EL
SUEÑO DEL SABIO Y OTROS RELATOS
Por Ariel Puyelli
LIBROS
Rita,
la araña con peluca y otros cuentos
(1999)
Rita,
la araña con peluca
La
araña Rita es por demás coqueta.
Todas
las mañanas se pasea oronda por su tela tejida con un punto
especial, creado por ella, que recrea distintas formas:
estrellas, flores e insectos.
Rita
usa peluca rubia, y esto es motivo de comentarios duros por
parte de las otras arañas del monte de eucaliptos en el
Parque Municipal:
-
Yo no sé de qué se las da... -dicen algunas.
-
¿Dónde vieron ustedes a una araña rubia? -preguntan
otras.
-
Sí... rubia pero porque usa peluca... -opinan las
envidiosas.
-
Está agrandada desde que inventó ese ridículo tejido de
telaraña con esos dibujos extraños... -señalan las que
apenas saben hacer el tejido de telaraña más simple que
pueda haber.
Las
arañas viven observando a Rita. Están pendientes de qué
hace y qué dice.
Por
las tardes ven cómo se dispone a seguir con su tejido sin
importarle los rumores que se escuchan en el resto de ese
árbol y otros de alrededor.
Es
que Rita tiene mucha personalidad: la peluca la usa porque
le gusta cómo le quedó tejida usando las hilachitas de un
viejo pulóver amarillo que encontró abandonado junto al
eucalipto y hace dibujos en su tela porque tiene
inclinaciones artísticas.
-
Es la Marta Minujín de las arañas -sentenció un araño
admirador suyo. -Le falta usar anteojos negros...
Rita
no se manda la parte por ser distinta a los demás. Antes
bien, una vez reunió a todas las arañas para enseñarles
lo linda que había quedado la peluca y cómo iban los
dibujos de su tela.
-
¡Andá! -le dijeron todas a coro.
Rita
no se enojó. Entendió que no la comprendían. Y pudo
hacerlo porque toda su familia se había destacado siempre
del resto de las arañas. Su papá había sido famoso por
tejer una tela tan grande, tan fuerte, que los empleados
municipales habían tenido que cortarla con grandes tijeras
de metal para que en la pista se pudieran seguir corriendo
carreras de bicicletas. Con lo que cortaron, hicieron un
bello tapiz, tan fuerte y grande era la tela que había
hecho su papá. Su mamá no se quedaba atrás: siempre
lucía un bello gorro tejido con nervaduras de hojas de
eucalipto y se maquillaba con la resina del árbol y las
cenizas de carbón que quedaban en los fogones. La familia
de Rita fue tan excéntrica como criticada.
-
No hagas caso siempre a lo que dice la gente de vos -le
había aconsejado una vez el papá-. Algunas veces te da
buenos consejos, pero otras, te critica por envidia o por el
placer de criticar. De todas maneras, escuchá lo que las
arañas y el resto de los animales te digan, porque siempre
podrás sacar de sus palabras alguna enseñanza.
Rita
hacía su vida tranquila, sin molestar a nadie. Estaba
orgullosa de su peluca y de su tela, y no se dejaba
acobardar por ningún dicho negativo o malintencionado.
Además, estaba siempre ocupada en halagar a ese araño
admirador suyo -Heriberto- antes que en atender los rumores
de las arañas chusmas.
Una
vez se disputó una carrera muy importante en el velódromo
del Parque. Hasta vino la tele y todo. Las arañas tomaron
sus precauciones.
-
¡Cuidado! Están llegando muchos humanos a nuestro
territorio. ¡Preparen sus defensas y escondites!
¡Recuerden que la mayoría nos tiene miedo y que los
humanos matan todo lo que temen!
Las
arañas se prepararon para la invasión de los hombres.
Algunas se escondieron en los huequitos de los árboles.
Otras treparon hasta las ramas más altas. Todas abandonaron
el centro de sus telas, donde pasaban sus vidas cazando
insectos para alimentarse y dialogar entre ellas, de tela a
tela.
Rita
no se sumó al alboroto. Se dijo:
-
Si nunca me hicieron daño, ¿por qué lo harían ahora?
Heriberto,
su admirador, llegó agitado para prevenirla.
-
¡Rita! ¡Protegete! ¡Te van a lastimar!
-
¿Por qué lo harían? -preguntó extrañada Rita.
-
Porque nos tienen miedo o porque quieren jugar con nosotros,
porque tienen la mala costumbre de hacer asados junto a los
árboles o porque... porque... ¡porque sí!...
-
Le agradezco el aviso, querido Heriberto -dijo Rita-. Pero
no creo que los humanos sean tan perversos. Por otra parte,
me gustaría compartir con ellos mis obras de arte.
-
Pero te harán daño, Rita. Escondete, por favor -suplicó
Heriberto.
Rita
le sonrió y siguió tejiendo con mucho primor un nuevo
sector de su tela en el que se veían perros, gatos, vacas y
caballos, es decir, los animales más grandes que conocía.
Todo
iba bien ese día de carreras. Ningún humano había
molestado a araña alguna.
En
un momento en que se hizo un receso en una de las
competencias porque un ciclista se desparramó en la pista y
se lastimó las rodillas, un señor que llevaba un aparato
muy extraño colgado en uno de sus hombros, se acercó hasta
el árbol de Rita, disfrutando de la sombra de los
eucaliptos. A medida que se acercaba, su mirada se iba
fijando en la tela.
-
¡Huí, Rita! -gritó desde lejos Heriberto y se escondió
detrás de una hoja.
El
hombre se aproximó a la telaraña. Rita lo observaba con
mucha ingenuidad mientras él miraba atentamente cada dibujo
de la tela. En un momento, Rita vio que el hombre la miraba
a ella. Cuando el señor descolgó el aparato y lo apuntó
hacia Rita, Heriberto, que estaba espiando detrás de la
hoja, se lamentó:
-
Es el final de la pobre Rita. Nuestro mundo pierde así una
gran artista y una bella araña... ¡Qué lástima!.
Pero
a Rita no le pasó nada. Lo único que hizo el aparato, fue
prender una lucecita roja muy chiquitita y moverse de aquí
para allá, según se movia el brazo del hombre, quien luego
de filmar en detalle toda la telaraña y a Rita, se retiró
satisfecho.
-
¿Vio, don Heriberto, que no me pasó nada?
-
Hum... No lo sé, veremos qué pasa con el correr de las
horas -dijo desconfiado el araño.
Con
el correr de las horas no pasó nada. La carrera terminó,
las personas se retiraron, las arañas salieron de sus
escondites y todo volvió a la normalidad.
Al
día siguiente, Rita salió en la tele, anunciada como un
hermoso ejemplar exótico de una familia de arácnidos muy
raros, una familia de arañas rubias que tejen su tela con
extraños dibujos.
Pero
Rita no se enteró porque no tiene tele y el resto de las
arañas tampoco, así fue que siguieron criticándola
acusándola encima de inconsciente y exhibicionista.
Con
el correr del tiempo Rita se casó con su araño admirador,
quien también tenía sus excentricidades, porque por
ejemplo, le gustaba deslizarse por las telas como Tarzán.
Así que imaginate cómo salieron sus arañitos y cuánto
dieron que hablar al resto de las arañas...
A
Marquitos le robaron las novias
Marquitos
dice que tiene dos novias: Esperanza y Miluna.
La
gente grande siempre les pregunta a los chicos chiquitos si
tienen novia. Cuando los chicos chiquitos dicen que sí, les
preguntan cuántas. Y se ríen.
Pero
cuando los chicos son grandes y dicen que tienen novia, la
gente grande se pone seria y les dice: "sos muy chico
para esas cosas, primero aprendé a lavarte los
calzoncillos".
¿Quién
entiende a la gente grande?
No
importa. Te estaba contando que Marquitos dice que tiene dos
novias. Pero, así como les pasa a muchos chicos del
jardín, Esperanza y Miluna no saben que son novias
de Marquitos.
Esto
parece no importarle mucho a él, porque lo aclara
despreocupado.
Él
dice que lo que le gusta de sus compañeritas es que le
prestan sus juguetes y lo invitan a pasar los fines de
semana en sus casas.
Marquitos
es feliz con sus dos novias que no saben que lo son.
Mejor
dicho: Marquitos era feliz. El otro día llegó del
jardín haciendo pucheritos y cuando su mamá le preguntó
qué le ocurría, informó que Julito le había robado las
novias.
La
mamá no pudo contener la risa, entonces Marquitos se enojó
todavía más. Se tranquilizó un poco, pero no mucho,
después de que la mamá lo consolara y le hiciera unos
mimitos. Durante el resto del día estuvo muy serio.
Cuando
su hermano mayor llegó de la escuela, lo cargó como loco.
Marquitos volvió a sentirse muy enojado, casi furioso. Con
la primera que se descargó -como hacemos todos siempre- fue
con su mamá:
-
¿¡Por qué le tuviste que contar!? - le gritó y se fue
hecho todo un puchero a la cama, donde estuvo como dos horas
con la cabeza metida en la almohada.
Después,
cuando llegó su papá, la cosa cambió. Al enterarse las
noticias del día, dio la orden de que no se hablara más
del tema. El anuncio estaba dirigido, más que nada, al
hermano mayor que insistía en molestarlo con sus bromas.
Normalmente,
el tipo de enojos que sufría Marquitos a otras personas se
les pasa en un rato o en el día, pero este nene es muy
especial: cuando se enfurece, es capaz que le dura más de
una semana.
Una
vez se enojó tanto con su hermano porque le había roto uno
de sus juegos de video, que no le habló durante diez días.
De nada sirvieron entonces las palabras de consuelo de sus
padres y los consejos para que restableciera el diálogo con
su hermano, quien ya le había pedido perdón. Marquitos
necesitó mucho tiempo para ser el mismo de antes con él.
Dicen
que si a uno le piden perdón, tiene que perdonar enseguida
y tratar de que el disgusto se pase lo más rápido posible.
Pero todos somos diferentes y hay quienes necesitan más
tiempo que otros para "desenojarse".
Marquitos
era de este tipo. Le costaba mucho volver a estar bien. Y no
lo hacía a propósito, porque sufría durante ese tiempo en
el que estaba irritado.
A
los dos días del incidente con sus novias, Marquitos a su
casa con la novedad de que estaba invitado al cumpleaños de
Julito. La fiesta sería el sábado siguiente en un club muy
elegante, fuera de la ciudad. Habría payasos, magos, mucho
cotillón y cosas ricas para comer.
-
No voy nada -dijo con el ceño fruncido Marquitos.
A
la mamá y al papá les costó convencerlo de que fuera a la
fiesta, de que se olvidara de las novias que Julito decía
que eran suyas y que disfrutara de esa reunión con sus
amigos.
Marquitos
al final decidió ir.
-
¡Pero solamente si va Tomi -aclaró refiriéndose a un
amigo suyo.
La
fiesta estaba bárbara. Los chicos disfrutaban de una tarde
de sol en la que no faltaba absolutamente nada. Los payasos
hacían reír, el mago asombraba, el cotillón estaba re
bueno y había dulces y gaseosas hasta para empacharse.
Fueron
todos al quincho a cortar la torta. Marquitos se sentó a
casi un metro de Julito, junto a Tomi.
Siempre
hay algún adulto que mete la pata. Pues bien, apareció ese
adulto mete patas y le preguntó con voz potente a Julito:
-
Decime, Julito, ahora que cumpliste cinco años, ¿tenés
novia vos?
Marquitos
casi se atragantó.
-
Sí. -dijo Julito engullendo un gran pedazo de su torta de
cumpleaños.
-
¡Qué bárbaro! Y decime, che... ¿cuántas tenés?
-
Dos: Esperanza y Miluna.
Ahora
sí: a Marquitos se le atragantó la torta. Ya estaba a
punto de levantarse para darle una piña a Julito, por
ladrón, cuando el adulto hizo la tercera pregunta, la
típica:
-
Decime... ¿Y ellas saben que son tus novias?
-
No -dijo Julito con indiferencia mientras se servía jugo.
Marquitos
se tranquilizó.
Pensó
que si las chicas no sabían que eran novias de Julito, bien
podrían seguir siendo novias suyas.
-
¡Esperanza y Miluna son MIS novias! -gritó Marquitos
parado en su silla dirigiéndose a Julito y el señor
adulto.
-
¡No! ¡Son MIS novias! -gritó a su vez Julito.
-
¡Son mías!
-
¡No, son mías!
La
discusión parecía que no iba a terminar si seguían así.
Otro adulto -creo que es un tío de Julito- tuvo la feliz
idea de proponer:
-
¿Por qué no les preguntan a ellas?
Marquitos
y Julito las miraron. Todo el quincho estaba en silencio.
Todos, sobre todo los chicos, les preguntaban con la mirada:
¿de quiénes son novias ustedes?
-
De él -dijo Esperanza señalando a Marquitos.
-
De él -dijo Miluna señalando a Julito.
-
¿Ven? Una para cada uno. ¿Para qué quieren más de una?
-opinó el señor que había hablado en primer lugar,
recibiendo por respuesta una mirada muy seria por parte de
los dos nenes.
Julito
y Marquitos se miraron fijamente. No se dijeron nada y
siguieron comiendo sus porciones de torta.
Cuando
regresó a su casa, la mamá le preguntó qué tal había
estado el cumpleaños.
Marquitos,
con una sonrisa de oreja a oreja, le dijo que había estado
muy lindo.
Al
rato, como si tal cosa, le preguntó:
-
Má... Mañana que es domingo... ¿puedo invitar a jugar a
Esperanza?
La
mamá entendió, por la cara y el tono de la voz, que algo
había pasado en el cumpleaños.
-¿Y
a Miluna no? -le preguntó con picardía.
-
No... A Esperanza nada más -dijo Marquitos-. Miluna no...
-
Bueno, pero tiene que pedirle permiso a la mamá. Más tarde
la llamás por teléfono.
Marquitos
no pudo esperar. Corrió hasta el teléfono y la invitó. La
mamá le dijo que sí, que no había problema.
Esa
noche Marquitos hizo las paces con su hermano mayor. Y sin
darse cuenta, con Julito.
EL
SUEÑO DEL SABIO
(1999)
CAPITULO
I
El
Sabio de los Sueños no tiene sueño
El
Sabio no podía dormir. Por más que lo intentaba, no podía
dormir.
Era
raro que el Sabio del Sueño no tuviera sueño. Pero era
así: no podía dormir.
Daba
vueltas en su cama, contaba ovejas, repasaba todos los
nombres de toda la gente que conocía -y conocía a mucha,
por cierto-, trataba de relajarse, pero todo era inútil.
La
cama del Sabio no era una cama común, debo aclarar. Era
hexagonal y en cada uno de los seis lados, tenía dos
almohadas. Una sábana de verde césped, estaba cubierta por
un cubrecamas de nubes rosadas.
El
Sabio explicaba con mucha simpleza tamaña excentricidad:
-
Es que doy muchas vueltas en la cama y me molesta no
encontrar ninguna almohada-, decía.
-
Además, cualquier cubrecama, por liviano que sea, es más
pesado que una nube, y a mí no me gusta dormir con peso
encima. Y ¿qué más lindo que dormir sobre el césped? -
agregaba satisfecho y orgulloso por tener la cama más
cómoda y original del mundo.
Pero
esa noche, el Sabio no podía dormir a pesar de tantas
almohadas, césped y nubes.
-
Esto es el colmo -se dijo para sí-. Que el Sabio del
Sueño, el único sabio conocedor de los secretos del sueño
y de los sueños de los hombres, no pueda dormir, es el
colmo. Es lo mismo que un acróbata no pudiera caminar por
el cordón de una vereda. O que un reconocido cocinero de
restaurante no fuera capaz de cocinarse una sopa en su casa.
¡Es inaudito!
Y,
ciertamente, era algo extraño que quien cada noche se
internaba en los sueños de la gente, no pudiera conciliar
su propio sueño.
-
¿Me estaré volviendo viejo? - se interrogó ahora
divertido, ya que su apariencia no era la de un joven,
precisamente.
Nunca
antes le había ocurrido algo similar.
De
hecho, cada noche a las diez en punto, el Sabio se
introducía debajo de su sábana de nube e inmediatamente se
sumergía en un profundo sueño que duraba hasta las
primeras horas del día siguiente. Una vez durmió dos días
seguidos, pero por una razón muy especial que no viene al
caso detallar aquí.
Cuando
el Sabio alcanzaba ese estado de relajación completa que
hace que todos podamos descansar plenamente, comenzaba lo
que él había transformado en un trabajo placentero:
internarse en los sueños de las personas que lo requerían
o necesitaban.
¿Cómo
lo lograba? Ése era precisamente el secreto de su
sabiduría.
¿Qué
hacía en los sueños de los hombres?
Esta
es una historia un poquito larga de contar, pero trataremos
de ser lo más breves que podamos. Primero veamos dónde
vivía el Sabio...
El
país del Sabio de los Sueños
Para
conocer al Sabio, es necesario en este momento describir el
lugar donde él había nacido y vivía. Cómo era su tierra
y su gente. Sus costumbres y sus ocupaciones.
Veamos.
Dicen
que el país del Sabio está muy cercano al nuestro, pero
que no se puede ver de día, aunque es muy difícil verlo de
noche. Es un territorio muy vasto, pero casi imposible de
medir porque según cómo se lo mire, es muy pequeño
también. Dicen que el país del Sabio tiene todos los
colores, todas las fragancias, todos los vientos, todos los
desiertos, todas las lagunas y lagos, todas las montañas y
todas las planicies. Que los ríos del país del Sabio son
fantásticos y que nadie se moja, aunque todos pueden
bañarse y nadar en ellos. Que de las montañas más altas,
los desprevenidos que se caen, no se lastiman. Y que en los
calurosos desiertos nadie muere de sed. Como sucede en los
sueños.
Dicen
también que en el país del Sabio, la gente nace con la
edad que quiere. Que hay personas que nacen con veinte o con
cincuenta años. Que hay niños que nacen sin edad y otros
que siempre tienen siete años. Porque en el país del Sabio
la gente no crece; por ende, no cumple años.
Sin
embargo, existen las fiestas de cumpleaños, porque la gente
del país del Sabio es muy gustosa de los festejos y
celebraciones. Así es que cuando tienen ganas - cosa que
ocurre todos los días - celebran cumpleaños o años nuevos
que no existen. Que todos los días hay también fiestas de
casamientos y despedidas de viajeros que no van a ningún
lugar. Lo hacen por el sólo placer de reunirse y beber
chocolatada y comer muchos dulces. El país del Sabio es muy
alegre y allí todos trabajan contentos porque saben que a
una hora determinada del día llegará algún festejo en el
cual reunirse y bailar cantando todos a los gritos,
desafinando y comiéndose las eses.
Porque
-dicen- en el país del Sabio no hay escuelas de canto ni de
las otras. Son todos muy burros allí, lamentablemente.
Cuando
cae la noche en el país del Sabio, las estrellas bajan a
posarse en unos palos especiales dispuestos para ese fin.
Esos son los faroles de las desordenadas calles de las
ciudades de ese país. Al amanecer, las estrellas en fila
india abandonan los postes para volar otra vez al cielo y
hacer allí sus siestas diurnas.
El
sol, en el país del Sabio, se guarda en un enorme cajón de
metal dorado. Un hombre muy frío, de color azul, es el
responsable de abrir cada aurora el cajón, luego de
transportar el sol en un carruaje de hielo hasta el
horizonte, para al atardecer quitarlo del poniente y
regresarlo otra vez a la caja dorada. Debe hacer esta tarea
muy rápidamente, porque a medida que avanza hasta el sitio
desde donde el sol comienza a ascender o ya ha descendido,
el carruaje se va derritiendo y el hombre calentando.
Una
vez, una de las ruedas del carro se rompió y el sol demoró
su llegada varias horas. Esa mañana estuvo muy oscura y el
pobre Hombre Azul sufrió un calor indescriptible en la
tarea por solucionar el percance, tan cerca que estuvo del
cajón dorado. Dicen que se lo vio los días siguientes,
blanco, todo embadurnado con una crema especial para
quemaduras que le fabricó con leche descremada y chocolate
blanco mezclados con unas hierbas aromáticas, una señora
especialista en artes medicinales.
La
luna también es muy especial en el país del Sabio. Todos
la quieren mucho y la cuidan con mucho amor. Es que la luna,
en el país del Sabio, canta canciones tan dulces que muchos
prefieren no dormir para deleitarse con sus melodías y
versos. La luna no descansa. Ella vela día y noche por la
sonrisa de los habitantes del país del Sabio. Cuando
alguien pierde la sonrisa por algún motivo -porque comió
demasiados dulces y se indigestó o porque al bailar se
lastimó un pie- la luna baja sin que nadie se dé cuenta,
acaricia su mejilla, besa la herida o el lugar del dolor, e
inmediatamente una sonrisa es dibujada en la boca del que
había sufrido una herida del cuerpo o del alma, aunque esto
último es muy difícil, porque en el país del Sabio todos
tienen un motivo diario para festejar y eso hace que durante
el día todos esperen con alegría la reunión con sus
muchos amigos, entre bromas y canciones desafinadas.
Dicen
que en nuestro planeta, hace muchísimos años, la luna
también se dedicaba con esmero a sanar dolores y males,
pero como a los hombres nos gusta tanto sufrir ya sea por
cosas importantes como por pavadas, estaba tan recargada de
trabajo, que no pudo jamás dar abasto con todos; y para no
ser injusta con alguien, prefirió retirarse hasta lo alto
del cielo y desde allí estar a disposición de quien desee
encontrar con su mirada, esa paz y esa sonrisa que la luna
le regala a quien la busca de corazón. Tal vez porque muy
pocos saben esto, es que la luna muestra cada noche un
rostro aburrido y parece tan sola. Algunos dicen que es por
la tristeza de que pocos hombres le pidan el regalo de una
sonrisa, que la luna cada tanto se va haciendo chiquita
hasta desaparecer y que luego, estimulada por las estrellas
que son las que más conocen a las personas, vuelve a crecer
hasta ser imponente, bella y graciosa a los ojos de quienes
tienen la suerte de mirarla.
En
el país del Sabio las flores se riegan entre sí. Y las
aves andan entre las personas como semejantes, porque no
existen las jaulas. Pero dicen que su canto no es como el de
las aves que nosotros conocemos, sino que desafinan tanto
como los habitantes del mundo del Sabio. Pero a todos les
gusta cantar así. Y creo que debe estar bien.
En
el país del Sabio no hay oficinas. Bueno, sí, hay una muy
importante: la del correo. Es que los habitantes se mandan
entre sí tantas cartas como pueden, invitándose a fiestas,
saludándose por los cumpleaños que no existen, deseándose
buen viaje o felicidad en la llegada de nuevos integrantes a
los hogares. Al no saber escribir, intentan dibujar el
rostro del que envía la carta y de aquel que la debe
recibir, lo que provoca cierta confusión en los carteros.
Los mensajes están compuestos por extraños dibujitos que
muy pocos entienden, pero como siempre se trata de fiestas,
al comprender quién envió la nota, ya se sabe que habrá
alguna reunión ese día. Los carteros son gente muy
simpática: lucen grandes gorros plateados, usan botas de
papel reciclado, lentes de colores y reparten las cartas en
bicicletas o triciclos que arrastran grandes acoplados con
cientos de miles de sobres de todos los tamaños, colores y
perfumes.
Como
habrás de suponer, en el país del Sabio no existen los
calendarios. Ni los relojes. Una vez, un inventor creó un
almanaque y distribuyó copias por todo el país. Como nadie
sabe leer, pensaron que era papel para picar y convirtieron
todos los almanaques en papel picado. El inventor se sintió
muy triste. Menos mal que la luna bajó a consolarlo y le
dibujó una sonrisa muy bonita. Pero igualmente el invento
no servía: como él tampoco sabía escribir, lo que había
hecho era dibujar signos sin sentido, creyendo así que
estaba ordenando los días. Algo inútil.
El
tiempo en el país del Sabio transcurre de esta manera:
entre fiestas y ocupaciones primitivas. Es que la vida allí
es de por sí muy simple y todos tratan de pasarla lo mejor
posible. No hay nada perfecto y mucho menos lo es ese país,
porque al no tener conocimientos, no pueden desarrollarse
como comunidad. No tienen bibliotecas, ni maquinarias y
mucho menos computadoras. La televisión tampoco existe y ni
qué hablar de los freezers o heladeras. Por esta última
razón, no pueden guardar nada y se dan así unos atracones
tremendos porque les da lástima tirar la comida.
En
el país del Sabio nadie se enferma porque -dicen sus
habitantes- se enferma solamente el que quiere estar
enfermo. Y como allí nadie quiere perderse ninguna fiesta,
nunca se enferman.
Una
vez una niña se enfermó luego de que alguien que ella
amaba, se fue de viaje y no regresó más. Bajó entonces la
luna y la consoló tiernamente, diciéndole que esa persona
que ella tanto amaba, estaba muy bien en otro sitio,
disfrutando de otros festejos con otra gente que la quería
tanto como ella. Que todas las noches podía verla desde el
cielo azul y que la observaba sonreír con la mejor de sus
sonrisas. Y que las estrellas le contaban historias muy
graciosas de esa persona viajera. La niña se consoló y se
curó inmediatamente.
La
muerte, en el país del Sabio, no existe. En su lugar, sólo
existen los viajes muy largos hacia lugares bellos y
alegres.
El
Sabio de los Sueños conoce
a
la Niña de los Suspiros
Fue
en la fiesta del Año Nuevo que No Existe donde el Sabio
conoció a una niña menudita, de cabellos castaños, con
melenita y un mechón que caía rebelde sobre su ojito
derecho.
La
pequeña vestía un vestido corto color rosa. En su mano
derecha llevaba una flor turquesa. Lucía una bella pulsera
plateada con piedras de muchos colores y en sus finos dedos,
los más preciosos anillos. Una tobillera de oro y plata
engalanaba sus pies preciosos, que iban descalzos. Tendría
unos siete años, pero como ya sabemos, es muy difícil
determinar la edad de las personas en el país del Sabio.
Acurrucada
en un rincón, lejos de las mesas junto a las cuales la
gente comía, bebía mucha chocolatada y reía al tiempo de
bailar y cantar desafinando como nunca, la niña suspiraba
constantemente.
En
su rostro se notaba una extraña nostalgia que debía ser
muy profunda, ya que la luna jamás demoraba un instante en
dibujar una sonrisa en aquellos que sufrían. Era evidente
que los poderes de la luna no habían sido suficientes o que
la pena había regresado sin que ella lo notara.
El
Sabio se paseaba muy orondo entre la gente compartiendo
chistes y canciones. Ese día estaba muy alegre y disfrutaba
mucho de la fiesta.
Mientras
estaba abocado a la exquisita tarea de comer un enorme trozo
de torta de mirtilly, le llamó la atención que hubiera
alguien que estuviera apartado del numeroso grupo de
invitados. Era la niña que suspiraba en su rincón.
Dejó
la torta en una mesa y se dirigió hacia ella, invadido por
la curiosidad.
Se
detuvo a sus pies, y desde su inmensa altura, le preguntó:
-
¿Qué te sucede, pequeña?
-
¡Ahhhhh! -la niña suspiró profundamente.
-
¿Te sientes bien? ¿Por qué no vienes con el resto a
disfrutar de la fiesta? - insistió el Sabio.
-
¡Ahhhhh! -volvió a suspirar la pequeña.
-
¡Oh, ya entiendo! -dijo el Sabio acariciando su larga barba
roja- Te has atragantado con muchos dulces y te sientes
mal...
-
¡Ahhhh! -suspiró una vez más la niña.
-
Comprendo... no es eso. ¡Hum! ¿Tienes una pena de amor?
-
¡Ahhhh!
-
¿Te has perdido? ¿No encuentras a tus padres?
-
¡Ahhhh!
-
¿Estás aburrida? ¿No te gustan las fiestas?
-
¡Ahhhh!
-
Bien, no es nada de esto... ¿Qué te pasa, pequeña?
-preguntó con mucha ternura el Sabio.
-
¡Ahhhh! No lo sé... Sólo sé que desde el fondo de mi
estómago aparece siempre en mí una sensación muy
extraña, que me oprime el pecho y hace que suspire todo el
tiempo... ¡Ahhhh! -explicó la niña.
El
Sabio se sentó junto a ella, sobre el piso, acomodando su
larga túnica, apoyando su enorme espalda en la pared.
-
Lo que tienes es una inmensa melancolía, niña -dijo el
Sabio acariciando sus cabellos-. Seguramente nadie, ni tú,
saben de dónde viene y qué es lo que la provoca. Hay gente
así, aunque no sea frecuente hallarla en nuestro país.
Pero sí, conozco gente de otros planetas, la que he hallado
en mis numerosos viajes de sueño, que siente una
melancolía infinita pero desconoce sus motivos.
La
niña escuchaba con mucha atención las palabras del Sabio.
-
Esa gente es la que, como tú, se sienta en lo alto de una
colina, en soledad, para ver atardeceres y secar una
lágrima traviesa que corre por las mejillas sin motivo
alguno. Eres de los que se emocionan con las bellas
canciones de la luna y que con cada compás de sus melodías
se sienten transportadas hacia sitios muy lejanos, donde se
extraña lo que jamás se tuvo y se desea lo que jamás se
podrá tener.
La
niña se sentó más cerca del Sabio y apoyó su cabeza en
una de sus piernas. El Sabio continuó acariciando sus
cabellos castaños, peinando cada tanto, el mechón rebelde
descubriendo así su ojito derecho.
-
Y cuando llega la noche, sientes que el día ha transcurrido
en una larga pena, una dulce pena que en nada se parece con
el dolor o la angustia. Es la pena de aquellos que son
dueños de una inmensa sensibilidad. Es la pena de los que
aman demasiado. La pena de quienes sufren con la belleza y
las cosas hermosas del mundo.
La
niña fue quedándose dormida.
Los
invitados se fueron retirando del salón. Ya era muy tarde.
El
Sabio continuaba hablando con sus ojos cerrados, acariciando
la melena de la pequeña. Su voz era muy suave y dulce.
-
Tu pena en nada se asemeja con el llanto de los que sufren
dolores. Tus suspiros son la necesidad de comunicarle al
mundo que todo lo bello está dentro de ti y que no puedes
compartir tantos sentimientos con palabras o con gestos.
Luego
de decir estas palabras, el Sabio también se durmió.
Fue
como trasponer una amplia puerta de madera maciza, que se
abría lentamente: el Sabio se vio entonces conduciendo a la
niña de la mano por un amplio jardín poblado de flores
hermosas, de pájaros dueños de los trinos más delicados
del universo, de un cielo con cuatro soles, ubicados en cada
uno de los puntos cardinales y que al mediodía se
encontraban todo en lo alto del firmamento para fundirse
durante unos minutos y luego continuar sus caminos hacia el
punto opuesto al que habían salido.
Luego
de transitar por un bosque milenario, tan alto como el
cielo, se abrió ante ellos un paisaje increíble. Una
cascada subía por la ladera de una inmensa montaña que
estaba coronada por un cordón de nieve rosada, del que la
luz de los soles hacía desprender destellos de luces
multicolores.
El
Sabio y la Niña de los Suspiros se sentaron junto a un
arroyo a contemplar el paisaje.
-
¿Esto es un sueño? -preguntó la Niña ahora sin suspirar.
-
Sí, es un sueño. Es tu sueño -respondió el Sabio
apoyando una de sus manos en un hombro de la pequeña.
Quedaron
en silencio durante muchos minutos, observando la belleza
del paisaje.
La
Niña estaba fascinada por la vista que se abría delante de
ellos y asombrada por una rara sensación que venía de su
estómago.
-
No tengo deseos de suspirar... ¿Qué me ha pasado?
-preguntó mirando a los ojos al Sabio.
-
¿Cómo te sientes? -preguntó el Sabio por respuesta.
-
¡Muy bien! Así, contigo a mi lado, en este jardín tan
bello, rodeada de tanta hermosura, me siento muy bien...
-dijo la Niña con mucho entusiasmo.
-
Es que la pena que sufres cuando estás despierta es sólo
un sueño. Un sueño de melancolía. Uno de los tantos
sueños que nos fabricamos cuando no sabemos cómo expresar
lo que sentimos. Tus suspiros son sólo un llamado de
atención para que la gente que tú quieres dirija más la
mirada hacia ti, que la necesitas mucho más de lo que crees
-dijo el Sabio a la Niña con una voz clara y tierna.
-
Pero... ¡esto es un sueño! -replicó la Niña-. El
sueño es éste y no mi vida real. Es en mi vida real cuando
los suspiros aparecen en mí sin control.
-
¿Esa cascada te parece real? -le preguntó el Sabio.
-
Bueno, sí. Hasta podría tocarla si así lo deseara.
-
¿Sientes el calor de los cuatro soles?
-
Claro.
-
¿Deleitan tus oídos los trinos de los pájaros de este
bosque?
-
Son muy hermosos, por cierto.
-
¿Percibes el cariño que siento por tí a través del calor
de mi mano?
-
Sí, y te estoy muy agradecida, Sabio.
-
Pero esto es un sueño... -continuó el Sabio.
-
Sí, pero parece tan real... -dijo la Niña con mucha
satisfacción.
-
Y no desearías despertarte, seguramente -arriesgó el
Sabio.
-
¡Oh, no! Es todo tan bello... Me siento muy bien aquí,
contigo.
-
Dime, pequeña -dijo el Sabio mirándola profundamente a los
ojos-. ¿No crees tú que si miraras el mundo real con los
mismos ojos que miran este hermoso paisaje ahora, si
escucharas con estos oídos los sonidos del mundo real, si
acariciaras con estas manos las texturas del mundo real y si
te dejaras calentar la piel con la luz del sol del mundo
real, no podrías sentir la misma sensación?
La
niña meditó durante unos minutos. Luego respondió:
-
Ya entiendo lo que tú dices. Todo pasa por la actitud que
yo tenga hacia las cosas y la gente que me rodea... -la
Niña pensó unos minutos más y agregó contemplando el
entorno: - me he confundido con el paisaje, soy parte de
él, soy parte de toda esta belleza y siento en mí tu
cariño y amistad. Y soy feliz así. Si pudiera, al
despertar, disfrutar de mi mundo real como disfruto este
sueño, sin pensar en aquello que no tengo o que no tendré;
si me maravillaran las cosas cotidianas y me dejara invadir
por el cariño de los que me rodean sin pensar en que algún
día viajarán muy lejos y ya no los veré más, entonces...
-
Entonces serías más feliz -completó el Sabio.
-
¡Ah, si pudiera lograr esto! -dijo la Niña suspirando por
primera vez en su sueño.
-
Es que sólo necesitas utilizar una palabra que no es
mágica, pero sí muy efectiva -dijo el Sabio abriendo su
mano izquierda para permitir que un colibrí se posara en
ella.
-
¿Cuál es la palabra que me permitiría ser feliz en mi
mundo real?
-
Deseo. Ésa es la palabra. Deseo. Si tú lo deseas con el
corazón, esa felicidad se instalará en tu corazón y no
habrá melancolía que impida que te llene cada instante de
tu vida.
-
Deseo... -repitió la Niña.
-
Las acciones de los hombres, sus alegrías y sus
sufrimientos, se basan en sus deseos. Si deseas ser feliz,
con tu alma rebosante de voluntad, lo conseguirás.
-
Deseo... -volvió a repetir la Niña mirando fijamente la
cascada. Y suspiró.
La
pequeña giró su cabeza hacia el rostro del Sabio, que
continuaba observándola con una sonrisa en sus labios. La
Niña sonrió a su vez y el paisaje comenzó a disolverse
lentamente.
-
¿Qué ocurre? -preguntó la Niña al Sabio.
-
El sueño está concluyendo. ¿No es acaso lo que deseabas?
-
Sí, tienes razón. Quiero despertar. Quiero regresar a mi
mundo real, pues tengo mucho que hacer.
-
¿Qué es lo que tienes que hacer? -preguntó el Sabio.
-
Tengo que cumplir mis deseos -afirmó con mucha seguridad la
Niña.
Y
ambos despertaron tomados de la mano.
El
salón estaba vacío. Ya todos los invitados habían
regresado a sus hogares a descansar hasta el día siguiente,
en el que más fiestas llenarían más salones de gente
alegre.
El
Sabio y la Niña quedaron en el rincón en silencio.
La
Niña pensaba en lo mucho que tendría por hacer al día
siguiente.
El
Sabio comprendió esa noche dónde residía su sabiduría y
cuál era su trabajo en el universo: ayudar a que la gente
comprenda que sus sueños pueden ser realidad. Y esa tarea
debía llevarla a cabo en, precisamente, los sueños de la
gente.
Cuando
el Sabio tuvo la certeza de su misión, sintió que desde el
estómago le llegaba una extraña sensación, mezcla de
angustia con felicidad.
Y
suspiró profundamente.
Y
sonrió a la Niña que lo observó con curiosidad...
El
Sabio de los Sueños conoce ahora
al
Señor de los Espejos
Los
días siguientes al encuentro del Sabio con el Hombre Azul,
fueron muy especiales.
Durante
el día, el Sabio se retiraba a pasear fuera de la ciudad,
por campos y bosques. Disfrutaba la luz del sol, se
divertía sobremanera observando al amanecer el apuro del
Hombre Azul transportando al gran astro dorado en su carro
de hielo con mucha prisa, ya que era verano y el sol estaba
más ardiente que nunca. Al atardecer, contemplaba los
últimos rayos del sol que era colocado nuevamente en el
frío carro para dormir en su caja de metal, y se emocionaba
al ver descender las estrellas para posarse en los postes
que se transformaban con su luz, en faroles.
El
Sabio hablaba con las flores, los animales y los insectos,
mientras la gente del pueblo estaba muy ocupada organizando
las fiestas del día y otras labores.
Les
contaba historias maravillosas que capturaban la atención
de todos ellos. Les relataba algunos de sus viajes de sueño
que hacía que los onconi -unos pequeños seres que eran tan
bondadosos como traviesos- lloraran a moco tendido, tan
emocionados que quedaban con las palabras y los sucesos que
salían de la boca del Sabio, que elegía como asiento
siempre una gran piedra blanca en el claro de un bosque
donde concentraba la atención de todos.
Por
las noches, a las diez en punto, el Sabio se retiraba a su
habitación y se tendía en su cama hexagonal de sábanas de
césped y nubes, para sumergirse en el profundo sueño de
todos los que necesitaban de él una palabra de aliento o
compañía.
Al
amanecer, el Sabio hacía fiaca un buen rato en su cama. Se
desperezaba como un gato y remoloneaba entre sus muchas
almohadas hasta que se levantaba y tomaba muchos vasos de
yogur de frutilla. O de mirtilly, que como ya sabemos, es el
gusto preferido del Sabio de los Sueños y que se lo hacía
preparar especialmente para él.
Una
noche, el Sabio tuvo una experiencia bastante extraña.
A
poco de dormir, se vió encerrado en una habitación cuyo
piso, paredes y techo eran espejos.
El
Sabio vio su imagen multiplicada cientos de veces en los
muchos espejos que pisaba, que lo rodeaban y que estaban
colocados con mucha precisión sobre su cabeza.
-
¡Hum! Es raro este sueño -se dijo el Sabio acariciando su
larga barba roja-. No hay nadie... Es muy raro esto...
-
¿Cómo que no hay nadie? -respondió una voz desde algún
lugar de la habitación.
El
Sabio giró sobre sus pies buscando a quien había hablado.
No lo halló.
-
Pues si hay alguien, está muy bien escondido -dijo el Sabio
divertido, pensando que era una broma.
-
No estoy escondido. Es que no me puedes ver y puedes verme
muy bien -volvió a responder la misteriosa voz.
-
¡Ah!, comprendo... Se trata de una adivinanza -arriesgó el
Sabio cada vez más divertido.
-
No, no es una adivinanza.
-
¿Eres tan pequeño que debería buscarte con una lupa?
-inquirió el Sabio agachándose y buscando con mucha
atención en los espejos del piso.
-
Soy tan grande como tú -dijo la voz desde algún lugar que
podía ser al frente, detrás, arriba o abajo del Sabio.
-
Si eres tan grande como yo, y no te veo, entonces eres
invisible -pensó en voz alta el Sabio.
-
Soy invisible y muy visible. Todo depende de ti -dijo la
voz.
-
¿Qué debería hacer para verte? -preguntó el Sabio dando
una vuelta por la habitación.
-
Sólo tienes que mirarte a ti mismo en cualquier espejo
-contestó la voz que salía de todos lados y de ninguno en
particular.
El
Sabio se acercó a uno de los espejos, el que ocasionalmente
estaba frente a él y se observó: la roja y larga cabellera
que caía sobre sus hombros, su rostro marcado por las
arrugas de sus 250 años, su barba, su túnica azul y roja y
sus pies descalzos.
-
Me estoy mirando -dijo el Sabio-. Y sin embargo, no te veo.
-
No estás mirando con la suficiente atención -dijo la voz-.
Obsérvate con detenimiento. ¿Qué sientes cuando estás
frente a un espejo cualquiera?
El
Sabio pensó con detenimiento. Era una buena pregunta.
¿Qué siento cuando estoy frente a un espejo? ¿Acaso no es
una atracción muy especial, casi inevitable, que hace que
deba observarme? Cuando paso al lado de un espejo, ¿no es
que no puedo reprimir el deseo de contemplarme aunque sea
unos pocos segundos? ¿Y por qué me ocurrirá esto? A decir
verdad, veo que le ocurre a todas las personas que
conozco...
El
Sabio continuó analizando esa atracción por los espejos.
¿Y qué hago cuando estoy frente a un espejo, además de
peinar mis cabellos o arreglar mi larga barba, por ejemplo?
-
Eso: ¿qué haces cuando estás frente a un espejo?
-preguntó la voz que evidentemente escuchaba los
pensamientos del Sabio.
-
Me miro a los ojos -respondió el Mago dándose cuenta de
que mientras pensaba, todo el tiempo tenía puestos sus ojos
en los ojos reflejados por el espejo.
-
Bien, vas por buen camino -dijo la voz que ahora se oía
claramente que salía del espejo que reflejaba la imagen del
Sabio.
-
Pero si tu intención es que te vea, entonces deberás
mostrarte, desconocido -dijo el Sabio sin dejar de observar
sus ojos en el espejo.
-
Me estás viendo -afirmó la voz y la imagen del Sabio se
convirtió en un hombre tan alto como él, con una cabellera
tan enrulada y con una barba tan larga y roja como la suya.
-
Pero ése soy yo... -comentó el Sabio extrañado por algo
que no podía definir y que no correspondía a su exacto
reflejo.
-
Es «eso» que no puedes definir lo que nos hace diferentes;
lo que a mí me da mi propia personalidad y que hace que no
seas tú a quien estás viendo -dijo la voz.
-
Pero si no me estoy viendo en el espejo, ¿a quién veo
realmente?
-
Me ves a mí -aseguró la voz-. Al Señor de los Espejos.
-
Eres casi idéntico a mí -señaló el Sabio.
-
Exactamente, «casi» idéntico. Porque tú no eres yo ni yo
soy tú. Lo que ves es mi propia imagen, que cambia de
acuerdo a quien se pare delante de algún espejo. Es el
Señor de los Espejos quien te atrae, quien te obliga a
observarte en cuanto espejo tropiece contigo. Soy yo quien
llama tu atención de un modo casi inevitable. Estos ojos no
son tus ojos, sino los míos, que te conocen mejor que lo
que tú crees que te conoces.
El
Sabio escuchaba muy atentamente.
-
Cuando capto la atención de las personas y las obligo a
pararse frente a los espejos, les devuelvo la imagen real
que ellos tienen, no la que creen tener. Algunos disfrutan
con ella; otros, lamentablemente, no pueden hacerlo porque
no están conformes consigo. Para algunas personas, el
espejo es un tormento porque se ven a sí mismas y ven todas
las miserias de sus corazones. Pero para la mayoría, es un
verdadero placer contemplar su verdadera personalidad en un
espejo.
-
Yo hago muchas morisquetas en los espejos... -comentó el
Sabio hinchando sus mejillas y abriendo desmesuradamente sus
ojos. El espejo devolvió esa imagen con total exactitud.
-
La mayoría de la gente hace morisquetas frente a los
espejos. Sobre todo cuando nadie los ve -dijo el Señor de
los Espejos-. Y es por esto que te explicaba recién de que
frente a los espejos, somos lo que realmente somos, sin los
condicionamientos que imponen las miradas de las demás
personas.
El
Sabio hizo morisquetas hasta que se cansó y se puso serio.
La imagen del espejo también.
-
¿Por qué estoy en este sueño? -preguntó el Sabio a su
imagen, es decir, al Señor de los Espejos.
-
Porque yo te llamé -respondió la imagen.
-
¿En qué puedo serte útil, Señor de los Espejos? -volvió
a preguntar el Sabio ahora con mucha seriedad.
-
Sentémonos, no me resulta fácil explicarlo y estoy cansado
de que estés parado.
Un
pequeño banquito de espejos apareció de pronto detrás del
Sabio, quien tomó asiento al igual que su imagen en el
cristal.
-
Hace miles de años -comenzó a explicar el Señor de los
Espejos- los hombres crearon a los espejos para darles
distintos usos, principalmente, para reflejar cosas y
personas.
-
Siempre he tratado de satisfacer los deseos de todos y
mostrarlos tal como son -continuó el Señor de los
Espejos-, con sus defectos y sus mejores atributos. Ha sido
muy duro mi trabajo en todo este tiempo, porque he reflejado
rostros de personas que en el interior son muy
desagradables. He tenido mis compensaciones, por supuesto,
ya que hay mucha gente muy hermosa en su interior. Pero creo
que me estoy poniendo viejo y estoy muy cansado.
El
Sabio comenzó a peinar su barba larga mientras escuchaba
muy atentamente. La imagen en el espejo hizo lo mismo.
-
Reconozco que es un trabajo arduo, pero a la vez muy
gratificante, más aún cuando son los niños los que buscan
su reflejo y me divierten con sus muecas y gestos tan
cómicos y graciosos. Es muy entretenido ver los rostros de
los más chiquitos que no entienden muy bien qué es lo que
sucede con sus personitas: si están frente a un gemelo o si
se trata de un truco de la gente mayor. Pero, te repito,
creo que estoy viejo y cansado...
-
¿Por qué dices esto? -preguntó el Sabio con mucha
preocupación.
-
Porque... -y el brillo de los ojos de la imagen del Sabio
que se reflejaba en el espejo se nubló, como si estuvieran
a punto de llorar-. Porque nada ni nadie me refleja a mí...
-
Esto que dices es muy triste -expresó el Sabio tan
angustiado como el Señor de los Espejos; y esa pena se
notaba tanto en uno como en otro.
-
Sí. Es muy triste... -agregó el Señor de los Espejos.
-
¿Y qué puedo hacer por ti? -preguntó con ansiedad el
Sabio.
-
Quizás sea pedirte mucho...
-
Quizás no lo sea... -dijo el Sabio.
-
Lo que yo quisiera es...
-
...lo que tú quisieras -completó el Sabio- es que yo tome
tu lugar y refleje tu verdadera imagen.
-
Así es. ¿Será mucho pedirte, Sabio de los Sueños que
ayudas a tanta gente?
-
En los sueños, querido Señor de los Espejos, nada es
imposible ni nada es mucho pedir. Intentaré cumplir tu
sueño. Si me permites...
El
Sabio se incorporó de su banquito y dio un paso al frente.
Se colocó tan cerca del espejo, que su nariz rozaba la
nariz reflejada.
-
¿Estás listo? -preguntó el Sabio.
-
Sí, estoy listo -respondió el Señor de los Espejos con
mucha emoción.
-
Pues allá vamos -dijo el Sabio y dio otro paso al frente.
En
ese momento, las imágenes se cruzaron. El Sabio pasó del
otro lado del espejo y la imagen que éste reflejaba quedó
en el sitio donde él había estado antes.
El
Sabio, desde el interior del espejo, le preguntó al Señor
de los Espejos qué era lo que veía.
El
Señor de los Espejos dejó escapar una lágrima. Lo que él
veía en el espejo era nuevamente la imagen del Sabio de los
Sueños.
-
Te veo a ti, Sabio, no puedo ver mi imagen... -dijo al borde
del llanto el Señor de los Espejos-. ¿Qué es lo que ves
tú? Puedes decírmelo aunque lo que estés viendo sea
horroroso...
-
Lo que veo -dijo el Sabio- es una figura tan alta como yo,
con una cabellera y una barba larga y roja como la mía,
pero toda ella refleja millones de rostros y cosas. Puedo
ver todos los momentos de la historia del mundo que pasaron
delante de los espejos; todas las personas, todos los
muebles, todo el universo que alguna vez fue reflejado.
-
¿Y es agradable, Sabio?
-
Es lo que es, querido Señor de los Espejos. Tú no puedes
elegir los sujetos y los objetos que se pongan delante de
ti. Eres un mundo en ti mismo y no lo puedes evitar. Eres lo
bello y lo feo, lo agradable y lo desagradable, lo alegre y
lo triste, el llanto y las risas, eres todo esto y mucho
más. Mírame a los ojos, Señor de los Espejos, haz lo que
la gente debe hacer para verte. Mira en el reflejo, la
profundidad de mis ojos y podrás observarte de cuerpo
entero.
El
Señor de los Espejos hizo caso a las palabras del Sabio de
los Sueños y se vio todo imágenes, todo gente, todo cosas.
Y sonrió con satisfacción.
-
¡Esto es lo que soy! Soy mi propio mundo, habitado por todo
lo que he reflejado a lo largo de mi historia. Soy el primer
bostezo de la jornada y la despedida en la noche, soy el
momento de maquillaje y el arreglo de una cabellera en
cualquier momento del día. Soy la imagen de los salones de
bailes y las fachadas de algunos edificios. Soy todo y soy
nada. Soy realidad, ilusión y fantasía. Esto es lo que soy
y estoy conforme con ello.
El
Sabio atendía las palabras del Señor de los Espejos con
cariño y comprensión.
-
Gracias, Sabio de los Sueños. Me has devuelto las fuerzas
para seguir reflejando las imágenes sin hacerme ya tantas
preguntas. La vida de los espejos es muy solitaria, te lo
puedo asegurar. Pero mi trabajo es necesario también, y eso
me reconforta. Gracias, puedes si quieres, pasar de este
lado...
El
Sabio hizo dos pasos hacia delante y las dos figuras se
cruzaron en la superficie lisa del espejo. La imagen del
Sabio quedó reflejada nuevamente en él.
Luego
de la despedida, el Sabio decidió despertarse. Deberían
ser ya las nueve de la mañana y ese día debía ayudar a
organizar una fiesta en la casa de unos amigos.
Después
del desperezo habitual y de la obligada fiaca matutina, el
Sabio se dirigió al cuarto de baño a darse una ducha.
Se
detuvo frente al espejo y observó su imagen con
detenimiento.
Miró
sus ojos muy profundamente. Sonrió. Y al sonreír percibió
que el Señor de los Espejos, desde el otro lado del
cristal, también sonreía...
LA
MALDICION DEL CHENQUE
(2001)
EL
CASTIGO DE LOS CHENQUES
Dicen
los paisanos que el que cava y saca esqueletos y cosas de un
chenque, que es el cementerio de los indios antiguos,
tendrá un castigo de cien años para él y para su familia.
Dicen que ahí están sus antiguos parientes y que ellos los
maldicen. Dicen que todos los que han sacado flechas, huesos
y cacharros se han muerto pronto o han quedado malditos. Y
dicen que conocen muchas personas que han muerto por eso.
Los
paisanos tienen miedo de pasar cerca de los chenques en la
noche y los miran con respeto supersticioso. Los chenques
son como tesoros enterrados.
Narrado
por José Autalán, Comodoro Rivadavia (Chubut) 1952.
Recopilado por Berta E. Vidal de Battini, 1984. Publicado en
el libro «Cuentan los mapuches».
Capítulo
III
La
tapa misteriosa en el galpón
Sucedió
lo que tenía que suceder: ese verano las pulgas y las
garrapatas se multiplicaron como una verdadera plaga y
Tacaño, solidario con todos los bichos que andan dando
vueltas por ahí, les dio alojamiento a todos. Mi papá no
necesitó decirme nada. Me dirigió una mirada que hasta
Tacaño comprendió. El perro y yo, en silencio, nos
encaminamos al galpón de atrás para acondicionar lo que
sería su cucha: un gran cajón de madera que puesto de
costado tenía lugar para colocar el almohadón de un sofá
destrozado. Tacaño me observaba con atención sentado en la
puerta, mientras yo quitaba algunas porquerías y el polvo
del cajón. Muy pronto se levantó una nube de tierra en el
interior y tuve que salir para respirar aire puro. A lo
lejos se veía la figura de Maxi que venía con unos libros
bajo el brazo. Seguramente eran los de química. Cuando
sucedía esto, Maxi se descolgaba con la idea de algún
experimento extravagante que siempre terminaba mal: las
remeras manchadas o algún frasco o botellas rotas y la
sensación de que así nunca seríamos científicos.
Cuando
llegó, se enteró de lo que había pasado y abandonando los
libros sobre un tronco, se dispuso a ayudarme en la tarea.
-
Ya que estamos, vamos a ordenar todo el galpón. Vas a
quedar bien con tu papá y de paso, veremos si hay algo que
sirva -dijo refiriéndose a cualquier cosa que fuera útil
para los experimentos, las investigaciones o su museo de
antigüedades.
Pusimos
manos a la obra. Yo me encargaba de sacar las cosas del
galpón y él de seleccionar lo que se debía guardar o
tirar. Hacía tres pilas: una para la basura, otra para lo
que se debía volver a entrar y otra con las cosas que
podrían tener algún tipo de interés para nosotros.
A
medida que fuimos desocupando el galpón, veíamos que la
que más crecía era la de la basura. El jefe de la
estación se había encargado de llevarse todo lo que fuera
útil. Lo que quedaba no servía para nada, ni siquiera para
el experimento más tonto.
Bromeamos
un poco por la mugre que llevábamos encima y decidimos
descansar un rato. Fui hasta mi casa a buscar una gaseosa y
al regresar, estaba Melisa.
-
¿Ahora se dedican a limpiar galpones o es un experimento
nuevo? -preguntó con cierto tono de burla.
Íbamos
a responderle cuando Maxi se dio cuenta de que Tacaño
olfateaba con insistencia en un rincón del galpón.
-
Seguro que encontró la cueva de una laucha -dije al pasar.
Él
no lo creyó así y se levantó para investigar lo que tanto
preocupaba a mi perro.
-
Mañana es el cumpleaños de mi hermanita menor. Si quieren,
pueden venir -dijo Melisa.
-
Estaría bueno -dije yo observando cómo Maxi se dirigía al
rincón con un palito en la mano Sin dejar de observar el
suelo, me pidió una escoba.
Al
costado del galpón había una medio destartalada, pero
servía igual para quitar el grueso de la tierra que se
acumulaba en el rincón.
Me
dirigí hacia allí y vi que Tacaño estaba muy excitado. Le
pregunté qué había.
-
No estoy seguro, pero no es la cueva de ningún animal -dijo
Maxi barriendo enérgicamente
Melisa
se acercó a nosotros con curiosidad. Tacaño comenzó a
gemir. Ahora estaba muy nervioso.
-
La escoba no alcanza -dijo Maxi-. Ahora la tierra está muy
dura.
-
Yo no veo nada. Me parece que ustedes están un poco locos
-comentó Melisa observando que se había ensuciado las
zapatillas blancas.
Entre
la basura había una barra de hierro que podía servir para
retirar la tierra. Se lo alcancé a Maxi y al segundo golpe
se escuchó un ruido metálico. Me miró satisfecho.
-
¿Viste que no era una guarida de ratones? - me preguntó
sonriendo.
No
respondí nada. Ahora estaba tan excitado como Tacaño, que
jadeaba a mi lado.
Fui
al taller de papá en busca de una pala y en pocos minutos
una tapa de grueso metal quedaba al descubierto.
-
Parece la tapa de un sótano -señalé.
-
Sí -dijo Maxi golpeándola con la pala. El ruido ahora era
hueco.
Melisa
preguntó qué habría allí dentro, pero ninguno de los dos
le supimos responder.
-
Debe ser otro depósito -arriesgué.
-
No lo creo -dijo Maxi mientras quitaba el último resquicio
de polvo con sus manos-. ¡Miren! ¡Tiene figuras grabadas!
Todos
-hasta Melisa a quien ya no le importaba la suciedad del
lugar- nos arrodillamos junto a la tapa para observarla con
detenimiento: cuatro extraños dibujos se alzaban en
relieve. Cada uno de nosotros intentaba descifrar esas
figuras, pero ningún argumento parecía válido.
Estábamos
concentrados en esa tarea cuando escuchamos que alguien,
silbando, se acercaba a la puerta del galpón.
Tacaño
comenzó a ladrar con furia, pero sin moverse de su lugar.
Los
tres miramos en esa dirección y por el polvillo y la luz
del sol sólo pudimos ver una figura que se detenía y nos
observaba. Luego de unos segundos reanudó su marcha,
silbando nuevamente. «Seguro que están jugando a las
muñequitas», dijo mientras se alejaba riendo con burla.
-
Es Heriberto -comentó Maxi.
-
Es insoportable -dijo con bronca Melisa.
Sólo
cuando Heriberto se perdió en la distancia, Tacaño dejó
de ladrar y nos miró jadeando, con la lengua afuera.
Propuse
levantar la tapa, pero Maxi sugirió averiguar antes qué
significaban los signos.
-
¿Para qué? -preguntó Melisa-. Levantemos la tapa y veamos
qué hay.
Lo
miré dándole la razón a Melisa, pero él insistió en
averiguar primero qué querían decir los dibujos.
-
Está bien -acepté-. De todos modos se está haciendo tarde
y nos va a dar bastante trabajo. Parece que está muy
agarrada a la tierra. Mejor nos damos un baño y nos
encontramos en tu casa para buscar en tus archivos qué
puede ser esto.
Maxi
buscó entre los libros que había dejado sobre el tronco un
papel en blanco y un lápiz y copió cada una de las
inscripciones. Cerramos el galpón con el candado y nos
fuimos.
A
la hora y media estábamos los tres en la habitación de
Maxi, quien ya estaba rodeado de gruesos libros iniciando su
investigación.
Capítulo
IV
La
brújula que no es brújula
-
¿Qué encontraste? -pregunté con ansiedad, tomando asiento
junto a Maxi, que estaba literalmente sumergido entre libros
y papeles.
-
No mucho -comentó sin quitar la vista del material-. Pero
me da la impresión de que tiene que ver con algo
indígena...
-
Si acá no hubo indios -señaló Melisa, mientras miraba
fascinada cada uno de los objetos que había en el cuarto-.
¿Esto para qué es? -dijo tomando entre sus manos la
brújula.
Maxi
no respondió. Seguía concentrado en su tarea.
Le
respondí que era una brújula.
-
¡Qué rara!... Yo pensaba que las brújulas tenían que
marcar el norte, el sur, el este y el oeste... ¿Qué clase
de brújula es ésta que marca... ¡Acá están los dibujos
de la tapa del galpón!
Maxi
y yo nos abalanzamos sobre Melisa para mirar la brújula.
Efectivamente, en lugar de los puntos cardinales, aparecían
las figuras de la tapa metálica. Nos miramos en silencio,
asombrados. Maxi reconoció que nunca antes le había
prestado atención.
Nos
sentamos alrededor de él, junto al escritorio para comparar
los garabatos del papel y coincidían perfectamente. Fue
hasta una repisa, tomó la lupa y miró con ella el interior
de la brújula.
-
Los dibujos están pegados en el fondo, encima de donde
deben estar los puntos cardinales. Tenemos que abrirla
-dijo.
-
¿No se van a enojar tus padres? -preguntó con temor
Melisa.
-
No nos queda otro remedio si queremos desentrañar este
misterio -respondió con un tono severo.
Mientras
Maxi buscaba en su escritorio alguna herramienta para abrir
la brújula, los tres estábamos en silencio. El pueblo se
preparaba para la hora de la cena y nosotros no éramos la
excepción, por lo cual no nos quedaba mucho tiempo para
nuestras investigaciones.
Por
la ventana comenzó a oírse un silbido. Nos miramos.
Sabíamos que era Heriberto. Pero... ¿nos estaba siguiendo
o era pura casualidad? No dijimos nada, pero en el ambiente
quedó flotando una mala sensación.
Maxi
quitó la tapa de vidrio de la brújula. Con una pinza
pequeña levantó con facilidad los cuatro dibujos y los
depositó sobre un papel.
-
¿Qué quiere decir? -preguntó Melisa.
-
Hum... No lo sé -dijo Maxi.
Quedé
pensativo, concentrado en esos dibujos. Los había visto en
algún lugar, pero no sabía dónde. De pronto lo supe.
-
¡Ya sé! -grité asustando a los demás-. ¡Mi mamá!
-
¿Tu mamá qué? -preguntó Maxi.
-
Mi mamá tiene la respuesta -dije excitado-. Hay un tapiz
colgado en el living de la casa que tiene los mismos
dibujos...
Maxi
y Melisa preguntaron con entusiasmo de dónde era.
-
No lo sé... -respondí apesadumbrado- . Se lo regaló una
hermana... Lo trajo de algún lugar donde estuvo de
vacaciones.
-
Entonces tenés que preguntarle su origen. Ahí sabremos por
dónde tenemos que buscar.
Desde
la cocina, la mamá de Maxi lo llamaba a cenar, así que
quedamos en encontrarnos a la mañana siguiente, bien
temprano, para seguir con nuestra investigación.
Maxi
acomodó los libros en su biblioteca, apagó la computadora
que al final no habíamos usado y cerró la puerta de su
cuarto. Cuando hizo esto, los tres escuchamos con mucha
claridad un potente ruido, algo así como un objeto que
hubiera caído al suelo. Abrimos la puerta, encendimos la
luz, y no vimos nada fuera de lugar. Nos miramos con
asombro. Y temor.
En
la cena, pregunté como si cualquier cosa, quién había
traído el tapiz y de dónde.
-
Es un regalo de tu tía Carolina, lo trajo del sur... Creo
que de la provincia de Neuquén -respondió mi mamá. Y mi
papá preguntó divertido si pensaba dedicarme a tejer
tapices ese verano.
-
No... Quería saber nada más... -dije y cambié de tema
comentando que el galpón estaba casi listo, que solamente
faltaba terminar de limpiar y tirar la basura.
Esa
noche me acosté ansioso por despertar y quitar la tapa de
metal del galpón. ¿Qué habría? ¿Sería un sótano?
¿Encontraríamos algo de valor? ¿Sería un pasadizo hacia
alguna de las viviendas del pueblo? ¿Un escondite?
Alrededor
de las cinco de la mañana me desperté sobresaltado:
Tacaño aullaba en dirección al galpón. Me pareció
escuchar un silbido intenso, pero que era muy distinto al de
Heriberto, tenía algo de sobrenatural. Era como el silbato
de un tren en la distancia, pero parecía un lamento agudo.
Un escalofrío recorrió mi espalda. Estuve a punto de ir a
la habitación de mis padres, pero no me animé a salir de
la cama. Me tapé hasta las orejas y traté en vano dormir.
A la hora y media, los débiles rayos del sol del amanecer
se filtraron por mi ventana y Tacaño calló. Sin darme
cuenta, dormí profundamente hasta las nueve y pico.
Cuando
desperté, salté de la cama y mientras me vestía tenía la
certeza de que ése día sería muy especial.
Capítulo
VIII
La
gran salamanca
Cuando
reaccionamos, nos miramos sin entender nada. No estábamos
lastimados, nuestras cosas estaban junto a nosotros y
Tacaño me miraba muy tranquilo, echado a mis pies.
Nos
levantamos y observamos a nuestro alrededor: nos hallábamos
en una caverna inmensa. Era tan grande, que de hecho no
parecía eso, sino el exterior. Nos dimos cuenta de dónde
estábamos porque el cielo era de piedra. Al principio todo
había sido bruma; no veíamos más allá de nosotros
mismos, pero lentamente fue aclarándose todo, hasta que
pudimos observar un gran lago interno rodeado de frondosos
árboles y una serie de caminos de piedra que conducían a
distintos lugares.
Empezamos
a especular cómo era que en el sótano del galpón de la
vieja estación de tren podía existir semejante cosa; cómo
podíamos caer sin habernos lastimado; qué habría más
allá y, por supuesto, cómo haríamos para regresar a
nuestros hogares.
Hacía
frío y la luz que iluminaba todo el lugar no provenía del
sol ni de la luna. No había lámparas ni velas. Tampoco se
veía en el techo de la gran caverna una grieta que
permitiera hacer entrar la luz del exterior, donde por otra
parte, todavía tenía que ser de noche.
Volvimos
a observarnos entre nosotros y nos llamó la atención que
ninguno estuviera asustado por lo que estaba ocurriendo.
¿Estaba soñando? ¿Estábamos soñando todos?
-
Quisiera saber dónde estamos... -dijo Melisa frotándose
las manos.
-
Yo también -dije.
-
Y yo -agregó Maxi.
-
Están en una renupulli -dijo una voz grave que sonó
a nuestras espaldas y que nos sobresaltó.
Un
hombre pequeño, de tez morena, ataviado con gruesas pieles,
descalzo, y que portaba una larga lanza, estaba parado
detrás nuestro, sobre una gran roca, como a unos diez
metros. La figura parecía irreal porque tenía una luz de
transparencia muy especial.
-
No se asusten -siguió hablando-. Los estaba esperando.
El
hombre se acercó a nosotros, y a medida que lo hacía, su
cuerpo se iba haciendo menos transparente.
Maxi
preguntó si era un mapuche, a lo que el desconocido
respondió afirmativamente.
-
¿Un mensajero? ¿De quién? -pregunté.
-
De Kalfulkurá, el lonko, el cacique más importante
de los últimos tiempos.
-
¿Qué es este lugar, la remu... remi... remipoli...?
¿Dónde estamos? -preguntó Melisa ansiosa.
Antes
de responderle, vimos que un gran pájaro se posaba en una
piedra distante a unos quince metros de donde estábamos. Su
aspecto era aterrador, pero sólo nos miraba con mucha
atención.
-
No le hagan caso, es un kill-kill -dijo el huerquén.
Lo manda un calcú, un brujo malo, para que vea y
escuche lo que hacemos.
Tacaño
se puso a ladrar a lo loco. Intenté callarlo, pero no me
hacía caso.
-
Tu trewa es buen guerrero -comentó el huerquén
señalando a Tacaño, que al oír hablar de él dejó de
ladrar, porque le encanta que la gente hable bien de él.
-
Vamos por partes -propuse-. Explíquenos qué hacemos acá y
todo lo demás. ¿Cuál es su nombre?
-
Me llamo Ñancupán, que en mi lengua significa «águila
león». Mi misión es guiarlos en esta travesía .
-
Espere un momento -lo interrumpí sorprendiéndome a mí
mismo porque hablaba con tranquilidad pero a la vez muy
molesto-. Nosotros no contratamos ninguna empresa de turismo
para ninguna travesía. Simplemente bajamos al sótano del
galpón para ver qué había y qué significaban los dibujos
de la tapa. Nada más. No sabemos cómo caímos acá, qué
es este lugar, ni nada por el estilo. Es más: me parece que
ya vimos lo suficiente y si usted es tan amable y nos guía
hasta la salida, se lo vamos a agradecer.
Sin
darme cuenta, mi ánimo se había ido enojando a medida que
hablaba. Todo lo que ocurría me parecía absurdo, un sueño
de mal gusto, una locura, cualquier cosa menos real...
El
huerquén Ñancupán me miró fijamente a los ojos y se
sonrió.
-
Me habían dicho que eras toro, Nahuel. Mis
antepasados no se equivocaron al elegirte.
Estaba
a punto de explotar de rabia porque cada vez entendía menos
- no sabía cómo conocía mi nombre, me decía que era un
elegido y encima me llamaba «toro», que después me
enteré que significaba «valiente»- cuando Ñancupán me
interrumpió:
-
Les ruego que tomemos asiento. Les tengo que explicar
algunas cosas.
-
Pero no tenemos mucho tiempo -dijo preocupado Maxi, que
había anotado todo el diálogo en su libretita-. Nuestros
padres...
-
No te preocupes por el tiempo. No existe el tiempo en este
lugar.
-
¿Y si nuestros padres se despiertan y ven que no estamos en
la cama? -le preguntó en voz baja Melisa a Maxi.
-
Sus camas están ocupadas por espíritus de pichi ché,
gente pequeña o enanos que tomaron sus formas para que
puedan llevar a cabo su misión hasta el final.
-
Los «pichis» somos nosotros que tendríamos que estar
durmiendo a pata suelta... -comenté ahora más enojado.
-
Tu furia es producto del temor - me dijo Ñancupán-. Y eso
es bueno. Fuiste elegido por tu valentía, aunque todavía
no la conozcas. Nahuel, en mi lengua, significa «tigre» y
eso eres, un tigre.
La
voz serena del huerquén fue tranquilizándome: ¿acaso no
había soñado siempre con vivir una aventura? Y si esto era
un sueño, ¿qué mejor que aprovechar la oportunidad?
Los
tres estábamos sentados sobre piedras formando un círculo.
Tacaño, a mi lado no le sacaba el ojo de encima al kill-kill.
Cuando
Ñancupán observó que me relajaba, comenzó su
explicación.
Capítulo
IX
El
relato de Ñancupán, el huerquén
«Hace
muchos años -comenzó a relatar Ñancupán- nuestro pueblo
vivía libre y feliz en el sur de la Argentina. Era un
pueblo pacífico y tranquilo, hasta la llegada de los
huincas, los blancos, que nos quitaron las tierras, mataron
nuestra gente y nos hicieron perder casi todo, menos el
orgullo de ser mapuches. Mapuche significa «gente del
país, de la nación, de la tierra».
«Fuimos
perseguidos, esclavizados y expulsados de nuestro propio
territorio -continuó el huerquén-. Pero nuestras creencias
y tradiciones perduran en el tiempo y perdurarán por los
siglos de los siglos.
«A
fines de 1800 esa terrible tarea de los huincas había
terminado. A partir de entonces comenzamos a reclamar lo que
nos pertenecía, sin muchos resultados, pero mi pueblo es
pacífico y paciente. Sabe esperar y confía en la decisión
de Chau Elchefe, nuestro Padre, el Creador de los hombres.
Por esos años, un huinca, un explorador, visitó nuestras
tierras y nos robó algo sagrado. Ése hombre era tu
tatarabuelo -le dijo el huerquén a Maxi, que lo miró con
cara de «yo no fui»-. Él se apropió de una calavera de
un chenque, un cementerio de los indios antiguos y el
que cava y saca esqueletos y cosas de allí, tiene un
castigo de cien años para él y su familia. Tu tatarabuelo
habrá buscado allí algún tesoro enterrado y, al no
hallarlo, se conformó con una calavera. Con seguridad
confundió el chenque con un eltahue, que es el lugar
de los sepulcros donde se ocultan los tesoros.
«Los
que roban en los chenques mueren o quedan malditos. Tu
antecesor no murió por la maldición, pero ésta pesa sobre
tu familia. Kalfulkurá me envió porque ustedes están
destinados a reparar lo que tu tatarabuelo dañó y yo debo
ayudarlos.
«Nahuel
fue elegido por su valor. Desde la tierra de los espíritus
podemos ver el interior de las personas y sabemos que es un
tigre valiente, que colaborará en esta tarea.
«Melisa
tiene grandes poderes de machi, de bruja capaz de
curar a enfermos y practicar la magia buena. Ella cree que
la elección del túnel de la derecha fue un presentimiento,
pero lo que hizo fue interpretar al zorro que cruzó delante
de ustedes de izquierda a derecha. Los mapuches sabemos que
eso es de buen augurio. Melisa lo supo entender y realmente
fue una buena decisión, ya que si hubieran optado por el de
la izquierda, hubieran caído en un menuco, una
ciénaga donde hubieran muerto.
«Tacaño,
el trewa de Nahuel, tiene el olfato de un ciervo, la
vista de un águila y la rapidez y fiereza de un trapial,
un puma.
«Todos
ustedes deberán pasar por duras pruebas hasta llegar a
limpiar la memoria del difunto que el tatarabuelo de Maxi
deshonró al robarle sus huesos. Sólo así la familia se
liberará de la maldición. Sólo así el difunto podrá
descansar en los brazos de Chau, del Padre del Cielo.
«Mi
misión es ayudarlos a entender este mundo subterráneo que
existe y que no existe. Colaborar cuando necesiten descifrar
algunos códigos, pero de ninguna manera podré participar
en su trabajo.
«Este
lugar es la renupulli, la salamanca, la cueva
de los brujos, donde éstos aprenden su oficio para bien o
para mal. Este lugar no existe en el mundo real, pero no es
producto de su imaginación. Es otro mundo, nada
más.
«Debo
decirles algo que estaba fuera de los planes de los
salamanqueros buenos que desean que la maldición no se
cumpla: un jovencito se adelantó y comenzó a recorrer el
camino que estaba preparado sólo para ustedes. Hay en él
gran envidia y una curiosidad peligrosa. Es probable que ya
haya caído en las manos del calcú y lo esté convirtiendo
en su ivunche adoptivo, en su ayudante. Sólo si
llegan con éxito al final de esta travesía podrán
rescatarlo de su maléfico poder».
Ñancupán
se refería, por supuesto, a Heriberto.
Los
tres quedamos un momento callados, reflexionando sobre lo
que nos había contado el huerquén. Si todo eso era cierto,
y no había motivos para dudar de su palabra, esto no era un
sueño y nos esperaba un largo camino plagado de pruebas y
peligros.
Maxi
se sintió avergonzado por lo que había hecho su
tatarabuelo, pero lo tranquilizamos diciéndole que lo
habría hecho por ignorancia y no por maldad. Comprendimos
entonces el por qué de la caída de la calavera antes de
partir y a Maxi le corrió frío por la espalda al pensar
que había dormido tanto tiempo acompañado por un espíritu
enojado que había maldito a su familia.
Melisa,
por su parte, se había quedado pensando en lo que le había
dicho Ñancupán acerca de sus poderes como machi.
Y
Tacaño, agrandado como siempre, me miraba como
recordándome que tenía las mejores condiciones de un
ciervo, un puma y un águila.
-
Sí, sos Súper Perro, pero no sos capaz de controlar tus
pulgas -le dije en broma.
Tacaño
me miró ofendido, pero enseguida se le pasó.
El
kill-kill, cuando Ñancupán terminó su discurso, se alejó
volando en silencio.
«Pajarraco
buchón», pensé con bronca y el huerquén me sonrió como
si hubiera adivinado mis pensamientos.
EL
CULTRUN DE PLATA
(continuación
de "La Maldición del Chenque", 2003)
CAPITULO
IV
Los
añumines y Ñancupán
El
amanecer fue espectacular: los primeros rayos de sol se
asomaban por la ventana anunciando un día maravilloso,
cálido a pesar de que el otoño ya se había instalado en
Los Angelitos. Luego del confuso episodio de la hora
anterior, había vuelto a dormir descansando de tal manera,
que salté de la cama como si ese día fuese el de mi
cumpleaños y estuviera por recibir cientos de regalos. Pero
al pararme frente al espejo del baño, recordé que, dadas
las cosas, era más probable que recibiera disgustos o
sobresaltos antes que obsequios.
Aunque
mi despertar había sido tan vigoroso, sentía en mi pecho,
a la altura del corazón, un dolor inexplicable. Lo atribuí
a mi forma de dormir, de costado. No me detuve demasiado en
ello, ya que pensé que en unos minutos se me pasaría. Y no
estaba muy equivocado, porque el dolor fue cediendo
paulatinamente.
Me
miré en el espejo y por un momento no reconocí mis ojos
como propios. Me parecieron los de un extraño, los de un
adulto preocupado pero tranquilo, seguro. Me acerqué más y
sentí el peso de una responsabilidad como ajena o distante.
Era un sentimiento muy difícil de explicar.
Luego
mi espalda se tensó de terror al advertir -sin dejar de
mirarme a los ojos frente al espejo- que detrás de mí se
desplegaban dos inmensas alas negras. Sentí una sombra que
despedía un vaho helado y no me animaba a mirar lo que
percibía por el rabillo de los ojos. Cuando finalmente me
animé, la sombra desapareció. Giré velozmente
sujetándome del lavabo, pero en el baño no había nada
extraño. Con rapidez me lavé la cara y los dientes, me
peiné a las apuradas y fui a la cocina. Allí estaban mis
padres desayunando en silencio. Los saludé con un beso y me
senté a la mesa, frente a mi taza de café con leche. En el
ambiente se respiraba un profundo aire de preocupación que
presagiaba un sermón, una advertencia o algo parecido. No
estaba equivocado, ya que mi papá apartó su taza, apoyó
sus codos en la mesa y se dirigió a mí al tiempo que mi
mamá se sentaba enfrente, con el rostro muy serio.
-
Nahuel, tenemos que hablar acerca de lo que pasó ayer...
-comenzó mi papá. Yo puse mi mejor cara de desentendido
porque no quería abordar «ése tema» que sabía que
abordarían ellos. Mi papá continuó:
-
Primero fue el intento de robo en lo de Maxi, después el
susto que se dieron todos en la casa y que casi derivó en
un llamado a la policía. Después lo de Tacaño, que
apareció muerto adentro de mi taller y más tarde resucitó
misteriosamente gracias, según parece, a un linyera que
pasaba por acá... Están pasando demasiadas cosas raras...
Mi
mamá me miraba con angustia. Yo no sabía qué decir.
Seguía bebiendo el café a sorbitos cortos.
-
Estuvimos hablando con tu madre y creemos que tenemos que
abrir los ojos. La delincuencia ya llegó a Los Angelitos y
este lugar no es tan seguro como antes. Vamos a empezar a
manejarnos con las llaves de la puerta y te vamos a pedir
que te cuides mucho en la calle, que no hables con extraños
y que nos digas si ves algo sospechoso...
-
Está bien, papá -dije mansamente deseando que no hiciera
la pregunta que formuló a continuación:
-
¿De dónde conocés al hombre que supuestamente resucitó a
Tacaño ayer?.
-
No nos mientas, Nahuel -reforzó mi mamá.
No
sabía qué decir. No les quería mentir. Mis padres nunca
se merecieron una mentira, así como creo que jamás me
mintieron. Siempre prefirieron hablar las cosas por crudas o
dolorosas que fueran y siempre me había gustado
retribuirles de la misma manera, aunque ello significara que
me reprendieran si me había mandado alguna macana. Mi
corazón me decía que estaba obligado a decirles la verdad,
pero ¿sobre qué?. Por lo pronto, me pareció razonable
contarles acerca del incidente de la herida de Tacaño y la
cura milagrosa del viejito. Luego del relato, mis padres se
miraron desconcertados.
-
La cura parece que no fue tal, Nahuel -analizó mi papá-.
Porque al otro día Tacaño apareció muerto...
-
Hay mucha gente suelta que anda haciendo el mal -comentó mi
mamá-. No tenemos que creer todo lo que vemos ni confiar en
la gente que no conocemos...
-
Pero si a Tacaño lo mató el viejo, ¿cómo fue que primero
lo curó y después lo resucitó? -intervine.
-
Vamos por partes -propuso mi papá-. Una cosa es que un
hombre haga que cure a tu perro. Otra, que tu perro se muera
-como lo vi yo- y una muy distinta que al final resucite. A
lo mejor es un «vivo» que simuló curar a Tacaño, le dio
una droga para que parezca estar muerto para después
hacernos creer que lo resucitó... Algo parecido a lo que
hacían unos brujos de Centroamérica para hacer zombies. No
te extrañe que aparezca hoy mismo pidiendo plata o
diciéndonos que alguien «nos está haciendo un daño» y
que ofrezca «sus servicios» para liberarnos de un invento
de él, en definitiva.
La
hipótesis de mi papá no me parecía muy descabellada, pero
no me cerraba.
-
Vos viste que Tacaño estaba muerto, pero yo vi la herida
inmensa que tenía en la pata, que después desapareció...
-dije.
Y
agregué:
-
Además, Tacaño no es ningún zombie...
Mi
papá notó que yo estaba muy seguro de las propiedades
curativas del anciano; así como yo percibía que el temor
que él y mi mamá sentían hacía que la natural
desconfianza hacia lo desconocido se acentuara mucho por
miedo a que me pasara algo.
-
Mirá, no sé qué pasó -dijo mi papá ahora bastante
molesto con el giro que había tomado la charla-. Pero a
partir de este momento, a cerrar bien las puertas y nada de
hablar con extraños, sean viejos o jóvenes.
Dicho
esto, se levantó para dirigirse a su taller, pero antes le
recomendó a mi mamá que fuera a ver al médico. Yo no
entendía de qué se trataba.
-
No es nada, Martín -le respondió mi mamá-. Me debo haber
lastimado con la medallita mientras dormía...
Mi
papá se fue rezongando porque, según él, ya no tenía
autoridad en la casa. Le pregunté a mi mamá qué le había
pasado.
-
Una pavada -dijo levantándose para ordenar la mesa-. Esta
mañana me vi un cortecito minúsculo en el pecho... Fueron
dos gotitas de sangre y un dolorcito, pero vos sabés cómo
se preocupa tu papá...
Automáticamente
me llevé la mano a la altura del corazón. Recordé que yo
también había amanecido con un dolorcito allí, aunque sin
heridas, pero los ladridos de Tacaño me sacaron de esos
pensamientos.
Mi
mamá se asomó por la ventana de la cocina y, al no ver a
nadie más que a él ladrando a la nada, lo quiso hacer
callar infructuosamente.
-
Fijate que debe andar algún gato por ahí, a ver si
todavía se lastiman... -me pidió.
Llegué
hasta el costado de la casa donde estaba Tacaño ladrando
furiosamente, pero parecía hacerlo a la pared. Intenté
callarlo, pero ni me miró. Me coloqué detrás de él para
ver a qué le ladraba y mi corazón se paralizó de espanto
cuando vi una gigantesca sombra proyectada sobre la alta
pared de la casa. Era la imagen de una persona como con
alas, pero nada tenía que ver con la figura de un ángel,
antes bien, con la de un demonio, como lo conocemos por los
dibujos. Giré lentamente para enfrentar al sujeto que
proyectaba esa sombra, pero no vi nada. Era muy raro, ya que
«eso» tenía que estar a mi lado o detrás, pero no había
más que unos arbustos. La sombra se movía con frenesí y
Tacaño por momentos se acercaba y retrocedía, para luego
plantarse firme, de frente, para ahuyentarla. El problema
fue cuando la sombra comenzó a despegarse, literalmente, de
la pared. Tacaño desapareció en una fracción de segundos.
Quedé solo frente a la figura amenazadora y helada. No
sabía qué hacer. Y si hubiera sabido, no lo hubiera podido
concretar, ya que mis piernas estaban duras como estacas. La
sombra se acercaba lentamente a mí, creciendo en volumen y
alcanzando una gran altura. Quería llamar a mi mamá, pero
la voz me había abandonado. El frío me estaba paralizando
hasta los pensamientos.
Cuando
la sombra comenzaba a envolverme, a hacerme sentir en todo
el cuerpo ese frío estremecedor, una mano sujetó mi hombro
y me hizo a un lado. Era el viejo, que con mucha prisa
abrió una bolsa de cuero muy vieja que llevaba colgada
junto a un morral y diciendo en voz muy baja palabras en
otro idioma, tomó de su interior un puñado de lo que
parecía ceniza y lo arrojó bien alto, en dirección a la
cabeza de la sombra. Ésta empezó a retorcerse. El viejo
entonces, con mayor seguridad, volvió a repetir la
operación de extraer y arrojar cenizas sobre ella. La
sombra empezó a desvanecerse en el aire y yo sentía que el
calor regresaba a mi cuerpo todavía entumecido por la
tensión del momento o por algún poder de la misteriosa
fuerza.
Cuando
la sombra finalmente se esfumó, el viejo guardó un
pequeño resto de cenizas en su bolsa, la que cerró
meticulosamente. Se volvió a mí y me miró profundamente a
los ojos. ¡Yo conocía esa mirada! El hombre pareció
adivinar mis pensamientos y sonrió. Al escuchar el llamado
de mi mamá, quise apurarme para empezar con alguna de las
cientos de preguntas que venía acumulando sobre él, pero
hizo un gesto para que no dijera nada y que fuera con mi
madre. Antes de despedirnos en silencio, extendió un brazo
ofreciéndome algo que no podía ver porque tenía el puño
cerrado. Como no me animaba a tomarlo, con su otra mano
agarró una de las mías, la abrió, depositó un objeto
pequeño, la cerró y se fue caminando muy despacio, como
paseando. Lo seguí con la mirada, pero a los pocos metros
se desvaneció en el aire como la sombra.
Bajé
la cabeza y miré mi puño aún cerrado. ¿Qué me habría
regalado este hombre a quien sabía que conocía de algún
lugar pero que no podía descifrar de dónde? Lentamente
abrí la mano y casi me desmayo de sorpresa al ver que ese
viejito me había reintegrado algo que yo había recibido
siete meses atrás y que había perdido: ¡la medalla del
Pillán! La conclusión era clara entonces. Ése viejito era
Ñancupán, el huerquén o mensajero del cacique Kalfulkurá,
aunque en la aventura de la salamanca no tenía ese aspecto.
-
¡Nahuel, que se te hace tarde para ir a la escuela! -gritó
mi mamá desde la puerta del frente de la casa. Corrí
sujetando con fuerza la medalla y entré vertiginosamente a
mi habitación para recoger la mochila del cole. Antes de
eso, cuando fui a colgar la medalla de mi cuello, noté que
no era de barro, sino de un metal parecido a la plata.
Mi
papá tenía que ir al centro a buscar unas herramientas,
así que me llevó en el auto. Además, mi bici había
quedado en la casa de Maxi. Todo el camino lo hicimos en
silencio. Él, preocupado por la charla de la mañana
temprano; yo, contento de tener cerca al huerquén de
Kalfulkurá, que tanto nos había ayudado en la aventura
anterior. Mi espíritu estaba más relajado al saberlo
protegiéndonos y mi cabeza comenzaba a atar los cabos
sueltos que habían empezado a perturbarnos tanto a Melisa
como a Maxi y a mí.
Cuando
llegamos al cole, me despedí afectuosamente de papá y él
retribuyó de la misma manera mi saludo al tiempo de decirme
que no iba a poder recogerme a la salida, por lo que
debería ir a buscar la bicicleta a la casa de Maxi. Pero
eso sí: que tuviera cuidado y no hablara con desconocidos.
Entré
corriendo al colegio porque los chicos ya estaban formados.
Maxi y Melisa me buscaban con la mirada por todos lados.
Cuando me vieron, sonrieron con alivio.
Esa
mañana tuvimos actividades hasta en el recreo, por lo que
tuve que aguantarme como pude para contarles lo que había
pasado a la salida, cuando fuimos los tres a la casa de Maxi.
Aproveché entonces para relatarles los extraordinarios
acontecimientos.
-
¿Estás seguro de que era Ñancupán? -me preguntó Maxi.
Sin
decir una palabra, le mostré la medalla del Pillán.
-
¡Ahá, era Ñancupán! -se respondió él solito.
Melisa
estaba intrigada por saber si habíamos podido charlar algo
sobre todos los sucesos de los días anteriores. Maxi
también quería respuestas, pero insistí en que no
habíamos podido siquiera saludarnos, por lo que teníamos
que estar alertas a un próximo encuentro. Algo que nos
preocupaba era la inminencia de más peligros, como la
sombra que casi me come si no hubiera llegado el mensajero a
tiempo. Pero nada podíamos hacer al respecto, salvo
vigilar. En lo posible, juntos.
Cuando
llegamos a lo de Maxi, Melisa y yo tomamos nuestras
respectivas bicicletas y cada uno salió disparado para su
casa para almorzar rápido y reunirnos luego en la mía para
estudiar todo este lío de cosas. A medida que iba llegando
a casa, pedaleando velozmente, sentía más y más frío.
Recordé entonces la maldita sombra de la mañana, pero no
veía nada a mi alrededor. Era lógico: iba en movimiento, y
si la sombra era sombra nada más, necesitaría algún lugar
para reflejarse, por lo que disminuí la marcha y presté
atención a los tapiales y frentes de las casas. Cada vez
que pasaba frente a uno de ellos, la sombra se plasmaba
copiando mi movimiento. Evidentemente «la cosa» me
perseguía. Volví a apurarme para llegar a casa, pero tomé
la precaución de exhibir fuera de mi remera la medalla del
Pillán. Cuando llegué, di algunas vueltas por el frente de
la vieja estación para verificar, finalmente, que la sombra
no me seguía más o, al menos, se mantenía alejada.
Tacaño
llegó corriendo desde el fondo, ladrando como lo había
hecho más temprano, pero alejándose hacia el oeste.
Quizás él veía algo que yo no podía ver y lo estaba
ahuyentando con la ayuda de la medalla.
Escondí
el precioso regalo de Ñancupán debajo de mi remera y
entré en la casa justo para comenzar a almorzar. Ese
momento transcurrió normalmente entre mis padres y yo, como
si nada hubiera pasado. Eso me tranquilizó mucho porque me
ayudaba a pensar con más claridad acerca de los pasos
futuros.
Pero
¿qué pasos teníamos que dar si no teníamos ninguna
información sobre lo que nos acechaba y el por qué de la
presencia de Ñancupán fuera de la salamanca? Algo raro
estaba pasando en «mi» realidad; algo que afectaba
también a mis dos amigos y a mi perro.
Mientras
almorzábamos, sonó el teléfono. Mi papá no saltó de su
silla para ver si era un cliente, como lo hacía
últimamente, sino que me pidió que atendiera yo.
Fui
hasta el living y descolgué el aparato.
-
Hola -dije pensando que serían Maxi o Melisa.
-
No digas nada -dijo una voz familiar desde el otro lado: la
de Ñancupán-. Tenemos que hablar. Necesito verlos en el
cementerio viejo a las 15 horas. Es importante. Están en
peligro mortal.
Ñancupán
cortó la comunicación. Colgué el aparato con las manos
temblorosas. ¿Qué necesidad había de hablar en el
cementerio que había sido cerrado hace muchos años? ¿Por
qué no podía ser en la plaza del pueblo o en otro lugar
menos macabro? Allí quedaban en pie algunas bóvedas y
nichos vacíos, pero muchos sentíamos aprehensión de pasar
por el lugar. Cientos de cuentos y anécdotas tenebrosas se
contaban de allí, que alimentaban la imaginación de todos
los habitantes del pueblo. Historias de aparecidos eran
recurrentes al nombrar apenas ese sitio ubicado en las
afueras de la ciudad. Menos mal que era a las tres de la
tarde y no a la medianoche... Además, Ñancupán había
dado sobradas muestras de protección, por lo que en el
fondo estaba tranquilo de encontrarnos con él donde fuera.
De
vuelta en el comedor, mi mamá me preguntó quién era, a lo
que le respondí que era un llamado equivocado.
Quise
evitarlo, pero no pude dejar de posar mis ojos en los suyos,
que me miraban con mucha dulzura. ¡Me dolía tanto
mentirle! Pero todavía no podía contarle nada...
Después
de almorzar, hice las tareas de la escuela más rápido que
nunca y partí rumbo a la casa de Maxi, que me llamó para
contarme que él también había sido atacado por una
sombra. Juntos iríamos hasta la casa de Melisa. Sabía que
no teníamos otra alternativa que estar en el cementerio a
la hora fijada por Ñancupán y me intrigaba lo que le
había pasado a mi amigo y cómo había logrado zafar de ese
monstruo. ¿Le habría pasado algo a Melisa? En lugar de
llamarla por teléfono, preferí verla personalmente.
Cuando
montaba la bicicleta y partía hacia la casa de mi amigo
seguido por Tacaño, una duda me asaltó: ¿había sido
Ñancupán quien llamó? ¿Y si era un impostor?...
CAPITULO
VII
De
regreso al «otro mundo»
Estábamos
todos muy cansados. Mis amigos y yo, más bien deshechos por
haber pasado tanto miedo en un rato que no sé cuánto
duró, pero que puedo asegurar pareció eterno.
El
mensajero nos hizo sentar a su alrededor y nos alcanzó de
su morral unas hojitas verdes. Nos pidió que las
mascáramos lentamente y luego las escupiéramos,
asegurándonos que nos restablecerían por completo. A esta
altura de los acontecimientos estábamos tan perturbados que
lo hicimos sin dudar. Si hubiéramos tenido que comer tierra
para estar mejor, de seguro lo hubiéramos hecho también.
Sin
embargo, los efectos reconstituyentes de las hojitas fueron
instantáneos y muy pronto nos sentíamos muy bien, aunque
continuábamos sensibilizados por lo que había ocurrido.
Todo el tiempo mirábamos a nuestro alrededor, temiendo que
Ankatrür regresara para atacarnos otra vez.
Ñancupán
nos sonreía y mascaba él también algunas hojitas. Su
sonrisa paternal y su actitud protectora terminó por
tranquilizarnos. De no ser por lo que había ocurrido,
podría decirse ahora que los tres estábamos de picnic.
Aunque en la puerta de un cementerio muy peligroso para
nosotros.
Creo
que Melisa, Maxi y yo pareceríamos tres pollitos mojados,
porque estábamos sentados muy juntos mirándolo con miedo
aún. Las primeras palabras de Ñancupán intentaron
devolvernos el buen humor haciendo no recuerdo qué broma
sobre nuestras apariencias después del combate con el
calcú. Luego se acomodó en su lugar para empezar a dar
algunas explicaciones a los muchos interrogantes que
habíamos venido cosechando en los últimos días y en ése
en particular.
Los
tres lo escuchamos una vez más, como en la gran salamanca,
en silencio.
-
Veo que el destino insiste en encontrarnos -comenzó el
huerquén y escupió las hojitas mascadas-. A pesar de que
aunque ustedes no se dieran cuenta, nunca nos separó.
Lo
escuchábamos con la atención del que espera la palabra
mágica que dé por terminada una pesadilla y todo vuelva a
ser normal. Él adivinó nuestros pensamientos.
-
Antes que nada, quiero aclararles que lo ocurrido hasta
ahora no es más que el principio de una gran batalla que
deberán enfrentar, ya no para liberar al pichi huinca de
una maldición -dijo señalando a Maxi-, sino para colaborar
en el gran trabajo de conservar el orden y la armonía de
nuestra mapu.
No
entendíamos nada. A decir verdad, lo que esperábamos oír
era algo así como «perdonen ustedes lo que pasó. Se
trató de un error, no queríamos molestarlos. Ahora, nos
retiraremos cada cual a su lugar y listo, no hay más
peligros». Pero lo que Ñancupán nos estaba diciendo era
lo contrario: que todo (no sabíamos qué) estaba en sus
principios (no sabíamos hasta cuándo) y que nosotros
teníamos que ver con eso (no sabíamos por qué ni cómo).
La
voz del huerquén era clara y su discurso era sereno. Miraba
a cada uno de nosotros a los ojos y nos sentíamos seguros
en su compañía. Ñancupán, con las manos apoyadas en sus
rodillas, explicó:
«Antes
de antes, mucho antes del tiempo de los antiguos, los
elegidos de mi pueblo vivían en armonía con la naturaleza.
La mapu era para ellos su casa, su alma, su espíritu. Todo
era como tenía que ser y cada cosa respetaba el orden del
Todo. No había brujos ni calcúes. No existían el bien ni
el mal del modo como los conocemos ahora. Las enfermedades
no existían y el tiempo no se contaba como se cuenta hoy.
La mapu marcaba los ciclos de la naturaleza y los hombres se
sentían parte de ella. Nacían, crecían y se morían con
la paz de saber que nunca habían nacido ni muerto, porque
siempre habían existido, siempre habían sido y serían por
siempre parte del Todo. Los Sabios compartían el
Conocimiento y todos vigilaban su interior con la atención
de quienes saben hacia dónde dirigir sus pensamientos.
«Pero
un día la Kai Kai Filú despertó y con ella despertaron
también las ambiciones de los débiles que escucharon sus
promesas falsas. Ella quiso concentrar el poder de regir los
tiempos de las cosas y los hombres, se sintió con el
derecho de manejar los ciclos de la vida y de la muerte, se
creyó superior a todos y eligió como colaboradores en su
tarea de caos, a los hombres menos fuertes de espíritu,
pero los más ambiciosos. Aquellos que no fueron capaces de
vigilar su conciencia y que sentían envidia por los sabios
que vivían en armonía. Infló sus corazones con el aliento
de la maldad y los dotó de una gran insensibilidad hacia la
Vida.
«Una
vez más la Kai Kai Filú intentó sublevarse al Orden a
través del dolor y la destrucción. Pero una vez más
fracasó en su intento: aquellos hombres sabios, de buen
corazón, convocaron el poder de la Tren Tren para sofocar a
la Serpiente del Mal y sus aliados. La lucha duró muchos
años, pero los Sabios ganaron la pelea. La Kai Kai Filú
fue confinada una vez más a las profundidades de la Mapu y
sus seguidores recibieron el peor castigo que se les podía
imponer: la soledad más triste que alguien jamás pudiera
soportar. Vagaron por todos los bosques, anduvieron por
todos los caminos, bebieron las aguas de todos los
torrentes, ríos y lagos, pisaron cada piedra, recibieron
toda la nieve y todo el sol, pero cada cosa, cada animal,
cada hombre con los que se encontraban, no eran parte de su
alma. Porque ellos no eran el alma de nada ni de nadie».
Ñancupán
hizo silencio. Nosotros lo observábamos con mucha atención
y esperábamos que continuara su relato para saber dónde
encajábamos. No comprendíamos muchas de las cosas que
decía, pero no nos animábamos a interrumpirlo. El
mensajero extrajo de su morral una pipa de madera, parecida
a la de Ankatrür, la encendió y continuó:
«Los
Sabios sabían que no debían utilizar su poder para matar a
la Kai Kai Filú, porque es tan necesaria como la Tren Tren.
Así como sin la noche no existiría el día; o sin la luz
no existiría la oscuridad, sin una no existiría la otra, y
ambas son necesarias para hacer el Todo. Esos hombres
también sabían que algún día los necios regresarían con
la intención de querer poseer en sus manos el destino de la
Vida y manejar a su capricho el de la Muerte. Por eso
fabricaron con su conocimiento y sabiduría, una herramienta
para convocar a la Tren Tren en el momento oportuno para que
el Gran Orden no fuera alterado otra vez: un cultrún de
plata. Con él, las almas justas podrían invocar el nombre
de la Tren Tren para salvarlos de la Kai Kai Filú.
«Pero
los necios de espíritu, necios son; y creyeron que
destruyendo el cultrún de plata podrían recuperar el poder
maligno de la Kai Kai Filú y adueñarse de la Mapu. Así se
formó una secta que por miles de años, buscó
infructuosamente hallar el cultrún para destruirlo. Ese
instrumento fue pasando de generación en generación, de
mano en mano, de elegido en elegido, para ser guardado y
protegido celosamente de aquellos que querían sólo
destrucción.
«Los
tiempos fueron pasando y cambiando. Otras luchas aparecieron
en la vida de los mapuches. Gente extraña apareció con la
intención de arrebatarnos nuestra vida, pero el valor de mi
gente lo impidió. En lo que ustedes identifican como el sur
de Chile, los conquistadores españoles no pudieron vencer a
nuestros ejércitos. Debieron entonces parlamentar y se
hicieron acuerdos que luego no se cumplieron.
«La
guerra más terrible fue la que desató la ambición de los
huincas de la Argentina, que asesinaron a todo mi pueblo y
le arrebataron su tierra, aunque no su espíritu. Pudieron
alambrar sus campos pero no su Conocimiento. Fueron capaces
de enfrentar entre sí a poderosos loncos, pero no lo fueron
de dividir el corazón de la nación mapuche que existe más
allá de los alambrados y de las armas de los huincas».
Nosotros
conocíamos algo de esta parte de la historia. Por un lado,
la había narrado Ñancupán en la gran salamanca; y por
otro, luego de esa aventura habíamos investigado qué pasó
desde la llegada de los españoles, allá por el 1500 y a
finales de 1800, cuando el gobierno argentino le quitó las
tierras a los mapuches y tehuelches de la Patagonia.
Ñancupán
fumó unos instantes su pipa y continuó:
«Los
seguidores de la Kai Kai Filú creyeron entonces que
aliándose con los huincas podrían dividir y gobernar a mi
pueblo. Pero una vez más fracasaron. Recordaron entonces la
existencia del cultrún de plata y volvieron a formar una
secta para hallarlo y destruirlo, pero el cultrún seguía
en buenas manos.
«A
mediados de 1800, el cacique Kalfulkurá intentó unir a
todos los loncos en la lucha contra el gobierno argentino,
para expulsar a los huincas de su territorio, pero el gran
lonco fue asesinado. Los seguidores de la Kai Kai Filú
colaboraron en esa tarea, pero ellos también murieron en la
batalla. La lucha, entonces, continuó en Otro Mundo y por
estos tiempos, la secta se ha organizado nuevamente para
invocar los poderes de la Kai Kai Filú.
«Estos
hombres creen que la Kai Kai Filú debe hacer subir las
aguas otra vez para matar toda la vida existente en la
Patagonia, y así comenzar de nuevo la vida del pueblo
mapuche, pero gobernado por ellos».
Esta
última frase hizo que nos olvidáramos por completo lo que
había ocurrido en el cementerio minutos antes, ya que una
pregunta que nos sonaba ilógica ganó nuestra cabeza: ¿una
secta de brujos fantasmas quería que la Kai Kai Filú
provocara un diluvio en la Patagonia y que matara a los
cientos de miles de personas que viven allí, para gobernar
ellos lo que sería un nuevo pueblo mapuche?. El huerquén
nos miró con tristeza y prosiguió su discurso:
-
En estos momentos se está llevando a cabo una guerra muy
complicada en el Otro Mundo de la Patagonia, un mundo
invisible para sus habitantes porque está en otra
dimensión, entre quienes quieren el cultrún de plata para
invocar a la Kai Kai Filú y aquellos otros que quieren
encontrarlo para protegerlo -dijo Ñancupán y se dedicó a
fumar su pipa.
-
¿Cómo dice que «quieren encontrarlo para protegerlo»?
¿No saben dónde está? -pregunté.
-
No -respondió el mensajero muy tranquilo echando humo.
-
¿Y nosotros qué tenemos que ver con todo esto? -preguntó
Maxi, que tenía los ojos muy abiertos por la impresión que
le había causado el relato de Ñancupán.
-
El cultrún de plata estaba enterrado en la misma tumba que
profanó tu tatarabuelo -señaló el mensajero mirando
fijamente a Maxi, que quedó boquiabierto-. A ese machi
protector lo enterraron a la vieja usanza, con todas sus
pertenencias: sus ropas, su mascota, su caballo, sus cosas y
con un bolso de cuero donde estaba muy bien guardado el
cultrún.
-
¿Usted quiere decir que el tatarabuelo de Maxi tuvo en su
poder el cultrún? -preguntó Melisa.
-
No. Él no lo vio siquiera.
-
¿Entonces? -pregunté.
-
«Ellos» sí creen que él robó el cultrún y que lo
tienen sus descendientes. Harán lo imposible por saber
dónde está. El reforó, el «puro hueso» que ustedes
conocieron en la cueva de Ankatrür era el machi protector
que estaba bajo la influencia de ese brujo, para que lo
ayudara a encontrar el cultrún. Ankatrür quiso hacer
cumplir la maldición del chenque para congraciarse con ese
machi, hacer que le debiera un favor y así lograr su ayuda
en la búsqueda.
-
¿La maldición quedó sin efecto? -preguntó ansioso Maxi.
-
Lo que ocurrió en la salamanca -respondió el huerquén-
fue que ese machi, de nombre Huechupagi (León de la cumbre
en lengua mapuche) encontrara en la pureza de sus corazones
el modo de regresar al camino correcto, liberándose de la
influencia de Ankatrür. Por eso fue que los ayudó y por
esa misma razón ya no guarda rencor hacia ustedes...
Maxi
respiró aliviado, pero yo seguía inquieto por el otro
anuncio de Ñancupán, cuando había dicho que «esto era el
comienzo».
-
Huechupagi recuperó las cenizas de su calavera de este
mundo y ahora es un «puro hueso» completo; su alma ya no
está aliada a Ankatrür y lucha junto a nosotros.
-
¿No saben entonces dónde está el cultrún? -insistió
Melisa.
-
Hay muchas posibilidades. Confiamos en que otro machi haya
conocido el poder de ese instrumento, dónde estaba y que
esté guardado en un sitio seguro. De todas maneras, tenemos
que adelantarnos a Ankatrür y sus añumín, sus
almas aliadas, porque encima el huinca no nos está ayudando
en esta tarea. Su descuido por el medio ambiente está
haciendo enojar a los pillanes, que no dejarán de mostrar
su ira haciendo escupir fuego de los volcanes, sacudiendo la
tierra y modificando negativamente cada uno de los ciclos.
Pregunté
qué eran los ciclos, a lo que el huerquén respondió que
se trataba de las estaciones del año.
Maxi
recordó entonces el robo en su casa y le preguntó a
Ñancupán por qué se habían llevado la espada y el
bastón raro de su tatarabuelo.
-
La espada tiene grandes poderes. La portaba cada machi
protector mientras tenía a su cargo el trabajo de custodiar
el cultrún. Y el bastón es una herramienta mágica:
conociendo el canto sagrado, se puede invocar el poder de la
Tren Tren para destruir a quien intente apoderarse del
cultrún y contiene el secreto del lugar donde se encuentra
ese instrumento, pero debe ser descifrado.
-
Entonces llevan ventaja -comenté.
-
Sí y no. Esos brujos nunca aprendieron una lección muy
importante...
El
mensajero hizo una pausa larga en la que volvió a encender
su pipa.
-...no
aprendieron que el poder no está en los objetos, sino en
las personas. No basta conocer las palabras mágicas para
tener el poder de las cosas.
Ñancupán
nos contó entonces que hacía mucho tiempo que los brujos
de la secta estaban merodeando por nuestras vidas. Más
exactamente, desde el momento que regresamos de la gran
salamanca, cuando Huechupagi le retiró su colaboración a
Ankatrür. Él mismo, Ñancupán, no había dejado de
protegernos en cada instante, por orden de su lonco
Kalfulkurá, que seguía dirigiendo la batalla contra los
brujos en el Otro Mundo, en la Patagonia.
Así
nos explicamos el contacto que habíamos hecho con el
mensajero que tenía la apariencia de viejito apacible y
gentil; así como el robo en la casa de Maxi y la llamada
telefónica, que había sido una treta de Ankatrür para
capturarnos en el cementerio. Este último hecho le causó
mucha gracia al mensajero.
-
No los llamaría nunca por teléfono -dijo sonriendo-. No es
mi estilo. Además, no hablo con aparatos...
Ñancupán
dijo que un alma aliada de Ankatrür había sido la autora
de la herida y la muerte de Tacaño, ya que el brujo
pretendía por todos los medios lastimarnos para reducir
nuestras defensas.
-
Él sabe que ustedes ahora saben esto, así que no tienes
que preocuparte por tu trewa -me aclaró el
mensajero.
Le
agradecí que lo hubiera resucitado, a lo que él no dijo
nada.
Luego
de aclarar que el viejo que se paseaba «golpeando una
cajita», era él haciendo sonar su cultrún cuidándonos de
la aparición de los añumín, explicó las intenciones de
Ankatrür, en el caso de que no hubiéramos hecho caso al
presentimiento de Melisa y hubiéramos entrado en el
cementerio: quería devolvernos a su cueva, en el Otro
Mundo, para lastimarnos hasta que confesáramos dónde
habíamos escondido el cultrún.
-
Menos mal que le hicieron caso a la pequeña machi... -dijo
Ñancupán mirando tiernamente a Melisa, que bajó la vista
como avergonzada.
-
¿Qué va a pasar ahora? -preguntó Maxi preocupado-. Que yo
sepa ninguno de mi familia tiene el cultrún... Si se lo
explicamos, a lo mejor entiende y no nos molesta más...
Ñancupán
lo miró comprensivo, pero sus palabras fueron breves y
duras:
-
Ningún brujo maligno entiende más razones que los
caprichos de su impuro corazón. Ankatrür no murió con el
rayo que hice caer sobre él. Simplemente lo envié a otra
dimensión de la que regresará muy pronto. Él cree que
ustedes pueden ayudarlo a encontrar ese instrumento y evitar
así que nosotros convoquemos a la Tren Tren. Quiere
utilizarlo para llamar a la Kai Kai Filú. Supone además,
que tomándolos como rehenes puede presionar a Huechupagi
para que él se una en la búsqueda junto a sus propios
aliados, para debilitar de esa manera las fuerzas de los
guerreros de Kalfulkurá.
El
mensajero guardó la pipa en su morral y mirándonos a los
ojos sentenció:
-
Ninguno de los tres tiene la posibilidad de renunciar a esta
lucha. Más que nunca, hoy son enemigos de Ankatrür. Y la
única posibilidad de sobrevivir es presentándole lucha
junto a nosotros, en el Otro Mundo. De hecho, pichi huincas,
desde el momento en que vieron a Ankatrür en carne y hueso,
ya están en el Otro Mundo...
-¡¿Cómo?!
-preguntamos alarmados los tres a coro al tiempo que
Ñancupán se ponía de pie y a un gesto de su mano derecha,
el ambiente que nos rodeaba -el cementerio, los árboles, el
viejo camino de tierra, absolutamente todo- se transformaba
en vacío y mis amigos y yo caíamos lentamente
desvaneciéndonos.
CAPITULO
X
El
despertar en las montañas
Ñancupán
fue reanimándonos uno a uno. Con igual lentitud como nos
habíamos desvanecido, fuimos recuperando la conciencia,
aunque estábamos muy confundidos, yaciendo en un suelo muy
duro.
-
¡Arriba, pichi huincas! -ordenó aturdiéndonos con su voz
potente el mensajero, quien estaba de pie frente nuestro. La
voz retumbó de manera tal, que aun perturbados, nos dimos
cuenta de que nos hallábamos en un sitio cerrado,
iluminados por una gran fogata.
Al
principio nos sentíamos tan débiles que no nos podíamos
poner de pie, por lo que nos sentamos y nos buscamos con las
miradas. Parecía que habíamos dormido cien años.
Ñancupán se acercó y nos miró con atención. Sin decir
una palabra, nos ofreció más hojitas verdes como las que
habíamos mascado en el cementerio. Los tres las tomamos sin
pensar con nuestros dedos. Sabíamos que las necesitábamos
para estar mejor y así fue en pocos minutos.
El
huerquén de Kalfulkurá tomó asiento del otro lado de la
fogata. Apoyó sus manos en las rodillas y cerró los ojos
para iniciar lo que parecía un diálogo con alguien a quien
no veíamos. Melisa y Maxi me miraban asustados, como creo
que los miraba yo a ellos. Ñancupán fue subiendo el tono
de su voz al tiempo que las llamas ascendían hasta el techo
de lo que al final de cuentas resultó ser una gran cueva de
piedra. Más fuerte era el tono y más alto el volumen de la
voz del mensajero, más altura e intensidad ganaban las
llamas, que por momentos corrían por el techo de la cueva
con mucha velocidad, como envolviéndonos.
Melisa,
que estaba junto a mí, me tomó de la mano y percibí que
estaba helada, como yo. Pero las palabras del huerquén
fueron suavizándose y las llamas empezaron a calentar todo
el ambiente, y por consecuencia, nuestros cuerpos también.
Todos nos fuimos relajando a medida que las palabras de
nuestro anfitrión se relajaban también. Tras una pausa
extensa, Ñancupán abrió sus ojos y nos miró desplegando
su amplia sonrisa.
-
Bienvenidos a mi ruca -dijo extendiendo ambos brazos-. No
tiene las comodidades de una casa como la de los huincas,
pero es segura. No nos encontrarán aquí.
Intenté
levantarme para ir hasta la puerta y asomarme al exterior.
Quería comprobar que todo esto era una alucinación y que
afuera estaba por lo menos el cementerio u otra parte de mi
pueblo. Necesitaba saber que estaba cerca de mi casa para mi
tranquilidad y la de mis amigos, pero el mensajero hizo un
gesto rápido para que no me moviera.
-
No es conveniente salir todavía -dijo con voz grave-. Sus
casas están muy lejos de aquí y aunque pusieran toda su
buena voluntad, no sabrían cómo regresar. Ya lo harán a
su debido tiempo. Si las cosas salen como esperamos...
Melisa
comenzó a llorar y Maxi a hacer pucheritos. Yo tenía tanta
angustia que no podía hablar. Nos sentíamos prisioneros.
Ñancupán se estiró y tomó una bolsa de cuero que estaba
a su izquierda. De su interior sacó un pan. Lo dividió y
nos entregó los trozos. Tuvo que insistir mucho para que
los tomáramos y los comiéramos. Él trataba de ser amable
y elegía muy bien las palabras para tranquilizarnos, pero
nosotros nos sentíamos demasiado mal como para atenderlo.
Se
puso de pie y colocó sus manos en la cintura. Con un tono
divertido nos dijo:
-
Los conás están muy flojitos todavía...
-
¡Somos chicos para ser guerreros!. ¡Y su lucha no es la
nuestra! -le grité.
El
mensajero me miró a los ojos profundamente y sentí que su
mirada llegaba hasta mi corazón. Hizo un silencio que me
pareció larguísimo, en el que me arrepentí de mis
palabras. Bajé la mirada con vergüenza.
-
Ya llegará el tiempo en que los pueblos entiendan que la
tierra nos reclama a todos por igual. Que cada uno es parte
de las cosas y que las cosas tienen espíritu. Cuando todos
comprendamos lo que la tierra nos dice y nos ofrece,
estaremos en condiciones de compartir. Y no habrá más
divisiones. Y se terminarán las guerras y las discusiones.
Somos todos guerreros en esta lucha por el orden de las
cosas. Por un motivo que no me es dado conocer, ustedes
recibieron un llamado privilegiado de la tierra. No pueden
renunciar a él. No pueden renunciar a ella. En la esencia
de sus corazones está la esencia de la tierra que los
necesita. Busquen allí la fuerza y las respuestas.
-
Yo... -dijo Melisa en un hilo de voz- ...yo quiero ir con mi
mamá...
-
Yo también... -agregó Maxi.
Ñancupán
volvió a tomar asiento y meditó mucho antes de volver a
hablar. Mientras tanto, me acerqué a Melisa y la abracé.
Estaba temblando. Miré al mensajero apurando una
explicación, pero él se tomó el tiempo que quiso.
-
El miedo que sienten es un invento de sus mentes -dijo el
mensajero.
«Qué
va a ser un invento. Cómo se nota que éste no está en
nuestro lugar» pensé yo.
-
Escuchen la voz de sus corazones, no la de sus cabezas
-continuó-. Ellos les van a decir las palabras correctas y
les van a indicar los caminos favorables. Perciban el temor,
que es un gran aliado en las decisiones importantes, pero no
atiendan los gritos del miedo, porque el miedo paraliza.
Ñancupán
adoptó entonces un tono casi paternal:
-
Ya regresarán a sus casas. Ya se liberarán de esta
responsabilidad. Sus familiares sabrán en poco tiempo que
no deben temer por sus vidas. Y cuando la guerra termine, se
sentirán orgullosos de ustedes, que aprenderán secretos de
la tierra que de otro modo no conocerían jamás.
Maxi
frotaba sus manos con mucho nerviosismo y Melisa seguía
aferrada a mí, que intentaba creer cada palabra del
mensajero para sentirme mejor, pero a la vez quería
encontrar el modo de regresar a casa con mis amigos.
-
Todo esto por culpa de mi tatarabuelo... -dijo Maxi en un
susurro, muy enojado con su antepasado explorador.
-
Todo esto por culpa de mucha gente del pasado y del presente
-le replicó Ñancupán.-. La ambición por el dinero y el
poder hicieron lo que es. Pero no somos pocos los que
estamos trabajando para devolver a la tierra lo que es de la
tierra y al hombre lo que le pertenece. No hay modo de que
vuelvan a su mundo sin que antes colaboren en la búsqueda
del cultrún. Sólo estarán a salvo cuando el cultrún lo
esté. Recién entonces podrán abandonar el Otro Mundo. No
olviden que Ankatrür está dispuesto a hacer cualquier cosa
con tal de apresarlos.
Cuando
terminó de decir esto, se puso de pie nuevamente.
-
Recuerden esto también: no hay peligro más grande que
ustedes. Las fuerzas que poseen en su interior son mayores a
cualquier peligro de este mundo. Para enfrentarlo, sólo
deben hallar esa fuerza. Pónganse de pie -ordenó.
Con
mucho esfuerzo, porque ya estaba entumecido, me levanté.
Ayudé a Melisa y ésta a Maxi. Creo que a esta altura de
los acontecimientos nos sentíamos resignados a nuestro
destino. A diferencia de lo que había ocurrido en la Gran
Salamanca el año anterior, esta vez la historia era
distinta, ya que Ñancupán no nos había aclarado que lo
que tendríamos que pasar duraría una noche nada más, sino
que la cosa venía para largo y que nuestros padres ya
estaban enterados de nuestra desaparición. Estaba a punto
de pedirle al huerquén que se las ingeniara para llevarles
tranquilidad, cuando nos dijo que lo siguiéramos al
interior de su ruca porque tenía que entregarnos algunas
cosas que nos harían falta.
Nos
dispusimos a seguirlo, pero antes de hacerlo, tomé del
brazo a mis amigos y los alenté para que hiciéramos lo que
él decía, ya que era la única persona en quien podíamos
confiar y teníamos pruebas suficientes como para creer que
él estaba de nuestro lado.
-
Sí, pero yo me quiero ir -repitió Maxi.
-
Todos nos queremos ir -le contesté-. Esperemos que esto
termine pronto...
Comencé
a avanzar seguido por Melisa, que no soltaba mi mano.
Detrás de ella iba Maxi.
Ingresamos
en una dependencia de la cueva luego de pasar por un pasillo
angosto y bastante oscuro. La habitación tenía una luz muy
particular. Era suave y no se veía qué la generaba. Vimos
muchos bultos, todos ellos de cuero atados con sogas o
tientos.
Ñancupán
se dirigió a uno muy grande y de él extrajo lo que para
nosotros eran simples pedazos de cuero, pieles de animales y
mantas de lana. Cuando desplegó todos estos elementos sobre
otras tres bolsas, vimos que eran prendas de vestir. Sobre
cada una de esas bolsas fue armando los equipos que nos
corresponderían a cada uno.
Cuando
terminó esa tarea, nos ordenó acercarnos. Antes de
entregarnos las cosas, nos advirtió que no se trataba de
simple abrigo, el que íbamos a necesitar desde el mismo
momento en que abandonaríamos la ruca; sino que cada prenda
tenía un don especial, poseyendo todo el conjunto, un gran
poder de protección para nosotros.
Tomó
para los varones un par de botas de cuero, un poncho de lana
bastante pesado y un morral con algunas cosas en su
interior. Para la niña del grupo, botas más livianas, una
túnica color azul, una vincha para sujetar su cabello y
otro poncho, de una confección más delicada, del mismo
color que la túnica. Cuando le entregó el morral a Melisa,
comentó que dentro de él había remedios y algunos
utensilios que podrían sernos útiles para la cordillera.
-
¡Qué! ¿Vamos a ir a las montañas? -preguntó alarmado
Maxi, lamentando por anticipado distanciarse todavía más
del pueblo.
-
Ya estamos en las montañas -respondió sin mirarlo
Ñancupán.
Maxi
me miró desesperado, como pidiéndome que hiciera algo,
pero no pude hacer otra cosa que encogerme de hombros.
¿Qué podíamos hacer a esta altura? Melisa, con sus
prendas en la mano, me miró y por primera vez desde nuestra
estancia en la ruca del mensajero, me sonrió. Su fortaleza
me infundió confianza y mientras nos poníamos las prendas
nuestro humor fue cambiando. A Maxi le costó más, pero
cuando se vio con las botas, el poncho y el morral colgado,
hasta le causó gracia. Pero lo que no le causó demasiada
gracia fue tener que abandonar allí sus zapatillas, que a
diferencia de las de Melisa y las mías, eran de las más
caras.
Ñancupán
estaba muy ocupado extrayendo cosas de las otras bolsas,
disponiéndolas sobre el piso con mucho cuidado. Había un
puñal brillante, como de plata, boleadoras, bolsitas muy
bien cerradas, otro cultrún sobre el cual aparecía un
dibujo en forma de cruz pintado con colores vivos, un hacha
pequeña y otros elementos que parecían adornos o joyas. Se
colocó uno de esos adornos sobre el pecho, guardó el resto
de las pertenencias en un morral más grande que el
anterior, juntó sus manos como rezando y luego de una pausa
nos dijo con voz serena pero firme:
-
Debemos irnos. Aquieten sus corazones y acallen sus mentes.
Sientan la fuerza de la tierra y beban la energía del
viento cuando salgamos de aquí.
-
¿Adónde vamos? -preguntó Melisa.
-
A buscar a Huechupagi, de quien ustedes sólo conocen su
esqueleto -respondió con ironía Ñancupán.
LAS
ALAS DE OLIVERIO
(2003)
INTRODUCCIÓN
El
recorte periodístico y una anciana misteriosa
Hace
algunos años, recibí por correo un sobre extraño: no
tenía remitente, era color amarillo intenso y en su
interior sólo había un recorte periodístico.
Alguien
había cortado con mucha desprolijidad, un artículo en el
que aparecía el título cortado, una fotografía o un
dibujo y una pequeña parte de la nota. El papel estaba
amarillento, por lo que deduje se trataría de un recorte
muy antiguo.
Pero
lo que más me llamó la atención fue la fotografía o el
dibujo que se hallaba muy borroneado por el paso del tiempo.
En ella (o él) se adivinaba la silueta de un niño con
alas, sentado en cuclillas y por delante suyo, líneas
gruesas más desdibujadas aún.
Descifrando
el contenido del artículo, supe que efectivamente era un
niño con alas y que las líneas gruesas eran los barrotes
de una jaula. El título decía «Un ángel en la ciudad
será pres...» y allí se interrumpía por el corte grosero
de quien había estado interesado en rescatar la noticia.
Leyendo
el contenido de la nota, concluí que se trataba de un hecho
que había capturado la atención del periódico y, por lo
que decía, de toda una ciudad, aunque no pude enterarme
jamás cuál era. Para colmo, del otro lado del recorte se
leía parte de un aviso publicitario de ropa para hombres.
¿Quién
me había enviado la carta y cuáles eran sus intenciones?
Tampoco lo supe.
Desde
el momento en que la recibí, me dediqué a investigar en
cada ciudad que visitaba, lo que denominé «el caso del
chico con alas». Visitaba los periódicos más antiguos y
las hemerotecas (los archivos de diarios y periódicos)
públicas y privadas, entrevistaba a los pobladores más
viejos y, desde que tenemos acceso a Internet, entraba en
todos los sitios posibles para conocer más sobre este
asunto. Pero era inútil: no hallaba información.
Recién
el año pasado, cuando me radiqué en Esquel, pude
reconstruir la historia gracias a una señora muy anciana
que apareció en mi casa una tarde de julio, bajo una nevada
espesa. Ella dijo que se había enterado que yo estaba
averiguando sobre «el angelito» y que estaba dispuesta a
contarme todo lo que sabía. Así lo hizo durante casi
cuatro horas. Al cabo de ese tiempo, un remis la vino a
buscar y se fue tan misteriosamente como había llegado. No
quiso decirme cómo conocía ella tantos detalles de los
hechos, ni su nombre ni domicilio.
Nunca
más la vi.
Puesto
a desgrabar el casete, me encontré con la sorpresa de que
no había registrado nada de la conversación.
No
me quedó más remedio que reconstruirla con mi memoria.
Espero
ser fiel al relato de la anciana.
Espero
rescatar lo mejor posible la historia de Oliverio, el chico
con alas...
Capítulo
I
El
día después del cumpleaños
En
realidad, a Oliverio no le molestó tanto que le crecieran
alas, como la picazón que éstas le producían al aparecer.
No
había terminado de apagar las siete velas de su torta de
cumpleaños, cuando un cosquilleo insistente se instaló en
su espalda.
-
Debe ser mugre -opinó el papá sin mirarlo, más preocupado
en almorzar que en el bienestar de su hijo.
-
Se bañó esta mañana -acotó la mamá desde la cocina
donde preparaba más comida para el hombre de la casa.
Oliverio
los miraba con ingenuidad. Toda la noche y toda la mañana
estuvo refregándose en la cama, rascándose en el marco de
la puerta, contra la pared, el roble del patio... Las ojeras
le imprimían a su rostro infantil una desdicha inigualable.
Ahora esperaba que la picazón cesara para, por lo menos,
poder dormir la siesta y correr a jugar con sus amigos.
-
Comé, querido -le pidió una vez más la mamá con dulzura,
pero Oliverio no podía. La fatiga y la picazón le
impedían siquiera levantar sus brazos. Sólo atinaba a
rascarse contra el respaldo de la silla con suavidad, para
que su papá no lo retara nuevamente.
-
Si no come, esta tarde no juega -sentenció él con el vaso
de vino en una mano y con el tenedor en la otra.
-
Dale, comé aunque sea un poquito -insistió en voz baja su
mamá.
Oliverio
la miró como pidiendo más comprensión y se llevó a la
boca un pedazo de papa, pero no pudo tragarla. El malestar
era superior.
-
Báñelo de nuevo y llévelo al médico -ordenó el padre,
que jamás tuteaba a su esposa ni a Oliverio, agregando
levantándose de la mesa:
-
Lo único que faltaba... ¡Un hijo sarnoso!
La
mamá, acariciándole la espalda, lo acompañó hasta la
habitación.
Corrió
las cortinas para oscurecer el ambiente, acomodó al
pequeño en la cama y acariciándole la frente le sugirió
que descansara, que a las cuatro irían al médico juntos.
-
Pero... ¡Pica! -exclamó angustiado Oliverio.
Ella
no dijo nada. Cerró la puerta y continuó con sus
quehaceres abrumada por la situación. Oliverio dio vueltas
en la cama, pero no pudo dormir. Cuando parecía que se
estaba quedando dormido, regresaba ese malestar en la
espalda. Eran como pequeñas agujas que en lugar de doler,
picaban.
A
las tres y media, la mamá entró en la habitación.
-
Vamos, querido. Levantate -le dijo mientras descorría la
cortina y la luz lastimaba la vista de Oliverio, a quien las
ojeras se le habían acentuado en ese par de horas.
La
madre lo ayudó a levantarse y lo llevó al baño. Después
de que se quitara la ropa, lo giró para observar la
espalda, ansiosa por hallar la causa de tamaña molestia.
Ahogó
un grito de horror, que Oliverio advirtió, pero el pequeño
no se atrevió a preguntar nada. Percibió que algo grave
estaba ocurriendo y la angustia le cortó por un instante la
respiración.
-
¡Dale, vestite rápido! -le ordenó sin más y juntos
partieron presurosos al médico.
Mientras
iban por la calle, Oliverio vio a algunos de sus amigos que
lo aguardaban como siempre en la esquina, para jugar.
Los
chicos miraron extrañados el rostro desencajado de la madre
y el estado lamentable de Oliverio. Ni siquiera lo saludaron
con la mano.
Oliverio
era arrastrado por su madre rumbo al consultorio.
Iba
llevado casi en vilo hacia una verdad tan extraña como
incomprensible: el único médico del pueblito, un hombre de
unos ochenta años, famoso por sus diagnósticos certeros,
no dudó en señalar con voz grave:
-
A este chico le están saliendo alas.
La
mamá se desmayó al instante. El médico llamó a su
secretaria para que la reanimara y palmeando la espalda del
niño, a la altura de las incipientes alas, le dijo con una
sonrisa:
-
Esto no es nada, hijo... Conocí a un hombre al que le
salieron unos terribles cuernos de ciervo. Y vivió veinte
años más que yo...
Oliverio
giró su rostro buscando aunque sea una palabra de aliento
de su madre, pero se encontró con la cara de la secretaria
que lo miraba casi con asco.
«Tengo
un problema», pensó Oliverio y se sentó a esperar que su
madre volviera en sí para que le rasque la espalda en casa,
mientras sirviera la merienda. Ahora, aparte de la picazón,
tenía mucho apetito...
Capítulo
II
El
cumpleaños de Oliverio
Los
preparativos del cumpleaños número siete de Oliverio no
habían sido como los de un hogar común: el padre había
estado renegando una semana entera por lo que él creía que
iba a ser una invasión de chiquilines traviesos dispuestos
a dar vuelta la casa; la mamá estaba tan preocupada por las
tarjetas, que no hacía más que hablar de ese tema; sus
abuelos paternos habían llegado de muy lejos sólo para
sacarle fotos y una de sus tías -la solterona- insistía en
vestirlo con un absurdo traje de comunión de un primo mucho
más grande que él, que parecía más el de un novio que de
un chico que iba a cumplir años.
Oliverio
vivía todo eso con mucha paciencia y resignación. Cuando
podía, se escapaba a jugar con sus amigos. A todos ellos
les encantaba imaginarse piratas o policías; inventaban
juegos con piedras y palitos, o simplemente recorrían el
Jardín Botánico del pueblo en busca de pajaritos caídos
para ayudar o muertos para observar con curiosidad de
científicos.
El
Jardín había sido creado por un importante señor de la
historia del pueblo. Pueblo éste que jamás había llegado
a ser una ciudad grande, como él lo había imaginado. En su
herencia, donó a la municipalidad esa propiedad para que
allí las generaciones futuras tuvieran un sitio de
esparcimiento sano y puro y de contacto con la naturaleza.
Las autoridades aceptaron muy gustosas la donación e
inmediatamente plantaron árboles de muchas especies, según
el diseño de un especialista en el tema que fue traído a
propósito desde la ciudad.
Pero
el pueblo de Oliverio está rodeado por montes y bosques,
ríos y lagos, por lo que el Jardín Botánico era utilizado
sólo por los niños como él y por los ancianos que
buscaban un sitio agradable y cercano para charlar o leer el
diario.
Dos
días antes del festejo, Lucas, uno de sus mejores amigos,
le dijo a modo de orden:
-
Acordate que antes de soplar las velas tenés que pedir un
deseo.
Oliverio
dejó a un lado un escarabajo al que le hacía transportar
un palito, para preguntarle:
-
¿Por qué?
-
Porque sí. Porque es lo que se hace antes de apagar las
velas -afirmó muy seguro Lucas-. El año pasado yo pedí
este reloj y a la semana, unos tíos míos llegaron de la
ciudad con el regalo...
Oliverio
admiraba el reloj de Lucas, que marcaba las horas al revés,
pero nunca se le hubiera ocurrido desear algo semejante. De
hecho, era un chico que se conformaba con lo que tenía y
hasta era un problema obsequiarle algo. Cuando se le
preguntaba qué quería de regalo, él siempre decía lo
mismo:
-
Cualquier cosa.
Por
eso, cuando Lucas le dijo eso, a Oliverio se le complicó
aún más el asunto del cumpleaños. Por más que buscaba en
su memoria, en las vidrieras de los negocios, no hallaba
nada que deseara realmente.
A
la mañana siguiente, sentado solo en el mismo banco que el
día anterior, seguía pensando qué podría pedir antes de
soplar las velas, pero nuevamente su cabeza estaba vacía de
deseos. Le había comentado a su mamá la charla con Lucas,
y había recibido de ella una respuesta muy breve, ya que
estaba demasiado ocupada en las últimas tarjetas:
-
Mmmmm... Sí... Sí, tenés que pedir un deseo...
Pero
no supo indicarle qué podía ser.
Intentó
preguntarle a su papá en el taller, pero lo único que
recibió por respuesta fue:
-
Alcánceme aquella pinza y ojito con ensuciarse porque sino
se arma...
Solo
en el banco, Oliverio pensaba qué podía desear para
satisfacer los requisitos de un buen cumpleaños cuando se
detuvo en el vuelo de una paloma gris y blanca que bajaba al
sendero a buscar algunas migas u otra cosa para comer.
El
asunto se había transformado en un problema, porque no
deseaba nada. Sentía que era una gran responsabilidad y él
era un chico responsable. Agotado por pensar en vano,
observando la paloma que mansamente se acercaba a sus pies,
admiró la simpleza de su vida y hasta casi sintió envidia.
-
Ustedes sí que no tienen problemas... -reflexionó-.
¡Cómo quisiera ser como ustedes...!
Finalmente
decidió dejar para después la decisión y regresó a su
casa para ser martirizado nuevamente por sus parientes, por
el traje inmenso que necesitaba continuos retoques, por las
fotos incesantes de sus abuelos, las protestas de su papá y
las corridas de su mamá.
La
tía lo perseguía por la casa con agujas y alfileres para
ajustarle el saco y el pantalón, mientras sus abuelos se
divertían con la situación y tomaban decenas de
fotografías. Cada vez que pasaba cerca de su papá, éste
le hacía sentir su disgusto por la batahola lanzando gritos
descomunales, mientras que la mamá se quejaba porque nadie
le prestaba atención a su tarea.
La
casa era un caos; y no lo fue menos el día siguiente, el
del cumpleaños, cuando lo levantaron muy temprano para
continuar con los preparativos. Pero ahora era diferente,
porque ese día había que preparar los sandwiches, los
refrescos, las bandejas con los dulces, las bolsitas con
souvenirs, etc. Y la infaltable piñata, que puso los pelos
de punta a su papá cuando se enteró que llevaba harina en
su interior. Los abuelos de Oliverio le recomendaron que se
quedara todo el día en el taller, y afortunadamente él les
hizo caso.
De
todas maneras, la casa parecía un regimiento en pie de
guerra.
Oliverio,
cada vez que podía, se escapaba a la vereda a tomar aire y,
con suerte, jugar con algún vecino, pero los parientes eran
más fuertes y lo devolvían a la casa acusándolo de mal
anfitrión y desagradecido.
-
¡Cuántos chicos querrían tener una fiesta como la que vas
a tener! -le decía su tía.
-
Todo esto es para vos, para que tengas un feliz cumple -le
señalaba en el oído su abuela.
-
A ver esa cara de cumpleañero... -decía su abuelo
apuntando la cámara.
-
¿Te gustaron las tarjetas? -le preguntaba su mamá a cada
rato.
-
Si llegan a romper algo, lo pagará el que lo rompa
-amenazaba su papá desde el taller.
Pero
ninguno, esa mañana, lo despertó con un beso y el típico
«feliz cumpleaños» de tan ocupado que estaba en sus
propias ocupaciones.
A
la hora de la siesta, los preparativos se hicieron
vertiginosos. El traje quedó listo aunque sobraba tela por
todos lados. Las manos de Oliverio habían desaparecido
debajo de las mangas del saco, al igual que sus pies debajo
de las botamangas del pantalón. El cuello de la camisa era
demasiado holgado y en realidad parecía un disfraz antes
que un traje de fiesta.
Los
abuelos estaban más animados que antes, lo que quiere decir
que los rollos de fotografías iban cayendo dentro de un
bolsito repleto de imágenes de un Oliverio que deseaba
fervientemente estar en otro lugar. Por suerte, tanto ellos
como su tía regresarían a la ciudad apenas terminara la
fiesta.
A
las cinco, comenzaron a llegar los chicos. La mamá estaba
al borde de la histeria. La tía se ocupaba de darles
órdenes para que comieran o jugaran, según se le ocurría
a ella lo que quería que comieran o jugaran.
Lucas
se acercó a Oliverio y después de entregarle un regalo, le
susurró en el oído con tono burlón:
-
Pavada de fiesta te organizaron...
Él
prefirió no decir nada. De hecho, nada podía decir. Estaba
cansado.
Finalmente
llegó el momento que Oliverio había olvidado por completo
durante un minuto: frente a él tenía la torta inmensa, que
había comprado la tía en la panadería, y que había
decorado exageradamente la mamá, que le pedía a los
abuelos que la fotografiaran antes de que fuera devorada por
los chicos.
Lucas
adivinó la preocupación de Oliverio y con maldad observó
en voz alta, para que escuchen todos:
-
Tenés que pedir un deseo...
-
¡Eso! -gritaron los chicos- ¡Pedí un deseo!.
-
¡Pero con los ojos abiertos, así salís bien en la foto!
-ordenó el abuelo.
Oliverio
sintió que el tiempo se detenía al igual que su mente. No
se le ocurría nada y la insistencia era cada vez mayor.
Todos gritaban al mismo tiempo ordenándole que se apurara o
sugiriéndole aquellas cosas que ellos querían para sí.
El
muchachito desobedeció a los abuelos y cerró los ojos para
pensar con más claridad, y se vio en el Jardín Botánico.
Entonces ningún deseo fue tan fuerte como el querer ser
como la paloma gris y blanca que había observado la mañana
anterior. Mientras el ruido de los familiares y los
invitados se transformaba en un susurro lejano, Oliverio se
oyó a sí mismo desear en ese momento tener las alas de un
pájaro para poder volar lejos de allí y estar en silencio
en el cielo. Imaginarse volando solo, a gran altura,
disfrutando de la distancia de esa fiesta, hizo que sonriera
y que todos creyeran que la petición había sido enunciada
en la cabeza del festejado.
-
¡Por fin! -exclamaron todos.
-
¡Pero cerraste los ojos, querido! -le reprochó la abuela.
Cuando
Oliverio bajó del cielo y regresó a la fiesta, ésta se
transformó en una vorágine de imágenes que comenzaron a
sucederse de una manera tan distante a él, que en vez de
ser el protagonista, pasó a ser el espectador. Veía todo
como si fuera una película. Y ya no le pesaron tanto ni el
ruido ni las exigencias de sus parientes ni la de sus
amigos.
Cuando
se quiso acordar, ya era casi de madrugada y la mamá,
extenuada, le daba un beso en la mejilla deseándole buenas
noches y quejándose de que nadie hubiera elogiado la torta
ni las tarjetas.
Oliverio
cerró los ojos para descansar de esos días agotadores pero
lo que en un principio fue una molestia leve, luego se
convirtió en una picazón insoportable en su espalda.
Capítulo
III
La
primera reacción del pueblo
El
mismo día de la consulta al médico, la noticia corrió por
el pueblo con la velocidad de un rayo y en cuestión de
minutos, cientos de vecinos estaban agolpados en la puerta
de la casa de Oliverio queriendo ver el «fenómeno». Por
su parte, la madre entró en un estado de angustia tal que
no sabía qué hacer con el problema ni con las chusmas del
barrio que le aconsejaban las cosas más inverosímiles.
Encima, el padre no ayudó en absoluto. Sólo se limitó a
señalar:
-
Ya sabía yo que este chico iba a salir deforme...
La
desorientación de la madre y -según el médico- la
imposibilidad de la medicina de actuar frente a este tipo de
patologías, hicieron que los vecinos desplegaran un
vademécum de consejos y recomendaciones. Afortunadamente
para la madre y para Oliverio, el papá echó a todos de la
casa y puso una tranca en la puerta principal. Todos
siguieron elaborando teorías y soluciones en la vereda.
Algunos
estaban de acuerdo en que esa «enfermedad» sólo podía
ser tratada por un curandero; otros, que era un enviado del
diablo; así como muchos creyeron que estaban ante la
presencia de un ángel.
-
Le hicieron un daño y tiene que ver a los curanderos
-opinaban algunos.
-
Es un engendro del demonio -sentenciaban otros.
-
Es un ángel, pobrecito... -aseguraban muchos y prendían
velas en la vereda de la casa.
-Lástima
que los abuelos y la tía se fueron, sino por lo menos
hubiéramos podido ver una fotografía de lo que tiene -se
lamentó otro vecino que había ido a la fiesta de
cumpleaños.
Cuando
tomó conocimiento del asunto, el intendente del pueblo se
reunió con el cura para analizar el problema.
-
Usted tiene que hacer algo -le dijo el funcionario al cura-.
Este es un pueblo tranquilo... Mejor dicho, «era» un
pueblo tranquilo hasta que Dios o el Diablo se decidieron a
jugar con nosotros.
-
No confunda las cosas. Dios no tiene tiempo para jugar...
-replicó el religioso sin explicar qué hace el Diablo con
su tiempo, dejando así lugar a una duda terrible en la
cabeza del intendente-. Además, esto puede ser un capricho
de la naturaleza. Demasiado bien se está portando ella con
nosotros, con el desastre que todos los días provocamos con
nuestras conductas...
-
No me importan los discursos ecologistas -interrumpió el
intendente-. Lo que quiero es que se restablezca la paz en
este lugar. Y si es necesario recurrir a la fuerza, lo
haré.
Dicho
esto, el funcionario se retiró sin saludar y el cura se
abocó a escribir un detallado informe al obispo, que
enviaría con el correo que salía el mes siguiente.
El
intendente era un hombre bueno, pero bastante ignorante.
Había sido elegido por los vecinos por su conducta honesta
al frente de la ferretería del lugar. Y porque era gustoso
de organizar bailes populares en los que no faltaba comida y
bebida gratis para todos. Esta cuestión sobrepasaba su
límite de comprensión y era la primera vez que veía al
pueblo convulsionado de esa manera. Algo parecido había
ocurrido hacía muchísimos años atrás con el señor de
los cuernos de ciervo, pero él era entonces muy pequeño
para recordarlo hoy con detalles; además, la población era
mucho menor que la actual y por ende la repercusión había
sido menor también.
Se
dirigió a la comisaría, pero el comisario no se encontraba
allí.
-
Está en la casa del chico alado -le informó el oficial de
la entrada.
-
¡Ah, bueno! -se consoló el intendente-. Me imagino que
estará tomando medidas...
-
No -dijo lacónicamente el policía-. Fue a chusmear nada
más...
El
intendente estalló en una ira tal, que se le subió la
presión y tuvieron que llamar al médico. Cuando se
recuperó, el anciano le sugirió que tomara el asunto de
otra manera:
-
No se haga tantos problemas, hombre. Son sólo un par de
alas. Peor sería que a usted le apareciera un partido
político nuevo en el pueblo.
El
funcionario, un poco atontado por una pastilla que le había
hecho tragar el médico y otro tanto por las emociones de
ese día, pensó que tenía razón.
-
Pero ¿qué tengo que hacer entonces? -preguntó
inocentemente.
-
Relajarse y dejar que la gente se canse. Mañana todo el
mundo habrá olvidado el asunto.
Al
atardecer de ese día, el papá de Oliverio, cansado por los
golpes de los vecinos en la puerta de su casa pidiendo ver
al enfermo - ángel - demonio, sacó de la cama al pequeño
y lo mostró desde una ventana.
-
¡Miren! -gritó con furia levantando a Oliverio-. ¡Miren
su espalda! ¡Le están saliendo alas! ¿Y qué? A usted se
le está cayendo el pelo -le gritó a una señora que se
mostraba horrorizada por el dorso de Oliverio-. Y usted no
tiene nariz, ¡tiene una batata! -dijo señalando a otro
vecino.
De
esta manera, comenzó a detallar los defectos de los
presentes, que se fueron retirando con vergüenza. La mamá
de Oliverio lloraba en silencio unos pasos atrás.
El
último que quedó en la calle fue Lucas, pero el papá de
Oliverio no le dijo nada. Simplemente cerró de un golpe la
ventana y bajó a su hijo.
-
Vaya a su pieza y no hable con nadie por una semana -le
ordenó.
Antes
de encerrarse otra vez en el taller le dijo a su esposa:
-
En la mesa de la cocina dejé un alicate bien afilado.
Recórtele «eso» al ras de la piel todos los días... Y
prepare la cena, que ya es tarde.
Oliverio
regresó a la habitación. La mamá lo acostó boca abajo y
con ayuda de la lámpara empezó a observar en detalle los
plumones muy suaves que comenzaban a aparecer en la piel del
pequeño; algunos blancos, otros grises. Los acarició con
mucha suavidad y eso calmó mucho la picazón.
-
Son hermosos... -susurró olvidando por completo su
angustia.
Oliverio
fue quedándose dormido después de dos días de insomnio.
La
mamá lo dejó descansar y sin hacer ruido salió de la
habitación.
Al
pasar cerca de la puerta de calle, oyó un ruido muy leve.
Giró la cabeza pero no vio la tarjeta que alguien deslizaba
desde el exterior.
En
ese momento sonó el teléfono.
Góos
y Kóokne
(2002)
La
ballena Góos y la niña triste
Cuenta
la leyenda que Góos, la ballena que hace muchísimos años
vivía en la tierra, provocaba muchos problemas a los
tehuelches, ya que con su enorme cuerpo destrozaba todo a su
paso.
Pero
eso no era todo: cuando Góos bostezaba, aspiraba lo que se
encontraba a su alrededor, tragándose a las personas,
animales, plantas y cosas. Esto era muy peligroso para los
habitantes de la Patagonia, por lo que decidieron llamar a
Elal, el héroe que desde siempre había ayudado y ordenado
la vida de esos pobladores, que no conocían la causa de
tales desgracias.
Elal
investigó lo que estaba ocurriendo y descubrió que Góos
era la responsable de tantas pérdidas. Como la ballena no
obedeció la orden de abrir la boca, Elal, que tenía
poderes mágicos, se convirtió en tábano. Tanto molestó a
Góos, que la ballena resolvió comérselo. Y lo hizo. Pero
Elal no murió, sino que en su panza encontró a las
personas, animales y cosas que habían desaparecido. Algunos
dicen que todavía convertido en tábano, picó el estómago
de Góos provocándole un estornudo con el que arrojó a
todos hacia afuera y que en el exterior, Elal recuperó su
forma humana. Otros, que este héroe volvió a convertirse
en hombre en el interior de la ballena y que con un cuchillo
le abrió la panza para que todos salieran.
De
todas formas, las distintas versiones cuentan que después
de que las víctimas abandonaran el interior de Góos, Elal
le ordenó que fuera a vivir al mar y que nunca regresara a
la tierra; y que una vez allí, la ballena cambió sus patas
pequeñas por aletas y se sintió muy cómoda y liviana
nadando sin límites en el océano.
Esto
es lo que dicen las leyendas... Pero ocurrió algo más que
nadie ha contado hasta ahora...
A
los pocos días de que Góos se internara en el mar, los
habitantes de la costa observaron un hecho que les pareció
inaudito: la ballena se acercaba a la playa todos los
atardeceres; y a una distancia prudencial, nadaba de aquí
para allá emitiendo un sonido muy triste.
Algunos
opinaban que Góos lamentaba haber abandonado la tierra;
otros, que quería dar lástima para que los hombres le
pidieran a Elal que la perdonara y así regresar a provocar
destrozos. Unos pocos, los más ingenuos, creían que la
ballena expresaba así su arrepentimiento por los daños
causados.
Mientras
el sol caía a las espaldas de los habitantes del lugar,
todos observaban el extraño espectáculo haciendo distintas
especulaciones. Menos una niña, que era la única que
permanecía en el sitio cuando todos se retiraban a sus
toldos.
La
pequeña se sentaba a la orilla del mar y con los ojos
llenos de lágrimas veía cómo la ballena agitaba las aguas
suavemente cantando su canción de pena.
Cuando
el sol desaparecía en el horizonte permitiendo a la luna
ser la dueña del firmamento rodeada de millones de
estrellas, la niña regresaba a su toldo cabizbaja.
Sus
padres no comprendían la tristeza de la pequeña y, como el
resto de los habitantes del lugar, se enredaban en
suposiciones que nada tenían que ver con la realidad.
-
¿Qué te pasa, hija mía? -preguntaba la madre.
-
¿Estás enferma? -preguntaba el padre.
Pero
la niña no respondía. Tal era el tamaño de su tristeza.
Los
padres estaban desconsolados. Su hija había perdido el
apetito y pasaba sus horas secando lágrimas y suspirando.
La
ballena, por su parte, tampoco comprendía qué le pasaba.
Sentía que desde el fondo de su estómago la invadía una
angustia imposible de explicar. Un nudo gigante le
aprisionaba la garganta y todo el tiempo deseaba, al igual
que la pequeña, llorar. Pero no podía.
Cuando
no se acercaba a la playa, nadaba en las profundidades del
océano intentando perder esa pena, quería alejarse de
ella. Pero era inútil, porque la tristeza estaba dentro de
ella.
-
¡Elal, Elal! -se lamentaba Góos-. ¿Qué me has hecho? Me
has enviado a un mundo más cómodo y tranquilo, donde puedo
moverme sin lastimar a nadie, en el que puedo sentirme sin
peso y donde todas las criaturas son mis amigas. Pero me
estás haciendo pagar muy caro el precio por mi torpeza en
la tierra... ¿Por qué no me quitas esta pena?
La
ballena y la niña pasaban así sus días y sus noches. Y
nadie sabía por qué razón...
Un
día Elal decidió darse una vuelta por la Tierra para ver
cómo estaban los hombres, si necesitaban algo o si debía
ordenar alguna otra cuestión.
Todo
estaba marchando bien, y Elal estaba satisfecho por la
conducta de los hombres, pero hubo algo que le llamó
poderosamente la atención y fue la caravana de personas que
todas las tardes se acercaba a la playa para observar el
misterioso espectáculo que ofrecía la ballena Góos.
Elal
miró con mucho detenimiento lo que sucedía allí y
comenzó a preguntar a cada uno de los presentes qué le
pasaba a la ballena. Pero ninguno de ellos supo responderle.
Una
vez más, cuando la oscuridad iba ganando la playa, los
espectadores fueron retirándose a sus toldos. Pronto
quedaron sólo Elal y la muchachita, sentada sobre una gran
piedra mirando con los ojos llenos de lágrimas hacia el
horizonte, donde la ballena comenzaba a perderse con sus
lamentos estruendosos.
Elal
tomó asiento junto a la niña, pero no le preguntó qué le
ocurría. Ella no se dio cuenta de la compañía y su vista
siguió perdida en el horizonte, nublada por el llanto.
Cuando
finalmente se hizo de noche, la pequeña se levantó con
mucha lentitud de su asiento y se dirigió a su toldo. Elal
había desaparecido de su lado: creía intuir cuál era la
razón de su pena y la de la ballena.
Esa
noche Elal utilizó sus poderes mágicos para convertirse en
pez y nadar en las profundidades del océano para encontrar
a Góos, que vagaba sin rumbo tratando infructuosamente de
quitarse la tristeza.
Cuando
la divisó desde lejos, Elal nadó con rapidez hacia ella,
oyendo su canto. Pero a medida que se aproximaba a la gran
ballena, escuchaba una voz que cantaba la misma canción
desde algún lugar remoto. Cuando estuvo junto a Góos no le
quedaron dudas de que esa voz provenía del interior del
animal.
Elal
regresó a la playa y volvió a convertirse en hombre. Se
sentó a la orilla del mar y esperó pacientemente la
llegada del nuevo día.
A
la tarde, muy temprano, mucho antes de que llegaran los
curiosos, apareció la niña. Elal se acercó a ella y
tomándola de la mano, la condujo hasta que las aguas del
mar bañaron sus pies descalzos.
Pronto
apareció en la distancia la ballena Góos, trayendo consigo
su inexplicable pena. A una orden de Elal, la ballena se
aproximó a la playa quedando a unos pocos metros de él y
la pequeña.
Góos
miró a la niña y ésta miró a la ballena. Esta vez Elal
no necesitó ordenarle que abriera su boca: ella sola lo
hizo porque al ver a la pequeña comprendió cuál era la
razón por la cual la angustia brotaba desde lo más
profundo de su interior.
Muy
lentamente la gran boca de la ballena fue abriéndose hasta
permitir que la niña pudiera ingresar en el interior. Al
mismo tiempo, los primeros pobladores comenzaron a llegar al
lugar. Entre ellos estaban los padres de la pequeña,
quienes al ver lo que estaba ocurriendo, corrieron
desesperados para evitar que Góos tragara a su hija.
Elal
los detuvo y los tranquilizó diciéndoles que nada le
ocurriría. La madre empezó a llorar desconsoladamente y el
padre la abrazó con fuerza.
Luego
de un largo rato, por la boca de Góos volvió a verse la
silueta de la pequeña, que traía consigo de la mano a un
muchachito de su edad. Los dos salieron de la ballena con el
rostro bañado en lágrimas, pero no de tristeza, sino de
alegría.
Mientras
esto ocurría, la gran ballena sentía que la pena se
desprendía de su interior y se transformaba en un alivio
infinito.
Cuando
la pareja de novios estuvo fuera de la ballena, ésta
necesitó de la ayuda de Elal para regresar al mar, donde se
perdió en las profundidades nadando a sus anchas, con mucha
satisfacción.
El
joven había quedado atrapado en el fondo del estómago de
la ballena cuando Góos vivía en la tierra. Cuando Elal
había liberado a todos sus compañeros de prisión, él
estaba dormido soñando con la niña y no había aprovechado
la oportunidad de quedar libre.
Elal
observó muy contento el reencuentro de la pareja y montando
un cisne, voló de regreso a su hogar.
Cada
atardecer, a partir de ese momento, la niña y el muchacho
regresaron a la playa para recordar, abrazados, su
reencuentro. Y cada tanto entonan la canción que cantaba la
ballena inspirada en la angustia de ese amor desencontrado.
Dicen
que si uno se sienta en la playa al atardecer, puede
escuchar una melodía melancólica que nace de las
profundidades del mar.
Yo
lo hice, pero lo que escuché fue la canción de amor más
tierna que jamás escuché hasta ahora...
Kóokne,
el cisne y Hoiye, el cóndor
Cuenta
la leyenda que Kóokne, el cisne, cuando fue avisado por el
chingolo que la «abuela» de Elal, Terr-Werrr, lo
necesitaba con urgencia, nadó velozmente a su encuentro. La
«abuela» de Elal, no era otro que el ratoncito Terr-Werr,
o Tuco-tuco, como se lo conoce también, quien estaba en el
escondite de Elal, cuando éste era muy pequeño y era
buscado por el gigante Nóshtex, su cruel padre, para
matarlo.
Kóokne,
sin dudarlo un instante, aceptó volar lejos de allí con el
héroe. Dicen que acomodó sus alas como si fuera un nido
para que Elal viajara confortable y seguro, y después de
carretear un poco y despedirse con un grito, levantó vuelo
rumbo al oeste. Atrás quedaba la isla y la amenaza de
muerte. Más tarde, frente a Kóokne y Elal, se presentaba
una montaña azul, el Chaltén. Allí descendió el cisne
que en el camino se hizo muy amigo del niño tan particular;
a punto tal de que en ese viaje lo bautizó con el nombre de
Elal.
Tres
días y tres noches cuidó Kóokne al muchachito. Luego de
ese tiempo, Elal bajó de la montaña para comenzar su obra
en la Patagonia. El cisne se retiró a las lagunas y las
costas del mar, desde donde todos los amaneceres recordaba a
Elal y lo llamaba con un grito.
Cuando
el héroe terminó su obra, regresó a buscar a su amigo
Kóokne para que lo llevara muy lejos de allí, en
dirección al oeste.
Cuentan
que cuando el cisne se agotaba de tanto volar, se lo
comunicaba a Elal, y que éste arrojaba una flecha al mar
donde surgía como por arte de magia una isla donde Kóokne
podía descender para descansar y seguir viaje luego.
Por
estas razones el cisne es un animal sagrado para los
tehuelches. Nadie lo caza ni lo domestica. Y cuando muere,
ningún animal carroñero se anima a tocar el cadáver.
Esto
es lo que dice la leyenda...
Pero
ocurrió algo más que nadie ha contado hasta ahora...
El
cisne cuidó con mucho amor al pequeño Elal y por eso,
cuando el héroe se despidió de él al tercer día, sintió
mucha tristeza. Pero esa tristeza estaba mezclada con la
alegría, porque sabía que Elal haría cosas magníficas y
que él había colaborado en esa tarea.
Luego
de la despedida, Kóokne voló desde el Chaltén a la orilla
del mar y cada mañana recordaba con un grito a su querido
amigo.
Largas
horas pasaba el fiel Kóokne observando el horizonte, en
dirección hacia donde se dirigiría con Elal cuando éste
concluyera su tarea en la Patagonia, aunque hasta ese
momento no lo sabía. Las horas de los primeros días,
después de la despedida del pequeño, eran interminables.
Pero de a poco fue acostumbrándose a su vida normal,
disfrutando de las bondades del paisaje y del nuevo orden
que Elal les regalaba a todos los seres patagónicos.
Hoiye,
el cóndor, enterado de los fracasos de Nóshtex por matar a
Elal, decidió quedar bien con el gigante vengándose del
responsable del escape del héroe: Kóokne. Levantó vuelo
de la isla y se dirigió hacia la montaña azul donde el
cisne había atendido a Elal los primeros tres días.
Nada
encontró Hoiye en el Chaltén. Voló en círculos sobre la
cumbre en busca de alguna señal del héroe o de su amigo,
pero fue en vano.
Intentó
preguntarles a las aves sobre el paradero de Kóokne, pero
ninguna le contestó. Ellas sabían que el cóndor se había
negado a ayudar a Elal y por eso lo rechazaban.
Furioso,
Hoiye voló en busca del cisne. Recorrió el nuevo
territorio que Elal había creado para que los tehuelches y
los animales compartieran y disfrutaran, pero no pudo
contemplarlo porque sus ojos estaban ciegos de odio.
Kóokne
fue alertado de la presencia de Hoiye, pero rechazó la
propuesta de esconderse porque sabía que Elal iba a
regresar algún día a buscarlo, y él quería encontrarse
con su amigo para ayudarlo otra vez.
Muchos
fueron los intentos de los amigos del cisne por hacerlo
recapacitar, pero éste desoyó los consejos y permaneció a
la espera de Elal.
Hoiye
recorrió la meseta en busca de Kóokne y pronto no le
quedaron dudas del lugar donde éste estaría: la playa.
Hacia allí se dirigió velozmente.
Kíken,
el chingolo que había ido a buscar al cisne para que
llevara a Elal hasta el Chaltén, se adelantó al cóndor
para prevenir Kóokne, pero éste también lo desoyó.
Kóokne
era muy testarudo, por cierto.
El
chingolo, cansado de insistir que se escondiera antes de la
llegada de Hoiye, no dijo nada más y dejó al cisne en su
peligrosa espera. Pero no se alejó. Se mantuvo cerca de su
amigo.
Primero
fue un puntito negro en el cielo. Pronto se dibujó en el
aire la figura tenebrosa del cóndor, que se dirigía
directamente hacia Kóokne.
Kíken,
alarmado, voló hasta el cisne para alertarlo. Pero Kóokne
ya lo había visto. Con la mirada serena, aguardaba la
llegada del cóndor, como resignado a su destino.
Hoiye
lo vio desde lejos. Su vista estaba entrenada desde siempre
para divisar a sus presas. Y su víctima ya estaba
localizada. Tomó un fuerte impulso y se abalanzó sobre
Kóokne, quien ni siquiera amagó huir del ataque del
cóndor.
Kíken
se tapó los ojos con las alas para no ver el final de su
amigo Kóokne.
Cuando
el cisne estaba a punto de ser alcanzado por su feroz
enemigo, una bandada de aves se interpuso entre ambos. Hoiye
tuvo que desviar su picada para no impactar contra la masa
de pájaros, que permaneció volando alrededor del amigo de
Elal.
El
cóndor tomó distancia y observó el escudo de aves que
rodeaba a Kóokne. Sonrió con malicia pensando que además
del cisne, destruiría a muchos de los aliados de Elal.
Tomó nuevo impulso y se dirigió en picada otra vez hacia
el grupo de aves, decidido a llegar hasta Kóokne como
fuera.
Mientras
esto ocurría, Elal ya estaba de regreso para que el cisne
lo condujera a su casa definitiva. Desde lejos observó el
extraño espectáculo y apurando sus pasos, tomó en sus
manos el arco y una flecha. Detuvo sus pasos, colocó la
flecha en el arco y la disparó directamente a su amigo
Kóokne.
Kíken,
que espiaba por entre las plumas de sus alas, volvió a
taparse los ojos alarmado ahora por lo que él creía que
era una locura de Elal: atravezar con una flecha el cuerpo
de su amigo el cisne.
Al
ver la flecha, los pájaros que rodeaban a Kóokne huyeron
rápidamente. El cóndor creyó entonces que esa huida
había sido causada por el temor que él infundía, por lo
que tomó más impulso para atravezar con su pico al cisne.
Pero
la flecha fue más veloz que el cóndor y efectivamente
atravezó el cuerpo blanco y suave de la más bella de las
aves.
Kóokne
sintió que su cuerpo se helaba y se endurecía como piedra.
La flecha mágica se había clavado en el corazón del
cisne, convirtiéndolo en la piedra más dura del universo.
Allí impactó el cóndor, destrozándose en mil pedazos.
Kíken,
cuando escuchó el estruendo, volvió a espiar por entre las
plumas de sus alas y sin dejar de temblar, observó la
extraña escena en la que Kóokne era ahora una estatua de
piedra y el cóndor un montón de pedazos esparcidos a su
alrededor.
Elal
se acercó al cisne caminando con tranquilidad. Su corazón
estaba tranquilo. Sabía que su amigo estaba a salvo detrás
de esa cubierta de piedra y que la flecha que había
traspasado su corazón había sido efectiva en su
propósito.
Frente
a Kóokne, Elal sintió una gran emoción al reencontrarse
con su amigo. Con un pie apartó los restos del cóndor
traidor y apoyó su mano derecha en la cabeza blanca de la
bella ave.
Elal
sintió cómo la superficie dura y fría se transformaba en
plumas suaves y cálidas.
Kíken
se acercó lentamente para ver lo que estaba pasando y
observó conmovido cómo cobraban vida nuevamente los ojos
de Kóokne, quien al ver frente a sí a su amigo, dejó caer
lágrimas de ternura y agradecimiento.
Kóokne
sabía muy dentro de su corazón, que Elal no iba a permitir
jamás que le ocurriera algo malo.
El
héroe abrazó con fuerza a su amigo y montó sobre él para
que lo condujera a su destino final.
Las
aves se agruparon en la playa para despedir a sus amigos,
que levantaron vuelo y se alejaron majestuosamente
perdiéndose en el cielo azul.
Dicen
que si uno busca cuidadosamente en la playa, puede
reconstruir con piedras la cabeza del cóndor. Y que si
presta más atención aún, hallará una piedra blanca muy
chiquita con la forma de Kóokne.
Yo
encontré una vez una piedra blanca, muy suave al tacto.
Tenía la forma de un cisne pequeño. Y acercándola a mi
corazón, pude sentir los latidos del corazón de Kóokne,
que me hablaron del amor que aún siente por su amigo Elal...
LA
VERDADERA HISTORIA DEL RATÓN PEREZ
-
BIOGRAFÍA NO AUTORIZADA -
(2004)
CAPITULO
I
El
nacimiento del Ratón Pérez
El
día que nació el Ratón Pérez, sus papás estaban tan
contentos que organizaron una fiesta muy grande.
Llegaron
parientes desde muy lejos y la casa de los Pérez se llenó
de invitados.
Todos
comentaban lo precioso que era el bebé y lo importante que
sería cuando creciera.
-
Por la carita de inteligente que tiene, seguro que será
profesor... -decía una tía.
-
No, va a ser futbolista -señalaba el esposo, que era
fanático del Deportivo Topo Gigio.
-
No, no -afirmaba una amiga de la mamá-. Es tan lindo que va
a ser estrella de televisión...
-
¿Este es el novio? ¡Qué chiquito! -preguntó uno de sus
abuelos creyendo que había ido a un casamiento.
Todos
discutieron qué sería el ratoncito cuando fuera grande,
hasta que la mamá lo levantó en sus brazos, y mirándolo a
los ojos, dijo con voz firme:
-
Mi hijo va a ser lo que él quiera... Y seguro que será
alguien importante.
Así,
la discusión terminó y todos se dedicaron a comer los
distintos platos de queso que habían preparado los papás
del bebé, que ahora dormía profundamente en su cuna.
Los
ratones tienen la costumbre de no ponerles nombres ni
sobrenombres a los hijos. Por eso, al pequeño ratón sólo
le pusieron "Pérez", y así se llamaría toda su
vida.
Pérez
creció muy fuerte y sano. Se notaba que era un ratón muy
inteligente, aunque para algunos, demasiado preguntón. Es
que era un ratoncito muy curioso y todo le llamaba la
atención.
En
ese ambiente de amor, creció y creció hasta que a los seis
años le ocurrió algo extraordinario que nunca antes se
había visto en el pueblo de los ratones: a Pérez se le
cayó un diente.
Capítulo
II
A
Pérez se le cayó un diente
Pérez
se levantó temprano para ir a la escuela esa mañana y
notó algo extraño en la boca. Con su lengua movió lo que
le molestaba de aquí para allá.
Su
mamá, al verlo tan concentrado en esa misteriosa tarea, le
preguntó qué le pasaba, y él le contó.
-
A ver, abrí la boca, hijito -le pidió.
Pérez
abrió la boca y lo primero que descubrió, fue que en el
lugar de uno de los dientes, había un agujero; y después,
sobre la lengua, el diente caído.
-
¡Pérez, vení rápido! -le gritó a su marido.
El
papá del Ratón Pérez quedó tan sorprendido que no sabía
qué decir.
-
¡Hacé algo! -le dijo la esposa.
-
¿Qué puedo hacer? ¿Pegarlo con cola? -preguntó él
tomando entre sus dedos, con mucho temor, el diente caído.
El
pobre Ratón Pérez estaba a punto de llorar.
Enseguida
lo llevaron al médico, quien los dejó tranquilos
asegurándoles que no estaba enfermo, aunque era la primera
noticia de que a un ratón se le cayera un diente.
-
Si se le cae otro, tendrán que ver a un especialista- dijo
el doctor.
Los
Pérez regresaron a su casa muy tristes. Los padres se
sentían culpables: la mamá empezó a pensar que era culpa
de la comida que preparaba; y el papá, por haberle regalado
un turrón muy duro, dos días atrás.
El
Ratón Pérez transportaba el diente en sus manos y cada
tanto lo miraba de reojo, mientras pasaba la lengua por el
agujero que le había quedado en la boca.
A
los quince días, la mamá, al revisarlo como todas las
mañanas desde la inexplicable caída, descubrió que otro
diente nuevo estaba apareciendo.
Todos
se pusieron contentos, sobre todo el Ratón Pérez, que
había sufrido mucho ese tiempo sin su diente.
La
familia organizó una fiesta para festejar la noticia y
todos volvieron a comer muchos quesos.
Eso
sí, al Ratón Pérez lo convidaron con los más blanditos.
Capítulo
III
La
preocupación del Ratón Pérez
Uno
solo fue el diente que se le cayó al Ratón Pérez. Pero
alcanzó para que quedara intrigado acerca de por qué le
había ocurrido eso. Los demás ratones, desde sus padres
hasta sus parientes y los médicos, olvidaron el asunto
cuando vieron que el diente nuevo crecía más fuerte que el
anterior.
Pérez
había colocado el diente en una cajita de vidrio sobre su
mesa de luz. Y todos los días lo miraba pensativo. ¿Por
qué se habrá caído? se preguntaba mientras acariciaba con
su lengua el diente nuevo.
Observaba
el diente y recordaba que hasta que apareció el nuevo, se
había sentido muy mal. Cuando el susto pasó, todos
empezaron a hacerle bromas y él quería ocultar el agujero
que tenía en la boca. Sentía mucha vergüenza de mostrarse
frente a sus amigos y compañeros de la escuela.
Por
las noches, soñaba que se le caían más dientes y se
despertaba sobresaltado, angustiado. Entonces la mamá le
contaba un cuento y él volvía a dormir con tranquilidad.
Se
preguntó desde ese momento si alguien más en el mundo
había pasado por lo que él pasó. Si otro ratón habría
sufrido como él. Y sintió lástima por él y por todos los
que a lo mejor tendrían que soportar una pérdida así.
El
Ratón Pérez tenía casi veinte años cuando una mañana,
rumbo a la carpintería de su papá, encontró un ratoncito
llorando a la vuelta de la esquina.
Capítulo
IV
El
problema del ratoncito
-
¿Qué te pasa? -le preguntó Pérez al pequeño que lloraba
desconsolado apoyado en la pared.
Sin
mostrarle la cara, le respondió:
-
¡Nada! ¡Dejame solo!
Pérez
se acercó y le repitió la pregunta. Al ratoncito le
molestó tanto la insistencia de Pérez, que lo miró muy
enojado y entre lágrimas le gritó:
-
¡Te dije que no me pasa nada! ¡Andate!
El
Ratón abrió los ojos sorprendido y se quedó mudo: ¡al
ratoncito le faltaba un diente, como le había ocurrido a
él! El pequeño seguía llorando y Pérez lo comprendió.
Sin pensar demasiado, metió una mano en el bolsillo de su
pantalón y extrajo un bombón de roquefort.
-
¿Tenés el diente que se cayó? -le preguntó al ratoncito.
-
¿Qué te importa?
-
No, digo... Si lo tenés, te lo cambio por este bombón de
roquefort...
El
ratoncito paró de llorar. De reojo miró la mano de Pérez
y vio el bombón de queso. Lo miró a la cara y le preguntó
desconfiado:
-
¿Y vos para qué querés mi diente?
-
Los colecciono -dijo sin explicar demasiado Pérez.
Luego
de dudar un buen rato, el pequeño abrió una de sus manos y
le entregó el diente, no sin antes arrebatarle el bombón.
Una
sonrisa iluminó el rostro del ratoncito y otra parecida, el
de Pérez.
El
ratoncito se alejó corriendo quitándole el papel al
bombón.
Y
el Ratón Pérez, observando el diente en su mano, empezó a
sospechar que a partir de ese momento podría ayudar a sus
hermanos ratones consolándolos cuando se les cayeran los
dientes.
Pero
a la tarde se enteró que los ancianos del pueblo, habían
convocado a una reunión especial para analizar el caso
"del chico al que le habían cambiado un diente por un
bombón", como contaban los rumores.
Parece
ser que alguien entendió mal el relato del pequeño ratón
y comentó que Pérez le había arrancado a propósito un
diente para cambiárselo por un bombón.
Capítulo
V
El
juicio del Ratón Pérez
-
¡No podemos permitir esto! -dijeron los ancianos- ¿Cuándo
se ha visto que un muchacho grande le saque un diente a un
chico para cambiárselo por una golosina? ¿Para qué quiere
Pérez los dientes? ¿Qué planea?
Todos
los ancianos decidieron que había que llamar a Pérez para
que explicara la situación. A la noche, la policía lo
llevó al Consejo de Ancianos, que lo acusó de ladrón.
-
¡Usted le robó un diente al chico y lo quiso conformar con
un bombón! -lo acusó uno de los mayores.
-
¡No! -gritó Pérez-. Simplemente quise consolarlo porque
estaba llorando. ¡El diente se le cayó solo!
-
¿Dónde se ha visto que a los ratones se nos caigan los
dientes? -preguntó otro de los ancianos.
-
¡A mí se me cayó uno cuando tenía la edad del pequeño!
-dijo sin dudar Pérez.
En
el salón se hizo un profundo silencio. Entonces el que lo
había acusado en primer lugar, habló:
-
¡Ah, por eso! ¡Como al señor se le cayó un diente hace
muchos años, ahora quiere sacarles los dientes a todos los
chicos!
-
¡No es verdad! -volvió a gritar Pérez, pero ningún
anciano lo escuchó. Todos estaban discutiendo entre sí y
ninguno de ellos estaba interesado en escuchar la defensa
del Ratón.
El
salón se había llenado de público que estaba de acuerdo
con los ancianos. Todos lo acusaban de ladrón. El lugar era
un lío: los ancianos discutían, el público le gritaba
insultos y la policía no lo soltaba.
-
¡Silencio en la sala! -gritó tan fuerte uno de los
ancianos que perdió el equilibrio y se cayó sentado en la
silla. -¡El Consejo tiene algo que decir!
A
Pérez le temblaron las piernas. Era seguro que lo iban a
declarar culpable. Y su sospecha se confirmó cuando
escuchó:
-
Los ancianos declaramos culpable de robo de dientes al
Ratón Pérez.
El
público empezó a gritarle más insultos. Pérez comenzó a
llorar despacito.
-
A partir de ahora, no pertenece más a esta gran familia de
ratones. ¡Deberá irse muy lejos de aquí y no regresar
jamás!
En
ese momento ingresaron en el salón los padres del Ratón
Pérez, quienes intentaron acercarse a él, pero el público
no lo permitió.
-
¡Es inocente! -gritaba la mamá.
-
¡No hizo nada! -insistía el papá.
Pero
a Pérez la policía lo llevó casi corriendo hasta los
límites del pueblo. Allí le repitieron la orden de los
ancianos y de un empujón le ordenaron alejarse del lugar.
Caminando
muy lentamente, tan triste como solo, el Ratón Pérez se
alejó del pueblo en la oscuridad de la noche, pensando que
sus vecinos habían sido muy injustos con él.
-
No entendieron nada... -dijo en voz alta-. Solamente quise
hacerle un bien al ratoncito. ¡Cómo le voy a arrancar un
diente a propósito! ¡Eso no se hace! ¿Por qué no le
habrán preguntado a él qué fue lo que pasó? Fueron
injustos... Muy injustos...
En
uno de sus bolsillos, todavía conservaba el diente del
pequeño ratón. Lo acarició con ternura y recordó la
sonrisa del pequeño cuando recibió el bombón a cambio.
Eso lo hizo sentir muy bien por un rato, pero los ruidos del
bosque lo mantuvieron asustado toda la noche mientras
caminaba rumbo a la gran ciudad de hombres.
Capítulo
VIII
Un
diente por una galletita mordida
Como
lo había hecho el Ratón cuando era chico, el muchachito
puso el diente caído en la mesa de luz y lo miró un largo
rato antes de dormirse.
Pérez
sabía que no tenía más bombones de roquefort, así que
pensó mucho qué podría darle a cambio del diente. No se
le ocurría nada. Lo único que tenía a mano era un pedazo
de galletita mordida que le había sobrado del paquete.
Con
cuidado, bajó de la repisa y trepó por la mesa de luz. En
el lugar del diente puso la galletita. Bajó de la mesita y
lo llevó a la repisa, donde iba a permanecer hasta el día
siguiente, ya que antes de irse, quería disfrutar la cara
de felicidad del chico, cuando despertara y viera el regalo.
El
resto de la noche lo pasó jugando con un autito muy
chiquito que estaba en la repisa, tratando de no hacer
bochinche, hasta que quedó dormido.
A
la mañana temprano, lo despertó el ruido de la puerta y la
voz de la mamá, que iba a levantar a su hijo.
-
¡Vamos, querido! Es la hora de ir a la escuela...
Mientras
el pequeño se despertaba, la mamá le preparó la ropa del
día. Lo primero que hizo él al abrir los ojos, fue buscar
con la mirada el diente en la mesa de luz.
El
Ratón Pérez estaba ansioso por ver la reacción del chico,
que cuando descubrió que el diente no estaba y en su lugar
había un pedazo de galletita mordido, le dijo a la mamá,
muy enojado:
-
¿Y mi diente? ¿Por qué te lo llevaste? ¿Quién dejó
esta porquería acá?
La
mamá no entendía nada. No sabía explicarle qué había
ocurrido. El chico empezó a llorar desconsolado mientras
Pérez empezó a sentirse muy mal por lo que había hecho.
¡Si hubiera tenido un bombón de roquefort, eso no habría
pasado!
Entonces
llegó el papá, quien al enterarse del confuso episodio, no
tuvo mejor idea que sacar de su bolsillo una moneda y
entregársela a su hijo.
-
No te preocupes por esa pavada... Tomá, comprate una rica
golosina en la escuela y te vas a olvidar del asunto.
El
Ratón Pérez notó que la cara del chico se tranquilizaba
al recibir la moneda y que con ella el asunto quedaba
olvidado.
Comprendió
entonces que un buen regalo sería ese circulito de metal
que tanto les gusta a los hombres.
Capítulo
IX
Monedas
por millones
Cuando
el Ratón Pérez le contó al Ratón García lo que había
pasado la noche anterior, García no podía parar de
reírse.
-
¡Cómo se nota que no conocés a los hombres! -le dijo
entre carcajadas-. ¡Regalarle una masita mordida! ¿A
quién se le ocurriría? ¡Si a los humanos lo que más le
gusta es el dinero!
-
¿Por qué? -preguntó con inocencia Pérez.
-
Porque con el dinero se compran lo que ellos quieren -le
respondió García.
-
¿Y los otros regalos? -volvió a preguntar Pérez.
-
Los otros regalos también les gustan, pero vos no podrías
cargar una bicicleta, por ejemplo...
Era
verdad. El Ratón Pérez no podría hacer un regalo más
grande que un caramelo de frutilla, un chupetín o...
-
¡Una moneda! -gritó Pérez descubriendo que del dinero,
las monedas eran lo más fácil de transportar, pero
enseguida se deprimió pensando de dónde sacaría él
monedas.
-
¿Monedas? ¿Querés monedas? -le preguntó García-.
Acompañame, si querés monedas...
Los
dos ratones se metieron por una complicada tubería de
ventilación. Anduvieron mucho hasta que llegaron a una de
las salidas.
-
Cerrá los ojos y dame la mano -le dijo García.
El
ratón lo condujo hasta el suelo y allí le ordenó a Pérez
que abriera los ojos.
Casi
cae desmayado cuando vio que todo el lugar, que era inmenso,
estaba repleto de monedas.
-
¡No lo puedo creer! -dijo comenzando a recorrer el
maravilloso lugar-. ¡Hay millones de monedas!
-
Y, claro -dijo García contento de haber sorprendido a su
amigo-. ¡Estamos en el banco más grande de la ciudad!
El
Ratón Pérez lo abrazó emocionado. Allí estaba resuelto
el problema. A partir de ahora, haría felices a todos los
chicos a los que se les cayeran los dientes (*).