Sucede
desde la primera sed de la criatura.
La
fulgurante procesión de escarchas
fluye
en las cortezas y no sabe morir.
Nada
revelaría el camino, ni la flor cenicienta,
ni el
alimento -a oscuras- en el umbral de esta salida.
El
ciervo vulnerado percibe los barrotes.
Han
bebido el ácido feroz sobre las cláusulas.
¿Hubo
un sueño aquí llamado lluvia,
una
palabra que nombrara un sueño llamado lluvia?
Muchedumbres
son carcoma de la noche,
derretida
como un cóncavo incendio de mi transparencia.
La
memoria canta a traición.
Rotan
caretas simuladas vagamente
hacia
el bosque, el más duro abandono.
Acumulas
eternidad en tenues caligrafías sin navajas.
¡Que
no surja el esplendor de tus sótanos!
El
ataúd de nuestra sangre ya fue abierto.
Un
salmo se entremezcla con murmullos.
¿No
hubo acaso una brújula de hierro sapientísima
que
guiara tu orfandad como un latido?
Es
tan lejos la vigilia.
A los
costados, sólo verías fosas e inscripciones:
¿quién
será ungido, desnudez,
pero
quién comerá su podredumbre?
Olvidaste
la Puerta, a imagen y semejanza
de
tus precoces, voraces nacimientos.
Los
carbones encendidos velarán hasta la muerte.
No
estaba allí la cuna poblada de alacranes,
el
trono enardecido para la demencia.
(Al
mirar fijamente, alcanzarás la pequeña cruz
donde
roen un corazón leproso.
Hay
huesecillos, también. Hay huesecillos.)
Un
niño vestido con espejos me lame ahora
la
raíz secreta de la herida.
Si
surjo entre dunas me redimes,
como
si fueras un colibrí volando
desde
las entretelas de la separación
hasta
mi boca.
¿Y
fue con luz como vacié este cofre lleno de ojos,
ojos
como bordes de alarido, como semillas
finales
en la lengua del custodio?
¿Llora
el heraldo que no he de nombrar?
¿Qué
mundo no traiciona a la palabra?
Altísimo
este bosque y traslúcido el vértigo,
ellos
piden entrar por las murallas.
Tal
vez un temblor mojado acabe con la historia.
Me
adelanto al ascenso.
Vas a
ver las llagas y sus crías.
Es
necesario que así sea.
SOMETIMES,
I FEEL LIKE A MOTHERLESS CHILD
TRES
ELEMENTOS DEL MUNDO SOLAR
Nuestros
años como la araña meditarán.
Salmos,
LXXXIX, 9
Ebrio
de la sangre de las piedras, idolatré a los caídos.
Se
derramaron en mi pecho los ojos
de
los forasteros que nacen en mitad del diluvio.
¿Es
éste el desperdicio convertido en un ala?
¿Adónde
otro amarillo vigía, la cruel envoltura
sumergiéndose
hasta el pico del fósil?
La
plegaria hilvanaría tu lepra con la sal
hecha
furia para el éxodo cautivo.
Ya
escuchas el aleteo incesante de la mariposa
sobre
el filo negro de la desnudez.
Recuperas
el desierto y sus trabajos.
Ya
cavas la herida con lóbrego esplendor,
la
lames por fin, la incrustas en tu historia.
Entonces,
¿por qué no habrías de morir bebiendo
en
la maraña todo ese oro?
PÁLIDO
CERCO DE LA SOMBRA
La
vejez mecía mi corazón, como mece
una
loca a un niño muerto. El silencio no me
amaba
ya. Y la lámpara se apagó.
O.
W. de Lubicz Milosz
El
visionario ha desollado la hendidura
por
donde cae el amor, infancia adentro,
y
en que aguardo el frío amante
del
rumor de un irse de la tierra.
Perdido
entre los tuyos,
te
devorabas con fiebres
que
engarzan y abandonan
el
exacto rumor del bosque incendiado.
¿A
qué crías, a qué sed, a qué funesta tribu
reclamaste
por el oro de la lluvia?
¿Pero
por qué se entregan esos hijos
que
vienen con la esfinge tatuada de su lepra?
Nunca
terminan los viajes bajo el puente,
bajo
el puente donde un cuerpo tiembla:
tajo
libérimo de la separación.
Hoy
has llorado el mundo.
Huye
todo presente.
Sin
número, la música y el alba
calcinan
los huesos de los hombres.
¿Quién
acuña el hocico del ronco gemido del yacente?
Ahí
tienes la tormenta.
Un
ciruja en Bagdag bebe su sopa larvaria.
Pitágoras
se sepulta en un sueño
con
ataúdes de hierbas sin descanso.
Las
viejas matronas alzan cucharas.
Whitman
resplandece hasta doler.
París,
tarde del 26 de diciembre de 1996
CANCIÓN
DE CUNA EN LA SUPERFICIE DE LOS CUERPOS
¿Has
llorado con tu canto de brillante muerte,
si
vienes con el licor inasible que manan los helechos
para
ordenar la escritura del cadáver,
por
amor al cadáver y su hundido teatro?
Alrededor
de la pocilga, la sanguijuela ignora
los
dientes arrastrando espuma de un oráculo
entre
muslos entre destierros entre fogatas.
¿Has
llorado con el olor de un grito,
si
tu cama de malezas esconde el hormiguero
exacto
de la locura?
Latidos
de un tambor se extinguen
en
el lujo pobrecito de estas tumbas.
No
hay honras ni aceites en la cosecha.
¡Ay
lluvias donde borrarme
el
carnaval de mi amor por Nijinsky!
Esa
cara advertía en tu fracaso
el
fracaso desprendido de la lluvia.
Comiste
en el muelle los despojos
de
tu maleta de agujereada esfinge.
¿Has
llorado el inútil resplandor de las piedras,
si
la historia es sangre seca en los baldíos?
Tanta
memoria prostituta.
Apoyas
el ahogo en otra boca.
París,
27-X-2001
JUAN
JOSÉ ARREOLA
Vio
a la humanidad que buceaba, que buscaba infatigablemente el
arquetipo perdido.
Cada
hombre que nacía era un probable salvador; cada muerto era
una fórmula fallida
J.J.
A., Confabulario
In
memoriam
I
¿El
verbo y el hambre son teatro
que
desencastra en música hacia nadie?
Alcoholes
de un barniz fosforescente,
babas
de la placenta, piojos de la razón
decían
nadie
es el fuego
nadie
es el fuego
La
breve edad raspa lo humano.
Ahora
tiemblas desnudo con mi nombre.
Éste
es el camino que te negó la sombra.
Memorias
del corazón, la calle,
el
enjambre de testigos invisibles,
gastan
su fiebre y su desierto.
¿Por
dónde irán las sobras de la herida
para
buscar el tatuaje sumergido
en
la escarcha de un mágico invierno
entre
esas tribus que no te sospechaban?
Los
jinetes se suicidaron allí.
Las
telarañas mordieron
en
el festín de los abatimientos
cada
mantel de sangre.
II
¿Cómo
se borra el yo en este laberinto
donde
los ojos de Jesús ya se han secado?
¿Dónde
aquel Juan de los jardines sobrenaturales
nadando
en las alturas su velo negro?
III
Los
hocicos desentierran plantas calientes.
Marcas
de ácido hurgarás en tu mansión,
antiguas
coronas del granizo de la trampa.
Le
dabas la vida.
Le
enumerabas el fracaso, noche a noche,
con
ángeles de Migne y de Papini.
IV
Ya
llega el ultraje.
Hierve
el silencio,
¿boca
estrellada contra las apariciones?
¿Quién
dirá que no aúlla?
V
Ya
llega el ultraje.
Ya
llega el ultraje.
Los
hierros exploran
inútilmente
las vísceras.
VI
Progenie
de lobas
no
le preocupa el mar cayendo
hasta
el vacío de la anunciación
te
arrojan a la transparencia
el
aire fue hielo ¿fue luz?
el
fuego no tiene orillas
donde
lamerte
Sequía
donde
estallar en frío de almizcle,
me
pregunta por los abismos del amor.
La
hermosa clava su plumaje en la llanura.
Díselo.
En
ese desván suplicaste una jaula.
¿El
gesto, su nombre, un delirio de cosméticos?
Hambre
sobre el verbo,
sacratísima
hambre
sobre
la carne viva.
Buenos Aires,
diciembre de 2001
ERRANTE
EFIMERO
A
José Saramago
Claustral
hasta el delirio,
he
abierto el lánguido prodigio que desoyen
los
espejos de amargura.
¿Cuándo
razona el ahogado su navaja de oprobio?
La
imagen se vela, avanza hacia el navío.
Escarba
la tierra como un vegetal,
estira
las raíces endurecidas por la noche
tan
sólo para desposeerme.
Apenas
me mira con su telar y su rueca,
y
a puertas cerradas vuelca las cenizas.
Iniciales
de fuego cruzan el alba.
Han
dado la bienvenida al dios despedazado
/por
los perros
mientras
la intriga sella el feroz acertijo
de
hielo en mi caverna.
Las
paredes se cierran a su paso.
No
duerme el deseo entre las muchedumbres.
En
un hálito de sol teje su mito.
Polvoriento,
se disfraza de hombre o murmurio
bajo
la luna llena del bosque.
Así
veía de cerca las cruces desgarradas,
extendidas
como sábanas en el corazón prohibido.
¿Qué
debió deshacerse ante las cruces?
Hubo
un héroe, una heroína,
y
toda la tempestad en el barco que nos lleva.
(Acaso
fuera bueno empeñar el cuerpo suicida
contra
estos guijarros,
lanzarlo
desde la cumbre de las furias
que
signan la condena.
Pero
no son ésos el gesto ni el vocablo.)
Tapicerías
de la muerte
llenan
de hurones milagrosos nuestra casa.
Desde
hace siglos asisto a esta celebración.
Veinticinco
puertas se han abierto ante ellos:
¿Qué
esfinge me erige de la hierba?
¿Por
medio de qué athanor indudable
verías
evaporar la historia en una gota de agua?
¿Qué
amapola desprendida crece desde el fondo
de
la tierra hasta los labios?
¿Cuál
río de enigmas, espurio y mordaz,
arroja
cabezas a su lecho?
¿La
tormenta en las balaustradas del ayuno,
otro
carbón encendido en la mano inmóvil?
¿Un
batir de alas cegador, un resíduo perdido?
¿O
el hambre avarienta en la cabeza de la alondra?
Lo
que abandonas -lejía del descendimiento-
regresa
a tu morada como aquelarre
entre
las vejaciones de la luz.
La
criatura raspa su fábula encantada.
Son
llagas de luto para entrar y salir de los escombros.
Puedes
decir el cielo de la inmensa pena,
la
araña roja de la desnudez.
A
uno y otro lado del río, hallarás el oro.
Así
debió de ser el torrente.
Lo
que aún de insidia aspiran estos nudos,
será
ilusión fastuosa devorando a sus crías.
¿Pero
qué impronunciable juventud sobrevive a las aguas?
Nadie
queda en el secreto recinto;
nadie
invade, ni delata, ni teme al viento
que
repite cada nombre.
Las
vastas lluvias han crecido como la lepra.
¿Era
la peregrinación milenaria, la perfectísima?
¿Su
imaginería estallando en hojas de pavor,
a
punto de entreabrirse?
Hoy
los desechos urden el tránsito del hombre.
Los
tibios se revuelcan.
"He
mirado en sus rostros y sólo son un puente."
Duermen
los alucinados.
El
ángel ladra en busca de su rosa oscura.
Los
insensatos beben del pozo de las certidumbres.
"He
mirado en sus rostros y sólo son un puente."
Gime
el irredimido, el glorificado por la nada.
Huye
el verdugo entre los roedores de huesos.
El
infausto reclama por la luz
sobre
las cáscaras de un fruto sobrenatural.
Un
cráneo de trasnochada inocencia
yace
en el zanjón.
"He
mirado en sus rostros y sólo son un puente."
Otro
campesino agoniza:
los
gusanos caminan su carne de miserias.
Dos
criminales se reconocen en la pesadilla.
¿Maldice
el postrado lo suficiente?
Se
abolieron las tribus, se abolieron las reglas.
Clama
el venerable, pálido prodigioso,
por
la húmeda herida silenciando la piel
que
fue vigilia y triunfos y derrotada eternidad.
"He
mirado en sus rostros y sólo son un puente."
El
albañil danza en medio de la torre quemada.
Los
cachorros rezan para encontrar la remota señal
al
desamparo inhábil del que procrea fantasmas.
-Todo
es inasible, lo sabes desde antiguo,
cuando
oíste crujir el humo de sangre en las plazas
y
aullaste, aullaste con el grito cerrado del rehén
en
la más alta sombra.
Has
vuelto a la madriguera.
Amenazas
a quienes no te conocen.
¿Era
éste el dolor que me esperaba desde el nacimiento?
He
llamado al palacio de la hiena con su puerta de humildes.
Acaso
haya congregado al que no fue
con
todo el festival de telarañas del miedo a su favor.
Ocultaron
las huellas.
Hubo
un tajo en el cielo,
semejante
al que vieron los ojos de Cristo en la hora sexta.
¿Y
quién vuelve para clamar desde la niebla: "Tengo
Sed"?
Cuando
el eco se incline sobre el rayo,
un
vidente cruzará el muro invisible.
Quien
sustrae o agrega más savia a estos capullos,
permanece
en espuma.
¡Años
y más años para este abandono enloquecido!
¡Padres
y padres de orfandad apagados de un soplo!
Sin
embargo no verás la orilla desterrada,
la
prueba de un remoto escalofrío;
antigua
sierva, la boca que se agita entre fragmentos.
Me
palpo la sangre con los ojos.
Esta
cruel inmolación necesita un destino.
DE
LOS VARIOS MODELOS DE UN FRÍO INICIAL
Dice,
debe verlos,
los
viejos, los pálidos, los míseros,...
Hofmannsthal,
La muerte de Tiziano
I
¿Cómo
esculpe las mandíbulas de mi pequeño tigre
este
teatro que ha sabido de la profanación y sus crías?
La
osamenta cede su lugar al poseído
con
duraznos que hieren y se apagan.
Me
ocultan quienes me persiguen.
Largas
noches, días suicidados,
vuelven
a descifrar aquel gesto en la marea
blanca
de mis muertes.
¿Cuál
es el don entonces?
¡Aguijones,
lampreas, lluvias vacías!
Miras
desde abajo.
¿Dormiría
derritiéndose en telarañas,
sublevándose
en cruces de un juicio final
para
rozar al ausente
con
todo el viento sepultado en la luz?
Esa
voz nace del estruendo,
babea
entre pequeñas criaturas
perseguidas
de la tierra.
La
cabeza estalla.
¿Es
posible, no es posible?
II
El
antepasado vuelve a fecundarte
en
lo remoto.
III
¿Yo
me animo a perturbar el universo? , dirá Eliot
con
el mismo ungüento de ridículo en su corbata.
Yo
soy Lázaro, vengo de entre los muertos, dirá Eliot.
IV
El
pago de congojas cruza el mausoleo.
Caliente
aire sobre un mediodía,
no
ha de morir el conmovido.
Aleteos
en la sombra de su eternidad:
no,
nunca está en el mismo lado.
Se
quiebra.
Ya
es un puente.
V
Pliegues
de Verónica para exaltar un árbol.
Bajo
hacia las colmenas y sepulcros.
Lupanar
en los ojos del incesante.
VI
Arañas
cuando las manos tejían la luz
G.
Apollinaire
¿Adónde
el encarnado?
¿Adónde
la máscara de lluvia de niño del yacente?
¿Adónde
el vértigo comido por hormigas?
¿Adónde
el harapiento con su esfinge leprosa
siempre
a cuestas por la orilla?
¿Adónde
la que escancia el filoso perfume?
¿Adónde
la taberna para nombrar mi dinastía nocturna,
mi
decorado entre mármoles que gimen?
¿Adónde
mi jardín de rocas
cuando
entras con tu cuchillo y me desatas?
¿Pero
debes pasar?
Somos
los dioses.
La
Habana, 3-II-2002
CONTINÚA