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   EL DEVENIR DE LAS AGUAS Y OTROS POEMAS

   Por Esteban Ierardo


 
 

 

Prólogo

El devenir de las aguas

Históricas (en segunda parte)

Prólogo  

   El poeta aprende a propagar su cuerpo. Cuando el poema dice árbol, o mujer, cuando el verso genera una sensación o sugiere el misterio, el cuerpo del poeta se extiende y es todas aquellas cosas. Así, el poeta se transforma en lo dicho. Sus transformaciones son muchas y continuas. Los personajes y experiencias que el poeta actúa en el poema son mayores que las de un actor en escena. Por eso, la poesía y el poeta son agua. Agua que deviene, se transforma. Ve y medita. La poesía fluye por el tiempo y la tierra sumando onduladas transformaciones lo mismo que el agua que cabalga por los lechos o la que se eriza en las movedizas olas del océano.

  Tal vez, detrás de la poesía laten dos ancestrales deseos de la libertad y de una percepción poderosa de la realidad. La primera senda de este deseo es la de recuperar las alas y ser libre pájaro que asciende a la cima del cielo. El segundo sendero del deseo al que aludimos es ser agua versátil que, luego de desbordar su cauce, abraza y atraviesa cada filón de riqueza de la tierra.

  El agua puede tocar y fundirse con aquello sobre lo que se mueve. Por eso, oídos del agua escuchan la profundidad de las músicas que bullen en la amplitud terrestre.

   En varios poemas nos confundimos con lo animal. Que no es lo opuesto del hombre sino, acaso, su identidad más profunda y olvidada. Al regresar a lo animal, la sensación pierde la condición efímera y leve que posee en el hombre civilizado para convertirse en una rica lámpara que se enciende en las profundidades del mundo físico. Que también es espiritual.

  En el poema "El caminar" recuperamos la caminata como arte del descubrimiento; en "Niño que corre", la niñez es la carrera continua que preserva los manantiales más allá de las leyes y sus fronteras. En "Antes", con el agua nos bañamos en el recuerdo de todo lo que ya era antes de las primeras y temblorosas pisadas de nuestra especie sobre el planeta.

  Muchos poemas de este libro poético cascabelean entre hechos históricos. En esta reedición he sustraído los poemas de inspiración histórica del cuerpo central de El devenir de las aguas. Ahora, los he agrupado aparte, en un momento final llamado Históricas. También he extraído las dos prosas breves, "Blodewud" y Beethoven y el halcón", que serán parte de un futuro libro de prosas poéticas. 

  Quizá cada hecho es eterno. Pero su eternidad no pertenece a un círculo como lo pensaron Nietzsche y los estoicos. Quizá, se repite eternamente en su lugar del pasado. No vuelve al presente. Sin embargo, a través del puente líquido de un poema el momento histórico tal vez regrese no como eco sino como el hecho mismo que nunca concluye porque su sentido no acaba nunca de revelarse.

  En la poesía, nadamos hacia los cauces hondos. Hacia la profundidad que también es la danza ondulada y espumosa de las superficies.

  Esteban Ierardo

 

 

 

EL DEVENIR DE LAS AGUAS

Por Esteban Ierardo

 

 

NIÑO QUE CORRE

 

Niño que corre,

por las orillas de las selvas,

por los humos del ocaso,

por la sangre de la cierva blanca.

 

Niño que corre,

entre la bestial ráfaga de lo estúpido;

entre blancos huesos en los jardines;

entre chimeneas y pájaros inertes.

 

Niño que corre,

sobre cerros de serpientes;

sobre el hipopótamo frenético;

sobre las ballenas de las melodías de agua.

 

Niño que corre,

dentro 

          de la ácida mueca del misil;

dentro 

         del violín desmembrado en las máquinas;

dentro 

         del húmedo sufrir del árbol;

dentro del cansancio. 

Sin fe en el renacer.

 

Niño que corre,

en los himnos del bosque;

en langostas que trepan hacia el relámpago;

en rocas que meditan en orgías creadoras;

en 

     uvas 

            que 

                  chisporrotean.

En 

      nimbados 

                     ojos 

                             de los dioses.

 

Niño que corres,

para que un artista

todavía sea

el que se burla de las tumbas.

 

 

 MÚSICAS INICIALES DE LA LLUVIA

 

El misterioso vacío

anterior al espacio

misteriosamente debió inventar

la altura y la diferencia

y el agua

para que por verticales y oblicuas sendas

descendiera desde la nube

la lluvia y sus poemas.

 

Y con el oído despojado

del ruido y el lodo civilizado

escuchó la primera gota

en el océano de colores y sustancias

y hervores primitivos.

 

Aun entre las gotas

resuenan

las músicas del inicio.

 

Y con agua secreta de lluvia

escucho

            el bosque enigmático y susurrante;

atisbo

          los desiertos de los soles delirantes;

corro

         junto al estallido de las manchas del jaguar;

acaricio

            el rostro de la madre que pare en el amanecer;

medito

          con el girasol. Las cabras y las arañas;

oro

      a la fuerza callada del cielo

desde mis sombras empapadas en el suelo.

 

Escucho la gramática

que repetida crepita

la historia toda de las formas

tan enigmáticas como las águilas.

 

Y con agua secreta de lluvia,

escucho

            la lejana caída de la gota

en

   la flecha del indio;

en

    las ruinas de la Ur de Gilgamesh;

en

    el Ganges del renacer;

en

    el ala del halcón

cuando eleva el planeta en el atardecer.

 

  Con esa agua secreta de lluvia

de nuevo escucho

las músicas del inicio

aunque hoy,

las últimas gotas del cielo en mis ventanas

mueren solitarias.

 

 

EL RENACER DEL ÁGUILA

   (Luego de cuatro décadas de vida, el águila puede elegir morir o afrontar un delicado proceso de rejuvenecimiento. Que consiste en aislarse en un solitario nido para, al cabo de tres meses, renovar su pico, sus garras y sus plumas. Así, el gran pájaro de las alturas, renace.)

 

Entre la nube y la montaña

has nacido

con el rayo enérgico de tu mirada.

 

Por cuatro décadas,

has atravesado las fiestas del sol,

las tormentas y los crepúsculos,

la canción susurrante de Selene,

las lluvias y las neblinas.

 

Por cuatro décadas,

tus plumas se han batido

en las cimas de la cúpula.

Por cuatro décadas,

en la altura has rezado

al Padre secreto de tus garras.

 

Y en el aire has descubierto continentes

de sutiles altares que flotan;

a ellos acuden los de tu especie

a venerar la fuerza que imaginó

la magia de las alas.

 

Por cuatro décadas,

desde el pináculo de la bóveda,

te has lanzado sobre la presa que nació

para que tú explores

el rojo vocabulario de sus vísceras.

 

Por cuatro décadas,

soledad,

orgullo,

plegaria al sol,

pico en la sangre atrapada,

ojo que acerca,

trono en la cumbre,

el cielo en tus alas,

la oración a tu dios,

el saludo al alba,

tu visión que frota los valles.

 

Y, ahora,

tu pico cae sobre tu pecho.

Tus alas y plumas

destilan bilis envejecidas.

Tus uñas lánguidas, fláccidas,

te niegan ya el placer

de aferrar 

a los seres que se te ofrendan.

 

Entonces,

podrías renunciar 

a la salvaje delicia de la cima.

Y morir.

O renacer.

Con soledad y valor.

Renacer.

Nunca dejas de elegir,

la ladera de lo arduo.

Por eso,

volando hacia tu nueva y última montaña

te veo.

Allí, encuentras tu tumba

y el nuevo vientre que te gestará.

 

A un nuevo nido has llegado.

Donde golpeas con tu pico

una pared de granítica dureza.

Entonces, cae

el que era el ariete de tu nobleza.

Y cuando el pico furibundo

reverbera de nuevo como tu hacha precisa,

desprendes con ella tus viejas uñas.

Los recuerdos de viejas fiestas sangrientas.

 

Y al regresar el filo de tus garras,

desprendes con ellas tus plumas

sofocadas ya 

por largos ríos de ventiscas.

 

Y tu pico, tu uña, tu pluma

ya han recuperado el frescor

de la poesía primaveral.

 

Y entonces, el alba, 

lenta,

invoca la luz.

Otras tres décadas esperan tus alas.

Otros aéreos altares

donde agradecerás

tus nuevo vuelos 

en leves terrazas de atardecer.

 

 MIRADA DE LINCE

 

En la oscuridad sin luna

tus ojos razonan con luz.

Tus iris emanan

un pensamiento solitario

sobre la sangre de la selva.

 

Vives donde el arbitrio del hombre

llama el Canadá blanco,

la Península Ibérica,

o la boscosa Europa.

Pero tu vida fosforece

entre tu mirar y lo mirado.

En el espacio que atraviesan

las jabalinas ígneas de tu ver.

 

¿Qué verán tus ojos

desde tu quietud

de tersa ágata felina?

 

El faraón del mítico Nilo

te albergó

en sus palacios de magia y poder.

Y en ti columbró una divinidad.

Mas no pudo volar

hasta donde tus ojos se incendian.

 

Yo tampoco alcanzo a violar

el muro que tu mirar vulnera.

 

Y en una mañana lluviosa

te imagino en el bosque

cuando observas

la desvanecida huella en el aire

de un colibrí.

La flecha serena de tu visión

atraviesa entonces

el anillo vegetal de las malezas,

montañas y mares,

torres y veleros.

Atraviesa mi pecho solitario.

 

Y siento entonces

que las flechas que tu mirar arroja 

es volumen 

que en ninguna forma se detendrá.

Siento entonces

que eres el ojo animal que se remonta

hasta agua secreta entre las hojas.

 

 

MADRE NUESTRA

 

Madre nuestra

que estás en la tierra.

No santificamos tu nombre

porque en todos los nombres

tu voz disimulada vibra.

 

No aspiramos a que tu reino

venga a nosotros.

Porque en tu cuerpo

son todos los cuerpos 

y siempre dentro de ti estamos.

 

Cielo y tierra no necesitan ser tu voluntad.

Pues suelo y nube,

rocas y bóveda,

son el signo visible

de tu ya consumado y voluntario

poder de crear 

el mundo como tu santuario.

 

Ya nos has dado todo el pan.

Pero las garras de los buitres

roban el trigo,

la sal y la menta,

para alzar sus montañas 

de riqueza violenta.

Y al pie de los montes del saqueo,

tiemblan famélicos

millones de tus hijos.

 

¡Que tu pan a todos nutra!

 

Ninguna deuda nos reclama.

Ningún pecado nos asola.

 

Que en una noche de antorchas redentoras

reconozcamos nuestra procedencia de tu vientre,

Madre Nuestra.

 

Ninguna muerte nos espera.

Sólo el viaje extraño

dentro de tu cabellera.

Donde el cielo y la piedra refulgen.

Madre Nuestra.

 

 

ANTES

 

Antes.

Antes de ti

ya existía

el cielo y las nubes.

La perla cerca del volcán.

El río del salmón y la angustia.

La sombra del ciervo y el ciervo.

La rama acicalada por el viento.

El león meditabundo. La leona cazadora.

El petróleo que no tenía precio.

La rana y la langosta.

El acantilado y el mar.

La música sin pentagrama del arroyo.

La serpiente roja de lava.

La palmera como carcajadas del verano.

La nieve: túnica alba de la tierra.

El sol que alumbra la caverna.

La calcárea mejilla de las piedras.

La medusa danzarina de los lechos.

El cerro vestido de hojas.

El pájaro sobre el hipopótamo.

El candelabro hechicero de la luna.

La abeja y la miel.

El átomo secreto de cada forma.

El hielo que memoriza los instantes.

El lobo en la llama del bosque.

El huracán que incita a la roca a volar.

El murciélago que ora en la cueva.

La mañana del fuego que vuelve.

El mediodía que en el centro flota.

La tarde en la que el ojo incendiado cae.

El cangrejo y la tortuga.

El trébol y las rayas del tigre.

Tres manchas oscuras en una tumba.

Sangre de un dinosaurio.

Una mariposa en el fango.

Luciérnagas sobre una pantera negra.

Las moscas en la jungla.

La semilla que crece

entre batallas de agua y luz.

 

Bueno es recordar que

antes de ti y de mí,

ya existía la fuerza

que se muta,

estalla 

y renueva

dentro de la selva. 

 

 

EL CAMINO DEL SALMÓN

 

Del huevo saliste

con el atávico mandato

de viajar por el océano y el río

para repetir tu extraño destino

de ser mediante el salto con brío.

 

Luego del devenir en el agua dulce

hundes tu sombra húmeda

en la mar profunda

y dialogas quizás allí

con las divinidades

de los lechos abisales.

 

  Entonces, tal vez, así nace

el sabio mensaje en tu cuerpo

que celtas e indios

veneraron

como señal del dios.

Del dios de la avalancha de tiempo.

Del dios de los ríos y las brumas.

Del dios de la salvaje lluvia y las olas.

 

Por todo aquello quizá

escamas de sabiduría,

conocimiento de lo hondo,

vieron en ti,

los líricos catalejos de los mitos.

 

Y el mar abismal

susurra en tus membranas

el recuerdo de tu primera patria y el estío

que sobreviven en el regazo de los ríos.

 

Y el regreso te ordenan tus ancestros

al líquido vientre del comienzo.

 

Y a la voluntad arrolladora de las aguas

te enfrentas,

para saltar entre las fauces

de las cascadas violentas.

 

Y tras el primer salto

decenas de lanzas que brotan

te estrangulan

con espinas de fatiga.

Pero, otra vez,

con tus coletazos furiosos

vives con saltos en lo alto.

Vida que triunfa

ante las cenizas que caen.

 

DESDE LA BAJA TORRE DE LA URBE

 

Sudo mi ver

hacia los cielos en su caer

sobre murciélagos crucificados de asfalto.

Los follajes ubicuos del color,

el enjambre de lanzas de cementos,

las corazas de las veredas,

alquitranadas calles apisonadas,

le dicen al árbol 

el rocío del desamparo.

 

Y mucha madera se quiebra

dentro de la ciudad

y sus solitarias vértebras.

 

Ni siquiera la palabra habitada por la lágrima

dice los paraísos que gimen su caída

en las rutinarias arenas del día.

 

Desde la baja torre de la urbe,

arden mis oídos

y allí desnuda su idioma el viento

cerca

de mis cavilaciones extrañas.

 

Desde la baja torre de la urbe

advierto que

por los corpóreos seres

de la floresta de edificios

aúllan ríos 

de deseos muertos.

Espectros y palabras huesudas, famélicas,

desesperadas, una y otra vez,

amueblan el tedio y los vacíos.

La lluvia calla por la angustia.

Y el frescor matinal sufre

en las calles que olvidan

el corazón de las aves.

 

Desde la baja torre de la urbe,

percibo las aguas sobrevivientes

en alcantarillas oscuras;

atisbo leves hogueras de sol

en las cristalinas ventanas endebles.

Oigo siseos remotos de viento,

y, entre los ancianos y juveniles elementos,

de lo que fluye, brilla y sopla,

entreveo las molinos partidos

de los seres urbanos y su hastío.

 

Desde la baja torre de la urbe

sospecho en los sótanos

la resistencia de semillas dignas;

presiento la radiante y vehemente

estirpe de los astros

aun en los huecos ladrillos de la ciudad. 

 

Desde la baja torre de la urbe,

mi voz solitaria,

rasga baúles silenciosos de dolor

y la sal vital de las auroras

que todavía danzan

en cumbres sumergidas.

Bajo la torre de la urbe.

 

 

 MEDUSA EN EL MAR

 

Blanca y esponjosa mente,

medusa eres,

cuando te sumerges

en la abisal nervadura del mar.

 

 Intento acompañarte

en la noche sembrada

por la roja ascua de Marte.

Guerrera lámpara de imaginación

deberé ser

para fundirme

con tu blanco cuerpo refulgente.

 

Flotas, medusa, acaso ahora

para bendecir

el mortecino candil del ocaso.

Y luego a tu blanco

el oscuro lecho llama.

Y tu líquida y plástica entraña

desciende ya en la noche

hacia la materia y sus primeros brotes.

Desciendes, medusa.

Te acompaño.

Corrientes más vivas percibimos

en la lenta caída abismal.

Y junto a los primeros peces indecibles

y una sensación de nocturno animal

nos atrae, como rotundo imán,

el oscuro fondo inventor del cristal.

 

A tu blanco, medusa,

llama el oscuro lecho.

Y mientras descendemos

tiemblo por la distancia

entre las palabras

y nuestro baile

hacia la cueva

inundada del enigma.

 

Bajo el atávico silencio

del alga, el coral y la anguila,

el manantial caliente del color

acaso se refugia.

Bajo el atávico silencio

de las fosas, el liquen y el delfín,

el pensamiento que el pensamiento no piensa,

acaso es la tormenta que todo lo imagina.

Bajo el atávico silencio

del pulpo, el cangrejo y el tiburón,

acaso burbujea la memoria

del secreto y la luz

que promete la gloria.

 

Y, medusa,

tú y yo,

libres nos unimos

con pensamientos de agua.

Y entrevemos

lo que también ahora

el oscuro fondo desea.

¿Qué desea el umbrío fondo?

Una clara mañana de lluvia.

Una pantera que incendia la hierba.

El volcán y la lava.

Un cadáver y el conciliábulo de los lobos.

Un libro cerrado y las campanas.

Y acaso lo que nunca pensaremos

Algo lo desea 

en la anegada caverna

en los lechos del océano.

 

Y tú, medusa, y yo,

con nuestros pensamientos de agua

ya acudimos a lo que nos llama

desde el oscuro lecho.

Desde

el atávico silencio.

 

 

 ERES TÚ

 

Eres tú

la que juegas con líneas

que sobre el vacío dibujan

todas las praderas y las hojas.

 

Eres tú

la que con lunas de lava

ruedas sobre lodazales y tiempo

para ocultar venas de fuego

en montañas y libélulas.

 

La que creas

una mañana tras otra;

la que urdes

el psíquico laberíntico de los hombres;

la que regalas

violentas llamas al sol;

la que embrujas

con brumas y lagos al poeta;

la que siembras

liras y cuernos en el océano,

eres tú.

 

Eres tú

la que sudas

el desierto y el escorpión;

la que agitas las llaves del secreto;

la que

ocultas el origen

en un vientre de cavernas,

noches y planetas.

 

Eres tú

la que ríes disfrazada

tras el trono de dios y los dioses;

la que goza

con ser llamada con muchos nombres.

 

Tras todas las máscaras cantas.

 

Eres tú la que a un dios mutilado (1);

o a la voz de los poetas,

o a un gran río de África,

haces renacer.

 

Eres tú.

Isis

 

(1) El dios mutilado alude a Osiris. Éste luego de ser muerto y descuartizado por su hermano Set, fue resucitado por Isis.

 

 

CAMINARÉ CON LOS OJOS DEL LOBO Y EL SUEÑO

 

Caminar quiero

entre las cascadas de junglas secretas.

Entre catedrales sobre cometas.

Entre legiones romanas y mezquitas.

Entre piedras que meditan leones.

Entre el ocaso melancólico

que cabalga por el bosque.

Caminar quiero.

Y camino.

 

Camino.

Aun en la calle

del ruido más sordo,

camino

por un túnel y el sueño.

 

Entre una pisada y otra

puede aullar ante mí

el lobo que me guía y acompaña

hacia candiles de otros tiempos,

hacia corrientes abismales

en los fondos de los mares.

 

Muchos caminaron ya

junto al viento que murmura

las tierras no percibidas.

 

Los estoicos caminaron

en las gradas filosóficas.

Epicuro caminó

en el jardín del placer incrédulo.

El medieval caminó

hacia la santa tumba y Santiago de Compostela.

Nietzsche caminó

en el labio del lago y un círculo

que eterno regresa.

Rousseau caminó

con rubí solitario

por los ríos y los prados.

Thoreau (1) caminó

por el idioma del bosque y la penumbra.

Borges caminó

por calles que frotan eternas cúpulas.

 

Y camina la hormiga y la fiera.

La pantera y la hiena.

La tortuga y la lluvia sobre la madera.

Camina el segundo en el péndulo.

El relámpago en páginas de tormenta.

Caminan no con insípido hábito.

No con ciega mecánica.

Caminan entre tempestades misteriosas.

Que brotan en cada huella.

 

Y en las olas un acantilado escuchó

que  verdadero caminar

es percibir

cómo lo imposible nos acecha.

 

¿Cómo caminará la diosa

o el dios que extasiado la posee?

¿Con qué halcones y precipicios,

santuarios y patíbulos,

me encontraré hoy al caminar?

 

Un nuevo atardecer

llueve en la urbe.

Caminaré entonces de nuevo

con los ojos

del lobo y el sueño.

 

(1) Henry David Thoreau fue un filósofo y escritor norteamericano que en Walden y Elogio de la Vida salvaje, defendió los méritos de la vida austera en convivencia con la naturaleza. En sus caminatas por el bosque encontró la fuente de su poética filosofía.

 

CONTINÚA

 

 

 

 

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