Amigos
vegetales:
con
ustedes, por ustedes,
somos
rocío y aliento,
con
ustedes, por ustedes,
respiramos
y crecemos.
Pulmones
del útero primigenio:
con
ustedes, por ustedes,
se
perfilan nuestros surcos,
con
ustedes, por ustedes,
florecen
nuestras vidas.
Hermanos
árboles:
con
ustedes, por ustedes,
estamos
abrazados,
con
ustedes, en ustedes,
seremos
enterrados.
EL
SAMU’Û.
(Palo Borracho)
En
hileras, sobre aceras enfrentadas, florecían aquellos
lujuriosos Samu’û de la calle Ayacucho, cercano al
Tenis Club. Pasaba frente a ellos deslumbrado por la
belleza de sus flores. Tiempo atrás, eran como quince.
Ahora son menos, envejecidos y maltratados en podas
irracionales. Sólo muestran los muñones de sus
mutilados brazos. Un día, bajé del automóvil para
hacerme de una de sus anchas espinas, marrones y chatas,
que en nuestra niñez usábamos como trompitos. Las
flores estaban a mano. Arranqué algunas y las llevé a
casa. - Qué hermosas orquídeas, ¿dónde las
compraste? - Nos las compré, las tomé del árbol. -
Ah, ya veo..., son flores de Palo Borracho... ¡Qué
belleza!.
Algunas
blancas, otras amarillas o rosadas, en diversos tonos,
con adornos de pintitas marrones en la base interna de
sus pétalos, son realmente preciosas. El Samu’û,
cuando está vestido de sus flores, pierde sus hojas,
igual que el Lapacho. Entonces, parece una gran
orquídea sobre el pecho de la tierra.
Al
comentar con los amigos el acontecimiento de la
floración, indicándoles los lugares donde estaban,
generalmente, escuchaban con asombro. Nunca se fijaron
en ellas. Total, aquellos árboles eran solamente Palos
Borrachos. Los marginaban, tal vez creyendo que fueran
realmente beodos, debido a su tronco, abultado en la
base y adelgazado arriba, semejando botellones. Los más
fantasiosos, inventan narrativas asegurando que, las
exageradas panzas, contenían cosas increíbles, ocultos
habitantes o caudalosos ríos. Repetían aquellos mitos
aborígenes, cuyas fabulaciones suponían que esas
grandes barrigas servían de depósitos para guardar
cosas increíbles. Serían vasijas que encerraban peces
en un torrente poblado de seres inventados, cuyas
historias se enlazan con sus ancestros.
Entre
las muchas plantas de Samu’û diseminadas por la
ciudad, una en especial, despertó mi imaginación. Es
la que habita en la avenida Costanera, cerca de la
escultura de la "Taragüí", cuyos robustos
muslos y "amplias caderas de combas
triunfales", como decía Claudio de Alas, destaca
el vigor de la hembra guarani. El vecino Palo Borracho,
con su enorme panza, simulaba gravidez para emular al
símbolo de fecundidad de la estatua. Tiene como señal
significativa una honda cicatriz que parece oficiar de
ombligo. Sería la huella de alguna artera puñalada del
destino, testimonio perdurable de la crueldad que nos
rodea.
Una
mañana, lo llevé a mi nieto José Ricardo para
mostrarle el costado herido. Lo observó con atención:
¿Porqué lo hirieron? En su infantil inocencia no
podía comprender ciertas cosas. Al pasar frente al
monumento de la "Taragüí", miró con
disimulo los senos al aire, quizás con pudor, y volvió
a preguntar: ¿Porqué la dejaron desnuda? Cuando
observamos el río, desde Punta San Sebastián, parados
sobre ése pezón de tierra que se adentra a la
corriente, como ofreciendo su pecho al vital elemento,
temí que lo comparara con los senos de la "Taragüí".
¿Cómo habría de explicarle al pequeño, que recién
aprendía el discurrir de la vida, todas las maravillas
y similitudes de la naturaleza?
El
Samu’U más recordado, por su enorme dimensión y
generosa floración, es uno que estaba en el patio de la
Escuela Del Centenario. Aprovechando las vacaciones,
imprevistamente, lo mataron. No se sabe por qué, si a
nadie molestaba. Lo degollaron y lo arrancaron de raíz
llevando sus restos quien sabe donde. Fue un hecho
histórico por las protestas generalizadas, aunque
inútiles. Su gigantesca mole desapareció del lugar.
Fue un sacrificio estéril puesto que ése sector del
patio no es usado para ninguna actividad.
Los
indígenas utilizaban los troncos de Samu’u para
fabricar canoas o como recipientes de agua, pero la
madera es casi inservible (por floja), y tampoco sirven
las blancas fibrillas del sedoso vellón del interior de
sus frutos (por cortitas) Sin embargo, los bellos Samu’û,
nos brindan el adorno de su singular figura y el aderezo
inigualable de sus flores. Además, la cocción de sus
espinas, secas y raspadas, cura la conjuntivitis y otras
molestias.
¿Son
borrachos? ¿Quién puede confirmarlo? La verdad es que
son espléndidas expresiones, genuinas y exquisitas, de
la fecunda Madre Tierra. Son verdaderos Poemas de la
naturaleza.
EL
ARASA.
Hay
distintas variedades de Arasa (Guayabo), gran arbusto o
pequeño árbol: Arasa morotî (blanco), Arasa sa’yju
(amarillo), Arasa hovy (verde) y los Arasa’i
(pequeño), dispersos por los montes, de frutas
chiquitas. El Arasa crecido entre otros árboles, por
exigencias del entorno, alcanza más altura, En los
arasaty (guayabales), sin tener gran desarrollo, forman
un conjunto de plantas que no aceptan a otras especies.
Sus tallos lucen hermosos pues, con frecuencia, se
desprenden de su epidermis y permanecen verdes y
lustrosos, asemejándose a los arrayanes o al revez, las
ramas de éstos se parecen a las de los guayabos.
Todos
conocen cuan sabrosas son sus frutas. Pueden ser comidas
con cáscaras y semillas. Es también delicioso
preparadas como mermeladas, dulces y diversas otras
formas. Para mí, es el dulce más exquisito.
La
infusión de sus hojas es buena astringente, empleada
para curar la flojedad del vientre y la diarrea. Por
ése mismo efecto, abusar comiendo mucha cantidad de sus
frutos, produce estreñimiento. Sobre todo si no se
extraen las semillas o no se lo acompaña con algún
otro alimento que favorezca su tránsito por los
intestinos.
Durante
varios años, me dediqué al cultivo de arroz. Un día,
traje del campo dos plántulas de guayabo. Don Castillo,
las ubicó cerca del cordón de ligustrinas que, junto
con una murallita de medio metro de alto, servía de
lindero con la acera. Prosperaron, no lejos de un
Níspero y un Aguacate. Resultaron ser de dos
variedades. Los frutos de uno tenían cáscaras lisas y
suaves, amarillas al madurar, como su pulpa. Los del
otro, mantenían su piel rugosa y gruesa, verde oscuro
hasta bien entrado en sazón, y la carne de color rosa
fuerte. Ambos, mejoraron en calidad y tamaño con la
poda de don Castillo. En varias ocasiones me trepé a
ellos, como cuando niño, para elegir y comer allá
arriba sus carnosas frutas. Sus ramas me sostenían sin
desgajarse. Aunque no tenían suficiente grosor, eran
fuertes y flexibles, como las del Guajayvi.
Un
caluroso medio día, en ausencia nuestra, llegó a casa
mi cuñado Pepe. Metió al patio su camioneta y, con la
casa cerrada, no tuvo mejor idea que forzar una ventana
para poder dormir. Le acompañaba un peón que prefirió
quedar en el patio improvisando una suerte de campamento
al amparo de la escasa sombra de uno de los guayabos.
Allí, se acomodó a tomar mate con el fuego de unas
leñitas que pudo recoger. Viajaba con su patrón
llevando sus enseres indispensables. Nos conocíamos
desde que nos vimos en la arrocera de Pepe. Parco de
palabras, bronceado, con sombrero de alas anchas, rojo
pañuelo al cuello, camisa mangas largas, bombacha y
alpargatas, el hombre era un genuino aborigen.
Regresamos
al atardecer. Reconocí enseguida la figura del
personaje. Siendo el Arasa de su amistad, se ubicó bajo
su escasa sombra. Cómodamente, colgó de sus ramas
algunos bártulos y decidió descansar allí, sin elegir
el mejor cobijo del Mango o del Níspero, de sombras
más densas. Por lo visto, tenía sus preferencias. Con
cierta curiosidad, quise averiguar el porqué de su
elección sin poder sonsacarle mucho. Según sus pocas
palabras, los árboles desconocidos, podrían tener
algún influjo malo o sortilegio. Su mirada afectuosa al
Arasa y la cautelosa a los demás, confirmaba el recelo
sugerido. Se sentía mejor protegido al amparo del
árbol conocido, aduciendo que la sombra de éste era
más fresca porque sus hojas dejaban pasar libremente la
escasa brisa de la calurosa tarde. Simple y extraña
explicación de la visión silvícola.
En
aquella época se dejaba el portón sin candado y, si
estábamos en casa, la puerta de calle sin llave. La
inseguridad nos obligó a levantar vallados y colocar
rejas de hierro. Ya no están ni las ligustrinas ni los
árboles. La ampliación de la casa, y quienes están al
acecho de lo ajeno, nos obligaron a eliminarlos.
Quedamos con la añoranza de aquellos amigos vegetales.
Las circunstancias nos obligan cometer muchas
ingratitudes aunque, con el tiempo, regresan a la
memoria con aureolas inolvidables.
EL
SAUCE LLORÓN
Todos
admiramos la belleza de los Sauces. Es maravilloso
verlos cubriendo las costas de los ríos con el verdor
de sus esbeltas siluetas. En ordenada formación, entre
sus primos Alisos, como si fueran sembradas por el Gran
Dibujante. Sin elevarse mucho, sus largas y flexibles
ramas se vuelcan hacia abajo y forman la figura de un
vaso invertido. Para muchos, son símbolos de la
Tristeza. Sin embargo, son ellos los que nos dan el
ácido salicílico, más conocido por aspirina, que
alivia los dolores y reduce la fiebre. En mis retinas ha
quedado un Sauce especial, llamado Sauce Llorón, que
también es tomado como figura de la Desolación, aunque
nunca encontré motivo alguno que lo relacionara con
ella.
Fue
increíble su tenacidad y guapeza. Lo trajeron como
estaca, para servir de tutor de un debilucho plantín
que no sobrevivió a las duras condiciones del
transplante. Él quedó allí, donde lo clavaron, casi
olvidado, mudo testigo del desenlace. Nada pudo hacer
para ayudar a su pupilo. Entonces, de puro buenazo que
era, o para halagar a mi yerno Gustavo, que lo metió a
la fuerza en ése gredoso agujero, echó raíces y se
abrió camino para ser árbol. Tal vez, haya tenido algo
de culpa en aquella muerte. Quizás, cuando sólo era
una vara, sin darse cuenta, él también desarraigado,
siguiendo los impulsos de sus calores naturales,
extendió sus raíces y ahogó a su pupilo. Gustavo, lo
vio brotar y se resignó a cuidarlo. Creció hasta
sobrepasar los techos, de la vivienda y del quincho,
entre los que lo habían puesto.
Seguramente,
por el aspecto de sus ramas, derramadas en finos
raudales de alargadas hojitas, semejantes a lágrimas,
le decían llorón. Podría ser verdad pues creció
solito, como guacho, a contrapelo de los códigos
genéticos, por haberlo puesto al revés, cabeza abajo.
Así que, levantó sus ramajes despatarrados, volcados
en vuelos de retroceso. Sin embargo, nunca sentí sus
llantos ni sus quejas. Al contrario, lucía un grueso
tronco que, a poca altura, se abría en dos, marcados
por ásperos surcos y, más arriba, se multiplicaba en
multitud de alisadas ramas verdes y lustrosas, delgadas
y flexibles, colgadas como detenida lluvia en cascada,
que se columpiaba alegremente con la más leve brisa.
Me
intrigaba ese apellido "Llorón". Era injusto,
aún pareciendo a un bulto emponchado que desea ocultar
algún motivo vergonzante o supuesta culpa que yo
asocié a la muerte de su tutelado. Me acercaba
queriendo oír alguna quejumbre pero nunca conseguí
percibir ninguna. Al entreabrir el cortinado de sus
ramas, y guarecerme bajo su alero, mas bien sentía una
gratificante sensación de alivio que cambió aquella
visión inducida por el apelativo. Así, descubrí un
espacio nuevo. Un mundillo distinto, agradable, de
sereno silencio. Tuve la impresión de recibir una tenue
lloviznita, como Jasukavy, mencionado en los Himnos
Sagrados de los guaraníes. Había temido que fuera
penoso sentarse a la sombra de ése ensimismado
personaje mal nombrado, pero encontré que era un lugar
apropiado para despejar, en ocioso estar renovador, las
obsesiones, contradicciones y paradojas cotidianas.
Llegué
a suponer muchas cosas, equivocadamente, debido a la
apariencia de su figura y el arbitrario apelativo.
Luego, imaginé que en el alocado correr de su savia
subiendo a contramano en busca de la luz, topetaba con
vallas imposibles de vencer y giraba de retorno hacia la
tierra, exhibiendo el hermoso verdor de sus alargadas
gotas. De pie bajo sus frondas, descubrí que allí se
goza de una paz gratificante. Antes, lo consideraba un
ermitaño, segregado de sus parentelas y engolfado en
agobios infinitos. Después, recibí una magnífica
lección. En su benevolente lenguaje sin palabras, pude
pillar su alegre realidad. Levantaba su tronco hasta
conseguir un pulido esmeralda, luego descendía, con
tímida humildad y delicado pudor, en cientos de brazos
que cubrían su desaforado crecimiento, para acariciar
al suelo en gesto de agradecimiento natural.
Los
pájaros lo sobrevolaban y se posaban en su copa para
disfrutar de un agradable balanceo, pero ninguno atinó
a construir su nido entre sus ramas. Su calidad de
ciudadano lo había condenado al destierro y, por otra
parte, lo salvó de ser nuevamente cercenado de un
machetazo para ser convertido en tirante de algún
rancho o leña y cenizas. Quedó enclaustrado,
conviviendo con los chicos en ése limitado patio, donde
sentía el calor de un hogar y participaba de todas las
travesuras. Soportó estoicamente el entorno de asfalto
y ruidos molestos, añorando las riberas del río.
Cuando
soplaban vendavales, los movimientos de sus ramas,
simplemente los cuerpeaba, sin desgreñar su copiosa
cabellera. No lo arredraban los latigazos del relámpago
ni los desafiantes rugidos del trueno. La flexibilidad
de su radiante armadura lo ponía a salvo. Si llegaban
las lluvias, a él se abrazaban y convivían hasta el
desplome de las últimas gotas que alisaban y lustraban
su bella túnica.
Los
Sauces son arpas eólicas que pulsan sus cuerdas con los
más suaves soplos. Entonces, cantan una canción hecha
de murmurios. Él, evocaba al río con reminiscencias de
espumas. ¿Quién dijo que se doblegaba de agobios? Sus
inflorescencias seguían sus vuelos hacia el río, en
busca de las playas, transportando entre pelusillas
volanderas la fecundidad de sus diminutas semillas que
formaban pelotones para la reproducción. Más, las
intenciones eran vanas. No encontraban los senderos que
debían llevarlas a las riberas. Nunca serían
constructoras de alineados saucedales. Morían dispersas
sobre el duro pavimento de la ciudad. Parecía que el
pobre árbol, por su desesperado anhelo de cumplir con
su misión, a punto del desahucio, agacha sus ramajes,
con gesto de hermandad e inesperada ternura para
acariciar a la madre tierra y pedirle que le conceda
ésa gracia.
Un
día, de pie bajo la sombrilla de sus volcadas ramas,
tuve la sensación de estar bajo una maravillosa carpa o
fortaleza. Me refugié allí, sintiendo que, recostado
en su tronco, estaba en el interior del Sauce y que ése
rincón era mi propia interioridad. Su amparo me
ofreció una fresca holganza de dichoso claroscuro. Era
un telar encantado. Me sentía culpable por mirar con
satisfacción que la estaca aquella se haya convertido
en árbol a costa de la muerte del pequeño tutelado.
Antes que "Llorón", deberíamos decirle
"Afectuoso", o darle nombre de mujer.
Graciosa, elegante, romántica, coqueta, amorosa,
sentimental y curadora de muchos males. Destacaría su
galanura, su donaire y las candorosas caricias de sus
cientos de manos con efluvios vegetales. La cubriría de
piropos, como a una exquisita y bella dama.
UN
YVAPOVÔ Y UN AGUACATE.
En
el patio de una casa, actualmente ya demolida, los
habían puesto casi juntos, al Yvapovô nativo, que
además es nombrado como Coquito San Juan, y al Aguacate
de origen centroamericano, también llamado Palta.
Ambos, uno bien en la esquina, y el otro plantado al
borde del alambrado, comenzaron creciendo sin
dificultades. Pero, era evidente que, con el tiempo, el
Yvapovô se elevaría con su enorme y portentosa copa de
pequeñas hojas, y no dejaría lugar al Aguacate, de
hojas grandes pero incapaces de rivalizar con las del
otro, de rudos ramajes. Desde la adolescencia,
compitieron por el espacio aéreo, cada uno queriendo
atrapar su porción de energía solar. Más o menos
reconciliados en ésa brega, surgió la subterránea.
Las raíces del Yvapovô por numerosas y fuertes,
superaban a las del Aguacate y, lentamente, iba
aniquilándolo.
Un
vecino de la misma cuadra, al ver que el pobre iba de
mal en peor, pidió trasplantarlo a su patio, aunque
temía que el desarraigo lo arruine por completo. Por
trasladarlo en el menguante de fines de Marzo, recobró
fuerzas y, para la primavera, se enderezó hacia arriba.
Desde patios cercanos, siguieron cultivando cierta
amistad.
El
Coquito San Juan, con sus tupidas hojas, mientras
destruye la vereda con las potentes raíces de su
robusto tronco, cobija hasta ahora algunos nidos. Sus
frutos son aprovechados por escasos niños que gustan de
su sabor. En otra época, rumiaban su pulpa hasta
adobárseles la boca.
El
Aguacate, tardó mucho en frutecer, a pesar de lucir
verdes y lozanas hojas en sus elevadas ramas. En éstos
tiempos, caen algunas desde sus ramas. El señor Velozo,
quien vive ahora frente a la tapera del patio abierto,
suele recogerlas. También los hacen quienes saben el
secreto del árbol que vive en la soledad del patio
abandonado. Ya nadie mora en esas propiedades,
expropiadas para ser destinadas al complejo de Parques
de la avenida Costanera. Pero, ambos árboles, que
proliferan en toda la ciudad, siguen saludándose desde
los baldíos, y no abundan los conocedores de las
sabrosas Paltas.
Los
Yvapovô elevan sus admirables copas por todas partes.
También lo hacen los Aguacates, en sus dos variedades:
Una con sus ramas hacia arriba y la otra con ramajes
abiertos cuyas frutas son más pequeñas y redondeadas.
Son muchos, pasan cerca de éstos magníficos árboles,
de espléndidas sombras, sin conocer siquiera el tesoro
de sus frutas. Tiempo atrás, ignoraban que las Paltas
son comestibles. No sabían que pueden ser consumidas
directamente o preparadas en forma de puré o en
trocitos, con azúcar o con sal, como ensalada. Hasta
hoy, muchos desconocen sus propiedades nutritivas.
LOS
MANGOS
Los
mangos, de grandes copas circulares, brindan sombras
maravillosas. Los rayos de sol apenas traspasan el techo
verde formado por sus duras hojas perennes. Estando
solo, desplegará sus ramas, con generosa amplitud para
darnos su amparo, como Gran Patriarca. Si están
agrupados, unirán sus brazos, como se estila en una
familia fraterna, y brindarán una continuidad dadivosa
de contornos amparadores como un enorme galpón cuyos
costados se abren a nuestro arbitrio y disfrute. Al
cobijo de sus tupidos ramajes, suelen desarrollarse
amenas reuniones y es costumbre instalar una hamaca o un
catre para pasar placenteramente las calurosas siestas.
En
1947, cuando llegué a Corrientes, pocas personas
conocían de su existencia. Los mangos, en todas sus
variedades son originarios del Asia y se han difundido
tardíamente por éstas regiones. Supe después que, en
el año 1932, don Emilio Fadlala, por entonces residente
con su familia en Empedrado, trajo desde Asunción, dos
pequeños mangos que fueron plantados en el patio del
señor Brusco. Tal vez, hayan sido los primeros de la
zona. Actualmente, se los encuentra en todas partes, en
el campo o en la ciudad. Es hermoso verlos prodigar sus
excelentes sombras. Su abundante floración los
convierte en grandes ramilletes. Luego, se llenan de
frutos cuya fragancia y sabor hacen el deleite de chicos
y mayores. Pueden ser consumidos desde verdes, apenas
sazonen, con un poco de sal, o maduros, como fruta
fresca, o preparando conservas, dulces, jugos o vinos.
Su resina es sudorífera y antisifilítica. También
cura la diarrea. La cocción de su corteza baja la
fiebre y es purgante. Todo es cuestión de saber
prepararla y conocer las proporciones.
Aproximadamente
en el año 1955, como algo novedoso, me regalaron un
plantín en San Cosme, que fue puesto en mi patio por
don Castillo, un viejecito de manos germinadoras. Allí,
creció con su tronco abierto en dos desde la base, como
siameses. Un tiempo después, el mismo don Castillo,
realizó la operación quirúrgica para separarlos,
cuando ya era un árbol bastante crecido. Dividió en
dos al tronco. Al extraído, con mutilaciones de brazos
y raíces, lo llevó, de tumbo en tumbo, hasta meterlo
en el hoyo que había preparado en otro sector. Allí,
con obstinación estoica, sobrevivió y abrió sus
brazos para brindarnos su generosidad.
En
poco tiempo, aquellas asombrosas plantas, estaban
presidiendo nuestro patio, convertidos en refugios de
bullangueros gorriones, huidizos chovy y agoreros
pitogües. Hasta las piriritas, los tordos y cardenales,
detenían sus vuelos sobre tus tupidas ramas. Eran
espléndidas cúpulas, instaladas para nuestro solaz en
las canículas. Comíamos con gusto sus frutos. Si no
directamente, cortábamos su pulpa en pequeños trozos,
los licuábamos y bebíamos el jugo. Colado para
suprimir las fibras.
Don
Castillo, nunca me explicó con claridad el motivo por
el que abandonó su añorada chacra de San Roque. Sólo
evasivas o medias palabras, que la inundación del Santa
Lucía, que la sequía, que las plagas, que los bajos
precios, que el relumbrón de la ciudad... pero, sus
vivaces ojillos, pícaros y alegres, delataban sus
nostalgias por el terruño. De sus manos prosperaron
nuestras plantas. Los mangos ofrecieron sus enormes
brazos entrecruzados en laberíntico verdor, como
castillos, dignos del hombre que los separó y cuidó.
Durante
todo el día, se llenaban de silbos y algarabías, aún
con los pájaros ausentes. En sus ramas quedaron
aquellos ojos socarrones del viejito que no tardó en
viajar para construir otros castillos y alcázares,
quien sabe donde.
Varios
años después, los arrancaron a ambos. Los tumbaron y
sacaron de cuajo, con picos palas y hachazos. De
aquellos techos, amparadores de inolvidables momentos
ociosos y gratificantes, quedaron sólo dos hoyos
enormes con algunas raíces que resistieron el
destierro. Ambos templos, que albergaron nuestros
sueños y fantasías con el espléndido regalo de sus
sombras, flores y frutos, se transformaron en dos tumbas
vacías queriendo acunar las alegrías insepultas que
habían germinado.
Como
generosa dación final, en gesto de total
desprendimiento y magnífica despedida, el mellizo que
fuera trasladado, prestó sus condenados bríos para
sostener sobre su recia arquitectura, el claveteado de
un piso de tablas destinado al "Club secreto de los
espías", inventado por los nietos. El abuelo
ayudó en la tarea y los chicos reemplazaron al bullicio
y parloteo de los gorriones.
María
Inés, la de mayor edad, no tuvo tiempo de imponer su
capitanía. Raúl Justo, se adelantó en auto nombrarse
y detentó el puesto de Jefe de la pandilla, asediado
por Santiago. En tanto, José Ricardo, quien también
pretendía serlo, siguió prudentemente las indicaciones
de los demás integrantes del "Plu secreto",
como decía él. La pequeña María Leila, gimoteaba:
"Subí... subí..., pidiendo que la alzaran por la
escalera improvisada que conducía al nido de las
pequeñas águilas. También llegaban otros
compañeritos que, una vez recibida las instrucciones
del caso, podía acceder a tan secreto y deseado lugar.
¡Cómo disfrutaban! Hasta la engancharon a la tía
abuela Yulia, como adherente y miembro del Club. Ella,
siguió la aventura como una más del grupo y se metió
en los detalles de las reglamentaciones y formalidades.
Formó parte de las discusiones y los rituales.
Al
final, todos nos contagiamos del entusiasmo y las
diversiones de los pequeños. En alguna forma,
participamos de las ocurrencias y las pequeñas
disputas, de la provisión de alimentos que debían
subir a la plataforma o la seguridad de las barandas.
Pero, la hora postrera de aquel Mango estaba cercana.
Pocos meses después, ese mundillo se vino abajo. Los
chicos siguieron insistiendo en reconstruirlo en algún
lugar. Pero, ¿Dónde? Sin los mágicos follajes de
brazos entrelazado, ¿dónde?
Derrumbados
los andamios de rugosas cortezas, quedó la evocación
de aquellas columnas emplumadas, de hojas y pajaritos.
De sus fragantes frutos, el recuerdo. Los alados
habitantes, y también los nietos, siguen correteando
por el patio. Don Castillo, de poco hablar y mucho
hacer, quedó suspendido del follaje imaginario, debajo
del nuevo techo de tejas, construido por su propio hijo,
en el sitio que ocupara aquel hermoso árbol.
El
tiempo nos arranca muchas cosas queridas, pero la
memoria nos restituye imágenes inolvidables. La mente
las nombra, transplantadas en recuerdos, como briznitas
con luces, igual a la labor de aquel viejecito que se
llamara don Castillo.
EL
GUAJAYVI DEL TALAR.
Cuando
vinimos a vivir en Corrientes, a una cuadra de nuestra
casa, estaba ya instalado don Silbano, un hombre de
campo que, aquerenciado en la ciudad, sin cambiar sus
costumbres campesinas, construyó él mismo, su rancho
con paredes de estanteo y techo de paja. Seguramente ya
contaba con los árboles que conocí en su patio: un
espigado y alto Guajayvi de muchas ramas en forma de
varas a los costados, dos pequeños Ñangapiry cuyas
dulces frutitas nunca llegaba a satisfacer nuestras
apetencias, y los sorprendentes Juasy’y (Tala),
convertidos en tupida y hermosa enramada que, dividido
por una verja de gajos de Guajayvi, oficiaba de tambo.
El lindero vecino, cerrado con alambrado, estaba
cubierto por las mismas ramas agachadas del talar que
parecían haberse puesto de acuerdo para formar ese
reparo a los terneros, siendo a la vez lugar de ordeñe.
Su uso se extendía a múltiples actividades. Muchas
veces de carpintería u otros trabajos. ¿Cómo
consiguió don Silbano formar todo ése conjunto? La
naturaleza nunca deja de brindarnos alguna protección.
¡En cuántas cosas nos sirven los árboles!. Sin
embargo, no sabemos valorar la dimensión de ésa
cálida ayuda.
Por
entonces, la orilla sur de Corrientes, estaba marcada
por nuestro Barrio "Evita", ahora "Berón
de Astrada". El servicial don Silbano, todas las
mañanas, venía a traernos dos limetas (botellas) de
leche aún tibias. Él silbaba durante todo el tiempo,
mientras ordeñaba o en su cansino andar por las calles.
Al llevar las vacas al campito vecino, de tanto en
tanto, emitía dos o tres chistidos fuertes para
azuzarlas y seguía con su interminable silbo. Era la
forma de amenizar sus tareas, el condimento sonoro de su
andar. Lanzado en sordina, yo no podía entenderlo bien
pero estoy seguro de que entonaba algún chamamé. Era
ingenioso y sencillo, no usaba lazo ni cabalgadura para
arrear su ganado. Sólo se ayudaba con una resistente y
flexible varilla sacada al Guajayvi. Con ella,
estimulaba a sus animales para repuntarlos hasta los
terrenos aledaños donde los dejaba pastando. Al
atardecer, volvía a traerlos para encerrar a los
terneros.
Una
vez, que lo vi pasar esgrimiendo esa suerte de fusta, me
dijo que iba a la Comisaría porque habían llevado
presas a sus vacas por invadir los terrenos del Aéreo
Club. Él sabía arreglar esos pequeños incidentes.
Volvió sonriente, sin protestar.
Durante
el día, cuando no hacía alguna changa, tomaba mate con
su compañera a la sombra del Guajayvi. Éste, de noble
madera, elástica y fuerte, sirve para cualquier trabajo
de carpintería. La aprecio porque me regalaron una mesa
hecha de ella que duró una eternidad. No teniendo ya
acomodo en mi casa, la regalé. Es una madera dócil y
liviana. Muy buena para mango de cualquier herramienta,
lista para resistir los golpes a los que se la someta.
Don Silbano, venía a nuestra casa para limpiar el
gallinero y cultivar los tablones de nuestra huerta que,
por aquel entonces, teníamos. Sus callosas manos,
enguantadas con su propia piel endurecida, eran
incansables y tiernas, tanto para los trabajos de la
tierra como para ordeñar los pezones. Una vez, al
volver de sus gestiones ante el Comisario, mientras me
contaba los entuertos con la policía, me mostró su
Libreta de Enrolamiento. Allí, su nombre figuraba
Silbano y no Silvano. Le expliqué que me parecía que
había un error, porque escribiéndolo con B tenía un
significado y con V, otro. Él respondió: "Hade
ser así nomás... pero yo me llamo Silbano porque me
gusta silbar y no Silvano. No soy de la selva, aunque
allí están los silbos".
El
tiempo pasó. Aquellos baldíos se llenaron de
construcciones, monobloques y casas, de Barrios y más
Barrios. Ahora, el nuestro es el centro geográfico de
la ciudad. Las vacas desaparecieron. No olvido al útil
Guajayvi ni los pequeños Ñangapiry. Tampoco aquel
talar conformando un gran espacio cubierto por el
entrecruzado de sus elásticas y aparentemente belicosas
ramas que se convirtieron en una especie de carpa, cuyos
faldones levantados ofrecían un refugio maravilloso.
Pero, ¿podemos hablar de la utilidad de algunos
árboles y la inutilidad de otros? Siempre son útiles,
y también necesarios. Todos son vitalmente
indispensables.
No
supe qué destino tuvo don Silbano. Tal vez, se haya ido
a silbar por otros horizontes inalcanzables, de
extramuros, llevando consigo al sorprendente talar y su
inolvidable Guajayvi.
EL
GUAPO’Y
(Higuerón - Traga Palo)
Cuado
está crecido, es un árbol imponente, de grandes hojas
ovaladas y gruesas. Sus ramas y sus raíces son
vigorosas aunque sus frutos son pequeños higos que los
pájaros comen y luego deyectan las semillitas en las
horquetas de los demás habitantes vegetales. Allí, la
minúscula simiente germina y crece alimentada por sus
propias raíces aéreas, sin robar la savia del amigo
que lo sostiene. Se sustenta como la Flor del aire. Poco
a poco, sus largas raicillas bajan engrosándose hasta
ser poderosas como troncos. Al llegar a tierra, se
afirman y toman más fortaleza. Entonces, se convierte
en sólido árbol que ahogará a su anfitrión. No es un
parásito chupador de la savia ajena. Es que, siendo tan
cariñoso, sus afectos tienen tal vigor que ahogan en
sostenidos abrazos. Muchas veces, los pajaritos defecan
en las propias horquetas del Guapo’y. Las semillas
tragadas el día anterior, germinan allí y crecen
abrazándose al padre, con peligroso cariño. Eso le da
la mala fama que tiene para endilgarle todos los
estigmas posibles: Traga palo, Asesino, Traicionero,
Desagradecido y otros epítetos antojadizos. Y,
verdaderamente es un constrictor vegetal, que luego de
aprovechar la hospitalidad, estrangula lentamente a su
anfitrión. Aún así, ¿acaso puede hablarse de maldad
entre los árboles? Ninguno lleva ése sentimiento en
sus savias. Se trata solamente del impulso de
sobrevivir.
Pero,
desde otros aspectos, el Guapo’y, ofrece varias
bondades. Machacando sus ramas, se extrae un líquido
lechoso muy bueno como purgante que también combate la
anquilostomiasis y otros parásitos intestinales. Si
crece en el suelo, se transforma en gigantesco árbol,
capaz de cobijar bajo su sombra lo equivalente a una
casa. Además, pueden ser usados sus perfiles como
metafórica figura en la que, una insignificante
semilla, abate al más fornido árbol o destruye un
antiguo edificio, si no se toman precauciones.
Sin
dudas, el Guapo’y es de cuidado. Siendo sus higuitos
muy apetecidos por los pájaros, su población aparece
por todas partes. Al hacerse ciudadano, no desprecia
ningún lugar para echar raíces. Sus diminutas semillas
se instalan en la corteza de árboles, en techos y
rajaduras de paredes. Si se las deja crecer a su
arbitrio, hasta derrumbará la casa. En ése caso:
¡Cuidado! Ha nacido un gigante. La pequeña plántula
puede estar agazapada en cualquier sitio y su desarrollo
conlleva muchos riesgos, ya esté en intersticios de la
vereda, muralla, zócalo, techo o cualquier otro lugar.
No respeta ni los edificios históricos. Por supuesto,
él nada conoce de historias, sólo sabe que ésas casas
antiguas les ofrecen murallones de adobe, ideales para
germinar y crecer. En cuanto alcance la feracidad de la
tierra, sus raíces podrán hender las paredes o lo que
fuere. Aunque su madera es blanda, casi fofa, en la
medida de su crecimiento, sus raíces se constituirán
en poderosas garras.
Conozco
muchas historias sobre el Guapo’y, además de una
hermosa leyenda aborigen. Recuerdo que, a poca distancia
del casco de una estancia en Tava-i, había uno tan
grande que parecía un galpón. Según me contó el
Capataz, creció ahogando a su protector, una palmera de
Yata-i, para convertirse en árbol de grandes
dimensiones con un enorme espacio de sombra. Copudo y
útil, un día, por estar sobre suelo muy arenoso,
intensas lluvias aflojaron sus sostenes y una tormenta
lo derrumbó. Pero, sin amilanarse, con sus raíces al
aire, improvisó otras que sirvieron de anclaje y
sustento. Acostado, siguió manteniendo su monumental
cáliz. Lo utilizaban como lugar de desensille de los
montados, para dejar a su sombra el sulky o el carro, y
como depósito de postes que se apilaban parados entre
sus innumerables y gruesas raíces formando un verdadero
laberinto, refugio de cluecas y otros animalitos. Era
realmente portentoso el servicio que prestaba a la
peonada durante los momentos de descanso y espera.
En
la ciudad, es combatido en toda forma. Es cierto que, si
se lo deja prosperar, los daños causados son
importantes pero, muchas veces, es la misma desidia del
propietario, la que permite que se ocasione el
perjuicio, por no sacarlo a tiempo de su pared o techo.
La culpa no es sólo del árbol. Es común escuchar el
ulular del viento entre sus hojas, como es común que se
le endosen las peores calumnias. El Guapo’y no se
inmuta por ello, sigue siendo un constrictor vegetal,
una boa que va ajustando sus anillos en lento y letal
crecimiento, pero se trata de la sobre vivencia.
EL
GOMERO DE LA INDIA.
El
Parque Mitre es la morada de una rara variedad. Es un
enorme Gomero de la India al que también llaman Higuera
de la India o Higuera de la Pagoda. Su tallo fue
engrosándose con las raíces que brotan desde sus ramas
horizontales, de tal forma que, ahora, es un árbol
espectacular que acrecienta su tronco en forma
extraordinaria y múltiple. Las raíces, bajan hasta el
suelo formando un verdadero laberinto que, según el
letrero, abarca un contorno de 21 metros. Nacidas
arriba, llegan hasta el suelo y logran aumentar el tallo
original tanto que, para protegerlas, tiempo atrás, las
habían encerrado con un cercado de hierro. Haciendo
caso omiso a tal advertencia, siguieron bajando más y
más raíces, gruesas y fuertes, que ahogaron a la reja
metálica dejándola aprisionada. Ahora, la verja apenas
está a la vista. Es notable la situación creada, y
vana la búsqueda del tronco original. El grandioso
árbol con su voluminosa copa, es una Cúpula que cubre
una superficie aproximada de 60 metros en derredor.
No
deja de tener parecidos con nuestro nativo Guapo’y y
los Gomeros de la ciudad, por sus grandes y gruesas
hojas, por sus frutitas y por desprender de sus ramas
raíces que buscan el suelo. El Guapo’y produce
higuitos, semejantes a los de la India y tiene también
la costumbre de echar algunas raicillas desde sus ramas,
tal vez, urgido por el vigor de su desarrollo, pero
mueren pronto y apenas quedan como barbillas
incipientes. El Gomero común de nuestra ciudad,
también acrecienta su tronco con raíces que bajan por
sus costados, pero no tienen las proporciones de las de
la India De ser parientes, los tres deben serlo,
cercanos por los parecidos pero lejanos por la cultura
de su reproducción y crecimiento
El
Gomero de la India, es el árbol más curioso que tiene
el Parque. Según indica el cartel, cuenta con más de
250 años. Dicen que un viajero que llegó hasta ése
lejano país, tuvo la ocurrencia de traer la desconocida
variedad y ordenó que se lo plante en el Parque.
Habría sido algún adinerado "poguasu"
(influyente), ufano de su adquisición, haciendo gala de
su antojo, como quien compra un animalito exótico para
cautivarlo en su terruño.
Probablemente,
éste gomero aumenta su tronco con sus propias raíces
ante la imposibilidad de tener descendencia. El grandote
no encuentra ninguna forma de procrear. Parece que
ningún habitante con alas de las cercanías gusta de
sus higuitos o, tal vez, sea necesario que sus
semillitas pasen por el estómago de algún pájaro en
especial, para que germinen. No le ocurre lo mismo al
Guapo’y, cuyos frutos son más pequeños y no tan
duros. Los de la India son mayores y de cáscaras más
resistentes.
En
el mismo Parque, cercana a la costa del río, amparando
a un simulacro de faro, vive otra higuera casi tan
frondosa como el de la India. Tiene altas y numerosas
ramas pero sus hojas son chiquitas. Su tallo podría
tener un diámetro de seis metros, y sus tupidos
follajes abarcarían un círculo de cuarenta metros. Por
ignorar su nombre, la bauticé: Yvyra Chichita. Tiene
dos hermanas en la Plaza 25 de Mayo, cuyas robustas
ramas se desgajaron por su excesivo peso. Estaban muy
abiertas, tanto que han tenido que apuntalarlas. Aún
así, se echaron a perder. Ahora cuentan con nuevos
brotes. He visto a otros Yvyra Chichita en los
alrededores de la Ciudad, con ramas elevadas, como la
del Parque. Por lo menos, se reproducen sin dificultades
La
Higuera de la India, es como un libro grandote, de
muchas páginas y letras menudas, llenas de historias
inacabables. Las de ella y las que escuchó y vio en su
entorno. Quienes visitan el Parque, se quedan a
observarla largo rato, como hechizados. Entre ellos, los
enamorados contándose sus cuitas bajo su amplio cobijo.
Me
hice amigo del mastodonte solitario. A quienes nos
visitan, los llevo hasta allí, donde él es el Señor
de las frondas. Así, conocen al más curioso habitante
del Parque Mitre. Le debemos buen trato al ilustre
visitante.
EL
TIMBÓ
El
Timbó, con su amplia y redonda copa, ofrece una hermosa
sombra. Es llamativo por la corpulencia de su tronco, de
ramas abiertas con pequeñas hojas en hileritas
palmeadas, como el Yvyrapytâ, Chivato y Jacaranda. Es
uno de los árboles indígenas que se ha popularizado, a
fuerza de constancia. Brota y crece en todo lugar, sin
que se lo siembre. Pocos saben de la calidad de su
madera que siendo floja resulta de mucha utilidad. Sin
ser dura, es duradera, aunque su porosidad dificulta se
manejo. Aparentemente inservible, sorprende su duración
al ser utilizada en determinadas necesidades y
circunstancias. Donde otras fracasan, ella logra larga
vida. La madera del llamado Timbó negro, se usa como
tablones, puertas u otros muebles, Se desempeña muy
bien cuando se la utiliza como liviana canoa. Boga por
el río serenamente, como jugando. Soporta golpes y
oleajes sin alterar su eficacia, con mesurada
competencia. Da mucho más de lo que uno espera.
Muchas
veces, está solitario pidiendo compañía para la
sombra que ofrece generosamente. Los arbustos se cobijan
a su derredor y, de sus ramas, penden los nidos que,
sorprendentemente, construyen las aves. ¿Cómo
conseguirán instalar los primeros palitos en la punta
colgante de las últimas ramas?
El
Timbó es un campesino que, al llegar a los pueblos,
supo cómo asimilarse a la vida ciudadana. Es un gaucho
que espera al amigo, en pleno campo, en el soto bosque,
en los patios o en las calles. Ha venido a la ciudad a
convivir con nosotros. Cuando está plenamente
florecido, parece una dama vestida de novia. Es
increíble verlo, tan corpulento y fornido, cubierto
totalmente por sus pequeñas florcillas blancas,
convertido en Domo. Enjambres de avispillas lo rodean
buscando libar sus mieles. Nunca averigüé cómo es
posible que crezca por todas partes pero siempre lo
distingo como uno de los árboles más apreciado.
Su
Leyenda cuenta que Kamba (Morocho) era un querido y
paternal Cacique de su pueblo. Su hija y su enamorado,
mancebo de otro grupo, quisieron casarse pero ambos
padres se negaron a aceptar tal enlace. La pareja se
fugó al bosque. Perdonada la falta y aceptada la
unión, fueron a buscarlos. Kamba, sin comer ni dormir,
deambuló varios días tratando de encontrar a su amada
hija. Aplicaba su oreja sobre el suelo para escuchar las
pisadas de los fugitivos. Extenuado, quedó dormido en
el suelo. Allí murió. Semanas después, encontraron el
cadáver del Jefe. De su oreja brotaba una nueva planta.
Es el Timbó que tiene los frutos en forma de una vaina
azabache, redondeada. Desde entonces al fruto del Timbó
le dicen Kamba Nambi (Oreja de Kamba)
El
Timbó, ofrece su afectuosa sombra a todos, como el
paternal abrazo de Kamba.
LAS
TIPAS.
Las
Tipas son generalmente de estructura elevadas, y aunque
algunas forman copas redondas, la mayoría tiene un
tronco que enseguida se abre en varias ramas alargadas
que buscan las alturas, como quien estira sus brazos
hacia el cielo. Están en las veredas y los patios,
superando en altura a los techos. Todas las Plazas las
tienen, si no rodeándolas, en su interior. En la época
de floración, sus inflorescencias caen como gotitas
amarillas, en ráfagas de lluvias desprendidas de sus
altos follajes. El viento desparrama los pequeños
pétalos decadentes y los convierte en glaucas
alfombras. Cuando sus vuelos los llevan sobre los
techos, taponan las canaletas. Luego, se suman sus
volanderas semillas que germinan ayudadas por el polvo y
la humedad. El viento y el agua colaboran en la
continuación de la estirpe y no sólo obstruyen
desagües, amenazan con arruinar la techumbre.
Generalmente, el dueño de casa, para evitar ése
problema anual, decide sacrificarla.
Con
nombre de mujer, es elevada y frondosa, Sus robustas
ramas producen profusas flores, que, aunque muy
pequeñas, cubren totalmente su copa, como mantilla
sobre la cabellera de una dama.
Sus
semillas tienen un ribete membranoso y liviano, como
alitas, para propiciar el vuelo. Cuando caen, dan
piruetas y vueltas en busca de un lugar donde posarse.
Bajan en bailoteos circulares, haciendo cabriolas como
alegres marionetas que con saltitos inocentes llevan la
misión germinadora. Inmigrantes autónomos, no dependen
del estómago de los pájaros, se transportan por sí
mismos camino a la prolongación de la vida y la
especie.
LOS
CHIVATOS.
Como
sombrillas, de sol o lluvia, se abren sus ramajes, en
amplios círculos. Sus flores, son también pequeñas
sombrillitas de damas enamoradas, coqueteando en el
escenario donde se encuentren. De copa baja, densa y
ancha, con largos brazos semi colgantes, es semejante a
una falda levantada a media que se expone al sol
estival, compacta y nutrida. Pareciera que sus ramas se
agachan junto con sus flores, para dilatar el círculo
de sombra y lograr sus anhelos de embrujarnos o que, con
manos abiertas, ofrecen sus ramilletes. Toda planta de
chivato es, en sí misma, una glorieta circular
florecida.
Según
dice el historiador y amigo, Arturo Zamudio Barrios, el
Chivato es una variedad de Acacia llegada desde España
por manos de los vizcaínos y que en el país vasco, sus
ramas son utilizadas para repuntar los chivos. A ésas
varas les llaman chivatas. Mas bien, usarían las vainas
de sus frutos que son alargadas y de duras cáscaras
conteniendo grandes semillas por lo que, al agitarlas,
se convierten en sonajeros.
En
los atardeceres del verano, llegan hasta sus troncos las
chicharras para estudiar nuevas canciones y ejecutar sus
violines. Hasta el cri-cri de los grillos se instala a
su vera y comienza el concierto. Seguramente, son
armoniosos los sonidos naturales pero, a veces, saturan
nuestros sentidos. Extraña es la alegría silvestre,
pero llegan al pecho y quedan en la memoria. Es
universal, imperecedera. La estampa florecida del
Chivato, compite con la del Lapacho. Aún sin flores,
alegra las miradas y pone contento a nuestros corazones.
EL
PALO SANTO.
Tiene
la más preciosa madera de los montes. Es la gema de la
selva que admiramos embelesados en alisados y pulidos
objetos de fragancia compradora. Siempre ansié conocer
la apostura de ése árbol de corazón perfumado.
¿Cómo ir a buscarlo por el inhóspito y hosco
territorio chaqueño, donde me dicen que mora? Aunque
era intenso mi deseo, era sólo una utopía. El mentado
Palo Santo, siguió siendo el lejano amado príncipe,
mimado por la sociedad de los árboles. Estaba
convencido de que nunca lo vería.
Pero,
cierta vez, conversando con el profesor Hugo César
Airaldi, por entonces director del Museo de Ciencias
Naturales "Doctor Amado Bonpland", me dijo:
Aquí, en el patio, lo tenemos. Venga... Salimos a
caminar hasta la esquina de las calles Buenos Aires y
Bolívar, patio de la Escuela Del Centenario. Allí,
solitario y sorprendente, con sus ramajes ascendentes,
estirados iguales que el Urunday, estaba como un curioso
ciudadano más. – Pero, éste es Urunde’y (Urunday),
le dije. – Si, son parecidos, aunque a primera vista
notará que éste tiene las hojas más pequeñas.
Muchas
veces, viendo los hermosos y perdurables objetos hechos
de su dura y aromática madera, lustrosa e
imputrescible, al aspirar su inacabable fragancia y el
suave contacto con mis manos, percibí una vibración
telúrica emocionante. Entonces, imaginaba que me
trasmitían alguna energía de afectos mágicos y los
sostenía con la unción de un devoto, recordando cosas
fabulosas que me contaban. Como que, cociendo su leño o
virutas, se obtiene una infusión depurativa de la
sangre, y que curaba todo tipo de heridas. Nunca
imaginé que podría encontrarme mano a mano con el
portentoso árbol y quedé conmocionado por la insólita
presentación. Ya había escuchado hablar sobre él y
sus parientes en dureza. Conocí en la ciudad y en los
montes, al Espinillo, al Guayacán, al Urunday y al
Quebracho. A él no, siempre fue montaraz, nunca quiso
venir a la ciudad. Me pregunto: ¿Porqué no le damos
carta de ciudadanía y lo acercamos a nuestra Comunidad?
LA
JACARANDA.
Las
hermosas Jacarandaes, mantienen romances violetas con
cada Primavera. Son magníficas, aún sin estar
florecidas pero, con ellas, adquieren delicadezas de
incomparables belleza. Sus copas redondeadas, pocas
veces alargadas, son muy vistosas. Son de siluetas
recatadas, de hermosos perfiles y preciosas estampas que
no se exceden en dimensiones. Dispersas por toda la
ciudad, se las distinguen por el atractivo especial de
sus follajes. En algunas calles, se las encuentran en
hileras enfrentadas. Cuando florecen, los hacen formando
hermosos ramilletes de campanitas agrupadas que dan unos
frutos en forma de cápsulas marrones, redondeadas,
duras y aplanadas, parecidas a un pequeño chipa
cuerito. Sus duras caparazones contienen las valiosas
semillas que, al abrir sus tapas, como valvas de
almejas, lanzan a su suerte a las volanderas semillas
que corren a buscar sus destinos.
Generalmente,
sus follajes no son densos ni exuberantes. Enhiestas
pero modestas, cubiertas de pequeñas hojas en forma de
palmas, producen sombras aireadas y agradables. Sin
embargo, puede alcanzar buena altura y disponer de
frondosas ramas, si el lugar donde se halla le es
propicio. Es uno de los árboles ornamentales más
hermosos. Compiten con los Lapachos y los Chivatos.
Claro, siendo femenina es más delicada. Su mismo
maderamen, apropiado para la ebanistería, no tiene la
reciedumbre de aquellos. La sencillez y el recato de sus
formas, le otorgan una distinguida presencia esté donde
esté.
La
infusión de su corteza es buena medicina para curar
reumas, lavar heridas y úlceras.
En
la Primavera, la vemos juntarse con los demás para
florecer en concierto de colores y nos brinda un tierno
espectáculo de tintes diversos que cautivan nuestras
miradas. Entonces, hacemos emocionadas comparaciones que
nos llenan de sensaciones inesperadas, ricas de
imágenes y visiones, llenando nuestros pechos de un
júbilo inexplicable.
A
veces, no coincide con los demás árboles y queda en
soledad. Entonces, valoramos mejor la terneza y la
belleza del color lila con los variados matices que ella
nos ofrece. Sin dudas, la suave coloración de sus
flores, la suma de sus ramilletes cubriendo sus ramajes
y la humildad de sus formas, no ostentosa, son los
mejores atractivos que posee.
Con
sencillez y ternura, con calidez y belleza, espera a la
Primavera para reiniciar sus romances de todos los
años. A ésos idilios se unen las vehemencias de
nuestros sentimientos.
LOS
PARAÍSOS.
Los
mimosos Paraísos, con sus pequeñas flores en racimos
del mismo color violeta que las campanitas de los
Jacarandaes, andan exhibiéndose ufanas por todas
partes. Sus copas no son inmensas ni insignificantes y
las sombras que proyectan es agradable. Pareciera que el
aire cálido del verano se enfriara entre sus inquietas
hojas de fáciles agitaciones. No los he visto en los
montes. Es en los poblados y ciudades donde se exhiben.
Sin embargo, existen forestaciones que dedican mucho
terreno a cultivarlos, pues su madera es apreciada por
su nobleza y hermoso veteado. Es semejante a la del
cedro de mejor calidad. También se sabe que macerando
sus hojas se consigue alejar a los mosquitos y otros
insectos. Distingo sus variedades en los forestados con
destino a los aserraderos, los comunes y los llamados
Paraísos Sombrillas, de redondas y tupidas copas.
Los
Paraísos no son autóctonos. Son emigrantes llegados de
otro continente, como los Eucaliptos y otros muchos
amigos árboles que se aquerenciaron en éstas regiones.
Son como los hombres, las palabras y los rasgos y
elementos culturales que vienen y van, por toda la
tierra. Son aceptados o rechazados, ya por su utilidad,
ya por su belleza o simplemente por la vanidad de
tenerlos como ornamentos.
EL
YVYRAPYTÂ.
(Palo Brasil)
Yvyra
pytâ, es el nombre guarani del árbol llamado Palo
Brasil. Según dicen, los holandeses fueron los primeros
en explotar las costas del Este brasileño, y ellos
consignaban en sus mapas el nombre de Brasil a ésas
tierras, por la madera, roja como brasas, del Yvyrapytâ.
Sus barcos regresaban cargados de rollos de ése árbol
y la referencia a la madera dio nombre al lugar de su
origen.
Realmente
es asombrosa la altura y corpulencia que adquieren en
las selvas. También, como ciudadanos, los encontramos
por todas las plazas, parques, calles y patios. La
robusta estampa de su tallo, grueso y rugoso, ornamenta
con elegancia la ciudad. Brinda la sombra de sus frondas
y la belleza de sus flores. Los vemos crecer por
doquier. La madera es pesada y dura, apreciada para
hacer marcos, vigas y diversas obras. Pero, atención,
si usted pide en un aserradero ésta preciosa madera, le
venderán una parecida, no tan colorada, que se llama
Caña Fístula.
Es
gigantesco, pero sus flores amarillas son pequeñitas,
semejantes a las de las Tipas. Se levantan en forma de
racimos piramidales, dando la sensación de que, allí,
se está fundiendo algo dorado. Sería oro puro,
hirviendo en chorros salidos del surtidor de una fuente.
Es que, es un árbol de oro. Su madera es pura brasa que
fragua sus flores. Es tan fornido que nos admira que
tenga flores tan pequeñas y que ellas puedan cubrirlo
totalmente, como si fuera un precioso manto primaveral.
Cuánta belleza descubrimos cuando observamos su
floración.
LOS
NARANJOS.
Las
plantas de naranjos agrios en las calles de nuestra
ciudad van siendo cada vez más escasas aunque todavía
pueden deleitarnos, de tanto en tanto, con sus azahares.
Los enjambres de abejas buscan inútilmente sus
preciados néctares. También seguimos notando que
algunos siguen recogiendo las frutas maduras para
convertirlas en el estimado "coserevá" (dulce
de la pulpa de naranjo agrio)
Muchos
habían adquirido la costumbre de preparar excelentes
tisanas de sus hojas. Hoy, son pocos quienes mantienen
ésa práctica. La infusión era usada para aliviar
tensiones y ciertas dolencias. En un tiempo era un té
que resultaba económico y efectivo para despejar la
modorra.
En
fin, se siente nostalgia por los hábitos de antaño. La
realidad es que los hermosos naranjitos con vitamina C,
hacen falta. Nos consolamos al saber que trataron de
reponerlos durante una campaña de arborización. Ojalá
podamos verlos de nuevo, o que los vean las generaciones
que vienen. ¡Qué bellos son cuando florecen, cómo nos
alegra y nos reanima cuando el aire se impregna del
aroma de los azahares!. Es una lástima dejar de
sembrarlos en las veredas vecinas. Menos mal que ahora
han entrado la moda de los Mirtos. Ocupan el lugar de
aquellas fragancias faltantes, y sus raíces no dañan
las aceras. Éstos arbolitos de hojitas siempre
relucientes, con el penetrante perfume de sus flores,
mitigan aquellas añoranzas. Sus flores reemplazan
dignamente a los azahares. También ha llegado, y tiene
mucha difusión, el Tulipanero, seguramente desde algún
país vecino. Es muy elegante. Sus raíces no lastiman
los corredores. Sin alcanzar mucha altura, atrae por las
formas de sus hojas y la conformación de sus ramas.
Pero, son sus flores de color rosa fuerte, semejantes a
tulipas, las que más llaman la atención y resultan
agradables.
Sin
embargo, debemos cuidar a los naranjos que quedan y
reponer las matas envejecidas. Sus azahares que tienen
acentuado el aroma de los jazmines, inundan con su
perfume todo el entorno y sus hojas deberían seguir
pregonando sus bondades para afirmar el buen hábito de
tomar su infusión.
YVYRARO.
El
Yvyraro, o Viraró como dicen algunos, cuando se inicia
en la vida, tiene un aspecto raído que da la impresión
de que nunca pasaría de ser un arbusto. Comienza siendo
una delgada varilla inclinada, a veces doble o triple.
Parece que nunca llegaría a ser un árbol de tronco
elevado, fornido y útil.
Actualmente
abunda y se lo encuentra por todas partes, en los
patios, calles, alrededor de ciudades y pueblos. Por
supuesto, también en los montes. Su madera es dura, de
excelente veteado y muy vistosa. Sus rollizos dan largas
vigas sin defectos. Nunca se arquean. Lucen nobles y
hermosos, sobre todo si provienen de la selva, donde se
los tumba en la plenitud de su crecimiento. En la
ciudad, es un ciudadano servicial que ofrece su amable
vista y abrigo de sombra aunque la mayoría de la gente
desconoce el valor de su madera. En mi casa, con techo
de madera a la vista, tenemos dos vigas que sustentan la
techumbre, de unos seis metros libres. Nos abriga con su
calidez de hogar. Es una Especie ejemplar.
Parece
que la gente no los busca de propósito sino los elige
para usarlo de ornamento, creyéndolo arbusto llamativo
que germina y crece por todos lados con ayuda de las
aves. Tal vez, porque sus hojas son parecidas a las de
las Tipas, son aprovechados para ubicarlos para ser
usados como cercado. Luego, se sorprenderían de su
transformación en soberano y hermoso árbol. Es posible
también que, inicialmente, algún vivero oficial los
haya plantado. Lo cierto es que resulta ser un
magnífico árbol que nos acompaña.
LOS
CEIBOS.
Cuando
florecen los ceibos, parecen llorar con lágrimas de
sangre, aunque sus llamativas flores no siempre son
rojas. Hay algunas de color salmón. Crecen fácilmente.
Ni necesitan ser plantados. Algunos son instalados en
las plazas para que luzcan el verdor de sus hojas y sus
hermosas flores. Lástima que, por ser útiles, la gente
acostumbra a sacarle la corteza para usarlas como
medicina. Dicen que su decocción es buena para curar
las heridas, las úlceras y gangrenas, así como para el
dolor de garganta, reumatismo, artritis y otras
afecciones. Menos mal que recuperan la corteza, como los
alcornoques.
La
Leyenda que originó éste pequeño árbol, con su
protagonista Anahi, es hermosa y conocida por todos.
LAS
HOVENIAS.
Sin
ser corpulentas, las Hovenias, con su mediana talla,
tienen elegancia y buenas condiciones para servir de
ornamento en calles y patios. Los pajaritos ayudan a
diseminar sus semillitas y sus hijuelos nacen en
cualquier lugar donde encuentre cobijo. Pero, qué
diferente es con mi visión de antaño, cuando las
miraba con un vigor verde de suave sombra que refrescaba
la ciudad en el impetuoso Estío. Ahora están
envejecidas. Tal vez las malas podas o aquellos gusanos
verdes que, si se los agitaban, lanzaban unas dolorosas
púas, las hayan debilitado y no pudieron recuperar sus
vigores de antes. Además, no se las plantan más.
Pareciera que están suprimidas del listado de las
"viables". Parece que los pajaritos o algunos
vecinos son quienes hacen posible la existencia de las
pocas plantas nuevas.
Al
madurar sus frutos, forman unas barritas marrones, muy
dulces que son apetecidos por pájaros y personas. Por
eso, también se los llama "Palito dulce".
Hasta se los usaba en la repostería, antes de llegar la
moda de las nueces. Más de una vez, me han pillado
recogiendo del suelo sus frutos maduros, para masticar
su rica pulpa. Me miraban con sorpresa y desconcierto.
"Un hombre grande comiendo del suelo ésas
cosas", dirían. Lo mismo ocurre con los frutos del
Pindó y del Mbokaja. Es que, por recordar las andanzas
de mi niñez no resisto la tentación de probar de nuevo
ésos sabores. Otras veces, estiro las ramas de las
moreras y logro arrebatarles algunas frutitas maduras
para calmar mis nostalgias.
Los
vástagos de las Hovenias, nacen con facilidad. Sus
frondas no son exageradas y sus raíces no levantan las
veredas. Entonces, ¿porqué se las dejan de lado?.
LOS
EUCALIPTOS.
A
los vigorosos Eucaliptos se lo distinguen desde lejos,
por su altura y la elegancia de sus perfiles. Además,
su liso tronco parece estar enfundado en un lustroso
sayón gris que los presenta como pulcro caballero.
Llegaron desde la distante Australia, donde los
simpáticos ositos koalas se alimentan de sus hojas.
Llegaron en copiosa migración. El diccionario dice que
existen más de un centenar de especies. Sus hojas son
generalmente alargadas, pero los hay que tienen redondas
dispuestas de par. Seguramente, no todas las variedades
han venido a éstas tierras. Vemos a sus troncos
erguidos con gallardía y, en el tipo más conocido,
adquiere gran altura y considerable diámetro. Cada
variedad sirve para determinados usos. Otra
característica de los Eucaliptos, es el olor que
despiden sus hojas al ser maceradas o simplemente por el
roce que producen los vientos.
Son
los más enhiestos árboles que sirven de ornamento, y
en los viveros, resultan de fácil manejo, tanto en los
almácigos como en sus transplantes. Luego, se los
distribuye a los sitios donde se desea y adquieren un
veloz desarrollo, razón por la que muchos los eligieron
para reforestar sus campos. Cada una de las variedades,
tiene cualidades particulares que determinan su uso:
postes, leña, industria papelera, delimitación de
terrenos, saneamiento de tierras bajas o simplemente
como adorno. En éstos tiempos, perdieron algo de esa
preferencia, debido a los competidores y el uso del
cemento armado.
En
la ciudad, se los utiliza principalmente en la
ornamentación pero, debido por su gran desarrollo, se
evita ponerlos en las aceras. Sí, son reclamados por su
elegante y hermosa presencia en los patios y parques en
donde los vemos formando núcleos. A veces están en
grupos por lugares que, tal vez, hayan sido baldíos
reservados para alguna plaza o en hileras, como
divisorias. Los pocos instalados en las veredas
generalmente son retirados porque sus poderosas raíces
vencen los pisos y rajan las murallas. Algunos son tan
añosos y enormes que necesitan apoyar sus gruesos
troncos en una base ensanchada. Sobre la calle Alberdi,
dos cuadras antes de llegar al cementerio, están tres
enormes ejemplares y, en la cuadra siguiente, uno cuya
base es un redondel que cubre todo el espacio de la
acera, obstruyendo el paso peatonal y amenazando
destruir la vivienda pegada a la pequeña rotonda de su
base.
Una
de las variedades, que no alcanza mucho porte, es la
llamada mentolada, utilizada para el tratamiento de las
afecciones respiratorias o para fumigar el ambiente. La
cocción de sus hojas, en éste caso redondeadas, es
buena como remedio para calmar la fiebre, aliviar los
resfriados combatir las afecciones de las vías
respiratorias, del hígado, asma, catarro y las
hemorroides. Los principios activos extraídos para uso
medicinal son el Eucaliptol y el Gomenol de uso en
perfumería y cosmética. El aceite de Eucalipto es
recomendado para tratar las afecciones de la piel.
El
singular atractivo de los Eucaliptos está dado por su
copa alargada y alta. Debido al crecimiento constante de
su corteza, la epidermis se desprende con facilidad en
largas tiras, mostrando un tronco siempre liso y
lustroso. El aroma de sus hojas purifica el ambiente y
ahuyenta las plagas, en especial el del mentolado. Los
Eucaliptos, están desparramados por toda la ciudad. Son
tan comunes como los demás árboles, aunque son pocos
quienes los observan y les dan la importancia que
debería dárseles a estos extranjeros que nos han
servido con tanta generosidad.
En
los atardeceres veraniegos, sus altos ramajes, agrisan
los rayos del sol mientras sus sombras se cuestan
alargadas para ofrecer su regazo a la placidez.
AMBA’Y.
(Poligala)
En
todas partes se los ve. En los pueblos, en los montes y
en las ciudades. Aparecen en cualquier lugar. Nadie se
ocupa de plantarlos, aunque muchos conocen la eficacia
de las tisanas preparadas con sus hojas para combatir la
tos y los catarros.
Crecen
en los sitios menos esperados pues los pajaritos, que
apetecen sus frutos dulcísimos, se encargan de llevar y
sembrar sus semillitas por todas partes, deyectándolas
en cualquier lugar.
Varios
remedios farmacéuticos de prestigio, tienen como base
la esencia del Amba’y, que en castellano se llama
Poligala. Es una de las tantas contribuciones de los
guaraníes. Avezados herbolarios que legaron a la
farmacopea mundial el conocimiento de las cualidades de
éste pequeño árbol, además de muchas otras hierbas.
Desde
mi niñez, conozco sus propiedades curativas. He tomado
en cientos de ocasiones la cocción de sus hojas junto
con el Jaguarundi (justamente, en Punta Tacuara,
encontré unas matitas agrupadas de ésta pequeña
planta) Desde aquellos tiempos, conozco la eficacia del
Amba’y. Donde quiera que uno vaya los verá con sus
hojas semejantes a manos abiertas ofreciendo ayuda. Es
una medicina útil y a mano. Siempre los miro con
simpatía.
LAS
PALMERAS.
¡Ah!
La elegancia de las Palmeras... ¡Qué belleza, y qué
gozo al mirarlas! Enhiestos y altos pendones, ¡cómo
lucen!. Esbeltas, imbatibles, las vemos por toda la
ciudad. En parques, patios y calles. Unas son
aborígenes. Otras, vinieron desde tierras extrañas.
Todas ellas, las altas y las medianas, las palmeritas de
los jardines y las más pequeñas de los planteros, se
prodigan en mostrar sus bellas estampas y hermosas
cabelleras.
Son
muchas las variedades. Una de ellas de hojas palmeadas,
crece hasta alturas sorprendentes. Son palmeras altas,
muy altas. Seguramente han llegado de algún país
lejano y hacen todo el esfuerzo posible en levantar sus
copas para otear el horizonte. Quizás sientan
nostalgias por su terruño. Aunque aclimatadas en el
suelo del Taragüí, añoran la patria lejana.
Repartidas en diversas partes, suelo mirar una en un
patio de la calle La Rioja casi Fray de la Quintana,
otra en la cuadra aledaña al Parque Mitre y otros
muchos lugares dispersos. Se distinguen por la altura de
sus troncos. Más de una docena forman una avenida en la
entrada del Tenis Club. Varias hacen fila en la Escuela
de Policía. Otra se destaca en el patio del Museo
Histórico, como incansable centinela. Quiere
introducirse de "prepo" en la Historia, y lo
ha conseguido. Pero, las más admirables y tal vez las
más antiguas, son las que, desde un patio adyacente,
vigilan impasibles, pegaditas una a la otra, la Catedral
de Corrientes. Semejantes a dos gigantescos cirios,
encendidos de esperanzas, sus verdes cabelleras al
viento, custodian el Sagrado Recinto. Vigilan la ciudad
a pie firme. No hay vendaval que las inquieten ni
tormentas que puedan voltearlas. La elevada apostura de
sus penachos es inconmovible. No se inmutan ante los
vientos ni las lluvias. Son enormes velones velando,
atentos plumeros vegetales, teas verdes alertas que
ondean con prestancia. Por ahí andan, esas enhiestas y
altísimas palmeras, simbolizando algo con sus pregones.
¿Qué simbolizan? Que el lector lo decida.
Las
autóctonas son varias. En la avenida 3 de Abril,
trajeron hasta a los Yata-i, valorizando la fragancia y
la dulzura de sus frutos, aunque no vinieron con ellos
aquellos boyeros que suelen colgar de sus palmas, con
habilidad y extraordinaria belleza, los exquisitos
tejidos de sus nidos en forma de bolsas. Es lamentable
la desconfianza de los pájaros. No se animan a llegar a
la ciudad para demostrar su destreza, por miedo.
Sin
embargo, los Mbokaja (cocoteros) no temen. Se defienden
con las aceradas espinas que cubren su tronco. Quien
requiera de sus frutos, enracimados en lo alto, debe
contentarse esperando que caigan de maduros o usar una
escalera. En la ciudad no conocen los beneficios que
pueden dar sus hojas. En el interior, las usan como
forraje de los parejeros o animales en pesebres. Antes,
aprovechan sus resistentes fibras para confeccionar
fuertes y durables piolines. Si las lecheras se
acostumbran a rumiar sus frutos, darán leche de sabroso
gusto. También pueden ser aprovechadas las pepitas,
puestas en el mate o consumidas en otras formas. El
carozo es buen combustible para la fragua.
El
Pindó (pariente cercano del Palmito), también frutece
en lo alto, como el Mbokaja y hay que aguardar que
maduren y caigan o agitar sus racimos para masticar el
delicado sabor de su pulpa. Es una palmera venerada por
los guaraníes. Sus Himnos Sagrados dicen que
Ñanderuguasu (Nuestro Gran Padre), llegó desde la
oscuridad primigenia, cruzó dos troncos de Pindó que
de inmediato se volvieron imputrescibles, pisó sobre
ellos y se hinchó la tierra. Cuando Él decida, los
sacará y se hundirá la tierra. Por eso, el Pindó es
sagrado. En la Semana Santa, sus hojas son bautizadas
para guardarlas en el altar hogareño, como talismanes,
para exorcizar algún maleficio o evitar daños de las
tormentas.
El
karanda’y, a su vez, sirve en múltiples formas.
Apreciado por la dureza y resistencia de su tronco recto
y largo, se lo usa como postes, de telégrafo, energía
eléctrica o construcción de cercas, corrales,
palizadas, puentes o donde sea necesaria dureza y
duración. Además, sus hojas tienen uso artesanal en la
confección de sombreros, cestos y otros enseres.
Luego,
están las palmeras de altura mediana y las más bajas.
Son las que adornan los patios, jardines y frentes de
casas. No bastan las descripciones para resaltar la
armonía de sus formas y las gratificaciones que nos
brindan. Todas son amigas cordiales, merecedoras de
nuestra atención y reconocimiento.
PATA
DE BUEY.
Es
un arbolito de copa abierta y hojas siempre verdes, semi
redondas y apareadas. Conocí al Pata de Buey cuando era
estudiante del secundario. Arrancábamos sus hojas de
una planta del patio vecino para agregarlas a la yerba
del tereré. Nos decían que eran buenas diuréticas.
Junto con el Ka’a piky, o algún otro yuyo, el Pata de
Buey era infaltable. Además, lo teníamos siempre a
mano. Lo redescubrí hace poco tiempo, cuando
aparecieron adornando la ciudad y observé sus
llamativas y nutridas flores. Tanto lo cultivan ahora
que han ganado en tamaño. Muchos tienen altos troncos
de tupidas frondas. También, me enteré de que sus
hojas maceradas, en cocción o simplemente en el mate o
tereré, son eficaces para el tratamiento de la diabetes
y enfermedades renales.
Eran,
todavía lo son, arbolitos, pero tengo por entendido de
que hay una variedad que crece como arbusto rastrero,
semi espinoso. A éstos, algunos lo utilizaban como
cercos vivos y tal vez sean los que posean más
propiedades curativas. Los que son árboles, tienen
hermosas flores y tan tupidas que casi cubren la
totalidad de las copas. Florecen con pétalos blancos,
rosados o de color fucsia. Son verdaderas atracciones de
la ciudad.
En
éstos tiempos, parece que se han olvidado de sus
propiedades medicinales, poniéndose de moda por sus
primorosos atributos ornamentales, tanto por sus
perennes y hermosas hojitas siempre verdes, como por sus
bonitas flores. Además, sus raíces no perjudican las
aceras ni amenazan las paredes, así que pueden ser
instaladas con tranquilidad en todo lugar. Con su bella
silueta, se han ganado la simpatía y el afecto de los
vecinos. Tan popular se han vuelto que mi vecino, el
ingeniero Miguel Minadeo, se ha entusiasmado con ellos
y, personalmente, los plantó en varias veredas. El
Barrio quedó con el adorno y la alegría de sus flores.
Pero,
¡Qué nombre inadecuado le han puesto a tan gentil
arbolito! Antes que nombre, es un mote. Le viene por la
forma de sus hojas, redondas y hendidas en dos,
parecidas a las pesuñas del buey. De cualquier manera,
¿qué importa el nombre? Que lo llamen Pata de Buey,
Pata de Vaca o Falsa caoba (otra ofensa), da lo mismo.
Después de todo, la mayoría de la gente no sabe cómo
nombrarlos. Les aplican lo que se les viene en gana, a
veces ni se fijan en la belleza de sus flores. Con la
simpatía de todos, ocupan un sitial honroso en la
sociedad.
LOS
LAPACHOS.
¡Ahí
están!. Recios y Regios, gallardos, generosos y
acogedores. Con pleno señorío y la reciedumbre de sus
distinguidas estampas. Con su apreciada madera y la
belleza de sus flores. Todo se combina para que el
Lapacho sea Rey de los bosques, Soberano de la ciudad y
Anunciador de la Primavera. El que, con su tempranero
sapukái, despierta a los demás incitándoles a apurar
la savia para levantar el verdor de la alegría. Si
florecen los Lapachos, es que pasan por el Paraná los
cardúmenes de dorados. Con ellos vienen los forrajes
fluviales y las demás especies para desovar aguas
arriba. Es la época en que la naturaleza está plena de
júbilo. Cambia el clima, despiertan las radiantes
brisas tibias y todo se renueva. Los patios y las
calles, la costanera y las plazas, se tiñen de colores
que empujan la alegría. ¡Cómo lucen los árboles
reverdecidos! ¡Qué fuerzas juveniles traen los vientos
nuevos! ¡Qué esplendores tienen los Lapachos!
Sin
dudas, el adelantado Lapacho es el más gallardo y
llamativo, por sus puñados de flores que tienen formas
tubulares agrupadas en ramilletes, y por su apreciada y
su noble madera, de duro corazón incorruptible pero
dócil en el manejo de su tallado. El corazón del
tronco, una vez eliminado el sámago, resiste sin
alterarse bajo la intemperie de la lluvia y el sol.
Puesta bajo tierra tiene duración ilimitada, igual que
el Espinillo, el Quebracho, el Urunde’y, el Algarrobo,
el Guayacán y el Palo Santo, pero sin contener resinas
de tanino y sin quebrarse por la cristalización, como
ocurre con otros. Es excelente para ebanistería y el
uso en construcciones civiles o cualquier obra que
requiera fortaleza y duración. Sabemos que entre los
árboles no se establecen jerarquías, aún existiendo
la ley de la Selección natural de las especies.
Mirándolos con nuestros sentimientos, que no siempre
guardan la debida pureza, no es raro que estemos
discriminando, como si volcar simpatías a favor de una
parte fuera una norma inevitable. Sin dudas, afloran
ciertas preferencias cuando notamos que su madera tiene
un duro corazón pero que, como árbol, nos brinda
ternura y emoción. Generalmente son de flores rosadas,
formando un puñado de campanitas alargadas. Sin
embargo, hay una variedad que las tiene amarillas. Otra
las tiene blancas y cuando florece, su copa sin hojas
parece una colina nevada o bella novia ante el altar de
la naturaleza. Dicen que los de flores Rosadas y
amarillas, tienen buen linaje. El de flores blancas
sería híbrido. Escuché de otra variedad, un Tajy
pytâ (Lapacho colorado) que dicen tener propiedades
anticancerosas. Igualmente, la decocción de las hojas,
de cualquiera de ellos, sirve para tratar las
enfermedades del sistema urogenital.
Desde
las altas ramas del Lapacho, el zorzal criollo, seguro
de estar bien protegido, a cualquier hora, en los
atardeceres, al alba o a la noche, lanza su fuerte y
melodioso silbo: Koro-chiré... koro-chiré... Él
también festeja el nido recién habitado y los pichones
esperados. Proclama con festiva clarinada, que el
espacio es suyo.
El
Lapacho es dichoso en compañía de los pájaros que
merodean sus frondas. Es feliz cuando siente las
caricias de las plantas trepadoras que renuevan sus
hojitas. Algunas, se alimentan de la corteza, otras
viven del aire, las lluvias y el sol. Todas se agrupan
en armónica convivencia, disfrutan del nuevo clima,
arrullados al cobijo de sus ramajes. A veces, llegan
imprevistos ventarrones seguidos de agradables
lloviznas. Todo es aprovechado, con beneficio natural,
por los modestos habitantes del recio Lapacho.
Hace
tiempo que observo a uno en especial. Su tronco es un
rollo fornido que no puede ser abrazado por los cuatro
brazos de dos hombres. Grueso y respetable, se bifurca
enseguida en otros y luego se abre en múltiples ramas
de generosa frondosidad. Un Guembepi, trepado en una
horqueta, baja sus preciosas raíces, buscando a quien
ofrecer su lustrosa esterilla. Otras enredaderas y
trepadoras compiten con claveles del aire y forman un
manto que cubre al paternal tronco. Son como ajorcas
chorreando vida verde sobre el gris de la corteza
hospitalaria. Ubicado a media cuadra del Templo de La
Merced, cuando se abren las campanillas de sus puños
florecidos, pretenden competir con las de la Iglesia.
Cierto
día, como era mi costumbre, me detuve a mirar esas
espléndidas ramas extendidas al cielo. No podía creer
lo que veía. Pregunté a un señor que pasaba y me
confirmó que sí, aquellos Saihovy (naranjeros) estaban
libando las flores del Lapacho. Los celestes pajaritos,
secreteándose en sus cortejos primaverales,
revoloteaban entre los racimos de flores. Por momentos
se separaban y bebían el jugo de las rosadas tulipas.
Era sorprendente verlos volcarse sobre aquellas copitas,
convertidos en colibríes.
Al
amigo Lapacho.
En
cálido amparo, tus briosos ramajes,
muestran
sus pimpollos al vencido invierno
y
de pronto vistes tu nuevo ropaje
con
puños pintados del color más tierno.
Los
júbilos llegan con tus ramilletes
de
tibias mantillas brindando candores
y
el patio te aguarda con lo que prometes,
los
bellos fanales de nuevos amores.
Tus
frondas repletas de hermosos capullos
ofrecen
sus luces con ritmos de flores
y
alegres se agitan los leves murmullos
de
las campanitas que tañen colores.
Después,
en carbones, servirás de lumbre
si
el hacha aleve cortara tu pecho
o
serán tus restos, con su reciedumbre,
las
sólidas vigas de fraternos techos.
Entonces,
mi otoño, juntará tus leños
y
uniendo firmezas, en ansiosa espera,
buscará
la forma de alcanzar sus sueños
de
empujar ufano nuevas primaveras.
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NUESTROS
AMIGOS.
Los
árboles son amigos nuestros, de los pájaros y de todos
los seres vivientes. Son amigos universales. Como los
hombres, como las palabras, como los elementos
culturales, viajan por todas las latitudes. Donde
encuentran clima propicio, se establecen y prosperan.
Inmigrantes sin fronteras, si se aclimatan, sobreviven.
Éstas
pequeñas historias, con el agregado de no pocas
anécdotas, serían más completas si se agregaran las
Grevilleas, de madera con vistosa veta y flores de
exquisito néctar que, cuando niños, nos emborrachaba.
Las Moreras, cuyos frutos entintaron nuestros labios. El
Pomarroso, de flores iridiscentes y de ricas bayas. Los
agridulces Nísperos. El romántico Jazmín Magno de
flores de colores suaves que, al caer, giran como
volantines. Los Gomeros, de tupidas y gruesas hojas
gruesas con sus exageradas raíces, Los Limpia Tubo
(Calistenia Imperial), arbolitos de rojas flores en
espigas, buscadas por los colibríes. Las delicadas
Adelfas (Laurel de jardín), de flores blancas, rosadas
o rojas, a veces amarillas. Los Laureles. Los
Tulipaneros. Los perfumados Mirtos. La "Lluvia de
Oro", de flores amarillas y arracimadas. Álamos,
Plátanos, Álamos plateados, Brachichitos, Fresnos,
Cipreses, Ficus, Ligustros, Los diversos Pinos, así
como los demás árboles que adornan nuestra Ciudad.
Algunos, no son bien mirados, como el Tala, por
espinosos o por su apariencia de sagua’a (no
amansados), Son los pajaritos los que, haciendo de las
suyas y seducidos por sus frutitas, las siembran en
cualquier lugar y, andan por patios y baldíos, pugnando
por abrazar a su terruño. Otros, luego de ser muy
apreciados, van siendo rechazados, por los daños que
causan sus raíces o por sus grandes hojas que no dejan
circular las brisas veraniegas.
Con
éstas inquietudes a cuestas, me animé a visitar el
Jardín Botánico de Corrientes. Ocupa un terreno bajo,
no muy apropiado a sus finalidades pero cumple una
excelente tarea. Además, tuve la suerte de ser atendido
por la Ingeniera Agrónoma Mónica Patricia Gauna, cuya
amabilidad y conocimientos me enriquecieron. Fue una
grata sorpresa encontrar allí un ejemplar bien
desarrollado de Pomarroso, igual al que está en Punta
Tacuara y otro en la vereda del Instituto Josefina
Contte. También, miré con alegría a un joven
Muérdago en crecimiento, con sus características
hojas, asociadas a Papá Noel, que nos recuerda la
fiesta de la Natividad. La mayoría de la gente nunca
vio al árbol. Albricias, estamos en marcha.
Con
mucha benevolencia, el Ingeniero Agrónomo Romeo
Carnevali, aceptó mi invitación de dar un breve paseo
por la ciudad. Pude confirmar algunos datos y también
ilustrarme sobre los nombres de algunos árboles que me
son familiares pero no sabía cómo llamarlos. Así,
aprendí que el hermoso arbolito de preciosas flores
amarillas cuya presencia en las veredas es popular, se
llama Guarán. Me enteré de que el Ombú no es
originario de la Pampa sino de la zona cálida. Yo
confundía como Inga, a un pequeño árbol que en
realidad se llama Camboatâ o Yaguaratay. No pude
averiguar el nombre común de otro, recientemente
entrado en moda que, según el Agrónomo José Luis
Haidar, es una Acacia amarilla, aunque su flor no tiene
ése color. Prolifera en distintos lugares de la ciudad
y frutece en vainas, como chauchas.
Quizás,
a través de la importante labor del aún incipiente
Jardín-vivero, se pueda difundir el cultivo de más
árboles autóctonos: Yvapurû, Guaviju, Pakuri, Aratiku
(chirimoyas), Yvahái, Ñandypa, Aguaí, Ñangapiry,
Inga, Uruku (Bixia) y otros. Algunos ya están en la
ciudad, pero en poca cantidad. Con un tratamiento
cultural adecuado, sería posible mejorar sus frutos y
aumentar su uso en la fabricación de mermeladas y
dulces. También los de origen extranjero, que fueran
útiles en la ornamentación u otra aplicación.
Conviene que nuestros niños los conozcan, y también
los mayores.
En
un tiempo, en una esquina de la Plaza 25 de Mayo, estuvo
el estoico ejemplar de un Quebracho blanco. Desapareció
sin que lo repongan. La entrada al Museo "Doctor
Amado Bonplad", es custodiada por un Tatarê, cuyas
ramas son codiciadas por quienes cultivan orquídeas. Un
Kurupa’y, que suele cubrirse con la blanca mantilla de
sus flores, cuyo leño es preferido para el sapecado de
yerba mate por no hacer humo cuando se lo quema, vive en
la segunda banda de la avenida Costanera, casi frente a
la Virgen Stella Maris, en el mismo parterre donde se
encuentra el busto del doctor Amado Bonpland. Aguas
arriba, un corajudo Inga, la novia del río, cuyas
frutas y hojas son apetecidas por los pacúes, está
erguido en Punta Tacuara. Allí, sería bueno que el
pequeño mazo de tacuaras fuera aumentado para hacer
honor al nombre del lugar. Fue una alegría descubrir en
Punta Tacurú a una Datilera, venida desde quien sabe
qué desierto. Confundió al río por un oasis. Sus
frutos son aprovechados por quienes pillan los dátiles
maduros. En el patio de la Escuela Normal se mantiene el
donoso joyel de un Aromito, que esparce por un amplio
entorno el gratísimo aroma de las chispas de oro de sus
flores. Otros dos, se encuentran en el patio de la
Escuela Del Centenario, y otro en el patio del poeta
Florencio Godoy Cruz. Hay muchos más. Si no me
equivoco, tres Peterevy están en la Plaza Torrent,
sobre la calle Belgrano. Es la madera más preciada para
los trabajos de ebanistería.
Muchos
pintorescos vegetales forman las arboledas de la Ciudad.
Son ellos los que nos dan el aire que respiramos,
medicina para nuestros males, sabrosos frutos, madera
para diversas aplicaciones, sombra de sus ramajes y la
belleza de sus flores. ¿Podemos pedirles más?.
No
debería discriminarlos en autóctonos y extranjeros.
Todos son ya nativos y conviven armoniosamente, aunque
no mezclan sus savias entre sí. No siguen el ejemplo de
los hombres llegados desde diversos países que nos
enriquecen con el intercambio de sangre y cultura.
No
somos los dueños de la naturaleza, somos parte de ella.
Adaptémonos a su andar sabiendo que siempre habrá
pequeñas disputas por la aprehensión de la
imprescindible energía solar cuando hincamos nuestras
raíces en la feracidad del suelo. La vida,
necesariamente, nos exige permanente lucha. Hagamos que
la brega sea equilibrada y racional, en solidario
esfuerzo por componer la sinfonía universal.
La
finalidad de éste opúsculo es que todos miremos a
nuestros amigos árboles y aprendamos a amarlos.