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   NUEVE CANTOS

   Por Esteban Ierardo


 
 

 

Prólogo

Nueve cantos

Canto primero: Entre las lluvias

Canto segundo: Arte que murmura

Canto tercero: Tercera resonancia

Canto cuarto: Las dos noches

Canto quinto: Naturaleza que perdura

Canto sexto: En la casa de los muertos

Canto séptimo: Partículas

Canto octavo: De profundis

Canto noveno:

Primer movimiento: De nuevo nacerá

Segundo movimiento: Mínima

Tercer movimiento: Hacia la Fuerza

 

Prólogo  

   Nada hay que no cante. Quizás sólo el hombre pretende silenciar la omnipresente canción. Cantar es festejo de la vida que persiste. Y que se abre a playas aún lejanas, fuera de las cuerdas de la lógica. Cantar es salir afuera. Alguna vez, durante el ensueño infantil, estuvimos afuera. Vagamos entonces por los colores y volúmenes enigmáticos del mundo. Luego, vino el repliegue; la reclusión en el intelecto ordenador, en la realidad quieta y cotidiana. El canto recupera la amplitud perdida. De nuevo salimos entonces de una recámara penumbrosa hacia el frescor de la tierra sembrada de soles, tormentas y lunas. Tal vez únicamente en el canto el cuerpo descubre su destino más radiante: ser piel que se estira y confunde con la geometría curva de la bóveda y con los poros diversos del agua y la tierra.

  En el canto así no sólo acontecería un libre acto de expresión lírica. En el cantar se transforma la percepción y la forma de existencia del sujeto que canta. El canto poético es el cuerpo que se abre y expande, y el mundo que recibe la expansión del cantor. Así se cumple la vieja aspiración arcaica: que no haya separación entre el hombre y la campana vibratoria de la materia infinita. 

  En la antigüedad, en el Cantar de los cantares, anónimas voces bíblicas extendieron el cuerpo creyente hacia lo sagrado. Virgilio, Homero, Horacio y Hesíodo, cantaron con música mítica. Más cercanos a nosotros, William Blake, Whitman, Ezra Pound, y la entonación lírico religiosa de Dylan Thomas, crearon los girasoles de la canción poética que celebra y se funde con el fuego solar.

  Aquí les entrego, en algún lugar de la bahía del tiempo, nueve cantos; nueve respiraciones expansivas hacia el corazón del espacio. Mucho retorno hay en ellos al poder de los elementos, a la naturaleza que todavía perdura dentro de la urbe moderna. En el canto octavo, en una concisa narración poética, deambulamos con huellas desgarradas por una casa de los muertos, por el lodazal cercano del vasto sufrimiento acumulado. En el canto séptimo nos atrae la frenética grandeza de lo pequeño; en el canto octavo, nos atrapa la nostalgia por el pensamiento profundo perdido entre las superficiales planicies académicas. En el canto noveno, en su tercer movimiento, sólo deseamos el retorno, aunque sea fugaz e imaginario, hacia la gran fuerza que nos entrega  lo vivo, e incluso la comodidad del olvido.

  Al cantar, el dedo solar frota de nuevo la entraña de los átomos.

  Esteban Ierardo

 

 

 

NUEVE CANTOS

Por Esteban Ierardo

 

CANTO PRIMERO

Entre las lluvias

 

I

Entre las gotas

vuelo dentro del hogar.

Entre voces de aire

y gargantas del suelo

canto.

Y vuelo.

Entre las lluvias.

Te digo: 

tersuras de agua

esmaltan mi frente;

cabellos embrujados de lo alto

desparraman sobre mí

trompetas y laúdes.

Me regalan 

los ríos de agua de la cúpula,

las palabras con las que cantar.

Cantar aun en el tiempo 

de la lengua muerta.

 

II

 

Callaba recién

en la ciudad

de las millares de torres.

Nada me decían recién

los sepulcros y las piedras,

el acero y las iglesias.

Pero canto ahora al volar 

en el celeste que aboveda

el hogar en la tierra.

Con cuerpo de poeta 

me suspendo en la miel gratuita

de la mañana.

Pero no canto el tiempo matinal 

tantas veces recitado.

Canto en la orilla 

 de la noche que piensa.

Vibro en la espada de luz

que estalla

otra vez 

en el vientre del día.

Acompaño el regreso

de la aurora que talla 

el bosque del oculto laberinto.

 

 

III

 

Mas ahora veo

las manos azules de la mañana

que arrojan las ruedas del sol

sobre las vastas avenidas de la tierra.

Sudo en el comienzo matinal

el único Ser

de muchas formas.

 

IV

 

Y la lluvia no ha cesado.

Nunca concluirá

la húmeda alquimia de lo alto.

No terminará el vuelo 

entre gotas del cielo

para extender la piel

hasta cada sitio de fuego

del hogar misterioso.

 

V

 

El lago lejano

saluda el reflejo

de mi figura aérea

sobre aguas

temblorosas y brillantes.

Y me suspendo

sobre la ardiente boca

del volcán.

En una duna caliente

ajena a todo mapa

me arrodillo

para meditar

con huesos 

de arena memoriosa.

Y recuerdo que sólo hace un instante

antes de esta palabra,

miles de langostas trazaron un triángulo

para que allí, recostado,

disfrutara

de un atardecer entre girasoles.

Las flores

y la conciencia en los insectos 

celebré y celebro.

Y soy de nuevo vuelo,

nuevo canto,

que propaga la piel hacia el hogar.

El verdadero.

Esa casa que siempre

desconoció murallas y paredes.

El hogar donde sopla cerca, 

la entraña de los seres.

 

VI

 

En la morada de la tierra y el agua

cada existencia se vierte

hacia el espacio abierto.

Sólo sufre el animal

y el humano mamífero

por los puertas cerradas.

En la amplitud de la casa

cada filamento de vida

puja por acercarse

al fósforo

de la única llama.

 

VII

 

Canta y habla los más lejano

con líricos labios

que el cuerpo sin asombro ha olvidado.

Pero llueven siempre cantos en las lluvias.

Voces que no siempre descifro.

Escucho el canto del escarabajo

de los campos solitarios

que llueve y llega

hasta las calles y sus grietas.

Y ya volar quiero

hasta la garganta de todo lo que canta.

Me suspendo entonces sobre las cosas.

En ellas bebo el licor salvaje.

Y con viento y nubes naranjas

llego al bosque.

En la madera acaricio mi pecho.

Con la luz imagino

la claridad del arroyo.

Con la piedra y los peces entreveo 

el origen.

 

VIII

 

Y vuelo y canto

sobre la nieve conmovida.

Vuelo y canto

entre lluvia de voces

en la que la piel se alarga y confunde

con la cascada victoriosa

que sube al caer.

Y crezco y llego

hasta el más exiguo 

anillo de cuarzo

que fulge

en cumbres de montañas.

Y cerca me poso

del cadáver de un alce.

En la carne quieta presiento,

nuevo magma que brota.

Y corro

con piernas aladas

por las junglas lejanas.

Allí, una abeja entre millones

me revela su historia.

Allí, 

millones de seres

me ofrecen su nombre.

 

IX

 

Y canto y vuelo

por las planicies del búfalo.

Por los árboles de los búhos.

Por las ruinas de los templos

del romano y el sumerio.

Canto y vuelo

en el serpentino perfil de las cordilleras.

En círculos de brumas sobre las mesetas.

Canto y vuelo

en los prados de caballos libres.

Y en las cuevas, el mar y los fiordos,

se propaga la piel por el canto.

Las coronas ígneas del hogar

ya se arremolinan

en el asombro que renace.

En el campanario de la visión. 

 


 

CANTO SEGUNDO

Arte que murmura

 

I

 

Bajo la piedra plana y árida

corre el júbilo del agua.

Allí se abren las rocas.

Por las gargantas abiertas de piedra

caen cálices de arte

para extraer de las aguas

las obras futuras.

 

II

 

Los volcanes son lo cotidiano

para el artístico respirar.

Cada cosa

en silencio erupciona

lavas secretas.

Magmas del centro

esquivo del ser

exhalan las hebras todas 

de la materia.

Magma y volcán

de sensaciones e imágenes reveladas

hallas tú, artista,

al caminar incendiado

por las selvas que se mueven.

 

III

 

Recibir y regalar

es tu mandato 

ser de la piel exaltada por los vientos.

Prisionero del arte,

entre los campanarios sublimes

tu mandato es 

tallar con más fino efecto

las fuerzas. 

Las fuerzas que gritan hondas.

 

IV

 

Recibir.

Recibir que recibes

las brumas y el mar

el hechizo y lo extraño

en el musical hogar

de tus arterias.

Recibes para hospedar

la madeja de lo múltiple.

Tuyo es el calor 

donde el mundo

y  otros (los restantes mundos)

sudan

los tumultos de la creación.

Cuerpo de artista. 

Anatomía que recibes y albergas

el calor que no deja 

de empezar.

 

V

 

Y luego corres y regalas.

Ansioso, solitario.

Corre y regalas.

Corres por mesetas,

y por la navaja inexplicable del tiempo

para reinventar llamaradas.

Corres en el dorso mutilado de la sombra

para regalar

los delfines de ámbar

a la época

de las campanas intoxicadas de olvido.

Entre las nieblas corro contigo.

Iniciamos la travesía.

Cerca es el manantial.

La fuente.

El agua de las diosas que crean.

Debemos deambular

por las sendas circulares

del planeta y los seres. 

Y luego el regreso

al comienzo del círculo.

La seca grieta de nuevo.

Y otra vez: el manantial.

La fuente.

El caminar circular.

Recibir y regalar.

 

VI

 

Y en el viaje circular y repetido

amamos cada vez más la noche.

No la opresiva oscuridad homogénea.

Amamos el lienzo nocturno

con lluvia

distante y azul.

Y amamos la tormenta y la claridad

que se columpian

en la lejanía.

Cuanto más líquido divino 

recibimos y vertemos

más celebramos el vientre oscuro.

La tempestad.

Y el arte que murmura

lo que vive en el fondo.  

 

VII

 

Volamos

con obras y antorchas

por las noches continuas.

Traspasamos

con las uvas del arte

la lluvia azulada.

Y el trueno del enigma.

 

VIII

 

Al volar con hiedra

y coronas de obras

en el plumaje creador se vierte

el enigmático licor,

el pensamiento impensable.

Y lo luminoso

que excede al sol.

Dentro de lo que es volamos

con la obra y la antorcha.

Y el canto.

Entre los pajonales de horror

y pozos furiosos de esperanza.

Sólo se crea

en el descubrimiento predestinado

de lo que es.

Y atravesamos

colinas de nieve meditabunda.

Violines que se transfiguran

cerca de las danzas respetuosas del girasol.

Atravesamos las cuerdas estériles

para crear en los labios de lo que es.

Para humedecer 

el pincel, la pluma y el pentagrama.

Y a lo que es

con la obra nos acercamos.

Siempre nos acercamos.

Con el rayo creador y la antorcha.

Cerca de la raíz de la tormenta. 

Junto a ti, junto a la noche

que imagina el pozo silencioso. 

 


 

CANTO TERCERO

Tercera resonancia

 

I

 

Palabras en la música.

Hoy no escucharé el violín.

Seré el sonido que propaga

el oído hasta el leopardo.

Sólo recién

imaginaba el paisaje solitario

y escuchaba el gemidos de las calles,

y golpeaba

témpanos en las paredes.

Solo recién

no respetaba la presencia

del tenue cortejo del escarabajo

sobre las hojas resecas.

Pero ahora canto

palabras en la música.

Y me ofrendo.

Llevaré mi sangre

hacia los flecos salvajes

en los confines de las praderas.

Iré con la jabalina del verbo

hasta las aspas nobles del molino.

 

II

 

Soy ventisca que viaja

con palabras en la música.

Cuando soy un cuerpo de aire

las tierras escuchan mi paso.

Con mi música de palabras

que cantan y viajan

escuchado soy

por las dunas y las montañas.

Solo entreveré mi rostro

al escuchar cómo soy escuchado.

 

III

 

Melodías de aguas y vientos,

órganos y violonchelos

alcanzan las plumas viajeras

de mi canto

que quiere las distancias.

Y con palabras en la música

me extiendo en los cabellos

que rozan la mano secreta que acaricia

el lienzo curvo de la bóveda.

 

IV

 

Y canto.

De nuevo canto

mientras que con otros cabellos 

me expando

hasta el templo musical de las magnolias.

Canto.

Y mi cabellera de sinfonía

llega a la medusa 

meditabunda del mar.

Y descubre la tercera resonancia.

Un ser toca al otro.

No con la caricia que se desvanece.

No con el roce que rápido perece.

Un ser toca a otro

en el encuentro que destila

una tercera resonancia.

Es el sentido que regresa al sentido.

La vibración por la que

llamaradas de nuevas selvas

agrandan lo real. 

 

V

 

Al volar con palabras en la música

escucho terceras resonancias

cuando los seres se tocan.

Desciendo y chapoteo entonces

entre ciénagas y lluvia.

Avanzo como reptil

por la húmeda tierra.

Y escruto 

la cercana langosta

que toca la planta.

Y allí es la  tercera resonancia

cuando estalla el roce de un ser sobre otro

en tulipanes innombrables.

En hervores de la selva.

 

VI

 

Y allí entreveo

sobre las cimas,

yermas, solitarias, heladas

al águila que toca

la roca pequeña.

Y en la resonancia tercera danzo

al percibir el eco que desprende

el sonido del pájaro y la piedra

luego de parir una nueva brisa

que agiganta al espacio.

La resonancia,

la tercera resonancia experimento

en el constante tocarse

de las formas que vibran.

Y escucho en mi vuelo

el último sonido

hacedor de los nuevos sentidos,

allí donde se tocan

el acantilado y el agua

la vena y la sangre.

La rueda y el polvo exiguo.

 

VII

 

A través de las lluvias y nieblas

empapadas de resonancias

penetro en las capillas cerradas.

Con dedos alados entonces

invoco la música

en las teclas de los órganos.

Y siento en mi frente

ojos aplastados de dolor,

la estridencia lúgubre

de la muerte del sol en la urbe.

Y canto a pesar

de las bolsas nauseabundas de los mercaderes.

Y con palabras de música

escucho las resonancias

de los nuevos sentidos.

 

VIII

 

Y mientras canto con la voz aérea

sé que escuchan mi aleteo

las montañas que oran.

Los abedules.

El reno en las aguas.

Las selvas de volcanes en los tigres.

Las cascadas.

Y el roble.

Ah, sí, sí,

escuchan el batir de mis alas de música

los cangrejos.

La última piedra del Himalaya.

El jabalí en la estepa.

La gota reciente.

Ahí, sí, escucha, escucha

la rica materia de los seres

mi regreso a la cueva.

Al íntimo anillo oscuro

dentro de la roca

donde escucho y medito

junto a paredes pintadas.

Donde recuerdo.

Sí.

Recuerdo que los universos brotan

de la música. 

Que toca el secreto.

 


 

CANTO CUARTO

Las dos noches

 

I

 

Pincel de nombres oscuros

se desplaza

por todas las sendas de la bóveda.

Ya es la noche.

Que desconoce las navajas del tiempo.

Brilla ahora la nocturna selva de estrellas.

Cada distancia entre los astros

es mayor a la que tiembla

entre tu conciencia

y el misterio nebuloso de tu sombra.

 

II

 

Gritan los planetas

con los cuernos de medialuna,

la potencia del espacio

que arde desde 

el punto imposible (pero existente)

que es fuera 

de la finita idea de lo infinito.

Y responden las galaxias

a los cuernos planetarios 

con el clamor de trompetas

de la materia del inicio.

Secretos piensan los astros

que los prisioneros 

de las matemáticas y observatorios ignoran.

Exuda cada pensar

lejano fuego de estrella.

Nuevo espacio.

Explosión de un círculo 

dentro de otro mayor.

Avizoran las galácticas nebulosas

el hiperespacio

que la serie de todos los espacios menores 

alberga.

 

III

 

A través del paisaje nocturno,

que acaso contemplas

desde el lago o la calle terrestre,

lluvia de centellas nos visitan.

Y alimentan dragones hambrientos de cielo

que sobreviven en nuestra piel helada.

Es la noche de arriba.

Noche de los ecos 

de las orgías de estrellas

en el cercano suelo.

Ecos de los cometas y los quasar

que chispean,

en silencio, secretos,

en la roca, en la urbe. 

Y la madera.  

 

IV

 

Y con voz de luna quemante te canto

que a otra noche se adhiere

el mamífero que dice pensar.

Hastiado el humano de la inmediata claridad

en los talleres de su miedo

se forja el martillo ciego.

El arma sin visión que no tolera

las líneas que dibujan

la unidad de los seres.

El martillo de ceguera

del mamífero que presume pensamiento

quiebra el nudo y la red,

el puente donde lo diverso

se arremolina y hermana.

El quejido quebrado quiere imprimir

el martillo enceguecido

sobre la culebra desangrada de la historia.

En cada oscilación del péndulo

los martillos sin ojos se alzan

para caer

en lo quebrado que perfecciona su quebrarse.

 

V

Y con voz de luna quemante te canto

que se ensancha la noche

de la tormenta de los fragmentos.

Lo que antes era el cuerpo bello

ahora es humo y escombros

de una cúpula que se quiebra.

Y fragmentos son

el deseo destruido de la concordia.

Fragmentos son lo que queda

del pensamiento que antes se incendiaba

con el misterio de la mañana.

Fragmentos son

el viejo santuario, los árboles y los cerros.

Fragmentos que escupe

el martillo enemigo del meditar.

Los restos que se acumulan

del martilleo violento

flotan y se distancian

en la noche nuestra.

Noche de abajo.

 

VI

 

Pero hay otro abajo.

El del profundo subsuelo

que subsiste en el fondo de las aguas.

De las aguas que reciben los ecos

de la noche alta.

Y, sí, con voz de luna quemante te canto

 la pregunta que bulle:

¿no quieres saber

si todavía podemos aliarnos

al ojo que ve descender

los ríos celestes sobre las playas?

¿No quieres saber

si con las aves no volveremos a construir

los altares de la mañana

donde las rocas aman las galaxias?

¿No quieres saber

que acaso el arriba y el abajo 

nunca estuvieron separados?

¿No quieres saber

si el agua y la tierra conocen

el instante en que el calor de la noche descenderá

finalmente

para derretir los ciegos martillos?

¿No quieres saber 

si el mar ahora no se inclina

para cantar con nosotros

los fuegos lejanos? 

 


 

CANTO QUINTO

Naturaleza que perdura 

 

I

 

Crujen en mis pies las gárgolas 

de las avenidas atronadoras.

Destilan venenos

en las curvas de mis dedos

el sordo chillido de las máquinas.

Pero en la grieta callejera perdura

el idioma de la hierba.

Lo sé.

Y lo canto.

Canto la naturaleza

que perdura

aun entre torres y carteles.

Canto entre las escamas urbanas.

Y el sol que exhala el óleo de la mañana

en la ciudad que olvida.

 

II

 

Manos enramadas

brotan del ladrillo y el asfalto.

En las palmas abiertas de aquellas manos 

se advierten los elementos

(agua, tierra, fuego, aire)

que antes se vistieron

con el nombre de los dioses.

Y en secreto

la urbe acuerda con la tierra

la continuidad

del tiempo encendido.

 

II

 

Podrías ahora, 

señora de los suelos fértiles,

diosa terrestre,

destruir la serpiente urbana,

la de muchos vidrios y paredes.

Pero prefieres la repetida 

y pacífica invasión de la ciudad.

Por eso

me nutro al respirar tus jugos de flores

que invaden

las cuerdas del cemento.

 

III

 

No viajaré a la ribera remota

para hallar

el candelabro solar.

Aquí lo encuentro,

en las calles de la ciudad.

Aquí, abro puertas,

entre las barbas del sol y los edificios.

Aberturas que me dejan atisbar

el secreto incendiado de la luz.

 

IV

 

Y aquí es el agua.

No viajaré a la orilla distante

para celebrar sus penachos espumosos 

de algas y sales marinas.

Su embrujo cimbra

en la dura osamenta del asfalto.

Hacia las alcantarillas

se alarga su fisonomía,

mientras mis oídos escuchan

 la líquida salud que fluye.

Signos de los poemas del agua

que cantan entre el humo urbano.

Ternuras acuáticas que me alimentan

entre las ruedas del bullicio.

Extiendo entonces la jofaina de mis manos

para venerar tu llegada, 

agua,

desde el altar 

en la raíz de la lluvia.

 

V

 

Cuadrados y triángulos dibujo con mis pisadas

en crípticos mapas de los cementos.

Tierra negra convoco

con la geometría del caminar.

Llamo a la rubia fertilidad de los trigos.

A la Tierra que finge ausencia

bajo la urbana pesadez.

Hojas trémulas de las ramas

encienden la memoria 

en la ciudad sin origen.

Advierte que el más pulcro plástico

y el ingenio electrónico

no escaparán 

del precedente poder vegetal.

 

VI

 

Reconozco en la planta del parque y el balcón

la presencia de la savia.

El insecto y las hojas otoñales

se me acercan 

con palabras de lenguajes terrenales.

Y los árboles construyen en mis cejas

 templos de madera sacra.

Con mi sangre en el cuerpo terrestre

bordeo el éxtasis de los brotes verdes

que nacen

entre los sepulcros.

 

VII

 

Y al aire nombro

cuando dice sol, calor,

viento, tormentas,

y el dragón 

que sobrevuela los cielos.

Aire respiro.

No como siempre.

Ahora aspiro

los océanos que fluctúan

en la cotidiana corriente.

Las olas de aire

que traen a la urbe

murmullos de lo remoto.

Y en labios flotantes de la brisa

escucho 

la música marina de los acantilados.

El deambular del elefante del blanco colmillo.

Los crujidos de los fríos huesos del glacial.

En voces del viento callejero

puedo adivinar los sonidos 

de las muchas vidas lejanas.

Desde peñascos en el leve aire

merodean el tigre, el oso y el águila.

 

VII

 

Sobre los faros del progreso 

sombras de nubes

proyectan tréboles vaporosos.

El vapor de la gran naturaleza

que vocifera en mis músculos.

Ven entonces embriaguez terrestre

a sembrar mis talones 

con el grito de la hierba.

Ven aire a susurrarme

la orgiástica diversidad del planeta.

Ven agua

a verter el claro pensamiento del arroyo

en los valles y cascadas de mi rostro.

Ven generoso magma del sol

y fluye por los bosques de mi anhelo.

Y voy ahora hacia ti, furia gloriosa de la mañana.

En mi piel agrietada todavía perduran

la tormenta de los frutos de la tierra.

 


 

CANTO SEXTO

En la casa de los muertos

 

I

 

Moderno es el tiempo

donde se nos disfraza el horror.

En barnizados mármoles

se ocultan los océanos

de la humanidad despedazada.

Y en la espesura del día

me absorben las cruces del terror.

Camino ya por arquitecturas de cenizas,

dentro del calmo esplendor del día.

Aquí deberé ser firme

para cantar y no retroceder

en la casa olvidada del aullido.

 

II

 

¿Quieres saber realmente dónde estoy?

¿Quieres que aquí,

en la vida muerta 

que aún no muere,

con serenidad te devele

las rocas que no conocen ningún brillo?

Mejor sígueme,

si la Moira lo desea.

Sígueme, para que juntos atravesemos

los millones de antorchas cegadas.

En la gran Casa de los Muertos.

No es el infierno dantesco.

No es el subterráneo mundo

del viejo Hades griego.

Es la hemorragia 

en el cuello de la luz.

 

III

 

Algunos habitantes de la casa

alzan sus desvanecidas fogatas

de humo de volutas azabache.

Las negruzcas humaredas aúllan aquí,

mientras elegimos ignorar el enigma.

Y el cielo.

Y la centella divina de la noche.

Entonces el humo agónico 

nos grita.

Te grita.

Nos grita que los vivos

no dejemos sola

la olvidada casa que grita.

Y te recordamos

cuando avanzamos

dentro de  los cerros 

que desconocen la tierna Luna,

niño acallado

por el sable o el cañón.

Quieres que te devolvamos

los frescas reflejos de las naranjas

que crearon tu sonrisa.

No podemos.

Ningún canto te hará renacer

en algún capullo sano de la tierra.

Y madres.

Ante ustedes nos detenemos.

 Frente a la cruz reseca y partida

donde gimen ustedes por el regreso

del hijo acribillado

por balas y metrallas de la guerra.

Sépanlo ya.

No podremos 

deshilvanar la trama fatal.

Ningún canto podrá.

 

V

 

Cerca está la ciudad dormida y ligera.

Pero no volveremos todavía

a la calle de la complaciente trasparencia.

Estamos aquí entonces contigo

en tu casa destruida

mujer silenciada por la enfermedad

la soledad y la vejación.

Tu sexo creador quisiera verter

magia en los extremos de nuestras manos.

Pero no nos tiemblan los dedos.

Un centauro agonizante

se nos desangra en los párpados.

No podremos darte la medicina

para que dances de nuevo con el trigo.

Ningún canto podrá.

Y tú, padre, padre que sollozas

porque el hijo te robaron

del calor de tu brazo.

Quieres que el prodigio amanezca.

Que de nuevo sea 

cerca

tu descendiente

en la cabaña.

O en el bálsamo de una habitación segura

en la ciudad de las brisas protectoras.

Pero no podremos persuadir

las mandíbulas del tiempo

que trocean la esperanza.

No podremos.

Ningún canto podrá.

 

VI

 

Y deambulamos entre las víctimas

del látigo del mal

ajeno a las serenas palabras.

Caminamos dentro de la olvidada casa.

Y canto con los húmedos tonos

en el fondo de los mares

donde los ahogados todavía imploran

el cielo sonriente sobre las olas.

Caminamos y canto

la lava de los volcanes.

Y el techo que conoció la bomba

que aplastó la inocencia.

Cerca desfallecemos 

de la letal cámara de gas,

de los cercados alambrados

de la tortura y el fusilamiento.

Allí, deambulamos en la olvidada casa.

Peregrinamos entre los devorados por las pestes.

O las hambrunas.

O las aguas que inundan y sepultan.

Allí caminamos

dentro de la Casa de los Muertos.

Donde el dolor no cesa.

Donde ningún canto podrá

devolver las frescas naranjas,

los pétalos de salud de la tierra,

la alegre danza en los cultivos.

 

Ninguna canto podrá.

 

Pero si me acompañas

volveremos con frecuencia 

a la olvida casa.

Para arrodillarnos

e implorar el alivio final

para aquellos cuyos gritos

no cesan.

.


 

CANTO SÉPTIMO

Partículas

 

I

 

Con los ojos asombrados

recorro las cabelleras de estrellas

del cielo nocturno.

Mis labios se arquean

en la sonrisa del niño.

Y alzo mis manos.

Cientos de flechas 

de fantástica velocidad

quieren brotar de mis dedos.

Y desplazar mi corazón,

sembrado de fuegos,

hacia el fugitivo confín del espacio.

Del infinito dentro de infinitos.

Y en el índice de mi diestra

se posa la luciérnaga.