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   EL SUEÑO DEL SABIO Y OTROS RELATOS 

  Por Ariel Puyelli


 

Sobre el autor

El sueño del sabio y otros relatos

Rita, la araña con peluca

El sueño del sabio

La maldición del Chenque

El Cultrun de Plata

Las alas de Oliverio

La verdadera historia de El Ratón Pérez

 

Sobre el autor

Ariel Antonio Puyelli nació en San Andrés de Giles, provincia de Buenos Aires, el 23 de julio de 1963. Actualmente reside en Esquel, Chubut, Patagonia Argentina, donde edita mensualmente la revista literaria «Palabras del Alma, encuentro con la poesía y el cuento» y la revista "A la luna, a las dos y a las tres", destinada a alumnos de los niveles I y II de E.G.B.

Desde 1984 hasta 1999 ejerció el periodismo escrito y radial, editando además, numerosas publicaciones independientes e institucionales; y desde 1995 trabaja en la literatura adulta e infantil, el periodismo cultural y la docencia.

El material infantil de este autor se utiliza con frecuencia en escuelas primarias de distintas localidades del país. Todas las ediciones han sido independientes y algunas de ellas terminadas artesanalmente.

Obra

«Ella y El o El amor en los tiempos de estupidez» (humor para adultos) 1995; «Las Historias de Al Fin Solos (Tomo I - Relatos del ciclo radial «Al Fin Solos») 1996; «El sueño del Sabio» (relato de fantasía), «Rita, la araña con peluca y otros cuentos (cuentos para niños) 1999; «La Maldición del Chenque» 2001 (novela de aventuras); «Góos y Kookne» (adaptación de dos leyendas tehuelches) 2001; "Las alas de Oliverio" (novela de aventuras) 2002; "El Cultrún de Plata" (novela de aventuras) 2003; "La verdadera historia del Ratón Pérez, biografía no autorizada" (relato con apéndice de testimonios) 2004.

En la actualidad se encuentra pronto a editar "Oliverio y la profecía" (novela de aventuras) y "Atrapen al Ratón Pérez" (relato con apéndice de testimonios de niños y adultos).

Para comunicación con el autor: Ariel Puyelli

 

 

 

 
 

 

EL SUEÑO DEL SABIO Y OTROS RELATOS

 

Por Ariel Puyelli


LIBROS

Rita, la araña con peluca y otros cuentos

(1999)

Rita, la araña con peluca

La araña Rita es por demás coqueta.

Todas las mañanas se pasea oronda por su tela tejida con un punto especial, creado por ella, que recrea distintas formas: estrellas, flores e insectos.

Rita usa peluca rubia, y esto es motivo de comentarios duros por parte de las otras arañas del monte de eucaliptos en el Parque Municipal:

- Yo no sé de qué se las da... -dicen algunas.

- ¿Dónde vieron ustedes a una araña rubia? -preguntan otras.

- Sí... rubia pero porque usa peluca... -opinan las envidiosas.

- Está agrandada desde que inventó ese ridículo tejido de telaraña con esos dibujos extraños... -señalan las que apenas saben hacer el tejido de telaraña más simple que pueda haber.

Las arañas viven observando a Rita. Están pendientes de qué hace y qué dice.

Por las tardes ven cómo se dispone a seguir con su tejido sin importarle los rumores que se escuchan en el resto de ese árbol y otros de alrededor.

Es que Rita tiene mucha personalidad: la peluca la usa porque le gusta cómo le quedó tejida usando las hilachitas de un viejo pulóver amarillo que encontró abandonado junto al eucalipto y hace dibujos en su tela porque tiene inclinaciones artísticas.

- Es la Marta Minujín de las arañas -sentenció un araño admirador suyo. -Le falta usar anteojos negros...

Rita no se manda la parte por ser distinta a los demás. Antes bien, una vez reunió a todas las arañas para enseñarles lo linda que había quedado la peluca y cómo iban los dibujos de su tela.

- ¡Andá! -le dijeron todas a coro.

Rita no se enojó. Entendió que no la comprendían. Y pudo hacerlo porque toda su familia se había destacado siempre del resto de las arañas. Su papá había sido famoso por tejer una tela tan grande, tan fuerte, que los empleados municipales habían tenido que cortarla con grandes tijeras de metal para que en la pista se pudieran seguir corriendo carreras de bicicletas. Con lo que cortaron, hicieron un bello tapiz, tan fuerte y grande era la tela que había hecho su papá. Su mamá no se quedaba atrás: siempre lucía un bello gorro tejido con nervaduras de hojas de eucalipto y se maquillaba con la resina del árbol y las cenizas de carbón que quedaban en los fogones. La familia de Rita fue tan excéntrica como criticada.

- No hagas caso siempre a lo que dice la gente de vos -le había aconsejado una vez el papá-. Algunas veces te da buenos consejos, pero otras, te critica por envidia o por el placer de criticar. De todas maneras, escuchá lo que las arañas y el resto de los animales te digan, porque siempre podrás sacar de sus palabras alguna enseñanza.

Rita hacía su vida tranquila, sin molestar a nadie. Estaba orgullosa de su peluca y de su tela, y no se dejaba acobardar por ningún dicho negativo o malintencionado. Además, estaba siempre ocupada en halagar a ese araño admirador suyo -Heriberto- antes que en atender los rumores de las arañas chusmas.

Una vez se disputó una carrera muy importante en el velódromo del Parque. Hasta vino la tele y todo. Las arañas tomaron sus precauciones.

- ¡Cuidado! Están llegando muchos humanos a nuestro territorio. ¡Preparen sus defensas y escondites! ¡Recuerden que la mayoría nos tiene miedo y que los humanos matan todo lo que temen!

Las arañas se prepararon para la invasión de los hombres. Algunas se escondieron en los huequitos de los árboles. Otras treparon hasta las ramas más altas. Todas abandonaron el centro de sus telas, donde pasaban sus vidas cazando insectos para alimentarse y dialogar entre ellas, de tela a tela.

Rita no se sumó al alboroto. Se dijo:

- Si nunca me hicieron daño, ¿por qué lo harían ahora?

Heriberto, su admirador, llegó agitado para prevenirla.

- ¡Rita! ¡Protegete! ¡Te van a lastimar!

- ¿Por qué lo harían? -preguntó extrañada Rita.

- Porque nos tienen miedo o porque quieren jugar con nosotros, porque tienen la mala costumbre de hacer asados junto a los árboles o porque... porque... ¡porque sí!...

- Le agradezco el aviso, querido Heriberto -dijo Rita-. Pero no creo que los humanos sean tan perversos. Por otra parte, me gustaría compartir con ellos mis obras de arte.

- Pero te harán daño, Rita. Escondete, por favor -suplicó Heriberto.

Rita le sonrió y siguió tejiendo con mucho primor un nuevo sector de su tela en el que se veían perros, gatos, vacas y caballos, es decir, los animales más grandes que conocía.

Todo iba bien ese día de carreras. Ningún humano había molestado a araña alguna.

En un momento en que se hizo un receso en una de las competencias porque un ciclista se desparramó en la pista y se lastimó las rodillas, un señor que llevaba un aparato muy extraño colgado en uno de sus hombros, se acercó hasta el árbol de Rita, disfrutando de la sombra de los eucaliptos. A medida que se acercaba, su mirada se iba fijando en la tela.

- ¡Huí, Rita! -gritó desde lejos Heriberto y se escondió detrás de una hoja.

El hombre se aproximó a la telaraña. Rita lo observaba con mucha ingenuidad mientras él miraba atentamente cada dibujo de la tela. En un momento, Rita vio que el hombre la miraba a ella. Cuando el señor descolgó el aparato y lo apuntó hacia Rita, Heriberto, que estaba espiando detrás de la hoja, se lamentó:

- Es el final de la pobre Rita. Nuestro mundo pierde así una gran artista y una bella araña... ¡Qué lástima!.

Pero a Rita no le pasó nada. Lo único que hizo el aparato, fue prender una lucecita roja muy chiquitita y moverse de aquí para allá, según se movia el brazo del hombre, quien luego de filmar en detalle toda la telaraña y a Rita, se retiró satisfecho.

- ¿Vio, don Heriberto, que no me pasó nada?

- Hum... No lo sé, veremos qué pasa con el correr de las horas -dijo desconfiado el araño.

Con el correr de las horas no pasó nada. La carrera terminó, las personas se retiraron, las arañas salieron de sus escondites y todo volvió a la normalidad.

Al día siguiente, Rita salió en la tele, anunciada como un hermoso ejemplar exótico de una familia de arácnidos muy raros, una familia de arañas rubias que tejen su tela con extraños dibujos.

Pero Rita no se enteró porque no tiene tele y el resto de las arañas tampoco, así fue que siguieron criticándola acusándola encima de inconsciente y exhibicionista.

Con el correr del tiempo Rita se casó con su araño admirador, quien también tenía sus excentricidades, porque por ejemplo, le gustaba deslizarse por las telas como Tarzán. Así que imaginate cómo salieron sus arañitos y cuánto dieron que hablar al resto de las arañas...

A Marquitos le robaron las novias

Marquitos dice que tiene dos novias: Esperanza y Miluna.

La gente grande siempre les pregunta a los chicos chiquitos si tienen novia. Cuando los chicos chiquitos dicen que sí, les preguntan cuántas. Y se ríen.

Pero cuando los chicos son grandes y dicen que tienen novia, la gente grande se pone seria y les dice: "sos muy chico para esas cosas, primero aprendé a lavarte los calzoncillos".

¿Quién entiende a la gente grande?

No importa. Te estaba contando que Marquitos dice que tiene dos novias. Pero, así como les pasa a muchos chicos del jardín, Esperanza y Miluna no saben que son novias de Marquitos.

Esto parece no importarle mucho a él, porque lo aclara despreocupado.

Él dice que lo que le gusta de sus compañeritas es que le prestan sus juguetes y lo invitan a pasar los fines de semana en sus casas.

Marquitos es feliz con sus dos novias que no saben que lo son.

Mejor dicho: Marquitos era feliz. El otro día llegó del jardín haciendo pucheritos y cuando su mamá le preguntó qué le ocurría, informó que Julito le había robado las novias.

La mamá no pudo contener la risa, entonces Marquitos se enojó todavía más. Se tranquilizó un poco, pero no mucho, después de que la mamá lo consolara y le hiciera unos mimitos. Durante el resto del día estuvo muy serio.

Cuando su hermano mayor llegó de la escuela, lo cargó como loco. Marquitos volvió a sentirse muy enojado, casi furioso. Con la primera que se descargó -como hacemos todos siempre- fue con su mamá:

- ¿¡Por qué le tuviste que contar!? - le gritó y se fue hecho todo un puchero a la cama, donde estuvo como dos horas con la cabeza metida en la almohada.

Después, cuando llegó su papá, la cosa cambió. Al enterarse las noticias del día, dio la orden de que no se hablara más del tema. El anuncio estaba dirigido, más que nada, al hermano mayor que insistía en molestarlo con sus bromas.

Normalmente, el tipo de enojos que sufría Marquitos a otras personas se les pasa en un rato o en el día, pero este nene es muy especial: cuando se enfurece, es capaz que le dura más de una semana.

Una vez se enojó tanto con su hermano porque le había roto uno de sus juegos de video, que no le habló durante diez días. De nada sirvieron entonces las palabras de consuelo de sus padres y los consejos para que restableciera el diálogo con su hermano, quien ya le había pedido perdón. Marquitos necesitó mucho tiempo para ser el mismo de antes con él.

Dicen que si a uno le piden perdón, tiene que perdonar enseguida y tratar de que el disgusto se pase lo más rápido posible. Pero todos somos diferentes y hay quienes necesitan más tiempo que otros para "desenojarse".

Marquitos era de este tipo. Le costaba mucho volver a estar bien. Y no lo hacía a propósito, porque sufría durante ese tiempo en el que estaba irritado.

A los dos días del incidente con sus novias, Marquitos a su casa con la novedad de que estaba invitado al cumpleaños de Julito. La fiesta sería el sábado siguiente en un club muy elegante, fuera de la ciudad. Habría payasos, magos, mucho cotillón y cosas ricas para comer.

- No voy nada -dijo con el ceño fruncido Marquitos.

A la mamá y al papá les costó convencerlo de que fuera a la fiesta, de que se olvidara de las novias que Julito decía que eran suyas y que disfrutara de esa reunión con sus amigos.

Marquitos al final decidió ir.

- ¡Pero solamente si va Tomi -aclaró refiriéndose a un amigo suyo.

La fiesta estaba bárbara. Los chicos disfrutaban de una tarde de sol en la que no faltaba absolutamente nada. Los payasos hacían reír, el mago asombraba, el cotillón estaba re bueno y había dulces y gaseosas hasta para empacharse.

Fueron todos al quincho a cortar la torta. Marquitos se sentó a casi un metro de Julito, junto a Tomi.

Siempre hay algún adulto que mete la pata. Pues bien, apareció ese adulto mete patas y le preguntó con voz potente a Julito:

- Decime, Julito, ahora que cumpliste cinco años, ¿tenés novia vos?

Marquitos casi se atragantó.

- Sí. -dijo Julito engullendo un gran pedazo de su torta de cumpleaños.

- ¡Qué bárbaro! Y decime, che... ¿cuántas tenés?

- Dos: Esperanza y Miluna.

Ahora sí: a Marquitos se le atragantó la torta. Ya estaba a punto de levantarse para darle una piña a Julito, por ladrón, cuando el adulto hizo la tercera pregunta, la típica:

- Decime... ¿Y ellas saben que son tus novias?

- No -dijo Julito con indiferencia mientras se servía jugo.

Marquitos se tranquilizó.

Pensó que si las chicas no sabían que eran novias de Julito, bien podrían seguir siendo novias suyas.

- ¡Esperanza y Miluna son MIS novias! -gritó Marquitos parado en su silla dirigiéndose a Julito y el señor adulto.

- ¡No! ¡Son MIS novias! -gritó a su vez Julito.

- ¡Son mías!

- ¡No, son mías!

La discusión parecía que no iba a terminar si seguían así. Otro adulto -creo que es un tío de Julito- tuvo la feliz idea de proponer:

- ¿Por qué no les preguntan a ellas?

Marquitos y Julito las miraron. Todo el quincho estaba en silencio. Todos, sobre todo los chicos, les preguntaban con la mirada: ¿de quiénes son novias ustedes?

- De él -dijo Esperanza señalando a Marquitos.

- De él -dijo Miluna señalando a Julito.

- ¿Ven? Una para cada uno. ¿Para qué quieren más de una? -opinó el señor que había hablado en primer lugar, recibiendo por respuesta una mirada muy seria por parte de los dos nenes.

Julito y Marquitos se miraron fijamente. No se dijeron nada y siguieron comiendo sus porciones de torta.

Cuando regresó a su casa, la mamá le preguntó qué tal había estado el cumpleaños.

Marquitos, con una sonrisa de oreja a oreja, le dijo que había estado muy lindo.

Al rato, como si tal cosa, le preguntó:

- Má... Mañana que es domingo... ¿puedo invitar a jugar a Esperanza?

La mamá entendió, por la cara y el tono de la voz, que algo había pasado en el cumpleaños.

-¿Y a Miluna no? -le preguntó con picardía.

- No... A Esperanza nada más -dijo Marquitos-. Miluna no...

- Bueno, pero tiene que pedirle permiso a la mamá. Más tarde la llamás por teléfono.

Marquitos no pudo esperar. Corrió hasta el teléfono y la invitó. La mamá le dijo que sí, que no había problema.

Esa noche Marquitos hizo las paces con su hermano mayor. Y sin darse cuenta, con Julito.

 

EL SUEÑO DEL SABIO

(1999)

CAPITULO I

El Sabio de los Sueños no tiene sueño

El Sabio no podía dormir. Por más que lo intentaba, no podía dormir.

Era raro que el Sabio del Sueño no tuviera sueño. Pero era así: no podía dormir.

Daba vueltas en su cama, contaba ovejas, repasaba todos los nombres de toda la gente que conocía -y conocía a mucha, por cierto-, trataba de relajarse, pero todo era inútil.

La cama del Sabio no era una cama común, debo aclarar. Era hexagonal y en cada uno de los seis lados, tenía dos almohadas. Una sábana de verde césped, estaba cubierta por un cubrecamas de nubes rosadas.

El Sabio explicaba con mucha simpleza tamaña excentricidad:

- Es que doy muchas vueltas en la cama y me molesta no encontrar ninguna almohada-, decía.

- Además, cualquier cubrecama, por liviano que sea, es más pesado que una nube, y a mí no me gusta dormir con peso encima. Y ¿qué más lindo que dormir sobre el césped? - agregaba satisfecho y orgulloso por tener la cama más cómoda y original del mundo.

Pero esa noche, el Sabio no podía dormir a pesar de tantas almohadas, césped y nubes.

- Esto es el colmo -se dijo para sí-. Que el Sabio del Sueño, el único sabio conocedor de los secretos del sueño y de los sueños de los hombres, no pueda dormir, es el colmo. Es lo mismo que un acróbata no pudiera caminar por el cordón de una vereda. O que un reconocido cocinero de restaurante no fuera capaz de cocinarse una sopa en su casa. ¡Es inaudito!

Y, ciertamente, era algo extraño que quien cada noche se internaba en los sueños de la gente, no pudiera conciliar su propio sueño.

- ¿Me estaré volviendo viejo? - se interrogó ahora divertido, ya que su apariencia no era la de un joven, precisamente.

Nunca antes le había ocurrido algo similar.

De hecho, cada noche a las diez en punto, el Sabio se introducía debajo de su sábana de nube e inmediatamente se sumergía en un profundo sueño que duraba hasta las primeras horas del día siguiente. Una vez durmió dos días seguidos, pero por una razón muy especial que no viene al caso detallar aquí.

Cuando el Sabio alcanzaba ese estado de relajación completa que hace que todos podamos descansar plenamente, comenzaba lo que él había transformado en un trabajo placentero: internarse en los sueños de las personas que lo requerían o necesitaban.

¿Cómo lo lograba? Ése era precisamente el secreto de su sabiduría.

¿Qué hacía en los sueños de los hombres?

Esta es una historia un poquito larga de contar, pero trataremos de ser lo más breves que podamos. Primero veamos dónde vivía el Sabio...

 

El país del Sabio de los Sueños

 

Para conocer al Sabio, es necesario en este momento describir el lugar donde él había nacido y vivía. Cómo era su tierra y su gente. Sus costumbres y sus ocupaciones.

Veamos.

Dicen que el país del Sabio está muy cercano al nuestro, pero que no se puede ver de día, aunque es muy difícil verlo de noche. Es un territorio muy vasto, pero casi imposible de medir porque según cómo se lo mire, es muy pequeño también. Dicen que el país del Sabio tiene todos los colores, todas las fragancias, todos los vientos, todos los desiertos, todas las lagunas y lagos, todas las montañas y todas las planicies. Que los ríos del país del Sabio son fantásticos y que nadie se moja, aunque todos pueden bañarse y nadar en ellos. Que de las montañas más altas, los desprevenidos que se caen, no se lastiman. Y que en los calurosos desiertos nadie muere de sed. Como sucede en los sueños.

Dicen también que en el país del Sabio, la gente nace con la edad que quiere. Que hay personas que nacen con veinte o con cincuenta años. Que hay niños que nacen sin edad y otros que siempre tienen siete años. Porque en el país del Sabio la gente no crece; por ende, no cumple años.

Sin embargo, existen las fiestas de cumpleaños, porque la gente del país del Sabio es muy gustosa de los festejos y celebraciones. Así es que cuando tienen ganas - cosa que ocurre todos los días - celebran cumpleaños o años nuevos que no existen. Que todos los días hay también fiestas de casamientos y despedidas de viajeros que no van a ningún lugar. Lo hacen por el sólo placer de reunirse y beber chocolatada y comer muchos dulces. El país del Sabio es muy alegre y allí todos trabajan contentos porque saben que a una hora determinada del día llegará algún festejo en el cual reunirse y bailar cantando todos a los gritos, desafinando y comiéndose las eses.

Porque -dicen- en el país del Sabio no hay escuelas de canto ni de las otras. Son todos muy burros allí, lamentablemente.

Cuando cae la noche en el país del Sabio, las estrellas bajan a posarse en unos palos especiales dispuestos para ese fin. Esos son los faroles de las desordenadas calles de las ciudades de ese país. Al amanecer, las estrellas en fila india abandonan los postes para volar otra vez al cielo y hacer allí sus siestas diurnas.

El sol, en el país del Sabio, se guarda en un enorme cajón de metal dorado. Un hombre muy frío, de color azul, es el responsable de abrir cada aurora el cajón, luego de transportar el sol en un carruaje de hielo hasta el horizonte, para al atardecer quitarlo del poniente y regresarlo otra vez a la caja dorada. Debe hacer esta tarea muy rápidamente, porque a medida que avanza hasta el sitio desde donde el sol comienza a ascender o ya ha descendido, el carruaje se va derritiendo y el hombre calentando.

Una vez, una de las ruedas del carro se rompió y el sol demoró su llegada varias horas. Esa mañana estuvo muy oscura y el pobre Hombre Azul sufrió un calor indescriptible en la tarea por solucionar el percance, tan cerca que estuvo del cajón dorado. Dicen que se lo vio los días siguientes, blanco, todo embadurnado con una crema especial para quemaduras que le fabricó con leche descremada y chocolate blanco mezclados con unas hierbas aromáticas, una señora especialista en artes medicinales.

La luna también es muy especial en el país del Sabio. Todos la quieren mucho y la cuidan con mucho amor. Es que la luna, en el país del Sabio, canta canciones tan dulces que muchos prefieren no dormir para deleitarse con sus melodías y versos. La luna no descansa. Ella vela día y noche por la sonrisa de los habitantes del país del Sabio. Cuando alguien pierde la sonrisa por algún motivo -porque comió demasiados dulces y se indigestó o porque al bailar se lastimó un pie- la luna baja sin que nadie se dé cuenta, acaricia su mejilla, besa la herida o el lugar del dolor, e inmediatamente una sonrisa es dibujada en la boca del que había sufrido una herida del cuerpo o del alma, aunque esto último es muy difícil, porque en el país del Sabio todos tienen un motivo diario para festejar y eso hace que durante el día todos esperen con alegría la reunión con sus muchos amigos, entre bromas y canciones desafinadas.

Dicen que en nuestro planeta, hace muchísimos años, la luna también se dedicaba con esmero a sanar dolores y males, pero como a los hombres nos gusta tanto sufrir ya sea por cosas importantes como por pavadas, estaba tan recargada de trabajo, que no pudo jamás dar abasto con todos; y para no ser injusta con alguien, prefirió retirarse hasta lo alto del cielo y desde allí estar a disposición de quien desee encontrar con su mirada, esa paz y esa sonrisa que la luna le regala a quien la busca de corazón. Tal vez porque muy pocos saben esto, es que la luna muestra cada noche un rostro aburrido y parece tan sola. Algunos dicen que es por la tristeza de que pocos hombres le pidan el regalo de una sonrisa, que la luna cada tanto se va haciendo chiquita hasta desaparecer y que luego, estimulada por las estrellas que son las que más conocen a las personas, vuelve a crecer hasta ser imponente, bella y graciosa a los ojos de quienes tienen la suerte de mirarla.

En el país del Sabio las flores se riegan entre sí. Y las aves andan entre las personas como semejantes, porque no existen las jaulas. Pero dicen que su canto no es como el de las aves que nosotros conocemos, sino que desafinan tanto como los habitantes del mundo del Sabio. Pero a todos les gusta cantar así. Y creo que debe estar bien.

En el país del Sabio no hay oficinas. Bueno, sí, hay una muy importante: la del correo. Es que los habitantes se mandan entre sí tantas cartas como pueden, invitándose a fiestas, saludándose por los cumpleaños que no existen, deseándose buen viaje o felicidad en la llegada de nuevos integrantes a los hogares. Al no saber escribir, intentan dibujar el rostro del que envía la carta y de aquel que la debe recibir, lo que provoca cierta confusión en los carteros. Los mensajes están compuestos por extraños dibujitos que muy pocos entienden, pero como siempre se trata de fiestas, al comprender quién envió la nota, ya se sabe que habrá alguna reunión ese día. Los carteros son gente muy simpática: lucen grandes gorros plateados, usan botas de papel reciclado, lentes de colores y reparten las cartas en bicicletas o triciclos que arrastran grandes acoplados con cientos de miles de sobres de todos los tamaños, colores y perfumes.

Como habrás de suponer, en el país del Sabio no existen los calendarios. Ni los relojes. Una vez, un inventor creó un almanaque y distribuyó copias por todo el país. Como nadie sabe leer, pensaron que era papel para picar y convirtieron todos los almanaques en papel picado. El inventor se sintió muy triste. Menos mal que la luna bajó a consolarlo y le dibujó una sonrisa muy bonita. Pero igualmente el invento no servía: como él tampoco sabía escribir, lo que había hecho era dibujar signos sin sentido, creyendo así que estaba ordenando los días. Algo inútil.

El tiempo en el país del Sabio transcurre de esta manera: entre fiestas y ocupaciones primitivas. Es que la vida allí es de por sí muy simple y todos tratan de pasarla lo mejor posible. No hay nada perfecto y mucho menos lo es ese país, porque al no tener conocimientos, no pueden desarrollarse como comunidad. No tienen bibliotecas, ni maquinarias y mucho menos computadoras. La televisión tampoco existe y ni qué hablar de los freezers o heladeras. Por esta última razón, no pueden guardar nada y se dan así unos atracones tremendos porque les da lástima tirar la comida.

En el país del Sabio nadie se enferma porque -dicen sus habitantes- se enferma solamente el que quiere estar enfermo. Y como allí nadie quiere perderse ninguna fiesta, nunca se enferman.

Una vez una niña se enfermó luego de que alguien que ella amaba, se fue de viaje y no regresó más. Bajó entonces la luna y la consoló tiernamente, diciéndole que esa persona que ella tanto amaba, estaba muy bien en otro sitio, disfrutando de otros festejos con otra gente que la quería tanto como ella. Que todas las noches podía verla desde el cielo azul y que la observaba sonreír con la mejor de sus sonrisas. Y que las estrellas le contaban historias muy graciosas de esa persona viajera. La niña se consoló y se curó inmediatamente.

La muerte, en el país del Sabio, no existe. En su lugar, sólo existen los viajes muy largos hacia lugares bellos y alegres.

 

El Sabio de los Sueños conoce

a la Niña de los Suspiros

Fue en la fiesta del Año Nuevo que No Existe donde el Sabio conoció a una niña menudita, de cabellos castaños, con melenita y un mechón que caía rebelde sobre su ojito derecho.

La pequeña vestía un vestido corto color rosa. En su mano derecha llevaba una flor turquesa. Lucía una bella pulsera plateada con piedras de muchos colores y en sus finos dedos, los más preciosos anillos. Una tobillera de oro y plata engalanaba sus pies preciosos, que iban descalzos. Tendría unos siete años, pero como ya sabemos, es muy difícil determinar la edad de las personas en el país del Sabio.

Acurrucada en un rincón, lejos de las mesas junto a las cuales la gente comía, bebía mucha chocolatada y reía al tiempo de bailar y cantar desafinando como nunca, la niña suspiraba constantemente.

En su rostro se notaba una extraña nostalgia que debía ser muy profunda, ya que la luna jamás demoraba un instante en dibujar una sonrisa en aquellos que sufrían. Era evidente que los poderes de la luna no habían sido suficientes o que la pena había regresado sin que ella lo notara.

El Sabio se paseaba muy orondo entre la gente compartiendo chistes y canciones. Ese día estaba muy alegre y disfrutaba mucho de la fiesta.

Mientras estaba abocado a la exquisita tarea de comer un enorme trozo de torta de mirtilly, le llamó la atención que hubiera alguien que estuviera apartado del numeroso grupo de invitados. Era la niña que suspiraba en su rincón.

Dejó la torta en una mesa y se dirigió hacia ella, invadido por la curiosidad.

Se detuvo a sus pies, y desde su inmensa altura, le preguntó:

- ¿Qué te sucede, pequeña?

- ¡Ahhhhh! -la niña suspiró profundamente.

- ¿Te sientes bien? ¿Por qué no vienes con el resto a disfrutar de la fiesta? - insistió el Sabio.

- ¡Ahhhhh! -volvió a suspirar la pequeña.

- ¡Oh, ya entiendo! -dijo el Sabio acariciando su larga barba roja- Te has atragantado con muchos dulces y te sientes mal...

- ¡Ahhhh! -suspiró una vez más la niña.

- Comprendo... no es eso. ¡Hum! ¿Tienes una pena de amor?

- ¡Ahhhh!

- ¿Te has perdido? ¿No encuentras a tus padres?

- ¡Ahhhh!

- ¿Estás aburrida? ¿No te gustan las fiestas?

- ¡Ahhhh!

- Bien, no es nada de esto... ¿Qué te pasa, pequeña? -preguntó con mucha ternura el Sabio.

- ¡Ahhhh! No lo sé... Sólo sé que desde el fondo de mi estómago aparece siempre en mí una sensación muy extraña, que me oprime el pecho y hace que suspire todo el tiempo... ¡Ahhhh! -explicó la niña.

El Sabio se sentó junto a ella, sobre el piso, acomodando su larga túnica, apoyando su enorme espalda en la pared.

- Lo que tienes es una inmensa melancolía, niña -dijo el Sabio acariciando sus cabellos-. Seguramente nadie, ni tú, saben de dónde viene y qué es lo que la provoca. Hay gente así, aunque no sea frecuente hallarla en nuestro país. Pero sí, conozco gente de otros planetas, la que he hallado en mis numerosos viajes de sueño, que siente una melancolía infinita pero desconoce sus motivos.

La niña escuchaba con mucha atención las palabras del Sabio.

- Esa gente es la que, como tú, se sienta en lo alto de una colina, en soledad, para ver atardeceres y secar una lágrima traviesa que corre por las mejillas sin motivo alguno. Eres de los que se emocionan con las bellas canciones de la luna y que con cada compás de sus melodías se sienten transportadas hacia sitios muy lejanos, donde se extraña lo que jamás se tuvo y se desea lo que jamás se podrá tener.

La niña se sentó más cerca del Sabio y apoyó su cabeza en una de sus piernas. El Sabio continuó acariciando sus cabellos castaños, peinando cada tanto, el mechón rebelde descubriendo así su ojito derecho.

- Y cuando llega la noche, sientes que el día ha transcurrido en una larga pena, una dulce pena que en nada se parece con el dolor o la angustia. Es la pena de aquellos que son dueños de una inmensa sensibilidad. Es la pena de los que aman demasiado. La pena de quienes sufren con la belleza y las cosas hermosas del mundo.

La niña fue quedándose dormida.

Los invitados se fueron retirando del salón. Ya era muy tarde.

El Sabio continuaba hablando con sus ojos cerrados, acariciando la melena de la pequeña. Su voz era muy suave y dulce.

- Tu pena en nada se asemeja con el llanto de los que sufren dolores. Tus suspiros son la necesidad de comunicarle al mundo que todo lo bello está dentro de ti y que no puedes compartir tantos sentimientos con palabras o con gestos.

Luego de decir estas palabras, el Sabio también se durmió.

Fue como trasponer una amplia puerta de madera maciza, que se abría lentamente: el Sabio se vio entonces conduciendo a la niña de la mano por un amplio jardín poblado de flores hermosas, de pájaros dueños de los trinos más delicados del universo, de un cielo con cuatro soles, ubicados en cada uno de los puntos cardinales y que al mediodía se encontraban todo en lo alto del firmamento para fundirse durante unos minutos y luego continuar sus caminos hacia el punto opuesto al que habían salido.

Luego de transitar por un bosque milenario, tan alto como el cielo, se abrió ante ellos un paisaje increíble. Una cascada subía por la ladera de una inmensa montaña que estaba coronada por un cordón de nieve rosada, del que la luz de los soles hacía desprender destellos de luces multicolores.

El Sabio y la Niña de los Suspiros se sentaron junto a un arroyo a contemplar el paisaje.

- ¿Esto es un sueño? -preguntó la Niña ahora sin suspirar.

- Sí, es un sueño. Es tu sueño -respondió el Sabio apoyando una de sus manos en un hombro de la pequeña.

Quedaron en silencio durante muchos minutos, observando la belleza del paisaje.

La Niña estaba fascinada por la vista que se abría delante de ellos y asombrada por una rara sensación que venía de su estómago.

- No tengo deseos de suspirar... ¿Qué me ha pasado? -preguntó mirando a los ojos al Sabio.

- ¿Cómo te sientes? -preguntó el Sabio por respuesta.

- ¡Muy bien! Así, contigo a mi lado, en este jardín tan bello, rodeada de tanta hermosura, me siento muy bien... -dijo la Niña con mucho entusiasmo.

- Es que la pena que sufres cuando estás despierta es sólo un sueño. Un sueño de melancolía. Uno de los tantos sueños que nos fabricamos cuando no sabemos cómo expresar lo que sentimos. Tus suspiros son sólo un llamado de atención para que la gente que tú quieres dirija más la mirada hacia ti, que la necesitas mucho más de lo que crees -dijo el Sabio a la Niña con una voz clara y tierna.

- Pero... ¡esto es un sueño! -replicó la Niña-. El sueño es éste y no mi vida real. Es en mi vida real cuando los suspiros aparecen en mí sin control.

- ¿Esa cascada te parece real? -le preguntó el Sabio.

- Bueno, sí. Hasta podría tocarla si así lo deseara.

- ¿Sientes el calor de los cuatro soles?

- Claro.

- ¿Deleitan tus oídos los trinos de los pájaros de este bosque?

- Son muy hermosos, por cierto.

- ¿Percibes el cariño que siento por tí a través del calor de mi mano?

- Sí, y te estoy muy agradecida, Sabio.

- Pero esto es un sueño... -continuó el Sabio.

- Sí, pero parece tan real... -dijo la Niña con mucha satisfacción.

- Y no desearías despertarte, seguramente -arriesgó el Sabio.

- ¡Oh, no! Es todo tan bello... Me siento muy bien aquí, contigo.

- Dime, pequeña -dijo el Sabio mirándola profundamente a los ojos-. ¿No crees tú que si miraras el mundo real con los mismos ojos que miran este hermoso paisaje ahora, si escucharas con estos oídos los sonidos del mundo real, si acariciaras con estas manos las texturas del mundo real y si te dejaras calentar la piel con la luz del sol del mundo real, no podrías sentir la misma sensación?

La niña meditó durante unos minutos. Luego respondió:

- Ya entiendo lo que tú dices. Todo pasa por la actitud que yo tenga hacia las cosas y la gente que me rodea... -la Niña pensó unos minutos más y agregó contemplando el entorno: - me he confundido con el paisaje, soy parte de él, soy parte de toda esta belleza y siento en mí tu cariño y amistad. Y soy feliz así. Si pudiera, al despertar, disfrutar de mi mundo real como disfruto este sueño, sin pensar en aquello que no tengo o que no tendré; si me maravillaran las cosas cotidianas y me dejara invadir por el cariño de los que me rodean sin pensar en que algún día viajarán muy lejos y ya no los veré más, entonces...

- Entonces serías más feliz -completó el Sabio.

- ¡Ah, si pudiera lograr esto! -dijo la Niña suspirando por primera vez en su sueño.

- Es que sólo necesitas utilizar una palabra que no es mágica, pero sí muy efectiva -dijo el Sabio abriendo su mano izquierda para permitir que un colibrí se posara en ella.

- ¿Cuál es la palabra que me permitiría ser feliz en mi mundo real?

- Deseo. Ésa es la palabra. Deseo. Si tú lo deseas con el corazón, esa felicidad se instalará en tu corazón y no habrá melancolía que impida que te llene cada instante de tu vida.

- Deseo... -repitió la Niña.

- Las acciones de los hombres, sus alegrías y sus sufrimientos, se basan en sus deseos. Si deseas ser feliz, con tu alma rebosante de voluntad, lo conseguirás.

- Deseo... -volvió a repetir la Niña mirando fijamente la cascada. Y suspiró.

La pequeña giró su cabeza hacia el rostro del Sabio, que continuaba observándola con una sonrisa en sus labios. La Niña sonrió a su vez y el paisaje comenzó a disolverse lentamente.

- ¿Qué ocurre? -preguntó la Niña al Sabio.

- El sueño está concluyendo. ¿No es acaso lo que deseabas?

- Sí, tienes razón. Quiero despertar. Quiero regresar a mi mundo real, pues tengo mucho que hacer.

- ¿Qué es lo que tienes que hacer? -preguntó el Sabio.

- Tengo que cumplir mis deseos -afirmó con mucha seguridad la Niña.

Y ambos despertaron tomados de la mano.

El salón estaba vacío. Ya todos los invitados habían regresado a sus hogares a descansar hasta el día siguiente, en el que más fiestas llenarían más salones de gente alegre.

El Sabio y la Niña quedaron en el rincón en silencio.

La Niña pensaba en lo mucho que tendría por hacer al día siguiente.

El Sabio comprendió esa noche dónde residía su sabiduría y cuál era su trabajo en el universo: ayudar a que la gente comprenda que sus sueños pueden ser realidad. Y esa tarea debía llevarla a cabo en, precisamente, los sueños de la gente.

Cuando el Sabio tuvo la certeza de su misión, sintió que desde el estómago le llegaba una extraña sensación, mezcla de angustia con felicidad.

Y suspiró profundamente.

Y sonrió a la Niña que lo observó con curiosidad...

 

El Sabio de los Sueños conoce ahora

al Señor de los Espejos

Los días siguientes al encuentro del Sabio con el Hombre Azul, fueron muy especiales.

Durante el día, el Sabio se retiraba a pasear fuera de la ciudad, por campos y bosques. Disfrutaba la luz del sol, se divertía sobremanera observando al amanecer el apuro del Hombre Azul transportando al gran astro dorado en su carro de hielo con mucha prisa, ya que era verano y el sol estaba más ardiente que nunca. Al atardecer, contemplaba los últimos rayos del sol que era colocado nuevamente en el frío carro para dormir en su caja de metal, y se emocionaba al ver descender las estrellas para posarse en los postes que se transformaban con su luz, en faroles.

El Sabio hablaba con las flores, los animales y los insectos, mientras la gente del pueblo estaba muy ocupada organizando las fiestas del día y otras labores.

Les contaba historias maravillosas que capturaban la atención de todos ellos. Les relataba algunos de sus viajes de sueño que hacía que los onconi -unos pequeños seres que eran tan bondadosos como traviesos- lloraran a moco tendido, tan emocionados que quedaban con las palabras y los sucesos que salían de la boca del Sabio, que elegía como asiento siempre una gran piedra blanca en el claro de un bosque donde concentraba la atención de todos.

Por las noches, a las diez en punto, el Sabio se retiraba a su habitación y se tendía en su cama hexagonal de sábanas de césped y nubes, para sumergirse en el profundo sueño de todos los que necesitaban de él una palabra de aliento o compañía.

Al amanecer, el Sabio hacía fiaca un buen rato en su cama. Se desperezaba como un gato y remoloneaba entre sus muchas almohadas hasta que se levantaba y tomaba muchos vasos de yogur de frutilla. O de mirtilly, que como ya sabemos, es el gusto preferido del Sabio de los Sueños y que se lo hacía preparar especialmente para él.

Una noche, el Sabio tuvo una experiencia bastante extraña.

A poco de dormir, se vió encerrado en una habitación cuyo piso, paredes y techo eran espejos.

El Sabio vio su imagen multiplicada cientos de veces en los muchos espejos que pisaba, que lo rodeaban y que estaban colocados con mucha precisión sobre su cabeza.

- ¡Hum! Es raro este sueño -se dijo el Sabio acariciando su larga barba roja-. No hay nadie... Es muy raro esto...

- ¿Cómo que no hay nadie? -respondió una voz desde algún lugar de la habitación.

El Sabio giró sobre sus pies buscando a quien había hablado. No lo halló.

- Pues si hay alguien, está muy bien escondido -dijo el Sabio divertido, pensando que era una broma.

- No estoy escondido. Es que no me puedes ver y puedes verme muy bien -volvió a responder la misteriosa voz.

- ¡Ah!, comprendo... Se trata de una adivinanza -arriesgó el Sabio cada vez más divertido.

- No, no es una adivinanza.

- ¿Eres tan pequeño que debería buscarte con una lupa? -inquirió el Sabio agachándose y buscando con mucha atención en los espejos del piso.

- Soy tan grande como tú -dijo la voz desde algún lugar que podía ser al frente, detrás, arriba o abajo del Sabio.

- Si eres tan grande como yo, y no te veo, entonces eres invisible -pensó en voz alta el Sabio.

- Soy invisible y muy visible. Todo depende de ti -dijo la voz.

- ¿Qué debería hacer para verte? -preguntó el Sabio dando una vuelta por la habitación.

- Sólo tienes que mirarte a ti mismo en cualquier espejo -contestó la voz que salía de todos lados y de ninguno en particular.

El Sabio se acercó a uno de los espejos, el que ocasionalmente estaba frente a él y se observó: la roja y larga cabellera que caía sobre sus hombros, su rostro marcado por las arrugas de sus 250 años, su barba, su túnica azul y roja y sus pies descalzos.

- Me estoy mirando -dijo el Sabio-. Y sin embargo, no te veo.

- No estás mirando con la suficiente atención -dijo la voz-. Obsérvate con detenimiento. ¿Qué sientes cuando estás frente a un espejo cualquiera?

El Sabio pensó con detenimiento. Era una buena pregunta. ¿Qué siento cuando estoy frente a un espejo? ¿Acaso no es una atracción muy especial, casi inevitable, que hace que deba observarme? Cuando paso al lado de un espejo, ¿no es que no puedo reprimir el deseo de contemplarme aunque sea unos pocos segundos? ¿Y por qué me ocurrirá esto? A decir verdad, veo que le ocurre a todas las personas que conozco...

El Sabio continuó analizando esa atracción por los espejos. ¿Y qué hago cuando estoy frente a un espejo, además de peinar mis cabellos o arreglar mi larga barba, por ejemplo?

- Eso: ¿qué haces cuando estás frente a un espejo? -preguntó la voz que evidentemente escuchaba los pensamientos del Sabio.

- Me miro a los ojos -respondió el Mago dándose cuenta de que mientras pensaba, todo el tiempo tenía puestos sus ojos en los ojos reflejados por el espejo.

- Bien, vas por buen camino -dijo la voz que ahora se oía claramente que salía del espejo que reflejaba la imagen del Sabio.

- Pero si tu intención es que te vea, entonces deberás mostrarte, desconocido -dijo el Sabio sin dejar de observar sus ojos en el espejo.

- Me estás viendo -afirmó la voz y la imagen del Sabio se convirtió en un hombre tan alto como él, con una cabellera tan enrulada y con una barba tan larga y roja como la suya.

- Pero ése soy yo... -comentó el Sabio extrañado por algo que no podía definir y que no correspondía a su exacto reflejo.

- Es «eso» que no puedes definir lo que nos hace diferentes; lo que a mí me da mi propia personalidad y que hace que no seas tú a quien estás viendo -dijo la voz.

- Pero si no me estoy viendo en el espejo, ¿a quién veo realmente?

- Me ves a mí -aseguró la voz-. Al Señor de los Espejos.

- Eres casi idéntico a mí -señaló el Sabio.

- Exactamente, «casi» idéntico. Porque tú no eres yo ni yo soy tú. Lo que ves es mi propia imagen, que cambia de acuerdo a quien se pare delante de algún espejo. Es el Señor de los Espejos quien te atrae, quien te obliga a observarte en cuanto espejo tropiece contigo. Soy yo quien llama tu atención de un modo casi inevitable. Estos ojos no son tus ojos, sino los míos, que te conocen mejor que lo que tú crees que te conoces.

El Sabio escuchaba muy atentamente.

- Cuando capto la atención de las personas y las obligo a pararse frente a los espejos, les devuelvo la imagen real que ellos tienen, no la que creen tener. Algunos disfrutan con ella; otros, lamentablemente, no pueden hacerlo porque no están conformes consigo. Para algunas personas, el espejo es un tormento porque se ven a sí mismas y ven todas las miserias de sus corazones. Pero para la mayoría, es un verdadero placer contemplar su verdadera personalidad en un espejo.

- Yo hago muchas morisquetas en los espejos... -comentó el Sabio hinchando sus mejillas y abriendo desmesuradamente sus ojos. El espejo devolvió esa imagen con total exactitud.

- La mayoría de la gente hace morisquetas frente a los espejos. Sobre todo cuando nadie los ve -dijo el Señor de los Espejos-. Y es por esto que te explicaba recién de que frente a los espejos, somos lo que realmente somos, sin los condicionamientos que imponen las miradas de las demás personas.

El Sabio hizo morisquetas hasta que se cansó y se puso serio. La imagen del espejo también.

- ¿Por qué estoy en este sueño? -preguntó el Sabio a su imagen, es decir, al Señor de los Espejos.

- Porque yo te llamé -respondió la imagen.

- ¿En qué puedo serte útil, Señor de los Espejos? -volvió a preguntar el Sabio ahora con mucha seriedad.

- Sentémonos, no me resulta fácil explicarlo y estoy cansado de que estés parado.

Un pequeño banquito de espejos apareció de pronto detrás del Sabio, quien tomó asiento al igual que su imagen en el cristal.

- Hace miles de años -comenzó a explicar el Señor de los Espejos- los hombres crearon a los espejos para darles distintos usos, principalmente, para reflejar cosas y personas.

- Siempre he tratado de satisfacer los deseos de todos y mostrarlos tal como son -continuó el Señor de los Espejos-, con sus defectos y sus mejores atributos. Ha sido muy duro mi trabajo en todo este tiempo, porque he reflejado rostros de personas que en el interior son muy desagradables. He tenido mis compensaciones, por supuesto, ya que hay mucha gente muy hermosa en su interior. Pero creo que me estoy poniendo viejo y estoy muy cansado.

El Sabio comenzó a peinar su barba larga mientras escuchaba muy atentamente. La imagen en el espejo hizo lo mismo.

- Reconozco que es un trabajo arduo, pero a la vez muy gratificante, más aún cuando son los niños los que buscan su reflejo y me divierten con sus muecas y gestos tan cómicos y graciosos. Es muy entretenido ver los rostros de los más chiquitos que no entienden muy bien qué es lo que sucede con sus personitas: si están frente a un gemelo o si se trata de un truco de la gente mayor. Pero, te repito, creo que estoy viejo y cansado...

- ¿Por qué dices esto? -preguntó el Sabio con mucha preocupación.

- Porque... -y el brillo de los ojos de la imagen del Sabio que se reflejaba en el espejo se nubló, como si estuvieran a punto de llorar-. Porque nada ni nadie me refleja a mí...

- Esto que dices es muy triste -expresó el Sabio tan angustiado como el Señor de los Espejos; y esa pena se notaba tanto en uno como en otro.

- Sí. Es muy triste... -agregó el Señor de los Espejos.

- ¿Y qué puedo hacer por ti? -preguntó con ansiedad el Sabio.

- Quizás sea pedirte mucho...

- Quizás no lo sea... -dijo el Sabio.

- Lo que yo quisiera es...

- ...lo que tú quisieras -completó el Sabio- es que yo tome tu lugar y refleje tu verdadera imagen.

- Así es. ¿Será mucho pedirte, Sabio de los Sueños que ayudas a tanta gente?

- En los sueños, querido Señor de los Espejos, nada es imposible ni nada es mucho pedir. Intentaré cumplir tu sueño. Si me permites...

El Sabio se incorporó de su banquito y dio un paso al frente. Se colocó tan cerca del espejo, que su nariz rozaba la nariz reflejada.

- ¿Estás listo? -preguntó el Sabio.

- Sí, estoy listo -respondió el Señor de los Espejos con mucha emoción.

- Pues allá vamos -dijo el Sabio y dio otro paso al frente.

En ese momento, las imágenes se cruzaron. El Sabio pasó del otro lado del espejo y la imagen que éste reflejaba quedó en el sitio donde él había estado antes.

El Sabio, desde el interior del espejo, le preguntó al Señor de los Espejos qué era lo que veía.

El Señor de los Espejos dejó escapar una lágrima. Lo que él veía en el espejo era nuevamente la imagen del Sabio de los Sueños.

- Te veo a ti, Sabio, no puedo ver mi imagen... -dijo al borde del llanto el Señor de los Espejos-. ¿Qué es lo que ves tú? Puedes decírmelo aunque lo que estés viendo sea horroroso...

- Lo que veo -dijo el Sabio- es una figura tan alta como yo, con una cabellera y una barba larga y roja como la mía, pero toda ella refleja millones de rostros y cosas. Puedo ver todos los momentos de la historia del mundo que pasaron delante de los espejos; todas las personas, todos los muebles, todo el universo que alguna vez fue reflejado.

- ¿Y es agradable, Sabio?

- Es lo que es, querido Señor de los Espejos. Tú no puedes elegir los sujetos y los objetos que se pongan delante de ti. Eres un mundo en ti mismo y no lo puedes evitar. Eres lo bello y lo feo, lo agradable y lo desagradable, lo alegre y lo triste, el llanto y las risas, eres todo esto y mucho más. Mírame a los ojos, Señor de los Espejos, haz lo que la gente debe hacer para verte. Mira en el reflejo, la profundidad de mis ojos y podrás observarte de cuerpo entero.

El Señor de los Espejos hizo caso a las palabras del Sabio de los Sueños y se vio todo imágenes, todo gente, todo cosas. Y sonrió con satisfacción.

- ¡Esto es lo que soy! Soy mi propio mundo, habitado por todo lo que he reflejado a lo largo de mi historia. Soy el primer bostezo de la jornada y la despedida en la noche, soy el momento de maquillaje y el arreglo de una cabellera en cualquier momento del día. Soy la imagen de los salones de bailes y las fachadas de algunos edificios. Soy todo y soy nada. Soy realidad, ilusión y fantasía. Esto es lo que soy y estoy conforme con ello.

El Sabio atendía las palabras del Señor de los Espejos con cariño y comprensión.

- Gracias, Sabio de los Sueños. Me has devuelto las fuerzas para seguir reflejando las imágenes sin hacerme ya tantas preguntas. La vida de los espejos es muy solitaria, te lo puedo asegurar. Pero mi trabajo es necesario también, y eso me reconforta. Gracias, puedes si quieres, pasar de este lado...

El Sabio hizo dos pasos hacia delante y las dos figuras se cruzaron en la superficie lisa del espejo. La imagen del Sabio quedó reflejada nuevamente en él.

Luego de la despedida, el Sabio decidió despertarse. Deberían ser ya las nueve de la mañana y ese día debía ayudar a organizar una fiesta en la casa de unos amigos.

Después del desperezo habitual y de la obligada fiaca matutina, el Sabio se dirigió al cuarto de baño a darse una ducha.

Se detuvo frente al espejo y observó su imagen con detenimiento.

Miró sus ojos muy profundamente. Sonrió. Y al sonreír percibió que el Señor de los Espejos, desde el otro lado del cristal, también sonreía...

 

LA MALDICION DEL CHENQUE

(2001)

EL CASTIGO DE LOS CHENQUES

Dicen los paisanos que el que cava y saca esqueletos y cosas de un chenque, que es el cementerio de los indios antiguos, tendrá un castigo de cien años para él y para su familia. Dicen que ahí están sus antiguos parientes y que ellos los maldicen. Dicen que todos los que han sacado flechas, huesos y cacharros se han muerto pronto o han quedado malditos. Y dicen que conocen muchas personas que han muerto por eso.

Los paisanos tienen miedo de pasar cerca de los chenques en la noche y los miran con respeto supersticioso. Los chenques son como tesoros enterrados.

 

 

Narrado por José Autalán, Comodoro Rivadavia (Chubut) 1952. Recopilado por Berta E. Vidal de Battini, 1984. Publicado en el libro «Cuentan los mapuches».

 

Capítulo III

 

La tapa misteriosa en el galpón

Sucedió lo que tenía que suceder: ese verano las pulgas y las garrapatas se multiplicaron como una verdadera plaga y Tacaño, solidario con todos los bichos que andan dando vueltas por ahí, les dio alojamiento a todos. Mi papá no necesitó decirme nada. Me dirigió una mirada que hasta Tacaño comprendió. El perro y yo, en silencio, nos encaminamos al galpón de atrás para acondicionar lo que sería su cucha: un gran cajón de madera que puesto de costado tenía lugar para colocar el almohadón de un sofá destrozado. Tacaño me observaba con atención sentado en la puerta, mientras yo quitaba algunas porquerías y el polvo del cajón. Muy pronto se levantó una nube de tierra en el interior y tuve que salir para respirar aire puro. A lo lejos se veía la figura de Maxi que venía con unos libros bajo el brazo. Seguramente eran los de química. Cuando sucedía esto, Maxi se descolgaba con la idea de algún experimento extravagante que siempre terminaba mal: las remeras manchadas o algún frasco o botellas rotas y la sensación de que así nunca seríamos científicos.

Cuando llegó, se enteró de lo que había pasado y abandonando los libros sobre un tronco, se dispuso a ayudarme en la tarea.

- Ya que estamos, vamos a ordenar todo el galpón. Vas a quedar bien con tu papá y de paso, veremos si hay algo que sirva -dijo refiriéndose a cualquier cosa que fuera útil para los experimentos, las investigaciones o su museo de antigüedades.

Pusimos manos a la obra. Yo me encargaba de sacar las cosas del galpón y él de seleccionar lo que se debía guardar o tirar. Hacía tres pilas: una para la basura, otra para lo que se debía volver a entrar y otra con las cosas que podrían tener algún tipo de interés para nosotros.

A medida que fuimos desocupando el galpón, veíamos que la que más crecía era la de la basura. El jefe de la estación se había encargado de llevarse todo lo que fuera útil. Lo que quedaba no servía para nada, ni siquiera para el experimento más tonto.

Bromeamos un poco por la mugre que llevábamos encima y decidimos descansar un rato. Fui hasta mi casa a buscar una gaseosa y al regresar, estaba Melisa.

- ¿Ahora se dedican a limpiar galpones o es un experimento nuevo? -preguntó con cierto tono de burla.

Íbamos a responderle cuando Maxi se dio cuenta de que Tacaño olfateaba con insistencia en un rincón del galpón.

- Seguro que encontró la cueva de una laucha -dije al pasar.

Él no lo creyó así y se levantó para investigar lo que tanto preocupaba a mi perro.

- Mañana es el cumpleaños de mi hermanita menor. Si quieren, pueden venir -dijo Melisa.

- Estaría bueno -dije yo observando cómo Maxi se dirigía al rincón con un palito en la mano Sin dejar de observar el suelo, me pidió una escoba.

Al costado del galpón había una medio destartalada, pero servía igual para quitar el grueso de la tierra que se acumulaba en el rincón.

Me dirigí hacia allí y vi que Tacaño estaba muy excitado. Le pregunté qué había.

- No estoy seguro, pero no es la cueva de ningún animal -dijo Maxi barriendo enérgicamente

Melisa se acercó a nosotros con curiosidad. Tacaño comenzó a gemir. Ahora estaba muy nervioso.

- La escoba no alcanza -dijo Maxi-. Ahora la tierra está muy dura.

- Yo no veo nada. Me parece que ustedes están un poco locos -comentó Melisa observando que se había ensuciado las zapatillas blancas.

Entre la basura había una barra de hierro que podía servir para retirar la tierra. Se lo alcancé a Maxi y al segundo golpe se escuchó un ruido metálico. Me miró satisfecho.

- ¿Viste que no era una guarida de ratones? - me preguntó sonriendo.

No respondí nada. Ahora estaba tan excitado como Tacaño, que jadeaba a mi lado.

Fui al taller de papá en busca de una pala y en pocos minutos una tapa de grueso metal quedaba al descubierto.

- Parece la tapa de un sótano -señalé.

- Sí -dijo Maxi golpeándola con la pala. El ruido ahora era hueco.

Melisa preguntó qué habría allí dentro, pero ninguno de los dos le supimos responder.

- Debe ser otro depósito -arriesgué.

- No lo creo -dijo Maxi mientras quitaba el último resquicio de polvo con sus manos-. ¡Miren! ¡Tiene figuras grabadas!

Todos -hasta Melisa a quien ya no le importaba la suciedad del lugar- nos arrodillamos junto a la tapa para observarla con detenimiento: cuatro extraños dibujos se alzaban en relieve. Cada uno de nosotros intentaba descifrar esas figuras, pero ningún argumento parecía válido.

Estábamos concentrados en esa tarea cuando escuchamos que alguien, silbando, se acercaba a la puerta del galpón.

Tacaño comenzó a ladrar con furia, pero sin moverse de su lugar.

Los tres miramos en esa dirección y por el polvillo y la luz del sol sólo pudimos ver una figura que se detenía y nos observaba. Luego de unos segundos reanudó su marcha, silbando nuevamente. «Seguro que están jugando a las muñequitas», dijo mientras se alejaba riendo con burla.

- Es Heriberto -comentó Maxi.

- Es insoportable -dijo con bronca Melisa.

Sólo cuando Heriberto se perdió en la distancia, Tacaño dejó de ladrar y nos miró jadeando, con la lengua afuera.

Propuse levantar la tapa, pero Maxi sugirió averiguar antes qué significaban los signos.

- ¿Para qué? -preguntó Melisa-. Levantemos la tapa y veamos qué hay.

Lo miré dándole la razón a Melisa, pero él insistió en averiguar primero qué querían decir los dibujos.

- Está bien -acepté-. De todos modos se está haciendo tarde y nos va a dar bastante trabajo. Parece que está muy agarrada a la tierra. Mejor nos damos un baño y nos encontramos en tu casa para buscar en tus archivos qué puede ser esto.

Maxi buscó entre los libros que había dejado sobre el tronco un papel en blanco y un lápiz y copió cada una de las inscripciones. Cerramos el galpón con el candado y nos fuimos.

A la hora y media estábamos los tres en la habitación de Maxi, quien ya estaba rodeado de gruesos libros iniciando su investigación.

 

Capítulo IV