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CANTOS EN
LA NIEBLA
Por Esteban
Ierardo
CANTO
I:
Junto
al héroe y el río
I
He
llegado al comienzo olvidado
de
una cabalgata ebria de gloria.
En
una tierra flaqueada por corrientes
aspiro
la brisa de Yapeyú.
Aquí,
entre árboles y caminos de polvo
un pecho predestinado bebió
lomas
verdes de horizontes,
serpientes
amarronadas de agua,
vientos
silbantes.
Aquí,
San Martín, mi héroe de siempre,
inhaló
el inicio
de
su aventura
de
energía noble y conquistadora.
Aquí,
cerca del gran sueño
de
un hijo de la tierra americana,
invoco
alguna cima.
Las
jabalinas de energía guerrera de mi tierra
comenzaron
aquí.
Hoy,
frente al llamado río Uruguay
otra
aventura comenzaré.
Y
camino ya hacia un caballo.
Tengo
un deseo
de alba profunda.
II
Monto
ya el caballo
de
volcanes superiores al razonamiento.
En
la silla de cuero
cascabelean
lomas campestres.
En
las crines del corcel
braman
los truenos
que incendian las maderas.
Los
dos ojos de mi animal
ven
lo que mi pequeñez
no
escruta ni descifra.
Sobre
el lomo del animal
cabalgo
como un cuerpo
de
huesos llameantes.
Quiero
ser un jinete que despierta.
Quiero
escuchar al fin
el
murmullo salvaje del arroyo.
III
Cabalgo
ya.
Una
bandera de colores extraños
tremola
junto a mis cejas.
Cabalgo.
Y
los
mares de mi piel
no
son ya orillas de sal seca.
En
los bordes de mi cuerpo
restallan
las voces de la memoria.
Con
las claridades del sol
observo
las praderas.
Celebro
las tibiezas que llegan
a
los cristales de mi carne.
Una
pluma de reverberación misteriosa
aletea
en las cosas a veces.
Y
me
fundo con esa luces enigmáticas
que
bailan sobre las montañas.
Entonces,
me incendio sin consumirme.
Cabalgo
en la cuesta
del
enigma de la tierra.
Ya
no hay cenizas
que puedan apagarme el calor.
IV
Pero
mi cabalgata no es sólo
placentera unión
con
melodiosas campanas divinas.
Desde
un pueblo cercano a una mansa corriente,
cabalgo
hacia los abismos y las nieblas.
Y
detengo el galope.
Mi
caballo también contempla,
en
un último instante de distendido placer,
las
llanuras y las selvas,
los
bosques y las praderas.
Los
intrigantes y no colonizados lechos de los mares.
Pero
nuestras huellas
quieren
el barro dificultoso.
Sólo
nos descubriremos
en
lo abismal y neblinoso.
En
la ciudad hinchada de sótanos...
V
Antes:
una
montaña siempre en lontananza.
Antes:
árboles
y remolinos de viento.
Antes:
la
ambrosia en los techos del cielo.
Antes:
las
líneas entre el arriba y el abajo
eran
extensas.
Ahora,
galopo
en el inmenso dragón de la niebla
que
cubre la ciudad.
Avanzo
en el neblinoso paisaje.
Los
edificios y las ventanas se desploman
sobre
sus sombras.
Los
ciudadanos deambulan dormidos.
Los
estiletazos del mediodía brillante
no
resplandecen aquí.
¿Y
por qué es la luz?
¿Por
qué es el espacio?
¿Todo
es por un dios escondido
entre
el código de los genes?
¿Por
qué esta tierra,
y
la ciudad dentro de ella,
penden
del lomo titilante de la Vía Láctea?
¿A
nadie importa ya las preguntas
que
convierten al humano
en
una llamarada de asombro?
¿A
nadie importa las preguntas
que
devuelven la conciencia
de
que todo baila en una danza
misteriosa
y extraña?
Galopo
ya en la ciudad,
cubierta
de niebla.
Cabalgo
entre los brazos fríos del asfalto;
entre
las aristas secas del cemento.
Aquí,
la conciencia de lo extraño e inaudito
es
expulsada.
El
asombro y la veneración sufren exilio.
¿Es
que ya nadie sospecha en la urbe
la
necesidad de un arquitecto o mago secreto
para
que todo sea?
Las
líneas largas entre la roca y la estrella
se
han quebrado ya.
Hace
mucho tiempo.
En
esta ciudad, abrumada de niebla,
un
pequeño laberinto expulsa,
en
silencio,
el
rabioso misterio de las galaxias.
CANTO II
El alud
I
Humaredas de
espontáneos incendios
se elevan en
las praderas.
El gorrión y
el halcón
trepan
peldaños de nubes.
La langosta y
el canguro saltan
ambicionando
alguna cumbre.
Pero en la
ciudad
que abro con
mi galope
los hombres y
construcciones se desbarrancan
unas sobre
otras.
Dudosos
pensadores
repiten que
el aislamiento
es la verdad
aniquiladora
de la
cotidiana sociedad.
La distancia
y separación entre los seres.
La soledad
disimulada
por las
fiebres sonoras de la ciudad.
Pero
digo que los pechos separados
son una ilusión.
Lo cierto es
el desmoronamiento incesante
de unos sobre
otros.
II
La nieve se
descuelga
bárbara
desde la ladera.
La rodante
muralla blanca
destila el
rumor frenético de la caída.
Es el alud.
Evento
crujiente de la naturaleza.
Raro,
excepcional.
A diferencia
de las repetidas avalanchas urbanas.
Los aludes
urbanos:
todas las
soledades se desbarrancan
sobre un
frágil y anónimo transeúnte.
Y, éste a su
vez,
se desploma
sobre el resto.
Unos sobre
otros caen.
No son islas
las selvas de
individuos de la urbe.
Son el alud.
El esqueleto
de luna donde se abalanzan
unos sobre
otros.
¿Pero no hay
aquí otro sonido
distinto al de
las avalanchas y las caídas
de los sueños desangrados?
Lo sabré si
galopo
entre los
abismos y la niebla.
CANTO
III
Niebla que
se desvanece
I
Nieblas
míticas son las del Gales artúrico,
las de la
céltica Bretaña,
o el melancólico vaho londinense.
El neblinoso
territorio urbano
esconde las
figuras campestres,
la humedad de
la tierra.
Por la niebla
todo se
suspende
en una región
intermedia
entre las
comisuras del desierto
y los nubosos
pómulos del cielo.
El intermedio
reino de lo neblinoso
se mece
delante de los ojos.
Allí se
arremolina, tenue, el vapor
de lo que se
desvanece.
La niebla
expulsa lo en-vanecido,
lo que
masculla vanidad.
Vanidad:
individuos que no meditan
en el
huracán milagroso de su presencia.
Lo
envanecido.
Lo que es
fuera
del desvanecimiento de lo neblinoso.
Lo que es en
la vanidad.
El humano que
se piensa
el gran
dispensador de los dones.
El que olvida
el origen de sus pulmones.
El que olvida
lo recibido
de Aquello que nos inventa.
II
Desvanecimiento
en la niebla.
La esfera
planetaria
no es
ensuciada por lo vano.
Siempre la
Tierra Madre flota
con su
melenas misteriosas.
En el lienzo
neblinoso
siempre se
escucha
la oración
del pez profundo.
No gobierna
aquí el intelecto arrogante,
la
vanidad de los puños de la razón
que gustan
golpear el vientre
de nuestra
Madre.
III
En los
desvanecimientos de la niebla
cabalgo.
Suenan los
cascos
entre las
cosas recuperadas.
Y los cabellos
de las cosas
que se hunden
en Algo
desconocido que nos piensa.
IV
En la
neblinosa noche de lo desvanecido
galopo para ver.
La primera
visión es la convivencia
entre los
vivos y los muertos.
En la diurna
indiferencia sin
niebla
vociferan solo
los que viven todavía.
Los que destierran a los
muerto.
¿Pero crees que
los cementerios
son las moradas
finales
de los
muertos?
Con el peso
blanco de las lápidas
quieres
encerrar
a los sutiles
espíritus
que aún hablan, padecen, esperan.
Cada capa de
la tierra es el sedimento
de antiguas
edades.
En la
geología secreta de la ciudad
se agregan y
yuxtaponen
el completo
devenir de las generaciones.
Caminas por
un calle solitaria,
y crees que
destila soledad.
Pero en cada
paso, te encuentras y atraviesas
con lo que
ayer vieron su cuerpo
caminando por
esa calle
y abrazados
por el sol.
La vanidad de
los vivos
cree que los
muertos
ya no habitan
aquí.
No escuchan
el rumor
de las pasiones humanas de ayer.
Tú te piensas
el único vivo.
No reconoces
aquellos que siguen aquí.
Pero los que
creemos muertos
continúan
como
viento.
Susurro.
Niebla.
Que en
silencio aún flotan
frente a la
ceguera
que nos
sangra en los párpados.
CANTO IV
Memoria del
espacio
I
Cabalgo por
las calles.
Sigo el
galope atento dentro de la niebla,
en la ciudad
nocturna.
Antes supe
que el clamor
de las pasadas generaciones
convive con
la ciega apatía de los vivos.
Ahora, mi
caballo se detiene.
Escucho lo
que se me demanda escuchar.
A través de
las paredes neblinosas
escudriño
los rizos opalinos de la luna.
Se parecen al
primer brillo del tiempo.
Sin embargo,
en el rayo lunar presente
hormiguean y
se recuerdan a sí mismas
las
inacabables lunas de ayer.
En cada
arista de atmósfera
la naturaleza
se recuerda.
La memoria no
es sólo el atributo
del cerebro
de los organismos.
El espacio
también recuerda.
Hay memoria
fuera
de los
cerebros individuales.
Sobre la casa
física de la tierra
todo lo
vivido se conserva.
Y repite.
A tus
espaldas.
II
Los techos de
la ciudad
contemplan,
de tanto en tanto,
el alarido
rojo de un trueno.
El grito que
los primitivos humanos oyeron
como el
aullido del dios del cielo.
Ninguno
escucha ya lo que dice
la garganta
de la tempestad.
Nadie lo
recuerda.
El tiempo
debiera sepultar todo lo vivido.
Pero sobre
las azoteas de la urbe
continua el
rayo.
En los labios
del cielo ruge
el aullido
celeste que recuerda
el dorso
enterrado de la piedra.
III
Debajo de la
alcantarilla
las aguas
corren.
No encuentro
el oído humano
que escuche
lo que el
líquido devenir recita.
Pero hormigas
y duendes
se acercan a
la abertura.
Escuchan.
Millones de
lluvias continúan
en el
agua que fluye.
IV
Y cabalgo con
trote ligero.
Deposito mi
atención
en una pared
pintada de penumbra.
Se vierten
entonces por mis cabellos
los miles de
soles que mordieron
ayer, esa pared
con
dientes de fuego.
Revivo las
lluvias
que bañaron
las superficies
de aquella
pared.
Revivo los
insectos no percibidos
que posaron
sus extremidades
y mentes
laberínticas
sobre frisos
y ventanas.
Recuerdo las
tibias sombras
de los
humanos
que
caminaron cerca de aquí.
Revivo
lo que la
solitaria pared recuerda.
V
Veo sobre una
luz de neón
cómo danzan
los pájaros.
Un brisa
súbita estremece sus alas.
El aire pregona el hecho:
no habrá
sitio del planeta
que no recuerde,
entre licores alucinados,
ese baile de
las aves.
VI
Y por las
calles galopo,
dentro de los
tapices de la niebla.
Y escucho la
feroz persistencia
de lo ya
acontecido.
En las sendas
que recorro,
no sopla el viento.
No fosforece
el quemante sol.
No murmuran
las melenas de la lluvia.
No zumban los
insectos.
No sisean los
ramajes
estremecidos
por los vientos.
Sólo laten
las ausencias.
Aun en el
desierto de la ausencia
viven las ubérrimas selvas.
Aun en los
yermos territorios
de las calles
solitarias
cabalgo con
la piel incendiada.
En la noche y
la niebla.
Y me empapo
con todas las lluvias.
Que aún no
callan.
Reverberan en
mis cejas encrespadas
las
multitudes de días pasados.
Que no
concluyen.
Restallan en
mis tobillos
las sucesivas
fiestas del sol.
Que no
concluyen.
Columbro la
presencia y el movimiento
de las
aves,
los
insectos,
los humanos
que aquí han
respirado.
Y no
concluyen.
CANTO V
Las mordeduras
del cascabel
I
La espiga
más honda de la noche
se mece en la niebla.
En las
profundidades de la realidad
no sobreviven
los disfraces.
Todo se
desnuda cerca de las raíces.
Y el silencio
no es silencioso aquí.
Cada cosa
entona su propio canto.
Los muchos
lenguajes de los seres
entretejen
sonoras polifonías.
Entre las
palabras,
los cuerpos y
las escrituras,
pulula el
incansable balbuceo
del cascabel
del mal.
II
Agrietados caminos crujen
en las
espaldas de los seres.
De esas grietas emergen los reptiles.
Con sus
cascabeles.
Bruscos
chillidos de víboras.
Preludios de
la invasión
de los
vapores malignos.
Protege sus
grietas el mal.
En las
orillas de los ojos
penden los
infiernos
que aman crear
dolor
en el rostro
humano.
III
No comprenden
las palabras
el sonido de
la víbora.
No entiende
el verbo
el derrotero
continuo del cascabel
entre las
junglas de los corazones.
Trepa
la serpiente a veces
un edificio
de penumbras.
Sigo el
meandro sinuoso
del animal
simbólico
que
sube
hacia una
ventana abandonada.
Escucho el
cascabel.
No pretendo
entender.
En los valles
sinuosos
de las casas
y calles
observo el
avatar incesante
del ácido
maligno.
Suda mi piel,
se encogen
mis párpados.
¡Qué alivio
sería huir
y buscar
protección
en los
castillos de la lógica!
Y mi caballo
relincha.
Hunde sus
patas
en el asfalto
humedecido.
Pero no
huiré del cercano cascabel.
No retrocederé,
mientras cordilleras de cadáveres,
masacrados sin piedad,
caen sobre
mí.
Todo el mal
cae sobre mí.
La estupidez
de millares de cañones asesinos,
escupen su
azufre letal sobre mí.
La traición
me hiere
con sus
sorpresivas navajas.
Todo el mal
cae sobre mí.
Todas las
calumnias,
el consuelo
de los mediocres,
arremeten
contra mi honra.
Todas las
vejaciones de los esclavizados
por el
látigo antiguo,
o el capital
moderno,
laceran mi
carne.
Todo el mal
cae sobre mí.
Los palacios
de los vampiros enriquecidos
se despeñan,
con sus lujos
de mármoles y porcelanas,
sobre mi
frente abierta a la claridad.
Y el
desprecio del hijo por el padre,
el
desinterés del padre por el hijo,
escupen un amor destruido
sobre mis
pies enamorados
de sanos
pastizales.
Todo el mal
cae sobre mí.
Y caigo de mi
fiel caballo.
Todo el
mal
de la
serpiente y el cascabel
arde y chilla
en mi cuerpo
rodeado por
la niebla.
En mí están
ahora
todos los
venenos de la serpiente.
Me ensucia
ahora el olvido moderno
del viento
creador del dios.
Y no
entiendo.
No puedo
consolarme en aguas claras.
No entiendo
por qué
nunca duermen
las mordeduras
de la
serpiente del cascabel.
CANTO VI
En las galerías
I
Entre la
niebla,
detengo mi caballo.
Descubro un
aljibe,
un viejo
ornamento colonial.
Al fondo del
pozo,
llega el
brillo de la luna.
En el agua
oculta,
intuyo la realidad
interior.
Las
galerías.
El adentro.
Donde se
crean las semillas.
II
Regreso al
galope.
Al lento
deambular
entre calles
esmaltadas de neblinas.
A veces,
percibo
a muchos de
los que habitan
la urbe para
mi transformada
por tintes de
poesía.
Sé que
ahora, mi caballo ve
los huesos de los cuerpos.
Yo también
entreveo
los órganos
y las venas
de los transeúntes
que aparecen
en la niebla.
Mis pupilas
traspasan la piel.
Entreveo entonces
lo invisible:
músculos y
arterías.
Entreveo las
vértebras y los cartílagos.
Vislumbro la
oquedad estomacal.
Y pulmones,
hígados, intestinos.
Cerebelos,
vejigas.
El plexo.
Navego por el
adentro corporal.
Veo asombrado
las junglas orgánicas,
disimuladas
por la piel.
Pero no
alcanzo a percibir
el sentido
que une las partes.
No alcanzo a
percibir
la
inconciente inteligencia
que gobierna
el templo del cuerpo.
Entreveo.
Pero no descubro
el cómo Algo
creó
la sabiduría
de los genes.
III
Y el adentro
también exploro
del átomo y
la niebla.
Las paredes
altas,
las extensas
praderas del asfalto,
destilan la
verdad de lo grande, lo extenso.
Pero algo verdadero
brilla también en lo pequeño.
Elegiré
entonces una abeja.
Allí, escucho el zumbido
de las estrellas que se rozan.
IV
Absorbe la abeja
la sustancia de las corolas.
Liba la miel.
Absorbo yo ahora
el capullo de un átomo.
Para crearme las antorchas
con las que recorrer
las galerías interiores de la
materia.
Soy ahora átomo que flota
en la espuma
neblinosa.
Mira: una puerta diminuta,
abierta hacia
el adentro,
se repite en cantidades que
trascienden
la sucesión
infinita de los ceros.
Es cierta,
invariablemente cierta
la formula
ancestral:
en cada sitio
chirrían los goznes
de la divina
puerta entreabierta.
IV
Y salto sobre
los pisos
de las
galerías que se ondulan
dentro de los
átomos.
Todo lo que
aquí se mueve
se
bifurca en espirales
e inacabables
caminos simultáneos.
V
Oficio de
genuino poeta
es entrever
las galerías secretas.
Es percibir
las muchas
espirales
que se
estiran dentro de la materia
hacia el poder
divino.
Y regreso a mi
senda callejera y neblinosa.
Mi caballo me
conduce.
Me espolea
para que no suelte
el arpón de
la atención.
La lanza de
punta atrevida.
Y me adentro
en lo que la urbe oculta.
Quiebro los
paredones de la apariencia.
Veo
galerías.
Allí, el
hombre grita por el fango
que lo separa
de la mujer.
Allí,
dentro, en las galerías invisibles
de la vida
urbana y cotidiana
veo al murciélago adinerado
que alucina
nuevas tácticas
para absorber
la vida de los desventurados.
Allí,
dentro, se crean nuevas pantallas
para que los
seres vacíos
se embriaguen
con el narcótico
de las
últimas novedades.
Allí,
dentro, descubro a la joven
no bendecida
por la fama,
que no quiere
convertir su silueta
en
mercancía.
Ella lee,
sufre, estudia, sueña.
Sólo desea
crecer como sana bocanada de trigo.
¿Pero quién
ve y acaricia a esa mujer
que se crea
en silencio, con sudor?
Y allí,
adentro, en las galerías invisibles
de la vida
urbana y cotidiana
hallo los libros abandonados,
cuyo paraíso
sería
un lector que
los descubra.
Allí,
dentro, en los cementerios,
me sumerjo
debajo de las criptas.
Todos los
cielos,
y los
éxtasis de las muertos
continúan
entre
candelabros subterráneos.
Y sigo
cabalgando
como todo
pequeño poeta.
para
descubrir las galerías.
Secretas.
CANTO VII
Y cabalgo
hacia el mar
I
Esta es la
noche de la angustia.
Es cuando
sólo percibo
la continua
caída.
Inmóvil,
percibo
los
artificios que se desmoronan.
Esta es la
noche de la angustia.
En esta hora,
sólo percibo
la continua caída.
Se
desbarrancan los edificios.
Sucumben los
carteles.
Se agrietan
las calles.
Se rajan las
veredas duras.
Se encogen
los espacios.
El anillo de
la ciudad
se cierra.
Ninguna hebra
de mi humanidad
escapa al
dolor.
Mi
caballo
también
sufre la asfixia.
En esta napa
abisal de lo nocturno y neblinoso
experimento
el ser como derrumbe.
¿Cuándo
comenzó la gran caída?
¿Desde
cuándo los hombres de nuestro tiempo
no sienten la
angustia por lo que se aleja?
Ya no
celebramos
el licor del
amanecer.
Ya no llega el sol
al
delicado río de la sangre.
¿Por qué no
celebras ya
las lunas que
podrían hacer de tu cuerpo
llamaradas
fantasmagóricas?
¿Por qué no
celebras ya
los vientos
que buscan tus oídos
para cantar toda la vida
que ha
brotado de las tierras y los mares?
Los ojos los
devora el frío.
¿Cuándo iras a
buscar el calor
de la piel de
los tigres,
o de la
última madre que ha inventado un ser?
¿No celebras
ya por qué la ingratitud
es nuestro
destino?
El desprecio
por el milagro del mediodía,
¿es la única
religión de tus huesos modernos?
II
Siento aún
más las paredes
que se
desploman.
Los espacios
que se contraen.
Entre los
párpados de la niebla,
vivo lo que
cae.
La caída ya
no es la idea inofensiva,
la enseñanza
de una teología vacía.
Cae allí la
humanidad
entre los
laberintos donde gritan
las últimas
trompetas de la tecnología.
El polvo y
los escombros de tanta caída
impregnan
mi
presencia embadurnada de niebla.
Los corazones
son hierba.
Que gimen su
dolor
en las grutas
de mis tímpanos.
Todas las
esperanzas pérdidas
quieren
elevar sus lápidas
entre mis
cabellos.
El humano que
no celebra
construye tumbas
en cada sitio
rozado por mis ojos.
Pero
derrotaré las sepulturas.
Dime:
¿Lo único
cerca de las tumbas
es la carne
vencida,
el humano ya
privado de las fiestas
del aire y
las mañanas?
En esta noche
crecen las tumbas.
¿Cómo
derrotaré las sepulturas?
¿Dónde debo
ir para gritar la falsedad
de nuestra
realidad pequeña?
¿Hasta
cuándo deberé cabalgar para despedazar
la anémica
filosofía de nuestra cultura?
Allí, tras
el manto neblinoso
es la
volcánica plenitud del cielo.
Pero en tu
rostro
no fosforece
el regocijo sagrado.
III
¿Hasta
dónde deberé cabalgar?
¿Qué canto
de un olvidado antepasado
deberé
cantar de nuevo
para regresar
a los cometas que juegan en el aire?
IV
Hoy
cabalgaré con las certezas de mis ancestros.
Con la
ingenuidad de la niñez
me burlaré de
los puentes quebrados.
Déjame
cabalgar
con un alarido acalorado
hacia las
playas
bendecidas por las olas.
Los poderes
de este tiempo,
ignoran
el parpadeo
de los astros.
Desean que
sólo brille el poder humano.
Quieren lo
múltiple dominado
por los dedos
del capital.
Pero no
podrán impedir mi cabalgata.
Mi galope
hacia los bordes
del trueno creador.
Mi galope más
allá de la noche y la niebla,
entre las
rayas felinas del otro amanecer.
Nada hay que
no sea
el
jeroglífico de una fuerza sagrada.
Entre las
grietas, el escombro y la ceniza
siempre brota
el estandarte del dios.
Y desde un
acantilado escucharé el mar.
Y cabalgaré
hacia las serpientes sabias de la selva.
Y las lluvias
de las praderas escocesas,
y el
pensamiento escrito en el viento
de las
estepas patagónicas.
Destruiré
las columnas derrumbadas.
Inundaré los
pozos abandonados.
Sembraré en
grietas de hielo.
Porque
cabalgaré hasta los campos de girasoles.
Y respiraré
el cercano furor de algún dios
bajo el
cuerno de un rayo en la tormenta.
Pensaré en
los senderos de madera de los bosques.
Dormiré
despierto en el lecho de los ríos.
Imaginaré
los castillos invisibles
que se
yerguen sobre las nubes.
Descubriré
viejos altares entre las montañas.
Regresaré
a la corriente donde
vuelven todos
los círculos.
Y ya cabalgo.
Las crines de
mi caballo
arañan los valles y las junglas
de muchos
mundos.
Y cabalgo entre
los médanos.
Las aldeas.
Y las
ciudades.
Las riberas.
Y los
fiordos.
Las langostas
y los tigres.
Cabalgo
entre el
coral,
y los bisontes.
Y el
glacial.
La gaviota.
Los veleros.
Las bahías.
Y los
molinos.
Las tumbas,
y las madres.
Cabalgo
dentro del
ancho obsequio
de algo
divino.
Cabalgo fuera
de la niebla
y el agobio,
del conflicto
de los egos
y de los
pequeños laberintos.
¡Ah,
cabalgo,
sí,
con las
grandes alas!
Cabalgo
allí,
en la voz de
la brisa,
cerca al mar
que todo lo recuerda.
Sí, sí!
Cabalgo
en el labio
de la arena,
Donde hundo
al fin mis rodillas.
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