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EL
SITIO SAGRADO
La
enorme roca,
partida en dos mitades, parecía descansar posada sobre el
rastro que dejó su propia caída desde la filosa cresta
basáltica, en algún remoto cataclismo. Paradas al borde
del abismo, sus duras aristas verticales, formaban el
perfecto pasadizo por donde la luz prístina de la montaña,
alumbraba con destellos tornasoles los contornos afilados
de las cumbres andinas. Saturada de sombras, la piedra
esperaba cada medio día un sol caído a plomo desde el
centro exacto de un cielo desflorado, para iluminar ese
altar de los dioses paisanos, cuando bajan a encontrarse
con sus criaturas terrestres.
El
pasaje está orientado de sur a norte, escondido entre peñascos
desnudos que ocultan del ojo humano su secreta existencia.
Sólo un viento menudo sabe pasar a veces acamando con su
silbo, la soledad del musgo entre los riscales*.
-Es
aquí donde encontraremos los hongos que buscamos?
–quiso saber Emiliano, mientras trataba de obtener una
respuesta por sí mismo, mirando con atención el paisaje
circundante-.
-No
–respondió secamente la anciana que parecía distraída
siguiendo el vuelo de un águila, que remontaba las
corrientes vigorosas del aire, como un dardo de obsidiana
lanzado en ese espacio ilimitado por una mano portentosa-
Después
de ver que el ave desaparecía sobrepasando en su vuelo
las cercanas estribaciones, María Reumay depositó en el
suelo su carga. Con gesto serio le señaló una piedra
laja para que la usara de asiento, mientras se ubicaba
frente del sorprendido acompañante.
De
la mochila extrajo un trapo rojo que al extenderlo sobre
su falda, dejó ver una pulida pipa de arcilla cocida. De
entre sus ropas sacó algo parecido al tabaco y luego de
cargarla, la encendió. Se la alcanzó al muchacho ordenándole...
-Fuma!
Emiliano
Villaverde la tomó entre sus manos y preguntó
receloso...
-Yo
no fumo... señora! Qué es lo que me está dando?
-No
tengas miedo –trató de tranquilizarlo la machi- Ese
humito te ayudará en tu primer viaje al país de los espíritus.
Cuando puedas "viajar" por tu cuenta, ya no lo
precisarás... fuma despacio... despacio... eso, así!
A
medida que aspiraba el humo, sentía un insoportable ardor
en el pecho, una sensación de ahogo que lo asfixiaba y le
producía un inaguantable deseo de vomitar. Todo comenzó
a girar a su alrededor y una niebla espesa lo fue
envolviendo hasta hacerle perder la conciencia.
Poco
a poco esa cerrazón opresiva fue pasando sobre su cuerpo
inerte, dejando espacio a un espectro de colores
brillantes que herían sus pupilas dilatadas. Todo parecía
estar suspendido de un cielo dado vuelta, sin tamaño ni
formas, sujeto al aire enrarecido por una fuerza extraña
y poderosa. En los bordes de esas imágenes difusas,
flecos de luz ondeaban disipando la naturaleza de las
cosas que estaban más allá de ese caos deslumbrante.
Sentía,
más que ver, estrechos laberintos por donde avanzaba a
tientas, en medio de un silencio que le dolía, más en
los ojos que en la memoria, tropezando con sólidos muros
que desaparecían al contacto de sus manos temblorosas. Así
anduvo por inubicables regiones, hasta que una gigantesca
ola de sombras, lo sepultó en un mar de tinieblas.
Cuando
abrió los ojos, nubes bajas cruzaban el firmamento diáfano
llevadas por los vientos helados de la cordillera. Por un
instante sintió que era él quién se movía arrastrado
por el peñasco que se precipitaba a insondables honduras,
bajo ese cielo inmóvil.
LA
SENDA DEL CHAMAN
Cuando
despertó,
ya la anciana había abandonado la casa. Mientras mateaba,
fue ordenando las preguntas que pensaba hacerle cuando
regresara. Recién al medio día la vio aparecer, tan
silenciosa como se había ausentado. Al verlo, la
curandera dijo...
-Buenas,
dormilón, cómo has amanecido?
-Mal,
doña María! Casi no pude pegar los ojos! –respondió
sin convicción-.
-Menos
mal! Qué hubiera pasado si los pegabas! –se burló
ella, al tiempo que depositaba sobre la mesa gajos de una
hierba olorosa-.
-Qué
es? –quiso saber Emiliano, cortando una hoja y llevándosela
a la boca para probarla. Apenas la mordió, hizo un gesto
de desagrado.
-Qué
cosa amarga! Cómo se llama este yuyo?
-No
sé cómo se llamará en tu libro de nombres raros... aquí
los paisanos la conocemos como cachuhuecu,* o yerba del
diablo. Se usa para el dolor del costado... es muy buena,
aunque escasa. Hay que caminar mucho para encontrarla.
-Pero
es tan amarga!
-Toda
planta amarga es casi siempre remedio. Nada dulce cura...
recuérdalo!
-Es
que aquí existen vegetales que no figuran en los libros!
Es imposible acordarse de todos!
-El
aprendiz debe tener memoria... paciencia, terquedad y
memoria! –monologó, antes de desaparecer tragada por la
boca cuadrada de la pieza.
Sin
verla, siguió escuchando su voz...
-El
que quiera dedicarse a este oficio, no debiera tener otra
ocupación. Tendría que ofrecer todo su tiempo, su
vida... todo! Por eso ya es hora que te olvides de tus
libros, de tu tonta existencia y te decidas de una buena
vez a caminar la larga senda del chamán! –dijo saliendo
de la oscuridad con una expresión extraña- En su rostro,
las arrugas habían desaparecido barridas por la tensión
de los músculos faciales y en la mirada, la dorada figura
de un águila amagaba soltar vuelo.
Pero
sólo fue un instante. Cuando giró la cabeza hacia
Emiliano, su cara había retomado su habitual compostura y
una mirada llena de lejanías la regresaba de nuevo a este
mundo. Mirándolo, preguntó...
-Qué
otra cosa quieres saber?
El
brusco cambio en el comportamiento de la curandera lo tenía
desconcertado. Eran cada vez más frecuentes y hasta le
parecía que ella los provocaba adrede para incomodarlo.
Algo molesto se animó a preguntar...
-Por
qué algunos males no tienen cura, señora?
-Las
enfermedades de los blancos, las trajeron los blancos, por
eso nuestra medicina no sabe curarlas... por eso los
paisanos mueren. De otra manera vivirían hasta llegar a
viejos. Como pasaba antes...
-Pero
antes también la gente moría! –retrucó sin vacilar-
-La
gente común se muere pronto porque busca a la muerte; no
hay que andar buscando a la muerte. Ella nos encuentra
cuando ha llegado nuestra hora... ella solita nos
encuentra. Viaja detrás de cada hombre pisándole la
sombra, sin hacer ruido. Por eso los chamanes no tenemos
sombra, porque nos hicimos amigos de la muerte; ella viaja
"adentro" acompañando nuestro camino, hasta que
al final el espíritu guardián recoja esos huesos tristes
y arme con ellos su nido en el árbol sagrado -sentenció
María Reumay como quién en vez de hablar, pensara-
-Cómo
se puede saber si una persona no tiene sombra? Todos
hacemos sombras, seamos chamanes o no!
-No
es tan simple como lo imaginas. Yo "veo" los que
otros no ven, aunque estemos mirando la misma cosa,
entiendes?
Emiliano
meneó la cabeza y se quedó mirando el suelo, como si
quisiera ver su propia sombra. Luego de un breve silencio
dijo...
-
Entiendo... doña María...
Esa
noche la machi anunció que partirían al amanecer. Que irían
–dijo- al sitio sagrado para realizar el rito de
iniciación que tanto había esperado. Que se preparara
para quedarse tres días solo en ese apartado lugar de
donde regresaría transformado. Quiso seguir con las
preguntas, pero ella lo interrumpió ordenándole...
-Ahora
no preguntes más... todo lo que tengas que saber "lo
sentirás" en tu cuerpo, en tu espíritu! No
hables... hasta que yo te lo pida... entiendes? Hasta mañana,
se despidió.
Aún
con los últimos restos de la noche colgados de los árboles,
iniciaron la marcha. Al naciente, lentas desolaciones
salpicaban las nubes con la sangre de un sol recién
degollado por el horizonte. Una dilatada llanura estiraba
su manto silvestre, hasta juntar sus bordes con los
meandros de los ríos cordilleranos que desenrollaban sus
lonja deplata, poniéndose herrumbrosos de distancias.
Al
oeste, la cordillera elevaba su colosal muralla, empequeñeciendo
la naturaleza de sus criaturas terrenas. Lentamente
treparon sus escarpadas laderas hacia el altar de piedra,
sahumados por los inciensos de un viento lacio, que se
repartía en virutas de música al cortarse en las agudas
agujas de cuarzo.
Cuando
llegaron, la machi sacó de su mochila unas ramas, con las
que barrió el lugar de la ceremonia y "limpió"
el aire abanicando rítmicamente el manojo de hierbas. Por
algunos instantes se quedó inmóvil, contemplando ese
cielo azul y hondo, como quién espera la llegada
inexorable de una certeza. De pronto se volvió hacia
Emiliano que la miraba inquieto y dijo...
-Desnudate!
El
muchacho vaciló un segundo. Luego preguntó.
-Desnudarme?
-Sí,
sacate la ropa!
-Toda?
-Sí,
toda!
Con
un ademán le indicó que se sentara y luego que se
acostara sobre la fría roca . Ella tendió una pequeña
manta a su lado y también se acostó. Permaneció quieto
en esa postura que ya empezaba a resultarle incómoda,
cuando sintió la áspera mano de la vieja posarse sobre
la frente y de un solo golpe de viento, llenarle los ojos
de tinieblas. Sentía en el rostro el peso de un águila
aleteándole sombras, abismándolo en un remolino que se
llevaba toda su energía hacia un inasible territorio,
lejano y desconocido.
Prisionero
de un vértigo ominoso, se veía caer hacia hondos
precipicios, para trepar luego hasta inmedibles alturas,
empujado por una fuerza extraña que no parecía tener
origen en su conciencia. Lentamente fue perdiendo poder,
tornándose al final una placentera marea que lo llevaba y
lo traía en un acompasado flujo y reflujo.
Se
vio tendido sobre un lecho de río muerto escuchando la
voz de María Reumay que le llegaba como desde un sueño...
"Cada
chamán tiene su propia canción, que sólo él puede
cantar. Yo te enseñaré esa canción para que te acompañe
en cada cosa que hagas en tu vida y será tu contraseña
para poder entrar en el mundo de los chamanes muertos.
Nadie más puede repetirla, porque si eso pasa, perderás
tus poderes. La aprenderás y cuando regreses de este
viaje podrás cantarla, y serán palabras incomprensibles
para los demás."
Quiso
responderle pero ni un sonido escapó de su boca. Como si
esa arena de cauce dormido, se le hubiera metido debajo de
la lengua y le tapara con piedras diminutas la garganta.
Desde su inubicable morada, la voz de la machi se oía
clara...
-"Cuando
regreses al mundo de los vivos, deberás sobrevivir tres días
con sus noches a los ataques de los malos espíritus. Sólo
tu canción te protegerá de esos enemigos. También deberás
vencer al frío de la noche, al viento helado de las
cumbres, al hambre, al sueño... y al puma! que será tu
espíritu guardián recién cuando puedas arrancarle la
garra con la que harás tu amuleto."
Cuando
parecía que la voz de su maestra lo abandonaba en aquel
extraño paisaje, una canción nunca escuchada resonó en
sus oídos, con palabras que su memoria guardaría en el
rincón más oculto de su corazón.
LA
PARTIDA
Ramón
Martínez subía por el camino
que lleva a la casa.
Sentada
frente a la ventana, desde donde se podía contemplar los
valles que sirven de cauce al arroyo, la anciana lo divisó
apenas dobló el recodo que sigue el dibujo de la orilla y
se estrecha contra los palos acostados en hileras de los
corrales.
Vio
su estampa de hombre fuerte, moldeado a golpes de
intemperie en los rigores de esa tierra cruel y hermosa,
que engendra sus criaturas con la salvaje génesis de su
designio insondable.
Ese
niño desvalido, huérfano de toda ternura, desterrado de
la vida, que un día llegó a sus manos, es el hombre que
encamina sus pasos hacia lo que intuye, será su último
encuentro. En su índole de madre, un desasosiego antiguo
le pone cerrazón en la mirada; algo parecido al desamparo
le llena de vientos su corazón paisano, y siente que una
pequeña muerte suelta sus culebras de humo en la
garganta.
Se
abrazaron en silencio. Cuando pudo verle la cara, se dio
cuenta que el hombre lloraba. Apartándose, dijo...
-Abuela
María, vengo a despedirme. Me voy de puestero a lo de
Galarraga... el otro día hablamos en el boliche de Pardo
y nos pusimos de acuerdo. No me quería ir sin avisarle...
Ella
lo miraba sin responder. Parecía sorprendida.
Aprovechando una pausa, al fin habló...
-Ya
lo sabía... te soñé y me dabas la espalda la otra
noche... Pero ya sos un hombre y es bueno que elijas tu
camino. Igual me pone triste que te vayas, m¢ hijo!
-No
me voy para siempre, abuela! Es por un tiempo... aquí ya
somos muchos ahora con Emiliano...
María
Reumay se acercó, le acarició el rostro curtido y como
quién suspira, susurró... –Que Elchén* te proteja!
Y
lo vio vadear el arroyo seguido de sus perros y perderse
tras los peñascos oscuros. El caballo le pedía rienda
levantando el testuz girando levemente la cabeza, como
queriendo mirar por última vez ese paisaje y despedirse
de la querencia donde había nacido. El jinete aparecía
de a trechos, como salido de la piedra y fue empequeñeciendo
su figura hasta volverse un punto oscuro que trepaba los
faldeos para desaparecer tragado por el perfil brumoso de
las serranías.
Ella
se quedó mirando la distancia. Poco a poco sus ojos
indios se fueron achicando y buscaron un sitio en sus
sienes plateadas. Su nariz aguileña se fue afinando hasta
tomar la forma de un pico poderoso y cubierta de plumas
negras, elevó su cuerpo transformado en águila hasta
sobrepasar en su vuelo, las doradas crestas de las lengas.
Ramón
marchaba al paso, eligiendo por donde intentaría hacer
pasar a su caballo, en esa pendiente llena de abismos. El
recuerdo de la muerte de su padre le echaba ají en la
memoria y un miedo dormido, parecía despertar de pronto
hasta ponerle sabor a desierto en la boca reseca. Sabía
que si cruzaba sin novedad esos cordones, una estirada
llanura lo esperaba para repecharla con el aire puro de la
cordillera tiritando su frío en el ala del sombrero,
pisando matas olorosas que subirían su perfume hasta los
ijares* sudorosos, sahumando la sombra cansada del
viajero.
Todavía
le quedaba cruzar el río pedregoso en donde se angosta,
ante de doblar con sus aguas claras rumbo al sur. Una vez
vadeado, al pisar la otra orilla, estaría en las tierras
del vasco Galarraga, su nuevo patrón.
En
la lejanía, el puesto apenas destacaba su presencia
contra el gris oscuro de la montaña. Levantado a puro
barro y piedras, sus desiguales paredes sostenían los rústicos
maderos de las vigas, donde descansaba la hechura de un
techo pobre. Al llegar ese forastero, el rancho pareció
dejar su máscara de tapera* y una brisa de vida
jugueteaba en el ladrar breve de los perros. Cuando
desensillaba, el vuelo rasante de un águila le obligó a
agacharse para no ser envestido por el ave. La vio
sobrevolar los corrales abandonados y elevarse hasta
desaparecer tras de los cerros. –Esa es mi abuela María
¡ –se dijo a sí mismo, antes de entrar a su nueva
morada.
Atinó
a tirar unos cueros en el suelo, antes que el cansancio
del largo viaje lo maniatara con un sueño profundo.
Despertó
de madrugada. Los perros soltaban en la penumbra pequeños
aullidos de lobo reclamando por su amo. Cuando abrió la
puerta, entraron atropelladamente, demostrando su alegría
con saltos y lengüetazos. Entonces recordó que no habían
comido y que ese puesto de la estancia "La
Comarca" no tenía hacienda. El también tenía
hambre y la poca galleta dura que quedaba, la compartió
con sus fieles compañeros. Por lo menos una quincena
tardaría en llegar el arreo y hasta entonces se las
arreglaría con lo que pudiera cazar o pescar en el río.
Ya había pasado por situaciones parecidas y a pesar de su
juventud, se consideraba un criollo baquiano, hombre
nacido y criado en esa región de inviernos nevadores,
bosques impenetrables, vientos inclementes, que modelan el
alma de sus hijos con la sabiduría de nodriza campesina.
Apenas
el sol entibió el aire de la mañana, ensilló y salió
seguido por el trote cansino de los perros. Un pajonal
alto, levantaba su pelambre cobriza hasta rozar la panza
del caballo, como un mar dorado, dormido luego de una
tempestad misteriosa. En los claros de la llanura aparecían
los perros, cada vez más inquietos, hasta que de nuevo el
coironal los tapaba con su maraña rubia. De vez en cuando
alguna perdiz soltaba su pequeña catapulta de plumas,
lanzada en un vuelo breve por encima de los pastos.
Era
casi mediodía cuando vio a los perros perseguir a un
avestruz, que con ágiles cabriolas, intentaba alejarlos
del resto de la cuadrilla. Animó al zaino* con un taloneo
suave. El animal parecía estar esperando esa señal. Con
un galope armonioso siguió a los ladridos de los
cazadores que arrinconaban al ave contra un peñón de
rocas oscuras, robusta formación volcánica atravesada en
la desesperada huida del choique.
Por
unos instantes desaparecieron atrapados por las sombras
azabache del enorme peñasco. Cuando creía que había
perdido la presa, el avestruz apareció justo en frente de
su cabalgadura. Parecía agotado, pero aún mantenía a
una buena distancia la alocada carrera de los valientes
ovejeros. Desató las boleadoras y las lanzó cortando en
lonjas redondas el azul de un cielo distraído. Cuando se
apeó, el ojo abierto del muerto, repetía la maravilla de
la cordillera, en ese espejo de agua caída.
EL
REGRESO
Cuando
entró en la casa,
una oscuridad obstinada porfiaba por
cubrir de sombras las siluetas de las cosas, deslumbradas
por esa catarata de luz, que desbordaba el marco de la
puerta. Desde un rincón, los ojos de la anciana parecían
brasas suspendidas en el aire espeso. Sólo esos ojos con
destellos extraños que lo miraban sin un parpadeo,
delataban la presencia de la machi, amparada en un halo
saturado de tinieblas.
Permaneció
callado contemplando como hipnotizado esos diminutos
fuegos, hasta que la voz de la curandera lo sacó de
trance.
-Te
estaba esperando -dijo – mientras recuperaba su forma
humana a medida que la claridad tocaba su cuerpo
esmirriado. Parecía otra. La encontró distinta, como
aquellos seres que vemos después de una larga ausencia.
Ella pudo leerle el pensamiento.
-No
muchacho, el que está cambiado sos vos! - lo sorprendió,
antes de agacharse a buscar un trozo de leña para la
cocina. Sin apuro, puso un plato con comida en la mesa y
con tono suave le pidió...
-Come...
debés estar muerto de hambre.
Emiliano
Villaverde masticaba lentamente, con la mirada perdida en
algún lejano espejismo. Sentía como si todo lo que sucedía
a su alrededor le era ajeno. Que era sólo un testigo
circunstancial de esos acontecimientos y que cuando dejara
atrás ese cansancio que lo obnubilaba, nada de todo
aquello recordaría. Un debilitamiento crónico lo
empujaba hacia un sueño cada vez más pesado, acercándolo
al hondo pozo que lo llamaba desde su sima tenebrosa.
Apenas hilachas de conciencia lo anclaban a la realidad
que estaba y desaparecía en un oleaje torturante,
presintiendo en todas las regiones de su cuerpo lo
inexorable de esa capitulación.
Lo
último que alcanzó a escuchar, fue la voz de la chamana
que lo llamaba, antes de caer en la trampa del sueño,
después de tres noches sin dormir.
Era
casi de noche cuando Emiliano despertó. Lo supo por la
tenue luz que se filtraba por debajo de la puerta, un tajo
perfecto en la oscuridad que lo envolvía. Se incorporó
sintiendo aún sus músculos anquilosados. En la cocina la
machi hilaba una lana astrosa,* que subía hasta su muslo
magro, como un humo delgado y sucio.
-Has
dormido un día entero, muchacho! –se admiró la
paisana, mientras dejaba a un costado el huso preñado de
urdimbre-
-Tanto!
abuela? –preguntó incrédulo-
-Es
que tenías muchas cosas para contarme... –respondió
ella con ironía- Por eso tardaste tanto en despertar...
-concluyó-
Aturdido,
trató en vano de ordenar sus pensamientos. Al fin, algo
molesto inquirió:
-Usted
me quiere hacer creer que dormido le conté todo lo que me
pasó en la montaña?
-Yo
no te quiero hacer creer nada! Nada tienes que creer de lo
que yo te diga... deberás comprobarlo por vos mismo...
haber si de una buena vez me entiendes!
-Bueno...
señora... -balbuceó, antes que la anciana lo
interrumpiera:
-No
me digas señora! Así me llamas cuando te enojas por
algo... pero esta vez no tienes motivo, Emiliano!
Con
la mirada puesta en la hondura de la noche, María Reumay
comenzó a relatar uno a uno los sucesos que Emiliano
Villaverde había protagonizado en el sitio sagrado. Habló
de los ruidos que le ponían de piedra la garganta; las
sombras que lo perseguían arañándole con las espinas
del miedo la espalda; su voz llamándolo desde distintos
rumbos sin poder encontrarla; la canción que aprendió en
sueños y que lo salvó de las garras del puma cebado que
quería su carne de alimento; el frío, el viento aullando
presagios, el hambre, el temor a dejarse vencer por el sueño
y ser presa de esos enemigos invisibles que lo acosaban
desde inubicables escondrijos. Hizo una pausa y girando su
cabeza hacia Emiliano, pregunto: - Qué más quieres
saber?
Cada
vez que respondía sus preguntas, tenía la sensación que
la anciana se estaba burlando de él. Por respeto nunca
pudo exteriorizar ese sentimiento que lo ponía al borde
del rencor. Admiraba la sabiduría de la vieja paisana, su
poder para vencer las dificultades que el hombre común
encontraría insoluble; el "ver" las cosas de
este mundo donde la criatura humana muestra a cada paso su
ceguera.
Era
su maestra. Un atávico mandato, venido desde algún
perdido rincón de su cerebro, le ordenaba ser tolerante,
entrar al conocimiento despojado de toda importancia,
renunciando a cualquier vínculo que lo atara a su pasado.
Como en otras oportunidades, la machi pareció leer sus
pensamientos...
-Ay,
ay... Emiliano! tantas dudas! hasta cuándo piensas seguir
con tus leceras? Ya no te queda tiempo para andar
dudando... pronto tendrás que enfrentar el gran desafío
–sentenció- Si quieres abandonar este camino, será
bueno que te marches ahora... después del encuentro con
el que será tu espíritu guardián, ya no habrá regreso
ni arrepentimiento, entiendes?
-Es
que a veces dudo... siento que no estoy preparado... que aún
pertenezco al mundo donde fui formado; que hay cosas que
no alcanzo a comprender, que nunca podré superar mis
miedos –se sinceró, sintiendo que se despojaba de un
gran peso-
-A
los miedos hay que dominarlos, sentir que andan con uno,
pero que uno es el patrón que manda y ellos obedecen -se
apresuró a decir, antes que una sonora carcajada le
juntara todas las arrugas de la cara en los extremos de la
boca-.
Antes
que el desconcertado aprendiz de brujo pudiera interponer
alguna protesta, la curandera continuó...
-En
cuanto a las cosas que no entiendes... ya entenderás! ya
entenderás! –concluyó, observándolo de costado, como
suelen mirar a su presa las aves cetreras-*
EL
PUESTO DE MARQUEZ
Así
le llamaban al sitio donde
fue a parar Ramón Martínez con sus perros. Era la última
"población" hacia el poniente que tenía
"La Comarca," esas leguas de campos quebrados
que heredó el vasco Javier Galarraga, de su padre, el
finado don Francisco, poblador de aquellos parajes desde
principio de siglo. El puesto de Marquez estaba habitado sólo
para las veranadas,* cuando con la primavera, la hacienda
trepaba hasta los primeros contrafuertes cordilleranos, en
busca de valles con pastos nuevos, abandonando los
abrigados cañadones del invierno, exhaustos de tanta pezuña
y pastoreo.
Zona
de interminables llanuras, encontraba repentino límite en
escabrosos territorios sembrados de rocas volcánicas, con
lengas tortuosas que mantenían en su memoria de árbol,
el violento tatuaje de pretéritos sismos. Altos
murallones sostenían un cielo pálido, garabateado por el
vuelo altísimo de los cóndores, marcando con su
carbonilla el mapa indeleble de sinuosos desfiladeros.
Dicen
que el puesto tiene ese nombre por un chileno que murió
de frío mientras campeaba* unos animales por esas laderas
traicioneras. Cuentan que una nevazón lo sorprendió
mientras lidiaba por hacer bajar un piño* extraviado. Ya
resignado a su suerte, buscó abrigo en una cueva, guarida
de pumas y gatos salvajes, hasta que se durmió vencido
por el cansancio y la muerte lo tocó con su mano de
escarcha. Salieron a buscarlo y alguien dijo que el
puestero pensaba cruzar la cordillera, tal vez llamado por
un amor lejano.
-Lo
hubiera dicho antes! –carajeó uno de la partida- y
regresaron...
Lo
encontraron después de medio año, comido por las alimañas.
Las aves de rapiña despielaron esos huesos llenos de
olvido, hasta blanquear con una sonrisa macabra, la oscura
boca de la caverna.
Pero
aquello había ocurrido hacía más de treinta años,
demasiado tiempo para Ramón Martínez, el joven puestero
que ahora se ocupaba de cuidar esa parte del campo de
Javier Galarraga. Estaba contento con su trabajo, a pesar
de esa soledad obstinada, que de tarde en tarde, le
soplaba su mínimo viento, avivando las brasas de la
melancolía.
Salía
a recorrer su territorio, apenas el crepúsculo abría su
enorme párpado rojo, para regresar a media tarde, al paso
del caballo, como arrastrando sombras que bajo del estribo
pisoteaban los perros. Desensillaba.
Unos
mates, mientras en la cocina la carne asada soltaba su
aroma campesino. Darle de comer a los cansados ovejeros y,
a dormir temprano, que mañana se repetirá la historia,
en una rutina interminable.
Pero
no pudo dormir. A pesar de la fatiga, una preocupación se
interponía entre su mente y el sueño. Había encontrado
una oveja muerta y ya era la tercera en una semana!
-Debe
ser el zorro –se dijo a si mismo intentando
tranquilizarse- Mañana voy a poner unas trampas... cuando
el "colorao" le enseña a matar a sus cachorros,
sabe dejar el tendal, el maldito!... no creo que sea el
puma... he visto rastros, pero arriba, cerca de las
cuevas... por ahí le hago una llegada para ver qué
encuentro en esas madrigueras. Es difícil verlo... como
buen gato duerme casi todo el día... sale recién a la
tardecita... de noche caza y toma agua en el arroyo... sé
ver las marcas que dejan sus patas en la arena... Ese
también sabe hacer mucho daño cuando tiene cría!...
pero debe ser el zorro –quiso convencerse – cerrando
los ojos en un desesperado esfuerzo por llamar al sueño
esquivo.
Y
se durmió de madrugada, arropado con los cueros de ovejas
que le sirven de cobijas...
Pasaron
los días sin que ningún acontecimiento modificara su
tranquila existencia, entretenido en repuntar la hacienda,
arreglar algún alambrado, buscar leña para el puesto, o
recorrer las trampas.
Sólo
a veces, el recuerdo de un nombre querido le clavaba sus
espuelas invisibles en el bajo vientre y todo su cuerpo se
caldeaba como atrapado por las lenguas de fuego de esos
incendios, que devoran lejanas poblaciones de nubes tras
el horizonte. Entonces la soledad hacía sonar su moscardón
de viento desmemoriado, hasta ser una dolorosa espina de
sal en los oídos.
En
alguna ocasión, cabalgó las once leguas que lo separaban
del pueblo, para encontrar en las caricias de una mujer
desconocida, el efímero cántaro donde calmar tanta sed.
Cuando
volvía, el perfume de ese amor furtivo lo acompañaba por
el largo camino, como el trino cautivo que de pronto se
escapa entre los alambres de la pajarera. Era una música
pequeña, un aire fresco aromado por todas las esencias
del monte dormido, elevando por sobre el jinete su bálsamo
silvestre. Y su corazón mestizo, sentía ese mínimo
gozo, una fina llovisna que le entraba por los ojos hasta
mojarlo entero. Pero eso ocurría sólo de vez en cuando!
Esa
noche, ladridos y relinchos fueron la señal que algún
peligro inquietaba a los animales. Se vistió en la
oscuridad y buscó a tientas la carabina que de un clavo
colgaba en la pared de la pieza. Cuando salió, una luna pálida
alumbraba derramando su fría leche por los corrales. Las
ovejas se amontonaban intentando huir de un enemigo
poderoso, que las atemorizaba con su hedor carnicero y las
paralizaba con el duro diamante de sus pupilas asesinas.
El estampido trizó el aire quieto. Un remolino de pezuñas
soltó su viento redondo estacionando en la penumbra su
escoria de estiércol y balidos. Algo parecido a una
sombra saltó la cerca del corral y desapareció seguida
por los perros que aullaban impotentes persiguiéndola.
Luego de una larga carrera, regresaron. Uno se lamía la
herida que tenía en la pata. El otro lo miraba inquieto,
como buscando compañero para reiniciar la cacería.
Cuando
el silencio juntó de nuevo todos sus pedazos, tres ovejas
muertas esperaban que Ramón Martínez volviera del rancho
con el cuchillo para cuerearlas. En los charcos de sangre,
la luna se pintaba la cara.
EL
ESPIRITU GUARDIAN
Emiliano
Villaverde volvía con dos truchas
que había pescado en el remanso que
forma el Arroyo del Coipo cuando tuerce su rumbo,
estirando su ribera sur hasta dejar una estrecha lonja de
tierra entre sus aguas rumorosas y los corrales. Lo había
intentado una y otra vez sin resultado, hasta que Ramón
le reveló el secreto.
–Tenés
que hacer un señuelo como los bichos que comen las
truchas-le había dicho. –Esas moscas o avispas que
cazan al vuelo cuando saltan del agua... como ésas...
En
la cocina, María Reumay fumaba su pipa. Ensimismada en
lejanos recuerdos, algo más que el humo envolvía su
rostro de cera, cercado por una aureola celeste que parecía
salir de su propia cabeza. Sin moverse, como si la voz no
saliera de su boca, Emiliano le oyó decir...
-Anoche
soñé con tu espíritu guardián... lo he visto!
-Con
qué ha soñado? –preguntó fingiendo no comprender,
mientras depositaba las truchas sobre la mesa.
La
machi no respondió enseguida. Le dio largas pitadas a su
pipa de arcilla, antes de continuar...
-He
visto al león* "cebarse"* con las ovejas...
anoche anduvo carneando! Hasta ahora mataba por hambre...
para comer... pero anoche degolló a tres animales por
gusto... por hacer daño nomás! Esa era la señal que
esperaba...
-Qué
señal, doña María?
-Hace
tiempo, antes que aparecieras, el águila me "hizo
ver" a tu espíritu guardián. Me habló de tu
llegada y cuál sería la señal cuando fuera tiempo para
que encontraras a tu protector. Ví la cueva donde la puma
parió sus cachorros; dos eran hembritas y un machito que
iba a crecer hasta alcanzar el peso del que sería su
cazador. Dijo también que comería carne de animales
extraños y lo matarían una noche sin luna.
-Quién
lo matará?- quiso saber.
-Vos,
Emiliano, quién más! –respondió con firmeza.
El
soplo helado de un escalofrío le recorrió la espalda. Un
temblor creciente se apoderó de su cuerpo, como si dos
manos descomunales lo sacudieran aferrándolo de los
hombros, hasta ponerlo al filo de la inconciencia. Aunque
quiso gritar su miedo, ni una sola palabra pudo dejar de
su boca de estatua. Intentó caminar hacia ella pero sus músculos
parecían no reconocer el mensaje de su cerebro turbado.
Sintió
la mano huesuda de la anciana posarse en su brazo. El se
dejó llevar entregado al poder de esa tiniebla que lo
inmovilizaba, maniatado por los hilos de saliva de esa araña
tenebrosa. Como desde un recuerdo, la machi le hablaba...
-Nadie
podrá ayudarte... tendrás que hacerlo solo... a
cuchillo! Será una noche sin luna... tendrás que
aprender a mirar con los ojos del puma si querés salir
vivo de ese encuentro en la oscuridad. Si tenés el
suficiente poder para matarlo, le sacarás la uña del
medio, la más grande,de la pata delantera izquierda y harás
con ella tu amuleto... si puedes matarlo, también será
tuyo el espíritu del animal! El puma será tu espíritu
guardián, Emiliano!
De
a poco, todo volvió a tener sentido. Pálido, con las
rastros del trance vivido aún surcando su rostro
demacrado, la miró esperando algún comentario. Ella
fumaba su pipa con la mirada azulada por el humo que la
envolvía en su torbellino color cielo. En esa penumbra,
un destello dorado derretía su bronce sobre su figura
espectral, que parecía sostenerse del aire embalsamado
donde los dioses paisanos guardan sus secretas artesanías.
Todavía
presa de un debilitamiento que sentía extenderse por todo
su cuerpo, al ver que la curandera dejaba el sitio desde
donde había hablado, con las pocas energías que le
quedaban, se animó a vencer el desgano que lo adormecía
y pudo preguntarle...
-Es
necesario que tenga mi amuleto para ser chamán, abuela?
-Sí
m¢ hijo... es necesario, esa es tu fuente de poder!
–aseveró la machi-.
-Acaso
usted necesitó matar al águila para tener su espíritu
guardián? –inquirió-.
-No
hizo falta... yo vengo de antepasados chamanes... mi
abuela fue la que me pasó su conocimiento. Vos serás, si
pasás la prueba del puma, un chamán blanco... por eso
debés conseguir tu protector de ese modo, muchacho... no
hay chamanes en tu historia, Emiliano! Has comprendido?
-Sí,
abuela... –contestó resignado-.
Pero
él tenía más preguntas que hacer y una vez más la
vieja paisana le adivinó el pensamiento. Antes de
abandonar la cocina, inquirió...
-Que
más necesitas saber?
-Cuándo
será, doña María?
-Yo
te avisaré cuándo... no te preocupes... mientras tanto
repite tantas veces como puedas la canción sagrada, hasta
que se grabe en tu memoria! Que la puedas cantar a pesar
del miedo...aunque te quedes mudo! Debes poder cantarla
con los sentidos! estoy segura que la necesitarás cuando
te enfrentes a tu destino. Por ahora es lo único que te
hace diferente de los demás mortales... después tendrás
tu amuleto y la protección de tu espíritu guardián!...
entonces todos te llamarán uámenk*!
-Por
qué me llamarán así? Qué significa esa palabra? –la
interrogó lleno de curiosidad-.
-Así
le llamaban los tehuelches del sur al curandero. Es una
palabra vieja, casi olvidada que sabía decir mi abuela,
cuando me enseñaba el oficio.
-A
su abuela le llamaban uámenk, doña María?
-No.
Uámenk se le decía a los hombres... ella era uámenkshon*...
chamana!
-Entonces
también es usted una uámenkshon, doña María!
-Ay!
Emiliano, qué inteligente eres!! –se mofó la anciana
antes de desaparecer tras de la puerta-.
Y
la vio bajar costeando el arroyo, perderse tragada por la
arboladura de los corrales dormidos, reaparecer trepando
la ladera de los cuarzos blancos, hasta encontrar el
borrado camino que lleva a la tumba de Nicolás Millaqueo,
su marido y sentarse junto al muerto a esperar que cuente
la repetida historia de la piedra que camina.
Ella,
como siempre, le sonríe con tristeza. Sabe quedarse
pensativa mirando esas rocas violetas de intemperie, hasta
que el difunto se exilia en su mutismo y ella regresa
,como un aire negro, en el vuelo de las águilas.
SEGUNDO
SUEÑO CON FELINOS
El
sueño se repetía casi todas las noches.
Esa pesadilla parecía perseguirlo con su anunciado
estigma, persistente como la gota que golpea y golpea,
hasta horadar la dura coraza de la piedra. El sabía que
el sueño lo transportaba hasta donde el felino lo
destrozaba a zarpazos, comía su carne palpitante y bebía
la sangre que abandonaba su cuerpo inerme. Hasta sentía cómo
el puma lo arrastraba hasta las ramas del zarzal y lo
escondía cubriéndolo con tierra!.
Pero
anoche el sueño ha sido diferente. El puma ha regresado a
desenterrar sus huesos! Ha sacado lo que quedaba de su
comida y la trasladaba a otro escondrijo. El podía ver
las poderosas mandíbulas levantar sin esfuerzo la carga y
trepar con élla hasta la rama más alta y robusta del árbol
que le servía de escondite. Un vértigo oscuro hundía
sus pinzas de cangrejo en el vientre, al ver desde lo
alto, un manchón de tierra umbría, húmeda y oscura, que
imaginaba sería el final de su caída. Se sentía
golpeado por la respiración acelerada del puma, que
jadeaba su aliento agrio de carnicero, apenas a un jeme*
de su cara. De pronto se sintió liberado. Lo vio saltar y
caer sin ruido en ese claro del monte y desaparecer en la
espesura. Entonces comprendió que ya no le asustaba la
presencia del felino. Que su miedo era caer desde esa
altura desconocida y terminar muerto al chocar contra el
suelo. No sentía las piernas ni los brazos. Sin ellos,
era imposible intentar el descenso. De a poco, comenzó a
sentir que su cuerpo se movía. Primero fueron pequeños
corrimientos de su piel contra la rugosa corteza del árbol.
Después, entrecortados deslizamientos que precedieron a
la caída definitiva. Un alarido lacerante acompañó a su
cuerpo, o lo que quedaba de él, hasta que cayó con
horrible estrépito. Como rescatándolo de esa muerte
absurda, la voz de María Reumay le llegaba desde subterráneas
latitudes. Cuando despertó, la chamana le secaba el sudor
de la frente con su pañuelo y le demostraba alegría con
una sonrisa salida como de milagro de esa boca baldía.
-He
soñado con el puma, abuela! –alcanzó a decir, antes
que la machi lo interrumpiera-
-Sí,
Emiliano, ya lo sé...siempre sueñas con el león!
-No...pero
esta vez soñé que desenterraba mis huesos... que los
llevaba a otro sitio...
-Sí
m¢ hijo... esa es la señal que estaba esperando!
–exclamó la anciana sin ocultar su júbilo-
Al
ver que ella parecía no entender, intentó explicarle lo
que le ocurría.
-Este
sueño fue diferente... no sentí miedo, doña María! Ni
cuándo cargaba con mis huesos! Veía al puma tan de cerca
que su aliento lo sentía en la cara! Pero no tenía
miedo... no fue como la primera vez que se me apareció...
ahora parecía protegerme... sólo sentí temor cuando se
subió al árbol!
-Todo
está saliendo bien, Emiliano! –se regocijó - Es bueno
que el puma no te haya rechazado... él no hubiera
aparecido en tus sueños si no quisiera ser tu espíritu
guardián! Ahora todo depende de vos, de tu coraje para
vencer las dudas, del empeño que pongas para alejar de tu
mente las cosas de tu mundo anterior... del modo que
intentes dominar a tus miedos!
-Sólo
sentí miedo cuando él se trepó al árbol! –insistió--
-Justamente...
esa parte del sueño significa que aún dudas!... ese
miedo no es ya por el puma... no le temes a él... ese
miedo viene de vos mismo, de tus debilidades! Te falta el
último tramo del camino... el más dificultoso! No queda
tiempo para andar dudando... ya te lo he dicho!...estoy
segura que podrás lograrlo, m¢ hijo –aseguró con tono
firme la chamana-
Emiliano
no respondió. La contemplaba con la resignación de quién
acaba de escuchar una sentencia ineludible. Contrariamente
a lo que le había pasado en otras ocasiones, se sentía
sereno, animado por una energía extraña que no parecía
pertenecerle. Y en un relámpago, fueron pasando como
recuerdos, esas imágenes fantásticas del puma arqueando
en el salto su figura perfecta, para luego caer sobre la
presa con la plasticidad única que le da su índole
felina; las garras destructoras, asegurando el cuerpo
inerte de la víctima, para que las poderosas mandíbulas
trituraran huesos y girones de carne , antes de ser
engullido por su enorme boca.
Lo
veía, lamerse los remos ensangrentados, acicalando su
pelambre con la prolijidad de un gato doméstico,
satisfecho después de una buena comida. Con la última
visión, lo miró saltar del árbol y desaparecer
escondiendo en la maleza su magnífica estampa.
Desapercibido
de la presencia de la machi, regresado de hondas
cavilaciones, el aprendiz de chamán preguntó casi en un
murmullo...
-Cuánto
falta para el encuentro con el espíritu guardián? –
-No
mucho... no mucho! No te preocupes... como ya te dije...
yo te avisaré cuando llegue el momento –lo tranquilizó
la curandera- aprovechá este tiempo de espera en
memorizar tu canción sagrada... es tu único poder,
recuerda! Y se alejó rumbo al arroyo, para no escuchar el
canto que Emiliano Villaverde iba a entonar con los ojos
cerrados.
Cuando
regresó, él dormía apoyado sobre la mesa. Esas horas
entonando el monótono canto lo habían vencido. Recién
cuando tuvo preparado el mate, lo despertó con un leve
zamarreo en el brazo.
Restregándose
los ojos, medio dormido aún, preguntó...
-Qué
hora es?
-Es
hora que te dejes de preguntar leseras*! –replicó la
anciana simulando enojo- aquí las horas las marcan el sol
o la luna... el día o la noche... todos sabemos cuándo
es hora de dormir o cuándo es hora de comer, o de hacer
cualquier otra cosa, sin necesidad de reloj... ese amigo
tuyo no te avisará cuándo sea hora de tu encuentro con
el puma, o cuándo los Padres Azules te reclamen, cuándo
mueras!
-Estoy
muy cansado, abuela, no sé bien lo que digo... –se
disculpó mientras se sacaba el reloj de la muñeca-.
-Hombre
flojo! Cómo podés estar cansado... cómo se nota que no
sos mujer! Las paisanas no sólo teníamos que cantar,
sino tocar el cultrúm* días enteros, hasta que la música
nos adormeciera y nos llevara en vuelo con los chamanes
muertos. Había canciones en las dos lenguas que se
hablaban aparte de la "castilla"... la de mi
abuela materna era de los tehuelches del sur; por el lado
de la familia de mi padre, se cantaba en mapuche los
taieles* de las rogativas.
-Y
cuándo terminaba el aprendizaje, abuela?
-
Pasado un año, debíamos demostrar nuestro poder en un
machitún* o cualquier otro rito parecido. Si pasábamos
la prueba, había una nueva chamana. Si fracasábamos, la
vieja machi nos abondonaba para siempre! Pero éso nunca
ocurría... siempre había una señal que marcaba al que
nacía con destino de chamán.
Porque
lo elegía el espíritu guardián... por que tenía algún
defecto físico... porque estuvo al borde de la muerte y
se salvó... por ser varón con apariencia de mujer... o
por ser medio tonto, como vos! –se burló, con una
carcajada que parecía desarmarle el pecho-
La
miró alejarse presa de las sacudidas involuntarias que le
provocaba esa risa repentina, seguida por el humo oloroso
que como un fantasma deshilachado, salía de su pipa. No
estaba enojado. Se sentía abandonado en el más estéril
de los desiertos.
EMILIANO
Y RAMON
Una
llovizna pertinaz
mimetizaba en su urdimbre líquida,
los definidos relieves del paisaje cordillerano. Ese
estambre de lluvia menuda, parecía caer de un cielo pequeño,
que apenas alcanzaba la estatura de los árboles. Acotada
hasta un tiro de piedra, la claridad dejaba ver la difusa
silueta de los corrales cercanos. Había llovido toda la
noche y esa cerrazón saturada de grises, presagiaba el
reinado del agua, más allá de los límites del día.
Detrás de esa pátina cenicienta, el verano maduraba en
silencio su vino fragante.
La
vio aparecer de la lluvia y trepar el último tramo de la
pendiente, flotando en una resolana que por momentos
deformaba su rostro enjuto, con hechura de alfarería.
Destilando desde sus trapos oscuros restos de lluvia,
dijo...
-Traigo
buenas noticias, Emiliano! En sueños, el águila me pidió
que fuera hoy al pie del árbol sagrado. De ahí vengo. No
podía verla, pero escuchaba su voz claramente.
-Qué
fue lo que dijo? –preguntó sin poder disimular cierta
inquietud-
-Habló
sobre tu espíritu guardián... dijo que tenés que
marchar lo más pronto posible a su encuentro... que él
te está esperando... que no debés demorar, muchacho!
-Qué
más dijo, abuela?
-Muchas
cosas... pero no preguntés más porque no puedo decir más
de lo que ya te dije... preparate para cuando deje de
llover... entonces te diré qué rumbo tomar... andá
eligiendo caballo, recao y los vicios* para un viaje
largo, Emiliano!
Para
cuando quiso intentar un reclamo, la anciana lo había
dejado solo en la cocina. Se arrimó a la ventana y entre
las lágrimas que derramaba el cristal, pudo ver cómo la
llovizna seguía agujereando el aire puro de las montañas
con las espinas del agua. Sin pensarlo, murmuró entre
dientes...
-Ojalá
no pare nunca de garuar!
Y
comprendió que tiritaba en aquel templado atardecer de
febrero.
Como
había pasado un tiempo atrás con Ramón, lo vio vadear
el Arroyo del Coipo y perderse tragados -jinete y caballo-
por las fauces descomunales del peñascal andino. Y como
en aquella ocasión, a la machi se le escapó el mismo
ruego...
-Qué
Elchén te proteja!
Con
el rumbo que le había fijado su maestra, Emiliano
Villaverde cruzó esos cordones que atravesaban sus
espinazos recios a su paso, estirando hacia el naciente
filosas crestas de saurios. Imaginaba esa planicie
desplegada hasta el límite azul del río pedregoso,
alfombrando el lomo achatado de la meseta con su pastura
rubia. Pero primero había que sortear con ánimo sereno,
las trampas que le tendía el sinuoso camino.
Recién
para el mediodía dejó atrás las estribaciones y comenzó
un trote liviano por la vasta llanura, guarnecida aquí y
allá por fortalezas de roca volcánica, que contrastaban
su negra mole, contra el dorado fondo del coironal
dormido. El aire traía lejanos rumores de montañas altas
y nieves eternas, que esperaban la pupila cansada del
trashumante para asombrarla con su maravilla. Manchones de
montes se aferraban a las pendientes rocosas, como pequeños
líquenes azulados por tanta lejanía. Y en medio de esa
quietud sobrecogedora, la figura del puesto mostraba al día
moribundo su rústico encanto.
Los
ovejeros salieron a su encuentro con ladridos que
mezclaban alegría y recelo, hasta que Ramón Martínez
apareció en la puerta del rancho para llamarlos a
sosiego. Evidenciando el cansancio por la larga travesía,
Emiliano se apeó y llevando al caballo de las riendas,
fue al encuentro del puestero. Por distintas razones, no
había amistad entre ellos. Tal vez por ser tan
diferentes. O, como les decía la vieja paisana...
"de puros celosos que son, nomás!".
Pero
en esa despiadada soledad, los dos hombres entremezclaron
sus tribulaciones en un apretado abrazo. El primero en
reaccionar fue Ramón, que a modo de saludo inquirió...
-Que
sorpresa! Qué anda haciendo por acá, don Emiliano?
-Vengo
por un encargo de la abuela María –respondió el
viajero, como no queriendo dar más detalles, para agregar
luego...
-La
pucha que se vino lejos... no es fácil venir a visitarlo!
Pasaron
a la angosta cocina. Sobre la mesa quedaban restos de la
cena tempranera del puestero, interrumpida por esa visita
inesperada. Después de invitarlo a sentarse, dijo...
-Ahora
le caliento unas "tumbas"* de capón que quedan
en la olla... debe venir con hambre!
Con
la pobre luz del candil deformando sus figuras en sombras
grotescas contra el desparejo revoque de las paredes,
hablaron largamente. Ramón Martínez pudo sacar a puro
recuerdo, las palabras amontonadas en su memoria,
aletargadas por el peso de la ausencia. Había encontrado
con quién conversar después de tanto silencio!
-Cómo
está mi abuela? –se animó a preguntar luego de muchos
rodeos-
-Guapa
como siempre, esperando tu regreso. Siempre se acuerda...
que sos medio ingrato, que no la vas a visitar, sabe
decir...
-Ella
tampoco se llega por aquí... una sola vez vino desde que
estoy en el puesto! Y no sé si fue por verme o para
conocer el lugar y orientarlo a usted, don Emiliano!
-Cuándo
vino? -preguntó el recién llegado como sorprendido-
-Bueno...
cómo decirlo... ella vino... hecha un águila que voló
sobre el puesto y los corrales y desapareció detrás de
esas lomadas– le contestó señalando con la punta del
mentón los lejanos promontorios que imaginaba iluminados
por la luna-
En
la pequeña pieza contigua a la cocina, armaron cama con
cueros de ovejas. No importa qué época del año sea,
siempre son frías las noches de la cordillera. Por unos
instantes se quedaron callados, hasta que la voz de Ramón,
como salida de esa minúscula pupila roja prendida de la
punta de su cigarro, preguntara...
-A
qué vino al puesto de Márquez, Emiliano?
Emiliano
Villaverde se tomó algún tiempo en contestar. Parecía
elegir las palabras adecuadas para responder a la pregunta
del puestero. Pausadamente dijo...
-Vengo
a buscar a mi espíritu guardián... vengo a ver si puedo
con el puma que está matando animales... ese es el
encargo que me hizo tu abuela, para ver si de una buena
vez, termino de ser lo que ella quiere que sea.
Ramón
esperó en vano que el viajero continuara hablando. Hasta
que unos suaves ronquidos fueron la señal inequívoca que
el cansado jinete se había dormido.
Con
las primeras luces, ensillaron los caballos y partieron.
Iban callados, sintiendo en la cara el soplo helado del
viento, que movía con diminutos temblores al pajonal
dormido. Los ovejeros marchaba animosos, deteniéndose de
vez en cuando a oliscar viejas marcas de orines que
amojonaban sus invisibles territorios. Atravesaron la
llanura cercada por serranías. Inmóvil un guanaco
vigilaba desde la altura esa presencia extraña. Cuando
los perros comenzaron a ladrar, lanzó un relincho de
alerta y galopó hasta reunirse con la manada que pastaba
segura al fondo de la vega y desaparecer detrás de las
lomadas.
De
a poco el andar se hizo más lento. La estirada planicie
dio paso a terrenos menos accesibles con sendas que no
permitían el sobrepaso. En fila india recorrieron ese
tramo, hasta que un barranco profundo les cerró el
camino. Dejaron los caballos y descendieron
dificultosamente. Una pared vertical con cuevas estrechas
levantaba su bastión infranqueable.
-Vamos
a tener que buscarle por el costado –recomendó Ramón
mientras observaba el alto murallón haciéndose visera
con la mano-
-No
se... no creo que se pueda -reflexionó Emiliano con un
dejo de pesimismo-
-En
estas cuevas tiene seguro el león su guarida .
-Cómo
sabés?
-Porque
le anduve "cortando el rastro"* al trapial* y me
trajo hasta aquí-
Dando
un rodeo, Emiliano Villaverde pudo, con cierto trabajo,
trepar hasta la cima. Desde esa superficie plana, tirado
boca abajo al borde de la cornisa, intentó llegar hasta
la primera de las aberturas que horadaban ese muro de lava
moldeado por los siglos. Con esfuerzo logró penetrar en
ese agujero angosto que apenas le permitía moverse. Un
olor fuerte, como a carne podrida y saturada de orines, lo
dejó sin aliento. Se arrastró por ese pasadizo opresivo
sintiendo el oleaje de la sangre hincharle las sienes. A
medida que avanzaba, vio con alivio que el túnel se
ensanchaba, hasta convertirse en una galería donde pudo
incorporarse. Cuando se acostumbró a la oscuridad,
comprobó que la caverna tenía otros corredores por donde
la luz del día iluminaba delatando la existencia de otras
oquedades. Al fondo, sobre un pequeño alero formado por
la propia piedra, los ojos del puma eran dos soles
misteriosos que él miraba deslumbrado.
Por
algún meandro de ese ominoso laberinto, la voz de Ramón
llegaba llamándolo...
LA
ULTIMA BATALLA
Después
de la partida de Emiliano,
María Reumay había envejecido.
Parecía achicarse devorada por las llamas de su propia
hoguera, transmutando su forma humana en esa apariencia de
gallinazo carroñero, que encorvado, caminaba sin regreso
hacia una extraña metempsicosis*. Se había soñado
desandando sus rastros terrenales, regresada a cada uno de
los sitios donde el legado de los antiguos la llevara para
ser la mensajera de los padres azules.
Hoy
ha visitado por última vez la tumba de Nicolás Millaqueo.
Y a medida que escuchaba de la boca del muerto repetidas
historias, las flacas piernas se contraían hasta tomar
las formas de las garras costrosas de un águila.
Lentamente, como una sombra líquida, el plumaje oscuro la
cubrió entera, dejando sólo espacio para las pupilas
vivaces y el pico recio. Permaneció inmóvil algún
tiempo, hasta que batiendo las alas, voló libre por el
cielo cordillerano.
Desde
lo alto, la vieja casa, esqueleto de barco hundido, parecía
zarpar de su larga penitencia rumbo a su naufragio
definitivo. Entre la bruma que soltaba la cascada después
de moler contra las piedras sus cristales de hielo, el
Arroyo del Coipo se llevaba aguas abajo los últimos
fantasmas de Piedras Blancas.
Ahora
el ave navega las corrientes heladas de las alturas,
sostenida a la luminosa bóveda por invisibles ataduras.
Surcará la inmensidad en un planeo sin esfuerzo hasta
depositar su flechazo de viento y plumas en las nudosas
ramas del árbol sagrado. Allí esperará a su espíritu
guardián para ir juntos en busca de la piedra aguilera
donde armarán su nido.
Pero
antes de aparearse, la vieja paisana marchará en soledad
hasta el sitio sagrado y esperará que la muerte le toque
el hombro con su mano huesuda. Verá llegar a su compañero
y sentirá su pico despielarla, comenzando por los ojos,
para que la luz traspase su cráneo y salga por el anillo
de plata de la coronilla, apagando todo resto de vida
pasada en esa osamenta sin memoria; seguirá por su boca,
para que sólo pueda pronunciar palabras de sabiduría y
terminará por los oídos, para que sólo pueda escuchar
la voz de los chamanes muertos. Aún sin su carne, sabrá
cuándo el espíritu guardián comenzará con la tarea de
llevar uno a uno sus huesos hasta el árbol sagrado.
Ese
será su final. Tal vez, con la llegada de los nuevos
tiempos, María Reumay, convertida en águila, regrese a
esos desconocidos parajes para ser el espíritu guardián
de los chamanes venideros.
Pero
ahora debe volver a cada lugar visitado en vida a
"borrar" sus rastros. A despedirse de los seres
que ha conocido y viajar a los sueños de su discípulo,
el chamán blanco.
Guiada
por el misterioso instinto que orienta a las aves, salvará
en un solo vuelo las tres jornadas de marcha que separan a
Pampa del Pedrero de Piedras Blancas, para barrer
"con un viento de alas" el rastro maligno de
"la piedra que camina" y liberar de su atadura
al enterrado sueño de Nicolás Millaqueo.
Después,
la Bajada del Chuncho la verá rastrear los sitios por
donde pasó el caballo cargado con la finada mujer de
Ruperto Martínez, para apagar de una vez y para siempre,
la luz mala que alumbra por las noches el ciego deambular
de su alma en pena.
Luego
el destino de su vuelo estará en la hondonada, que en la
alta montaña, ampara del hombre y de los bichos, el
desbarrancado sueño del padre de Ramón, desriscado en
una nevazón mientras le seguía el rastros a unos
cuatreros chilenos.
Desde
el aire, Las Taguas se mostraba sitiada por ejércitos de
montes compactos, que dejaban ver entre sombras, la
abigarrada textura de su piel volcánica, erosionada por
soles y vientos de siglos. Todavía le quedaba por delante
ese escabroso paisaje, que estira hasta las cumbres su
inhollado horizonte.
Un
planeo bajo, la llevó hasta posar su estilizada forma
sobre la cruz de madera.
Inmóvil,
el águila esperó que un pequeño reptil asomara su
cabeza, saliendo de la tierra suelta que tapaba la tumba.
El lagarto se arrastró un trecho y luego se detuvo, como
presintiendo el peligro. Un salto breve, sorpresivo, le
permitió al ave asir con sus garras a la desprevenida
alma del difunto y partir con ella hacia los altos
laberintos que la esperan, más allá de la muerte.
En
el alto cielo, el águila agitaba sus alas sin avanzar,
como atrapada por el líquido estanque del aire. De
pronto, liberada de esa trampa invisible, se lanzó en
picada hasta casi chocar contra la dura esfera de la
tierra, que se agigantaba velozmente yendo a su encuentro.
Un golpe de timón la elevó de nuevo hasta encontrarse
con su compañera que regresaba de un largo viaje, y
juntas volaron hasta la piedra aguilera donde armarán
nido la próxima primavera.
Ella
sabe que su vida está unida a la de su compañero. Que
juntos surcarán los cielos limpios y delimitarán sus
dominios, desde donde la llanura remeda en el coironal la
naturaleza del puma, hasta donde el rastro geológico de
los glaciares dormidos, marcaron en la piedra su tatuaje
de frío.
Sólo
abandonará al macho, cuándo deba proteger al chamán
blanco y viaje a sus sueños para indicarle el camino. Sólo
entonces...
EL
AMULETO
Emiliano
Villaverde despertó sobresaltado.
Algo, venido de la oscuridad
impenetrable pugnaba por entrar, asomado a ese cuadrado
ojo de buey desde donde se podía imaginar el oleaje
siniestro de la noche. Era un aleteo, un rayo lejano que
pestañaba su dorada vislumbre, calcando en el vidrio la
figura de un águila en vuelo.
Sentado
en el jergón* de cueros, miraba al ave picotear y arañar
la ventana, impasible ante esa barrera infranqueable.
Cuando la quietud se adueñó nuevamente del puesto, se
incorporó sin hacer ruido, para no despertar a Ramón que
a una brazada,* dormía el hondo sueño del peón de
campo. Se vistió y a tientas buscó el verijero* que
siempre dormía escondido entre los pliegues de la manta
que le servía de almohada. Cuando abrió la puerta, un
aire oscuro le llenó los ojos de sombras. Poco a poco,
como si mínimas luciérnagas untaran luz en el contorno
de las cosas, pudo "ver"por donde caminaba. Los
caballos dormitaban dando grupas al rumbo desde donde el
viento de la cordillera, acama al coironal andino, justo
en el límite donde termina el largo travesaño del
palenque y comienzan los corrales. Un resplandor cobrizo ,
una resolana luminosa envolvía la masa informe de los
animales apretujados, en esa resignada actitud, propia de
su mansedumbre. Aislados balidos lanzaron su alerta desde
ese confuso conjunto, apenas percibieron la extraña
presencia.
Con
todos los músculos tensos, la respiración agitada por un
miedo desconocido, anhelaba la llegada de algún indicio
que confirmara la peligrosa aparición del puma, en esa
espera ominosa que deseaba con fervor que acabara, al unísono
con un recelo torturante que pretendía extender
indefinidamente. En cuclillas, apoyado en los alambres del
corral, esperó pacientemente. A veces el viento
despreocupado parecía traer en el rumor nocturno de la
montaña, los secretos sonidos de sus ocultos habitantes.
Por largos momentos, una calma dolorosa, aquietaba los
latidos de la vida, como si todo fuera parte de ese
silencio rotundo. Desparramados en el pequeño guardapatio,
los perros dormían echados al reparo de las paredes del
rancho. Nada parecía perturbar el liviano sueño de los
ovejeros. Era como si los pasos del chamán blanco no
alcanzaran a tocar el suelo, en esa sigilosa marcha del
cazador yendo al definitivo encuentro con el puma.
Pero
en esa vigilia, ajena a todas las bestias que el hombre
domestica, un recóndito miedo le ponía la sangre en
guardia. Un súbito presentimiento venido desde la memoria
del instinto, anunciaba la inminencia de ese alumbramiento
proceloso. Y comprendió que ya no había regreso ni
claudicación posible. Que ese temblor en el aire
estancado, despertaba al remoto lobo que aulla todavía en
los perros, que agachaba con un pavor antiguo las orejas
de los yeguarizos y desorbitaba el terror dormido en los
ojos de las ovejas.
Como
obedeciendo un mandato irresistible, su mano buscó el
cuchillo. Ahí estaba, entre la cintura y el bajo vientre,
ocultando a la noche el hiriente brillo de su acero.
Y
como salidos de la nada, los ojos del felino surgieron
amenazantes, desde la niebla espesa que escondía en su
negrura, esa masa poderosa de músculos tensados y al
acecho. Por un instante sus miradas se encontraron en la
calma precaria, que presagiaba la inminente tormenta.
Entonces el chamán blanco comprendió lo que María
Reumay le quiso decir con..."cuando puedas ver con
los ojos del puma"!
Lentamente,
sin dejar de mirar esas pupilas de fuego, se fue quitando
el poncho y lo arrolló en su mano zurda; en la diestra,
el verijero probaba su punta contra el cuero de la noche
cerrada, esperando el salto del león agazapado. Mirando sólo
esas pupilas encendidas, pudo "ver" la boca
abierta del gran gato con sus colmillos desenvainados y
las uñas corvas y agudas que escondían sus ágiles
garras. El golpear de la cola contra el pisoteado suelo
fue último aviso antes del salto. Apenas tuvo tiempo de
adelantar la mano izquierda para protegerse del ataque,
para sentir cómo la hoja del cuchillo chocaba contra el
pecho del puma. Rodaron entre rugidos sordos por la tierra
suelta saturada de estiércol, hasta que de nuevo el
silencio regresó de entre las sombras.
Cuando
Ramón salió del rancho ante el alboroto de los animales,
una enorme piel de puma colgaba de los hilos del alambre.
Un poco más lejos, cerca de los corrales, el cuerpo
descuerado del león yacía de costado con los ojos
abiertos, mostrando el despellejado hocico armado con
afilados puñales carniceros. A una de sus manos le
faltaba la uña mayor, que el chamán blanco le había
sacado para tener su amuleto de poder.
-Bueno,
por fin le llegó la hora al trapial -exclamó con alegría
Ramón para luego continuar... – Demasiado daño había
causado el maldito!
Emiliano
parecía no escucharlo mientras limpiaba en una mata la
daga ensangrentada. Sin pronunciar palabra se encaminó al
rancho, como si un cansancio viejo le encorvara la espalda
con su pesada carga.
Cuando
volvió de enterrar al puma sacrificado, el peón lo
encontró dormido, tirado entre los jergones.
Despertó
al sentir ladrar a los perros del puestero, que
desensillaba y soltaba el caballo, luego de una larga
jornada, recorriendo despobladas extensiones. Trataba de
recordar cada imagen de ese intrincado sueño, desde donde
una decrépita María Reumay, le hablaba con las últimas
briznas de esa hechura carcomida por el tiempo. Por las
cuencas de sus ojos hueros, desplumados pichones de águila
pugnaban por abandonar el nido hecho en el centro de su
cerebro, alimentándose con la resina fósil de los sesos.
De esa boca sin dientes ni lengua, salía la voz
cavernosa, como venida de ese vientre estéril de toda
existencia. Apenas podía reconocer a la chamana en esas míseras
sobras, salvadas por algún designio inexplicable. A
medida que la escuchaba, veía cómo esa máscara
espectral se desmoronaba en lentos estertores, hasta sólo
ser un pequeño puñado de cenizas devueltas a la tierra.
Pero la voz parecía no necesitar de esos huesos transidos
para llegar hasta el chamán blanco con su póstumo
mensaje. Desde ese largo sueño, la vieja paisana le había
dicho...
"Vengo
a despedirme. Hacerte chamán fue mi última batalla en
este mundo. He partido para existir al lado de los
chamanes muertos. Ya no podrás verme como me conociste.
Recibirás alguna señal cuando te visite en los sueños.
Sólo en sueños escucharás mi voz. De todo lo demás se
encargará tu espíritu guardian; él acudirá en tu
ayuda. Para convocarlo, debes usar tu canción sagrada.
Con sólo pensarla, el espíritu guardián vendrá a tu
encuentro cada vez que lo necesites. Tu amuleto no debe
abandonarte nunca!. Donde vayas, deberá acompañarte y
nadie puede verlo y menos tocarlo!. He borrado todos mis
rastros sobre la tierra que pisas. Sólo he dejado la
vieja casa que vos destruirás prendiéndole fuego. Que
nada quede que recuerde mi nombre. Debes deshacerte de
todo lo demás. Lo primordial lo llevarás puesto. Que
todos crean que mi desaparición se debió al incendio y
que todo lo que había de mí lo devoró el fuego. Una catán
currá* te estará esperando por el camino. Esa piedra
sagrada para "soplar daños," la encontrarás
porque el águila la puso en el sitio por donde deberás
pasar cuando regreses a Piedras Blancas. Tendrás que
construir tu propia morada en algún sitio alejado del
mundo de los hombres. Desde donde decidas vivir, irás en
ayuda de todo hermano que te necesite, sea blanco, mestizo
o indio, sin aceptar pago alguno por tu trabajo. Recuerda
que el conocimiento que has recibido, sólo lo usarás
para hacer el bien y que deberás dar cuenta de cuánto
hagas a los padres azules, cuando te enfrentes al
laberinto de los muertos".
"Antes
tu lucha era contra vos mismo. Ahora tus enemigos serán
otros, más poderosos, pero vos también sos otro y tienes
tu propio poder y el de tus protectores. No vuelvas a tu
mundo anterior; no pierdas lo que con tanto sacrificio has
conseguido. Debes renunciar definitivamente a tu pasado!.
Pronto se desatará una guerra entre los habitantes de
esas grandes poblaciones y nadie podrá escapar de sus
asesinos. Entre el desierto y la cordillera estará tu
residencia, y la de los que te sigan. Hasta que un lejano
día, cansada que maten sus animales y mutilen sus árboles,
envenenen el aire y contaminen sus ríos, la madre tierra
se arranque sus propias entrañas y vomite el gran
cataclismo. Entonces los volcanes expulsarán negras
cenizas oscurecerán los anchos cielos por años, y sin el
calor del sol, todo signo de vida perecerá. Sólo se
salvarán de esa tragedia, los huesos de los chamanes
muertos. Y de ellos nacerá un nuevo hombre, para iniciar
otra vez el camino"...
EL
DUEÑO DEL FUEGO
Todo
le resultaba diferente |