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PLEGARIA
Crucificado
en el árbol de la ciencia del bien y del mal,
adormezco
el llanto con rumores
que
obstinan mi oficio de profanador.
Quítame
el reflejo de este aparecido.
Herrumbrosa
azucena, no dejes caer
la
lúcida sangre del crimen.
En tu
cueva de ahogados, él se viste de luto.
¿Cuándo
bajaremos?
En el
declive encuentras el trébol venenoso,
los
postigos raídos de esa puerta
que
ya nadie abrirá bajo guirnaldas.
Linajes
de fragmentos quemados
colocarían
sobre el pedestal de la separación.
El
labrador invoca la sombra derretiéndose
en
las patas del lobo.
Nunca
lo pliegues contra tu áspera carne de Adán.
Fueron
largos años de exilio y migraciones.
¿Quién
canta entonces prosternado en el jardín?
¿Y
quién se trepa a su lápida futura
con
el viento feroz entre los médanos?
Déjame
la intemperie, la incerteza lujosa
del
vuelo de la herida.
Arrópame
en ese traje de lastimaduras.
¡Que
no vean los gusanos a trasluz del rocío!
Hijo
del desierto me llamaban.
Desfigúrame
con alacranes de seda.
REPRESENTACIÓN
DEL ÚLTIMO E INNOMINADO
Ha
dicho:
-Hijo,
un animal demasiado
solitario
se come a sí mismo.
Sara
Gallardo, Eisejuaz
A
Antonia Lloret Hernández
Sigue
al que camina tras la herida.
Observa
al que camina con las manos oscuras.
Sobre
su propia boca un corazón
nacido
para ser destrozado con jirones de escarcha,
pronunciado
ante el lince de la misericordia,
dice
el amor.
¿No
era espléndido el castigo en ese incendio?
Horus
de los dos horizontes,
Har-em-akhet
al borde de un precipicio,
Señor
de la roja Athribis,
Har-hekenu
con tu enigma rojo
en
cuevas de la araña,
Resplandeciente
sin orillas,
Reminiscencia
del sol ciego,
Sumergido
entre las plumas de Orión,
Envuelto
en la piel quieta de Su Rostro,
bienvenido
a esta tierra.
El
cráneo de tu hambre
diviniza
la mansión que fulgura.
Madrid,
14-IX/Granada,
24-IX-2001
ALBAYCÍN
EN BLANCO Y OCRE
No
hay cosa oculta en los cielos y en
la
tierra que no esté inscrita en el libro
de
la evidencia.
Corán,
Sura XXVII, 77
A
Daniel Rodríguez Moya
Abismos
sin vigías que el mar me devuelve.
Es la
cara desierta del ahogo.
¿Por
qué no abrirme hasta el sueño,
antiguo
en mitades herido
y en
mitades recobrado?
En
estos pobres reflejos
sube
la amargura como un talismán
que
otros han perdido para siempre.
Acaso
la agonía tampoco nos salve
de
las sombras y el diluvio.
Estas
calles me arrastran,
descalza
brisa para el sacrificio.
Estas
calles te engendran y me usurpan.
Los
rituales son memorias sin flores.
Blandamente,
¿hay
un jardín debajo de la infamia?
¿Pero
qué fuego nombrarás
debajo
de estas piedras?
¿Y
qué río de arañas
lamen
con pena esta cueva insensata?
Bebo
sangre de mis encías
de
trébol labrado por la desaparición.
Sumerjo
el rayo de tu historia
con
el castigo de otra voz
en la
voz de los muertos.
Despiadada
esta ley, este hervidero
de
amor en la intemperie.
Entonces
roen mi señal de nacimiento,
alumbran
las tijeras del luto más alto
cuando
te deshabitas.
Golpearás
contra los trozos que te quedan,
contra
las ranuras de obediencia,
contra
las leves sustancias
de tu
cuerpo en el plato feroz.
¡Incrustarás
el latido!
Las
jaurías se unen
pero
vuelves aquí, mutilado,
llorando
mi tristeza
en un
rincón de Granada.
Granada 25-26/IX-2001
ZAHORI
Te
desgarran, sol rojo, hasta el hartazgo.
El
águila le comía las vísceras.
¿En
qué estambres fijas el vértigo baldío
como
una leyenda, como un doble panal,
apenas
como viento?
Arrópame
al destejerme.
Huesos
para saltar la luz
surgiendo
entre las tumbas.
¿De
acuerdo, entonces, con la herida
que
corta la palabra?
Cuerpo
encendido en el temblor.
¿Adónde
tu transparencia?
Plantaciones
y catacumbas guardianas.
Sucede
desde el principio.
Granada,
23/IX/2001
CÁFILAS
Son
alfileres en duelo,
embarcaderos
hacia la posesión
de un
blando imperio de humo.
Toledo, 17
de septiembre de 2001
VIGILIA
DE LOS ESTIGMAS
Pájaro
de ceniza que sobrevuela
donde
es máscara
la
pérdida del cuerpo.
¿De
qué intercesoras
ocultarías
esa luz, la tigra
de la
sed persistiendo en aquelarres?
Altas
hierbas
formarían
un ataúd con la máscara.
En
las esferas de la nada
no
hubo nunca un lugar para el naúfrago.
Zurces
basurales con tu sombra.
Subes
y subes hasta entrar.
Madrid,
18/19-IX-2001
MUJER
EN TRANCE POR LA HUIDA
DE
LAS ESTRELLAS FUGACES
(Miró,
1969)
Desnuda
música en el resplandor de los cráneos.
Las
dunas huyen entre carcajadas.
Robo
legumbres de mi impostura.
¿Cómo
sería la aurora
de
los amortajados bajo el viento?
La
sangre es la pocilga de esta soledad.
Los
caparazones fijan en la piel
otros
tatuajes.
¿Cómo
sería la aurora
de
los amortajados?
¿Cómo
sería mi amortajado
bajo
el viento?
Alveolos
que caen,
criatura
durmiente,
la
reina exhuma vidrios
del
carro de la sed.
¿Cómo
palpitar
sin
calcinarse en la lluvia?
Segovia,
15-IX-2001
CONSTRUCCIÓN
ALEGÓRICA SOBRE EL VIENTRE DE LA ARAÑA
La
araña que atrapas con la mano,
Y
está en palacios de rey.
Proverbios,
XXX, 28
Me
arrojan a paredes, me sumergen, me sepultan
donde
nunca he de estar,
allí
mismo donde irrumpen las crueles dinastías de fantasmas,
el
deseo y sus aves de marfil.
Éramos
el tiempo de la dicha.
La
luz languidecía entre las arpilleras
y los
objetos carnívoros y los estibadores.
Mi
brazo arranca piedras de tu sexo.
El
tacto diminuto sube por las pieles
hasta
hacer del amor la grandiosa impostura.
¿Quién,
pero quién arroja el saldo
de tu
desesperante errar por la noche?
¿Por
qué no confiesan el asco de volver
con
un grito sobre las plumas de mi carne,
la
soledumbre, las babas, el temblor?
Serán
membranas revelándose
ante
una cueva de forajidos, tatuados
en
las cámaras del odio.
Hoy
se extinguen los silenciadores.
Bajo
cualquier mutación, entreabierto,
se
retuerce un latido, desvaría,
como
la puerta avara en los ojos de una loca.
Está
crucificándose este gesto
sobre
el pedernal desollado
en
que colocan tu cadáver.
Hazme
una señal.
Repliégame
entre los alcatraces
para
despedazarme de a poco.
¡Mamparas
anómalas del hambre,
pezones
cortados en la guerra!
Te
recogerían, lo sé, aquellos súbditos
con
sus sacos de lluvia
como
al dios de la leyenda,
o tal
vez como a Lázaro en el alba del terror.
Espumarajos
salen de esta boca.
Incrústame,
coagúlame
en el
ruinoso zaguán de los exilios.
¿Toda
plegaria es un perverso guijarro
contra
la pasión y la fuga?
La
vagabunda tiene el cuerpo de los profanados.
¿Han
de envolverla, al fin
con
las fisuras de mi transparencia?
¿Cómo
un quejido entre las risas?
Curtida
en el sordo ronquido de la emboscada,
invadida
por tenues mareas de otro adiós,
escupe
el veneno hasta nosotros.
París,
18-X-2001
EN
EL ÓVALO CLARO
(Kandinsky,
1925)
El
viejo animal se revuelca en los charcos.
La
lluvia trae historias de ahogados
y no
hay, no habrá testigos.
¿Con
qué pelaje aguardo el alba de mis noches?
¿En
qué lindes seré intruso de un carnaval de piojos?
Farfullan
los huéspedes.
Cantas
con los escombros
para
adormecer la navaja.
Díganme
ahora si el disfraz
preside
las sesiones.
París, 22-X-2001
ARRANCADA
EN LOS JARDINES DE SCHOUBRACH
...una
rosa arrancada en los jardines
de
Schoubrach.
Nerval,
Aurelie
Telas
sobre la prohibición, sobre la lucidez./¿Por qué interrumpen cuando
la voz se suelta?/Siempre la multitud uniría el grito a la danza.
¡Qué delicioso comprender la vejez de tus mayores casi junto al
sepulcro!/Cuando soy yo el que alarga su sombra, esta sombra, las
guirnaldas del pozo enervan determinados recovecos donde
desaparecer./Las raíces regresan para incrustarse en el marfil de las
premoniciones: ¿será blanco ese umbral?/¿Habrá agujeros cayéndose
al mismo tiempo que los cuerpos? ¿Encontrarás arcoiris para profanar
tu olvido?/La madriguera -al instante- es un caleidoscopio.
LA
TRANSFIGURACIÓN DE LOVECRAFT
Cuando
no sean necesarios los jirones
del
blanco esplendor de tu vacío en fuga
-el
cercano en la piedad, tal vez el pavoroso-,
ni
acariciar la mano ardida de la fiesta
porque
aquello ha de cumplirse en esta brisa,
gotas
del nombre escarchado bajarían por la piel.
Las
telarañas del delirio se clavaron aquí
por
tu languidez de espinas, pródigo errante.
La
perpetua geometría
lame
ahora el muelle donde embriagas
la
caída fabulosa de los otros.
Hay
una fosa de ausencia en el encuentro.
¿Qué
estuche artificial acentuará las demoras,
si
señalar el fuego es tu ley,
si
cubrirte de escamas tu costumbre?
Oíste
el himno:
¿Pero
qué acantilado recibe a las mareas?
¿Qué
pálido violín con raíces frenéticas
para
el nadador de naufragios?
El
feto desplegaría su hechizo.
Desertaste
del hombre.
Fiebre,
moscas y sueños.
Un
tibio, dulce olor a crimen
reconoce
en mí al desolado.
París, octubre
de 2001
YACENTE,
EN LA HEREDAD DE LO PERDIDO
A
Wole Soyinka
Abierta
zoolatría, lánguida augural
chorreando
entre panteones.
¿Qué
luz se extiende ante mí,
deletrea
un linaje pavoroso?
¿No
es límpida la sed?
Las
crines de tu llaga
me
dicen el mar al que te inclinas.
Tragas
pétalos de soledad.
Era
tuyo ese mundo.
¿Qué
semillas de ceguera
imantan
en los ojos su exterminio?
¿Y
la esfinge de hielo que perdura?
Las
crines de tu llaga
me
dicen el mar al que te inclinas.
Dibujos
encarnizados
para
decir la rendición del milagro.
La
fábula asiste a la apoteosis.
En tu
cena de cenizas embriagas
el
fermento hostil de los cálices.
Las
crines de tu llaga
me
dicen el mar al que te inclinas.
Cruel
bondad.
Cruel
repliegue.
Parodia
cruel del usurpado.
¿En
qué barbarie legendaria
desentierras
amor hasta el ensueño?
Las
crines de tu llaga
me
dicen el mar al que te inclinas.
Infatigable,
yacente, tembloroso,
entregas
la máscara brotando
a la
profanación y al exilio.
Las
raposas quieren escarnecerte.
Pero
viene de adentro la luz.
VIENTO
QUE NO QUEMA
Hacia
la ilusión de un escondite
el
enjambre ya es bosque y mendiga
terrones
de certeza.
Escucha,
secreto de los lobos.
Ranuras
por donde derramas
leche
del mundo enardecido.
¿Y
el puñado de arena entre palabras?
Escucha,
secreto de los lobos.
La
palabra amor se hace
como
piedra volcánica sin padres.
Marchitar
helechos en la cueva.
Escucha,
secreto de los lobos.
El
ojo aspira la cera ermitaña
de
viejas procesiones a la herida.
¿Mira
el ojo de esta aguja a su hilandero?
Escucha,
secreto de los lobos.
El
viento devora oscuridad,
devora
fuego.
JACOBO
FIJMAN
¿Quién
escarba las huellas de un reino perdido
en
el agua de cenizas?
¿Quién,
la sombra que vaga en un eterno presente
en
que pliego mis voces debajo de esta osambre
hasta
la última resurrección?
Tuve
entre mis dientes la cabeza de Dios:
inmolé
sus harapos.
Oí
al almendro, al arce, gemir a las sirvientas,
torturar
a los locos, crujir hasta el aliento.
Ciudad
perdida en el relámpago, en su frío:
algo
rodó por el suelo.
¿Con
qué fiebre de vigía infernal
abriste,
desde mi noche, las puertas del peligro?
El
polvo de la fiesta es un adiós que no soborna.
¿Cómo
pronunciaste los siglos que me traen estas aguas,
una
alimaña en la sangre del sueño,
la
roja idolatría en que me deshabito, y ardo,
y
vuelvo con el resplandor de la muerte más lejos.
Una
malsana luz se encendió sobre mi cara
y
no pude ya respirar.
DE
UN MENDIGO EN WASHINGTON SQUARE
...Y
viendo el humo de su incendio, dieron voces , diciendo: ¿Qué ciudad
era semejante a esta gran ciudad?
Apocalipsis,
18:18
Habría
mirado las bóvedas multiplicándose
en
alargadas filas contra la lluvia.
¿Cuál
es el arroz, cuál ese conejo alado de Cimabue,
dónde
está el yeso que trajeron de Umbría las intercesoras,
aquellas
madres primeras de mi especie?
Era
una mesa blanca, casi traslúcida,
vestida
para la exageración y el desprecio.
Podría
ser nebuloso patíbulo,
aunque
nunca tablón ritual de aniversarios.
Un
opulento pasajero enciende las lámparas.
Los
comensales -mis hermanos- han muerto ya.
El
arco solar se ha derribado.
¿Qué
carpintería nómade para esta bacanal de Narciso?
¿No
miras sumergirse la casa? -pregunta la figura-.
Del
robo de las pieles nace el vuelo.
Y
así empieza la historia.
El
musgo ofrece un ácido perfume
a
patio de destierro, a caireles dispersos
entre
los matorrales donde juega el niño del triciclo rojo.
(Ahora
reconstruye risas en mitad de su cráneo.)
¿Era
la distancia de la diferencia?
¿Los
harapos de la más cruel cercanía?
¿O
la abisal condición para destituir a su rey,
el
valimiento de un iluso crucificándose?
Rotan
las cláusulas.
Se
instalan en éxtasis de Pound todos los enunciados.
Pensó
en la cabeza comida por insectos de su padre,
en
el jugo incalculable, ahora seco,
rondando
entre los dientes del pequeño difunto.
Fuiste
un agujero, la grieta de mi corazón - afirma la figura-.
No
habla.
Aun
antes de acostarse del lado del vacío, gesticula.
(Un
llamado de hidra ha regresado a la cueva.)
Brevísimo,
respiran todavía sus membranas.
Nada
es legendario en la dársena sacrílega.
¿En
qué madejas del segundo tiempo merodeará
esta
geometría del verdugo?
Va
adentrándose en la palabra carente:
palabra
sin inicial; juzgamiento de vigilia.
Grazna
y husmea.
Que
no suplique ayuda con un arpón en la boca.
Se
abrieron las sienes de mi escalofrío.
Cavidades
lechosas donde hubo un pasado,
¿por
qué duermen así, junto a la espuma?
Son
los habituales.
Son
los faústicos delatores.
Son
los imaginados.
Son
los que agitan la lepra bajo pieles fastuosas.
¿Retornarían
desde un mísero exilio?
Muerdes
madera en el poema, invención extremada.
Fermentan
las hojas.
Desciendo
los escalones y aspiro en cuclillas
el
temible torbellino de la idolatría.
Es
el ruinoso chacal de esta profanación.
Lanza
increíbles objetos.
Al
reflejarse en el revés de un espejo de bronce
-mira
paciente, hiberna con traidores-,
dibuja
la espantosa raíz del simulacro.
New
York, 22-IX-2000
ANIMAS
A
Francisco García Cubero
Música
triste y de abandono
para
los vestigios de un niño muriente
en
su lecho de cuarzo rojo;
para
las llagas que ahorcan donde el latido
cuando
sopla el abandono
como
ruinas de la marioneta;
para
el abrazo en fuga de su desnudez.
En
un brillo hueco te somete la fiebre.
Lo
frío babea un teatro desde el hombre:
Tierra
madre, tierra vértigo, mendiga tierra
claveteando
telarañas
hasta
alcanzar el vientre fúnebre del asco.
¿Y
la sombra de mi cerebro pagando su hambre
de
caliente derrota sin olvido?
Se
ensucia la cara con el día
y
me hablas de la puerta inocente
que
viene desde el fuego.
Se
nutre de niebla este escenario,
de
lágrimas filosas como uñas desprendidas
de
tardanzas, apenas el naufragio.
¿Qué
diferencia perdura
de
los jóvenes dioses que velaban por ti?
(Alguien
sube en la muerte
como
ramera enloquecida
a
golpear en su grito.)
¿Y
a mí qué me reclamaría jaula
en
el alto desierto?
Un
poco más cerca,
los
hijos de amargura venden su transparencia.
¿Y
por eso tallas la música
al
deseo de las ánimas,
al
escalofrío del bosque?
Deja
entrar las plumas de tu sangre.
En
esta noche hubo esfinge.
Buenos
Aires, abril de 2002
PLINTO
A
Carlos Fernández, en Sant Joan Despí
Sube
desde este ladrillo desunido en la gangrena.
-
Escamotea
los falsos esplendores.
-
Hasta
aquí no hubo reino, sólo harpías
-
royéndome
la piel y el ardor
-
en
los desagües de tu porvenir.
-
Fisuras.
-
Cruzando
la mitad de la fiesta,
-
¿dónde
me borran con diluvio irremediable?
-
En
el bautismo sólo oías los quejidos,
-
el
pacto hirviente de la profanación.
-
¿Y
qué hiciste de aquellos jardines
-
que
doné a la historia de un amor tan oscuro?
-
Los
arrasaba el zarpazo, el error, el desvarío,
-
el
mutilado mediodía en las caras del hombre.
-
La
arena centellea en tu memoria de esfinge
-
atándose
al final.
-
Fuiste
todos porque fingías
-
el
crimen de la noche en una boca:
-
boca
de llanto de Caín hasta la sangre.
-
Asqueado
eres Abel frente a los hierros.
-
Arrójate,
inmóvil
Buenos
Aires, septiembre de 2002
EL
HAMBRE
Hubo
que bajar hasta el pozo./El cielo era un desierto de los hombres./ Entre
relámpagos bajaba, como por escaleras que se astillan, se disimulan y
gimen ante un roce./¿Soñaba para despertar con lúcidas monedas del
instante?/¿Para heredar la piedra preciosísima cubierta de
llagas?/Dormirse sobre maderas olorosas de un presente de azogue, era el
castigo./Los difuntos abren los ojos y las bocas./ Desnudo estás en la
urna, desnudo y a puertas cerradas, llorando./¿Qué vino de la muerte
dormirá en esta arcilla?/Lamerse la sangre./Lamer desde el
principio./Lamer, lamerse./¿Y los criados y sus risas?/El que lame
ronda por todos.
EL
CLARO REGRESO
A
Blanca del Moral
Cuando
el río sube con sus desperdicios
(en
la difunta alegría de lo que ha sido revelado),
la
mujer abre la jaula.
Una
fotografía de impaciencia dirá ser su verdugo,
pero
es otra la tormenta entre bambúes;
hubiera
sido preciso desterrarse
hasta
el no-castigo, hasta la parálisis
de
quienes moran la noche
con
forma de camelia y maneras de pelícano.
Es
probable la escarcha,
como
el amor es probable su ácido
y
las lívidas rotaciones plegadas sobre el porvenir.
Acaso
el testigo,
siempre
el acaso merodeador
guardará
la muralla.
El
altísimo, acaso, ligeramente
profanara
las enredaderas de tu heroica pureza.
Se
inclina un insecto.
Simulado
Artaud barre los desperdicios:
La
vajilla está rota,
Nishapus
está en llamas.
No
te prepares para el encuentro.
¿Cómo
creer que lo ignora,
como
si hubiera arrojado los granos
de
la más fría soledad en su totem?
Nunca
más recuerdos para lamer,
ni
almendras dispersas.
Jamás
un himno para estos perros del ayer.
Que
me instiguen a huir.
Anudo
la desposesión frente al prodigio.
Dejo
las vanidades de este mundo.
Atrás
las palabras indulgentes,
Transformadas
de arriba abajo por el sacrificador.
¿Hablábamos
de paraísos?
¿Cuándo
me embriagaron con el nacimiento?
Aquellas
fueron las frutas de tu linaje.
París,
diciembre de 1996/Buenos Aires, septiembre de 2002
RETRATO
DE FAMILIA
Un
ciclón te aspiraba hacia abajo.
Tu
cabeza se llenó de cangrejos y palabras
soplando
desde la noche inicial.
¿Qué
hiciste del tiempo cuando envejecías,
cuándo
disfrazabas el cuerpo
con
vestido de princesa para el ágape?
Se
asesinaban mutuamente.
Dormían
con las pieles de cordero que te cubren.
Hermana,
¿por
qué asesinaste a la madre?
¿Por
qué volcaron pus sobre tu vientre blanco?
¿Por
qué te asesinaban?
Buenos
Aires, 10-VI-1992
MANSION
ARTAUD
Con
lepra en la garganta,
he
oído
el
canto de los ruiseñores.
Era
el incendio
en
la cueva del ausente
hacia
atrás, golpeándome.
Tajos,
franjas, cenizas
sobre
el limo.
¿Y
quién no deja dormir
en
mármoles finales
el
suicidio del cuervo?
Gira
el teatro
arañando
la sangre
sin
olvidar apenas
el
esplendor litúrgico.
Devueltos,
al fin,
blancos
portones
devolviendo
el soplo,
latiendo
clausura.
Para
pintar
la
borra de las miasmas
cuando
hace frío
y
aúlla en la carne.
¿Qué?
¿Quién?
Con
lepra en la garganta.
He
oído.
Barniz
donde se pierde
el
despojo,
la
insistencia y el crimen.
¡Vuelvan,
vuelvan los iluminados!
Será
aún el pródigo
amanecer
que
imanta las horas.
Sobrenada
este declive.
Magnético
rayo
escalando
el vacío
-irrefragable
nacimiento-
hasta
el vacío.
Según
las caras de la esfinge,
tallarán
nuestra cara.
Pero
ella misma agrieta
los
reflejos.
Heredad
vista de cerca.
¿De
un solo golpe,
la
ilusión?
Los
clavos en la sangre.
A
despertar.
A
combatir.
A
encender perpetuamente.
Luz
que diluvia.
Rebélense
los huesos
del
milagro.
Victoria,
Abadía del Niño Dios,
15-18/VI/2001-Buenos
Aires, 21/VI/2001
Mansión
Artaud
(Indice)
Parte
I - Tatuaje en fuga de los cuerpos
Parte
II - Sometimes, I feel like a motherless child
Parte
III - El niño y los sortilegios
Volver Mansión Artaud 1
DELICADOS FRAGMENTOS DE UN
ARCOIRIS ROTO*
-Todo esto es un milagro-alcanzó
a decir- y lo milagroso da miedo.
Jorge Luis Borges, El libro de
Arena
I Transfiguraciones
de una apariencia
¿Cuál es el rasgo determinante
de la alegoría que tradicionalmente se ha dado en llamar "las edades del
hombre"? ¿La muerte inmanente, acechando en cada resquicio, o acaso
esperando, que también es una forma del asedio? ¿El hambre y la avaricia de
los años y los detritus que dejan bajo un mismo, aparente sol? ¿La mera
perplejidad ante los ambiguos enigmas de toda vida? ¿O sólo el espacio que
dibuja ese enigma insoluble sobre las rotaciones del tiempo?
Dentro de esa alegoría, la
juventud ha simulado siempre -al menos, en Occidente- un espacio epifánico
tramposamente seguro y triunfante, por más que se omitiesen, en ciertos
períodos, sus rasgos más notorios. Aun con sus temeridades y el siempre
sospechado pathos, el joven Prometeo simula vida frente al ataque del buitre.
Dionysos, portador de la primavera, conoce de antemano su ciclicidad. Cristo (de
muchas maneras, un nuevo Dionysos y un Prometeo transfigurado) muere a los
treinta y tres años, legando a sus seguidores una promesa eternal exudante de
parábolas fervorosas. ¿Cómo entender al Paraíso sino como el arquetipo
platónico de la juventud? ¿Leerlo como la perpetua sombra de un Paraíso
Perdido jamás reencontrado?
Dilatada en los siglos,
entretejida por la apología o el rechazo -momentos extremos de las redes del
poder según Michel Foucault-, la juventud obstina vida. Desnuda vida. Desordena
vida. Se sumerge en la sed de un mar de sangre. Allí reside la transfiguración
de su tragedia: su máxima aspiración.
II ¿Infiernos
de una hermosura perdurable?
Oscar Wilde redescubrió los
misterios irisados del infierno en la amenazadora belleza de Dorian Gray.
"Ahora bien: la belleza de Dorian era de ese género cuya seducción
proviene del color y de la expresión (...) Pertenecía a esa clase de jóvenes
que hacen que el mundo parezca jovial aunque sople el infortunio. La bondad y la
dicha irradiaban de él visiblemente; la habitación más sombría parecía
iluminarse suavemente y animarse cuando él entraba", aclara Basil Hallward,
uno de tres espejos arúspices del irlandés, del mismo modo que el esplendente
Lord Henry o el amargado Gray en el prefacio del artista, para rematar
inmediatamente, "Lástima que un ser tan magnífico deba envejecer algún
día- suspiró Wilde."
La esfinge calla y se precipita
al abismo.
III Inutilidades
del Yo
La juventud resultaría,
entonces, un larguísimo concepto en su tribu inquieta de significantes. Un coup
de des, para parafrasear a Mallarmé, pero vindicando la etimología árabe de
dado: Azar. También parecería lamer en las márgenes de su propia alteridad,
de los "desechos" de un yo inasible, furiosamente mutable, para
descomponerse luego en un doble extrañamiento que la revele ilusión de
integridad y memorial sísmico. Porque si todas "las edades del
hombre" son posesas de un hambre que las nutre o las desquicia por igual,
dentro de ellas la juventud se erige en espejo azogado de esta obsesión:
alienante rebeldía adorada por el mismo sujeto que la padece, busca de verdad a
pleno sol de los deslumbramientos, conjunción tanática y orgásmica danzando
por encima de un panteón de dioses falibles cada vez, crasa e incompleta cuando
explora - sobre todo, navega- la fresca piel criminal de la especie. Yo es tú,
nos recuerda quien precisamente abjuraría de sus preocupaciones juveniles:
Arthur Rimbaud.
IV. Inutilidad
de una agonía
Tan inútil como una niebla clara
alrededor de un bosque. Así se me presenta la agonía de la juventud: la
música de su éxtasis, y luego el golpe en la piel.
V. Un
territorio de contraluces extremas
No es posible al fin que el
milagro no estalle.
Antonin Artaud, Otros Poemas
Quiero acercarme a la emboscada.
La escritura de la juventud -las variaciones de la idea- dibuja un archipiélago
donde las sombras se igualan con el día. El archipiélago puede simular una
mazmorra. ¿Por qué esta sociedad post-industrial cotiza tanto una muerte
joven? ¿Por qué los mitos jóvenes demoran en borrarse del imaginario
colectivo? Vemos sus increíbles mutaciones. Las escuchamos. Nos rozan. ¡Qué
patético desamparo el de un James Dean, de 24 años, bajo una lápida pisoteada
por las muchedumbres! ¡Cuánta Silvia Plath oculta bajo almibaradas e
incontables páginas!
VI. In
signo balbus
Los equívocos diccionarios
vienen definiendo la juventud (entiéndase a la definición en tanto otra
falacia) como aquella "etapa entre la niñez y la edad viril". Luego,
no agregan sino unos torpes ejemplos del tipo "la flor de la
juventud". Si viril vale por varonil o lo propio del género masculino,
¿qué no-espacio se reserva a las mujeres? ¿Una niña daría, por ejemplo, un
salto abrupto hacia la vejez? ¿O simplemente remplazaría ese
"período" por dosis más largas de infancia y vejestud?
En pleno siglo V un monje de
Suiza le envía una carta a otro de Alemania, diciéndole "te escribo in
signo balbus", es decir con los signos del balbuceo. Los bárbaros estaban
a las puertas de una Roma incendiada, se esperaba un seguro apocalipsis. Hoy
asistimos desasosegados a las múltiples invasiones de ese Leviathán llamado
globalización. La globalización vomita estadísticas económicas y balbucea.
Los diccionarios también.
VII. Juvencia**
Aunque lo hacen a pleno sol,
parecen "sombras talladas por un relámpago negro" (como aquellas
damas del Breton de Nadja). Son varias las que cruzan la fuente de la juventud
en el cuadro de Lucas Cranach. Viejos caballeros armados las esperan en la otra
orilla con la casi seguridad del contagio. Ellas son, a la vez, sacrificadas y
poseedoras: autómatas desatinadas.
Dicen que el rey Salomón se
rodeaba también de numerosas adolescentes en busca del contagio, de ese emigrar
hacia lo prematuro.
VIII. Transcronologías
Por eso el simulante y joven Tom
de El Zoo de Cristal, excediendo los meros usos y costumbres de su época, dará
con la feliz metáfora del arcoiris roto, los delicados fragmentos que hacen al
cuerpo y al alma de esta insaciable peregrina. La que nunca se cansa. La que
apuñala muerte con todo su temblor. Con las heridas del grito.
Manuel Lozano
Buenos Aires, abril de 2002
*(Seleccionado y publicado para
la edición especial de "Eccus" (Madrid, mayo de 2002), fue
distribuida en las universidades y centros académicos de España y de otros
países europeos).
**El apartado VII fue agregado a
posteriori.
LA BOCA CON EL OJO MONSTRUOSO
Ocúltate, guerra.
Lautréamont, Poésies
A José Antonio Molero Benavídez
Con hambre, con ácidos y trapos de escalofrío, con cascotes, con el descaro del vértigo, con ardiente horror en los bordes de la ciudad. La molienda de la traición funda su reino. ¿Lloras por la caída de tu especie a la que llamaron hombre? ¿Ríes de pavor ante el muro, ante los muros, ante el lecho de alimañas en la necrópolis del desperdicio? El amparo cava su limosna y miras la corriente de niños bestializados por las calles. Afuera, los jadeos se precipitan al relámpago.
Una llaga profunda.
Circuído por las nervaduras extremas, devoras el embalaje del intruso. ¿Habrá un responso cuando se cierren las puertas y aguardes como un animal las sobras del festín?
Iniciación del alarido. Hubo que deshabitar la casa del silencio.
Fueron también en el origen la agonía, el redoble y la hoguera. Ya no hay pan que descienda sobre tus posesiones.
Ahora como antes, como siempre, como después, sé que preparan el rojo jardín de la muerte. Sus altos cedros están huecos. El áspero jardinero, una sombra entre raíces, golpea su sombra.
Desperté y vi la herida: los ojos cerrados que sangraban. Misa de pavor, misa de éxtasis.
Las lavanderas convalescientes limpiarían los restos desde Beit Nuba hasta Wisconsin. Aquí estuvo la calumnia, allí el calvario. En todas las posadas, los ulcerosos naipes del rematador de tu especie.
¡Me crucifican, hijo, izan la cruz de mi inocencia! Sucede siempre en la lluvia. Para la primera representación traen un maniquí. Escribo esta verdad: todos los que vieron la escena deben morir sacrificados.
El oro sucio se enfría en la tierra. Dejadme sin entender. Dejadme abandonado a mi cueva de poseído con antiguas palabras.
La noche desollada formula así una plegaria obscena. Después del baile en los graneros, ¿qué espectros sonreirán en ataúdes invisibles?
El zumbido mojado; llevo la luz. Clavo la espada de azucenas en el vientre de carbón de esta larva, multiplicando el ritmo de mi vigilia de pensar. Un mínimo galope.
Eran jaulas de granizo vagando por los cuerpos. Caliente humo sobre la noche de los siglos. Recojo la sal que late conmigo y dibujo un corazón impuro.
La muerte pide sed entre las tumbas. Vestida de niña en alto trono, pide sed frente a los matorrales.
Que no se apiaden de sus vestiduras. No protejan el dulce hedor de estas aguas.
¿Mímicas de voces después de la batalla? Debajo del pantano y de sus hendiduras va surgiendo la música. Y revela.
Nacerás de la destrucción. Regresarán los Bienaventurados.
Quienquiera que seas, no soples el candil que aún te alumbra. ¿Acaso ves los fragmentos de caras gimiendo en la tragedia? ¿Impacientas el hacha del verdugo? ¿Te envuelven los rumores que antes fueron la espléndida palabra? Ladra el cadáver. Se entrega hasta el mármol de tu especie en ruinas. ¿Oyes el silbido de esa hiena disfrazada de pastora? Es la guerra.
El peregrino que fui me reclina a las puertas del principio del amor, del indescifrable.
También recorrerás los otros caminos como una pregunta. ¿Qué es el mundo y sus frutos, sino la perdida provocación? ¿A través de cuáles intersticios mancillo la apariencia?
Ardimos en horror pero la luz se desata sin fin, aguardándonos.
Manuel Lozano, Buenos Aires, febrero de 2003
IRÉ
Arañas y relicarios duermen discordantes en la plegaria de horror donde me anego. Sin fin, lo que se inclina. Sin fin, lo que se arrastra en líquido mármol de locura. ¿Hablabas del mundo sangrado en apariencia? Las viudas del misterio encandilan. Tejiste una estatua para el duelo. A veces he pasado bajo ese pórtico.
Manuel Lozano, Villa Santa Lucía de Siracusa, enero de 2003
VESTIDURAS
Aún cuando el que sube de la hoguera nace agazapado, como todos, con el llanto hacia adentro. Con la muralla que te atraganta y herrumbra y separa la sangre del camino.
Manuel Lozano, Buenos Aires, febrero de 2003
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