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Adolfo
no está contento. De a ratos llora un llanto calladito.
Una lluvia de goterones se abre paso en la carucha gastada
por el viento. La lluvia llega hasta la pera y cae hacia
el bolsillo del guardapolvo, o se hace punto mojado en el
piso del aula.
Un
día, una lágrima se aferró de una hilacha de la manga y
se quedó columpiándose en el abismo, como las
golondrinas cuando tironean hilitos para hacer el nido.
Era una lágrima de escuela que había corrido ya muchas
veces caminos parecidos. Le gustaba mirar la mano de
Adolfo apretando el lapicito mordido. La mano se movía
apenas sobre el cuaderno, dibujando hileras de hormigas
despeinadas. Le gustaba salir al patio y sentir el trote
de Adolfo entre las plantas buscando bichitos de colores.
Las vaquitas de San Antonio son como una lágrima
caminante, se decía, una lágrima salpicada de amarillo
por un girasol, salpicada de rojo por una clavelina.
-¿Cuántos
días faltan, pues, maestra, para que venga mi papá?
-Tres
días, Adolfo. Así, estos deditos.
-Entonces
mañana van a faltar nomás estos, pues, maestra.
Y
la lágrima sabía entonces que no iba a brillar sola. Que
otras correrían lentas o tal vez atropellándose. Las iba
a ver pasar con su transparencia y les iba a dar consejos
de lágrima sabia. Cuidado con las orillas. Si se quedan
sobre la piel de Adolfo, escuchen la voz de río con que
golpea su corazón. Desde las solapas, se ve el vuelo de
las hojas del cuento que les cuenta la maestra. Desde el
balcón del bolsillo se oye el murmullo de las semillas
que trae Adolfo para ayudarse a contar.
Adolfo
se ha olvidado del atadito de lápices de colores. Azul,
verde y celeste. Cada vez que hace un campito de alfalfa,
llora porque le falta verde y la vaca del cuento no podrá
comer. Cada vez que dibuja un cielo, llora porque no tiene
celeste para sostener el amarillo que el sol tampoco
tiene.
-Tengo
que irme a la casa por los colores, maestra –dice
Adolfo, mirando los botones del alto guardapolvo.
-Usá
los del tarro grande, Adolfo, son de todos.
-¿Cuánto
falta para que venga, maestra, mi papá?
Detrás
de un remolino de pelo muy negro, está en la puerta del
aula el hermano chico de Adolfo. Eso quiere decir que es
la hora de salir al recreo largo. El hermano chico sale al
patio con Adolfo, y juntos juegan con una bolita lechera
que les ha regalado la maestra. Después el hermano chico
le pide prestado el pañuelo, y lo ayuda a llorar un
poquito. Pasa una bandada de loros. Un bochinche verde que
sacude el aire y remueve el corazón.
En
el recreo largo, Felipa sirve mate cocido a los maestros.
Menos al maestro Carlos, que se ceba un mate como Dios
manda.
-¿Cuándo
tenemos tortas fritas, Felipa?
-Capaz
que mañana, Don Carlos, si tengo tiempo para el amasijo
–dice Felipa y acerca un pan casero para que se
repartan.
Charla
va, charla viene, veinte minutos de recreo. Y se hace la
hora de retomar el trabajo.
Cada
cual a su aula, con un poco más de tierra en los dibujos
de las orejas y la frente brillando con el sudor que
suelta el sol.
Claudia
espera que entre Adolfo, para empezar la clase. Mientras
tanto hace palmas y canta la canción de la blanca paloma.
Devuelve los cuadernos que ya están corregidos. El de
Matías , el de Dora, el de Luciano, el de Adolfo. Pero
Adolfo no llega. Un loro remolón pasa gritando, llamando
a la bandada.
"Seguro
está en el aula del hermano", piensa, y se asoma
hasta la puerta.
-¡Adolfo!
Patricia, ¿Adolfo está en tu salita?
-¿Adolfo?
No. Se habrán quedado en el patio, porque Juancito
tampoco volvió del recreo.
Claudia
sale a buscarlos. En el baño, en el patio de adelante, en
el patio de atrás. No están.
-Felipa,
¿no vio a los chicos Salazar?
-No,
señorita. Nomás estuve en la cocina y por acá no
anduvieron.
Patricia
llegó y se unió a la búsqueda. Y Carlos, y los demás
maestros. Pero no los encontraron. Marta salió a mirar el
camino. Pero el camino a poca distancia cambiaba de rumbo
y se ocultaba tras el monte.
Carlos
puso en marcha la camioneta y no dijo nada, porque ya
Claudia había subido y cerraba la puerta justo en el
momento en que el vehículo entraba de lleno en el polvo
de la calle.
Después
de la curva, anduvieron un buen trecho sin hablar. Hasta
que los divisaron. El hermano grande y el hermano chico.
De la mano. Caminando por la orillita en que la tierra se
entreteje con yuyos ralos. Levantando una nube suave con
las zapatillas.
A
cierta distancia Carlos detuvo la camioneta. Y dejó que
Claudia hiciera su trabajo.
Un
poco tuvo que correr, porque estaban casi llegando al
puente chico. Parecían dos semillas de la misma planta,
flaquitas y juntas sobre el camino.
-¡Adolfo!
¡Juan!, ¡esperen!
Ya
castigaba el sol de la mañana. Adolfo giró su mirada
redonda, sin soltar la mano del compañero de viaje.
-¿Usted
también viene, maestra?
-¿Adónde,
Adolfo? ¿Adónde se iban?
El
sauce columpiaba su ramaje con un ruido de caricia. El
pollerón del sauce largando sombra sobre los chicos y la
maestra.
-Nos
dieron tremendo susto, chiquito. Si ya saben que no se
pueden ir.
El
pañuelo de la maestra es blanco y tiene perfume. La nariz
de Adolfo lo conoce.
-Por
aquí hay una planta de hierbabuena, maestra.
-Sí,
Adolfo, pero volvamos a la escuela.
Cuesta
un poco caminar cuando uno está clavado en la tierra.
Cuesta un tiempo de buenas palabra dichas con la
intención de los amigos.
-¿Qué
tenés en esa mano, Adolfo?
-Un
panadero que venía volando con nosotros, pues, maestra.
-¿A
verlo? ¡Uh, qué lindo! ¿Y si le pedimos tres deseos y
lo dejamos ir?
En
la camioneta se llega ligerito, y la tierra del camino va
quedando atrás y se tranquiliza hasta asentarse.
-Ya
mañana, vendrá el papá de ustedes porque es viernes,
chicos -dice el maestro Carlos.
-¿Por
qué salieron de la escuela, Adolfo, si saben que solos no
se tienen que ir? –pregunta Claudia mientras lo peina
con los dedos.
-Es
que mi hermano miraba lejos pues, maestra. Y decía,
"caminemos, Adolfo, caminemos". (*)
(*)
Fuente:
María Cristina Ramos, "Adolfo", capítulo
segundo de Azul la cordillera, Buenos Aires, Ed.
Sudamericana.
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