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FANTASÍA
EN NONTHUÉ
Por Andrés Manrique
La luz caía sobre la angostura del lago Nonthué y del Lácar, como si en esa unión se hubiera quedado el atardecer que ahora se escabullía tras los cerros más altos. Era el momento del sol viniendo desde el agua, chispeando las rocas, las flores, las plantas. Era la hora del Amancay, el momento en que la flor expulsaba todo amarillo alrededor.
La pesca de la tarde había sido exitosa y los hombres de la familia Bonique traían el cinturón repleto de truchas. Las mujeres doraban galletas, molían especias silvestres y acomodaban el campamento. La fogata se estiraba en el centro, lamiendo las cercanías.
-¿Qué tal, che? -soltó Mamá alimentando las llamas.
-¿Y, Bundooo, pescaste? -preguntó Ojitos Rasgados al hermano.
Meditabundo asintió con orgullo.
-Y no sabés la que estuve por sacar -comentó haciendo a un lado el entusiasmo y los saltos de emoción-, pero se me escapó a último momento. Le vi hasta las manchitas en la piel abrillantada, decorada toda como con perlas rojas, ¿viste, como las que mamá se cuelga? Papá dijo que era una Fontinaris, ¿cierto?
-Felicitaciones, Bundín- dijo Mamá removiendo las brasas.
-Sí, y Papá sacó otra, pero un poco más chica, ¿sabés?
"¡Essssa, hijuetigre!", acentuó Papá con unas palmadas.
Papá y Mamá se quedaron charlando al borde del asador. No sabés que sortudo, tuvo seis piques y dos capturas. ¿Y estaría chocho, ¿no?
Bundo y Ojitos se alejaron jugando a los espadachines con dos cañas.
-Chicos, no se alejen mucho, ya va a oscurecer. Miren que dentro de un rato comemos, ¿eh?
Los chicos estaban a unos metros, uno contra el otro, revolcándose a palazos.
La voz de Papá llegó como un trueno:
-Si llegan a lastimarse no vuelven a tocar un palo en todo el viaje, ¿me escucharon?
No lo habían oído, aunque el tono bastaba; tal era la excitación que sólo existían ellos dos. Solos.
-Sí -respondieron alejándose.
Bundo le dio un cañazo a Ojitos que con la boca abierta revoleó su caña y lo corrió para colgársele del pelo.
-Veníacá che noescapes siteagarro tearrancolpelo -le gritaba a unos pasos, intentándolo azotar con su grito de látigo.
Meditabundo huía a toda prisa, a risa maligna. La carrera duró un rato hasta que, lengua afuera, Ojitos frenó y le dijo que estaba bien, ya está. Bundo se quedó en el lugar y mientras se recobraba, miró en todas direcciones sin saber adónde habían ido a parar.
-Bueno, Bundo, volvamos.
En medio del bosque, fuera de sendas y atajos, los árboles todos eran del mismo tamaño: brutal. No había indicios entre las barbas de viejo que recubrían las plantas.
-Si supiera... Ah, debe ser para allá -señaló Bundo perdido, pero tratando de tranquilizar.
-Bah, nada que ver, para allá no puede ser, si no está el agua.
-¿Y qué?
-Que el camping está cerca del agua -dijo Ojitos con los reflejos acuáticos grabados en las retinas durante el día de lago.
-Yo te dije, te lo avisé -dijo mientras caminaban.
-¡Qué me avisaste! Si empezaste vos. Además, siempre andás avisando y yo quería juar un rato nadamás.
-Y por eso ahora estamos acá, en medio de no sé donde, con una caña que no pesca y unos fósforos húmedos; qué divertido, ¿eh? -acentuó Meditabundo.
Salían a un pastizal. Al descampado.
-Yo no tengo la culpa, che.
-No, si la tengo yo... como soy el más grande.
-Tá bien, tonces me voy y chau, arreglátelas solo.
-Ah sí, ¿dónde, a ver?
-...
Ojos Rasgados le dio la espalda y se fue alejando enfurruñada entre el pasto alto. Meditabundo quedó en seco, sin palabras ni pensamiento claro. Todavía le dictaba demasiado la conciencia hecha a golpes de no se hace, eso no lo toques, cuidado con lo extraño... Apretaba la caña más y más a cada paso de su hermana, como si la distancia, pasito a paso más lejana, oprimiera su mano.
"Y si nos separamos y la pierdo, ¡me van a reventar! Además, seguro vuelve llorando de miedo", pensaba aún atado a la mirada de los Grandes, a ese terreno que pese al nombre, grande, parecía ser todo conocido y explorado.
Ojitos Rasgados era una pelusita entre el pastizal cuando Meditabundo corrió hacia ella.
-Esperame, perame, no te alejes, si no... -alcanzó a gritarle antes de que el esfuerzo cortara su aliento, pero Ojitos se movía con el viento, se iba fugitiva junto al sol de la tarde, sin soltar el barrilete de llamas.
La luz llegaba en una diagonal formando un tobogán brillante, arrojado desde un cañadón abierto en las montañas. El rayo trazaba un dorado sendero por el que iba Ojitos Rasgados. A Meditabundo se le soltó la lengua de correr tanto y tanto, luchando por subir al tobogán que se hacía más y más empinado. "Si hubiera llegado momentos antes", pensaba.
Ojitos se dejó llevar: patinó hacía el rojo, el rosa, el piletón azul violáceo, chapoteando en el (ch)arcoiris.
Él se quedó corriendo en círculos atolondrados, intentando huir de la Oscura soledad que le cerraba el paso. De pronto, creció un suelo, lo tacleó y Meditabundo golpeó el piso en un desmayo. Ahora sueñazzz... zzz adormilado con "algos" que él desconoce porque han sido guardados, ocultos en su pecho lleno de cajoncitos blindados; como si hasta sus nueve años hubiera vivido encandilado. Cada ser ilumina su inocencia propia. Cada criatura habita su luz, un resplandor sin parecidos. Ya no es el opaco, el color o el reflejo; es luz terruna, el avedeluz sobre la incandescencia vegetal, la madera luminaria, los luzcarabajos y luznacuajos bajo la lu(z)na. Cada cosa relumbra viva, intensa, con la fosforescencia natural, como si a Bundo le hubieran sacado de pronto las anteojeras negras y ahora respirara vitalidad. En la bruma de brillos, una especial, más perdurable y traslúcida reúne a todos: Ojitos Rasgados.
Ella lo acaricia, apoya suave los dedos, húmedos copos sobre el chichón crecido en la frente mientras lo hamaca en murmullos de abrigo y miel tibia.
-Dale, Bundo, no te preocupes, ya estoy con vos.
Meditabundo separa las pestañas enredadas con pedazos de tarde que aún giran en sus pupilas. Pestañea para desprenderse algunos colores enmarañados y acomodarse a la penumbra. Las manos de Ojitos pasan blandas por sus cachetes. Él reconstruye la cara de su hermana en la noche.
-¿Qué pasó, dónde estabas? -murmuró saliendo del ensueño (aunque lo dijo tan bajo que quizás dijo te quiero).
-Acá nomás, calientita. Tan cerca del sol -estiró el bracito con la mano abierta al cielo.
-Dale, ¡adónde! Que no es hora de hinchar, Rasgada -usó el sobrenombre de cuando estaba enojado.
Ella bajó la cara llena de sombra.
-No, no te ofendas, pero es que yo vengo de... porque fue como si todo empezara a iluminarse adentro...
-¿Ahhh? Con razón cuando pasé por encima tuyo, agarrada de la colita del sol, prendida a su última hilacha, vos estabas dormido, con los labios a toda risa, así que me solté y caí por ahí. ¿Qué? no me pongas esa cara, denserio, Medita -Ojitos le decía así justo antes del pucherito, quizás para vengarse del Rasgada que había usado él antes-. Además, por si no sabías, pude encontrarte por el ruido a carcajadas.
-Es que la iluminación de cada cosa me hacía cosquillas, eran montones de plumitas que me pasaban por la punta de la napia, rozándome la frente, las cejas. Todo, los árboles, los yuyos, los pájaros reían alrededor mío. Seguro me contagiaron, ¿no? Decime, ¿vos crees que te pueden contagiar la risa en un sueño?
Ojitos miraba a su hermano como a una estrella fugaz eterna, reencendida cada vez que lo oía hablar entusiasmado.
-Pero vamos -dijo Bundo echándole agua a la estrella.
-Vamos, Ojitos, es tarde -dijo cabeceando apenas.
-¿Para dónde?
-Ya sabremos, vos no te preocupes.
-Es que tengo hambre -le dijo mientras se levantaban y el pastizal que los cubría se inclinaba ofreciendo un camino, invitándoles un rumbo.
Y colorín rojizo, digo colorado...
se alejaron por el pasto
y el cuento no ha terminado.
Las nubes estiraban retazos de sol iluminándoles el paso, mientras los pájaros tomaban las últimas bocanadas de aire para gritar desde el bosque, al pie del cerro Malo.
-Bundo, tengo miedo, ¿vos escuchaste lo mismo?
-Nos están llamando, es eso -la interrumpió abriendo enormes los ojos, como si así pudiera atravesar árboles, rocas, distancia.- "Correr en qué sentido si no tiene, no", -pensó (o así suponemos por cómo miró a todos lados).
-Es que allá es oscuro y...
-Tengo fósforos. Llegamos al bosque y juntamos madera para una fogata. Está bien, si querés de la mano, che -y sintió una paz chiquita cuando Ojitos se agarraba-. Además, podemos armar nuestra casita sobre una rama -Bundo hablaba sin cesar para seguir firme sobre el ambiente que se hundía en la sombra, para retener con palabras lo que la noche se llevaba, para llenar huecos oscuros, para sentirse fuerte en medio de la nocturna, pero sobre todo, para ensordecer el tum,
tuc tum,
tuc tum,
tuc tum del corazón ávido.
Tomados de la mano, hicieron unos pasos antes de que una ráfaga soplara elevándolos.
Ya no caminan, patinan, se deslizan mientras la ropa se evapora y traslucen escamas. Flotan por el aire nonthuénico, ahora de agua. Sus piernitas son aletas; sus brazos, alas; el aire, una especie de óleo por donde resbalan; el pasto, juncos de sustancia mágica. Nadan y coletean un rato, zigzaguean entre juncales, entre las burbujas que ascienden como racimos de flores, de perlas, de lunas. La mezcla de alegreasombrosacuriosidad los hace dar un salto y el manto de seda ingrávida se hace enseguida bosque, de nuevo aire y noche y copas de árboles.
Apoyan, hombro con hombro, las espalditas frías contra un coihue centenario. El chirrido de unas ramas desaceitadas y el rumor de pichoncitos le devuelven la voz a Ojitos Rasgados.
-Dale, Bundo, hagamos el fuego, ahora sí tengo hambre.
-A ver, acá tengo unos... -dijo mientras escarbaba el bolsillo del jean y Ojitos juntaba palitos secos- Ufa, che, están todos húmedos, la transpiración, ¡Y quebrados! -pero un resplandor quitó su preocupación.
Ojitos tenía listo el fuego. Ardía sin llamas. Los tronquitos apilados formaban una carpita de calor azul. Ella era tocada por lengüetazos anaranjados. Las lenguas le rozaban el pechito, el cuello, los brazos, abrigándola. Ojitos bailaba y flameaba su vestido de gala, amarillo todo, encaje de llamas, volados. Bundo reptó sigiloso hacia la danza cálida, se arrimó en cuatro patas al sacudir de caderas (al baile de la bikini) que avivaba las llamas, pero cuando acercó tembloroso la mano al pelo dorado, Ojitos salió estremecida del encanto.
Acá no hacen falta fósforos, le dijo con los ojos.
-¿Y cómo lo hiciste? -preguntó Bundo asaltado por la razón.
-Lo que pasa es que encontré ahí, ves entre las cañas, un cachito de cola de mi barrilete. Seguía prendido... y mirá, por allá hay todavía más pedazos encendidos -le contaba mientras se metía un pedacito en el bolsillo.
Bundo no podía ni quería creer, no se animaba a dejarse llevar. Hallar una explicación, hallar una explicación: "Seguro los palitos despiden el calor que acumulan durante el día, bajo el sol, y por la diferencia de temperatura ahora los sentimos calientitos. Si me dejo llevar, dónde voy a llegar y vamos a perdernos peor."
-Qué pasa, Bundo, por qué esa cara -preguntó Ojitos inocente, desde el placer cálido.
De repente, todo empezó a temblar. Todo. Primero el aire, después el pastizal. El suelo se abrió. Un rajón lo surcó como un dedo gigante venido del interior de la panza terrestre. Un ronquido los aturdió. Vibraron abrazados. El suelo, partido en garganta de tierra, se los tragó. Los deglutió.
dando vueltas carnero hacia el estómago del bosque.
Negro. Confusión. Nudo oscuro de rasguñones hasta el rebote sobre un colchón elástico de cuero.
-¿Quiénrr anda ahí arribarr? ¿Quién ha osado calentarr el tercho de mi cueva? -escucharon sin dar respuesta, a través de la polvareda colgada del aire como un pañuelo.
Bundo estalló un estornudo: Aaachíss, que devolvió el polvo a sus rincones. Ahí, en su living de cueva, el Topo Gruñoso de ojos hinchados y anteojos cubiertos de barro: los lentes, unas alas de alguacil que comenzó a sacudir.
-A esta horra de la madrugada me hacen levantarr, ¿Quiérnes son usterdes?
-Yo soy Ojitos, yo soy Bundo -pronunciaron al mismo tiempo atolondrados.
-Buerno, buerno -interrumpió gruñoso -que arcá se vive a otra velocidad, esto no es como arriba. ¿O no ven acaso el despertador bellota que cuando quiebra su cáscara me marca la hora exacta? El crujido me despierta ofreciéndome para el desayuno su corazón de leche y pasta... -el topo no podía con su genio. Arrancaba a hablar de algo y eso lo llevaba a otra, otra, otra y otra cosa, era llevado por el tropel de palabras que lo hablaban, que lo echaban sobre un caudal incontenible.
(O así parece, ¿qué creen ustedes? ¿Cómo lo imaginan al Topo Gruñoso?)
-Entonces -retomó Gruñoso-, uno a la vez, por favor.
Le contaron quiénes eran sin repetir sus nombres, porque también eran de allá arriba. Nombres, sutil disfraz que a Gruñoso lo tenía sin importancia.
-¿Y qué harcen arquí adentro? -preguntó restregándose las almohadillas de las manos por las bolitas negras de los ojos.
-Eh... bueno, eh... Estábamos en el bosque y... -respondió Bundo asustado mientras Gruñoso se frotaba las garras contra su polera a rayas.
-¡Cuánta palabra, cuánta para estas horras altas! Si llegaron a mi hogar sin saber córmo, es porque tenían que estarr. En el mundo de los topos lo importante está en las grrietas hondas, ahí está la cosa más interresante, ¡y la más sabrrosa!
Ajah, chiquilina, córmo se te abren los ojos.
-Es que tengo...
-Sí, y parra las visitas tengo listas las viandas -Gruñoso balbuceó en lenguaje extraño, medio embroncado, en su natural estado-, ¿o creen que estas orejas son sólo para escuchar el crecimiento rumoroso de los tallos? Tu pancita no deja de hablar. ¡Siempre andan con tanta hambrre!
-No, por favor, le pido que no se haga problema. Deje... nosotros -intentó terminar Bundo mientras Ojitos lo codeaba callándolo.
-Nunca se dice no a un plato de buena intención -me oyeron.
-Es que...
-Gracias, gracias, no podía más del hambre y éste- señaló a Bundo, abstraído -no le da bola a mi panza.
Gruñoso ya estaba sobre las ollas. Meditabundo miraba todo en calma, la línea de baba brillante pincelada por el caracol, adhesivo para planos; la mesita de luz donde una vela morada dormía su iluminación, el rincón de flautas y quenas hechas de caña junto a un atril donde una corteza impresa destacaba fusas, corcheas, blancas y negras... De pronto, un brusco TR-TRAAACK lo estremeció.
-Ah... si ya se abrió la avellana, tanto antes no me habían levantado -murmuró Gruñoso de espaldas.
El cuartito era iluminado por un esplendor cobrizo, pues una lombriz sabía llegar cuando el topo estudiaba el atlas del bosque subterráneo y con el cuerpo enroscado a la vela se quedaba hipnotizada, los ojos hechos espiral sobre la llama hasta el momento en que Gruñoso plegaba los mapas. Entonces, ella salía del estupor, apagaba la llamita de un lengüetazo y se iba dando las gracias.
El topo sacó de una caja la olla de barro con un brebaje casi al borde, y la refregó en círculos contra el suelo.
-¿Querés que te ayude con el fuego? -preguntó Ojitos.
-¡Fuego, fuego! ¿Dónde fuego? -gritó Gruñoso como loco.
-Te estaba ofreciendo ayuda solamente, che - pronunció un Bundo de cejas arqueadas.
-No, por favor no. Dejen. Las visitas sólo observen. Arcá abajo, al fuego no lo invitamos, por eso para calentar, sólo frotando.
-¿Guiso? -sonó Ojitos en desilusión.
Esta vez, a Bundo le salió codearla.
-Sí, de raíces y hierbas: remolachas, zanahorias, brotes de soja, batatas. ¿Les gusta, no? Ahrr, ya me imaginaba.
El brebaje se había transformado en un líquido bordó. Gruñoso dejó la olla a un lado, sirvió las cazuelitas y: -Ahí va la mesa, mucharchos -dijo tras una palmada mullida sobre unas tablas.
Cómo que viene, no llegó a decir Meditabundo cuando unas placas de madera reptaron hacia ellos, rodando sobre rizomas . Vivas, sí, giraron sobre sus bucles de madera.
-Esperate chiquilina, no seas atolondrada, ya van a llegar -Gruñoso puso entre las mesas individuales la avellana que ofrecía su corazón de crema y agregó unas pizcas de ella a cada cazuela-. Ahorra sí. Aunque ya comí, pero no les sirvo a mis visitas sin acompañarlos con un bocado -dijo cuando colmaba hasta el borde su vacija.
-Esto está... -dijo Ojitos con la boca llena.
-Rico -interrumpió Bundo por miedo a la sinceridad de su hermana.
-Ahrst mst mst cruich -contestó Gruñoso masticando. Gluck -¿Te pasa algo?
-No, es que usted...
-Trartame de vos, que sir no me hacés viejo.
-Queríamos saber el camino a... -se rascó la cabeza- ¿hacia dónde íbamos, Ojitos?
Ojitos, a boca llena, estiró los labios para abajo y levantó las cejas.
-Dejala comer, que es lo más importante, indispensarble para saber claramente dónde se quiere ir. Y ustedes no parrecen tenerr idea.
-Sí -dijo Bundo más perdido que un bizcochito de grasa en el espacio.
-Esperrá, les cuento algo mientrras terminan la cena; algo que desde chicos nos enseñan por estos subterráneos, algo que nos llega sin palabras, como por señas y es... a ver si me sale decírselo -Gruñoso entrecerraba las pestañas que cosquilleaban al anteojoalguacil, buscando la forma de explicar-. Bueno -sonó impaciente-, es algo así... como que para conocer algo primero tenés que animarte a entrar; no quedarte afuera. Intentar meterte, no sé. Es difícil, pero, pero, em. Ahí está: por ejemplo, para conocer la profundidad de un lago, no basta con arrimar los deditos del pie al borde, tenés que embarrarte hasta las rodillas y zambullirte si se hace hondo. Sólo así podés saber si es lago, espejo, ilusión o charco.
-Está bien -asaltó Ojitos desde una certeza que le resultaba totalmente desconocida-, nosotros sabemos adónde, ¿cierto?, un lugar que es todos y ninguno -soltó Ojitos sintiendo lo que decía, aunque sin saberlo.
-Córmo es ese lugar, harcia allá no les puedo indicarr.
-No, es cierto -dijo Bundo sin pensar, sólo sintiéndolo- y para cada uno ese lugar queda en distinta parte. Sólo hay que zambullirse, como usted, digo vos, dijiste recién.
-Pero erse lugar que llamaste... ... ... Ah: ¿ninguno y todos?
-No, todos y ninguno, dije yo.
-Buerno, ese no figura en mis Atlas, y mirá que tengo los más actualirzados, los recién hechos por la compañía "Avestruces Ocultacabezas, S.R.L." Si las avestruces no lo vieron, ellas que saben tanto del subsuelo, ese lugar debe quedar lejos. A menos que sea, a ver, a ver -desplegó un mapa sobre la superficie mientras embuchaba el último cucharadón de guiso. Recorrió con la uña orillada de tierra los cuatro puntos cardinales del globo subterráqueo.
-Mmgrr, mmm... no, arquí no hay líneas que lleven a ese lugar. ¿Seguros que ese era el nombre, no lo habrrán confundido? ¿córmo dijiste que se llarmaba?
-Todos y ninguno -dijeron a la vez.
-Ah -respondió haciendo caricias al alguacial para que sacudiera un poco las alas -¿estarán estas lentes sucias?
Gruñoso hundía los ojos entrecerrados en el gran mapa sin nombres, se rascaba una oreja, escarbaba la otra y nada, nada. Levantó la vista y una chispa estalló en su mirada. Íba a decirles que ahí, ahí mismo estaba ese lugar, pero bajó la cabeza y pensó que sóloélsolito había encontrado su espacio, un ámbito húmedo bajo la seca superficie, una luz tenue y suave que le permitía encontrarse bajo lo plano, abrir los ojos en los recovecos al resguardo del sol arrebatado.
Bundo y Ojitos debían buscar el propio. Él no podía encontrárselo, tarea imposible de hacer por o para otro. Sólo cada uno, sólo avanzando, únicamente ustedes por sí mismos pueden encontrarlo.
-Está bien, no se preocupe. Bueh, no te tuteo más. Ya hiciste mucho por nosotros.
-No -respondió el Topo alegre-, no saben lo que hicieron ustedes por mí, por eso quiero que tergan esta tortújula. Con ella no pueden desorientarse, conoce los rumbos mejor que nadie, por eso cuando se sientan perdidos, le acarician el cogotito arrugado y ella señala el norte mimosa. Fue idea suya, ¿los habrá visto perdidos? Recién, cuando yo cocinaba se ofreció acompañarlos. La tortújula miraba apartada, entrecerrando las cejas. Ojitos la apoyó en su palma y le hizo cariños. La tortújula le acercó la cabeza al corazón.
-Indicanos ahora, topín, cómo salir al bosque. El resto dejalo en nuestras manos y en tortújula- habló la sonrisa de Ojitos. Terminó el pedacito de avellana, dio unas palmadas en el pecho a Gruñoso, le espantó los anteojos que batieron las alas y ayudó a doblar los mapas desperdigados -por ahí debe de andar, no te preocupes, lo vamos a encontrar.
-Entonces, ¿sólo voy a guiarrlos afuera de las cavernas?
-Y eso es mucho -respondió Bundo resuelto.
Echaron a andar después de saludar al reloj caracol y a las mesitas que los despedían sacudiéndose las migas que le quedaban sobre el lomo. El pasadizo angosto se hacía conducto repleto de curvas y zig-zags. Una luciérmaga poeta les obsequió luz a su camino. Sus alas rápidas emitían rayitos multicolor sobre las paredes que parecían girar, como si caminaran dentro de un caleidoscopio. El camino los llevó hasta una gran sala donde la luz se perdía, la paredes se separaban y había boquetes por todas partes.
-Arcá debemos tenerr cuidardo -advirtió Gruñoso-, no vayan a caerse porque miren -señaló-. Vamos, Lucía, no seas vaga, dale con fuerza.
Lucía, la luciérmaga, aleteó a todo vapor y tensó el cuerpo con la lengüita afuera. Su luz alcanzó a iluminar un círculo, estalagmitas plateadas emergían por todos los rincones, como colmillos de gran saurio.
-Parrecen más afiladas de lo que son, mejor será andarr precavidos.
Justo del otro lado estaba el camino, al traspaso de un techo donde arraigaban bulbos barbados de cañas colihue. Antes de seguir solitos, Bundo y Ojitos recibieron un sobre de Lucía.
-Yo hasta arquí llego, más allá es tierra de riesgo. Enseguidirta nomás salen a tierra de águilas y halconcitos siempre en busca de gorditos como yo -dijo medio temblándole la voz.
-Gracias, Gruñoso, mi pancita lo agradece; yo también, claro, pero más ella -dijo con la manito acariciándose el ombligo.
-Sí, gracias -dijo Bundo algo impresionado por el techo cubierto de murciégalas que, dormidas cabeza abajo les daban el desayuno a sus murciegalitos-. Ojitos, ¿vamos? -y la tomó de la mano.
A medida que se alejaban, escucharon bisbiseos entrecortados de las bestiecitas rumor osas que, como dormían colgadas, al revés, así hablaban también, al vesre.
-¿Seneiuq nos sotse, ámam?
-Euq és oy, omoc odeup olrebas.
-Eeuqrop sov sébas sal sasoc, ámam.
-Ís, orep atse on, ¿edeup res?
-On, on, on -hizo pucheros murciegalín con un bigote de leche en los labios.
Y un poco más adelante:
-Ose nos sal sadamall sallidasep, roma.
-Ha, secnotne éños noc euq aíbah anu atar etnagig euq em aíreuq raparta, am.
-Aj aj aj aj aj.
-Ís, ís, y sov em sabavlas, et oruj, omisíruj.
En el medio se coló la voz de Gruñoso llena de ecos.
-Y no se<se olviden <den <en de seguir <guir <ir el camino <ino <o del "Dinosaurio <saurio <aurio vegetal <tal <al". Por ahí no sé si llegarrán <rráan <an, ¡pero es tan <an rico<ico<co -pronunció Gruñoso con la boca ocupada en raíces de caña.
Ojitos y Bundo subieron por el camino. Era empinado y desembocaba en la noche del bosque. Un chuncho desconcertaba la tierra. Sus grandes ojos se abrían y cerraban desde la rama de una Araucaria gigantesca. Cada parpadeo eran relámpagos que señalaban la senda. Aprovecharon los destellos intermitentes para guiarse, porque la oscuridad asfixiante se hizo pronto: el chuncho se zambulló sobre el lomo blanco de un ratoncito que olisqueaba semillas. Su vida entera terminó en quejidito, en el instante del pico.
Ojitos apretó los oídos con fuerza, Bundo abrochó los suyos: la caza no entraba en sus cabezas.
Oscuro se había apoderado desde el pasto hasta el espacio.
-Lairalarai laralira lara -desentonaba Bundo contra el miedo.
-No te hagás el distraído. Si sabés lo mismo que yo, vos también lo viste.
-¿No puedo cantar, acaso? Además, ¿qué voy a hacer?
-Salvarlo, malo, sacarle al ratoncito de la boca y liberarlo.
-Pero si está muerto, por qué robarle su alimento. En eso no te podés meter, Ojitos -decía recordando la cadena alimenticia y el equilibrio y otros bla blas que apenas entraban en su cabeza, pues el resto del cuerpo se bloqueaba estremecido cuando avanzaba más abajo de su cerebro.
-Pero es que su comida estaba viva y ahora está muerta- respondió con la mirada desolada, con cara de, de (muy bien no sabemos, pues tanta era la oscuridad, así preferimos no mentirles. Aunque no parece difícil imaginar cómo sería, ¿de marfil, acaso?) No podía tolerar que se matara para vivir. Él, aunque aterrado, aceptaba un poco, poquito, la violencia de la tierra, la energía natural de cada uno para alimentarse, obligatoria y cíclicamente.
-¿Entonces -dijo Ojitos (creo que temblando, porque aún no se nos acostumbraba la vista a eso tan negro) después del silencio-, entonces comer es matar?
-¿Podemos hablar de otra cosa?, ¡querés! -soltó Bundo apoyándole su brazo en los hombritos.
Una carcajada llegó tajada por el grito de un águila en picada. Bundo no pudo verla, sólo sintió el brazo que apoyaba cayendo al aire. Ojitos era cazada. La luna, torpe curiosa, se precipitó para ver de dónde venían los gritos y se raspó tanto con las piedras de un monte, que cubrió el bosque con una nevada. El águila que cargaba a Ojitos del pico recibió unos copos de piel lunar afilada y, pese al batido frenético de alas, no pudo llegar al nido. Aleteó loca, resoplando vapor. Mientras tanto, Ojitos pasaba su vista desde lo alto sin entender, quizá gozando. Dio un aleteo más antes del aterrizaje forzoso, doloroso, revoltoso. Ese día sus pichones no comerían humano.
A todo esto, Bundo seguía encandilado.
El águila, desparramada, hecha un moretón vivo, se quedó apelotonada mirando a Ojitos.
-¿Estás bien, bicharraco? -preguntó inocente.
Las garras filosas del ave arañaban el suelo con bronca.
-¿Por qué no vas a buscar a mi hermano, ahora? Uh, si no me vas a ayudar, chau.
La luna se alejó sonriendo.
Bundo vuelve a mirar. Todo es blanco. Su hermana no está. Camina sobre los restos de piel lunar, cáscaras de huevo, un crujido similar al de hojas secas con algo de quejas, como si estuvieran gritando el dolor otoñal, invernal, el desprendimiento. Cada dos por tres se da vuelta, inquieto, mira sus huellas con la sensación de que Alguien más está usándolas, de que Alguien lo sigue sobre sus pasos, como si él estuviera indicándole -sin saberlo- con la punta de sus zapatillas el lugar donde se encuentra. Recorre unos metros, aminora el paso y Alguien va más despacio. Acelera y Alguien lo imita. Frena y ese Alguien para. Empieza a transpirar terror, se le cruza la posibilidad del puma, del perro salvaje, lo miran los ojos de aquella primera perdiz muerta, colgada boca abajo de las fauces de Tell, quizás también se cruza un sobreviviente dinosaurio. Toda su imaginación queda reducida a la agudeza de su mirada, cuando las huellas se opacan por su propia sombra que, entretenida, va saltando de las más cercanas a las de atrás. Crece el miedo, el peludo lleno de dientes mastica dentro, Bundo se lanza a la carrera, corre hasta morderse el corazón, hasta que su aliento no puede extraer más aire, hasta que el corazón bombea tan fuerte que, al apoyarse contra una vieja araucaria, el latido le da un sacudón y despierta a la frondosa copa.
Desde arriba llega una voz a madera, rítmica, seca, lenta. Repleta de tiempo.
-¿Qué pasa allí abajo? ¿Cómo es que se puede estar tan agitado? - cada palabra suena nítida, separada de la siguiente por un intervalo tan largo como el árbol. La voz es honda, clara, compuesta durante siglos de años. Bundo comprime las rodillas contra el pecho y el dinosaurio vegetal titirita a ese compás.
-Ea ea ea, no hay de que preocuparse -resuenan las palabras envueltas por ráfagas de aire. El aroma fresco llega con olor a eucaliptus -Araucasauria había estado mascando gomitas durante el verano. El aroma de las palabras lo transforma a Bundo que deja de temblar automáticamente. Araucasauria encorva el tronco y con dos ramas lo lleva a lo más alto.
-Gracias, gracias, voy a aprovechar para buscar a mi herma....
-Sí, ya lo sé, pero espera, que aquí arriba transcurren otros vientos, surcan otros tiempos. Estuve mirándolos un rato mientras deambulaban por el bosque. Pero qué hacen, si puedo preguntarte sin temor a espantarte.
. . .
Ojitos se había alejado unos ofendidos pasos, pero al darse vuelta para despedirse del bicharro, lo vio averiado y volvió a ayudarlo. Era la primera vez que el águila había sentido el suelo en su cuerpo, jamás antes había sentido la tierra tan pesada. Había sido ave, ráfaga, trazo en el aire, pero esta vez el peso lunático la había capturado.
Ojitos, hechicera alunizada, fue desenredándole pedacitos de menguante, del lado claro y oscuro del plumaje.
. . .
-Nada, es que nos quedamos solos. Papá y Mamá están lejos y no sabemos cómo volver a ellos -contestó Bundo, amigando las cejas.
-¿Y realmente quieren encontrarlos? -entonó sospechoso el dinosárbol.
-¿Cómo no?
-No sé, mi caso tal vez sea diferente.
-¿Por?
-Porque los padres nunca se pierden. Bah, aunque ahora te miro y me acuerdo, difuso empañado recuerdo: sí, fue hace ya cientos de años, cuando -aún de semilla- fui levantada por una nube de viento áspero, y volé volé, envuelta en polvo tan denso que parecía alejarme hasta de mí. ¿No me crees? Acaso pensas que siempre fui de este tamaño y nunca pude haber volado, pero eso no puedo olvidarlo. No sé cuánto ni qué distancias anduve, pero cuando pude volver a sentirme, estaba en lugar desconocido, sobre una tierra pegajosa. Allí abajo la luz no llegaba, era la oscuridad una piña verde, cerrada. Y pasaron los días, tampoco sé cuántos, pero... ¡ay!, se me viene de nuevo el piquito afilado...
. . .
Bundo buscaba a Ojitos, atento al paisaje. No escuchaba las palabras, sentía la resonancia, como si nacieran adentro, desplazando su preocupación, calmándolo como caricias de consuelo. ¿Entonces, los padres los habían abandonado?
. . .
Ojitos se había tirado a descansar. Había abullonado un ala y se había quedado con el águila, abrigadita. La suavidad no tardó en llevarla hacia un flote de espuma, hacia un bowl de crema, a la pancita de un gato.
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-Sí, veo de nuevo y encima, el pico rígido de un... pero no era uno solo, ahora me acuerdo, fue uno primero para después otroyotroyotroyotro. Saltaban pedacitos de barro por todas partes. Ah, fue la visión del dolor: un pico se hundió en la tierra, justito a mi lado, y sacó una culebra que se retorcía y desenvolvía en agonía. Sentí sus alaridos en medio del pajarráquico salvajío. En ese instante, vi un punto afilado en medio de ojos rojos. Era el fin, sentí, pero cuando ajusté la cáscara de mis párpados algo pasó. Pasó algo grande. Una rama gigante se echó sobre la bandada y los muy oscuros huyeron al vuelo. Yo quedé tan temblorosa que creo fue entonces cuando empecé a ser esta potencia enorme. Entre el tiritar del miedo y la humedad de la sombra, corrió el tiempo; era como si no me animara, le temía al dolor que eso de adentro podía causarme, pero el riesgo de un nuevo ataque de pájaros, (estorninos me enteré que se llamaban) me decidió. Fue una mañana en la que un rayo de sol se atrevió y con una caricia me sucedió esto que soy. Fue una maravilla, como si todo estuviera planeado desde el principio del tiempo.
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Ojitos casi dormía cuando el águila volvió en sí, despacio. Y cuando empezó a recuperarse y le volvió el aliento, sintió la fuerza aérea y el espanto de su familia con hambre. Desde la mata de plumas, empezó a estirar el cuello, a desplegarlo, aunque aún le doliera por la golpiza que lo había contracturado. De poco en poco, cuidando de que su presa no despertara (Sé que no debemos meternos, pero dale Ojitos, levantate, no ves que si no...), fue alejando el pico para acertar el golpe, quizá para vaciarle los ojos y aprovecharse de ella, una vez que le cegara el nombre.
. . .
-Un tallito blanco me quebró. Germinó al medio. Unos mechoncitos me salieron de abajo, raíces le dicen. Desde entonces, no te voy a decir que fue fácil porque de hormigas y herbívoros está llena la infancia de toda planta, hierba o árbal , sólo que desde ahí tuve algo bien claro. Bah, mejor dicho dos cosas: que sólo quería bambolearme cerca de las estrellas y, sobre todo, que quería ser parte bien profunda de la tierra.
-¿Y de dónde sacaste la fuerza para crecer para arriba y también para abajo? ¿Cómo es eso? -preguntó Bundo un poco con las manos.
-Buen, es que sin saberlo supe, sí, que si quería crecer hacia el cielo debía hundirme bien y a fondo en el suelo.
-Yo que apenas puedo crecer unos centímetros por año, ¿pero no es que ustedes crecen buscando el sol?
-No, por lo menos yo no, ¿acaso para buscar no es necesario haber perdido? ¿Vos buscas tus dedos? No, porque están ahí, los tenés presentes. Y el sol es presencia. Vos no buscas lo que está, sino lo que hallás ausente. Y eso para mí son las estrellas, que se hallan todas, tentando desde el cielo, pero ausentes. Y hacia ellas me estrecho.
-¿Y por qué también hacia el suelo? ¿No gastás energías estirándote para abajo y abriéndote camino entre la tierra dura?
-Claro que no. Muy por el contrario. Y no es para compensar fuerzas ni para sujetarme, como la mayoría cree, sino que... te lo voy a contar a vos solamente. Un secreto, ¿eh? Espero no se lo cuentes a nadie, ¿me prometés? Buen, hace muchos años firmé un pacto con el cielo. Las estrellas me dijeron que si les contaba los secretos de las grietas ellas me iluminarían, harían flotar mi copa entre las nubes, junto a ellas. Y desde ese momento ambas partes cumplimos el trato, estación tras estación.
-Guau -respondió Bundo y volvió a pensar en Ojitos- pero... ¿no me ayudás a encontrar a mi hermana?
-Claro, voy a reventar una de las piñas para que las semillas se esparzan por el aire y alguna la golpee y grite.
-No, Araucasauria, no seas mala.
-Apenas le va a doler, no le va a pasar nada y por su grito la vamos a descubrir.
-Ah -contestó Bundo mientras Arauca inflamaba una piña-. Pero hacelo con cuidado.
Un estallido esparció un enjambre de piñones que redoblaron en el suelo del bosque. Toda la zona vibró y el ruido seco se expandió por la tierra neuquina. Los lagos Ñorquinco, Rucachoroi y Quillén sacudieron sus agua. Hasta el Nonthué lo sintió.
. . .
El águila soltó la tensión contenida del cuello y cuando su pico estaba por enterrarse en el párpado de Ojitos la lluvia de semillas sacudió la cara de la pájara y le desvió el picotazo que fue a dar en el ala. El cuerpo del águila se estremeció de dolor y saltó al vuelo. Ojitos quedó suspendida en el aire, bajo la lluvia de semillas que la despabilaron.
-Ah, che, qué pasa, ey, ey -sonaron los gritos de Ojitos.
La pájara ya estaba en el aire, renguando su ala golpeada. Hoy sus pichones no comerían humano.
. . .
-Por allá, Bundo -dijo Arauca mientras lo bajaba lenta, prolija, relajadamente. Y que tengas suerte. No, no, para el otro lado.
-Gracias, gracias -saludó alejándose.
-Bundooooo.
-Ojitosss.
Pero los nombres no se encontraban, sus gritos merodeaban por el bosque despertando animales. Los nombres quedaban dentro de cabecitas reptílicas, en algunos pájaros, retumbando en troncos caídos y enlazándose en babas del diablo. Las ranas de una charca cercana parpadeaban sin entender nada.
-Ojitos, ¿donde estás? -gritaba desesperado.
Ojitos había metido la mano temblorosa en un bolsillo y, ávida, como escarbando una bolsa de caramelos blandos de dulce de leche, sacó el pedacito de barrilete que había guardado. Quizás, si remontaba un trocito de luz, la vería su hermano. Le pidió prestadas unas barbas de viejo a un roble y las fue enhebrando para hacer un cordel bien largo.
La luna quería ayudarlos y se moría de impotencia. No podía, tan cerca estaba de las montañas. La rabia hacía que fuera enrojeciéndose y, en vez de beneficiarlos, volvía su luz opaca. Ya era tarde para desplazarse y los raspones que se había hecho aún le ardían. La bronca hizo que se pusiera más roja todavía.
Ojitos terminó de hacer la cuerda y la tirita de barrilete remontó, alas desplegadas, hadas, tal vez campanilla, lo elevaban hasta el centro del cielo, pero Bundo seguía gritando, cada vez más atormentado por el esfuerzo. Respiraba entrecortado con Ojitos, Ojitos, cada dos pasos. Con el nombre tan por delante que se le interponía como un obstáculo sin poder ver más allá del grito, más que el nombre de una Ojitos, solamente la imagen que él había armado. "Si tuviera la vista del puma", pensaba bajo el bosque tupido de árboles. Trepó a un alto peñasco y con los músculos temblándole estiró el cuello. La noche se abría más allá, la oscuridad titilaba. "Pero no es la vista, sino la calma, la única que..." En ese momento, vio que a unos metros se elevaba un disco de luz rodeado por luciérmagas y otros cuerpecitos brillantes, como un farol en día de verano, envuelto por bichos. Miró con un poco más de profundidad. Era.
Sí, sí. Es, por allá y tan cerca.
Baja sin llamar, a las apuradas. Deja el nombre, se acerca a ella como si la viera por vez primera, como si la imagen que tenía, tan sólo un disfraz, se hubiera esfumado y ahora, recién ahora, la conociera de verdad.
Ojitos, las cejas desprendidas de la frente por el asombro, lo ve llegar entre los árboles.
Estiran las piernas hacia el encuentro, sin decir nada.
En ese momento, se hace el silencio:
el bosque contempla quieto.
Todo inmóvil:
la rápida lengua de rana en el aire,
la pata del escarabajo a punto de dar el paso,
la lechuza lanzada en picada,
y el murciégalo
y el viento
y el girar mismo de la tierra
queda todo helado.
Ojitos deja el trocito de luz en libertad y recibe a Bundo con los brazos tendidos, el cariño inmenso del encuentro.
Las aguas del Nonthué, calmas durante ese lapso infinito de tiempo, vuelven al movimiento.
La noche comienza a brillar,
Bundo y Ojitos vuelven sonrientes, distintos e idénticos, al campamento. (*)
(*) Fuente: "Fantasía
en Nonthué" de Andrés Manrique, es editado aquí de
manera original.
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