|
"En
el gran vacío silencioso"
Omar
Khayyami
Aquella tarde de verano,
un grupo montado de pampas amigos
conmovía la tranquilidad del saladero. Figuras mal
entrazadas, melenas greñosas atadas con vinchas, desnudos
algunos hasta la cintura, cubriéndoles un pudoroso chiripá,
vestidos con bayeta unos y en chamarra otros, o sólo un
leve poncho sobre la piel bronceada.
Con
la montonera venía un criollo distinguible más por la
apariencia física que por lo que podríamos llamar
vestimenta. Un hombre de barba y bigotes no muy tupidos
que enmarcaban un rostro joven de rasgos firmes.
La
comitiva fue rodeada por el mujerío de mulatas y negras
de la servidumbre y un ruidoso coro de chiquillos que
correteaban en pata, desnudos, semidesnudos y
desarrapados.
Cuando
el patrón del saladero, alertado por el tumulto de
perros, mujeres y chicos, salió de las casas, quedó estático
frente al criollo del grupo, como si mirara un fantasma;
veía en realidad un aparecido.
-¿Hilario?
-más que preguntarle se preguntó a si mismo-, ¿Hilario
Tapary?, ¡coño, sí hombre, por todos los diablos! sabía
yo que tú llegarías algún día. -Y sin darle tiempo al
otro a contestar, continúa entusiasmado:
-¿Y
qué de los otros perdidos en San Julián?. ¡Hombre, qué
flaco y cambiado que estás!. De esto hace ¿cuánto, como
dos años?. ¿Y qué del gallego Santiago, y del Chino?,
pero ¿me vas a decir que has hecho todo el inmenso
trayecto tú solo y a pié?
Recién
entonces pudo oírse la voz de ese hombre delgado, de
mediana estatura, levemente más alto que sus acompañantes
nativos. El llamado Hilario dice lacónico:
-Acompañado
de mi perro Chamigo que quedó en las tolderías.
-¿Y
estás dispuesto a volver al sur?
-Por
eso estoy aquí don Domingo -contesta el paraguayo al
final de su inmenso viaje de casi dos años por el incógnito
territorio patagón.
1
Desde
que no se embarca más,
es decir, desde que no vuelve al sur, el hombre del viaje
se demora todas las tardes después del trabajo,
comentando con sus compañeros, en rondas de mate y
churrascada los hechos del día. Entonces, no siempre,
cada vez que le preguntan contará su peregrinar a los
mozos criollos, aquellos hijos de la tierra, esos
gauderios, que construían sin saber una nueva raza
ecuestre y sufrida.
-Debimos
irnos y apurados -cuenta Hilario y contará tantas veces
cuanto quiera contar. Yo acá no me quedo, le dije al
Chino, los pampas van a volver y si una vez nos llevaron
todo, la próxima seguro terminarán con nosotros.
-¿No
eran tres los que quedaron en tierra?
La
pregunta llega como dudando del testimonio. En algún
lugar de la memoria, la imagen de los tres hombres
despidiendo desde la costa a la tartana que se aleja rumbo
a Buenos Aires con su cargamento de sal.
Finaliza
marzo en San Julián. La avanzada colonial ha construído
un par de casuchas que usan como habitación y resguardo
de provisiones, enseres y herramientas. Levantan corrales
para las mulas, las cabras, ovejas y cerdos traídos
expresamente para establecerse como factoría estable.
Pero a poco estar, la nueva y reducida población recibe
la inquietante visita de aonikens, quienes, haciendo caso
omiso al derecho de propiedad y desconociendo toda idea de
robo, les llevan sin ningún pudor: ropa, aperos, arrean
con los animales, vuelcan los barriles de carne salada,
les tiran el tocino, el charque, los toneles de agua, la
yerba, se llevan el azúcar, el aguardiente y el vino,
desparramando el aceite, las semillas, mezclando todo en
una confusión violenta, como dueños desalojando intrusos
Desamparados
y temerosos, deciden irse cuanto antes de ese lugar ahora
latente de peligros.
-Sí,
éramos tres los que quedamos en tierra, pero cuando
llegaron los patagones, el gallego Santiago disparó al
desierto y se lo tragó la tierra, entonces nosotros...
-¿Quiénes?
-Yo,
el Chino y Chamigo cargamos con lo más necesario y ái
nomás le pegamos pal norte, siempre pal norte. Perdernos
no podíamos perdernos, sólo había que seguir la costa
del mar de donde sale el sol, así, si veíamos alguna
vela le haríamos señales de humo.
-¿Y
es cierto que los pampas de allá son gigantes? -pregunta
el gurí.
-Que
yo sepa, nunca vi pampa más alto que yo.
-Pero,
dicen que los patagones son gigantes don Hilario -insiste
el chico.
-No
sé, puede ser -comenta el veterano caminante sin
contradecir pero dejando abierta la leyenda. Serían de
otra tribu los que dicen que vieron, pero no los que yo
conocí.
Aspira
la larga pipa semi apagada y dice como para sí:
-Sí,
así es, así es...¡ajá!.
2
-Contá
paraguayo,
contanos cómo saliste del desierto.
Pero
los recuerdos no necesitan ser convocados, vienen solos al
llamado, son fieles y seguidores, como Chamigo, los
recuerdos.
-¡Llegamos!
-exclama Hilario al divisar de pronto desde una colina la
línea sinuosa y brillante del río todavía lejano.
Hace
un par de días, hace unas cuatro o cinco leguas que viene
cargando con tozudez el cuerpo sutil del Chino, pese a los
rezongos de éste:
-Deje
paraguaio, deje Chino morir en paz.. Pero Hilario no podría,
no sabría dejar a ese hombre sediento y moribundo en
medio del desierto.
-El
río Chino, ¿cómo es su nombre?.Fue a nombrarlo de
acuerdo a lo que había oído cuando pasaban frente a la
desembocadura rumbo al sur a bordo de la tartana San
Antonio.
-¿Cómo
lo nombraban en el barco?; ¿el desalado? -la palabra sonó
rebelde al oído.
-No
era el desalado. -Y mientras apoya en las rocas el cuerpo
exhausto, delirante de sed del compañero, va armando como
un rompecabezas las sílabas sonándoles iguales:
-De-sa-la-do,
de-se-a-do; -el asombro y descubrimiento:
¡el
río Deseado! -exclama, mas bien grita mirando la línea
de plata que zigzaguea entre la estepa abriéndose
arborescente hacia el mar.
El
Deseado. Y el nombre nunca fue más justo para esos
cuerpos cansados, esas bocas sedientas, esas visiones sin
referencias, esas mentes perdidas.
-Llegamos
Chino -repite cansado y eufórico el hombre guaraní-,
tenemos agua y comida seguro. Como si la visión del curso
de agua fuese de por si el fin del viaje, un signo natural
de civilización, un anticipo de calor de semejantes, de
gente, de casas, de gestos conocidos.
Pero
el Chino ya no sabe responder; su cuerpo y su mente se han
negado a continuar. Hilario lo observa y entonces
comprende todo, y como para ahuyentar lo que sabe, trata
de animarlo:
-
No me afloje Chino que estamos cerca -y mirando la
serpiente de agua aún lejana: Aguante un poco más, lo
dejo aquí y voy a traerle agua. Espéreme ¿si? ¿Qué
tardaré para hacer –trata de persuadir mientras calcula
la distancia- unas dos leguas? Aguante Chino que ya vengo
con agüita ¿si?, aguante chamigo.
Hilario
se aleja veloz, la sed y la muerte lo apuran.
Al
regresar reprochará al desolado silencio:
-Pero
Chino, no me afloje ahora.
Sin
embargo, ese hombre sobre las piedras es ya un sueño que
se aleja, tal vez con el corazón alegre, sabiendo en ese
definitivo instante, que su compañero le traería el agua
anhelada.
3
Hilario
mira atribulado
la línea malva de los cerros y el lejano horizonte del
mar de un azul fatal. Mira esos ojos oblicuos ya sin luz,
mira al compañero que se durmió para siempre. Hilario
mira y respira la muerte. "No se vaya chino, no se
vaya", se escucha a si mismo decir junto al silbo
patagón entre el ramaje espinoso. Un nudo amargo le sube
del abandono a la garganta. Sentado en las rocas deja que
un tiempo interminable lo anonade y la soledad encorve su
voluntad.
Antes
del atardecer toca con el reverso de la mano el cuello frío
del muerto: Te fuiste nomás Chino, -le brota resignado. Y
otra vez ingresa en el silencio
Pasará
largo rato extasiado y apático contemplando el espectáculo
de luces australes, de graduales modulaciones, de colores
sonando a bronces rojos y naranjas; golpes púrpura de
timbales precipitándose a los violetas que se funden en
un azulnoche, y, ya oscuro, dice: "Mejor así".
Aún
le queda algo de tabaco para llenar la pipa que le dejó
el capitán de la tartana al gallego y que éste abandonó
en su huída. El humo y la quietud de la hora en que todo
parece tomarse un descanso lo tranquiliza. Mira el cuerpo
yerto y luego observa al perro que más allá en el bajo
se entretiene corriendo liebres. "Buena hora pa
morir", balbucea ante el policromado cielo que también
se muere. Y tuvo lástima de si.
En
ese cuerpo ahora inmóvil encontraba la gratuidad de las
cosas. Quien lo abandonaba no era ese oriental anodino y
paciente, era el mundo, la gente del barco que lo había
dejado desamparado, eran igualmente aquellos rostros que
vivían más allá, en el saladero. Todo su conocido mundo
lo abandonaba en ese cuerpo andrajoso, ausente, leve y
ahora lívido. "Y aquí estoy: dejado, olvidado,
abandonado", entregado a ese vasto e implacable todo
que era nada. Y fue como un signo de salud que la nada le
ganó la mente. Luego se acostó junto al cadáver, tal
vez para darle calor en su último viaje o para no estar
él, sobreviviente, tan solo. Y así durmió sin culpas la
noche.
Al
amanecer hizo una pequeña cueva entre las rocas donde
depositó al muerto y lo cubrió de piedras. Levantó un
pequeño montículo y se alejó sin mirar atrás.
Ahora
carga el cuchillo del Chino y en la alforja algo más de
yerba, algunas lonjas de tasajo y otro chifle para el agua
que cuelga del hombro.
4
en
soledad.
solo
y en adánica soledad,
sin
nadie, sólo sin alguien. huérfano de todo mundo.
en
el silencio, en el inmenso silencio arcaico virgen de
hombres.
pero
en el silencio de los vuelos y sus sombras, en la soledad
del lagarto de dibujos caprichosos y del peludo cuis,
seres de la tierra profunda. en el silencioso rumor del
agua orillando la laguna; en la soledad marina de la playa
habitada por innumerables seres ágiles, volátiles,
soberanos de la luz; en el gallardo desierto de pastos
atardecidos o en el silencio nocturno de las piedras, de
los ojos de lechuza; en el silencio orquestal de la mañana
cristalina y en el sonido del viento que agita las plumas
del cauquén, del tero, la gaviota, soplo que juega con
los pelos rojizos de la mara, del zorrino blanquinegro.
caminó
en el silencio abierto y resplandeciente de ocultas flores
amarillas.
Y
ahí va, a la intemperie, protegido por sus breves
recuerdos de hombre joven, desterrado y enterrado en la
profundidad del espacio inexorable.
Es
alguien, un ser elemental, descarnado; una voluntad tenaz,
inquebrantable, una decisión obstinada y trashumante en
la inagotable inmensidad austral. No más que eso, un
hombre, es decir, un punto, una minúscula figura del
paisaje, un imperceptible movimiento listo a ser
confundido con algún animal en la monótona escenografía
patagona.
Anduvo
sin tiempo sin un antes y un después, sin mañana, sin
ayer. No contabiliza los días y no porque no supiera sino
porque no importa, porque este día no es más que la
continuación del anterior, sabiendo además que el de mañana
será como el de hoy: un eterno cambio de lo igual. Cada
despertar será la primer mañana de su vida, inaugurando
el mundo con sus pupilas vírgenes de nuevos horizontes. Nómade
de los tiempos, él es el viaje y es el camino, el
movimiento en la quietud, aquello que fluye sin causa,
inasible, el que cruza sobre un fondo permanente, la insólita
novedad en el arcano mutismo de las cosas.
En
la geografía inalterable y quieta, su cuerpo andante es
la insólita novedad del tiempo humano confundiéndose con
los lugares, un ser que se expande y se contrae, se
oscurece de cansancio con las sombras y se activa
nuevamente cuando llega, del este, la luz, su vida, su
oriente.
Caminó
por sinlugares donde cualquier pensamiento se ahogaría
apabullado por el silencio inmemorial del peso de las
edades. Traspuso horizontes sin saber que los cruzaba.
Caminó por extensiones que se dilatan como una huidiza
melodía pánica; por cerros repitiéndose intermitentes,
mesetas y bajos iguales a otras mesetas y a otros bajos,
paisajes recreando variaciones sobre si mismos.
Más
allá del horizonte, otros horizontes.
5
Lejanías
de lejanías de otras lejanías
vuelven y surgen del nuevo horizonte
que sin embargo es el mismo de ayer, igual al de mañana.
Horizontes de eternidades, líneas simulando límites,
falsos finales, términos inconclusos, sombras melódicas
obsesivas que día a día hay que traspasar. Sinlugares
callados del transcurrir sin tiempo.
Más
allá del horizonte, el horizonte.
Recorrió
aquello inabarcable, paso a paso, hora a hora y ésa fue
su iniciación el comenzar a sentirse parte íntima del
paisaje ancestral; participaba con su presencia efímera y
real, entrando a lo que siempre estuvo y estará por los
siglos de los siglos amén.
Más
allá del horizonte, los horizontes.
Ya
no se sintió ni estuvo solo. Dejaba de respirar como un
extraño, se supo idéntico a cada cosa que percibían sus
sentidos, de la misma materia del mensaje terrenal.
El
era todo Aquello.
Aquello
era él
Inmerso
en el silencio solitario, sintióse cuidado, como
protegido por el cuenco de la mano maternal de lo
absoluto.
Se
habituó poco a poco a un andar rápido y sostenido; la
alforja cruzada al hombro que cada tanto cambia para
distribuir el peso, las boleadoras atadas a la cintura
cuyo golpeteo contra la alforja amortigua con la mano.
Primero
será un caminar a ritmo entrecortado debido al abigarrado
monte de matas que impide andar libremente; luego,
adivinará senderos entre matorrales que sólo él
percibe, De esta manera pasó a un andar casi insensible,
liviano, deslizante. De a poco irá viajando más rápido
hasta que, sin darse cuenta, su cuerpo trotó.
Y
entonces trotó.
Todo
su andar fue un continuo trotar, trotar y trotar. Todo su
cuerpo trotó.
La
sangre le anduvo disparada, trotó, fluyendo y precipitándose,
los pulmones golpeándole el pecho, trotó, con las fibras
de los músculos, con los nervios en tensión y distensión,
así trotó, con sus piernas y sus ojos, al unísono su
cuerpo trotó y él fue un solo trotar y trotar, un solo
de trotar y trotar, trotar... trotar...Y con él, la
tierra trotó.
Se
irá acostumbrando al ritmo corporal de su sangre y la
respiración, a esa forma económica de desplazarse; ni
tan rápido que pudiera llevarlo al cansancio velozmente,
ni tan lento que pudiera confundirse con un caminar
apurado; más que trote fue un deslizamiento, el
desplazarse sin ruido, igual que Chamigo, que el zorro
gris, el puma o cualquier otro habitante nómade del
desierto.
Aprendió
ese cómodo y suelto andar natural, igual al zaino
brilloso y alegre que trotaba en el saladero. El suave
andar sin asentar los talones que conmueve la columna, un
transcurrir alado que permite pasar los pantanos sin
hundirse, leve, ingrávido, que lleva a trepar los cerros
sin esfuerzos.
6
Su
físico, y también su mente
se acostumbraron al ritmo, y recién
entonces fue dueño del espacio de su cuerpo y éste una
emanación de la tierra que camina. Eran sus piernas
nervudas las que sabían, ellas tenían memoria de un
territorio nunca recorrido. Era la disposición especial
del cuerpo que lo llevaba con una leve inclinación no
hacia el suelo, sino hacia delante, como buscando los
horizontes que se suceden.
El
no sabe, sólo su cuerpo sabe; esa máquina orgánica que
aprende más rápido que la mente, asimilándose a una
geografía nada piadosa, más bien cruel.
El
no tiene conciencia, no mide la vastedad del esfuerzo. El
es sus piernas y es sus ojos. Todas sus fibras acostumbráronse
al terreno sorpresivo y abrupto, al nuevo ritmo que
agudiza los reflejos siempre alertas a cualquier
movimiento del campo camuflado de peligros.
Cada
día aprenderá a trotar con menor desgaste de energía.
Sabrá vagar sin tropiezos, eludir obstáculos
imprevistos, como salir airoso de alguna cueva de tucu
tuco; aprende a respirar de otra manera, sin abrir la boca
que daña la garganta y los pulmones. Sus sentidos
elaboran una sutil percepción primigenia para captar el
alimento, el agua, la caída; como esa tuna que aparentan
no ver sus ojos pero que las piernas esquivan, y luego
vuelve para arrancarla con el cuchillo, pelarla y comérsela
con cuidado.
Y
así trotó, para olvidarse y sobrevivir. Anduvo, con la
sangre viajándole urgente.
Ahora
sólo entiende y escucha la sabiduría profunda del
cuerpo, ahora sólo sabe viajar de esa forma, es su manera
de adherirse a lo ausente. De esa manera acorta la
distancia, reduce el tiempo y se acerca a los asados de
novillo, a los mates y al aguardiente; pero sólo
trotando, trotando, trotando, trotando solo.
"Hay
que seguir, no puedo quedarme aquí, sería morir en ningún
lado, como morir en el mar, desaparecer en el aire"
-Hilario
no puede quedarse aquí, no, no puede, no puedo.
Su
voz sonó en la diáfana mudez del sinlugar, como
queriendo borrar la amenazante eternidad geológica con
las vibraciones del sonido humano. Su voz repercutiendo en
seres inmemorialmente callados de todo verbo, voz que se
sorprende a sí misma, sin eco. Su voz sonando llena la
soledad:
-
Aquí viene Hilario. ¡Heeeyy, aquí viene, aquí viene
Hilario con su fiel compañero Chamigo! ¡Aquívoooyyy!
-grita exorcizando el silencio inefable que lo envuelve
perturbándolo.
-¡Aquííiiiiii,
Hi-la-rioooooooo -ahuyentando el caos inconmensurable de
lo mismo destinado a guardar para siempre sus secretos.
Grita, para que sus rastros no los borre ni el tiempo, ni
el viento, las distancias. Grita, inaugurando inocente un
nuevo caos.
7
Sabiendo
que su dirección es
siempre el norte, teniendo a su derecha el mar, comprendió
que no debía desesperar, que tenía todo el tiempo del
mundo para él. Supo, sin saber, se lo dijo el instinto,
que si no se detenía, si no se tomaba su tiempo no llegaría
a ninguna parte. Tiempo para descansar, tiempo para
caminar, tiempo para comer y cazar, tiempo para cada cosa:
¿dónde escuchó eso?.
También
aprendió que demorarse era avanzar, y que no siempre el
que va más rápido llega antes. Llegar llegaría, un día
más un día menos llegaría, pero si no apaciguaba las
ansias, si no tranquilizaba su andar nunca llegaría.
Entonces
dejó de sentir el apuro por rebasar horizontes. Y como
siguiendo un oscuro mensaje, adoptó el ritmo oculto de
las cosas, sabiendo que igual superaría los más lejanos
confines pero sin el anhelo angustioso de rebasarlos. Así
le fue creciendo la paciencia del cazador primitivo, capaz
de esperar horas y perseguir por días al animal buscado y
darle alcance, compartiendo luego con el perro amigo:
picanas, caracú, alitas, costillares.
Ahora
lo vemos cruzando una pampa al trote, trepa cerros sin
esfuerzo afirmándose en los dedos de los pies; asciende
por la ladera, avanza sobre la meseta, cruza el otoño al
trote, llega al fondo de un cañadón, se mueve sobre la
piel del silencio.
Se
detiene. Sólo escucha su respiración y el acelerado
jadeo del perro, ronco, cavernoso. Nada más se escucha,
ni siquiera el canto delgado y solitario del chorlito
sobre la rama, nada. Cubierto por el silencio continúa
atento y cansado, cruza el cañadón siempre trotando,
salta una zanja seca y se aleja, se aleja.
Desaparece.
Anda
andariego, y andando, a cada paso se distancia y en cada
paso se acerca a la memoria y lo alejará del olvido.
La
figura, desdibujada y perdida vuelve a emerger nítida y
constante. Hilario va, sin ideas, sin hogar, sin mujer,
sin más país que el país que pisa. Sólo tiene ciertas
imágenes que cada tanto vuelven, recurrentes, ciertos sueños
y pesadillas. Vuelven los recuerdos verdes de su tiempo
verde, de ríos soleados y pájaros multicolores mientras
sigue indetenible por la pampa parda.
Lo
vemos desplazarse por un faldeo, pero ahora desaparece
tras esos matorrales gris verdosos o en aquella hondonada
semioculta. Pasa cerca de un calafate que se demoró en
sus frutos y que recoge como una ofrenda del paisaje.
Hilario, esa figura patagónica que escupe las pequeñas
semillas que le dejan la boca hambrienta teñida de un
violeta rojizo. Un fantasma escurridizo, una nube
terrestre, un breve viento corporal el que rodea un monte
de molle, el que ocupa el vacío silencioso de presencia
humana.
8
No
está perdido, pero es un náufrago de silencios,
de frío, de distancias. El sabe que todo lo que debe
hacer es persistir en el ritmo conquistado.
-Trotando
livianito llegaré, si, llegaré, sí que llegaremos
Chamigo, sólo hay que aguantar, aguantar como los
patagones.
Y
andando comenzó a sentirse gente del sur.
Haciendo
del andar su destino, adquirió imperceptible el aliento
del lugar, integrándose a cada paso a la atmósfera
ilimitada que lo envolvía, Han dejado de serle extraños
esos lugares de mesetas ventosas y cañadones, de playas
pedregosas y acantilados. Intuye ser parte consustancial
del suelo que recorre, se sabe y se siente tierra que
anda, es decir, hombre del sur.
Y
en medio de la tarde interminable grita:
-¡Hilario
patagón!. Grita bajo la bóveda serena, grita más allá
del horizonte, grita:
-¡Hilario
patagón! ¡pa-ta-gón!, ¡aquí va un guaraní patagón!
Y
por vez primera se escucha en plena estepa austral el
hondo y feroz sapucay, grito sagitario perforando el vacío
y el silencio atribulado de las cosas.
Anduvo.
Continuó por delgados senderos rastrillados pacientemente
por ¿manadas de guanacos?, ¿zorros persiguiendo liebres?
¿baguales, pumas?.
Anduvo
por líneas ocultas y perdidas. Por esos mismos rastros
sigue el nómade para no demorarse en los sorpresivos obstáculos
del territorio inédito.
En
el instante que pisaba la sombra de un aguilucho planeando
sobre él, lo escuchó chillar, como si al pisar la tierra
sombreada hubiera aplastado parte del cuerpo del ave. Alzó
la vista: "Seguro hay algo muerto cerca". Se
detuvo, olfateó el aire pero no sintió ni vio nada fuera
de lo normal. Tanto la vista como el olfato no habían
percibido nada, pero el silencio insólito con el que se
encontró de pronto le hizo sospechar que algo o alguien
había, tal vez un puma o varios pares de ojos de
tehuelches.
Chamigo
huele a otros hombres, ese olor agrio de cuerpos humanos,
pero es un olor que viene enredado con la grasa de foca,
de cuero de guanaco; es un aire turbio que no puede
distinguir bien aunque sabe que es de otros hombres, por
eso rezonga y mira al solitario y después lo sigue.
De
improviso, de la vertical tranquilidad del campo, se alza
un remolino que dibuja un frenético solo de danza
evanescente y veloz en insólitos y caprichosos
desplazamientos, para luego desaparecer, tan intempestivo
y fugaz como surgió.
Asimiló
el viento sin resistirlo. Aprendió andar en él y
aprendiendo con él se dejó ir como pez en mar de fondo.
Que cuando el duende de la inmensidad ondea coirones y
pastos y ramajes y sacude amenazante al calafate, cuando
provoca inmensas polvaredas amontonando colchones de médanos
entre las matas; cuando fluye indetenible por el páramo y
trepa lejanías: todo un mundo se pone en movimiento. Son
las entrañas abismales que al hacerse escuchar, callan y
se refugian temerosos los demás seres.
9
Vagó
por días, empujado
o detenido por el fantasma de la vastedad. Anduvo a su
merced, en medio de densas polvaredas que recorrían todo
el día, de la mañana a la tarde púrpura, calmando sólo
con la noche para continuar otra vez al otro día,
insistente, incansable, abrumador en su danza de abismos.
Así
cruzó el país del viento, como una ráfaga más en el
territorio intemporal de su aventura
En
una pequeña pampa pedregosa y pelada (visitada y
trabajada por el aire frío y seco, por el sol, la nieve y
los siglos, los veranos, el viento, por las lluvias y las
noches heladas, por el granizo, el tránsito de las
fieras, las estaciones), dieron caza (hombre y perro) al
chulengo perseguido desde la tarde anterior, la pasada
noche y todo el día completo hasta esta tarde. Ahí mismo
lo carneó, después de degollarlo y beberles (perro y
hombre) la sangre. El hombre se puso la res al hombro y así
caminó buscando en una hondonada cercana un lugar
protegido para disfrutar (cazadores hambrientos, cansados
y flacos) una carne fresca y tierna y un cuerito de lana
rubio canela y blanca para abrigar.
Al
calor de fuego y con la modorra que deja el alimento,
asoma el deseo. Como una brisa lo invade la imagen
turbadora de la mujer, la renegrida selva de su cabellera
enmarañada sobre los pechos donde canta el placer, la
confusión carnal, las urgencias y el sorprendido
estallido del fundirse en ella.
Memoró
mulatas y negras de amores frenéticos, de cuerpos
cimbriantes sobre el pasto fresco, en un paraíso de
juegos sensuales bajo el sol, cuerpos oscuros, exigentes,
fulgurantes de sudor y saliva. Sólo me falta ella. Dice,
y se ensueña.
-Hemos
andado tanto que se acabó el mundo.
Desde
una altura dominante comprobó que se encontraba en el
centro de una vasta curva que formaba el mar entrando en
el continente.
-¿Habremos
hecho la mitad del camino Chamigo?.
El
perro que avanza unos metros por delante se detiene y lo
mira, las orejas levantadas con atención, espectante,
escucha que el hombre dice:
-¿En
qué lugar del reyno estaremos?
La
línea de la costa se repite interminable. Hacia el norte,
una eminencia puntiaguda y nevada en su cima rompe la línea
horizontal y trapezoide de la meseta. La amplia visión
resulta sedante y permanece un largo rato mirando
extasiado la vasta y azul y límpida y abierta superficie
marina. Luego desciende el cerro de arenisca, de cantos
rodados, recorre una extensa playa de arena, y al final de
la misma y al borde de altos acantilados encuentra la
desembocadura de un arroyo. En el zanjón, provocado por
el curso de agua y protegido por altas y tupidas matas de
un sólido verde, pasará un par de días a cholgas,
cangrejos, pulpos, mejillones, lapas recogidas en la
restinga que descubre la bajamar.
¿Quién
pudo haber visto a Hilario?
¿quién
pudo haber observado al mimético, al móvil, al
infatigable errante guaraní?
Imagino
las asombradas miradas de alguna tribu de tchonekas; pero
más aún lo vieron saberbias, interminables manadas de
guanacos rubios y pardos cubriendo laderas,
10
hondonadas
y veloces distancias;
y también, curiosos charitos grisáceos, los cuellos
alargados de sorpresa; y avestruces patudos, confundido su
plumaje plomizo entre el gris parduzco de las mesetas; lo
siguió la vista macroscópica del cóndor, cuando aún
planeaba de la cordillera al mar; los vieron tantos y
tantos atemporales seres atravesando migrante, inocente
como ellos, el otoño austral.
¿Quién
pudo haber visto a Hilario?; quiénes sino el pululante
mundo de seres vivos poblando la virginal estepa patagónica.
-¡Chamigo!
-llama el andante, sin saber que el perro ha olido al
piche, por eso escarba intensamente y al oír el grito
levanta la cabeza, el hocico lleno de tierra, las orejas
tiesas, atentas, y vuelve otra vez a mirar y escuchar con
detenida y nerviosa atención la cueva.
El
hombre vuelve a silvar llamándolo, y el animal, inquieto,
levanta la cabeza para mirarlo, pero ahora la indecisión
se apodera de él, no sabría si seguir la caza o volver
al hombre; entonces lanza un par de ladridos rápidos,
cortados, nerviosos hacia el bípedo y hacia la cueva,
pero fiel y obediente retorna al trote donde se encuentra
Hilario.
En
sus días habrán noches en las que, cubierto por los
cueros, y Chamigo a sus pies (seres pedestres abrigándose
mutuamente) sabrá espiar cómo brota desde los confines
del mar, el astro de la noche, descubriendo con su luz
plata la negra línea horizontal que separa el cielo del
mar y proyectando sobre la superficie tenebrosa un sendero
dorado que llega en oleadas centellantes hasta la costa.
Luego, ya elevada, la esfera naranja y oro reverbera
lentejuelas marinas, y momentos después, definitivamente
alta, la plenilúnica claridad ilumina la noche oscura,
indescifrable y helada.
Hilario
observa admirado, sin pensamientos el fantasmal paisaje
nocturno. Abrumado y supersticioso ante Aquello le invade
un antiguo temor pánico que le viene de su orfandad ante
la inmensurable presencia del Todo; es entonces cuando un
estremecimiento de fragilidad humana le recorre el cuerpo
y se acurruca bajo los cueros resguardado en el olor cálido
de su cuerpo, el cuerpo que es todo su hogar. Acurrucado,
más cerca del fogón, ahora de brasas rosada y grises ya
casi apagadas.
Otras
noches, no será la luna sino un vértigo de negro cielo
transparente lo que sus ojos y corazón admirarán: un
jolgorio titilante, una miríada de luces inalcanzables
que emiten desde la nada señales misteriosas, un revuelo
de nebulosas, una frondosidad de estrellas de donde se
descuelgan veloces algunas viajeras dejando surcos
inefables sobre el telón de la noche. Absorto en las espléndidas
constelaciones que dibujan figuras mitológicas, sabrá
-se lo dirán los tehuelches- que esas formas alargadas
allá arriba conocidas como Cruz del Sur, la nombran –y
eso es lo que parece- Las Patas del Avestruz; porque son
dos, ahí están, yendo al sur: ¿vos Chamigo viste un
avestruz con una sola pata? La pata en el cielo, en el
suelo del cielo del avestruz. El cielo de todos.
Y
en ese estarse quieto contemplando tanta gloria, sintió
que él también y con él Chamigo y con él todo el campo
y todo el mundo: el viento, el agua, la noche, movíase
siguiendo el oculto ritmo que cada ser comparte y cumple y
lleva dentro de sí; el inefable ciclo que provoca el
aparecer y desaparecer de todas las cosas sin causa y sin
objeto. Siente en silencio el unísono de las cosas. El
también es Eso.
11
Y
contemplando arrobado el firmamento,
con la cabeza que descansa en las palmas de las manos, se
dormirá inocente, callado, cansadamente solo, cubriéndose
en sus sueños y cobijado por la noche.
Y
una mañana, al abrir los ojos, se le presentó en una
suerte de pelusa de cristales blancos, de aire áspero y
cortante, de tierra endurecida y cuerpo entumecido el
esperado y temido frío.
Se
estiró bajo los cueros y el rezongo del perro le respondió
a sus espaldas. Se desperezaron.
Volvió
a encender el fuego con las cenizas y brasas cubiertas con
piedras durante la noche. Cortó un pedazo de carne asada
tirándosela como al descuido al animal que, atento, la
caza en el aire y de un bocado se la traga. Calienta en
las brazas otro trozo para él, y mirando el campo helado
comenta:
"Habrá
que darle pata Chamigo que se nos viene el invierno".
Después
de churrasquear, acomoda las pocas cosas en la alforja y
se pone nuevamente en camino. El aire severo y fresco del
amanecer le hizo lagrimear. Con las manos bajo los sobacos
adopta el ritmo adquirido, ese andar incansable, llevador,
reemprendiendo el viaje alucinante que bajo el frío de la
helada se asemeja a una disimulada huída.
Un
vagamundo famélico, huesudo, con su mata de pelo hirsuto
que le cae sobre los hombros y le oculta casi el rostro
barbudo, seco, cuarteado por el frío. Errabunda figura
cubierta de cueros de chulengo, el cuerpo embadurnado con
grasa de foca, maloliendo; con la piel de foca cubiertos
los pies protegiéndolos del hielo que el viento vuelve más
penetrante.
Ese
hombre, asediado por el inmenso páramo retorna a sus
mejores recuerdos:
-¿Cómo
era Chamigo esa música que cantábamos en la Misión?
Haciendo
un descanso trata de recordar.
-No
la de la iglesia sino la otra, ésa que el maestro tocaba
en el violín? -mira absorto la lejanía-, suavecita era,
suavecita y finita como la cintura de la moza de ojos
negros.
De
sus interiores le llega como oleadas la melodía barroca,
rítmica, alada, inverosímil en ese entorno, pero
conciliadora y alegre. La melodía contrapuntística y,
como él, en fuga, lo mantuvo de buen ánimo todo el día
y otros días acompañando su pedestre soledad que
danzarines aires lo hacían sentirse un ser distinto en
ese mundo de severa indiferencia.
-Cuando
el coro cantaba parecía una bandada de pájaros
levantando vuelo. Volando, como aquella punta de flecha
allá en el cielo Vandurrias
migrantes cruzan al norte llenando el aire con un sonido
seco de madera hueca mientras se alejan leves, airosas,
libres de espinas y de piedras.
-¿Se
cansarán de volar los pájaros como nosotros de andar?.
La
respuesta viene del agitado aliento del animal que lo
observa desde un promontorio, se pasa la lengua por el
hocico guardándola con un veloz movimiento de tragar
saliva, se queda inmóvil sin respirar, escucha atento y
vuelve otra vez a abrir las fauces para tomar aliento y
respirar, la lengua colgada, rosada, babosa y refrescante.
12
Son
dos días caminando en la nieve
y en su cuerpo se ha instalado el frío
como una enfermedad perversa. El cielo límpido y celeste
contrasta con las sombras violáceas de las laderas sur de
los cerros de donde proviene un aire lacerante que le
talla un rostro de distancias y de hielo.
Pero
el cielo azul de la mañana se irá tornando gris metal a
media tarde. Y otra vez, oleadas y oleadas de infinitos
copos interrumpidas por remolinos de viento blanco le
cubre la visión, lo desorienta. Un deslumbramiento sutil
y callado se desploma gélido e implacable sobre el mundo.
Blanco plata en la gris tormenta. Frío blanco en la
desolación helada.
Con
la nieve hasta las rodillas, los pies son plomos dolientes
de humedad. Caminar es hacer crecer el cansancio, sin
embargo debe superar la meseta donde transita y llegar a
un bajo protegido de la tormenta pese a que no puede ver más
allá de unos pocos metros, espiando entre las pestañas
que se cubren de hielo la blancura enceguecedora.
Con
la barba blanqueada de hielo su figura adquiere un aspecto
fantasmal de anciano al que le cuelgan de bigotes y cejas,
estalactitas; es la viva imagen del tiempo irreparable.
Las pestañas cubiertas de hielo le impiden abrir los ojos
mientras avanza en la ciega cerrazón como empujando el frío
compacto, denso, material. Así y todo camina sobre
la
nieve que es leve, evanescente y continua, parecida a un
ácido dolor blando mientras el sudor se congela en el
magro cuerpo que se hunde entre espesas nubes plomizas.
Vaga al azar, en una fría y dura y cegadora luz que lo
torna invisible, cubierto del profundo blanco, una liviana
blancura que se hunde a sus pasos; sólo alcanza a
percibir las huellas hambrientas y alegres de las liebres,
huellas de zorro, del puma marcando los pelos de su panza
en la nieve crecida.
La
fatiga lo doblega. Los cueros que lo cubren, empapados de
nieve pesan como una pena eterna. Hilario escucha al perro
que tras él se queja de cansancio, para el animal cada
paso es un salto en la hondura de la nieve.
-Vamos
Chamigo, vamos. Dicen que si en la nieve te quedás quieto
y te gana el sueño seguro que te morís.
El
cansancio como un perverso y constante dolor de herida
blanca.
-Si
te dormís te morís dicen, eso dicen: si te dormís te
morís. -Dice.
Largas,
pausadas, espesas bocanadas de vapor escapan de su boca.
En un acto de maligna magia desaparecían las cosas, borrándose
toda distinción de cielo y tierra, todo el mundo era un páramo
de nubes.
Camina
en una niebla que lo cierne como mortaja. Camina sobre la
pura nada blanca que lo enceguece. Vaga por un espacio
amorfo, indiferenciado, en una luz sin fondo ni
perspectiva, donde el arriba y el abajo se han disuelto, y
alrededor sólo la turbia nada, un espacio sin referencia,
sin contraste ni matiz, un cuerpo sin sombra.
Busca
algo que permita un descanso, que apacigue tanto
deslumbramiento, tanta disonancia incolora, aplastante,
violenta y fría, sin más apoyo que el peso cansado de
sus pies.
"Hay
que seguir, hay que seguir nomás, seguir y seguir...
seguir" - repite para animarse la joven figura
anciana.
El
vaho cristalizándose en el aire espeso. No es más que un
fantasma producto de la desmesura, transido de un dolor de
hielo, impulsado por su tenacidad salvaje.
13
La
tormenta hace un claro por
el que se observa, al fin, la interminable extensión vacía
del mar.
"El
mar, donde sale el sol". –ya no está perdido, sabe
la dirección que debe seguir. "Hacia el norte,
siempre al norte, siempre al norte..."
La
sombra cubierta de cueros resulta un punto gris y móvil
en el desierto nevado. El sol asoma entre las nubes rápidas
que el viento despeja; y entonces es testigo gratuito de
una apoteosis aúrea sobre el páramo helado. Una luz
dorada cubre de esplendor el paisaje blanco. La sombra
azul camina su orfandad sobre ese mundo de oro sin
entender tanta frío fulgor. Pero fue solo un rato, un paréntesis
brillante, un único golpe de luz en que el oro alumbró
sobre las cosas y se apagó.
La
tarde cruzó rápida seguida de tinieblas, y en el umbral
de un silencio inmenso y sagrado, el solitario nómada
apenas es una sombra difusa bajo el sudario tenebroso y
helado.
Las
piernas se resisten a seguir. En una mata alta y frondosa
y con las pocas fuerzas que aún le quedan, escarba con el
cuchillo buscando la tierra seca para refugiarse exhausto,
definitivo, cayéndose en el cansancio.
Un
ser de la inmensidad cubriéndose y en posición fetal
murmura junto a su perro: "Hay que seguir Chamigo,
descansamos un poco y seguimos... porque si te dormís
Chamigo te morís".
Pero
el agudo, el quemante frío le desgarra no ya la carne,
también la voluntad, y siente que resbala hacia un sueño
dulce que lo guarda que lo cuida y lo apaña, es una nube
blanda y bondadosa, una canción maternal. Un piadoso
sopor lo invade y se adormece.
se
está estamos bien Chamigo estoy bien está
ya
no hacen falta los mates ni el charqui ni el agua ya no
hay que caminar más
los
ojos se apagan bajo la lengua tibia del sueño con la
imagen de ella y su mirar de brasas que llaman lo llaman
regresan esos ojos del verde soleado llegan al blanco
austral gruñe chamigo en la tormenta ahora regresan no me
dejen en sanjulián sus ojos negros destellos amables bajo
las cálidas sombras la sonrisa carmín relinchos de
baguales en el saladero cánticos del coro ¿dónde? más
allá del viento gris canto misional sobre blanco difusas
siluetas del grupo patagón emergen verde tropical blanco
hieloazul se escuchan ladridos familiares apagados si te
dormis viento afiebrado figuras figuras en un fondo de
oscura selva donde juegan relámpagos nocturnos te morís
junto al inalcanzable verde vegetal contra el blanco hielo
si dormís la noche verde claro te morís callejón de sueños
alegres del dul ce sueño cristalino si
dor
mís si dor ssi
14
Pagina
en blanco
15
-¿Se
durmió don Hilario?
-¿He?
-vuelve el viejo abriendo los pequeños ojos en ese rostro
oculto en la semipenumbra que el rescoldo proyecta sobre
la breve estancia de adobes ahumados- no gurí, miraba pa
dentro nomás.-Casi se le cae la pipa, don. La pipa hecha
por las manos callosas del hombre sentado sobre una cabeza
de vacuno. El fuego remolonea su calor en tonos naranjas y
en ocultos azules. Sobre las brasas, una negra pava
comienza a cuchichiar su tibieza para los últimos mates
del día.-Recordaba nomás. Dice ese hombre de barba gris
que ya no espera nada, dice en un decir pausado como la
tarde tranquila de la pampa.¿Y qué recordaba don
Hilario?-Tiempos menos tranquilos.
Aquel
viaje volvía cada vez con más insistencia a su memoria.
La vida vivida se presentaba más actual y fuerte que este
presente tan remoto como insulso. Durante la travesía había
vivido como en un estado de continua exitación, en
permanente alerta, predispuesto al peligro, a lo
imprevisto. Era, recordaba, como cuando vivía arrebatado
por aquellos ojos de la cálida muchacha guaraní, así de
transido, parecía un amor que regresaba, insistente,
provocador. Sobre el camastro sueña sin sueño; no es
aquel de los párpados pesados y el agobio del cuerpo que
lo desplomaba en la nieve, es un ensueño que viene como
imágenes de su vida, esas que fueron construyendo su única
e intransferible experiencia, esa vida que añora como si
no hubiera sido de él, pero en cambio su cuerpo memora
las vivencias. Igual de desesperado se aferraba al
embeleso de aquellos ojos renegridos, aquella cabellera
esponjosa, cálida, oscura, cuando verla era provocar un
volcán dentro del pecho, un dolor de puñalada amorosa.
¿Es el cuerpo que se siente viejo y convoca los recuerdos
para aplacarse? ¿Le anuncian sus sentidos una experiencia
nueva y definitiva?Vuelven las imágenes en visiones
superpuestas: niña donosa de ojos selváticos, figuras de
tehuelches ecuestres recortados en la nieve, la proa del
barco hundiéndose y saliendo airosa de las olas frías
del mar del sur, instantáneas de su fiel Chamigo "mi
viejo perro, hace tanto, hace ya tanto...".La vida ¿o
el recuerdo de la vida entrándole por los sentimientos?
¡Ah su vida, su vieja vida!, y este cuerpo que pesa y
cuesta levantarlo.Sale la sombra del rancho, va en busca
del oscuro, viejo y manso como él, atado al palenque.
Monta y se aleja sin ruido, sin perros, sin testigos, como
un fantasma, un olvido, iniciando un viaje del que nadie
sabrá decir nada.
Y
él, habiendo navegado el mar tantas veces, habiendo
surcado los cálidos ríos de su niñez, pero que sólo
una única vez cruzara aquel inconmensurable país del
sur, sólo esa vez sería suficiente para marcarlo tan
hondo durante toda su existencia, hasta esta tarde
encaminada hacia la noche de su día.
16
Volver,
retornar a esa tierra
de un payé tan especial y
misterioso. Ahora va, cabalga hacia la boca de la noche,
con la misma decisión con que salió de San Julián y era
joven y llevaba en su mirada una embriaguez de horizontes
inalcanzables. Va hacia el oscuro enigma de aquellos ojos
negros que siempre lo acompañaron y ahora lo llaman, lo
llaman "Hilario". Te llaman Hilario. Ya noche,
la mujer que se demoró charlando con la vecina entra al
rancho a oscuras:-Hilario ¿te preparo unos mates? Separa
el cuero de potrillo que divide la cocina de la pieza y
pregunta:-¿Hilario?
Angel
Uranga. C.Riv. marzo/julio/1998.
17
Noticias
acerca de Hilario Tapary
"Hilario"
es ese personaje brotado del trasfondo de la historia
patagónica.
Nó;
mejor corrijo: "Hilario" es el personaje que fue
creciendo desde los pies de corredor pedestre, como una
suerte de obsesión telúrica y deportiva.
Desde
otro lugar, Hilario Tapary fue ese personaje de quien el
polígrafo Pedro De Angelis rescata del olvido en su
monumental Colección
de Obras y Documentos relativos a la Historia antigua y
moderna de las Provincias del Río de la Plata. 1836/37.
En
suma, "Hilario" es una narración que surge a
partir de la lectura de la primer recopilación histórica
argentina, la cual retoma el relato manuscrito asentado en
el Cabildo de Buenos Aires por alguien que, a su vez, lo
toma de declaraciones de un iletrado guaraní.
La
Historia:
Estamos
en 1753, el empresario bonaerense Domingo Basavilbaso, dueño
de saladeros, remite a San Julián una tartana para
extraer sal y establecer una factoría.
En
el sur y habiendo llenado la bodega de la pequeña
embarcación, ésta parte el 14 de marzo, rumbo al río de
la plata quedando en el lugar, junto con animales, armas y
todo tipo de provisiones para instalar la factoría, tres
personas: un gallego de nombre Santiago, un "natural
de las Indias Occidentales" y un indio guaraní,
Hilario Tapary.
Cuando
meses después vuelve la tartana a recalar en San Julián
por un nuevo embarque de sal, encuentran el lugar
desierto, sin rastros de la avanzada civilizadora, mejor
dicho, con los restos de ésta. ¿Qué había pasado?.
Sucedió
que los nuevos habitantes del lugar recibieron visitas de
los nativos quienes, desconocedores de los derechos y
bondades de la propiedad privada, arriaron con cuanta cosa
les interesaba y hasta con lo que no les servía. Frente a
esta situación de desamparo y temor, el gallego huyó
tierra adentro perdiéndose para siempre, mientras que el
guaraní y el "chino" decidieron volverse a los
Buenos Aires: ¡a pié!.
En
la terrible travesía, en el invierno patagón, el chino
muere de sed y agotamiento, mientras Hilario será
rescatado por los nómades con quienes retorna (enero de
1755) al saladero de Basavilbaso tras pasar una temporada
en las tolderías.
Hasta
aquí la historia.
La
escritura es un palimsesto donde se vuelve a escribir lo
escrito alguna vez en torno a una experiencia que en otro
momento fuera contada. Relato sobre relato, texto
superponiéndose al mismo texto que narra lo mismo. Puente
semántico sobre el tiempo. Porque, es cierto, escribimos
para no olvidar, ya que el olvido es el otro nombre de la
muerte.
Entonces,
se escribe para no morir.
N.B.
(este
relato lleva por firma HUENCHULEF, no Angel Uranga).
|