los autos de fe, la quema de
brujas, las muchedumbres entregando su libertad a falsos
profetas, profetas que vociferaban las bondades de la
igualdad, el progreso, el mérito de una vida protegida. Allí
o aquí, entre la niebla, se alzaba la cruz con un
mortificado, las bibliotecas sin luna ni hierbas. Los
conventos sin faunos. Las ciudades sin dioses ni ritos. Los
oídos sin música. Ni éxtasis.
Y
todo aquello debía volver. Eternamente.
-
Entonces, entonces...-gritó el demonio-. ¿Qué me
contestas?
Un
silencio congeló el aire. La niebla se detuvo. El pensador
parecía petrificado. Pero, luego, elevó una mano. La
niebla rodeó su brazo como agua que gira en derredor del
ojo de un torbellino.
Y con sus labios, con una voz firme, esculpió un monosílabo.
Una afirmación...
ALLÍ,
ENTRE LOS GIRASOLES...
Siempre
vuelve el sol. Y los girasoles siguen su sonrisa. También
V. giró su cuello para perseguir la estrella diurna. Caminaba
en el campo. Cerca de los girasoles. Los
pastizales tersos de soles. Con algo de
fatiga, V. llevaba el caballete, la caja con paletas, los potes de
pintura. Y ese otro objeto que traía también, con un
cañón, un gatillo, una boca de fuego...
El
día era diáfano. La cúpula celeste hospedaba algunas nubes.
El resplandeciente oro solar se vertía sobre las cosas como
un embriagante licor. Sobre una hoja de girasol deslizó sus dedos.
Sintió primero la delgadez de la planta. Pero, rápido,
sospechó un espesor replegado, una silente geología de
misterios vegetales. ¿Con qué colores ha descendido el sol
entre la savia y las finas nervaduras de las hojas? ¿Cuánto
viento y días de agua y rayos ha absorbido el amarillo
capullo de la planta?, se preguntaba V.
Sus
yemas acariciaron otra planta que giraba. Luego, esparció en la
paleta los primeros colores. Y, a espaldas de la pintura en
preparación, revivió los días de su prédica evangélica.
Era joven entonces. El cielo estaba allí, siempre
altivo, radiante, distante. La tierra estaba allí, siempre
cercana, sufriente. La mirada de V. se detuvo en
los mineros y tejedores. En Bélgica, meditó largo tiempo
en el dolor de los hombres condenados a descender a las
minas. Los tejedores, y los infelices que horadaban el subsuelo,
parecían sumidos en una frágil
ensoñación, en un ensimismamiento donde quizá se
refugiaban de los dardos que les arrojaba la adversidad. Los
tejedores entretejían resignados los hilos de su tristeza,
mientras V. creía en un dios del amor y la justicia. Sus
palabras a los sometidos se inundaron de sentencias bíblicas.
Le era grato en ese entonces el recuerdo de las virtudes de
los santos. O las esperanzas de una redención eterna. Pero
lo que vio V. era el sufrimiento. Que se estrellaba en
grandes olas de angustia contra los farallones de su piel.
Luego, marchó a la ciudad, al corazón del dragón de la
modernidad para muchos: París. Entre sus calles, pensó que la imagen de un pintor o un
escritor podían
invocar un don salvador con más firmeza, quizá, que la
palabra bíblica. Pensó en Zola, en su Germinal.
En la revolución de 1848. Y en la vocación innovadora de
Coubert, que ya no pintaba dioses y héroes antiguos, sino el
tráfago vertiginoso del hombre moderno. También le enardeció
de júbilo la Escuela de Barbizon. Cuyos pintores habían
renunciado a las comodidades urbanas, a la avidez de
honores, premios, reconocimientos, exposiciones en
prestigiosas galerías, para vivir en la austeridad rural,
en la humildad y la adoración al arte y la naturaleza. A V.
le
fascinaba ante todo Millet, el hijo más influyente de la
estética barbizoniana. El Millet que retrataba el solitario
infierno de los campesinos. Los campesinos quebrando sus
espaldas sobre los surcos de semillas y sudor. Los
sembradores que sentían la áspera rugosidad de sus manos
entre los campos, cubiertos por la bella y rubicunda
cabellera del sol.
En París, V. creyó que encontraría a otros que, lo mismo
que él, quisieran pintar la agonía del humillado. Y la
promesa de un nuevo rostro humano. Pero sólo conoció a
pintores que le desagradaron como personas. En
el aire parisino no halló ninguna brisa revolucionaria. La inmensa
ciudad no era el molino de un nuevo viento. Era sólo el
gigante que trituraba todo coraje renovador.
Entonces
el sol ya no le pareció la metáfora de una luz divina y
redentora. Los días luminosos se transformaron en lluvias
de fuego; en puñales de puntas incandescentes, en fuerzas
para rasgar bordes. Para incendiar. Ablandar. Y golpear. Las
formas cerradas. Pulsiones efervescentes para deformar. Y abrir.
Los labios antes cerrados de las cosas. Para que
expresen así una vida secreta. Dormida. Los filones de
metales calientes y fluidos. Un color nuevo, que antes ningún
ojo veía. V. comprendió que su pincel debía inyectar en el
lienzo la luz liberadora, el fuego que deforma y expresa.
"¡Que
se abran los labios de la materia! ¡Que las entrañas se
expresen! ¡Que mi pincel incendie y libere! ¡Y que pinte
el nuevo color!", esas
parecían sus exclamaciones más frecuentes, mientras se
removía sobre un vetusto camastro, entre cobertores raídos.
Y cerca de las maderas de un piso desvencijado.
Y luego, en Arlés, el encuentro con Gauguin. El tal vez
sería el hermano espiritual para la cruzada de un arte
expresivo. Pero el fuego de V. era demasiado quemante, y el
pintor, que luego exaltaría la Polinesia, no quería
trasponer una línea quizás sin retorno. Entonces, con
enojo y desesperación, V. quiso sacarlo de su indiferencia,
y empujarlo hacia las llamas. Le regaló parte de su pasión.
Una oreja para Gauguin. O una oreja quizá, para ofrendar y
pedir auxilio a rabiosos dioses paganos.
Y V. escuchaba muchas voces. Observaba muchas llamas. Latía
en valles amarillos, azules y verdes. Intuía que una gran
fuerza quería expresarse y salir. Y le acompañaban las
voces, los colores, y la conciencia de un destino, una misión.
Pero nadie le acompañaba a él.
El
último consuelo era Theo, su hermano. Mas tampoco él comprendía.
No veía otro color resbalando entre las
cosas. Sólo sentía el deber familiar; por eso, ayudó a su
hermano, pero con el desapasionamiento de las monedas, más que con el afecto.
Nunca le tributó el auxilio que acaricia el corazón. Pero
V. se empeñaba en enviarle cartas. Cartas para Theo.
Cartas con sus comentarios sobre arte;
y sobre las dudas, certezas y fantasmas que carcomían sus
horas de reposo. En el fondo, V. se escribía a sí mismo.
Porque el otro no era capaz de devolverte una palabra en su propio lenguaje.
Entonces,
sabía que sólo queda salir afuera. Detrás, permanecían, mudos, el fervor evangélico de
su juventud,
los sueños de la revolución colectiva; y, detrás, quedaba
disimulada, olvidada, la necesidad de la
mujer, el deseo íntimo de alguna brisa de ternura.
Y
salió afuera. Si hay algún adentro, sólo es interioridad
que demanda exterioridad. Todo debía salir afuera.
Expresarse. Todo debía ser radiación quemante. Y V.
hablaba y decía, con los labios que eran sus pinceles.
Con palabras que eran sus pinceladas.
Y
pisas ahora, solo, de nuevo, la tierra de los girasoles y
tulipanes calientes. Esparces, Vincent, en la paleta los primeros
colores. Te restregas la frente bajo un cielo que suda
flechas ardientes. Acomodas bien el caballete. Y ese objeto
que traes también, con cañón, gatillo, la boca de
fuego...
Y a través de ti, de tu labio-pincel, de tu
palabra-pincelada-color, hablan los girasoles, los retratos,
los paisajes, el Café de noche, los zapatos de campesinas en los que,
después, un profundo filósofo creyó ver cifrado un nuevo
mundo.
Y a través de ti habla la noche estrellada. Antes lo nocturno
se encerraba dentro de su sombra. Pero ahora es tu noche.
La que sale afuera. La noche no es menos fuego que el día.
En el día, el sol salta y quema las formas. Mas la
penumbra nocturna del espacio es atravesada por olas de fuego,
por esferas fosforescente de estrellas. Así también es el
reino de la materia. Mares ígneos, corrientes de
lava secreta. Que todo lo traspasan, incendian, transforman.
Todo estalla y revive, en el transversal devenir del océano
incandescente. Y tú pintas la noche, y la materia. Ígnea.
Y
mientras pintas, gritas. Pero nadie parece escuchar tu
grito. Nadie parece escuchar la realidad que habla con tus
colores incendiados.
Y corres, corres entre los girasoles,
en el campo de los girasoles. Ellos sí escuchan, gozan,
veneran las olas del sol secreto. Ellos sí escuchan tu
grito, tu exaltación.
Por
eso corres muchos días y noches, rozando las sensibles
plantas que entienden el lenguaje ígneo, el lenguaje que
expresa lo velado.
Y pintas. Corres. Gritas, Vincent. Pero nadie viene para acompañarte,
para gritar contigo. ¿Nadie te escucha? ¿Nadie te ve? ¿Sólo
te ve y escuchan los girasoles? Las plantas que celebran la
materia en llamas.
Demasiada
soledad tal vez.
Sí, Vincent, demasiada soledad tal vez...demasiada...
Y, en este atardecer, los girasoles escuchan la boca enojada
del rifle. La bala también grita contigo. Mientras
se va tu sangre y tu aliento, mientras tu corazón aminora
sus latidos.
Y, a pesar de todo, sonríes, Vincent. Porque un cuervo te calma,
porque te asegura: ya has cumplido tu tarea.
Ya
puedas ir a nadar en paz. Entre los girasoles. En el mar soleado de la
noche.
CIUDAD
NOCTURNA
Alguna
vez, en remotas edades, voló un pájaro. Ningún rastro fósil
quedó de su especie. Quizá, durante este vuelo nocturno
que ahora realizo, en un veloz avión, pueda recordar algo de los días del ave
prehistórica...
Entonces, en la atmósfera más pura de
antaño, y con firmes alas más grandes que las del cóndor
contemporáneo, el ave planeaba entre silbantes terciopelos
de viento. Con un preciso vuelo descendente, capturaba a
otros animales. Descansaba en picos de coronas
blancas y rojizas. Se embriaga con la visión de selvas y bosques,
mares y lagos. A través
de un camino entre las montañas, escudriñaba la lenta
marcha de los dinosaurios. La luz del día
era la sacerdotisa que encendía lámparas de embrujo en el
volumen ancho de la tierra. Y la fascinación no decrecía
en los ojos del ave. Su exaltada contemplación duraba hasta
la lenta agonía del sol en el ocaso. En su parsimoniosa caída,
la corona solar iba descendiendo hacia la boca oscura del
horizonte.
Entonces, nacía la noche.
El dominio del aire
del pájaro, y su visión fascinada de la diosa
terrestre, se interrumpían. Ahora, se embelesaba con las
estrellas que titilaban lejos. Sabía que no podría volar
hasta ellas. A veces, lo arrobaba la
luna. Entonces, improvisaba algún himno para enaltecer
a la diosa de plata. En un imaginario vuelo,
de tenues giros, acariciaba las caderas de la luna
silenciosa. Y luego columbraba la amplitud que latía debajo
de sus garras. Una cerrada negrura enmudecía la tierra. Los
candelabros de la lujuriosa claridad de los mediodías yacían
ocultos, dormidos. El ave extrañaba el resplandor del día.
En ocasiones, entrevía confusas visiones de un remoto
tiempo futuro.
Y
el ave se reavivaba cuando volaba hacia las cimas, o
cuando contemplaba el renacimiento del sol. Luego, siempre
regresaba la noche. El oscuro dormir. El discreto embrujo de la luna. Y el
regreso a esa rara percepción del futuro de la tierra, de
sus esparcidos racimos de dolor...
Pero, una vez, el círculo
de las repeticiones se detuvo cuando, con una ruda cabalgata
de nubes relampagueantes, una tormenta colonizó las
alturas. Dentro de la tempestad, el pájaro voló entre
bruscos valles de viento. La tormenta repentinamente cesó.
Los ojos del ave se enderezaron hacia abajo. Y, sin
comprender, sin necesidad de entender, vio otro pájaro, que
nunca había visto antes, de raros y homogéneos brillos
plateados, de sólidas formas regulares, y carente de todo
plumaje. Vio el avión, donde ahora vuelo sobre la ciudad
nocturna, donde nos espera una pista de aterrizaje.
Vuelo ahora dentro de este triste pájaro de eficacia mecánica,
huérfano de toda conciencia poética. Antes de la llegada
de esta noche, contemplé las nubes. Reconocí en las nubes, grandes castillo de torres y almenas
irregulares. Luego, el sol ahogó su luz, con su solemne
parsimonia, en un cuello de oscuridad. Y en este instante, a
través de la ventanilla, hacia arriba, veo las estrellas.
Abajo, chispean las luces del gigante. La ciudad
nocturna.
Falta
poco para el aterrizaje. Boquiabierto, contemplo las
fascinantes fosforescencias de neón. En esta noche no
brilla la luna. Luego de su lenta agonía de luz, el disco
de plata desapareció. Renacerá dentro de tres noches. Y no
puedo evitar una nostalgia prehistórica. En la
memoria de mi cuerpo, sobrevive la fascinación del gran pájaro
antiguo. Entonces, imagino el poder de la mirada del ave
lejana, cuyos ojos son más poderosos aún que los del águila.
Con estos nuevos ojos, juego. Juego. Y observó alguna calle de la ciudad
nocturna. Allí se asoma la cabeza de la serpiente de luz,
el reptil profundo, que emerge de alguna alcantarilla, con
algún secreto inefable. En sus escamas, el gran reptil
contiene todas las luces de la urbe.
La mano humana se cree la creadora de la gran polifonía lumínica
de la urbe. Pero, presiento, la belleza de la serpiente
luminosa sólo utiliza a los hombres para manifestar en la
noche un desconocido lenguaje de la tierra. Las luces
de la ciudad nocturna ya no le
pertenecen a los humanos. Son la emanación extraña de un
atávico poder de lo terrestre.
La ciudad-serpiente habla quizá con las aguas de las
canales y tubos subterráneos, con los líquidos que corren
por cañerías y grifos. La ciudad nocturna, la de las
muchas figuras y escamas de luz, iluminan una pintura, una
mural o panel centelleante, que se brinda para deleite de
los astros. Y anuncia que, en el nervio central de lo
oscuro, la realidad es luz apabullante y secreta.
Y sobre la ciudad nocturna, contemplo humos y vapores, que
nacen desde las ventanas, y los vanos de las puertas. Tal
vez la vida íntima de los habitantes de la urbe emana
efluvios, señales, sólo visibles desde lo alto. En cada
edificio, afiebrado por centelleos de lámparas y carteles,
se apoltronan millones de destinos. Sus deseos quebrados,
sus angustias y secretos, quizá crean las columnas vaporosas
que veo ascender, entre millares de torres iluminadas.
Y
sobre la ciudad nocturna no sólo veo. También escucho voces
fugaces, discontinuas, murmullos quizá de generaciones
pasadas que habitaron en su tiempo la urbe luminosa de la
noche. Presiento que las voces claman por los sueños
heridos, por las ambiciones nunca cumplidas. Pero también
repiten sus momentos de plenitud, algún instante de alegría
que, aunque fugaz, justifica toda una vida.
Y la serpiente
se mueve, lentamente. Sigue surgiendo su cuerpo magnético
desde las grietas y el abismo. Y libera otros susurros,
demasiados profundos, demasiados sutiles, como para
percibirlos y entenderlos.
Las turbinas vomitan su sonido sordo, su chillido áspero,
que anuncia el descenso. El aterrizaje es preciso. La noche
ya casi se extingue. El sol baña las cumbres de los
edificios.
El día derrama su luz salvaje.
Abandono el aeropuerto. En un edificio céntrico, me espera
mi celda de cemento. Las luces artificiales se apagan una
vez más. De a poco, me reintegro al río del tumulto
cotidiano, al bullicio de máquinas rodantes y peatones
apresurados. Por una calle, camino con mi escaso equipaje,
como un ciudadano moderno que regresa. Pero bajo las
alcantarillas, presiento el aliento agazapado de un ser de
escamas y luces. Y sobre un edificio, veo las alas abiertas...
GUERRERO
POETA
Guerrero
poeta, ¿quién eres?
Sé que en
una lluvia del paleolítico, participaste de la cacería del bisonte. Con los de
tu tribu destrozaste al animal. Veneraste el alimento. Luego, había que regresar con las mujeres
que esperaban en una cueva, en una montaña cercana. La
lluvia seguía. Tus compañeros recordaban todavía la reciente caza, y
entreveían una danza inminente. Dentro del cavernario seno de la diosa terrestre.
Y tu danzabas, con los otros. Entre las contorsiones, pensabas, deseabas, un nuevo salto
sobre el bisonte. Te veías en una futura
arremetida, con los dientes salpicados de bilis colérica, con tu lanza que hundías
en la carne excitada por tempestades. Y, siempre tras la última cacería,
agradecías al animal caído, por haberse entregado. Y, bajo otra lluvia,
contemplaste el vientre húmedo de las nubes. Tus labios se abrieron con
suavidad. Para pronunciar, lentamente, con torpeza, con temor, pero con
decisión, las palabras... las palabras... la poesía.
Y la
tierra escuchó tus instintivos versos. De guerrero poeta.
En la
inminencia de la batalla con los romanos, desnudaste tu cuerpo. En tu piel
hervían los coloridos tatuajes. Los colores de las figuras parecían traspasar
tu piel para hundirse luego en la corriente rojiza de tus venas. En un lago próximo, un cisne
blanco flotaba entre los cabellos rubicundos de un hada de los manantiales. A
la distancia de una breve cabalgata, en el bosque, el dios Cernunos, de cabeza
astada de ciervo, aferraba serpientes y protegía la savia de la madera. Tras un monte, dentro de un
círculo de piedras, los druidas pronunciaban sentencias de poder para fraguar vientos favorables, jabalinas de aire
penetrante para también combatir a los hijos de Roma. Y con los tuyos te
fundiste, en un abigarrado puño de aullidos. Tú eras
uno más dentro de la multitud de los guerreros, de los guerreros celtas, que
gritaban desaforados, para prepararse para la batalla. Para intimidar al
enemigo. Para olvidar la pequeña vida. Y no
temer. Y correr, con desnudez enfurecida, contra la muralla de los escudos romanos.
Y
estalló, al fin, el
trueno de la espada. La espada contra el escudo de las legiones. Contra el
romano. Y rugió la tormenta de tajos, incisiones, regueros de
sangre. Muchos caían. Con los labios inundados por la sangría letal. Muchos
guerreros del grito celta, antes feroces, se desplomaban, ahora mudos, y
formaban sanguinolentos montículos. Sobre los pies de los caídos se agitaban los estandartes del águila romana. Pero tú aún vivías.
Sobrevivías, derrumbado sobre una pila de cadáveres. El invasor de las ordenadas
cohortes se alejó, ya complacido con su victoria. Con meticuloso dolor, caminaste entre
los tuyos.
Todavía sostenías tu espada. Te detuviste para contemplar a tus valientes
hermanos desplomados. Querías abrazarlos. Querías recuperar sus espadas, para
entregárselas, en un rito, al viento
y al sol. Y tus palabras fluyeron. Inevitables. Pronunciaste tu oración pagana,
en honor de tus parientes valientes. La inspiración céltica de tus labios hizo
que todos ellos fueran un solo hombre.
Un solo guerrero poeta.
¿Quién
eres, guerrero poeta?
En las
corrientes de la historia te has vestido de muchas formas.
Entre almenas de castillos, torneos y colisiones de
lanzas y armaduras, los caballeros del tiempo medieval
tributaron fidelidad a sus señores, y a sí mismos. Los
jinetes enfundados en relucientes corazas metálicas
combatieron por el poder de sus feudos, por la intolerancia
de la cruz, por sus propias ambiciones. Sólo en escasísimas
ocasiones, lo sabes, caballero, combatiste por lo noble.
Tú fuiste quizá sólo uno. Sólo uno que creía en la ética
del coraje, en la fidelidad al señor, en la protección
de los desamparados, en el amor idealizado de las cortes.
Y en una tarde gris, combatiste con especial bravura.
Viste demasiados ojos que se cerraron a la contemplación
del sol. Te repugnó tantas vidas cegadas. Recordaste
entonces a la mujer. Imaginaste que ella era un puente
que, a través de la hierba y el arco iris, podía guiarte
a mejores tierras. Aprendiste a arrodillarte ante ella.
Descubriste el poder sutil de la poesía. Las palabras
que nutren el deseo, y que imploran un cielo de pasión.
Subiste hasta los labios de la mujer. Por sus labios llegarías hasta un reino mejor, en el que podrías, al fin,
lavar la sangre de tu armadura. Guerrero poeta.
¿Quién
eres?
Sé que
cabalgaste en tu isla japonesa. Allí también lucías
armaduras, y jurabas fidelidad absoluta a un Señor.
Los ejércitos que encabezabas recorrían llanuras, o
brotaban entre caminos de montañas, enjaezados entre
cientos de estandartes, coloridas y ondulantes serpientes
que bailaban en el viento. Un grito feroz siempre precedía
el asalto contra el dragón rival. Con tu espada penetraste
en la intimidad de muchos cuellos y entrañas. El preciso
filo de tu sable ritual liberó muchas cabezas
de sus hombros. Nadie te pidió compasión. Los que sucumbieron
ante ti agradecieron el don de una muerte ceremonial.
Y cuando el cascabel de la ira se acallaba, la noche
resplandecía como un vestido de perlas. Los arroyos
cantaban para venerar a las rocas y los antepasados.
Las montañas elevaban hacia el cielo las ofrendas de
hombres y animales. En los bosques, los senderos tejían
sus laberintos de misterio. Y dentro de la aldea, o
cerca de los castillos, los cerezos susurraban sutiles
versos. Encontrar un poema de una palabra dedicado a
los árboles, te daría tanto honor como ganar mil batallas.
Por eso contemplaste y
dibujaste el cerezo.
Lo
escuchaste con humilde atención. Durante los días serenos
o las jornadas de tormenta. Lo observaste, con tus ojos
empapados con el licor soleado del verano, o con la
espuma gélida del invierno. Nunca te entregó la
palabra. Pero tu espíritu se embelleció en la escucha
atenta. Guerrero poeta.
¿Quién
eres?
Sé que
te vistes con muchas formas. Y te he visto en ocasiones con tu negra musculatura,
junto a Shaka Sulu, en la lucha contra el invasor inglés. Demasiados de los
tuyos cerraban sus labios en la lucha desigual, en la contienda de flechas y
lanzas contra el frío trayecto de las balas. Tu padre, algunos de tus hijos, también callaron. Sus cuerpos imitaban la quietud de las piedras.
Tú
sobreviviste.
Y en el atardecer, con la lluvia del dolor en los ojos, cantaste
mientras el sol se ocultaba y muchas estrellas caminaban por largos senderos del cielo. Cantaste para que el
espíritu se liberara del cuerpo abatido. Cantaste como guerrero poeta. Para que el espíritu viajará hasta
la selva, hasta santuarios de arroyos y anchas hojas verdes.
¿Quién eres, guerrero poeta?
Sé que
te vistes de muchas formas. A veces has sido misteriosamente elegido no para
combatir de forma física, sino para entonar
palabras líricas. Para combinar sonidos. Para tallar piedras, o unir líneas y
colores. Tu lucidez está en la piel. Que ve y percibe. Siempre viste los
espectros que viven en la ambición de poder, o en
la fragilidad de los indefensos. Pero tu destino no es sólo percibir el horror
o el engaño. Tu más alta tarea es quizá proteger la danza del
girasol. Por eso sigues creando. Para alimentar la llama, que baila frente al labio partido de la
insignificancia. Por eso, aunque tu tiempo sea fango, estupidez y miseria, no
renunciarás al grito. Al grito creador que traspasa la tiniebla.
Porque eres
guerrero y poeta.
Sé
que te vistes de muchas formas, guerrero poeta. A veces
eres la madre que combate en el parir; y que, luego
de vencer y alumbrar el fruto, compone una poesía de
caricias en el hijo; a veces, eres el que socorre al
que sufre. Eres el primero que batalla para dar medicina,
consuelo, luces y caminos.
Sé que
vistes de muchas formas, pero todas tus formas de existencia desconocen la
renuncia.
Por eso sé que el desierto sin dioses crece. Pero no renunciarás.
El
desprecio ante lo vivo multiplica sus disfraces.
La
indiferencia por el misterio ríe en nuestro tiempo frívolo. Pero
no renunciarás.
El
horror pretende gobernar sin peligros. Pero eres guerrero y poeta.
Por
eso, no renunciarás.
A sembrar en el
fango.
LA LLUVIA DE EROS
Fue
quizá cuando caía la lluvia sobre la hierba.
Fue quizá cuando los dioses no habían abandonado todavía
los árboles y las montañas.
Quizá,
cuando ningún poeta aún existía, los dioses
y diosas bailaron sobre tapices de delicadas hebras amarillas.
En la pureza de un aire, desconocido ahora para el
viento, la preciosa forma empezó a centellear.
Pensamientos, himnos y palabras irrecuperables, tal vez,
intervinieron en la lenta gestación de la forma más
exquisita y enigmática...
En
ningún momento amainó la lluvia mientras el poder secreto
de las divinidades creaban aquella preciosa forma. Entonces,
mientras la hierba recibía el grácil aliento del agua, la
mujer se irguió, por primera vez, sobre la tierra
humedecida.
En
barcos de proas cristalinas, Ella recorrió los mares. Los
antiguos dioses movían los timones y las velas. Ella empezó
a conocer. A conocer y escuchar. Escuchar es atender a lo
que una cosa sabe antes de toda disección. Ella escuchó el
licor secreto que destilan los cuerpos.
Nada hay que no sea un cuerpo vivo. Escuchar es también
atender a la música del encuentro entre los cuerpos.
Y
Ella escuchó. Dentro de su propio cuerpo empezó a vivir lo
escuchado. En su piel, en sus senos y caderas, escuchó: las
olas y sus espumas, las danzas del viento, el resplandor
luminoso del alba, las penumbras anudadas en el bosque, el
zumbido de las abejas, el murmullo de los arroyos, una pequeña
roca rodando por una ladera blanca.
Dioses
del mar la guiaron a través de lechos marinos.
Espíritus de aguas calurosas, la condujeron entre desiertos; espíritus protectores de los bosques la
escoltaron en largas travesías entre los árboles. Un dios
remoto del fuego la condujo a la boca humeante de los
volcanes. Un dios del rayo le enseñó a contemplar el
cielo, y a descifrar el lenguaje de las luces y rugidos de las
tormentas.
Ella siempre escuchaba. Y lo escuchado se derramaba y fluía
dentro de su cuerpo.
Y Ella crecía. Era más vasta. La tenue luz inicial de sus
ojos dejaba lugar al intenso brillo de una profunda mirada.
En las noches, la luz de las estrellas se reflejaba en las
convexas perlas de sus mejillas. La luna brillaba bajo sus
párpados.
Cerca de una cueva umbrosa, emergió una divinidad. Sin rostro.
Sin nombre. Que le enseñó que una serpiente extraña
atraviesa la creación múltiple.
Nada es sin misterio. Y Ella crecía como conciencia
sensible del enigma. Y cerca de una montaña, le fue
anunciado
que poco faltaba para que naciera otro ser, destinado a
acompañarla.
Y
en un mediodía febril, Ella fue guiada hasta las
selvas. Entre la frondosa vegetación, entre el vértigo
de hojas, ramas y piedras, escuchó la voz de diosas
ocultas. Caminó largamente dentro del universo selvático.
Aprendió a escuchar más. Pronto sintió que las polifonías
del intrincado mundo vegetal ya no resonaban afuera. Por el
contrario, ahora, las distintas sonoridades hormigueaban
dentro sus órganos. Ahora, dentro de Ella, avanzaba la
humilde procesión de los insectos, la numerosa familia de
los animales selváticos, la compleja variedad de las
especies arbóreas, los arroyos, la lengua ululante del
viento. Y una gota. Rodaba suave. Sobre la piel de las
serpientes.
Y
Ella cada vez escuchaba más. Más espacio había entre las
calles de terciopelos de su piel. Y, una vez, sentada sobre una roca, con sus brazos aferrados
a sus piernas y rodillas, contempló las
estrellas. Meditó en lo que
contemplaba. Y escuchó. Aún más. Percibió su conciencia
del tiempo.
Y, desde una cueva, la voz de un dios forjador,
dueño de las fraguas, le comunicó que muy poco faltaba
para que naciera otro ser, destinado a acompañarla.
Ella regresó a los cuatro caminos del mundo. Recorrió las
sendas cardinales del espacio. Escuchó el poder de la
escucha. Todo lo que escuchaba vibraba dentro de Ella.
Y
cuando Ella respiraba y exhalaba, las voces y sonidos se alejaban por un instante.
Pero, al aspirar, los espacios volvían y refluían dentro
de la viajera. Todas las formas y seres emanaban desde la
mujer.
Y regresaban luego a Ella.
Una
vez, sus cabellos flotaban ondulados, como tersos
estandartes. El viento acarició los senos turgentes y
sabrosos de la mujer, sus caderas de finas ágatas talladas,
las piernas vivaces como arenas quemantes.
Y el cielo rápido se cubrió. De las alturas pendía la
barba gris de las nubes. Las divinidades celestes
reinventaron las gotas. El dios forjador, dueño de las
fraguas, anunció el final de su tarea.
Las divinidades, más antiguas que las de cualquier mitología
conocida, se unieron en círculos. Empezaron a danzar,
mientras la lluvia reía sobre la hierba. La hierba se
partió en miríadas de grietas desde las que brotaban humos
sulfurosos. En las hendiduras, voces extrañas murmuraban la llegada de la arrogancia, la
estupidez, el olvido. El mal que ambiciona muchos rostros y
ojos.
Ella, por primera vez, se posó sobre la tierra partida.
El
Forjador creó al fin a Eros. Eros llegó, con sus
himnos sublimes, con sus manos y dedos de viento, para
acariciarla a Ella, y a todo lo lejano.
Con su
lluvia de excitaciones y penetraciones, Eros se adentró en el
femenino misterio de cabelleras y caderas.
Y Ella consintió en crear, una y otra
vez.
HALCÓN AL ATARDECER
Allí,
el reflejo arde en las hojas, o en el agua. Es la imagen del
sol. Es la sombra del ser poderoso, que disminuye su furia.
Para ser tolerado por los mortales. Sólo es tolerable
vivir de espaldas a la vida.
Aprovecharnos del sol, pero sin meditar en su incandescencia
vital. Vivir entre corrientes y efectos, lejos de las
fuentes. Así debemos existir, en nuestra modernidad.
Así vivimos. Pero no un ser que vuela alto...
Quisiera ser tu destino, pero únicamente me es dado
convertirme en tu testigo. No necesito, como un zoólogo,
reconstruir tus hábitos y comprender tu sentido dentro de
un ecosistema. Me basta con la imaginación para acompañarte.
Y para entrever tu función poética. Puedo unirme con tu
poesía. Para regresar a lo que ilumina. Sólo
debo atender. Sentir tu vuelo.
Contemplo
los arreboles púrpuras del ocaso para imaginar tu vuelo. El
vuelo del halcón. En el atardecer.
No
preciso la proximidad física. No necesito contemplar
directamente tus alas que trepan escaleras del aire.
Y
en el ocaso, camino en un parque de mi ciudad del sur. Y me
concentro en las copas de los árboles. A través de tejidos de
ramas y hojas, se cuelan retazos del crepúsculo. Entre las hendiduras del ramaje,
presiento lentos círculos, a mediana altura, un planeo
preparatorio, para tu futuro salto hacia el sol.
Y
recuerdo mi biblioteca. Durante largas retahílas de horas y
días, me he resecado en la lectura. Al leer eclosionan
hechos, historias, ideas. Y muchas veces ocasos. Quejidos.
Lamentos de los pensadores modernos. Que gritan el poder
absoluto del polvo. Una inteligencia sana, dicen, demandaría
a la bestia humana el suicidio. Pero su cobardía le impide
concluir con su propia mano su mentira. Entonces, sólo
queda durar en el juego de las creencias, hasta la llegada
al sepulcro. Hasta el consuelo final de las lápidas. Todo
gime, entre las cascadas de cenizas, de una verdad que nunca
fue. Muchas veces he escuchado ese quejido al leer las
biblias seculares de la filosofía moderna. Vivimos sobre la
flecha aplastada del deseo, se dice. La ilusión de un gran
dios aúlla en los sótanos, se dice. En ninguna parte
brilla un campanario hacia el que remontarse, se dice. No hay ninguna
altura hacia la que subir. Las cumbres son una ficción del
tedio.
Y camino entre los árboles en la plaza. No olvido todavía
los libros. Por eso, escucho el cascabel nihilista de este tiempo.
Que con su imán quiere atraerlo todo hacia el polvo y el
chillido. Pero el atardecer no es alcanzado por la pesadilla
humana. Veo el final de la tarde. El sol levita ceñido
por nubes naranjas. Un pintor extraño, sin
rostro, parece pintar los colores y texturas de la atmósfera.
Y, allí, con suave decisión geométrica, hilvana el halcón
nuevos círculos, antes de un salto entre nubes y viento.
Camino
yo también en círculos en derredor de la plaza. Observo un anillo de
grandes carteles sobre vidrieras y paradas de ómnibus. Son
las imágenes ingeniosas de la
publicidad. La divinidad hipnótica en las calles modernas.
El dios calidoscópico, sin marca del misterio y de los
manantiales.
Aunque
aún subsiste la luz del día, algunos carteles encienden
sus luces. El crepúsculo es ignorado por la luminiscencia de
neón. Pero frente a los carteles, unos niños ríen.
El imán que quiere polvo, ceniza, chillidos, se aviva
cuando la luz diurna está a punto de extinguirse. Y este es
el momento en que caigo sobre el césped de la plaza. Y,
desde abajo, contemplo las ramas.
Aún
no muere la claridad diurna. Cerca, los niños no dejan de reír.
Un nuevo color se agrega a una nube. El aire flota en un
mar de brisas misteriosas. Y aún las luces de los carteles
no ocultan el fondo de los ríos o todo el esférico rostro
del planeta.
LA
ESPERA DE MOZART
Las paredes y los cristales se deleitaban con las
vibraciones en el aire. El violín de Leopold creaba las
sonoras olas de belleza. Sobre la alfombra, el niño jugaba
no con juguetes, sino con imaginarias sílfides, alegres señoras
que soplaban y brillaban sobre la cresta de los sonidos. Y
el niño reía. Rodaba sobre la felpa suave. Sus labios se
abrían en una sonrisa, capaz de aniquilar cualquier estaca
de tristeza.
Y
cuando algunas sonatas surgían del instrumento de Leopold,
el niño agitaba los brazos, que se convertían en vivaces
estandartes. En aquellos brazos, no se contoneaban imágenes
heráldicas de casas reales, sino un violín. Un piano. El
clavecín. El clarinete. La trompeta y el oboe. El teatro.
La orquesta. La partitura y el sol de una alegría
creadora.
Y
no muchos días de frío, nieve o cielo desnudo antes,
Leopold había pronunciado por primera vez el nombre de su
hijo: Johannes Wolfgangus Theophilius Mozart. Y otro día
dijo nuevamente el nombre, con menos notas. Wolfgang, alemán,
no latín. Y Amadeus, latín, no griego. Amadeus:
"El amor de Dios", en el decir de la Roma antigua.
Amadeus.
A Amadeus ya no le bastaba con sonreír, rodar, agitar sus
brazos, jugar y escuchar. Ya había que decir. Muy pronto
aprendió a hablar. Y pronto, a los tres años, empezó a
estirar las piernas y a elevar sus diminutos talones para
rozar las teclas del clavecín. No podía ver las teclas.
Pero sí tocarlas. Recorrerlas. Y oprimirlas. Pero los
sonidos eran desagradables, disonantes. No había que saltar
con los dedos de una tecla hacia la siguiente. Había que
dejar una intermedia sin tocar, entonces surgía un sonido
agradable. Consonancia y disonancia. La música comenzaba. Y
un año después ya era tiempo de tocar el violín. Y aún más...ya
era el tiempo de asumir la responsabilidad de la
composición
y de ejecutar lo compuesto ante un público.
Amadeus
amaba a su madre. Escribió largas cartas para ella. Y
jugaba con delectación con Nannerl, su hermana mayor. Para
ella compuso un obsequio: un concierto paras dos pianos,
para tocar juntos. Y a su padre lo veneraba. Y Leopold
accedió a una demanda del niño. Amadeus quería un pequeño
violín. Y lo tuvo. Leopold se lo obsequió. Y el violinista
Wenzel, músico de la corte, con su colega Schatner,
visitaron el hogar que Leopold sustentaba, para tocar un trío
de violín. Wolfgang trajo también su diminuto instrumento
de cuerdas. Su padre lo reprendió por la impertinencia.
Pero tanto lloró el niño que se le concedió participar en
la música colectiva. Mas con suaves acordes. No debía
estorbar. Pero sus compases fueron perfectos, como las
operaciones de las matemáticas que lo fascinaban. Y los
tres viejos músicos lloraron. Lloraron ante un prodigio
que se burlaba de lo imposible.
Y
cuando los seis años cincelaron su rostro sonriente,
Leopold lo lanzó a la primera gira. Amadeus visitó Munich.
Abandonó así, por primera vez, la Salzburgo que luego
aborrecería. Tocó en un concierto ante el príncipe
elector. El primer torrente de alabanzas humedeció sus
labios. Y luego fue a Viena, el corazón del Sacro Imperio Romano
Germánico, el lugar del trono imperial. El Emperador esperaba
al niño prodigio en el salón real. A su lado, la
emperatriz también esperaba. Amadeus vestía un traje de
color lila, de seda; y a guisa de fúlgido ornato, gruesos
botones de oro recorrían su prenda exquisita. ¿Pero
para qué tanta pompa? El niño entró con desinhibida
naturalidad. Y allí estaba ella, con su gran vestido de
tersos y ondulantes pliegues. Y Amadeus corrió hacia ella.
Hacia la emperatriz. Su cuello era suave. Y la abrazó. La
besó. Como a la madre de una familia imperial a la
que nunca pertenecería. Y tocó para la dinastía de
mucho poder, y pocos méritos. Todos aplaudieron
deslumbrados. Amadeus le pidió entonces al Emperador que
enviara al maestro de capilla, a Wagenseil. Y con la
espontaneidad de lo que desconoce etiquetas y parsimonias,
el niño le solicitó a su colega: "Señor, voy a tocar
uno de sus conciertos, tenga usted la bondad de voltearme
las hojas".
En
el Palacio real de Schombrum se acostumbraron a su presencia
alegre y vivaz. El emperador jugaba a su manera proponiéndole
problemas musicales. Amadeus los resolvía fácilmente para
ir luego a jugar con los otros niños y niñas de su edad.
¿Pero cuál era su verdadera edad? Y en el jardín real
pisó en falso y sufrió una caída. La oportunidad no fue
desperdiciada por sus compañeros de juego para burlarse de
él a mandíbula batiente. Sólo ella lo ayudó: la que sería
después reina de Francia y conocería el filo preciso de la gran
navaja lanzada desde lo alto sobre su cuello. Maria
Antonieta. El niño le agradeció con efusión su protección.
Y le aseguró que, cuando fuera grande, se casaría con
ella. Pero Amadeus ya era grande. Por eso, en su segunda
gira, de 1763, le aclamaron con más frenesí que en su
primera visita. Viajó entonces con un carruaje festoneado
de oropeles, y desparramó su cuerpo infantil sobre las
camas de lujosos hoteles. Y en sus oídos fluyó el bálsamo
de los aplausos que recibió nuevamente en Munich, y en
Ausburgo, Maguncia, Mannheim, Coblenza, Colonia, Aquisgrán,
Bruselas. Y Paris. La ciudad siempre ensoberbecida. Allí
volaron hacia la historia sus primeras cuatro sonatas. Y
luego Londres. Allí, Wolfgang se apeó de un carruaje. Caminó entre mucha niebla y flema.
Con una típica sorpresa, los nobles cortesanos escucharon
al niño genial. Jorge III y la reina Sofía Carlota de
Mecklemburgo habían escuchado antes, con placer, a Juan
Cristian Bach, hijo menor del inspirado vienés del órgano
y las cantatas. Bach le propuso al visitante algunas
encrucijadas musicales. Que Wolfgang resolvió sin
tardanzas. Y con el descendiente del creador de El
oratorio de San Mateo lo unió una viva amistad. Se
sentaba sobre sus rodillas, ante un clavecín; y, juntos,
improvisaban y disfrutaban de las composiciones espontáneas.
El niño acompañaba y seguía el vuelo del maestro, y,
acaso, lo superaba.
Amadeus abandonó la isla de los grandes poetas y piratas y,
otra vez en su tierra natal, en camino a Salzburgo, nuevos
laureles le llovieron en Dijon, Berna, Zurich, Ulm.
En Viena, la viruela arañó su fragilidad infantil. Un
estrago momentáneo. Después, el Emperador en persona le
encargó una ópera. La finta semplice ya no era un
espectáculo de inocente magia musical. Ahora, sus
ambiciones crecieron. Ya pretendía navegar en el mismo
barco de gloria de los grandes compositores. Entonces, sus
dedos empezaron a empaparse con un primer veneno: la
envidia. Todos alegaron que la obra íntegra no podría
haber nacido de un niño. Su padre, Leopold, la escribió
para urdir la patraña. Así la hostilidad frustró la
representación de su canto operístico bautismal. Pero
aquello sólo fue una distracción mientras el fuego del
joven dragón creador crecía. Y entre sus llamas alegres,
brotaron la ópera Sebastian y Sebastiana, una misa
solemne, un concierto para trompeta, una sinfonía en re
menor.
En el aire que respiraba Wolfgang estaba la música.
En las corrientes vitales de su sangre, estaba la música.
En largos cabellos de los que se enorgullecía y que
empolvaba a la usanza de la época, estaba la música.
Su presencia era música, con forma humana. Pero su condición
de sinfonía encarnada debía convivir con la conquista
amarga de la subsistencia. La cruz triste de los despojados
de la riqueza hereditaria y los privilegios de
cuna. Entonces, la salvación podría ser algún cargo
de maestro de capilla tal vez. Ese nombramiento le confirió
el Arzobispo de Salzburgo, en 1769. Bajo esta dignidad,
Wolfgang compuso pequeñas piezas diversas, un Tedeum,
dos misas. Pero el estipendio de su cargo no era generoso.
Nunca sus escasos cargos consiguieron liberarlo de la
inseguridad material. Pero aún era tiempo de la
precocidad triunfante, el tiempo de exhibir la corona
dispuesta sobre su cabeza por las musas. Por eso, había
que difundir en la bella Italia la maravilla de su prodigio
infantil. Entonces, acaso el niño se sintió un pequeño
dios que regresaba de las pérdidas eras paganas cuando
los romanos recibían a sus generales con el máximo júbilo.
En Verona, Mantúa, Florencia, Roma, Nápoles, Milán,
su presencia encendió las antorchas de la devoción popular.
Entonces, las academias celebraron el honor de recibirle.
Los poetas lo exaltaron con sus versos, y medallas destinadas
a la inmortalidad estampaban su imagen. Y, para coronar
tanto entusiasta delirio, Amadeus visitó la Capilla
Sixtina. Acaso sólo sabía el nombre del angustiado artista
obrero que durante cuatro años tendió su espalda dolorida
sobre un tablón para pintar esas imágenes semidesnudas,
de santos y héroes cristianos emperifollados en aires
paganos. Y allí, bajo los frescos sublimes, un coro
entonó el Miserere de Allegri. El niño
escuchó. Luego escribió la composición sacra de manera
completa y perfecta, sin dudas ni esfuerzo. El Papa
Clemente XIV se enteró del nuevo prodigio. Recibió a
Wolfgang. Y se consumó la rutina ya conocida. Una gentileza
obligada: el niño tocó para su anfitrión. Lo obligó
al asombro. Y el Papa inundó de elogios al concertista,
y le confirió el pomposo título de "caballero de
la espuela de oro".
Y
en Milán, la ciudad del Duomo, la Catedral que pretendía
rozar la cima celeste, sonó Mitridate, la ópera que
durante veinte noches consecutivas cosechó un éxito
estruendoso. En la urbe lombarda, Amadeus también
estrenó Lucio Silla, otra ópera; otras
composiciones que se agregaban a las crecientes
composiciones. Casi todo el tiempo del niño era para la
creación. Acción delicada que a muchos otros creadores los
extenuaba. Pero a él, el incremento de la actividad
creativa lo embriagaba. Era como jugar y divertirse. Y la
alegría no necesita descansar.
Y
Segismundo, el arzobispo de Salzburgo murió, igual que
cualquier hoja otoñal. Pero el boato institucional
demandaba una alabanza. Un recuerdo musical. Para ese
recuerdo Wolfgang compuso la cantata El sueño de Escipión.
Y llegó otro para ocupar la silla arzobispal, ese sitial de
tanto lujo y ceremoniales: Jerónimo Colloredo. Su mirada
era más dura que la de su predecesor. Los placeres
musicales no morigeraban su adustez. No tuvo
condescendencias para el niño prodigio. Su trato distante
le recordó que, al fin de cuentas, aun el más exitoso músico
de su época era un sirviente, alguien que, en áureos
platos de sonidos servía musicales manjares para el
paladar auditivo de la realeza, la corte y las jerarquías
del clero. Un sirviente que, al crecer, perdió el frescor y
la sorpresa de la genialidad infantil.
El
recuerdo de las hazañas infantiles de Amadeus empezó a
desvanecerse. Era un músico estimado, pero que estaba
lejos de recibir una copiosa estimación, como antes. De
vuelta había que pensar en los cargos...los cargos. Pero en
1781, hastiado de Salzburgo y del arzobispo renunció a su
anterior nombramiento. Entonces, acudió al elector de
Munich. Le propuso escribir cuatro operas por año y tocar
todos los días por un estipendio discreto de sólo 500
florines. Pero una negativa fue la respuesta, y el recuerdo
de que no era ya el centro del universo. No se podía
contratarlo porque carecía del suficiente renombre de músico
serio. Lo mismo se le dijo en Augsburgo y en Mannheim.
Los
laureles y las rosas se marchitaron. Ahora sólo quedaba
avanzar en territorios anfractuosos. Pero si el ahora joven
Amadeus tuviera una compañera, quizá tuviera más bríos
para saltar vacíos. Entonces, se casó con Constanza Weber.
Quería a su hermana, Aloysia, pero ésta entregó sus dones
a otro pretendiente. Así que Amadeus se armó de resignación.
Constanza no era muy bella, ella nunca entendió su arte. No
podía acompañarlo en sus vuelos. Pero le amaba con el
poder de la simplicidad. Y soportó la falta de fortuna. Le
acompañó en los teatros, en la alcoba y en la inseguridad
dentro de las paredes domésticas.
También
en 1781, el Emperador volvió a honrarlo con el encargo de
una nueva ópera: Un Rapto en el Serallo. El público
y el rey no fueron muy efusivos esta vez. José II
intentó aclararle el motivo de la frialdad: "Es
demasiado hermosa para nuestros oídos, verdaderamente
encuentro que hay demasiadas notas". Una vez, a
Paganini le pidieron la repetición de una inspirada
improvisación. Y el genial violinista contestó: "Paganini
no repite ". Y Amadeus, por su parte, con una mezcla de
sumisión y jactancia, le replicó al Rey: "Exactamente
no hay más notas que las necesarias". Pero, pronto,
olvidó la Viena glacial gracias al aplauso de Praga ante
sus Bodas de Fígaro. Los hijos de la bella ciudad
checa, que luego crearía a un escritor de laberintos y
perplejidades, celebró a Wolfgang como maestro supremo.
En
los teatros, en las ocasiones más afortunadas, Amadeus fue
semidios, hacedor de pequeños milagros, dispensador de
sabrosos banquetes musicales. En los teatros, a veces, podía
ser venerado e idealizado desde una admirativa distancia,
por el afecto del público. Pero, allí, no había
hermandad. La pertenencia a una comunidad de valores y símbolos
compartidos. Entonces, Leopold le habló a su hijo de una
logia, de una hermandad que profesaba la tradición del compás
y el martillo. Su solo nombre mitigaba la angustia: La
esperanza coronada. Una corona para una espera, una
espera...
Y dentro del templo reinaba el silencio. Las antorchas del
brillo que penetraban la oscuridad. Los hermanos escuchaban.
Y pronunciaban el juramento: "Hacer el bien, mitigar
las angustias de la humanidad, difundir la luz y disminuir
el odio entre los hombres". Y Amadeus recorrió una cámara
oscura. Meditó allí en un gran arquitecto. Y juró, y
sonrió por el aroma de una hermandad recién conseguida.
Y Wolfgang frecuentó las calles de Viena. Sobre los techos,
o a través de las nubes ligeras, reverberara la luz
de día. La lujuria solar se derramaba sobre los
campanarios, las fachadas, las ventanas y los cuerpos.
Invisibles ángeles, de un fulgor quemante en los ojos,
giraban alrededor de la piel frágil de los humanos.
Pero entre lo luz de lo angélico y lo solar, siempre
llegaba la muerte para quebrar el cuello del resplandor.
Tras su apariencia risueña, Wolfgang aprendió a pensar, sin
temor, en la guadaña mortal. En una carta, le aseguraba a
su padre que no pasaba día sin recordar los dientes fríos
de la muerte acercándose a su yugular indefensa. Por eso,
entendió el raro don de pertenecer al mundo de los vivos;
por eso, agradecía: "Doy gracias a mi creador todos
los días".
Con
el sol y cielo brillando sobre una calle nevada de Viena,
Amadeus escuchaba la música. Siempre y en todas partes la
escuchaba. Y escuchaba y escribía lo escuchado en las
partituras intangibles de la mente. Y luego no escribía
sobre los pentagramas, como algunos creían. Sólo transcribía
lo que le fue dictado. La borradura en la corrección es
signo de un error o una vacilación. Pero Amadeus no dudaba
sobre la combinación acertada de notas. Clara y nítida era
la voz de las musas en sus tímpanos, como la lengua del sol
que arde sobre la nieve. En la máxima luz, sospechamos la máxima
claridad. ¿Y qué claridad brilla en la más
potente claridad musical?
En
una pesadilla, o en una imagen repentina, apareció ante
Wolfgang, por primera vez, un misterioso hombre vestido de
negro, que ocultaba algo, algo digno de una larga espera...
Y Amadeus comenzó la espera. Y esperaba ya cuando compuso
sinfonías, como la Sinfonía 41; óperas, como la dedicada
a Don Juan; cantatas, conciertos. Como el magistral
concierto para clarinete.
Y en la ronda de las fiestas y las danzas, Wolfgang bailaba
como un antiguo bailarín embelesado por Dioniso.
Y
fue a Praga para crear otra ópera. Una noche faltaba para
el estreno, y la obertura todavía no tenía sus partituras.
Wolfgang bailaba. reía. Bailaba. Y el empresario que
costeaba los gastos del gran evento sudaba, alterado.
Nervioso, irrumpió en medio de la danza. Le preguntó al músico
dónde estaba la obertura. "¡No se preocupe! ¡Aquí
la tengo...aquí la tengo...!", contestó Amadeus entre
saltos y contorsiones, mientras señalaba su frente. La
pregunta se repitió. La respuesta también. Y llegó la
advertencia: "Sí, mi querido Mozart, pero los músicos
no pueden leer allí". Finalmente, la rígida realidad
del deber y los relojes le hizo comprender. Despidió a los
danzarines. Se marchó a escribir, es decir, a transcribir
lo ya escrito en él por las manos divinas. Y comenzó a
colmar los pentagramas de notas. Le pidió a Constanza café
para soportar las mordeduras de Morfeo, el dios del sueño.
Ya a las cinco de la mañana, el cansancio lo estrangulaba.
Pidió a su fiel esposa un descanso de sólo quince minutos.
Y tan profundo fue su sueño que Constanza no quiso
despertarlo. Pero luego entreabrió sus ojos fatigados.
Cuando el reloj indicaba las ocho la partitura estaba
terminada. Pero faltaban las copias para cada instrumento.
Las cinco era la hora señalada para el inicio de la función.
Recién luego de una hora, la esperada escritura musical se
distribuía en los atriles de la orquesta. El nerviosismo
mordía el cuello del compositor, estaba empapado de sudor.
Salió entonces para dirigir la gran obertura. Los músicos
deberían leer a primera vista las combinaciones sonoras de
una obra nunca antes escuchada. Y la ópera nació. Y al
final estalló la ovación: "¡Bravo! ¡Bravo! ¡ Viva el
maestro!".
En
Praga, de nuevo, un instante efímero de gloria. Más que al
músico, los espectadores enardecidos celebraban la música.
La música grande. Cuyos mensajeros, muchas veces, podían
temblar en el frío y la pobreza. Y la pobreza era la
persistente sombra de un cuervo sobre la piel sensible del
creador de la sinfonía Júpiter. En 1787,
Amadeus recibió el nombramiento de compositor de corte. La
retribución: 8000 florines anuales. Pero no era suficiente
para ahuyentar los demonios que rasguñaban sus hombros.
Privaciones y deudas. Deudas que convirtieron a Wolfgang en
centro de las demandas de acreedores chacales. Por eso quizá,
en una carta a su prestamista Puchberg, confesó: "Para
mí todo es frío como el hielo". A veces, no tenía
dinero para comprar leña en los hostiles inviernos; y,
muchas veces, el casero lo apremiaba para el pago de la
renta. Entonces, no encontraba otra forma de pago que la
entrega de alguna bella y rápida composición. Varios de
sus hijos no pudieron sobrevivir. Las intrigas de quienes
envidiaban su talento también carcomían sus pies. Pero
Wolfgang siempre bailaba. Sonreía. Irradiaba una
generosidad y alegría que muchos confundían con una
despreocupación; no advertían así la gravedad
y urgencia de sus necesidades. A pesar de los cargos, su
subsistencia dependía del trabajo independiente de
los encargos, y el dictado de clases.
Pero, bailar y jugar eran un bálsamo. Amadeus amaba las
cartas, el billar, los bolos, la esgrima, el andar a
caballo. Le complacía también el afecto de los animales.
Perros, gatos, aves, y aquel pájaro estornino que,
convertido en su mascota, canto la melodía de su concierto
para piano 17.
Mas
su gran juego siempre era la composición. Primero, inhalaba
el aire milagroso y, después, exhalaba las nuevas notas.
Las composiciones se sumaban. Crecían. Superaron los seis
centenares. Las obras de Wolfgang eran de estilo clásico,
ese estilo en el que fulguró junto con su amigo Haydn.
Haydn, generoso también, le reconoció como el máximo
compositor de su época. Y en sus composiciones se
enzarzaban, en un placentero matrimonio sonoro, las melodías
del estilo italiano y el contrapunto germánico. En la
imaginación mozartiana bullía el oleaje incansable
del mar.
Y
las húmedas composiciones bañaban un túnel de paredes
claras. ¿Pero la claridad debe tener un centro, un lugar
donde cada cosa sea afirmación de alguna perfección? ¿Las
melodías de Amadeus brillaban en torno al centro de la
claridad perfecta? ¿Qué música surgiría allí? Las dagas
que vomita el tiempo acaso eclipsan esa claridad. Un eclipse
oscuro como el color del hombre arropado de homogéneo
y estricto negro...
Y
el príncipe Tamino, amaba a Pamina, y a la sabiduría. Y
necesitaba de la música. Elvej, un hermano del compás y la
escuadra, le entregó a Wolfgang el libreto para La flauta
mágica, en 1791. Ya poco tiempo quedaba para el río de
las composiciones. Amadeus le dio la música a la obra.
El príncipe, el héroe, no retrocedió dentro del vientre
misterioso de la verdad. Y Papageno, su compañero, sólo
quería cazar pájaros domesticables. Únicamente aspiraba a
una papagena. Y aunque fueran temperamentos distintos, ambos
compartieron el camino, entre las pruebas difíciles, hacia
un elevado conocimiento dentro del templo de Sarastro.
El público estalló en aclamaciones al concluir el difícil
vuelo hacia la sabiduría. Wolfgang saludó a la multitud,
con su sonrisa juvenil. Los aplausos y urras frotaban el
aire enardecido de la sala. Sembraban por doquier colmenas
llameantes. Y luciérnagas claras, fosforescentes, como la música
de Amadeus. Aquella claridad, ¿giraba en torno al centro,
era anuncio de la música de la perfecta claridad? ¿Qué música
secreta sería aquella? ¿Los hermanos de la logia del
músico sabían algo de esa música? ¿Era suficiente para
ocultar el sonoro centro secreto un hombre vestido de negro?
Ese hombre que caminaba en todo tiempo, que camina ahora por
una calle de Viena. Ese hombre, vestido de negro, se detiene
en el lugar correcto. Sube por las escaleras. Golpea la
puerta. Pocos después, Mozart atiende al llamado. El recién
llegado se anuncia como un mensajero. Dice venir de parte
del Conde de Walsseg. Eso dicen los biógrafos mozartianos,
eso siempre creyeron. Pero Mozart entiende... El misterioso
mensajero le comunica su última misión. Una Misa de Réquiem.
Una música de difuntos. La música para un gran tránsito.
Y las enfermedades y la pobreza son muchas veces aliadas. Más
de veinte dolencias acosan a Wolfgang. Una de ellas lo obliga
al reposo. Y en medio del enfermizo descanso, para cumplir
su misión, debió entregarse a una concentración
definitiva.
En el bosque de las hojas, los búhos y lobos absorben el
aire. La luz cumple su tiempo. Y aparece luego la sombra.
Pero la sombra se corre. Y en la sombra todo sucesivamente
se acercaba, se agrandaba. Y la sombra la habitaba el
mensajero misterioso que vuelve para reclamar la obra.
Mozart desfallece en su lecho. Cerca, sufre Constanza. Y
acude con frecuencia Süsmayer, el discípulo ayudante que
auxilia a su maestro para acelerar la escultura de los
sonidos solemnes. Y el Réquiem crece. Para cantarle a los
muertos, Wolfgang siente que debe elevarse sobre hileras
inacabables de lápidas. Y volar luego en las alas de un
coro angélico, para ver las serpientes de dolor zigzagueando
sobre la tierra. Desde el vuelo coral, el músico
convaleciente observa que el llanto y el pánico son tajos
hirientes en el costado de un león. Que sigue, no obstante,
rugiendo con alegría. Por eso, el júbilo está cerca del
ocaso y el sepulcro. Y la voz del réquiem recorre escaleras
de nieve dorada, que siempre ascienden hacia altas cumbres.
Debajo de la sonrisa del músico, las serpientes riegan más
veneno. La enfermedad oscurece más su sangre. La sombra se
expande. Por ella vuelve y camina el mensajero vestido de
negro. Que pregunta, una vez más, por la obra en marcha.
"Dentro de poco terminaré...terminaré...",
musita el convaleciente, mientras le confiesa a Constanza:
"Ya tengo el sabor de la muerte en la boca, la siento
cerca".
Y
el réquiem sube. Sube. La música sacra se eleva y aleja de
las pequeñas lápidas y las cruces de la agonía. Y el músico
sobrevuela los cementerios, las generaciones olvidadas de
los muertos. Y en el vuelo ascendente del réquiem se le
revela la Lacrimosa, el canto bello y lúgubre. Las plumas
de la canción rozan la frente del compositor, mientras le
rodean sus amigos. A ellos les propone que le acompañen,
que canten con él la canción de la compasión. Pero
en medio del canto, la emoción desborda sus pupilas. Mozart
llora. Llora. Y los humildes de Viena, los cortesanos, los
clérigos, el rey, caen en la sombra. Y soplan más los
vientos. Golpean las ventanas de su cuarto. Las culebras de
la enfermedad zigzaguean con libertad dentro del compositor.
Y
tus ojos, Wolfgang, escrutan un lugar alto, lejano. El réquiem,
con forma de águila, suelta sus últimas plumas. Una
claridad extraña brilla sobre el ave. Y recuerdas tu
espera. La larga espera. La claridad dentro de lo claro. La
sospecha de una música distinta, superior, oculta en un
centro...
Y
le entregas las últimas indicaciones a Süsmayer para
completar la música. Constanza, tu hermana Sofía y
Süsmayer están arrodillados junto a tu lecho.
Ya no hay ninguna lápida bajo las alas del réquiem.
Y la sombra se corre. Desde el centro claro llega un canto.
Perfecto.
Y sonríes, Amadeus. Porque ahora empieza la música.
SIETES VARIACIONES DE LA CARGA ESCOCESA EN WATERLOO
I
Fue
un día distinto. Ella caminaba con algo más de dificultad.
El lugar con el alimento parecía mucho más alejado que de
costumbre. Algo nuevo le impedía avanzar tranquilamente. En
muchas jornadas anteriores de travesía por el campo, nada
le evitaba arrastrarse hacia lo que le aseguraba la
supervivencia. Pero, hoy, el cielo de los muchos dioses
creadores de hojas y madrigueras era surcado por extrañísimas,
veloces y rectilíneas centellas. Sobre la tierra, rodaban
pesados puños silbantes. Cerca, muy cerca, en una peligrosa
proximidad, unas sombras negras irrumpieron repentinamente en el
aire. Luego de elevarse, las sombras cayeron,
con fulmínea violencia. Y aplastaron hierbas, pastizales,
retazos de suelos planos y ondulantes. Las colinas
ondulantes abundaban por aquí. Y en este tiempo tenso,
nunca antes conocido por ella, pasaban con más virulencia
las presencias extrañas. Las centellas chispeantes
perforaban la atmósfera. Las sombras aplastantes aparecían y caían
con más frecuencia. Los truenos chillaban y saltaban en un
vendaval ensordecedor. Y ella no entendía. Seguía
arrastrando el alimento que un dios lejano le había
destinado para este día. Ella creía que pronto terminaría
el tembladeral sofocante. Era necesario avanzar sin pensar
ni detenerse. Y la tormenta que rodaba sobre la hierba
bramaba con voz más acerada. Sobre el cutis terroso de la
colina ella percibió un nuevo sonido. Un siseo constante. Era acaso el lenguaje
de uno de los dioses, antes remotos, que ahora venían, con
rudo paso, para traer alguna revelación, acaso para
anunciar el final de la fatigosa necesidad de tener que
apresar y arrastrar el alimento todos los días. Y entonces
el zumbido taladrante, que martilleaba la tierra, era más nítido.
Era el crujido de una rama que se partía. O eran rocas que
se atropellaban en su rodar cuesta abajo por una ladera. Y
ella no perdía la fe. Creía que pronto estaría en su
hogar, con su pueblo, con la comida fresca. O tal vez con la
primera visión del dios, antes sin rostro, que ahora
distribuiría alimento abundante y los liberaría del
trabajo.
Y
entonces la centellea de la bala pasó silbante. Perforó el
aire y el cuello de un jinete escocés que gritaba: "¡Scotland for
ever!". Y cayó el jinete, con su
caballo, sobre la hormiga que, en una colina de Waterloo,
soltó la hoja que arrastraba. Sin siquiera poder
comprender.
II
La orden llegó. Mackintire desenvainó la espada. La
orden no era un mandato. Era el placer esperado por los
jinetes de las casacas rojas, y por el acero cortante de sus
espadas, que deseaba cortar las gargantas que gritan el
nombre de Napoleón.
Oscuramente
los caballos, algunos de ellos, entendieron quizá la
necesidad de embestir, de olvidar todo temor a fuerza de
aullidos y estampidas. Entonces, regalaron vértigo,
velocidad y relinchos, para llevar a Mackintire hacia el
cuello de los galos. El escocés y su sable se extendieron
en una borracha tensión hacia adelante. Hincaba sus
espuelas en el vientre enajenado de un dragón. Y gritaba,
junto con otros hijos de la Escocia nativa. No muy lejos venían
otros, de su mismo ejército. Pero que eran otros... Eran
ingleses de la caballería pesada. Alucinados en la misma
carga. Con la misma voluntad de perforar. Destrozar.
Cegar. Embestir. A la infantería enemiga. Escoceses e
ingleses tallaban una alfombra violenta, por la que silbaba
la jabalina quemante de los caballos. A ambos lados, nacían
montículos de cadáveres. Y se acercaban al corazón de la
fuerza enemiga. Pero la nueva orden llegó. Detenerse.
Volver.
¿Pero
para qué retroceder? Mackintire veía, tan cerca, el corazón
del poder francés. Por eso, por nada debía detenerse ahora el
grito y la embestida. Y mucho menos por la orden de un inglés...
un inglés... los ingleses... Culloden..
Aun en medio la de
la furia Mackintire recordó a su abuelo. Recordó como éste
farfullaba antes de morir en el campo de Culloden. ¡Culloden!
Los ingleses habían invadido las tierras altas de Escocia.
Jorge II Hannover gobernaba. Y los estuardos, Carlos Eduardo
Estuardo, príncipe, hijo de Jacobo Eduardo, hijo éste a su
vez de Jacobo II, quería el trono. Los clanes de las
tierras altas, los highlanders, querían el trono
para Carlos Eduardo. Para humillar al inglés. Y para
embriagarse con una vida rústica y libre de la flema del inglés. Del odiado inglés que trepó el norte
escocés
con sus soldados de pulcro vestuario que, bien
alimentados, bien armados, se dispusieron en la planicie de
Culloden. ¡Culloden! ¡ Culloden! Allí el inglés derrotó
primero al ancestro escocés. Y luego lo vejó. Lo mató aún
herido. Lo persiguió hasta refugios de montañas y bosques,
para silenciar su corazón con una bala o una bayoneta
asesina.
Y
Mackintire cabalgaba ahora con el inglés. Aullaba y
demandaba el honor de la victoria junto a la Inglaterra
opresora, que tanto humilló al irlandés, al galés y el
escocés. Y el abuelo de Mackintire cayó. Un inglés lo
creyó ya muerto, por eso no lo remató. Pero la quietud
final le sobrevino después. En la noche, luego
del día de la masacre, la luna lloraba lágrimas plateadas sobre
miles de bravos highlanders exánimes. Y una
campesina compasiva escuchó las palabras finales del
antepasado de Mackintire. Escuchó la afirmación extraña,
un brebaje agónico de profecía y delirio: "Y sin
embargo, el que viene después de mi hijo, cabalgará con el
inglés". Y Mackitire recordó de nuevo aquella frase.
No podía olvidarla mientras gritaba... Atropellaba. Y
estiraba el filo de su cólera sobre la serpiente dolorida
de los infantes galos en retirada. Recordaba los largos días
de matanzas luego de Culloden. Los excesos asesinos del inglés
que ahora cabalgaba junto a él. La espada o el fusil
de los carniceros de Hannover abrieron el cuerpo de la
madre, el hijo, el anciano. Abrieron la frente de los últimos
combatientes del norte de Escocia. Y, con mandíbulas
calientes, el fuego de Londres trituró los techos de paja, las maderas de los
humildes, las puertas y ventanas, y la carne de los que gritaban, o pensaban: "¡Scotland for
ever!"
Y
Mackintire embestía. Aullaba. Masacraba. Taladraba. Y
recordaba aquella paradoja cruel. Entre los sobrevivientes
de las tierras altas, el hambre blandía sus guadañas. El
futuro vomitaba tormentas sin esperanzas. Entonces, el hijo de la
madre escocesa sólo tenía un camino para eludir la
hambruna fatal: alistarse en el ejército inglés. Y ofrecer
su única habilidad: el coraje. Y su grito con fusil; o con
la espada desde una atalaya con forma de caballo. Y el inglés
que sintió, quizá, un velado remordimiento, acogió a los
descendientes de los masacrados. Rindió un silencioso
tributo a los guerreros de las altas tierras de Escocia.
Aceptó sus kilts, sus faldas, sus gaitas. La música
que invocaba a sus dioses de la guerra. Y que enfervorizaba
y animaba el espíritu en el momento de la carga, en la
oportunidad de incendiar un retazo de historia con las
llamaradas de la hombría. Y esa gaitas sonaban ya muy lejos mientras
Mackintire continuaba sus aullidos desafiantes. Y sudaba en
una lucha sin esperanza. Cientos de lanceros franceses lo
rodeaban, a él, y otros temerarios, con el metal letal de
las lanzas. Pero la lanza que cabalgaba hacia él sintió
que venía de otra patria... Recordó de nuevo a su
abuelo desplomado, y las llanuras de Culloden, bañadas de sangre.
Y cuando el punzante y delgado metal francés se hundía en
su abdomen, aún era presa de la alucinación, de la confusión,
o de la trágica lucidez. Porque sentía que la lanza que lo
mataba era empujada por unas inesperadas manos... nacidas en
Londres.
III
Fue
un día de fuego cuando ella nació. Creyó al principio que
su destino sería un desierto o un volcán. Pero después
una lluvia de aire la enfrió. Se sintió entonces maciza, y
con facciones puntiagudas. La arrojaron con otras dentro de
una viejas cajas de madera. Desde el lugar de su creación,
marchó en una carreta hasta un sitio donde objetos con un
alargado cañón brillante producían sordas y breves
descargas. Unos hombres vestidos con ropas semejantes,
practicaban un arte letal con aquellos objetos brillantes,
silbantes, puntiagudos. Durante esos días vio a muchas que,
como ella, eran sacadas de las cajas e introducidas, rápido,
dentro del objeto que generaban una pequeña explosión. De
a poco empezaba a sospechar su destino. Había nacido para
participar de un duelo mortal entre seres extraños. Alcanzó
a comprender parte del lenguaje de esos seres, quizá porque
ellos la habían creado. Ellos querían que otros, como
ellos, recibieran su marcha veloz, precisa. Las de su
estirpe habían sido forjados para una sola travesía. Deberían
recorrer aires desnudos, y atravesar corazones o cuerpos.
Ella
sintió una vez que una mano ruda se hundía en la caja. Y
se cerraba sobre muchas de sus compañeras. Y entonces pasó
a uno nuevo lugar oscuro, de paredes flexibles y colgantes,
que se agitaba al compás del paso de su nuevo dueño, quien
practicó las descargas, muchas veces, con el objeto alargado y explosivo.
Nunca recurrió a ella para consumar una descarga de ensayo.
Y un día llovió con salvaje abundancia. Un campo
atravesado por suaves colinas, quedó anegado. A las pocas
horas la tierra absorbió buena parte del agua obsequiada
por el cielo. Entonces, ella escuchó chillidos de ruedas en
movimiento, junglas de caballos y hombres nerviosos que
murmuraban, y otros que vociferaban fárragos de órdenes.
Cerca, un hombre sobre un corcel blanco, escrutaba una
meseta con un catalejo.
Y el hombre del catalejo dio una
orden. Poco después, en el cielo se
encendieron curvas luminosas. Miles de hombres se
reagrupaban y avanzaban. Entre sus manos, sostenían los
objetos de las descargas. Y gritaban y embestían.
Disparaban. Morían.