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LOS
PATIOS INTERIORES
Por
Gustavo Di Pace
Los
patios interiores
I
Aquella
vez fue el salto de un tipo al vacío. Recuerdo haber
visto sus ojos, antes de caer sobre esas baldosas con
dibujos barrocos.
Estaba
inmovilizado. Sentí que la tragedia era sólo una
palabra. Atónito, no pude siquiera un grito, el esbozo de
la mano que no va a llegar pero lo intenta.
Busqué
salirme de la distancia entre ambos, pero fue en vano.
Bajo la tenue luz de la noche, el silencio se inmiscuía
posesivo, abrasador.
No
miré hacia abajo. Y me sorprendió el hecho por el cual
la vida en el edificio siguió, tiempo después, como si
nada.
Tampoco
tuve el coraje de preguntar.
Cerré
la ventana y, ya insomne, me quedé hasta el otro día
maldiciendo a Dios, quien quiera que fuese.
En
las noches sucesivas también me costó dormir. Mi cama
era testigo del suicidio. A veces, en plena madrugada, me
sorprendía rememorando esos ojos claros, casi
translúcidos que, en el instante último, habían mirado
tan dentro de mí.
Hasta
sentí un dejo de culpa.
Recuerdo
cómo, en esos tiempos, intenté el método del olvido.
Pero
cuando la armonía parecía llegar, solidificarse en un
vaso de Cointreau, ocurría de nuevo. A través de la
ventana lindante con los patios interiores, mis ojos se
atrevían a ese momento infame, una marioneta, una fosa en
blanco y negro, un fondo hecho cielo...
Al
borde casi de la desesperación, trataba de acentuar la
imagen del vaso entre mis dedos, ansiaba creer que mi vida
era sólo un sueño.
Una
imagen.
Sólo
eso.
II
Fue
en esa época cuando la señora de Vera comenzó a venir.
Ella
era pequeña y de contextura fuerte; con su mirada
maternal me inspiraba una confianza perdida hace mucho.
Además,
no había horarios que respetar, y podía sentir su
presencia con sólo escuchar la puerta del ascensor.
Por
un tiempo, mi habitación de la calle Olleros fue como
cualquier habitación en cualquier sitio de cualquier
ciudad.
El
entorno ya no se disparataba hacia ese territorio confuso,
inexplorado. Emprendíamos largas caminatas. Una vez le
conté cómo, al ver las copas de los árboles, algo se
apretaba en mí, intuía en sus infinitas ramas la
metáfora de mis pensamientos.
Recuerdo
el momento cuando, luego de una de estas confesiones, la
señora de Vera, de repente, me puso una mano en el
hombro, sujetándose, como si algo se desmoronase. Me
asusté y la tomé por la cintura para que no se cayera.
Me preguntó si no me sentía cansado, pero no supe qué
contestarle.
Después
seguimos caminando como si nada hubiese ocurrido, hablando
del tiempo y esas cosas.
Pero
al llegar al departamento, antes de irse y con la voz
quebrada, me dijo que no podía seguir con esto.
III
Luego
de esta charla, la señora de Vera cambió. Se comportaba
de una manera extraña, como si cada palabra o pensamiento
fuese liberado con temor. Entreví una posible solución:
ayudarla.
Fue
aquel 11 de octubre del 95 cuando, ensimismados en una
tarde insoportable, decidí entonces correr las cortinas y
mostrarle los patios interiores.
Instantes
después se iba, movediza y sagaz como un zorrino.
IV
Debo
admitir mi miedo de hablar acerca del tipo, tal vez la
señora de Vera me culparía de algo. Era una persona
sensible. Aun así, debía investigar ese mundo oscuro,
ese Buenos Aires que no salía en las postales.
Una
mañana, después de elaborar una concienzuda estrategia,
decidí actuar.
Lo
primero fue comprar dos enormes lámparas en un negocito
de la calle Libertad. Las imaginé fulgurantes, colgadas
del techo y el encierro.
Necesitaba
luz.
Mientras
volvía, noté cómo toda esa poesía exterior escapaba a
mi gusto filosófico. Ya no vi en las calles el desafío
de cada día. Supuse que los caminos secretos y los
recovecos insondables de este malentendido se abrían,
finalmente, detrás de mi cama.
Caminé
horas. Percibí una red de ilusos tejerse en la ciudad,
ilusos del desdén, ilusos padres e ilusas madres, ilusos
aburridos y plazas con ilusos ancianos y chiquitos
también.
Sí,
debía evitar la invasión bárbara a través de mi
conciencia tubular, mis alas de alquimia, mi ciencia
subterránea.
Una
de mis grandes ideas fue cambiar los muebles de lugar.
Crearía un nuevo espacio ante esa ventana que me traía
dolor. Colgadas las lámparas, ausentaría la rutina y
conocería, al fin, los patios interiores. Cuando viniese
la señora de Vera se sorprendería; imaginaba sus ojos
verdes a punto de estallar.
Pero
la tarea no fue fácil.
Y
la señora de Vera, por alguna razón, dejó de venir.
V
Aunque
los días se hicieron más largos, los patios interiores
siguieron peleándole a las lámparas. Y los muebles,
rectos y cómplices silenciosos de mi lucha, redondeaban
sus formas en la oscuridad.
Mi
dolor era el dolor del que comprende demasiado. Me sentía
solo en medio de millones de caras ahí afuera. El tipo,
por aquel entonces, había vuelto a morir sus noches en
las mías. Dejé al lado de la cama un lápiz y un papel
para anotar cada nuevo detalle, la forma de sus ojos, el
color de la ropa...
Mientras,
decidí llamar a la señora de Vera. Estaba seguro de que
si le explicaba el asunto, comprendería el sentido. Tal
vez, algún día, hasta buscaríamos juntos lo eterno, lo
invisible.
Pero,
inexplicablemente, no pude encontrarla en ningún momento.
La señora de Vera era una voz grabada quién sabe
cuándo. Tendría que verla personalmente.
Extrañaba
esas charlas más allá de nuestro pensamiento. Le
llevaría también las anotaciones acerca del tipo.
Debía
saber.
VI
Era
una mañana calurosa. Desayuné y, dispuesto a todo,
salí. Después de la puerta y el ascensor y el pasillo y
la puerta después del pasillo, esperaba algo más que un
encuentro.
Recuerdo
que llegar a la casa de la señora de Vera fue como uno de
esos viajes que uno hizo de chico, con rutas borrosas,
circos y playas lejanas.
Sin
duda, la poesía exterior ya no era más que eso.
Frente
a la puerta de la casa sentí un ligero escalofrío.
Había confiado en ella y quería seguir haciéndolo, pero
me sentía molesto por su actitud, abandonarme... ¡así
como así!
Saqué
del bolsillo las anotaciones y toqué el timbre.
Al
rato, apareció la señora de Vera.
Estaba
desmejorada. Me miró con un gesto muy cercano al pánico
y apenas pude lograr que no me cerrase la puerta en la
cara.
Cuando
quise contarle lo del tipo, me interrumpió diciendo que
ya no podía soportar tanto dolor y que, en la medida de
lo posible, la disculpase por su desaparición repentina.
Le dije que por supuesto y percibí, en lo más íntimo de
mi ser, su deseo de negar algo cuya esencia los dos
sospechábamos.
Nos
miramos.
Poco
a poco fue tranquilizándose, sequé sus lágrimas con mi
pañuelo y casi sin darme cuenta le di un beso en la
mejilla. Luego me invitó a pasar. Miré con detenimiento
a mi alrededor: la casa tenía un aspecto realmente
extraordinario, del techo colgaban un sinfín de
lámparas, algunas parecían ser muy antiguas. Supuse que
nunca sería de noche para ella.
Finalmente,
pasamos la tarde juntos, una tarde similar a las vividas
en el departamento de la calle Olleros. En el aire
flotaban nuestras historias, nuestras alegrías y también
nuestras miserias. Nos reíamos, nos respetábamos, nos
teníamos. En un momento, la señora de Vera me tomó de
la mano y me llevó por un corredor angosto y lleno de
lámparas. Entonces llegamos hasta el fondo de lo que
parecía ser un comedor de época; nos detuvimos y, la
señora de Vera, con una sonrisa radiante y que jamás
olvidaré, corrió las cortinas.
Los
biombos
a
Xul Solar
"...
el Señor sabe lo que hace."
Barrientos
se preguntó qué significaban aquellas palabras en la
boca de Mayocchi, segundos antes de que perdiese la
conciencia. Supuso que tal vez no era una frase más, como
las que había ensayado con él durante tantos años en
los bares de turno, la cara de póker, los ojos
escudriñando las otras mesas.
Le
pareció que Mayocchi era un ateo a quien le molestaba su
falta de fe. Pensar que hasta la semana pasada la rutina
había sido un premio. El sabor húmedo de las tardes los
encontraba dispersos por ahí, como dos chicos que juegan
a ser grandes.
Pero
las cosas habían cambiado, y si no... ¿para qué ese
camión y la bocina y la gente como si nada?
Estaba
pensando en eso cuando la señorita Puceiro entró. Traía
un pañuelo en la cabeza y una sonrisa aprendida. La
señorita Puceiro era ambigua, casi indefinible.
Barrientos se incomodó a un costado y sintió cómo se le
estrujaba la cara. Ahora Mayocchi era un biombo
descolorido, y él prefabricaba sus pensamientos con otros
hechos, otras formas y otros giros.
Al
verla, sospechó algo distinto en la enfermera. ¿Sería
el gesto de su cara, su manera de preparar la inyección?
Se
restregó los ojos, siempre lo hacía cuando se sentía
molesto. Alguien se está riendo de nosotros, pensó.
Al
rato, la señorita Puceiro corrió los biombos, arregló
una vez más la cama y se fue sin saludar.
Barrientos
se sentía indefenso; el techo de la habitación latía su
encierro esterilizado y frío.
Fue
hasta el borde de la cama y habló.
—
Ayer tuve un sueño— le dijo a Mayocchi. —Estábamos
subiendo unas escaleras interminables y angostas, ¿me
escuchás?, como si estuviesen moldeadas a nuestros pies.
Yo... tenía miedo, miedo de mirar el precipicio que se
abría alrededor. ¡Mayocchi..., Mayocchi! Era un hueco en
el espacio, ¿sabés? donde parecía terminarse la
eternidad.
Pero
Mayocchi seguía ahí, con los ojos abiertos y el
respirador en la boca conformando su nueva cara.
Barrientos
no se dejó invadir por el dolor y continuó:
—Vos
me decías que no mirara para abajo, Mayocchi, ¿entendés?,
que sólo escuchara los pasos.
Ecos.
Muros.
Y
no mirar para abajo.
—Después
yo te preguntaba por qué delegabas en Dios estos azares,
si nunca habías creído en él.
En
ese momento, la señorita Puceiro entró nuevamente en la
habitación y retó a Barrientos: —¡Eh! ¡Va a
despertarlo! Su amigo tiene que dormir.
Barrientos
calló. ¿Cómo habría oído sus palabras? ¿Estaría
detrás de la puerta?
Sorprendido,
trató de recordar el sueño, pero el cansancio lo
venció, y se quedó dormido en el borde de la cama, con
la mano de suero de Mayocchi a su lado.
Al
día siguiente, Barrientos despertó con los rayos del sol
iluminándole la cara; se filtraban a través de la
persiana y daban un aspecto lozano a la habitación.
Pensó que debería despertar, si ésa era la palabra, a
su amigo; quería que viese toda esa luz.
Pero
Mayocchi seguía igual, quieto, quizás aburrido, como
quien espera su turno en un gran hall.
Barrientos
se dio cuenta de que debía hacer algo.
Fue
entonces cuando comenzó a anotar su vida onírica.
En
las mañanas siguientes transcribió sus experiencias al
papel, intentando ser fiel en las descripciones, hasta en
el más mínimo detalle. Mientras la vida transcurría sus
infinitos modos, dentro y fuera del hospital, Barrientos
se abandonó entonces a ese lado oculto del cual tan poco
sabía.
Necesitaba,
más que nunca, compartirlo con su amigo.
Pero
cuando insinuaba su deseo de contarle a Mayocchi, la
señorita Puceiro, por algún motivo que desconocía,
parecía interponerse. Ante el más leve indicio, e
inexplicablemente, la señorita Puceiro aparecía como un
torbellino en la habitación y abriendo los brazos,
desplegaba los biombos.
Luego
miraba a Barrientos y le ordenaba:
—Déjeme
cumplir con mi trabajo.
Barrientos
se dio cuenta de que había muchas cosas de las cuales no
habían hablado con Mayocchi en los bares de turno, la
cara de póker, los ojos escudriñando las otras mesas.
Fue
así como una tarde, ya seguro de que la señorita Puceiro
no estaba en el lugar, Barrientos desplegó todos sus
sueños en su cama de acompañante.
Se
inquietó.
Miró
a Mayocchi por entre los biombos y le prometió que lo
intentaría.
Comenzó
entonces a armar el rompecabezas más complicado y vasto
del que jamás había tenido noción.
Pieza
por pieza, una a una, recuerdos y sueños y vigilias.
Y
entonces, además de precipicios y escaleras, desplegó
ventanas y puertas y quizás altísimos faroles que
iluminaban el cielo. Las caras de las personas no tenían
nombre y los sentidos fluían a través de paisajes de la
mente junto con exquisitos sabores musicales.
Barrientos
comenzó a transpirar; buscaba espacios en la cama donde
ubicar aquellos hechos que no habían sido significados y
convertirlos en acontecimientos si era posible.
De
repente, se detuvo. En su pensamiento maravillado divisó
la certeza de que tal vez la señorita Puceiro hubiera
tenido un olvido, quizás un paraguas o una receta.
A
Barrientos se le estrujó la cara otra vez.
Y
era también probable, pensaba, que en unos minutos viese
entonces la sonrisa aprendida de la enfermera asomarse por
la puerta.
Aterrado,
Barrientos se apresuró; sus brazos iban de aquí para
allá, un autómata rodeado de mosquitos hambrientos, un
aventurero en viaje hacia todos los destinos posibles en
el mismo instante.
Él
y su amigo y los rectángulos perfectos alzados como
icebergs, fundiéndose en formas similares a las de aquel
cuadro en un recodo de la habitación.
Pero
la señorita Puceiro se acercaba, lo sabía; ella era una
mujer responsable que cumplía con su trabajo, ella se lo
había dicho, sí, sí, no podía ausentarse en ese
momento.
Tal
vez ya estaba en el ascensor o subiendo esas otras
escaleras. Barrientos estaba empapado en sudor; miraba a
Mayocchi y continuaba, con esa manera arquitectónica de
hacer las cosas.
Y
a medida que las piezas iban encajando, Barrientos notaba
cómo algo en su interior se resistía a morir.
Y
entonces lloró.
Lloró
sus alegrías y sus angustias y se despojó de muchos de
sus pareceres y etiquetas y juicios.
En
ese instante, notó que sus lágrimas se confundían con
unos pasos cortos y sus ecos en el pasillo de la sala,
entre los muros.
—¡Mayocchi...,
Mayocchi!, como vos me dijiste en el sueño —dijo
temeroso.
Barrientos
se restregó los ojos hasta dejarlos morados.
¡Es
que ese extraño y enorme edificio, construido desde el
último piso hacia sus cimientos, se desmoronaría si la
última pieza no era colocada!
Y
ahí estaba la señorita Puceiro, llegando.
Miró
a su alrededor, vio que la habitación seguía tan
iluminada como antes.
Arrastrado
por un capítulo más de su desesperación, corrió hasta
los biombos y, en un acto casi heroico, los quitó y los
dejó a un costado, apoyados sobre el tubo de oxígeno.
En
ese momento, escuchó un quejido, y luego un suspiro...
Emocionado,
miró a Mayocchi.
Enseguida,
y como saliendo del vacío, apareció la señorita Puceiro,
sus ojos parecían destellos de fuego y rencor, pero, esta
vez, había llegado tarde.
El
atelier
Hacía
mucho que no veía a Marcela. Inés se preguntó cómo la
habría tratado el tiempo.
Antes
del llamado telefónico, esa voz en medio de su vida.
Inés casi había olvidado ciertos pasajes de ella.
Pero
Marcela había aparecido llevando a cuestas todo su bagaje
de historias en común.
Y
junto con ella, él.
Reynoso.
Llegó
a la casa cinco minutos después del horario acordado. Los
ladrillos a la vista y el pino en la entrada aún
conservaban su brillo demodé. Su mano demoró en
tocar el timbre.
Finalmente
lo hizo.
Una
cara blanca se asomó por el hueco de la puerta.
Era
Marcela.
Se
miraron un segundo. Mientras entraba en esa especie de
agujero negro, Inés vislumbró aquellas ruinas
silenciosas de la memoria, unas formas rústicas sin
tiempo. Y afuera, con sus manos quebradizas y aquel rostro
anguloso del cual Reynoso se había enamorado, Marcela la
miraba a los ojos como tratando de penetrar una verdad
escondida.
—Pasá,
Inés, pasá, —le dijo, mientras le señalaba unas hojas
arriba de la mesa.
Trató
de mirar todo ese ambiente con sus ojos de ahora. Pero no
pudo, y mientras Marcela iba hacia la cocina, con ese
andar adolescente y el pelo siempre largo, ella fue hasta
la mesa y leyó una de las hojas:
"Las
ventanas, las manchas de talento en el piso, diversas
maneras de constituir aquello tan mágico y preciado. Así
son las cosas; el pobre era sólo un adjetivo que usaban
los demás...".
Una
sonrisa triste se dibujó en el rostro de Inés. "No
pudo olvidarlo", pensó, sigue escribiendo sobre él.
—Me
acuerdo del día en que lo conocí —rememoró Marcela
cuando volvía de la cocina con una bandeja y dos tazas de
café— tan él, con su cara de sueño eterno, tal vez el
que llevemos todos en algún lugarcito que parece
olvidado, ¿no?
Apoyó
la bandeja en la mesa y puso dos cucharadas de azúcar en
cada taza, sin preguntarle a Inés cómo le gustaba.
Después continuó:
—Era
como un pez volador perdido en plena ciudad, ¡bah!,
quién sabe lo bello y lo denso y lo fugaz y lo que es,
quién sabe siquiera si vos y yo merecemos estar acá
mientras él…
—Anotá
eso, anotalo —le dijo Inés— mientras tomaba una de
las tazas.
—Estás
hablando como escribís.
Pero
Marcela pareció no escucharla.
Las
últimas luces de la tarde entraban por la claraboya del
hall. Parece el único detalle nuevo en esa casa de otros
tiempos, pensó Inés.
—Sí,
ya sé, no es cuestión de merecimientos —agregó
después Marcela, mientras hacía garabatos en la hoja de
papel—. Lo que pasa es que la ronda del mate se hizo
más corta y eso duele —concluyó.
Un
silencio pesado se les vino encima, y el aroma del café
no era suficiente contra la crudeza de aquella frase.
Es
que en el aire viciado de aquella casita de Moreno, las
palabras tomaban formas y devenires inesperados.
Recordaron
entonces, como si ambas se lo hubiesen propuesto, el
momento en que se habían conocido, ese capricho del
destino, como solía ironizar Marcela.
El
puente había sido un ágape de surrealistas; la excusa,
unas obras de Duchamp que supuestamente permanecían
ocultas en algún rincón de París.
—¿Y
cómo podemos saberlo nosotros, acá, desde nuestra
modesta actitud de seguidores? —había preguntado
Marcela, con un escepticismo inigualable.
—No
veo nada de malo en seguir, en todo caso, así se empieza,
y tampoco se deja de hacerlo —había contestado Inés,
desafiante.
Fue
entonces cuando él apareció, con su elegancia dispar, su
bohemia honrosa hasta en ese sacón verde desteñido,
tratando de calmar los ánimos.
Coincidieron
luego en la mesa y en sus vidas. Inés se convirtió en su
agente y Marcela en su mujer.
Pero
las cosas, veintitantos años después, habían derivado
hacia algo que jamás habían pensado.
Y
Reynoso ya no estaba.
Así,
bajo el día innecesario que las asistía, se habían
sentado en un sillón raído del hall. Marcela dibujaba
garabatos y anotaba frases mientras Inés, dulce consuelo
de la tarde, se resignaba a escuchar y escuchar, como
acompañando ese viaje, ese intenso caminar por los
recovecos de la memoria.
—¡Qué
ganas de llorar! —dijo Marcela. ¿Te acordás como se
revolcaba por las noches como hoy? Pintaba como un poseso,
un poseso de los colores. Sí, si se me sale la tristeza
que no la puedo contener.
Inés
se levantó y encendió las luces con la secreta esperanza
de iluminar la oscuridad de su ánimo.
—El
otro día estuve en el atelier, ¿sabés? —continuó
Marcela desde el sillón—. Entré despacito para que no
me ganara el dolor. Estaba segura de que desde algún
lugar me estaba mirando. ¡Tal vez esté metido en alguno
de sus cuadros y todo esto es una mentira!
Inés
se preguntaba por qué seguía allí; no quería sentarse,
no quería estar quieta, así que caminaba y daba vueltas.
Envuelta de pena y hortensias que colgaban del techo,
desviaba la mirada hacia esa puerta beige, ahí, ahí
nomás.
Inés
notó que el pelo negro azabache de Marcela enmarcaba
maravillosamente su rostro aún hermoso, el que se
permitía un gesto soñador de a ratos, pero que revelaba
un dejo de sospecha muy sutil al mirarla.
Entonces
Inés se endurecía, lamentaba haber aceptado una
propuesta de encuentro de la cual hasta ignoraba su real
motivo.
—¡Mirá
sino cómo ocurrieron las cosas! —prosiguió Marcela—.
Si a los peces voladores como él no los persiguen con
amenazas y estupidez. La cola del diablo se nos vino
encima. Yo le había dicho que la fe era más que un
símbolo, lo leí en un libro —agregó después
sonriendo, mientras jugaba con el lápiz en la boca.
Inés
continuó aquel viaje que no quería hacer, y palpó el
momento en que vio a Reynoso por primera vez de la mano de
Marcela, poco tiempo después de la reunión en la que los
tres se habían conocido.
La
voz de Marcela la trajo de nuevo a la humedad de aquel
ambiente.
—Dudá
de lo que quieras —le grité un día—, ¡pero no dudes
de lo que no se puede significar con una palabra! Me
acuerdo que se me quedó mirando como si no tuviera ojos…—Vení
que te quiero mostrar algo, Inés, ¡dale, vení!
Inés
dudó, como si el hecho de seguir a Marcela fuese a
comprometerla con algo de lo que ya no quería ser parte.
Buscaba excusas para irse de esa casa, pero no las
encontraba. Su mente no respondía. Entonces, caminaron
juntas por el corredor y llegaron hasta la puerta beige.
Entraron.
Ahora
estaban en el atelier.
Inés
sintió entonces que su cabeza se desbordaba de fábulas y
tormentas y razones y lodo. Miró la mano de Marcela como
si estuviese frente a frente con él…
Comprendió
que había hecho mal en ir. Miró a Marcela con un escozor
que le subía por el vientre y la entumecía. Vio su
sombra, su lado oscuro, mientras ella, con esa mirada
exótica, le confesaba:
—¿Sabés
una cosa? Me molesta verlo nada más que en los sueños.
Entonces,
Inés desvió la mirada para no encontrar los ojos de
Marcela y se vio ahí otra vez, hablando con él de todo
aquello que sólo se hablaba en momentos en que se está
lejos del miedo, y volvió a sentir sus manos, su pelo, la
envidiable alegría de sus telas, su pecho, sus pinceles,
su sonrisa franca, su cara, sus ojos haciéndole juego con
la cara, su convicción, su talento, del cual sólo podía
comprender lo suficiente como para ver su posibilidad
comercial, y eso está bien, muy bien, le decía él,
sentime, no me pienses.
Inés
estaba temblando.
De
repente, un ruido la asustó. Marcela había quitado unos
tablones de madera y le estaba comentando que algunas de
las obras no habían sido terminadas, que tal vez estaban
por ahí, que él era muy celoso de su imaginar.
Inés
se tranquilizó. Aquella reunión tal vez no tenía otro
motivo que el de sumar unos cuadros más de Reynoso para
la galería. Quiso preguntárselo a Marcela, pero ella
seguía hablando y pensó que así como Reynoso estuvo
poseído por los colores, ella lo estaba por su recuerdo.
Y
entonces lo vio otra vez, pintando desnudo junto a ella
mientras Marcela se había ido de viaje. Pero la voz de
Marcela permanecía.
"Y
dale con el pincel, dale nomás. Las cosas más
fantásticas se dibujan poco a poco, nacen como todo lo
que nace. Primero, un bosquejo. Luego, una sombra que se
vislumbra, y mientras, la certeza del movimiento que
titila y titila."
Inés
sintió necesidad de estallar.
Advirtió
cómo Marcela apilaba los tablones contra una pared, del
lado de la ventana, como descubriendo un velo para tender
otro. Así como así, con sus manos largas mataba toda esa
realidad de la que ya había comenzado a dudar.
—¿Cuál
será la manera de salirse de todo esto? —le había
preguntado Inés.
—Parece
que nadie puede escapar de su propia historia —contestó
Marcela con una voz diferente.
Y
ya Marcela confirmaba que tal vez su lado oscuro no era
más que Inés en el espejo, Inés vistiéndose de pasado
y Marcela y...
Todo
comenzó a vivir un proceso de aceleración.
Los
disparos de la realidad… la mentira hecha crimen y
locura… una mirada de fuego… un fuego más verdadero
que el de los noticieros...
Las
palabras de Reynoso comenzaron a caerse del techo, a
golpear las ventanas, a salirse por las invisibles
rendijas del parqué, como flechas disparadas desde el
vacío.
La
valentía tiene estrecha relación con el arte. Los
diarios no son más que viñetas de lo absurdo.
Inés
siguió a Marcela y buscó en sus ojos el brillo de su
propia desesperación.
Se
preguntó cómo no se daba cuenta de nada, cómo el mundo
se había reducido a ese cuartito, a ese sucucho de aire
enrarecido.
El
atelier.
Pero
Marcela tenía la misma mirada de aquella vez en la cena
de los surrealistas, y terminaba de descubrir un cuadro
que estaba a ras del piso.
Inés
se acercó y juntas lo contemplaron.
En
él se veía la imagen de un cuarto con un gran tablero en
el centro y cuadros como ventanas distribuidos por todas
partes; en uno de los recodos, al lado de una puerta beige
entreabierta, dos mujeres mayores completaban la escena.
Después
de los árboles
Esa
noche la casa se llenó de gente.
Esta
misma casa.
Fue
como si una boca de lobo nos tragara a todos, y después
los abrazos, la campanita de la puerta sonando una y otra
vez.
Sí,
las noches del 75 y ésa, esa noche en especial
llenándose de misterio, como si la memoria dibujara un
remolino más a cada instante.
A
veces no sé si veo todo esto con los ojos de antes o con
los ojos de ahora.
Mamá
está siempre en la pieza; a veces casi ni la veo, y yo
recorro las habitaciones como lo hago desde hace años,
del dormitorio a la cocina, del living al comedor.
Recuerdo
que aquella noche la oscuridad había invadido el barrio.
Poly, la mucama, levantó las persianas para que entrara
el resplandor de la luna.
Veo
de nuevo aquellos rostros y también los de la gente que
vino luego.
Porque
así fue aquella vez, un suceder constante de sombras que
alternaban en la penumbra, a la luz de las velas.
—¿Qué
pasó, mami? —había preguntado yo.
—Nada,
Leandrito, nada.
Y
esa nada parecía abarcarlo todo. Hasta los muebles
parecían evitarme, y un timbre, y otra vez la campanita
de la puerta.
Yo
me sentía a un costado de lo que pasaba. Habrá sido por
eso que preferí esconderme, como hacen a veces los
chicos.
Entonces:
—Papi,
¿cuándo vamos a caminar hasta después de los árboles?
—Mañana,
Leandrito, ahora tenemos que volver a casa, pero cuando
vayamos, vas a ver la línea del horizonte. ¡Uy!, mirá
ese hormiguero, mirá.
Después,
recuerdo que la gente que estaba en el living comenzó a
irse.
Sí,
este mismo living con sus mismos cuadros y sus mismos
muebles.
Desde
mi escondite, entre los pliegues de la cortina del
dormitorio de mis padres, podía oír los pasos como
murmullos. También oí la voz de mamá llegar hasta mí.
Fue un llamado, y no sólo eso, fue como un regreso a las
noches de siempre. Aunque ella, apenas un beso, un beso
casi avaro. Busqué su mirada, pero, silenciosa, ya estaba
volviendo con toda esa gente que no paraba de abrazarla
mientras yo me quedaba solo con Poly, secándome la
mejilla. Entonces ella me había dicho que debíamos
comer, y cuando cerraba finalmente la puerta, una
corriente de aire frío entró y apagó las velas. Un aire
extrañamente frío en pleno verano. Aún recuerdo la
puteada de Poly en la oscuridad.
Entonces:
—Papi,
mirá que me prometiste.
—Sí,
Leandrito, sí.
Algunos
vasos de agua y las cajas de remedios de mamá me dicen
que hoy se levantó. Hay de todos los tamaños y por toda
la casa, en la cocina, en los pasillos.
Caminando
ahora por este patio interior sigo recordando.
Ahora
estamos con Poly otra vez, sentados a la mesa. Sí, sí.
Yo oía los ruidos de los cubiertos y comía como si
tuviese la lengua anestesiada. Y a través de las llamas
de las velas miraba las cosas movedizas.
Rato
después, al acostarme, Poly me tapó con la sábana y me
dio un beso. Entonces le pregunté dónde estaban papá y
mamá.
Pero
ella me dijo que no sabía, que ya iban a venir. Parecía
nerviosa, y yo volvía a tomar conciencia de ese irse de
mi lado que todos me concedían.
Luego,
la campanita de la puerta sonó de nuevo.
Supuse
que eran papá y mamá, así que me levanté y fui a
recibirlos.
Pero
era un vendedor ambulante y era de día.
Entonces
vuelvo de a poquito al recuerdo, como quien se mete en la
cama despacio porque está fría por el frío.
Y
bajo el marco de la puerta y de la noche apareció otra
vez mi madre. Tenía los ojos hinchados y el pelo mustio.
Ella vino hacia mí y me dio un abrazo. Recuerdo que me
fastidié, ya que todo el mundo estaba dándome abrazos
desde el día anterior.
Después
me preguntó si quería dormir con ella.
Y
todo continúa ocurriendo mientras encuentro cajas de
remedios hasta en el patio, en el garage, en las macetas
con plantas.
Y
mi madre sigue en el dormitorio.
Esa
noche, mientras miraba desde la ventana el campo de
enfrente, escuché el dormir de mamá. Primero cuando me
abrazaba, luego, con el transcurrir de las horas, al lado
mío. Yo la miraba; me daba curiosidad ver cómo la
sábana que tapaba su cuerpo se movía al compás de su
respiración. Después, traté de ver aquellos árboles
lejanos, aquellos que mi padre me había prometido
visitaríamos para ver el horizonte, pero la bruma del
sueño o tal vez de la noche lo evitaron.
Cuando
desperté, mamá se había ido. Me levanté y le pregunté
a Poly, pero ella nunca sabía nada, sólo me acariciaba
la cabeza.
Y
papá tampoco estaba.
¿Por
qué me dejaban solo? ¿Por qué todos me evitaban?
Entonces
me doy cuenta de que estos mismos lugares de ayer y de hoy
conllevan el mismo sentimiento que aquel día después de
la noche de la boca de lobo, cuando la casa parecía
haberse agrandado y yo corría y corría por el patio pero
era como si nunca pudiese recorrerlo en toda su magnitud.
Y
me dirijo hasta el living y miro por la ventana y veo
aquel inmenso campo y sus árboles lejanos, los mismos de
mis recuerdos.
Y
yo sigo aquí.
Presa
de un impulso, un impulso que me saca fuera de la casa y
de mí, abro entonces la puerta y decido ir rumbo a esos
árboles.
En
este mismo momento, mientras mi madre sigue en el
dormitorio.
Y
cruzo la calle ahora asfaltada y camino por aquel suelo,
mirando la tierra que una vez con mi padre vimos.
El
cielo está gris, puedo verlo con los mismos ojos que
miran hacia adentro, y probablemente la lluvia me
sorprenda. Veo infinidad de nubes oscuras fusionarse en
una sola sobre mi cabeza.
Y
mientras avanzo entre pastos vírgenes y tierra de
colores, miro de nuevo hacia atrás y veo cómo la casa va
transformándose, y advierto que las distancias
diferencian las cosas y éstas tomarán seguro los
contornos que la imaginación dibuje.
Entonces
veo el sutil encastre y sus circunstancias, y estoy
rodeado de hormigueros pequeños y gigantes, hormigueros
con cientos de entradas y salidas.
Después
de tanto tiempo estoy acá, caminando por este campo que
debimos haber recorrido juntos:
—Como
vos me prometiste papá, pero te fuiste y nos dejaste
solos a mamá y a mí; por qué te fuiste tan pronto, por
qué, papi, por qué...
Comienzo
a correr mientras veo las nubes amenazantes. Como un perro
rabioso jadeo y, a medida que avanzo, la casa se achica y
los árboles se agrandan. Ella es un punto igual a todos
mientras aquella espesura que me tapó el horizonte invade
mi campo visual.
Y
mientras me acerco ya puedo palpar con mis dedos la
corteza de aquellos viejos amigos vegetales, ya puedo
percibir el olor de sus tallos, ya puedo oír el canto de
sus ramas y sus hojas en el viento de esta lluvia que se
viene.
Y
cuando estoy llegando veo a mi padre una vez más,
asomándose y mirándome con los ojos distintos; puedo
verlo tan claramente como veo estos árboles, cada imagen
como parte de un todo que se une, y me saluda con la mano
despidiéndose, vestido con el pijama celeste, que encima
le queda corto. Tan gracioso se ve. Y yo le digo en medio
de este bosque "papá, acá estoy, acá estoy,
llegué, papi, llegué", y él sonríe y me vuelve a
saludar con la mano.
Miro
entonces más allá y encuentro aquello que mi padre me
había prometido.
La
lluvia no ha llegado; en cambio, un sol feliz ilumina
ahora el cielo. No hay nubes, sólo un azul como nunca
antes. Comienzo el regreso. Lento, muy lento. Y mientras
vuelvo entre pastos vírgenes y tierra de colores y
hormigueros noto la casa más grande y los árboles más
pequeños, a cada uno de mis pasos.
De
repente, a unos metros de la casa, veo a mi madre moverse
como un espejismo, difusa, en la vereda. No puedo creer
que haya salido. La veo tan distinta de mis recuerdos. Me
ve llegar y la saludo con la mano. Ella tarda en
responder. Parece no entender nada. Estoy a sólo unos
metros, a punto de cruzar la calle. Tiene un pañuelo rojo
que usa para taparse los ruleros, se ve tan graciosa.
Cuando
llego, ella me mira. Me doy cuenta de que hacía bastante
que no intercambiábamos una mirada. Tiene los ojos
chiquitos, y yo la abrazo y la abrazo y entramos en la
casa otra vez.
Pero
está molesta; puedo verlo en su andar dubitativo mientras
se dirige al dormitorio.
—Cuando
estaba Poly, esto no pasaba —me dice.
Y
yo le digo que no, que no, mientras junto los vasos de
agua y las cajas de remedios.
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