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   LOS PATIOS INTERIORES

   Por Gustavo Di Pace


 
 

 

Prólogo

Los patios interiores

(selección de cuatro cuentos de esta obra): 

Los patios interiores

Los biombos

El atelier

Después de los árboles

 

Prólogo

El sello Libris de Longseller ha editado bajo la colección Los Inéditos, Los Patios Interiores, de Gustavo Di Pace.

El libro comienza con una cita de Gilles Deleuze-Félix Guattari: "El arte lucha con el caos, pero para hacerlo sensible..."

Y esta cita es apropiada si recorremos estos mundos que el autor nos propone, donde las historias y sus personajes nos permiten vislumbrar lo invisible, lo que no tiene forma.

Así, seres que no duermen, maquilladores de muertos o personas que cuelgan infinitas lámparas en el techo, crean un universo personal único donde lo "no dicho" es el sello inconfundible de este autor

De dicha obra, Dalmiro Sáenz ha comentado: "Los Patios Interiores es un libro conmovedor, enigmático y fascinante", y Jorge Ariel Madrazo, poeta y narrador, ha comparado los textos de Di Pace con el mismísimo escritor uruguayo Felisberto Hernández

"Lo importante es la obra", dice el autor (gdipace@speedy.com.ar), quien llegó a la publicación de sus cuentos luego de que superaran una autocrítica casi obsesiva. También músico, este joven trabajador de las palabras, nacido en 1969, se encuentra actualmente preparando su segundo libro.

Puede conseguirse Los Patios Interiores en varias librerías de la Ciudad de Buenos Aires (Longseller, Hernández, Ghandi, Sirera, Dickens, citas en Calle Corrientes (alturas entre 9 de Julio y Callao).

  

 

 

LOS PATIOS INTERIORES

Por Gustavo Di Pace

 

Los patios interiores

I

Aquella vez fue el salto de un tipo al vacío. Recuerdo haber visto sus ojos, antes de caer sobre esas baldosas con dibujos barrocos.

Estaba inmovilizado. Sentí que la tragedia era sólo una palabra. Atónito, no pude siquiera un grito, el esbozo de la mano que no va a llegar pero lo intenta.

Busqué salirme de la distancia entre ambos, pero fue en vano. Bajo la tenue luz de la noche, el silencio se inmiscuía posesivo, abrasador.

No miré hacia abajo. Y me sorprendió el hecho por el cual la vida en el edificio siguió, tiempo después, como si nada.

Tampoco tuve el coraje de preguntar.

Cerré la ventana y, ya insomne, me quedé hasta el otro día maldiciendo a Dios, quien quiera que fuese.

En las noches sucesivas también me costó dormir. Mi cama era testigo del suicidio. A veces, en plena madrugada, me sorprendía rememorando esos ojos claros, casi translúcidos que, en el instante último, habían mirado tan dentro de mí.

Hasta sentí un dejo de culpa.

Recuerdo cómo, en esos tiempos, intenté el método del olvido.

Pero cuando la armonía parecía llegar, solidificarse en un vaso de Cointreau, ocurría de nuevo. A través de la ventana lindante con los patios interiores, mis ojos se atrevían a ese momento infame, una marioneta, una fosa en blanco y negro, un fondo hecho cielo...

Al borde casi de la desesperación, trataba de acentuar la imagen del vaso entre mis dedos, ansiaba creer que mi vida era sólo un sueño.

Una imagen.

Sólo eso.

 

II

 

Fue en esa época cuando la señora de Vera comenzó a venir.

Ella era pequeña y de contextura fuerte; con su mirada maternal me inspiraba una confianza perdida hace mucho.

Además, no había horarios que respetar, y podía sentir su presencia con sólo escuchar la puerta del ascensor.

Por un tiempo, mi habitación de la calle Olleros fue como cualquier habitación en cualquier sitio de cualquier ciudad.

El entorno ya no se disparataba hacia ese territorio confuso, inexplorado. Emprendíamos largas caminatas. Una vez le conté cómo, al ver las copas de los árboles, algo se apretaba en mí, intuía en sus infinitas ramas la metáfora de mis pensamientos.

Recuerdo el momento cuando, luego de una de estas confesiones, la señora de Vera, de repente, me puso una mano en el hombro, sujetándose, como si algo se desmoronase. Me asusté y la tomé por la cintura para que no se cayera. Me preguntó si no me sentía cansado, pero no supe qué contestarle.

Después seguimos caminando como si nada hubiese ocurrido, hablando del tiempo y esas cosas.

Pero al llegar al departamento, antes de irse y con la voz quebrada, me dijo que no podía seguir con esto.

 

III

 

Luego de esta charla, la señora de Vera cambió. Se comportaba de una manera extraña, como si cada palabra o pensamiento fuese liberado con temor. Entreví una posible solución: ayudarla.

Fue aquel 11 de octubre del 95 cuando, ensimismados en una tarde insoportable, decidí entonces correr las cortinas y mostrarle los patios interiores.

Instantes después se iba, movediza y sagaz como un zorrino.

 

IV

 

Debo admitir mi miedo de hablar acerca del tipo, tal vez la señora de Vera me culparía de algo. Era una persona sensible. Aun así, debía investigar ese mundo oscuro, ese Buenos Aires que no salía en las postales.

Una mañana, después de elaborar una concienzuda estrategia, decidí actuar.

Lo primero fue comprar dos enormes lámparas en un negocito de la calle Libertad. Las imaginé fulgurantes, colgadas del techo y el encierro.

Necesitaba luz.

Mientras volvía, noté cómo toda esa poesía exterior escapaba a mi gusto filosófico. Ya no vi en las calles el desafío de cada día. Supuse que los caminos secretos y los recovecos insondables de este malentendido se abrían, finalmente, detrás de mi cama.

Caminé horas. Percibí una red de ilusos tejerse en la ciudad, ilusos del desdén, ilusos padres e ilusas madres, ilusos aburridos y plazas con ilusos ancianos y chiquitos también.

Sí, debía evitar la invasión bárbara a través de mi conciencia tubular, mis alas de alquimia, mi ciencia subterránea.

Una de mis grandes ideas fue cambiar los muebles de lugar. Crearía un nuevo espacio ante esa ventana que me traía dolor. Colgadas las lámparas, ausentaría la rutina y conocería, al fin, los patios interiores. Cuando viniese la señora de Vera se sorprendería; imaginaba sus ojos verdes a punto de estallar.

Pero la tarea no fue fácil.

Y la señora de Vera, por alguna razón, dejó de venir.

 

V

 

Aunque los días se hicieron más largos, los patios interiores siguieron peleándole a las lámparas. Y los muebles, rectos y cómplices silenciosos de mi lucha, redondeaban sus formas en la oscuridad.

Mi dolor era el dolor del que comprende demasiado. Me sentía solo en medio de millones de caras ahí afuera. El tipo, por aquel entonces, había vuelto a morir sus noches en las mías. Dejé al lado de la cama un lápiz y un papel para anotar cada nuevo detalle, la forma de sus ojos, el color de la ropa...

Mientras, decidí llamar a la señora de Vera. Estaba seguro de que si le explicaba el asunto, comprendería el sentido. Tal vez, algún día, hasta buscaríamos juntos lo eterno, lo invisible.

Pero, inexplicablemente, no pude encontrarla en ningún momento. La señora de Vera era una voz grabada quién sabe cuándo. Tendría que verla personalmente.

Extrañaba esas charlas más allá de nuestro pensamiento. Le llevaría también las anotaciones acerca del tipo.

Debía saber.

 

VI

 

Era una mañana calurosa. Desayuné y, dispuesto a todo, salí. Después de la puerta y el ascensor y el pasillo y la puerta después del pasillo, esperaba algo más que un encuentro.

Recuerdo que llegar a la casa de la señora de Vera fue como uno de esos viajes que uno hizo de chico, con rutas borrosas, circos y playas lejanas.

Sin duda, la poesía exterior ya no era más que eso.

Frente a la puerta de la casa sentí un ligero escalofrío. Había confiado en ella y quería seguir haciéndolo, pero me sentía molesto por su actitud, abandonarme... ¡así como así!

Saqué del bolsillo las anotaciones y toqué el timbre.

Al rato, apareció la señora de Vera.

Estaba desmejorada. Me miró con un gesto muy cercano al pánico y apenas pude lograr que no me cerrase la puerta en la cara.

Cuando quise contarle lo del tipo, me interrumpió diciendo que ya no podía soportar tanto dolor y que, en la medida de lo posible, la disculpase por su desaparición repentina. Le dije que por supuesto y percibí, en lo más íntimo de mi ser, su deseo de negar algo cuya esencia los dos sospechábamos.

Nos miramos.

Poco a poco fue tranquilizándose, sequé sus lágrimas con mi pañuelo y casi sin darme cuenta le di un beso en la mejilla. Luego me invitó a pasar. Miré con detenimiento a mi alrededor: la casa tenía un aspecto realmente extraordinario, del techo colgaban un sinfín de lámparas, algunas parecían ser muy antiguas. Supuse que nunca sería de noche para ella.

Finalmente, pasamos la tarde juntos, una tarde similar a las vividas en el departamento de la calle Olleros. En el aire flotaban nuestras historias, nuestras alegrías y también nuestras miserias. Nos reíamos, nos respetábamos, nos teníamos. En un momento, la señora de Vera me tomó de la mano y me llevó por un corredor angosto y lleno de lámparas. Entonces llegamos hasta el fondo de lo que parecía ser un comedor de época; nos detuvimos y, la señora de Vera, con una sonrisa radiante y que jamás olvidaré, corrió las cortinas.

 

Los biombos

a Xul Solar

"... el Señor sabe lo que hace."

Barrientos se preguntó qué significaban aquellas palabras en la boca de Mayocchi, segundos antes de que perdiese la conciencia. Supuso que tal vez no era una frase más, como las que había ensayado con él durante tantos años en los bares de turno, la cara de póker, los ojos escudriñando las otras mesas.

Le pareció que Mayocchi era un ateo a quien le molestaba su falta de fe. Pensar que hasta la semana pasada la rutina había sido un premio. El sabor húmedo de las tardes los encontraba dispersos por ahí, como dos chicos que juegan a ser grandes.

Pero las cosas habían cambiado, y si no... ¿para qué ese camión y la bocina y la gente como si nada?

Estaba pensando en eso cuando la señorita Puceiro entró. Traía un pañuelo en la cabeza y una sonrisa aprendida. La señorita Puceiro era ambigua, casi indefinible. Barrientos se incomodó a un costado y sintió cómo se le estrujaba la cara. Ahora Mayocchi era un biombo descolorido, y él prefabricaba sus pensamientos con otros hechos, otras formas y otros giros.

Al verla, sospechó algo distinto en la enfermera. ¿Sería el gesto de su cara, su manera de preparar la inyección?

Se restregó los ojos, siempre lo hacía cuando se sentía molesto. Alguien se está riendo de nosotros, pensó.

Al rato, la señorita Puceiro corrió los biombos, arregló una vez más la cama y se fue sin saludar.

Barrientos se sentía indefenso; el techo de la habitación latía su encierro esterilizado y frío.

Fue hasta el borde de la cama y habló.

— Ayer tuve un sueño— le dijo a Mayocchi. —Estábamos subiendo unas escaleras interminables y angostas, ¿me escuchás?, como si estuviesen moldeadas a nuestros pies. Yo... tenía miedo, miedo de mirar el precipicio que se abría alrededor. ¡Mayocchi..., Mayocchi! Era un hueco en el espacio, ¿sabés? donde parecía terminarse la eternidad.

Pero Mayocchi seguía ahí, con los ojos abiertos y el respirador en la boca conformando su nueva cara.

Barrientos no se dejó invadir por el dolor y continuó:

—Vos me decías que no mirara para abajo, Mayocchi, ¿entendés?, que sólo escuchara los pasos.

Ecos.

Muros.

Y no mirar para abajo.

—Después yo te preguntaba por qué delegabas en Dios estos azares, si nunca habías creído en él.

En ese momento, la señorita Puceiro entró nuevamente en la habitación y retó a Barrientos: —¡Eh! ¡Va a despertarlo! Su amigo tiene que dormir.

Barrientos calló. ¿Cómo habría oído sus palabras? ¿Estaría detrás de la puerta?

Sorprendido, trató de recordar el sueño, pero el cansancio lo venció, y se quedó dormido en el borde de la cama, con la mano de suero de Mayocchi a su lado.

Al día siguiente, Barrientos despertó con los rayos del sol iluminándole la cara; se filtraban a través de la persiana y daban un aspecto lozano a la habitación. Pensó que debería despertar, si ésa era la palabra, a su amigo; quería que viese toda esa luz.

Pero Mayocchi seguía igual, quieto, quizás aburrido, como quien espera su turno en un gran hall.

Barrientos se dio cuenta de que debía hacer algo.

Fue entonces cuando comenzó a anotar su vida onírica.

En las mañanas siguientes transcribió sus experiencias al papel, intentando ser fiel en las descripciones, hasta en el más mínimo detalle. Mientras la vida transcurría sus infinitos modos, dentro y fuera del hospital, Barrientos se abandonó entonces a ese lado oculto del cual tan poco sabía.

Necesitaba, más que nunca, compartirlo con su amigo.

Pero cuando insinuaba su deseo de contarle a Mayocchi, la señorita Puceiro, por algún motivo que desconocía, parecía interponerse. Ante el más leve indicio, e inexplicablemente, la señorita Puceiro aparecía como un torbellino en la habitación y abriendo los brazos, desplegaba los biombos.

Luego miraba a Barrientos y le ordenaba:

—Déjeme cumplir con mi trabajo.

Barrientos se dio cuenta de que había muchas cosas de las cuales no habían hablado con Mayocchi en los bares de turno, la cara de póker, los ojos escudriñando las otras mesas.

Fue así como una tarde, ya seguro de que la señorita Puceiro no estaba en el lugar, Barrientos desplegó todos sus sueños en su cama de acompañante.

Se inquietó.

Miró a Mayocchi por entre los biombos y le prometió que lo intentaría.

Comenzó entonces a armar el rompecabezas más complicado y vasto del que jamás había tenido noción.

Pieza por pieza, una a una, recuerdos y sueños y vigilias.

Y entonces, además de precipicios y escaleras, desplegó ventanas y puertas y quizás altísimos faroles que iluminaban el cielo. Las caras de las personas no tenían nombre y los sentidos fluían a través de paisajes de la mente junto con exquisitos sabores musicales.

Barrientos comenzó a transpirar; buscaba espacios en la cama donde ubicar aquellos hechos que no habían sido significados y convertirlos en acontecimientos si era posible.

De repente, se detuvo. En su pensamiento maravillado divisó la certeza de que tal vez la señorita Puceiro hubiera tenido un olvido, quizás un paraguas o una receta.

A Barrientos se le estrujó la cara otra vez.

Y era también probable, pensaba, que en unos minutos viese entonces la sonrisa aprendida de la enfermera asomarse por la puerta.

Aterrado, Barrientos se apresuró; sus brazos iban de aquí para allá, un autómata rodeado de mosquitos hambrientos, un aventurero en viaje hacia todos los destinos posibles en el mismo instante.

Él y su amigo y los rectángulos perfectos alzados como icebergs, fundiéndose en formas similares a las de aquel cuadro en un recodo de la habitación.

Pero la señorita Puceiro se acercaba, lo sabía; ella era una mujer responsable que cumplía con su trabajo, ella se lo había dicho, sí, sí, no podía ausentarse en ese momento.

Tal vez ya estaba en el ascensor o subiendo esas otras escaleras. Barrientos estaba empapado en sudor; miraba a Mayocchi y continuaba, con esa manera arquitectónica de hacer las cosas.

Y a medida que las piezas iban encajando, Barrientos notaba cómo algo en su interior se resistía a morir.

Y entonces lloró.

Lloró sus alegrías y sus angustias y se despojó de muchos de sus pareceres y etiquetas y juicios.

En ese instante, notó que sus lágrimas se confundían con unos pasos cortos y sus ecos en el pasillo de la sala, entre los muros.

—¡Mayocchi..., Mayocchi!, como vos me dijiste en el sueño —dijo temeroso.

Barrientos se restregó los ojos hasta dejarlos morados.

¡Es que ese extraño y enorme edificio, construido desde el último piso hacia sus cimientos, se desmoronaría si la última pieza no era colocada!

Y ahí estaba la señorita Puceiro, llegando.

Miró a su alrededor, vio que la habitación seguía tan iluminada como antes.

Arrastrado por un capítulo más de su desesperación, corrió hasta los biombos y, en un acto casi heroico, los quitó y los dejó a un costado, apoyados sobre el tubo de oxígeno.

En ese momento, escuchó un quejido, y luego un suspiro...

Emocionado, miró a Mayocchi.

Enseguida, y como saliendo del vacío, apareció la señorita Puceiro, sus ojos parecían destellos de fuego y rencor, pero, esta vez, había llegado tarde.

 

El atelier

 

Hacía mucho que no veía a Marcela. Inés se preguntó cómo la habría tratado el tiempo.

Antes del llamado telefónico, esa voz en medio de su vida. Inés casi había olvidado ciertos pasajes de ella.

Pero Marcela había aparecido llevando a cuestas todo su bagaje de historias en común.

Y junto con ella, él.

Reynoso.

Llegó a la casa cinco minutos después del horario acordado. Los ladrillos a la vista y el pino en la entrada aún conservaban su brillo demodé. Su mano demoró en tocar el timbre.

Finalmente lo hizo.

Una cara blanca se asomó por el hueco de la puerta.

Era Marcela.

Se miraron un segundo. Mientras entraba en esa especie de agujero negro, Inés vislumbró aquellas ruinas silenciosas de la memoria, unas formas rústicas sin tiempo. Y afuera, con sus manos quebradizas y aquel rostro anguloso del cual Reynoso se había enamorado, Marcela la miraba a los ojos como tratando de penetrar una verdad escondida.

—Pasá, Inés, pasá, —le dijo, mientras le señalaba unas hojas arriba de la mesa.

Trató de mirar todo ese ambiente con sus ojos de ahora. Pero no pudo, y mientras Marcela iba hacia la cocina, con ese andar adolescente y el pelo siempre largo, ella fue hasta la mesa y leyó una de las hojas:

"Las ventanas, las manchas de talento en el piso, diversas maneras de constituir aquello tan mágico y preciado. Así son las cosas; el pobre era sólo un adjetivo que usaban los demás...".

Una sonrisa triste se dibujó en el rostro de Inés. "No pudo olvidarlo", pensó, sigue escribiendo sobre él.

—Me acuerdo del día en que lo conocí —rememoró Marcela cuando volvía de la cocina con una bandeja y dos tazas de café— tan él, con su cara de sueño eterno, tal vez el que llevemos todos en algún lugarcito que parece olvidado, ¿no?

Apoyó la bandeja en la mesa y puso dos cucharadas de azúcar en cada taza, sin preguntarle a Inés cómo le gustaba. Después continuó:

—Era como un pez volador perdido en plena ciudad, ¡bah!, quién sabe lo bello y lo denso y lo fugaz y lo que es, quién sabe siquiera si vos y yo merecemos estar acá mientras él…

—Anotá eso, anotalo —le dijo Inés— mientras tomaba una de las tazas.

—Estás hablando como escribís.

Pero Marcela pareció no escucharla.

Las últimas luces de la tarde entraban por la claraboya del hall. Parece el único detalle nuevo en esa casa de otros tiempos, pensó Inés.

—Sí, ya sé, no es cuestión de merecimientos —agregó después Marcela, mientras hacía garabatos en la hoja de papel—. Lo que pasa es que la ronda del mate se hizo más corta y eso duele —concluyó.

Un silencio pesado se les vino encima, y el aroma del café no era suficiente contra la crudeza de aquella frase.

Es que en el aire viciado de aquella casita de Moreno, las palabras tomaban formas y devenires inesperados.

Recordaron entonces, como si ambas se lo hubiesen propuesto, el momento en que se habían conocido, ese capricho del destino, como solía ironizar Marcela.

El puente había sido un ágape de surrealistas; la excusa, unas obras de Duchamp que supuestamente permanecían ocultas en algún rincón de París.

—¿Y cómo podemos saberlo nosotros, acá, desde nuestra modesta actitud de seguidores? —había preguntado Marcela, con un escepticismo inigualable.

—No veo nada de malo en seguir, en todo caso, así se empieza, y tampoco se deja de hacerlo —había contestado Inés, desafiante.

Fue entonces cuando él apareció, con su elegancia dispar, su bohemia honrosa hasta en ese sacón verde desteñido, tratando de calmar los ánimos.

Coincidieron luego en la mesa y en sus vidas. Inés se convirtió en su agente y Marcela en su mujer.

Pero las cosas, veintitantos años después, habían derivado hacia algo que jamás habían pensado.

Y Reynoso ya no estaba.

Así, bajo el día innecesario que las asistía, se habían sentado en un sillón raído del hall. Marcela dibujaba garabatos y anotaba frases mientras Inés, dulce consuelo de la tarde, se resignaba a escuchar y escuchar, como acompañando ese viaje, ese intenso caminar por los recovecos de la memoria.

—¡Qué ganas de llorar! —dijo Marcela. ¿Te acordás como se revolcaba por las noches como hoy? Pintaba como un poseso, un poseso de los colores. Sí, si se me sale la tristeza que no la puedo contener.

Inés se levantó y encendió las luces con la secreta esperanza de iluminar la oscuridad de su ánimo.

—El otro día estuve en el atelier, ¿sabés? —continuó Marcela desde el sillón—. Entré despacito para que no me ganara el dolor. Estaba segura de que desde algún lugar me estaba mirando. ¡Tal vez esté metido en alguno de sus cuadros y todo esto es una mentira!

Inés se preguntaba por qué seguía allí; no quería sentarse, no quería estar quieta, así que caminaba y daba vueltas. Envuelta de pena y hortensias que colgaban del techo, desviaba la mirada hacia esa puerta beige, ahí, ahí nomás.

Inés notó que el pelo negro azabache de Marcela enmarcaba maravillosamente su rostro aún hermoso, el que se permitía un gesto soñador de a ratos, pero que revelaba un dejo de sospecha muy sutil al mirarla.

Entonces Inés se endurecía, lamentaba haber aceptado una propuesta de encuentro de la cual hasta ignoraba su real motivo.

—¡Mirá sino cómo ocurrieron las cosas! —prosiguió Marcela—. Si a los peces voladores como él no los persiguen con amenazas y estupidez. La cola del diablo se nos vino encima. Yo le había dicho que la fe era más que un símbolo, lo leí en un libro —agregó después sonriendo, mientras jugaba con el lápiz en la boca.

Inés continuó aquel viaje que no quería hacer, y palpó el momento en que vio a Reynoso por primera vez de la mano de Marcela, poco tiempo después de la reunión en la que los tres se habían conocido.

La voz de Marcela la trajo de nuevo a la humedad de aquel ambiente.

—Dudá de lo que quieras —le grité un día—, ¡pero no dudes de lo que no se puede significar con una palabra! Me acuerdo que se me quedó mirando como si no tuviera ojos…—Vení que te quiero mostrar algo, Inés, ¡dale, vení!

Inés dudó, como si el hecho de seguir a Marcela fuese a comprometerla con algo de lo que ya no quería ser parte. Buscaba excusas para irse de esa casa, pero no las encontraba. Su mente no respondía. Entonces, caminaron juntas por el corredor y llegaron hasta la puerta beige.

Entraron.

Ahora estaban en el atelier.

Inés sintió entonces que su cabeza se desbordaba de fábulas y tormentas y razones y lodo. Miró la mano de Marcela como si estuviese frente a frente con él…

Comprendió que había hecho mal en ir. Miró a Marcela con un escozor que le subía por el vientre y la entumecía. Vio su sombra, su lado oscuro, mientras ella, con esa mirada exótica, le confesaba:

—¿Sabés una cosa? Me molesta verlo nada más que en los sueños.

Entonces, Inés desvió la mirada para no encontrar los ojos de Marcela y se vio ahí otra vez, hablando con él de todo aquello que sólo se hablaba en momentos en que se está lejos del miedo, y volvió a sentir sus manos, su pelo, la envidiable alegría de sus telas, su pecho, sus pinceles, su sonrisa franca, su cara, sus ojos haciéndole juego con la cara, su convicción, su talento, del cual sólo podía comprender lo suficiente como para ver su posibilidad comercial, y eso está bien, muy bien, le decía él, sentime, no me pienses.

Inés estaba temblando.

De repente, un ruido la asustó. Marcela había quitado unos tablones de madera y le estaba comentando que algunas de las obras no habían sido terminadas, que tal vez estaban por ahí, que él era muy celoso de su imaginar.

Inés se tranquilizó. Aquella reunión tal vez no tenía otro motivo que el de sumar unos cuadros más de Reynoso para la galería. Quiso preguntárselo a Marcela, pero ella seguía hablando y pensó que así como Reynoso estuvo poseído por los colores, ella lo estaba por su recuerdo.

Y entonces lo vio otra vez, pintando desnudo junto a ella mientras Marcela se había ido de viaje. Pero la voz de Marcela permanecía.

"Y dale con el pincel, dale nomás. Las cosas más fantásticas se dibujan poco a poco, nacen como todo lo que nace. Primero, un bosquejo. Luego, una sombra que se vislumbra, y mientras, la certeza del movimiento que titila y titila."

Inés sintió necesidad de estallar.

Advirtió cómo Marcela apilaba los tablones contra una pared, del lado de la ventana, como descubriendo un velo para tender otro. Así como así, con sus manos largas mataba toda esa realidad de la que ya había comenzado a dudar.

—¿Cuál será la manera de salirse de todo esto? —le había preguntado Inés.

—Parece que nadie puede escapar de su propia historia —contestó Marcela con una voz diferente.

Y ya Marcela confirmaba que tal vez su lado oscuro no era más que Inés en el espejo, Inés vistiéndose de pasado y Marcela y...

Todo comenzó a vivir un proceso de aceleración.

Los disparos de la realidad… la mentira hecha crimen y locura… una mirada de fuego… un fuego más verdadero que el de los noticieros...

Las palabras de Reynoso comenzaron a caerse del techo, a golpear las ventanas, a salirse por las invisibles rendijas del parqué, como flechas disparadas desde el vacío.

La valentía tiene estrecha relación con el arte. Los diarios no son más que viñetas de lo absurdo.

Inés siguió a Marcela y buscó en sus ojos el brillo de su propia desesperación.

Se preguntó cómo no se daba cuenta de nada, cómo el mundo se había reducido a ese cuartito, a ese sucucho de aire enrarecido.

El atelier.

Pero Marcela tenía la misma mirada de aquella vez en la cena de los surrealistas, y terminaba de descubrir un cuadro que estaba a ras del piso.

Inés se acercó y juntas lo contemplaron.

En él se veía la imagen de un cuarto con un gran tablero en el centro y cuadros como ventanas distribuidos por todas partes; en uno de los recodos, al lado de una puerta beige entreabierta, dos mujeres mayores completaban la escena.

 

Después de los árboles

 

Esa noche la casa se llenó de gente.

Esta misma casa.

Fue como si una boca de lobo nos tragara a todos, y después los abrazos, la campanita de la puerta sonando una y otra vez.

Sí, las noches del 75 y ésa, esa noche en especial llenándose de misterio, como si la memoria dibujara un remolino más a cada instante.

A veces no sé si veo todo esto con los ojos de antes o con los ojos de ahora.

Mamá está siempre en la pieza; a veces casi ni la veo, y yo recorro las habitaciones como lo hago desde hace años, del dormitorio a la cocina, del living al comedor.

Recuerdo que aquella noche la oscuridad había invadido el barrio. Poly, la mucama, levantó las persianas para que entrara el resplandor de la luna.

Veo de nuevo aquellos rostros y también los de la gente que vino luego.

Porque así fue aquella vez, un suceder constante de sombras que alternaban en la penumbra, a la luz de las velas.

—¿Qué pasó, mami? —había preguntado yo.

—Nada, Leandrito, nada.

Y esa nada parecía abarcarlo todo. Hasta los muebles parecían evitarme, y un timbre, y otra vez la campanita de la puerta.

Yo me sentía a un costado de lo que pasaba. Habrá sido por eso que preferí esconderme, como hacen a veces los chicos.

Entonces:

—Papi, ¿cuándo vamos a caminar hasta después de los árboles?

—Mañana, Leandrito, ahora tenemos que volver a casa, pero cuando vayamos, vas a ver la línea del horizonte. ¡Uy!, mirá ese hormiguero, mirá.

Después, recuerdo que la gente que estaba en el living comenzó a irse.

Sí, este mismo living con sus mismos cuadros y sus mismos muebles.

Desde mi escondite, entre los pliegues de la cortina del dormitorio de mis padres, podía oír los pasos como murmullos. También oí la voz de mamá llegar hasta mí. Fue un llamado, y no sólo eso, fue como un regreso a las noches de siempre. Aunque ella, apenas un beso, un beso casi avaro. Busqué su mirada, pero, silenciosa, ya estaba volviendo con toda esa gente que no paraba de abrazarla mientras yo me quedaba solo con Poly, secándome la mejilla. Entonces ella me había dicho que debíamos comer, y cuando cerraba finalmente la puerta, una corriente de aire frío entró y apagó las velas. Un aire extrañamente frío en pleno verano. Aún recuerdo la puteada de Poly en la oscuridad.

Entonces:

—Papi, mirá que me prometiste.

—Sí, Leandrito, sí.

Algunos vasos de agua y las cajas de remedios de mamá me dicen que hoy se levantó. Hay de todos los tamaños y por toda la casa, en la cocina, en los pasillos.

Caminando ahora por este patio interior sigo recordando.

Ahora estamos con Poly otra vez, sentados a la mesa. Sí, sí. Yo oía los ruidos de los cubiertos y comía como si tuviese la lengua anestesiada. Y a través de las llamas de las velas miraba las cosas movedizas.

Rato después, al acostarme, Poly me tapó con la sábana y me dio un beso. Entonces le pregunté dónde estaban papá y mamá.

Pero ella me dijo que no sabía, que ya iban a venir. Parecía nerviosa, y yo volvía a tomar conciencia de ese irse de mi lado que todos me concedían.

Luego, la campanita de la puerta sonó de nuevo.

Supuse que eran papá y mamá, así que me levanté y fui a recibirlos.

Pero era un vendedor ambulante y era de día.

Entonces vuelvo de a poquito al recuerdo, como quien se mete en la cama despacio porque está fría por el frío.

Y bajo el marco de la puerta y de la noche apareció otra vez mi madre. Tenía los ojos hinchados y el pelo mustio. Ella vino hacia mí y me dio un abrazo. Recuerdo que me fastidié, ya que todo el mundo estaba dándome abrazos desde el día anterior.

Después me preguntó si quería dormir con ella.

Y todo continúa ocurriendo mientras encuentro cajas de remedios hasta en el patio, en el garage, en las macetas con plantas.

Y mi madre sigue en el dormitorio.

Esa noche, mientras miraba desde la ventana el campo de enfrente, escuché el dormir de mamá. Primero cuando me abrazaba, luego, con el transcurrir de las horas, al lado mío. Yo la miraba; me daba curiosidad ver cómo la sábana que tapaba su cuerpo se movía al compás de su respiración. Después, traté de ver aquellos árboles lejanos, aquellos que mi padre me había prometido visitaríamos para ver el horizonte, pero la bruma del sueño o tal vez de la noche lo evitaron.

Cuando desperté, mamá se había ido. Me levanté y le pregunté a Poly, pero ella nunca sabía nada, sólo me acariciaba la cabeza.

Y papá tampoco estaba.

¿Por qué me dejaban solo? ¿Por qué todos me evitaban?

Entonces me doy cuenta de que estos mismos lugares de ayer y de hoy conllevan el mismo sentimiento que aquel día después de la noche de la boca de lobo, cuando la casa parecía haberse agrandado y yo corría y corría por el patio pero era como si nunca pudiese recorrerlo en toda su magnitud.

Y me dirijo hasta el living y miro por la ventana y veo aquel inmenso campo y sus árboles lejanos, los mismos de mis recuerdos.

Y yo sigo aquí.

Presa de un impulso, un impulso que me saca fuera de la casa y de mí, abro entonces la puerta y decido ir rumbo a esos árboles.

En este mismo momento, mientras mi madre sigue en el dormitorio.

Y cruzo la calle ahora asfaltada y camino por aquel suelo, mirando la tierra que una vez con mi padre vimos.

El cielo está gris, puedo verlo con los mismos ojos que miran hacia adentro, y probablemente la lluvia me sorprenda. Veo infinidad de nubes oscuras fusionarse en una sola sobre mi cabeza.

Y mientras avanzo entre pastos vírgenes y tierra de colores, miro de nuevo hacia atrás y veo cómo la casa va transformándose, y advierto que las distancias diferencian las cosas y éstas tomarán seguro los contornos que la imaginación dibuje.

Entonces veo el sutil encastre y sus circunstancias, y estoy rodeado de hormigueros pequeños y gigantes, hormigueros con cientos de entradas y salidas.

Después de tanto tiempo estoy acá, caminando por este campo que debimos haber recorrido juntos:

—Como vos me prometiste papá, pero te fuiste y nos dejaste solos a mamá y a mí; por qué te fuiste tan pronto, por qué, papi, por qué...

Comienzo a correr mientras veo las nubes amenazantes. Como un perro rabioso jadeo y, a medida que avanzo, la casa se achica y los árboles se agrandan. Ella es un punto igual a todos mientras aquella espesura que me tapó el horizonte invade mi campo visual.

Y mientras me acerco ya puedo palpar con mis dedos la corteza de aquellos viejos amigos vegetales, ya puedo percibir el olor de sus tallos, ya puedo oír el canto de sus ramas y sus hojas en el viento de esta lluvia que se viene.

Y cuando estoy llegando veo a mi padre una vez más, asomándose y mirándome con los ojos distintos; puedo verlo tan claramente como veo estos árboles, cada imagen como parte de un todo que se une, y me saluda con la mano despidiéndose, vestido con el pijama celeste, que encima le queda corto. Tan gracioso se ve. Y yo le digo en medio de este bosque "papá, acá estoy, acá estoy, llegué, papi, llegué", y él sonríe y me vuelve a saludar con la mano.

Miro entonces más allá y encuentro aquello que mi padre me había prometido.

La lluvia no ha llegado; en cambio, un sol feliz ilumina ahora el cielo. No hay nubes, sólo un azul como nunca antes. Comienzo el regreso. Lento, muy lento. Y mientras vuelvo entre pastos vírgenes y tierra de colores y hormigueros noto la casa más grande y los árboles más pequeños, a cada uno de mis pasos.

De repente, a unos metros de la casa, veo a mi madre moverse como un espejismo, difusa, en la vereda. No puedo creer que haya salido. La veo tan distinta de mis recuerdos. Me ve llegar y la saludo con la mano. Ella tarda en responder. Parece no entender nada. Estoy a sólo unos metros, a punto de cruzar la calle. Tiene un pañuelo rojo que usa para taparse los ruleros, se ve tan graciosa.

Cuando llego, ella me mira. Me doy cuenta de que hacía bastante que no intercambiábamos una mirada. Tiene los ojos chiquitos, y yo la abrazo y la abrazo y entramos en la casa otra vez.

Pero está molesta; puedo verlo en su andar dubitativo mientras se dirige al dormitorio.

—Cuando estaba Poly, esto no pasaba —me dice.

Y yo le digo que no, que no, mientras junto los vasos de agua y las cajas de remedios.

 

 

 

 

 

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©  Temakel. Por Esteban Ierardo