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   18 BAJO CERO 

  Por José Murillo


  
 

   José Murillo

   18 grados bajo cero

 

  José Murillo nació en Ledesma, provincia de Jujuy (República Argentina), en 1922 y murió en 1997 en Buenos Aires. Maestro normal, maestro de gimnasia y recreación, cursó estudios en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires, que debió abandonar por motivos económicos que lo forzaron a regresar a Jujuy. Desde 1953 se radica en Capital Federal. Es uno de los grandes maestros de la literatura infantil y juvenil en la Argentina. Entre sus obras para chicos figuran: Mí amigo el Pespir, Cinco patas, El tigre de Santa Bárbara, Renancó y los últimos huemules (en colaboración con Ana María Ramb), Brunita, Silvestre yel hurón. Tanto por sus obras para niños como para las adultos mereció numerosos premios: Premio Internacional Casa de las Américas por Renancó y los últimos huemules (1975) y Premio a la Trayectoria ALIJA (Asociación de literatura infantil y juvenil), (1995). Sus obras fueron traducidas a varios idiomas.

La versión de "18 grados bajo cero" que presentamos aquí apareció en el periódico Nuestra Palabra el 26 de junio de 1973. El relato se basa en hechos reales acontecido en 1973 en el norte argentino. Su lenguaje, es oportuno aclarar, evidencia singularidades idiomáticas propias de esta región argentina. "18 grados bajo cero" fue compilado luego, por primera vez en libro, en "¿Sólo los chicos? Cuentos argentinos de todos los tiempos," Buenos Aires, Colección Desde la gente, Ediciones Instituto Movilizador de Fondos Cooperativos, con selección y prólogo de Nora Lía Sormani, destacada especialista argentina en literatura infantil y juvenil y co-conductora del Programa Radial País Cultura. 

 

  

  

18 grados bajo cero 


 "Dos hermanas mueren de frío al regresar de la escuela, en una localidad de Jujuy" (La Nación, 6 de junio de 1973).


   ¿De dónde viene el frío...? Porque el viento, el viento peinador de los sauces y las tolas, el viento silbador en los cardones, el viento quena en los guancares, sube del sur de la quebrada grande o baja desde el norte, desde la aridez llena de piedra y de silencio arisco de las altas mesetas de la puna. ¿Y el día...? El día se presenta cuando el Sol quema los cerros, allá, hacia la derecha, y trepa lentamente faldeando el otro lado, ése que no se ve pero se sabe y se sabe por el Sol que sube muy orondo y muy redondo y llega hasta la cumbre rojo y resoplador. Y la noche también, subre de allí, como huyendo del día o persiguiéndolo. Nunca se sabe bien. Tantas veces la Luna lo puede al Sol, tantas veces el Sol tiene que tiene que aguantarse que la Luna esté ahí, rodando el cielo, cuando él no ha concluido su paseo triunfal por el espacio... Y la lluvia también. Desde las nubes que el viento lleva y trae, cuando las nubes se van poniendo negras y pesadas...¿Pero el frío...? No me diga el invierno. Porque en la puna alta, porque quebrada arriba siempre hay frío... No me diga la lluvia... Dígame el hambre. Cuando hay hambre el frío nos ronda permanentemente, hurga la carne hasta el escalofrío. Y a más del hambre, si el barracán es viejo y el poncho desflecado –cuando hay poncho...
Ya había que levantarse. Y el Sol era nuevito que todavía no se sabía muy bien si era el Sol o la Luna que asomaba. Tan pálida la luz, pálida y fría. Pero la escuela quedaba a más de legua y media. Eso no es lejos si se camina en llano, pero trepando y descendiendo cuestas a tanta altura parecenm ya dos leguas y más, según se avanza. Pero había que ir. No solamente para aprender, sino porque en la escuela nos dan mate. Un mate sabroso y calentito con galleta. Y en el patio jugamos que da gusto. Y la maestra es buena y cariñosa. Nos dan el delantal algunas veces y también zapatillas. Blancas, alhajitas digo y con suela de goma.

No te apurés tanto, pues, Julia. La escuela no se va, y está ahicito...
Todos los días lo mismo. Luisa se va quedando. De puro lerda nomás, de puro terca. Y el chango peor. Hondeando urpilas, se será pavote.-Esperá, pues, me estoy cansando.
No espero nada. Más que hace frío. ¿ No vís que está helao...? Apurate y ya vas a ver qué es mejor.

Siempre decís eso, pero después es peor. Como cuando jugás a la pillada. Acordate, acordate. Ayercito nomás, cómo temblabas.

Y bueno, porque supe correr mucho. Y qué hay.

Cha, que sos...

Julia continúa la marcha sin volverse. Su hermana ha quedado rezagada más de cincuenta metros. Por el hermano no se preocupa. Es el mayor de los tres y cuando la escuela está a la vista, al final del repecho, hará lo de todos los días: las pasará corriendo y riendo para llegar primero. Y claro, siempre gana porque es más grande y a más es varón ¡qué tanto!
Finalmente también ella hace lo de todos los días y se detiene a esperar a la hermana remolona.

-Mírate las chuncas ¿no te da vergüenza? Te va a castigar al maestra. Por sucia. ¡Ma mirá esos churretes!

-Y bueno, el agua está muy fría.

-Sos una floja.
-¡Ya! –grita el hermano en ese momento y echa a correr. No, ellas no corren. Saben que es inútil intentar competir. Y lo miran pasar, y alejarse. No mucho. Porque la escuelita está ahí nomás. En el patio de pirca los chicos se arremolinan como ovejas querendonas y friolentas.
-Juguemos a la pillada.
Sí, correr es mucho mejor cuando hace frío. Y además pasa más rápido el tiempo. Seguramente la maestra debe estar preparando el mate cocido. Ya la conocen. ¿Es de buena! Cuando la mañana es muy fría les da el mate antes de empezar la clase. Pero, eso sí, es exigente. No tolera, por ejemplo, la suciedad. Por eso Julia sigue preocupada por los churretes en las piernas de su hermana menor. Y la Luisa corre como una cabra arisca y juguetona. ¿Qué pasaría si la señorita los pone en fila para ver, una por una, si tienen las manos limapias, el delantal zurcido, los pelos bien peinados y sin piojos? Y las piernas. Porque también se fija en eso, y en las alpargatas y en las zapatillas. " No importa que sean viejas o gastadas, lo que importa es que estén limpios. La limpieza es parte del respeto a uno mismo", dice la maestra. Y los chicos ya saben que es mejor no contrariarla.
Julia logra dar alcance a su hermana.
-Vení, te via pasar un trapo.

-Dejame jugar, no seas mala.
-Después seguís jugando.

-¡Ufa!

   Julia no afloja. La acerca a la tinaja que junta el agua de lluvia, moja el trapo dejado ex profeso sobre una de las asas y refriega las chuncas de Luisa hasta dejarlas brillantes.
-Ahora andá. ¡Y cuidadito con volver a ensuciarte!

-¡Vamos chicos, pronto, que hace frío!

  Desde la puerta de la única aula, la maestra los urge. El abanderado iza solo la bandera. El resto de los niños espera de pie junto a los pupitres. Compadeciendo un poco al Pancho, que tarda en atar la bandera con las manos ateridas.
"Alta en el cielo un águila guerreraaudaz se eleva en vuelo triunfal.
Azul un ala del color del cielo,
azul un ala del color del mar".

Pero los chicos están más pendientes del vaho del aliento que de la entonación y de la letra. La maestra no se molesta. Deben tener frío. Si a lo mejor todos están en ayunas. Así es que cuando el Pancho fija la cuerda al mástil, golpea las manos.

-Vamos, el mate está listo. 

 Y sonríe cuando los rostros de sus niños se iluminan. El verde humeante del mate se aclara contra el amarillo de las tazas enlozadas. Parece realmente un rito de cada mañana. Pero en ésta, particularmente fría, se hace más evidente el gozo, el disfrute, la ansiedad. Hasta que no terminan no levantan la cabeza.

 -Señorita, va a haber tormenta y nieve.

 -¿Ah, sí? ¿Y vos cómo sabés?

  -Diz que sí porque para el lao del Chañí ha cáido mucha nieve.

  -Mi tata dice que la tormenta ha sabido ser muy fiera. Eso pasa cada tanto.

   En los mapas adosados a las paredes de adobe blanqueadas con cal, los ríos no corren y las montañas son inofensivas. Los verdes ajados y los amarillos sucios marcan los valles. Esta es la quebrada ¿ven? Aquí estamos nosotros. ¿Dónde, señorita? Sonríen los chicos buscando inútilmente el rancho donde funciona la escuela. ¡Pero qué va! ¡Qué va a estar en el mapa esa tan poquita cosa! Si la escuelita, pobre, es una nadita en medio de tanta inmensidad.
¡Ah, cómo tardan los recreos y con la falta que hace correr para entrar en calor! Porque en el aula también hace frío. Los vidrios de la pequeña ventana que da al patio están completamente empañados.¡Por fin la hora! Los changos salen atropellándose porque el rango los está esperando. Las chinitas saltan la piola. Hay que ser diestra porque es un lazo de tiento y duele cuando golpea las piernas. Un chicotazo que deja un tajo blanco y doloroso.De recreo en recreo se alarga la mañana; pero a medida que avanza el día el frío se hace más cruel y más intenso. Mientras en el pizarrón una de las alumnas escribe los nombres de de las cuatro estaciones, la maestra limpia con el puño de su delantal el vidrio y observa. Se está oscureciendo la quebrada. Tal vez se venga una ventisca. Nieve difícuil, porque el día se aclara. Y algunos chicos viven muy lejos. Será mejor concluir antes de clase. Pero ¿y en sus ranchos estarán mejor? Hace tanto tiempo que lucha por un hogar escuela, que sueña con una escuela confortable, con una estufa, aunque sea a leña de tola, para que no tiemblen de frío como ahora. Tal vez en este instante sobrevuela la quebrada un satélite ¡y nosotros todavía en la edad del adobe...!

-Andá, Pancho, bajá la bandera. Y ustedes guarden todo.

-¿Nos vamos señorita?

-Sí, está muy feo. Como si fuera a nevar. No se entretengan en el camino. Rápido a casa. Hasta mañana.

-Hasta mañana, señorita.

 Julia es la primera en salir. ¿Qué hacen sus hermanos que no vienen de una buena vez?

 -Vamos, vamos –apura.
  Porque se percibe en la tensión extraña del aire quieto, demasiado quieto, la proximidad de la tormenta. Y hace más frío, pucha digo con el chango este! ¿Pero qué estáhaciendo? Por fin se reúnen y emprenden el regreso.Es una mañana que parece tarde. Sin sol, que se va oscureciendo.

  -Corramos, corramos –propone el chango.
  Las dos hermanas lo siguen, pero se cansan pronto.

   No, esperá, esperá.
  Con agudo dolor las manos se agarrotan, duela la cara y los pies pesan una enormidad.
-Descansemos un ratito, pues –propone Luisa, que se va quedando atrás.
-No, no, se apuremos –urge el hermano.
-Bueno, pero hasta el bordo, nomás. Estoy cansada -confiesa Julieta.
  Penosamente se acercan al bordo. Nunca, antes de ahora, les pareció que estaban tan lejos de la escuela y lejos del rancho al propio tiempo.

-Un ratito nomás –y Luisa se deja caer junto al sendero. Allí donde el rojo de las flores de la quinua contrasta con la blancura del amancay.Julia se sienta pegadita a la hermana. La piel bruna se les ha puesto morada y más, como con manchas negras.-Bueno, ya ha descansao bastante, vamos que nos va a pillar la noche.
-No, no, andate vos si querés –musita Julia. El hermano las nota raras. ¿Cómo pueden estar tan cansadas si toditos los días hacen ese recorrido de ida y de vuelta? Luisa, blanqueando los ojos, parece que se fuera a dormir. Gira y se abraza a la hermana.

-Tengo mucho frío –musita.

-Andá, nomás –inisiste Julia.

-Sí, via a avisarle al tata –se decide el muchacho. Echa a correr, pero a él también le cuesta. Casi como si estuviese a punto de apunarse. Los últimos metros los hace a los tumbos.

 -Tata, ¡tata! 

  El padre se asoma sobresaltado. Nunca han vuelto tan temprano de la escuela. Porque aunque está oscuro él sabe que todavía no es el mediodía.

  -Las chinitas, allá en el bordo.

 -Hablá, pues, ¿qué les ha pasao?
 -No sé, tata, se ha quedao a descansar.
  El tata se arroja el poncho encima y sale corriendo. No ha alcanzado siquiera a preguntarle al chango ¿dónde están? Pero las encontrará. ¡Claro que las encontrará! De pronto la mañana se parece a la noche. ¡Qué sueño! Extrañamente denso, pesado. Lento, espeso, como la misma sangre fatigada en las venas.Las dos, muy juntitas, muy una contra la otra, parecían dormidas. Y a su alrededor las flores sencillas, esas de los campos que no tienen nombre, estaban marchitas. (*)

(*)  Fuente:  Este relato apareció en el periódico Nuestra Palabra el 26 de junio de 1973. Fue compilado luego, por primera vez en libro, en la antología de literatura infantil "¿Sólo los chicos? Cuentos argentinos de todos los tiempos," Buenos Aires, Colección Desde la gente, Ediciones Instituto Movilizador de Fondos Cooperativos, pp. 25-30, con selección y prólogo de Nora Lía Sormani. En la antología, Nora Lía Sormani agradece por el acceso al relato a Raquel Olga Manrique.

 

 

 

 

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