TERMÓPILAS
(1)
I
Mileto desafió
al gigante.
Darío entregó
la ciudad rebelde a las mandíbulas de fuego.
Darío,
el padre, muere antes
de plasmar los sueños de punición.
Entonces,
Jerjes, el hijo, alimenta los cuervos de la revancha.
El orgullo griego
será destripado por los leones de Persépolis.
El ejército
de Persia,
casi tan numeroso como las estrellas nocturnas,
hundirá el
norte de Grecia bajo su peso.
II
Atravesará
el cuello de la ilustrada Atenas una jabalina persa.
Y después, poetas
cortesanos cantarán la conquista.
El asalto persa sobre
Atenas. Tebas, Corinto, Esparta.
Esparta...Esparta...
Esparta te desafía
Persia arrogante, en una áspera garganta rocosa.
En la estrecha vértebra
de las montañas.
En las Termópilas.
Allí agrupa
Jerjes a sus pocos soldados de estirpe.
Y a sus miles de lanzas esclavas.
Reúne
Jerjes a sus vasallos
que
Heródoto calculó en un millón
de almas.
En el pequeño
cuello montañoso,
la espada persa se desploma sobre el escudo heleno,
sobre Leónidas
y los hijos de Esparta,
sobre los griegos de otras ciudades.
Con sorpresa, las
cercanas rocas, el próximo suelo,
descubren la versatilidad
de la lluvia.
Antes, sólo
agua discurría desde la altura.
Ahora, desde el firmamento
de los enhiestos guerreros
que combaten,
se
desparraman rotas
tinajas de sangre.
Caen las variedades
de la carne desmembrada.
Esta
es la nueva lluvia.
Caen las retahílas
viscosas de ojos,
los jirones chorreantes de cuellos.
Esta
es la nueva lluvia.
Llueve sobre la roca
las partes sangrantes de los persas.
¿Cómo
unos pocos rebeldes pueden herir al gigante nunca vencido?
Sólo
la desesperación
puede ser la inspiración de los
espartanos desafiantes, se dice Jerjes.
El tigre
cazador
pronto despedazará el vientre de la presa, cree Jerjes.
III
La cólera
del guerrero
es a veces un fruto de la educación.
Esparta educa la ira
con meditada precisión.
No verás, Jerjes,
tu ariete taladrando al espartano.
Y para tu serenidad,
Jerjes, para tu nueva esperanza, Efialtes, el traidor,
te revela un ignorado
sendero.
Te
vende, Jerjes, el golpe
por sorpresa sobre la fiera que te destroza.
El león ahora
rasguñará el cuello de los griegos.
La muerte
acecha a los que defienden su hogar.
Hay que retroceder.
Para luego renacer en otra esperanza.
Muchos pueden recular.
Pero no tú,
Leónidas. Ni tus guerreros.
Esparta les exigió
jurar: ninguno de mis hijos retrocederá jamás.
La derrota sólo
se redime con la muerte honrosa.
Que el resto de los
griegos muevan sus tobillos hacia otros suelos.
Nosotros no.
IV
Y tus trescientos
hermanos, Leónidas, se abroquelan ya junto a ti.
Los persas tejen su
círculo.
Las flechas aúllan sobre los escudos
espartanos.
Lentamente,
muchas piernas
sienten el árido idioma
de las
saetas que taladran la carne.
Y
las flechas son una tormenta precisa.
Y el persa
quiere gritar victoria.
Pero
está demasiado asombrado para festejar
cuando
ve cómo lo que odia
se alza.
Y
vuela.
Vuelan
ya, con adustas alas,
tus trescientos halcones
orgullosos, Leónidas.
Los
que no dieron un solo paso hacia atrás.
(1)
Las Termópilas es un desfiladero en Grecia, en Tesalia, cerca del monte Eta. En
el 480 a.c, los griegos bloquearon el paso para detener la invasión persa
dirigida por el rey Jerjes. El ejercito invasor habría contado con
aproximadamente dos ciento mil hombres. Al principio, a pesar de la desigualdad
numérica, los griegos pudieron detener a sus enemigos. Pero luego, un traidor
llamado Efialtes, por oro, le reveló al rey persa un atajo para sorprender a la
resistencia helena por sus espaldas. Entonces, los griegos se retiraron salvo
los trescientos espartanos de Leónidas. Las leyes de su ciudad le prohibían
retirarse del campo de batalla. Leónidas, y todos sus guerreros, murieron en
combate.
OMAHA
(1)
Esta
mañana
luce esmaltada por magras nubes.
Son
grisáceos caballos
que corren.
Las nubes quieren
la colisión.
El crujido cruel.
Ambicionan las batallas
del rayo.
El quejido que acribilla de la tempestad.
¿El aire es
el reino de los dioses del trueno?
¿O el cielo es una campana
vacía
que sólo retumba
con un sonido estúpido?
¿Quieren la
carnicera contienda los dioses,
o sólo la
imbecilidad humana?
¿O
la guerra sólo la quieren y ordenan
los generales o el demonio de la esvástica germana?
¡Qué
importa ya quién la quiere!
No escaparás
de la paradoja miserable.
Para atravesar vivo
la playa,
deberás antes matar al pensamiento y el temor.
Omaha se agiganta
en tu presentimiento febril.
La barcaza rebota
sobre las aguas.
El viento
desperdiga salitrosas gotas.
Pesa el arma aún
silenciosa.
El vientre es un valle
seco.
Y tus dientes
se rozan, estrujan las encías.
Y
llega el momento de gritar en la tierra.
Te despeñas
en la arena.
Y
rápido recibes la orden de contestar
con el sordo bramido de tu ametralladora
a la lluvia de centellas
asesinas
que te buscan.
Y hay que
hundir por momentos el rostro
en la playa empastada de vísceras y esquirlas.
Y hay que
romper la losa del pánico.
Y
algún sargento te grita
que alces de nuevo
tus párpados
hacia
el dragón enemigo.
Y
escuchas
los zumbidos.
Las abejas chillonas.
Los murciélagos.
Los aguijones letales.
Fosforecen
las balas enloquecidas.
Y
corres
entre anatomías despedazadas.
Allí se estría
el ojo del que fue tu amigo.
Allí
arde en sangre
el cuello de un compatriota desconocido.
Y te detienes.
Para arrodillarte.
Para escudriñar,
sereno, los nidos germanos.
Que escupen puños
retorcidos de metralla.
Algunos con tu mismo
uniforme,
trepan
las barrancas hacia las casamatas.
Sabes que pronto
caerán los estandartes rivales.
Sabes que
morirán o huirán
los que ahora te gruñen, entre fogonazos y granadas.
Gracias a los
cuerpos ultrajados en la playa,
se estirará
la planta de la libertad en la que crees.
Se extenderá
hacia el hogar del halcón.
Puedes contemplar
entonces sereno,
satisfecho,
las primeras banderas
enrojecidas por el fuego.
Los lobos
de Alemania que callan en las trincheras.
Y puedes presentir ya
las vísceras que cuelgan de tu vientre,
la sangre que
vomita tu estómago destruido.
Puedes
presentir ya
el árbol que,
para crecer,
viene a buscar tu
calor.
Que se
va.
(1)
Omaha es una las playas donde el ejército aliado dirigido de D.Einsenhower
desembarcó en Normandía el famoso día D, el 6 de Junio de 1944. Omaha, lugar
de desembarco de tropas norteamericanas, fue un sitio donde la batalla fue
especialmente sangrienta.
LA MUERTE DE CUCHULAINN
(1)
I
En el Ulster de Conahar
MacNessa,
la bella Dectera,
oriunda de Emain Macha,
se
desvaneció junto a jóvenes vírgenes.
Tres años después,
su belleza nuevamente reapareció
en las orillas del
Boyne.
Allí las mujeres
que habían regresado,
resplandecían
frente al palacio
del múltiple dios Lugh, el del
Largo Brazo.
Poco después,
se disipó en la brisa,
la feérica imagen.
Sólo
quedaba allí, una choza abandonada,
donde latía Setanta,
obsequió
al Ulster de Lugh y de la nativa de Emain Macha.
Y luego de siete giros
del sol,
el niño de mágico origen mató
al irritable
sabueso
de Culain, jefe de los herreros.
Setanta devinó
entonces CuChulainn, el perro de Culann.
Mató luego
el renombrado guerrero a tres furibundos gigantes.
Y descubrió
la explosión del frenesí,
de la cólera guerrera,
que transformaba
su cuerpo.
Bajo
la influencia de la ira,
aumentaba
la estatura de CuChulainn.
Giraban sus huesos.
Los contornos del rostro,
usurpaban
el anterior sitio de la nuca.
Los ojos escudriñaban
la esfera completa del espacio.
Gotas de sangre fosforecían
en los extremos de los cabellos atormentados.
Y
luego el héroe
del Ulster agudizó sus artes combativas,
en la convivencia con Scatagh,
diosa guerrera.
De ella recibió
hechizos y conjuros.
Recibió
las armas indestructibles.
Para
el brazo que no tiembla en los combates.
II
Y Maedbh, reina de
Connaugth,
ambiciona el tordo pardo de
Cooley.
Planea
la coalición
contra el Ulster,
de
las regiones de Munster, de Leincester y Connaught.
Todo
esto lo narra el Tain Bó Qualingé.
CuChulainn acude a
los geis (2).
Entonces, inacabables enemigos se desangran
bajo la espada que
hábil blande el héroe.
Ante
esto, Maebd convence al líder de los Ulates
de entablar una retahíla de
combates
con sus mejores campeones.
Batalla
así CuChulainn
con su viejo amigo: Ferdia McDaman.
Con lanzas combaten.
Durante seis jornadas
inventan rayos con sus ramas.
El guerrero del Ulster,
finalmente,
se
desbarranca en el furor.
Perfora la
resistencia del escudo adversario.
Ferdian agradece el
perecer en manos amigas.
Y CuChulainn abre
el vientre de la tierra.
Para que allí,
el hermano caído,
escuche
las lluvias futuras.
III
Y Maedbh consigue
su toro.
Pero desea que los
ojos del héroe del Ulster
no
contemplen más las pinturas del crepúsculo.
A la magia apela para
doblegar
al que no teme los tajos feroces de
la guerra.
Los hijos de Calatin,
el hechicero,
inventan con sus mágicas artes,
ejércitos de fantasmas.
Con los que el héroe combate largamente.
Se agota el combatiente,
mientras los hijos
de Caitlin,
le endilgan una prohibición:
si carne de perro
el héroe comiera,
su fuerza se extinguirá
en el umbral mismo
del combate.
Y del tumulto de nuevas
luchas fantasmales, emerge el héroe.
Con los puños
victoriosos.
Y descansa.
Y lo visitan unas
aldeanas.
Unas hechiceras de
Maedbh, que le ofrecen alimento.
El héroe no
rechaza el obsequio: carne de perro.
Y regresa
CuChulainn
a la batalla fantasmal.
Durante
muchos días masacra huestes enemigas.
Pero en el universo
céltico de la magia, el hechizo es ley inexorable.
Entonces, el guerrero
siente ya la evasión de sus fuerzas.
Su brazo
arroja una
nueva lanza.
Cuya punta no hace hervir, como antes, el aire.
Ve
el héroe el paso veloz de una espada.
Y ya padece
un dolor.
Hormigueante.
En el vientre.
En el piso de su carro
de guerra,
contempla
CuChulainn la masa viscosa de sus entrañas.
"Sólo
permítanme ir a beber. Luego, regresaré",
propone el guerrero
del Ulster.
Nadie niega el pedido.
Y con sus entrañas aplastadas contra el pecho,
CuChulainn acude al lago
de bucles azulados.
Bebe.
Lava su sangre.
Morignan, diosa de
la muerte, se posa en uno de sus hombros.
CuChulainn atisba,
con sus labios arqueados por una sonrisa,
a
gráciles hadas, con formas de nubes.
Que corren por el cielo.
Y saludan al
sol, el agua, la tierra.
Y CuChulainn bendice
a sus antepasados.
Piensa en la espada
que brilla por una causa sincera.
Agradece las enseñanzas
que los sabios recibieron de los dioses.
Cerca, está
el bosque. Los perfumes de la madera.
Y CuChulainn vuelve
a la lucha imposible.
Y se apoya muy firme
en la tierra.
Sostiene
con esmero su espada,
cuando le llega la
muerte.
(1)
CuChulainn es el máximo héroe irlandés celta cuya historia pertenece al
llamado ciclo del Ulster o de Conahar McNessa relatado en el Tain bó Quailingé
(la Cacería del Toro de Cooley).
(2)
El geis era un temible hechizo muy extendido en la antigua Irlanda
céltica. Podía implicar una prohibición, una obligación, o ambas cosas. La
prohibición puede recaer sobre diversas acciones, desde comer un alimento hasta
vestir un color o beber una bebida. Como obligación es una deber estricto que
compromete a los hombres y los dioses. CuChulainn murió al ser obligado a
violar una geis.
AL SOLDADO DESCONOCIDO
Allí tu madre
gime, con el dolor creador.
Empuja como un gigante
que arrastra una montaña.
Cincela el
hecho repetido, de fuego y milagro.
El alumbramiento.
Y creces luego en
muchas llanuras de la historia,
y en el
largo pulmón de las geografías:
En Roma.
Mozambique.
El Cuzco.
O las iridiscentes islas de la Polinesia.
Mucho
sol aviva los alimentos
que le
regalan vigor y crecimiento a tus músculos.
Con latidos obnubilados
de espanto, saltas,
como todos,
dentro de las penumbras del terror infantil.
Y no evitas el
asombro ante un crepúsculo,
o frente a los
últimos velas del día.
Eres joven.
Y sufres
el tumulto con los
padres,
el miedo ante los inciertos muelles del futuro;
la avidez por adquirir
una identidad,
con la solidez
de las piedras.
Pero luego del fiordo
brusco de los primeros años,
contemplas
las torres del horizonte.
Allí, se erizan
las colinas donde debes decidir tu camino,
entre los desfiladeros de la vida.
Mas entonces, el vientre
de la noche se parte.
La tierra se agrieta.
Las rocas saltan entre aullidos de clarines.
Es la guerra.
Que viene por ti.
Al principio, sólo
quiere tus manos,
para empuñar la espada o el fusil.
O tus piernas para
correr en una caótica carga.
O tus ojos para distinguir
el uniforme enemigo,
y clavarle
tu bayoneta.
Y tus jefes tampoco
quieren saber tu nombre.
A nadie importa la
música de tus sueños,
o tu derecho
a la bahía
sosegada de la vejez,
o a
la paternidad y las risas de los hijos
bailando en
derredor
de ti.
Nadie quiere saber
de tu hogar,
de la primera lluvia
que dibujó
arroyos de cielo
en tu piel.
Sólo te ordenan
que renuncies
al
jardín de la tierra.
Y el cañón ruge.
Para
aplastar tus últimas visiones
de
los campos sembrados.
El poder se crea con
estallidos.
No con suaves llanuras.
Y el fuego del cañón,
los escupitajos de la metralla,
exigen ya la carne desmembrada,
los rostros
desfigurados,
el alimento
para las batallas.
Es necesario tu cuerpo
que combate sin nombre.
Y a la primera línea
te lanzan.
Hacia la trinchera,
o la playa o la fortaleza adversaria.
Y las dagas zumbantes
de las balas,
el metal letal de los cañones,
recorren lo que te
dio tu madre.
Balaceras y cañonazos
atraviesan el vientre
que conoció los alimentos
cosechados por la tierra
y el sol.
Y se revientan tus
ojos
que contemplaron la luna encendida
de la primera mujer desnuda.
Se te
despedazan las
piernas
que recorrieron los caminos de polvo de la aldea,
o la coraza de asfalto
de las ciudades.
Te estalla la cabeza.
Se acalla el tambor
de tu pecho.
Y desde la distancia,
todo lo observan los que no combaten.
Los que usan la
guerra: los burocráticos generales de salón; los políticos tejedores
de alianzas e intrigas; los adinerados apoltronados en su trono de manipulación
y dinero.
Todos vieron u oyeron,
el último huracán devastador de la batalla.
Pero nadie
se lamenta por la vida desperdiciada.
Y las
humaredas arden todavía.
Tu figura, antes una,
individual,
ahora se mezcla con las partes de otros seres.
Y nadie
sabrá nunca tu nombre.
QUIJOTE QUE VUELVE
Te recluiste un día
entre los libros polvorientos.
Las páginas
ardían con historias de medievales caballeros.
Aquellos héroes
son tal vez sólo quimeras de mentes literarias.
Pero nunca te
importó
la diferencia entre lo real y la ficción.
No querías
la seca realidad. Sin sueños.
Ambicionabas el fuego
ideal.
Que calcina lo mediocre.
¿Qué
es la vida sin el deseo de cabalgar hasta las terrazas del sol?
¿Qué
rostro puede hacerse humano sin bañarse en las aguas de un gran desafío?
Dejaste entonces a
Quijano.
Y te ceñiste la armadura.
Elegiste tu blanco
caballo.
Y al cabalgar dejaste detrás
el
falso y seguro dédalo
de lo civilizado.
Junto
al ritmo emocionado del galope,
se tornearon las figuras de Sancho,
y el frescor
de los
sembradíos de la Mancha,
y el resplandor
de Dulcinea.
Y unos seres
grotescos detuvieron tu marcha.
Sus hocicos eran móviles
extremidades
que giraban en círculos perfectos.
Una nueva y rara estirpe
de dragones.
Que no se desgañitaban en llamaradas
como los de tus novelas
de caballería.
No conociste antes
estos monstruos,
quizá porque ellos te esperaban sólo a ti,
para
que los enfrentaras.
Y derrotaras.
Y así fue.
Cargaste contra las
criaturas malignas,
las de las narices que giraban.
Y al
atacar, Dulcinea fue tu luna en el trigo.
Pero llegó
el ocaso de la aventura.
El día en que apareció
en tu camino
Sansón
Carrasco, el Caballero de los Espejos,
el
que derrotó tu ya agotada cabalgadura.
Tu derrota quebró
el arco iris.
Tu
lanza desapareció,
y se desvanecieron los castillos,
el rumor
de las cortes, de los caballeros y sus pajes,
de las damas y sus trovadores.
Todos ellos vertieron
sus últimas sombras
sobre hediondos pantanales.
Concluyó el
centelleo de las espadas y armaduras,
la búsqueda solitaria de monstruos y tesoros
en los bosques,
la fatigosa aventura para agasajar a la mujer amada.
El final estertor
agónico,
rasgó las cuerdas del laúd.
No más canciones
sobre heroicos caballeros.
Ni nobles y valerosos combates.
Ni altos ideales volando
como halcones entre vientos recios.
Ya no más sueños.
No más deseos
de nobles llamaradas en el pecho.
No más torres
de dignidad hirviendo en los ojos.
Ya no más la
rebeldía ante lo mediocre.
Ahora serías
Quijano. El moribundo que se resigna.
El que yacía
postrado,
con
la lúcida conciencia del mundo
donde triunfan y mandan los
mercaderes.
Quizá por eso
mueres Quijote, con el disfraz de Quijano.
Para no padecer este tiempo.
Que ya no quiere caballeros.
Que embistan contra
los molinos absurdos.
II
Pero no aceptes la
tumba que Cervantes, y los mercaderes,
te encastraron
en los
comienzos de la miseria
moderna.
No aceptes el consuelo
de la lápida.
No aceptes
la armadura aplastada
bajo gigantescos pilares de cemento.
Vuelve, regresa, Quijote.
Aquí estamos
los que te acompañaremos.
Lo sé:
somos
pocos, muy pocos, los que no traicionamos.
Los que cabalgamos
sobre los bordes de desfiladeros y laderas
que trepan hacia lo arduo.
Por eso, por nosotros,
vuelve, regresa.
Te seguiremos.
Te seguiremos hasta
el reino de las perdidas verdades.
Para después regresar.
Para retornar
a nuestros modernos
desiertos de vidrio y metal.
Vuelve,
regresa, Quijote.
Y te seguiremos para
luchar contra las hemorragias
que olvidan la furia de los
dioses.
Contra
todo aquello que olvida
el poder creador
de un artesano invisible,
el sudor milagroso de la mujer parturienta.
Vuelve,
regresa, Quijote.
Y te seguiremos
para
rescatar el entusiasmo por la hierba,
la intuición de los secretos,
y la
veneración de los arroyos,
y de
las tierras fértiles.
Vuelve,
regresa, Quijote.
Y te seguiremos
aunque
haya que soportar la soledad.
La
soledad amarga.
La que se hunde como una daga
en la garganta.
Detrás de ti cabalgaremos,
a
través de templos abandonados
y las cenizas de los
libros.
Contigo avanzaremos
entre la indiferencia
al amanecer.
Y el veneno entre
los unos y los otros.
Y los poderosos que
masacran a los indefensos.
Y el oro como único
sacramento.
Te
seguiremos, Quijote.
Nosotros no seremos
los que maten los pájaros
que vuelan hacia las cimas.
Por eso, vuelve, regresa,
Quijote.
Aquí estamos.
Contigo cabalgaremos.
Hasta convertir a
cada molino de viento
en la niña
que ríe frente al mar.
BRANDSEN
(1)
En la boca verde y
árida del Brasil,
se
acomoda el látigo de hombres y caballos
de la República Argentina.
Entre los sables
reverbera
un sol tenso.
Entre las espadas
palpita el coronel Brandsen.
Cerca deambula el
jefe de la hueste del Río de la Plata,
Carlos María de Alvear.
La hiena hambrienta
de palmas.
Frente al ejército
de los colores del cielo,
se apelotonan el hierro y los batallones del Brasil.
Entre los oficiales
del río espolvoreado de Plata,
entre futuras arremetidas y estrategias,
Paz y Juan Lavalle gritan las órdenes necesarias
para
tallar la victoria
deseada.
Pero no podrán
impedir la decisión necia.
Una torpe
orden destinada
a envanecer el ego que disfruta
el imponer una muerte
absurda.
Alvear ordena el ataque
contra una fortaleza enemiga.
Imposible de ser enajenada
por ninguna carga.
Brandsen
escucha la sentencia del general ciego:
"Usted
dirigirá el ataque".
El búho fatal
escupe la sentencia a muerte en los oídos
del coronel que conoció
el
huracán de las batallas napoleónicas.
Brandsen insinúa
una objeción.
Pero la orden
que disfraza la soberbia estupidez
se repite.
Sólo queda
aceptar
el curso sangriento del destino.
¿Qué
cúmulos de reflejos pueden salpicar
los ojos que saben
que pronto verán la tumba fría,
sólo
acompañada por gusanos y humedad?
¿Qué
ritmos turbulentos rugen en la carne que sabe
que pronto se despedazará
en un trueno de balas y fuego?
Brandsen y los suyos
saben que cabalgarán hacia el desfiladero
que los masacrará.
Sin compasión.
Perderán algún
nuevo día de ternura con la mujer.
Perderán la
fragancia dulce de los hijos.
Perderán la
bruma serena de la vejez.
Perderán,
perderán...
Pero de la reciedumbre
de su sable,
depende no perder un último derecho.
"En la última
carga nos ganaremos el último derecho",
te escucho sentenciar,
Brandsen,
cuando observas en silencio
a cada hombre
que cabalgará
contigo hacia el desfiladero.
En tus ojos
arde un brillo sin temor.
Quisieras tal vez
que galoparán por tus mejillas
un tibio arroyo de lágrimas,
el bálsamo
purificador de pasadas manchas y errores.
Pero sólo llorarás
en tu primera noche
en una tumba
abrazada
por los solitarios rayos de la luna.
Y con una mirada final,
tocas los hombros de cada uno de los te sirvieron
en tantas pesadillas
de muertes y cañonazos.
Y le agradeces.
En
silencio.
Te despides.
En silencio.
Ellos también
tocan tus hombros.
"Aunque todo
esto sea absurdo,
cabalgaremos hasta el final", te dicen.
En silencio.
"No los abandonaré
cuando el aire se convierta en una tormenta de navajas",
les aseguras a
los tuyos.
Y con
el resplandor recio
de una última mirada,
acaricias a tus soldados,
a tus hermanos,
a tus
hijos.
Allí, cerca,
brama el derecho que no perderán:
el de morir con exhuberancia.
Y piensas en
varias tormentas que aúllan al mismo tiempo.
Para así tomar
aliento para el rugido.
Para
la carga.
Para el último
grito.
(1)
El coronel Federico Brandsen era francés
y se formó en el ejercito
napoleónico. Luego de la caída de Napoleón ofreció sus servicios al
ejército argentino; hizo suya la causa de este país sudamericano. En la batalla de Ituizangó,
Carlos María de Alvear le dio una orden imbécil, asesina: atacar una fortaleza
inexpugnable. Brandsen sabía que la muerte era segura. Pero aun así, con sus
hombres, atacó con coraje
en una última carga.
LA VUELTA DE OBLIGADO
(1)
En la garganta de
agua que se tuerce, asoman los mástiles invasores.
Los barcos de Albion
y de Francia, traen decenas de cañones.
Tras los navíos
extranjeros, vienen los mercaderes.
Cientos de naves comerciales
vienen.
Nuevas ganancias,
mercados propicios, tierras sumisas, quiere la escuadra invasora.
Y en las
barrancas,
un puñado de gauchos y soldados avistan las siluetas enemigas.
De un lado a otro
del río Paraná, extienden cadenas de hierro.
Un brazo
de metal para frenar las proas gringas.
En la baja cima de
las lomas, se arraciman los argentinos y sus pequeños cañones.
Está Mancilla, Thorne,
la batería Manuelita.
Están los hombres,
las mujeres, los caballos, los yuyos y pajonales, las aguas, los árboles,
los pájaros, los valles y montañas de Argentina.
Que se han jurado,
en el único idioma de la tierra pampeana,
resistir las
arremetidas
de proas y fuego enemigo.
La flota ya casi está
frente a los corazones que retumban en las barrancas.
Y en las gargantas hierve
el himno
de la patria de Belgrano,
San Martín, Rosas y Quiroga.
Cantan los hombres
con los fusiles y las balas de cañón en las manos.
Lloran los tigres
de la tierra argentina.
Y arde en el viento
la última estrofa, la palabra final, la letra definitiva de la canción
patria.
Y después
Mansilla hacer estallar el primer grito de cañón.
Y: ¡Viva la patria!
¡Viva la patria, carajo!
¡De acá
no pasarán!
Y decenas de banderas
con los tonos del cielo y las nubes,
flamean seguras entre
los aullidos del fuego cruzado.
Muchos cuerpos pierden
su calor.
Trozos de huesos y
carne jaspean el suelo entre charcos rojizos.
Por
largas ochos horas,
las naves usurpadoras vomitan jabalinas demoledoras.
Quiebran las cadenas.
Remontan las aguas.
Pero no han podido
capturar la furia de la bandera nativa,
de nuestra bandera,
que sigue sudando
dignidad.
Por sobre sus cabezas.
(1)
En 1845, la Argentina era una federación bajo la autoritaria conducción de Juan
Manuel de Rosas. Rosas era celoso defensor de la integridad territorial de su
país. Franceses e ingleses se aliaron para formar una flota cuya misión era
remontar el río Paraná, hacia el norte para así, bajo la fuerza, abrir los
puertos del litoral argentino al comercio exterior. Pero la resistencia
argentina fue muy decidida. En La vuelta de Obligado, un recodo el río Paraná,
se emplazaron varias baterías y más de dos mil soldados, entre tropas
regulares e irregulares. Sobre una hilera de barcazas se dispusieron cadenas
para impedir el paso de las naves enemigas. Cuando llegó la flota anglofrancesa,
dotadas de más de noventa cañones, se inició un enérgico combate que duró varias
horas. Las bajas argentinas fueron más de 150 muertos; las bajas extranjeras 80
(treinta muertos, el resto heridos). Las cadenas fueron quebradas y la flota
remontó las aguas. Detrás de los navíos de guerra, venían numerosos barcos
mercantes plagados de comerciantes con sus mercaderías. Pero su plan fue un
fracaso porque las poblaciones del interior se negaron a comerciar con ellos. La
Vuelta de Obligado es un ejemplo arquetípico del rechazo de un país contra la
agresión extranjera.
JERÓNIMO
(1)
La pluma fue antes
del águila.
Ahora
incendia tu
cabeza con penachos orgullosos.
Por incontables galopes
de Luna y Sol,
tus pies y tu caballo
acariciaron la piel de la madre,
de la tierra
donde son los bosques y praderas.
Cerca, las montañas
rojas
obsequian un altar al viento y los antepasados.
Los ríos enseñan
a las hierbas sus secretos.
Los árboles
meditan en la palabra del trueno.
La pradera aún
recibe
estremecida
el huracán terrestre de los búfalos.
La atávica
y larga estela de los antepasados
aún
inspira a los jóvenes de la tribu.
Para que recuerden.
Y
comprendan.
II
Y viene el brazo
que eyacula
el fuego delgado, acezante, letal.
El rifle.
Que inventaron
y trajeron Ellos,
los de la piel seducida
por el pálido pigmento de la
nieve
o la claridad del cuarzo.
Ellos trajeron los
rifles y los caballos.
Los cañones.
Las carretas.
Y la serpiente que,
veloz,
progresa y se tuerce
sobre metálicas costillas
empotradas
en la
veta gigante de los paisajes.
Y Ellos traen la palabra
falsa.
Los uniformes ceñidos.
El granizo de las balas traicioneras.
Sobre la cabeza de
Ellos, se encastra el sombrero
de
almidonadas líneas
sombrías.
Son coronas que,
a
diferencia de tus penachos vivaces,
no
tremolan entre los dedos del viento.
Tu cabeza, tus hombros,
flamean con la agilidad de las alas
que propagan tu cuerpo.
Baila tu
calor guerrero
con las plumas de los seres del aire.
Danzan tus contornos
enrojecidos de gritos,
cuando cabalgas hacia Ellos.
Que gustan de traicionar,
de vomitar sobre tu orgullo,
de usurpar tu tierra ancestral,
y matar a tus mujeres
e hijos.
Ellos te ensucian
con el lodo de sus rostros.
Acribillan la
belleza y la serenidad necesarias
para
escuchar
a los antepasados.
Ellos te regalan tornados
de balas.
Creen que caerás rápido.
Creen
que caerás con decenas de agujeros
en tu pecho salvaje.
Pero
tu hundes tu cuchillo
en el cuello de muchos de Ellos.
Mucho líquido
rojo le sacas
a los cuerpos fríos
vestidos
de azul.
Ellos no tienen dioses.
O su única divinidad
es palabra
que no sabe decir
fuego.
O
flor.
Y tus guerreros,
gritan
contigo,
en la nueva
carga contra el invasor
que siempre miente.
Y
muchos soldados
sumidos
en un silencio definitivo
se esparcen sobre las
rocas.
Pero Ellos vuelven.
Cada vez que regresan
son una cascada más alta.
Y cuando
Ellos se
acercan,
más lejos
vuela el águila,
más distante
es la voz de la Madre Tierra.
Y se aleja la vida ancestral.
Se distancia la fuente
donde zambullirse en sabiduría.
II
Y Ellos mataron a
casi todos tus guerreros.
Quizá los dioses y
los antepasados comprenden el destino.
Quizá saben
que hay una última esperanza.
Tal vez mañana
tu pueblo pueda renacer.
Hay que conservar
entonces la simiente.
Y aceptar
el
abandono de la tierra
para regresar después
en la mañana que
avizoran los ancestros.
Y las últimas
frentes orgullosas de tu prosapia,
suben
al tren.
A la larga serpiente.
Y llegas
a lo que
Ellos llaman Florida.
III
Hoy esperas.
Esperas.
Que la voluntad de los antepasados
traiga
el final de Ellos.
Esperas que la gran
Madre
absorba
los
espectros de Ellos.
Pero
Ellos rugen más.
Más.
Con sus raras máquinas
que enloquecen
el tiempo.
Y
hoy esperas.
Esperas.
Mientras
sopla, sopla el viento.
Mientras ritos y
batallas,
sueñan
con cenizas.
Y
hoy esperas.
Esperas.
Y los antepasados
te dicen:
aspira
el crepúsculo,
para unirte con
nosotros.
Y entonces
caminas.
Comprendes
que ya es tiempo de
dormir.
Ahora debe callar
el grito,
que
no volverán a escuchar
las montañas.
Esas
montañas de tus padres
que
te llaman por tu nombre:
Jerónimo,
un guerrero apache.
(1)
Jerónimo fue el jefe apache (1829-1908) que encabezó una tenaz resistencia
contra la ocupación blanca en la región de Arizona. Luego fue derrotado, y fue obligado al
exilio con su pueblo en Florida.
SAMURAI
I
Tenue cae la nieve,
sobre los bosques de cedros.
Emocionado, camina
el viento sobre los cerezos.
El pájaro narra
la aventura de volar.
La montaña
reposa con sus brazos de rocas.
Es la quietud.
El
reflejo de la cima blanca
sobre las pupilas del lago.
El Fujiyama cabrillea
en el agua.
El agua libera poemas.
Y
arriba una espada brilla.
El sol es.
II
Lento es el movimiento.
El acariciar de los
dedos sobre la flor.
El cerezo medita.
A veces, se ve un
pensamiento.
Hay una mente, de
nervaduras y hojas.
El Samurai contempla.
Piensa.
III
Sobre el papel de
arroz
el pincel susurra la tinta.
Tinta
negra.
La esperanza baila,
aunque no se mueva.
La primavera lo dice
en el bosque.
En el anillo de la
madera.
La mano que brotó
del filo del sable,
ya debe escribir:
Bushido.
IV
El árbol está
firme.
Tú debes llegar
a la firmeza.
Tu paso no será
confuso.
Caminarás en
el dorso del paisaje.
Que permanece.
La belleza no huye.
Los valores claros
no se sepultan.
La roca le es fiel
a la tierra.
La nube le es fiel
al sol.
Tú serás
fiel a tu Señor.
V
La mariposa descansa.
El rayo la contempla.
La admira.
VI
En la aldea vive la
suavidad de mujer.
Allí, su vientre
crea la nueva sonrisa.
Para el
cerezo.
VII
Tu piel es el lecho,
para que se posen los principios.
Nunca los olvides.
Nunca los traiciones.
Sé el agua
que nunca abandona su cauce.
Tu cuerpo,
ataviado
para la guerra,
que sea la playa,
la arena,
donde siempre se repitan los valores:
compasión,
lealtad, servicio, coraje,
justicia. sinceridad, cortesía.
Honor.
VIII
En la fragua se repiten
los truenos.
Luego el sol
brilla en el
horno.
El herrero se enorgullece
con el calor.
Siembra tormentas
con su martillo, en el metal.
Los hombres sin valor
son imprecisos, vagos.
La verdad es precisa,
continua.
El número exacto
de golpes se necesita
para el nuevo brazo.
La matemática
precisa del martillo es necesaria,
para explicar el nuevo
brazo que te ha nacido.
Tu espada.
IX
La mañana despierta
a los caballos.
Lo bello sopla un
ciempiés.
Es la hora de la furia
del espíritu y el metal.
En el hogar,
ahora
los extranjeros levantan ídolos de oro.
Y crean los ejércitos
de cañones y fusiles y soldados sin ancestros.
Que matan a la distancia.
Pero tú eres
guerrero.
Eres samurai.
Eres el que venera
al Emperador,
dios en la tierra.
Eres el que honra
al enemigo
al atravesar sus entrañas.
Cara a cara.
Y montas en los caballos,
tan orgullosos como tú.
Las armaduras esculpen
el gesto feroz.
La espada en
alto.
El sol
que aúlla
en el dorso
de los sables
y las lanzas.
Frente están
las milicias urdidas por el extranjero,
las sombras del Imperio que se inclina.
Pero el Samurai brilla.
Que corran ya los
caballos.
Que
aúlle el aire
al paso filoso de las espadas.
Miles de guerreros
de antaño erupcionan en tu brazo,
Samurai,
el que extiendes hacia
el tiempo nuevo que viene.
Y la punta de tu espada
ya necesita esgrimir
el dulce tajo sobre la carne.
Tu ira
exige ya
el cuello
enemigo.
Pero las ametralladoras
te insultan por primera vez.
Imperceptibles, silban
los dardos fulminantes.
Ebrio,
preciso,
corre
el huracán
cobarde
de las balas pequeñas.
Que no aceptan
el combate valeroso,
pecho contra pecho.