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"MANSIÓN ARTAUD", "DELICADOS FRAGMENTOS DE UN ARCOIRIS ROTO", "LA BOCA CON EL OJO DEL MONSTRUO" Y OTROS POEMAS

   Por Manuel Lozano


 

   Volver Mansión Artaud 1

 

   Delicados fragmentos de un arcoiris roto

   La boca con el ojo monstruoso

   Iré

   Vestiduras

  

  EL NIÑO Y LOS SORTILEGIOS

  Y me dijo: Escribe; porque estas palabras son fieles y verdaderas.

    Apocalipsis, 21:4

 

 

PLEGARIA

 

Crucificado en el árbol de la ciencia del bien y del mal,

adormezco el llanto con rumores

que obstinan mi oficio de profanador.

Quítame el reflejo de este aparecido.

Herrumbrosa azucena, no dejes caer

la lúcida sangre del crimen.

En tu cueva de ahogados, él se viste de luto.

¿Cuándo bajaremos?

En el declive encuentras el trébol venenoso,

los postigos raídos de esa puerta

que ya nadie abrirá bajo guirnaldas.

Linajes de fragmentos quemados

colocarían sobre el pedestal de la separación.

El labrador invoca la sombra derretiéndose

en las patas del lobo.

Nunca lo pliegues contra tu áspera carne de Adán.

Fueron largos años de exilio y migraciones.

¿Quién canta entonces prosternado en el jardín?

¿Y quién se trepa a su lápida futura

con el viento feroz entre los médanos?

Déjame la intemperie, la incerteza lujosa

del vuelo de la herida.

Arrópame en ese traje de lastimaduras.

¡Que no vean los gusanos a trasluz del rocío!

Hijo del desierto me llamaban.

Desfigúrame con alacranes de seda.

 

REPRESENTACIÓN DEL ÚLTIMO E INNOMINADO

 

Ha dicho:

-Hijo, un animal demasiado

solitario se come a sí mismo.

Sara Gallardo, Eisejuaz

 

A Antonia Lloret Hernández

 

Sigue al que camina tras la herida.

Observa al que camina con las manos oscuras.

Sobre su propia boca un corazón

nacido para ser destrozado con jirones de escarcha,

pronunciado ante el lince de la misericordia,

dice el amor.

¿No era espléndido el castigo en ese incendio?

Horus de los dos horizontes,

Har-em-akhet al borde de un precipicio,

Señor de la roja Athribis,

Har-hekenu con tu enigma rojo

en cuevas de la araña,

Resplandeciente sin orillas,

Reminiscencia del sol ciego,

Sumergido entre las plumas de Orión,

Envuelto en la piel quieta de Su Rostro,

bienvenido a esta tierra.

El cráneo de tu hambre

diviniza la mansión que fulgura.

                                                                                         Madrid, 14-IX/Granada,  24-IX-2001

 

ALBAYCÍN EN BLANCO Y OCRE

No hay cosa oculta en los cielos y en

la tierra que no esté inscrita en el libro

de la evidencia.

Corán, Sura XXVII, 77

A Daniel Rodríguez Moya

 

Abismos sin vigías que el mar me devuelve.

Es la cara desierta del ahogo.

¿Por qué no abrirme hasta el sueño,

antiguo en mitades herido

y en mitades recobrado?

En estos pobres reflejos

sube la amargura como un talismán

que otros han perdido para siempre.

Acaso la agonía tampoco nos salve

de las sombras y el diluvio.

Estas calles me arrastran,

descalza brisa para el sacrificio.

Estas calles te engendran y me usurpan.

Los rituales son memorias sin flores.

Blandamente,

¿hay un jardín debajo de la infamia?

¿Pero qué fuego nombrarás

debajo de estas piedras?

¿Y qué río de arañas

lamen con pena esta cueva insensata?

Bebo sangre de mis encías

de trébol labrado por la desaparición.

Sumerjo el rayo de tu historia

con el castigo de otra voz

en la voz de los muertos.

Despiadada esta ley, este hervidero

de amor en la intemperie.

Entonces roen mi señal de nacimiento,

alumbran las tijeras del luto más alto

cuando te deshabitas.

Golpearás contra los trozos que te quedan,

contra las ranuras de obediencia,

contra las leves sustancias

de tu cuerpo en el plato feroz.

¡Incrustarás el latido!

Las jaurías se unen

pero vuelves aquí, mutilado,

llorando mi tristeza

en un rincón de Granada.

                                                                                     Granada 25-26/IX-2001

 

ZAHORI

Te desgarran, sol rojo, hasta el hartazgo.

El águila le comía las vísceras.

¿En qué estambres fijas el vértigo baldío

como una leyenda, como un doble panal,

apenas como viento?

Arrópame al destejerme.

 

Huesos para saltar la luz

surgiendo entre las tumbas.

 

¿De acuerdo, entonces, con la herida

que corta la palabra?

 

Cuerpo encendido en el temblor.

¿Adónde tu transparencia?

Plantaciones y catacumbas guardianas.

Sucede desde el principio.

                                                                                                                     Granada, 23/IX/2001

 

CÁFILAS

 

Son alfileres en duelo,

embarcaderos hacia la posesión

de un blando imperio de humo.

 

                                                                    Toledo, 17 de septiembre de 2001

 

VIGILIA DE LOS ESTIGMAS

 

Pájaro de ceniza que sobrevuela

donde es máscara

la pérdida del cuerpo.

¿De qué intercesoras

ocultarías esa luz, la tigra

de la sed persistiendo en aquelarres?

Altas hierbas

formarían un ataúd con la máscara.

En las esferas de la nada

no hubo nunca un lugar para el naúfrago.

Zurces basurales con tu sombra.

Subes y subes hasta entrar.

                                                                                                                      Madrid, 18/19-IX-2001

 

MUJER EN TRANCE POR LA HUIDA

DE LAS ESTRELLAS FUGACES

(Miró, 1969)

 

Desnuda música en el resplandor de los cráneos.

Las dunas huyen entre carcajadas.

Robo legumbres de mi impostura.

¿Cómo sería la aurora

de los amortajados bajo el viento?

La sangre es la pocilga de esta soledad.

Los caparazones fijan en la piel

otros tatuajes.

¿Cómo sería la aurora

de los amortajados?

¿Cómo sería mi amortajado

bajo el viento?

Alveolos que caen,

criatura durmiente,

la reina exhuma vidrios

del carro de la sed.

¿Cómo palpitar

sin calcinarse en la lluvia?

                                                                                         Segovia, 15-IX-2001

 

CONSTRUCCIÓN ALEGÓRICA SOBRE EL VIENTRE DE LA ARAÑA

  La araña que atrapas con la mano,

Y está en palacios de rey.

Proverbios, XXX, 28

 

    Me arrojan a paredes, me sumergen, me sepultan

donde nunca he de estar,

allí mismo donde irrumpen las crueles dinastías de fantasmas,

el deseo y sus aves de marfil.

Éramos el tiempo de la dicha.

La luz languidecía entre las arpilleras

y los objetos carnívoros y los estibadores.

Mi brazo arranca piedras de tu sexo.

El tacto diminuto sube por las pieles

hasta hacer del amor la grandiosa impostura.

¿Quién, pero quién arroja el saldo

de tu desesperante errar por la noche?

¿Por qué no confiesan el asco de volver

con un grito sobre las plumas de mi carne,

la soledumbre, las babas, el temblor?

Serán membranas revelándose

ante una cueva de forajidos, tatuados

en las cámaras del odio.

Hoy se extinguen los silenciadores.

Bajo cualquier mutación, entreabierto,

se retuerce un latido, desvaría,

como la puerta avara en los ojos de una loca.

Está crucificándose este gesto

sobre el pedernal desollado

en que colocan tu cadáver.

Hazme una señal.

Repliégame entre los alcatraces

para despedazarme de a poco.

¡Mamparas anómalas del hambre,

pezones cortados en la guerra!

Te recogerían, lo sé, aquellos súbditos

con sus sacos de lluvia

como al dios de la leyenda,

o tal vez como a Lázaro en el alba del terror.

Espumarajos salen de esta boca.

Incrústame, coagúlame

en el ruinoso zaguán de los exilios.

¿Toda plegaria es un perverso guijarro

contra la pasión y la fuga?

La vagabunda tiene el cuerpo de los profanados.

¿Han de envolverla, al fin

con las fisuras de mi transparencia?

¿Cómo un quejido entre las risas?

Curtida en el sordo ronquido de la emboscada,

invadida por tenues mareas de otro adiós,

escupe el veneno hasta nosotros.

París, 18-X-2001

 

EN EL ÓVALO CLARO

(Kandinsky, 1925)

 

El viejo animal se revuelca en los charcos.

La lluvia trae historias de ahogados

y no hay, no habrá testigos.

¿Con qué pelaje aguardo el alba de mis noches?

¿En qué lindes seré intruso de un carnaval de piojos?

Farfullan los huéspedes.

Cantas con los escombros

para adormecer la navaja.

Díganme ahora si el disfraz

preside las sesiones.

                                                                                                                      París, 22-X-2001

 

ARRANCADA EN LOS JARDINES DE SCHOUBRACH

 

...una rosa arrancada en los jardines

de Schoubrach.

Nerval, Aurelie

 

Telas sobre la prohibición, sobre la lucidez./¿Por qué interrumpen cuando la voz se suelta?/Siempre la multitud uniría el grito a la danza. ¡Qué delicioso comprender la vejez de tus mayores casi junto al sepulcro!/Cuando soy yo el que alarga su sombra, esta sombra, las guirnaldas del pozo enervan determinados recovecos donde desaparecer./Las raíces regresan para incrustarse en el marfil de las premoniciones: ¿será blanco ese umbral?/¿Habrá agujeros cayéndose al mismo tiempo que los cuerpos? ¿Encontrarás arcoiris para profanar tu olvido?/La madriguera -al instante- es un caleidoscopio.

 

LA TRANSFIGURACIÓN DE LOVECRAFT

 

Cuando no sean necesarios los jirones

del blanco esplendor de tu vacío en fuga

-el cercano en la piedad, tal vez el pavoroso-,

ni acariciar la mano ardida de la fiesta

porque aquello ha de cumplirse en esta brisa,

gotas del nombre escarchado bajarían por la piel.

Las telarañas del delirio se clavaron aquí

por tu languidez de espinas, pródigo errante.

La perpetua geometría

lame ahora el muelle donde embriagas

la caída fabulosa de los otros.

Hay una fosa de ausencia en el encuentro.

¿Qué estuche artificial acentuará las demoras,

si señalar el fuego es tu ley,

si cubrirte de escamas tu costumbre?

Oíste el himno:

¿Pero qué acantilado recibe a las mareas?

¿Qué pálido violín con raíces frenéticas

para el nadador de naufragios?

El feto desplegaría su hechizo.

Desertaste del hombre.

Fiebre, moscas y sueños.

Un tibio, dulce olor a crimen

reconoce en mí al desolado.

                                                                                                                   París, octubre de 2001

 

YACENTE, EN LA HEREDAD DE LO PERDIDO

A Wole Soyinka

 

Abierta zoolatría, lánguida augural

chorreando entre panteones.

¿Qué luz se extiende ante mí,

deletrea un linaje pavoroso?

¿No es límpida la sed?

Las crines de tu llaga

me dicen el mar al que te inclinas.

Tragas pétalos de soledad.

Era tuyo ese mundo.

¿Qué semillas de ceguera

imantan en los ojos su exterminio?

¿Y la esfinge de hielo que perdura?

Las crines de tu llaga

me dicen el mar al que te inclinas.

Dibujos encarnizados

para decir la rendición del milagro.

La fábula asiste a la apoteosis.

En tu cena de cenizas embriagas

el fermento hostil de los cálices.

Las crines de tu llaga

me dicen el mar al que te inclinas.

Cruel bondad.

Cruel repliegue.

Parodia cruel del usurpado.

¿En qué barbarie legendaria

desentierras amor hasta el ensueño?

Las crines de tu llaga

me dicen el mar al que te inclinas.

Infatigable, yacente, tembloroso,

entregas la máscara brotando

a la profanación y al exilio.

Las raposas quieren escarnecerte.

Pero viene de adentro la luz.

 

VIENTO QUE NO QUEMA

 

Hacia la ilusión de un escondite

el enjambre ya es bosque y mendiga

terrones de certeza.

Escucha, secreto de los lobos.

Ranuras por donde derramas

leche del mundo enardecido.

¿Y el puñado de arena entre palabras?

Escucha, secreto de los lobos.

La palabra amor se hace

como piedra volcánica sin padres.

Marchitar helechos en la cueva.

Escucha, secreto de los lobos.

El ojo aspira la cera ermitaña

de viejas procesiones a la herida.

¿Mira el ojo de esta aguja a su hilandero?

Escucha, secreto de los lobos.

El viento devora oscuridad,

devora fuego.

 

JACOBO FIJMAN

 

¿Quién escarba las huellas de un reino perdido

en el agua de cenizas?

¿Quién, la sombra que vaga en un eterno presente

en que pliego mis voces debajo de esta osambre

hasta la última resurrección?

Tuve entre mis dientes la cabeza de Dios:

inmolé sus harapos.

Oí al almendro, al arce, gemir a las sirvientas,

torturar a los locos, crujir hasta el aliento.

Ciudad perdida en el relámpago, en su frío:

algo rodó por el suelo.

¿Con qué fiebre de vigía infernal

abriste, desde mi noche, las puertas del peligro?

El polvo de la fiesta es un adiós que no soborna.

¿Cómo pronunciaste los siglos que me traen estas aguas,

una alimaña en la sangre del sueño,

la roja idolatría en que me deshabito, y ardo,

y vuelvo con el resplandor de la muerte más lejos.

 

Una malsana luz se encendió sobre mi cara

y no pude ya respirar.

 

DE UN MENDIGO EN WASHINGTON SQUARE

...Y viendo el humo de su incendio, dieron voces , diciendo: ¿Qué ciudad era semejante a esta gran ciudad?

Apocalipsis, 18:18

 

Habría mirado las bóvedas multiplicándose

en alargadas filas contra la lluvia.

¿Cuál es el arroz, cuál ese conejo alado de Cimabue,

dónde está el yeso que trajeron de Umbría las intercesoras,

aquellas madres primeras de mi especie?

Era una mesa blanca, casi traslúcida,

vestida para la exageración y el desprecio.

Podría ser nebuloso patíbulo,

aunque nunca tablón ritual de aniversarios.

Un opulento pasajero enciende las lámparas.

Los comensales -mis hermanos- han muerto ya.

El arco solar se ha derribado.

¿Qué carpintería nómade para esta bacanal de Narciso?

¿No miras sumergirse la casa? -pregunta la figura-.

Del robo de las pieles nace el vuelo.

Y así empieza la historia.

El musgo ofrece un ácido perfume

a patio de destierro, a caireles dispersos

entre los matorrales donde juega el niño del triciclo rojo.

(Ahora reconstruye risas en mitad de su cráneo.)

¿Era la distancia de la diferencia?

¿Los harapos de la más cruel cercanía?

¿O la abisal condición para destituir a su rey,

el valimiento de un iluso crucificándose?

Rotan las cláusulas.

Se instalan en éxtasis de Pound todos los enunciados.

Pensó en la cabeza comida por insectos de su padre,

en el jugo incalculable, ahora seco,

rondando entre los dientes del pequeño difunto.

Fuiste un agujero, la grieta de mi corazón - afirma la figura-.

No habla.

Aun antes de acostarse del lado del vacío, gesticula.

(Un llamado de hidra ha regresado a la cueva.)

Brevísimo, respiran todavía sus membranas.

Nada es legendario en la dársena sacrílega.

¿En qué madejas del segundo tiempo merodeará

esta geometría del verdugo?

Va adentrándose en la palabra carente:

palabra sin inicial; juzgamiento de vigilia.

Grazna y husmea.

Que no suplique ayuda con un arpón en la boca.

Se abrieron las sienes de mi escalofrío.

Cavidades lechosas donde hubo un pasado,

¿por qué duermen así, junto a la espuma?

Son los habituales.

Son los faústicos delatores.

Son los imaginados.

Son los que agitan la lepra bajo pieles fastuosas.

¿Retornarían desde un mísero exilio?

Muerdes madera en el poema, invención extremada.

Fermentan las hojas.

Desciendo los escalones y aspiro en cuclillas

el temible torbellino de la idolatría.

Es el ruinoso chacal de esta profanación.

Lanza increíbles objetos.

Al reflejarse en el revés de un espejo de bronce

-mira paciente, hiberna con traidores-,

dibuja la espantosa raíz del simulacro.

 

                                                                                           New York, 22-IX-2000

 

ANIMAS

A Francisco García Cubero

 

Música triste y de abandono

para los vestigios de un niño muriente

en su lecho de cuarzo rojo;

para las llagas que ahorcan donde el latido

cuando sopla el abandono

como ruinas de la marioneta;

para el abrazo en fuga de su desnudez.

En un brillo hueco te somete la fiebre.

Lo frío babea un teatro desde el hombre:

Tierra madre, tierra vértigo, mendiga tierra

claveteando telarañas

hasta alcanzar el vientre fúnebre del asco.

¿Y la sombra de mi cerebro pagando su hambre

de caliente derrota sin olvido?

Se ensucia la cara con el día

y me hablas de la puerta inocente

que viene desde el fuego.

Se nutre de niebla este escenario,

de lágrimas filosas como uñas desprendidas

de tardanzas, apenas el naufragio.

¿Qué diferencia perdura

de los jóvenes dioses que velaban por ti?

(Alguien sube en la muerte

como ramera enloquecida

a golpear en su grito.)

¿Y a mí qué me reclamaría jaula

en el alto desierto?

Un poco más cerca,

los hijos de amargura venden su transparencia.

¿Y por eso tallas la música

al deseo de las ánimas,

al escalofrío del bosque?

Deja entrar las plumas de tu sangre.

En esta noche hubo esfinge.

 

                                                                                      Buenos Aires, abril de 2002

 

PLINTO

A Carlos Fernández, en Sant Joan Despí

 

          Sube desde este ladrillo desunido en la gangrena.

  • Escamotea los falsos esplendores.

  • Hasta aquí no hubo reino, sólo harpías

  • royéndome la piel y el ardor

  • en los desagües de tu porvenir.

  • Fisuras.

  • Cruzando la mitad de la fiesta,

  • ¿dónde me borran con diluvio irremediable?

  • En el bautismo sólo oías los quejidos,

  • el pacto hirviente de la profanación.

  • ¿Y qué hiciste de aquellos jardines

  • que doné a la historia de un amor tan oscuro?

  • Los arrasaba el zarpazo, el error, el desvarío,

  • el mutilado mediodía en las caras del hombre.

  • La arena centellea en tu memoria de esfinge

  • atándose al final.

  • Fuiste todos porque fingías

  • el crimen de la noche en una boca:

  • boca de llanto de Caín hasta la sangre.

  • Asqueado eres Abel frente a los hierros.

  • Arrójate, inmóvil

                                                                                  Buenos Aires, septiembre de 2002

 

EL HAMBRE

 

  Hubo que bajar hasta el pozo./El cielo era un desierto de los hombres./ Entre relámpagos bajaba, como por escaleras que se astillan, se disimulan y gimen ante un roce./¿Soñaba para despertar con lúcidas monedas del instante?/¿Para heredar la piedra preciosísima cubierta de llagas?/Dormirse sobre maderas olorosas de un presente de azogue, era el castigo./Los difuntos abren los ojos y las bocas./ Desnudo estás en la urna, desnudo y a puertas cerradas, llorando./¿Qué vino de la muerte dormirá en esta arcilla?/Lamerse la sangre./Lamer desde el principio./Lamer, lamerse./¿Y los criados y sus risas?/El que lame ronda por todos.

 

EL CLARO REGRESO

A Blanca del Moral

 

Cuando el río sube con sus desperdicios

(en la difunta alegría de lo que ha sido revelado),

la mujer abre la jaula.

Una fotografía de impaciencia dirá ser su verdugo,

pero es otra la tormenta entre bambúes;

hubiera sido preciso desterrarse

hasta el no-castigo, hasta la parálisis

de quienes moran la noche

con forma de camelia y maneras de pelícano.

Es probable la escarcha,

como el amor es probable su ácido

y las lívidas rotaciones plegadas sobre el porvenir.

Acaso el testigo,

siempre el acaso merodeador

guardará la muralla.

El altísimo, acaso, ligeramente

profanara las enredaderas de tu heroica pureza.

Se inclina un insecto.

Simulado Artaud barre los desperdicios:

La vajilla está rota,

Nishapus está en llamas.

No te prepares para el encuentro.

¿Cómo creer que lo ignora,

como si hubiera arrojado los granos

de la más fría soledad en su totem?

Nunca más recuerdos para lamer,

ni almendras dispersas.

Jamás un himno para estos perros del ayer.

Que me instiguen a huir.

Anudo la desposesión frente al prodigio.

Dejo las vanidades de este mundo.

Atrás las palabras indulgentes,

Transformadas de arriba abajo por el sacrificador.

¿Hablábamos de paraísos?

¿Cuándo me embriagaron con el nacimiento?

Aquellas fueron las frutas de tu linaje.

                                                 París, diciembre de 1996/Buenos Aires, septiembre de 2002

 

RETRATO DE FAMILIA

 

Un ciclón te aspiraba hacia abajo.

Tu cabeza se llenó de cangrejos y palabras

soplando desde la noche inicial.

¿Qué hiciste del tiempo cuando envejecías,

cuándo disfrazabas el cuerpo

con vestido de princesa para el ágape?

Se asesinaban mutuamente.

Dormían con las pieles de cordero que te cubren.

Hermana,

¿por qué asesinaste a la madre?

¿Por qué volcaron pus sobre tu vientre blanco?

¿Por qué te asesinaban?

                                                                                                                     Buenos Aires, 10-VI-1992

 

MANSION ARTAUD

 

Con lepra en la garganta,

he oído

el canto de los ruiseñores.

 

Era el incendio

en la cueva del ausente

hacia atrás, golpeándome.

 

Tajos, franjas, cenizas

sobre el limo.

¿Y quién no deja dormir

en mármoles finales

el suicidio del cuervo?

 

Gira el teatro

arañando la sangre

sin olvidar apenas

el esplendor litúrgico.

 

Devueltos, al fin,

blancos portones

devolviendo el soplo,

latiendo clausura.

 

Para pintar

la borra de las miasmas

cuando hace frío

y aúlla en la carne.

 

¿Qué? ¿Quién?

Con lepra en la garganta.

He oído.

 

Barniz donde se pierde

el despojo,

la insistencia y el crimen.

 

¡Vuelvan, vuelvan los iluminados!

Será aún el pródigo

amanecer

que imanta las horas.

Sobrenada este declive.

 

Magnético rayo

escalando el vacío

-irrefragable nacimiento-

hasta el vacío.

 

Según las caras de la esfinge,

tallarán nuestra cara.

Pero ella misma agrieta

los reflejos.

 

Heredad vista de cerca.

¿De un solo golpe,

la ilusión?

Los clavos en la sangre.

 

A despertar.

A combatir.

A encender perpetuamente.

 

Luz que diluvia.

Rebélense los huesos

del milagro.

                                                                                                 Victoria, Abadía del Niño Dios,

                                                                     15-18/VI/2001-Buenos Aires, 21/VI/2001

 

Mansión Artaud

(Indice)

Parte I - Tatuaje en fuga de los cuerpos

Parte II - Sometimes, I feel like a motherless child

Parte III - El niño y los sortilegios

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DELICADOS FRAGMENTOS DE UN ARCOIRIS ROTO*

 

-Todo esto es un milagro-alcanzó a decir- y lo milagroso da miedo.

                                                                                           Jorge Luis Borges, El libro de Arena

 

I Transfiguraciones de una apariencia

 

¿Cuál es el rasgo determinante de la alegoría que tradicionalmente se ha dado en llamar "las edades del hombre"? ¿La muerte inmanente, acechando en cada resquicio, o acaso esperando, que también es una forma del asedio? ¿El hambre y la avaricia de los años y los detritus que dejan bajo un mismo, aparente sol? ¿La mera perplejidad ante los ambiguos enigmas de toda vida? ¿O sólo el espacio que dibuja ese enigma insoluble sobre las rotaciones del tiempo?

Dentro de esa alegoría, la juventud ha simulado siempre -al menos, en Occidente- un espacio epifánico tramposamente seguro y triunfante, por más que se omitiesen, en ciertos períodos, sus rasgos más notorios. Aun con sus temeridades y el siempre sospechado pathos, el joven Prometeo simula vida frente al ataque del buitre. Dionysos, portador de la primavera, conoce de antemano su ciclicidad. Cristo (de muchas maneras, un nuevo Dionysos y un Prometeo transfigurado) muere a los treinta y tres años, legando a sus seguidores una promesa eternal exudante de parábolas fervorosas. ¿Cómo entender al Paraíso sino como el arquetipo platónico de la juventud? ¿Leerlo como la perpetua sombra de un Paraíso Perdido jamás reencontrado?

Dilatada en los siglos, entretejida por la apología o el rechazo -momentos extremos de las redes del poder según Michel Foucault-, la juventud obstina vida. Desnuda vida. Desordena vida. Se sumerge en la sed de un mar de sangre. Allí reside la transfiguración de su tragedia: su máxima aspiración.

 

 

II ¿Infiernos de una hermosura perdurable?

 

Oscar Wilde redescubrió los misterios irisados del infierno en la amenazadora belleza de Dorian Gray. "Ahora bien: la belleza de Dorian era de ese género cuya seducción proviene del color y de la expresión (...) Pertenecía a esa clase de jóvenes que hacen que el mundo parezca jovial aunque sople el infortunio. La bondad y la dicha irradiaban de él visiblemente; la habitación más sombría parecía iluminarse suavemente y animarse cuando él entraba", aclara Basil Hallward, uno de tres espejos arúspices del irlandés, del mismo modo que el esplendente Lord Henry o el amargado Gray en el prefacio del artista, para rematar inmediatamente, "Lástima que un ser tan magnífico deba envejecer algún día- suspiró Wilde."

La esfinge calla y se precipita al abismo.

 

III Inutilidades del Yo

 

La juventud resultaría, entonces, un larguísimo concepto en su tribu inquieta de significantes. Un coup de des, para parafrasear a Mallarmé, pero vindicando la etimología árabe de dado: Azar. También parecería lamer en las márgenes de su propia alteridad, de los "desechos" de un yo inasible, furiosamente mutable, para descomponerse luego en un doble extrañamiento que la revele ilusión de integridad y memorial sísmico. Porque si todas "las edades del hombre" son posesas de un hambre que las nutre o las desquicia por igual, dentro de ellas la juventud se erige en espejo azogado de esta obsesión: alienante rebeldía adorada por el mismo sujeto que la padece, busca de verdad a pleno sol de los deslumbramientos, conjunción tanática y orgásmica danzando por encima de un panteón de dioses falibles cada vez, crasa e incompleta cuando explora - sobre todo, navega- la fresca piel criminal de la especie. Yo es tú, nos recuerda quien precisamente abjuraría de sus preocupaciones juveniles: Arthur Rimbaud.

 

IV. Inutilidad de una agonía

 

Tan inútil como una niebla clara alrededor de un bosque. Así se me presenta la agonía de la juventud: la música de su éxtasis, y luego el golpe en la piel.

 

V. Un territorio de contraluces extremas

 

No es posible al fin que el milagro no estalle.

Antonin Artaud, Otros Poemas

 

Quiero acercarme a la emboscada. La escritura de la juventud -las variaciones de la idea- dibuja un archipiélago donde las sombras se igualan con el día. El archipiélago puede simular una mazmorra. ¿Por qué esta sociedad post-industrial cotiza tanto una muerte joven? ¿Por qué los mitos jóvenes demoran en borrarse del imaginario colectivo? Vemos sus increíbles mutaciones. Las escuchamos. Nos rozan. ¡Qué patético desamparo el de un James Dean, de 24 años, bajo una lápida pisoteada por las muchedumbres! ¡Cuánta Silvia Plath oculta bajo almibaradas e incontables páginas!

 

 

VI. In signo balbus

 

Los equívocos diccionarios vienen definiendo la juventud (entiéndase a la definición en tanto otra falacia) como aquella "etapa entre la niñez y la edad viril". Luego, no agregan sino unos torpes ejemplos del tipo "la flor de la juventud". Si viril vale por varonil o lo propio del género masculino, ¿qué no-espacio se reserva a las mujeres? ¿Una niña daría, por ejemplo, un salto abrupto hacia la vejez? ¿O simplemente remplazaría ese "período" por dosis más largas de infancia y vejestud?

En pleno siglo V un monje de Suiza le envía una carta a otro de Alemania, diciéndole "te escribo in signo balbus", es decir con los signos del balbuceo. Los bárbaros estaban a las puertas de una Roma incendiada, se esperaba un seguro apocalipsis. Hoy asistimos desasosegados a las múltiples invasiones de ese Leviathán llamado globalización. La globalización vomita estadísticas económicas y balbucea. Los diccionarios también.

 

 

VII. Juvencia**

 

Aunque lo hacen a pleno sol, parecen "sombras talladas por un relámpago negro" (como aquellas damas del Breton de Nadja). Son varias las que cruzan la fuente de la juventud en el cuadro de Lucas Cranach. Viejos caballeros armados las esperan en la otra orilla con la casi seguridad del contagio. Ellas son, a la vez, sacrificadas y poseedoras: autómatas desatinadas.

Dicen que el rey Salomón se rodeaba también de numerosas adolescentes en busca del contagio, de ese emigrar hacia lo prematuro.

 

VIII. Transcronologías

 

Por eso el simulante y joven Tom de El Zoo de Cristal, excediendo los meros usos y costumbres de su época, dará con la feliz metáfora del arcoiris roto, los delicados fragmentos que hacen al cuerpo y al alma de esta insaciable peregrina. La que nunca se cansa. La que apuñala muerte con todo su temblor. Con las heridas del grito.

 

                                                                                                                     Manuel Lozano

                                                                                          Buenos Aires, abril de 2002

*(Seleccionado y publicado para la edición especial de "Eccus" (Madrid, mayo de 2002), fue distribuida en las universidades y centros académicos de España y de otros países europeos).

**El apartado VII fue agregado a posteriori.

 

 

LA BOCA CON EL OJO MONSTRUOSO

                                                                                               Ocúltate, guerra. 
                                                                                                    Lautréamont, Poésies 
 
 
                                                                                 A José Antonio Molero Benavídez 
 
 
Con hambre, con ácidos y trapos de escalofrío, con cascotes, con el descaro del vértigo, con ardiente horror en los bordes de la ciudad. La molienda de la traición funda su reino. ¿Lloras por la caída de tu especie a la que llamaron hombre? ¿Ríes de pavor ante el muro, ante los muros, ante el lecho de alimañas en la necrópolis del desperdicio? El amparo cava su limosna y miras la corriente de niños bestializados por las calles. Afuera, los jadeos se precipitan al relámpago. 
 
 Una llaga profunda. 
 
 
            Circuído por las nervaduras extremas, devoras el embalaje del intruso. ¿Habrá un responso cuando se cierren las puertas y aguardes como un animal las sobras del festín? 
 
 
Iniciación del alarido. Hubo que deshabitar la casa  del silencio. 
 
           
            Fueron también en el origen la agonía, el redoble y la hoguera. Ya no hay pan que descienda sobre tus posesiones. 
 
 
            Ahora como antes, como siempre, como después, sé que preparan el rojo jardín de la muerte. Sus altos cedros están huecos. El áspero jardinero, una sombra entre raíces, golpea su sombra. 
 
 
Desperté y vi la herida: los ojos cerrados que sangraban. Misa de pavor, misa de éxtasis. 
 
 
Las lavanderas convalescientes limpiarían los restos desde Beit Nuba hasta Wisconsin. Aquí estuvo la calumnia, allí el calvario. En todas las posadas, los ulcerosos naipes del rematador de tu especie. 
 
 
¡Me crucifican, hijo, izan la cruz de mi inocencia! Sucede siempre en la lluvia. Para la primera representación traen un maniquí. Escribo esta verdad: todos los que vieron la escena deben morir sacrificados. 
 
 
El oro sucio se enfría en la tierra. Dejadme sin entender. Dejadme abandonado a mi cueva de poseído con antiguas palabras. 
 
 
La noche desollada formula así una plegaria obscena. Después del baile en los graneros, ¿qué espectros sonreirán en ataúdes invisibles? 
 
 
El zumbido mojado; llevo la luz. Clavo la espada de azucenas en el vientre de carbón de esta larva, multiplicando el ritmo de mi vigilia de pensar. Un mínimo galope. 
 
 
Eran jaulas de granizo vagando por los cuerpos. Caliente humo sobre la noche de los siglos. Recojo la sal que late conmigo y dibujo un corazón impuro. 
 
 
La muerte pide sed entre las tumbas. Vestida de niña en alto trono, pide sed frente a los matorrales. 
 
 
Que no se apiaden de sus vestiduras. No protejan el dulce hedor de estas aguas. 
 
 
¿Mímicas de voces después de la batalla? Debajo del pantano y de sus hendiduras va surgiendo la música. Y revela. 
 
 
Nacerás de la destrucción. Regresarán los Bienaventurados. 
 
 
           Quienquiera que seas, no soples el candil que aún te alumbra. ¿Acaso ves los fragmentos de caras gimiendo en la tragedia? ¿Impacientas el hacha del verdugo? ¿Te envuelven los rumores que antes fueron la espléndida palabra? Ladra el cadáver.  Se entrega hasta el mármol de tu especie en ruinas. ¿Oyes el silbido de esa hiena disfrazada de pastora? Es la guerra. 
 
 
El peregrino que fui me reclina a las puertas del principio del amor, del indescifrable. 
 
 
También recorrerás los otros caminos como una pregunta. ¿Qué es el mundo y sus frutos, sino la perdida provocación? ¿A través de cuáles intersticios mancillo la apariencia?   
 
 
Ardimos en horror pero la luz se desata sin fin, aguardándonos. 
 
 
                                                              Manuel Lozano, Buenos Aires, febrero de 2003
 
 

  IRÉ

 
 
Arañas y relicarios duermen discordantes en la plegaria de horror donde me anego. Sin fin, lo que se inclina. Sin fin, lo que se arrastra en líquido mármol de locura. ¿Hablabas del mundo sangrado en apariencia? Las viudas del misterio encandilan. Tejiste una estatua para el duelo. A veces he pasado bajo ese pórtico. 
 
                                         Manuel Lozano, Villa Santa Lucía de Siracusa, enero de 2003 
 
 

 VESTIDURAS 

 
  Aún cuando el que sube de la hoguera nace agazapado, como todos, con el llanto hacia adentro. Con la muralla que te atraganta y herrumbra y separa la sangre del camino. 
 
                                                              Manuel Lozano, Buenos Aires, febrero de 2003

 

 

 

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©  Temakel. Por Esteban Ierardo