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CON
OJOS DE PUMA
EL ÁGUILA
Inmóvil, la mujer
miraba el vuelo del águila.
Como una flecha de sombras surcaba las distancias azules, tan alto
que a veces sólo era, una muesca pequeña en el lienzo infinito
del cielo.
En sus ojos se repetía esa silueta bruna, como
un dardo lanzado desde algún sitio de ese inmenso territorio,
para herir en pleno rostro al asombrado mediodía. Siguió mirando
hasta que el ave, remontando invisibles pendientes, desapareció
tras los blancos penachos de la cordillera. Lentamente volvió
hasta la casa y la oscura boca de la puerta se tragó entera su
encorvada figura.
Dentro de la estrecha cocina, Ramón, un
muchacho huérfano que la anciana tenía como única compañía,
le acercaba de vez en cuando un mate que la vieja tomaba casi sin
prestarle atención, sumida en profundos laberintos.
-Ha vuelto -dijo al fin la machi, mientras se
acomodaba el pañuelo que le cubría la cabeza.
-Quién? -preguntó Ramón sorprendido.
-El águila...
-No será un águila mora*? Hace unos días
andaba una por los corrales...
-No. Ayer encontré una pluma cerca del
menuco*. Esa es una señal que ella da cuando regresa.
-Cómo es que yo no puedo verla? -inquirió el
muchacho-
-Ya te lo he dicho... porque no podes
"ver".
-Podré verla alguna vez, doña María?
-No. Lo que ha regresado no es un águila en
realidad. Es mi espíritu guardián que viene a ponerme a salvo de
algún peligro. Por eso mañana, antes que el sol alumbre estos
parajes, estaré esperándola al pie del árbol sagrado, donde
ella arma su nido con los huesos de los paisanos muertos.
Y si fuera un águila verdadera la que vuela
sobre la casa?
No m`hijo... ella viene `porque yo la llamo en
los sueños -habló la chamana* con la mirada perdida en ignotas
regiones.
Me asusta que ella traiga malas noticias
-balbuceó sin disimular su miedo Ramón.
-No siempre son peligros... a veces son
anuncios de cosas que sucederán. Ya lo sabremos mañana.
Se quedó pensativa, atrapada por el antigua
embrujo del fuego, regresada a un tiempo de lejanos camarucos*,
desbocados awines*, por marzos llenos de rogativas y purrunes. Se
veía niña, única heredera de su abuela machi en ese remoto
conocimiento que viaja en la memoria de los indios desde los
albores de la vida, sostenido por la magia y los sortilegios.
Era todavía noche cuando la vieja curandera
emprendió la marcha. En la penumbra, apenas imaginaba la forma
del sendero y los montes que aquí y allá, se agrupaban en
oscuros manchones.
Casi de memoria, recorría el trayecto tantas
veces transitado, a la espera que las cosas recobraran sus formas
reales, cuando un sol redondo, asomando su cósmica lumbre, se
trepara al cielo diáfano.
En una rama del árbol sagrado, de pecho al
astro recién nacido, estaba el águila. Se la veía enorme, como
suspendida del aire rumoroso, asperjando brillos fugaces en
diminutas esquirlas de cobre. Sólo el duro cuarzo de sus ojos,
ponía algo de oscuridad en aquella criatura luminosa.
La anciana se quitó el pañuelo que le cubría
la cabeza y de cara al naciente, fijó en el águila sus pupilas
neblinosas. Un silencio hondo, denso, aquietó los latidos del
día hasta ponerlos de piedra.
Entonces el águila habló. La voz le llegaba a
la machi por todos sus sentidos.
"Ya no tienes tiempo para esperar. No
demores más la tarea que los espíritus te han ordenado. No
encontrarás entre los tuyos quién reciba el poder de viajar al
mundo de los muertos y regresar con los mensajes de los Padres
Azules*. Alguien llegará de lejos -tal vez un extranjero- para
que lo tomes como propio y le hables de la vieja enseñanza, para
que no se pierda el conocimiento de los primeros pobladores de
estas tierras. Ese viajero ya está en marcha, debes estar
preparada para recibirlo. El llegará primero a tus sueños y
cuando llame a tu puerta, recuerda que será u última oportunidad".
La anciana, como petrificada, permaneció
quieta, hasta que el ave, sacudiendo sus poderosas alas, agitó el
follaje al levantar vuelo. Lentamente fue cobrando altura, hasta
que las altas cumbres esfumaron de lejanías su perfecta
trayectoria.
Cuando la machi inició el regreso, los sonidos
del paisaje habían recobrado sus definidas cadencias.
Abajo, en el pequeño valle que forman dos
cordones de montañas, un humo celeste se alzaba recto, partiendo
en dos mitades al macizo bosque. Debajo del humo, como salido de
la tierra, aparecían de a poco las viejas maderas de su casa
pobre.
-Desde el último recodo del camino, pudo ver a
Ramón apoyado en el cerco de cantoneras*, esperándola. En el
mirar de la abuela paisana, aún persistía un escondido fulgor
dorado.
EN MARCHA
El sonido monótono
del motor de la vieja
camioneta, le producía cierta somnolencia, acentuada por esa
larga ruta sin demasiadas curvas que con rumbo S.O., lo llevaba al
encuentro con el paisaje cordillerano.
Había manejado desde muy temprano y su
estómago le avisaba que era hora de hacer un alto, con esa
languidez cada vez más acentuada.
Esperó encontrar un lugar adecuado a la vera
del camino y detuvo la marcha. Una mata de molle* le abrigó la
espalda del viento. Con leña menuda encendió un pequeño fuego y
calentó agua para el mate.
Cortó en rodajas el resto de fiambre y el poco
queso que, desde la antevíspera, era su menú fijo, junto al pan
casero de corta existencia, con relación con los otros dos
elementos.
Para cuando terminó con el último bocado, la
pava le avisaba con tímidos silbos que estaba lista para la
mateada.
El viento del oeste acamaba la rubia melena de
los coirones*, doblando las curtidas ramas del viejo molle, que
mostraba al mediodía las pulidas cuentas de sus frutos perfectos.
Caminó un trecho para "estirar las piernas" y orinar
largamente al reparo de una malaespina*.
Cuando regresaba hacia la camioneta, una
bandada de corraleras* levantó un vuelo bajo, casi rozando el
monte dormido. Un sol desteñido se sostenía en lo alto de un
cielo anaranjado.
Otra vez en marcha. De nuevo la negra lonja
estirando sus kilómetros incontables ante los ojos del viajero,
en ese tránsito obcecado por los límites más extremos del
desierto.
Poco a poco la vegetación cambiaba su rústica
vestimenta, para dar paso a pastizales altos que trepaban hasta el
vientre astroso de las ovejas, con manchones de montes de ñires*
enanos, agazapando su verdor en las laderas de dilatados valles.
Al fondo, las primeras estribaciones de la
cordillera, elevaban sus imponentes siluetas, azuladas de
lejanías.
Al atardecer, el ruido del motor rebotaba
contra la pared rocosa, prolongado en un eco metálico por la
estrecha senda calada en la piedra, al filo del precipicio. Para
entonces, bosques compactos, como subidos a la espalda escabrosa
de la montaña, inundaban de un verde intenso, la increíble
serenidad del paisaje.
Antes que las sombras esfumaran los perfiles
afilados de las cumbres, a orillas de un pequeño arroyo, detuvo
la marcha del fatigado motor y armó la carpa.
Pronto la noche untó su hollín umbroso en
cada criatura, como si la vida escondiera de la oscuridad, su
germen prodigioso.
Se durmió pronto, acunado por el memorioso
canto del agua.
LA CASA
La casa era pequeña, hecha con troncos de
ciprés*puestos uno encima del otro, dando forma a las paredes de
rústica fortaleza.
El techo estaba
construido de tejuelas, obra
del chileno Paredes -que, como ironía, era especialista en
techos-.
De su paciencia infinita, como hojas de un
árbol misterioso, fueron saliendo las diminutas tejuelas de lenga*,
con las que se fue tapando, de a minúsculas porciones, el cielo
con las manos.
Nadie sabe cuándo llegaron los Reumay a
Piedras Blancas. Sólo se sabe que habitan ese paraje desde
siempre, desde que los abuelos tienen memoria.
Pero a la casa la hicieron entre todos.
Limpiaron el lugar, hacharon los árboles y los
desgajaron, y a golpes de hachuela* fueron armando el sólido
esqueleto de madera, cerca del arroyo que alguien le puso "
del coipo",* porque por aquella época esos animales lo
habitaban, hasta que la presencia humana los alejó hacia otros
destinos.
En ella nacieron los hijos, sin partera, sin
ayuda, a cielo limpio, y velaron entre paisanos tristes, la muerte
de su marido, don Nicolás Millaqueo, en un marzo llovedor lleno
de presagios.
Ella sabía que su compañero había mirado el
rastro que deja "la piedra que camina"* y que no podría
escapar de esa muerte lenta, que lo secaba con la persistencia de
la sal, hasta volverlo viento machacado.
Lo enterraron al fondo de la casa, justo donde
las blancas piedras de cuarzo, acidulan en los ojos apagados del
muerto, sus soles mutilados.
A veces el recuerdo le tuerce la cabeza y le
hace mirar hacia la tumba.
Y es cuando, desde una resolana turbia, la
figura de Nicolás Millaqueo sale de la tierra para hablarle desde
su mundo inescrutable. Ella le sonríe desde su rostro ajado,
mientras por sus ojos gastados, algo dorado, como el vuelo de un
águila, le abrillanta la mirada. Pero es un centelleo, una chispa
fugaz, un menudo relámpago.
Después todo vuelve a tener el repetido pulso
de los días campesinos, ese renovado destello desde donde la vida
resucita su invencible portento.
Esa ruca* de maderos apilados, era como el
maderamen de un viejo barco varado en medio de la tarde, anclado
en el breve mar de un arroyo andino, que a contra mano de los
peces, derramaba en el horizonte sus aguas puras.
Desde ese sitio partieron de a uno los hijos.
Primero la Elvira con su guagua* recién nacida. Luego se fue
Jacinto con un arreo que pasó rumbo a Mata Guanaco*. A Julián lo
llamaron para el servicio militar y no supo cuál fue su destino.
Y María Reumay se quedó sola, aprisionada
entre el Arroyo del Coipo y la lomada de piedras blancas que
esconde la sombra penitente de Nicolás Millaqueo, su marido
muerto.
LA PIEDRA QUE CAMINA
Se bajó del caballo
apenas el animal pisó el
lecho pedregoso del río seco.
De la barranca asomaban raíces oscuras de
arbustos achaparrados que mostraban su subterránea existencia al
impiadoso sol del desierto. Orinó contra la barda* gredosa y un
hilo de espuma estiró su salmuera hasta casi mojar las suelas de
sus botas.
Acomodó el cuero del recao,* le ajustó la
cincha al alazán* que, como vieja maña, hinchaba su vientre
lustroso, y, cuando estaba por montar, con el pie zurdo apoyado en
el estribo, fue que vio el rastro.
Era una huella pareja, una marca que atravesaba
las arenas del río muerto, trepando en suave viboreo su tatuaje
uniforme, más allá de la barranca carcomida por las lluvias de
los inviernos.
Él la siguió paso a paso, como pisándose la
sombra, desandando callado ese misterioso derrotero que como a un
ciego, lo conducía sin regreso hacia un final trágico. El rastro
se perdía entre las raíces y ramas de una gran mata de
algarrobillo*, que resguardaba de las cabras los colgantes rulos
de sus vainas oscuras.
Desde Pampa del Pedrero hasta Piedras Blancas,
eran tres días de andar parejo, paso y trote.
Al atardecer, al fondo del cañadón, la blanca
silueta del puesto le anunciaba el final de la primera jornada de
marcha. Una jauría de ovejeros flacos le salió al encuentro,
apenas traspuso la tranquera, encabritando al alazán con aullidos
y ladridos cortos. Del negro rectángulo de la puerta, apareció
el criollo Manuel Morales.
-Pase adelante don Nicolás, qué sorpresa!
-atinó a decir el mestizo mientras le ofrecía asiento junto a la
tiznada cocina-.
-Cómo anda don Manuel, tanto tiempo!
-contestó el indio, al tiempo que se sacaba el sombrero y ocupaba
un banco bajo, hecho con madera y cuero.
-Qué anda haciendo por estos lados...qué
alegría hombre! -se admiraba sin disimulo Morales.
-Vengo de Pampa del Pedrero, de lo de
Fernández, de la estancia "La Porfía". Anduve domando
unos potros que el gallego tenía para amansar.
Ahora estoy pegando la vuelta para la
cordillera.
-Sírvase un mate amigo, que pronto estará el
asadito de capón que tengo en el horno -anunció mientras le
arrimaba al fuego leña nueva.
Después de comer, hablaron de las cosas del
campo.
De inviernos nevadores, del zorro, de la sarna,
de esquila y señalada, de largas soledades. Antes que el viento
cerrara los párpados del ocaso, el indio Nicolás aserraba un
pesado sueño entre cueros grasientos.
Muy temprano se despidió del amigo, ensilló y
con un aire dormido en el ala del sombrero, partió empujando a
puro caballo las últimas sombras del crepúsculo.
Cuando Manuel Morales entró en la cocina, el
paisano Millaqueo era apenas una lejana marca en el pecho cetrino
de las mesetas.
Ella lo ayudó a bajar. A la cabalgadura, un
salitre manso le coronaba los ijares mustios, cuando la liberaron
del jinete. Algo parecido a un temblor, le erizaba el pelaje
oscurecido de sudores y ponía tenues lejías en sus pupilas
tristes.
-Ya estoy viejo para domar chúcaros... -dijo
casi sin voz, mientras su compañera, escondiendo la pena, lo
acostaba en el catre. Le frotó el cuerpo con untura de cumtre*.
Fue cuando vio su cuerpo desnudo que comprendió que en los ojos
de Nicolás Millaqueo, la muerte había empollado sus criaturas
funestas.
RAMON
Era media mañana
cuando los tres hermanos, que
jugaban cerca del arroyo, lo vieron aparecer. Jacinto y Julián se
quedaron quietos, presos de la curiosidad por saber quién era ese
hombre que saltaba de piedra en piedra cruzando el cauce en
dirección a ellos.
Elvira corrió hacia la casa para avisar de
aquella inesperada visita.
-Mamá, ahí viene un hombre!...
Cuando María Reumay salió al patio, el
recién llegado la miraba con una expresión extraña, como quién
regresa desde una honda tribulación.
-Ando buscando a la curandera, -alcanzó a
decir con voz apenas audible-
vengo desde Las Taguas*... mi mujer está por
parir y tiene mucha fiebre... está muy mal, señora...
Con un gesto lo invitó a pasar. Cuando
estuvieron adentro, le dijo.
-Debe tener hambre, descanse, coma algo. Cuando
recobre el aliento saldremos para su casa -se apresuró a decir la
machi,* al tiempo que le pedía a Jacinto que ensillara los
caballos para el viaje.
Las Taguas estaba a tres leguas con rumbo
norte, entre los repliegues de la precordillera, con una senda por
camino, como dibujada entre la vegetación tupida y peligrosos
riscales.
En los últimos tramos, casi a tientas,
avanzaban llevados por el instinto de las cabalgaduras, acechados
de insondables abismos. Marcharon callados, maniatados por un
mutismo torturante que les llenaba de arena las gargantas.
Cuando llegaron, ningún sonido denunciaba a la
vida. Un candil de luz vacilante esfumó las tercas sombras del
rostro de la enferma. Su mirada, hundida en el cieno obsesivo de
la muerte, luchaba por mostrar de a ratos su debilitada lumbre,
aferrándose a la esperanza como un animal trampeado.
A los pies, entre sábanas sucias, anclado aún
por el cordón a su madre, el recién nacido parecía dormir. Un
río de tinta azulaba su cuerpito inerte, ajeno al fatalismo que
agostaba la savia de esos senos vacíos, que ya no imaginaba su
sed.
La machi se inclinó sobre el recién nacido y
con la boca le cortó el tibio lazo. Lo subió hasta sus brazos y
salió con él a la hondura de la noche para adentrarse en sus
misterios.
El llanto quebró el silencio nocturno,
acallando los ruidos de sus criaturas invisibles. De atrás de la
casa, apareció María Reumay con el niño, destilando aún su
piel arrugada, las últimas gotas de las heladas aguas de la
vertiente.
Abrigado con una manta de lana, lo puso cerca
de la cocina. Al calor de los leños, lentamente fue recobrando
vitalidad, despertando de su pesadilla, regresado al duro mundo de
los mortales.
Cuando volvieron junto a la madre, la
encontraron sin vida, con los ojos abiertos, mirando sin ver las
ennegrecidas vigas del techo.
Ruperto Martínez contemplaba a la curandera
mientras alimentaba al pequeño con leche de cabra. Sumergido en
profundas cavilaciones, parecía no estar en aquel sitio, hasta
que la voz de la mujer lo trajo desde alejados confines.
-Ahora que se ha quedado solo, cómo hará para
criar al niño en esta soledad? -preguntó la machi sin mirarlo.
-No sé, señora... lo primero es bajar con la
finadita a dar parte al destacamento -susurró con el rostro
escondido tras las ásperas manos.
Por aquí no tenemos parientes... toda la
familia de ella está en Chile, -agregó afligido.
Con la criatura en su regazo, sintiendo en el
pecho la tibieza de ese ángel silvestre caído desde un cielo
impío, la machi dijo...
-Yo me puedo encargar de la guagua* hasta que
encuentre quién se la cuide. En casa somos muchos para
atenderla... ya conoce dónde buscarla...
Desde los ojos del hombre, una llovizna breve
caía hasta humedecerle la manga de la camisa.
Envuelta en cueros, resumida en su propia
sustancia, como una crisálida* grotesca, viajaba la muerta hacia
lejanos silencios atravesada sobre el lomo del caballo. La machi
la seguía a media rienda, con el niño dormido apretado a su
vientre, en callado cortejo.
Así marcharon hasta Bajada del Chuncho*, donde
cada jinete tomó un rumbo diferente. Hacia el sur, la tarde
desleía entre dormidas acuarelas, la difusa estampa de un caballo
yéndose...
EL ENCUENTRO
La camioneta detuvo su
marcha, en volviéndola
con el polvo fino que parecía empujar desde atrás el pesado
andar del antiguo vehículo. Apostada a la orilla del camino, ella
esperaba el paso de algún viajero que la llevara hasta el pueblo.
Había caminado casi la legua que separa Piedras Blancas de la
ruta provincial 146 y hacía un par de horas que aguardaba,
atisbando con el oído atento el mínimo sonido que perturbara la
prístina calma. De a ratos, el rumor del viento entre los
árboles remedaba el ronroneo metálico de un motor en marcha, que
de a de a poco, era tapado por el oculto trinar de algún pájaro.
Abrió la puerta del acompañante mientras
preguntaba...
-Va para el pueblo?
Con un ademán de su mano derecha, Emiliano
Villaverde le indicó que subiera.
Durante el trayecto, apenas si cruzaron alguna
pregunta, seguida de un monosílabo como respuesta.
-Vive por aquí?
-Sí.
-Cómo se llama este lugar ?
-Piedras Blancas.
-Hacía mucho que esperaba ?
-No mucho...
-Cuántos kilómetros faltan para llegar al
pueblo ?
-Cuarenta.
Apenas aparecieron las primeras casas del
pueblo, la machi dijo.
-Por aquí nomás... muchas gracias! -mientras
abría la puerta y se apartaba rápidamente del vehículo.
En el pueblo, Emiliano compró algunos
comestibles, cargó nafta y luego de un corto descanso, se
preparó para continuar el viaje.
A lo lejos, la figura de aquella mujer parecía
llamarlo desde esa quietud de estatua. Pasó al lado de la anciana
que espera a la vera del camino, pero un impulso ingobernable le
hizo frenar bruscamente y poner marcha atrás, hasta llegar de
nuevo junto a ella.
Cuando pudo ver su rostro, algo parecido a una
sonrisa le juntaba arrugas en las comisuras de su boca pequeña,
disimulando un gesto de picardía. Esta vez no esperó que la
invitara. Se subió y sentada junto al conductor, le dijo.
-Me llamo María Reumay... si va para allá,
voy de regreso a Piedras Blancas -le indicó señalando con el
mentón en dirección al camino.
-Mucho gusto... Emiliano -contestó mientras le
estrechaba la huesuda mano a la curandera.
-Qué anda haciendo por aquí? -quiso saber la
machi.
-Busco plantas medicinales. Soy profesor en la
universidad y necesito muestras para realizar un trabajo
-respondió sin sacar la vista del sinuoso camino.
-En esta región están casi todas las yerbas
que curan. Hay algunas que poco se las conoce porque crecen muy
arriba, montaña adentro, lejos de los lugares que camina la gente
-comentó la abuela mapuche* mostrando de pronto una
desacostumbrada cordialidad.
-Qué bien! -exclamó Villaverde sin disimular
su entusiasmo.
Una gran peña volcánica indicaba el comienzo
del sendero hasta Piedras Blancas. Antes de llegar, la anciana le
avisó que ahí terminaba su viaje en vehículo. Como último
comentario dijo...
-Hasta aquí se puede llegar con la camioneta.
Si gusta, mi casa no está lejos, es pequeña pero le puede servir
de campamento. Sin tener que moverse mucho, ahí puede cosechar
todos los yuyos que quiera para su trabajo. Deje escondida la
chata* detrás de aquel peñasco, que es muy raro que pase alguien
por ahí.
Para cuando Emiliano Villaverde decidió
seguirla, la curandera caminaba encorvada, trepando con agilidad
la empinada senda.
POR LOS OJOS DEL AVE
Aquella noche,
María Reumay
había soñado con
el águila. Y en el sueño pudo ver, los escondidos territorios
del puma.
Desde lo alto, sostenida del vasto océano
celeste, escrutó la cueva donde el puma hembra parió tres
cachorros.
Maniatados por la ceguera, pasarán lentos
días antes de sentir la luz del sol arponear con dardos de
colores sus deslumbradas pupilas.
En lo profundo de la oquedad, apretujados
buscan a tientas el alimento, guiados por el hambre y los
instintos. Gimotean con chillidos breves sus reclamos, aguardando
el regreso de la madre que los abrigue del frío de la piedra, a
pesar que afuera, la primavera expone al clima su perenne
policromía.
Son dos hembras y un macho, camuflados con
rayas oscuras en el pelaje aleonado, que desaparecerán a medida
que crezcan y den paso al definitivo tono, tal vez copiado del
coironal andino.
La madre puma ha salido de cacería. Hace tres
días que no come y el hambre, es como una espina de molle
atravesando sus entrañas. Ha esperado la caída de la tarde para
salir del escondite y recorrer parte de su ilimitado reino,
estirado a los pies de la cordillera. Se la ve flaca, como si la
piel le quedara grande. Largas arrugas le caen desde los flancos
hasta la panza lacia, de donde cuelgan diminutos pezones rosados.
Aún así, puede llegar a pesar cincuenta kilos
y ser capaz de transitar días enteros sus dilatados dominios.
Desde el aire, el águila la ve marchar
cautelosa, husmeando en el viento los olores que reconoce desde
una antigua y perdurable memoria, atávico legado de su índole
felina.
Después de abandonar la madriguera, olisqueó
largamente un mogote de lava endurecida, antes de rociarlo de
orín, asperjado desde algún sitio oculto de su sexo. Descendió
luego al lecho seco de un arroyo, marcando con el molde de su
rastro repetidas flores de cinco pétalos en los suaves repliegues
del arenal asoleado.
De un solo salto trepó la barranca de la
orilla, para desaparecer entre una tupida maraña de zarzales.
Pero no sólo pudo ver por los ojos del
espíritu guardián. También escuchó la voz del águila que le
llegaba de lejanos espacios, de un ámbito remoto, pero al mismo
tiempo tan cercano que parecía venir de su propia garganta, como
un eco que reproduce extraños sonidos al chocar con sus huesos, y
luego saltar intacto por el aire callado. Era como saber lo que
iba a escuchar y asombrarse de que en realidad sucediera.
No siempre el guardián hablaba. En ocasiones
eran apenas indicios lo que encontraba la vieja machi para
descifrar luego el sagrado mensaje: un sueño, avistar el vuelo
altísimo del ave, una pluma caída, eran la evidencia rotunda que
la chamana debía interpretar adecuadamente.
Lanzada en veloz picada, el ave detuvo el
brusco descenso a centímetros del suelo, iniciando un suave
planeo hasta las ramas desnudas de un árbol muerto. Una vez
posada, dijo...
" Cuando abandonen a la madre, las dos
hembras se mudarán pronto a nuevos campos. El macho marchará
solitario hacia escondidos parajes, buscando marcar y
defender su terreno. Comerá carne de animales extraños y lo
matarán una noche sin luna. El que lo mate le sacará de su mano
izquierda la garra más grande y con ella se hará un amuleto. Eso
pasará dentro de siete veranos, a contar de este instante. Y el
débil cachorro que ves, crecerá hasta tener casi dos brazadas
del hocico a la cola y pesará tanto como el hombre que
tomará su espíritu".
Cuando abrió los ojos, sintió que una brisa
helada caída de los altos picachos, tiritaba en las copas de las
lengas, doradas en ese minuto por el fulgor de un sol que
presentía trepado a la espalda del bosque impenetrable. De los
apretados maderos del techo, un aire amarillo colgaba sahumando de
luz su figura de arcilla.
RUPERTO MARTINEZ DEVUELTO A LA MONTAÑA
Como untados de una luz
aceitosa, pintados
gauchos jugaban al truco en aquel viejo boliche cordillerano,
entre cañas fuertes y palabras gruesas. Acodado en el mostrador,
el bolichero movía sus ojos cansados entre los jugadores y la
cuadrada pupila de la ventana, por donde veía a la nieve extender
su fina sal, molida entre las rocosas mandíbulas de la montaña.
Una bruma espesa opacaba los relieves del paisaje dormido,
acentuando los grises de la piedra lastimada de intemperie,
huérfana de todo amparo de ese sol atrapado en su exilio.
Era media tarde cuando la puerta se abrió y
dejó pasar a Ruperto Martínez. Empujado por un aire frío que a
los paisanos les movió el ala del sombrero como en un parpadeo,
les entregó sin aviso su figura de aparecido, mojado hasta los
huesos. Como un estremecimiento fugaz, les recorrió la espalda a
los arrieros.
Dio un par de tacazos para sacarse la nieve de
las botas, se quitó el sombrero con barbijo* y con paso lento se
aproximó hasta el mostrador.
-Buenas, don Pardo, una cañita por favor...
-Qué te trae por acá, muchacho ? -inquirió
el bolichero para luego continuar- Con esta nevada ni las cabras
abandonan los corrales!
-Ando a la siga de unos yeguarizos que le
robaron al patrón los Valenzuela... si no doy con los animales
los pasarán nomás para Chile- dijo el criollo mientras se sacaba
con la palma de la mano los restos de nieve de sus ropas- Luego de
un pequeño silencio, preguntó:
-Habrá algo para comer...como para calentar el
cuerpo...
-Acomodate por ahí que ahora te preparo algo
para que pongas debajo del bigote - le respondió el viejo en tono
jovial.
Mientras lo miraba comer se animó a decirle.
-Por qué no esperás hasta mañana...pasá la
noche y descansado, de día se ven mejor las cosas...
-No, don Pardo...si sigue la nevada se taparán
los rastros... es mejor que siga... si no por ahí los pierdo.
La estampa del jinete se fue empequeñeciendo
hasta que la pertinaz ventisca se la tragó con su boca de hielo.
Sólo sus huellas -como una estirada cadena- sostenía su marcha
hacia lo profundo del clima, atada fuertemente a uno de sus
extremos al enterrado palenque del boliche.
En la alta montaña, la tempestad fermenta su
limo portentoso, poniendo cargas de piedra en el cañón del
trueno. Despeñada en avalanchas, desmorona su fragor adormecido
por las laceradas aristas que mueren mansamente en el embrión
potente de los ríos, en sitios donde sólo el viento de las
cumbres pisa descalzo la virgen geología.
Abajo, la formidable mole prolonga su
volcánica musculatura encerrando en abrazos gigantescos abrigadas
depresiones, para que la nieve deposite su polen silente, en la
resignada corola de los árboles.
Y como escapados de ese colosal vientre ígneo,
pasan los torrentes despialando el estruendo de su propio
cataclismo, respondiendo, como un ciego animal, al llamado
irresistible del mar lejano.
Ruperto Martínez conoce como nadie esos
caminos. Mientras cabalga, regresan a su memoria campesina,
erguidos cipreses en los límites del arroyo rumoroso. La leñosa
espesura del chapel,* escondiendo el claro verdor de los mallines*
andinos. Ejércitos de colihues* alzando sus bayonetas al cielo en
cañaverales inexpugnables. El monte de ñires, espeso como
niebla. La mutisia*, anaranjada o lila, como una cucarda* colgada
al pecho umbroso del bosque, salpicando en el verde sus
luciérnagas.
Hombre de la montaña, se recuerda buscándole
la hebra a los faldeos pedregosos, acompañado por el resoplar
acompasado del caballo y el duro cencerro de los guijarros al caer
hacia hondos despeñaderos.
Reconoce el seco sonido de la bandurria,*
perforando con su pico curvo el aire dormido de los valles. Y el
parloteo interminable del choroi,* mostrando a la mañana
abigarrados colores. O cuando la diuca* cincela en la cascada su
espina de agua, saturada de espuma su líquida garganta.
Pero todo eso ocurre en otras estaciones. No
con esta nieve que todo lo transforma, que todo lo transfigura,
que lo barre con su ramalazo helado.
El rastro de los cuatreros era apenas una tenue
muesca en la senda escarchada. Aquí y allá aparecía, para dejar
largos espacios en la piel resbaladiza de las laderas, antes de
mostrar de nuevo su difusa impronta. Una cerrazón densa, apretaba
la cabeza del caballo contra el aire oscuro del desfiladero,
aprisionando al jinete entre las angostas paredes de áspera
carnadura y las abiertas fauces de sus precipicios.
Ruperto Martínez no mira. Sólo presiente esos
peligros con la mirada fija en sus pierneras* de cuero de chivo,
como el límite más lejano que reconoce su cuerpo entumecido.
Desde la grupa, un viento cortajeado por los
cuchillos de las cumbres, le sopla sus lamentos, mezclando
relinchos viejos, gritos de arrieros, ladridos de ovejeros, con
funestos responsos sacados de la boca hundida de los muertos.
Casi por instinto buscó un hueco en la
arenisca desnuda. Un alero excavado por la persistente carcoma de
vientos y lluvias por siglos, le sirvió de guarida. Con un poco
de lana sacada del recao* y excrementos de animales que ocuparon
alguna vez su misma morada, pudo encender un pequeño fuego,
alimentado por ramas que fue encontrando escondidas bajo el hielo.
Afuera, el caballo soltaba un vapor que lo cubría entero, una
resolana menuda que lo envolvía en su espejismo y lo transportaba
más allá de los ojos entristecidos de su amo.
PLANTAS QUE CURAN
Atardecía cuando desde el angosto
sendero,
apareció Emiliano cargando su cosecha de yuyos. Depositó la
carga casi a los pies de la anciana al tiempo que intentaba algo
parecido a un saludo. Ella lo miró fingiendo desinterés,
atizando con el meñique el fuego de su pipa.
-Qué le parece mi primera recorrida? Preguntó
mientras separaba y colocaba entre papeles de diarios los
vegetales recién cortados.
-No está mal por ser la primera vez, pero se
me ocurre que no servirán como medicina. Las plantas que son
remedios deben estar maduras para que sirvan para curar -dijo la
machi con la mirada puesta en las montañas, coronadas por el oro
de un sol moribundo.
-Cómo que deben estar maduras, doña María?
-Qué quiere decir con eso?
-Una planta está madura luego que florece.
Como te dije, si una planta no florece no tiene propiedades
medicinales -aseguró la paisana.
-Y de éstas, cuáles han florecido?
-Por la altura del año en que estamos, yo
diría que ninguna -contestó la curandera mientras se alejaba en
dirección a la cocina.
Apenas anocheció, cenaron en silencio
esperando ambos que el otro iniciara alguna conversación. Fue la
machi la que casi al descuido dijo...
-No me hagas caso, Emiliano...si querés secar
y llevarte esos yuyos, no hay problema. A veces me olvido que la
gente de ahora usa otro tipo de medicina para curar sus males. La
mía sirve para mejorar a los paisanos y paisanos vamos quedando
pocos...
-No, doña María, no es eso. Lo que pasa es
que nuestros tiempos son diferentes. Yo no puedo esperar hasta que
las plantas florezcan para cosecharlas... no puedo, debo regresar
a la universidad, me entiende?
La anciana no contestó. Un prolongado silencio
los separó hasta que Emiliano Villaverde levantándose dijo...
-Buenas noches señora, hasta mañana.
-Hasta mañana...
Ella se quedó quieta, hasta que la luz del
candil empezara a parpadear su sueño. Algo como un ruego, salía
de sus labios arrugados empujando un susurro breve. Su sombra,
reflejada por la tenue lumbre, se fue estirando, cambiando de
forma, hasta alcanzar la figura de un águila que al levantar
vuelo se llevó su hechura humana.
Cuando despertó, los ruidos que llegaban desde
la cocina le anunciaban que la anciana hacia rato que estaba
levantada. Mientras se preparaba unos mates, le pareció oportuno
interrogar a la curandera.
-Dígame doña María, cómo sabe usted que una
planta tiene propiedades medicinales?
-Porque las conozco una por una. Es la primera
cosa que enseña una machi cuando elige a la que será con el
tiempo su sucesora. Después viene la forma de preparar el remedio
y el modo de dárselo al enfermo.
-Pero existen algunas que son tóxicas...
digamos... venenosas... cómo las distingue?
-Entre un veneno y un remedio lo único que
cambia es la cantidad. Todo remedio, en el fondo, es veneno.
-Digamos, la dosis...
-Eso... todo remedio cuando empieza tiene
efecto de veneno. Al principio el enfermo se siente peor... luego
viene la mejoría y finalmente la cura.
-Por qué me habla a mí sobre las plantas que
cura y no a algún miembro de su familia? -inquirió de pronto,
para continuar con otra pregunta..-Quién será el aprendiz que
seguirá con su tarea?
La anciana pareció pensar la respuesta. Al
final dijo...
-Yo le enseño de plantas que curan a los que
saben de plantas. Nadie le enseñaría a uno que nada entiende...
eso sería como perder el tiempo. En lo que queda de mi familia,
por desgracia, ninguno nació para chamán -sentenció la paisana
con un dejo de resignación.
-Y cómo hará para encontrar a su sucesora,
sabiendo que dentro de su propia familia nadie nació con ese don?
-Y ese es el problema! Antiguamente todo era
natural. Con la llegada del blanco se fueron perdiendo los viejos
conocimientos y los chamanes se volvieron cada vez más escasos.
Antes, si se podía elegir, era preferible un nieto a un hijo...
era mejor, más seguro. Pero si no se consigue entre la gente
paisana, se debe recurrir a un extraño.
-Cualquier extraño?
-No Emiliano, no cualquiera...debe tener
ciertas condiciones naturales. Pero de eso hablaremos en otro
momento- dijo la machi mientras salía al patio con un brillo
distinto en sus ojos.
En los días que siguieron luego de aquella
charla, apenas si pudo ver a la anciana. Cada vez que Emiliano
intentaba un acercamiento, ella, como si supiera de antemano,
encontraba motivos para evitar el encuentro. Preocupado por ese
repentino cambio en la conducta de la curandera, decidió
enfrentarla para averiguar las razones de su actuar distante.
-Por fin la encuentro! -alcanzó a decir antes
que la machi lo viera llegar. -Necesito hablar con usted, doña
María!
-Te escucho -respondió ella sin dejar de lavar
la lana de oveja que limpiaba antes de hilar.
-No se cómo decirlo... quisiera saber si está
enojada conmigo. Tal vez hice o dije algo que la ofendió,
señora, yo...
-Nada de eso pasa -lo interrumpió con tono
severo, mientras terminaba de secarse las manos en la falda. -Cada
cosa ocupa un sitio y tarde o temprano lo que está fuera de su
sitio regresa a su lugar....
-No entiendo lo que me quiere decir -protestó
tímidamente. De todos modos, mañana pienso salir temprano...y no
quería partir sin despedirme, señora...
Una infinita tristeza le nubló la mirada. Algo
muy oculto, como el nacimiento de una premonición largamente
demorada, le anudó en la garganta sus nudosas raíces. Apenas
podía ver a la vieja paisana atrapada en una lejía temblorosa,
hablarle sin mover los labios, con la cabeza puesta de costado,
como suelen mirar las aves a su presa.
Desde esa bruma, la voz de la machi le
decía...
-Ya sabía de tu viaje... te pude
"ver" dándome la espalda y eso significa partir,
Emiliano. También sé que regresarás... pero deberás volver
despojado de toda tu vida pasada, dispuesto a recibir las antiguas
enseñanzas de mis antepasados, hasta convertirte en un chamán.
Por ser un extraño, sólo podrás ser un chamán blanco, un medio
chamán, porque hay cosas que nunca podrás conseguir. Tienes un
tiempo para despedirte de tu mundo anterior, pero no demores más
de lo debido que esta puede ser mi última lucha, antes que el
espíritu guardián se lleve mis huesos a su nido.
Cuando arrancó el motor de la camioneta,
Emiliano miró por última vez la frágil figura de la anciana,
que parecía deshacerse arrastrada por un viento repentino.
RAICES
Hasta los doce
años, Ramón pasaba sus
vacaciones en Piedras Blancas, luego de permanecer en el Internado
del pueblo durante el ciclo escolar. Cuando terminó la escuela
primaria, pasó a ser la única compañía de la abuela paisana,
que escondía su misteriosa presencia en ese ignoto paraje, a
orillas del Arroyo del Coipo.
Y fue creciendo, mimetizado entre las cosas
simples con las que la vida campesina amasa su barro memorioso,
amamantando desde la soledad sus trágicas criaturas.
Y le fueron naciendo preguntas que la anciana
dejó de responder hasta que la estatura del muchacho, andaba
cercana a los límites del hombre.
Una tarde, mientras miraban saltar a los peces
intentando atrapar insectos al vuelo, quebrando el frágil cristal
del oscuro remanso, la voz de Ramón, como salida de enterradas
angustias, preguntó...
-Abuela... cuándo me vas a contar sobre mis
padres ?
-Ya te lo dije... cuando seas grande -le
respondió sin demostrar demasiado interés-
-Y bueno, ya casi tengo dieciocho... soy
grande, no?
La machi, con la mirada ausente, parecía
regresar con el pensamiento a recuerdos guardados en los hondos
repliegues de la memoria, para sacar a la luz del día, como
resucitados, esos restos de historias, salvados de la muerte.
-Tu madre murió cuando te tuvo... ni siquiera
supe cómo se llamaba -recordó la anciana con un hilo de voz - Tu
padre me vino a buscar y fuimos... pero ya nada se podía hacer...
la fiebre la había consumido...
-Y dónde está enterrada, abuela...?
-No lo sé... tu padre se la llevó en el
pilchero*... él bajó hasta el destacamento y nosotros nos
volvimos para acá... Ellos vivían en Las Taguas... supongo que
cerca de ahí puede estar sepultada...
-Y mi padre ? -inquirió después de un corto
silencio-
-Según cuentan... se perdió en una nevada...
andaba a la siga de unos animales... y nunca más se supo de
él... dicen que unos arrieros lo encontraron mucho tiempo
después al fondo de un precipicio... estaba entero, como
dormido... y parecía sonreír... dijeron.
Ramón Martínez permaneció callado, con los
ojos fijos en el salto de los peces que llenaban de círculos
ondulantes la piel del agua. Luego, mirando el perfil aguileño de
la curandera, dijo casi en un susurro...
-Quiero que "veas" los sitios donde
descansan mis padres, abuela ! Necesito saber dónde están...
quiero ir a verlos !...
La anciana movió la cabeza, como aceptando un
designio insoslayable. Sin pronunciar palabra, tomó la senda que
la llevaba de regreso a la casa. A mitad de camino, sintió que
Ramón le apoyaba la mano en el hombro, diciéndole...
-Abuela María... necesito que me ayudes !...
-Hijo... si de mí dependiera hace cuánto que
lo sabrías! -se animó a decir la machi- Pero debemos esperar a
que el águila dé su señal... si el espíritu guardián lo
dispone, pronto me hará llegar ese mensaje. Puede que en sueños
me hable. O tal vez me llame al pie del árbol sagrado para
hacerme conocer su voluntad. La llamaré en sueños para que me
haga "ver" dónde descansan tus padres... todo
dependerá de cuál sea tu destino, Ramón...
-Y si el águila no responde? -preguntó
angustiado.
-Entonces será que tu destino quiere que las
cosas queden tal cuál están... no todo lo que uno quiere logra
en la vida... no todo. Debes ir comprendiendo eso...
Esa noche, en sueños, María Reumay
"vio" los sitios donde los padres muertos de Ramón
esperaban que los zumos de la tierra, arrastraran la savia de sus
huesos, hasta el oscuro limo de enterradas raíces.
En reiteradas ocasiones Ramón le reclamó a la
anciana. Ella, con diferentes excusas fue postergando la decisión
de guiar al muchacho hasta los lugares donde estaban sepultados
sus progenitores. Sabía la machi de lo doloroso de aquel viaje,
pero al mismo tiempo entendía que era el único modo de quitarle
a su criado, esa torturante congoja.
Una mañana, mientras Ramón la saludaba
besando su ajada frente, acariciándole las mejillas, le dijo...
-Dejá todo acomodado que mañana haremos un
viaje... andá preparando los caballos que saldremos no bien
despunte el alba... tenemos... calculo, tres leguas y media hasta
el cañadón donde descansa tu madre. Esa será la primera
jornada. Después nos llegaremos hasta los riscales que llevan al
despeñadero por donde cayó tu finado padre -se animó a decirle
mientras lo miraba con infinita ternura.
Cuando llegaron a la hondonada, el mediodía
caía como un hachazo de luz sobre el monte callado. Apenas un
cúmulo de piedras redondas delataba a la solitaria tumba, como
apretando contra la tierra resignada, la porfía del alma de la
muerta por escapar de su regazo de tinieblas.
Ramón Martínez se quedó largo rato montado,
hasta que la anciana le estiró la mano invitándolo a apearse. Un
aire bajado de las montañas nevadas, le arrugaba con su soplo
helado, el bruñido cuarzo de su mirada.
Después de un lastimoso silencio,
incorporándose la vieja paisana dijo...
-Vamos... m´hijo... vamos...
Marcharon hasta Las Taguas, cargando la
tristeza como una niebla oscura trepada a las grupas de las
cabalgaduras, desandando la poco transitada huella, mirando de
tanto en tanto por sobre el hombro, temerosos de ser tocados por
la muerte.
No fue tarea fácil llegar hasta la última
morada de Ruperto Martínez, el padre de Ramón.
Con rumbo N. O., dejaron atrás Las Taguas y
desafiando insondables peligros, se internaron en el hondo
misterio de la montaña, animados por un atávico reclamo, venido
desde lo más remoto de la sangre.
Atardecía cuando al fondo de una profunda
quebrada, apareció la rústica cruz hecha de palos, que anónimos
trashumantes clavaron en el escarpado lecho, como la más lejana y
escondidas de las misericordias.
Antes de subirse al caballo, la abuela paisana
dijo...
-Ahora que sabés donde duermen tus padres, es
bueno que los vengas a ver de vez en cuando... no los olvides...
ellos saben avisar si descansan en paz, o si el espíritu vaga sin
consuelo por el modo en que murieron -aseguró la machi mientras
con agilidad se trepaba a la montura. Luego de un breve mutismo,
continuó...
-Ellos murieron muy jóvenes... y sus muertes
no fueron naturales, como se mueren los demás paisanos... por
decir... de viejos o por enfermedades. No dejes de elevar un rezo
de cuando en cuando, m´hijo...
De la sepultura de la madre, nunca se dijo nada. Sí dicen
algunos arrieros que pasaron por la quebrada de la cruz de palos,
que de noche una luz recorre el erial, como buscando en las
grietas, la boca del muerto para encender la yesca de sus huesos
descarnados.
SEGUNDO ENCUENTRO
Más de un año tardó Emiliano
Villaverde en regresar a Piedras Blancas.
Abrumado por encontradas sensaciones,
volvía a los mágicos territorios de la chamana,
desprovisto de todo su pasado, guiado por un oculto
llamado que le trepanaba las sienes con una vibración
salida de sus propios huesos.
Un relámpago que le ponía de fuego la
garganta con su fósforo breve y subía como lava por su
sangre hasta fundirle la memoria.
Algo parecido al miedo y al olvido, un
aire doloroso y sin embargo placentero detenido en algún
recodo de la mente, liberaba de pronto su fuerza
desconocida. Y él se dejaba llevar, aletargado por un
sopor atrapante que en su traslúcida atmósfera, alineaba
los imprecisos límites de inalcanzables mundos.
Ella le había dicho que cuando fuera
tiempo de regresar, un sentimiento parecido a la melancolía
lo envolvería con su resolana untosa y el vuelo de un águila
en sus sueños sería la señal para su partida.
Y ahora que trepaba el angosto sendero
que lo llevaba hasta la casa de la machi, aún podía ver
el vuelo del ave atravesar con reflejos dorados el alto
cielo de sus sueños.
María Reumay parecía estar esperando
su llegada. Sentada junto a la pequeña ventana, hilaba
lana retorciéndola contra el escondido muslo que se
presentía tras la pollera larga y rústica. El huso*, esa
diminuta rueda de roca volcánica adherida al extremo de
la vara, garabateaba una escritura indescifrable sobre el
piso desparejo, amontonando en su vientre hinchado, la
redonda madeja.
Cuando se abrió la puerta, los ojos de
la anciana se achicaron hasta ser apenas dos hendijas por
donde la luz entraba, para salir luego transformada en un
resplandor brillante, coronando con destellos dorados su
cabeza.
Se miraron largamente, hasta que
Emiliano decidió ir a su encuentro y abrazarla.
Pasaron algunos días antes que la
chamana le hablara de comenzar con las enseñanzas. Fue
una noche después de comer que le dijo de salir a dar un
paseo por las montañas. Irían -según ella- hacia el
oeste, hasta un paraje defendido por sólidas paredes de
roca viva, lo que hacía penoso el tránsito por aquellas
inhóspitas regiones.
Cuando emprendieron la marcha, el día
tibio desperezaba los brunos celajes de las cumbres,
mostrando a los ojos del caminante la majestuosa acuarela
de la cordillera nevada.
Recién al mediodía hicieron un alto
para descansar y comer unos trozos de charqui* que la
curandera sacó de su mochila.
-Comé... es carne de caballo salada y
secada al sol... comer carne de caballo da energía -dijo
al notar un dejo de desconfianza en la cara de Emiliano-
-Masticala despacio...hasta que se
vuelva tierna en la boca antes de tragarla. Este alimento
es sagrado... es la carne de una yegua sacrificada en las
rogativas y se la charquea de un modo diferente porque es
para dar fuerza al espíritu más que al cuerpo. Luego que
la comas no sentirás cansancio ni hambre y podrás
caminar por horas sin que te venza la fatiga.
No tomes agua hasta que yo te lo
diga... no falta mucho para llegar, hagamos el último
esfuerzo.
Al reiniciar la caminata, el muchacho
experimentó una sensación de bienestar y vigor que le
llenaba el pecho con una alegría hasta entonces
desconocida. Nada quedaba de aquella agitación que parecía
ahogarlo a cada tramo de la empinada senda, ni la
transpiración que lo humedecía entero hasta traspasar
sus ropas, cuando sus músculos soportaban el
desacostumbrado ejercicio. Una brisa intermitente le
soplaba su frescor en la cara y hasta tuvo ganas de
preguntar, luego de marchar callado desde que partieron
con el amanecer recién pintado de nuevo.
-Qué venimos a buscar, doña María?
-Hongos -respondió la machi sin dejar
de caminar señalando el rumbo-
-Qué clase de hongos -quiso saber
Emiliano-
-Unos que necesitarás para poder
cruzar el límite que separa a los vivos de los muertos-
-No entiendo qué quiere decir con eso
-se apresuró a preguntar, mientras un temblor se
apoderaba de su cuerpo.
-No te apures... ya hablaremos sobre
ese asunto -dijo la chamana tranquilizándolo.
Un crepúsculo pálido agonizaba detrás
del acerado filo de los altos picachos, inclinando hacia
el naciente las sombras de los árboles. Poco a poco la
tarde se hundía en solapadas oquedades, presintiendo el
frío de la noche cercana. Al este, como contenidos por un
horizonte líquido, los restos del día extendían sobre
la distancia sus quillangos*, armados con retazos de
cobre.
Señalando un lugar resguardado del
viento andino, María Reumay anunciaba el final del
camino.
-Aquí haremos noche -dijo mientras
descargaba la pesada mochila. Bajo este árbol podremos
descansar sin que los dueños del monte se molesten con
nuestra presencia. Hay que pedir permiso al dios de los árboles
para caminar sus senderos y tomar del suelo algunas de sus
cosas. Andá buscando un buen sitio para dormir, un lugar
que te sea propicio, así podrás tener buenos sueños -le
recomendó la chamana, escondiendo un gesto de malicia.
Al poco rato, Emiliano Villaverde dormía
profundamente.
SUEÑO CON FELINOS
Primero fue como el rumor del viento
bajando desde las altas copas de los árboles. Después de
minúsculos silencios, algo, como el crujir de ramas
quebradas le llegaba desde algún sitio cercano, pero
inubicable. Hasta que las pupilas luminosas del puma
alumbraron su miedo. Y lo vio saltar, arquear en el aire
su robusta musculatura y caer sobre su cuerpo inerte como
una avalancha de sombras oscuras.
Sintió cómo las poderosas mandíbulas
apretaban su cuello hasta asfixiarlo, destrozando vértebras,
mientras las garras tajaban la carne en hondos surcos. El
intentó una vana defensa. Un zarpazo, luego otro y otro,
fueron desmembrando su cuerpo hasta convertirlo en un guiñapo
sanguinolento.
Como si el cuerpo no le perteneciera,
veía a la fiera comerles las entrañas desgarrando a
tirones sus vísceras, acezando un aliento fétido. Sin
poder moverse, sentía cómo el puma roía sus huesos
sacudiendo de a ratos su hocico ensangrentado. Todo parecía
ocurrir fuera de su cuerpo, pero a la vez tan entrañablemente
cercano que hasta creyó ver, cómo el animal lo
arrastraba hasta un zarzal tupido para esconder lo que
quedaba de él. Sintió la tierra que el felino amontonaba
con sus patas traseras, antes que una larga quietud le
hiciera comprender que se había marchado.
Entonces trató de incorporarse para
huir de aquella prisión, escapar de esa muerte ominosa
que no sentía como propia y que lo anclaba en la quietud
de un mundo extraño. Pero ni un solo músculo obedeció
la orden salida de su cerebro obnubilado. Un antiguo
temblor, un sismo desnudando su subterránea furia, emergió
de pronto reventando su tormenta de alaridos.
Cuando Emiliano abrió los ojos, la
cara de la anciana era una máscara grotesca que lo
contemplaba deformándose.
-He tenido un sueño terrible -atinó a
decir, mientras se secaba el sudor del rostro con el dorso
de la mano.
-Seguro que ha sido una pesadilla,
muchacho -se adelantó a predecir la machi.
Mientras él le contaba lo que había
soñado, la chamana lo contemplaba fingiendo interés.
Luego de escuchar atenta , dijo...
-Es un lindo sueño! Deberías estar
contento... soñar que el espíritu guardián come tu
carne y entierra tus huesos es el anuncio... ahora empieza
tu verdadero camino, Emiliano.
-Cómo puede ser un lindo sueño si un
puma me comía vivo! Qué clase de espíritu guardián
mata a su protegido? -Protestó.
-Es que no era tu espíritu guardián
quién te visitó anoche.
-Entonces quién fue? -quiso saber.
-Fui yo... -contestó al tiempo que le
acariciaba la cabeza.
Luego de permanecer callado largo rato,
Emiliano se animó a preguntar.
-Cómo puede ser un anuncio si usted
misma reconoce haber provocado esa pesadilla?
-No te apures, muchacho... todo vendrá
cuándo tenga que venir!. Es parte de tu aprendizaje
"soñar" que el puma te mata y despedaza, para
luego enterrar tus huesos. La verdadera señal vendrá
cuando sueñes que tu espíritu guardián los desentierra.
-Y será de nuevo usted, doña María
...
-No Emiliano –contestó en tono serio
- serán los chamanes muertos. De ellos recibirás los
poderes.
-No entiendo cómo podrán darme poder
los chamanes muertos!
-Por decirlo de algún modo...-trató
de explicar la paisana- si llegas a ser un hombre con
poder, un nuevo chamán, los poderes te los dará
Nguenechén*
a través de los chamanes muertos. Pero no te preocupes en
entender... ya llegará ese tiempo –dijo la machi
mientras apagaba el fuego con tierra y le indicaba con un
ademán que era tiempo de reiniciar la marcha.
Caminaron hasta el medio día, bajando
y subiendo cuestas, entre lengas achaparradas que
estiraban sus carnaduras de saurio sobre la roca viva y
desnudos murallones calcinados de intemperie. Al naciente,
una planicie lacia, extendía su pelambre rubia hasta
confundirse con la oscura curvatura del horizonte, límite
incierto de un mar azul y distante.
María Reumay se detuvo de pronto.
Contempló la fornida mole de piedra oscura que
aprisionaba entre sus dos mitades un angosto desfiladero y
estirando su brazo en dirección al paso, dijo...
-Hemos
llegado.
CONTINUA
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