Biblioteca virtual temakel

  Inicio  Mapa del sitio Volver Biblioteca virtual  

 

  

   INVOCACIÓN, Y OTROS POEMAS 

  Por Eduardo A. Fracchia


  
 

  Eduardo Fracchia

   Invocación

  Líberame

  Poemas De Huesos secos:

  Ezequiel

  Icaro

  Aquiles

 

Eduardo A. Fracchia  nació en Fontana, provincia de Chaco, en la República Argentina, en 1945. Falleció en Resistencia, Chaco, en 1999. Fue profesor de Filosofía y Ciencias de la Educación y ejerció como profesor universitario de la Universidad Nacional del Nordeste.

 Sus obras publicadas son, entre otras, Huesos secos (obra a la que pertenecen los poemas que aquí les presentamos, 1980); Severino (novela, 1983); Arte y tolerancia (ensayo,1993); Himnos a Dionisos (poema, 1997); La rosa hecha escudo (poema, 1999).

Dictó cursos, seminarios, conferencia y participó como jurado en numerosos concursos de novelas, poesías y ensayos organizados  por distintos eventos de las provincias de Chaco y Corrientes. Participó en el Encuentro Nacional de Pensadores, realizado en Buenos Aires en noviembre de 1998, como representante de la Subsecretaría de Cultura de la Provincia del Chaco, con la ponencia "La multicularidad de las pueblos".

 

  

INVOCACIÓN 

 

 ¿En qué sombría indolencia se esconde,

en qué sombras el dios terrestre que reclaman tus

banderas?

¿Dónde se refugia señora?

¿O es que ya no hay más que esta herida salitrosa

que es tu nombre?

Vuelvete penumbra,

tierra clandestina para que no te siembren de pobreza

los patriarcas de la misericordia.

Vuelvete mejor.

Yo te amo.

2
Corazones carcelarios,
desenterrados del burdel amargo que hicísteis de esta 

tierra.

A vosotros, que tantas veces silenciásteis con 

herraduras de espanto
el hueso trémulo del amor y que obligásteis a la dura 

condición de guirnalda
a las banderas del aire.

A vosotros,
que firmásteis sin vacilar el vigoroso anonimato de la 

combativa,
ya despreciada flor silvestre,
y que buscásteis en la dignidad de la rosa la ofrenda 

y el honor
para ocultar la insolencia de la pólvora.

A vosotros,
corazones expulsados de la semilla y del labriego.

Del viento y de la piedra.

Y de la estrella ardiendo que brota de la esperanza.

A vosotros os hablo.

3

Voces vertebradas,
acusador como un nacimiento.

 Avidas de mareas balsámicas,
crepusculares, de arena fría.

Voces que reclaman tu nombre
con la agreste gravedad de la piedra.

Las escucho desde que tu verbo fue profanado 

por esta resignada quietud de olvido,
reliquia estremecida ante la mordaza cómplice del

silencio.

Voces terrestres para defender la tierra

4

Te invoco desde aquí, 

desde la estatura molecular de la palabra
porque no tengo otra forma de adolecer más que esta  

de la ofrenda prematura,
balbuceante de la cruz inútil, ya ceniza.

Porque no conozco
otra abundancia que la del atlántico suburbio, 

ni otra paz que la del corazón partido.

Desde aquí,
porque no tengo para mis brazos otra cintura que la de 

la pena
ni otra voz para invocarte que la de la palabra 

hecha espiga.

Desde aquí te invoco.


5

No temas
sino a la violenta espiral de la lágrima.

 

Allí donde se encienda 

habremos vulnerado tu identidad silvestre 

y no tendremos otro tiempo para crecer 

que el funeral del exilio.

Entonces
llevaremos
la flor que nos reclamas
Como un estigma.

6

Porque de la vigilia del cuervo

tengo mucho que aprender, voy calibrando una a una 
mis respuestas.

Pregúntame, si quieres
por la jactancia de la rosa.

O por la la liturgia del vuelo.

 Pregúntame  por el incesto de la greda.

Por qué no hay otro sitio para tu nonbre 

que el vencido de las rodillas.


No quiero verme catalogando culpas 

si dejas que se acobarden del aire tus alas. 

 

7
Si del amor hicimos un hábito compartido
con frecuencia de pan, un ritual con sensatez de lluvia.

Si nuestra paz
ha imitado al lagarto por las palpitaciones 

 transparentes
de su huida.

Si para el miedo no tenemos
otro sitio que el de las espaldas frías del cielo.

Si hay otro oxígeno para nuestra sangre,
además del funesto de la lágrima, y otro exceso 

para nuestra sed
que el del rocío.

Si estamos de pie curvando el mediodía,
es porque tu simiente nos condena a combatir 

 la sombra
para que estalle el alba.

8
Puedo persistir
coronando con mi sangre a los pontífices  de la ternura 

aun en la innoble delgadez de la forma,
o en el perfil de navaja del insulto.

Persistir ceñido al duelo del movimiento  

cuando me necesites árbol.

Maldecir, si es preciso, el vuelo.

Habrá muchos arcos disparados sobre la rosa.


9
Si de tu atribulado linaje
sólo nos queda esta huella de arena, esta memoria

 desgajada,
habremos vuelto al principio.

A las castas tutelares de la rapiña.

No hay matriz

más arrogante que la de la siembra.

Con ella iremos llenándote de enigmas

para que no nos descubra la fragua fría del silencio.

10

De la monárquica estatura del acero.

De cada pétalo o aprendiz de flor.

De la frágil geografía de la ceniza y de la espuma.

De cada río con sus caballos de agua.

De cada cuchillo con su dentadura de sangre.

De cada libertad sitiada conozco el corazón del

invierno,

implacable y orgulloso, categórico como un relámpago.

De todos ellos aprendo la estrategia.

11

Para tu nacimiento se congregaron

todos los soles con su sencillez de espiga.

 

Vino el planeta a celebrarte.

 

El alba aún no había conjugado su crepúsculo

y no había otra bandera que la del pan ni otra historia

que la de la paz

hecha racimo.

 

El dolor era un húesped insospechado

mientras aprendías a soportar la aguja de la

contabilidad siniestra.

 

12

Acaso la esperanza sea un mandamiento más, 

un discípulo incontrolable del tiempo.


Sólo te pido que me muestres
cuáles son las burbujas de tus sueños obstinados.

La flor que nace avergonzada.

Búscame en el umbral del hombre, 

en la raíz ósea de la promesa.

13

En la avidez solemne de tus tierras

con su plenitud de océano fui creciendo en lenguas  

para el canto.

Hacia mí volvieron,

anónimas como campanas, las palabras.

Y  la simiente del viento,

todavía un simulacro de destreza.

Y el jornal de sabiduría del pan.


Y la rosa hecha escudo.

Y perdí la soledad.


EJ amor me acompaña desde entonces.

14
¿Es que existe alguna lógica 

para adiestrar el dolor, 

o es que sólo hay arena en los ojos?

¿Qué salario nos dan
por ir fundando la vida a pesar de la cólera del cuervo?


¿Qué funesta arquitectura
para que el odio se refugie en la espiga?

De tu viudez, madre, sólo quiero llevar el luto que no resiste el furor 

de la mañana.

15

Cuando no tenga otra voz para nombrarte 

que la enronquecida del olvido, cuando mis manos
ya no pueden levantar la espada 

de aire del perdón para perdonarte la entrega, 

quiero que digáis que estoy solo, 

que el temblor de hierro acumulado de mis campanas
proviene de la agonía
de las estrellas durante el parto del alba, 

mendigas incesantes de una gota de luz.

Quiero que digáis que la rosa se extingue 

porque se ha cubierto de sombras definitivas la tierra.

Que no hay geografía posible para fecundar el amor.

Quiero que vos digáis
que la vergüenza sin banderas de mi sangre está 

condenada
a perpetuarse en tu memoria.

16

Soy apenas un gastado gesto del aire,
una dura insinuación de hierro, acaso un destello

 irreverente del metal
que porfía su tácito esqueleto de fragua.

O tal vez
sólo una sílaba ociosa entre todas tus voces,

 una flor incierta, sin nombre.

Un escudo de niebla.

Soy apenas,
pero estoy en tu historia.

17

Tuve que gastar mis arrogantes cuchillos

para descubrir  la aguja del amor.

Exterminar distancias
y multiplicarme en cantos para no crecer con la 

estatura de la pena.

Sólo con la ceniza
tuve que vencer el frío.

¡Cuántas edades me mostraron tus piedras!

¡Cuánto quebradizo silencia las gargantas de los

pájaros!

¡Cuánta flor marítima tu sonrisa! 

¡Cuánta raíz una sola rosa! 

Entonces comprendí
que debía hacer de mi vida un hilo para no importunar
al viento.

18
Ésta es la rosa que traigo para celebrarte. 

Sabrás por el arco de mi voz de la distancia de océano, 

ahogado límite, horizonte de espuma que no logra
atravesar la paloma
que vuela dilatando la envergadura del agua.

Y del ruego que no detiene al látigo.


Y de los pétalos acorazados de la rosa perpetua, 

decidida como una hemorragia.

Violenta como una condena.

Sabrás que te celebro:
la rosa que traigo corrompe inviernos.

 

19
Es tiempo de vertebrar nuestras culpas.

Tiempo de repartir las espadas del odio 

entre los que hicieron de su corazón una campana
para proteger la rosa.

Es tiempo de volver a caminar con los pasos blindados

de la esperanza.

Ahora quiero que escuches a mis banderas golpear
el perfil del planeta.

 

LÍBRAME

Líbrame, señora,
de la tenacidad de los pétalos del aire.
Líbrarne del sermón de la ceniza
con sus heraldos de falso crepúsculo, metafísica 

enarboladura,
fallida matriz de consumido fuego.


Líbrame de la palabra nunca acabada,
ya generosa idea, cuando aún hay una gota de sangre  

que prefiere la abierta
dignidad de la herida.

Líbrame del cuerpo
cuando es una desventura, súbdito y soberano.

Líbrame, señora,
de los mercaderes de corazón puro porque son

fundamento,
mármol blanco para derribar la magnolia.

Líbrame
de los que no se abstienen de la sombra 

en el purgatorio de la luz.

Líbrame, señora, 

del carbón ardido en diáfano sacramento, 

porque en él tu historia es lágrima perpetua.

Líbrame del pan si es profeta de minorías.


Líbrame de la razón
y la garganta si no son oficio de hierro y estocada.

Líbrame de la paz cuando es renuncia sometida,
nacimiento en los sótanos, estría inaccesible.

Líbrame de las banderas que no son racimo. 

Uva heroica.

Líbrame de toda certidumbre si es nostalgia.

Fábula de infinito.

Líbrame
del cruel ejercicio de amar con estrategias.

Líbrame madre,
de esta arbitraria humillación
cumplida en el 

escenario de cada madrugada.

Acaso no haya otra ley que la del hábito, 

otra patria que la imprecisa del olvido.

Líbrame, entonces,
de las gramáticas que cortan el fino cordón de la 

palabra,
la mañana del pensamiento cotidiano.



EZEQUIEL

Dueño
de un tiempo minúsculo,
de
algunos acordes favorables,
vehementes,
de la voz bien dispuesta.

Contemporáneo
del nuevo suelo y de la escritura mayor,
de
la gloria y la ceniza,
cautivo
de viejas edades, temeroso del cómputo,
el
afán de la sal.

Bajo
tus pies hubo de afirmarse el diseño,
la
tierra sucia de sangre y machos cabríos,
la
mensura de lunas hacia el sur.

La parte,

el codo multiplicado hacia lo ancho y en altura,

en

mesas para la carne.

Ezequiel,

no hay quien edifique en Jerusalén.

 

AQUILES


Nuestros pies,
incesantes y  repetidos, caminan hacia la luz;
atraviesan,
alborozados, zonas de intensa

claridad

y vuelven a caminar la sombra.

Desde siempre.

¿Cuándo

y dónde debemos detenernos?

Ya nadie

ignora que la línea fue trazada
por
manos expertas,

sin

vacilación, enseñándonos únicamente el principio 

del

movimiento,

tan
próximo a la adultez.

Nuestros pies

y el movimiento, además de nuestros talones.

¿El error?

Que

hemos olvidado a nuestro talones

tan 

sólo porque están detrás.

 

ICARO

Acércate

un poco más al pensamiento,

al ojo

estable de la idea.

 

Lo esencial

cabe en la punta de una aguja,

va de un lado a otro,

traspasa lo que ilusamente creemos

materia,

ilumina la gota de sangre que no fue gota

en vano,

hasta secarse.

Enciende

el motor de la fuente.

 

Ahora

veamos cuál es el fundamento.

 

La sed

es relativa a la densidad

de la nube,

cada ley se escribe en la certeza

de su transgresión,

toda felicidad es sedimento, herrumbre sin fin.

 

Anhelamos

retener lo que enveje, nos resistimos a perder el don.

Entonces, 

desestimemos lo absoluto por impensable,

pensemos

en el fragmento que nos queda,

acerquémonos

al sol.

Nunca

podra ser más que nuestro intento. (*)

(*) Fuente: Todos los poemas pertenecen a Eduardo A. Fracchia, La rosa hecha escudos. Huesos Secos, Buenos Aires, Ediciones Último Reino, 2000.

 

 

 

 

 

 

Volver arriba  Inicio  Volver Biblioteca virtual

©  Temakel. Por Esteban Ierardo