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NUEVE
CANTOS
Por
Esteban Ierardo
CANTO
PRIMERO
Entre las lluvias
I
Entre las
gotas
vuelo
dentro del hogar.
Entre voces
de aire
y gargantas
del suelo
canto.
Y vuelo.
Entre las
lluvias.
Te
digo:
tersuras de
agua
esmaltan mi
frente;
cabellos
embrujados de lo alto
desparraman
sobre mí
trompetas y
laúdes.
Me
regalan
los ríos
de agua de la cúpula,
las
palabras con las que cantar.
Cantar aun
en el tiempo
de la
lengua muerta.
II
Callaba
recién
en la
ciudad
de las
millares de torres.
Nada me
decían recién
los
sepulcros y las piedras,
el acero y
las iglesias.
Pero canto
ahora al
volar
en el
celeste que aboveda
el hogar en
la tierra.
Con cuerpo
de poeta
me suspendo
en la miel gratuita
de la
mañana.
Pero no
canto el tiempo matinal
tantas
veces recitado.
Canto en la
orilla
de la
noche que piensa.
Vibro en la
espada de luz
que estalla
otra
vez
en el
vientre del día.
Acompaño
el regreso
de la
aurora que talla
el bosque
del oculto laberinto.
III
Mas ahora
veo
las manos
azules de la mañana
que arrojan
las ruedas del sol
sobre las
vastas avenidas de la tierra.
Sudo en el
comienzo matinal
el único Ser
de muchas
formas.
IV
Y la lluvia
no ha cesado.
Nunca
concluirá
la húmeda
alquimia de lo alto.
No
terminará el vuelo
entre gotas
del cielo
para
extender la piel
hasta cada
sitio de fuego
del hogar
misterioso.
V
El lago
lejano
saluda el
reflejo
de mi
figura aérea
sobre aguas
temblorosas
y brillantes.
Y me
suspendo
sobre la
ardiente boca
del
volcán.
En una duna
caliente
ajena a
todo mapa
me
arrodillo
para
meditar
con
huesos
de arena
memoriosa.
Y recuerdo
que sólo hace un instante
antes de
esta palabra,
miles de
langostas trazaron un triángulo
para que
allí, recostado,
disfrutara
de un
atardecer entre girasoles.
Las flores
y la conciencia
en los
insectos
celebré y
celebro.
Y soy de
nuevo vuelo,
nuevo
canto,
que propaga
la piel hacia el
hogar.
El
verdadero.
Esa casa
que siempre
desconoció
murallas y paredes.
El hogar
donde sopla cerca,
la entraña
de los seres.
VI
En la
morada de la tierra y el agua
cada
existencia se vierte
hacia el
espacio abierto.
Sólo sufre
el animal
y el humano
mamífero
por los
puertas cerradas.
En la amplitud de la casa
cada
filamento de vida
puja por
acercarse
al
fósforo
de la
única llama.
VII
Canta y
habla los más lejano
con
líricos labios
que el
cuerpo sin asombro ha olvidado.
Pero
llueven siempre cantos en las lluvias.
Voces que
no siempre descifro.
Escucho el
canto del escarabajo
de los
campos solitarios
que llueve
y llega
hasta las
calles y sus grietas.
Y ya volar
quiero
hasta la
garganta de todo lo
que canta.
Me suspendo
entonces sobre las
cosas.
En ellas
bebo el licor salvaje.
Y con
viento y nubes naranjas
llego al
bosque.
En la
madera acaricio mi pecho.
Con la luz
imagino
la claridad
del arroyo.
Con la
piedra y los peces entreveo
el origen.
VIII
Y vuelo y
canto
sobre la nieve
conmovida.
Vuelo y
canto
entre
lluvia de voces
en la que
la piel se alarga y confunde
con la
cascada victoriosa
que sube al
caer.
Y crezco y
llego
hasta el
más exiguo
anillo de
cuarzo
que fulge
en cumbres
de montañas.
Y cerca me
poso
del
cadáver de un alce.
En la carne
quieta presiento,
nuevo magma
que brota.
Y corro
con piernas
aladas
por las
junglas lejanas.
Allí, una
abeja entre millones
me revela
su historia.
Allí,
millones de
seres
me ofrecen
su nombre.
IX
Y canto y
vuelo
por las
planicies del búfalo.
Por los
árboles de los búhos.
Por las
ruinas de los templos
del romano
y el sumerio.
Canto y
vuelo
en el
serpentino perfil de las cordilleras.
En
círculos de brumas sobre las mesetas.
Canto y
vuelo
en los
prados de caballos libres.
Y en las
cuevas, el mar y los fiordos,
se propaga
la piel por el canto.
Las coronas
ígneas del hogar
ya se
arremolinan
en el
asombro que renace.
En el
campanario de la visión.
CANTO
SEGUNDO
Arte que
murmura
I
Bajo la
piedra plana y
árida
corre el
júbilo del agua.
Allí se
abren las rocas.
Por
las gargantas abiertas de piedra
caen
cálices de arte
para
extraer de las aguas
las obras
futuras.
II
Los
volcanes son lo cotidiano
para el
artístico respirar.
Cada cosa
en silencio
erupciona
lavas
secretas.
Magmas
del centro
esquivo del
ser
exhalan las
hebras todas
de la
materia.
Magma y
volcán
de
sensaciones e imágenes reveladas
hallas tú,
artista,
al caminar
incendiado
por las
selvas que se mueven.
III
Recibir y
regalar
es tu mandato
ser de la
piel exaltada por los vientos.
Prisionero
del arte,
entre los
campanarios sublimes
tu mandato
es
tallar con
más fino efecto
las
fuerzas.
Las fuerzas
que gritan
hondas.
IV
Recibir.
Recibir que
recibes
las brumas
y el mar
el hechizo
y lo extraño
en el
musical hogar
de tus
arterias.
Recibes
para hospedar
la madeja
de lo múltiple.
Tuyo es el
calor
donde el
mundo
y
otros (los restantes mundos)
sudan
los
tumultos de la creación.
Cuerpo de artista.
Anatomía
que recibes y albergas
el calor
que no deja
de empezar.
V
Y luego
corres y regalas.
Ansioso,
solitario.
Corre y
regalas.
Corres por
mesetas,
y por
la navaja inexplicable del tiempo
para
reinventar llamaradas.
Corres en
el dorso mutilado de la sombra
para
regalar
los
delfines de ámbar
a
la época
de las
campanas intoxicadas de olvido.
Entre las
nieblas corro contigo.
Iniciamos
la travesía.
Cerca es el
manantial.
La fuente.
El agua de
las diosas que crean.
Debemos
deambular
por las
sendas circulares
del planeta
y los seres.
Y luego el
regreso
al comienzo
del círculo.
La seca
grieta de nuevo.
Y otra vez:
el manantial.
La fuente.
El caminar
circular.
Recibir y
regalar.
VI
Y en el
viaje circular y repetido
amamos cada
vez más la noche.
No la
opresiva oscuridad homogénea.
Amamos el
lienzo nocturno
con lluvia
distante y
azul.
Y amamos la
tormenta y la claridad
que se
columpian
en la
lejanía.
Cuanto más
líquido divino
recibimos y
vertemos
más
celebramos el vientre oscuro.
La
tempestad.
Y el arte
que murmura
lo que vive
en el fondo.
VII
Volamos
con obras y
antorchas
por las
noches continuas.
Traspasamos
con las
uvas del arte
la lluvia
azulada.
Y el trueno
del enigma.
VIII
Al volar
con hiedra
y coronas
de obras
en el
plumaje creador se vierte
el
enigmático licor,
el
pensamiento impensable.
Y lo
luminoso
que excede
al sol.
Dentro de
lo que es volamos
con la obra
y la antorcha.
Y el canto.
Entre los
pajonales de horror
y pozos
furiosos de esperanza.
Sólo se
crea
en el
descubrimiento predestinado
de lo que
es.
Y
atravesamos
colinas de
nieve meditabunda.
Violines
que se transfiguran
cerca de
las danzas respetuosas del girasol.
Atravesamos
las cuerdas estériles
para crear
en los labios de lo que es.
Para
humedecer
el pincel,
la pluma y el pentagrama.
Y a lo que
es
con la obra
nos acercamos.
Siempre nos
acercamos.
Con el rayo
creador y la antorcha.
Cerca de la
raíz de la tormenta.
Junto a ti,
junto a la noche
que imagina
el pozo silencioso.
CANTO
TERCERO
Tercera
resonancia
I
Palabras en
la música.
Hoy no
escucharé el violín.
Seré el
sonido que propaga
el oído
hasta el leopardo.
Sólo
recién
imaginaba
el paisaje solitario
y escuchaba
el gemidos de las calles,
y golpeaba
témpanos
en las paredes.
Solo
recién
no
respetaba la presencia
del tenue
cortejo del escarabajo
sobre las
hojas resecas.
Pero ahora
canto
palabras en
la música.
Y me
ofrendo.
Llevaré mi
sangre
hacia los
flecos salvajes
en los
confines de las praderas.
Iré con la
jabalina del verbo
hasta las
aspas nobles del molino.
II
Soy
ventisca que viaja
con
palabras en la música.
Cuando soy
un cuerpo de aire
las tierras
escuchan mi paso.
Con mi
música de palabras
que cantan
y viajan
escuchado
soy
por las
dunas y las montañas.
Solo
entreveré mi rostro
al escuchar
cómo soy escuchado.
III
Melodías
de aguas y vientos,
órganos y
violonchelos
alcanzan
las plumas viajeras
de mi canto
que quiere
las distancias.
Y con
palabras en la música
me extiendo
en los cabellos
que rozan
la mano secreta que
acaricia
el lienzo
curvo de la bóveda.
IV
Y canto.
De nuevo
canto
mientras
que con otros cabellos
me expando
hasta el templo
musical de las magnolias.
Canto.
Y mi
cabellera de sinfonía
llega a la
medusa
meditabunda
del mar.
Y descubre
la tercera resonancia.
Un ser toca
al otro.
No con la
caricia que se desvanece.
No con el
roce que rápido perece.
Un ser toca
a otro
en el
encuentro que destila
una tercera
resonancia.
Es el
sentido que regresa al sentido.
La
vibración por la que
llamaradas
de nuevas selvas
agrandan lo
real.
V
Al volar
con palabras en la música
escucho
terceras resonancias
cuando los
seres se tocan.
Desciendo y
chapoteo entonces
entre
ciénagas y lluvia.
Avanzo como
reptil
por la
húmeda tierra.
Y
escruto
la cercana
langosta
que toca la
planta.
Y allí es
la tercera resonancia
cuando
estalla el roce de un ser sobre otro
en
tulipanes innombrables.
En hervores
de la selva.
VI
Y allí
entreveo
sobre las
cimas,
yermas,
solitarias, heladas
al águila
que toca
la roca
pequeña.
Y en la
resonancia tercera danzo
al percibir
el eco que desprende
el sonido
del pájaro y la piedra
luego de
parir una nueva brisa
que
agiganta al espacio.
La
resonancia,
la tercera
resonancia experimento
en el
constante tocarse
de las
formas que vibran.
Y escucho
en mi vuelo
el último
sonido
hacedor de
los nuevos sentidos,
allí donde
se tocan
el
acantilado y el agua
la vena y
la sangre.
La rueda y
el polvo exiguo.
VII
A través
de las lluvias y nieblas
empapadas
de resonancias
penetro en
las capillas cerradas.
Con dedos
alados entonces
invoco la
música
en las
teclas de los órganos.
Y siento en
mi frente
ojos
aplastados de dolor,
la
estridencia lúgubre
de la
muerte del sol en la urbe.
Y canto a
pesar
de las
bolsas nauseabundas de
los mercaderes.
Y con
palabras de música
escucho las
resonancias
de los
nuevos sentidos.
VIII
Y mientras
canto con la voz aérea
sé que
escuchan mi aleteo
las
montañas que oran.
Los
abedules.
El reno en
las aguas.
Las selvas
de volcanes en los tigres.
Las
cascadas.
Y el roble.
Ah, sí,
sí,
escuchan el
batir de mis alas de música
los
cangrejos.
La última
piedra del Himalaya.
El jabalí
en la estepa.
La gota
reciente.
Ahí, sí,
escucha, escucha
la rica
materia de los seres
mi regreso
a la cueva.
Al íntimo
anillo oscuro
dentro de
la roca
donde
escucho y medito
junto a
paredes pintadas.
Donde
recuerdo.
Sí.
Recuerdo
que los universos brotan
de la
música.
Que toca el secreto.
CANTO
CUARTO
Las dos
noches
I
Pincel de
nombres oscuros
se desplaza
por todas
las sendas de la bóveda.
Ya es la noche.
Que
desconoce las navajas del tiempo.
Brilla
ahora la nocturna
selva de estrellas.
Cada
distancia entre los astros
es mayor a
la que tiembla
entre tu
conciencia
y el
misterio nebuloso de tu sombra.
II
Gritan los
planetas
con los
cuernos de medialuna,
la potencia
del espacio
que arde
desde
el punto
imposible (pero existente)
que es
fuera
de la
finita idea de lo infinito.
Y responden
las galaxias
a los
cuernos planetarios
con el
clamor de trompetas
de la
materia del inicio.
Secretos
piensan los astros
que los
prisioneros
de las
matemáticas y observatorios ignoran.
Exuda cada
pensar
lejano
fuego de estrella.
Nuevo
espacio.
Explosión
de un círculo
dentro de
otro mayor.
Avizoran
las galácticas nebulosas
el
hiperespacio
que la
serie de todos los espacios menores
alberga.
III
A través
del paisaje nocturno,
que acaso
contemplas
desde el
lago o la calle terrestre,
lluvia de
centellas nos visitan.
Y alimentan
dragones hambrientos de cielo
que
sobreviven en nuestra piel helada.
Es la noche
de arriba.
Noche de
los ecos
de las
orgías de estrellas
en el
cercano suelo.
Ecos de los
cometas y los quasar
que
chispean,
en
silencio, secretos,
en la roca,
en la urbe.
Y la madera.
IV
Y con voz
de luna quemante te canto
que a otra
noche se adhiere
el
mamífero que dice pensar.
Hastiado el
humano de la inmediata claridad
en los
talleres de su miedo
se forja el
martillo ciego.
El arma sin
visión que no tolera
las líneas
que dibujan
la unidad
de los seres.
El martillo
de ceguera
del
mamífero que presume pensamiento
quiebra el
nudo y la red,
el puente
donde lo diverso
se
arremolina y hermana.
El quejido
quebrado quiere imprimir
el martillo
enceguecido
sobre la
culebra desangrada de la historia.
En cada
oscilación del péndulo
los
martillos sin ojos se alzan
para caer
en lo
quebrado que perfecciona su quebrarse.
V
Y con voz
de luna quemante te canto
que se
ensancha la noche
de la
tormenta de los fragmentos.
Lo que
antes era el cuerpo bello
ahora es
humo y escombros
de una
cúpula que se quiebra.
Y
fragmentos son
el deseo
destruido de la concordia.
Fragmentos
son lo que queda
del
pensamiento que antes se incendiaba
con el
misterio de la mañana.
Fragmentos
son
el viejo
santuario, los árboles y los cerros.
Fragmentos
que escupe
el martillo
enemigo del meditar.
Los restos
que se acumulan
del
martilleo violento
flotan y se
distancian
en la noche
nuestra.
Noche de
abajo.
VI
Pero hay
otro abajo.
El del profundo subsuelo
que
subsiste en el fondo de las aguas.
De las
aguas que reciben los ecos
de la noche
alta.
Y, sí, con
voz de luna quemante te canto
la
pregunta que bulle:
¿no
quieres saber
si todavía
podemos aliarnos
al ojo que
ve descender
los ríos
celestes sobre las playas?
¿No
quieres saber
si con las
aves no volveremos a construir
los altares
de la mañana
donde las
rocas aman las galaxias?
¿No
quieres saber
que acaso
el arriba y el abajo
nunca
estuvieron separados?
¿No
quieres saber
si el agua
y la tierra conocen
el instante
en que el calor de la noche descenderá
finalmente
para
derretir los ciegos martillos?
¿No
quieres saber
si el mar
ahora no se inclina
para cantar
con nosotros
los fuegos
lejanos?
CANTO
QUINTO
Naturaleza
que perdura
I
Crujen en
mis pies las gárgolas
de las
avenidas atronadoras.
Destilan
venenos
en las
curvas de mis dedos
el sordo
chillido de las máquinas.
Pero en la
grieta callejera perdura
el idioma
de la hierba.
Lo sé.
Y lo canto.
Canto la
naturaleza
que perdura
aun entre
torres y carteles.
Canto entre
las escamas urbanas.
Y el sol
que exhala el óleo de la mañana
en la
ciudad que olvida.
II
Manos
enramadas
brotan del
ladrillo y el asfalto.
En las
palmas abiertas de aquellas manos
se
advierten los elementos
(agua,
tierra, fuego, aire)
que antes
se vistieron
con el
nombre de los dioses.
Y en
secreto
la urbe
acuerda con la tierra
la
continuidad
del tiempo encendido.
II
Podrías
ahora,
señora de
los suelos fértiles,
diosa
terrestre,
destruir
la serpiente urbana,
la de
muchos vidrios y paredes.
Pero
prefieres la repetida
y pacífica
invasión de la
ciudad.
Por eso
me nutro al respirar
tus jugos de flores
que invaden
las cuerdas
del cemento.
III
No viajaré
a la ribera remota
para hallar
el candelabro
solar.
Aquí lo encuentro,
en las
calles de la ciudad.
Aquí,
abro
puertas,
entre las
barbas del sol y los edificios.
Aberturas que me dejan atisbar
el secreto
incendiado de la luz.
IV
Y aquí es
el agua.
No viajaré
a la orilla distante
para
celebrar sus
penachos espumosos
de algas y
sales marinas.
Su embrujo
cimbra
en la dura
osamenta del asfalto.
Hacia las
alcantarillas
se alarga su
fisonomía,
mientras mis oídos
escuchan
la líquida salud que fluye.
Signos de
los poemas del agua
que cantan
entre el humo urbano.
Ternuras
acuáticas que me alimentan
entre las
ruedas del bullicio.
Extiendo
entonces la jofaina de mis manos
para
venerar tu llegada,
agua,
desde el
altar
en la raíz de la lluvia.
V
Cuadrados y
triángulos dibujo con mis pisadas
en
crípticos mapas de los cementos.
Tierra
negra convoco
con la
geometría del caminar.
Llamo a la
rubia fertilidad de los trigos.
A la Tierra
que finge ausencia
bajo la
urbana pesadez.
Hojas
trémulas de las ramas
encienden
la memoria
en la
ciudad sin origen.
Advierte
que el más pulcro plástico
y el
ingenio electrónico
no
escaparán
del
precedente poder vegetal.
VI
Reconozco
en la planta del parque y el balcón
la
presencia de la savia.
El insecto
y las hojas otoñales
se me
acercan
con
palabras de lenguajes terrenales.
Y los
árboles construyen en mis cejas
templos
de madera sacra.
Con mi
sangre en el cuerpo terrestre
bordeo el
éxtasis de los brotes verdes
que nacen
entre los sepulcros.
VII
Y al aire nombro
cuando dice sol, calor,
viento,
tormentas,
y el
dragón
que
sobrevuela los cielos.
Aire
respiro.
No como
siempre.
Ahora
aspiro
los
océanos que fluctúan
en la
cotidiana corriente.
Las olas de
aire
que traen a la
urbe
murmullos
de lo remoto.
Y en labios
flotantes de la brisa
escucho
la música
marina de los acantilados.
El
deambular del elefante del blanco colmillo.
Los crujidos
de los fríos huesos del glacial.
En voces
del viento callejero
puedo
adivinar los sonidos
de las
muchas vidas lejanas.
Desde
peñascos en el leve
aire
merodean el
tigre, el oso y el águila.
VII
Sobre los
faros del progreso
sombras de
nubes
proyectan
tréboles vaporosos.
El vapor de
la gran naturaleza
que
vocifera en mis músculos.
Ven
entonces embriaguez terrestre
a sembrar
mis talones
con el
grito de la hierba.
Ven aire a
susurrarme
la
orgiástica diversidad del planeta.
Ven agua
a verter el
claro pensamiento del arroyo
en los
valles y cascadas de mi rostro.
Ven
generoso magma del sol
y fluye por
los bosques de mi anhelo.
Y voy ahora
hacia ti,
furia gloriosa de la mañana.
En mi piel
agrietada todavía perduran
la tormenta de
los frutos de la tierra.
CANTO
SEXTO
En la casa
de los muertos
I
Moderno es
el tiempo
donde se
nos disfraza el horror.
En
barnizados mármoles
se ocultan
los océanos
de la
humanidad despedazada.
Y en
la espesura del día
me absorben
las cruces del terror.
Camino ya
por arquitecturas de cenizas,
dentro del
calmo esplendor del día.
Aquí
deberé ser firme
para cantar
y no retroceder
en la casa
olvidada del aullido.
II
¿Quieres
saber realmente dónde estoy?
¿Quieres
que aquí,
en la
vida muerta
que aún no
muere,
con
serenidad te devele
las rocas
que no conocen ningún brillo?
Mejor
sígueme,
si la Moira
lo desea.
Sígueme,
para que juntos atravesemos
los
millones de antorchas cegadas.
En la
gran Casa de los Muertos.
No es el
infierno dantesco.
No es el
subterráneo mundo
del viejo
Hades griego.
Es la
hemorragia
en el cuello de la luz.
III
Algunos
habitantes de la casa
alzan sus
desvanecidas fogatas
de humo de
volutas azabache.
Las
negruzcas humaredas aúllan aquí,
mientras
elegimos ignorar el enigma.
Y el cielo.
Y la
centella divina de la noche.
Entonces el
humo agónico
nos grita.
Te grita.
Nos grita
que los vivos
no dejemos
sola
la olvidada
casa que grita.
Y te
recordamos
cuando
avanzamos
dentro
de los cerros
que
desconocen la tierna Luna,
niño
acallado
por el
sable o el cañón.
Quieres que
te devolvamos
los frescas
reflejos de las naranjas
que crearon
tu sonrisa.
No podemos.
Ningún
canto te hará renacer
en algún
capullo sano de la tierra.
Y madres.
Ante
ustedes nos detenemos.
Frente
a la cruz reseca y partida
donde gimen
ustedes por el regreso
del hijo
acribillado
por balas y
metrallas de la guerra.
Sépanlo
ya.
No
podremos
deshilvanar
la trama fatal.
Ningún
canto podrá.
V
Cerca está
la ciudad dormida y ligera.
Pero no
volveremos todavía
a la calle
de la complaciente trasparencia.
Estamos
aquí entonces contigo
en tu casa
destruida
mujer
silenciada por la enfermedad
la soledad
y la vejación.
Tu sexo
creador quisiera
verter
magia en
los extremos de nuestras manos.
Pero no nos
tiemblan los dedos.
Un centauro
agonizante
se nos
desangra en los párpados.
No podremos
darte la medicina
para que
dances de nuevo con el trigo.
Ningún
canto podrá.
Y tú, padre,
padre que sollozas
porque el
hijo te robaron
del calor
de tu brazo.
Quieres que
el prodigio amanezca.
Que de
nuevo sea
cerca
tu
descendiente
en la
cabaña.
O en el
bálsamo de una habitación segura
en la
ciudad de las
brisas protectoras.
Pero no
podremos persuadir
las
mandíbulas del tiempo
que trocean
la esperanza.
No
podremos.
Ningún
canto podrá.
VI
Y
deambulamos entre las víctimas
del látigo
del mal
ajeno a las
serenas palabras.
Caminamos
dentro de la olvidada casa.
Y canto con
los húmedos tonos
en el fondo
de los mares
donde los
ahogados todavía imploran
el cielo
sonriente sobre las olas.
Caminamos y
canto
la lava de
los volcanes.
Y el techo
que conoció la bomba
que
aplastó la inocencia.
Cerca
desfallecemos
de la letal
cámara de gas,
de los
cercados alambrados
de la
tortura y el fusilamiento.
Allí,
deambulamos en la olvidada casa.
Peregrinamos
entre los
devorados por las pestes.
O las
hambrunas.
O las aguas
que inundan y sepultan.
Allí
caminamos
dentro de
la Casa de los Muertos.
Donde el
dolor no cesa.
Donde
ningún canto podrá
devolver
las frescas naranjas,
los
pétalos de salud de la tierra,
la alegre danza
en los cultivos.
Ninguna
canto podrá.
Pero si me
acompañas
volveremos
con frecuencia
a la olvida
casa.
Para
arrodillarnos
e implorar
el alivio final
para
aquellos cuyos
gritos
no cesan.
.
CANTO
SÉPTIMO
Partículas
I
Con los
ojos asombrados
recorro
las
cabelleras de estrellas
del cielo
nocturno.
Mis labios
se arquean
en la sonrisa del niño.
Y alzo mis
manos.
Cientos de
flechas
de
fantástica velocidad
quieren
brotar de mis dedos.
Y desplazar
mi corazón,
sembrado de
fuegos,
hacia el
fugitivo confín del espacio.
Del
infinito dentro de infinitos.
Y en el
índice de mi diestra
se posa la
luciérnaga.
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