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EL
DEVENIR DE LAS AGUAS
Por
Esteban Ierardo
NIÑO QUE CORRE
Niño que corre,
por las orillas de las selvas,
por los humos del ocaso,
por la sangre de la cierva blanca.
Niño que corre,
entre la bestial ráfaga de lo estúpido;
entre blancos huesos en los
jardines;
entre
chimeneas y pájaros inertes.
Niño que corre,
sobre cerros de serpientes;
sobre el hipopótamo frenético;
sobre las ballenas de las melodías de agua.
Niño que corre,
dentro
de la ácida mueca del misil;
dentro
del violín desmembrado en las máquinas;
dentro
del húmedo sufrir del árbol;
dentro del cansancio.
Sin fe en el renacer.
Niño que corre,
en los himnos del bosque;
en langostas que trepan hacia el relámpago;
en rocas que meditan en orgías
creadoras;
en
uvas
que
chisporrotean.
En
nimbados
ojos
de los dioses.
Niño que corres,
para que un artista
todavía sea
el que se burla de las tumbas.
MÚSICAS INICIALES DE LA LLUVIA
El misterioso vacío
anterior al espacio
misteriosamente debió inventar
la altura y la diferencia
y el agua
para que por verticales y oblicuas sendas
descendiera desde la nube
la lluvia y sus poemas.
Y con el oído despojado
del ruido y el lodo civilizado
escuchó la primera gota
en el océano de colores y sustancias
y hervores primitivos.
Aun entre las gotas
resuenan
las músicas del inicio.
Y con agua secreta de lluvia
escucho
el bosque enigmático y susurrante;
atisbo
los
desiertos de los soles delirantes;
corro
junto al
estallido de las manchas del jaguar;
acaricio
el rostro de la madre que pare en el amanecer;
medito
con el
girasol. Las cabras y las arañas;
oro
a la fuerza callada del cielo
desde mis sombras empapadas en el suelo.
Escucho la gramática
que repetida crepita
la historia toda de las formas
tan enigmáticas como las águilas.
Y con agua secreta de lluvia,
escucho
la lejana caída de la gota
en
la flecha del indio;
en
las ruinas de la Ur de Gilgamesh;
en
el Ganges del renacer;
en
el ala del halcón
cuando eleva el planeta en el atardecer.
Con esa agua secreta de lluvia
de nuevo escucho
las músicas del inicio
aunque hoy,
las últimas gotas del cielo en mis ventanas
mueren solitarias.
EL RENACER DEL ÁGUILA
(Luego de cuatro décadas de vida, el águila puede elegir
morir o afrontar un delicado proceso de rejuvenecimiento.
Que consiste en aislarse en un solitario nido para, al
cabo de tres meses, renovar su pico, sus garras y sus
plumas. Así, el gran pájaro de las alturas, renace.)
Entre la nube y la montaña
has nacido
con el rayo enérgico de tu mirada.
Por cuatro décadas,
has atravesado las fiestas del sol,
las tormentas y los crepúsculos,
la canción susurrante de Selene,
las lluvias y las neblinas.
Por cuatro décadas,
tus plumas se han batido
en las cimas de la cúpula.
Por cuatro décadas,
en la altura has rezado
al Padre secreto de tus garras.
Y en el aire has descubierto continentes
de sutiles altares que flotan;
a ellos acuden los de tu especie
a venerar la fuerza que imaginó
la magia de las alas.
Por cuatro décadas,
desde el pináculo de la bóveda,
te has lanzado sobre la presa que nació
para que tú explores
el rojo vocabulario de sus vísceras.
Por cuatro décadas,
soledad,
orgullo,
plegaria al sol,
pico en la sangre atrapada,
ojo que acerca,
trono en la cumbre,
el cielo en tus alas,
la oración a tu dios,
el saludo al alba,
tu visión que frota los valles.
Y, ahora,
tu pico cae sobre tu pecho.
Tus alas y plumas
destilan bilis envejecidas.
Tus uñas lánguidas, fláccidas,
te niegan ya el placer
de aferrar
a los seres que se te ofrendan.
Entonces,
podrías renunciar
a la salvaje delicia de la cima.
Y morir.
O renacer.
Con soledad y valor.
Renacer.
Nunca dejas de elegir,
la ladera de lo arduo.
Por eso,
volando hacia tu nueva y última montaña
te veo.
Allí, encuentras tu tumba
y el nuevo vientre que te gestará.
A un nuevo nido has llegado.
Donde golpeas con tu pico
una pared de granítica dureza.
Entonces, cae
el que era el ariete de tu nobleza.
Y cuando el pico furibundo
reverbera de nuevo como tu hacha precisa,
desprendes con ella tus viejas uñas.
Los recuerdos de viejas fiestas
sangrientas.
Y al regresar el filo de tus garras,
desprendes con ellas tus plumas
sofocadas ya
por largos ríos de
ventiscas.
Y tu pico, tu uña, tu pluma
ya han recuperado el frescor
de la poesía primaveral.
Y entonces, el alba,
lenta,
invoca la luz.
Otras tres décadas esperan tus alas.
Otros aéreos altares
donde agradecerás
tus nuevo vuelos
en leves terrazas de atardecer.
MIRADA DE LINCE
En la oscuridad sin luna
tus ojos razonan con luz.
Tus iris emanan
un pensamiento solitario
sobre la sangre de la selva.
Vives donde el arbitrio del hombre
llama el Canadá blanco,
la Península Ibérica,
o la boscosa Europa.
Pero tu vida fosforece
entre tu mirar y lo mirado.
En el espacio que atraviesan
las jabalinas ígneas de tu ver.
¿Qué verán tus ojos
desde tu quietud
de tersa ágata felina?
El faraón del mítico Nilo
te albergó
en sus palacios de magia y poder.
Y en ti columbró una divinidad.
Mas no pudo volar
hasta donde tus ojos se incendian.
Yo tampoco alcanzo a violar
el muro que tu mirar vulnera.
Y en una mañana
lluviosa
te imagino en el bosque
cuando observas
la desvanecida huella en el aire
de un colibrí.
La flecha serena de tu visión
atraviesa entonces
el anillo vegetal de las malezas,
montañas y mares,
torres y veleros.
Atraviesa mi pecho solitario.
Y siento entonces
que las flechas que tu mirar arroja
es volumen
que en ninguna forma se detendrá.
Siento entonces
que eres el ojo animal que se remonta
hasta agua secreta entre las
hojas.
MADRE NUESTRA
Madre nuestra
que estás en la tierra.
No santificamos tu nombre
porque en todos los nombres
tu voz disimulada vibra.
No aspiramos a que tu reino
venga a nosotros.
Porque en tu cuerpo
son todos los cuerpos
y siempre dentro de ti estamos.
Cielo y tierra no necesitan ser tu voluntad.
Pues suelo y nube,
rocas y bóveda,
son el signo visible
de tu ya consumado y voluntario
poder de crear
el mundo como tu santuario.
Ya nos has dado todo el pan.
Pero las garras de los buitres
roban el trigo,
la sal y la menta,
para alzar sus montañas
de riqueza violenta.
Y al pie de
los montes del saqueo,
tiemblan famélicos
millones de tus hijos.
¡Que tu pan a todos nutra!
Ninguna deuda nos reclama.
Ningún pecado nos asola.
Que en una noche de antorchas redentoras
reconozcamos nuestra procedencia de tu vientre,
Madre Nuestra.
Ninguna muerte nos espera.
Sólo el viaje extraño
dentro de tu
cabellera.
Donde el cielo y la piedra refulgen.
Madre Nuestra.
ANTES
Antes.
Antes de ti
ya existía
el cielo y las nubes.
La perla cerca del volcán.
El río del salmón y la angustia.
La sombra del ciervo y el ciervo.
La rama acicalada por el viento.
El león meditabundo. La leona cazadora.
El petróleo que no tenía precio.
La rana y la langosta.
El acantilado y el mar.
La música sin pentagrama del arroyo.
La serpiente roja de lava.
La palmera como carcajadas del
verano.
La nieve: túnica alba de la tierra.
El sol que alumbra la caverna.
La calcárea mejilla de las piedras.
La medusa danzarina de los lechos.
El cerro vestido de hojas.
El pájaro sobre el hipopótamo.
El candelabro hechicero de la luna.
La abeja y la miel.
El átomo secreto de cada forma.
El hielo que memoriza los instantes.
El lobo en la llama del bosque.
El huracán que incita a la roca a volar.
El murciélago que ora en la cueva.
La mañana del fuego que vuelve.
El mediodía que en el centro flota.
La tarde en la que el ojo incendiado cae.
El cangrejo y la tortuga.
El trébol y las rayas del tigre.
Tres manchas oscuras en una tumba.
Sangre de un dinosaurio.
Una mariposa en el fango.
Luciérnagas sobre una pantera negra.
Las moscas en la jungla.
La semilla que crece
entre batallas de agua y luz.
Bueno es recordar que
antes de ti y de mí,
ya existía la fuerza
que se muta,
estalla
y renueva
dentro de la selva.
EL CAMINO DEL SALMÓN
Del huevo saliste
con el atávico mandato
de viajar por el océano y el río
para repetir tu extraño destino
de ser mediante el salto con brío.
Luego del devenir en el agua dulce
hundes tu sombra húmeda
en la mar profunda
y dialogas quizás allí
con las divinidades
de los lechos abisales.
Entonces, tal vez, así nace
el sabio mensaje en tu cuerpo
que celtas e indios
veneraron
como señal del dios.
Del dios de la avalancha de tiempo.
Del dios de los ríos y las brumas.
Del dios de la salvaje lluvia y las olas.
Por todo aquello quizá
escamas de sabiduría,
conocimiento de lo hondo,
vieron en ti,
los líricos catalejos de los mitos.
Y el mar abismal
susurra en tus membranas
el recuerdo de tu primera patria y el estío
que sobreviven en el regazo de los ríos.
Y el regreso te ordenan tus ancestros
al líquido vientre del comienzo.
Y a la voluntad arrolladora de las aguas
te enfrentas,
para saltar entre las fauces
de las cascadas violentas.
Y tras el primer salto
decenas de lanzas que brotan
te estrangulan
con espinas de fatiga.
Pero, otra vez,
con tus coletazos furiosos
vives con saltos en lo alto.
Vida que triunfa
ante las cenizas que caen.
DESDE LA BAJA TORRE DE LA URBE
Sudo mi ver
hacia los cielos en su caer
sobre murciélagos crucificados de asfalto.
Los follajes ubicuos del color,
el enjambre de lanzas de cementos,
las corazas de las veredas,
alquitranadas calles apisonadas,
le dicen al árbol
el rocío del desamparo.
Y mucha madera se quiebra
dentro de la ciudad
y sus solitarias vértebras.
Ni siquiera la palabra habitada por la lágrima
dice los paraísos que gimen su caída
en las rutinarias arenas del día.
Desde la baja torre de la urbe,
arden mis oídos
y allí desnuda su idioma el viento
cerca
de mis cavilaciones extrañas.
Desde la baja torre de la urbe
advierto que
por los corpóreos seres
de la floresta de edificios
aúllan ríos
de deseos
muertos.
Espectros y palabras huesudas, famélicas,
desesperadas, una y otra vez,
amueblan el tedio y los vacíos.
La lluvia calla por la angustia.
Y el frescor matinal sufre
en las calles que olvidan
el corazón de las aves.
Desde la baja torre de la urbe,
percibo las aguas sobrevivientes
en alcantarillas oscuras;
atisbo leves hogueras de sol
en las cristalinas ventanas endebles.
Oigo siseos remotos de viento,
y, entre los ancianos y juveniles elementos,
de lo que fluye, brilla y sopla,
entreveo las molinos partidos
de los seres urbanos y su hastío.
Desde la baja torre de la urbe
sospecho en los sótanos
la resistencia de semillas dignas;
presiento la radiante y vehemente
estirpe de los astros
aun en los huecos ladrillos de la
ciudad.
Desde la baja torre de la urbe,
mi voz solitaria,
rasga baúles silenciosos de dolor
y la sal vital de las auroras
que todavía danzan
en cumbres sumergidas.
Bajo la torre de la urbe.
MEDUSA EN EL MAR
Blanca y esponjosa mente,
medusa eres,
cuando te sumerges
en la abisal nervadura del mar.
Intento acompañarte
en la noche sembrada
por la roja ascua de Marte.
Guerrera lámpara de imaginación
deberé ser
para fundirme
con tu blanco cuerpo refulgente.
Flotas, medusa, acaso ahora
para bendecir
el mortecino candil del ocaso.
Y luego a tu blanco
el oscuro lecho llama.
Y tu líquida y plástica entraña
desciende ya en la noche
hacia la materia y sus primeros brotes.
Desciendes, medusa.
Te acompaño.
Corrientes más vivas percibimos
en la lenta caída abismal.
Y junto a los primeros peces indecibles
y una sensación de nocturno animal
nos atrae, como rotundo imán,
el oscuro fondo inventor del cristal.
A tu blanco, medusa,
llama el oscuro lecho.
Y mientras descendemos
tiemblo por la distancia
entre las palabras
y nuestro baile
hacia la cueva
inundada del enigma.
Bajo el atávico silencio
del alga, el coral y la anguila,
el manantial caliente del color
acaso se refugia.
Bajo el atávico silencio
de las fosas, el liquen y el delfín,
el pensamiento que el pensamiento no piensa,
acaso es la tormenta que todo lo imagina.
Bajo el atávico silencio
del pulpo, el cangrejo y el tiburón,
acaso burbujea la memoria
del secreto y la luz
que promete la gloria.
Y, medusa,
tú y yo,
libres nos unimos
con pensamientos de agua.
Y entrevemos
lo que también ahora
el oscuro fondo desea.
¿Qué
desea el umbrío fondo?
Una clara mañana de
lluvia.
Una pantera que incendia la
hierba.
El volcán y la lava.
Un cadáver y el conciliábulo de los
lobos.
Un libro cerrado y las
campanas.
Y acaso lo que nunca pensaremos
Algo lo desea
en la anegada caverna
en los lechos del océano.
Y tú, medusa, y yo,
con nuestros pensamientos de agua
ya acudimos a lo que nos llama
desde el oscuro lecho.
Desde
el atávico silencio.
ERES TÚ
Eres tú
la que juegas con líneas
que sobre el vacío dibujan
todas las praderas y las hojas.
Eres tú
la que con lunas de lava
ruedas sobre lodazales y tiempo
para ocultar venas de fuego
en montañas y libélulas.
La que creas
una mañana tras otra;
la que urdes
el psíquico laberíntico de los hombres;
la que regalas
violentas llamas al sol;
la que embrujas
con brumas y lagos al poeta;
la que siembras
liras y cuernos en el océano,
eres tú.
Eres tú
la que sudas
el desierto y el escorpión;
la que agitas las llaves del secreto;
la que
ocultas el origen
en un vientre de cavernas,
noches y planetas.
Eres tú
la que ríes disfrazada
tras el trono de dios y los dioses;
la que goza
con ser llamada con muchos nombres.
Tras todas las máscaras cantas.
Eres tú la que a un dios
mutilado (1);
o a la voz de los poetas,
o a un gran río de África,
haces renacer.
Eres tú.
Isis
(1) El dios
mutilado alude a Osiris. Éste luego de ser muerto y
descuartizado por su hermano Set, fue resucitado por Isis.
CAMINARÉ
CON LOS OJOS DEL LOBO Y EL SUEÑO
Caminar quiero
entre las cascadas de junglas secretas.
Entre catedrales sobre cometas.
Entre legiones romanas y mezquitas.
Entre piedras que meditan leones.
Entre el ocaso melancólico
que cabalga por el bosque.
Caminar quiero.
Y camino.
Camino.
Aun en la calle
del ruido más sordo,
camino
por un túnel y el sueño.
Entre una pisada y otra
puede aullar ante mí
el lobo que me guía y acompaña
hacia candiles de otros tiempos,
hacia corrientes abismales
en los fondos de los mares.
Muchos caminaron ya
junto al viento que murmura
las tierras no percibidas.
Los estoicos caminaron
en las gradas filosóficas.
Epicuro caminó
en el jardín del placer incrédulo.
El medieval caminó
hacia la santa tumba y Santiago de Compostela.
Nietzsche caminó
en el labio del lago y un círculo
que eterno regresa.
Rousseau caminó
con rubí solitario
por los ríos y los prados.
Thoreau (1) caminó
por el idioma del bosque y la penumbra.
Borges caminó
por calles que frotan eternas cúpulas.
Y camina la hormiga y la fiera.
La pantera y la hiena.
La tortuga y la lluvia sobre la madera.
Camina el segundo en el péndulo.
El relámpago en páginas de tormenta.
Caminan no con insípido hábito.
No con ciega mecánica.
Caminan entre tempestades misteriosas.
Que brotan en cada huella.
Y en las olas un acantilado escuchó
que verdadero caminar
es percibir
cómo lo imposible nos acecha.
¿Cómo caminará la diosa
o el dios que extasiado la posee?
¿Con qué halcones y precipicios,
santuarios y patíbulos,
me encontraré hoy al caminar?
Un nuevo atardecer
llueve en la urbe.
Caminaré entonces de nuevo
con los ojos
del lobo y el sueño.
(1) Henry
David Thoreau fue un filósofo y escritor norteamericano
que en Walden y Elogio de la Vida salvaje,
defendió los méritos de la vida austera en convivencia
con la naturaleza. En sus caminatas por el bosque
encontró la fuente de su poética filosofía.
CONTINÚA
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