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  "ADOLFO", CAPÍTULO DE LA OBRA "AZUL LA CORDILLERA"

  Por María Cristina Ramos

 


 
 

  María Cristina Ramos

  Adolfo

 

  María Cristina Ramos es argentina, reside en Neuquén, Norpatagonia. Es autora de numerosas obras de literatura intantil.
Es Profesora de Literatura. Coordina talleres literarios y trabaja en capacitación docente. Coordinó el Taller Literario para Jóvenes en la Dirección Provincial de Cultura de Neuquén, con el auspicio de la Secretaría de Cultura de la Presidencia de la Nación, durante 1983 y 1984. También coordinó el programa "Formación de Coordinadores de Talleres Literarios Infantiles" del Departamento de Perfeccionamiento Docente del Consejo Provincial de Educación del Neuquén. Coordinó Talleres Literarios para niños, preadolescentes y adolescentes de la Dirección Provincial de Cultura de Neuquén, desde 1982 hasta 1990.
En 1975 obtuvo el Primer Premio en Poesía en el Concurso Cuyano Leopoldo Marechal. En 1982, el Ciudad de Neuquén.
Uno de sus cuentos, "De coronas y galeras", obtuvo el Premio al mejor texto en el Concurso Latinoamericano Antoniorrobles, organizado por el IBBY México en 1991.
"Un sol para tu sombrero" integró la lista de Honor de la Asociación de Literatura Infantil y Juvenil de la Argentina, ALIJA en 1991. Premio Mejores Textos.
"Azul la cordillera" fue destacado en 1996 en la categoria Texto por ALIJA.
Su libro "Un bosque en cada esquina", de Colección El Ombligo, Edit. Sudamericana, obtuvo el premio nacional Fantasía Infantil 1997,en el rubro Poesía, otorgado por la Fundación Fert, auspiciado por UNICEF, Secretaría de Cultura, Asociación Argentina de Lectura y otras instituciones.
Fue finalista del Premio Latinoamericano de Literatura Infantil y juvenil Norma-Fundalectura 1997 por su novela "De barrio somos"
El Libro "Del amor nacen los ríos" integró la Lista de Honor de Alija de 2000, en el rubro Recreación de relatos orales.
 María Cristina Ramos también posee una página personal donde difunde su literatura:

www.mariacristinaramos.com.ar 

 

 

 

   ADOLFO

  

Adolfo no está contento. De a ratos llora un llanto calladito. Una lluvia de goterones se abre paso en la carucha gastada por el viento. La lluvia llega hasta la pera y cae hacia el bolsillo del guardapolvo, o se hace punto mojado en el piso del aula.

Un día, una lágrima se aferró de una hilacha de la manga y se quedó columpiándose en el abismo, como las golondrinas cuando tironean hilitos para hacer el nido. Era una lágrima de escuela que había corrido ya muchas veces caminos parecidos. Le gustaba mirar la mano de Adolfo apretando el lapicito mordido. La mano se movía apenas sobre el cuaderno, dibujando hileras de hormigas despeinadas. Le gustaba salir al patio y sentir el trote de Adolfo entre las plantas buscando bichitos de colores. Las vaquitas de San Antonio son como una lágrima caminante, se decía, una lágrima salpicada de amarillo por un girasol, salpicada de rojo por una clavelina.

-¿Cuántos días faltan, pues, maestra, para que venga mi papá?

-Tres días, Adolfo. Así, estos deditos.

-Entonces mañana van a faltar nomás estos, pues, maestra.

Y la lágrima sabía entonces que no iba a brillar sola. Que otras correrían lentas o tal vez atropellándose. Las iba a ver pasar con su transparencia y les iba a dar consejos de lágrima sabia. Cuidado con las orillas. Si se quedan sobre la piel de Adolfo, escuchen la voz de río con que golpea su corazón. Desde las solapas, se ve el vuelo de las hojas del cuento que les cuenta la maestra. Desde el balcón del bolsillo se oye el murmullo de las semillas que trae Adolfo para ayudarse a contar.

Adolfo se ha olvidado del atadito de lápices de colores. Azul, verde y celeste. Cada vez que hace un campito de alfalfa, llora porque le falta verde y la vaca del cuento no podrá comer. Cada vez que dibuja un cielo, llora porque no tiene celeste para sostener el amarillo que el sol tampoco tiene.

-Tengo que irme a la casa por los colores, maestra –dice Adolfo, mirando los botones del alto guardapolvo.

-Usá los del tarro grande, Adolfo, son de todos.

-¿Cuánto falta para que venga, maestra, mi papá?

Detrás de un remolino de pelo muy negro, está en la puerta del aula el hermano chico de Adolfo. Eso quiere decir que es la hora de salir al recreo largo. El hermano chico sale al patio con Adolfo, y juntos juegan con una bolita lechera que les ha regalado la maestra. Después el hermano chico le pide prestado el pañuelo, y lo ayuda a llorar un poquito. Pasa una bandada de loros. Un bochinche verde que sacude el aire y remueve el corazón.

En el recreo largo, Felipa sirve mate cocido a los maestros. Menos al maestro Carlos, que se ceba un mate como Dios manda.

-¿Cuándo tenemos tortas fritas, Felipa?

-Capaz que mañana, Don Carlos, si tengo tiempo para el amasijo –dice Felipa y acerca un pan casero para que se repartan.

Charla va, charla viene, veinte minutos de recreo. Y se hace la hora de retomar el trabajo.

Cada cual a su aula, con un poco más de tierra en los dibujos de las orejas y la frente brillando con el sudor que suelta el sol.

Claudia espera que entre Adolfo, para empezar la clase. Mientras tanto hace palmas y canta la canción de la blanca paloma. Devuelve los cuadernos que ya están corregidos. El de Matías , el de Dora, el de Luciano, el de Adolfo. Pero Adolfo no llega. Un loro remolón pasa gritando, llamando a la bandada.

"Seguro está en el aula del hermano", piensa, y se asoma hasta la puerta.

-¡Adolfo! Patricia, ¿Adolfo está en tu salita?

-¿Adolfo? No. Se habrán quedado en el patio, porque Juancito tampoco volvió del recreo.

Claudia sale a buscarlos. En el baño, en el patio de adelante, en el patio de atrás. No están.

-Felipa, ¿no vio a los chicos Salazar?

-No, señorita. Nomás estuve en la cocina y por acá no anduvieron.

Patricia llegó y se unió a la búsqueda. Y Carlos, y los demás maestros. Pero no los encontraron. Marta salió a mirar el camino. Pero el camino a poca distancia cambiaba de rumbo y se ocultaba tras el monte.

Carlos puso en marcha la camioneta y no dijo nada, porque ya Claudia había subido y cerraba la puerta justo en el momento en que el vehículo entraba de lleno en el polvo de la calle.

Después de la curva, anduvieron un buen trecho sin hablar. Hasta que los divisaron. El hermano grande y el hermano chico. De la mano. Caminando por la orillita en que la tierra se entreteje con yuyos ralos. Levantando una nube suave con las zapatillas.

A cierta distancia Carlos detuvo la camioneta. Y dejó que Claudia hiciera su trabajo.

Un poco tuvo que correr, porque estaban casi llegando al puente chico. Parecían dos semillas de la misma planta, flaquitas y juntas sobre el camino.

-¡Adolfo! ¡Juan!, ¡esperen!

Ya castigaba el sol de la mañana. Adolfo giró su mirada redonda, sin soltar la mano del compañero de viaje.

-¿Usted también viene, maestra?

-¿Adónde, Adolfo? ¿Adónde se iban?

El sauce columpiaba su ramaje con un ruido de caricia. El pollerón del sauce largando sombra sobre los chicos y la maestra.

-Nos dieron tremendo susto, chiquito. Si ya saben que no se pueden ir.

El pañuelo de la maestra es blanco y tiene perfume. La nariz de Adolfo lo conoce.

-Por aquí hay una planta de hierbabuena, maestra.

-Sí, Adolfo, pero volvamos a la escuela.

Cuesta un poco caminar cuando uno está clavado en la tierra. Cuesta un tiempo de buenas palabra dichas con la intención de los amigos.

-¿Qué tenés en esa mano, Adolfo?

-Un panadero que venía volando con nosotros, pues, maestra.

-¿A verlo? ¡Uh, qué lindo! ¿Y si le pedimos tres deseos y lo dejamos ir?

En la camioneta se llega ligerito, y la tierra del camino va quedando atrás y se tranquiliza hasta asentarse.

-Ya mañana, vendrá el papá de ustedes porque es viernes, chicos -dice el maestro Carlos.

-¿Por qué salieron de la escuela, Adolfo, si saben que solos no se tienen que ir? –pregunta Claudia mientras lo peina con los dedos.

-Es que mi hermano miraba lejos pues, maestra. Y decía, "caminemos, Adolfo, caminemos". (*)

 (*) Fuente: María Cristina Ramos, "Adolfo", capítulo segundo de Azul la cordillera, Buenos Aires, Ed. Sudamericana.

 

 

 

 

 

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