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Hugo
Covaro
Prólogo
del autor
El
chamán y la lluvia
Hugo
Covaro es uno de los
vientos poéticos de Patagonia. En la Biblioteca
Virtual Temakel,
de su autoría hemos editado ya Memorias
del Viento
y Con
ojos de puma.
Ahora nos complace
ofrecerles este nuevo caldero de poesía y
espíritu patagónico cuya principal
inspiración es el chamanismo ancestral de
la Patagonia indígena. A continuación las
palabras del propio poeta para invitarnos a
los paisajes de frescuras y colores de su
obra...
La vasta trayectoria literaria de Hugo se
compone de las siguientes publicaciones:
"Canto joven" -poemas-
1970;"Rastro moreno" -poemas-
1972;"Inquilino de la
soledad"-relatos 1975; "Memorias
del viento" -relatos- 1983; 2° edición
1984; "Luna de los salares"
-relatos- 1985; "El chamán y la
lluvia" -novela breve- 1996;
"Trampa para duendes"-relatos-
1998; "Con los ojos del puma"
-novela" 2000; Inéditos: "La
tierra lastimada" -poemas; "El
oro del Deseado" -novela; "Mi
Land Rover azul" -relatos patagónicos.
A MANERA DE PRÓLOGO
Sobre una
geografía conocida
– sólo se han reemplazado topónimos
– se desarrolla la trama casi subterránea
de un antiquísimo conocimiento: el
chamanismo. Descripto como un sistema
de creencias cuyo origen encuentra sitio en
grupos étnicos del norte de Asia, su área
de dispersión a través de los milenios
alcanza los lejanos confines de nuestra América
india. Dentro de ese universo de
fuerzas espirituales, el chamán asiste y
controla con sus prácticas, la eterna lucha
del bien contra el mal, como intermediario
entre los elementos del mundo cotidiano y
las estructuras de un mundo sobrenatural.
Tal vez estemos asistiendo al ocaso de este
conocimiento mágico, del cual el hombre común
no puede negar su existencia, aunque tampoco
pueda explicarlo. Todo lo aquí expresado es
real, salvo el nombre de los personajes que
dan vida al relato. Entre lo “real” y lo
“mágico” sólo media un pequeño
detalle: el sitio desde donde uno mire la
vida..
HUGO COVARO
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EL
CHAMAN Y LA LLUVIA
Pillanhue
El
angosto sendero
termina de golpe cuando el arroyo
ensancha su cauce inundando los riscales de la ribera. De
ahí sólo el verde trepa las altas paredes del abra rumbo
al penacho nevado del volcán, donde el aire se vuelve
llovizna cerca de las nubes.
Luego del arroyo, pequeños claros marcan el rastro difuso
del camino hacia la cumbre, atrapados en la maraña de
zarzales pertinaces, ñires* de monte bajo y líquenes que
perfuman el aire húmedo y rumoroso.
Hacia el sur, donde la Cordillera del Viento precipita sus
abismos azules, el vuelo del cóndor explora sus
territorios como un papel quemado por las corrientes
heladas.
Dos días para llegar a la cima, arriesgan a calcular los
baqueanos. A mitad del camino, la angostura del Choroi* -
como la llaman los indios- insinúa las escabrosas sendas
que viboreando buscan las nacientes del arroyo, espesando
aún más el monte impenetrable.
Al oriente, en los contrafuertes de la precordillera, la
luz titila su resolana de cuarzo, mezclando los verdes
intensos con los sepias de la montaña, hasta ponerlos
violetas de lejanía. De a trechos el sol reluce su plata
en el arroyo que se pierde tras los árboles para aparecer
de nuevo cauce abajo, en débil reverbero antes que
definitivamente se lo trague el horizonte.
Pillanhue*, el antiguo volcán duerme su sueño de siglos,
esperando la ira de dioses olvidados, para regurgitar su
demorado cataclismo. En sus laderas aún pueden verse las
cicatrices hondas que los ríos de lava tatuaron la roca,
como culebras escapadas de ese colosal caldero. Todavía,
debajo del ropaje con que el monte invasor abriga su corazón
de piedra, tiembla el magma su encierro, cual monstruo
comido y vomitado desde lo más profundo del planeta.
En días claros, cuando las nubes abandonan su collar
plumoso, el Pillanhue muestra su cráter oscuro. En su
seno de dura artesanía, un lago cristalino refleja un
cielo alto desde su pupila fabulosa.
Pocos conocen su secreto. Aventureros, buscadores de oro,
fugitivos, merodearon sus dominios sin hollar su
virginidad geológica. Dicen que solamente un hombre
conoce cómo se llega...
Muchos lo intentaron. Algunos regresaron para relatar
historias afiebradas de locura. Otros, nunca volvieron.
Ese hombre, al que nombrar con recelo, nadie sabe bien de
dónde vino y en dónde se puede encontrar... Brujo?,
hechicero?, curandero?, loco?, ermitaño?...¿chamán*?.
En los fogones se sabe escuchar ese nombre que luego el
miedo esconde en los rincones más secretos de los
ranchos. Alguien lo suelta en la noche y en el fuego se
queman esas sílabas con el chisporroteo de leña de ciprés.
Tintica
Cuando
el invierno
espesa el aire y el lago se vuelve hielo, Payún* sale de
la caverna. Arropa su magra figura con cueros, apaga la
fogata, carga sus secretos y cruza el lago que lo ve
marcar el centro de su médula con el rastro de sus tranus*,
que a cada paso parte en dos el silencio de las cumbres.
Dicen que detrás del volcán, tan lejos que apenas se
imagina, está el mar.
Que hay que bajar por desfiladeros tortuosos, viendo a la
piedra en carne viva alimentar el frío de los
ventisqueros, tapándole el ojo a las tormentas y velando
de la montaña para que no se pierda.
A la distancia los picos de la cordillera prolongan en
sombras sus aristas filosas, cortando en finas lonjas de
silbidos la carnadura del viento del oeste. Entre un aire
celeste se esfuman las últimas vértebras del espinazo
del continente, antes de hundirse en el océano.
Todavía el verde muestra un tono tímido frente a la
nieve eterna. Más abajo, renovado y vigoroso, cierra fila
entre batallones de árboles quietos, para ser al final de
la pendiente, el límite exacto entre el monte y un mar
sereno.
Luego el paisaje se torna menos duro. El corazón amaina
sus latidos. Se respira una brisa clara, cargada de
fragancias nuevas que cuentan de fogones familiares, árboles
aserrados, rumor de pueblo.
El pueblo es, desde la altura, al principio sólo una
mancha que a medida que se desciende va tomando forma:
casas de madera alineadas al borde de la calle angosta; la
iglesia blanca frente a la plazuela de una cuadra por lado
y los manchones de bosques entre los claros que deja la
labranza.
Entre perros que salen a su encuentro y gente pobre que lo
ver pasar como un sueño, Payún camina con los ojos
cargados de mar.
El pequeño caserío se llama Tintica*, uno de los pocos
nombres que los conquistadores españoles respetaron entre
El Carmen y Nuestra Señora de Atocha. Tintica quedó
prendido en la memoria como un delirio antiguo. Algunos
viejos cuentan cómo murió allí la abuela de Payún
quemada viva por hereje. La trajeron arrastrando –dicen-
hasta el centro de la plaza. La crucificaron y le
prendieron fuego. Dicen que ardió nueve días sin que el
cuerpo perdiera su forma; se gastaron toda la leña seca y
la vieja seguía entera, echando fuego por el hueco de los
ojos.
Recién al décimo día, cuando una llovizna fina cubrió
el caserío tapando sus celajes mortecinos, el cadáver
comenzó a disolverse. Un agua negra corría desde las
cenizas en dirección al mar, resumiendo el torrente en
las arenas de la playa. La marea en cada ola se la tragaba
en rítmicas bocanadas, hasta que sólo una mancha oscura,
como de aceite, separaba el azul del mar y el horizonte. A
ese sitio sabe llegar Payún para no olvidar lo que es.
Alguien
vendrá del este
Payún
sintió la luz de la mañana
en la cara. Los rayos se filtraban
por los intersticios de la roca hiriendo la oscura atmósfera
de la caverna. En el centro aún boqueaba el fuego de la
noche con un débil latido entre la ceniza. Arrimó leña
nueva y pronto el frío de la piedra se replegó
mansamente dando lugar a las llamas con sus serpientes
inquietas.
Como cada amanecer, se quedó mirando esa lumbre
con las pupilas encendidas por los misterios del humo y
sus designios, buscando la secreta escritura de los
antepasados, descifrando el mensaje que el fuego reflejaba
desde lo más hondo del tiempo.
- Alguien
vendrá del este...memorizó en silencio.
Afuera el canto de la diuca* se humedecía en el rocío de
la cascada. El arroyo rompía su preñez de hielo en minúsculas
partículas, fundiendo su canto melodioso monte abajo,
despialando su acerado brillo.
Apenas los lengales* encendieron sus perfiles con
destellos dorados, Payún marchó cauce abajo con un sol
estrujándole sus amarillos en el rostro curtido.
Con recelo de puma descendía lentamente el sendero
conocido sólo por sus pisadas, yendo al encuentro del
legado que los antiguos le anunciaron como un destino
inexorable.
En la otra orilla del arroyo, justo donde termina
el camino que conocen los viajeros, estaba el hombre: Con
el asombro asomado a los ojos, contemplaba la imponente
silueta del Pillanhue, absorto por tanta maravilla.
- Vengo
desde Cañadón Largo... mi mujer está muy mal... se me
muere, lahuentufé*!
-
Vamos...- dijo
Payún secamente.
El rancho estaba al pie de una lomada. Todo era
silencio. Adentro, entre unos jergones mugrientos se
adivinaba a la enferma por los quejidos. Un olor agrio le
golpeó la cara cuando traspasó la puerta y se encontró
con su mirada baldía.
- Dejame
solo...- le ordenó mientras se quitaba su
tosco abrigo de cuero. Debajo del catre, como destilando
la muerte, los orines de la enferma goteaban, cayendo como
una lluvia monótona desde los tientos al suelo.
Payún tomó un cuenco y los juntó gota a gota.
Suavemente sentó a la mujer y trago a trago se los hizo
beber. Después le acomodó los cueros y le sacó con la
mano el sudor que le caía de la frente. Un silencio
denso, sólo quebrado por la respiración despareja de la
enferma, cubría aquel ámbito de dura miseria.
El hombre regresó de desensillar el caballo que a
un tiro de piedra ramoneaba los escasos coirones. En la
cocina ningún sonido delataba la vida, como si el alma de
esa gente se hubiera ido con el último humo que la
chimenea soplaba hacia un cielo pálido y lejano.
Le costó prender el fuego. La leña verde le
sahumaba la cara y ponía una neblina olorosa por el
estrecho ambiente.
No bien las llamas vencieron la resistencia del
humo, la claridad vacilante se trepó a las paredes
devolviendo su forma a cada cosa.
Cuando se pudo ver, Payún ya no estaba.
Lejos, donde la tierra confunde su lomo alazán con
las primeras estribaciones, se desleía su espalda untada
de infinito.
Al amanecer desde la pieza de la mujer llegaban
cortos reclamos.
- Demetrio,...Demetrio...
Entre
sueños al hombre le parecía escuchar esa voz lo llamaba.
Se había dormido sentado, cansado y triste, mirando las
brasas agonizar en la cocina
Se incorporó de un salto y fue al encuentro de su
mujer que lo esperaba parada cerca del catre.
La sostuvo entre sus brazos fuertes y la miró
largamente. Como saliendo del fondo de esa cabellera
desgreñada, la vida mostraba de nuevo su pujanza, en un
agua limpia desbordada de los ojos.
Payún
Laifil*,
la abuela de Payún muerta
en Tintica, había vivido largos años en un paraje al
norte de Cruz Negra, en los primeros médanos del
desierto.
Desterrada por los comentarios acerbos de un
obispo, terminó confinada con su oficio de machi al sur,
donde el mar lavaba su terrosa memoria.
Payún, sexto retoño de su hija soltera y de padre
desconocido, vino al mundo con una barba tupida que le
cubría todo el rostro uniéndosele a un pelo lacio como
enjambre de avispas negras.
Para Laifil fue la señal. Ese niño endeble,
contrahecho, era el elegido por los dioses para ser
depositario del legado ancestral. Le costó caminar y
adolescente, recién pudo pronunciar el nombre de su
abuela, que desde que nació se apoderó de él y lo llevó
a su choza solitaria.
Para ser chamán, se nace chamán.
Ella, que había viajado las cien leguas hasta
Almejuelas para hacer llover luego de treinta años de
sequía; que le pudo decir a Manuela Chávez, con sólo
“leer” en la clara de un huevo de gallina que su
hombre estaba vivo y andaba cuatrereando por Miraflores y
no muerto como dijeron los de la partida; fue ella que al
cuarto mes de nacido le abrió al niño el tercer ojo, con
el que Payún podría escrutar más allá de las cosas.
En su mollera, antes que el hueso crezca y cierre
su cráneo pequeño. le puso el sagrado anillo de plata,
puerta por donde pasará esa luz que sólo pueden recibir
“los que no tienen sombra”, “los que sólo vieron
sus rostros en los espejos de agua”, “los que caminan
por el fuego”, “los que se lastiman y no sangran”,
“los que saben encontrar la flor azul que hacer ver a
los ciegos”, “los que ven más allá de los ojos”,
“los que están siempre despiertos”...
Con el pasar de los días el duro aprendizaje: uno
a uno los nombres de las plantas curadoras; juntar el
melincolahuén*, esa agua sanadora que en neblina
transpira la cascada; largos ruegos penitentes; el ayuno
doloroso, con la lengua clavada al canelo* patriarcal,
para ver entre lágrimas las primeras visiones.
Hasta que un día, en el mismo sitio donde los
dioses antiguos saben bajar transformados en hualas*, el
iniciado enfrenta su prueba definitiva.
Acostado sobre un matrón, los brazos pegados el
cuerpo, los ojos cerrados, los pies juntos y orientados al
naciente. Ningún músculo se mueve. A su lado la vieja
machi* golpea el pequeño tambor acompañando un canto
monocorde y misterioso.
Nada de lo que dice es palabra conocida.
A medida que se acelera el ritmo, su voz aguda
aumenta el volumen de ese canto lastimero hasta que, como
en un estertor eléctrico, se desploma como fulminada por
un rayo.
En ese instante, al cuerpo de Payún le acomete un
temblor hondo y una resolana brumosa desdibuja su figura
dormida.
Poco a poco el cuerpo se volatiliza y un viento
luminoso se lo lleva por encima de los árboles.
A esa misma hora en la playa de Tintica, otro Payún
arrodillado, de cara al oeste –donde moran los difuntos-
mira como el mar le devuelve a Laifil, su abuela muerta.
Como
el caer de una estrella
Luego de la trágica muerte de Laifil,
nada fue igual en Tintica. Era como
si Dios,
desde
entonces, transitara tan pobre y necesitado como los
paisanos y mestizos que comparten
sus
vidas y esos designios ineludibles.
A todos aquellos que arrimaron leña a la hoguera, la
machi muerta les recordó la crueldad con lúgubres señales.
A Primitiva Huenchocoy en días que el viento del oeste
parecía dormido sobre un mar aceitoso, un aire repentino
le cerraba puertas y se prolongada en quejido ronco que sólo
ella oía. Un frío de tumbas se instalaba en sus huesos a
pesar del sol quemante del verano. Le buscaron remedio
pero nada le curó ese temor al fantasma que cerraba
puertas y ponía hielo en su sangre. Enloquecida, en una
marejada grande, nadie la oyó perderse entre el estruendo
de las olas. Apareció ahogada, con los ojos arrancados,
en la playa donde Payún suele regresar a encontrarse con
su abuela.
A Secundino Gamín, por las noches, manos huesudas y
heladas le recorren la espalda para robarle el sueño y
alejarse luego con pasos que no dejan rastros a la luz del
día.
El sabe esperar despierto... y nada. Es cuando lo vence el
sueño que la difunta lo despierta y se aleja de repente
dejándolo estaqueado por un miedo torturante.
A la Vicenta Ainol la locura le fue llegando despacio,
como una agonía perezosa y cruel. Veía como un ñamco*
posaba sus redondas pupilas en la ventana y luego le daba
el lomo como señal de desgracia antes de marcharse. Ella
lo miraba y gritaba su angustia, sin que nadie pudiera jamás
ver al aguilucho pecho blanco. Así una y otra vez ...
meses, años.
Una noche se levantó y fue al encuentro del ave. Al
aclarar la encontraron colgada de la cumbrera con un
tiento al cuello y los pies a una cuarta de la pila de leña
que amontonó para subir y ahorcarse.
Otros cuentan que ven una luz que baja de los montes y
recorre la calle principal hasta llegar al centro de la
plazuela. Ahí se detiene algunos instantes para iniciar
luego una frenética danza, hasta convertirse en remolino
de fuego. Lentamente va perdiendo fuerza y, ya débil,
enfila hacia el mar donde la noche se la traga. Un
penetrante olor azufra las sombras del pueblo quieto. En
cada casa, un soplo húmedo apaga velas y candiles,
mientras que afuera, no lejos de los cercos, los perros
torean extrañas figuras que más tarde se repliegan
arrastrándose con ruido de cadenas.
Hace un tiempo marcharon en busca del cura de El Carmen.
El cura vino casi de mala gana y luego de un largo sermón
que culpaba a demonios y pecadores por las penurias del
pueblo se llegó, hasta el centro de la plaza y bendijo el
sitio con agua santa. Todos se santiguaron a un tiempo y
con gestos de recogimiento lo acompañaron de regreso a la
iglesia. Después de la partida del padre Ovalle, una
calma pesada envolvió al caserío.
Sin embargo, algunos dicen que vieron sobre el mar, como
el caer de una estrella, aunque muy cerca de la playa y
con un brillo extraño.
Dicen que suele aparecer cada vez que muere alguno de los
que crucificaron y quemaron viva a Laifil, la abuela del
mago Payún.
Laifil
Arrodillado, juntando las palmas de las manos
como guardando en un cofre las
cruces que entre las líneas de la vida y de la muerte,
marcaban a sangre su destino, Payún entró en trance para
ver llegar a Laifil en su canoa desde algún lejano
laberinto. Se le aparecía brumosa, ajada la piel por
tantas intemperies, las manos sarmentosas de tejer
interminables matrones, por hablarle desde su boca pequeña,
arrugada, hundida, como una puñalada dada en un cuero..
- Nada de lo que vez, es como lo vez...- le decía.
Hay que entender lo que dicen los que habitan el
misterio para no errar el camino. Nada de lo que se ve es
eso en realidad –repetía. La mente no puede
distinguir qué es realidad y qué es fantasía. Por eso
debes usar tu instinto, esa parte animal que tienes para
entender a la madre tierra. Cuando no se usa el instinto sólo
se ve lo que se desea ver, no lo que hay que ver en
realidad.
Recuerda que para tener todo, primero debes quedarte sin
nada. Nada de lo que la gente cree que es suyo le
pertenece; el hombre sabio, Payún, es aquel que poco o
nada tiene. Que cuando marcha, todo lo esencial lo lleva
puesto.
Las mariposas son en verdad ilusiones de jóvenes vírgenes
desaparecidas; los sapos, espíritus de gente quemada y no
sepultada; las víboras, hembras adúlteras que se
cruzaron con machos de otras especie; los pájaros sólo
son pensamientos: negros, blancos, de colores.
Verás pasar a la gente dormida caminando feliz hacia su
despeñadero. Están dormidos, por eso no te ven ni pueden
sentir el fuego, o la piedra, o la nieve, o el cuchillo, o
el lazo, o la peste que los matará.
Te llamarán mago Payún–le decía- porque
dormidos, creerán ver lo que tú quieras que vean o
sientan y será tu voluntad medir en ellos el bien y el
mal, la noche y el día, como la vida y la muerte.
Antes de lograr abrir los ojos, vio como la anciana subía
a la canoa y remando parsimoniosamente se alejaba rumbo a
Mocha*, la isla que según los antiguos, es el lugar donde
residen los espíritus.
Con la boca reseca por sales y vientos, cargándose el
crepúsculo como un poncho, marchaba caviloso por la calle
entre caminantes que lo atravesaban como a una
transparencia , sin imaginar su presencia entre las voces
y ruidos de la aldea.
Con el último rayo de sol colgado de su rostro indio,
dejaba atrás las casas grises que al final del caserío
se fundían con las primeras manchas de monte, antes que
la montaña se apoderara del valle con su mole imponente.
Arriba, del otro lado de la cordillera, luego de cruzar el
costado sur del Pillanhue y reconocerse en el espejo
esmeralda de sus aguas, le aguardará la caverna y su
abrigo de minerales antiguos y los mensajes que el fuego
le develará en luz cuando la fogata abra su cerrado párpado
de cenizas.
Rinconada
Todo
era viejo,
desgastando por ese viento arenoso puliendo los perfiles
de casas abandonadas hace tanto tiempo.
La iglesia sin cura, amontonaba un médano bajo frente a
sus gruesas puertas cerradas, en un silencio macizo sólo
roto por alguna campanada fuera de hora, cada vez que una
ráfaga de viento norte movía y golpeaba el negro badajo,
colgante como testículo de toro.
Por el callejón principal de Rinconada suele pasar la
historia como una anciana ciega sin detenerse. Fue
obligado descanso de las tropas revolucionarias en su tránsito
al norte y parada de mercaderes, bandoleros y
contrabandistas de frontera.
Algunos aseguran que el mismísimo Brigadier General Don
Estanislao Lezcano, hizo noche en la víspera de la
batalla de El Quemado, velando las armas antes de aquel
sangriento combate que sembrara de muertos el valle y
signara para siempre la suerte de la gesta emancipadora.
Y hasta se dijo que el Coronel Robustiano Campos, caído
en esa pelea, fue enterrado por sus soldados en el
cementerio, pero no se sabe dónde, pues nunca se conoció
el lugar de su tumba. Pero eso fue hace un siglo!
De aquellas cincuenta familias, hoy quedan algunos viejos
con los ojos grises de ver por siempre tanto desamparo. Y
la Cándida Moraga con su hijo enfermo, en esa casona
blanca delataba por un humo sin forma que repta un cielo
ceniciento, como el último pulso de la vida en aquellas
desolaciones.
En horas que el viento para, en el erial que cobija a los
muertos entre picas bajas, las cruces tapadas ocultan el
nombre de alguna historia familiar ajada de olvidos
largos. Pero el mismo viento sabe escarbar los arenales y
entonces las cruces muestran los apellidos de aquellos
huesos tristes: Amaranta Solís (q.e.p.d.), Alejandrino
Quenao (q.e.p.d.), Domitila Soca (q.e.p.d.), Porfidio
Curinao (q.e.p.d.)...
Por la entrada despareja, seguida por la mula que sin
esfuerzo cargaba al pequeño jinete, Laifil caminaba con
la vista fija en ese humito parado en el aire, que le señalaba
el final de aquel largo viaje.
Un zaguán estrecho terminaba en el patio de baldosones rústicos
desde donde una galería espaciosa daba sombra a las
habitaciones que en hileras, conformaban aquella
construcción que fuera almacén y fonda en tiempos
mejores.
Cuando sus anteriores ocupantes la abandonaron, Cándida
escondió la peste de su hijo entre esos muros de tres
jemes de anchura. En esa penumbra de socavón, un niño
con rostro de viejo miraba deslumbrado el chorro de luz
que le acuchillaba los sentidos, iluminando esa carcoma
oscura que le masticaba las entrañas.
Laifil lo contemplaba callada, como quien se asoma luego
de un derrumbe. Al fin dijo:
-
Me llamaron tarde. Esta criatura no tiene remedio...ya
huele a podrido el pensamiento – murmuró la machi
como un rezo – No creo que pase de esta noche...
Unas manos piadosas le cerraron los ojitos para devolverlo
a las tinieblas.
Al
otro día, con el sol pintando de fuego las crestas de las
serranías, la machi seguida de la mula y el pequeño Payún
montado, le daban la espalda al caserío, mientras un
viento nuevo, recién venido, amontonaba arena junto a la
cruz del angelito.
Pirquinero
Agachado
como estaba sobre las aguas,
apenas si pudo ver la figura
reflejada que se deformaba llevada por la corriente. Al
levantar la vista, se encontró de golpe con Payún que lo
observaba desde la orilla.
Lentamente el buscador de oro se enderezó. Desde la
batea, una breve catarata rubia de agua y arena cayó para
perderse entre el rumor de cauce andando.
-Buenas...- alcanzó a decir, aún metido hasta las
rodillas en el arroyo.
Payún levantó un brazo en mudo saludo y se quedó inmóvil,
como quien no termina de entender lo que está viendo.
El hombre caminó el trecho que lo separaba de la orilla
con los ojos fijos en la silueta morena, aparecida de la
nada.
Cuando estuvo cerca, la mirada del indio se había puesto
lacia.
-Hace tres días que lavo... y ni una chispita! Parece
prometedor el sitio pero, hasta ahora... Vengo de
Farellones y comentan los mineros que en la naciente de
este arroyo hay oro. Y usted, ¿qué anda haciendo por aquí?
-
Vine a oír el ruido de la lluvia –dijo Payún
para volver a adentrarse en un mutismo prolongado.
- Me llamo Joaquín Meneses –comentó el
pirquinero* acuclillado junto al fogón de piedras bochas
que encerraban un fuego de leñas menudas.
-¿Ha
encontrado oro, aquí?
-
No busco oro, no lo necesito... respondió el mago.
Meneses lo escuchó como a una voz lejana y sin sentido.
Antes que pudiera ordenar sus pensamientos, Payún agregó:
- Nada se puede conseguir con oro. El oro es el sudor
sagrado del volcán y quien le roba al Pillanhue sólo
puede esperar desgracias!
El hombre contuvo una risa que pudo ocultar gracias al
pretexto de ir por leña para el fuego agonizante. Cuando
regresó, el moverse de algunas ramas le señalaron el
rumbo por donde se había marchado aquella extraña
aparición.
Un sol nuevo entibiaba el aire fresco. Meneses se
desperezaba fuera de los cueros. El vapor de la respiración
le mojaba la barba hirsuta con una neblina tornasolada,
mientras las frías aguas del chorrillo, entrechocaban sus
perlas líquidas como una música venida de los sueños.
En jornadas largas, repetidas, de sol a sol, con voluntad
obsesiva, fue sacándole el lecho sus lágrimas doradas.
Una a una las guardaba en aquella bolsita de curo sobado,
hasta que el tiento que la cerraba apenas podía atarse.
Ese mediodía, cansado de lavar en vano toda la montaña,
decidió, que ya estaba bueno, que era tiempo de
descansar, de festejar por todo esa quincena metido en el
agua sin más cielo que ése, que se reflejaba siempre yéndose.
- Si le doy tranco sin parar, antes que se ponga oscuro
puedo estar en Cañadón Huemul –meditaba mientras
terminaba de acomodar los trastos, pregustando ese
aguardiente fuerte que sirve en el boliche del vasco.
Mientras rumiaba estos pensamientos,
desde el oeste un nublado plomizo, como de pólvora,
tapaba las formas de la montaña. Un silencio hondo,
pesado, preanunciaba la nevada. Los animales del monte
mostraron temprano esa ansiedad que los intranquiliza en
cada cambio de clima. Meneses no sabía que cuando los
pilquines* se alborotan no siendo época de celo, es
seguro que nevará. Con los pies arrimó tierra al fuego
hasta sofocarlo. Orinó cerca del agua y se puso a caminar
feliz, sintiendo la bolsita con el oro apretada entre la
ropa y las costillas. A poco de andar la tarde mostraba un
cielo sucio y los primeros copos le caían sin ruido por
la espalda. Lo que fue apenas una llovizna gruesa, se
transformó de pronto en un desierto blanco sin orillas,
por donde caminó sin rumbo hasta que el más profundo, lo
puso a un paso del delirio. Lo último que vio fue una
enorme víbora, que abarcaba hasta donde la nieve le
dejaba ver, que lo atrapaba y hundía en una negra y fría
oquedad sin límite. Cuando lo hallaron, Meneses estaba
desnudo. Dicen que cuando se ahogó en el Arroyo de las
Vueltas en aquella nevada grande, la correntada le fue
quitando a puro golpe de agua y risco todo lo que llevaba.
Que todo se lo llevó el agua, menos a Meneses que parecía
dormido, no muerto.
Esa flor azul
Javier Etchemaitechea
le pasaba un trapo al mostrador
tratando de limpiarle esa pátina oscura que el uso y los
años le untaron a su hosco maderamen.
En Cañadón Huemul –parada de carros y chatas- su
boliche reunía a los pocos pobladores de la zona y
viajeros que desde septiembre a marzo, se animaban a
transitar aquellos huellones marcados a puro invierno en
la piel nativa del páramo.
Javier miraba la lluvia empañar la mañana fría, con esa
garúa obstinada que llevaba cuatro días seguidos sin
parar, como quien acepta resignando un veredicto
irrefutable. Esa llovizna tenaz, que apenas le permitía
ver hasta el palenque solitario, parecía mojarle la única
región a salvo de aquella tempestad obcecada: los
recuerdos.
Se veía joven, recién llegado, con esa desmesurada
vastedad extendiéndose antes sus ojos azorados. Sus
primeros trabajos, largos arreos, los primeros pesos,
duros inviernos esperando a la vida en estrechos fogones
de dilatadas estancias inglesas, privaciones, algún amor
pasajero que sólo dura la plata de un mensual cuando baja
a los pueblos de las costa. Esquila, baños, señalada,
desierto, soledad...
Hasta que llegó el día en que un paisano suyo le ofreció
el boliche y juntando los ahorros de años a las ganas de
quedarse por algún tiempo en un solo sitio, se le animó
al oficio de bolichero.
Y aquí lleva treinta años viendo pasar todos los días
entre arrieros quemados de intemperie, troperos tallados
de vientos, indios melancólicos, oportunos mercachifles,
puesteros llenos de olvidos.
- Una grapa, don Javier...qué va a tomar Ud.?
- Pa’ mí una caña dulce y un vino pa’ mi compañero.
- Traigo cuero e’ zorro... once traigo...
- Vasco... una ginebra doble!
Un ruido que venía de esa lluvia mansa le devolvió la
conciencia. Vio entonces al bulto que trataba de encontrar
el hueco de la puerta, soltando briznas de agua su
haraposo ropaje. El recién llegado tanteaba el piso con
una vara corta que hacía de bastón y se guiaba tocando
los objetos que encontraba a su paso o los sonidos que le
indicaban la presencia humana en ese rumbo. Cuando logró
entrar, cerró la puerta tras de sí y se quedó inmóvil
por unos segundos esperando percibir nuevos mensajes.
Caminó hasta el mostrador al mismo tiempo que se quitaba
la boina negra y preguntaba... –Hay alguien aquí?
- Qué día para salir de recorrida, don Hilario! –espetó
el vasco sólo por decir algo; luego agregó –Desde
que se le dio por llover finito, no he visto gente; debe
estar mala la huella.. Suerte que vino Ud. para conversar
y no estar solo, aburrido de ver garuar!
- Me han dicho que Ud. sabe donde se le puede encontrar
al curandero, que sabe venir por aquí...que Ud. sabe...
–dijo el ciego secándose las últimas gotas de la cara
con el dorso de la mano.
- Ah! Payún!... hace como un año que no baja. La vez
pasada lo fueron a buscar cuando la mujer de Demetrio
Magariño estuvo tan enferma. El la curó sólo con
verla... de palabra. Pero hay que ir hasta donde termina
el camino que lleva al volcán, justo donde el Arroyo las
Vueltas nace de los chorrillos. Ahí hay que prender fuego
y esperar que baje. Eso dicen...
- Gracias, don Javier –dijo el ciego enfilando
hacia la puerta, con la vara adelantándose a su paso
vacilante. Salió del boliche para desaparecer tapado por
la cerrazón.
Payún miró el humo subir recto, sostenido
en la quietud de la mañana como un pabilo blanco sobre
los árboles. Tapó con ramas la boca de la caverna y
marchó aguas abajo.
El ciego sentado junto al fuego, adivinaba ese sol joven
salido de la tierra que le calentaba la cara y le ponía
un reverbero lila en sus pupilas opacas.
Sintió de golpe la mano del indio apoyarse en su hombro.
Ningún ruido había denunciado su llegada. Giró la
cabeza preguntando...
- Quién anda ahí?
-
Payún –contestó el chamán con voz apenas
audible.
- He venido a verlo porque quiero que me cure. Soy
ciego.
- Ya lo sé... sé también por qué perdiste la vista.
Si encuentro esa flor azul que Elchén* guarda para dar
luz a los ciegos, volverás a ver. Si no la encuentro,
nunca más verás.
Ahora vuelve por donde viniste y por ninguna causa
regreses a este sitio –le sugirió para quedar en
silencio.
- Gracias, gracias Payún! –expresó el ciego
extendiendo los brazos en busca del chamán, pero nada
encontró. Nadie respondió a sus palabras.
Lenta, dolorosamente avanzaba el ciego, tropezando,
cayendo y levantándose para caer de nuevo sobre el áspero
suelo.
Días enteros de penosa marcha
regreso a Cañadón Huemul, con la esperanza abrigándole
su corazón fatigado, sobreviviendo a lo más hondo de su
noche.
Primero fue como un lejano deseo de llorar que se
derrumbaba de sus ojos dormidos. En el cristal líquido de
la lágrima, un arco iris difuso le iluminó los sentidos
con minúsculo relámpago, tornándose de a poco en una
visión acuosa, estremecida por flechas luminosas que
fueron dando color a cada cosa: al principio, el camino,
luego las casa y por último la gente.
Hilario lloraba. Era esa la forma más rotunda de lavar
tanta oscuridad.
En la caverna el chamán miraba el fuego, perdido en
lejanos territorios, mientras la flor azul que Elchén
guarda para dar luz a los ciegos, le azulaba la negra
obsidiana de sus ojos.
El último viaje
Mientras
caminaba hacia el mar,
Payún presentía que éste sería
el último encuentro con su venerada abuela. Algo muy íntimo,
visceral, asomado de los confines de la sangre, le avisaba
de aquella pérdida, signada por un atavismo milenario.
Laifil, que después de muerta parecía seguir
envejeciendo, se le apareció armada de la postrera
hechura humana. Esa que en cien años de existencia
terrena la maceraba enjuta y macilenta, como una grotesca
crisálida detenida en el tiempo de otra esfera.
La canoa parecía no tocar el agua, apoyada sobre un vapor
brumoso. Se detuvo próxima a la playa, empujada por el
flujo del mar sin que la anciana realizara esfuerzo
alguno.
Una fuerza invisible a los ojos movía silente al pequeño
navío, donde navegaba esa capitana decrépita, haciendo
puerto en su último viaje por este mundo. Regresaba par
entregar los restos de aquella antigua magia de chamanes a
su nieto, a que los mortales nombran mago Payún.
Volvía para borrar sus rastros terrestres, antes de
convertirse definitivamente en susurro de caracolas
marinas.
Payún anhelante, sumido en el trance más profundo, iba
al encuentro de Laifil. Sin que abriera la boca, la voz de
la vieja machi salía clara, aumentada por un eco metálico,
escapado luego de pasar por tortuosos meandros subterráneos.
-Los antiguos chamanes, fueron peregrinos venidos del
norte, tan al norte donde la tierra se estrecha en una
lonja angosta, en la frontera con los hielos eternos. Mi
abuela Paineco* contaba esta historia, Payún.
Que cuando los viajeros llegaron, los días eran largos y
tibios y los inviernos cortos y templados; que abundaban
animales y plantas; que había buenas pariciones cada año:
las hembras parían hijos sanos. Nadie peleaba con su
hermano; nadie le quitaba la tierra o su alimento al otro.
No había enfermos y la gente moría muy anciana.
Pero en medio de tanta riqueza fueron olvidando a sus
dioses, y fue entonces que el sol perdió ese brillo que
fecundaba a la madre tierra con hasta dos cosechas
anuales. El aire se puso frío y llegaron las lluvias
interminables, que arrasaban poblados enteros, emplazados
en las márgenes de los ríos. Cuando cesaron las lluvias,
el sol, ya frío, las convertía en nieve, en hielo que al
no derretir el sol, secaba los ríos y esa sequía extendía
luego su sed a comarcas enteras.
Entonces el hombre por hombre mataba; uno, para quitar,
mataba!, el otro, mataba para no dejarse quitar!.
La gente enfermó y poco a poco la tierra generosa se
transformó en desierto. Tarde llegaron las rogativas y
sacrificios humanos!.
Sólo quedaron las enseñanzas que trajeron aquellos
peregrinos para salvar a los últimos náufragos!.
Y tú Payún serás el que cierre para siempre ese ciclo
de muerte.
Por algún tiempo pareció callar y desaparecer entre la
bruma. Sin embargo su voz llegaba nítida, como si la
vieja machi le estuviera hablando al oído, tan cercana
que podía tocarla si quisiera.
Desde su cuiminquelén* le oyó decir...
-Pronto vendrán forasteros para adueñarse de la
tierra. Cortarán los árboles para usar madera y
envenenarán las aguas de lagos, ríos y arroyos y llenarán
de humo y pestilencias el aire de los campos. Vendrán
para matar por el gusto de matar los animales del monte.
Ellos serán los adelantados del más poderoso huecufú*
que se conozca, que extenderá su poder maligno desde los
hielos del norte hasta los hielos del sur.
Entre esa gente deberás vivir, Payún!.
Hasta
que el volcán, origen de todas las anunciaciones ,
explote la furia contenida de los dioses, arrasando con
las herejías de los hombres.
Cuando abrió los ojos, el mar se había retirado. Las
aves marinas surcaban un cielo rosa, garabateando en las
alturas sus letras minúsculas. Una mancha oscura, como de
aceite, se fundía con el horizonte.
El
grito
Siguiendo
los repliegues escabrosos por
donde la cordillera declina su mole india en quebradas
profundas, el caminante se dejaba llevar por sendas casi
borradas que cabras salvajes y huemules labraban a fuerza
de pezuñas en los riscales de las cumbres.
Venía de Zaino Cahuel*, con ese rumbo que según los
dichos de un trashumante lo llevaría al encuentro del
curandero que habitaba algún remoto paraje andino.
Sólo con lo puesto marchaba animado por una energía
escondida, recóndita, que le calentaba la sangre y lo
empujaba desde lo hondo de su instinto mestizo.
Lorenzo Ñelay era bajo, de cara ancha y oscura, sombreada
por una cabellera negra y dura que, indócil, le caía
hasta sus hombros fuertes. Hijo de la montaña, era capaz
de caminar días enteros sin mostrar fatiga, alimentándose
con lo que cazaba, algunos piñones y frutos silvestres.
Había perdido la cuenta de las jornadas que llevaba
caminando, decidido a encontrar a ese mago que llaman Payún,
quizás la última esperanza para hallar remedio al daño
que diezmaba a su gente.
Esa noche mientras dormía, a Lorenzo Ñelay se le apareció
el chamán. Soñó que le anunciaba su presencia. Que lo
esperaba a la sombra de ese mismo coihue* - le decía-
donde el mestizo, cansado después de una larga marcha, se
había dormido. Entumecido por el frío de la noche, abrió
los ojos sobresaltado para ver a Payún que lo contemplaba
en silencio. Se incorporó al tiempo con ambas manos se
sacudía el polvo de sus ropas, intentando coordinar
alguna frase para comunicarse con aquella aparición que
lo aturdía y desorientaba. Al fin dijo...
-Soy de Zaino Cahuel... me llamo Lorenzo Ñelay y hace
días que camino... lo andaba buscando...
Payún parecía no escucharlo. Con la mirada neblinosa
escrutaba la distancia como quien más que mirar,
estuviera recordando. Por su memoria se sucedían imágenes
de lugares y gentes de aquellas historias que él conocía
en detalle y que ahora revivía para verlas de cerca, para
entrar en ellas como protagonista de esos dramas acaecidos
a más de cien leguas de su escondida caverna.
En esas visiones, aparecía la hondonada donde Lorenzo Ñelay
levantó su rancho, con piedras desiguales hasta la altura
de un hombre y que techó con coirón y barro. Su mujer y
las cuatro criaturas que velaban en la más dolorosa de
las miserias, las muertes de abuelos y tíos enterrados en
la falda sur de la lomada, donde el sol de los indios les
calentaba los huesos cada mañana. Todo era cristalino de
tan pobre!.
El arroyo arrastrando su sombra líquida por el cauce de
piedras duras. El campo de pastos altos estirando su
verdor a lo largo del valle hasta tocar el cielo. Cabras
como pintadas trepando los ijares de las lomas. Perros
pastores. Voces que un viento distraído arrea sin apuro
por el silencio de la tarde.
Pero cuando el atardecer cierra el párpado cansado del día,
algo transforma esa calma en una inquietud antigua, un
escalofrío que las sombras de la noche acentúan en cada
sonido, en los latidos que regresan de un miedo encerrado
en la memoria, hasta cuajarle la sangre de espanto. ¡Siempre
en noches sin luna!
¡Ese grito que todos oyen estaqueados de terror!. Este
reclamo que se fue llevando uno a uno a los varones de la
casa para regresarlos muertos, sin ninguna herida,
enteros, tirados por los campos. Se pueden ver los túmulos
asomando como senos grotescos en el pecho de la lomada.
Ese grito llamando en la noche y el hombre, sacando coraje
hasta de sus muertos, contestaba... Entonces se adentraba
en la oscuridad como absorbidos por ese llamado
irresistible, que lo maniataba en su maraña alucinante,
hasta alejarlo definitivamente de la vida.
Si nadie salía, el grito se repetía, cada vez más débil,
más espaciado, hasta que las primeras luces del alba
acuchillaban a las tinieblas en retirada.
Todo comenzó –hace años- con el abuelo Lindor.
El fue el primero y pensaron que alguna enfermedad le fue
minando la salud, hasta volverlo viento. Después el tío
Desiderio desapareció y lo encontraron muero cerca de
Mallín* Grande. Era joven el tío Desiderio!.
Al año siguiente se fue el tío Fermín y ya no quedaron
dudas que “alguien” se llevaba a los varones de los Ñelay
luego que se oyera ese grito en noches sin luna!. El último,
Celso, hermano de Lorenzo, lo hallaron muerto de sed,
después de deambular tres días con sus noches en círculos,
andando y desandando una y otra vez el mismo camino a sólo
metros del arroyo.
-Llevame a Zaino Cahuel –dijo el chamán al
mestizo que se había mantenido callado observando con
curiosidad y respeto las cavilaciones del mago.
Tras varias jornadas de marcha, sin cruzar siquiera una
palabra, divisaron el rancho al pie de la lomada. Los
perros olfatearon la presencia de Lorenzo en la brisa que
bajaba de la cordillera lejano y salieron a su encuentro
con ladridos cortos de júbilo. En el patio, una mujer con
cuatro niños agarrados a su pollera, lo aguardaba como
quien espera el último de los milagros!.
Pasaban los días con sus noches sin que el grito azotara
su látigo de miedo. Todo sucedía lacio, repetido,
anunciado desde el mismo comienzo del tiempo. Nada parecía
turbar la paz campesina de ese paisaje apresado entre
lomadas azules y cordilleras altas.
Esa noche, cuando todos dormían, Payún supo que él
vendría! Y lo esperó hasta pasada la media noche, cuando
el grito, como de un hachazo, partió en dos el aire
quieto.
Él le respondió como si su grito fuera el eco de ese
alarido quemante. Ese grito lastimero, casi quejido, se
fue acercando con cada respuesta del chamán, hasta que
todos sintieron que esa voz les recorría los sentidos
como un aliento fétido.
Parado en el hueco de la puerta, Payún lo vio surgir de
las sombras.
El brillo de sus espuelas alumbraron por un instante y
pudo ver sus botas altas, el chaquetón negro envolviendo
la bruma, el sombrero alón coronando su rostro invisible.
En ese pequeño relámpago, sus labios finos y apretados
parecían aprisionar una mueca sarcástica debajo de una
nariz aguileña, como pico de ave carroñera.
El chamán le buscó los ojos al amo de las tinieblas.
¡El aparecido no tenía ojos!
Avanzó hasta tenerlo al alcance de sus brazos. Entonces
levantó las manos con las palmas hacia fuera y le mostró
las cruces grabadas en la piel!
Un aullido bárbaro desgarró la noche y el amo de las
tinieblas se desmoronó quemado por el fuego de su propio
incendio! Un fuerte olor a azufre trasminaba las rústicas
paredes del rancho.
Cuando amaneció y la vida regresaba a ocupar su sitio, un
aire fresco, bajado de las cumbres, barría despreocupado
unas cenizas oscuras como sopladas por golpes de alas.
Cuando le preguntaron a Lorenzo Ñelay por el mago Payún,
el mestizo dijo...
- Se ha marchado...
Del
amarillo tenue al rojo intenso
Había
permanecido tanto tiempo
mirando la cascada que sus sentidos se acostumbraron al
rumor de las aguas despeñándose. Una quietud dolorosa
apretaba el aire húmedo contra la piedra, quizá
presagiando el cataclismo anunciado desde el propio origen
de las cosas.
Primero fue como el quebrarse de una rama en silencio del
bosque; luego el temblor sacado de lo hondo de la tierra,
un estremecimiento prolongado recorriendo las colosales vértebras
de la montaña, despertando sus vómitos de fuego.
Desde el cráter del Paillanhue, un humo oscuro sostenía
sus culebras sobre el fondo blanco de las cumbres.
Payún contempló las primeras fumarolas como quién
recibe una señal largamente esperada. Dándole la espalda
al volcán, buscó el sitio donde el agua pura del
torrente esconde, con paciencia de siglos, aquella greda
prodigiosa. Con el puñado de arcilla regresó presuroso a
la caverna y de rodillas, inclinado sobre la lumbre
cansina de la hoguera, abrió la piel de su mano izquierda
con el pequeño sangrador de cuarzo.
La sangre del chamán se fue mezclando con el barro
sagrado hasta formar un amasijo luminoso. Mientras
modelaba, mojaba con su saliva aquella tierra
espiritualizada, para darle vida a esa pequeña y
misteriosa reliquia. En sus ojos parecía reflejarse
aquella extraña figura, alumbraba por los nacientes
incendios que la lava encendía con sus lenguas invasoras.
Para ese mediodía, el sol era apenas un círculo de cobre
viejo antes de desaparecer devorado por un cielo de
cenizas. En cada explosión el volcán escupía sus entrañas
de piedra líquida, en coágulos oscuros que agujereaban
el aire caliente, como un monstruoso animal cavando su
madriguera en el centro mismo de ese infierno. Luego de mínimas
treguas, su tos geológica lanzaba de nuevo sus estupos
fundidos, animando marejadas incandescentes.
Siete días estuvo el Pillanhue sacudiéndose con
temblores que remecían su lastimada naturaleza. Después,
en menguados estertores, con un escalofrío que recorría
su nueva piel basáltica, se fue quedando dormido.
Una atmósfera agria, ácida, sostenía aún viva la lava
morena que calcinaba con su escondido rescoldo el ramaje
de los árboles moribundos.
Como luego de un combate, lentas humaredas trepaban
penosamente los celajes de la cordillera, esfumando sus
sombras duras.
Hacia el naciente un mar de cenizas disipaba la marca del
horizonte, extendiendo su neblina plomiza hasta el
infinito.
Nada parecía tener vida. Sólo el agua, como una víbora
ciega, hurgaba en su memoria de limo buscando una salida
por aquella tierra todavía quemante. Entre vapores
sulfurosos, esa tinta negra se abría cauce ladera abajo.
Paraba en diques de lava endurecida, para vencer con su húmedo
instinto cada uno de los obstáculos que encontraba en su
camino.
Cuando llegó a la angostura del Choroi, su pupila
mostraba una lejía de cielo limpio, hasta reconocerse
cristalina en el lecho del arroyo.
Una paz de muerte envolvía al paisaje desolado. Mantos de
cenizas escaldaban las heridas de la montaña, mientras el
viento golpeaba su sonaja contra los riscales, repitiendo
como en sueños el murmullo helado de las cumbres.
En algún lugar cercano al viejo Pillanhue, la vida
leudaba en secreto su eterna maravilla.
El moderno edificio donde funciona el Instituto Nacional
de Investigaciones Antropológicas destaca su imponente
estructura entre edificaciones más bajas. Luego de
ascender los trece peldaños de su escalinata de entrada,
se arriba al amplio hall central, desde donde se tiene
acceso a espaciosas salas perfectamente iluminadas.
Armarios, vitrinas y anaqueles albergan al legado cultural
de nuestros antepasados.
Científicos, profesores, estudiantes y turistas,
abarrotan a menudo sus dependencias, en un incesante ir y
venir entre las 10 y 18 hs., de lunes a viernes.
En el cuarto piso está la sala dedicada a Culturas
Andinas. Un mueble de madera lustrada con vidrios
corredizos exhibe, entre vasijas incaicas, cerámica Chavín
y artesanías rituales, una estatuilla de arcilla cocida,
que casi escondida, escapa al interés de los visitantes,
no obstante su llamativo color que va desde el amarillo
tenue al rojo intenso, protegida por un barniz extraño
que le otorga un brillo indeleble.
En los registros del Instituto consta que fue hallada por
un arriero al pie de un volcán extinguido de los andes
patagónicos. Expuesta con el N° 27.123, la descripción
reza: ... “ figura antropomorfa de 120 mm de altura y 35
mm de espesor, hecha en arcilla cocida. La pieza parece
representar a un sacerdote en actitud ritual. Tiene boca
grande, barba, nariz ancha y chata, ojos ovalados. Sobre
el pecho carga un pectoral que sugiere la representación
estilizada de un felino. Una túnica que nace de los
hombros lo envuelve dejando ver al final sus pies
descalzos. Una vincha de metal ciñe la frente y un tocado
de plumas adorna su cabeza, prolongándose en largas
orejeras. Los brazos, que terminan en grotescas manos con
cuatro dedos y uñas afiladas, cuelgan a los costados del
cuerpo”.
“Se desconoce su verdadero origen y significado”... (*)
(*)
Fuente: Hugo Covaro, El chaman y la lluvia, obra
que se terminó de imprimir en noviembre de 1996 en los
talleres gráficos de Servicop, Editorial Universitaria de
La Plata (ISBN: 987-9160-08-8).
VOCABULARIO
Canelo: (Drymis winteri) Árbol
sagrado del pueblo mapuche.
Ciprés:
(Austrocedrus chilensis) Planta conífera de madera
incorruptible.
Coihue:
(Nothofagus dombeyi) Gran árbol de la cordillera andina
de hoja perenne, pariente del roble.
Coirón:
(Poa sp.) Tipo de pajonal muy difundido por la región
patagónica, que sirve de alimento al ganado.
Chamán
o shamán: Sacerdote, adivino, curandero. Personaje místico
dotado de poderes superiores. Su sabiduría tiene origen
en las tribus siberianas uralo-altaicas.
Chispita:
Término con que los mineros llaman a las pepitas de oro.
Choroi:
(Cyanoliseus patagonus) Palabra mapuche que significa
loro. Loro cordillerano de vistosos colores.
Cuiminquelén:
Del mapuche, el estado de trance del chamán o de la
machi.
Diuca:
(Diuca diuca) Hermosa ave canora de los bosques
cordilleranos . Es gris con el pecho blanco.
Elchén:
Uno de los nombres de Dios, entre los mapuches.
Huala:
Cisne de plumaje gris que anida en los lagos patagónicos.
Su nido es flotante y pone 2 o3 huevos de color celeste
claro. Ente mitológico mapuche. Algunos autores llaman
huala al macá zambullidor.(Colymbus rolland).
Huecuvú
o huecufú: Espirítu del mal; significa “opera desde
afuera”. Vocablo mapuche.
Huemul:
(Hippocamellus bisulcus) Ciervo de las cordilleras
andinas, en peligro de extinción.
Lahuentufé:
El que cura o da remedios.
Laifil:
Palabra compuesta por lai= muerte y fil, apócope de filú=
víbora. Significa víbora muerta.
Lenga:
(Nothofagus pumilio) Árbol de los bosques cordilleranos
de madera noble muy usada en carpintería.
Machi:
Pitonisa, curandera, oficiante principal en las rogativas
del pueblo mapuche.
Mallín:
Terreno llano y húmedo con buena pastura.
Melincolahuén:
Término compuesto por meli= cuatro, co= agua y lahuén=
remedio. Agua sagrada que el chamán obtiene de la neblina
que producen algunas cascadas. Significa: “remedio de
las cuatro aguas”.
Mocha:
Isla del Pacífico, ubicada frente a la provincia chilena
de Arauco, descubierta por Juan Bautista Pastene en 1544.
Según la mitología mapuche, es residencia del espíritu
de los muertos.
Ñamco
u ñancu: (Elanus Leucurus) Aguilucho pecho blanco. Ave
considerada présaga por el mapuche: si da el pecho buen
augurio; si da el lomo mal presagio.
Ñire:
(Nothofagus antártica) Árbol cordillerano de porte
mediano o bajo, según las regiones.
Paineco:
Palabra compuesta por paine= celeste y co= agua. Voz
mapuche que significa agua celeste.
Payún:
Término mapuche. Significa “barba”.
Pilquín
o chinchillón: (Lagidium viscacia) Pequeña ardilla de la
cordillera patagónica de color gris claro con manchas de
tonos amarillentos.
Pillanhue:
Palabra compuesta por pillán= antiguo dios del trueno que
habitaba los volcanes (por extensión en la actualidad es
sinónimo de volcán), y hue= lugar. Significa “lugar
donde hay volcanes” o “donde mora Pillán”.
Pirca:
Muro hecho con piedras, generalmente de poca altura.
Pirquinero:
Americanismo. Dícese del buscador de oro en ríos y
arroyos o minas abandonadas.
Tintica:
Pajarito trepador que habita los bosques cordilleranos. Es
de color pardo, con pico y patas oscuras.
Tranu:
Calzado rústico de cuero con el pelo hacia afuera. Es voz
mapuche.
Zaino
Cahuel: Caballo zaino. Cahuel es una deformación mapuche
de caballo.
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