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   "SELENE" Y "LA HUÍDA DE GANÍMIDES"

   Por Juan Manuel Matera


 
 

 

Juan Manuel Matera

 La huída de Ganímides

 Selene   

 

Juan Manuel Matera realizó sus estudios primarios y secundarios en los colegios La Salle y Euskal Echea, egresando posteriormente como abogado de la Facultad de Derecho de la Universidad de Buenos Aires.

Durante el transcurso de su carrera, trabaja en el Departamento de Investigación Histórica de dicha Facultad.

Alterna sus estudios de abogacía con cursos de egiptología, mitologías griega, egipcia y germánica y asiste asimismo a talleres de redacción.

En el año 1999 comienza a escribir una serie de versiones personales en forma de cuentos, de los antiguos mitos griegos, que luego integrarían su primer libro "Cuentos del Olimpo".

En el año 2001 recibe una Mención de Honor en el Concurso Suburbano de Editorial Baobab, por su cuento "El Retrato", que integra el libro "Antología de Cuentos - Certamen Urbano y Suburbano 2001".

En Noviembre de 2001 presenta su libro "Cuentos del Olimpo" en el Café Tortoni, editado por Editorial Dunken. Participa asimismo en la 28ª Feria Internacional del Libro "Del Autor al Lector", firmando ejemplares en el stand de dicha editorial, en Abril de 2002.

Integra, como actor, compañías de teatro independientes, con las que participa en obras como "La Isla Desierta", de Roberto Arlt; "La Espera Trágica", de Tato Pavlovsky; "Mirasoles", de Julio Sanchez Gardel y "Cleopatra", de Bernard Shaw.

Actualmente se encuentra trabajando con una cooperativa de escritores a fines de realizar un lirbo de cuentos temáticos, auspiciado por la subsecretaría de cultura, que saldrá a la venta a fines del presente año.

Los cuentos que presenta en esta sección son dos versiones personales de antiguos mitos griegos, cuentos que integraron la primer etapa de su labor literaria.

"La huída de Ganímedes", presentado en esta sección, es el cuento que abre el libro de su autoría "Cuentos del Olimpo" que puede encontrarse en la sede de la Editorial Dunken, en Ayacucho 357, o en cualquiera de las librerías "Distal".

A los fines de comunicarse con el autor, su mail personal es: oraclejm@hotmail.com

 

 

  

LA HUÍDA DE GANÍMIDES

 

Contemplando en el estrellado cielo las constelaciones que toman forma para mí, vienen a mi mente las historias que la gran diosa, la que todo lo sabe, me cuenta cada día. Y sólo son una parte del inmensurable conocimiento que me ha sido dado en esta inmortal vida. Las estrellas danzan a mi alrededor dejando, con su roce, destellos en el oscuro cielo. Y en las imágenes me pierdo, aprendo, busco descubrir las respuestas a los más ocultos secretos. Pero las Moiras que dibujan cada día el cielo me ocultan una, la más importante de todas: si volveré a recuperar lo que he perdido.
Aquí, en el más alejado punto del monte Olimpo, hogar de los dioses, me oculto todas las noches, aunque sea sólo un momento, alejándome de las banalidades y obscenidades que me atormentan día a día, que intento evitar, pero no puedo. Y los hados saben que lo intento.
Conozco cada secreto de cada uno de los dioses que se alimentan del fuego mismo de la creencia mortal; cada inmoralidad; cada indecible acto de lujuria y desenfreno. Y soy el mero espectador del degradante espectáculo. Soy Ganímedes, copero de los dioses del majestuoso Olimpo, donde todo lo irreal toma forma, donde las palabras pierden sentido, porque en el hogar de estos seres míticos ya no pueden ser usadas.
Y hoy es el día en que debo escapar de aquí y volver a mi mundo de paz, a mi gente, a mi reino.
El triste recuerdo de aquel día todavía me atormenta, de aquel día en que, por un capricho divino, me fue arrebatada mi vida.
Corría en el monte Ida, en Troya, mi ciudad. Con mi séquito de cazadores que seguían a su príncipe buscábamos cazar una gran presa para sorprender al rey, y dedicárselo al gran Zeus, ahora mi carcelero en un castillo divino.
Mi vida en Troya transcurría en una feliz armonía, príncipe del más ostentoso reino del mundo heleno. El mismo Hilíades, el más importante escultor de todo el mundo conocido, me describió como el más hermoso mortal de mi tiempo. Todo lo que deseaba me era concedido. Siendo el primogénito del rey, fui educado por los más grandes filósofos, y aprendí todas las leyes de ética que hacen virtuoso al hombre. Y por ello ya no puedo vivir con esto. Mi vida era perfecta; mi familia sólo me daba amor, hasta que fui encerrado en este mágico castillo, donde en un principio me dejé engañar por la ilusión.
Pero volvamos a aquel día en que todo comenzó. Corría por los campos de mi futuro reino dedicados al dios, buscando lograr una excelente caza para sacrificar a Zeus en su fiesta religiosa. Recuerdo haber sido presa del frenesí de la caza, persiguiendo al jabalí herido por mis flechas, mostrando mi triunfo dedicado al rey de los dioses.
De pronto, de la nada, una gran sombra surgió; y la luz de Helios desapareció. La oscuridad cubrió la faz de la tierra. Levanté mi vista y vi a la gigantesca criatura. Era un gran águila, que se dirigía hacia mí. Cada segundo más cerca. Mis piernas estaban paralizadas, atrapadas por el terror. No podía moverme. Tomó mis brazos con sus garras y se elevó; me llevó tan alto que la presión, junto con el miedo, me adormecieron.
Al tiempo, mis ojos se abrieron y lo primero que vieron fue la luminosa forma de la hermosa Atenea, quien tapó mis ojos con su mano y me dio entendimiento. Entendimiento para concebir la nueva realidad en la que estaba inmerso, a fin de evitar que un descuidado intento fuera el último pensamiento racional que tuviera. Dejándome tomar por los brazos de la inconsciencia, me sumergí en la realidad del hogar de los dioses, más allá de la imaginación mortal, lejos de toda lógica y razón. Y pude entender este mundo, mi nuevo hogar, donde me esperaban nuevas tareas. A mi alrededor se encontraban todos los dioses mirándome fríamente, como juzgándome con desconfianza. No recuerdo qué me maravilló más, si la infinidad del divino palacio o la perfección de la forma de los dioses que me rodeaban en círculo.
Quien habló fue Zeus, aunque con tranquilidad, cada vez que emitía sonido su voz se escuchaba por todo el Olimpo. Me dijo que me acercara y, con miedo, me acerqué a su trono dorado. Entonces, me dijo que era el elegido para la tarea más digna a la que podía aspirar un mortal: ser copero de los dioses.
Miré a cada uno; el contraste era evidente. El oscuro rostro del mortífero dios de la guerra Ares se veía junto a la belleza personificada de la diosa Afrodita, que se presentaba desnuda ante todos. A su vez, su desparpajo era lo opuesto a la paz que emanaba Hestia a su lado, diosa del calor hogareño. A todos -tanto dioses belicosos como el del rayo, el del mar, o pacíficos como los del amor, de la sabiduría y de las praderas- ahora tenía que servirlos personalmente, y no podía imaginar un mayor honor.
De pronto, Hebe, la diosa de la juventud, se me acercó, y no pude dejar de notar el odio en su mirada. Estaba usurpando sus antiguas labores, sólo por el capricho de Zeus.
Tomó mi mano y la lastimó con su uña. Luego ella misma tajeó su mano y juntó las dos heridas. En ese momento me fue concedida la inmortalidad.
El tiempo pasó, y todos los dioses se sentían a gusto con mis servicios; les proveía el vino y la ambrosía con la que alimentaban sus eternos cuerpos en el palacio mágico. Pero, a la vez, el honor que alguna vez llegué a sentir iba decayendo con los días. No podía dejar de escandalizarme con sus acciones.
Cada vez que Dionisio vuelve de sus largos viajes por la India, temo con qué me voy a enfrentar al presentarme en las habitaciones del dios del desenfreno, del vino, del éxtasis desencadenado, de los ritos orgiásticos en los que participan sátiros y ninfas de los bosques. No puedo dejar de sentir vergüenza al recordar las veces que mis pasos torpes me hacen tropezar ante las desaforadas danzas adornadas de extraños colores y perfumadas de incienso, adorando a la deidad coronada de serpientes, todos sumidos en un estado de nirvana producido por las drogas aromáticas que inundan el ambiente.
Por otra parte, los actos de Afrodita siempre logran ser los comentarios de todos los dioses. Las infidelidades hacia su marido, Efestos, el dios cojo del fuego, con Ares; sus luchas con la diosa de la agricultura para poseer al bello mortal Adonis; y sus relaciones con cualquiera se le antoje; todas son presenciadas por mis ojos. Y mi corazón no puede dejar de acelerarse cuando me dirige su mirada celestial, recostada en su lecho de perfumadas rosas, mostrándome la desnudez indescriptible de su cuerpo, levantando su copa para que cumpla con la función que me fue encomendada.
El mismo dios que se hace llamar padre de los dioses, aquel que me ha elegido entre todos los mortales, engaña a su esposa real con cuanto ser mortal e inmortal se cruza por su camino.
Y la furia de Hércules, esposo de Hebe, y los engaños, los misterios, los actos de cada uno de los seres que debo servir día a día. Todo, todo es presenciado por mis ojos que sólo buscan volver a su antigua paz. Veo sus rostros y no logro entenderlo; a pesar de todo son felices. Cómo extraño la tranquilidad de la humanidad.
Quizás en quien siempre busqué apoyo haya sido Atenea, la gran diosa de la sabiduría. Ella me reveló todos los misterios de la creación, todos y cada uno de los interrogantes que invaden la vida mortal de los hombres. En su palacio, siempre me cuenta maravillosas historias. Mi favorita es la de la creación, en los albores de los tiempos, cuando sólo existía el Caos. De pronto, de la nada, desnuda, surgió Gea, la madre tierra. Era tan hermosa y joven, más allá de la descripción. Pero sufría de una terrible soledad. Entonces surgió el majestuoso cielo azul, tan galante y seductor, que la hermosa joven se enamoró. Entonces, en el primer acto de la creación, la tierra y el cielo hacen el amor. Siempre busqué a Atenea para que con sus historias calmara mis miedos.
"Todo lo inimaginable aquí te será dado, todo lo que desees en el Olimpo se hará realidad". Esas fueron las palabras de Zeus. Pero no me permitirá volver a mi hogar. Quedo recluido en este reino donde todo y nada se me puede dar. Hoy escaparé. Hoy volveré a mi hogar, y me alejaré de esta inmoralidad, para volver al mundo regido por las leyes en las que se puede vivir en paz.
Me incorporo y finalmente me decido. Veo a mi izquierda el palacio de los dioses y a mi derecha el camino que supuestamente me hará descender al mundo de los mortales. Desde el palacio se escuchan risas, gritos que podrían demostrar felicidad, pero me lastiman, me hacen daño, y ahora estoy seguro de lo que hago.
Corro, corro lo más rápido que puedo alejándome del banal palacio, hasta agotar mis fuerzas, como si alguien me persiguiera. Ya me siento agotado, y me detengo a descansar. Dirijo mi vista hacia atrás para ver cuán lejos queda el hogar de los dioses. Pero sigue allí, a mi izquierda, como si no hubiera comenzado a correr. En mi desesperación de no entender qué está sucediendo rompo en llanto y, cuando levanto mi cabeza, está frente a mí Hebe, quien, casi fríamente, seca con sus manos mis lágrimas y dice: -¿Piensas que podría ser tan fácil escapar de la morada de los dioses sin su consentimiento? Has sido elegido por el mismo Zeus, dios del rayo que atormenta dioses y mortales. ¿Piensas que puedes huir tan fácilmente?
Entonces Hebe señala hacia el sur y me dice: -Sólo hay una forma de que puedas salir de aquí sin ser parte de la familia divina. Debes dirigirte a los aposentos de Helios, y subirte a su carro solar, aquel con el que dirige al mismo disco solar todos los días, rodeando todo el cuerpo de Gea, sin que se dé cuenta. Sólo así podrás volver al mundo de los mortales. Pero, ¿sabes a lo que estás renunciando? Perderás la inmortalidad y todos los poderes que te fueron dados en este lugar.
Después de que pronuncia sus palabras, comienzo a correr hacia la morada de Helios. Pero Hebe me interrumpe: -Debes considerar algo más: en el Olimpo, el tiempo corre en forma diferente del mundo de los mortales.
Llego al lugar en que Helios guarda su carruaje tirado por blancos caballos dorados y me escondo en él, esperando que llegue la hora en que el viaje comience. La inmensidad del gran carruaje hace que pueda esconderme y que Helios no note mi presencia cuando toma el control de su vehículo.
La vista es maravillosa. El gran carro solar recorre todo el espacio y puedo contemplar todos los astros. Mi alma se regocija ante tal espectáculo, de tal forma que olvido la situación que estoy enfrentando y salgo de mi escondite, revelando a Helios mi presencia. Su mirada es fulminante. Siento un golpe en mi cabeza y todo toma color negro.
Al despertar, miro a mi alrededor y, aunque con dificultad, logro darme cuenta de que vuelvo a estar en la tierra. Pero la felicidad que pensé que invadiría mi ser no se me presenta. Todo a mi alrededor es humo y polvo que me dificulta fijar la visión. Los gritos son casi insoportables. La confusión de la guerra se apodera del lugar. No puedo encontrar una salida a este espectáculo de violencia y muerte, en donde los hermanos se matan entre sí. La sangre me salpica, y los guerreros de enormes cascos y pesadas armaduras ya no saben si están matando a sus enemigos o a los suyos.
Se escuchan los furiosos gritos de los heridos y un alarido desaforado de alguien que canta y baila en pleno frenesí. Logro reconocer a ese hombre, y me doy cuenta de que el rey Filipo está bailando torpemente sobre los cuerpos de sus enemigos atenienses, bañado de sangre en su totalidad, festejando su triunfo.
Pongo mis manos en mis oídos para no escuchar. Cierro los ojos para no volver a presenciar la mayor crueldad. Y logro entenderlo. ¿Cómo pude juzgar la inocencia de las pasiones, que nos hacen sentir vivos, que nos permiten respirar? ¿Con qué autoridad pude yo juzgar la mera expresión de los sentimientos, que a nadie hacen mal? ¿Qué intolerancia vive en mí, que genera tanto odio e inseguridad? Todo a lo que renuncié.
Y entonces, el cuento de Atenea vuelve a aparecer en mi mente. En el principio no había nada, sólo reinaba el Caos. De pronto, surgió desnuda Gea, la madre tierra. Era tan hermosa y joven. Pero sufría de una eterna soledad. Y luego surgió el cielo azul, tan galante y seductor que la joven se enamoró. Y en el primer acto de la creación, la tierra y el cielo hacen el amor. Pero, inevitablemente, llega la parte de la historia que siempre llena de lágrimas mis ojos. Ellos dan a luz monstruos.

 

 

SELENE

Calor. Viento. El atardecer tiñe el cielo de color escarlata, haciendo contraste con el azul del gran río que nutre las hirvientes tierras de este reino, que ahora cogobierno junto a la mortal más poderosa que los dioses vieron nacer. Aquella que se hace llamar hija de Isis, cuya hermosura e increíble inteligencia hizo subyugar al más poderoso de los hombres y liberó a su pueblo del dominio del gran imperio.

Soy Antonio, soberano de toda la parte oriental del gran imperio y legítimo heredero del gobierno de toda la gloriosa Roma, ahora usurpada por traidores y asesinos que la hicieron decaer desmoralizándola al punto más bajo que se pueda imaginar.

Bajo las escaleras de lo que alguna vez fuera la gran biblioteca de la hechizante Alejandría, mi nuevo hogar, el de mi familia y el centro cultural de todo el mundo. Artistas, escritores y filósofos de todo el mundo recorrían sus calles enriqueciendo la gran ciudad. Pero ya no es así. No lo es desde que se ha convertido en el refugio de mi familia, en el que esperamos nuestro cruel destino.

Dioses, ¿por qué los hados se han empeñado en traernos infortunios? ¿Qué nuevas calamidades nos esperan a los míos y al sueño de un gran imperio unificado? ¡No! ¡¡Terminaré con mi vida y con la de los que amo antes de verlos desfilando encadenados ante la malévola sonrisa del cruel Octavio!!

Me dirijo al puerto, ahora desolado, antes centro del comercio de todo Egipto, y contemplo el gran faro, considerado una de las increíbles maravillas de mundo. ¿Cuál será el destino de esta gran ciudad? ¿Un jardín para la satisfacción de los placeres del gran asesino, de aquel que ha traicionado el sueño del divino Cesar, entregándolo a sus enemigos, impasible ante el espectáculo de ver su sangre correr sobre el suelo del senado?

Contemplo el rojizo horizonte sólo para asegurarme de que el azul Nilo aún se halle quieto, que los barcos del gran imperio aún no han sido enviados a quebrantar nuestra paz.

¿Qué será de esta gran ciudad?

Sigo caminando, sólo para toparme con una gran estatua de oro que personifica a un admirable conquistador, aquel que dio origen a la dinastía de los tolomeos en este país. Esta estatua me muestra la entrada a la tumba del héroe, y allí veo su pálido rostro a través del vidrio que enmarca su lápida. Y no desvío mi vista de su rostro, como esperando una señal, un consejo, algo que me diga cómo seguir. Y, desenfrenadamente, grito: -¡¡Dime algo, gran Alejandro!!

De pronto, mis pensamientos son interrumpidos por los pasos de alguien que se dirige hacia aquí, corriendo. Y cuando escucho su voz aniñada cantando, me doy cuenta de que es mi hija, la pequeña Selene.

-Selene, ¿qué haces por estos lugares a estas horas? Sabes que lo tienes prohibido.

-No podía dormirme, padre. Toda la gente en el palacio no hace otra cosa que implorar a los dioses por sus vidas, y no paran de decirme que pronto vendrán los romanos para llevarme a la ciudad maldita como esclava. Me pondrán cadenas en las manos y en los pies, y me venderán al gobernador de alguna de las provincias romanas.

Abrazo a mi hija, le limpio las lágrimas, y me siento junto a ella en la entrada del templo. Lleva puesto su vestido dorado, con terminaciones labradas en oro en sus mangas y falda. Su frente adornada por la diadema real indica su status de princesa. Sus ojos, verdes como los de la reina, brillan humedecidos. Acaricio sus oscuros cabellos y le digo:

-No llores, pequeña. Nada va a pasar. No lo permitiré. Sé que las cosas no se ven bien, que parece no haber salida, pero recuerda cuál es el sentimiento que da vida a este mundo. Por más oscuro que parezca el futuro, ten siempre esperanzas, niña. Todo saldrá bien. Pero recuerda que siempre debes vivir con el orgullo de tu linaje. Siempre, pase lo que pase, serás una princesa legítima.

-¿Sabes de dónde proviene tu nombre? Es el nombre de la gran diosa que ilumina la tierra todas las noches y hace brillar deslumbrantemente a las estrellas. ¿Nunca te has preguntado por qué sale toda las noches a acompañarnos y a ampararnos? No es otra cosa que la esperanza lo que la hace comportarse así.

-¿Puedes verla allí arriba, siempre tan resplandeciente y llena de fuerza?

Hace mucho tiempo, tanto que ni siquiera los ancianos sacerdotes que ves en el templo de Isis todos los días podrían recordar, existían unos seres muy poderosos que gobernaban todo el mundo, aún antes de que naciera el mismísimo Júpiter. Se hacían llamar Titanes, y eran seres gigantescos cuyo poder no conocía igual en ese momento. Existían doce titanes, seis titanes y seis titánides, y dos de ellos formaron una poderosa pareja.

Sus nombres eran Hiperion y Thia. Juntos dieron vida a una hermosa niña, cuya belleza no encontraba igual en toda la creación. Esta hermosa niña vivió felizmente durante años, vagando por las estrellas y jugando con sus pares, tanto titanes como otros seres dignos de su raza. Era la única niña que tenían, por lo que era la hija de todos, y todo cuanto ella deseaba era cumplido inmediatamente.

Pero la niña creció, se convirtió en una hermosa joven y modificó sus sentimientos e inquietudes.

Un día, paseando por su mundo fantástico donde todo era luz y colores, encontró repentinamente una imagen que la conmovió. En lo alto de los cielos, había una gran luz que casi llegaba a cegarla. Intentó cubrir sus ojos con sus manos, pero la destellante luminosidad parecía atravesarlas, llamándola, atrayéndola hacia la figura que no paraba de brillar. Quitó sus manos de sus ojos, enfocó bien su vista y pudo verlo. Helios, cuya luz alcanza a todo rincón del mundo conocido, estaba frente a ella. Inmediatamente quedó obnubilada ante la figura que la llamaba, pero él dio vuelta su rostro y se alejó, a tal velocidad que la joven Selene no lo podía alcanzar. Intentó seguirlo, pero cuanto más rápido se dirigía hacia él, más rápido se alejaba. Entonces Selene gritó sollozando: -¡Vuelve a mí, cruel ser, no me abandones con la extraña llama que encendiste dentro de mí! Pero las palabras de hermosa joven de nada sirvieron para hacer cambiar de actitud al distante Helios.

Entonces desapareció, y en ese momento la odisea de Selene comenzó.

Buscó deseperadamente en cada rincón del vasto mundo, pero mientras lo buscaba en un lado, Helios estaba en otro. Siempre. Nadie sabe por qué los hados se empecinaron con esta pobre joven, pero no llegaba nunca a encontrarlo.

No lo podía encontrar, no sabía dónde más buscarlo. Cada paso que daba, más se alejaba.

Sólo despertaba cada día por la ilusión de que quizás pudiera hallarlo. Sólo dormía para que el tiempo sin él pasara más rápido, de modo que pudiera volver a su búsqueda.

Un día, Selene se dirigió a pedir consejo a la titánide Mnemosine, la más vieja de los titanes, que conoce cada misterio de este extraño mundo. La joven llegó a la gran morada de la titánide y quedó asombrada por las estatuas de mármol que adornaban los gigantescos aposentos. Las colosales figuras de mármol detallaban extrañas batallas ocurridas en el albor de los tiempos. Seres de extrañas figuras que jamás podía haber concebido su imaginación luchaban entre sí, debatiéndose la posesión del mundo.

Selene entró en el palacio de la titánide empujando los enormes portales de madera, y vio a Mnemosine sentada en su trono adornado por brillantes piedras preciosas. Estaba cubierta por una oscura túnica que sólo dejaba entrever su blanquecino rostro. Selene le preguntó qué podía hacer para llegar hasta Helios y para que éste aceptara su indudable amor. Entonces, Mnemosine se quitó la túnica, de modo que la joven Selene pudo ver como en su etéreo cuerpo se encontraban reflejadas todas las respuestas a las preguntas que acompañan las vidas de los mortales durante toda su existencia.

Entonces, Selene se enteró de la cruel verdad. Nunca estaría unida a Helios. El don más preciado para el luminoso titán era la libertad, y por nada permitiría que le fuera arrebatada, a tal punto que de niño juró por la memoria de Gea nunca dejarse atrapar por los lazos del amor. El cruel destino que la titánide de la memoria le había revelado llenó de lágrimas los ojos de Selene, quien salió corriendo del extraño palacio. Pero la revelación no quitó sus esperanzas, y siguió buscando al lejano Helios, cada día. Y jamás se detuvo. Selene envejeció y, sola, murió de tristeza.

Pero la fuerza que guardaba dentro de ella no decayó con su cuerpo, sino que se convirtió en un gran astro creado por la misma Gea, quien se compadeció del destino de la pobre Selene. Así, su alma fue encerrada en el gran astro luminoso.

Y hoy, cada noche, nos ilumina a todos nosotros ante el abandono de Helios y lo sigue con la esperanza de alcanzarlo algún día, sin rendirse, por más difícil que parezca.

Por eso, hija, por más difícil que parezca, ten siempre esperanza, honra siempre tu nombre.

La niña me mira atentamente. Para mi alivio, ya no está llorando. Me da un abrazo y juntos caminamos hacia el palacio. Selene se me adelanta corriendo a la entrada, donde la nubia esclava encargada de criarla le grita: -¡Selene, Cleopatra Selene, ven inmediatamente adentro! ¡La reina te está buscando desesperadamente!

Vuelvo a contemplar el horizonte a lo lejos del viejo Nilo, sólo para asegurarme de que aún no sea la hora.

 

 

 

 

 

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©  Temakel. Por Esteban Ierardo