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"MANSIÓN ARTAUD", "DELICADOS FRAGMENTOS DE UN ARCOIRIS ROTO", "LA BOCA CON EL OJO DEL MONSTRUO" Y OTROS POEMAS

   Por Manuel Lozano


 
 

 

  Manuel Lozano

  Presentación del autor

  "Mansión Artaud"

  "Delicados fragmentos de un arcoiris roto", "La boca con el ojo del monstruo" y otros poemas en segunda parte 

  Manuel Lozano es autor de quince libros (que van del relato fantástico y cuasi-fantástico al ensayo y la poesía), entre ellos: "Libro de Amenemope" (Bs. As., Torres Agüero Editor, 1987), "La Línea y el Círculo" (Bs. As., Ediciones Corregidor, 1988), "Tratado sobre la Rotación de los Encantos" (Barcelona, Libros de la Isla Iluminada, 1992), "Las Caníbales", "Jam Sessiom", "El Enigma Silvina Ocampo" (en edición), "Bizancio bajo las aguas" (en edición, Ed. Sudamericana, Bs. As.), "Todas las noches me traías gardenias" (autobiografía ficcional de Billie Holiday), entre otros.

Ha realizado crítica literaria y colaborado con los diarios "La Prensa" (Bs. As.), "La Razón" (Bs. As.), "El Tribuno" (Salta), "Puntal" (Río Cuarto, Córdoba), "La Arena" (Santa Rosa, La Pampa), "La Voz de San Justo" (San Francisco-Córdoba), "La Reforma" (Gral. Pico, La Pampa), "El Universal" (Colombia), entre otros, como así también en publicaciones especializadas como "Cuadernos de la Generación del ´27" (Málaga, España), Revista "Proa" (Bs. As.), "Ser en la Cultura" (Bs. As.), "American Notes and Queeries" (U.S.A.), "Belvedere" (Francia), entre otras.

Recibió más de 45 premios nacionales e internacionales: Primer Premio Fondo Nacional de las Artes, 1987, por su libro "La Línea y el Círculo"; Premio "Gente de Letras", Bs. As., en siete oportunidades (ensayo, poesía y cuento, respectivamente); Primer Premio "Asociación Japonesa en Argentina", 1987; Premio "Fundación Argentina para la Poesía", 1989; Premio Universidad de La Plata, 1990; Premio

Ministerio de Asuntos Sociales, España, 1993; Premio University of Kentucky, U.S.A., 1995, Premio Federación Universitaria de Bs. As., 1996; seleccionado paras las mega-exposiciones "Buenos Aires no duerme I" (1997; género: cuento), y "Buenos Aires no duerme ´98" (género: poesía), para citar algunas de las distinciones. En 1989, recibió la "Faja de Honor", de la Sociedad Argentina de Escritores, Bs. As., por su libro "La Línea y el Círculo". Su obra ha sido traducida al inglés, francés e italiano.

   Manuel Lozano es uno de los pocos especialistas sobre la obra de Silvina Ocampo, habiendo disertado sobre la prestigiosa escritora en España, Estados Unidos, Bélgica, Francia, Marruecos, Chile, Uruguay, Buenos Aires, y una decena de provincias argentinas. 

 

PRESENTACIÓN DEL AUTOR

    "He detestado siempre las presentaciones, acaso por lo que tienen de excesivas y frágiles al mismo tiempo, acaso por su fugacidad. Prefiero los retratos, seguramente porque abren otras puertas más exquisitas y más reverberantes. (¿Quién no se fascina aún por los irisados borradores de esa prerrafaelita extraviada en pleno siglo XX, Edith Sitwell? Son retratos que queman en su vuelo.

    En cuanto a mí mismo y mi obra, sólo diré que soy un filibustero explorando las napas del abismo, los húmedos sueños de la razón en su delirio, los íntimos aserraderos donde los valores se transmutan y rehacen cada vez. Todo es igual a todo menos uno. Cultivo el jardín como recomendaban Voltaire y Anatole France. Y el jardín deja sus sucesivos tatuajes en mi piel, también sus estigmas. Soy un jardinero arañando universo. "

Manuel Lozano

 

 

 

 

  MANSIÓN ARTAUD

                                                                                              Por Manuel Lozano 

 

No es posible al fin que el milagro no estalle

Antonin Artaud, Otros Poemas


Hierocles derramó en la tierra
El agua de su cántaro y dijo:
si hemos de entrar en el desierto,
ya estoy en el desierto.
Si la sed va a abrasarme,
que ya me abrase.
Jorge Luis Borges, La Cifra

 

TATUAJE EN FUGA DE LOS CUERPOS

COMIENZO DE LA LLUVIA EN HARLEM

But I have that within me that shall tire
Torture and Time, and breathe when I expire.
Lady Byron

Para Cecill Villar


¿Y dónde se escondía el lóbrego sol de las derrotas?
La fábula urde en los muros la plegaria,
reconoce al visitante deformado en atavíos de sangre
y con monedas de bronce siempre indemnes por la ausencia.
El maderamen está listo.
No insistas con el decorado de los frágiles.
Parezco caer junto a estos muelles
donde yacen las lágrimas de Adán y su heredero.
Me congelas en el cuerpo de prometida arcilla.
Las caravanas llegan al festín.
Borradores del relámpago, siervos de una antigua potestad,
sellarán con luto la habitada mordedura de tu especie negra.
Nadie puede abrir -ni siquiera rasgar- la feroz tapicería
de mi duelo milenario con el agua.
En esta playa se desnudan los lobos.
La cicatriz amargará hasta la náusea lila
los colmillos de su máscara de iniciación.
Ya era tarde cuando me amamantaron.
¡Piedad!
¿Alcanzas la húmeda carne de tus hijos
como filo imborrable de navajas?
¡Despréndeme, atestíguame por la transubstanciación
de aquel reino sepultado!
¿No era atroz el amor en esas caras que ya han visto
el infierno desde el fósil de mi soledad?
En la humareda fui el primer huésped.
Ensimismado o errátil, se quiebra el sudario debajo de mi efigie.
Llueven sudarios en esta rajadura donde tiemblas huida,
donde guardan los restos de otro viaje encantado.
¿Qué nocturna Medea en esta anunciación de peligrosa alabanza?
¿Quién sobrevive a su paso por los tibios jardines?
Canta el niño ciego su dolor de pronunciarse
allí donde los ríos y el mar recogen vidrios de mi historia.
Inevitable este renunciamiento consagrado a un golpe de tinieblas.
Debajo de la piel, los huesos cantan.
Los huesos me ven.
¿Y hay catecismos de pavor que detengan a los desolladores?
La tribu arrastra los tentáculos del brujo.
Lloré hasta la lejanía del miserable en el umbral de una iglesia;
lloré hasta vaciarme los ojos en las islas del hambre y de la peste.
¡Bienvenidas memorias de tu transparencia en Orión!
Les di de beber el deseo y también la impostura
del disfraz más hermoso de este mundo.
Cada huella es un tajo de abismo, les repites.
Alrededor del camino sólo encuentras ataúdes
cubiertos por guijarros.
El emigrante perderá los vestigios de su recién nacida.
La anamorfosis del retrato inundará la hierba.
Yo he buscado la entrada, cumbre de los sortilegios.
He comprendido.
¿Por qué no cesa este llanto contagioso en las ventanas?
La letanía multiplicará mi silencio.
¿Y por qué no sube hasta aquí donde me nazco esfinge?
Mirada de trasluz. Hoy es la noche.

                                                                            New York, septiembre de 2000

MELQUISEDEC

-Salmo 109-

Horas en que la lluvia sana
la herida inextinguible.
Ellos te engendran,
libándome como rocío diverso
entre sombras que vuelven al jardín,
que sueñan jardín antes de irse.
La redención cuida sus vientos de orfandad
y todavía escuchas el rumor
escondido de la tierra.
Quédate, luciente.
¿Y cuántas veces supimos restañar
el ojo en la tormenta
hasta exhumar las jerarquías,
los ritos, los linajes perplejos?


El cardo se desmembra
aun sin verlo.
Prestidigitador,
Sucede siempre en la aurora.


                                                             Victoria, Abadía del Niño Dios,18-VI-2001


SOPLA EL DESTERRADO



Palabras tendidas a la tarde de un corazón que se enfría.
La música te desnuda, sacral y victorioso.
Has visto el resplandor entre las cruces.

                                                           Victoria, Abadía del Niño Dios,19-VI- 2001


ESTANDARTE DE UR



La comparsa ríe
bajo la multiplicación
de una nube.
El muro es amuleto
de la lluvia.
Libre de presagios,
depositas tu cadáver
en un tajo de memoria.
Las burbujas incrustan
rehenes de dolor,
escorial de llagas.
¿Me condenas
al hormiguero de este porvenir?
¿Qué mares no nombré?
¿Qué jardín no estallaba
en mi cuerpo sin tregua?
Regresa el luciente
con la opalina azarosa
de la desventura.
Siglo a siglo
devoras el corazón
de las cenizas:
Las mordeduras vuelan.
¿Quién imagina las gradas,
las arterias, las circunvoluciones,
las artimañas de una casa
allí donde la sombra clausura
la Ópera Vigía?
Pregones abren la mudez,
salvan la diferencia.
Con una máscara de hueso
proteges al gusano.
Con la careta de trapo electrizada
astillas el límite.


DUDANTE O EL JARDIN AMURALLADO


Omnis qui se dubitatem intelligit, verum intelligit, et
de hac re quam intelligit certus est.*
Agustín, De vera religione, 39,73


Ensañada entre las cuerdas del abismo,
su boca absorbe lo que dejas.
Dice que han de incendiarse estos trigales
como antiguamente
la más turbia arena del fin.
¿Por qué la cara y el robo
de esa memoria entre los tréboles?
La verdad, lujuriosa madrastra, inventa
un desierto oscilante para escalar
la indecible vejez de la criatura.
Padre, lámeme las heridas.
Perro, lámeme las heridas.
Madre, lámeme las heridas.
Ya las manos son agua de sangre
de la noche de quien golpea harapos.
¿Y los ríos donde perder
el amarre de tus cercos de sombra
hacia el festejo de las pesadillas?
Dijiste que despertar era su increíble,
entre tirones y metamorfosis.
Así extraviaste las piedras, los ríos de mármol
como cruces en el cuerpo de tus muertos.
Hubieras reclinado tu abandono
a los dientes del pájaro.
Era fácil caer, aun sin pronunciar tragedia.
Pálido doblez de un salto
que se anuncia en la noche
y sale por la alcantarilla.
Reparte sus juguetes en el funeral
de los amordazados al latido.
Invoca temblor y abre el muelle
del filoso en la ausencia.
Aplaudirían los siervos
la voz de aquel desconocido que se borra.
¿A lo lejos los desesperados,
los que sobrevienen en ataúdes concéntricos?
Son incompletos los trozos,
las bocas, el plañido, tus trofeos.
¡Qué testigos espían desde puertas lejanas,
esos astrólogos de ojos vaciados,
esparcidos entre el futuro de mis crías!
Me leían en el rayo.
Ellos bailaban.
¡Cuánto fin y comienzo
del hambre hasta la saciedad del baldío!
Risas como el suicidio de una marioneta.
Padre, perro, madre,
escalofrío de tu especie, sólo adentro,
¿por qué subes a la caliente mansión
con la leche perdida de una loba?
Apenas ardió
leíste en su rostro:
"Crucificado en la palabra."

                                                                         Buenos Aires, agosto de 2001
*Todo aquel que sabe que duda, comprende la verdad y está seguro de lo que comprende.


JAM SESSION



El resplandor sosiega en este lado.
Esperabas el lugar del resplandor,
no debe ser la palabra,
la lastimada.

                                                                                  Málaga, 18-II-1993



CANTA, LASTIMADA MIA



Canta, lastimada mía
Miguel de Cervantes
A Olga Orozco


¿Cómo era tu casa antes de la restauración?
Barro sobre barro
y esa debilísima lluvia que caía en las persianas,
tan esponjosa lluvia en la madera del viento,
cóncava, supliciada de la hoguera anterior al diluvio,
escurriéndose en la amarga envoltura
que la lleva a ser visión de polvo prometido en las cenizas:
caldera del escalofrío al borde de los labios.
Oscila este inmigrante sin poder atravesar siquiera,
sin apartarse del suntuoso pantano.
¿Qué ropaje amedrentado entre la fiebre y la seda,
pero más ajeno en el telar sonoro que devora la coraza del exilio
y en que anudo de una vez por todas mis sudarios?
Es inconsolable este doler,
este doler a grito final de condenado.
Son heladas las máquinas que ciegan, los hornos que estrangulan,
Los alfileres que irrumpen en tanta desesperación estremecida.
¿Qué escafandra necesito para probarme el castigo?
¿Y qué máscara que no se derrita?
¿Qué vértigo sufrido en este amargo trayecto hacia la noche?
Me incuba el huevo de la alianza, la cáscara lila de un martirio
donde no puedes saber quién fragua las respuestas,
bajo qué hirviente superficie se sospecha el derrumbe
y el brillo en la fisura.
Este no es un muro que separe mis sueños del sueño del planeta,
una cámara increíble para fundir la usura de los huesos,
la fábula caníbal de la historia inocente.
Corría yo por la herrumbre del palacio,
sin darme cuenta apenas de esos alambrados
ocultando a los tréboles.
Líbrame de todo mal,
de los guijarros malditos hasta el borde.
Tú me conjuras de la muerte nauseabunda, de la muerte vibrátil,
de la muerte que pudre.
La última flor de la corona fue robada,
de agobiadora vida husmeando en el residuo de dos manos que han sido,
de las solas que en un lento infinito se abominan.
Han crucificado el cadáver,
el cadáver durmiente,
raptado en ese espejo invulnerable que circunda tu infancia,
por estos arrabales sin dios y sin testigos.
¿De qué inmundo misterio engendraste a tus padres,
adónde las pupilas de inocente basilisco?
¿Son las mismas que escupían la cuna,
que zumbaban de pavor en las orejas del monstruo?
No hay peregrino tenaz ni cruel alabancioso
que limpie mi cara de Van Eyck para la aurora.
Canta, lastimada mía.
De sangre, nada más que de elegida sangre
te hiciste pedigüeña en esta hora de la sed en que me ahogas
no pudiendo levantar a aquél que sufre.
Será como una lámpara en el pequeño alféizar de una casa abandonada.
No me recuerden el crimen.
¿Cómo me diste tanta soledad si estaba lleno?
Las piedras urden lo que graba tu piel en los baldíos.
¿Cómo es entonces el camino?
Estás a punto de trizar el bloque de hielo que te encierra
en viejas, atroces migraciones al silencio
revelando ciudades partidas por un ala.
Canta, lastimada mía.
En la negrura del mar rozo mi cuerpo, mi fardo de preguntas,
esta fotografía salvada para siempre del naufragio.
Canta, lastimada mía.
La voluptuosa canta de blanco sobre un fondo rojo.
Canta en las cuevas masticando ayeres desde su porvenir milenario,

Canta, lastimada mía.
Canta ahora.
Y despréndete.

                                                                   Marruecos, Fez, octubre de 1998

 

ORIGENES, DE ALEJANDRIA

La raíz, ascendida en el viento,
vara de leche perturbada entre espinas,
debe aferrarse a su historia.
Abajo cantarían las grullas.
Hazme mansión de lo que callas:
Coróname de ardor por el regreso.

¿Por qué saliste,
madrastra de los espejos estériles?
¿Por qué juntaste los dientes
con la firme devoción del tembloroso?
Abajo cantarían las grullas.
Sangre hundida,
hambre de la tribu.
¿Qué hebras para la exhalación?

Antes de que viertas la herida,
idolatra tu llanto.
Son puertas asilándose
en la sal de mi sombra.
¿Fue tan lejos caer?
Abajo cantarían las grullas.
Mastines dejan oír
el rumor de la ciénaga.

A imagen y semejanza
de quien escarba y roba y me retiene
en la escritura más ciega,

te obstinas en la celebración.
Abajo cantarían las grullas.
¡Desagües y dudas
para el celo incrustado del fuego,
para tu hocico!

                                            Praga, septiembre de 1999/Buenos Aires, julio de 2001



TATUAJE EN FUGA DE LOS CUERPOS



En primer lugar, signos: cuando, en una asamblea, el desnudo se
codea con el vestido (y por consiguiente se opone a él), es decir fuera
de las orgías...
Pierre Klossowsky


Habría que ver cómo descrucifican
los cuerpos a la intemperie
en que el amor se pregunta
sobre hierbas todopoderosas,
y el oro carnicero de los ángeles
grita en la ceniza.
El hambre hace ya un recuento de capitulaciones.
Evaporas al traficante exacto de toda tu vergüenza.
El sudario ofrece llagas
para un dios que está ciego.
¿Cómo pronunciar frente a la piel
su historia de tenues vejaciones a la luz?
¿Por qué no pronunciarme desnudez
en este dilatado país de un ardor tan fulmíneo?
De un zarpazo llegarás a la casa.
¿Cómo debo mirar ahora
la devastación y las puertas?
Tenebroso, imantado o quemante,
el revés de tu sexo muerde piedad
cuando me viertes.


CUANDO A LA DERIVA


A Marcel Heinart


Una geometría de silencios
incrusta la inocencia en su delirio.
¿A qué noche me trajiste
revelando el costado de la perduración?
¿A qué inocencia, hijastra o grulla
de mudable leyenda?
Duermen en la frontera -borra de la luz-
con sus coronas rotas.
El sacrilegio es un perfume;
toda fragua, nada más que un error
deshecho entre las mordeduras del crimen.
¿De qué palabras derritirías la inocencia?
¿De qué yo sin el tú que fue nosotros?
Casas desfondadas en el cielo,
pantanos y niños de piel incandescente,
el mismo hambre en la memoria de mis manos,
y después aquella canción
cuando a la deriva rebobino mi infancia hasta la muerte.
¿Acaso no era un rey el que esperabas?

                                                                                      Liege, septiembre de 1992



MEDITACIÓN SOBRE UN PRELUDIO A SOLAS


Y escupiendo en sus ojos, le puso las manos encima,
y le preguntó si veía algo.
Marcos VIII, 3

Todos los hombres pierden el camino de regreso.

Sucede desde la primera sed de la criatura.

La fulgurante procesión de escarchas

fluye en las cortezas y no sabe morir.

Nada revelaría el camino, ni la flor cenicienta,

ni el alimento -a oscuras- en el umbral de esta salida.

El ciervo vulnerado percibe los barrotes.

Han bebido el ácido feroz sobre las cláusulas.

¿Hubo un sueño aquí llamado lluvia,

una palabra que nombrara un sueño llamado lluvia?

Muchedumbres son carcoma de la noche,

derretida como un cóncavo incendio de mi transparencia.

La memoria canta a traición.

Rotan caretas simuladas vagamente

hacia el bosque, el más duro abandono.

Acumulas eternidad en tenues caligrafías sin navajas.

¡Que no surja el esplendor de tus sótanos!

El ataúd de nuestra sangre ya fue abierto.

Un salmo se entremezcla con murmullos.

¿No hubo acaso una brújula de hierro sapientísima

que guiara tu orfandad como un latido?

Es tan lejos la vigilia.

A los costados, sólo verías fosas e inscripciones:

¿quién será ungido, desnudez,

pero quién comerá su podredumbre?

Olvidaste la Puerta, a imagen y semejanza

de tus precoces, voraces nacimientos.

Los carbones encendidos velarán hasta la muerte.

No estaba allí la cuna poblada de alacranes,

el trono enardecido para la demencia.

(Al mirar fijamente, alcanzarás la pequeña cruz

donde roen un corazón leproso.

Hay huesecillos, también. Hay huesecillos.)

Un niño vestido con espejos me lame ahora

la raíz secreta de la herida.

Si surjo entre dunas me redimes,

como si fueras un colibrí volando

desde las entretelas de la separación

hasta mi boca.

¿Y fue con luz como vacié este cofre lleno de ojos,

ojos como bordes de alarido, como semillas

finales en la lengua del custodio?

¿Llora el heraldo que no he de nombrar?

¿Qué mundo no traiciona a la palabra?

Altísimo este bosque y traslúcido el vértigo,

ellos piden entrar por las murallas.

Tal vez un temblor mojado acabe con la historia.

Me adelanto al ascenso.

Vas a ver las llagas y sus crías.

Es necesario que así sea.

 

SOMETIMES, I FEEL LIKE A MOTHERLESS CHILD

 

TRES ELEMENTOS DEL MUNDO SOLAR

 

Nuestros años como la araña meditarán.

Salmos, LXXXIX, 9

 

Ebrio de la sangre de las piedras, idolatré a los caídos.

Se derramaron en mi pecho los ojos

de los forasteros que nacen en mitad del diluvio.

¿Es éste el desperdicio convertido en un ala?

¿Adónde otro amarillo vigía, la cruel envoltura

sumergiéndose hasta el pico del fósil?

La plegaria hilvanaría tu lepra con la sal

hecha furia para el éxodo cautivo.

Ya escuchas el aleteo incesante de la mariposa

sobre el filo negro de la desnudez.

Recuperas el desierto y sus trabajos.

Ya cavas la herida con lóbrego esplendor,

la lames por fin, la incrustas en tu historia.

Entonces, ¿por qué no habrías de morir bebiendo

en la maraña todo ese oro?

 

 

PÁLIDO CERCO DE LA SOMBRA

 

La vejez mecía mi corazón, como mece

una loca a un niño muerto. El silencio no me

amaba ya. Y la lámpara se apagó.

O. W. de Lubicz Milosz

 

El visionario ha desollado la hendidura

por donde cae el amor, infancia adentro,

y en que aguardo el frío amante

del rumor de un irse de la tierra.

Perdido entre los tuyos,

te devorabas con fiebres

que engarzan y abandonan

el exacto rumor del bosque incendiado.

¿A qué crías, a qué sed, a qué funesta tribu

reclamaste por el oro de la lluvia?

¿Pero por qué se entregan esos hijos

que vienen con la esfinge tatuada de su lepra?

Nunca terminan los viajes bajo el puente,

bajo el puente donde un cuerpo tiembla:

tajo libérimo de la separación.

Hoy has llorado el mundo.

Huye todo presente.

Sin número, la música y el alba

calcinan los huesos de los hombres.

¿Quién acuña el hocico del ronco gemido del yacente?

Ahí tienes la tormenta.

Un ciruja en Bagdag bebe su sopa larvaria.

Pitágoras se sepulta en un sueño

con ataúdes de hierbas sin descanso.

Las viejas matronas alzan cucharas.

Whitman resplandece hasta doler.

                                                                 París, tarde del 26 de diciembre de 1996

 

CANCIÓN DE CUNA EN LA SUPERFICIE DE LOS CUERPOS

 

¿Has llorado con tu canto de brillante muerte,

si vienes con el licor inasible que manan los helechos

para ordenar la escritura del cadáver,

por amor al cadáver y su hundido teatro?

Alrededor de la pocilga, la sanguijuela ignora

los dientes arrastrando espuma de un oráculo

entre muslos entre destierros entre fogatas.

¿Has llorado con el olor de un grito,

si tu cama de malezas esconde el hormiguero

exacto de la locura?

Latidos de un tambor se extinguen

en el lujo pobrecito de estas tumbas.

No hay honras ni aceites en la cosecha.

¡Ay lluvias donde borrarme

el carnaval de mi amor por Nijinsky!

Esa cara advertía en tu fracaso

el fracaso desprendido de la lluvia.

Comiste en el muelle los despojos

de tu maleta de agujereada esfinge.

¿Has llorado el inútil resplandor de las piedras,

si la historia es sangre seca en los baldíos?

Tanta memoria prostituta.

Apoyas el ahogo en otra boca.

                                                                                                    París, 27-X-2001

 

JUAN JOSÉ ARREOLA

 

Vio a la humanidad que buceaba, que buscaba infatigablemente el arquetipo perdido.

Cada hombre que nacía era un probable salvador; cada muerto era una fórmula fallida

J.J. A., Confabulario

 

In memoriam

 

I

¿El verbo y el hambre son teatro

que desencastra en música hacia nadie?

Alcoholes de un barniz fosforescente,

babas de la placenta, piojos de la razón

decían

nadie es el fuego

nadie es el fuego

La breve edad raspa lo humano.

Ahora tiemblas desnudo con mi nombre.

Éste es el camino que te negó la sombra.

Memorias del corazón, la calle,

el enjambre de testigos invisibles,

gastan su fiebre y su desierto.

¿Por dónde irán las sobras de la herida

para buscar el tatuaje sumergido

en la escarcha de un mágico invierno

entre esas tribus que no te sospechaban?

Los jinetes se suicidaron allí.

Las telarañas mordieron

en el festín de los abatimientos

cada mantel de sangre.

 

II

¿Cómo se borra el yo en este laberinto

donde los ojos de Jesús ya se han secado?

¿Dónde aquel Juan de los jardines sobrenaturales

nadando en las alturas su velo negro?

 

III

Los hocicos desentierran plantas calientes.

Marcas de ácido hurgarás en tu mansión,

antiguas coronas del granizo de la trampa.

Le dabas la vida.

Le enumerabas el fracaso, noche a noche,

con ángeles de Migne y de Papini.

 

IV

Ya llega el ultraje.

Hierve el silencio,

¿boca estrellada contra las apariciones?

¿Quién dirá que no aúlla?

 

V

Ya llega el ultraje.

Ya llega el ultraje.

Los hierros exploran

inútilmente las vísceras.

VI

Progenie de lobas

no le preocupa el mar cayendo

hasta el vacío de la anunciación

te arrojan a la transparencia

el aire fue hielo ¿fue luz?

el fuego no tiene orillas

donde lamerte

Sequía

donde estallar en frío de almizcle,

me pregunta por los abismos del amor.

La hermosa clava su plumaje en la llanura.

Díselo.

En ese desván suplicaste una jaula.

¿El gesto, su nombre, un delirio de cosméticos?

Hambre sobre el verbo,

sacratísima hambre

sobre la carne viva.

                                                                                                 Buenos Aires, diciembre de 2001

 

ERRANTE EFIMERO

A José Saramago

 

Claustral hasta el delirio,

he abierto el lánguido prodigio que desoyen

los espejos de amargura.

¿Cuándo razona el ahogado su navaja de oprobio?

La imagen se vela, avanza hacia el navío.

Escarba la tierra como un vegetal,

estira las raíces endurecidas por la noche

tan sólo para desposeerme.

Apenas me mira con su telar y su rueca,

y a puertas cerradas vuelca las cenizas.

Iniciales de fuego cruzan el alba.

Han dado la bienvenida al dios despedazado

/por los perros

mientras la intriga sella el feroz acertijo

de hielo en mi caverna.

Las paredes se cierran a su paso.

No duerme el deseo entre las muchedumbres.

En un hálito de sol teje su mito.

Polvoriento, se disfraza de hombre o murmurio

bajo la luna llena del bosque.

Así veía de cerca las cruces desgarradas,

extendidas como sábanas en el corazón prohibido.

¿Qué debió deshacerse ante las cruces?

Hubo un héroe, una heroína,

y toda la tempestad en el barco que nos lleva.

(Acaso fuera bueno empeñar el cuerpo suicida

contra estos guijarros,

lanzarlo desde la cumbre de las furias

que signan la condena.

Pero no son ésos el gesto ni el vocablo.)

Tapicerías de la muerte

llenan de hurones milagrosos nuestra casa.

Desde hace siglos asisto a esta celebración.

Veinticinco puertas se han abierto ante ellos:

¿Qué esfinge me erige de la hierba?

¿Por medio de qué athanor indudable

verías evaporar la historia en una gota de agua?

¿Qué amapola desprendida crece desde el fondo

de la tierra hasta los labios?

¿Cuál río de enigmas, espurio y mordaz,

arroja cabezas a su lecho?

¿La tormenta en las balaustradas del ayuno,

otro carbón encendido en la mano inmóvil?

¿Un batir de alas cegador, un resíduo perdido?

¿O el hambre avarienta en la cabeza de la alondra?

Lo que abandonas -lejía del descendimiento-

regresa a tu morada como aquelarre

entre las vejaciones de la luz.

La criatura raspa su fábula encantada.

Son llagas de luto para entrar y salir de los escombros.

Puedes decir el cielo de la inmensa pena,

la araña roja de la desnudez.

A uno y otro lado del río, hallarás el oro.

Así debió de ser el torrente.

Lo que aún de insidia aspiran estos nudos,

será ilusión fastuosa devorando a sus crías.

¿Pero qué impronunciable juventud sobrevive a las aguas?

Nadie queda en el secreto recinto;

nadie invade, ni delata, ni teme al viento

que repite cada nombre.

Las vastas lluvias han crecido como la lepra.

¿Era la peregrinación milenaria, la perfectísima?

¿Su imaginería estallando en hojas de pavor,

a punto de entreabrirse?

Hoy los desechos urden el tránsito del hombre.

Los tibios se revuelcan.

"He mirado en sus rostros y sólo son un puente."

Duermen los alucinados.

El ángel ladra en busca de su rosa oscura.

Los insensatos beben del pozo de las certidumbres.

"He mirado en sus rostros y sólo son un puente."

Gime el irredimido, el glorificado por la nada.

Huye el verdugo entre los roedores de huesos.

El infausto reclama por la luz

sobre las cáscaras de un fruto sobrenatural.

Un cráneo de trasnochada inocencia

yace en el zanjón.

"He mirado en sus rostros y sólo son un puente."

Otro campesino agoniza:

los gusanos caminan su carne de miserias.

Dos criminales se reconocen en la pesadilla.

¿Maldice el postrado lo suficiente?

Se abolieron las tribus, se abolieron las reglas.

Clama el venerable, pálido prodigioso,

por la húmeda herida silenciando la piel

que fue vigilia y triunfos y derrotada eternidad.

"He mirado en sus rostros y sólo son un puente."

El albañil danza en medio de la torre quemada.

Los cachorros rezan para encontrar la remota señal

al desamparo inhábil del que procrea fantasmas.

-Todo es inasible, lo sabes desde antiguo,

cuando oíste crujir el humo de sangre en las plazas

y aullaste, aullaste con el grito cerrado del rehén

en la más alta sombra.

Has vuelto a la madriguera.

Amenazas a quienes no te conocen.

¿Era éste el dolor que me esperaba desde el nacimiento?

He llamado al palacio de la hiena con su puerta de humildes.

Acaso haya congregado al que no fue

con todo el festival de telarañas del miedo a su favor.

Ocultaron las huellas.

Hubo un tajo en el cielo,

semejante al que vieron los ojos de Cristo en la hora sexta.

¿Y quién vuelve para clamar desde la niebla: "Tengo Sed"?

Cuando el eco se incline sobre el rayo,

un vidente cruzará el muro invisible.

Quien sustrae o agrega más savia a estos capullos,

permanece en espuma.

¡Años y más años para este abandono enloquecido!

¡Padres y padres de orfandad apagados de un soplo!

Sin embargo no verás la orilla desterrada,

la prueba de un remoto escalofrío;

antigua sierva, la boca que se agita entre fragmentos.

Me palpo la sangre con los ojos.

Esta cruel inmolación necesita un destino.

 

 

DE LOS VARIOS MODELOS DE UN FRÍO INICIAL

 

Dice, debe verlos,

los viejos, los pálidos, los míseros,...

Hofmannsthal, La muerte de Tiziano

 

I

¿Cómo esculpe las mandíbulas de mi pequeño tigre

este teatro que ha sabido de la profanación y sus crías?

La osamenta cede su lugar al poseído

con duraznos que hieren y se apagan.

Me ocultan quienes me persiguen.

Largas noches, días suicidados,

vuelven a descifrar aquel gesto en la marea

blanca de mis muertes.

¿Cuál es el don entonces?

¡Aguijones, lampreas, lluvias vacías!

Miras desde abajo.

¿Dormiría derritiéndose en telarañas,

sublevándose en cruces de un juicio final

para rozar al ausente

con todo el viento sepultado en la luz?

Esa voz nace del estruendo,

babea entre pequeñas criaturas

perseguidas de la tierra.

La cabeza estalla.

¿Es posible, no es posible?

 

II

El antepasado vuelve a fecundarte

en lo remoto.

 

III

¿Yo me animo a perturbar el universo? , dirá Eliot

con el mismo ungüento de ridículo en su corbata.

Yo soy Lázaro, vengo de entre los muertos, dirá Eliot.

 

IV

 

El pago de congojas cruza el mausoleo.

Caliente aire sobre un mediodía,

no ha de morir el conmovido.

Aleteos en la sombra de su eternidad:

no, nunca está en el mismo lado.

Se quiebra.

Ya es un puente.

 

V

Pliegues de Verónica para exaltar un árbol.

Bajo hacia las colmenas y sepulcros.

Lupanar en los ojos del incesante.

 

VI

Arañas cuando las manos tejían la luz

G. Apollinaire

 

¿Adónde el encarnado?

¿Adónde la máscara de lluvia de niño del yacente?

¿Adónde el vértigo comido por hormigas?

¿Adónde el harapiento con su esfinge leprosa

siempre a cuestas por la orilla?

¿Adónde la que escancia el filoso perfume?

¿Adónde la taberna para nombrar mi dinastía nocturna,

mi decorado entre mármoles que gimen?

¿Adónde mi jardín de rocas

cuando entras con tu cuchillo y me desatas?

¿Pero debes pasar?

Somos los dioses.

                                                                                                                    La Habana, 3-II-2002

CONTINÚA

 

 

 

 

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