| INVOCACIÓN
¿En
qué sombría indolencia se esconde,
en
qué sombras el dios terrestre que reclaman tus
banderas?
¿Dónde
se refugia señora?
¿O
es que ya no hay más que esta herida salitrosa
que
es tu nombre?
Vuelvete
penumbra,
tierra
clandestina para que no te siembren de pobreza
los
patriarcas de la misericordia.
Vuelvete
mejor.
Yo
te amo.
2
Corazones carcelarios,
desenterrados del burdel amargo que hicísteis de esta
tierra.
A vosotros, que tantas veces silenciásteis con
herraduras de espanto
el hueso trémulo del amor y que obligásteis a la dura
condición de guirnalda
a las banderas del aire.
A vosotros,
que firmásteis sin vacilar el vigoroso anonimato de la
combativa,
ya despreciada flor silvestre,
y que buscásteis en la dignidad de la rosa la ofrenda
y el honor
para ocultar la insolencia de la pólvora.
A vosotros,
corazones expulsados de la semilla y del labriego.
Del viento y de la piedra.
Y de la estrella ardiendo que brota de la esperanza.
A vosotros os hablo.
3
Voces vertebradas,
acusador como un nacimiento.
Avidas de mareas balsámicas,
crepusculares, de arena fría.
Voces que reclaman tu nombre
con la agreste gravedad de la piedra.
Las escucho desde que tu verbo fue profanado
por esta
resignada quietud de olvido,
reliquia estremecida ante la mordaza cómplice del
silencio.
Voces terrestres para defender la tierra
4
Te invoco desde aquí,
desde la estatura molecular de la
palabra
porque no tengo otra forma de adolecer más que esta
de la ofrenda prematura,
balbuceante de la cruz inútil, ya ceniza.
Porque no conozco
otra abundancia que la del atlántico suburbio,
ni otra paz que la del corazón
partido.
Desde aquí,
porque no tengo para mis brazos otra cintura que la de
la pena
ni otra voz para invocarte que la de la palabra
hecha espiga.
Desde aquí te invoco.
5
No temas
sino a la violenta espiral de la lágrima.
Allí donde se encienda
habremos
vulnerado tu identidad silvestre
y
no tendremos otro tiempo para crecer
que el
funeral del exilio.
Entonces
llevaremos
la flor que nos reclamas
Como un estigma.
6
Porque
de la vigilia del cuervo
tengo
mucho que aprender, voy calibrando una a una
mis respuestas.
Pregúntame,
si quieres
por la jactancia de la rosa.
O por la la liturgia del vuelo.
Pregúntame
por el incesto de la greda.
Por qué no hay otro
sitio para tu nonbre
que el
vencido de las rodillas.
No quiero verme catalogando culpas
si
dejas que se acobarden del aire tus alas.
7
Si del amor hicimos un hábito compartido
con frecuencia de pan, un ritual con sensatez de lluvia.
Si nuestra paz
ha imitado al lagarto por las palpitaciones
transparentes
de su huida.
Si para el miedo no tenemos
otro sitio que el de las espaldas frías del cielo.
Si hay otro oxígeno para nuestra sangre,
además del funesto de la lágrima, y otro exceso
para
nuestra sed
que el del rocío.
Si estamos de pie curvando el mediodía,
es porque tu simiente nos condena a combatir
la sombra
para que estalle el alba.
8
Puedo persistir
coronando con mi sangre a los pontífices de la ternura
aun en la innoble delgadez de la forma,
o en el perfil de navaja del insulto.
Persistir ceñido al duelo del movimiento
cuando me necesites árbol.
Maldecir, si es preciso, el vuelo.
Habrá muchos arcos disparados sobre la rosa.
9
Si de tu atribulado linaje
sólo nos queda esta huella de arena, esta memoria
desgajada,
habremos vuelto al principio.
A las castas tutelares de la rapiña.
No
hay matriz
más
arrogante que la de la siembra.
Con ella iremos llenándote de enigmas
para que no nos descubra la
fragua fría del silencio.
10
De
la monárquica estatura del acero.
De
cada pétalo o aprendiz de flor.
De
la frágil geografía de la ceniza y de la espuma.
De
cada río con sus caballos de agua.
De
cada cuchillo con su dentadura de sangre.
De
cada libertad sitiada conozco el corazón del
invierno,
implacable
y orgulloso, categórico como un relámpago.
De
todos ellos aprendo la estrategia.
11
Para
tu nacimiento se congregaron
todos
los soles con su sencillez de espiga.
Vino
el planeta a celebrarte.
El
alba aún no había conjugado su crepúsculo
y
no había otra bandera que la del pan ni otra historia
que
la de la paz
hecha
racimo.
El
dolor era un húesped insospechado
mientras
aprendías a soportar la aguja de la
contabilidad
siniestra.
12
Acaso la esperanza sea un mandamiento más,
un discípulo incontrolable del tiempo.
Sólo te pido que me muestres
cuáles son las burbujas de tus sueños obstinados.
La flor que nace avergonzada.
Búscame en el umbral del hombre,
en la raíz ósea de la promesa.
13
En
la avidez solemne de tus tierras
con su
plenitud de océano fui creciendo en lenguas
para el canto.
Hacia mí volvieron,
anónimas como campanas, las
palabras.
Y
la simiente del viento,
todavía
un simulacro de destreza.
Y el jornal de sabiduría del pan.
Y la rosa hecha escudo.
Y perdí la soledad.
EJ amor me acompaña desde entonces.
14
¿Es que existe alguna lógica
para adiestrar el dolor,
o es que sólo hay arena en los ojos?
¿Qué salario nos dan
por ir fundando la vida a pesar de la cólera del cuervo?
¿Qué funesta arquitectura
para que el odio se refugie en la espiga?
De tu viudez, madre, sólo quiero llevar el luto que no resiste el furor
de la mañana.
15
Cuando no tenga otra voz para nombrarte
que la
enronquecida del olvido, cuando mis manos
ya no pueden levantar la espada
de aire del perdón para perdonarte la entrega,
quiero que digáis que estoy solo,
que el temblor de hierro acumulado de mis campanas
proviene de la agonía
de las estrellas durante el parto del alba,
mendigas incesantes de una gota de luz.
Quiero que digáis que la rosa se extingue
porque se ha cubierto de sombras definitivas la tierra.
Que no hay geografía posible para fecundar el amor.
Quiero que vos digáis
que la vergüenza sin banderas de mi sangre está
condenada
a perpetuarse en tu memoria.
16
Soy apenas un gastado gesto del aire,
una dura insinuación de hierro, acaso un destello
irreverente del metal
que porfía su tácito esqueleto de fragua.
O tal vez
sólo una sílaba ociosa entre todas tus voces,
una flor incierta, sin nombre.
Un escudo de niebla.
Soy apenas,
pero estoy en tu historia.
17
Tuve que gastar mis arrogantes cuchillos
para
descubrir la aguja del amor.
Exterminar
distancias
y multiplicarme en cantos para no crecer con la
estatura de la pena.
Sólo con la ceniza
tuve que vencer el frío.
¡Cuántas edades me mostraron tus
piedras!
¡Cuánto
quebradizo silencia las gargantas de los
pájaros!
¡Cuánta
flor marítima tu sonrisa!
¡Cuánta raíz
una sola rosa!
Entonces
comprendí
que debía hacer de mi vida un hilo para no importunar
al viento.
18
Ésta es la rosa que traigo para celebrarte.
Sabrás por el arco de mi voz de la
distancia de océano,
ahogado límite, horizonte de espuma que no logra
atravesar la paloma
que vuela dilatando la envergadura del agua.
Y del ruego que no detiene al látigo.
Y de los pétalos acorazados de la rosa perpetua,
decidida como una hemorragia.
Violenta como una condena.
Sabrás que te celebro:
la rosa que traigo corrompe inviernos.
19
Es tiempo de vertebrar nuestras culpas.
Tiempo de repartir las espadas del odio
entre los que hicieron de su corazón una
campana
para proteger la rosa.
Es tiempo de volver a caminar con los pasos blindados
de la esperanza.
Ahora quiero que escuches a mis banderas golpear
el perfil del planeta.
LÍBRAME
Líbrame, señora,
de la tenacidad de los pétalos del aire.
Líbrarne del sermón de la ceniza
con sus heraldos de falso crepúsculo, metafísica
enarboladura,
fallida matriz de consumido fuego.
Líbrame de la palabra nunca acabada,
ya generosa idea, cuando aún hay una gota de sangre
que prefiere la abierta
dignidad de la herida.
Líbrame del cuerpo
cuando es una desventura, súbdito y soberano.
Líbrame, señora,
de los mercaderes de corazón puro porque son
fundamento,
mármol blanco para derribar la magnolia.
Líbrame
de los que no se abstienen de la sombra
en el purgatorio de la luz.
Líbrame, señora,
del carbón ardido en diáfano
sacramento,
porque en él tu historia es
lágrima perpetua.
Líbrame del pan si es profeta de minorías.
Líbrame de la razón
y la garganta si no son oficio de hierro y estocada.
Líbrame de la paz cuando es renuncia sometida,
nacimiento en los sótanos, estría inaccesible.
Líbrame de las banderas que no son racimo.
Uva heroica.
Líbrame de toda certidumbre si es nostalgia.
Fábula de infinito.
Líbrame
del cruel ejercicio de amar con estrategias.
Líbrame madre,
de esta arbitraria humillación
cumplida en el
escenario de cada madrugada.
Acaso no haya otra ley que la del hábito,
otra patria que la
imprecisa del olvido.
Líbrame, entonces,
de las gramáticas que cortan el fino cordón de la
palabra,
la mañana del pensamiento cotidiano.
EZEQUIEL
Dueño
de un tiempo minúsculo,
de
algunos acordes favorables,
vehementes,
de la voz bien dispuesta.
Contemporáneo
del nuevo suelo y de la escritura mayor,
de
la gloria y la ceniza,
cautivo
de viejas edades, temeroso del cómputo,
el
afán de la sal.
Bajo
tus pies hubo de afirmarse el diseño,
la
tierra sucia de sangre y machos cabríos,
la
mensura de lunas hacia el sur.
La
parte,
el
codo multiplicado hacia lo ancho y en altura,
en
mesas
para la carne.
Ezequiel,
no
hay quien edifique en Jerusalén.
AQUILES
Nuestros pies,
incesantes y repetidos, caminan hacia la luz;
atraviesan,
alborozados, zonas de intensa
claridad
y
vuelven a caminar la sombra.
Desde siempre.
¿Cuándo
y
dónde debemos detenernos?
Ya
nadie
ignora
que la línea fue trazada
por
manos expertas,
sin
vacilación,
enseñándonos únicamente el principio
del
movimiento,
tan
próximo a la adultez.
Nuestros pies
y
el movimiento, además de nuestros talones.
¿El
error?
Que
hemos
olvidado a nuestro talones
tan
sólo porque
están detrás.
ICARO
Acércate
un
poco más al pensamiento,
al
ojo
estable
de la idea.
Lo
esencial
cabe
en la punta de una aguja,
va
de un lado a otro,
traspasa
lo que ilusamente creemos
materia,
ilumina
la gota de sangre que no fue gota
en
vano,
hasta
secarse.
Enciende
el
motor de la fuente.
Ahora
veamos
cuál es el fundamento.
La
sed
es
relativa a la densidad
de
la nube,
cada
ley se escribe en la certeza
de
su transgresión,
toda
felicidad es sedimento, herrumbre sin fin.
Anhelamos
retener
lo que enveje, nos resistimos a perder el don.
Entonces,
desestimemos
lo absoluto por impensable,
pensemos
en
el fragmento que nos queda,
acerquémonos
al
sol.
Nunca
podra
ser más que nuestro intento. (*)
(*)
Fuente:
Todos los poemas pertenecen a Eduardo A. Fracchia, La
rosa hecha escudos. Huesos Secos, Buenos Aires,
Ediciones Último Reino, 2000.
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