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MARÍA VIOLÍN
Estos hombres venidos de lejos no solo habitaban en chozas
miserables sino que, a la par, se hallaban obligados a sobrevivir, de repente,
bajo otras costumbres extrañas separados de sus mujeres y dc sus hilos,
pasando meses y meses sin hacer el amor con nadie. Esta exclusión equivale a un
empujón definitivo hacia la muerte del deseo y, cuando el deseo
muere, también cl cuerpo se siente ya dispuesto para dejarse morir.
(Tahar Ben Jelloun)
Pitágoras descubrió las leyes matemáticas de los intervalos musicales
valiéndose de un aparato dc su invención que llamo monocordio.
Este consistía en caja de resonancia sobre la que puso una cuerda tensa
apoyada por sus extremos en dos caballetes. Dividiéndola, mediante otro caballete, en dos partes exactamente iguales, comprobó que el sonido producido por cada uno
de los segmentos era la octava del sonido que daba la cuerda
dejándola vibrar en libertad.
(De las clases del conservatorio)
Manuel el suramericano pasó el ultimo invierno tocando la quena
en una bohardilla de la plaza de Santa Bárbara rodeado de un Madrid
lluvioso que no podía ver desde su cuarto que daba al patio oscuro con
ropa colgada y goterones. Nunca un ciclo limpio ese invierno con algunas nieves, y justo frente a su
ventana aquella otra con hollín y cerrada desde siempre, unida a la suya por las cuerdas
del tendedero, con gotas resbalando y la quena suena que te
suena todas las tardes al final del trabajo, notas y gotas para ir llenando el tiempo
en Madrid con veinte años por delante hasta que aclare allá en el Cono Sur, Madrid bohardilla y lluvia,
tuberías herrumbradas y tejas de dos siglos, goterones por todas partes y arriba a
veces, cuando escampa, un cuadrado de cielo del Greco, ceniciento.
El resto de tu vida, cabezón. Te lo dije cuando subiste al barco. Y nada
de me moriré en Madrid con aguacero, Vallejo es de otro tiempo y
otra sensibilidad. Al fin y al cabo te lo estás pasando bien en tu bohardilla de
hombre solo, con tu quena, tu mate, los discos de la negra Sosa y tu trabajo
de fotógrafo, le gustaba decirse a sí mismo ahora que era
otro.
Ese primer invierno, tocando la quena que le enviaron por correo con aires
de quena india hecha con hueso de mujer amada, así es la
verdadera, dicen, mirando aquella ventana cerrada y la cuerda de la ropa por donde
ruedan las gotas para caer sin ruido justo al borde de la ventana
de Manuel toca que te toca, o dando vueltas por la bohardilla con las manos a la espalda y sin mujer, como Pavese sin amor ni aguacero cuando la muerte
muy blanca fue a buscarlo en aquel sombrío hotel de Roma.
Cuidado con lo de Pavese, es demasiado drástico y muy poco
latinomericano, le decía a Manuel, como quien canturrea, el otro que era cuando se paseaba como exiliado de sí mismo por un Madrid
fantasma o humo, Cibeles humo y Puerta de Alcalá humo solamente, o por los tres menos infinitos de la bohardilla en Santa Bárbara, noches sin cuerpo y solamente
goterones en la cuerda deslizándose en la pendiente como
diminutos animales transparentes, que al rozar cristales de su ventana
caían sin forma ya,
dejar de de ser lluvia, para sepultarse entre las
cáscaras de naranja del patiecito con ropa y zapatos y
juguetes muertos cuatro pisos abajo, entre el esqueleto en
que se convierte la lluvia cuando cae en los patios estrechosy
se arrastra hasta los sumideros, en la tarde gris de
tango, senza mamma e senza amore, y pensando en qué
hará a esta hora mi andina y dulce Rita de junco y
Capulli, sueños mezclados al alcohol.
En función de monocordio una prenda íntima de tela
transparente apareció una mañana tendida a secar en el
centro de la cuerda. El hollín de la ventana de enfrente
había desaparecido, dejando ver unos visillos une difuminaban
entre veladuras la figura alta y móvil de la mujer a la que
pertenecía. Hembra como caída del cielo, imaginó Manuel,
durante toda una noche descendiendo y ahora estaba allí,
recién amanecida, junto al fuego cuyas llamas se proyectaban,
con la imagen de ella, contra el frío límpido del vidrio.
El portal plateresco del edificio histórico en vías de
derrumbe que estaba copiando para el ABC aparecía poco
a poco en el líquido revelador aunque los ojos fascinados de
Manuel viesen surgir la desnudez de la mujer sugerida por la
prenda tendida en el centro de la cuerda pitagórica,
dividiéndola en dos octavas justas, señales femeninas que
temblaban en el líquido, sus largos cabellos flotando en
drogas químicas, la paciente armonía zoológica de aquella
arquitectura dcl amor sobrepuesta a la imagen del portal.
Y la fascinación erótica en la noche fría fría, dando
vueltas en la cama solo solo. Manuel camina por sus sueño
llevando un tablón cortazariano que mira su ventana con la
otra, en perfecto equilibrio se desliza, tiritando de frío
encuentra el cuerpo de la mujer que durante toda una noche estuvo
cayendo del cielo del Greco, penetra en él como quien atraviesa
una nube, y más allá del cuerpo llueve sobre las secas
mesetas del Altiplano andino, croan los sapos agradecidos y
él mismo croa introduciendo un sonido en el sueño
silencioso.
Manuel aguanta el frío mañanero asomado a la ventana a la
espera de la aparición corpórea de la mujer de sombra que
durante la noche compartió la soledad de su cuerpo, con
ánimos de incorporar su realidad a lo soñado; el tablón
intangible está presente en la doble cuerda del tendedero, en
su centro la prenda ya escarchada parece de papel.
Ella abre su ventana y aparece blanca, entera, limpia, como un
inmenso signo del deseo. Mira a al hombre y al monocordio,
tira de la cuerda para recogerlo pero están grabadas las
roldanas. Manuel las destraba con un tirón y ella hace un gesto
que enseguida es un principio de sonrisa, él empuja la cuerda
y ella la recoge, el monocordio abandona con temblores
rígidos el centro del tendero, a los dos tercios de la
distancia hay un acorde perfecto de ella y de Manuel, la
prenda va rompiendo gotas frías, el deseo del hombre la ve
como una mariposa en vuelo, y cuando ya está al alcance de
las manos de la hembra que durante toda una noche estuvo
cayendo del cielo él da sin querer un tirón en sentido
contrario y la mariposa desanda su camino está viajando hacia
la ventana de Manuel cuando él dice que todo eso es por culpa
de la helada y ella responde algo en una lengua extranjera que
el suramericano no comprende, ahora sí dice Manuel dando un
golpe a la roldana y ella recoge la mariposa de tela transparente
tratando de explicar algo o dar las gracias, pero lo que dice
suena a distancias que él no alcanza a percibir, ella está
por cerrar la ventana mientras el corazón de él hace glo
glo como los sapos bajo la lluvia generosos del Altiplano
seco.
-?Love, love? -dice Manuel.
-No, no -dice, moviéndose, la cabellera larga y lacia de la
mujer.
-?Amore amore¿ ?Lieben lieben¿ ?Amour¿
-Nada, nada -responden sus manos cerrando la
ventana.
?qué pasillo dará su bohardilla¿ Hay por lo menos cuatro en cada uno y además distintas
escaleras. ?Escalera derecha, pasillo dos, puerta uno¿, preguntan
los dedos y la boca de Manuel. Ella sonríe y dice la única palabra
española que conoce, un gracias transpirenaico salpicado de nieves y paisajes ignorados, cada vez que le ayuda a recoger la ropa. Y es tan difícil el
acceso que él piensa seriamente en pasar a la realidad el tablón del sueño
y colocarlo entre las dos ventanas, son menos de tres metros (y cuatro
pisos hacia abajo), apenas un salto, un par de apoyos y estaría junto a ella.
Una noche recordó que las luciérnagas, para buscar un amor, se hacen señas de
luces. Prendió y apagó la suya varias veces, a la espera de que la ventana
iluminada de la mujer, contra la que ella estaba apoyada, le respondiese.
Pero el rectángulo de vidrios era una pura quietud reiterativa. Seguramente ella no comprendía ese lenguaje, acaso ni
siquiera conociese a las luciérnagas, viniendo como venía de un país de nieves permanentes. Apagó definitivamente su luz, y el tiempo, mezclándose con la oscuridad, penetró en su memoria llevando palabras de
Pavese, verra la morte e avra tuoi occhi, porque si no había amor podía venir lo otro, la señora
muy blanca, muy más que la nieve fría.
Para espantarla recurrió a la quena. Un largo sonido del Altiplano
retumbó de cumbre en cumbre andina en su memoria, y aquí en Madrid de ventana
en ventana por el edificio frente a la plaza de Santa Bárbara, el sonido
del ay de los collas, un mi larguísimo que era también una pregunta, un
?y¿ que vuela sin necesidad de ser luciérnaga,
un ?y¿ tan solitario que en el silencio que le guió podrían haberse oído los pasos de la muerte me anda buscando,
junto a ti vida sería.
Pero en eso desde la otra ventana, que se encendió, venía en timbre
de flauta dulce la chispa de la luciérnaga, sonido compañero, un
sol diciendo te echaré cordón de seda, luego la quena
do y enseguida la flauta dulce mi, primera inversión
de acorde perfecto equiparable a decir amor mío, para que subas
arriba, la dama fría muy más que la muerte se va, y si el hilo no alcanzare
mis trenzas añadiría, y cl corazón de Manuel que se desata en un
solo de percusión recuperativa.
En el largo silencio que sigue alzan sus instrumentos para
mostrárselos, pero en realidad están mirando sus cuerpos, con una concentración animal, hasta hacerlos temblar. Cuando esta
comunicación se vuelve casi intolerable, la mujer sopla otra vez su
flauta, echa a rodar un re alto y blanco como ella, que
penetra hasta el corazón del hombre con el propósito de normalizar su percusión, objetivo que alcanza inmediatamente porque los cuellos han sido pensados para la música, son instrumentos
vivos.
Acabada su emisión, ella se echa hacia atrás para ofrecer más superficie acústica a la repuesta sonora
de Manuel, y cuando la consonancia de la quena se estremece, apaga la luz y se pierde entre muebles
pulidos por el tiempo. El hombre también apaga su luciérnaga y se echa en la cama para posar en el encuentro, que ya existe en alguna parte; luego vuelca en
el sueño, como si fuera de la misma sustancia, la realidad que acaba de
aumbrarse.
Manuel salta de la cama cuando oye chirriar las roldanas del tendedero. Ella cuelga
un pañuelo y hace correr la cuerda, él mira el sol y pestañea, hermoso
día dice y la extranjera responde algo en otra lengua.
Me gustó tu flauta, mucho, y ella cuelga una
servilleta, sonríe arrugando su nariz helada cuando sujeta con pinzas su mínimo monocordio
transparente, que con el resto de la ropa avanza hacia la ventana
del suramericano, que dice ahora tenemos un lenguaje, ?no?, lo dice estúpidamente con palabras, ahora podemos entendernos,
?ves¿, mientras ella cuelga una sábana pequeña con mucho
cric de las roldanas gemelas, farfulla algo en su lengua traída
de las nieves, a lo que él responde con el glo glo de los sapos
de su tierra cuando están en trance de lluvia; ella cuelga medias blancas, corre la
cuerda y ahora el monocordio está casi contra la ventana de Manuel, que
estira las manos para acariciarlo, ella ríe y se esconde y enseguida aparece flauta en mano, podríamos charlar un poco parece que le dice, y él
que toma su quena sin dejar de mirarla, pensando el nombre exótico
que tenga la extranjera, no encuentra ninguno que se le
parezca.
Mirando al hombre con astucia animal, toca y se menea como queriendo que su cuerpo
también sea sonido, le dice a Manuel de dónde es, le cuenta cosas
sonoras de su país remoto, pero él con su despiste geográfico no puede comprender, apenas advertir que en aquel país hay mucha nieve. Entonces
deja de tocar y viendo que el suramericano no ha comprendido nada hace
un gesto como diciendo mira qué tonto eres y lo invita a hablar. Manuel toca un aire del Altiplano y ella entiende, se pone un sombrero y
baila como las cholas, sí, de por ahí cerca ha dicho él. La mujer vuelve a
tocar melodías de su tierra, Manuel se despista entre algo nórdico y
eslavo sin darle importancia a la imprecisión, total ya sabe que cayó del
cielo. Con la quena señala hacia abajo y en dirección a la calle, nos
vemos ya mismo en el portal quiere decir. La flauta señala también hacia abajo pero en otra dirección, allá te espero vida
mía. Deja la flauta y se peina ante Manuel como si él fuese su espejo, él deja la quena y
termina de vestirse con cuidados de primera cita. La extranjera ha salido ya
y él baja la escalera de madera como cayendo por una cascada, pero
realmente lo hace por los cabellos de ella, según van por ahí sus
pensamientos.
En el portal la mujer se desdobla para ser más cuando él aparezca. Mientras su deseo mira hacia una de las escaleras posibles, ella observa la otra
procurando oír los pasos de Manuel que no llegan todavía. El deseo,
viendo que el hombre no aparece, sale a la calle y mira junto al viento hacia un
remota cordillera ultramarina. Al tiempo que ella es una estatua apoyada contra
el mareo de la puerta esperando la caída de la fruta, el deseo está oyendo
quenas en la cordillera pero ahí tampoco está Manuel. La mujer
trata de oír sus pasos por las escaleras, mientras Manuel entra
y sale de un portal buscándola por dentro y fuera, pero no hay nada
de allá, sólo portal vacío y calle con olor a castañas asadas, justo cuando
el deseo de la mujer nórdica tiembla en la cordillera cerca de la nieve que
le recuerda a su país, ni quena ni Manuel, que por ahí ve pasar a Pavese junto al portal, camino de la muerte que tendrá sus ojos, yendo
para la calle en donde su amor vivía, seguido por la señora blanca muy
más que la nieve, que al ver a Manuel solo se detiene y lo mira, y al
mirarlo empieza a caer una llovizna, únicamente en ese portal, el resto
de la calle brilla bajo el sol, mientras la niña del monocordio no puede
explicarse por qué el suramericano no ha llegado todavía.
Se rata de un error, no fue una cita, el lenguaje musical suele ser limitado
en estos casos, piensa ella; pero entonces por qué, dice Manuel en el
portal, si estaba claro que nos encontraríamos aquí abajo, mientras ella
mira su reloj, casi media hora, desencantada llama a su deseo,
que baja del Altiplano y se junta
otra vez con el cuerpo de la niña, van subiendo tristísimos la escalera
crujiente, cuando Manuel ve en su reloj que la hora ya es cumplida, no sé sor qué esperé hasta ahora, dice justo cuando ve que la señora muy
blanca cruza la calle hacia su portal precedida por una lluvia que
solamente pertenece a allá, que alza una mano diciéndole que se detenga, él alcanza
a cerrar la puerta en el momento en que la señora empieza a salpicarlo con su lluvia. Llega a su cuarto sintiendo que nadie está entrando allí, que él ya no existe. La muerte me anda buscando, junto a ti vida
sería, pero la ventana de la niña parece muy lejana.
Hacia las celosías cerradas apunta con su quena, suelta un
mi que se
humilla para reconciliarse y perdonar, esperando el sol para el acorde. La nota de la quena
atraviesa limpiamente los cristales y se pone a girar alrededor de la mujer,
recorriéndola como un objeto acústico. Ella toma la flauta y cuando su
deseo está por responder con el sonido que formará el acorde perfecto, le arrebata el impulso y emite un
fa que ya se sabe, va a unirse al mi en un encuentro áspero que quiere decir no a todo. Manuel comprende la
agresión y guarda la quena resignado.
La guarda justo en el momento en que advierte que entre las paredes del edificio al
que pertenece la bohardilla de él y las que rodean la ventana de ella hay una diferencia de texturas muy notoria a pesar de la
intemperie de dos siglos. Pero entonces, dice, su bohardilla pertenece a otro edificio,
casas pegadas con un patio común, cómo no me di cuenta, significa
que su portal no es el mío, que está en cualquier otra calle de la manzana.
Campoamor, Santa Teresa, Fernando Vl y Hortaleza, los nombres de las calles zumban en Manuel, bajando con él las escaleras.
Ultramarinos, nada que ver. Verdulería. Librería. Academia. Pescados. La trasnochada
carbonería y junto a ella una entrada que podría ser
la suya. Aquella puerta es igualmente sospechosa. Por esta calle casi nada. Esta otra
parece más propicia. Anotar ese numero. Otra librería, nuevamente la
calle Hortaleza y enseguida su portal, primer reconocimiento concluido, piensa
Manuel ante su chato en El figón de Juanita.
Ella ha comprado un canario enjaulado que cuelga al lado de su ventana, que deja de
cantar cuando Manuel toca la quena. No puede ver al hombre, que
está siempre a contraluz, por eso cuando calla para oír su música mueve la
cabeza en búsqueda visual del origen del sonido. Parece que no conoce
el timbre del instrumento y cree que se trata de otro pájaro, de
rarísimo cantar.
Manuel razona que las notas con que llama a la mujer pidiéndole que se asome van
más allá de la bohardilla de allá, después de llenarla bajan por la
escalera, con su melancolía indígena por ese hueco que es un tubo acústico
van rodando, hasta llegar al portal desconocido, sabe Dios en qué
calle.
Llama al pintor chileno que vive en la calle de Lequerica y le pide que dé una vuelta
a la manzana procurando oír una quena saliendo por un portal. Tú
estás loco o eres tonto, dice el pintor y luego recorre las cuatro calles, una
quena en Madrid qué disparate, piensa tendiendo el oído, todo lo que
alcanza a percibir es un disco de Frank Zappa y se lo dice, es una
lástima comenta Manuel mientras ve que ella se asoma a la ventana para
recoger a su canario, mira a Manuel pero no sonríe como siempre,
enseguida apaga la luz y se acabó.
Sombras chinescas en la pared cuando ella se asoma por las noches para entrar el
pájaro, ridículo Manuel proyectando sombras con las manos, un ciervo
un perro un conejito una golondrina que vuela y ella nada:
cierra su ventana.
El juego de hoy es llenar los vidrios con postales antiguas, láminas japonesas y
claveles colgados en la cuerda que se marchitan junto a la ventana indiferente sin
que ella alcance a verlos. El canario mira todo sin comprender, a veces
se acuerda del pájaro extranjero que hace mucho que no canta.
Otro argumento: copiar las desmesuras que trajo de su tierra en negativos.
Grandes bandejas nuevas para revelar copias enormes, colgarlas en la cuerda, y allá
van bamboleantes, prendidos con pinzas, los ríos tumultuosos que bajan
de la cordillera, selvas escandalosas que ella nunca hubiera imaginado, vicuñas y guanacos ondulando por la cuerda, y ella
nada.
El paso siguiente es comprar sombreros antiguos en el Rastro. Cada vez que ella
guarda o saca la jaula, Manuel aparece con un sombrero distinto,
complementado con bigotes y pelucas que no siempre corresponden. Los hay verdes
y amarillos, altos y con plumas; capotas y chambergos, capirotes y
chichoneras, gorros catalanes y un sombrero de tres picos, mientras
los primeros soles claros van dando a la mujer el aspecto de uvas que
maduran. Hasta que uno de su invención, muy disparatado, con plumas
de avestruz y mariposas de papel colgantes, deshiela a la mujer que vino
de las nieves, que sonríe como si lo hiciera por primera vez y dice algo
en su idioma mostrando la punta de su lengua como un pez asomándose, se esconde y enseguida el canario y Manuel la ven reaparecer con un sombrero del Tirol o algo así y la flauta en la
mano.
Pero el verdadero instrumento musical es ella, piensa Manuel. Para producir un sonido es necesario que el cuerpo elástico entre en vibración, que el
equilibrio molecular se rompa, y para eso están los variados
golpes de arco, las fricciones debidamente dosificadas en su justo
ritmo.
Cuando las moléculas perturbadas traten de volver al reposo que tenían, lo sabios movimientos
del arco se lo impedirán y entonces la cuerda vibrará libremente.
Para que el sonido se produzca, recuerda Manuel de las clases
del conservatorio, hace falta un canal, algo por donde pueda caminar; puede ser
sólido, gaseoso o líquido, y él tiene a mano la cuerda de la ropa,
velocidad del sonido 341 metros por segundo a 15 grados centígrados dicen tratados, qué bien vibra ella con esa temperatura por ser
de tierras frías.
Unidos por la cuerda del tendedero, con la mariposa-monocordio a media escarchar y el centro, la mujer nórdica y Manuel son
el instrumento y el ejecutante, lo único que falta es producir la música. Con mi quena, dice
Manuel, te hago vibrar toda en libertad. Tu mariposa íntima divide la cuerda
en dos segmentos exactamente iguales, y el sonido que produce es la
octava del sonido de tu cuerpo. Si corremos la mariposa hacia los dos
tercios de la cuerda y hacia tu ventana, tenemos un intervalo de quinta, y
avanzando un poco más el de la cuarta, consonancias perfectas, gracias Pitágoras, estoy casi en sus
brazos.
Cuando el curioso concierto se termina, la nórdica y Manuel estiran sus brazos para acortar distancias, los dedos en la punta del aire hecho cuerda, que no llegan a la nota justa, es terrible para un
músico no alcanzar un sonido. El deseo dc ella se apoya en una quena ausente, y Manuel siente
que la quena duele, junta a ti vida sería. Hay palabras que ninguno
de lo dos comprende, gritos de la selva entrevista en las fotografías,
ferocidad de jaguares y dulzuras de arrullos de palomas. ?Portal,
cita¿ Nada nada, dice Manuel; nada nada, dice ella: peligro de que aparezca esa
señora de blanco muy más que la nieve andina. Si estás cerca
de ella y llega esa señora, la niña nórdica podrá agregar sus trenzas a la
cuerda para que subas arriba, y entonces la señora blanca de Pavese nada, y
dueña del monocordio toda.
Si le damos un nombre, piensa Manuel, para poder tenerla, la
extranjera dejará de caer dcl cielo y será de carne y hueso; nombre
cualquiera claro y cotidiano, el primero que aparezca en la mente, María por
ejemplo.
Con lo cual ya está posada. María, dice él, y ella suelta su pelo en
la otra ventana sintiéndose nombrada. Alguien llama a la puerta dc
Manuel: la señora muy blanca. María, que la ha visto, abre los brazos y le dice a Manuel
ven, en su lengua. La señora que pasea con Pavese sigue llamando,
golpea a la puerta bajo el agua, ha inventado una lluvia para
llevarse al suramericano, sólo llueve junto a la puerta de la bohardilla y Madrid
es París con Vallejo y aguacero golpeando en la puerta de Manuel.
Déjame vivir un día, dice el del Altiplano, y la señora nada nada. No es
la lluvia deseada por los sapos de su aldea, es la que se llevó a Vallejo y
ahora quiere hacer lo mismo con Manuel porque está solo.
Entonces el comprende ahora muchas cosas, sabe quién ha confundido los portales, esta señora blanca tiene
predilección por los suramericanos.
?Viste anoche en la tele la peregrinación de las anguilas para copular¿
Hasta el mar de los Zargazos. Tremendo, ?no¿ Bueno, ahí está la cuerda
de la ropa. Las anguilas son equilibristas. Los ríos del norte por donde
ascienden para hacer el amor están llenos de peligros, algunas
muere en el intento, por supuesto. Sí, descalzo es mejor, hay que aligerar
el peso; nunca se sabe basta dónde puede aguantar la cuerda.
La quena, horizontalmente sostenida, es a la vez una ofrenda y la vara
que el equilibrista necesita para no caer. Cuatro pisos abajo hay cáscaras de naranjas y zapatos rotos que
Manuel no mire, tiene los ojos clavados en el aire
que termina en María la nórdica, la mira con ojos de
guanaco asustado arrastrando pies circenses sobre el
trapecio, dos tercios consonancia perfecta, mientras ella
apoya sus manos en la cuerda y siente latir el peso
de Manuel, y allá la señora blanca resuelve romper la
cerradura. María oye el tremendismo del aguacero en la
bohardilla de Manuel y no respira, ve que su mariposa de tela
transparente obstaculiza el paso y no respira, imposible
que el equilibrista pueda levantar un pie para esquivarla,
eso significaría cáscaras de naranja y sangre en los
zapatos allá abajo. Manuel ve el obstáculo del
monocordio y no respira, sus pies solitarios y desnudos se
detienen ahí mismo mientras él oye el aguacero de la
señora aquella.
La mujer que ha dejado de caer del cielo tira de la cuerda
para traer al hombre detenido junto al monocordio, pero no
puede, no tiene fuerzas, y todo está muy quien mientras
la lluvia se desparrama por Madrid. Ante esta evidente
situación mortal, la mariposa escarchada se pliega en dos
y mueve sus partes como alas. Manuel, desde su posición,
la ve volar sobre tejas de dos siglos, dejando la cuerda
libre. Los ojos de María no pueden ver el vuelo
inesperado de su prenda, están muy fijos en los de Manuel
que llega con su quena, que cae como una fruta dentro de
su cuarto, mientras la lluvia de la señora blanca cesa y
en su lejana tumba monocordio Pitágoras sonríe.
Con palabras improvisadas, tienen una comunicación
perfecta. Ip iP, dice Manuel. Rup rup,
responde ella, y se miran hasta adentro, donde hay ríos
que remontan las anguilas.
Los postigos de la ventana han sido cuidadosamente
cerrados, aislando al canario. Solar mote los está
mirando el fuego desde la chimenea. Cuando se acaban las
palabras, llegan los sonidos. Una cuerda y un arco. María
Violín y Manuel Arco junto al fuego rompiendo el
equilibrio molecular, que para eso están los impulsos,
las fricciones de tiempo justo. Manuel Quena perturba
el silencio de María Violín con ritmos limpios, y cuando
las moléculas, por aquello de la inercia, quieren volver
al repose, se lo impide la vibración libre de la cuerda,
que busca otro, el de los cuerpos, para que de él brote
la música.
Justo cuando la mariposa de tela reaparece. Sólo el
canario la ve volver, el pájaro está viendo a contraluz
la que la mariposa aparece volando sobre el tejado y
luego, cuidadosa de su estructura, se posa otra vez,
apenas escarchada, sobre la cuerda pitagórica. (*)
(*)
Fuente: Daniel
Moyano, Un silencio de corchea, Ediciones KRK,
Oviedo, 1999.
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