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   SAMURAI

  Poemas épicos-románticos

  Por Esteban Ierardo


 

SAMURAI

Cantos épicos románticos:

¿Por qué?

Termópilas

Omaha

La muerte de Cuchulainn

Al soldado desconocido

Quijote que vuelve

Brandsen

La vuelta de Obligado

Jerónimo

Samurai

 

Prólogo

  Honor es elegir el sol en el rostro y despreciar las facilidades de una vida opaca.

  Y la guerra es hemorragia de la esperanza. Los cuerpos antes eran una saludable jungla de vitalidad. Y luego llega la bala de fusil o cañón, o la mordedura feroz del sable. Y los labios ensangrentados son marcados por la mudez y el silencio. La hierba es expulsada de la piel. Parte de la tragedia humana son las turbulencias bélicas. Pero, aun en contra de nuestros deseos, fueron las batallas, los infiernos letales de la metralla o las espadas. Y dentro de aquellas tormentas sobre la tierra, muchos hombres y mujeres no se doblegaron. Fueron palmeras cruelmente azotadas. Pero que se mantuvieron incólumes. Bajo las jabalinas del peligro, el hombre se autodescubre y encuentra adormecidas fuerzas para resistir. 

  En la historia de la literatura, el epos, las res getae, conmueven a los poetas. De esta conmoción nacen la Ilíada, la Eneida, el Mio Cid, el Cantar de los Nibelungos, las sagas vikingas, el Cantar del Roldán, el ciclo bretón del Rey Arturo y el Grial, Ivanhoe, o ese épico desafío a la profundidad del mar y lo real que acosa al capitán Ahad en Moby Dick

  Aquí ensayamos unos respetuosos versos que frotan viejas y muchas veces olvidadas coronas de valor. En estos poemas recreamos la lucha heroica de los espartanos en las Termópilas; el desembarco en Omaha; la resistencia argentina a la invasión extranjera en la Vuelta de Obligado. Y rescatamos de una niebla informe la última carga de Brandsen, la lucha de Jerónimo y de los últimos samurais, y del arquetípico héroe celta CuChulainn.

 Y no evitamos una indefectible debilidad romántica: la nostalgia que en una noche de desaparecidas estrellas, nos impele a invocar el regreso del Quijote, y la fuerza moral de su sueño.

Esteban Ierardo

 

 

 

 
 
  

   SAMURAI

  Poemas épicos-románticos

  Por Esteban Ierardo

 

 

¿POR  QUÉ?

¿Sabes por qué largos ríos de hombres y mujeres

enfrentaron avalanchas de calamidades

con firmeza y devoción en sus ojos?

 

¿Sabes por qué los espartanos no retrocedieron en las Termópilas

a pesar de que sabían que sobre sus cuerpos caerían

las cascadas de puñales

de la muerte devoradora?

 

¿Sabes por qué los rebeldes de Masada

prefirieron el fin por propia mano

antes que ver sus rostros bajo la égida prepotente

de los estandartes romanos?

 

¿Sabes por qué el Samurai

no toleraba vivir como una flor

despojada de su grácil color?

 

¿Sabes por qué muchos se sacrificaron, sin dudarlo,

para regalarles sal y nuevos días de sol

a otros humanos?

 

¿Sabes por qué algunos no toleraron la existencia mediocre

y sólo latieron al sudar entre las laderas

que llevan hasta las cumbres altas?

 

¿Sabes por qué era todo aquello?

Aun tú, era pobre y banal,

lo sabes, aunque desees ocultarlo.

Todo aquello era por eso...

Por eso:

Por el honor.

 

TERMÓPILAS (1)

I

Mileto desafió al gigante.

Darío entregó la ciudad rebelde a las mandíbulas de fuego.

Darío, el padre, muere antes de plasmar los sueños de punición.

Entonces, Jerjes, el hijo, alimenta los cuervos de la revancha.

El orgullo griego será destripado por los leones de Persépolis.

El ejército de Persia, 

casi tan numeroso como las estrellas nocturnas,

hundirá el norte de Grecia bajo su peso.

 

II

Atravesará el cuello de la ilustrada Atenas una jabalina persa.

Y después, poetas cortesanos cantarán la conquista.

El asalto persa sobre Atenas. Tebas, Corinto, Esparta.

Esparta...Esparta...

Esparta te desafía Persia arrogante, en una áspera garganta rocosa.

En la estrecha vértebra de las montañas.

En las Termópilas.

Allí agrupa Jerjes a sus pocos soldados de estirpe. 

Y a sus miles de lanzas esclavas.

Reúne Jerjes a sus vasallos 

que Heródoto calculó en un millón de almas.

 

En el pequeño cuello montañoso, 

la espada persa se desploma sobre el escudo heleno,

sobre Leónidas y los hijos de Esparta,

 sobre los griegos de otras ciudades.

 

Con sorpresa, las cercanas rocas, el próximo suelo,

descubren la versatilidad de la lluvia.

Antes, sólo agua discurría desde la altura.

Ahora, desde el firmamento de los enhiestos guerreros 

que combaten,

se desparraman rotas tinajas de sangre.

Caen las variedades de la carne desmembrada.

Esta es la nueva lluvia.

Caen las retahílas viscosas de ojos, 

los jirones chorreantes de cuellos.

Esta es la nueva lluvia.

Llueve sobre la roca las partes sangrantes de los persas. 

¿Cómo unos pocos rebeldes pueden herir al gigante nunca vencido?

Sólo la desesperación  

puede ser la inspiración de los espartanos desafiantes, se dice Jerjes.

El tigre cazador pronto despedazará el vientre de la presa, cree Jerjes.

 

III

La cólera del guerrero es a veces un fruto de la educación.

Esparta educa la ira con meditada precisión.

No verás, Jerjes, tu ariete taladrando al espartano.

Y para tu serenidad, Jerjes, para tu nueva esperanza, Efialtes, el traidor,

te revela un ignorado sendero.

Te vende, Jerjes, el golpe por sorpresa sobre la fiera que te destroza. 

El león ahora rasguñará el cuello de los griegos. 

 

La muerte acecha a los que defienden su hogar.

Hay que retroceder. Para luego renacer en otra esperanza.

Muchos pueden recular.

Pero no tú, Leónidas. Ni tus guerreros.

Esparta les exigió jurar: ninguno de mis hijos retrocederá jamás.

La derrota sólo se redime con la muerte honrosa.

Que el resto de los griegos muevan sus tobillos hacia otros suelos.

Nosotros no.

 

IV

Y tus trescientos hermanos, Leónidas, se abroquelan ya junto a ti.

Los persas tejen su círculo. 

Las flechas aúllan sobre los escudos espartanos.

Lentamente, muchas piernas sienten el árido idioma

de las saetas que taladran la carne.

Y las flechas son una tormenta precisa.

 

Y el persa quiere gritar victoria. 

Pero está demasiado asombrado para festejar

cuando ve cómo lo que odia

se alza.

 Y vuela.

Vuelan ya, con adustas alas, 

tus trescientos halcones orgullosos, Leónidas.

Los que no dieron un solo paso hacia atrás.

 

 

(1)  Las Termópilas es un desfiladero en Grecia, en Tesalia, cerca del monte Eta. En el 480 a.c, los griegos bloquearon el paso para detener la invasión persa dirigida por el rey Jerjes. El ejercito invasor habría contado con aproximadamente dos ciento mil hombres. Al principio, a pesar de la desigualdad numérica, los griegos pudieron detener a sus enemigos. Pero luego, un traidor llamado Efialtes, por oro, le reveló al rey persa un atajo para sorprender a la resistencia helena por sus espaldas. Entonces, los griegos se retiraron salvo los trescientos espartanos de Leónidas. Las leyes de su ciudad le prohibían retirarse del campo de batalla. Leónidas, y todos sus guerreros, murieron en combate.

 


 

OMAHA (1)

 

Esta mañana luce esmaltada por magras nubes.

Son grisáceos caballos que corren. 

Las nubes quieren la colisión.

El crujido cruel.

Ambicionan las batallas del rayo. 

El quejido que acribilla de la tempestad.

¿El aire es el reino de los dioses del trueno? 

¿O el cielo es una campana vacía 

que sólo retumba con un sonido estúpido?

¿Quieren la carnicera contienda los dioses, 

o sólo la imbecilidad humana?

¿O la guerra sólo la quieren y ordenan 

los generales o el demonio de la esvástica germana?

¡Qué importa ya quién la quiere!

No escaparás de la paradoja miserable.

Para atravesar vivo la playa, 

deberás antes matar al pensamiento y el temor.

 

Omaha se agiganta en tu presentimiento febril.

La barcaza rebota sobre  las aguas.

El viento desperdiga salitrosas gotas.

Pesa el arma aún silenciosa.

El vientre es un valle seco.

 

Y tus dientes se rozan, estrujan las encías.

Y llega el momento de gritar en la tierra.

Te despeñas en la arena. 

Y rápido recibes la orden de contestar 

con el sordo bramido de tu ametralladora

a la lluvia de centellas asesinas 

que te buscan.

 

Y hay que hundir por momentos el rostro 

en la playa empastada de vísceras y esquirlas.

Y hay que romper la losa del pánico. 

Y algún sargento te grita  

que alces de nuevo tus párpados 

hacia el dragón enemigo.

Y escuchas los zumbidos. 

Las abejas chillonas. 

Los murciélagos. 

Los aguijones letales.

Fosforecen las balas enloquecidas.

 

Y corres entre anatomías despedazadas.

Allí se estría el ojo del que fue tu amigo.

Allí arde en sangre

el cuello de un compatriota desconocido.

 

Y te detienes.

Para arrodillarte.

Para escudriñar, sereno, los nidos germanos.

Que escupen puños retorcidos de metralla.

Algunos con tu mismo uniforme, 

trepan las barrancas hacia las casamatas.

Sabes que pronto caerán  los estandartes rivales.

Sabes que morirán o huirán 

los que ahora te gruñen, entre fogonazos y granadas.

 

Gracias a los cuerpos ultrajados en la playa,

se estirará la planta de la libertad en la que crees.

Se extenderá hacia el hogar del halcón.

 

Puedes contemplar entonces sereno, 

satisfecho, 

las primeras banderas enrojecidas por el fuego. 

Los lobos de Alemania que callan en las trincheras.

Y puedes presentir ya 

las vísceras que cuelgan de tu vientre,

la sangre que vomita tu estómago destruido.

Puedes presentir ya

el árbol que, para crecer,

viene a buscar tu calor.

Que se va.

 

 

(1) Omaha es una las playas donde el ejército aliado dirigido de D.Einsenhower desembarcó en Normandía el famoso día D, el 6 de Junio de 1944. Omaha, lugar de desembarco de tropas norteamericanas, fue un sitio donde la batalla fue especialmente sangrienta.

 


 

LA MUERTE DE CUCHULAINN (1)

I

En el Ulster de Conahar MacNessa, 

la bella Dectera, oriunda de Emain Macha, 

se desvaneció junto a jóvenes vírgenes.

Tres años después, 

su belleza nuevamente reapareció

en las orillas del Boyne.

Allí las mujeres que habían regresado, 

resplandecían frente al palacio 

del múltiple dios Lugh, el del Largo Brazo.

 

Poco después, se disipó en la brisa, 

la feérica imagen.

Sólo quedaba allí, una choza abandonada, 

donde latía Setanta, 

obsequió al Ulster de Lugh y de la nativa de Emain Macha.

 

Y luego de siete giros del sol, 

el niño de mágico origen mató 

al irritable sabueso de Culain, jefe de los herreros.

Setanta devinó entonces CuChulainn, el perro de Culann.

Mató luego el renombrado guerrero a tres furibundos gigantes.

Y descubrió la explosión del frenesí, 

de la cólera guerrera, 

que transformaba su cuerpo.

Bajo la influencia de la ira, 

aumentaba la estatura de CuChulainn.

Giraban sus huesos. 

Los contornos del rostro, 

usurpaban el anterior sitio de la nuca.

Los ojos escudriñaban la esfera completa del espacio.
Gotas de sangre fosforecían 

en los extremos de los cabellos atormentados.

 

Y luego el héroe del Ulster agudizó sus artes combativas, 

en la convivencia con Scatagh, diosa guerrera.

De ella recibió hechizos y conjuros.

Recibió las armas indestructibles.

Para el brazo que no tiembla en los combates.

 

II

Y Maedbh, reina de Connaugth, 

ambiciona el tordo pardo de Cooley.

Planea la coalición contra el Ulster, 

de las regiones de Munster, de Leincester y Connaught.

Todo esto lo narra el Tain Bó Qualingé.

 

CuChulainn acude a los geis (2).

Entonces, inacabables enemigos se desangran

bajo la espada que hábil blande el héroe.

Ante esto, Maebd convence al líder de los Ulates 

de entablar una retahíla de combates

con sus mejores campeones.

Batalla así CuChulainn con su viejo amigo: Ferdia McDaman.

Con lanzas combaten.

Durante seis jornadas inventan rayos con sus ramas.

El guerrero del Ulster, 

finalmente, 

se desbarranca en el furor.

Perfora la resistencia del escudo adversario.

Ferdian agradece el perecer en manos amigas.

Y CuChulainn abre el vientre de la tierra.

Para que allí, el hermano caído,

escuche las lluvias futuras.

 

III

Y Maedbh consigue su toro.

Pero desea que los ojos del héroe del Ulster

no contemplen más las pinturas del crepúsculo.

A la magia apela para doblegar 

al que no teme los tajos feroces de la guerra.

Los hijos de Calatin, el hechicero, 

inventan con sus mágicas artes, 

ejércitos de fantasmas. 

Con los que el héroe combate largamente. 

Se agota el combatiente, 

mientras los hijos de Caitlin, 

le endilgan una prohibición:

si carne de perro el héroe comiera,

su fuerza se extinguirá en el umbral mismo 

del combate.

 

Y del tumulto de nuevas luchas fantasmales, emerge el héroe.

Con los puños victoriosos.

Y descansa.

Y lo visitan unas aldeanas.

Unas hechiceras de Maedbh, que le ofrecen alimento.

El héroe no rechaza el obsequio: carne de perro.

 

Y regresa CuChulainn a la batalla fantasmal.

Durante muchos días masacra huestes enemigas.

Pero en el universo céltico de la magia, el hechizo es ley inexorable.

Entonces, el guerrero siente ya la evasión de sus fuerzas.

Su brazo arroja una nueva lanza. 

Cuya punta no hace hervir, como antes, el aire.

Ve el héroe el paso veloz de una espada.

Y ya padece un dolor. 

Hormigueante. 

En el vientre.

En el piso de su carro de guerra, 

contempla CuChulainn la masa viscosa de sus entrañas.

"Sólo permítanme ir a beber. Luego, regresaré",

 propone el guerrero del Ulster.

Nadie niega el pedido. 

Y con sus entrañas aplastadas contra el pecho, 

CuChulainn acude al lago de bucles azulados.

Bebe. 

Lava su sangre.

Morignan, diosa de la muerte, se posa en uno de sus hombros.

CuChulainn atisba, con sus labios arqueados por una sonrisa, 

a gráciles hadas, con formas de nubes. 

Que corren por el cielo.

Y saludan al sol, el agua, la tierra.

 

Y CuChulainn bendice a sus antepasados.

Piensa en la espada que brilla por una causa sincera.

Agradece las enseñanzas 

que los sabios recibieron de los dioses.

Cerca, está el bosque. Los perfumes de la madera.

 

Y CuChulainn vuelve a la lucha imposible.

Y se apoya muy firme en la tierra.

Sostiene con esmero su espada,

cuando le llega la muerte.

 

 

(1)  CuChulainn es el máximo héroe irlandés celta cuya historia pertenece al llamado ciclo del Ulster o de Conahar McNessa relatado en el Tain bó Quailingé (la Cacería del Toro de Cooley).

(2) El geis era un temible hechizo muy extendido en la antigua Irlanda céltica. Podía implicar una prohibición, una obligación, o ambas cosas. La prohibición puede recaer sobre diversas acciones, desde comer un alimento hasta vestir un color o beber una bebida. Como obligación es una deber estricto que compromete a los hombres y los dioses. CuChulainn murió al ser obligado a violar una geis. 

 


 

AL SOLDADO DESCONOCIDO

Allí tu madre gime, con el dolor creador.

Empuja como un gigante que arrastra una montaña.

Cincela el hecho repetido, de fuego y milagro. 

El alumbramiento.

 

Y creces luego en muchas llanuras de la historia, 

y en el largo pulmón de las geografías:

En Roma. 

Mozambique. 

El Cuzco. 

O las iridiscentes islas de la Polinesia.

Mucho sol aviva los alimentos 

que le regalan vigor y crecimiento a tus músculos.

Con latidos obnubilados de espanto, saltas, 

como todos, 

dentro de las penumbras del terror infantil.

Y no evitas el asombro ante un crepúsculo, 

o frente a los últimos velas del día.

 

Eres joven. 

Y sufres el tumulto con los padres, 

el miedo ante los inciertos muelles del futuro; 

la avidez por adquirir una identidad,

 con la solidez de las piedras.

Pero luego del fiordo brusco de los primeros años, 

contemplas las torres del horizonte.

Allí, se erizan las colinas donde debes decidir tu camino, 

entre los desfiladeros de la vida.

Mas entonces, el vientre de la noche se parte.

La tierra se agrieta. 

Las rocas saltan entre aullidos de clarines.

Es la guerra.

Que viene por ti.

Al principio, sólo quiere tus manos, 

para empuñar la espada o el fusil.

O tus piernas para correr en una caótica carga.

O tus ojos para distinguir el uniforme enemigo, 

y clavarle tu bayoneta.

 

Y tus jefes tampoco quieren saber tu nombre.

A nadie importa la música de tus sueños, 

o tu derecho a la bahía sosegada de la vejez, 

o a la paternidad y las risas de los hijos

 bailando en derredor de ti.

Nadie quiere saber de tu hogar, 

de la primera lluvia 

que dibujó arroyos de cielo en tu piel.

Sólo te ordenan que renuncies

al jardín de la tierra.

 

Y el cañón ruge.

Para aplastar tus últimas visiones

de los campos sembrados.

 

El poder se crea con estallidos.

No con suaves llanuras.

Y el fuego del cañón, los escupitajos de la metralla, 

exigen ya la carne desmembrada, 

los rostros desfigurados, 

el alimento para las batallas.

Es necesario tu cuerpo 

que combate sin nombre.

 

Y a la primera línea te lanzan. 

Hacia la trinchera, 

o la playa o la fortaleza adversaria.

Y las dagas zumbantes de las balas, 

el metal letal de los cañones,

recorren lo que te dio tu madre.

Balaceras y cañonazos atraviesan el vientre 

que conoció los alimentos 

cosechados por la tierra y el sol.

Y se revientan tus ojos 

que contemplaron la luna encendida 

de la primera mujer desnuda.

Se te despedazan las piernas 

que recorrieron los caminos de polvo de la aldea, 

o la coraza de asfalto de las ciudades.

Te estalla la cabeza.

Se acalla el tambor de tu pecho. 

 

Y desde la distancia, todo lo observan los que no combaten.

Los que usan la guerra: los burocráticos generales de salón; los políticos tejedores de alianzas e intrigas; los adinerados apoltronados en su trono de manipulación y dinero.

Todos vieron u oyeron, el último huracán devastador de la batalla.

Pero nadie se lamenta por la vida desperdiciada.

 

Y las humaredas arden todavía.

Tu figura, antes una, individual, 

ahora se mezcla con las partes de otros seres.

Y nadie sabrá nunca tu nombre.

 


 

QUIJOTE QUE VUELVE

Te recluiste un día entre los libros polvorientos.

Las páginas ardían con historias de medievales caballeros.

Aquellos héroes son tal vez sólo quimeras de mentes literarias.

Pero nunca te importó la diferencia entre lo real y la ficción.

No querías la seca realidad. Sin sueños.

Ambicionabas el fuego ideal. 

Que calcina lo mediocre.

¿Qué es la vida sin el deseo de cabalgar hasta las terrazas del sol?

¿Qué rostro puede hacerse humano sin bañarse en las aguas de un gran desafío?

Dejaste entonces a Quijano. 

Y te ceñiste la armadura.

Elegiste tu blanco caballo. 

Y al cabalgar dejaste detrás 

el falso y seguro dédalo de lo civilizado.

Junto al ritmo emocionado del galope, 

se tornearon las figuras de Sancho, 

y el frescor de los sembradíos de la Mancha, 

y el resplandor de Dulcinea.

 

Y unos seres grotescos detuvieron tu marcha.

Sus hocicos eran móviles extremidades 

que giraban en círculos perfectos.

Una nueva y rara estirpe de dragones. 

Que no se desgañitaban en llamaradas 

como los de tus novelas de caballería.

No conociste antes estos monstruos, 

quizá porque ellos te esperaban sólo a ti, 

para que los enfrentaras. 

Y derrotaras.

Y así fue.

Cargaste contra las criaturas malignas, 

las de las narices que giraban.

Y al atacar, Dulcinea fue tu luna en el trigo.

 

Pero llegó el ocaso de la aventura. 

El día en que apareció en tu camino 

Sansón Carrasco, el Caballero de los Espejos,

el que derrotó tu ya agotada cabalgadura. 

 

Tu derrota quebró el arco iris.

Tu lanza desapareció, 

y se desvanecieron los castillos, 

el rumor de las cortes, de los caballeros y sus pajes, 

de las damas y sus trovadores.

Todos ellos vertieron sus últimas sombras 

sobre hediondos pantanales.

Concluyó el centelleo de las espadas y armaduras, 

la búsqueda solitaria de monstruos y tesoros en los bosques, 

la fatigosa aventura para agasajar a la mujer amada.

 

El final estertor agónico, 

rasgó las cuerdas del laúd.

No más canciones sobre heroicos caballeros. 

Ni nobles y valerosos combates. 

Ni altos ideales volando como halcones entre vientos recios.

 

Ya no más sueños.

No más deseos de nobles llamaradas en el pecho.

No más torres de dignidad hirviendo en los ojos.

Ya no más la rebeldía ante lo mediocre.

Ahora serías Quijano. El moribundo que se resigna.

El que yacía postrado, 

con la lúcida conciencia del mundo 

donde triunfan y mandan los mercaderes.

Quizá por eso mueres Quijote, con el disfraz de Quijano. 

Para no padecer este tiempo.

Que ya no quiere caballeros.

Que embistan contra los molinos absurdos.

 

II

Pero no aceptes la tumba que Cervantes, y los mercaderes, 

te encastraron 

en los comienzos de la miseria moderna.

No aceptes el consuelo de la lápida. 

No aceptes la armadura aplastada 

bajo gigantescos pilares de cemento.

 

Vuelve, regresa, Quijote.

Aquí estamos los que te acompañaremos.

Lo sé: somos pocos, muy pocos, los que no traicionamos.

Los que cabalgamos 

sobre los bordes de desfiladeros y laderas 

que trepan hacia lo arduo.

Por eso, por nosotros, vuelve, regresa.

 

Te seguiremos.

Te seguiremos hasta el reino de las perdidas verdades. 

Para después regresar. 

Para retornar a nuestros modernos 

desiertos de vidrio y metal.

 

Vuelve, regresa, Quijote.

Y te seguiremos para luchar contra las hemorragias 

que olvidan la furia de los dioses.

Contra todo aquello que olvida 

el poder creador de un artesano invisible, 

el sudor milagroso de la mujer parturienta.

 

Vuelve, regresa, Quijote.

Y te seguiremos 

para rescatar el entusiasmo por la hierba, 

la intuición de los secretos, 

y la veneración de los arroyos,

y de las tierras fértiles.

 

Vuelve, regresa, Quijote.

Y te seguiremos 

aunque haya que soportar la soledad. 

La soledad amarga. 

La que se hunde como una daga en la garganta.

 

Detrás de ti cabalgaremos, 

a través de templos abandonados

y las cenizas de los libros.

 

Contigo avanzaremos

entre la indiferencia al amanecer.

Y el veneno entre los unos y los otros.

Y los poderosos que masacran a los indefensos.

Y el oro como único sacramento.

 

Te seguiremos, Quijote.

Nosotros no seremos los que maten los pájaros 

que vuelan hacia las cimas.

 

Por eso, vuelve, regresa, Quijote.

Aquí estamos.

Contigo cabalgaremos.

Hasta convertir a cada molino de viento

en la niña 

que ríe frente al mar.

 


 

BRANDSEN (1)

En la boca verde y árida del Brasil, 

se acomoda el látigo de hombres y caballos 

de la República Argentina.

Entre los sables reverbera un sol tenso.

Entre las espadas palpita el coronel Brandsen.

Cerca deambula el jefe de la hueste del Río de la Plata, 

Carlos María de Alvear.

La hiena hambrienta de palmas.

 

Frente al ejército de los colores del cielo, 

se apelotonan el hierro y los batallones del Brasil.

Entre los oficiales del río espolvoreado de Plata, 

entre futuras arremetidas y estrategias, 

Paz y Juan Lavalle gritan las órdenes necesarias

para tallar la victoria deseada.

Pero no podrán impedir la decisión necia.

Una torpe orden destinada a envanecer el ego que disfruta

el imponer una muerte absurda.

 

Alvear ordena el ataque contra una fortaleza enemiga.

Imposible de ser enajenada por ninguna carga.

Brandsen escucha la sentencia del general ciego: 

"Usted dirigirá el ataque".

El búho fatal escupe la sentencia a muerte en los oídos

del coronel que conoció 

el huracán de las batallas napoleónicas.

 

Brandsen insinúa una objeción.

Pero la orden que disfraza la soberbia estupidez 

se repite.

Sólo queda aceptar 

el curso sangriento del destino.

¿Qué cúmulos de reflejos pueden salpicar

los ojos que saben que pronto verán la tumba fría,

sólo acompañada por gusanos y humedad?

¿Qué ritmos turbulentos rugen en la carne que sabe

que pronto se despedazará en un trueno de balas y fuego?

Brandsen y los suyos saben que cabalgarán hacia el desfiladero

que los masacrará. Sin compasión.

Perderán algún nuevo día de ternura con la mujer.

Perderán la fragancia dulce de los hijos.

Perderán la bruma serena de la vejez.

Perderán, perderán...

 

Pero de la reciedumbre de su sable, 

depende no perder un último derecho.

"En la última carga nos ganaremos el último derecho",

te escucho sentenciar, Brandsen, 

cuando observas en silencio a cada hombre

que cabalgará contigo hacia el desfiladero.

En tus ojos arde un brillo sin temor.

Quisieras tal vez que galoparán por tus mejillas 

un tibio arroyo de lágrimas,

el bálsamo purificador de pasadas manchas y errores.

Pero sólo llorarás en tu primera noche 

en una tumba abrazada 

por los solitarios rayos de la luna.

 

Y con una mirada final, 

tocas los hombros de cada uno de los te sirvieron

en tantas pesadillas de muertes y cañonazos.

Y le agradeces. 

En silencio.

Te despides. 

En silencio.

Ellos también tocan tus hombros.

"Aunque todo esto sea absurdo, 

cabalgaremos hasta el final", te dicen. 

En silencio.

"No los abandonaré 

cuando el aire se convierta en una tormenta de navajas", 

les aseguras a los tuyos.

 

Y con el resplandor recio de una última mirada, 

acaricias a tus soldados, 

a tus hermanos, 

a tus hijos.

Allí, cerca, 

brama el derecho que no perderán: 

el de morir con exhuberancia.

 

Y piensas en varias tormentas que aúllan al mismo tiempo.

Para así tomar aliento para el rugido.

Para la carga.

Para el último grito.

 

 

(1) El coronel Federico Brandsen era francés y se formó en el ejercito napoleónico. Luego de la caída de Napoleón ofreció sus servicios al ejército argentino; hizo suya la causa de este país sudamericano. En la batalla de Ituizangó, Carlos María de Alvear le dio una orden imbécil, asesina: atacar una fortaleza inexpugnable. Brandsen sabía que la muerte era segura. Pero aun así, con sus hombres, atacó con coraje en una última carga.

 


 

LA VUELTA DE OBLIGADO (1)

En la garganta de agua que se tuerce, asoman los mástiles invasores.

Los barcos de Albion y de Francia, traen decenas de cañones.

Tras los navíos extranjeros, vienen los mercaderes.

Cientos de naves comerciales vienen.

Nuevas ganancias, mercados propicios, tierras sumisas, quiere la escuadra invasora.

Y en las barrancas, un puñado de gauchos y soldados avistan las siluetas enemigas.

De un lado a otro del río Paraná, extienden cadenas de hierro.

Un brazo de metal para frenar las proas gringas.

En la baja cima de las lomas, se arraciman los argentinos y sus pequeños cañones.

Está Mancilla, Thorne, la batería Manuelita.

Están los hombres, las mujeres, los caballos, los yuyos y pajonales, las aguas, los árboles, los pájaros, los valles y montañas de Argentina.

Que se han jurado, en el único idioma de la tierra pampeana,

resistir las arremetidas de proas y fuego enemigo.

 

La flota ya casi está frente a los corazones que retumban en las barrancas.

Y en las gargantas hierve el himno

de la patria de Belgrano, San Martín, Rosas y Quiroga.

Cantan los hombres con los fusiles y las balas de cañón en las manos.

Lloran los tigres de la tierra argentina.

Y arde en el viento la última estrofa, la palabra final, la letra definitiva de la canción patria.

Y después Mansilla hacer estallar el primer grito de cañón.

Y: ¡Viva la patria! ¡Viva la patria, carajo!

¡De acá no pasarán!

 

Y decenas de banderas con los tonos del cielo y las nubes,

flamean seguras entre los aullidos del fuego cruzado.

Muchos cuerpos pierden su calor.

Trozos de huesos y carne jaspean el suelo entre charcos rojizos.

Por largas ochos horas, las naves usurpadoras vomitan jabalinas demoledoras.

Quiebran las cadenas.

Remontan las aguas.

Pero no han podido capturar la furia de la bandera nativa,

de nuestra bandera,

que sigue sudando dignidad.

Por sobre sus cabezas.

 

 

(1) En 1845, la Argentina era una federación bajo la autoritaria conducción de Juan Manuel de Rosas. Rosas era celoso defensor de la integridad territorial de su país. Franceses e ingleses se aliaron para formar una flota cuya misión era remontar el río Paraná, hacia el norte para así, bajo la fuerza, abrir los puertos del litoral argentino al comercio exterior. Pero la resistencia argentina fue muy decidida. En La vuelta de Obligado, un recodo el río Paraná, se emplazaron varias baterías y más de dos mil soldados, entre tropas regulares e irregulares. Sobre una hilera de barcazas se dispusieron cadenas para impedir el paso de las naves enemigas. Cuando llegó la flota anglofrancesa, dotadas de más de noventa cañones, se inició un enérgico combate que duró varias horas. Las bajas argentinas fueron más de 150 muertos; las bajas extranjeras 80 (treinta muertos, el resto heridos). Las cadenas fueron quebradas y la flota remontó las aguas. Detrás de los navíos de guerra, venían numerosos barcos mercantes plagados de comerciantes con sus mercaderías. Pero su plan fue un fracaso porque las poblaciones del interior se negaron a comerciar con ellos. La Vuelta de Obligado es un ejemplo arquetípico del rechazo de un país contra la agresión extranjera. 

 


 

JERÓNIMO (1)

La pluma fue antes del águila.

Ahora incendia tu cabeza con penachos orgullosos.

Por incontables galopes de Luna y Sol, 

tus pies y tu caballo 

acariciaron la piel de la madre, 

de la tierra 

donde son los bosques y praderas.

 

Cerca, las montañas rojas 

obsequian un altar al viento y los antepasados.

Los ríos enseñan a las hierbas sus secretos.

Los árboles meditan en la palabra del trueno.

La pradera aún recibe 

estremecida 

el huracán terrestre de los búfalos.

La atávica y larga estela de los antepasados 

aún inspira a los jóvenes de la tribu.

Para que recuerden.

 Y comprendan.

 

II

 

Y viene el brazo que eyacula 

el fuego delgado, acezante, letal.

El rifle. 

Que inventaron y trajeron Ellos, 

los de la piel seducida 

por el pálido pigmento de la nieve 

o la claridad del cuarzo.

Ellos trajeron los rifles y los caballos. 

Los cañones. 

Las carretas. 

Y la serpiente que, veloz, 

progresa y se tuerce 

sobre metálicas costillas 

empotradas 

en la veta gigante de los paisajes.

 

Y Ellos traen la palabra falsa. 

Los uniformes ceñidos. 

El granizo de las balas traicioneras.

Sobre la cabeza de Ellos, se encastra el sombrero 

de almidonadas líneas sombrías.

Son coronas que,

a diferencia de tus penachos vivaces,

 no tremolan entre los dedos del viento.

 

Tu cabeza, tus hombros, 

flamean con la agilidad de las alas 

que propagan tu cuerpo.

Baila tu calor guerrero 

con las plumas de los seres del aire.

Danzan tus contornos enrojecidos de gritos, 

cuando cabalgas hacia Ellos.

Que gustan de traicionar, 

de vomitar sobre tu orgullo, 

de usurpar tu tierra ancestral,

 y matar a tus mujeres e hijos.

 

Ellos te ensucian con el lodo de sus rostros.

Acribillan la belleza y la serenidad necesarias

para escuchar 

a los antepasados.

 

Ellos te regalan tornados de balas. 

Creen que caerás rápido. 

Creen que caerás con decenas de agujeros 

en tu pecho salvaje.

Pero tu hundes tu cuchillo 

en el cuello de muchos de Ellos.

Mucho líquido rojo le sacas 

a los cuerpos fríos 

vestidos de azul.

 

Ellos no tienen dioses. 

O su única divinidad 

es palabra que no sabe decir

fuego.

O flor.

 

Y tus guerreros, 

gritan contigo,

en la nueva carga contra el invasor 

que siempre miente.

Y muchos soldados 

sumidos en un silencio definitivo 

se esparcen sobre las rocas. 

 

Pero Ellos vuelven.

Cada vez que regresan 

son una cascada más alta.

 

Y cuando Ellos se acercan,

más lejos vuela el águila,

más distante es la voz de la Madre Tierra.

 

Y se aleja la vida ancestral.

Se distancia la fuente 

donde zambullirse en sabiduría.

 

II

Y Ellos mataron a casi todos tus guerreros.

Quizá los dioses y los antepasados comprenden el destino.

Quizá saben que hay una última esperanza.

Tal vez mañana tu pueblo pueda renacer.

Hay que conservar entonces la simiente.

Y aceptar el abandono de la tierra 

para regresar después 

en la mañana que avizoran los ancestros.

Y las últimas frentes orgullosas de tu prosapia, 

suben al tren. 

A la larga serpiente.

Y llegas 

a lo que Ellos llaman Florida.

 

III

Hoy esperas.

 Esperas.

Que la voluntad de los antepasados 

traiga el final de Ellos.

Esperas que la gran Madre 

absorba 

los espectros de Ellos. 

Pero Ellos rugen más.

Más.

Con sus raras máquinas 

que enloquecen el tiempo. 

 

Y hoy esperas. 

Esperas.

Mientras sopla, sopla el viento. 

Mientras ritos y batallas,

sueñan con cenizas.

 

Y hoy esperas. 

Esperas.

Y los antepasados te dicen:

aspira el crepúsculo, 

para unirte con nosotros.

 

Y entonces caminas.

Comprendes que ya es tiempo de dormir.

Ahora debe callar el grito,

que no volverán a escuchar 

las montañas.

Esas montañas de tus padres 

que te llaman por tu nombre:

Jerónimo, un guerrero apache.

 

 

(1) Jerónimo fue el jefe apache (1829-1908) que encabezó una tenaz resistencia contra la ocupación blanca en la región de Arizona. Luego fue derrotado, y fue obligado al exilio con su pueblo en Florida. 

 


 

SAMURAI

I

Tenue cae la nieve, sobre los bosques de cedros.

Emocionado, camina el viento sobre los cerezos.

El pájaro narra la aventura de volar.

La montaña reposa con sus brazos de rocas.

Es la quietud. 

El reflejo de la cima blanca 

sobre las pupilas del lago.

El Fujiyama cabrillea en el agua.

El agua libera poemas. 

Y arriba una espada brilla.

El sol es.

 

II

Lento es el movimiento.

El acariciar de los dedos sobre la flor.

El cerezo medita.

A veces, se ve un pensamiento.

Hay una mente, de nervaduras y hojas.

El Samurai contempla.

Piensa.

 

III

Sobre el papel de arroz 

el pincel susurra la tinta.

Tinta negra.

La esperanza baila, 

aunque no se mueva.

La primavera lo dice en el bosque.

En el anillo de la madera.

La mano que brotó del filo del sable,

ya debe escribir:

Bushido.

 

IV

El árbol está firme.

Tú debes llegar a la firmeza.

Tu paso no será confuso.

Caminarás en el dorso del paisaje.

Que permanece.

La belleza no huye.

Los valores claros no se sepultan.

La roca le es fiel a la tierra.

La nube le es fiel al sol.

Tú serás fiel a tu Señor.

 

V

La mariposa descansa.

El rayo la contempla.

La admira.

 

VI

En la aldea vive la suavidad de mujer.

Allí, su vientre crea la nueva sonrisa.

Para el cerezo.

 

VII

Tu piel es el lecho, 

para que se posen los principios.

Nunca los olvides.

Nunca los traiciones.

Sé el agua 

que nunca abandona su cauce.

Tu cuerpo, 

ataviado para la guerra,

que sea la playa, 

la arena, 

donde siempre se repitan los valores:

compasión, lealtad, servicio, coraje,

 justicia. sinceridad, cortesía.

Honor.

 

VIII

En la fragua se repiten los truenos.

Luego el sol brilla en el horno.

El herrero se enorgullece con el calor.

Siembra tormentas con su martillo, en el metal.

Los hombres sin valor son imprecisos, vagos.

La verdad es precisa, continua.

El número exacto de golpes se necesita

para el nuevo brazo.

La matemática precisa del martillo es necesaria,

para explicar el nuevo brazo que te ha nacido.

Tu espada.

 

IX

La mañana despierta a los caballos.

Lo bello sopla un ciempiés.

Es la hora de la furia 

del espíritu y el metal.

En el hogar, 

ahora 

los extranjeros levantan ídolos de oro.

Y crean los ejércitos 

de cañones y fusiles y soldados sin ancestros.

Que matan a la distancia.

Pero tú eres guerrero.

Eres samurai.

Eres el que venera al Emperador, 

dios en la tierra.

Eres el que honra al enemigo 

al atravesar sus entrañas.

Cara a cara.

 

Y montas en los caballos, tan orgullosos como tú.

Las armaduras esculpen el gesto feroz.

La espada en alto. 

El sol 

que aúlla 

en el dorso de los sables 

y las lanzas.

Frente están las milicias urdidas por el extranjero, 

las sombras del Imperio que se inclina.

Pero el Samurai brilla.

 

Que corran ya los caballos.

Que aúlle el aire al paso filoso de las espadas.

Miles de guerreros de antaño erupcionan en tu brazo, 

Samurai,

el que extiendes hacia el tiempo nuevo que viene.

 

Y la punta de tu espada 

ya necesita esgrimir 

el dulce tajo sobre la carne.

Tu ira exige ya 

el cuello enemigo.

Pero las ametralladoras te insultan por primera vez.

Imperceptibles, silban los dardos fulminantes. 

Ebrio, 

preciso,

corre el huracán cobarde 

de las balas pequeñas. 

Que no aceptan el combate valeroso, 

pecho contra pecho.</