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   EL DEVENIR DE LAS AGUAS

   Por Esteban Ierardo


 
Volver El devenir de las aguas 1 

 

 

BÚFALO DE LA PRADERA

   (En el siglo XVIII, en las praderas norteamericanas vivían libres más de sesenta millones de búfalos. Hoy sólo sobreviven unos pocos centenares custodiados en reservas naturales).

 

En el borde verde de la pradera

salvaje emergían las polvaredas

y un alud de rayos

que brotaban desde la tierra.

Era el primer signo de tu presencia

en los despojados páramos de hierba.

 

Lo que antes era

el sereno suelo amarillo

se mudaba en el movedizo mar

de las coléricas olas erizadas

que sudaban tu cuerpo

y el torbellino sanguíneo

de tus carreras ensordecedoras.

 

El curvo cielo indiferente

y lejanos dioses en tronos refulgentes

detenían sus labores celestes

para contemplar

tu hirviente devenir por las planicies.

 

La diosa Tierra, de los senos maternales,

sentía los martillazos enérgicos

de tus pisadas,

los crujidos explosivos de tus vértebras,

los himnos de las exhalaciones

de tus ígneas estampidas.

 

En la primavera el indígena te esperaba.

Largo tiempo había soñado en ti.

Te había venerado.

Y de antemano te había rogado

que le concedieras el don

de absorber lo sagrado de tu carne.

Alimento de lunas buenas eras

para los indios de las praderas.

 

Al guerrero de piel roja

te entregaste con alegría

porque sabías que en ti bebía

cuencos de sangra divina.

 

Pero el sol se quebró una vez

en la atroz borrasca de quejidos

de tu abatida musculatura.

 

Lluvias de un metal,

horizontal y terrestre,

traspasaron sin imploración

tu bravura antes agreste.

 

Antes, tus tempestades de millones de relámpagos

traían a los parajes

la sana primavera.

Mas ahora eras una llamara humillada

entre las quietas cenizas de tu muerte.

 

Sin embargo,

la Tierra ama tu estampida.

No el traicionero gatillo de tus homicidas.

Y entre los millones de cadáveres de tu especie,

tu Gran Padre y Madre

caminaron

entre canciones de un horizonte de niebla.

 

Por eso, en la bruma húmeda

la vida de plumas misteriosas

regresa, con pinceles de pasto y agua,

para pintar

una nueva tormenta de tu estampida.

Gran búfalo de las praderas.

  

EL DEVENIR DE LAS AGUAS

 

Calor. Vapores. Nubes.

Viento. Densidad.

Caída. Gotas.

Frescor.

Más gotas.

Agua.

Que se mueve.

Agua que deviene.

Devenir de las aguas...

 

Aguas del mundo que laten

con los tambores olvidados 

donde repiquetea aun

la primera vibración 

que creó los acantilados.

Aguas que devienen 

entre la materia conocida por tu ojo

y el recinto de la fuerza esquiva

altiva y salvaje como los osos.

 

¿Cuál es el sagrado poder

que ningún mamífero

puede retener?

Nunca sabrás el sentido de la gran fuerza.

Ni la raíz del hierro quemante y maligno.

Mejor es entrever, sospechar,

la música de lo más sutil, 

esquivo y secreto

que las aguas recitan.

 

Aguas que devienen.

Devenir de las aguas

entre las montañas horadadas por los ríos;

entre hielos de la nieve evaporada.

Aguas que devienen

en los mares que se erizan

con plásticos dedos de las olas.

Aguas que devienen

en el círculo exiguo y azul del oasis,

en el atardecer meditabundo de los lagos,

y en las grietas que, oscuras,

 duermen en los océanos.

 

Devenir de las aguas

en la furia sin diálogo del maremoto;

en la inundación que ahoga los prados;

en los brazos arremolinados de los huracanes.

 

Aguas que devienen.

Devenir de las aguas

que la imaginación desesperada reclama

como talismán que purifica.

Pero las aguas no podrán purificarnos.

Sólo cantar con voz lejana,

nuestra distancia de las palmeras plateadas.

Sin movimiento ni danza del cambio,

el poder estrangula nuestro esfuerzo.

Enseña el no escuchar

el devenir.

El devenir de las aguas.

Por lo que aguas no habrá

 en el ojo disecado del tirano,

ni en las rutinas y exigencias

de la vida programada.

 

Agua que corre habrá en la mirada

del que todavía desea ser

sonrisa de la tierra.

 

Sí.

Aguas que devienen.

Devenir de las aguas

desde las ánforas de los dioses

creadores de las lluvias.

Aguas que, con alas de viento,

susurran algún inaudible consuelo,

al niño y el hombre que de hambre mueren

cerca de los capitales y sus mercaderes.

 

Aguas que devienen.

Devenir de las aguas.

A la manera de los celtas,

seré ( y no por primera vez)

metamorfosis

para,

con el fluir de las corrientes,

devenir pez. 

Salmón. 

O tiburón.

O una montaña. 

Una rana. 

Un escarabajo.

Una pradera. 

Una cantera. 

Semillas.

Las aguas.

Aguas que devienen.

Devenir de las aguas

con las que floto,

ligero y embriagado

por orillas que lamen las selvas.

Por paisajes fustigados por cañones.

Por las hadas que tiemblan

debajo de los puentes.

 

Sí.

De nuevo.

Asombrado,

a través

de la divina fuerza olvidada

avanzo con las aguas.

 


HISTORICAS

 

 

ROJA CAÍDA DEL COMECHIGÓN

      (Los comechigones vivieron en el norte de Córdoba, Argentina hasta el siglo XVI. Fueron virtualmente exterminados luego de una enconada resistencia).

 

En el norte de las tierras

que el español invasor llamó Córdoba

el universo fue tuyo,

extinguido sudor comechingón.

 

Los que traían el hierro y los petos de España,

te describieron como gente barbuda.

Inusitado ornato en tu rostro,

para tu supuesta condición

indígena e imberbe.

No en vano luego

algunos creyeron y creen

que tus ancestros fueron

los temerarios barbudos

de las naves vikingas y los fiordos.

 

Los hijos de Manco Capac,

los ejércitos del áureo imperio inca,

quisieron tu tierra.

Pero tu enojo guerrero

los detuvo

y su ambición enterró.

Contra el inca y el savarinón (1)

u otro ocasional agresor

te lanzaste con flechas,

fuego y veneno.

Esperabas la noche y la Luna

porque creías que Ella

te protegía y guiaba

en la contienda.

Y al fruto con ingenios regabas

y con celo acariciabas

la pelambre de las llamas.

 

En la arteria oscura

de la cueva subterránea

acumulabas

la primaveral riqueza de los cereales.

Y desde el ojo libre de los cerros

o los pezones fértiles de los suelos

venerabas al Sol y la Luna

y el misterio que sangra en las piedras.

 

Con el bastón ancestral

donde sobrevivían los relámpagos

de pasadas tormentas,

tus chamanes presidían

los rituales donde hervían

los perfumes de la magia.

 

En una montaña

miles de imágenes

pintó el lenguaje

de tu perdida sabiduría. (2)

Allí, un poeta

la misteriosa piedra

de un Sol Rojo halló. (3)

 

¿Qué mitos imaginaste

para tus dioses olvidados?

¿Hacia qué nubes habrá trepado

la primera flecha que arrojaste

cuando el español llegó

con su codicia resonante?

¿Cuántos de tus nobles guerreros

sintieron el frío quieto en la sangre

antes de que tus últimas hembras y varones

resistieran en la cumbre de un cerro?

 

Creo verte ahora en aquel

final día de lluvia.

Los hispanos trepaban con furia

las laderas de tu postrero

hogar orgulloso.

Oculto tras el mar de las líquidas nubes

el Sol permanecía victorioso.

Pero no ardería con tu grito.

En la venidera penumbra nocturna

la Luna mostraría flechas y mitos.

Pero no ardería con tu grito.

 

Solo

en aquella jornada de gotas

arrojaste colérico las piedras

del misterio que sangra.

Poco después, un pequeño y quemante metal

atravesó tu obsesión de libertad.

Y caíste por las laderas.

Roja caída.

Con tus barbas sanguinolentas.

Con el Sol y la Luna

que aún hacían arder tus ojos

a pesar de que una cruz y una espada

ya te enseñaban lo que es la muerte.

 

(1) Los savarinones era un grupo étnico afín a los comechingones pero con los que mantuvieron relaciones ríspidas y hostiles.

(2) Alusión al Cerro Colorado, en el norte de Córdoba, donde se hallan miles de pictografías estampadas por los comechingones sobre las piedras.

(3) A  comienzos del siglo pasado, el poeta Leopoldo Lugones, descubrió Cerro Colorado y halló un piedra circular con la imagen de un sol rojo, presunta divinidad comenchigona que, luego, fue traslada al Museo Británico de Londres por al antropólogo escocés Gardiner.

 

 

 SUEÑO EN LOS ANDES

   (En 1817, el general San Martín organizó en Cuyo, Mendoza, Argentina, un ejército de cinco mil hombre que acometería la osada empresa de atravesar la cordillera de los Andes para caer luego sobre las tropas españolas en Chile)

 

Las montañas se yerguen

como torres siniestras

que podrían detener el paso

de las lanzas más valerosas.

 

Sólo merecen la vida digna

los capaces de hollar

con el fuego de una idea y el coraje

las cumbres altivas.

 

Tú bien lo sabes.

Nosotros lo hemos olvidado.

 

Del otro lado del cerro y la piedra

puede ocultarse lo que nos robó

el tiempo y la libertad,

o las corrientes para crearnos

cuerpos de trabajo y dignidad.

 

Pero, tú, otra vez me dices:

En el otro lado,

caeremos con colmillos sanguinarios de lanzas,

con las espadas que despedazan los cuellos,

 con los caballos de la salvaje embestida.

En el otro lado,

caeremos para conquistar

nuestro sitio en el amanecer.

 

A través de las montañas

que respiran con las nubes,

seremos.

Seremos, sé que piensas,

cuando tu gran ejército

atraviese

el santuario de tierra y piedra

de los Andes y el Aconcagua.

 

Durante dos años creaste tu sueño.

De la escasez y soledad de Cuyo 

desenterraste el tumulto y los alaridos

de varios miles de guerreros.

 

Uno que fue sacerdote

te entrega el cañón y la munición

luego de arrasar con fuego las campanas,

de la pompa y las misas cristianas (1).

 

Con el indio parlamentas.

Le dices a las huestes del cacique:

"Yo también soy indio".

Y con el indígena

labrado con tierra ancestral

sellas la alianza fraternal.

 

El negro,

al que le prometes

libertad inalterable,

se te une.

El gaucho y el mestizo

se te unen.

El criollo y el inglés

se unen a tu voluntad

de cóndores y hogueras.

 

Una bandera con la blancura de la nube

y el azul desnudo del cielo,

se te une.

 

Y ya es el día

de empezar a subir

para caer y ser

del otro lado de los cerros.

 

Tu creación te observa

con espadas alzadas en la mirada

en el campamento del Plumerillo.

Con tu brazo colmado de fieras

agitas tres veces la bandera

donde celeste y blanco reverberan.

Y tus labios rugen:

"Soldados. Esta es la primera bandera independiente

que se bendice en América.

Soldados: jurad sostenerla

muriendo en su defensa,

como yo la juro".

"¡Lo juramos!"

 

Lo juramos.

Juran los miles de pumas

que buscan ya las cuestas

de las montañas inmensas.

Y por Uspallata y Los Patos

se empecinan los hombres y animales,

Que son tus almas.

 

Por los caminos,

que Condarco (2) recreó con minucia en la hoja,

trepan 5.200 hombres;

10.000 mulas y 1.600 caballos.

Por los caminos y todos los caminos

de montaña y piedra

se eleva silencioso tu sueño.

 

Y el cielo esculpe nubes feroces.

Agua y granizo vomita la altura.

La gran tormenta fatiga las rocas.

El cóndor acude a su refugio.

Y tú también.

Las almas guerreras

buscan amparo en los Andes.

Tú, te reclinas bajo un alero,

sobre la dura piel pétrea de la montaña.

Con llamas, tempestades y terremotos,

se crearon las montañosas catedrales

en tiempos remotos.

De nuevo, con fuego,

con tormentas de balas y jinetes,

y lluvias de inevitable sangre,

tendrás que crear

el rostro de un país incipiente.

Cincelar una tierra nueva y libre

demanda una epopeya tan enérgica

como aquella que

la naturaleza consuma

para, en ciertos días del planeta,

tallar nuevos ríos y sierras.

 

Y tú descansas sobre la piedra.

Borrascas, caballos y batallas,

fluyen, por los canales de tu sueño,

para que sean las mañanas libres

de la futura patria.

 

Sueñas en la noche telúrica,

cerca de la oscuridad de las cuevas

en la que se mata el ayer

para resurgir luego

en un sitio en el amanecer.

 

Un sitio en el amanecer.

Para ti, para nosotros,

para los hijos de la tierra de las grandes llanuras

y del más ancho río.

 

Y la cólera de la tormenta se acalla.

Continúa, continúa ya,

te dicen las montañas.

Y al frente de tu río de guerreros

contemplas

castillos de nubes en lontananza,

el blanco y eterno néctar en las cumbres,

los óleos de sol que espolvorean las montañas,

el viento que, como tigre de soplidos,

corren por las cuestas.

 

El azul lame los contornos de las cimas.

Un cóndor vuela dentro

de la pasión del cielo.

Y miras al ave guardiana

de las montañas andinas.

Tras el signo del cóndor,

crees que se cumplirá tu sueño.

Tu sueño de alta montaña.

Tan distinto a esta Argentina

que hoy despedazan los buitres.

 

(1) Alusión a Fray Luis Beltrán, clérigo que dirigió una intensa labor de construcción de armas para el ejercito sanmartiniano.

(2) El mayor Condarco fue responsable de memorizar los dos pasos por los que las fuerzas de San Martín atravesaron los Andes.

 

 

EL FALSO LEÓN

(A propósito de la nación del norte)

 

En la campanada de tu nacimiento

aseguraste que la República y la libertad

eran tu única verdad.

 

Te apresuraste a cincelar

una dama con una fogosa antorcha

para esparcir

por todas las hebras de la Tierra

el derecho de cada individuo

a nacer de su propia siembra.

 

Pero, rápido,

en la blancura

de tu venerada águila calva

irrumpió brutal la contradicción 

que cruje en tus vértebras.

 

En la entraña

de la alba dama neoyorquina,

o en los presidentes esculpidos en la roca,

o en la filigrana oculta

de tu bandera de las rayas sanguíneas,

iniciaste tu vida 

de falso león.

 

Mentirosas apologías de la dignidad,

ruges,

falso león.

En tu melena chisporrotean

glorias estentóreas del arte:

Melville, Whitman y Poe,

Hawthorne, Lovecraft y Frost,

Twain, Faulkner y Thoreau,

Longfellow, Chaplin y Copland.

Pero no elegiste 

la senda difícil de algunos de tus hijos

hacia la belleza 

de los cielos diáfanos.

 

Elegiste los barrancos de lo mediocre,

el egoísmo bien camuflado,

el desprecio e ignorancia de lo distinto,

el ligero patriotismo de fuegos vacíos.

 

Eres la traición

a tus propios ideales

y a los muchos orígenes de tu pueblo.

 

La caída de dos torres altaneras

te dio la excusa siniestra

para extender tus garras

negando tu débil realidad:

tu miedo abismal.

 

Tu realidad:

la cobardía secreta.

 

Algunos de tus guerreros

pelearon bien ante el inglés,

o en el Álamo, Gettysburg o Normandía, 

o ante el japonés en islas sangrientas.

 

En Vietnam, Corea o ante el indio,

se desnudó tu hedor.

 

Mas el valor de algunos de tus soldados

no basta 

para embellecer tu melena

que sangre y miedo chorrea.

 

El Oriente y el Islam

nunca prometieron el oro y la igualdad.

Pero contigo somos implacables,

porque al planeta le prometiste

el jardín de las libertades.

 

Casi desde siempre confundes

la honra y la valía

con las tempestades de las balas

y tu religión de la hipocresía.

Amante del vértigo hipócrita

es tu dios que vomita

torpes cascadas de mentiras.

 

Tus cañones de la inteligencia teledirigida,

no desvanecen tu falsía

que avergüenza a los blasones de tu arte,

y a tus gentes aún dignas,

y a la grandeza de tus lagos y bosques,

y a los hechiceros cerros del Colorado,

y a las llanuras donde rodaron

las carretas de la épica aventura del Oeste.

 

Tus hipócritas rugidos

avergüenzan

al sueño del mundo libre

y a tu águila del altivo vuelo.

 

Detente ya

falso león,

en el borde de la salud de la lluvia.

Precisamente porque amamos

a Poe y Whitman,

no nos inclinaremos

ante tu triste y homicida pesadilla.

 

 

 LA PREGUNTA DE GAGARIN

 

  (En 1961 Yuri Gagarin, por primera vez, contempla la líquida diosa Tierra desde el espacio exterior)

 

Al entender por primera vez el lenguaje

supiste que eras hijo de un carpintero.

En tu aldea, cerca del moscovita corazón de Rusia

los que violaron tu tierra

entre sangre y svásticas

te arrebataron dos hermanas.

 

Y una vez,

cayó del cielo un pájaro de llamas.

De su interior emergieron

dos compatriotas guerreros

henchidos sus cuerpos de medallas,

tiznados sus rostros de humo y sollozos.

Eran dos pilotos abatidos.

De la madre Rusia.

Y  tú quisiste ser como ellos.

Pero ambicionaste un vuelo más alto.

El bucear en el cosmos altivo.

Cima y alas de cosmonauta

vislumbraste junto al hielo

de tu sueño ruso.

 

Cuando se apaciguó

tu deseo de niño campesino,

ya respirabas dentro de una gruesa piel plateada,

en el cosmodromo de Baikonur.

 

Una escafandra

ceñía tu rostro elegido.

El Estado olvidó pintar

en el casco de puro blanco

las siglas de la nación de Lenin.

Entonces, rápida pintura fresca

improvisó

las señales de la patria

que te enviaba a las estrellas.

 

 El cohete luego liberó ciento de dragones

que en su seno se apretujaban.

Con el fuego de las criaturas maravillosas,

fuiste la primera flecha

que rauda atravesó la estratosfera.

Tu cuerpo primero sintió

cientos de pesadas losas.

Y, después, imitó

el leve volumen del aire.

Cuando los cientos de dragones se calmaron,

tu historia flotaba

sobre la esférica lujuria de una diosa.

Entonces, como primer humano en el espacio

dijiste lo que tu cuerpo dijo:

"Veo la Tierra. ¡Es tan hermosa!"

La fértil y azul mujer circular

deslumbraba a tu niño de aldea.

 

A cerca de treinta mil kilómetros por hora giraba

tu asombro campesino sobre

los senos y cabellos de la diosa bella.

"¿Y dónde está Dios? ¿Dónde está...?", te preguntaste,

mientras cantabas

"La madre patria está escuchando", de Shostakovich.

 

"¿Y dónde está...dónde está...?",

volviste a preguntar.

 

Y al concluir una vuelta en torno

de la suspendida mujer divina

caballos que en tu cápsula viajaban en secreto

quisieron regresar

a las praderas cerca del Volga,

a los campos de girasoles

de la Madre Rusia.

 

Entonces, tomaste las riendas,

usaste las espuelas que te obsequió Koriolov. (1)

Y recordaste como antes de partir,

con tu flecha de dragones,

Koroliov te dijo:

"Que el viento solar sople en tu camino".

 

Y cabalgó tu pasión por la ladera descendente.

Los corceles atravesaron con valor,

los remolinos incendiados de aire.

Una locura de bufidos y fiebre

te hizo olvidar la fulgente diosa,

el viento solar,

y la pregunta, la pregunta...

 

Pero entonces, débilmente viste

que los caballos se alejaban.

Te devolvían solo a la patria.

 

Y regresaste al perfume terrestre

con tu anatomía chamuscada y metálica.

Y, luego, entre el clamor de la bienvenida,

o en tu caminar solitario

sobre las estepas y el polvo, junto a ti,

los dragones y los caballos se preguntaban también:

"¿Y dónde está...dónde está...?"

 

(1) Koriolov era el ingeniero que inició la investigación aeroespacial soviética. 

 

 

 

EL HONOR DE REGULO

   (Durante las guerras púnicas entre Roma y Cartago, el romano Régulo fue capturado. Se le permitió regresar a su patria siempre y cuando convenciera al senado de la Ciudad Eterna de deponer las armas contra la urbe africana. Si no conseguía este propósito, Régulo se comprometió a retornar a Cartago. Ante los senadores, el romano aconsejó continuar la guerra. Y, entonces, Regulo regresó para cumplir su destino y salvaguardar su honor.)

 

En la Sicilia de las bellas costas

Mesina alimentó la discordia letal.

Por ella, el romano bajó del Palatino

y chocó, en las primeras sangrías,

con el cartaginés de fenicios antepasados.

 

Del mar Cartago era rey.

En los navíos tremolaba orgulloso

el estandarte de la magna ciudad de Túnez.

En el agua y la ola del Mediterráneo

brillaba el puño soberano del cartaginés.

Pero su destino se desangró

en noches de lunas rojas

cuando aceptó el combate

con la iracunda águila de Roma.

 

Poco sabía el romano del océano y sus trances.

Mas pronto, en aguas solitarias,

vomitó cientos de navíos de guerra.

En ellos llegaron Régulo y sus soldados

a una desértica y rocosa playa de África.

 

 El exceso de valor

engendra el arrojo temerario

que mata más que el acero enemigo.

Segura creían los hijos del Tíber

la victoria sobre la Cartago de las olas altivas.

Pero Xantipo, el Espartano,

y miles de caballos, elefantes

y soldados de rojiza arena quemando sus mejillas,

desmembraron la garra de lanzas y escudos romanos.

 

 Y Régulo conoció el cautiverio.

Amargas iguanas rasgaron la piel

que antes fue libre y orgullosa.

La fogosa cuidad africana

cosechó nuevos triunfos

frente a los descendientes de una loba salvaje.

Pero sintió la hemorragia

de tanto combate que acallaba los corazones.

 

Y alejaron de Régulo

los reptiles hirientes del encierro.

Entonces el romano escuchó:

"Vuelve, libre, a Roma,

para convencer a tus compatriotas de la paz;

si no consigues que la espada permanezca serena,

vuelve aquí para recibir tu castigo".

 

Y Régulo cabalgó y navegó.

Entre los cascos de caballos

vio montañas y praderas;

entre las costas y el agua,

percibió la sal de los mares.

 

Y recordó, como tantas veces,

a sus padres, y a los padres de sus padres,

y su juramento de morir

si así sembraba dignidad

en las tierras de la patria.

 

Y Régulo recordó los dioses antiguos,

la loba de  Rómulo y Remo,

la pequeña aldea que estalló luego en nación poderosa

gracias al sacrificio y austeridad de sus hijos.

 

Y recordó Régulo al Cincinato (1)

que después de vencer y bramar todo el poder,

regresó a la despojada fatiga

del que suda con el arado y las semillas.

 

Y recuerda Régulo

lo convenido con el cartaginés

luego de abandonar el calabozo

donde reinaban las iguanas.

 

Cerca están ahora los mensajeros de Cartago.

Cerca la púrpura y las frentes solemnes

de los senadores que esperan.

¡Qué Régulo aconseje y diga!

Y Régulo pronuncia y recomienda

que debe continuar

la guerra con la ciudad altiva de África.

 

Que el águila no descanse

hasta que la urbe enemiga

se aturda con los truenos de Roma.

 

Y tu esposa, Régulo,

te suplica que no dejes la ciudad de Júpiter.

Que no atravieses

el polvo del regreso

hacia África, la penumbra y la iguana.

 

Nada te obliga a regresar.

Aquí serás alegre laurel

para Roma y los tuyos.

 

Pero algo te obliga a regresar.

Y a recordar, ya de nuevo en la Cartago altiva,

a tus padres y a los padres de tus padres,

y los viejos dioses,

y la loba que salvó a Rómulo y Remo,

y el sacrificio y austeridad de los primeros hijos.

 

Y  recuerdas un juramento.

El de sembrar dignidad

en la tierra de los ancestros.

Aun a costa de la propia dicha.

 

Por eso, con alivio, con alegría,

ves cuando regresan las iguanas.

Ahora, ves ya el hacha del filo seguro

para que tu cuello sienta el temblor final.

Y tu palabra y tu honor ardan.

Entre las manos de tus padres.  

 

(1) Cincinato fue un patricio romano del siglo V a.C. Célebre por luego del ejercicio de poder, renunció a él para volver a su granja a labrar la tierra. 

 

 

 

LOLA KEIPJA

  (Lola Keipja fue la última mujer chamana de los onaso selk'nams, pueblo que brilló con sus ancestrales ritos en la Isla de Tierra del Fuego. Murió en 1983; antes, la antropóloga francesa Anne Chapman grabó noventas cantos de Lola. Las últimas canciones de una estirpe desvanecida en el cementerio de antiguos dioses)

 

Con tu voz

y tus cantos profundos

celebraste los amaneceres.

 

En la cabellera llameante del sol,

o en el moteado rostro brillante de la Luna,

o en el lago y el bosque

de la tierra pobladas por las hogueras,

hallaste siempre

el lenguaje de las sagradas fuerzas.

 

Cuando la lluvia besaba

las fragancias del mar

emergiste de entre los árboles

con un monótono cántico en tus labios

para recordar 

a tus primeros antepasados.

 

Te fue revelado

algunos misterios de Temaukel, (1)

el dios que vuela

más allá del pensamiento.

Te fue revelado

los complejos sentidos del hain (2)

y su plétora de mágicos espíritus.

Te fue revelado

los modos como Kenos, (3)

el mensajero de Temaukel,

descendió por una cuerda

descolgada desde el centro del cielo

para luego crear el pueblo ona

y su sabiduría para perdurar

entre los patagónicos hielos.

 

Largamente,

entre cerros y atardeceres,

cantaste la misma melodía

para intuir

al gran creador de la vida.

"Cantaré para conocerte.

Para quererte.", decías

antes de iniciar

un nuevo canto

en la cercanía de los lagos.

 

Por amor al esquivo Temaukel cantaste,

pero también

por el asombro

de resplandecientes brasas encendidas

que nunca en tus ojos perecían

ante la gracia del insecto en la hojarasca,

ante el lago festoneado de soles,

o las montañas esmaltadas de nieve,

o las estrellas refulgentes

en las oscuras distancias.

 

Tu canto muchas veces dijo

lo que Kenos reveló:

al morir el rostro ona

deviene luego

cerro, lago, estrella, río.

La vida no renuncia a su brío.

Cuando las piernas ya no profesan fuerza

renacemos en alguna forma de la naturaleza.

 

Pero en un ocaso sin música,

llegaron los mensajeros de una Cruz.

No cantaban ellos

a los antepasados y los campos.

No creían en el alma que se hace inmortal

en cumbres nevadas o las estrellas.

No creían en Temaukel, ni en Kenos.

Nos respetaban ni practicaban el hain.

 

Y luego Lola,

desde la sombra de la Cruz,

recuerdas,

vinieron los que hablaban

de un dios dorado, de forma esférica.

Su ruido era el de las monedas.

Y ellos cazaron a los tuyos.

Hundieron su frío en la mítica historia de tu raza.

Lodazales de cadáveres desmembrados

no pudieron escuchar otra vez tu canto.

Viste entonces

como los seres de la cruz y las monedas

desplomaron sobre tu tierra

raros monstruos quietos

en los que vivían.

 

Perpleja, notaste

que no veneraban antepasados,

no celebraban al caliente sol,

o a la misteriosa luna.

No contemplaban con unción

el lago ni el árbol de los bosques.

"No cantan para conocerte.

Para quererte.", susurraste una vez

antes de que una mujer

que decía venir

desde allende el mar,

se interesó por ti.

 

Aquella mujer,

te invitó a cantar.

 

Te sorprendió la atención

que la forastera te regaló.

Pero luego, cuando ella volvía,

a algunos de los monstruos quietos

te adentrabas en tu choza.

Al menos ese viejo hogar,

los seres de la cruz y las monedas,

te permitieron conservar.

 

Y allí,

la mujer que te visitaba,

decía que largo tiempo meditabas.

¿Qué agónico mundo revivías, Lola,

en el pequeño pulmón de tu ancestral vivienda?

¿Que pretéritas tormentas y ritos

en tus ojos otra vez ardían?

 

Sólo imagino

que una vez Kenos te visitó.

"Lola, ya no estés tan triste.

Ven conmigo", escuchaste

cuando estabas en tu choza.

Así lo imagino.

Y con Kenos saliste. 

Y el inventor de los días

ya muertos de los selk' nams,

te mostró el bosque y el lago.

El cielo y el mar

de la Tierra del Fuego.

Y te aseguró:

"Pronto llegará

el último atardecer".

"Ya lo sabía. Lo sabía", tu dijiste.

Y caminaste

hacia las orillas de ese lago

que los de la cruz y las monedas,

llamaban Fagnano.

 

Y desde los pechos ondulados del agua,

una palabra de tu dios escuchaste, Lola.

Y se inició tu último caminar

por el desierto helado de cenizas.

Y tu voz, por última vez

acarició tu tierra,

mientras Teumakel te escuchaba.

Imagino que tu dios te escuchó, Lola,

cuando le cantabas.

Le regalabas el último canto.

Para conocerlo.

Para quererlo. 

 

(1) Temaukel era la máxima divinidad de los onas. No era representable y se hallaba más allá de la comprensión humana.

(2) El hain era el ritual fundamental de los onas.

(3) Kenos era el principal héroe selk'nam. Bajó con una cuerda desde el centro del cielo. Creó a los onas y los educó. Y le reveló que, al morir, el alma puede adquirir la inmortalidad a través de las formas de ríos, montañas o estrellas.

 

 

ENTRE LOS DESPOJOS DE TUS FLECHAS

  (En el siglo XVII, los indios quilmes, que habitan el Valle de los Calchaquíes, luego de una fiera resistencia fueron derrotados por los españoles. Se los castigó mediante el destierro. A través de una penosa caminata, fueron trasladados a cientos de kilómetros de su patria perdida).

 

Los cabellos de luz del crepúsculo

se derramaron áridos una vez

sobre las cumbres

que tus manos tanto conocían.

Acaso eran las fatídicas señales

de tus alaridos finales.

 

Con una voz quichua te llamaron

los españoles de los pechos dorados.

Los quilmes.

Repetían tu nombre,

aquel nombre,

para enunciar sobre la tierra tucumana

tu coraje tronante de hombre.

 

Por dos siglos,

con flechas y piedras,

fustigaste el aliento

de tus invasores cruentos.

Y un respeto forzado

los mercenarios del oro y un crucificado

te tributaron.

Pero no por esto te obsequiaron

la felicidad de ser viento liberado.

 

Ofendidos ya, por la desmesura de tu valor,

agrandaron el calor de su fuego,

para calcinar al fin el grito,

de tus mejores guerreros.

Muchos perecieron

con la furia de una lanza

arrojada al cielo.

Otros enviaron su sangre en una flecha

con la última esperanza

de mutilar alguna garganta española.

 

Pero un crepúsculo de nubes muertas

descendió para enterrar antiguos soles

en despedazados ríos de tu frente.

 

Y el español imaginó el mejor castigo

para tanta valentía y pagano desatino.

 

Te condenaron a matar tu tierra en tu mirada.

Ya nunca más la verías.

Tu voz de fieras fogatas

ya nunca más allí arderían.

 

Tu tumba lejos estaba.

A 1500 kilómetros de caminata

con pies desnudos.

 

En cada obligada pisada

gemía la avalancha

de tus ancestros y dioses muertos.

Porque tendrían que haber muerto tus dioses

para dejarte sin la pretérita honra

al caminar con tus piernas

que se convertían

en lanzas que se hundían

entre los solitarios despojos de tus flechas.

 

LO QUE GRITA STALINGRADO

 

En el barranco un escarabajo se mueve.

Sobre el agua meditabunda del Volga

flota una hoja. Y pastos suaves de las riberas.

El viento trae endulzadas brisas.

Un caballo viejo busca donde descansar.

Una vaca muge cerca de la granja abandonada.

 

Y el primer gemido de la Tierra 

perturba

el aleteo lejano de los pájaros.

La artillería ya envenena el día.

La voz ronca de los panzers

aceita su tenaza sobre barrancas y suburbios

de la ciudad de la cercana pesadilla.

 

Las miles de botas germanas

del 6 ejército de Von Paulus

oprimen los escarabajos y las granjas.

Y luego de las dentelladas violentas de la Luftwaffe

corren por las calles,

entre los penachos grotescos de las ruinas.

Corren entre el fétido testamento de los muertos;

entre el cielo desplomado de las casas.

Entre los decapitados girasoles de la primavera.

 

Sin demora, el cañón y el fusil alemán

deben ocupar el Mamayev Kurgan (1),

el tártaro túmulo funerario

preludio de la sanguinaria lucha

cuerpo a cuerpo que se avecina.

Desde allí, el ojo recio

del estratega y el artillero

columbran la urbe gimiente

en la que única majestad sobreviviente

es la emanada por fábricas ametralladas.

La acería del Octubre Rojo.

Barrikady, la fábrica de municiones.

Dzerzhinsky, la fábrica de tractores.

Los sitios

del inminente huracán de la muerte.

 

Chuikov, futuro brujo y mago para sus enemigos.

Es el general del 62 ejército

el que ordena

la primera defensa sin retroceso

en un silo de hormigón.

Cincuenta hijos de la vasta Rusia

luchan

con el colérico brío de dragones

e indiferentes al dolor.

En el nombre de Stalingrado,

todos los campanarios

de los sueños y la hermandad

ya se desploman en la nada apuñalada.

Sólo a partir de ahora será:

La bala.

La sangre en la luna.

La sentencia final de la granada.

El perro que huye del tufo del horror.

El ojo que despedazado vuela

hasta las alcantarillas sanguinolentas.

El brazo con bayoneta

que despedaza el otro vientre

bajo el uniforme diferente.

Soldado, a cada paso, la daga te encuentra.

Soldado, la rata ya saborea

los finales despojos de tu amargura.

 

Una calma renace

en una noche de estrellas.

Es un error. La brisa exigua ya se aleja.

Ya regresa, ruso o alemán,

detrás de ti,

las jaurías de navajas

que polvo del tiempo inventa

para mutilar la ingenua esperanza.

 

Una ciudad en ruinas

se entrega como el símbolo

mejor imaginado 

por la guerra infinita.

En el pecho estrecho de la urbe

el hombre que ambiciona

destruir su insignificancia

no tiene dónde ocultar la infamia.

 

Hay que destruir el miedo

mediante la metralla en el enemigo.

Hay que crear la ciudad de combate bestial,

para que allí estalle el mejor grito

del poder y su alma putrefacta.

 

Pero el pequeño individuo en Stalingrado

aún puede aullar con grandeza

a pesar de su aplastado destino.

En el tornado de la agonía y el llanto

el ruso resiste

con  todos los rayos de las estepas

restallando

entre el temblor de las balas y metralletas.

 

Vassily Zaikev (2)

con ojo de lince entrega

a varios cientos de huellas germanas

al vaho de las tumbas.

Sin temor de los puñales de los stukas

la improvisada flota de Rogachev (3)

una y otra vez besa el Volga

para dar a la batalla

nuevos soldados y vituallas.

En escuadrones de doce halcones

enviste la bravura soviética

sobre las colmenas enemigas.

Otros doce vendrán para caer de nuevo.

Y luego levantarse y seguir.

Seguir hacia el estruendo

donde los trozos chorreantes

del invasor y el invadido se encuentran.

Seguir

con el cuerpo que tanto horror suda.

Seguir

con el llanto contenido

en los rostros caídos y callados.

Seguir

sobre selvas de las venas muertas

hasta que el girasol 

quizá reaparezca al desvanecerse 

los aullidos solitarios en la bruma.

 

(1) Durante la batalla de Stalingrado, el túmulo de Mamayev Kurgan fue testigo de cruentos combates por su posesión porque, desde allí podía verse toda la ciudad. La acería del Octubre Rojo; la fábrica de municiones Barrikady, y la fábrica de tractores Dzerzhinsky, también fueron escenario de sangrientas y legendarias luchas.

(2) Famoso francotirador que mató, con sus disparos precisos, a varios cientos de alemanes.

(3) La acción de la flota de Rogachev fue fundamental para el triunfo ruso en la batalla. Fueron sus temerarias navegaciones a través del Volga las que permitieron el reaprovisionamiento de hombres y alimentos del ejercito soviético. 

 

 

 

 

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