EL DEVENIR DE LAS AGUAS
Calor. Vapores. Nubes.
Viento. Densidad.
Caída. Gotas.
Frescor.
Más gotas.
Agua.
Que se mueve.
Agua que deviene.
Devenir de las aguas...
Aguas del mundo que laten
con los tambores olvidados
donde repiquetea aun
la primera vibración
que creó los acantilados.
Aguas que devienen
entre la materia conocida por tu ojo
y el recinto de la fuerza esquiva
altiva y salvaje como los osos.
¿Cuál es
el sagrado poder
que ningún mamífero
puede retener?
Nunca sabrás el sentido de la gran fuerza.
Ni la raíz del hierro quemante y
maligno.
Mejor es entrever, sospechar,
la música de lo más sutil,
esquivo y secreto
que las aguas recitan.
Aguas que devienen.
Devenir de las aguas
entre las montañas horadadas por los ríos;
entre hielos de la nieve
evaporada.
Aguas que devienen
en los mares que se erizan
con plásticos dedos de las olas.
Aguas que devienen
en el círculo exiguo y azul del oasis,
en el atardecer meditabundo de los
lagos,
y en las grietas que, oscuras,
duermen en los océanos.
Devenir de las aguas
en la furia sin diálogo del maremoto;
en la inundación que ahoga los prados;
en los brazos arremolinados de los
huracanes.
Aguas que devienen.
Devenir de las aguas
que la imaginación desesperada reclama
como talismán que purifica.
Pero las aguas no podrán purificarnos.
Sólo cantar con voz lejana,
nuestra distancia de las palmeras plateadas.
Sin movimiento ni danza del cambio,
el poder estrangula nuestro esfuerzo.
Enseña el no escuchar
el devenir.
El devenir de las aguas.
Por lo que aguas no habrá
en el ojo disecado del tirano,
ni en las rutinas y exigencias
de la vida programada.
Agua que corre habrá en la mirada
del que todavía desea ser
sonrisa de la tierra.
Sí.
Aguas que devienen.
Devenir de las aguas
desde las ánforas de los dioses
creadores de las lluvias.
Aguas que, con alas de viento,
susurran algún inaudible consuelo,
al niño y el hombre que de hambre mueren
cerca de los capitales y sus mercaderes.
Aguas que devienen.
Devenir de las aguas.
A la manera de los celtas,
seré ( y no por primera vez)
metamorfosis
para,
con el fluir de las corrientes,
devenir pez.
Salmón.
O tiburón.
O una montaña.
Una rana.
Un escarabajo.
Una pradera.
Una cantera.
Semillas.
Las aguas.
Aguas que devienen.
Devenir de las aguas
con las que floto,
ligero y embriagado
por orillas que lamen las selvas.
Por paisajes fustigados por cañones.
Por las hadas que tiemblan
debajo de los puentes.
Sí.
De nuevo.
Asombrado,
a través
de la divina fuerza olvidada
avanzo con las aguas.
HISTORICAS
ROJA CAÍDA DEL COMECHIGÓN
(Los
comechigones vivieron en el norte de Córdoba, Argentina
hasta el siglo XVI. Fueron virtualmente exterminados luego
de una enconada resistencia).
En el norte de las tierras
que el español invasor llamó Córdoba
el universo fue tuyo,
extinguido sudor comechingón.
Los que traían el hierro y los petos de España,
te describieron como gente barbuda.
Inusitado ornato en tu rostro,
para tu supuesta condición
indígena e imberbe.
No en vano luego
algunos creyeron y creen
que tus ancestros fueron
los temerarios barbudos
de las naves vikingas y los fiordos.
Los hijos de Manco Capac,
los ejércitos del áureo imperio inca,
quisieron tu tierra.
Pero tu enojo guerrero
los detuvo
y su ambición enterró.
Contra el inca y el savarinón
(1)
u otro ocasional agresor
te lanzaste con flechas,
fuego y veneno.
Esperabas la noche y la Luna
porque creías que Ella
te protegía y guiaba
en la contienda.
Y al fruto con ingenios regabas
y con celo acariciabas
la pelambre de las llamas.
En la arteria oscura
de la cueva subterránea
acumulabas
la primaveral riqueza de los cereales.
Y desde el ojo libre de los cerros
o los pezones fértiles de los suelos
venerabas al Sol y la Luna
y el misterio que sangra en las piedras.
Con el bastón ancestral
donde sobrevivían los relámpagos
de pasadas tormentas,
tus chamanes presidían
los rituales donde hervían
los perfumes de la magia.
En una montaña
miles de imágenes
pintó el lenguaje
de tu perdida sabiduría. (2)
Allí, un
poeta
la misteriosa piedra
de un Sol Rojo halló. (3)
¿Qué mitos imaginaste
para tus dioses olvidados?
¿Hacia qué nubes habrá trepado
la primera flecha que arrojaste
cuando el español llegó
con su codicia resonante?
¿Cuántos de tus nobles guerreros
sintieron el frío quieto en la sangre
antes de que tus últimas hembras y varones
resistieran en la cumbre de un cerro?
Creo verte ahora en aquel
final día de lluvia.
Los hispanos trepaban con furia
las laderas de tu postrero
hogar orgulloso.
Oculto tras el mar de las líquidas nubes
el Sol permanecía victorioso.
Pero no ardería con tu grito.
En la venidera penumbra nocturna
la Luna mostraría flechas y mitos.
Pero no ardería con tu grito.
Solo
en aquella jornada de gotas
arrojaste colérico las piedras
del misterio que sangra.
Poco después, un pequeño y quemante metal
atravesó tu obsesión de libertad.
Y caíste por las laderas.
Roja caída.
Con tus barbas sanguinolentas.
Con el Sol y la Luna
que aún hacían arder tus ojos
a pesar de que una cruz y una espada
ya te enseñaban lo que es la muerte.
(1) Los
savarinones era un grupo étnico afín a los comechingones
pero con los que mantuvieron relaciones ríspidas y
hostiles.
(2)
Alusión al Cerro Colorado, en el norte de Córdoba, donde
se hallan miles de pictografías estampadas por los
comechingones sobre las piedras.
(3) A
comienzos del siglo pasado, el poeta Leopoldo Lugones,
descubrió Cerro Colorado y halló un piedra circular con
la imagen de un sol rojo, presunta divinidad comenchigona
que, luego, fue traslada al Museo Británico de Londres
por al antropólogo escocés Gardiner.
SUEÑO EN LOS ANDES
(En 1817, el general San Martín organizó en Cuyo,
Mendoza, Argentina, un ejército de cinco mil hombre que
acometería la osada empresa de atravesar la cordillera de
los Andes para caer luego sobre las tropas españolas en
Chile)
Las montañas se yerguen
como torres siniestras
que podrían detener el paso
de las lanzas más valerosas.
Sólo merecen la vida digna
los capaces de
hollar
con el fuego de una idea y el coraje
las cumbres altivas.
Tú bien lo sabes.
Nosotros lo hemos olvidado.
Del otro lado del cerro y la piedra
puede ocultarse lo que nos robó
el tiempo y la libertad,
o las corrientes para crearnos
cuerpos de trabajo y dignidad.
Pero, tú, otra vez me dices:
En el otro lado,
caeremos con colmillos sanguinarios de lanzas,
con las espadas que despedazan los cuellos,
con los caballos de la salvaje embestida.
En el otro lado,
caeremos para conquistar
nuestro sitio en el amanecer.
A través de las montañas
que respiran con las nubes,
seremos.
Seremos, sé que piensas,
cuando tu gran ejército
atraviese
el santuario de tierra y piedra
de los Andes y el Aconcagua.
Durante dos años creaste tu sueño.
De la escasez y soledad de Cuyo
desenterraste el tumulto y los alaridos
de varios miles de guerreros.
Uno que fue sacerdote
te entrega el cañón y la munición
luego de arrasar con fuego las campanas,
de la pompa y las misas
cristianas (1).
Con el indio parlamentas.
Le dices a las huestes del cacique:
"Yo también soy indio".
Y con el indígena
labrado con tierra ancestral
sellas la alianza fraternal.
El negro,
al que le prometes
libertad inalterable,
se te une.
El gaucho y el mestizo
se te unen.
El criollo y el inglés
se unen a tu voluntad
de cóndores y hogueras.
Una bandera con la blancura de la nube
y el azul desnudo del cielo,
se te une.
Y ya es el día
de empezar a subir
para caer y ser
del otro lado de los cerros.
Tu creación te observa
con espadas alzadas en la mirada
en el campamento del Plumerillo.
Con tu brazo colmado de fieras
agitas tres veces la bandera
donde celeste y blanco reverberan.
Y tus labios rugen:
"Soldados. Esta es la primera bandera independiente
que se bendice en América.
Soldados: jurad sostenerla
muriendo en su defensa,
como yo la juro".
"¡Lo juramos!"
Lo juramos.
Juran los miles de pumas
que buscan ya las cuestas
de las montañas inmensas.
Y por Uspallata y Los Patos
se empecinan los hombres y animales,
Que son tus almas.
Por los caminos,
que Condarco (2) recreó con minucia en la hoja,
trepan 5.200 hombres;
10.000 mulas y 1.600 caballos.
Por los caminos y todos los caminos
de montaña y piedra
se eleva silencioso tu sueño.
Y el cielo esculpe nubes feroces.
Agua y granizo vomita la altura.
La gran tormenta fatiga las rocas.
El cóndor acude a su refugio.
Y tú también.
Las almas guerreras
buscan amparo en los Andes.
Tú, te reclinas bajo un alero,
sobre la dura piel pétrea de la montaña.
Con llamas, tempestades y terremotos,
se crearon las montañosas catedrales
en tiempos remotos.
De nuevo, con fuego,
con tormentas de balas y jinetes,
y lluvias de inevitable sangre,
tendrás que crear
el rostro de un país incipiente.
Cincelar una tierra nueva y libre
demanda una epopeya tan enérgica
como aquella que
la naturaleza consuma
para, en ciertos días del planeta,
tallar nuevos ríos y sierras.
Y tú descansas sobre la piedra.
Borrascas, caballos y batallas,
fluyen, por los canales de tu sueño,
para que sean las mañanas libres
de la futura patria.
Sueñas en la noche telúrica,
cerca de la oscuridad de las cuevas
en la que se mata el ayer
para resurgir luego
en un sitio en el amanecer.
Un sitio en el amanecer.
Para ti, para nosotros,
para los hijos de la tierra de las grandes llanuras
y del más ancho río.
Y la cólera de la tormenta se acalla.
Continúa, continúa ya,
te dicen las montañas.
Y al frente de tu río de guerreros
contemplas
castillos de nubes en lontananza,
el blanco y eterno néctar en las cumbres,
los óleos de sol que espolvorean las
montañas,
el viento que, como tigre de soplidos,
corren por las cuestas.
El azul lame los contornos de las cimas.
Un cóndor vuela dentro
de la pasión del cielo.
Y miras al ave guardiana
de las montañas andinas.
Tras el signo del cóndor,
crees que se cumplirá tu sueño.
Tu sueño de alta montaña.
Tan distinto a esta Argentina
que hoy despedazan los buitres.
(1)
Alusión a Fray Luis Beltrán, clérigo que dirigió una
intensa labor de construcción de armas para el ejercito
sanmartiniano.
(2) El
mayor Condarco fue responsable de memorizar los dos pasos
por los que las fuerzas de San Martín atravesaron los
Andes.
EL FALSO LEÓN
(A
propósito de la nación del norte)
En la campanada de tu nacimiento
aseguraste que la República y la libertad
eran tu única verdad.
Te apresuraste a cincelar
una dama con
una fogosa antorcha
para esparcir
por todas las hebras de la Tierra
el derecho de cada individuo
a nacer de su propia siembra.
Pero, rápido,
en la blancura
de tu venerada águila calva
irrumpió brutal la contradicción
que cruje en tus vértebras.
En la entraña
de la alba dama neoyorquina,
o en los presidentes esculpidos en la roca,
o en la filigrana oculta
de tu bandera de las rayas sanguíneas,
iniciaste tu vida
de falso león.
Mentirosas apologías de la dignidad,
ruges,
falso león.
En tu melena chisporrotean
glorias estentóreas del arte:
Melville, Whitman y Poe,
Hawthorne, Lovecraft y Frost,
Twain, Faulkner y Thoreau,
Longfellow, Chaplin y Copland.
Pero no elegiste
la senda difícil de algunos de tus hijos
hacia la belleza
de los cielos diáfanos.
Elegiste los barrancos de lo mediocre,
el egoísmo bien camuflado,
el desprecio e ignorancia de lo distinto,
el ligero patriotismo de fuegos vacíos.
Eres la traición
a tus propios ideales
y a los muchos orígenes de tu pueblo.
La caída de dos torres altaneras
te dio la excusa siniestra
para extender tus garras
negando tu débil realidad:
tu miedo abismal.
Tu realidad:
la cobardía secreta.
Algunos de tus guerreros
pelearon bien ante el inglés,
o en el Álamo, Gettysburg o Normandía,
o ante el japonés en islas sangrientas.
En Vietnam, Corea o ante el indio,
se desnudó tu hedor.
Mas el valor de algunos de tus soldados
no basta
para embellecer tu melena
que sangre y miedo chorrea.
El Oriente y el Islam
nunca prometieron el oro y la igualdad.
Pero contigo somos implacables,
porque al planeta le prometiste
el jardín de las libertades.
Casi desde siempre confundes
la honra y la valía
con las tempestades de las balas
y tu religión de la hipocresía.
Amante del vértigo hipócrita
es tu dios que vomita
torpes cascadas de mentiras.
Tus cañones de la inteligencia teledirigida,
no desvanecen tu falsía
que avergüenza a los blasones de tu arte,
y a tus gentes aún dignas,
y a la grandeza de tus lagos y bosques,
y a los hechiceros cerros del Colorado,
y a las llanuras donde rodaron
las carretas de la épica aventura del Oeste.
Tus hipócritas rugidos
avergüenzan
al sueño del mundo libre
y a tu águila del altivo vuelo.
Detente ya
falso león,
en el borde de la salud de la lluvia.
Precisamente porque amamos
a Poe y Whitman,
no nos inclinaremos
ante tu triste y homicida pesadilla.
LA PREGUNTA DE GAGARIN
(En 1961 Yuri Gagarin,
por primera vez, contempla la líquida diosa Tierra desde el espacio exterior)
Al entender por primera vez el lenguaje
supiste que eras hijo de un carpintero.
En tu aldea, cerca del moscovita corazón de Rusia
los que violaron tu tierra
entre sangre y svásticas
te arrebataron dos hermanas.
Y una vez,
cayó del cielo un pájaro de llamas.
De su interior emergieron
dos compatriotas guerreros
henchidos sus cuerpos de medallas,
tiznados sus rostros de humo y sollozos.
Eran dos pilotos abatidos.
De la madre Rusia.
Y tú quisiste ser como ellos.
Pero ambicionaste un vuelo más alto.
El bucear en el cosmos altivo.
Cima y alas de cosmonauta
vislumbraste junto al hielo
de tu sueño ruso.
Cuando se apaciguó
tu deseo de niño campesino,
ya respirabas dentro de una gruesa piel plateada,
en el cosmodromo de Baikonur.
Una escafandra
ceñía tu rostro elegido.
El Estado olvidó pintar
en el casco de puro blanco
las siglas de la nación de Lenin.
Entonces, rápida pintura fresca
improvisó
las señales de la patria
que te enviaba a las estrellas.
El cohete luego liberó ciento de dragones
que en su seno se apretujaban.
Con el fuego de las criaturas maravillosas,
fuiste la primera flecha
que rauda atravesó la estratosfera.
Tu cuerpo primero sintió
cientos de pesadas losas.
Y, después, imitó
el leve volumen del aire.
Cuando los cientos de dragones se calmaron,
tu historia flotaba
sobre la esférica lujuria de una diosa.
Entonces, como primer humano en el espacio
dijiste lo que tu cuerpo dijo:
"Veo la Tierra. ¡Es tan hermosa!"
La fértil y azul mujer circular
deslumbraba a tu niño de aldea.
A cerca de treinta mil kilómetros por hora giraba
tu asombro campesino sobre
los senos y cabellos de la diosa bella.
"¿Y dónde está Dios? ¿Dónde
está...?", te preguntaste,
mientras cantabas
"La madre patria está escuchando", de Shostakovich.
"¿Y dónde está...dónde
está...?",
volviste a preguntar.
Y al concluir una vuelta en torno
de la suspendida mujer divina
caballos que en tu cápsula viajaban en secreto
quisieron regresar
a las praderas cerca del Volga,
a los campos de girasoles
de la Madre Rusia.
Entonces, tomaste las riendas,
usaste las espuelas que te obsequió Koriolov. (1)
Y recordaste como antes de partir,
con tu flecha de dragones,
Koroliov te dijo:
"Que el viento solar sople en tu camino".
Y cabalgó tu pasión por la ladera
descendente.
Los corceles atravesaron con valor,
los remolinos incendiados de aire.
Una locura de bufidos y fiebre
te hizo olvidar la fulgente diosa,
el viento solar,
y la pregunta, la pregunta...
Pero entonces, débilmente viste
que los caballos se alejaban.
Te devolvían solo a la patria.
Y regresaste al perfume terrestre
con tu anatomía chamuscada y metálica.
Y, luego, entre el clamor de la bienvenida,
o en tu caminar solitario
sobre las estepas y el polvo, junto a ti,
los dragones y los caballos se preguntaban también:
"¿Y dónde está...dónde está...?"
(1) Koriolov era el ingeniero que
inició la investigación aeroespacial soviética.
EL HONOR DE REGULO
(Durante las guerras púnicas entre Roma y Cartago, el
romano Régulo fue capturado. Se le permitió regresar a
su patria siempre y cuando convenciera al senado de la
Ciudad Eterna de deponer las armas contra la urbe
africana. Si no conseguía este propósito, Régulo se
comprometió a retornar a Cartago. Ante los senadores, el
romano aconsejó continuar la guerra. Y, entonces, Regulo
regresó para cumplir su destino y salvaguardar su honor.)
En la Sicilia de las bellas costas
Mesina alimentó la discordia letal.
Por ella, el romano bajó del Palatino
y chocó, en las primeras sangrías,
con el cartaginés de fenicios antepasados.
Del mar Cartago era rey.
En los navíos tremolaba orgulloso
el estandarte de la magna ciudad de Túnez.
En el agua y la ola del Mediterráneo
brillaba el puño soberano del cartaginés.
Pero su destino se desangró
en noches de lunas rojas
cuando aceptó el combate
con la iracunda águila de Roma.
Poco sabía el romano del océano y sus trances.
Mas pronto, en aguas solitarias,
vomitó cientos de navíos de guerra.
En ellos llegaron Régulo y sus soldados
a una desértica y rocosa playa de África.
El exceso de valor
engendra el arrojo temerario
que mata más que el acero enemigo.
Segura creían los hijos del Tíber
la victoria sobre la Cartago de las olas altivas.
Pero Xantipo, el Espartano,
y miles de caballos, elefantes
y soldados de rojiza arena quemando sus mejillas,
desmembraron la garra de lanzas y escudos romanos.
Y Régulo conoció el cautiverio.
Amargas iguanas rasgaron la piel
que antes fue libre y orgullosa.
La fogosa cuidad africana
cosechó nuevos triunfos
frente a los descendientes de una loba salvaje.
Pero sintió la hemorragia
de tanto combate que acallaba los corazones.
Y alejaron de Régulo
los reptiles hirientes del encierro.
Entonces el romano escuchó:
"Vuelve, libre, a Roma,
para convencer a tus compatriotas de la paz;
si no consigues que la espada permanezca serena,
vuelve aquí para recibir tu castigo".
Y Régulo cabalgó y
navegó.
Entre los cascos de caballos
vio montañas y praderas;
entre las
costas y el agua,
percibió la sal de los
mares.
Y recordó, como tantas veces,
a sus padres, y a los padres de sus padres,
y su juramento de morir
si así sembraba dignidad
en las tierras de la patria.
Y Régulo recordó los dioses antiguos,
la loba de Rómulo y Remo,
la pequeña aldea que estalló luego en nación poderosa
gracias al sacrificio y austeridad de sus hijos.
Y recordó Régulo al Cincinato
(1)
que después de vencer y bramar todo el poder,
regresó a la despojada fatiga
del que suda con el arado y las semillas.
Y recuerda Régulo
lo convenido con el cartaginés
luego de abandonar el calabozo
donde reinaban las iguanas.
Cerca están ahora los mensajeros de Cartago.
Cerca la púrpura y las frentes solemnes
de los senadores que esperan.
¡Qué Régulo aconseje y diga!
Y Régulo pronuncia y recomienda
que debe continuar
la guerra con la ciudad altiva de África.
Que el águila no descanse
hasta que la urbe enemiga
se aturda con los truenos de Roma.
Y tu esposa, Régulo,
te suplica que no dejes la ciudad de Júpiter.
Que no atravieses
el polvo del regreso
hacia África, la penumbra y la iguana.
Nada te obliga a regresar.
Aquí serás alegre laurel
para Roma y los tuyos.
Pero algo te obliga a regresar.
Y a recordar, ya de nuevo en la Cartago altiva,
a tus padres y a los padres de tus padres,
y los viejos dioses,
y la loba que salvó a Rómulo y Remo,
y el sacrificio y austeridad de los primeros hijos.
Y recuerdas un juramento.
El de sembrar dignidad
en la tierra de los ancestros.
Aun a costa de la propia dicha.
Por eso, con alivio, con alegría,
ves cuando regresan las iguanas.
Ahora, ves ya el hacha del filo seguro
para que tu cuello sienta el temblor final.
Y tu palabra y tu honor ardan.
Entre las manos de tus padres.
(1)
Cincinato fue un patricio romano del siglo V a.C. Célebre
por luego del ejercicio de poder, renunció a él para
volver a su granja a labrar la tierra.
LOLA KEIPJA
(Lola Keipja fue la última mujer chamana de los onaso
selk'nams, pueblo que brilló con sus ancestrales ritos en
la Isla de Tierra del Fuego. Murió en 1983; antes, la
antropóloga francesa Anne Chapman grabó noventas cantos
de Lola. Las últimas canciones de una estirpe desvanecida
en el cementerio de antiguos dioses)
Con tu voz
y tus cantos profundos
celebraste los amaneceres.
En la cabellera llameante del sol,
o en el moteado rostro brillante de la Luna,
o en el lago y el bosque
de la tierra pobladas por las hogueras,
hallaste siempre
el lenguaje de las sagradas fuerzas.
Cuando la lluvia besaba
las fragancias del mar
emergiste de entre los árboles
con un monótono cántico en tus labios
para recordar
a tus primeros antepasados.
Te fue revelado
algunos misterios de Temaukel,
(1)
el dios que vuela
más allá del pensamiento.
Te fue revelado
los complejos sentidos del hain
(2)
y su plétora de mágicos espíritus.
Te fue revelado
los modos como Kenos, (3)
el mensajero de Temaukel,
descendió por una cuerda
descolgada desde el centro del cielo
para luego crear el pueblo ona
y su sabiduría para perdurar
entre los patagónicos hielos.
Largamente,
entre cerros y atardeceres,
cantaste la misma melodía
para intuir
al gran creador de la vida.
"Cantaré para conocerte.
Para quererte.", decías
antes de iniciar
un nuevo canto
en la cercanía de los lagos.
Por amor al esquivo Temaukel cantaste,
pero también
por el asombro
de resplandecientes brasas encendidas
que nunca en tus ojos perecían
ante la gracia del insecto en la hojarasca,
ante el lago festoneado de soles,
o las montañas esmaltadas de nieve,
o las estrellas refulgentes
en las oscuras distancias.
Tu canto muchas veces dijo
lo que Kenos reveló:
al morir el rostro ona
deviene luego
cerro, lago, estrella, río.
La vida no renuncia a su brío.
Cuando las piernas ya no profesan fuerza
renacemos en alguna forma de la naturaleza.
Pero en un ocaso sin música,
llegaron los mensajeros de una Cruz.
No cantaban ellos
a los antepasados y los campos.
No creían en el alma que se hace inmortal
en cumbres nevadas o las estrellas.
No creían en Temaukel, ni en Kenos.
Nos respetaban ni practicaban el hain.
Y luego Lola,
desde la sombra de la Cruz,
recuerdas,
vinieron los que hablaban
de un dios dorado, de forma esférica.
Su ruido era el de las monedas.
Y ellos cazaron a los tuyos.
Hundieron su frío en la mítica historia de tu raza.
Lodazales de cadáveres desmembrados
no pudieron escuchar otra vez tu canto.
Viste entonces
como los seres de la cruz y las monedas
desplomaron sobre tu tierra
raros monstruos quietos
en los que vivían.
Perpleja, notaste
que no veneraban antepasados,
no celebraban al caliente sol,
o a la misteriosa luna.
No contemplaban con unción
el lago ni el árbol de los bosques.
"No cantan para conocerte.
Para quererte.", susurraste una vez
antes de que una mujer
que decía venir
desde allende el mar,
se interesó por ti.
Aquella mujer,
te invitó a cantar.
Te sorprendió la atención
que la forastera te regaló.
Pero luego, cuando ella volvía,
a algunos de los monstruos quietos
te adentrabas en tu choza.
Al menos ese viejo hogar,
los seres de la cruz y las monedas,
te permitieron conservar.
Y allí,
la mujer que te visitaba,
decía que largo tiempo meditabas.
¿Qué agónico mundo revivías, Lola,
en el pequeño pulmón de tu ancestral vivienda?
¿Que pretéritas tormentas y ritos
en tus ojos otra vez ardían?
Sólo imagino
que una vez Kenos te visitó.
"Lola, ya no estés tan triste.
Ven conmigo", escuchaste
cuando estabas en tu choza.
Así lo imagino.
Y con Kenos saliste.
Y el inventor de los días
ya muertos de los selk' nams,
te mostró el bosque y el lago.
El cielo y el mar
de la Tierra del Fuego.
Y te aseguró:
"Pronto llegará
el último atardecer".
"Ya lo sabía. Lo sabía", tu dijiste.
Y caminaste
hacia las orillas de ese lago
que los de la cruz y las monedas,
llamaban Fagnano.
Y desde los pechos ondulados del agua,
una palabra de tu dios escuchaste, Lola.
Y se inició tu último caminar
por el desierto helado de cenizas.
Y tu voz, por última vez
acarició tu tierra,
mientras Teumakel te
escuchaba.
Imagino que
tu dios te escuchó, Lola,
cuando le
cantabas.
Le
regalabas el último canto.
Para
conocerlo.
Para
quererlo.
(1)
Temaukel era la máxima divinidad de los onas. No era
representable y se hallaba más allá de la comprensión
humana.
(2) El hain
era el ritual fundamental de los onas.
(3) Kenos
era el principal héroe selk'nam. Bajó con una cuerda
desde el centro del cielo. Creó a los onas y los educó.
Y le reveló que, al morir, el alma puede adquirir la
inmortalidad a través de las formas de ríos, montañas o
estrellas.
ENTRE LOS DESPOJOS DE TUS FLECHAS
(En
el siglo XVII, los indios quilmes, que habitan el Valle de
los Calchaquíes, luego de una fiera resistencia fueron
derrotados por los españoles. Se los castigó mediante el
destierro. A través de una penosa caminata, fueron
trasladados a cientos de kilómetros de su patria
perdida).
Los cabellos de luz del crepúsculo
se derramaron áridos una vez
sobre las cumbres
que tus manos tanto conocían.
Acaso eran las fatídicas señales
de tus alaridos finales.
Con una voz quichua te llamaron
los españoles de los pechos dorados.
Los quilmes.
Repetían tu nombre,
aquel nombre,
para enunciar sobre la tierra tucumana
tu coraje tronante de hombre.
Por dos siglos,
con flechas y piedras,
fustigaste el aliento
de tus invasores cruentos.
Y un respeto forzado
los mercenarios del oro y un crucificado
te tributaron.
Pero no por esto te obsequiaron
la felicidad de ser viento liberado.
Ofendidos ya, por la desmesura de tu valor,
agrandaron el calor de su fuego,
para calcinar al fin el grito,
de tus mejores guerreros.
Muchos perecieron
con la furia de una lanza
arrojada al cielo.
Otros enviaron su sangre en una flecha
con la última esperanza
de mutilar alguna garganta española.
Pero un crepúsculo de nubes muertas
descendió para enterrar antiguos soles
en despedazados ríos de tu frente.
Y el español imaginó el mejor castigo
para tanta valentía y pagano desatino.
Te condenaron a matar tu tierra en tu mirada.
Ya nunca más la verías.
Tu voz de fieras fogatas
ya nunca más allí arderían.
Tu tumba lejos estaba.
A 1500 kilómetros de caminata
con pies desnudos.
En cada obligada pisada
gemía la avalancha
de tus ancestros y dioses muertos.
Porque tendrían que haber muerto tus dioses
para dejarte sin la pretérita honra
al caminar con tus piernas
que se convertían
en lanzas que se hundían
entre los solitarios despojos de tus flechas.
LO QUE GRITA
STALINGRADO
En el barranco un
escarabajo se mueve.
Sobre el agua
meditabunda del Volga
flota una hoja. Y
pastos suaves de las riberas.
El viento trae
endulzadas brisas.
Un caballo viejo
busca donde descansar.
Una vaca muge cerca
de la granja abandonada.
Y el primer
gemido de la Tierra
perturba
el aleteo lejano de
los pájaros.
La artillería ya
envenena el día.
La voz ronca de los
panzers
aceita su tenaza
sobre barrancas y suburbios
de la ciudad de la
cercana pesadilla.
Las miles de botas
germanas
del 6 ejército de
Von Paulus
oprimen los
escarabajos y las granjas.
Y luego de las
dentelladas violentas de la Luftwaffe
corren por las
calles,
entre los penachos
grotescos de las ruinas.
Corren entre el
fétido testamento de los muertos;
entre el cielo
desplomado de las casas.
Entre
los decapitados girasoles de la primavera.
Sin demora, el
cañón y el fusil alemán
deben ocupar el
Mamayev Kurgan (1),
el tártaro túmulo
funerario
preludio de la
sanguinaria lucha
cuerpo a cuerpo que
se avecina.
Desde allí, el ojo
recio
del estratega y el
artillero
columbran la urbe
gimiente
en la que única
majestad sobreviviente
es la emanada por
fábricas ametralladas.
La acería del
Octubre Rojo.
Barrikady, la
fábrica de municiones.
Dzerzhinsky, la
fábrica de tractores.
Los sitios
del inminente
huracán de la muerte.
Chuikov, futuro
brujo y mago para sus enemigos.
Es el general del 62
ejército
el que ordena
la primera defensa
sin retroceso
en un silo de
hormigón.
Cincuenta hijos de
la vasta Rusia
luchan
con el colérico
brío de dragones
e indiferentes al
dolor.
En
el nombre de Stalingrado,
todos los
campanarios
de los sueños y la
hermandad
ya se desploman en la
nada apuñalada.
Sólo a partir de
ahora será:
La bala.
La sangre en la luna.
La sentencia final
de la granada.
El perro que huye
del tufo del horror.
El ojo que
despedazado vuela
hasta las
alcantarillas sanguinolentas.
El brazo con
bayoneta
que despedaza el
otro vientre
bajo el uniforme
diferente.
Soldado, a cada
paso, la daga te encuentra.
Soldado, la rata ya
saborea
los finales despojos
de tu amargura.
Una calma renace
en una noche de
estrellas.
Es un error. La
brisa exigua ya se aleja.
Ya regresa, ruso o
alemán,
detrás de ti,
las jaurías de
navajas
que polvo del tiempo
inventa
para mutilar la
ingenua esperanza.
Una ciudad en ruinas
se entrega como el
símbolo
mejor imaginado
por
la guerra infinita.
En el pecho estrecho
de la urbe
el hombre que
ambiciona
destruir su
insignificancia
no tiene
dónde
ocultar la infamia.
Hay que destruir el
miedo
mediante la metralla
en el enemigo.
Hay que crear la
ciudad de combate bestial,
para que allí
estalle el mejor grito
del poder y su alma
putrefacta.
Pero el pequeño
individuo en Stalingrado
aún puede aullar con
grandeza
a pesar de su
aplastado destino.
En el tornado de la
agonía y el llanto
el ruso resiste
con todos los
rayos de las estepas
restallando
entre el temblor de
las balas y metralletas.
Vassily Zaikev
(2)
con ojo de lince
entrega
a varios cientos de
huellas germanas
al vaho de las
tumbas.
Sin temor de los
puñales de los stukas
la improvisada flota
de Rogachev (3)
una y otra vez besa
el Volga
para dar a la
batalla
nuevos soldados y
vituallas.
En escuadrones de
doce halcones
enviste la bravura
soviética
sobre las colmenas
enemigas.
Otros doce vendrán
para caer de nuevo.
Y luego levantarse y
seguir.
Seguir hacia el
estruendo
donde los trozos
chorreantes
del invasor y el
invadido se encuentran.
Seguir
con el cuerpo que
tanto horror suda.
Seguir
con el llanto
contenido
en los rostros
caídos y callados.
Seguir
sobre
selvas de las venas muertas
hasta
que el girasol
quizá
reaparezca al
desvanecerse
los
aullidos solitarios en la bruma.
(1) Durante
la batalla de Stalingrado, el túmulo de
Mamayev Kurgan fue testigo de cruentos
combates por su posesión porque, desde allí podía verse
toda la ciudad. La acería del
Octubre Rojo; la
fábrica de municiones Barrikady, y la
fábrica de tractores Dzerzhinsky, también fueron escenario de sangrientas y
legendarias luchas.
(2) Famoso
francotirador que mató, con sus disparos precisos, a
varios cientos de alemanes.
(3)
La acción de la flota
de Rogachev fue fundamental para el triunfo ruso en la batalla. Fueron sus
temerarias navegaciones a través del Volga las que
permitieron el reaprovisionamiento de hombres y alimentos
del ejercito soviético.
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El devenir de las aguas 1