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   LOS AMIGOS ÁRBOLES

   Pequeñas historias de árboles ciudadanos

  Por Girala Yampey


 

Presentación. Una isla en el río 

Sobre el autor

Los amigos árboles

 

Presentación

UNA ISLA EN EL RÍO

No hace mucho, iba llevado por el Río, navegando en mi modesta canoita, en procura de poner distancia del bullicio ciudadano. Ella, brincaba con mi alegría, bogando en ancas del suave oleaje de la corriente y mi contento galopaba sobre el verdor de una isla. En sus rincones, de silbos y cuchicheos silvestres, esperaba liberarme de los agobios que me perseguían, convencido de que sus riberas, llenas de alas desplegadas y crujidos de rebrotes verdes, me rescatarían de los laberintos que me abrumaban. Con el torso desnudo, asido a mis remos, penetré a la calma transparente del ocio creador, mirando la urdimbre de ramas secas, hundidas en la corriente, semejando atalayas.

Por ésos lugares, anduve buscando un lugar donde beber un sorbo de sosiego. "Quizás - me dije a mí mismo - encuentre un espacio de paz entre los saucedales de gajos péndulos que besan los remansos", y me acerqué a la playa del pequeño golfo, cuyas arenas cantaron bajo mis pisadas. Sus orillas tenían reverberos de las restingas donde saltan los dorados y decidí caminar por una senda, pensando que podrían ser aún míos aquellos pasos de antaño, ágiles y seguros, que ponían riendas a mis aflicciones.

Oteé la generosa espesura que, tupida y en claroscuro, tenía su suelo inundado de torrenciales hojas otoñales. Me ofreció su solaz de castillos de hojarascas, espumas de diversos matices en borbotones. Me encantaron esos sitios poblados de Sangre de drago y Alisos, Ingaes y Laureles. Sentí el placer de vivir sin medir el tiempo y, con lúcida alegría, iba rehaciendo las cuerdas rotas en mis trajines cotidianos.

Más adelante, me detuvo una laguna formada por las crecientes. Docenas de Garzas, blancas y moras, levantaron sus vuelos. Los Teros alborotaron el sosiego y los Karaja se alejaron gruñendo entre los trinos que se apagaban. Hasta un Aguapeaso tomó distancia del intruso que miraba las deyecciones de Carpinchos a orillas del carrizal. Un Ypaka’a, levantó un corto vuelo y se perdió en el totoral.

Todos los árboles se abrazaban y conversaban con Dios. Presentí que deseaban estrechar mis manos y transmitirme, en universal lenguaje, el equilibrio natural, la belleza de vivir en la serena construcción de la armonía. Querían naturalizar al ser que los visitaba, infundirle amor al terruño. Allí, entendí el Poder de las frondas, la Fuerza de los marrones y el Vigor de los verdes, pugnando por la existencia. Los fulgores de las islas, nos dan ése destello, escorzo de la eternidad.

Descubrí un regazo de tierra, plena de humus, con cicatrices de miles de huellas que reclamaban el rescate del olvido y que se extirpen los estigmas de la existencia inútil. En la vecindad, embriagados de vida, se empapaban las barbas vegetales y en cada brazo verde, ofrecían una mano florecida.

Volví a mi chalana y, bajo el cálido sol, en el armonioso silencio, con emoción de adolescente, me dejé llevar por quien sabe qué brillo de los astros y lancé un fuerte sapukái para declarar, por enésima vez, mi amor a la naturaleza. Pude escuchar la diáfana respuesta, transmitida sensorialmente. Eran resonancias solidarias que inundaron mis sentidos, sobrecogedoras llamadas. Un inmenso Poema a la vida, cantado por el río y susurrado por las arpas del juncal. El inefable mensaje, frenó las sinrazones de los conflictos, esas que destruyen las risas de los niños y el sosiego de los mayores. Me transmitió una actitud de serena contemplación, aclaró mis pensamientos y recuperé los valores marchitados. Entonces, con el corazón festivo, inicié el íntimo diálogo sin palabras, en la gozosa y creadora meditación fecunda. Creció mi silencio, se pulieron mis afectos y mi barquilla llenó sus alforjas de nuevas visiones. El Río me acercó a la Isla para unir, en maravillosa sinfonía, nuestros orígenes comunes. Me puso mano a mano con fraternales sentimientos. Me habló por su cauce, con espumas de remansos, veriles y correderas. La Isla, desplegó el verdor de sus frondas, el sonido de la hojarasca y la pujanza de sus cantos.  

Girala Yampey

 

Sobre el autor

Girala Yampey nació en Quiindy (Paraguay), el 11 de Junio de 1923.

Estudios Secundarios en Asunción. Título: Contador.

Desde 1947, reside en Corrientes (Argentina),

Calle Madariaga 1648. Casilla Postal 3400.

Fue Directivo y Vicepresidente de Casa Paraguaya de Corrientes. Directivo y Secretario. General de Sociedad Libanesa de Corrientes.

Publicó numerosos Artículos, Comentarios y Poemas, en Diarios y Revistas, locales y de otras ciudades.

Libros editados:

"Ko’êju rekávo" – Poemas - Musicalizados y grabados, en gran parte, por Herminio Giménez - Ed. Ko’êju. Ctes, 1986.

"Poemas de mi Otoño" – Poemas - Ko’êju. Ctes, 1991.

"Sobre Mitos y Leyendas guaraníes"- Folleto- Ko’êju, 1991.

"Rumores de la Selva" – Poemario – Ko’êju, Ctes, 1995.

"El Gaucho Lega" – Un Mito Correntino. Ensayo – Ed. Ko’êju. Ctes, 1995.

"Los Flautines del sol" – Relatos - Editorial Moglia 2002.

"Mitos y Leyendas Guaraníes" – Ensayo. UNNE, 2003.

"Las Antiguas costumbres Guaraníes" - Ensayo. UNNE, 2003.

Sin Editar:

"Ecos de mis rincones" – Poemas.

"Entre Colgajos lanudos" – Poemas.

"Poemas al Medio Oriente" – Poemas.

"Poemas familiares" – Poemas.

Para comunicación con el autor: girayam@yahoo.com.ar

 

 

 

 

 
 

 

Pequeñas historias de árboles ciudadanos

Por Girala Yampey

 

ÁRBOLES

 

 

Amigos vegetales:

con ustedes, por ustedes,

somos rocío y aliento,

con ustedes, por ustedes,

respiramos y crecemos.

 

Pulmones del útero primigenio:

con ustedes, por ustedes,

se perfilan nuestros surcos,

con ustedes, por ustedes,

florecen nuestras vidas.

 

Hermanos árboles:

con ustedes, por ustedes,

estamos abrazados,

con ustedes, en ustedes,

seremos enterrados.

 

 

 

EL SAMU’Û. (Palo Borracho)

En hileras, sobre aceras enfrentadas, florecían aquellos lujuriosos Samu’û de la calle Ayacucho, cercano al Tenis Club. Pasaba frente a ellos deslumbrado por la belleza de sus flores. Tiempo atrás, eran como quince. Ahora son menos, envejecidos y maltratados en podas irracionales. Sólo muestran los muñones de sus mutilados brazos. Un día, bajé del automóvil para hacerme de una de sus anchas espinas, marrones y chatas, que en nuestra niñez usábamos como trompitos. Las flores estaban a mano. Arranqué algunas y las llevé a casa. - Qué hermosas orquídeas, ¿dónde las compraste? - Nos las compré, las tomé del árbol. - Ah, ya veo..., son flores de Palo Borracho... ¡Qué belleza!.

Algunas blancas, otras amarillas o rosadas, en diversos tonos, con adornos de pintitas marrones en la base interna de sus pétalos, son realmente preciosas. El Samu’û, cuando está vestido de sus flores, pierde sus hojas, igual que el Lapacho. Entonces, parece una gran orquídea sobre el pecho de la tierra.

Al comentar con los amigos el acontecimiento de la floración, indicándoles los lugares donde estaban, generalmente, escuchaban con asombro. Nunca se fijaron en ellas. Total, aquellos árboles eran solamente Palos Borrachos. Los marginaban, tal vez creyendo que fueran realmente beodos, debido a su tronco, abultado en la base y adelgazado arriba, semejando botellones. Los más fantasiosos, inventan narrativas asegurando que, las exageradas panzas, contenían cosas increíbles, ocultos habitantes o caudalosos ríos. Repetían aquellos mitos aborígenes, cuyas fabulaciones suponían que esas grandes barrigas servían de depósitos para guardar cosas increíbles. Serían vasijas que encerraban peces en un torrente poblado de seres inventados, cuyas historias se enlazan con sus ancestros.

Entre las muchas plantas de Samu’û diseminadas por la ciudad, una en especial, despertó mi imaginación. Es la que habita en la avenida Costanera, cerca de la escultura de la "Taragüí", cuyos robustos muslos y "amplias caderas de combas triunfales", como decía Claudio de Alas, destaca el vigor de la hembra guarani. El vecino Palo Borracho, con su enorme panza, simulaba gravidez para emular al símbolo de fecundidad de la estatua. Tiene como señal significativa una honda cicatriz que parece oficiar de ombligo. Sería la huella de alguna artera puñalada del destino, testimonio perdurable de la crueldad que nos rodea.

Una mañana, lo llevé a mi nieto José Ricardo para mostrarle el costado herido. Lo observó con atención: ¿Porqué lo hirieron? En su infantil inocencia no podía comprender ciertas cosas. Al pasar frente al monumento de la "Taragüí", miró con disimulo los senos al aire, quizás con pudor, y volvió a preguntar: ¿Porqué la dejaron desnuda? Cuando observamos el río, desde Punta San Sebastián, parados sobre ése pezón de tierra que se adentra a la corriente, como ofreciendo su pecho al vital elemento, temí que lo comparara con los senos de la "Taragüí". ¿Cómo habría de explicarle al pequeño, que recién aprendía el discurrir de la vida, todas las maravillas y similitudes de la naturaleza?

El Samu’U más recordado, por su enorme dimensión y generosa floración, es uno que estaba en el patio de la Escuela Del Centenario. Aprovechando las vacaciones, imprevistamente, lo mataron. No se sabe por qué, si a nadie molestaba. Lo degollaron y lo arrancaron de raíz llevando sus restos quien sabe donde. Fue un hecho histórico por las protestas generalizadas, aunque inútiles. Su gigantesca mole desapareció del lugar. Fue un sacrificio estéril puesto que ése sector del patio no es usado para ninguna actividad.

Los indígenas utilizaban los troncos de Samu’u para fabricar canoas o como recipientes de agua, pero la madera es casi inservible (por floja), y tampoco sirven las blancas fibrillas del sedoso vellón del interior de sus frutos (por cortitas) Sin embargo, los bellos Samu’û, nos brindan el adorno de su singular figura y el aderezo inigualable de sus flores. Además, la cocción de sus espinas, secas y raspadas, cura la conjuntivitis y otras molestias.

¿Son borrachos? ¿Quién puede confirmarlo? La verdad es que son espléndidas expresiones, genuinas y exquisitas, de la fecunda Madre Tierra. Son verdaderos Poemas de la naturaleza.

 

 

EL ARASA.

 

Hay distintas variedades de Arasa (Guayabo), gran arbusto o pequeño árbol: Arasa morotî (blanco), Arasa sa’yju (amarillo), Arasa hovy (verde) y los Arasa’i (pequeño), dispersos por los montes, de frutas chiquitas. El Arasa crecido entre otros árboles, por exigencias del entorno, alcanza más altura, En los arasaty (guayabales), sin tener gran desarrollo, forman un conjunto de plantas que no aceptan a otras especies. Sus tallos lucen hermosos pues, con frecuencia, se desprenden de su epidermis y permanecen verdes y lustrosos, asemejándose a los arrayanes o al revez, las ramas de éstos se parecen a las de los guayabos.

Todos conocen cuan sabrosas son sus frutas. Pueden ser comidas con cáscaras y semillas. Es también delicioso preparadas como mermeladas, dulces y diversas otras formas. Para mí, es el dulce más exquisito.

La infusión de sus hojas es buena astringente, empleada para curar la flojedad del vientre y la diarrea. Por ése mismo efecto, abusar comiendo mucha cantidad de sus frutos, produce estreñimiento. Sobre todo si no se extraen las semillas o no se lo acompaña con algún otro alimento que favorezca su tránsito por los intestinos.

Durante varios años, me dediqué al cultivo de arroz. Un día, traje del campo dos plántulas de guayabo. Don Castillo, las ubicó cerca del cordón de ligustrinas que, junto con una murallita de medio metro de alto, servía de lindero con la acera. Prosperaron, no lejos de un Níspero y un Aguacate. Resultaron ser de dos variedades. Los frutos de uno tenían cáscaras lisas y suaves, amarillas al madurar, como su pulpa. Los del otro, mantenían su piel rugosa y gruesa, verde oscuro hasta bien entrado en sazón, y la carne de color rosa fuerte. Ambos, mejoraron en calidad y tamaño con la poda de don Castillo. En varias ocasiones me trepé a ellos, como cuando niño, para elegir y comer allá arriba sus carnosas frutas. Sus ramas me sostenían sin desgajarse. Aunque no tenían suficiente grosor, eran fuertes y flexibles, como las del Guajayvi.

Un caluroso medio día, en ausencia nuestra, llegó a casa mi cuñado Pepe. Metió al patio su camioneta y, con la casa cerrada, no tuvo mejor idea que forzar una ventana para poder dormir. Le acompañaba un peón que prefirió quedar en el patio improvisando una suerte de campamento al amparo de la escasa sombra de uno de los guayabos. Allí, se acomodó a tomar mate con el fuego de unas leñitas que pudo recoger. Viajaba con su patrón llevando sus enseres indispensables. Nos conocíamos desde que nos vimos en la arrocera de Pepe. Parco de palabras, bronceado, con sombrero de alas anchas, rojo pañuelo al cuello, camisa mangas largas, bombacha y alpargatas, el hombre era un genuino aborigen.

Regresamos al atardecer. Reconocí enseguida la figura del personaje. Siendo el Arasa de su amistad, se ubicó bajo su escasa sombra. Cómodamente, colgó de sus ramas algunos bártulos y decidió descansar allí, sin elegir el mejor cobijo del Mango o del Níspero, de sombras más densas. Por lo visto, tenía sus preferencias. Con cierta curiosidad, quise averiguar el porqué de su elección sin poder sonsacarle mucho. Según sus pocas palabras, los árboles desconocidos, podrían tener algún influjo malo o sortilegio. Su mirada afectuosa al Arasa y la cautelosa a los demás, confirmaba el recelo sugerido. Se sentía mejor protegido al amparo del árbol conocido, aduciendo que la sombra de éste era más fresca porque sus hojas dejaban pasar libremente la escasa brisa de la calurosa tarde. Simple y extraña explicación de la visión silvícola.

En aquella época se dejaba el portón sin candado y, si estábamos en casa, la puerta de calle sin llave. La inseguridad nos obligó a levantar vallados y colocar rejas de hierro. Ya no están ni las ligustrinas ni los árboles. La ampliación de la casa, y quienes están al acecho de lo ajeno, nos obligaron a eliminarlos. Quedamos con la añoranza de aquellos amigos vegetales. Las circunstancias nos obligan cometer muchas ingratitudes aunque, con el tiempo, regresan a la memoria con aureolas inolvidables.

 

 

EL SAUCE LLORÓN

 

Todos admiramos la belleza de los Sauces. Es maravilloso verlos cubriendo las costas de los ríos con el verdor de sus esbeltas siluetas. En ordenada formación, entre sus primos Alisos, como si fueran sembradas por el Gran Dibujante. Sin elevarse mucho, sus largas y flexibles ramas se vuelcan hacia abajo y forman la figura de un vaso invertido. Para muchos, son símbolos de la Tristeza. Sin embargo, son ellos los que nos dan el ácido salicílico, más conocido por aspirina, que alivia los dolores y reduce la fiebre. En mis retinas ha quedado un Sauce especial, llamado Sauce Llorón, que también es tomado como figura de la Desolación, aunque nunca encontré motivo alguno que lo relacionara con ella.

Fue increíble su tenacidad y guapeza. Lo trajeron como estaca, para servir de tutor de un debilucho plantín que no sobrevivió a las duras condiciones del transplante. Él quedó allí, donde lo clavaron, casi olvidado, mudo testigo del desenlace. Nada pudo hacer para ayudar a su pupilo. Entonces, de puro buenazo que era, o para halagar a mi yerno Gustavo, que lo metió a la fuerza en ése gredoso agujero, echó raíces y se abrió camino para ser árbol. Tal vez, haya tenido algo de culpa en aquella muerte. Quizás, cuando sólo era una vara, sin darse cuenta, él también desarraigado, siguiendo los impulsos de sus calores naturales, extendió sus raíces y ahogó a su pupilo. Gustavo, lo vio brotar y se resignó a cuidarlo. Creció hasta sobrepasar los techos, de la vivienda y del quincho, entre los que lo habían puesto.

Seguramente, por el aspecto de sus ramas, derramadas en finos raudales de alargadas hojitas, semejantes a lágrimas, le decían llorón. Podría ser verdad pues creció solito, como guacho, a contrapelo de los códigos genéticos, por haberlo puesto al revés, cabeza abajo. Así que, levantó sus ramajes despatarrados, volcados en vuelos de retroceso. Sin embargo, nunca sentí sus llantos ni sus quejas. Al contrario, lucía un grueso tronco que, a poca altura, se abría en dos, marcados por ásperos surcos y, más arriba, se multiplicaba en multitud de alisadas ramas verdes y lustrosas, delgadas y flexibles, colgadas como detenida lluvia en cascada, que se columpiaba alegremente con la más leve brisa.

Me intrigaba ese apellido "Llorón". Era injusto, aún pareciendo a un bulto emponchado que desea ocultar algún motivo vergonzante o supuesta culpa que yo asocié a la muerte de su tutelado. Me acercaba queriendo oír alguna quejumbre pero nunca conseguí percibir ninguna. Al entreabrir el cortinado de sus ramas, y guarecerme bajo su alero, mas bien sentía una gratificante sensación de alivio que cambió aquella visión inducida por el apelativo. Así, descubrí un espacio nuevo. Un mundillo distinto, agradable, de sereno silencio. Tuve la impresión de recibir una tenue lloviznita, como Jasukavy, mencionado en los Himnos Sagrados de los guaraníes. Había temido que fuera penoso sentarse a la sombra de ése ensimismado personaje mal nombrado, pero encontré que era un lugar apropiado para despejar, en ocioso estar renovador, las obsesiones, contradicciones y paradojas cotidianas.

Llegué a suponer muchas cosas, equivocadamente, debido a la apariencia de su figura y el arbitrario apelativo. Luego, imaginé que en el alocado correr de su savia subiendo a contramano en busca de la luz, topetaba con vallas imposibles de vencer y giraba de retorno hacia la tierra, exhibiendo el hermoso verdor de sus alargadas gotas. De pie bajo sus frondas, descubrí que allí se goza de una paz gratificante. Antes, lo consideraba un ermitaño, segregado de sus parentelas y engolfado en agobios infinitos. Después, recibí una magnífica lección. En su benevolente lenguaje sin palabras, pude pillar su alegre realidad. Levantaba su tronco hasta conseguir un pulido esmeralda, luego descendía, con tímida humildad y delicado pudor, en cientos de brazos que cubrían su desaforado crecimiento, para acariciar al suelo en gesto de agradecimiento natural.

Los pájaros lo sobrevolaban y se posaban en su copa para disfrutar de un agradable balanceo, pero ninguno atinó a construir su nido entre sus ramas. Su calidad de ciudadano lo había condenado al destierro y, por otra parte, lo salvó de ser nuevamente cercenado de un machetazo para ser convertido en tirante de algún rancho o leña y cenizas. Quedó enclaustrado, conviviendo con los chicos en ése limitado patio, donde sentía el calor de un hogar y participaba de todas las travesuras. Soportó estoicamente el entorno de asfalto y ruidos molestos, añorando las riberas del río.

Cuando soplaban vendavales, los movimientos de sus ramas, simplemente los cuerpeaba, sin desgreñar su copiosa cabellera. No lo arredraban los latigazos del relámpago ni los desafiantes rugidos del trueno. La flexibilidad de su radiante armadura lo ponía a salvo. Si llegaban las lluvias, a él se abrazaban y convivían hasta el desplome de las últimas gotas que alisaban y lustraban su bella túnica.

Los Sauces son arpas eólicas que pulsan sus cuerdas con los más suaves soplos. Entonces, cantan una canción hecha de murmurios. Él, evocaba al río con reminiscencias de espumas. ¿Quién dijo que se doblegaba de agobios? Sus inflorescencias seguían sus vuelos hacia el río, en busca de las playas, transportando entre pelusillas volanderas la fecundidad de sus diminutas semillas que formaban pelotones para la reproducción. Más, las intenciones eran vanas. No encontraban los senderos que debían llevarlas a las riberas. Nunca serían constructoras de alineados saucedales. Morían dispersas sobre el duro pavimento de la ciudad. Parecía que el pobre árbol, por su desesperado anhelo de cumplir con su misión, a punto del desahucio, agacha sus ramajes, con gesto de hermandad e inesperada ternura para acariciar a la madre tierra y pedirle que le conceda ésa gracia.

Un día, de pie bajo la sombrilla de sus volcadas ramas, tuve la sensación de estar bajo una maravillosa carpa o fortaleza. Me refugié allí, sintiendo que, recostado en su tronco, estaba en el interior del Sauce y que ése rincón era mi propia interioridad. Su amparo me ofreció una fresca holganza de dichoso claroscuro. Era un telar encantado. Me sentía culpable por mirar con satisfacción que la estaca aquella se haya convertido en árbol a costa de la muerte del pequeño tutelado. Antes que "Llorón", deberíamos decirle "Afectuoso", o darle nombre de mujer. Graciosa, elegante, romántica, coqueta, amorosa, sentimental y curadora de muchos males. Destacaría su galanura, su donaire y las candorosas caricias de sus cientos de manos con efluvios vegetales. La cubriría de piropos, como a una exquisita y bella dama.

 

 

UN YVAPOVÔ Y UN AGUACATE.

 

En el patio de una casa, actualmente ya demolida, los habían puesto casi juntos, al Yvapovô nativo, que además es nombrado como Coquito San Juan, y al Aguacate de origen centroamericano, también llamado Palta. Ambos, uno bien en la esquina, y el otro plantado al borde del alambrado, comenzaron creciendo sin dificultades. Pero, era evidente que, con el tiempo, el Yvapovô se elevaría con su enorme y portentosa copa de pequeñas hojas, y no dejaría lugar al Aguacate, de hojas grandes pero incapaces de rivalizar con las del otro, de rudos ramajes. Desde la adolescencia, compitieron por el espacio aéreo, cada uno queriendo atrapar su porción de energía solar. Más o menos reconciliados en ésa brega, surgió la subterránea. Las raíces del Yvapovô por numerosas y fuertes, superaban a las del Aguacate y, lentamente, iba aniquilándolo.

Un vecino de la misma cuadra, al ver que el pobre iba de mal en peor, pidió trasplantarlo a su patio, aunque temía que el desarraigo lo arruine por completo. Por trasladarlo en el menguante de fines de Marzo, recobró fuerzas y, para la primavera, se enderezó hacia arriba. Desde patios cercanos, siguieron cultivando cierta amistad.

El Coquito San Juan, con sus tupidas hojas, mientras destruye la vereda con las potentes raíces de su robusto tronco, cobija hasta ahora algunos nidos. Sus frutos son aprovechados por escasos niños que gustan de su sabor. En otra época, rumiaban su pulpa hasta adobárseles la boca.

El Aguacate, tardó mucho en frutecer, a pesar de lucir verdes y lozanas hojas en sus elevadas ramas. En éstos tiempos, caen algunas desde sus ramas. El señor Velozo, quien vive ahora frente a la tapera del patio abierto, suele recogerlas. También los hacen quienes saben el secreto del árbol que vive en la soledad del patio abandonado. Ya nadie mora en esas propiedades, expropiadas para ser destinadas al complejo de Parques de la avenida Costanera. Pero, ambos árboles, que proliferan en toda la ciudad, siguen saludándose desde los baldíos, y no abundan los conocedores de las sabrosas Paltas.

Los Yvapovô elevan sus admirables copas por todas partes. También lo hacen los Aguacates, en sus dos variedades: Una con sus ramas hacia arriba y la otra con ramajes abiertos cuyas frutas son más pequeñas y redondeadas. Son muchos, pasan cerca de éstos magníficos árboles, de espléndidas sombras, sin conocer siquiera el tesoro de sus frutas. Tiempo atrás, ignoraban que las Paltas son comestibles. No sabían que pueden ser consumidas directamente o preparadas en forma de puré o en trocitos, con azúcar o con sal, como ensalada. Hasta hoy, muchos desconocen sus propiedades nutritivas.

 

LOS MANGOS

 

Los mangos, de grandes copas circulares, brindan sombras maravillosas. Los rayos de sol apenas traspasan el techo verde formado por sus duras hojas perennes. Estando solo, desplegará sus ramas, con generosa amplitud para darnos su amparo, como Gran Patriarca. Si están agrupados, unirán sus brazos, como se estila en una familia fraterna, y brindarán una continuidad dadivosa de contornos amparadores como un enorme galpón cuyos costados se abren a nuestro arbitrio y disfrute. Al cobijo de sus tupidos ramajes, suelen desarrollarse amenas reuniones y es costumbre instalar una hamaca o un catre para pasar placenteramente las calurosas siestas.

En 1947, cuando llegué a Corrientes, pocas personas conocían de su existencia. Los mangos, en todas sus variedades son originarios del Asia y se han difundido tardíamente por éstas regiones. Supe después que, en el año 1932, don Emilio Fadlala, por entonces residente con su familia en Empedrado, trajo desde Asunción, dos pequeños mangos que fueron plantados en el patio del señor Brusco. Tal vez, hayan sido los primeros de la zona. Actualmente, se los encuentra en todas partes, en el campo o en la ciudad. Es hermoso verlos prodigar sus excelentes sombras. Su abundante floración los convierte en grandes ramilletes. Luego, se llenan de frutos cuya fragancia y sabor hacen el deleite de chicos y mayores. Pueden ser consumidos desde verdes, apenas sazonen, con un poco de sal, o maduros, como fruta fresca, o preparando conservas, dulces, jugos o vinos. Su resina es sudorífera y antisifilítica. También cura la diarrea. La cocción de su corteza baja la fiebre y es purgante. Todo es cuestión de saber prepararla y conocer las proporciones.

Aproximadamente en el año 1955, como algo novedoso, me regalaron un plantín en San Cosme, que fue puesto en mi patio por don Castillo, un viejecito de manos germinadoras. Allí, creció con su tronco abierto en dos desde la base, como siameses. Un tiempo después, el mismo don Castillo, realizó la operación quirúrgica para separarlos, cuando ya era un árbol bastante crecido. Dividió en dos al tronco. Al extraído, con mutilaciones de brazos y raíces, lo llevó, de tumbo en tumbo, hasta meterlo en el hoyo que había preparado en otro sector. Allí, con obstinación estoica, sobrevivió y abrió sus brazos para brindarnos su generosidad.

En poco tiempo, aquellas asombrosas plantas, estaban presidiendo nuestro patio, convertidos en refugios de bullangueros gorriones, huidizos chovy y agoreros pitogües. Hasta las piriritas, los tordos y cardenales, detenían sus vuelos sobre tus tupidas ramas. Eran espléndidas cúpulas, instaladas para nuestro solaz en las canículas. Comíamos con gusto sus frutos. Si no directamente, cortábamos su pulpa en pequeños trozos, los licuábamos y bebíamos el jugo. Colado para suprimir las fibras.

Don Castillo, nunca me explicó con claridad el motivo por el que abandonó su añorada chacra de San Roque. Sólo evasivas o medias palabras, que la inundación del Santa Lucía, que la sequía, que las plagas, que los bajos precios, que el relumbrón de la ciudad... pero, sus vivaces ojillos, pícaros y alegres, delataban sus nostalgias por el terruño. De sus manos prosperaron nuestras plantas. Los mangos ofrecieron sus enormes brazos entrecruzados en laberíntico verdor, como castillos, dignos del hombre que los separó y cuidó.

Durante todo el día, se llenaban de silbos y algarabías, aún con los pájaros ausentes. En sus ramas quedaron aquellos ojos socarrones del viejito que no tardó en viajar para construir otros castillos y alcázares, quien sabe donde.

Varios años después, los arrancaron a ambos. Los tumbaron y sacaron de cuajo, con picos palas y hachazos. De aquellos techos, amparadores de inolvidables momentos ociosos y gratificantes, quedaron sólo dos hoyos enormes con algunas raíces que resistieron el destierro. Ambos templos, que albergaron nuestros sueños y fantasías con el espléndido regalo de sus sombras, flores y frutos, se transformaron en dos tumbas vacías queriendo acunar las alegrías insepultas que habían germinado.

Como generosa dación final, en gesto de total desprendimiento y magnífica despedida, el mellizo que fuera trasladado, prestó sus condenados bríos para sostener sobre su recia arquitectura, el claveteado de un piso de tablas destinado al "Club secreto de los espías", inventado por los nietos. El abuelo ayudó en la tarea y los chicos reemplazaron al bullicio y parloteo de los gorriones.

María Inés, la de mayor edad, no tuvo tiempo de imponer su capitanía. Raúl Justo, se adelantó en auto nombrarse y detentó el puesto de Jefe de la pandilla, asediado por Santiago. En tanto, José Ricardo, quien también pretendía serlo, siguió prudentemente las indicaciones de los demás integrantes del "Plu secreto", como decía él. La pequeña María Leila, gimoteaba: "Subí... subí..., pidiendo que la alzaran por la escalera improvisada que conducía al nido de las pequeñas águilas. También llegaban otros compañeritos que, una vez recibida las instrucciones del caso, podía acceder a tan secreto y deseado lugar. ¡Cómo disfrutaban! Hasta la engancharon a la tía abuela Yulia, como adherente y miembro del Club. Ella, siguió la aventura como una más del grupo y se metió en los detalles de las reglamentaciones y formalidades. Formó parte de las discusiones y los rituales.

Al final, todos nos contagiamos del entusiasmo y las diversiones de los pequeños. En alguna forma, participamos de las ocurrencias y las pequeñas disputas, de la provisión de alimentos que debían subir a la plataforma o la seguridad de las barandas. Pero, la hora postrera de aquel Mango estaba cercana. Pocos meses después, ese mundillo se vino abajo. Los chicos siguieron insistiendo en reconstruirlo en algún lugar. Pero, ¿Dónde? Sin los mágicos follajes de brazos entrelazado, ¿dónde?

Derrumbados los andamios de rugosas cortezas, quedó la evocación de aquellas columnas emplumadas, de hojas y pajaritos. De sus fragantes frutos, el recuerdo. Los alados habitantes, y también los nietos, siguen correteando por el patio. Don Castillo, de poco hablar y mucho hacer, quedó suspendido del follaje imaginario, debajo del nuevo techo de tejas, construido por su propio hijo, en el sitio que ocupara aquel hermoso árbol.

El tiempo nos arranca muchas cosas queridas, pero la memoria nos restituye imágenes inolvidables. La mente las nombra, transplantadas en recuerdos, como briznitas con luces, igual a la labor de aquel viejecito que se llamara don Castillo.

 

 

EL GUAJAYVI DEL TALAR.

 

Cuando vinimos a vivir en Corrientes, a una cuadra de nuestra casa, estaba ya instalado don Silbano, un hombre de campo que, aquerenciado en la ciudad, sin cambiar sus costumbres campesinas, construyó él mismo, su rancho con paredes de estanteo y techo de paja. Seguramente ya contaba con los árboles que conocí en su patio: un espigado y alto Guajayvi de muchas ramas en forma de varas a los costados, dos pequeños Ñangapiry cuyas dulces frutitas nunca llegaba a satisfacer nuestras apetencias, y los sorprendentes Juasy’y (Tala), convertidos en tupida y hermosa enramada que, dividido por una verja de gajos de Guajayvi, oficiaba de tambo. El lindero vecino, cerrado con alambrado, estaba cubierto por las mismas ramas agachadas del talar que parecían haberse puesto de acuerdo para formar ese reparo a los terneros, siendo a la vez lugar de ordeñe. Su uso se extendía a múltiples actividades. Muchas veces de carpintería u otros trabajos. ¿Cómo consiguió don Silbano formar todo ése conjunto? La naturaleza nunca deja de brindarnos alguna protección. ¡En cuántas cosas nos sirven los árboles!. Sin embargo, no sabemos valorar la dimensión de ésa cálida ayuda.

Por entonces, la orilla sur de Corrientes, estaba marcada por nuestro Barrio "Evita", ahora "Berón de Astrada". El servicial don Silbano, todas las mañanas, venía a traernos dos limetas (botellas) de leche aún tibias. Él silbaba durante todo el tiempo, mientras ordeñaba o en su cansino andar por las calles. Al llevar las vacas al campito vecino, de tanto en tanto, emitía dos o tres chistidos fuertes para azuzarlas y seguía con su interminable silbo. Era la forma de amenizar sus tareas, el condimento sonoro de su andar. Lanzado en sordina, yo no podía entenderlo bien pero estoy seguro de que entonaba algún chamamé. Era ingenioso y sencillo, no usaba lazo ni cabalgadura para arrear su ganado. Sólo se ayudaba con una resistente y flexible varilla sacada al Guajayvi. Con ella, estimulaba a sus animales para repuntarlos hasta los terrenos aledaños donde los dejaba pastando. Al atardecer, volvía a traerlos para encerrar a los terneros.

Una vez, que lo vi pasar esgrimiendo esa suerte de fusta, me dijo que iba a la Comisaría porque habían llevado presas a sus vacas por invadir los terrenos del Aéreo Club. Él sabía arreglar esos pequeños incidentes. Volvió sonriente, sin protestar.

Durante el día, cuando no hacía alguna changa, tomaba mate con su compañera a la sombra del Guajayvi. Éste, de noble madera, elástica y fuerte, sirve para cualquier trabajo de carpintería. La aprecio porque me regalaron una mesa hecha de ella que duró una eternidad. No teniendo ya acomodo en mi casa, la regalé. Es una madera dócil y liviana. Muy buena para mango de cualquier herramienta, lista para resistir los golpes a los que se la someta. Don Silbano, venía a nuestra casa para limpiar el gallinero y cultivar los tablones de nuestra huerta que, por aquel entonces, teníamos. Sus callosas manos, enguantadas con su propia piel endurecida, eran incansables y tiernas, tanto para los trabajos de la tierra como para ordeñar los pezones. Una vez, al volver de sus gestiones ante el Comisario, mientras me contaba los entuertos con la policía, me mostró su Libreta de Enrolamiento. Allí, su nombre figuraba Silbano y no Silvano. Le expliqué que me parecía que había un error, porque escribiéndolo con B tenía un significado y con V, otro. Él respondió: "Hade ser así nomás... pero yo me llamo Silbano porque me gusta silbar y no Silvano. No soy de la selva, aunque allí están los silbos".

El tiempo pasó. Aquellos baldíos se llenaron de construcciones, monobloques y casas, de Barrios y más Barrios. Ahora, el nuestro es el centro geográfico de la ciudad. Las vacas desaparecieron. No olvido al útil Guajayvi ni los pequeños Ñangapiry. Tampoco aquel talar conformando un gran espacio cubierto por el entrecruzado de sus elásticas y aparentemente belicosas ramas que se convirtieron en una especie de carpa, cuyos faldones levantados ofrecían un refugio maravilloso. Pero, ¿podemos hablar de la utilidad de algunos árboles y la inutilidad de otros? Siempre son útiles, y también necesarios. Todos son vitalmente indispensables.

No supe qué destino tuvo don Silbano. Tal vez, se haya ido a silbar por otros horizontes inalcanzables, de extramuros, llevando consigo al sorprendente talar y su inolvidable Guajayvi.

 

 

EL GUAPO’Y (Higuerón - Traga Palo)

 

Cuado está crecido, es un árbol imponente, de grandes hojas ovaladas y gruesas. Sus ramas y sus raíces son vigorosas aunque sus frutos son pequeños higos que los pájaros comen y luego deyectan las semillitas en las horquetas de los demás habitantes vegetales. Allí, la minúscula simiente germina y crece alimentada por sus propias raíces aéreas, sin robar la savia del amigo que lo sostiene. Se sustenta como la Flor del aire. Poco a poco, sus largas raicillas bajan engrosándose hasta ser poderosas como troncos. Al llegar a tierra, se afirman y toman más fortaleza. Entonces, se convierte en sólido árbol que ahogará a su anfitrión. No es un parásito chupador de la savia ajena. Es que, siendo tan cariñoso, sus afectos tienen tal vigor que ahogan en sostenidos abrazos. Muchas veces, los pajaritos defecan en las propias horquetas del Guapo’y. Las semillas tragadas el día anterior, germinan allí y crecen abrazándose al padre, con peligroso cariño. Eso le da la mala fama que tiene para endilgarle todos los estigmas posibles: Traga palo, Asesino, Traicionero, Desagradecido y otros epítetos antojadizos. Y, verdaderamente es un constrictor vegetal, que luego de aprovechar la hospitalidad, estrangula lentamente a su anfitrión. Aún así, ¿acaso puede hablarse de maldad entre los árboles? Ninguno lleva ése sentimiento en sus savias. Se trata solamente del impulso de sobrevivir.

Pero, desde otros aspectos, el Guapo’y, ofrece varias bondades. Machacando sus ramas, se extrae un líquido lechoso muy bueno como purgante que también combate la anquilostomiasis y otros parásitos intestinales. Si crece en el suelo, se transforma en gigantesco árbol, capaz de cobijar bajo su sombra lo equivalente a una casa. Además, pueden ser usados sus perfiles como metafórica figura en la que, una insignificante semilla, abate al más fornido árbol o destruye un antiguo edificio, si no se toman precauciones.

Sin dudas, el Guapo’y es de cuidado. Siendo sus higuitos muy apetecidos por los pájaros, su población aparece por todas partes. Al hacerse ciudadano, no desprecia ningún lugar para echar raíces. Sus diminutas semillas se instalan en la corteza de árboles, en techos y rajaduras de paredes. Si se las deja crecer a su arbitrio, hasta derrumbará la casa. En ése caso: ¡Cuidado! Ha nacido un gigante. La pequeña plántula puede estar agazapada en cualquier sitio y su desarrollo conlleva muchos riesgos, ya esté en intersticios de la vereda, muralla, zócalo, techo o cualquier otro lugar. No respeta ni los edificios históricos. Por supuesto, él nada conoce de historias, sólo sabe que ésas casas antiguas les ofrecen murallones de adobe, ideales para germinar y crecer. En cuanto alcance la feracidad de la tierra, sus raíces podrán hender las paredes o lo que fuere. Aunque su madera es blanda, casi fofa, en la medida de su crecimiento, sus raíces se constituirán en poderosas garras.

Conozco muchas historias sobre el Guapo’y, además de una hermosa leyenda aborigen. Recuerdo que, a poca distancia del casco de una estancia en Tava-i, había uno tan grande que parecía un galpón. Según me contó el Capataz, creció ahogando a su protector, una palmera de Yata-i, para convertirse en árbol de grandes dimensiones con un enorme espacio de sombra. Copudo y útil, un día, por estar sobre suelo muy arenoso, intensas lluvias aflojaron sus sostenes y una tormenta lo derrumbó. Pero, sin amilanarse, con sus raíces al aire, improvisó otras que sirvieron de anclaje y sustento. Acostado, siguió manteniendo su monumental cáliz. Lo utilizaban como lugar de desensille de los montados, para dejar a su sombra el sulky o el carro, y como depósito de postes que se apilaban parados entre sus innumerables y gruesas raíces formando un verdadero laberinto, refugio de cluecas y otros animalitos. Era realmente portentoso el servicio que prestaba a la peonada durante los momentos de descanso y espera.

En la ciudad, es combatido en toda forma. Es cierto que, si se lo deja prosperar, los daños causados son importantes pero, muchas veces, es la misma desidia del propietario, la que permite que se ocasione el perjuicio, por no sacarlo a tiempo de su pared o techo. La culpa no es sólo del árbol. Es común escuchar el ulular del viento entre sus hojas, como es común que se le endosen las peores calumnias. El Guapo’y no se inmuta por ello, sigue siendo un constrictor vegetal, una boa que va ajustando sus anillos en lento y letal crecimiento, pero se trata de la sobre vivencia.

 

EL GOMERO DE LA INDIA.

 

El Parque Mitre es la morada de una rara variedad. Es un enorme Gomero de la India al que también llaman Higuera de la India o Higuera de la Pagoda. Su tallo fue engrosándose con las raíces que brotan desde sus ramas horizontales, de tal forma que, ahora, es un árbol espectacular que acrecienta su tronco en forma extraordinaria y múltiple. Las raíces, bajan hasta el suelo formando un verdadero laberinto que, según el letrero, abarca un contorno de 21 metros. Nacidas arriba, llegan hasta el suelo y logran aumentar el tallo original tanto que, para protegerlas, tiempo atrás, las habían encerrado con un cercado de hierro. Haciendo caso omiso a tal advertencia, siguieron bajando más y más raíces, gruesas y fuertes, que ahogaron a la reja metálica dejándola aprisionada. Ahora, la verja apenas está a la vista. Es notable la situación creada, y vana la búsqueda del tronco original. El grandioso árbol con su voluminosa copa, es una Cúpula que cubre una superficie aproximada de 60 metros en derredor.

No deja de tener parecidos con nuestro nativo Guapo’y y los Gomeros de la ciudad, por sus grandes y gruesas hojas, por sus frutitas y por desprender de sus ramas raíces que buscan el suelo. El Guapo’y produce higuitos, semejantes a los de la India y tiene también la costumbre de echar algunas raicillas desde sus ramas, tal vez, urgido por el vigor de su desarrollo, pero mueren pronto y apenas quedan como barbillas incipientes. El Gomero común de nuestra ciudad, también acrecienta su tronco con raíces que bajan por sus costados, pero no tienen las proporciones de las de la India De ser parientes, los tres deben serlo, cercanos por los parecidos pero lejanos por la cultura de su reproducción y crecimiento

El Gomero de la India, es el árbol más curioso que tiene el Parque. Según indica el cartel, cuenta con más de 250 años. Dicen que un viajero que llegó hasta ése lejano país, tuvo la ocurrencia de traer la desconocida variedad y ordenó que se lo plante en el Parque. Habría sido algún adinerado "poguasu" (influyente), ufano de su adquisición, haciendo gala de su antojo, como quien compra un animalito exótico para cautivarlo en su terruño.

Probablemente, éste gomero aumenta su tronco con sus propias raíces ante la imposibilidad de tener descendencia. El grandote no encuentra ninguna forma de procrear. Parece que ningún habitante con alas de las cercanías gusta de sus higuitos o, tal vez, sea necesario que sus semillitas pasen por el estómago de algún pájaro en especial, para que germinen. No le ocurre lo mismo al Guapo’y, cuyos frutos son más pequeños y no tan duros. Los de la India son mayores y de cáscaras más resistentes.

En el mismo Parque, cercana a la costa del río, amparando a un simulacro de faro, vive otra higuera casi tan frondosa como el de la India. Tiene altas y numerosas ramas pero sus hojas son chiquitas. Su tallo podría tener un diámetro de seis metros, y sus tupidos follajes abarcarían un círculo de cuarenta metros. Por ignorar su nombre, la bauticé: Yvyra Chichita. Tiene dos hermanas en la Plaza 25 de Mayo, cuyas robustas ramas se desgajaron por su excesivo peso. Estaban muy abiertas, tanto que han tenido que apuntalarlas. Aún así, se echaron a perder. Ahora cuentan con nuevos brotes. He visto a otros Yvyra Chichita en los alrededores de la Ciudad, con ramas elevadas, como la del Parque. Por lo menos, se reproducen sin dificultades

La Higuera de la India, es como un libro grandote, de muchas páginas y letras menudas, llenas de historias inacabables. Las de ella y las que escuchó y vio en su entorno. Quienes visitan el Parque, se quedan a observarla largo rato, como hechizados. Entre ellos, los enamorados contándose sus cuitas bajo su amplio cobijo.

Me hice amigo del mastodonte solitario. A quienes nos visitan, los llevo hasta allí, donde él es el Señor de las frondas. Así, conocen al más curioso habitante del Parque Mitre. Le debemos buen trato al ilustre visitante.

 

 

EL TIMBÓ

 

El Timbó, con su amplia y redonda copa, ofrece una hermosa sombra. Es llamativo por la corpulencia de su tronco, de ramas abiertas con pequeñas hojas en hileritas palmeadas, como el Yvyrapytâ, Chivato y Jacaranda. Es uno de los árboles indígenas que se ha popularizado, a fuerza de constancia. Brota y crece en todo lugar, sin que se lo siembre. Pocos saben de la calidad de su madera que siendo floja resulta de mucha utilidad. Sin ser dura, es duradera, aunque su porosidad dificulta se manejo. Aparentemente inservible, sorprende su duración al ser utilizada en determinadas necesidades y circunstancias. Donde otras fracasan, ella logra larga vida. La madera del llamado Timbó negro, se usa como tablones, puertas u otros muebles, Se desempeña muy bien cuando se la utiliza como liviana canoa. Boga por el río serenamente, como jugando. Soporta golpes y oleajes sin alterar su eficacia, con mesurada competencia. Da mucho más de lo que uno espera.

Muchas veces, está solitario pidiendo compañía para la sombra que ofrece generosamente. Los arbustos se cobijan a su derredor y, de sus ramas, penden los nidos que, sorprendentemente, construyen las aves. ¿Cómo conseguirán instalar los primeros palitos en la punta colgante de las últimas ramas?

El Timbó es un campesino que, al llegar a los pueblos, supo cómo asimilarse a la vida ciudadana. Es un gaucho que espera al amigo, en pleno campo, en el soto bosque, en los patios o en las calles. Ha venido a la ciudad a convivir con nosotros. Cuando está plenamente florecido, parece una dama vestida de novia. Es increíble verlo, tan corpulento y fornido, cubierto totalmente por sus pequeñas florcillas blancas, convertido en Domo. Enjambres de avispillas lo rodean buscando libar sus mieles. Nunca averigüé cómo es posible que crezca por todas partes pero siempre lo distingo como uno de los árboles más apreciado.

Su Leyenda cuenta que Kamba (Morocho) era un querido y paternal Cacique de su pueblo. Su hija y su enamorado, mancebo de otro grupo, quisieron casarse pero ambos padres se negaron a aceptar tal enlace. La pareja se fugó al bosque. Perdonada la falta y aceptada la unión, fueron a buscarlos. Kamba, sin comer ni dormir, deambuló varios días tratando de encontrar a su amada hija. Aplicaba su oreja sobre el suelo para escuchar las pisadas de los fugitivos. Extenuado, quedó dormido en el suelo. Allí murió. Semanas después, encontraron el cadáver del Jefe. De su oreja brotaba una nueva planta. Es el Timbó que tiene los frutos en forma de una vaina azabache, redondeada. Desde entonces al fruto del Timbó le dicen Kamba Nambi (Oreja de Kamba)

El Timbó, ofrece su afectuosa sombra a todos, como el paternal abrazo de Kamba.

 

 

LAS TIPAS.

 

Las Tipas son generalmente de estructura elevadas, y aunque algunas forman copas redondas, la mayoría tiene un tronco que enseguida se abre en varias ramas alargadas que buscan las alturas, como quien estira sus brazos hacia el cielo. Están en las veredas y los patios, superando en altura a los techos. Todas las Plazas las tienen, si no rodeándolas, en su interior. En la época de floración, sus inflorescencias caen como gotitas amarillas, en ráfagas de lluvias desprendidas de sus altos follajes. El viento desparrama los pequeños pétalos decadentes y los convierte en glaucas alfombras. Cuando sus vuelos los llevan sobre los techos, taponan las canaletas. Luego, se suman sus volanderas semillas que germinan ayudadas por el polvo y la humedad. El viento y el agua colaboran en la continuación de la estirpe y no sólo obstruyen desagües, amenazan con arruinar la techumbre. Generalmente, el dueño de casa, para evitar ése problema anual, decide sacrificarla.

Con nombre de mujer, es elevada y frondosa, Sus robustas ramas producen profusas flores, que, aunque muy pequeñas, cubren totalmente su copa, como mantilla sobre la cabellera de una dama.

Sus semillas tienen un ribete membranoso y liviano, como alitas, para propiciar el vuelo. Cuando caen, dan piruetas y vueltas en busca de un lugar donde posarse. Bajan en bailoteos circulares, haciendo cabriolas como alegres marionetas que con saltitos inocentes llevan la misión germinadora. Inmigrantes autónomos, no dependen del estómago de los pájaros, se transportan por sí mismos camino a la prolongación de la vida y la especie.

 

 

 

 

LOS CHIVATOS.

 

Como sombrillas, de sol o lluvia, se abren sus ramajes, en amplios círculos. Sus flores, son también pequeñas sombrillitas de damas enamoradas, coqueteando en el escenario donde se encuentren. De copa baja, densa y ancha, con largos brazos semi colgantes, es semejante a una falda levantada a media que se expone al sol estival, compacta y nutrida. Pareciera que sus ramas se agachan junto con sus flores, para dilatar el círculo de sombra y lograr sus anhelos de embrujarnos o que, con manos abiertas, ofrecen sus ramilletes. Toda planta de chivato es, en sí misma, una glorieta circular florecida.

Según dice el historiador y amigo, Arturo Zamudio Barrios, el Chivato es una variedad de Acacia llegada desde España por manos de los vizcaínos y que en el país vasco, sus ramas son utilizadas para repuntar los chivos. A ésas varas les llaman chivatas. Mas bien, usarían las vainas de sus frutos que son alargadas y de duras cáscaras conteniendo grandes semillas por lo que, al agitarlas, se convierten en sonajeros.

En los atardeceres del verano, llegan hasta sus troncos las chicharras para estudiar nuevas canciones y ejecutar sus violines. Hasta el cri-cri de los grillos se instala a su vera y comienza el concierto. Seguramente, son armoniosos los sonidos naturales pero, a veces, saturan nuestros sentidos. Extraña es la alegría silvestre, pero llegan al pecho y quedan en la memoria. Es universal, imperecedera. La estampa florecida del Chivato, compite con la del Lapacho. Aún sin flores, alegra las miradas y pone contento a nuestros corazones.

 

 

EL PALO SANTO.

 

Tiene la más preciosa madera de los montes. Es la gema de la selva que admiramos embelesados en alisados y pulidos objetos de fragancia compradora. Siempre ansié conocer la apostura de ése árbol de corazón perfumado. ¿Cómo ir a buscarlo por el inhóspito y hosco territorio chaqueño, donde me dicen que mora? Aunque era intenso mi deseo, era sólo una utopía. El mentado Palo Santo, siguió siendo el lejano amado príncipe, mimado por la sociedad de los árboles. Estaba convencido de que nunca lo vería.

Pero, cierta vez, conversando con el profesor Hugo César Airaldi, por entonces director del Museo de Ciencias Naturales "Doctor Amado Bonpland", me dijo: Aquí, en el patio, lo tenemos. Venga... Salimos a caminar hasta la esquina de las calles Buenos Aires y Bolívar, patio de la Escuela Del Centenario. Allí, solitario y sorprendente, con sus ramajes ascendentes, estirados iguales que el Urunday, estaba como un curioso ciudadano más. – Pero, éste es Urunde’y (Urunday), le dije. – Si, son parecidos, aunque a primera vista notará que éste tiene las hojas más pequeñas.

Muchas veces, viendo los hermosos y perdurables objetos hechos de su dura y aromática madera, lustrosa e imputrescible, al aspirar su inacabable fragancia y el suave contacto con mis manos, percibí una vibración telúrica emocionante. Entonces, imaginaba que me trasmitían alguna energía de afectos mágicos y los sostenía con la unción de un devoto, recordando cosas fabulosas que me contaban. Como que, cociendo su leño o virutas, se obtiene una infusión depurativa de la sangre, y que curaba todo tipo de heridas. Nunca imaginé que podría encontrarme mano a mano con el portentoso árbol y quedé conmocionado por la insólita presentación. Ya había escuchado hablar sobre él y sus parientes en dureza. Conocí en la ciudad y en los montes, al Espinillo, al Guayacán, al Urunday y al Quebracho. A él no, siempre fue montaraz, nunca quiso venir a la ciudad. Me pregunto: ¿Porqué no le damos carta de ciudadanía y lo acercamos a nuestra Comunidad?

 

 

LA JACARANDA.

 

Las hermosas Jacarandaes, mantienen romances violetas con cada Primavera. Son magníficas, aún sin estar florecidas pero, con ellas, adquieren delicadezas de incomparables belleza. Sus copas redondeadas, pocas veces alargadas, son muy vistosas. Son de siluetas recatadas, de hermosos perfiles y preciosas estampas que no se exceden en dimensiones. Dispersas por toda la ciudad, se las distinguen por el atractivo especial de sus follajes. En algunas calles, se las encuentran en hileras enfrentadas. Cuando florecen, los hacen formando hermosos ramilletes de campanitas agrupadas que dan unos frutos en forma de cápsulas marrones, redondeadas, duras y aplanadas, parecidas a un pequeño chipa cuerito. Sus duras caparazones contienen las valiosas semillas que, al abrir sus tapas, como valvas de almejas, lanzan a su suerte a las volanderas semillas que corren a buscar sus destinos.

Generalmente, sus follajes no son densos ni exuberantes. Enhiestas pero modestas, cubiertas de pequeñas hojas en forma de palmas, producen sombras aireadas y agradables. Sin embargo, puede alcanzar buena altura y disponer de frondosas ramas, si el lugar donde se halla le es propicio. Es uno de los árboles ornamentales más hermosos. Compiten con los Lapachos y los Chivatos. Claro, siendo femenina es más delicada. Su mismo maderamen, apropiado para la ebanistería, no tiene la reciedumbre de aquellos. La sencillez y el recato de sus formas, le otorgan una distinguida presencia esté donde esté.

La infusión de su corteza es buena medicina para curar reumas, lavar heridas y úlceras.

En la Primavera, la vemos juntarse con los demás para florecer en concierto de colores y nos brinda un tierno espectáculo de tintes diversos que cautivan nuestras miradas. Entonces, hacemos emocionadas comparaciones que nos llenan de sensaciones inesperadas, ricas de imágenes y visiones, llenando nuestros pechos de un júbilo inexplicable.

A veces, no coincide con los demás árboles y queda en soledad. Entonces, valoramos mejor la terneza y la belleza del color lila con los variados matices que ella nos ofrece. Sin dudas, la suave coloración de sus flores, la suma de sus ramilletes cubriendo sus ramajes y la humildad de sus formas, no ostentosa, son los mejores atractivos que posee.

Con sencillez y ternura, con calidez y belleza, espera a la Primavera para reiniciar sus romances de todos los años. A ésos idilios se unen las vehemencias de nuestros sentimientos.

 

LOS PARAÍSOS.

 

Los mimosos Paraísos, con sus pequeñas flores en racimos del mismo color violeta que las campanitas de los Jacarandaes, andan exhibiéndose ufanas por todas partes. Sus copas no son inmensas ni insignificantes y las sombras que proyectan es agradable. Pareciera que el aire cálido del verano se enfriara entre sus inquietas hojas de fáciles agitaciones. No los he visto en los montes. Es en los poblados y ciudades donde se exhiben. Sin embargo, existen forestaciones que dedican mucho terreno a cultivarlos, pues su madera es apreciada por su nobleza y hermoso veteado. Es semejante a la del cedro de mejor calidad. También se sabe que macerando sus hojas se consigue alejar a los mosquitos y otros insectos. Distingo sus variedades en los forestados con destino a los aserraderos, los comunes y los llamados Paraísos Sombrillas, de redondas y tupidas copas.

Los Paraísos no son autóctonos. Son emigrantes llegados de otro continente, como los Eucaliptos y otros muchos amigos árboles que se aquerenciaron en éstas regiones. Son como los hombres, las palabras y los rasgos y elementos culturales que vienen y van, por toda la tierra. Son aceptados o rechazados, ya por su utilidad, ya por su belleza o simplemente por la vanidad de tenerlos como ornamentos.

 

 

EL YVYRAPYTÂ. (Palo Brasil)

 

Yvyra pytâ, es el nombre guarani del árbol llamado Palo Brasil. Según dicen, los holandeses fueron los primeros en explotar las costas del Este brasileño, y ellos consignaban en sus mapas el nombre de Brasil a ésas tierras, por la madera, roja como brasas, del Yvyrapytâ. Sus barcos regresaban cargados de rollos de ése árbol y la referencia a la madera dio nombre al lugar de su origen.

Realmente es asombrosa la altura y corpulencia que adquieren en las selvas. También, como ciudadanos, los encontramos por todas las plazas, parques, calles y patios. La robusta estampa de su tallo, grueso y rugoso, ornamenta con elegancia la ciudad. Brinda la sombra de sus frondas y la belleza de sus flores. Los vemos crecer por doquier. La madera es pesada y dura, apreciada para hacer marcos, vigas y diversas obras. Pero, atención, si usted pide en un aserradero ésta preciosa madera, le venderán una parecida, no tan colorada, que se llama Caña Fístula.

Es gigantesco, pero sus flores amarillas son pequeñitas, semejantes a las de las Tipas. Se levantan en forma de racimos piramidales, dando la sensación de que, allí, se está fundiendo algo dorado. Sería oro puro, hirviendo en chorros salidos del surtidor de una fuente. Es que, es un árbol de oro. Su madera es pura brasa que fragua sus flores. Es tan fornido que nos admira que tenga flores tan pequeñas y que ellas puedan cubrirlo totalmente, como si fuera un precioso manto primaveral. Cuánta belleza descubrimos cuando observamos su floración.

 

 

LOS NARANJOS.

 

Las plantas de naranjos agrios en las calles de nuestra ciudad van siendo cada vez más escasas aunque todavía pueden deleitarnos, de tanto en tanto, con sus azahares. Los enjambres de abejas buscan inútilmente sus preciados néctares. También seguimos notando que algunos siguen recogiendo las frutas maduras para convertirlas en el estimado "coserevá" (dulce de la pulpa de naranjo agrio)

Muchos habían adquirido la costumbre de preparar excelentes tisanas de sus hojas. Hoy, son pocos quienes mantienen ésa práctica. La infusión era usada para aliviar tensiones y ciertas dolencias. En un tiempo era un té que resultaba económico y efectivo para despejar la modorra.

En fin, se siente nostalgia por los hábitos de antaño. La realidad es que los hermosos naranjitos con vitamina C, hacen falta. Nos consolamos al saber que trataron de reponerlos durante una campaña de arborización. Ojalá podamos verlos de nuevo, o que los vean las generaciones que vienen. ¡Qué bellos son cuando florecen, cómo nos alegra y nos reanima cuando el aire se impregna del aroma de los azahares!. Es una lástima dejar de sembrarlos en las veredas vecinas. Menos mal que ahora han entrado la moda de los Mirtos. Ocupan el lugar de aquellas fragancias faltantes, y sus raíces no dañan las aceras. Éstos arbolitos de hojitas siempre relucientes, con el penetrante perfume de sus flores, mitigan aquellas añoranzas. Sus flores reemplazan dignamente a los azahares. También ha llegado, y tiene mucha difusión, el Tulipanero, seguramente desde algún país vecino. Es muy elegante. Sus raíces no lastiman los corredores. Sin alcanzar mucha altura, atrae por las formas de sus hojas y la conformación de sus ramas. Pero, son sus flores de color rosa fuerte, semejantes a tulipas, las que más llaman la atención y resultan agradables.

Sin embargo, debemos cuidar a los naranjos que quedan y reponer las matas envejecidas. Sus azahares que tienen acentuado el aroma de los jazmines, inundan con su perfume todo el entorno y sus hojas deberían seguir pregonando sus bondades para afirmar el buen hábito de tomar su infusión.

 

 

YVYRARO.

 

El Yvyraro, o Viraró como dicen algunos, cuando se inicia en la vida, tiene un aspecto raído que da la impresión de que nunca pasaría de ser un arbusto. Comienza siendo una delgada varilla inclinada, a veces doble o triple. Parece que nunca llegaría a ser un árbol de tronco elevado, fornido y útil.

Actualmente abunda y se lo encuentra por todas partes, en los patios, calles, alrededor de ciudades y pueblos. Por supuesto, también en los montes. Su madera es dura, de excelente veteado y muy vistosa. Sus rollizos dan largas vigas sin defectos. Nunca se arquean. Lucen nobles y hermosos, sobre todo si provienen de la selva, donde se los tumba en la plenitud de su crecimiento. En la ciudad, es un ciudadano servicial que ofrece su amable vista y abrigo de sombra aunque la mayoría de la gente desconoce el valor de su madera. En mi casa, con techo de madera a la vista, tenemos dos vigas que sustentan la techumbre, de unos seis metros libres. Nos abriga con su calidez de hogar. Es una Especie ejemplar.

Parece que la gente no los busca de propósito sino los elige para usarlo de ornamento, creyéndolo arbusto llamativo que germina y crece por todos lados con ayuda de las aves. Tal vez, porque sus hojas son parecidas a las de las Tipas, son aprovechados para ubicarlos para ser usados como cercado. Luego, se sorprenderían de su transformación en soberano y hermoso árbol. Es posible también que, inicialmente, algún vivero oficial los haya plantado. Lo cierto es que resulta ser un magnífico árbol que nos acompaña.

 

 

LOS CEIBOS.

 

Cuando florecen los ceibos, parecen llorar con lágrimas de sangre, aunque sus llamativas flores no siempre son rojas. Hay algunas de color salmón. Crecen fácilmente. Ni necesitan ser plantados. Algunos son instalados en las plazas para que luzcan el verdor de sus hojas y sus hermosas flores. Lástima que, por ser útiles, la gente acostumbra a sacarle la corteza para usarlas como medicina. Dicen que su decocción es buena para curar las heridas, las úlceras y gangrenas, así como para el dolor de garganta, reumatismo, artritis y otras afecciones. Menos mal que recuperan la corteza, como los alcornoques.

La Leyenda que originó éste pequeño árbol, con su protagonista Anahi, es hermosa y conocida por todos.

 

 

LAS HOVENIAS.

 

Sin ser corpulentas, las Hovenias, con su mediana talla, tienen elegancia y buenas condiciones para servir de ornamento en calles y patios. Los pajaritos ayudan a diseminar sus semillitas y sus hijuelos nacen en cualquier lugar donde encuentre cobijo. Pero, qué diferente es con mi visión de antaño, cuando las miraba con un vigor verde de suave sombra que refrescaba la ciudad en el impetuoso Estío. Ahora están envejecidas. Tal vez las malas podas o aquellos gusanos verdes que, si se los agitaban, lanzaban unas dolorosas púas, las hayan debilitado y no pudieron recuperar sus vigores de antes. Además, no se las plantan más. Pareciera que están suprimidas del listado de las "viables". Parece que los pajaritos o algunos vecinos son quienes hacen posible la existencia de las pocas plantas nuevas.

Al madurar sus frutos, forman unas barritas marrones, muy dulces que son apetecidos por pájaros y personas. Por eso, también se los llama "Palito dulce". Hasta se los usaba en la repostería, antes de llegar la moda de las nueces. Más de una vez, me han pillado recogiendo del suelo sus frutos maduros, para masticar su rica pulpa. Me miraban con sorpresa y desconcierto. "Un hombre grande comiendo del suelo ésas cosas", dirían. Lo mismo ocurre con los frutos del Pindó y del Mbokaja. Es que, por recordar las andanzas de mi niñez no resisto la tentación de probar de nuevo ésos sabores. Otras veces, estiro las ramas de las moreras y logro arrebatarles algunas frutitas maduras para calmar mis nostalgias.

Los vástagos de las Hovenias, nacen con facilidad. Sus frondas no son exageradas y sus raíces no levantan las veredas. Entonces, ¿porqué se las dejan de lado?.

 

 

LOS EUCALIPTOS.

 

A los vigorosos Eucaliptos se lo distinguen desde lejos, por su altura y la elegancia de sus perfiles. Además, su liso tronco parece estar enfundado en un lustroso sayón gris que los presenta como pulcro caballero. Llegaron desde la distante Australia, donde los simpáticos ositos koalas se alimentan de sus hojas. Llegaron en copiosa migración. El diccionario dice que existen más de un centenar de especies. Sus hojas son generalmente alargadas, pero los hay que tienen redondas dispuestas de par. Seguramente, no todas las variedades han venido a éstas tierras. Vemos a sus troncos erguidos con gallardía y, en el tipo más conocido, adquiere gran altura y considerable diámetro. Cada variedad sirve para determinados usos. Otra característica de los Eucaliptos, es el olor que despiden sus hojas al ser maceradas o simplemente por el roce que producen los vientos.

Son los más enhiestos árboles que sirven de ornamento, y en los viveros, resultan de fácil manejo, tanto en los almácigos como en sus transplantes. Luego, se los distribuye a los sitios donde se desea y adquieren un veloz desarrollo, razón por la que muchos los eligieron para reforestar sus campos. Cada una de las variedades, tiene cualidades particulares que determinan su uso: postes, leña, industria papelera, delimitación de terrenos, saneamiento de tierras bajas o simplemente como adorno. En éstos tiempos, perdieron algo de esa preferencia, debido a los competidores y el uso del cemento armado.

En la ciudad, se los utiliza principalmente en la ornamentación pero, debido por su gran desarrollo, se evita ponerlos en las aceras. Sí, son reclamados por su elegante y hermosa presencia en los patios y parques en donde los vemos formando núcleos. A veces están en grupos por lugares que, tal vez, hayan sido baldíos re