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   CANTOS EN LA NIEBLA

  Por Esteban Ierardo


 

 

Prólogo 

Cantos en la niebla

Canto uno: Junto al héroe y el río

Canto dos: el alud

Canto tres: Niebla que se desvanece

Canto cuatro: Memoria del espacio

Canto cinco: Las mordeduras del cascabel

Canto seis: En las galerías

Canto siete: Y cabalgo hacia el mar

 

Prólogo

   El ave ama la altura. El rayo quiere descender sobre la humedad terrestre. El viento ambiciona recorrer, una y otra vez, la amplitud circular de la tierra. El dinamismo vital desea extenderse a lo amplio y alto, o explorar los espacios cerrados. Pero la distancia y la dureza se oponen. Ningún movimiento creador fluye si antes no desvanece los hilos de lo duro. La puerta o llave que conduce de lo conocido hacia la novedad embriagante es un previo desvanecer. Y desvanecer es disolver la vanidad de la falsa firmeza, la del muro duro y gélido que se opone al movimiento descubridor. La poesía ( o el arte en general) es movimiento descubridor. Que requiere en algún instante desvanecer los muros que encarcelan la mirada. La niebla desvanece la vanidad de lo duro e inerte; de aquello que desprecia o teme al movimiento. El pincel de la niebla desvanece. Y convierte la realidad en lo indeterminado, en lo que se desplaza hacia nuevas regiones que no conocen los ojos hipnotizados por una sola imagen de las cosas.

 Y el caballo es la fuerza del movimiento. Es animal noble que en su estado puro (que es su único estado verdadero) cabalga desde la llanura hacia lo que oculta el horizonte. El caballo es vida sana del movimiento; es salto por encima de límites enmohecidos. Si siguiéramos a un caballo libre y salvaje hasta el fin, éste nos llevaría hasta la primera mañana, hasta la fuerza que hizo brillar las primeras luces matinales y que inició la realidad como juego creador. 

   Y la niebla desvanece los barrancos, los vacíos. La imposibilidad. Dentro de la niebla se puede cabalgar hacia el origen de la altura, de las aguas profundas y de los lugares no conocidos u olvidados.

  En los versos que siguen imagino una cabalgata a través de la niebla hacia la realidad que se mueve. Las cabalgatas son cantos. Son devenir desde un adentro asfixiante hacia un afuera donde el cuerpo regresa a lo inacabado y pleno.

  Es un viaje circular que comienza en un lugar histórico para mi país. El primer canto-cabalgata fue escrito cerca de la casa natalicia del gran Don José de San Martín, en Yapeyú, Corrientes, casi hundiendo mis pies en la serena memoria líquida del río Uruguay.

 El inicio es la historia, la tierra y el río. Pero luego, sin que mi voluntad participe, mi caballo me lleva a la ciudad, a ese bosque de raíces de cemento, de edificios sin ramas ni campanas. Y en el último canto, en la última de las cabalgatas a través de una agobiante ciudad secreta, mi caballo me expande hacia la arena. Hacia el mar sin cansancio.

  Poesía, arte: la cabalgata entre un rayo divino. Que sobrevive.

Esteban Ierardo

 

 

 

 
 

 

CANTOS EN LA NIEBLA

Por Esteban Ierardo   

 

CANTO I

Junto al héroe y el río

I

He llegado al comienzo olvidado

de una cabalgata ebria de gloria.

En una tierra flaqueada por corrientes

aspiro la brisa de Yapeyú.

Aquí, entre árboles y caminos de polvo

un pecho predestinado bebió

lomas verdes de horizontes,

serpientes amarronadas de agua,

vientos silbantes.

Aquí, San Martín, mi héroe de siempre,

inhaló el inicio

de su aventura

de energía noble y conquistadora.

Aquí, cerca del gran sueño

de un hijo de la tierra americana,

invoco alguna cima. 

Las jabalinas de energía guerrera de mi tierra

comenzaron aquí.

Hoy, frente al llamado río Uruguay

otra aventura comenzaré.

 

Y camino ya hacia un caballo.

Tengo un deseo 

de alba profunda. 

 

II

Monto ya el caballo

de volcanes superiores al razonamiento.

En la silla de cuero

cascabelean lomas campestres.

En las crines del corcel

braman los truenos 

que incendian las maderas.

Los dos ojos de mi animal

ven lo que mi pequeñez

no escruta ni descifra.

Sobre el lomo del animal

cabalgo como un cuerpo

de huesos llameantes.

Quiero ser un jinete que despierta. 

Quiero escuchar al fin

el murmullo salvaje del arroyo.

 

III

Cabalgo ya.

Una bandera de colores extraños

tremola junto a mis cejas.

Cabalgo.

Y los mares de mi piel

no son ya orillas de sal seca.

En los bordes de mi cuerpo

restallan las voces de la memoria.

Con las claridades del sol 

observo las praderas.

Celebro las tibiezas que llegan

a los cristales de mi carne.

Una pluma de reverberación misteriosa

aletea en las cosas a veces.

Y me fundo con esa luces enigmáticas

que bailan sobre las montañas.

Entonces, me incendio sin consumirme.

Cabalgo en la cuesta

del enigma de la tierra.

Ya no hay cenizas 

que puedan apagarme el calor.

 

IV

 

Pero mi cabalgata no es sólo

placentera unión 

con melodiosas campanas divinas.

Desde un pueblo cercano a una mansa corriente,

cabalgo hacia los abismos y las nieblas.

 

Y detengo el galope.

Mi caballo también contempla,

en un último instante de distendido placer,

las llanuras y las selvas,

los bosques y las praderas.

Los  intrigantes y no colonizados lechos de los mares.

Pero nuestras huellas

quieren el barro dificultoso.

Sólo nos descubriremos

en lo abismal y neblinoso.

En la ciudad hinchada de sótanos...

 

V

Antes:

una montaña siempre en lontananza.

Antes:

árboles y remolinos de viento.

Antes:

la ambrosia en los techos del cielo.

Antes:

las líneas entre el arriba y el abajo

eran extensas.

Ahora,

galopo en el inmenso dragón de la niebla

que cubre la ciudad.

Avanzo en el neblinoso paisaje.

Los edificios y las ventanas se desploman

sobre sus sombras.

Los ciudadanos deambulan dormidos.

Los estiletazos del mediodía brillante

no resplandecen aquí.

 

¿Y por qué es la luz?

¿Por qué es el espacio?

¿Todo es por un dios escondido

entre el código de los genes?

¿Por qué esta tierra,

y la ciudad dentro de ella,

penden del lomo titilante de la Vía Láctea?

¿A nadie importa ya las preguntas

que convierten al humano

en una llamarada de asombro?

¿A nadie importa las preguntas

que devuelven la conciencia

de que todo baila en una danza

misteriosa y extraña?

 

Galopo ya en la ciudad,

cubierta de niebla.

Cabalgo entre los brazos fríos del asfalto;

entre las aristas secas del cemento.

Aquí, la conciencia de lo extraño e inaudito

es expulsada.

El asombro y la veneración sufren exilio.

¿Es que ya nadie sospecha en la urbe 

la necesidad de un arquitecto o mago secreto

para que todo sea?

 

Las líneas largas entre la roca y la estrella

se han quebrado ya.

Hace mucho tiempo.

En esta ciudad, abrumada de niebla,

un pequeño laberinto expulsa,

en silencio,

el rabioso misterio de las galaxias.

 

 

CANTO II

El alud

 

I

Humaredas de espontáneos incendios

se elevan en las praderas. 

El gorrión y el halcón

trepan peldaños de nubes.

La langosta y el canguro saltan

ambicionando alguna cumbre.

Pero en la ciudad 

que abro con mi galope

los hombres y construcciones se desbarrancan

unas sobre otras.

Dudosos pensadores

repiten que el aislamiento

es la verdad aniquiladora

de la cotidiana sociedad.

La distancia y separación entre los seres.

La soledad disimulada

por las fiebres sonoras de la ciudad.

 Pero digo que los pechos separados

son una ilusión.

Lo cierto es el desmoronamiento incesante

de unos sobre otros.

 

II

La nieve se descuelga 

bárbara desde la ladera.

La rodante muralla blanca

destila el rumor frenético de la caída.

Es el alud.

Evento crujiente de la naturaleza.

Raro, excepcional.

A diferencia de las repetidas avalanchas urbanas.

Los aludes urbanos:

todas las soledades se desbarrancan

sobre un frágil y anónimo transeúnte.

Y, éste a su vez,

se desploma sobre el resto.

Unos sobre otros caen.

 

No son islas

las selvas de individuos de la urbe.

Son el alud.

El esqueleto de luna donde se abalanzan

unos sobre otros.

 

¿Pero no hay aquí otro sonido

distinto al de las avalanchas y las caídas

de los sueños desangrados?

Lo sabré si galopo

entre los abismos y la niebla.

 

 

CANTO III

Niebla que se desvanece

 

I

Nieblas míticas son las del Gales artúrico,

las de la céltica Bretaña, 

o el melancólico vaho londinense.

El neblinoso territorio urbano

esconde las figuras campestres,

la humedad de la tierra.

 

Por la niebla

todo se suspende

en una región intermedia 

entre las comisuras del desierto

y los nubosos pómulos del cielo.

El intermedio reino de lo neblinoso

se mece delante de los ojos.

Allí se arremolina, tenue, el vapor

de lo que se desvanece.

 

 

La niebla expulsa lo en-vanecido,

lo que masculla vanidad.

Vanidad: individuos que no meditan

en el huracán milagroso de su presencia.

Lo envanecido.

Lo que es fuera 

del desvanecimiento de lo neblinoso.

Lo que es en la vanidad.

El humano que se piensa

el gran dispensador de los dones.

El que olvida 

el origen de sus pulmones.

El que olvida

lo recibido 

de Aquello que nos inventa.

 

 

II

 

Desvanecimiento en la niebla.

La esfera planetaria

no es ensuciada por lo vano.

Siempre la Tierra Madre flota

con su melenas misteriosas.

En el lienzo neblinoso

siempre se escucha 

la oración del pez profundo.

No gobierna aquí el intelecto arrogante,

la  vanidad de los puños de la razón

que gustan golpear el vientre

de nuestra Madre.

 

III

 

En los desvanecimientos de la niebla

cabalgo.

Suenan los cascos

entre las cosas recuperadas.

Y los cabellos de las cosas 

que se hunden 

en Algo desconocido que nos piensa.

 

 

IV

 

En la neblinosa noche de lo desvanecido

galopo para ver.

La primera visión es la convivencia

entre los vivos y los muertos.

En la diurna indiferencia sin niebla

vociferan solo los que viven todavía.

Los que destierran a los muerto.

¿Pero crees que los cementerios 

son las moradas finales

de los muertos?

Con el peso blanco de las lápidas

quieres encerrar   

a los sutiles espíritus

que aún hablan, padecen, esperan.

Cada capa de la tierra es el sedimento

de antiguas edades.

En la geología secreta de la ciudad

se agregan y yuxtaponen

el completo devenir de las generaciones.

Caminas por un calle solitaria,

y crees que destila soledad.

Pero en cada paso, te encuentras y atraviesas

con lo que ayer vieron su cuerpo

caminando por esa calle

y abrazados por el sol.

 

La vanidad de los vivos

cree que los muertos

ya no habitan aquí.

No escuchan 

el rumor 

de las pasiones humanas de ayer. 

Tú te piensas el único vivo.

No reconoces aquellos que siguen aquí.

Pero los que creemos muertos

continúan como

viento.

Susurro. 

Niebla.

Que en silencio aún flotan

frente a la ceguera 

que nos sangra en los párpados.

 

 

 

CANTO IV

Memoria del espacio

 

I

Cabalgo por las calles.

Sigo el galope atento dentro de la niebla,

en la ciudad nocturna.

Antes supe

que el clamor de las pasadas generaciones

convive con la ciega apatía de los vivos.

Ahora, mi caballo se detiene.

Escucho lo que se me demanda escuchar.

A través de las paredes neblinosas

escudriño los rizos opalinos de la luna.

Se parecen al primer brillo del tiempo.

Sin embargo, en el rayo lunar presente

hormiguean y se recuerdan a sí mismas

las inacabables lunas de ayer.

En cada arista de atmósfera

la naturaleza se recuerda.

La memoria no es sólo el atributo

del cerebro de los organismos.

El espacio también recuerda.

Hay memoria fuera 

de los cerebros individuales.

Sobre la casa física de la tierra

todo lo vivido se conserva.

Y repite.

A tus espaldas.

 

 

II

 

Los techos de la ciudad

contemplan, de tanto en tanto,

el alarido rojo de un trueno.

El grito que los primitivos humanos oyeron 

como el aullido del dios del cielo.

Ninguno escucha ya lo que dice

la garganta de la tempestad.

Nadie lo recuerda.

El tiempo debiera sepultar todo lo vivido.

Pero sobre las azoteas de la urbe

continua el rayo.

En los labios del cielo ruge

el aullido celeste que recuerda

el dorso enterrado de la piedra.

 

 

III

 

Debajo de la alcantarilla

las aguas corren.

No encuentro el oído humano

que escuche

lo que el líquido devenir recita.

Pero hormigas y duendes

se acercan a la abertura.

Escuchan.

Millones de lluvias continúan

en el agua que fluye.

 

 

IV

 

Y cabalgo con trote ligero.

Deposito mi atención

en una pared pintada de penumbra.

Se vierten entonces por mis cabellos

los miles de soles que mordieron

ayer, esa pared 

con dientes de fuego.

Revivo las lluvias

que bañaron las superficies 

de aquella pared.

Revivo los insectos no percibidos

que posaron sus extremidades

y mentes laberínticas

sobre frisos y ventanas.

Recuerdo las tibias sombras

de los humanos 

que caminaron cerca de aquí.

Revivo 

lo que la solitaria pared recuerda.

 

 

V

 

Veo sobre una luz de neón

cómo danzan los pájaros.

Un brisa súbita estremece sus alas.

El aire pregona el hecho:

no habrá sitio del planeta

que no recuerde, 

entre licores alucinados,

ese baile de las aves.

 

VI

 

Y por las calles galopo,

dentro de los tapices de la niebla.

Y escucho la feroz persistencia

de lo ya acontecido.

En las sendas que recorro, 

no sopla el viento.

No fosforece el quemante sol.

No murmuran las melenas de la lluvia.

No zumban los insectos.

No sisean los ramajes

estremecidos por los vientos.

Sólo laten las ausencias.

 

Aun en el desierto de la ausencia

viven las ubérrimas selvas.

Aun en los yermos territorios

de las calles solitarias

cabalgo con la piel incendiada.

En la noche y la niebla.

Y me empapo con todas las lluvias.

Que aún no callan.

 

Reverberan en mis cejas encrespadas

las multitudes de días pasados.

Que no concluyen.

Restallan en mis tobillos

las sucesivas fiestas del sol.

Que no concluyen.

Columbro la presencia y el movimiento

de las aves, 

los insectos, 

los humanos

que aquí han respirado.

 

Y no concluyen.

 

 

CANTO V

Las mordeduras  del cascabel 

 

I

La espiga más honda de la noche

se mece en la niebla.

En las profundidades de la realidad

no sobreviven los disfraces.

Todo se desnuda cerca de las raíces.

 

Y el silencio no es silencioso aquí.

Cada cosa entona su propio canto.

Los muchos lenguajes de los seres

entretejen sonoras polifonías.

Entre las palabras, 

los cuerpos y las escrituras,

pulula el incansable balbuceo

del cascabel del mal.

 

 

II

 

Agrietados caminos crujen

en las espaldas de los seres.

De esas grietas emergen los reptiles.

Con sus cascabeles.

Bruscos chillidos de víboras.

Preludios de la invasión

de los vapores malignos.

 

Protege sus grietas el mal.

En las orillas de los ojos

penden los infiernos 

que aman crear dolor 

en el rostro humano.

 

 

III

 

No comprenden las palabras

el sonido de la víbora.

No entiende el verbo 

el derrotero continuo del cascabel

entre las junglas de los corazones.

 

Trepa  la serpiente a veces

un edificio de penumbras. 

 

Sigo el meandro sinuoso 

del animal simbólico

que sube 

hacia una ventana abandonada.

Escucho el cascabel. 

No pretendo entender.

 

En los valles sinuosos

de las casas y calles

observo el avatar incesante

del ácido maligno.

Suda mi piel,

se encogen mis párpados.

¡Qué alivio sería huir

y buscar protección

en los castillos de la lógica!

 

Y mi caballo relincha.

Hunde sus patas

en el asfalto humedecido.

Pero no huiré del cercano cascabel.

No retrocederé,

mientras cordilleras de cadáveres, 

masacrados sin piedad,

caen sobre mí.

Todo el mal cae sobre mí.

La estupidez de millares de cañones asesinos,

escupen su azufre letal sobre mí.

La traición me hiere

con sus sorpresivas navajas.

Todo el mal cae sobre mí.

Todas las calumnias,

el consuelo de los mediocres,

arremeten contra mi honra.

Todas las vejaciones de los esclavizados

por el látigo antiguo,

o el capital moderno,

laceran mi carne.

Todo el mal cae sobre mí.

Los palacios de los vampiros enriquecidos

se despeñan,

con sus lujos de mármoles y porcelanas,

sobre mi frente abierta a la claridad.

Y el desprecio del hijo por el padre,

el desinterés del padre por el hijo,

escupen un amor destruido

sobre mis pies enamorados 

de sanos pastizales.

Todo el mal cae sobre mí.

 

 

Y caigo de mi fiel caballo.

Todo el mal 

de la serpiente y el cascabel 

arde y chilla en mi cuerpo 

rodeado por la niebla.

En mí están ahora

todos los venenos de la serpiente.

Me ensucia ahora el olvido moderno

del viento creador del dios.

 

Y no entiendo. 

No puedo consolarme en aguas claras.

No entiendo por qué

nunca duermen las mordeduras

de la serpiente del cascabel.

 

 

 

CANTO VI

En las galerías

 

I

Entre la niebla,

detengo mi caballo.

Descubro un aljibe,

un viejo ornamento colonial.

Al fondo del pozo,

llega el brillo de la luna.

En el agua oculta,

intuyo la realidad interior.

Las galerías.

El adentro.

Donde se crean las semillas. 

 

II

Regreso al galope.

Al lento deambular 

entre calles esmaltadas de neblinas.

A veces, percibo

a muchos de los que habitan

la urbe para mi transformada

por tintes de poesía.

Sé que ahora,  mi caballo ve 

los huesos de los cuerpos.

Yo también entreveo 

los órganos y las venas

de los transeúntes 

que aparecen en la niebla.

Mis pupilas traspasan la piel.

Entreveo entonces lo invisible:

músculos y arterías.

Entreveo las vértebras y los cartílagos.

Vislumbro la oquedad estomacal.

Y pulmones, hígados, intestinos.

Cerebelos, vejigas. 

El plexo.

Navego por el adentro corporal.

Veo asombrado 

las junglas orgánicas,

disimuladas por la piel.

Pero no alcanzo a percibir

el sentido que une las partes.

No alcanzo a percibir

la inconciente inteligencia

que gobierna el templo del cuerpo.

Entreveo. 

Pero no descubro

el cómo Algo creó

la sabiduría de los genes.

 

III

 

Y el adentro también exploro

del átomo y la niebla.

Las paredes altas,

las extensas praderas del asfalto,

destilan la verdad de lo grande, lo extenso. 

Pero algo verdadero

brilla también en lo pequeño. 

Elegiré entonces una abeja.

Allí, escucho el zumbido

de las estrellas que se rozan.

 

IV

Absorbe la abeja

la sustancia de las corolas.

Liba la miel.

Absorbo yo ahora

el capullo de un átomo.

Para crearme las antorchas

con las que recorrer

las galerías interiores de la materia.

Soy ahora átomo que flota 

en la espuma neblinosa.

Mira: una puerta diminuta, 

abierta hacia el adentro,

se repite en cantidades que trascienden

la sucesión infinita de los ceros.

Es cierta, invariablemente cierta

la formula ancestral:

en cada sitio chirrían los goznes

de la divina puerta entreabierta.

 

IV

 

Y salto sobre los pisos

de las galerías que se ondulan

dentro de los átomos.

Todo lo que aquí se mueve

se bifurca en espirales 

e inacabables caminos simultáneos.

 

V

 

Oficio de genuino poeta

es entrever las galerías secretas.

Es percibir las muchas espirales 

que se estiran dentro de la materia

hacia el poder divino.

 

 

Y regreso a mi senda callejera y neblinosa.

Mi caballo me conduce.

Me espolea para que no suelte

el arpón de la atención.

La lanza de punta atrevida.

 

Y me adentro en lo que la urbe oculta. 

Quiebro los paredones de la apariencia.

Veo galerías.

Allí, el hombre grita por el fango

que lo separa de la mujer.

Allí, dentro, en las galerías invisibles

de la vida urbana y cotidiana 

veo al murciélago adinerado

que alucina nuevas tácticas

para absorber la vida de los desventurados.

Allí, dentro, se crean nuevas pantallas

para que los seres vacíos

se embriaguen con el narcótico

de las últimas novedades.

Allí, dentro, descubro a la joven

no bendecida por la fama,

que no quiere convertir su silueta

en mercancía.

Ella lee, sufre, estudia, sueña.

Sólo desea crecer como sana bocanada de trigo.

¿Pero quién ve y acaricia a esa mujer 

que se crea en silencio, con sudor?

Y allí, adentro, en las galerías invisibles 

de la vida urbana y cotidiana

hallo los libros abandonados,

cuyo paraíso sería

un lector que los descubra.

Allí, dentro, en los cementerios,

me sumerjo debajo de las criptas.

Todos los cielos,

y los éxtasis de las muertos

continúan 

entre candelabros subterráneos.

 

Y sigo cabalgando

como todo pequeño poeta.

para descubrir las galerías.

Secretas.

 

 

CANTO VII

Y cabalgo hacia el mar

 

I

Esta es la noche de la angustia.

Es cuando sólo percibo

la continua caída.

Inmóvil, percibo

los artificios que se desmoronan.

 

Esta es la noche de la angustia.

En esta hora,

sólo percibo la continua caída.

Se desbarrancan los edificios.

Sucumben los carteles.

Se agrietan las calles.

Se rajan las veredas duras.

Se encogen los espacios.

El anillo de la ciudad

se cierra.

Ninguna hebra de mi humanidad

escapa al dolor.

Mi caballo 

también sufre la asfixia.

En esta napa abisal de lo nocturno y neblinoso

experimento el ser como derrumbe.

¿Cuándo comenzó la gran caída?

¿Desde cuándo los hombres de nuestro tiempo

no sienten la angustia por lo que se aleja?

Ya no celebramos

el licor del amanecer.

Ya no llega el sol

al delicado río de la sangre.

¿Por qué no celebras ya

las lunas que podrían hacer de tu cuerpo

llamaradas fantasmagóricas?

¿Por qué no celebras ya 

los vientos que buscan tus oídos

para cantar toda la vida

que ha brotado de las tierras y los mares?

Los ojos los devora el frío.

¿Cuándo iras a buscar el calor

de la piel de los tigres,

o de la última madre que ha inventado un ser?

¿No celebras ya por qué la ingratitud 

es nuestro destino?

El desprecio por el milagro del mediodía,

¿es la única religión de tus huesos modernos?

 

 

II

Siento aún más las paredes

que se desploman.

Los espacios que se contraen.

Entre los párpados de la niebla, 

vivo lo que cae. 

La caída ya no es la idea inofensiva,

la enseñanza de una teología vacía.

 

 

Cae allí la humanidad

entre los laberintos donde gritan

las últimas trompetas de la tecnología.

El polvo y los escombros de tanta caída

impregnan 

mi presencia embadurnada de niebla.

Los corazones son hierba.

Que gimen su dolor

en las grutas de mis tímpanos.

Todas las esperanzas pérdidas

quieren elevar sus lápidas

entre mis cabellos.

El humano que no celebra 

construye tumbas

en cada sitio rozado por mis ojos.

Pero derrotaré las sepulturas.

 

Dime:

¿Lo único cerca de las tumbas

es la carne vencida,

el humano ya privado de las fiestas

del aire y las mañanas?

 

 

En esta noche crecen las tumbas.

¿Cómo derrotaré las sepulturas?

¿Dónde debo ir para gritar la falsedad

de nuestra realidad pequeña?

¿Hasta cuándo deberé cabalgar para despedazar

la anémica filosofía de nuestra cultura?

Allí, tras el manto neblinoso

es la volcánica plenitud del cielo.

Pero en tu rostro 

no fosforece 

el regocijo sagrado.

 

III

 

¿Hasta dónde deberé cabalgar?

¿Qué canto de un olvidado antepasado

deberé cantar de nuevo 

para regresar 

a los cometas que juegan en el aire?

 

 

IV

Hoy cabalgaré con las certezas de mis ancestros.

Con la ingenuidad de la niñez

me burlaré de los puentes quebrados.

Déjame cabalgar

con un alarido acalorado

hacia las playas 

bendecidas por las olas.

 

Los poderes de este tiempo,

ignoran

el parpadeo de los astros.

Desean que sólo brille el poder humano.

Quieren lo múltiple dominado

por los dedos del capital.

Pero no podrán impedir mi cabalgata.

Mi galope hacia los bordes 

del trueno creador.

Mi galope más allá de la noche y la niebla,

entre las rayas felinas del otro amanecer.  

 

Nada hay que no sea 

el jeroglífico de una fuerza sagrada.

Entre las grietas, el escombro y la ceniza

siempre brota el estandarte del dios.

 

Y desde un acantilado escucharé el mar.

Y cabalgaré hacia las serpientes sabias de la selva.

Y las lluvias de las praderas escocesas,

y el pensamiento escrito en el viento

de las estepas patagónicas.

Destruiré las columnas derrumbadas.

Inundaré los pozos abandonados.

Sembraré en grietas de hielo.

Porque cabalgaré hasta los campos de girasoles.

Y respiraré el cercano furor de algún dios

bajo el cuerno de un rayo en la tormenta.

 

Pensaré en los senderos de madera de los bosques.

Dormiré despierto en el lecho de los ríos.

Imaginaré los castillos invisibles

que se yerguen sobre las nubes.

Descubriré viejos altares entre las montañas.

Regresaré a la corriente donde

vuelven todos los círculos.

 

Y ya cabalgo.

Las crines de mi caballo

arañan los valles y las junglas 

de muchos mundos.

Y cabalgo entre los médanos.

Las aldeas.

Y las ciudades.

Las riberas.

Y los fiordos.

Las langostas

y los tigres.

Cabalgo

entre el coral,

y los bisontes.

Y el  glacial.

La gaviota.

Los veleros.

Las bahías.

Y los molinos.

Las tumbas,

y las madres.

Cabalgo

dentro del ancho obsequio

de algo divino.

Cabalgo fuera

de la niebla y el agobio,

del conflicto de los egos

y de los pequeños laberintos.

¡Ah, cabalgo, 

sí, 

con las grandes alas!

Cabalgo

allí,

en la voz de la brisa,

cerca al mar que todo lo recuerda.

Sí, sí!

Cabalgo 

en el labio de la arena,

Donde hundo al fin mis rodillas.

 

 

 

 

 

 

 

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