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   EL SUEÑO DEL SABIO Y OTROS RELATOS 

  Por Ariel Puyelli


 

Sobre el autor

El sueño del sabio y otros relatos

Rita, la araña con peluca

El sueño del sabio

La maldición del Chenque

El Cultrun de Plata

Las alas de Oliverio

La verdadera historia de El Ratón Pérez

 

Sobre el autor

Ariel Antonio Puyelli nació en San Andrés de Giles, provincia de Buenos Aires, el 23 de julio de 1963. Actualmente reside en Esquel, Chubut, Patagonia Argentina, donde edita mensualmente la revista literaria «Palabras del Alma, encuentro con la poesía y el cuento» y la revista "A la luna, a las dos y a las tres", destinada a alumnos de los niveles I y II de E.G.B.

Desde 1984 hasta 1999 ejerció el periodismo escrito y radial, editando además, numerosas publicaciones independientes e institucionales; y desde 1995 trabaja en la literatura adulta e infantil, el periodismo cultural y la docencia.

El material infantil de este autor se utiliza con frecuencia en escuelas primarias de distintas localidades del país. Todas las ediciones han sido independientes y algunas de ellas terminadas artesanalmente.

Obra

«Ella y El o El amor en los tiempos de estupidez» (humor para adultos) 1995; «Las Historias de Al Fin Solos (Tomo I - Relatos del ciclo radial «Al Fin Solos») 1996; «El sueño del Sabio» (relato de fantasía), «Rita, la araña con peluca y otros cuentos (cuentos para niños) 1999; «La Maldición del Chenque» 2001 (novela de aventuras); «Góos y Kookne» (adaptación de dos leyendas tehuelches) 2001; "Las alas de Oliverio" (novela de aventuras) 2002; "El Cultrún de Plata" (novela de aventuras) 2003; "La verdadera historia del Ratón Pérez, biografía no autorizada" (relato con apéndice de testimonios) 2004.

En la actualidad se encuentra pronto a editar "Oliverio y la profecía" (novela de aventuras) y "Atrapen al Ratón Pérez" (relato con apéndice de testimonios de niños y adultos).

Para comunicación con el autor: Ariel Puyelli

 

 

 

 
 

 

EL SUEÑO DEL SABIO Y OTROS RELATOS

 

Por Ariel Puyelli


LIBROS

Rita, la araña con peluca y otros cuentos

(1999)

Rita, la araña con peluca

La araña Rita es por demás coqueta.

Todas las mañanas se pasea oronda por su tela tejida con un punto especial, creado por ella, que recrea distintas formas: estrellas, flores e insectos.

Rita usa peluca rubia, y esto es motivo de comentarios duros por parte de las otras arañas del monte de eucaliptos en el Parque Municipal:

- Yo no sé de qué se las da... -dicen algunas.

- ¿Dónde vieron ustedes a una araña rubia? -preguntan otras.

- Sí... rubia pero porque usa peluca... -opinan las envidiosas.

- Está agrandada desde que inventó ese ridículo tejido de telaraña con esos dibujos extraños... -señalan las que apenas saben hacer el tejido de telaraña más simple que pueda haber.

Las arañas viven observando a Rita. Están pendientes de qué hace y qué dice.

Por las tardes ven cómo se dispone a seguir con su tejido sin importarle los rumores que se escuchan en el resto de ese árbol y otros de alrededor.

Es que Rita tiene mucha personalidad: la peluca la usa porque le gusta cómo le quedó tejida usando las hilachitas de un viejo pulóver amarillo que encontró abandonado junto al eucalipto y hace dibujos en su tela porque tiene inclinaciones artísticas.

- Es la Marta Minujín de las arañas -sentenció un araño admirador suyo. -Le falta usar anteojos negros...

Rita no se manda la parte por ser distinta a los demás. Antes bien, una vez reunió a todas las arañas para enseñarles lo linda que había quedado la peluca y cómo iban los dibujos de su tela.

- ¡Andá! -le dijeron todas a coro.

Rita no se enojó. Entendió que no la comprendían. Y pudo hacerlo porque toda su familia se había destacado siempre del resto de las arañas. Su papá había sido famoso por tejer una tela tan grande, tan fuerte, que los empleados municipales habían tenido que cortarla con grandes tijeras de metal para que en la pista se pudieran seguir corriendo carreras de bicicletas. Con lo que cortaron, hicieron un bello tapiz, tan fuerte y grande era la tela que había hecho su papá. Su mamá no se quedaba atrás: siempre lucía un bello gorro tejido con nervaduras de hojas de eucalipto y se maquillaba con la resina del árbol y las cenizas de carbón que quedaban en los fogones. La familia de Rita fue tan excéntrica como criticada.

- No hagas caso siempre a lo que dice la gente de vos -le había aconsejado una vez el papá-. Algunas veces te da buenos consejos, pero otras, te critica por envidia o por el placer de criticar. De todas maneras, escuchá lo que las arañas y el resto de los animales te digan, porque siempre podrás sacar de sus palabras alguna enseñanza.

Rita hacía su vida tranquila, sin molestar a nadie. Estaba orgullosa de su peluca y de su tela, y no se dejaba acobardar por ningún dicho negativo o malintencionado. Además, estaba siempre ocupada en halagar a ese araño admirador suyo -Heriberto- antes que en atender los rumores de las arañas chusmas.

Una vez se disputó una carrera muy importante en el velódromo del Parque. Hasta vino la tele y todo. Las arañas tomaron sus precauciones.

- ¡Cuidado! Están llegando muchos humanos a nuestro territorio. ¡Preparen sus defensas y escondites! ¡Recuerden que la mayoría nos tiene miedo y que los humanos matan todo lo que temen!

Las arañas se prepararon para la invasión de los hombres. Algunas se escondieron en los huequitos de los árboles. Otras treparon hasta las ramas más altas. Todas abandonaron el centro de sus telas, donde pasaban sus vidas cazando insectos para alimentarse y dialogar entre ellas, de tela a tela.

Rita no se sumó al alboroto. Se dijo:

- Si nunca me hicieron daño, ¿por qué lo harían ahora?

Heriberto, su admirador, llegó agitado para prevenirla.

- ¡Rita! ¡Protegete! ¡Te van a lastimar!

- ¿Por qué lo harían? -preguntó extrañada Rita.

- Porque nos tienen miedo o porque quieren jugar con nosotros, porque tienen la mala costumbre de hacer asados junto a los árboles o porque... porque... ¡porque sí!...

- Le agradezco el aviso, querido Heriberto -dijo Rita-. Pero no creo que los humanos sean tan perversos. Por otra parte, me gustaría compartir con ellos mis obras de arte.

- Pero te harán daño, Rita. Escondete, por favor -suplicó Heriberto.

Rita le sonrió y siguió tejiendo con mucho primor un nuevo sector de su tela en el que se veían perros, gatos, vacas y caballos, es decir, los animales más grandes que conocía.

Todo iba bien ese día de carreras. Ningún humano había molestado a araña alguna.

En un momento en que se hizo un receso en una de las competencias porque un ciclista se desparramó en la pista y se lastimó las rodillas, un señor que llevaba un aparato muy extraño colgado en uno de sus hombros, se acercó hasta el árbol de Rita, disfrutando de la sombra de los eucaliptos. A medida que se acercaba, su mirada se iba fijando en la tela.

- ¡Huí, Rita! -gritó desde lejos Heriberto y se escondió detrás de una hoja.

El hombre se aproximó a la telaraña. Rita lo observaba con mucha ingenuidad mientras él miraba atentamente cada dibujo de la tela. En un momento, Rita vio que el hombre la miraba a ella. Cuando el señor descolgó el aparato y lo apuntó hacia Rita, Heriberto, que estaba espiando detrás de la hoja, se lamentó:

- Es el final de la pobre Rita. Nuestro mundo pierde así una gran artista y una bella araña... ¡Qué lástima!.

Pero a Rita no le pasó nada. Lo único que hizo el aparato, fue prender una lucecita roja muy chiquitita y moverse de aquí para allá, según se movia el brazo del hombre, quien luego de filmar en detalle toda la telaraña y a Rita, se retiró satisfecho.

- ¿Vio, don Heriberto, que no me pasó nada?

- Hum... No lo sé, veremos qué pasa con el correr de las horas -dijo desconfiado el araño.

Con el correr de las horas no pasó nada. La carrera terminó, las personas se retiraron, las arañas salieron de sus escondites y todo volvió a la normalidad.

Al día siguiente, Rita salió en la tele, anunciada como un hermoso ejemplar exótico de una familia de arácnidos muy raros, una familia de arañas rubias que tejen su tela con extraños dibujos.

Pero Rita no se enteró porque no tiene tele y el resto de las arañas tampoco, así fue que siguieron criticándola acusándola encima de inconsciente y exhibicionista.

Con el correr del tiempo Rita se casó con su araño admirador, quien también tenía sus excentricidades, porque por ejemplo, le gustaba deslizarse por las telas como Tarzán. Así que imaginate cómo salieron sus arañitos y cuánto dieron que hablar al resto de las arañas...

A Marquitos le robaron las novias

Marquitos dice que tiene dos novias: Esperanza y Miluna.

La gente grande siempre les pregunta a los chicos chiquitos si tienen novia. Cuando los chicos chiquitos dicen que sí, les preguntan cuántas. Y se ríen.

Pero cuando los chicos son grandes y dicen que tienen novia, la gente grande se pone seria y les dice: "sos muy chico para esas cosas, primero aprendé a lavarte los calzoncillos".

¿Quién entiende a la gente grande?

No importa. Te estaba contando que Marquitos dice que tiene dos novias. Pero, así como les pasa a muchos chicos del jardín, Esperanza y Miluna no saben que son novias de Marquitos.

Esto parece no importarle mucho a él, porque lo aclara despreocupado.

Él dice que lo que le gusta de sus compañeritas es que le prestan sus juguetes y lo invitan a pasar los fines de semana en sus casas.

Marquitos es feliz con sus dos novias que no saben que lo son.

Mejor dicho: Marquitos era feliz. El otro día llegó del jardín haciendo pucheritos y cuando su mamá le preguntó qué le ocurría, informó que Julito le había robado las novias.

La mamá no pudo contener la risa, entonces Marquitos se enojó todavía más. Se tranquilizó un poco, pero no mucho, después de que la mamá lo consolara y le hiciera unos mimitos. Durante el resto del día estuvo muy serio.

Cuando su hermano mayor llegó de la escuela, lo cargó como loco. Marquitos volvió a sentirse muy enojado, casi furioso. Con la primera que se descargó -como hacemos todos siempre- fue con su mamá:

- ¿¡Por qué le tuviste que contar!? - le gritó y se fue hecho todo un puchero a la cama, donde estuvo como dos horas con la cabeza metida en la almohada.

Después, cuando llegó su papá, la cosa cambió. Al enterarse las noticias del día, dio la orden de que no se hablara más del tema. El anuncio estaba dirigido, más que nada, al hermano mayor que insistía en molestarlo con sus bromas.

Normalmente, el tipo de enojos que sufría Marquitos a otras personas se les pasa en un rato o en el día, pero este nene es muy especial: cuando se enfurece, es capaz que le dura más de una semana.

Una vez se enojó tanto con su hermano porque le había roto uno de sus juegos de video, que no le habló durante diez días. De nada sirvieron entonces las palabras de consuelo de sus padres y los consejos para que restableciera el diálogo con su hermano, quien ya le había pedido perdón. Marquitos necesitó mucho tiempo para ser el mismo de antes con él.

Dicen que si a uno le piden perdón, tiene que perdonar enseguida y tratar de que el disgusto se pase lo más rápido posible. Pero todos somos diferentes y hay quienes necesitan más tiempo que otros para "desenojarse".

Marquitos era de este tipo. Le costaba mucho volver a estar bien. Y no lo hacía a propósito, porque sufría durante ese tiempo en el que estaba irritado.

A los dos días del incidente con sus novias, Marquitos a su casa con la novedad de que estaba invitado al cumpleaños de Julito. La fiesta sería el sábado siguiente en un club muy elegante, fuera de la ciudad. Habría payasos, magos, mucho cotillón y cosas ricas para comer.

- No voy nada -dijo con el ceño fruncido Marquitos.

A la mamá y al papá les costó convencerlo de que fuera a la fiesta, de que se olvidara de las novias que Julito decía que eran suyas y que disfrutara de esa reunión con sus amigos.

Marquitos al final decidió ir.

- ¡Pero solamente si va Tomi -aclaró refiriéndose a un amigo suyo.

La fiesta estaba bárbara. Los chicos disfrutaban de una tarde de sol en la que no faltaba absolutamente nada. Los payasos hacían reír, el mago asombraba, el cotillón estaba re bueno y había dulces y gaseosas hasta para empacharse.

Fueron todos al quincho a cortar la torta. Marquitos se sentó a casi un metro de Julito, junto a Tomi.

Siempre hay algún adulto que mete la pata. Pues bien, apareció ese adulto mete patas y le preguntó con voz potente a Julito:

- Decime, Julito, ahora que cumpliste cinco años, ¿tenés novia vos?

Marquitos casi se atragantó.

- Sí. -dijo Julito engullendo un gran pedazo de su torta de cumpleaños.

- ¡Qué bárbaro! Y decime, che... ¿cuántas tenés?

- Dos: Esperanza y Miluna.

Ahora sí: a Marquitos se le atragantó la torta. Ya estaba a punto de levantarse para darle una piña a Julito, por ladrón, cuando el adulto hizo la tercera pregunta, la típica:

- Decime... ¿Y ellas saben que son tus novias?

- No -dijo Julito con indiferencia mientras se servía jugo.

Marquitos se tranquilizó.

Pensó que si las chicas no sabían que eran novias de Julito, bien podrían seguir siendo novias suyas.

- ¡Esperanza y Miluna son MIS novias! -gritó Marquitos parado en su silla dirigiéndose a Julito y el señor adulto.

- ¡No! ¡Son MIS novias! -gritó a su vez Julito.

- ¡Son mías!

- ¡No, son mías!

La discusión parecía que no iba a terminar si seguían así. Otro adulto -creo que es un tío de Julito- tuvo la feliz idea de proponer:

- ¿Por qué no les preguntan a ellas?

Marquitos y Julito las miraron. Todo el quincho estaba en silencio. Todos, sobre todo los chicos, les preguntaban con la mirada: ¿de quiénes son novias ustedes?

- De él -dijo Esperanza señalando a Marquitos.

- De él -dijo Miluna señalando a Julito.

- ¿Ven? Una para cada uno. ¿Para qué quieren más de una? -opinó el señor que había hablado en primer lugar, recibiendo por respuesta una mirada muy seria por parte de los dos nenes.

Julito y Marquitos se miraron fijamente. No se dijeron nada y siguieron comiendo sus porciones de torta.

Cuando regresó a su casa, la mamá le preguntó qué tal había estado el cumpleaños.

Marquitos, con una sonrisa de oreja a oreja, le dijo que había estado muy lindo.

Al rato, como si tal cosa, le preguntó:

- Má... Mañana que es domingo... ¿puedo invitar a jugar a Esperanza?

La mamá entendió, por la cara y el tono de la voz, que algo había pasado en el cumpleaños.

-¿Y a Miluna no? -le preguntó con picardía.

- No... A Esperanza nada más -dijo Marquitos-. Miluna no...

- Bueno, pero tiene que pedirle permiso a la mamá. Más tarde la llamás por teléfono.

Marquitos no pudo esperar. Corrió hasta el teléfono y la invitó. La mamá le dijo que sí, que no había problema.

Esa noche Marquitos hizo las paces con su hermano mayor. Y sin darse cuenta, con Julito.

 

EL SUEÑO DEL SABIO

(1999)

CAPITULO I

El Sabio de los Sueños no tiene sueño

El Sabio no podía dormir. Por más que lo intentaba, no podía dormir.

Era raro que el Sabio del Sueño no tuviera sueño. Pero era así: no podía dormir.

Daba vueltas en su cama, contaba ovejas, repasaba todos los nombres de toda la gente que conocía -y conocía a mucha, por cierto-, trataba de relajarse, pero todo era inútil.

La cama del Sabio no era una cama común, debo aclarar. Era hexagonal y en cada uno de los seis lados, tenía dos almohadas. Una sábana de verde césped, estaba cubierta por un cubrecamas de nubes rosadas.

El Sabio explicaba con mucha simpleza tamaña excentricidad:

- Es que doy muchas vueltas en la cama y me molesta no encontrar ninguna almohada-, decía.

- Además, cualquier cubrecama, por liviano que sea, es más pesado que una nube, y a mí no me gusta dormir con peso encima. Y ¿qué más lindo que dormir sobre el césped? - agregaba satisfecho y orgulloso por tener la cama más cómoda y original del mundo.

Pero esa noche, el Sabio no podía dormir a pesar de tantas almohadas, césped y nubes.

- Esto es el colmo -se dijo para sí-. Que el Sabio del Sueño, el único sabio conocedor de los secretos del sueño y de los sueños de los hombres, no pueda dormir, es el colmo. Es lo mismo que un acróbata no pudiera caminar por el cordón de una vereda. O que un reconocido cocinero de restaurante no fuera capaz de cocinarse una sopa en su casa. ¡Es inaudito!

Y, ciertamente, era algo extraño que quien cada noche se internaba en los sueños de la gente, no pudiera conciliar su propio sueño.

- ¿Me estaré volviendo viejo? - se interrogó ahora divertido, ya que su apariencia no era la de un joven, precisamente.

Nunca antes le había ocurrido algo similar.

De hecho, cada noche a las diez en punto, el Sabio se introducía debajo de su sábana de nube e inmediatamente se sumergía en un profundo sueño que duraba hasta las primeras horas del día siguiente. Una vez durmió dos días seguidos, pero por una razón muy especial que no viene al caso detallar aquí.

Cuando el Sabio alcanzaba ese estado de relajación completa que hace que todos podamos descansar plenamente, comenzaba lo que él había transformado en un trabajo placentero: internarse en los sueños de las personas que lo requerían o necesitaban.

¿Cómo lo lograba? Ése era precisamente el secreto de su sabiduría.

¿Qué hacía en los sueños de los hombres?

Esta es una historia un poquito larga de contar, pero trataremos de ser lo más breves que podamos. Primero veamos dónde vivía el Sabio...

 

El país del Sabio de los Sueños

 

Para conocer al Sabio, es necesario en este momento describir el lugar donde él había nacido y vivía. Cómo era su tierra y su gente. Sus costumbres y sus ocupaciones.

Veamos.

Dicen que el país del Sabio está muy cercano al nuestro, pero que no se puede ver de día, aunque es muy difícil verlo de noche. Es un territorio muy vasto, pero casi imposible de medir porque según cómo se lo mire, es muy pequeño también. Dicen que el país del Sabio tiene todos los colores, todas las fragancias, todos los vientos, todos los desiertos, todas las lagunas y lagos, todas las montañas y todas las planicies. Que los ríos del país del Sabio son fantásticos y que nadie se moja, aunque todos pueden bañarse y nadar en ellos. Que de las montañas más altas, los desprevenidos que se caen, no se lastiman. Y que en los calurosos desiertos nadie muere de sed. Como sucede en los sueños.

Dicen también que en el país del Sabio, la gente nace con la edad que quiere. Que hay personas que nacen con veinte o con cincuenta años. Que hay niños que nacen sin edad y otros que siempre tienen siete años. Porque en el país del Sabio la gente no crece; por ende, no cumple años.

Sin embargo, existen las fiestas de cumpleaños, porque la gente del país del Sabio es muy gustosa de los festejos y celebraciones. Así es que cuando tienen ganas - cosa que ocurre todos los días - celebran cumpleaños o años nuevos que no existen. Que todos los días hay también fiestas de casamientos y despedidas de viajeros que no van a ningún lugar. Lo hacen por el sólo placer de reunirse y beber chocolatada y comer muchos dulces. El país del Sabio es muy alegre y allí todos trabajan contentos porque saben que a una hora determinada del día llegará algún festejo en el cual reunirse y bailar cantando todos a los gritos, desafinando y comiéndose las eses.

Porque -dicen- en el país del Sabio no hay escuelas de canto ni de las otras. Son todos muy burros allí, lamentablemente.

Cuando cae la noche en el país del Sabio, las estrellas bajan a posarse en unos palos especiales dispuestos para ese fin. Esos son los faroles de las desordenadas calles de las ciudades de ese país. Al amanecer, las estrellas en fila india abandonan los postes para volar otra vez al cielo y hacer allí sus siestas diurnas.

El sol, en el país del Sabio, se guarda en un enorme cajón de metal dorado. Un hombre muy frío, de color azul, es el responsable de abrir cada aurora el cajón, luego de transportar el sol en un carruaje de hielo hasta el horizonte, para al atardecer quitarlo del poniente y regresarlo otra vez a la caja dorada. Debe hacer esta tarea muy rápidamente, porque a medida que avanza hasta el sitio desde donde el sol comienza a ascender o ya ha descendido, el carruaje se va derritiendo y el hombre calentando.

Una vez, una de las ruedas del carro se rompió y el sol demoró su llegada varias horas. Esa mañana estuvo muy oscura y el pobre Hombre Azul sufrió un calor indescriptible en la tarea por solucionar el percance, tan cerca que estuvo del cajón dorado. Dicen que se lo vio los días siguientes, blanco, todo embadurnado con una crema especial para quemaduras que le fabricó con leche descremada y chocolate blanco mezclados con unas hierbas aromáticas, una señora especialista en artes medicinales.

La luna también es muy especial en el país del Sabio. Todos la quieren mucho y la cuidan con mucho amor. Es que la luna, en el país del Sabio, canta canciones tan dulces que muchos prefieren no dormir para deleitarse con sus melodías y versos. La luna no descansa. Ella vela día y noche por la sonrisa de los habitantes del país del Sabio. Cuando alguien pierde la sonrisa por algún motivo -porque comió demasiados dulces y se indigestó o porque al bailar se lastimó un pie- la luna baja sin que nadie se dé cuenta, acaricia su mejilla, besa la herida o el lugar del dolor, e inmediatamente una sonrisa es dibujada en la boca del que había sufrido una herida del cuerpo o del alma, aunque esto último es muy difícil, porque en el país del Sabio todos tienen un motivo diario para festejar y eso hace que durante el día todos esperen con alegría la reunión con sus muchos amigos, entre bromas y canciones desafinadas.

Dicen que en nuestro planeta, hace muchísimos años, la luna también se dedicaba con esmero a sanar dolores y males, pero como a los hombres nos gusta tanto sufrir ya sea por cosas importantes como por pavadas, estaba tan recargada de trabajo, que no pudo jamás dar abasto con todos; y para no ser injusta con alguien, prefirió retirarse hasta lo alto del cielo y desde allí estar a disposición de quien desee encontrar con su mirada, esa paz y esa sonrisa que la luna le regala a quien la busca de corazón. Tal vez porque muy pocos saben esto, es que la luna muestra cada noche un rostro aburrido y parece tan sola. Algunos dicen que es por la tristeza de que pocos hombres le pidan el regalo de una sonrisa, que la luna cada tanto se va haciendo chiquita hasta desaparecer y que luego, estimulada por las estrellas que son las que más conocen a las personas, vuelve a crecer hasta ser imponente, bella y graciosa a los ojos de quienes tienen la suerte de mirarla.

En el país del Sabio las flores se riegan entre sí. Y las aves andan entre las personas como semejantes, porque no existen las jaulas. Pero dicen que su canto no es como el de las aves que nosotros conocemos, sino que desafinan tanto como los habitantes del mundo del Sabio. Pero a todos les gusta cantar así. Y creo que debe estar bien.

En el país del Sabio no hay oficinas. Bueno, sí, hay una muy importante: la del correo. Es que los habitantes se mandan entre sí tantas cartas como pueden, invitándose a fiestas, saludándose por los cumpleaños que no existen, deseándose buen viaje o felicidad en la llegada de nuevos integrantes a los hogares. Al no saber escribir, intentan dibujar el rostro del que envía la carta y de aquel que la debe recibir, lo que provoca cierta confusión en los carteros. Los mensajes están compuestos por extraños dibujitos que muy pocos entienden, pero como siempre se trata de fiestas, al comprender quién envió la nota, ya se sabe que habrá alguna reunión ese día. Los carteros son gente muy simpática: lucen grandes gorros plateados, usan botas de papel reciclado, lentes de colores y reparten las cartas en bicicletas o triciclos que arrastran grandes acoplados con cientos de miles de sobres de todos los tamaños, colores y perfumes.

Como habrás de suponer, en el país del Sabio no existen los calendarios. Ni los relojes. Una vez, un inventor creó un almanaque y distribuyó copias por todo el país. Como nadie sabe leer, pensaron que era papel para picar y convirtieron todos los almanaques en papel picado. El inventor se sintió muy triste. Menos mal que la luna bajó a consolarlo y le dibujó una sonrisa muy bonita. Pero igualmente el invento no servía: como él tampoco sabía escribir, lo que había hecho era dibujar signos sin sentido, creyendo así que estaba ordenando los días. Algo inútil.

El tiempo en el país del Sabio transcurre de esta manera: entre fiestas y ocupaciones primitivas. Es que la vida allí es de por sí muy simple y todos tratan de pasarla lo mejor posible. No hay nada perfecto y mucho menos lo es ese país, porque al no tener conocimientos, no pueden desarrollarse como comunidad. No tienen bibliotecas, ni maquinarias y mucho menos computadoras. La televisión tampoco existe y ni qué hablar de los freezers o heladeras. Por esta última razón, no pueden guardar nada y se dan así unos atracones tremendos porque les da lástima tirar la comida.

En el país del Sabio nadie se enferma porque -dicen sus habitantes- se enferma solamente el que quiere estar enfermo. Y como allí nadie quiere perderse ninguna fiesta, nunca se enferman.

Una vez una niña se enfermó luego de que alguien que ella amaba, se fue de viaje y no regresó más. Bajó entonces la luna y la consoló tiernamente, diciéndole que esa persona que ella tanto amaba, estaba muy bien en otro sitio, disfrutando de otros festejos con otra gente que la quería tanto como ella. Que todas las noches podía verla desde el cielo azul y que la observaba sonreír con la mejor de sus sonrisas. Y que las estrellas le contaban historias muy graciosas de esa persona viajera. La niña se consoló y se curó inmediatamente.

La muerte, en el país del Sabio, no existe. En su lugar, sólo existen los viajes muy largos hacia lugares bellos y alegres.

 

El Sabio de los Sueños conoce

a la Niña de los Suspiros

Fue en la fiesta del Año Nuevo que No Existe donde el Sabio conoció a una niña menudita, de cabellos castaños, con melenita y un mechón que caía rebelde sobre su ojito derecho.

La pequeña vestía un vestido corto color rosa. En su mano derecha llevaba una flor turquesa. Lucía una bella pulsera plateada con piedras de muchos colores y en sus finos dedos, los más preciosos anillos. Una tobillera de oro y plata engalanaba sus pies preciosos, que iban descalzos. Tendría unos siete años, pero como ya sabemos, es muy difícil determinar la edad de las personas en el país del Sabio.

Acurrucada en un rincón, lejos de las mesas junto a las cuales la gente comía, bebía mucha chocolatada y reía al tiempo de bailar y cantar desafinando como nunca, la niña suspiraba constantemente.

En su rostro se notaba una extraña nostalgia que debía ser muy profunda, ya que la luna jamás demoraba un instante en dibujar una sonrisa en aquellos que sufrían. Era evidente que los poderes de la luna no habían sido suficientes o que la pena había regresado sin que ella lo notara.

El Sabio se paseaba muy orondo entre la gente compartiendo chistes y canciones. Ese día estaba muy alegre y disfrutaba mucho de la fiesta.

Mientras estaba abocado a la exquisita tarea de comer un enorme trozo de torta de mirtilly, le llamó la atención que hubiera alguien que estuviera apartado del numeroso grupo de invitados. Era la niña que suspiraba en su rincón.

Dejó la torta en una mesa y se dirigió hacia ella, invadido por la curiosidad.

Se detuvo a sus pies, y desde su inmensa altura, le preguntó:

- ¿Qué te sucede, pequeña?

- ¡Ahhhhh! -la niña suspiró profundamente.

- ¿Te sientes bien? ¿Por qué no vienes con el resto a disfrutar de la fiesta? - insistió el Sabio.

- ¡Ahhhhh! -volvió a suspirar la pequeña.

- ¡Oh, ya entiendo! -dijo el Sabio acariciando su larga barba roja- Te has atragantado con muchos dulces y te sientes mal...

- ¡Ahhhh! -suspiró una vez más la niña.

- Comprendo... no es eso. ¡Hum! ¿Tienes una pena de amor?

- ¡Ahhhh!

- ¿Te has perdido? ¿No encuentras a tus padres?

- ¡Ahhhh!

- ¿Estás aburrida? ¿No te gustan las fiestas?

- ¡Ahhhh!

- Bien, no es nada de esto... ¿Qué te pasa, pequeña? -preguntó con mucha ternura el Sabio.

- ¡Ahhhh! No lo sé... Sólo sé que desde el fondo de mi estómago aparece siempre en mí una sensación muy extraña, que me oprime el pecho y hace que suspire todo el tiempo... ¡Ahhhh! -explicó la niña.

El Sabio se sentó junto a ella, sobre el piso, acomodando su larga túnica, apoyando su enorme espalda en la pared.

- Lo que tienes es una inmensa melancolía, niña -dijo el Sabio acariciando sus cabellos-. Seguramente nadie, ni tú, saben de dónde viene y qué es lo que la provoca. Hay gente así, aunque no sea frecuente hallarla en nuestro país. Pero sí, conozco gente de otros planetas, la que he hallado en mis numerosos viajes de sueño, que siente una melancolía infinita pero desconoce sus motivos.

La niña escuchaba con mucha atención las palabras del Sabio.

- Esa gente es la que, como tú, se sienta en lo alto de una colina, en soledad, para ver atardeceres y secar una lágrima traviesa que corre por las mejillas sin motivo alguno. Eres de los que se emocionan con las bellas canciones de la luna y que con cada compás de sus melodías se sienten transportadas hacia sitios muy lejanos, donde se extraña lo que jamás se tuvo y se desea lo que jamás se podrá tener.

La niña se sentó más cerca del Sabio y apoyó su cabeza en una de sus piernas. El Sabio continuó acariciando sus cabellos castaños, peinando cada tanto, el mechón rebelde descubriendo así su ojito derecho.

- Y cuando llega la noche, sientes que el día ha transcurrido en una larga pena, una dulce pena que en nada se parece con el dolor o la angustia. Es la pena de aquellos que son dueños de una inmensa sensibilidad. Es la pena de los que aman demasiado. La pena de quienes sufren con la belleza y las cosas hermosas del mundo.

La niña fue quedándose dormida.

Los invitados se fueron retirando del salón. Ya era muy tarde.

El Sabio continuaba hablando con sus ojos cerrados, acariciando la melena de la pequeña. Su voz era muy suave y dulce.

- Tu pena en nada se asemeja con el llanto de los que sufren dolores. Tus suspiros son la necesidad de comunicarle al mundo que todo lo bello está dentro de ti y que no puedes compartir tantos sentimientos con palabras o con gestos.

Luego de decir estas palabras, el Sabio también se durmió.

Fue como trasponer una amplia puerta de madera maciza, que se abría lentamente: el Sabio se vio entonces conduciendo a la niña de la mano por un amplio jardín poblado de flores hermosas, de pájaros dueños de los trinos más delicados del universo, de un cielo con cuatro soles, ubicados en cada uno de los puntos cardinales y que al mediodía se encontraban todo en lo alto del firmamento para fundirse durante unos minutos y luego continuar sus caminos hacia el punto opuesto al que habían salido.

Luego de transitar por un bosque milenario, tan alto como el cielo, se abrió ante ellos un paisaje increíble. Una cascada subía por la ladera de una inmensa montaña que estaba coronada por un cordón de nieve rosada, del que la luz de los soles hacía desprender destellos de luces multicolores.

El Sabio y la Niña de los Suspiros se sentaron junto a un arroyo a contemplar el paisaje.

- ¿Esto es un sueño? -preguntó la Niña ahora sin suspirar.

- Sí, es un sueño. Es tu sueño -respondió el Sabio apoyando una de sus manos en un hombro de la pequeña.

Quedaron en silencio durante muchos minutos, observando la belleza del paisaje.

La Niña estaba fascinada por la vista que se abría delante de ellos y asombrada por una rara sensación que venía de su estómago.

- No tengo deseos de suspirar... ¿Qué me ha pasado? -preguntó mirando a los ojos al Sabio.

- ¿Cómo te sientes? -preguntó el Sabio por respuesta.

- ¡Muy bien! Así, contigo a mi lado, en este jardín tan bello, rodeada de tanta hermosura, me siento muy bien... -dijo la Niña con mucho entusiasmo.

- Es que la pena que sufres cuando estás despierta es sólo un sueño. Un sueño de melancolía. Uno de los tantos sueños que nos fabricamos cuando no sabemos cómo expresar lo que sentimos. Tus suspiros son sólo un llamado de atención para que la gente que tú quieres dirija más la mirada hacia ti, que la necesitas mucho más de lo que crees -dijo el Sabio a la Niña con una voz clara y tierna.

- Pero... ¡esto es un sueño! -replicó la Niña-. El sueño es éste y no mi vida real. Es en mi vida real cuando los suspiros aparecen en mí sin control.

- ¿Esa cascada te parece real? -le preguntó el Sabio.

- Bueno, sí. Hasta podría tocarla si así lo deseara.

- ¿Sientes el calor de los cuatro soles?

- Claro.

- ¿Deleitan tus oídos los trinos de los pájaros de este bosque?

- Son muy hermosos, por cierto.

- ¿Percibes el cariño que siento por tí a través del calor de mi mano?

- Sí, y te estoy muy agradecida, Sabio.

- Pero esto es un sueño... -continuó el Sabio.

- Sí, pero parece tan real... -dijo la Niña con mucha satisfacción.

- Y no desearías despertarte, seguramente -arriesgó el Sabio.

- ¡Oh, no! Es todo tan bello... Me siento muy bien aquí, contigo.

- Dime, pequeña -dijo el Sabio mirándola profundamente a los ojos-. ¿No crees tú que si miraras el mundo real con los mismos ojos que miran este hermoso paisaje ahora, si escucharas con estos oídos los sonidos del mundo real, si acariciaras con estas manos las texturas del mundo real y si te dejaras calentar la piel con la luz del sol del mundo real, no podrías sentir la misma sensación?

La niña meditó durante unos minutos. Luego respondió:

- Ya entiendo lo que tú dices. Todo pasa por la actitud que yo tenga hacia las cosas y la gente que me rodea... -la Niña pensó unos minutos más y agregó contemplando el entorno: - me he confundido con el paisaje, soy parte de él, soy parte de toda esta belleza y siento en mí tu cariño y amistad. Y soy feliz así. Si pudiera, al despertar, disfrutar de mi mundo real como disfruto este sueño, sin pensar en aquello que no tengo o que no tendré; si me maravillaran las cosas cotidianas y me dejara invadir por el cariño de los que me rodean sin pensar en que algún día viajarán muy lejos y ya no los veré más, entonces...

- Entonces serías más feliz -completó el Sabio.

- ¡Ah, si pudiera lograr esto! -dijo la Niña suspirando por primera vez en su sueño.

- Es que sólo necesitas utilizar una palabra que no es mágica, pero sí muy efectiva -dijo el Sabio abriendo su mano izquierda para permitir que un colibrí se posara en ella.

- ¿Cuál es la palabra que me permitiría ser feliz en mi mundo real?

- Deseo. Ésa es la palabra. Deseo. Si tú lo deseas con el corazón, esa felicidad se instalará en tu corazón y no habrá melancolía que impida que te llene cada instante de tu vida.

- Deseo... -repitió la Niña.

- Las acciones de los hombres, sus alegrías y sus sufrimientos, se basan en sus deseos. Si deseas ser feliz, con tu alma rebosante de voluntad, lo conseguirás.

- Deseo... -volvió a repetir la Niña mirando fijamente la cascada. Y suspiró.

La pequeña giró su cabeza hacia el rostro del Sabio, que continuaba observándola con una sonrisa en sus labios. La Niña sonrió a su vez y el paisaje comenzó a disolverse lentamente.

- ¿Qué ocurre? -preguntó la Niña al Sabio.

- El sueño está concluyendo. ¿No es acaso lo que deseabas?

- Sí, tienes razón. Quiero despertar. Quiero regresar a mi mundo real, pues tengo mucho que hacer.

- ¿Qué es lo que tienes que hacer? -preguntó el Sabio.

- Tengo que cumplir mis deseos -afirmó con mucha seguridad la Niña.

Y ambos despertaron tomados de la mano.

El salón estaba vacío. Ya todos los invitados habían regresado a sus hogares a descansar hasta el día siguiente, en el que más fiestas llenarían más salones de gente alegre.

El Sabio y la Niña quedaron en el rincón en silencio.

La Niña pensaba en lo mucho que tendría por hacer al día siguiente.

El Sabio comprendió esa noche dónde residía su sabiduría y cuál era su trabajo en el universo: ayudar a que la gente comprenda que sus sueños pueden ser realidad. Y esa tarea debía llevarla a cabo en, precisamente, los sueños de la gente.

Cuando el Sabio tuvo la certeza de su misión, sintió que desde el estómago le llegaba una extraña sensación, mezcla de angustia con felicidad.

Y suspiró profundamente.

Y sonrió a la Niña que lo observó con curiosidad...

 

El Sabio de los Sueños conoce ahora

al Señor de los Espejos

Los días siguientes al encuentro del Sabio con el Hombre Azul, fueron muy especiales.

Durante el día, el Sabio se retiraba a pasear fuera de la ciudad, por campos y bosques. Disfrutaba la luz del sol, se divertía sobremanera observando al amanecer el apuro del Hombre Azul transportando al gran astro dorado en su carro de hielo con mucha prisa, ya que era verano y el sol estaba más ardiente que nunca. Al atardecer, contemplaba los últimos rayos del sol que era colocado nuevamente en el frío carro para dormir en su caja de metal, y se emocionaba al ver descender las estrellas para posarse en los postes que se transformaban con su luz, en faroles.

El Sabio hablaba con las flores, los animales y los insectos, mientras la gente del pueblo estaba muy ocupada organizando las fiestas del día y otras labores.

Les contaba historias maravillosas que capturaban la atención de todos ellos. Les relataba algunos de sus viajes de sueño que hacía que los onconi -unos pequeños seres que eran tan bondadosos como traviesos- lloraran a moco tendido, tan emocionados que quedaban con las palabras y los sucesos que salían de la boca del Sabio, que elegía como asiento siempre una gran piedra blanca en el claro de un bosque donde concentraba la atención de todos.

Por las noches, a las diez en punto, el Sabio se retiraba a su habitación y se tendía en su cama hexagonal de sábanas de césped y nubes, para sumergirse en el profundo sueño de todos los que necesitaban de él una palabra de aliento o compañía.

Al amanecer, el Sabio hacía fiaca un buen rato en su cama. Se desperezaba como un gato y remoloneaba entre sus muchas almohadas hasta que se levantaba y tomaba muchos vasos de yogur de frutilla. O de mirtilly, que como ya sabemos, es el gusto preferido del Sabio de los Sueños y que se lo hacía preparar especialmente para él.

Una noche, el Sabio tuvo una experiencia bastante extraña.

A poco de dormir, se vió encerrado en una habitación cuyo piso, paredes y techo eran espejos.

El Sabio vio su imagen multiplicada cientos de veces en los muchos espejos que pisaba, que lo rodeaban y que estaban colocados con mucha precisión sobre su cabeza.

- ¡Hum! Es raro este sueño -se dijo el Sabio acariciando su larga barba roja-. No hay nadie... Es muy raro esto...

- ¿Cómo que no hay nadie? -respondió una voz desde algún lugar de la habitación.

El Sabio giró sobre sus pies buscando a quien había hablado. No lo halló.

- Pues si hay alguien, está muy bien escondido -dijo el Sabio divertido, pensando que era una broma.

- No estoy escondido. Es que no me puedes ver y puedes verme muy bien -volvió a responder la misteriosa voz.

- ¡Ah!, comprendo... Se trata de una adivinanza -arriesgó el Sabio cada vez más divertido.

- No, no es una adivinanza.

- ¿Eres tan pequeño que debería buscarte con una lupa? -inquirió el Sabio agachándose y buscando con mucha atención en los espejos del piso.

- Soy tan grande como tú -dijo la voz desde algún lugar que podía ser al frente, detrás, arriba o abajo del Sabio.

- Si eres tan grande como yo, y no te veo, entonces eres invisible -pensó en voz alta el Sabio.

- Soy invisible y muy visible. Todo depende de ti -dijo la voz.

- ¿Qué debería hacer para verte? -preguntó el Sabio dando una vuelta por la habitación.

- Sólo tienes que mirarte a ti mismo en cualquier espejo -contestó la voz que salía de todos lados y de ninguno en particular.

El Sabio se acercó a uno de los espejos, el que ocasionalmente estaba frente a él y se observó: la roja y larga cabellera que caía sobre sus hombros, su rostro marcado por las arrugas de sus 250 años, su barba, su túnica azul y roja y sus pies descalzos.

- Me estoy mirando -dijo el Sabio-. Y sin embargo, no te veo.

- No estás mirando con la suficiente atención -dijo la voz-. Obsérvate con detenimiento. ¿Qué sientes cuando estás frente a un espejo cualquiera?

El Sabio pensó con detenimiento. Era una buena pregunta. ¿Qué siento cuando estoy frente a un espejo? ¿Acaso no es una atracción muy especial, casi inevitable, que hace que deba observarme? Cuando paso al lado de un espejo, ¿no es que no puedo reprimir el deseo de contemplarme aunque sea unos pocos segundos? ¿Y por qué me ocurrirá esto? A decir verdad, veo que le ocurre a todas las personas que conozco...

El Sabio continuó analizando esa atracción por los espejos. ¿Y qué hago cuando estoy frente a un espejo, además de peinar mis cabellos o arreglar mi larga barba, por ejemplo?

- Eso: ¿qué haces cuando estás frente a un espejo? -preguntó la voz que evidentemente escuchaba los pensamientos del Sabio.

- Me miro a los ojos -respondió el Mago dándose cuenta de que mientras pensaba, todo el tiempo tenía puestos sus ojos en los ojos reflejados por el espejo.

- Bien, vas por buen camino -dijo la voz que ahora se oía claramente que salía del espejo que reflejaba la imagen del Sabio.

- Pero si tu intención es que te vea, entonces deberás mostrarte, desconocido -dijo el Sabio sin dejar de observar sus ojos en el espejo.

- Me estás viendo -afirmó la voz y la imagen del Sabio se convirtió en un hombre tan alto como él, con una cabellera tan enrulada y con una barba tan larga y roja como la suya.

- Pero ése soy yo... -comentó el Sabio extrañado por algo que no podía definir y que no correspondía a su exacto reflejo.

- Es «eso» que no puedes definir lo que nos hace diferentes; lo que a mí me da mi propia personalidad y que hace que no seas tú a quien estás viendo -dijo la voz.

- Pero si no me estoy viendo en el espejo, ¿a quién veo realmente?

- Me ves a mí -aseguró la voz-. Al Señor de los Espejos.

- Eres casi idéntico a mí -señaló el Sabio.

- Exactamente, «casi» idéntico. Porque tú no eres yo ni yo soy tú. Lo que ves es mi propia imagen, que cambia de acuerdo a quien se pare delante de algún espejo. Es el Señor de los Espejos quien te atrae, quien te obliga a observarte en cuanto espejo tropiece contigo. Soy yo quien llama tu atención de un modo casi inevitable. Estos ojos no son tus ojos, sino los míos, que te conocen mejor que lo que tú crees que te conoces.

El Sabio escuchaba muy atentamente.

- Cuando capto la atención de las personas y las obligo a pararse frente a los espejos, les devuelvo la imagen real que ellos tienen, no la que creen tener. Algunos disfrutan con ella; otros, lamentablemente, no pueden hacerlo porque no están conformes consigo. Para algunas personas, el espejo es un tormento porque se ven a sí mismas y ven todas las miserias de sus corazones. Pero para la mayoría, es un verdadero placer contemplar su verdadera personalidad en un espejo.

- Yo hago muchas morisquetas en los espejos... -comentó el Sabio hinchando sus mejillas y abriendo desmesuradamente sus ojos. El espejo devolvió esa imagen con total exactitud.

- La mayoría de la gente hace morisquetas frente a los espejos. Sobre todo cuando nadie los ve -dijo el Señor de los Espejos-. Y es por esto que te explicaba recién de que frente a los espejos, somos lo que realmente somos, sin los condicionamientos que imponen las miradas de las demás personas.

El Sabio hizo morisquetas hasta que se cansó y se puso serio. La imagen del espejo también.

- ¿Por qué estoy en este sueño? -preguntó el Sabio a su imagen, es decir, al Señor de los Espejos.

- Porque yo te llamé -respondió la imagen.

- ¿En qué puedo serte útil, Señor de los Espejos? -volvió a preguntar el Sabio ahora con mucha seriedad.

- Sentémonos, no me resulta fácil explicarlo y estoy cansado de que estés parado.

Un pequeño banquito de espejos apareció de pronto detrás del Sabio, quien tomó asiento al igual que su imagen en el cristal.

- Hace miles de años -comenzó a explicar el Señor de los Espejos- los hombres crearon a los espejos para darles distintos usos, principalmente, para reflejar cosas y personas.

- Siempre he tratado de satisfacer los deseos de todos y mostrarlos tal como son -continuó el Señor de los Espejos-, con sus defectos y sus mejores atributos. Ha sido muy duro mi trabajo en todo este tiempo, porque he reflejado rostros de personas que en el interior son muy desagradables. He tenido mis compensaciones, por supuesto, ya que hay mucha gente muy hermosa en su interior. Pero creo que me estoy poniendo viejo y estoy muy cansado.

El Sabio comenzó a peinar su barba larga mientras escuchaba muy atentamente. La imagen en el espejo hizo lo mismo.

- Reconozco que es un trabajo arduo, pero a la vez muy gratificante, más aún cuando son los niños los que buscan su reflejo y me divierten con sus muecas y gestos tan cómicos y graciosos. Es muy entretenido ver los rostros de los más chiquitos que no entienden muy bien qué es lo que sucede con sus personitas: si están frente a un gemelo o si se trata de un truco de la gente mayor. Pero, te repito, creo que estoy viejo y cansado...

- ¿Por qué dices esto? -preguntó el Sabio con mucha preocupación.

- Porque... -y el brillo de los ojos de la imagen del Sabio que se reflejaba en el espejo se nubló, como si estuvieran a punto de llorar-. Porque nada ni nadie me refleja a mí...

- Esto que dices es muy triste -expresó el Sabio tan angustiado como el Señor de los Espejos; y esa pena se notaba tanto en uno como en otro.

- Sí. Es muy triste... -agregó el Señor de los Espejos.

- ¿Y qué puedo hacer por ti? -preguntó con ansiedad el Sabio.

- Quizás sea pedirte mucho...

- Quizás no lo sea... -dijo el Sabio.

- Lo que yo quisiera es...

- ...lo que tú quisieras -completó el Sabio- es que yo tome tu lugar y refleje tu verdadera imagen.

- Así es. ¿Será mucho pedirte, Sabio de los Sueños que ayudas a tanta gente?

- En los sueños, querido Señor de los Espejos, nada es imposible ni nada es mucho pedir. Intentaré cumplir tu sueño. Si me permites...

El Sabio se incorporó de su banquito y dio un paso al frente. Se colocó tan cerca del espejo, que su nariz rozaba la nariz reflejada.

- ¿Estás listo? -preguntó el Sabio.

- Sí, estoy listo -respondió el Señor de los Espejos con mucha emoción.

- Pues allá vamos -dijo el Sabio y dio otro paso al frente.

En ese momento, las imágenes se cruzaron. El Sabio pasó del otro lado del espejo y la imagen que éste reflejaba quedó en el sitio donde él había estado antes.

El Sabio, desde el interior del espejo, le preguntó al Señor de los Espejos qué era lo que veía.

El Señor de los Espejos dejó escapar una lágrima. Lo que él veía en el espejo era nuevamente la imagen del Sabio de los Sueños.

- Te veo a ti, Sabio, no puedo ver mi imagen... -dijo al borde del llanto el Señor de los Espejos-. ¿Qué es lo que ves tú? Puedes decírmelo aunque lo que estés viendo sea horroroso...

- Lo que veo -dijo el Sabio- es una figura tan alta como yo, con una cabellera y una barba larga y roja como la mía, pero toda ella refleja millones de rostros y cosas. Puedo ver todos los momentos de la historia del mundo que pasaron delante de los espejos; todas las personas, todos los muebles, todo el universo que alguna vez fue reflejado.

- ¿Y es agradable, Sabio?

- Es lo que es, querido Señor de los Espejos. Tú no puedes elegir los sujetos y los objetos que se pongan delante de ti. Eres un mundo en ti mismo y no lo puedes evitar. Eres lo bello y lo feo, lo agradable y lo desagradable, lo alegre y lo triste, el llanto y las risas, eres todo esto y mucho más. Mírame a los ojos, Señor de los Espejos, haz lo que la gente debe hacer para verte. Mira en el reflejo, la profundidad de mis ojos y podrás observarte de cuerpo entero.

El Señor de los Espejos hizo caso a las palabras del Sabio de los Sueños y se vio todo imágenes, todo gente, todo cosas. Y sonrió con satisfacción.

- ¡Esto es lo que soy! Soy mi propio mundo, habitado por todo lo que he reflejado a lo largo de mi historia. Soy el primer bostezo de la jornada y la despedida en la noche, soy el momento de maquillaje y el arreglo de una cabellera en cualquier momento del día. Soy la imagen de los salones de bailes y las fachadas de algunos edificios. Soy todo y soy nada. Soy realidad, ilusión y fantasía. Esto es lo que soy y estoy conforme con ello.

El Sabio atendía las palabras del Señor de los Espejos con cariño y comprensión.

- Gracias, Sabio de los Sueños. Me has devuelto las fuerzas para seguir reflejando las imágenes sin hacerme ya tantas preguntas. La vida de los espejos es muy solitaria, te lo puedo asegurar. Pero mi trabajo es necesario también, y eso me reconforta. Gracias, puedes si quieres, pasar de este lado...

El Sabio hizo dos pasos hacia delante y las dos figuras se cruzaron en la superficie lisa del espejo. La imagen del Sabio quedó reflejada nuevamente en él.

Luego de la despedida, el Sabio decidió despertarse. Deberían ser ya las nueve de la mañana y ese día debía ayudar a organizar una fiesta en la casa de unos amigos.

Después del desperezo habitual y de la obligada fiaca matutina, el Sabio se dirigió al cuarto de baño a darse una ducha.

Se detuvo frente al espejo y observó su imagen con detenimiento.

Miró sus ojos muy profundamente. Sonrió. Y al sonreír percibió que el Señor de los Espejos, desde el otro lado del cristal, también sonreía...

 

LA MALDICION DEL CHENQUE

(2001)

EL CASTIGO DE LOS CHENQUES

Dicen los paisanos que el que cava y saca esqueletos y cosas de un chenque, que es el cementerio de los indios antiguos, tendrá un castigo de cien años para él y para su familia. Dicen que ahí están sus antiguos parientes y que ellos los maldicen. Dicen que todos los que han sacado flechas, huesos y cacharros se han muerto pronto o han quedado malditos. Y dicen que conocen muchas personas que han muerto por eso.

Los paisanos tienen miedo de pasar cerca de los chenques en la noche y los miran con respeto supersticioso. Los chenques son como tesoros enterrados.

 

 

Narrado por José Autalán, Comodoro Rivadavia (Chubut) 1952. Recopilado por Berta E. Vidal de Battini, 1984. Publicado en el libro «Cuentan los mapuches».

 

Capítulo III

 

La tapa misteriosa en el galpón

Sucedió lo que tenía que suceder: ese verano las pulgas y las garrapatas se multiplicaron como una verdadera plaga y Tacaño, solidario con todos los bichos que andan dando vueltas por ahí, les dio alojamiento a todos. Mi papá no necesitó decirme nada. Me dirigió una mirada que hasta Tacaño comprendió. El perro y yo, en silencio, nos encaminamos al galpón de atrás para acondicionar lo que sería su cucha: un gran cajón de madera que puesto de costado tenía lugar para colocar el almohadón de un sofá destrozado. Tacaño me observaba con atención sentado en la puerta, mientras yo quitaba algunas porquerías y el polvo del cajón. Muy pronto se levantó una nube de tierra en el interior y tuve que salir para respirar aire puro. A lo lejos se veía la figura de Maxi que venía con unos libros bajo el brazo. Seguramente eran los de química. Cuando sucedía esto, Maxi se descolgaba con la idea de algún experimento extravagante que siempre terminaba mal: las remeras manchadas o algún frasco o botellas rotas y la sensación de que así nunca seríamos científicos.

Cuando llegó, se enteró de lo que había pasado y abandonando los libros sobre un tronco, se dispuso a ayudarme en la tarea.

- Ya que estamos, vamos a ordenar todo el galpón. Vas a quedar bien con tu papá y de paso, veremos si hay algo que sirva -dijo refiriéndose a cualquier cosa que fuera útil para los experimentos, las investigaciones o su museo de antigüedades.

Pusimos manos a la obra. Yo me encargaba de sacar las cosas del galpón y él de seleccionar lo que se debía guardar o tirar. Hacía tres pilas: una para la basura, otra para lo que se debía volver a entrar y otra con las cosas que podrían tener algún tipo de interés para nosotros.

A medida que fuimos desocupando el galpón, veíamos que la que más crecía era la de la basura. El jefe de la estación se había encargado de llevarse todo lo que fuera útil. Lo que quedaba no servía para nada, ni siquiera para el experimento más tonto.

Bromeamos un poco por la mugre que llevábamos encima y decidimos descansar un rato. Fui hasta mi casa a buscar una gaseosa y al regresar, estaba Melisa.

- ¿Ahora se dedican a limpiar galpones o es un experimento nuevo? -preguntó con cierto tono de burla.

Íbamos a responderle cuando Maxi se dio cuenta de que Tacaño olfateaba con insistencia en un rincón del galpón.

- Seguro que encontró la cueva de una laucha -dije al pasar.

Él no lo creyó así y se levantó para investigar lo que tanto preocupaba a mi perro.

- Mañana es el cumpleaños de mi hermanita menor. Si quieren, pueden venir -dijo Melisa.

- Estaría bueno -dije yo observando cómo Maxi se dirigía al rincón con un palito en la mano Sin dejar de observar el suelo, me pidió una escoba.

Al costado del galpón había una medio destartalada, pero servía igual para quitar el grueso de la tierra que se acumulaba en el rincón.

Me dirigí hacia allí y vi que Tacaño estaba muy excitado. Le pregunté qué había.

- No estoy seguro, pero no es la cueva de ningún animal -dijo Maxi barriendo enérgicamente

Melisa se acercó a nosotros con curiosidad. Tacaño comenzó a gemir. Ahora estaba muy nervioso.

- La escoba no alcanza -dijo Maxi-. Ahora la tierra está muy dura.

- Yo no veo nada. Me parece que ustedes están un poco locos -comentó Melisa observando que se había ensuciado las zapatillas blancas.

Entre la basura había una barra de hierro que podía servir para retirar la tierra. Se lo alcancé a Maxi y al segundo golpe se escuchó un ruido metálico. Me miró satisfecho.

- ¿Viste que no era una guarida de ratones? - me preguntó sonriendo.

No respondí nada. Ahora estaba tan excitado como Tacaño, que jadeaba a mi lado.

Fui al taller de papá en busca de una pala y en pocos minutos una tapa de grueso metal quedaba al descubierto.

- Parece la tapa de un sótano -señalé.

- Sí -dijo Maxi golpeándola con la pala. El ruido ahora era hueco.

Melisa preguntó qué habría allí dentro, pero ninguno de los dos le supimos responder.

- Debe ser otro depósito -arriesgué.

- No lo creo -dijo Maxi mientras quitaba el último resquicio de polvo con sus manos-. ¡Miren! ¡Tiene figuras grabadas!

Todos -hasta Melisa a quien ya no le importaba la suciedad del lugar- nos arrodillamos junto a la tapa para observarla con detenimiento: cuatro extraños dibujos se alzaban en relieve. Cada uno de nosotros intentaba descifrar esas figuras, pero ningún argumento parecía válido.

Estábamos concentrados en esa tarea cuando escuchamos que alguien, silbando, se acercaba a la puerta del galpón.

Tacaño comenzó a ladrar con furia, pero sin moverse de su lugar.

Los tres miramos en esa dirección y por el polvillo y la luz del sol sólo pudimos ver una figura que se detenía y nos observaba. Luego de unos segundos reanudó su marcha, silbando nuevamente. «Seguro que están jugando a las muñequitas», dijo mientras se alejaba riendo con burla.

- Es Heriberto -comentó Maxi.

- Es insoportable -dijo con bronca Melisa.

Sólo cuando Heriberto se perdió en la distancia, Tacaño dejó de ladrar y nos miró jadeando, con la lengua afuera.

Propuse levantar la tapa, pero Maxi sugirió averiguar antes qué significaban los signos.

- ¿Para qué? -preguntó Melisa-. Levantemos la tapa y veamos qué hay.

Lo miré dándole la razón a Melisa, pero él insistió en averiguar primero qué querían decir los dibujos.

- Está bien -acepté-. De todos modos se está haciendo tarde y nos va a dar bastante trabajo. Parece que está muy agarrada a la tierra. Mejor nos damos un baño y nos encontramos en tu casa para buscar en tus archivos qué puede ser esto.

Maxi buscó entre los libros que había dejado sobre el tronco un papel en blanco y un lápiz y copió cada una de las inscripciones. Cerramos el galpón con el candado y nos fuimos.

A la hora y media estábamos los tres en la habitación de Maxi, quien ya estaba rodeado de gruesos libros iniciando su investigación.

 

Capítulo IV

La brújula que no es brújula

 

- ¿Qué encontraste? -pregunté con ansiedad, tomando asiento junto a Maxi, que estaba literalmente sumergido entre libros y papeles.

- No mucho -comentó sin quitar la vista del material-. Pero me da la impresión de que tiene que ver con algo indígena...

- Si acá no hubo indios -señaló Melisa, mientras miraba fascinada cada uno de los objetos que había en el cuarto-. ¿Esto para qué es? -dijo tomando entre sus manos la brújula.

Maxi no respondió. Seguía concentrado en su tarea.

Le respondí que era una brújula.

- ¡Qué rara!... Yo pensaba que las brújulas tenían que marcar el norte, el sur, el este y el oeste... ¿Qué clase de brújula es ésta que marca... ¡Acá están los dibujos de la tapa del galpón!

Maxi y yo nos abalanzamos sobre Melisa para mirar la brújula. Efectivamente, en lugar de los puntos cardinales, aparecían las figuras de la tapa metálica. Nos miramos en silencio, asombrados. Maxi reconoció que nunca antes le había prestado atención.

Nos sentamos alrededor de él, junto al escritorio para comparar los garabatos del papel y coincidían perfectamente. Fue hasta una repisa, tomó la lupa y miró con ella el interior de la brújula.

- Los dibujos están pegados en el fondo, encima de donde deben estar los puntos cardinales. Tenemos que abrirla -dijo.

- ¿No se van a enojar tus padres? -preguntó con temor Melisa.

- No nos queda otro remedio si queremos desentrañar este misterio -respondió con un tono severo.

Mientras Maxi buscaba en su escritorio alguna herramienta para abrir la brújula, los tres estábamos en silencio. El pueblo se preparaba para la hora de la cena y nosotros no éramos la excepción, por lo cual no nos quedaba mucho tiempo para nuestras investigaciones.

Por la ventana comenzó a oírse un silbido. Nos miramos. Sabíamos que era Heriberto. Pero... ¿nos estaba siguiendo o era pura casualidad? No dijimos nada, pero en el ambiente quedó flotando una mala sensación.

Maxi quitó la tapa de vidrio de la brújula. Con una pinza pequeña levantó con facilidad los cuatro dibujos y los depositó sobre un papel.

- ¿Qué quiere decir? -preguntó Melisa.

- Hum... No lo sé -dijo Maxi.

Quedé pensativo, concentrado en esos dibujos. Los había visto en algún lugar, pero no sabía dónde. De pronto lo supe.

- ¡Ya sé! -grité asustando a los demás-. ¡Mi mamá!

- ¿Tu mamá qué? -preguntó Maxi.

- Mi mamá tiene la respuesta -dije excitado-. Hay un tapiz colgado en el living de la casa que tiene los mismos dibujos...

Maxi y Melisa preguntaron con entusiasmo de dónde era.

- No lo sé... -respondí apesadumbrado- . Se lo regaló una hermana... Lo trajo de algún lugar donde estuvo de vacaciones.

- Entonces tenés que preguntarle su origen. Ahí sabremos por dónde tenemos que buscar.

Desde la cocina, la mamá de Maxi lo llamaba a cenar, así que quedamos en encontrarnos a la mañana siguiente, bien temprano, para seguir con nuestra investigación.

Maxi acomodó los libros en su biblioteca, apagó la computadora que al final no habíamos usado y cerró la puerta de su cuarto. Cuando hizo esto, los tres escuchamos con mucha claridad un potente ruido, algo así como un objeto que hubiera caído al suelo. Abrimos la puerta, encendimos la luz, y no vimos nada fuera de lugar. Nos miramos con asombro. Y temor.

En la cena, pregunté como si cualquier cosa, quién había traído el tapiz y de dónde.

- Es un regalo de tu tía Carolina, lo trajo del sur... Creo que de la provincia de Neuquén -respondió mi mamá. Y mi papá preguntó divertido si pensaba dedicarme a tejer tapices ese verano.

- No... Quería saber nada más... -dije y cambié de tema comentando que el galpón estaba casi listo, que solamente faltaba terminar de limpiar y tirar la basura.

Esa noche me acosté ansioso por despertar y quitar la tapa de metal del galpón. ¿Qué habría? ¿Sería un sótano? ¿Encontraríamos algo de valor? ¿Sería un pasadizo hacia alguna de las viviendas del pueblo? ¿Un escondite?

Alrededor de las cinco de la mañana me desperté sobresaltado: Tacaño aullaba en dirección al galpón. Me pareció escuchar un silbido intenso, pero que era muy distinto al de Heriberto, tenía algo de sobrenatural. Era como el silbato de un tren en la distancia, pero parecía un lamento agudo. Un escalofrío recorrió mi espalda. Estuve a punto de ir a la habitación de mis padres, pero no me animé a salir de la cama. Me tapé hasta las orejas y traté en vano dormir. A la hora y media, los débiles rayos del sol del amanecer se filtraron por mi ventana y Tacaño calló. Sin darme cuenta, dormí profundamente hasta las nueve y pico.

Cuando desperté, salté de la cama y mientras me vestía tenía la certeza de que ése día sería muy especial.

 

Capítulo VIII

La gran salamanca

 

Cuando reaccionamos, nos miramos sin entender nada. No estábamos lastimados, nuestras cosas estaban junto a nosotros y Tacaño me miraba muy tranquilo, echado a mis pies.

Nos levantamos y observamos a nuestro alrededor: nos hallábamos en una caverna inmensa. Era tan grande, que de hecho no parecía eso, sino el exterior. Nos dimos cuenta de dónde estábamos porque el cielo era de piedra. Al principio todo había sido bruma; no veíamos más allá de nosotros mismos, pero lentamente fue aclarándose todo, hasta que pudimos observar un gran lago interno rodeado de frondosos árboles y una serie de caminos de piedra que conducían a distintos lugares.

Empezamos a especular cómo era que en el sótano del galpón de la vieja estación de tren podía existir semejante cosa; cómo podíamos caer sin habernos lastimado; qué habría más allá y, por supuesto, cómo haríamos para regresar a nuestros hogares.

Hacía frío y la luz que iluminaba todo el lugar no provenía del sol ni de la luna. No había lámparas ni velas. Tampoco se veía en el techo de la gran caverna una grieta que permitiera hacer entrar la luz del exterior, donde por otra parte, todavía tenía que ser de noche.

Volvimos a observarnos entre nosotros y nos llamó la atención que ninguno estuviera asustado por lo que estaba ocurriendo. ¿Estaba soñando? ¿Estábamos soñando todos?

- Quisiera saber dónde estamos... -dijo Melisa frotándose las manos.

- Yo también -dije.

- Y yo -agregó Maxi.

- Están en una renupulli -dijo una voz grave que sonó a nuestras espaldas y que nos sobresaltó.

Un hombre pequeño, de tez morena, ataviado con gruesas pieles, descalzo, y que portaba una larga lanza, estaba parado detrás nuestro, sobre una gran roca, como a unos diez metros. La figura parecía irreal porque tenía una luz de transparencia muy especial.

- No se asusten -siguió hablando-. Los estaba esperando.

El hombre se acercó a nosotros, y a medida que lo hacía, su cuerpo se iba haciendo menos transparente.

  • Soy un huerquén. Un mensajero. No deben temer, estoy aquí para ayudarlos

Maxi preguntó si era un mapuche, a lo que el desconocido respondió afirmativamente.

- ¿Un mensajero? ¿De quién? -pregunté.

- De Kalfulkurá, el lonko, el cacique más importante de los últimos tiempos.

- ¿Qué es este lugar, la remu... remi... remipoli...? ¿Dónde estamos? -preguntó Melisa ansiosa.

Antes de responderle, vimos que un gran pájaro se posaba en una piedra distante a unos quince metros de donde estábamos. Su aspecto era aterrador, pero sólo nos miraba con mucha atención.

- No le hagan caso, es un kill-kill -dijo el huerquén. Lo manda un calcú, un brujo malo, para que vea y escuche lo que hacemos.

Tacaño se puso a ladrar a lo loco. Intenté callarlo, pero no me hacía caso.

- Tu trewa es buen guerrero -comentó el huerquén señalando a Tacaño, que al oír hablar de él dejó de ladrar, porque le encanta que la gente hable bien de él.

- Vamos por partes -propuse-. Explíquenos qué hacemos acá y todo lo demás. ¿Cuál es su nombre?

- Me llamo Ñancupán, que en mi lengua significa «águila león». Mi misión es guiarlos en esta travesía .

- Espere un momento -lo interrumpí sorprendiéndome a mí mismo porque hablaba con tranquilidad pero a la vez muy molesto-. Nosotros no contratamos ninguna empresa de turismo para ninguna travesía. Simplemente bajamos al sótano del galpón para ver qué había y qué significaban los dibujos de la tapa. Nada más. No sabemos cómo caímos acá, qué es este lugar, ni nada por el estilo. Es más: me parece que ya vimos lo suficiente y si usted es tan amable y nos guía hasta la salida, se lo vamos a agradecer.

Sin darme cuenta, mi ánimo se había ido enojando a medida que hablaba. Todo lo que ocurría me parecía absurdo, un sueño de mal gusto, una locura, cualquier cosa menos real...

El huerquén Ñancupán me miró fijamente a los ojos y se sonrió.

- Me habían dicho que eras toro, Nahuel. Mis antepasados no se equivocaron al elegirte.

Estaba a punto de explotar de rabia porque cada vez entendía menos - no sabía cómo conocía mi nombre, me decía que era un elegido y encima me llamaba «toro», que después me enteré que significaba «valiente»- cuando Ñancupán me interrumpió:

- Les ruego que tomemos asiento. Les tengo que explicar algunas cosas.

- Pero no tenemos mucho tiempo -dijo preocupado Maxi, que había anotado todo el diálogo en su libretita-. Nuestros padres...

- No te preocupes por el tiempo. No existe el tiempo en este lugar.

- ¿Y si nuestros padres se despiertan y ven que no estamos en la cama? -le preguntó en voz baja Melisa a Maxi.

- Sus camas están ocupadas por espíritus de pichi ché, gente pequeña o enanos que tomaron sus formas para que puedan llevar a cabo su misión hasta el final.

- Los «pichis» somos nosotros que tendríamos que estar durmiendo a pata suelta... -comenté ahora más enojado.

- Tu furia es producto del temor - me dijo Ñancupán-. Y eso es bueno. Fuiste elegido por tu valentía, aunque todavía no la conozcas. Nahuel, en mi lengua, significa «tigre» y eso eres, un tigre.

La voz serena del huerquén fue tranquilizándome: ¿acaso no había soñado siempre con vivir una aventura? Y si esto era un sueño, ¿qué mejor que aprovechar la oportunidad?

Los tres estábamos sentados sobre piedras formando un círculo. Tacaño, a mi lado no le sacaba el ojo de encima al kill-kill.

Cuando Ñancupán observó que me relajaba, comenzó su explicación.

 

 

Capítulo IX

El relato de Ñancupán, el huerquén

 

«Hace muchos años -comenzó a relatar Ñancupán- nuestro pueblo vivía libre y feliz en el sur de la Argentina. Era un pueblo pacífico y tranquilo, hasta la llegada de los huincas, los blancos, que nos quitaron las tierras, mataron nuestra gente y nos hicieron perder casi todo, menos el orgullo de ser mapuches. Mapuche significa «gente del país, de la nación, de la tierra».

«Fuimos perseguidos, esclavizados y expulsados de nuestro propio territorio -continuó el huerquén-. Pero nuestras creencias y tradiciones perduran en el tiempo y perdurarán por los siglos de los siglos.

«A fines de 1800 esa terrible tarea de los huincas había terminado. A partir de entonces comenzamos a reclamar lo que nos pertenecía, sin muchos resultados, pero mi pueblo es pacífico y paciente. Sabe esperar y confía en la decisión de Chau Elchefe, nuestro Padre, el Creador de los hombres. Por esos años, un huinca, un explorador, visitó nuestras tierras y nos robó algo sagrado. Ése hombre era tu tatarabuelo -le dijo el huerquén a Maxi, que lo miró con cara de «yo no fui»-. Él se apropió de una calavera de un chenque, un cementerio de los indios antiguos y el que cava y saca esqueletos y cosas de allí, tiene un castigo de cien años para él y su familia. Tu tatarabuelo habrá buscado allí algún tesoro enterrado y, al no hallarlo, se conformó con una calavera. Con seguridad confundió el chenque con un eltahue, que es el lugar de los sepulcros donde se ocultan los tesoros.

«Los que roban en los chenques mueren o quedan malditos. Tu antecesor no murió por la maldición, pero ésta pesa sobre tu familia. Kalfulkurá me envió porque ustedes están destinados a reparar lo que tu tatarabuelo dañó y yo debo ayudarlos.

«Nahuel fue elegido por su valor. Desde la tierra de los espíritus podemos ver el interior de las personas y sabemos que es un tigre valiente, que colaborará en esta tarea.

«Melisa tiene grandes poderes de machi, de bruja capaz de curar a enfermos y practicar la magia buena. Ella cree que la elección del túnel de la derecha fue un presentimiento, pero lo que hizo fue interpretar al zorro que cruzó delante de ustedes de izquierda a derecha. Los mapuches sabemos que eso es de buen augurio. Melisa lo supo entender y realmente fue una buena decisión, ya que si hubieran optado por el de la izquierda, hubieran caído en un menuco, una ciénaga donde hubieran muerto.

«Tacaño, el trewa de Nahuel, tiene el olfato de un ciervo, la vista de un águila y la rapidez y fiereza de un trapial, un puma.

«Todos ustedes deberán pasar por duras pruebas hasta llegar a limpiar la memoria del difunto que el tatarabuelo de Maxi deshonró al robarle sus huesos. Sólo así la familia se liberará de la maldición. Sólo así el difunto podrá descansar en los brazos de Chau, del Padre del Cielo.

«Mi misión es ayudarlos a entender este mundo subterráneo que existe y que no existe. Colaborar cuando necesiten descifrar algunos códigos, pero de ninguna manera podré participar en su trabajo.

«Este lugar es la renupulli, la salamanca, la cueva de los brujos, donde éstos aprenden su oficio para bien o para mal. Este lugar no existe en el mundo real, pero no es producto de su imaginación. Es otro mundo, nada más.

«Debo decirles algo que estaba fuera de los planes de los salamanqueros buenos que desean que la maldición no se cumpla: un jovencito se adelantó y comenzó a recorrer el camino que estaba preparado sólo para ustedes. Hay en él gran envidia y una curiosidad peligrosa. Es probable que ya haya caído en las manos del calcú y lo esté convirtiendo en su ivunche adoptivo, en su ayudante. Sólo si llegan con éxito al final de esta travesía podrán rescatarlo de su maléfico poder».

Ñancupán se refería, por supuesto, a Heriberto.

Los tres quedamos un momento callados, reflexionando sobre lo que nos había contado el huerquén. Si todo eso era cierto, y no había motivos para dudar de su palabra, esto no era un sueño y nos esperaba un largo camino plagado de pruebas y peligros.

Maxi se sintió avergonzado por lo que había hecho su tatarabuelo, pero lo tranquilizamos diciéndole que lo habría hecho por ignorancia y no por maldad. Comprendimos entonces el por qué de la caída de la calavera antes de partir y a Maxi le corrió frío por la espalda al pensar que había dormido tanto tiempo acompañado por un espíritu enojado que había maldito a su familia.

Melisa, por su parte, se había quedado pensando en lo que le había dicho Ñancupán acerca de sus poderes como machi.

Y Tacaño, agrandado como siempre, me miraba como recordándome que tenía las mejores condiciones de un ciervo, un puma y un águila.

- Sí, sos Súper Perro, pero no sos capaz de controlar tus pulgas -le dije en broma.

Tacaño me miró ofendido, pero enseguida se le pasó.

El kill-kill, cuando Ñancupán terminó su discurso, se alejó volando en silencio.

«Pajarraco buchón», pensé con bronca y el huerquén me sonrió como si hubiera adivinado mis pensamientos.

 

EL CULTRUN DE PLATA

(continuación de "La Maldición del Chenque", 2003)

 

CAPITULO IV

Los añumines y Ñancupán

El amanecer fue espectacular: los primeros rayos de sol se asomaban por la ventana anunciando un día maravilloso, cálido a pesar de que el otoño ya se había instalado en Los Angelitos. Luego del confuso episodio de la hora anterior, había vuelto a dormir descansando de tal manera, que salté de la cama como si ese día fuese el de mi cumpleaños y estuviera por recibir cientos de regalos. Pero al pararme frente al espejo del baño, recordé que, dadas las cosas, era más probable que recibiera disgustos o sobresaltos antes que obsequios.

Aunque mi despertar había sido tan vigoroso, sentía en mi pecho, a la altura del corazón, un dolor inexplicable. Lo atribuí a mi forma de dormir, de costado. No me detuve demasiado en ello, ya que pensé que en unos minutos se me pasaría. Y no estaba muy equivocado, porque el dolor fue cediendo paulatinamente.

Me miré en el espejo y por un momento no reconocí mis ojos como propios. Me parecieron los de un extraño, los de un adulto preocupado pero tranquilo, seguro. Me acerqué más y sentí el peso de una responsabilidad como ajena o distante. Era un sentimiento muy difícil de explicar.

Luego mi espalda se tensó de terror al advertir -sin dejar de mirarme a los ojos frente al espejo- que detrás de mí se desplegaban dos inmensas alas negras. Sentí una sombra que despedía un vaho helado y no me animaba a mirar lo que percibía por el rabillo de los ojos. Cuando finalmente me animé, la sombra desapareció. Giré velozmente sujetándome del lavabo, pero en el baño no había nada extraño. Con rapidez me lavé la cara y los dientes, me peiné a las apuradas y fui a la cocina. Allí estaban mis padres desayunando en silencio. Los saludé con un beso y me senté a la mesa, frente a mi taza de café con leche. En el ambiente se respiraba un profundo aire de preocupación que presagiaba un sermón, una advertencia o algo parecido. No estaba equivocado, ya que mi papá apartó su taza, apoyó sus codos en la mesa y se dirigió a mí al tiempo que mi mamá se sentaba enfrente, con el rostro muy serio.

- Nahuel, tenemos que hablar acerca de lo que pasó ayer... -comenzó mi papá. Yo puse mi mejor cara de desentendido porque no quería abordar «ése tema» que sabía que abordarían ellos. Mi papá continuó:

- Primero fue el intento de robo en lo de Maxi, después el susto que se dieron todos en la casa y que casi derivó en un llamado a la policía. Después lo de Tacaño, que apareció muerto adentro de mi taller y más tarde resucitó misteriosamente gracias, según parece, a un linyera que pasaba por acá... Están pasando demasiadas cosas raras...

Mi mamá me miraba con angustia. Yo no sabía qué decir. Seguía bebiendo el café a sorbitos cortos.

- Estuvimos hablando con tu madre y creemos que tenemos que abrir los ojos. La delincuencia ya llegó a Los Angelitos y este lugar no es tan seguro como antes. Vamos a empezar a manejarnos con las llaves de la puerta y te vamos a pedir que te cuides mucho en la calle, que no hables con extraños y que nos digas si ves algo sospechoso...

- Está bien, papá -dije mansamente deseando que no hiciera la pregunta que formuló a continuación:

- ¿De dónde conocés al hombre que supuestamente resucitó a Tacaño ayer?.

- No nos mientas, Nahuel -reforzó mi mamá.

No sabía qué decir. No les quería mentir. Mis padres nunca se merecieron una mentira, así como creo que jamás me mintieron. Siempre prefirieron hablar las cosas por crudas o dolorosas que fueran y siempre me había gustado retribuirles de la misma manera, aunque ello significara que me reprendieran si me había mandado alguna macana. Mi corazón me decía que estaba obligado a decirles la verdad, pero ¿sobre qué?. Por lo pronto, me pareció razonable contarles acerca del incidente de la herida de Tacaño y la cura milagrosa del viejito. Luego del relato, mis padres se miraron desconcertados.

- La cura parece que no fue tal, Nahuel -analizó mi papá-. Porque al otro día Tacaño apareció muerto...

- Hay mucha gente suelta que anda haciendo el mal -comentó mi mamá-. No tenemos que creer todo lo que vemos ni confiar en la gente que no conocemos...

- Pero si a Tacaño lo mató el viejo, ¿cómo fue que primero lo curó y después lo resucitó? -intervine.

- Vamos por partes -propuso mi papá-. Una cosa es que un hombre haga que cure a tu perro. Otra, que tu perro se muera -como lo vi yo- y una muy distinta que al final resucite. A lo mejor es un «vivo» que simuló curar a Tacaño, le dio una droga para que parezca estar muerto para después hacernos creer que lo resucitó... Algo parecido a lo que hacían unos brujos de Centroamérica para hacer zombies. No te extrañe que aparezca hoy mismo pidiendo plata o diciéndonos que alguien «nos está haciendo un daño» y que ofrezca «sus servicios» para liberarnos de un invento de él, en definitiva.

La hipótesis de mi papá no me parecía muy descabellada, pero no me cerraba.

- Vos viste que Tacaño estaba muerto, pero yo vi la herida inmensa que tenía en la pata, que después desapareció... -dije.

Y agregué:

- Además, Tacaño no es ningún zombie...

Mi papá notó que yo estaba muy seguro de las propiedades curativas del anciano; así como yo percibía que el temor que él y mi mamá sentían hacía que la natural desconfianza hacia lo desconocido se acentuara mucho por miedo a que me pasara algo.

- Mirá, no sé qué pasó -dijo mi papá ahora bastante molesto con el giro que había tomado la charla-. Pero a partir de este momento, a cerrar bien las puertas y nada de hablar con extraños, sean viejos o jóvenes.

Dicho esto, se levantó para dirigirse a su taller, pero antes le recomendó a mi mamá que fuera a ver al médico. Yo no entendía de qué se trataba.

- No es nada, Martín -le respondió mi mamá-. Me debo haber lastimado con la medallita mientras dormía...

Mi papá se fue rezongando porque, según él, ya no tenía autoridad en la casa. Le pregunté a mi mamá qué le había pasado.

- Una pavada -dijo levantándose para ordenar la mesa-. Esta mañana me vi un cortecito minúsculo en el pecho... Fueron dos gotitas de sangre y un dolorcito, pero vos sabés cómo se preocupa tu papá...

Automáticamente me llevé la mano a la altura del corazón. Recordé que yo también había amanecido con un dolorcito allí, aunque sin heridas, pero los ladridos de Tacaño me sacaron de esos pensamientos.

Mi mamá se asomó por la ventana de la cocina y, al no ver a nadie más que a él ladrando a la nada, lo quiso hacer callar infructuosamente.

- Fijate que debe andar algún gato por ahí, a ver si todavía se lastiman... -me pidió.

Llegué hasta el costado de la casa donde estaba Tacaño ladrando furiosamente, pero parecía hacerlo a la pared. Intenté callarlo, pero ni me miró. Me coloqué detrás de él para ver a qué le ladraba y mi corazón se paralizó de espanto cuando vi una gigantesca sombra proyectada sobre la alta pared de la casa. Era la imagen de una persona como con alas, pero nada tenía que ver con la figura de un ángel, antes bien, con la de un demonio, como lo conocemos por los dibujos. Giré lentamente para enfrentar al sujeto que proyectaba esa sombra, pero no vi nada. Era muy raro, ya que «eso» tenía que estar a mi lado o detrás, pero no había más que unos arbustos. La sombra se movía con frenesí y Tacaño por momentos se acercaba y retrocedía, para luego plantarse firme, de frente, para ahuyentarla. El problema fue cuando la sombra comenzó a despegarse, literalmente, de la pared. Tacaño desapareció en una fracción de segundos. Quedé solo frente a la figura amenazadora y helada. No sabía qué hacer. Y si hubiera sabido, no lo hubiera podido concretar, ya que mis piernas estaban duras como estacas. La sombra se acercaba lentamente a mí, creciendo en volumen y alcanzando una gran altura. Quería llamar a mi mamá, pero la voz me había abandonado. El frío me estaba paralizando hasta los pensamientos.

Cuando la sombra comenzaba a envolverme, a hacerme sentir en todo el cuerpo ese frío estremecedor, una mano sujetó mi hombro y me hizo a un lado. Era el viejo, que con mucha prisa abrió una bolsa de cuero muy vieja que llevaba colgada junto a un morral y diciendo en voz muy baja palabras en otro idioma, tomó de su interior un puñado de lo que parecía ceniza y lo arrojó bien alto, en dirección a la cabeza de la sombra. Ésta empezó a retorcerse. El viejo entonces, con mayor seguridad, volvió a repetir la operación de extraer y arrojar cenizas sobre ella. La sombra empezó a desvanecerse en el aire y yo sentía que el calor regresaba a mi cuerpo todavía entumecido por la tensión del momento o por algún poder de la misteriosa fuerza.

Cuando la sombra finalmente se esfumó, el viejo guardó un pequeño resto de cenizas en su bolsa, la que cerró meticulosamente. Se volvió a mí y me miró profundamente a los ojos. ¡Yo conocía esa mirada! El hombre pareció adivinar mis pensamientos y sonrió. Al escuchar el llamado de mi mamá, quise apurarme para empezar con alguna de las cientos de preguntas que venía acumulando sobre él, pero hizo un gesto para que no dijera nada y que fuera con mi madre. Antes de despedirnos en silencio, extendió un brazo ofreciéndome algo que no podía ver porque tenía el puño cerrado. Como no me animaba a tomarlo, con su otra mano agarró una de las mías, la abrió, depositó un objeto pequeño, la cerró y se fue caminando muy despacio, como paseando. Lo seguí con la mirada, pero a los pocos metros se desvaneció en el aire como la sombra.

Bajé la cabeza y miré mi puño aún cerrado. ¿Qué me habría regalado este hombre a quien sabía que conocía de algún lugar pero que no podía descifrar de dónde? Lentamente abrí la mano y casi me desmayo de sorpresa al ver que ese viejito me había reintegrado algo que yo había recibido siete meses atrás y que había perdido: ¡la medalla del Pillán! La conclusión era clara entonces. Ése viejito era Ñancupán, el huerquén o mensajero del cacique Kalfulkurá, aunque en la aventura de la salamanca no tenía ese aspecto.

- ¡Nahuel, que se te hace tarde para ir a la escuela! -gritó mi mamá desde la puerta del frente de la casa. Corrí sujetando con fuerza la medalla y entré vertiginosamente a mi habitación para recoger la mochila del cole. Antes de eso, cuando fui a colgar la medalla de mi cuello, noté que no era de barro, sino de un metal parecido a la plata.

Mi papá tenía que ir al centro a buscar unas herramientas, así que me llevó en el auto. Además, mi bici había quedado en la casa de Maxi. Todo el camino lo hicimos en silencio. Él, preocupado por la charla de la mañana temprano; yo, contento de tener cerca al huerquén de Kalfulkurá, que tanto nos había ayudado en la aventura anterior. Mi espíritu estaba más relajado al saberlo protegiéndonos y mi cabeza comenzaba a atar los cabos sueltos que habían empezado a perturbarnos tanto a Melisa como a Maxi y a mí.

Cuando llegamos al cole, me despedí afectuosamente de papá y él retribuyó de la misma manera mi saludo al tiempo de decirme que no iba a poder recogerme a la salida, por lo que debería ir a buscar la bicicleta a la casa de Maxi. Pero eso sí: que tuviera cuidado y no hablara con desconocidos.

Entré corriendo al colegio porque los chicos ya estaban formados. Maxi y Melisa me buscaban con la mirada por todos lados. Cuando me vieron, sonrieron con alivio.

Esa mañana tuvimos actividades hasta en el recreo, por lo que tuve que aguantarme como pude para contarles lo que había pasado a la salida, cuando fuimos los tres a la casa de Maxi. Aproveché entonces para relatarles los extraordinarios acontecimientos.

- ¿Estás seguro de que era Ñancupán? -me preguntó Maxi.

Sin decir una palabra, le mostré la medalla del Pillán.

- ¡Ahá, era Ñancupán! -se respondió él solito.

Melisa estaba intrigada por saber si habíamos podido charlar algo sobre todos los sucesos de los días anteriores. Maxi también quería respuestas, pero insistí en que no habíamos podido siquiera saludarnos, por lo que teníamos que estar alertas a un próximo encuentro. Algo que nos preocupaba era la inminencia de más peligros, como la sombra que casi me come si no hubiera llegado el mensajero a tiempo. Pero nada podíamos hacer al respecto, salvo vigilar. En lo posible, juntos.

Cuando llegamos a lo de Maxi, Melisa y yo tomamos nuestras respectivas bicicletas y cada uno salió disparado para su casa para almorzar rápido y reunirnos luego en la mía para estudiar todo este lío de cosas. A medida que iba llegando a casa, pedaleando velozmente, sentía más y más frío. Recordé entonces la maldita sombra de la mañana, pero no veía nada a mi alrededor. Era lógico: iba en movimiento, y si la sombra era sombra nada más, necesitaría algún lugar para reflejarse, por lo que disminuí la marcha y presté atención a los tapiales y frentes de las casas. Cada vez que pasaba frente a uno de ellos, la sombra se plasmaba copiando mi movimiento. Evidentemente «la cosa» me perseguía. Volví a apurarme para llegar a casa, pero tomé la precaución de exhibir fuera de mi remera la medalla del Pillán. Cuando llegué, di algunas vueltas por el frente de la vieja estación para verificar, finalmente, que la sombra no me seguía más o, al menos, se mantenía alejada.

Tacaño llegó corriendo desde el fondo, ladrando como lo había hecho más temprano, pero alejándose hacia el oeste. Quizás él veía algo que yo no podía ver y lo estaba ahuyentando con la ayuda de la medalla.

Escondí el precioso regalo de Ñancupán debajo de mi remera y entré en la casa justo para comenzar a almorzar. Ese momento transcurrió normalmente entre mis padres y yo, como si nada hubiera pasado. Eso me tranquilizó mucho porque me ayudaba a pensar con más claridad acerca de los pasos futuros.

Pero ¿qué pasos teníamos que dar si no teníamos ninguna información sobre lo que nos acechaba y el por qué de la presencia de Ñancupán fuera de la salamanca? Algo raro estaba pasando en «mi» realidad; algo que afectaba también a mis dos amigos y a mi perro.

Mientras almorzábamos, sonó el teléfono. Mi papá no saltó de su silla para ver si era un cliente, como lo hacía últimamente, sino que me pidió que atendiera yo.

Fui hasta el living y descolgué el aparato.

- Hola -dije pensando que serían Maxi o Melisa.

- No digas nada -dijo una voz familiar desde el otro lado: la de Ñancupán-. Tenemos que hablar. Necesito verlos en el cementerio viejo a las 15 horas. Es importante. Están en peligro mortal.

Ñancupán cortó la comunicación. Colgué el aparato con las manos temblorosas. ¿Qué necesidad había de hablar en el cementerio que había sido cerrado hace muchos años? ¿Por qué no podía ser en la plaza del pueblo o en otro lugar menos macabro? Allí quedaban en pie algunas bóvedas y nichos vacíos, pero muchos sentíamos aprehensión de pasar por el lugar. Cientos de cuentos y anécdotas tenebrosas se contaban de allí, que alimentaban la imaginación de todos los habitantes del pueblo. Historias de aparecidos eran recurrentes al nombrar apenas ese sitio ubicado en las afueras de la ciudad. Menos mal que era a las tres de la tarde y no a la medianoche... Además, Ñancupán había dado sobradas muestras de protección, por lo que en el fondo estaba tranquilo de encontrarnos con él donde fuera.

De vuelta en el comedor, mi mamá me preguntó quién era, a lo que le respondí que era un llamado equivocado.

Quise evitarlo, pero no pude dejar de posar mis ojos en los suyos, que me miraban con mucha dulzura. ¡Me dolía tanto mentirle! Pero todavía no podía contarle nada...

Después de almorzar, hice las tareas de la escuela más rápido que nunca y partí rumbo a la casa de Maxi, que me llamó para contarme que él también había sido atacado por una sombra. Juntos iríamos hasta la casa de Melisa. Sabía que no teníamos otra alternativa que estar en el cementerio a la hora fijada por Ñancupán y me intrigaba lo que le había pasado a mi amigo y cómo había logrado zafar de ese monstruo. ¿Le habría pasado algo a Melisa? En lugar de llamarla por teléfono, preferí verla personalmente.

Cuando montaba la bicicleta y partía hacia la casa de mi amigo seguido por Tacaño, una duda me asaltó: ¿había sido Ñancupán quien llamó? ¿Y si era un impostor?...

 

CAPITULO VII

De regreso al «otro mundo»

Estábamos todos muy cansados. Mis amigos y yo, más bien deshechos por haber pasado tanto miedo en un rato que no sé cuánto duró, pero que puedo asegurar pareció eterno.

El mensajero nos hizo sentar a su alrededor y nos alcanzó de su morral unas hojitas verdes. Nos pidió que las mascáramos lentamente y luego las escupiéramos, asegurándonos que nos restablecerían por completo. A esta altura de los acontecimientos estábamos tan perturbados que lo hicimos sin dudar. Si hubiéramos tenido que comer tierra para estar mejor, de seguro lo hubiéramos hecho también.

Sin embargo, los efectos reconstituyentes de las hojitas fueron instantáneos y muy pronto nos sentíamos muy bien, aunque continuábamos sensibilizados por lo que había ocurrido. Todo el tiempo mirábamos a nuestro alrededor, temiendo que Ankatrür regresara para atacarnos otra vez.

Ñancupán nos sonreía y mascaba él también algunas hojitas. Su sonrisa paternal y su actitud protectora terminó por tranquilizarnos. De no ser por lo que había ocurrido, podría decirse ahora que los tres estábamos de picnic. Aunque en la puerta de un cementerio muy peligroso para nosotros.

Creo que Melisa, Maxi y yo pareceríamos tres pollitos mojados, porque estábamos sentados muy juntos mirándolo con miedo aún. Las primeras palabras de Ñancupán intentaron devolvernos el buen humor haciendo no recuerdo qué broma sobre nuestras apariencias después del combate con el calcú. Luego se acomodó en su lugar para empezar a dar algunas explicaciones a los muchos interrogantes que habíamos venido cosechando en los últimos días y en ése en particular.

Los tres lo escuchamos una vez más, como en la gran salamanca, en silencio.

- Veo que el destino insiste en encontrarnos -comenzó el huerquén y escupió las hojitas mascadas-. A pesar de que aunque ustedes no se dieran cuenta, nunca nos separó.

Lo escuchábamos con la atención del que espera la palabra mágica que dé por terminada una pesadilla y todo vuelva a ser normal. Él adivinó nuestros pensamientos.

- Antes que nada, quiero aclararles que lo ocurrido hasta ahora no es más que el principio de una gran batalla que deberán enfrentar, ya no para liberar al pichi huinca de una maldición -dijo señalando a Maxi-, sino para colaborar en el gran trabajo de conservar el orden y la armonía de nuestra mapu.

No entendíamos nada. A decir verdad, lo que esperábamos oír era algo así como «perdonen ustedes lo que pasó. Se trató de un error, no queríamos molestarlos. Ahora, nos retiraremos cada cual a su lugar y listo, no hay más peligros». Pero lo que Ñancupán nos estaba diciendo era lo contrario: que todo (no sabíamos qué) estaba en sus principios (no sabíamos hasta cuándo) y que nosotros teníamos que ver con eso (no sabíamos por qué ni cómo).

La voz del huerquén era clara y su discurso era sereno. Miraba a cada uno de nosotros a los ojos y nos sentíamos seguros en su compañía. Ñancupán, con las manos apoyadas en sus rodillas, explicó:

«Antes de antes, mucho antes del tiempo de los antiguos, los elegidos de mi pueblo vivían en armonía con la naturaleza. La mapu era para ellos su casa, su alma, su espíritu. Todo era como tenía que ser y cada cosa respetaba el orden del Todo. No había brujos ni calcúes. No existían el bien ni el mal del modo como los conocemos ahora. Las enfermedades no existían y el tiempo no se contaba como se cuenta hoy. La mapu marcaba los ciclos de la naturaleza y los hombres se sentían parte de ella. Nacían, crecían y se morían con la paz de saber que nunca habían nacido ni muerto, porque siempre habían existido, siempre habían sido y serían por siempre parte del Todo. Los Sabios compartían el Conocimiento y todos vigilaban su interior con la atención de quienes saben hacia dónde dirigir sus pensamientos.

«Pero un día la Kai Kai Filú despertó y con ella despertaron también las ambiciones de los débiles que escucharon sus promesas falsas. Ella quiso concentrar el poder de regir los tiempos de las cosas y los hombres, se sintió con el derecho de manejar los ciclos de la vida y de la muerte, se creyó superior a todos y eligió como colaboradores en su tarea de caos, a los hombres menos fuertes de espíritu, pero los más ambiciosos. Aquellos que no fueron capaces de vigilar su conciencia y que sentían envidia por los sabios que vivían en armonía. Infló sus corazones con el aliento de la maldad y los dotó de una gran insensibilidad hacia la Vida.

«Una vez más la Kai Kai Filú intentó sublevarse al Orden a través del dolor y la destrucción. Pero una vez más fracasó en su intento: aquellos hombres sabios, de buen corazón, convocaron el poder de la Tren Tren para sofocar a la Serpiente del Mal y sus aliados. La lucha duró muchos años, pero los Sabios ganaron la pelea. La Kai Kai Filú fue confinada una vez más a las profundidades de la Mapu y sus seguidores recibieron el peor castigo que se les podía imponer: la soledad más triste que alguien jamás pudiera soportar. Vagaron por todos los bosques, anduvieron por todos los caminos, bebieron las aguas de todos los torrentes, ríos y lagos, pisaron cada piedra, recibieron toda la nieve y todo el sol, pero cada cosa, cada animal, cada hombre con los que se encontraban, no eran parte de su alma. Porque ellos no eran el alma de nada ni de nadie».

Ñancupán hizo silencio. Nosotros lo observábamos con mucha atención y esperábamos que continuara su relato para saber dónde encajábamos. No comprendíamos muchas de las cosas que decía, pero no nos animábamos a interrumpirlo. El mensajero extrajo de su morral una pipa de madera, parecida a la de Ankatrür, la encendió y continuó:

«Los Sabios sabían que no debían utilizar su poder para matar a la Kai Kai Filú, porque es tan necesaria como la Tren Tren. Así como sin la noche no existiría el día; o sin la luz no existiría la oscuridad, sin una no existiría la otra, y ambas son necesarias para hacer el Todo. Esos hombres también sabían que algún día los necios regresarían con la intención de querer poseer en sus manos el destino de la Vida y manejar a su capricho el de la Muerte. Por eso fabricaron con su conocimiento y sabiduría, una herramienta para convocar a la Tren Tren en el momento oportuno para que el Gran Orden no fuera alterado otra vez: un cultrún de plata. Con él, las almas justas podrían invocar el nombre de la Tren Tren para salvarlos de la Kai Kai Filú.

«Pero los necios de espíritu, necios son; y creyeron que destruyendo el cultrún de plata podrían recuperar el poder maligno de la Kai Kai Filú y adueñarse de la Mapu. Así se formó una secta que por miles de años, buscó infructuosamente hallar el cultrún para destruirlo. Ese instrumento fue pasando de generación en generación, de mano en mano, de elegido en elegido, para ser guardado y protegido celosamente de aquellos que querían sólo destrucción.

«Los tiempos fueron pasando y cambiando. Otras luchas aparecieron en la vida de los mapuches. Gente extraña apareció con la intención de arrebatarnos nuestra vida, pero el valor de mi gente lo impidió. En lo que ustedes identifican como el sur de Chile, los conquistadores españoles no pudieron vencer a nuestros ejércitos. Debieron entonces parlamentar y se hicieron acuerdos que luego no se cumplieron.

«La guerra más terrible fue la que desató la ambición de los huincas de la Argentina, que asesinaron a todo mi pueblo y le arrebataron su tierra, aunque no su espíritu. Pudieron alambrar sus campos pero no su Conocimiento. Fueron capaces de enfrentar entre sí a poderosos loncos, pero no lo fueron de dividir el corazón de la nación mapuche que existe más allá de los alambrados y de las armas de los huincas».

Nosotros conocíamos algo de esta parte de la historia. Por un lado, la había narrado Ñancupán en la gran salamanca; y por otro, luego de esa aventura habíamos investigado qué pasó desde la llegada de los españoles, allá por el 1500 y a finales de 1800, cuando el gobierno argentino le quitó las tierras a los mapuches y tehuelches de la Patagonia.

Ñancupán fumó unos instantes su pipa y continuó:

«Los seguidores de la Kai Kai Filú creyeron entonces que aliándose con los huincas podrían dividir y gobernar a mi pueblo. Pero una vez más fracasaron. Recordaron entonces la existencia del cultrún de plata y volvieron a formar una secta para hallarlo y destruirlo, pero el cultrún seguía en buenas manos.

«A mediados de 1800, el cacique Kalfulkurá intentó unir a todos los loncos en la lucha contra el gobierno argentino, para expulsar a los huincas de su territorio, pero el gran lonco fue asesinado. Los seguidores de la Kai Kai Filú colaboraron en esa tarea, pero ellos también murieron en la batalla. La lucha, entonces, continuó en Otro Mundo y por estos tiempos, la secta se ha organizado nuevamente para invocar los poderes de la Kai Kai Filú.

«Estos hombres creen que la Kai Kai Filú debe hacer subir las aguas otra vez para matar toda la vida existente en la Patagonia, y así comenzar de nuevo la vida del pueblo mapuche, pero gobernado por ellos».

Esta última frase hizo que nos olvidáramos por completo lo que había ocurrido en el cementerio minutos antes, ya que una pregunta que nos sonaba ilógica ganó nuestra cabeza: ¿una secta de brujos fantasmas quería que la Kai Kai Filú provocara un diluvio en la Patagonia y que matara a los cientos de miles de personas que viven allí, para gobernar ellos lo que sería un nuevo pueblo mapuche?. El huerquén nos miró con tristeza y prosiguió su discurso:

- En estos momentos se está llevando a cabo una guerra muy complicada en el Otro Mundo de la Patagonia, un mundo invisible para sus habitantes porque está en otra dimensión, entre quienes quieren el cultrún de plata para invocar a la Kai Kai Filú y aquellos otros que quieren encontrarlo para protegerlo -dijo Ñancupán y se dedicó a fumar su pipa.

- ¿Cómo dice que «quieren encontrarlo para protegerlo»? ¿No saben dónde está? -pregunté.

- No -respondió el mensajero muy tranquilo echando humo.

- ¿Y nosotros qué tenemos que ver con todo esto? -preguntó Maxi, que tenía los ojos muy abiertos por la impresión que le había causado el relato de Ñancupán.

- El cultrún de plata estaba enterrado en la misma tumba que profanó tu tatarabuelo -señaló el mensajero mirando fijamente a Maxi, que quedó boquiabierto-. A ese machi protector lo enterraron a la vieja usanza, con todas sus pertenencias: sus ropas, su mascota, su caballo, sus cosas y con un bolso de cuero donde estaba muy bien guardado el cultrún.

- ¿Usted quiere decir que el tatarabuelo de Maxi tuvo en su poder el cultrún? -preguntó Melisa.

- No. Él no lo vio siquiera.

- ¿Entonces? -pregunté.

- «Ellos» sí creen que él robó el cultrún y que lo tienen sus descendientes. Harán lo imposible por saber dónde está. El reforó, el «puro hueso» que ustedes conocieron en la cueva de Ankatrür era el machi protector que estaba bajo la influencia de ese brujo, para que lo ayudara a encontrar el cultrún. Ankatrür quiso hacer cumplir la maldición del chenque para congraciarse con ese machi, hacer que le debiera un favor y así lograr su ayuda en la búsqueda.

- ¿La maldición quedó sin efecto? -preguntó ansioso Maxi.

- Lo que ocurrió en la salamanca -respondió el huerquén- fue que ese machi, de nombre Huechupagi (León de la cumbre en lengua mapuche) encontrara en la pureza de sus corazones el modo de regresar al camino correcto, liberándose de la influencia de Ankatrür. Por eso fue que los ayudó y por esa misma razón ya no guarda rencor hacia ustedes...

Maxi respiró aliviado, pero yo seguía inquieto por el otro anuncio de Ñancupán, cuando había dicho que «esto era el comienzo».

- Huechupagi recuperó las cenizas de su calavera de este mundo y ahora es un «puro hueso» completo; su alma ya no está aliada a Ankatrür y lucha junto a nosotros.

- ¿No saben entonces dónde está el cultrún? -insistió Melisa.

- Hay muchas posibilidades. Confiamos en que otro machi haya conocido el poder de ese instrumento, dónde estaba y que esté guardado en un sitio seguro. De todas maneras, tenemos que adelantarnos a Ankatrür y sus añumín, sus almas aliadas, porque encima el huinca no nos está ayudando en esta tarea. Su descuido por el medio ambiente está haciendo enojar a los pillanes, que no dejarán de mostrar su ira haciendo escupir fuego de los volcanes, sacudiendo la tierra y modificando negativamente cada uno de los ciclos.

Pregunté qué eran los ciclos, a lo que el huerquén respondió que se trataba de las estaciones del año.

Maxi recordó entonces el robo en su casa y le preguntó a Ñancupán por qué se habían llevado la espada y el bastón raro de su tatarabuelo.

- La espada tiene grandes poderes. La portaba cada machi protector mientras tenía a su cargo el trabajo de custodiar el cultrún. Y el bastón es una herramienta mágica: conociendo el canto sagrado, se puede invocar el poder de la Tren Tren para destruir a quien intente apoderarse del cultrún y contiene el secreto del lugar donde se encuentra ese instrumento, pero debe ser descifrado.

- Entonces llevan ventaja -comenté.

- Sí y no. Esos brujos nunca aprendieron una lección muy importante...

El mensajero hizo una pausa larga en la que volvió a encender su pipa.

-...no aprendieron que el poder no está en los objetos, sino en las personas. No basta conocer las palabras mágicas para tener el poder de las cosas.

Ñancupán nos contó entonces que hacía mucho tiempo que los brujos de la secta estaban merodeando por nuestras vidas. Más exactamente, desde el momento que regresamos de la gran salamanca, cuando Huechupagi le retiró su colaboración a Ankatrür. Él mismo, Ñancupán, no había dejado de protegernos en cada instante, por orden de su lonco Kalfulkurá, que seguía dirigiendo la batalla contra los brujos en el Otro Mundo, en la Patagonia.

Así nos explicamos el contacto que habíamos hecho con el mensajero que tenía la apariencia de viejito apacible y gentil; así como el robo en la casa de Maxi y la llamada telefónica, que había sido una treta de Ankatrür para capturarnos en el cementerio. Este último hecho le causó mucha gracia al mensajero.

- No los llamaría nunca por teléfono -dijo sonriendo-. No es mi estilo. Además, no hablo con aparatos...

Ñancupán dijo que un alma aliada de Ankatrür había sido la autora de la herida y la muerte de Tacaño, ya que el brujo pretendía por todos los medios lastimarnos para reducir nuestras defensas.

- Él sabe que ustedes ahora saben esto, así que no tienes que preocuparte por tu trewa -me aclaró el mensajero.

Le agradecí que lo hubiera resucitado, a lo que él no dijo nada.

Luego de aclarar que el viejo que se paseaba «golpeando una cajita», era él haciendo sonar su cultrún cuidándonos de la aparición de los añumín, explicó las intenciones de Ankatrür, en el caso de que no hubiéramos hecho caso al presentimiento de Melisa y hubiéramos entrado en el cementerio: quería devolvernos a su cueva, en el Otro Mundo, para lastimarnos hasta que confesáramos dónde habíamos escondido el cultrún.

- Menos mal que le hicieron caso a la pequeña machi... -dijo Ñancupán mirando tiernamente a Melisa, que bajó la vista como avergonzada.

- ¿Qué va a pasar ahora? -preguntó Maxi preocupado-. Que yo sepa ninguno de mi familia tiene el cultrún... Si se lo explicamos, a lo mejor entiende y no nos molesta más...

Ñancupán lo miró comprensivo, pero sus palabras fueron breves y duras:

- Ningún brujo maligno entiende más razones que los caprichos de su impuro corazón. Ankatrür no murió con el rayo que hice caer sobre él. Simplemente lo envié a otra dimensión de la que regresará muy pronto. Él cree que ustedes pueden ayudarlo a encontrar ese instrumento y evitar así que nosotros convoquemos a la Tren Tren. Quiere utilizarlo para llamar a la Kai Kai Filú. Supone además, que tomándolos como rehenes puede presionar a Huechupagi para que él se una en la búsqueda junto a sus propios aliados, para debilitar de esa manera las fuerzas de los guerreros de Kalfulkurá.

El mensajero guardó la pipa en su morral y mirándonos a los ojos sentenció:

- Ninguno de los tres tiene la posibilidad de renunciar a esta lucha. Más que nunca, hoy son enemigos de Ankatrür. Y la única posibilidad de sobrevivir es presentándole lucha junto a nosotros, en el Otro Mundo. De hecho, pichi huincas, desde el momento en que vieron a Ankatrür en carne y hueso, ya están en el Otro Mundo...

-¡¿Cómo?! -preguntamos alarmados los tres a coro al tiempo que Ñancupán se ponía de pie y a un gesto de su mano derecha, el ambiente que nos rodeaba -el cementerio, los árboles, el viejo camino de tierra, absolutamente todo- se transformaba en vacío y mis amigos y yo caíamos lentamente desvaneciéndonos.

 

CAPITULO X

El despertar en las montañas

Ñancupán fue reanimándonos uno a uno. Con igual lentitud como nos habíamos desvanecido, fuimos recuperando la conciencia, aunque estábamos muy confundidos, yaciendo en un suelo muy duro.

- ¡Arriba, pichi huincas! -ordenó aturdiéndonos con su voz potente el mensajero, quien estaba de pie frente nuestro. La voz retumbó de manera tal, que aun perturbados, nos dimos cuenta de que nos hallábamos en un sitio cerrado, iluminados por una gran fogata.

Al principio nos sentíamos tan débiles que no nos podíamos poner de pie, por lo que nos sentamos y nos buscamos con las miradas. Parecía que habíamos dormido cien años. Ñancupán se acercó y nos miró con atención. Sin decir una palabra, nos ofreció más hojitas verdes como las que habíamos mascado en el cementerio. Los tres las tomamos sin pensar con nuestros dedos. Sabíamos que las necesitábamos para estar mejor y así fue en pocos minutos.

El huerquén de Kalfulkurá tomó asiento del otro lado de la fogata. Apoyó sus manos en las rodillas y cerró los ojos para iniciar lo que parecía un diálogo con alguien a quien no veíamos. Melisa y Maxi me miraban asustados, como creo que los miraba yo a ellos. Ñancupán fue subiendo el tono de su voz al tiempo que las llamas ascendían hasta el techo de lo que al final de cuentas resultó ser una gran cueva de piedra. Más fuerte era el tono y más alto el volumen de la voz del mensajero, más altura e intensidad ganaban las llamas, que por momentos corrían por el techo de la cueva con mucha velocidad, como envolviéndonos.

Melisa, que estaba junto a mí, me tomó de la mano y percibí que estaba helada, como yo. Pero las palabras del huerquén fueron suavizándose y las llamas empezaron a calentar todo el ambiente, y por consecuencia, nuestros cuerpos también. Todos nos fuimos relajando a medida que las palabras de nuestro anfitrión se relajaban también. Tras una pausa extensa, Ñancupán abrió sus ojos y nos miró desplegando su amplia sonrisa.

- Bienvenidos a mi ruca -dijo extendiendo ambos brazos-. No tiene las comodidades de una casa como la de los huincas, pero es segura. No nos encontrarán aquí.

Intenté levantarme para ir hasta la puerta y asomarme al exterior. Quería comprobar que todo esto era una alucinación y que afuera estaba por lo menos el cementerio u otra parte de mi pueblo. Necesitaba saber que estaba cerca de mi casa para mi tranquilidad y la de mis amigos, pero el mensajero hizo un gesto rápido para que no me moviera.

- No es conveniente salir todavía -dijo con voz grave-. Sus casas están muy lejos de aquí y aunque pusieran toda su buena voluntad, no sabrían cómo regresar. Ya lo harán a su debido tiempo. Si las cosas salen como esperamos...

Melisa comenzó a llorar y Maxi a hacer pucheritos. Yo tenía tanta angustia que no podía hablar. Nos sentíamos prisioneros. Ñancupán se estiró y tomó una bolsa de cuero que estaba a su izquierda. De su interior sacó un pan. Lo dividió y nos entregó los trozos. Tuvo que insistir mucho para que los tomáramos y los comiéramos. Él trataba de ser amable y elegía muy bien las palabras para tranquilizarnos, pero nosotros nos sentíamos demasiado mal como para atenderlo.

Se puso de pie y colocó sus manos en la cintura. Con un tono divertido nos dijo:

- Los conás están muy flojitos todavía...

- ¡Somos chicos para ser guerreros!. ¡Y su lucha no es la nuestra! -le grité.

El mensajero me miró a los ojos profundamente y sentí que su mirada llegaba hasta mi corazón. Hizo un silencio que me pareció larguísimo, en el que me arrepentí de mis palabras. Bajé la mirada con vergüenza.

- Ya llegará el tiempo en que los pueblos entiendan que la tierra nos reclama a todos por igual. Que cada uno es parte de las cosas y que las cosas tienen espíritu. Cuando todos comprendamos lo que la tierra nos dice y nos ofrece, estaremos en condiciones de compartir. Y no habrá más divisiones. Y se terminarán las guerras y las discusiones. Somos todos guerreros en esta lucha por el orden de las cosas. Por un motivo que no me es dado conocer, ustedes recibieron un llamado privilegiado de la tierra. No pueden renunciar a él. No pueden renunciar a ella. En la esencia de sus corazones está la esencia de la tierra que los necesita. Busquen allí la fuerza y las respuestas.

- Yo... -dijo Melisa en un hilo de voz- ...yo quiero ir con mi mamá...

- Yo también... -agregó Maxi.

Ñancupán volvió a tomar asiento y meditó mucho antes de volver a hablar. Mientras tanto, me acerqué a Melisa y la abracé. Estaba temblando. Miré al mensajero apurando una explicación, pero él se tomó el tiempo que quiso.

- El miedo que sienten es un invento de sus mentes -dijo el mensajero.

«Qué va a ser un invento. Cómo se nota que éste no está en nuestro lugar» pensé yo.

- Escuchen la voz de sus corazones, no la de sus cabezas -continuó-. Ellos les van a decir las palabras correctas y les van a indicar los caminos favorables. Perciban el temor, que es un gran aliado en las decisiones importantes, pero no atiendan los gritos del miedo, porque el miedo paraliza.

Ñancupán adoptó entonces un tono casi paternal:

- Ya regresarán a sus casas. Ya se liberarán de esta responsabilidad. Sus familiares sabrán en poco tiempo que no deben temer por sus vidas. Y cuando la guerra termine, se sentirán orgullosos de ustedes, que aprenderán secretos de la tierra que de otro modo no conocerían jamás.

Maxi frotaba sus manos con mucho nerviosismo y Melisa seguía aferrada a mí, que intentaba creer cada palabra del mensajero para sentirme mejor, pero a la vez quería encontrar el modo de regresar a casa con mis amigos.

- Todo esto por culpa de mi tatarabuelo... -dijo Maxi en un susurro, muy enojado con su antepasado explorador.

- Todo esto por culpa de mucha gente del pasado y del presente -le replicó Ñancupán.-. La ambición por el dinero y el poder hicieron lo que es. Pero no somos pocos los que estamos trabajando para devolver a la tierra lo que es de la tierra y al hombre lo que le pertenece. No hay modo de que vuelvan a su mundo sin que antes colaboren en la búsqueda del cultrún. Sólo estarán a salvo cuando el cultrún lo esté. Recién entonces podrán abandonar el Otro Mundo. No olviden que Ankatrür está dispuesto a hacer cualquier cosa con tal de apresarlos.

Cuando terminó de decir esto, se puso de pie nuevamente.

- Recuerden esto también: no hay peligro más grande que ustedes. Las fuerzas que poseen en su interior son mayores a cualquier peligro de este mundo. Para enfrentarlo, sólo deben hallar esa fuerza. Pónganse de pie -ordenó.

Con mucho esfuerzo, porque ya estaba entumecido, me levanté. Ayudé a Melisa y ésta a Maxi. Creo que a esta altura de los acontecimientos nos sentíamos resignados a nuestro destino. A diferencia de lo que había ocurrido en la Gran Salamanca el año anterior, esta vez la historia era distinta, ya que Ñancupán no nos había aclarado que lo que tendríamos que pasar duraría una noche nada más, sino que la cosa venía para largo y que nuestros padres ya estaban enterados de nuestra desaparición. Estaba a punto de pedirle al huerquén que se las ingeniara para llevarles tranquilidad, cuando nos dijo que lo siguiéramos al interior de su ruca porque tenía que entregarnos algunas cosas que nos harían falta.

Nos dispusimos a seguirlo, pero antes de hacerlo, tomé del brazo a mis amigos y los alenté para que hiciéramos lo que él decía, ya que era la única persona en quien podíamos confiar y teníamos pruebas suficientes como para creer que él estaba de nuestro lado.

- Sí, pero yo me quiero ir -repitió Maxi.

- Todos nos queremos ir -le contesté-. Esperemos que esto termine pronto...

Comencé a avanzar seguido por Melisa, que no soltaba mi mano. Detrás de ella iba Maxi.

Ingresamos en una dependencia de la cueva luego de pasar por un pasillo angosto y bastante oscuro. La habitación tenía una luz muy particular. Era suave y no se veía qué la generaba. Vimos muchos bultos, todos ellos de cuero atados con sogas o tientos.

Ñancupán se dirigió a uno muy grande y de él extrajo lo que para nosotros eran simples pedazos de cuero, pieles de animales y mantas de lana. Cuando desplegó todos estos elementos sobre otras tres bolsas, vimos que eran prendas de vestir. Sobre cada una de esas bolsas fue armando los equipos que nos corresponderían a cada uno.

Cuando terminó esa tarea, nos ordenó acercarnos. Antes de entregarnos las cosas, nos advirtió que no se trataba de simple abrigo, el que íbamos a necesitar desde el mismo momento en que abandonaríamos la ruca; sino que cada prenda tenía un don especial, poseyendo todo el conjunto, un gran poder de protección para nosotros.

Tomó para los varones un par de botas de cuero, un poncho de lana bastante pesado y un morral con algunas cosas en su interior. Para la niña del grupo, botas más livianas, una túnica color azul, una vincha para sujetar su cabello y otro poncho, de una confección más delicada, del mismo color que la túnica. Cuando le entregó el morral a Melisa, comentó que dentro de él había remedios y algunos utensilios que podrían sernos útiles para la cordillera.

- ¡Qué! ¿Vamos a ir a las montañas? -preguntó alarmado Maxi, lamentando por anticipado distanciarse todavía más del pueblo.

- Ya estamos en las montañas -respondió sin mirarlo Ñancupán.

Maxi me miró desesperado, como pidiéndome que hiciera algo, pero no pude hacer otra cosa que encogerme de hombros. ¿Qué podíamos hacer a esta altura? Melisa, con sus prendas en la mano, me miró y por primera vez desde nuestra estancia en la ruca del mensajero, me sonrió. Su fortaleza me infundió confianza y mientras nos poníamos las prendas nuestro humor fue cambiando. A Maxi le costó más, pero cuando se vio con las botas, el poncho y el morral colgado, hasta le causó gracia. Pero lo que no le causó demasiada gracia fue tener que abandonar allí sus zapatillas, que a diferencia de las de Melisa y las mías, eran de las más caras.

Ñancupán estaba muy ocupado extrayendo cosas de las otras bolsas, disponiéndolas sobre el piso con mucho cuidado. Había un puñal brillante, como de plata, boleadoras, bolsitas muy bien cerradas, otro cultrún sobre el cual aparecía un dibujo en forma de cruz pintado con colores vivos, un hacha pequeña y otros elementos que parecían adornos o joyas. Se colocó uno de esos adornos sobre el pecho, guardó el resto de las pertenencias en un morral más grande que el anterior, juntó sus manos como rezando y luego de una pausa nos dijo con voz serena pero firme:

- Debemos irnos. Aquieten sus corazones y acallen sus mentes. Sientan la fuerza de la tierra y beban la energía del viento cuando salgamos de aquí.

- ¿Adónde vamos? -preguntó Melisa.

- A buscar a Huechupagi, de quien ustedes sólo conocen su esqueleto -respondió con ironía Ñancupán.

 

LAS ALAS DE OLIVERIO

(2003)

INTRODUCCIÓN

El recorte periodístico y una anciana misteriosa

 

Hace algunos años, recibí por correo un sobre extraño: no tenía remitente, era color amarillo intenso y en su interior sólo había un recorte periodístico.

Alguien había cortado con mucha desprolijidad, un artículo en el que aparecía el título cortado, una fotografía o un dibujo y una pequeña parte de la nota. El papel estaba amarillento, por lo que deduje se trataría de un recorte muy antiguo.

Pero lo que más me llamó la atención fue la fotografía o el dibujo que se hallaba muy borroneado por el paso del tiempo. En ella (o él) se adivinaba la silueta de un niño con alas, sentado en cuclillas y por delante suyo, líneas gruesas más desdibujadas aún.

Descifrando el contenido del artículo, supe que efectivamente era un niño con alas y que las líneas gruesas eran los barrotes de una jaula. El título decía «Un ángel en la ciudad será pres...» y allí se interrumpía por el corte grosero de quien había estado interesado en rescatar la noticia.

Leyendo el contenido de la nota, concluí que se trataba de un hecho que había capturado la atención del periódico y, por lo que decía, de toda una ciudad, aunque no pude enterarme jamás cuál era. Para colmo, del otro lado del recorte se leía parte de un aviso publicitario de ropa para hombres.

¿Quién me había enviado la carta y cuáles eran sus intenciones? Tampoco lo supe.

Desde el momento en que la recibí, me dediqué a investigar en cada ciudad que visitaba, lo que denominé «el caso del chico con alas». Visitaba los periódicos más antiguos y las hemerotecas (los archivos de diarios y periódicos) públicas y privadas, entrevistaba a los pobladores más viejos y, desde que tenemos acceso a Internet, entraba en todos los sitios posibles para conocer más sobre este asunto. Pero era inútil: no hallaba información.

Recién el año pasado, cuando me radiqué en Esquel, pude reconstruir la historia gracias a una señora muy anciana que apareció en mi casa una tarde de julio, bajo una nevada espesa. Ella dijo que se había enterado que yo estaba averiguando sobre «el angelito» y que estaba dispuesta a contarme todo lo que sabía. Así lo hizo durante casi cuatro horas. Al cabo de ese tiempo, un remis la vino a buscar y se fue tan misteriosamente como había llegado. No quiso decirme cómo conocía ella tantos detalles de los hechos, ni su nombre ni domicilio.

Nunca más la vi.

Puesto a desgrabar el casete, me encontré con la sorpresa de que no había registrado nada de la conversación.

No me quedó más remedio que reconstruirla con mi memoria.

Espero ser fiel al relato de la anciana.

Espero rescatar lo mejor posible la historia de Oliverio, el chico con alas...

 

Capítulo I

El día después del cumpleaños

 

En realidad, a Oliverio no le molestó tanto que le crecieran alas, como la picazón que éstas le producían al aparecer.

No había terminado de apagar las siete velas de su torta de cumpleaños, cuando un cosquilleo insistente se instaló en su espalda.

- Debe ser mugre -opinó el papá sin mirarlo, más preocupado en almorzar que en el bienestar de su hijo.

- Se bañó esta mañana -acotó la mamá desde la cocina donde preparaba más comida para el hombre de la casa.

Oliverio los miraba con ingenuidad. Toda la noche y toda la mañana estuvo refregándose en la cama, rascándose en el marco de la puerta, contra la pared, el roble del patio... Las ojeras le imprimían a su rostro infantil una desdicha inigualable. Ahora esperaba que la picazón cesara para, por lo menos, poder dormir la siesta y correr a jugar con sus amigos.

- Comé, querido -le pidió una vez más la mamá con dulzura, pero Oliverio no podía. La fatiga y la picazón le impedían siquiera levantar sus brazos. Sólo atinaba a rascarse contra el respaldo de la silla con suavidad, para que su papá no lo retara nuevamente.

- Si no come, esta tarde no juega -sentenció él con el vaso de vino en una mano y con el tenedor en la otra.

- Dale, comé aunque sea un poquito -insistió en voz baja su mamá.

Oliverio la miró como pidiendo más comprensión y se llevó a la boca un pedazo de papa, pero no pudo tragarla. El malestar era superior.

- Báñelo de nuevo y llévelo al médico -ordenó el padre, que jamás tuteaba a su esposa ni a Oliverio, agregando levantándose de la mesa:

- Lo único que faltaba... ¡Un hijo sarnoso!

La mamá, acariciándole la espalda, lo acompañó hasta la habitación.

Corrió las cortinas para oscurecer el ambiente, acomodó al pequeño en la cama y acariciándole la frente le sugirió que descansara, que a las cuatro irían al médico juntos.

- Pero... ¡Pica! -exclamó angustiado Oliverio.

Ella no dijo nada. Cerró la puerta y continuó con sus quehaceres abrumada por la situación. Oliverio dio vueltas en la cama, pero no pudo dormir. Cuando parecía que se estaba quedando dormido, regresaba ese malestar en la espalda. Eran como pequeñas agujas que en lugar de doler, picaban.

A las tres y media, la mamá entró en la habitación.

- Vamos, querido. Levantate -le dijo mientras descorría la cortina y la luz lastimaba la vista de Oliverio, a quien las ojeras se le habían acentuado en ese par de horas.

La madre lo ayudó a levantarse y lo llevó al baño. Después de que se quitara la ropa, lo giró para observar la espalda, ansiosa por hallar la causa de tamaña molestia.

Ahogó un grito de horror, que Oliverio advirtió, pero el pequeño no se atrevió a preguntar nada. Percibió que algo grave estaba ocurriendo y la angustia le cortó por un instante la respiración.

- ¡Dale, vestite rápido! -le ordenó sin más y juntos partieron presurosos al médico.

Mientras iban por la calle, Oliverio vio a algunos de sus amigos que lo aguardaban como siempre en la esquina, para jugar.

Los chicos miraron extrañados el rostro desencajado de la madre y el estado lamentable de Oliverio. Ni siquiera lo saludaron con la mano.

Oliverio era arrastrado por su madre rumbo al consultorio.

Iba llevado casi en vilo hacia una verdad tan extraña como incomprensible: el único médico del pueblito, un hombre de unos ochenta años, famoso por sus diagnósticos certeros, no dudó en señalar con voz grave:

- A este chico le están saliendo alas.

La mamá se desmayó al instante. El médico llamó a su secretaria para que la reanimara y palmeando la espalda del niño, a la altura de las incipientes alas, le dijo con una sonrisa:

- Esto no es nada, hijo... Conocí a un hombre al que le salieron unos terribles cuernos de ciervo. Y vivió veinte años más que yo...

Oliverio giró su rostro buscando aunque sea una palabra de aliento de su madre, pero se encontró con la cara de la secretaria que lo miraba casi con asco.

«Tengo un problema», pensó Oliverio y se sentó a esperar que su madre volviera en sí para que le rasque la espalda en casa, mientras sirviera la merienda. Ahora, aparte de la picazón, tenía mucho apetito...

 

Capítulo II

El cumpleaños de Oliverio

 

Los preparativos del cumpleaños número siete de Oliverio no habían sido como los de un hogar común: el padre había estado renegando una semana entera por lo que él creía que iba a ser una invasión de chiquilines traviesos dispuestos a dar vuelta la casa; la mamá estaba tan preocupada por las tarjetas, que no hacía más que hablar de ese tema; sus abuelos paternos habían llegado de muy lejos sólo para sacarle fotos y una de sus tías -la solterona- insistía en vestirlo con un absurdo traje de comunión de un primo mucho más grande que él, que parecía más el de un novio que de un chico que iba a cumplir años.

Oliverio vivía todo eso con mucha paciencia y resignación. Cuando podía, se escapaba a jugar con sus amigos. A todos ellos les encantaba imaginarse piratas o policías; inventaban juegos con piedras y palitos, o simplemente recorrían el Jardín Botánico del pueblo en busca de pajaritos caídos para ayudar o muertos para observar con curiosidad de científicos.

El Jardín había sido creado por un importante señor de la historia del pueblo. Pueblo éste que jamás había llegado a ser una ciudad grande, como él lo había imaginado. En su herencia, donó a la municipalidad esa propiedad para que allí las generaciones futuras tuvieran un sitio de esparcimiento sano y puro y de contacto con la naturaleza. Las autoridades aceptaron muy gustosas la donación e inmediatamente plantaron árboles de muchas especies, según el diseño de un especialista en el tema que fue traído a propósito desde la ciudad.

Pero el pueblo de Oliverio está rodeado por montes y bosques, ríos y lagos, por lo que el Jardín Botánico era utilizado sólo por los niños como él y por los ancianos que buscaban un sitio agradable y cercano para charlar o leer el diario.

Dos días antes del festejo, Lucas, uno de sus mejores amigos, le dijo a modo de orden:

- Acordate que antes de soplar las velas tenés que pedir un deseo.

Oliverio dejó a un lado un escarabajo al que le hacía transportar un palito, para preguntarle:

- ¿Por qué?

- Porque sí. Porque es lo que se hace antes de apagar las velas -afirmó muy seguro Lucas-. El año pasado yo pedí este reloj y a la semana, unos tíos míos llegaron de la ciudad con el regalo...

Oliverio admiraba el reloj de Lucas, que marcaba las horas al revés, pero nunca se le hubiera ocurrido desear algo semejante. De hecho, era un chico que se conformaba con lo que tenía y hasta era un problema obsequiarle algo. Cuando se le preguntaba qué quería de regalo, él siempre decía lo mismo:

- Cualquier cosa.

Por eso, cuando Lucas le dijo eso, a Oliverio se le complicó aún más el asunto del cumpleaños. Por más que buscaba en su memoria, en las vidrieras de los negocios, no hallaba nada que deseara realmente.

A la mañana siguiente, sentado solo en el mismo banco que el día anterior, seguía pensando qué podría pedir antes de soplar las velas, pero nuevamente su cabeza estaba vacía de deseos. Le había comentado a su mamá la charla con Lucas, y había recibido de ella una respuesta muy breve, ya que estaba demasiado ocupada en las últimas tarjetas:

- Mmmmm... Sí... Sí, tenés que pedir un deseo...

Pero no supo indicarle qué podía ser.

Intentó preguntarle a su papá en el taller, pero lo único que recibió por respuesta fue:

- Alcánceme aquella pinza y ojito con ensuciarse porque sino se arma...

Solo en el banco, Oliverio pensaba qué podía desear para satisfacer los requisitos de un buen cumpleaños cuando se detuvo en el vuelo de una paloma gris y blanca que bajaba al sendero a buscar algunas migas u otra cosa para comer.

El asunto se había transformado en un problema, porque no deseaba nada. Sentía que era una gran responsabilidad y él era un chico responsable. Agotado por pensar en vano, observando la paloma que mansamente se acercaba a sus pies, admiró la simpleza de su vida y hasta casi sintió envidia.

- Ustedes sí que no tienen problemas... -reflexionó-. ¡Cómo quisiera ser como ustedes...!

Finalmente decidió dejar para después la decisión y regresó a su casa para ser martirizado nuevamente por sus parientes, por el traje inmenso que necesitaba continuos retoques, por las fotos incesantes de sus abuelos, las protestas de su papá y las corridas de su mamá.

La tía lo perseguía por la casa con agujas y alfileres para ajustarle el saco y el pantalón, mientras sus abuelos se divertían con la situación y tomaban decenas de fotografías. Cada vez que pasaba cerca de su papá, éste le hacía sentir su disgusto por la batahola lanzando gritos descomunales, mientras que la mamá se quejaba porque nadie le prestaba atención a su tarea.

La casa era un caos; y no lo fue menos el día siguiente, el del cumpleaños, cuando lo levantaron muy temprano para continuar con los preparativos. Pero ahora era diferente, porque ese día había que preparar los sandwiches, los refrescos, las bandejas con los dulces, las bolsitas con souvenirs, etc. Y la infaltable piñata, que puso los pelos de punta a su papá cuando se enteró que llevaba harina en su interior. Los abuelos de Oliverio le recomendaron que se quedara todo el día en el taller, y afortunadamente él les hizo caso.

De todas maneras, la casa parecía un regimiento en pie de guerra.

Oliverio, cada vez que podía, se escapaba a la vereda a tomar aire y, con suerte, jugar con algún vecino, pero los parientes eran más fuertes y lo devolvían a la casa acusándolo de mal anfitrión y desagradecido.

- ¡Cuántos chicos querrían tener una fiesta como la que vas a tener! -le decía su tía.

- Todo esto es para vos, para que tengas un feliz cumple -le señalaba en el oído su abuela.

- A ver esa cara de cumpleañero... -decía su abuelo apuntando la cámara.

- ¿Te gustaron las tarjetas? -le preguntaba su mamá a cada rato.

- Si llegan a romper algo, lo pagará el que lo rompa -amenazaba su papá desde el taller.

Pero ninguno, esa mañana, lo despertó con un beso y el típico «feliz cumpleaños» de tan ocupado que estaba en sus propias ocupaciones.

A la hora de la siesta, los preparativos se hicieron vertiginosos. El traje quedó listo aunque sobraba tela por todos lados. Las manos de Oliverio habían desaparecido debajo de las mangas del saco, al igual que sus pies debajo de las botamangas del pantalón. El cuello de la camisa era demasiado holgado y en realidad parecía un disfraz antes que un traje de fiesta.

Los abuelos estaban más animados que antes, lo que quiere decir que los rollos de fotografías iban cayendo dentro de un bolsito repleto de imágenes de un Oliverio que deseaba fervientemente estar en otro lugar. Por suerte, tanto ellos como su tía regresarían a la ciudad apenas terminara la fiesta.

A las cinco, comenzaron a llegar los chicos. La mamá estaba al borde de la histeria. La tía se ocupaba de darles órdenes para que comieran o jugaran, según se le ocurría a ella lo que quería que comieran o jugaran.

Lucas se acercó a Oliverio y después de entregarle un regalo, le susurró en el oído con tono burlón:

- Pavada de fiesta te organizaron...

Él prefirió no decir nada. De hecho, nada podía decir. Estaba cansado.

Finalmente llegó el momento que Oliverio había olvidado por completo durante un minuto: frente a él tenía la torta inmensa, que había comprado la tía en la panadería, y que había decorado exageradamente la mamá, que le pedía a los abuelos que la fotografiaran antes de que fuera devorada por los chicos.

Lucas adivinó la preocupación de Oliverio y con maldad observó en voz alta, para que escuchen todos:

- Tenés que pedir un deseo...

- ¡Eso! -gritaron los chicos- ¡Pedí un deseo!.

- ¡Pero con los ojos abiertos, así salís bien en la foto! -ordenó el abuelo.

Oliverio sintió que el tiempo se detenía al igual que su mente. No se le ocurría nada y la insistencia era cada vez mayor. Todos gritaban al mismo tiempo ordenándole que se apurara o sugiriéndole aquellas cosas que ellos querían para sí.

El muchachito desobedeció a los abuelos y cerró los ojos para pensar con más claridad, y se vio en el Jardín Botánico. Entonces ningún deseo fue tan fuerte como el querer ser como la paloma gris y blanca que había observado la mañana anterior. Mientras el ruido de los familiares y los invitados se transformaba en un susurro lejano, Oliverio se oyó a sí mismo desear en ese momento tener las alas de un pájaro para poder volar lejos de allí y estar en silencio en el cielo. Imaginarse volando solo, a gran altura, disfrutando de la distancia de esa fiesta, hizo que sonriera y que todos creyeran que la petición había sido enunciada en la cabeza del festejado.

- ¡Por fin! -exclamaron todos.

- ¡Pero cerraste los ojos, querido! -le reprochó la abuela.

Cuando Oliverio bajó del cielo y regresó a la fiesta, ésta se transformó en una vorágine de imágenes que comenzaron a sucederse de una manera tan distante a él, que en vez de ser el protagonista, pasó a ser el espectador. Veía todo como si fuera una película. Y ya no le pesaron tanto ni el ruido ni las exigencias de sus parientes ni la de sus amigos.

Cuando se quiso acordar, ya era casi de madrugada y la mamá, extenuada, le daba un beso en la mejilla deseándole buenas noches y quejándose de que nadie hubiera elogiado la torta ni las tarjetas.

Oliverio cerró los ojos para descansar de esos días agotadores pero lo que en un principio fue una molestia leve, luego se convirtió en una picazón insoportable en su espalda.

 

 

Capítulo III

La primera reacción del pueblo

 

El mismo día de la consulta al médico, la noticia corrió por el pueblo con la velocidad de un rayo y en cuestión de minutos, cientos de vecinos estaban agolpados en la puerta de la casa de Oliverio queriendo ver el «fenómeno». Por su parte, la madre entró en un estado de angustia tal que no sabía qué hacer con el problema ni con las chusmas del barrio que le aconsejaban las cosas más inverosímiles. Encima, el padre no ayudó en absoluto. Sólo se limitó a señalar:

- Ya sabía yo que este chico iba a salir deforme...

La desorientación de la madre y -según el médico- la imposibilidad de la medicina de actuar frente a este tipo de patologías, hicieron que los vecinos desplegaran un vademécum de consejos y recomendaciones. Afortunadamente para la madre y para Oliverio, el papá echó a todos de la casa y puso una tranca en la puerta principal. Todos siguieron elaborando teorías y soluciones en la vereda.

Algunos estaban de acuerdo en que esa «enfermedad» sólo podía ser tratada por un curandero; otros, que era un enviado del diablo; así como muchos creyeron que estaban ante la presencia de un ángel.

- Le hicieron un daño y tiene que ver a los curanderos -opinaban algunos.

- Es un engendro del demonio -sentenciaban otros.

- Es un ángel, pobrecito... -aseguraban muchos y prendían velas en la vereda de la casa.

-Lástima que los abuelos y la tía se fueron, sino por lo menos hubiéramos podido ver una fotografía de lo que tiene -se lamentó otro vecino que había ido a la fiesta de cumpleaños.

Cuando tomó conocimiento del asunto, el intendente del pueblo se reunió con el cura para analizar el problema.

- Usted tiene que hacer algo -le dijo el funcionario al cura-. Este es un pueblo tranquilo... Mejor dicho, «era» un pueblo tranquilo hasta que Dios o el Diablo se decidieron a jugar con nosotros.

- No confunda las cosas. Dios no tiene tiempo para jugar... -replicó el religioso sin explicar qué hace el Diablo con su tiempo, dejando así lugar a una duda terrible en la cabeza del intendente-. Además, esto puede ser un capricho de la naturaleza. Demasiado bien se está portando ella con nosotros, con el desastre que todos los días provocamos con nuestras conductas...

- No me importan los discursos ecologistas -interrumpió el intendente-. Lo que quiero es que se restablezca la paz en este lugar. Y si es necesario recurrir a la fuerza, lo haré.

Dicho esto, el funcionario se retiró sin saludar y el cura se abocó a escribir un detallado informe al obispo, que enviaría con el correo que salía el mes siguiente.

El intendente era un hombre bueno, pero bastante ignorante. Había sido elegido por los vecinos por su conducta honesta al frente de la ferretería del lugar. Y porque era gustoso de organizar bailes populares en los que no faltaba comida y bebida gratis para todos. Esta cuestión sobrepasaba su límite de comprensión y era la primera vez que veía al pueblo convulsionado de esa manera. Algo parecido había ocurrido hacía muchísimos años atrás con el señor de los cuernos de ciervo, pero él era entonces muy pequeño para recordarlo hoy con detalles; además, la población era mucho menor que la actual y por ende la repercusión había sido menor también.

Se dirigió a la comisaría, pero el comisario no se encontraba allí.

- Está en la casa del chico alado -le informó el oficial de la entrada.

- ¡Ah, bueno! -se consoló el intendente-. Me imagino que estará tomando medidas...

- No -dijo lacónicamente el policía-. Fue a chusmear nada más...

El intendente estalló en una ira tal, que se le subió la presión y tuvieron que llamar al médico. Cuando se recuperó, el anciano le sugirió que tomara el asunto de otra manera:

- No se haga tantos problemas, hombre. Son sólo un par de alas. Peor sería que a usted le apareciera un partido político nuevo en el pueblo.

El funcionario, un poco atontado por una pastilla que le había hecho tragar el médico y otro tanto por las emociones de ese día, pensó que tenía razón.

- Pero ¿qué tengo que hacer entonces? -preguntó inocentemente.

- Relajarse y dejar que la gente se canse. Mañana todo el mundo habrá olvidado el asunto.

Al atardecer de ese día, el papá de Oliverio, cansado por los golpes de los vecinos en la puerta de su casa pidiendo ver al enfermo - ángel - demonio, sacó de la cama al pequeño y lo mostró desde una ventana.

- ¡Miren! -gritó con furia levantando a Oliverio-. ¡Miren su espalda! ¡Le están saliendo alas! ¿Y qué? A usted se le está cayendo el pelo -le gritó a una señora que se mostraba horrorizada por el dorso de Oliverio-. Y usted no tiene nariz, ¡tiene una batata! -dijo señalando a otro vecino.

De esta manera, comenzó a detallar los defectos de los presentes, que se fueron retirando con vergüenza. La mamá de Oliverio lloraba en silencio unos pasos atrás.

El último que quedó en la calle fue Lucas, pero el papá de Oliverio no le dijo nada. Simplemente cerró de un golpe la ventana y bajó a su hijo.

- Vaya a su pieza y no hable con nadie por una semana -le ordenó.

Antes de encerrarse otra vez en el taller le dijo a su esposa:

- En la mesa de la cocina dejé un alicate bien afilado. Recórtele «eso» al ras de la piel todos los días... Y prepare la cena, que ya es tarde.

Oliverio regresó a la habitación. La mamá lo acostó boca abajo y con ayuda de la lámpara empezó a observar en detalle los plumones muy suaves que comenzaban a aparecer en la piel del pequeño; algunos blancos, otros grises. Los acarició con mucha suavidad y eso calmó mucho la picazón.

- Son hermosos... -susurró olvidando por completo su angustia.

Oliverio fue quedándose dormido después de dos días de insomnio.

La mamá lo dejó descansar y sin hacer ruido salió de la habitación.

Al pasar cerca de la puerta de calle, oyó un ruido muy leve. Giró la cabeza pero no vio la tarjeta que alguien deslizaba desde el exterior.

En ese momento sonó el teléfono.

 

Góos y Kóokne

(2002)

La ballena Góos y la niña triste

 

Cuenta la leyenda que Góos, la ballena que hace muchísimos años vivía en la tierra, provocaba muchos problemas a los tehuelches, ya que con su enorme cuerpo destrozaba todo a su paso.

Pero eso no era todo: cuando Góos bostezaba, aspiraba lo que se encontraba a su alrededor, tragándose a las personas, animales, plantas y cosas. Esto era muy peligroso para los habitantes de la Patagonia, por lo que decidieron llamar a Elal, el héroe que desde siempre había ayudado y ordenado la vida de esos pobladores, que no conocían la causa de tales desgracias.

Elal investigó lo que estaba ocurriendo y descubrió que Góos era la responsable de tantas pérdidas. Como la ballena no obedeció la orden de abrir la boca, Elal, que tenía poderes mágicos, se convirtió en tábano. Tanto molestó a Góos, que la ballena resolvió comérselo. Y lo hizo. Pero Elal no murió, sino que en su panza encontró a las personas, animales y cosas que habían desaparecido. Algunos dicen que todavía convertido en tábano, picó el estómago de Góos provocándole un estornudo con el que arrojó a todos hacia afuera y que en el exterior, Elal recuperó su forma humana. Otros, que este héroe volvió a convertirse en hombre en el interior de la ballena y que con un cuchillo le abrió la panza para que todos salieran.

De todas formas, las distintas versiones cuentan que después de que las víctimas abandonaran el interior de Góos, Elal le ordenó que fuera a vivir al mar y que nunca regresara a la tierra; y que una vez allí, la ballena cambió sus patas pequeñas por aletas y se sintió muy cómoda y liviana nadando sin límites en el océano.

Esto es lo que dicen las leyendas... Pero ocurrió algo más que nadie ha contado hasta ahora...

 

A los pocos días de que Góos se internara en el mar, los habitantes de la costa observaron un hecho que les pareció inaudito: la ballena se acercaba a la playa todos los atardeceres; y a una distancia prudencial, nadaba de aquí para allá emitiendo un sonido muy triste.

Algunos opinaban que Góos lamentaba haber abandonado la tierra; otros, que quería dar lástima para que los hombres le pidieran a Elal que la perdonara y así regresar a provocar destrozos. Unos pocos, los más ingenuos, creían que la ballena expresaba así su arrepentimiento por los daños causados.

Mientras el sol caía a las espaldas de los habitantes del lugar, todos observaban el extraño espectáculo haciendo distintas especulaciones. Menos una niña, que era la única que permanecía en el sitio cuando todos se retiraban a sus toldos.

La pequeña se sentaba a la orilla del mar y con los ojos llenos de lágrimas veía cómo la ballena agitaba las aguas suavemente cantando su canción de pena.

Cuando el sol desaparecía en el horizonte permitiendo a la luna ser la dueña del firmamento rodeada de millones de estrellas, la niña regresaba a su toldo cabizbaja.

Sus padres no comprendían la tristeza de la pequeña y, como el resto de los habitantes del lugar, se enredaban en suposiciones que nada tenían que ver con la realidad.

- ¿Qué te pasa, hija mía? -preguntaba la madre.

- ¿Estás enferma? -preguntaba el padre.

Pero la niña no respondía. Tal era el tamaño de su tristeza.

Los padres estaban desconsolados. Su hija había perdido el apetito y pasaba sus horas secando lágrimas y suspirando.

La ballena, por su parte, tampoco comprendía qué le pasaba. Sentía que desde el fondo de su estómago la invadía una angustia imposible de explicar. Un nudo gigante le aprisionaba la garganta y todo el tiempo deseaba, al igual que la pequeña, llorar. Pero no podía.

Cuando no se acercaba a la playa, nadaba en las profundidades del océano intentando perder esa pena, quería alejarse de ella. Pero era inútil, porque la tristeza estaba dentro de ella.

- ¡Elal, Elal! -se lamentaba Góos-. ¿Qué me has hecho? Me has enviado a un mundo más cómodo y tranquilo, donde puedo moverme sin lastimar a nadie, en el que puedo sentirme sin peso y donde todas las criaturas son mis amigas. Pero me estás haciendo pagar muy caro el precio por mi torpeza en la tierra... ¿Por qué no me quitas esta pena?

La ballena y la niña pasaban así sus días y sus noches. Y nadie sabía por qué razón...

Un día Elal decidió darse una vuelta por la Tierra para ver cómo estaban los hombres, si necesitaban algo o si debía ordenar alguna otra cuestión.

Todo estaba marchando bien, y Elal estaba satisfecho por la conducta de los hombres, pero hubo algo que le llamó poderosamente la atención y fue la caravana de personas que todas las tardes se acercaba a la playa para observar el misterioso espectáculo que ofrecía la ballena Góos.

Elal miró con mucho detenimiento lo que sucedía allí y comenzó a preguntar a cada uno de los presentes qué le pasaba a la ballena. Pero ninguno de ellos supo responderle.

Una vez más, cuando la oscuridad iba ganando la playa, los espectadores fueron retirándose a sus toldos. Pronto quedaron sólo Elal y la muchachita, sentada sobre una gran piedra mirando con los ojos llenos de lágrimas hacia el horizonte, donde la ballena comenzaba a perderse con sus lamentos estruendosos.

Elal tomó asiento junto a la niña, pero no le preguntó qué le ocurría. Ella no se dio cuenta de la compañía y su vista siguió perdida en el horizonte, nublada por el llanto.

Cuando finalmente se hizo de noche, la pequeña se levantó con mucha lentitud de su asiento y se dirigió a su toldo. Elal había desaparecido de su lado: creía intuir cuál era la razón de su pena y la de la ballena.

Esa noche Elal utilizó sus poderes mágicos para convertirse en pez y nadar en las profundidades del océano para encontrar a Góos, que vagaba sin rumbo tratando infructuosamente de quitarse la tristeza.

Cuando la divisó desde lejos, Elal nadó con rapidez hacia ella, oyendo su canto. Pero a medida que se aproximaba a la gran ballena, escuchaba una voz que cantaba la misma canción desde algún lugar remoto. Cuando estuvo junto a Góos no le quedaron dudas de que esa voz provenía del interior del animal.

Elal regresó a la playa y volvió a convertirse en hombre. Se sentó a la orilla del mar y esperó pacientemente la llegada del nuevo día.

A la tarde, muy temprano, mucho antes de que llegaran los curiosos, apareció la niña. Elal se acercó a ella y tomándola de la mano, la condujo hasta que las aguas del mar bañaron sus pies descalzos.

Pronto apareció en la distancia la ballena Góos, trayendo consigo su inexplicable pena. A una orden de Elal, la ballena se aproximó a la playa quedando a unos pocos metros de él y la pequeña.

Góos miró a la niña y ésta miró a la ballena. Esta vez Elal no necesitó ordenarle que abriera su boca: ella sola lo hizo porque al ver a la pequeña comprendió cuál era la razón por la cual la angustia brotaba desde lo más profundo de su interior.

Muy lentamente la gran boca de la ballena fue abriéndose hasta permitir que la niña pudiera ingresar en el interior. Al mismo tiempo, los primeros pobladores comenzaron a llegar al lugar. Entre ellos estaban los padres de la pequeña, quienes al ver lo que estaba ocurriendo, corrieron desesperados para evitar que Góos tragara a su hija.

Elal los detuvo y los tranquilizó diciéndoles que nada le ocurriría. La madre empezó a llorar desconsoladamente y el padre la abrazó con fuerza.

Luego de un largo rato, por la boca de Góos volvió a verse la silueta de la pequeña, que traía consigo de la mano a un muchachito de su edad. Los dos salieron de la ballena con el rostro bañado en lágrimas, pero no de tristeza, sino de alegría.

Mientras esto ocurría, la gran ballena sentía que la pena se desprendía de su interior y se transformaba en un alivio infinito.

Cuando la pareja de novios estuvo fuera de la ballena, ésta necesitó de la ayuda de Elal para regresar al mar, donde se perdió en las profundidades nadando a sus anchas, con mucha satisfacción.

El joven había quedado atrapado en el fondo del estómago de la ballena cuando Góos vivía en la tierra. Cuando Elal había liberado a todos sus compañeros de prisión, él estaba dormido soñando con la niña y no había aprovechado la oportunidad de quedar libre.

Elal observó muy contento el reencuentro de la pareja y montando un cisne, voló de regreso a su hogar.

Cada atardecer, a partir de ese momento, la niña y el muchacho regresaron a la playa para recordar, abrazados, su reencuentro. Y cada tanto entonan la canción que cantaba la ballena inspirada en la angustia de ese amor desencontrado.

Dicen que si uno se sienta en la playa al atardecer, puede escuchar una melodía melancólica que nace de las profundidades del mar.

Yo lo hice, pero lo que escuché fue la canción de amor más tierna que jamás escuché hasta ahora...

 

Kóokne, el cisne y Hoiye, el cóndor

Cuenta la leyenda que Kóokne, el cisne, cuando fue avisado por el chingolo que la «abuela» de Elal, Terr-Werrr, lo necesitaba con urgencia, nadó velozmente a su encuentro. La «abuela» de Elal, no era otro que el ratoncito Terr-Werr, o Tuco-tuco, como se lo conoce también, quien estaba en el escondite de Elal, cuando éste era muy pequeño y era buscado por el gigante Nóshtex, su cruel padre, para matarlo.

Kóokne, sin dudarlo un instante, aceptó volar lejos de allí con el héroe. Dicen que acomodó sus alas como si fuera un nido para que Elal viajara confortable y seguro, y después de carretear un poco y despedirse con un grito, levantó vuelo rumbo al oeste. Atrás quedaba la isla y la amenaza de muerte. Más tarde, frente a Kóokne y Elal, se presentaba una montaña azul, el Chaltén. Allí descendió el cisne que en el camino se hizo muy amigo del niño tan particular; a punto tal de que en ese viaje lo bautizó con el nombre de Elal.

Tres días y tres noches cuidó Kóokne al muchachito. Luego de ese tiempo, Elal bajó de la montaña para comenzar su obra en la Patagonia. El cisne se retiró a las lagunas y las costas del mar, desde donde todos los amaneceres recordaba a Elal y lo llamaba con un grito.

Cuando el héroe terminó su obra, regresó a buscar a su amigo Kóokne para que lo llevara muy lejos de allí, en dirección al oeste.

Cuentan que cuando el cisne se agotaba de tanto volar, se lo comunicaba a Elal, y que éste arrojaba una flecha al mar donde surgía como por arte de magia una isla donde Kóokne podía descender para descansar y seguir viaje luego.

Por estas razones el cisne es un animal sagrado para los tehuelches. Nadie lo caza ni lo domestica. Y cuando muere, ningún animal carroñero se anima a tocar el cadáver.

Esto es lo que dice la leyenda...

Pero ocurrió algo más que nadie ha contado hasta ahora...

 

El cisne cuidó con mucho amor al pequeño Elal y por eso, cuando el héroe se despidió de él al tercer día, sintió mucha tristeza. Pero esa tristeza estaba mezclada con la alegría, porque sabía que Elal haría cosas magníficas y que él había colaborado en esa tarea.

Luego de la despedida, Kóokne voló desde el Chaltén a la orilla del mar y cada mañana recordaba con un grito a su querido amigo.

Largas horas pasaba el fiel Kóokne observando el horizonte, en dirección hacia donde se dirigiría con Elal cuando éste concluyera su tarea en la Patagonia, aunque hasta ese momento no lo sabía. Las horas de los primeros días, después de la despedida del pequeño, eran interminables. Pero de a poco fue acostumbrándose a su vida normal, disfrutando de las bondades del paisaje y del nuevo orden que Elal les regalaba a todos los seres patagónicos.

Hoiye, el cóndor, enterado de los fracasos de Nóshtex por matar a Elal, decidió quedar bien con el gigante vengándose del responsable del escape del héroe: Kóokne. Levantó vuelo de la isla y se dirigió hacia la montaña azul donde el cisne había atendido a Elal los primeros tres días.

Nada encontró Hoiye en el Chaltén. Voló en círculos sobre la cumbre en busca de alguna señal del héroe o de su amigo, pero fue en vano.

Intentó preguntarles a las aves sobre el paradero de Kóokne, pero ninguna le contestó. Ellas sabían que el cóndor se había negado a ayudar a Elal y por eso lo rechazaban.

Furioso, Hoiye voló en busca del cisne. Recorrió el nuevo territorio que Elal había creado para que los tehuelches y los animales compartieran y disfrutaran, pero no pudo contemplarlo porque sus ojos estaban ciegos de odio.

Kóokne fue alertado de la presencia de Hoiye, pero rechazó la propuesta de esconderse porque sabía que Elal iba a regresar algún día a buscarlo, y él quería encontrarse con su amigo para ayudarlo otra vez.

Muchos fueron los intentos de los amigos del cisne por hacerlo recapacitar, pero éste desoyó los consejos y permaneció a la espera de Elal.

Hoiye recorrió la meseta en busca de Kóokne y pronto no le quedaron dudas del lugar donde éste estaría: la playa. Hacia allí se dirigió velozmente.

Kíken, el chingolo que había ido a buscar al cisne para que llevara a Elal hasta el Chaltén, se adelantó al cóndor para prevenir Kóokne, pero éste también lo desoyó.

Kóokne era muy testarudo, por cierto.

El chingolo, cansado de insistir que se escondiera antes de la llegada de Hoiye, no dijo nada más y dejó al cisne en su peligrosa espera. Pero no se alejó. Se mantuvo cerca de su amigo.

Primero fue un puntito negro en el cielo. Pronto se dibujó en el aire la figura tenebrosa del cóndor, que se dirigía directamente hacia Kóokne.

Kíken, alarmado, voló hasta el cisne para alertarlo. Pero Kóokne ya lo había visto. Con la mirada serena, aguardaba la llegada del cóndor, como resignado a su destino.

Hoiye lo vio desde lejos. Su vista estaba entrenada desde siempre para divisar a sus presas. Y su víctima ya estaba localizada. Tomó un fuerte impulso y se abalanzó sobre Kóokne, quien ni siquiera amagó huir del ataque del cóndor.

Kíken se tapó los ojos con las alas para no ver el final de su amigo Kóokne.

Cuando el cisne estaba a punto de ser alcanzado por su feroz enemigo, una bandada de aves se interpuso entre ambos. Hoiye tuvo que desviar su picada para no impactar contra la masa de pájaros, que permaneció volando alrededor del amigo de Elal.

El cóndor tomó distancia y observó el escudo de aves que rodeaba a Kóokne. Sonrió con malicia pensando que además del cisne, destruiría a muchos de los aliados de Elal. Tomó nuevo impulso y se dirigió en picada otra vez hacia el grupo de aves, decidido a llegar hasta Kóokne como fuera.

Mientras esto ocurría, Elal ya estaba de regreso para que el cisne lo condujera a su casa definitiva. Desde lejos observó el extraño espectáculo y apurando sus pasos, tomó en sus manos el arco y una flecha. Detuvo sus pasos, colocó la flecha en el arco y la disparó directamente a su amigo Kóokne.

Kíken, que espiaba por entre las plumas de sus alas, volvió a taparse los ojos alarmado ahora por lo que él creía que era una locura de Elal: atravezar con una flecha el cuerpo de su amigo el cisne.

Al ver la flecha, los pájaros que rodeaban a Kóokne huyeron rápidamente. El cóndor creyó entonces que esa huida había sido causada por el temor que él infundía, por lo que tomó más impulso para atravezar con su pico al cisne.

Pero la flecha fue más veloz que el cóndor y efectivamente atravezó el cuerpo blanco y suave de la más bella de las aves.

Kóokne sintió que su cuerpo se helaba y se endurecía como piedra. La flecha mágica se había clavado en el corazón del cisne, convirtiéndolo en la piedra más dura del universo. Allí impactó el cóndor, destrozándose en mil pedazos.

Kíken, cuando escuchó el estruendo, volvió a espiar por entre las plumas de sus alas y sin dejar de temblar, observó la extraña escena en la que Kóokne era ahora una estatua de piedra y el cóndor un montón de pedazos esparcidos a su alrededor.

Elal se acercó al cisne caminando con tranquilidad. Su corazón estaba tranquilo. Sabía que su amigo estaba a salvo detrás de esa cubierta de piedra y que la flecha que había traspasado su corazón había sido efectiva en su propósito.

Frente a Kóokne, Elal sintió una gran emoción al reencontrarse con su amigo. Con un pie apartó los restos del cóndor traidor y apoyó su mano derecha en la cabeza blanca de la bella ave.

Elal sintió cómo la superficie dura y fría se transformaba en plumas suaves y cálidas.

Kíken se acercó lentamente para ver lo que estaba pasando y observó conmovido cómo cobraban vida nuevamente los ojos de Kóokne, quien al ver frente a sí a su amigo, dejó caer lágrimas de ternura y agradecimiento.

Kóokne sabía muy dentro de su corazón, que Elal no iba a permitir jamás que le ocurriera algo malo.

El héroe abrazó con fuerza a su amigo y montó sobre él para que lo condujera a su destino final.

Las aves se agruparon en la playa para despedir a sus amigos, que levantaron vuelo y se alejaron majestuosamente perdiéndose en el cielo azul.

Dicen que si uno busca cuidadosamente en la playa, puede reconstruir con piedras la cabeza del cóndor. Y que si presta más atención aún, hallará una piedra blanca muy chiquita con la forma de Kóokne.

Yo encontré una vez una piedra blanca, muy suave al tacto. Tenía la forma de un cisne pequeño. Y acercándola a mi corazón, pude sentir los latidos del corazón de Kóokne, que me hablaron del amor que aún siente por su amigo Elal...

 

LA VERDADERA HISTORIA DEL RATÓN PEREZ

- BIOGRAFÍA NO AUTORIZADA -

(2004)

CAPITULO I

El nacimiento del Ratón Pérez

 

El día que nació el Ratón Pérez, sus papás estaban tan contentos que organizaron una fiesta muy grande.

Llegaron parientes desde muy lejos y la casa de los Pérez se llenó de invitados.

Todos comentaban lo precioso que era el bebé y lo importante que sería cuando creciera.

- Por la carita de inteligente que tiene, seguro que será profesor... -decía una tía.

- No, va a ser futbolista -señalaba el esposo, que era fanático del Deportivo Topo Gigio.

- No, no -afirmaba una amiga de la mamá-. Es tan lindo que va a ser estrella de televisión...

- ¿Este es el novio? ¡Qué chiquito! -preguntó uno de sus abuelos creyendo que había ido a un casamiento.

Todos discutieron qué sería el ratoncito cuando fuera grande, hasta que la mamá lo levantó en sus brazos, y mirándolo a los ojos, dijo con voz firme:

- Mi hijo va a ser lo que él quiera... Y seguro que será alguien importante.

Así, la discusión terminó y todos se dedicaron a comer los distintos platos de queso que habían preparado los papás del bebé, que ahora dormía profundamente en su cuna.

Los ratones tienen la costumbre de no ponerles nombres ni sobrenombres a los hijos. Por eso, al pequeño ratón sólo le pusieron "Pérez", y así se llamaría toda su vida.

Pérez creció muy fuerte y sano. Se notaba que era un ratón muy inteligente, aunque para algunos, demasiado preguntón. Es que era un ratoncito muy curioso y todo le llamaba la atención.

En ese ambiente de amor, creció y creció hasta que a los seis años le ocurrió algo extraordinario que nunca antes se había visto en el pueblo de los ratones: a Pérez se le cayó un diente.

 

Capítulo II

A Pérez se le cayó un diente

 

Pérez se levantó temprano para ir a la escuela esa mañana y notó algo extraño en la boca. Con su lengua movió lo que le molestaba de aquí para allá.

Su mamá, al verlo tan concentrado en esa misteriosa tarea, le preguntó qué le pasaba, y él le contó.

- A ver, abrí la boca, hijito -le pidió.

Pérez abrió la boca y lo primero que descubrió, fue que en el lugar de uno de los dientes, había un agujero; y después, sobre la lengua, el diente caído.

- ¡Pérez, vení rápido! -le gritó a su marido.

El papá del Ratón Pérez quedó tan sorprendido que no sabía qué decir.

- ¡Hacé algo! -le dijo la esposa.

- ¿Qué puedo hacer? ¿Pegarlo con cola? -preguntó él tomando entre sus dedos, con mucho temor, el diente caído.

El pobre Ratón Pérez estaba a punto de llorar.

Enseguida lo llevaron al médico, quien los dejó tranquilos asegurándoles que no estaba enfermo, aunque era la primera noticia de que a un ratón se le cayera un diente.

- Si se le cae otro, tendrán que ver a un especialista- dijo el doctor.

Los Pérez regresaron a su casa muy tristes. Los padres se sentían culpables: la mamá empezó a pensar que era culpa de la comida que preparaba; y el papá, por haberle regalado un turrón muy duro, dos días atrás.

El Ratón Pérez transportaba el diente en sus manos y cada tanto lo miraba de reojo, mientras pasaba la lengua por el agujero que le había quedado en la boca.

A los quince días, la mamá, al revisarlo como todas las mañanas desde la inexplicable caída, descubrió que otro diente nuevo estaba apareciendo.

Todos se pusieron contentos, sobre todo el Ratón Pérez, que había sufrido mucho ese tiempo sin su diente.

La familia organizó una fiesta para festejar la noticia y todos volvieron a comer muchos quesos.

Eso sí, al Ratón Pérez lo convidaron con los más blanditos.

 

Capítulo III

La preocupación del Ratón Pérez

 

Uno solo fue el diente que se le cayó al Ratón Pérez. Pero alcanzó para que quedara intrigado acerca de por qué le había ocurrido eso. Los demás ratones, desde sus padres hasta sus parientes y los médicos, olvidaron el asunto cuando vieron que el diente nuevo crecía más fuerte que el anterior.

Pérez había colocado el diente en una cajita de vidrio sobre su mesa de luz. Y todos los días lo miraba pensativo. ¿Por qué se habrá caído? se preguntaba mientras acariciaba con su lengua el diente nuevo.

Observaba el diente y recordaba que hasta que apareció el nuevo, se había sentido muy mal. Cuando el susto pasó, todos empezaron a hacerle bromas y él quería ocultar el agujero que tenía en la boca. Sentía mucha vergüenza de mostrarse frente a sus amigos y compañeros de la escuela.

Por las noches, soñaba que se le caían más dientes y se despertaba sobresaltado, angustiado. Entonces la mamá le contaba un cuento y él volvía a dormir con tranquilidad.

Se preguntó desde ese momento si alguien más en el mundo había pasado por lo que él pasó. Si otro ratón habría sufrido como él. Y sintió lástima por él y por todos los que a lo mejor tendrían que soportar una pérdida así.

El Ratón Pérez tenía casi veinte años cuando una mañana, rumbo a la carpintería de su papá, encontró un ratoncito llorando a la vuelta de la esquina.

 

Capítulo IV

El problema del ratoncito

 

- ¿Qué te pasa? -le preguntó Pérez al pequeño que lloraba desconsolado apoyado en la pared.

Sin mostrarle la cara, le respondió:

- ¡Nada! ¡Dejame solo!

Pérez se acercó y le repitió la pregunta. Al ratoncito le molestó tanto la insistencia de Pérez, que lo miró muy enojado y entre lágrimas le gritó:

- ¡Te dije que no me pasa nada! ¡Andate!

El Ratón abrió los ojos sorprendido y se quedó mudo: ¡al ratoncito le faltaba un diente, como le había ocurrido a él! El pequeño seguía llorando y Pérez lo comprendió. Sin pensar demasiado, metió una mano en el bolsillo de su pantalón y extrajo un bombón de roquefort.

- ¿Tenés el diente que se cayó? -le preguntó al ratoncito.

- ¿Qué te importa?

- No, digo... Si lo tenés, te lo cambio por este bombón de roquefort...

El ratoncito paró de llorar. De reojo miró la mano de Pérez y vio el bombón de queso. Lo miró a la cara y le preguntó desconfiado:

- ¿Y vos para qué querés mi diente?

- Los colecciono -dijo sin explicar demasiado Pérez.

Luego de dudar un buen rato, el pequeño abrió una de sus manos y le entregó el diente, no sin antes arrebatarle el bombón.

Una sonrisa iluminó el rostro del ratoncito y otra parecida, el de Pérez.

El ratoncito se alejó corriendo quitándole el papel al bombón.

Y el Ratón Pérez, observando el diente en su mano, empezó a sospechar que a partir de ese momento podría ayudar a sus hermanos ratones consolándolos cuando se les cayeran los dientes.

Pero a la tarde se enteró que los ancianos del pueblo, habían convocado a una reunión especial para analizar el caso "del chico al que le habían cambiado un diente por un bombón", como contaban los rumores.

Parece ser que alguien entendió mal el relato del pequeño ratón y comentó que Pérez le había arrancado a propósito un diente para cambiárselo por un bombón.

 

Capítulo V

El juicio del Ratón Pérez

 

- ¡No podemos permitir esto! -dijeron los ancianos- ¿Cuándo se ha visto que un muchacho grande le saque un diente a un chico para cambiárselo por una golosina? ¿Para qué quiere Pérez los dientes? ¿Qué planea?

Todos los ancianos decidieron que había que llamar a Pérez para que explicara la situación. A la noche, la policía lo llevó al Consejo de Ancianos, que lo acusó de ladrón.

- ¡Usted le robó un diente al chico y lo quiso conformar con un bombón! -lo acusó uno de los mayores.

- ¡No! -gritó Pérez-. Simplemente quise consolarlo porque estaba llorando. ¡El diente se le cayó solo!

- ¿Dónde se ha visto que a los ratones se nos caigan los dientes? -preguntó otro de los ancianos.

- ¡A mí se me cayó uno cuando tenía la edad del pequeño! -dijo sin dudar Pérez.

En el salón se hizo un profundo silencio. Entonces el que lo había acusado en primer lugar, habló:

- ¡Ah, por eso! ¡Como al señor se le cayó un diente hace muchos años, ahora quiere sacarles los dientes a todos los chicos!

- ¡No es verdad! -volvió a gritar Pérez, pero ningún anciano lo escuchó. Todos estaban discutiendo entre sí y ninguno de ellos estaba interesado en escuchar la defensa del Ratón.

El salón se había llenado de público que estaba de acuerdo con los ancianos. Todos lo acusaban de ladrón. El lugar era un lío: los ancianos discutían, el público le gritaba insultos y la policía no lo soltaba.

- ¡Silencio en la sala! -gritó tan fuerte uno de los ancianos que perdió el equilibrio y se cayó sentado en la silla. -¡El Consejo tiene algo que decir!

A Pérez le temblaron las piernas. Era seguro que lo iban a declarar culpable. Y su sospecha se confirmó cuando escuchó:

- Los ancianos declaramos culpable de robo de dientes al Ratón Pérez.

El público empezó a gritarle más insultos. Pérez comenzó a llorar despacito.

- A partir de ahora, no pertenece más a esta gran familia de ratones. ¡Deberá irse muy lejos de aquí y no regresar jamás!

En ese momento ingresaron en el salón los padres del Ratón Pérez, quienes intentaron acercarse a él, pero el público no lo permitió.

- ¡Es inocente! -gritaba la mamá.

- ¡No hizo nada! -insistía el papá.

Pero a Pérez la policía lo llevó casi corriendo hasta los límites del pueblo. Allí le repitieron la orden de los ancianos y de un empujón le ordenaron alejarse del lugar.

Caminando muy lentamente, tan triste como solo, el Ratón Pérez se alejó del pueblo en la oscuridad de la noche, pensando que sus vecinos habían sido muy injustos con él.

- No entendieron nada... -dijo en voz alta-. Solamente quise hacerle un bien al ratoncito. ¡Cómo le voy a arrancar un diente a propósito! ¡Eso no se hace! ¿Por qué no le habrán preguntado a él qué fue lo que pasó? Fueron injustos... Muy injustos...

En uno de sus bolsillos, todavía conservaba el diente del pequeño ratón. Lo acarició con ternura y recordó la sonrisa del pequeño cuando recibió el bombón a cambio. Eso lo hizo sentir muy bien por un rato, pero los ruidos del bosque lo mantuvieron asustado toda la noche mientras caminaba rumbo a la gran ciudad de hombres.

 

Capítulo VIII

Un diente por una galletita mordida

 

Como lo había hecho el Ratón cuando era chico, el muchachito puso el diente caído en la mesa de luz y lo miró un largo rato antes de dormirse.

Pérez sabía que no tenía más bombones de roquefort, así que pensó mucho qué podría darle a cambio del diente. No se le ocurría nada. Lo único que tenía a mano era un pedazo de galletita mordida que le había sobrado del paquete.

Con cuidado, bajó de la repisa y trepó por la mesa de luz. En el lugar del diente puso la galletita. Bajó de la mesita y lo llevó a la repisa, donde iba a permanecer hasta el día siguiente, ya que antes de irse, quería disfrutar la cara de felicidad del chico, cuando despertara y viera el regalo.

El resto de la noche lo pasó jugando con un autito muy chiquito que estaba en la repisa, tratando de no hacer bochinche, hasta que quedó dormido.

A la mañana temprano, lo despertó el ruido de la puerta y la voz de la mamá, que iba a levantar a su hijo.

- ¡Vamos, querido! Es la hora de ir a la escuela...

Mientras el pequeño se despertaba, la mamá le preparó la ropa del día. Lo primero que hizo él al abrir los ojos, fue buscar con la mirada el diente en la mesa de luz.

El Ratón Pérez estaba ansioso por ver la reacción del chico, que cuando descubrió que el diente no estaba y en su lugar había un pedazo de galletita mordido, le dijo a la mamá, muy enojado:

- ¿Y mi diente? ¿Por qué te lo llevaste? ¿Quién dejó esta porquería acá?

La mamá no entendía nada. No sabía explicarle qué había ocurrido. El chico empezó a llorar desconsolado mientras Pérez empezó a sentirse muy mal por lo que había hecho. ¡Si hubiera tenido un bombón de roquefort, eso no habría pasado!

Entonces llegó el papá, quien al enterarse del confuso episodio, no tuvo mejor idea que sacar de su bolsillo una moneda y entregársela a su hijo.

- No te preocupes por esa pavada... Tomá, comprate una rica golosina en la escuela y te vas a olvidar del asunto.

El Ratón Pérez notó que la cara del chico se tranquilizaba al recibir la moneda y que con ella el asunto quedaba olvidado.

Comprendió entonces que un buen regalo sería ese circulito de metal que tanto les gusta a los hombres.

 

Capítulo IX

Monedas por millones

Cuando el Ratón Pérez le contó al Ratón García lo que había pasado la noche anterior, García no podía parar de reírse.

- ¡Cómo se nota que no conocés a los hombres! -le dijo entre carcajadas-. ¡Regalarle una masita mordida! ¿A quién se le ocurriría? ¡Si a los humanos lo que más le gusta es el dinero!

- ¿Por qué? -preguntó con inocencia Pérez.

- Porque con el dinero se compran lo que ellos quieren -le respondió García.

- ¿Y los otros regalos? -volvió a preguntar Pérez.

- Los otros regalos también les gustan, pero vos no podrías cargar una bicicleta, por ejemplo...

Era verdad. El Ratón Pérez no podría hacer un regalo más grande que un caramelo de frutilla, un chupetín o...

- ¡Una moneda! -gritó Pérez descubriendo que del dinero, las monedas eran lo más fácil de transportar, pero enseguida se deprimió pensando de dónde sacaría él monedas.

- ¿Monedas? ¿Querés monedas? -le preguntó García-. Acompañame, si querés monedas...

Los dos ratones se metieron por una complicada tubería de ventilación. Anduvieron mucho hasta que llegaron a una de las salidas.

- Cerrá los ojos y dame la mano -le dijo García.

El ratón lo condujo hasta el suelo y allí le ordenó a Pérez que abriera los ojos.

Casi cae desmayado cuando vio que todo el lugar, que era inmenso, estaba repleto de monedas.

- ¡No lo puedo creer! -dijo comenzando a recorrer el maravilloso lugar-. ¡Hay millones de monedas!

- Y, claro -dijo García contento de haber sorprendido a su amigo-. ¡Estamos en el banco más grande de la ciudad!

El Ratón Pérez lo abrazó emocionado. Allí estaba resuelto el problema. A partir de ahora, haría felices a todos los chicos a los que se les cayeran los dientes (*).

 

(*) Fuente: Antología realizada por Ariel Puyelli para ser editada en esta Biblioteca Virtual de Temakel. 

 

 

 

 

 

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