EL
SUEÑO DEL SABIO Y OTROS RELATOS
Por Ariel Puyelli
LIBROS
Rita,
la araña con peluca y otros cuentos
(1999)
Rita,
la araña con peluca
La
araña Rita es por demás coqueta.
Todas
las mañanas se pasea oronda por su tela tejida con un punto
especial, creado por ella, que recrea distintas formas:
estrellas, flores e insectos.
Rita
usa peluca rubia, y esto es motivo de comentarios duros por
parte de las otras arañas del monte de eucaliptos en el
Parque Municipal:
-
Yo no sé de qué se las da... -dicen algunas.
-
¿Dónde vieron ustedes a una araña rubia? -preguntan
otras.
-
Sí... rubia pero porque usa peluca... -opinan las
envidiosas.
-
Está agrandada desde que inventó ese ridículo tejido de
telaraña con esos dibujos extraños... -señalan las que
apenas saben hacer el tejido de telaraña más simple que
pueda haber.
Las
arañas viven observando a Rita. Están pendientes de qué
hace y qué dice.
Por
las tardes ven cómo se dispone a seguir con su tejido sin
importarle los rumores que se escuchan en el resto de ese
árbol y otros de alrededor.
Es
que Rita tiene mucha personalidad: la peluca la usa porque
le gusta cómo le quedó tejida usando las hilachitas de un
viejo pulóver amarillo que encontró abandonado junto al
eucalipto y hace dibujos en su tela porque tiene
inclinaciones artísticas.
-
Es la Marta Minujín de las arañas -sentenció un araño
admirador suyo. -Le falta usar anteojos negros...
Rita
no se manda la parte por ser distinta a los demás. Antes
bien, una vez reunió a todas las arañas para enseñarles
lo linda que había quedado la peluca y cómo iban los
dibujos de su tela.
-
¡Andá! -le dijeron todas a coro.
Rita
no se enojó. Entendió que no la comprendían. Y pudo
hacerlo porque toda su familia se había destacado siempre
del resto de las arañas. Su papá había sido famoso por
tejer una tela tan grande, tan fuerte, que los empleados
municipales habían tenido que cortarla con grandes tijeras
de metal para que en la pista se pudieran seguir corriendo
carreras de bicicletas. Con lo que cortaron, hicieron un
bello tapiz, tan fuerte y grande era la tela que había
hecho su papá. Su mamá no se quedaba atrás: siempre
lucía un bello gorro tejido con nervaduras de hojas de
eucalipto y se maquillaba con la resina del árbol y las
cenizas de carbón que quedaban en los fogones. La familia
de Rita fue tan excéntrica como criticada.
-
No hagas caso siempre a lo que dice la gente de vos -le
había aconsejado una vez el papá-. Algunas veces te da
buenos consejos, pero otras, te critica por envidia o por el
placer de criticar. De todas maneras, escuchá lo que las
arañas y el resto de los animales te digan, porque siempre
podrás sacar de sus palabras alguna enseñanza.
Rita
hacía su vida tranquila, sin molestar a nadie. Estaba
orgullosa de su peluca y de su tela, y no se dejaba
acobardar por ningún dicho negativo o malintencionado.
Además, estaba siempre ocupada en halagar a ese araño
admirador suyo -Heriberto- antes que en atender los rumores
de las arañas chusmas.
Una
vez se disputó una carrera muy importante en el velódromo
del Parque. Hasta vino la tele y todo. Las arañas tomaron
sus precauciones.
-
¡Cuidado! Están llegando muchos humanos a nuestro
territorio. ¡Preparen sus defensas y escondites!
¡Recuerden que la mayoría nos tiene miedo y que los
humanos matan todo lo que temen!
Las
arañas se prepararon para la invasión de los hombres.
Algunas se escondieron en los huequitos de los árboles.
Otras treparon hasta las ramas más altas. Todas abandonaron
el centro de sus telas, donde pasaban sus vidas cazando
insectos para alimentarse y dialogar entre ellas, de tela a
tela.
Rita
no se sumó al alboroto. Se dijo:
-
Si nunca me hicieron daño, ¿por qué lo harían ahora?
Heriberto,
su admirador, llegó agitado para prevenirla.
-
¡Rita! ¡Protegete! ¡Te van a lastimar!
-
¿Por qué lo harían? -preguntó extrañada Rita.
-
Porque nos tienen miedo o porque quieren jugar con nosotros,
porque tienen la mala costumbre de hacer asados junto a los
árboles o porque... porque... ¡porque sí!...
-
Le agradezco el aviso, querido Heriberto -dijo Rita-. Pero
no creo que los humanos sean tan perversos. Por otra parte,
me gustaría compartir con ellos mis obras de arte.
-
Pero te harán daño, Rita. Escondete, por favor -suplicó
Heriberto.
Rita
le sonrió y siguió tejiendo con mucho primor un nuevo
sector de su tela en el que se veían perros, gatos, vacas y
caballos, es decir, los animales más grandes que conocía.
Todo
iba bien ese día de carreras. Ningún humano había
molestado a araña alguna.
En
un momento en que se hizo un receso en una de las
competencias porque un ciclista se desparramó en la pista y
se lastimó las rodillas, un señor que llevaba un aparato
muy extraño colgado en uno de sus hombros, se acercó hasta
el árbol de Rita, disfrutando de la sombra de los
eucaliptos. A medida que se acercaba, su mirada se iba
fijando en la tela.
-
¡Huí, Rita! -gritó desde lejos Heriberto y se escondió
detrás de una hoja.
El
hombre se aproximó a la telaraña. Rita lo observaba con
mucha ingenuidad mientras él miraba atentamente cada dibujo
de la tela. En un momento, Rita vio que el hombre la miraba
a ella. Cuando el señor descolgó el aparato y lo apuntó
hacia Rita, Heriberto, que estaba espiando detrás de la
hoja, se lamentó:
-
Es el final de la pobre Rita. Nuestro mundo pierde así una
gran artista y una bella araña... ¡Qué lástima!.
Pero
a Rita no le pasó nada. Lo único que hizo el aparato, fue
prender una lucecita roja muy chiquitita y moverse de aquí
para allá, según se movia el brazo del hombre, quien luego
de filmar en detalle toda la telaraña y a Rita, se retiró
satisfecho.
-
¿Vio, don Heriberto, que no me pasó nada?
-
Hum... No lo sé, veremos qué pasa con el correr de las
horas -dijo desconfiado el araño.
Con
el correr de las horas no pasó nada. La carrera terminó,
las personas se retiraron, las arañas salieron de sus
escondites y todo volvió a la normalidad.
Al
día siguiente, Rita salió en la tele, anunciada como un
hermoso ejemplar exótico de una familia de arácnidos muy
raros, una familia de arañas rubias que tejen su tela con
extraños dibujos.
Pero
Rita no se enteró porque no tiene tele y el resto de las
arañas tampoco, así fue que siguieron criticándola
acusándola encima de inconsciente y exhibicionista.
Con
el correr del tiempo Rita se casó con su araño admirador,
quien también tenía sus excentricidades, porque por
ejemplo, le gustaba deslizarse por las telas como Tarzán.
Así que imaginate cómo salieron sus arañitos y cuánto
dieron que hablar al resto de las arañas...
A
Marquitos le robaron las novias
Marquitos
dice que tiene dos novias: Esperanza y Miluna.
La
gente grande siempre les pregunta a los chicos chiquitos si
tienen novia. Cuando los chicos chiquitos dicen que sí, les
preguntan cuántas. Y se ríen.
Pero
cuando los chicos son grandes y dicen que tienen novia, la
gente grande se pone seria y les dice: "sos muy chico
para esas cosas, primero aprendé a lavarte los
calzoncillos".
¿Quién
entiende a la gente grande?
No
importa. Te estaba contando que Marquitos dice que tiene dos
novias. Pero, así como les pasa a muchos chicos del
jardín, Esperanza y Miluna no saben que son novias
de Marquitos.
Esto
parece no importarle mucho a él, porque lo aclara
despreocupado.
Él
dice que lo que le gusta de sus compañeritas es que le
prestan sus juguetes y lo invitan a pasar los fines de
semana en sus casas.
Marquitos
es feliz con sus dos novias que no saben que lo son.
Mejor
dicho: Marquitos era feliz. El otro día llegó del
jardín haciendo pucheritos y cuando su mamá le preguntó
qué le ocurría, informó que Julito le había robado las
novias.
La
mamá no pudo contener la risa, entonces Marquitos se enojó
todavía más. Se tranquilizó un poco, pero no mucho,
después de que la mamá lo consolara y le hiciera unos
mimitos. Durante el resto del día estuvo muy serio.
Cuando
su hermano mayor llegó de la escuela, lo cargó como loco.
Marquitos volvió a sentirse muy enojado, casi furioso. Con
la primera que se descargó -como hacemos todos siempre- fue
con su mamá:
-
¿¡Por qué le tuviste que contar!? - le gritó y se fue
hecho todo un puchero a la cama, donde estuvo como dos horas
con la cabeza metida en la almohada.
Después,
cuando llegó su papá, la cosa cambió. Al enterarse las
noticias del día, dio la orden de que no se hablara más
del tema. El anuncio estaba dirigido, más que nada, al
hermano mayor que insistía en molestarlo con sus bromas.
Normalmente,
el tipo de enojos que sufría Marquitos a otras personas se
les pasa en un rato o en el día, pero este nene es muy
especial: cuando se enfurece, es capaz que le dura más de
una semana.
Una
vez se enojó tanto con su hermano porque le había roto uno
de sus juegos de video, que no le habló durante diez días.
De nada sirvieron entonces las palabras de consuelo de sus
padres y los consejos para que restableciera el diálogo con
su hermano, quien ya le había pedido perdón. Marquitos
necesitó mucho tiempo para ser el mismo de antes con él.
Dicen
que si a uno le piden perdón, tiene que perdonar enseguida
y tratar de que el disgusto se pase lo más rápido posible.
Pero todos somos diferentes y hay quienes necesitan más
tiempo que otros para "desenojarse".
Marquitos
era de este tipo. Le costaba mucho volver a estar bien. Y no
lo hacía a propósito, porque sufría durante ese tiempo en
el que estaba irritado.
A
los dos días del incidente con sus novias, Marquitos a su
casa con la novedad de que estaba invitado al cumpleaños de
Julito. La fiesta sería el sábado siguiente en un club muy
elegante, fuera de la ciudad. Habría payasos, magos, mucho
cotillón y cosas ricas para comer.
-
No voy nada -dijo con el ceño fruncido Marquitos.
A
la mamá y al papá les costó convencerlo de que fuera a la
fiesta, de que se olvidara de las novias que Julito decía
que eran suyas y que disfrutara de esa reunión con sus
amigos.
Marquitos
al final decidió ir.
-
¡Pero solamente si va Tomi -aclaró refiriéndose a un
amigo suyo.
La
fiesta estaba bárbara. Los chicos disfrutaban de una tarde
de sol en la que no faltaba absolutamente nada. Los payasos
hacían reír, el mago asombraba, el cotillón estaba re
bueno y había dulces y gaseosas hasta para empacharse.
Fueron
todos al quincho a cortar la torta. Marquitos se sentó a
casi un metro de Julito, junto a Tomi.
Siempre
hay algún adulto que mete la pata. Pues bien, apareció ese
adulto mete patas y le preguntó con voz potente a Julito:
-
Decime, Julito, ahora que cumpliste cinco años, ¿tenés
novia vos?
Marquitos
casi se atragantó.
-
Sí. -dijo Julito engullendo un gran pedazo de su torta de
cumpleaños.
-
¡Qué bárbaro! Y decime, che... ¿cuántas tenés?
-
Dos: Esperanza y Miluna.
Ahora
sí: a Marquitos se le atragantó la torta. Ya estaba a
punto de levantarse para darle una piña a Julito, por
ladrón, cuando el adulto hizo la tercera pregunta, la
típica:
-
Decime... ¿Y ellas saben que son tus novias?
-
No -dijo Julito con indiferencia mientras se servía jugo.
Marquitos
se tranquilizó.
Pensó
que si las chicas no sabían que eran novias de Julito, bien
podrían seguir siendo novias suyas.
-
¡Esperanza y Miluna son MIS novias! -gritó Marquitos
parado en su silla dirigiéndose a Julito y el señor
adulto.
-
¡No! ¡Son MIS novias! -gritó a su vez Julito.
-
¡Son mías!
-
¡No, son mías!
La
discusión parecía que no iba a terminar si seguían así.
Otro adulto -creo que es un tío de Julito- tuvo la feliz
idea de proponer:
-
¿Por qué no les preguntan a ellas?
Marquitos
y Julito las miraron. Todo el quincho estaba en silencio.
Todos, sobre todo los chicos, les preguntaban con la mirada:
¿de quiénes son novias ustedes?
-
De él -dijo Esperanza señalando a Marquitos.
-
De él -dijo Miluna señalando a Julito.
-
¿Ven? Una para cada uno. ¿Para qué quieren más de una?
-opinó el señor que había hablado en primer lugar,
recibiendo por respuesta una mirada muy seria por parte de
los dos nenes.
Julito
y Marquitos se miraron fijamente. No se dijeron nada y
siguieron comiendo sus porciones de torta.
Cuando
regresó a su casa, la mamá le preguntó qué tal había
estado el cumpleaños.
Marquitos,
con una sonrisa de oreja a oreja, le dijo que había estado
muy lindo.
Al
rato, como si tal cosa, le preguntó:
-
Má... Mañana que es domingo... ¿puedo invitar a jugar a
Esperanza?
La
mamá entendió, por la cara y el tono de la voz, que algo
había pasado en el cumpleaños.
-¿Y
a Miluna no? -le preguntó con picardía.
-
No... A Esperanza nada más -dijo Marquitos-. Miluna no...
-
Bueno, pero tiene que pedirle permiso a la mamá. Más tarde
la llamás por teléfono.
Marquitos
no pudo esperar. Corrió hasta el teléfono y la invitó. La
mamá le dijo que sí, que no había problema.
Esa
noche Marquitos hizo las paces con su hermano mayor. Y sin
darse cuenta, con Julito.
EL
SUEÑO DEL SABIO
(1999)
CAPITULO
I
El
Sabio de los Sueños no tiene sueño
El
Sabio no podía dormir. Por más que lo intentaba, no podía
dormir.
Era
raro que el Sabio del Sueño no tuviera sueño. Pero era
así: no podía dormir.
Daba
vueltas en su cama, contaba ovejas, repasaba todos los
nombres de toda la gente que conocía -y conocía a mucha,
por cierto-, trataba de relajarse, pero todo era inútil.
La
cama del Sabio no era una cama común, debo aclarar. Era
hexagonal y en cada uno de los seis lados, tenía dos
almohadas. Una sábana de verde césped, estaba cubierta por
un cubrecamas de nubes rosadas.
El
Sabio explicaba con mucha simpleza tamaña excentricidad:
-
Es que doy muchas vueltas en la cama y me molesta no
encontrar ninguna almohada-, decía.
-
Además, cualquier cubrecama, por liviano que sea, es más
pesado que una nube, y a mí no me gusta dormir con peso
encima. Y ¿qué más lindo que dormir sobre el césped? -
agregaba satisfecho y orgulloso por tener la cama más
cómoda y original del mundo.
Pero
esa noche, el Sabio no podía dormir a pesar de tantas
almohadas, césped y nubes.
-
Esto es el colmo -se dijo para sí-. Que el Sabio del
Sueño, el único sabio conocedor de los secretos del sueño
y de los sueños de los hombres, no pueda dormir, es el
colmo. Es lo mismo que un acróbata no pudiera caminar por
el cordón de una vereda. O que un reconocido cocinero de
restaurante no fuera capaz de cocinarse una sopa en su casa.
¡Es inaudito!
Y,
ciertamente, era algo extraño que quien cada noche se
internaba en los sueños de la gente, no pudiera conciliar
su propio sueño.
-
¿Me estaré volviendo viejo? - se interrogó ahora
divertido, ya que su apariencia no era la de un joven,
precisamente.
Nunca
antes le había ocurrido algo similar.
De
hecho, cada noche a las diez en punto, el Sabio se
introducía debajo de su sábana de nube e inmediatamente se
sumergía en un profundo sueño que duraba hasta las
primeras horas del día siguiente. Una vez durmió dos días
seguidos, pero por una razón muy especial que no viene al
caso detallar aquí.
Cuando
el Sabio alcanzaba ese estado de relajación completa que
hace que todos podamos descansar plenamente, comenzaba lo
que él había transformado en un trabajo placentero:
internarse en los sueños de las personas que lo requerían
o necesitaban.
¿Cómo
lo lograba? Ése era precisamente el secreto de su
sabiduría.
¿Qué
hacía en los sueños de los hombres?
Esta
es una historia un poquito larga de contar, pero trataremos
de ser lo más breves que podamos. Primero veamos dónde
vivía el Sabio...
El
país del Sabio de los Sueños
Para
conocer al Sabio, es necesario en este momento describir el
lugar donde él había nacido y vivía. Cómo era su tierra
y su gente. Sus costumbres y sus ocupaciones.
Veamos.
Dicen
que el país del Sabio está muy cercano al nuestro, pero
que no se puede ver de día, aunque es muy difícil verlo de
noche. Es un territorio muy vasto, pero casi imposible de
medir porque según cómo se lo mire, es muy pequeño
también. Dicen que el país del Sabio tiene todos los
colores, todas las fragancias, todos los vientos, todos los
desiertos, todas las lagunas y lagos, todas las montañas y
todas las planicies. Que los ríos del país del Sabio son
fantásticos y que nadie se moja, aunque todos pueden
bañarse y nadar en ellos. Que de las montañas más altas,
los desprevenidos que se caen, no se lastiman. Y que en los
calurosos desiertos nadie muere de sed. Como sucede en los
sueños.
Dicen
también que en el país del Sabio, la gente nace con la
edad que quiere. Que hay personas que nacen con veinte o con
cincuenta años. Que hay niños que nacen sin edad y otros
que siempre tienen siete años. Porque en el país del Sabio
la gente no crece; por ende, no cumple años.
Sin
embargo, existen las fiestas de cumpleaños, porque la gente
del país del Sabio es muy gustosa de los festejos y
celebraciones. Así es que cuando tienen ganas - cosa que
ocurre todos los días - celebran cumpleaños o años nuevos
que no existen. Que todos los días hay también fiestas de
casamientos y despedidas de viajeros que no van a ningún
lugar. Lo hacen por el sólo placer de reunirse y beber
chocolatada y comer muchos dulces. El país del Sabio es muy
alegre y allí todos trabajan contentos porque saben que a
una hora determinada del día llegará algún festejo en el
cual reunirse y bailar cantando todos a los gritos,
desafinando y comiéndose las eses.
Porque
-dicen- en el país del Sabio no hay escuelas de canto ni de
las otras. Son todos muy burros allí, lamentablemente.
Cuando
cae la noche en el país del Sabio, las estrellas bajan a
posarse en unos palos especiales dispuestos para ese fin.
Esos son los faroles de las desordenadas calles de las
ciudades de ese país. Al amanecer, las estrellas en fila
india abandonan los postes para volar otra vez al cielo y
hacer allí sus siestas diurnas.
El
sol, en el país del Sabio, se guarda en un enorme cajón de
metal dorado. Un hombre muy frío, de color azul, es el
responsable de abrir cada aurora el cajón, luego de
transportar el sol en un carruaje de hielo hasta el
horizonte, para al atardecer quitarlo del poniente y
regresarlo otra vez a la caja dorada. Debe hacer esta tarea
muy rápidamente, porque a medida que avanza hasta el sitio
desde donde el sol comienza a ascender o ya ha descendido,
el carruaje se va derritiendo y el hombre calentando.
Una
vez, una de las ruedas del carro se rompió y el sol demoró
su llegada varias horas. Esa mañana estuvo muy oscura y el
pobre Hombre Azul sufrió un calor indescriptible en la
tarea por solucionar el percance, tan cerca que estuvo del
cajón dorado. Dicen que se lo vio los días siguientes,
blanco, todo embadurnado con una crema especial para
quemaduras que le fabricó con leche descremada y chocolate
blanco mezclados con unas hierbas aromáticas, una señora
especialista en artes medicinales.
La
luna también es muy especial en el país del Sabio. Todos
la quieren mucho y la cuidan con mucho amor. Es que la luna,
en el país del Sabio, canta canciones tan dulces que muchos
prefieren no dormir para deleitarse con sus melodías y
versos. La luna no descansa. Ella vela día y noche por la
sonrisa de los habitantes del país del Sabio. Cuando
alguien pierde la sonrisa por algún motivo -porque comió
demasiados dulces y se indigestó o porque al bailar se
lastimó un pie- la luna baja sin que nadie se dé cuenta,
acaricia su mejilla, besa la herida o el lugar del dolor, e
inmediatamente una sonrisa es dibujada en la boca del que
había sufrido una herida del cuerpo o del alma, aunque esto
último es muy difícil, porque en el país del Sabio todos
tienen un motivo diario para festejar y eso hace que durante
el día todos esperen con alegría la reunión con sus
muchos amigos, entre bromas y canciones desafinadas.
Dicen
que en nuestro planeta, hace muchísimos años, la luna
también se dedicaba con esmero a sanar dolores y males,
pero como a los hombres nos gusta tanto sufrir ya sea por
cosas importantes como por pavadas, estaba tan recargada de
trabajo, que no pudo jamás dar abasto con todos; y para no
ser injusta con alguien, prefirió retirarse hasta lo alto
del cielo y desde allí estar a disposición de quien desee
encontrar con su mirada, esa paz y esa sonrisa que la luna
le regala a quien la busca de corazón. Tal vez porque muy
pocos saben esto, es que la luna muestra cada noche un
rostro aburrido y parece tan sola. Algunos dicen que es por
la tristeza de que pocos hombres le pidan el regalo de una
sonrisa, que la luna cada tanto se va haciendo chiquita
hasta desaparecer y que luego, estimulada por las estrellas
que son las que más conocen a las personas, vuelve a crecer
hasta ser imponente, bella y graciosa a los ojos de quienes
tienen la suerte de mirarla.
En
el país del Sabio las flores se riegan entre sí. Y las
aves andan entre las personas como semejantes, porque no
existen las jaulas. Pero dicen que su canto no es como el de
las aves que nosotros conocemos, sino que desafinan tanto
como los habitantes del mundo del Sabio. Pero a todos les
gusta cantar así. Y creo que debe estar bien.
En
el país del Sabio no hay oficinas. Bueno, sí, hay una muy
importante: la del correo. Es que los habitantes se mandan
entre sí tantas cartas como pueden, invitándose a fiestas,
saludándose por los cumpleaños que no existen, deseándose
buen viaje o felicidad en la llegada de nuevos integrantes a
los hogares. Al no saber escribir, intentan dibujar el
rostro del que envía la carta y de aquel que la debe
recibir, lo que provoca cierta confusión en los carteros.
Los mensajes están compuestos por extraños dibujitos que
muy pocos entienden, pero como siempre se trata de fiestas,
al comprender quién envió la nota, ya se sabe que habrá
alguna reunión ese día. Los carteros son gente muy
simpática: lucen grandes gorros plateados, usan botas de
papel reciclado, lentes de colores y reparten las cartas en
bicicletas o triciclos que arrastran grandes acoplados con
cientos de miles de sobres de todos los tamaños, colores y
perfumes.
Como
habrás de suponer, en el país del Sabio no existen los
calendarios. Ni los relojes. Una vez, un inventor creó un
almanaque y distribuyó copias por todo el país. Como nadie
sabe leer, pensaron que era papel para picar y convirtieron
todos los almanaques en papel picado. El inventor se sintió
muy triste. Menos mal que la luna bajó a consolarlo y le
dibujó una sonrisa muy bonita. Pero igualmente el invento
no servía: como él tampoco sabía escribir, lo que había
hecho era dibujar signos sin sentido, creyendo así que
estaba ordenando los días. Algo inútil.
El
tiempo en el país del Sabio transcurre de esta manera:
entre fiestas y ocupaciones primitivas. Es que la vida allí
es de por sí muy simple y todos tratan de pasarla lo mejor
posible. No hay nada perfecto y mucho menos lo es ese país,
porque al no tener conocimientos, no pueden desarrollarse
como comunidad. No tienen bibliotecas, ni maquinarias y
mucho menos computadoras. La televisión tampoco existe y ni
qué hablar de los freezers o heladeras. Por esta última
razón, no pueden guardar nada y se dan así unos atracones
tremendos porque les da lástima tirar la comida.
En
el país del Sabio nadie se enferma porque -dicen sus
habitantes- se enferma solamente el que quiere estar
enfermo. Y como allí nadie quiere perderse ninguna fiesta,
nunca se enferman.
Una
vez una niña se enfermó luego de que alguien que ella
amaba, se fue de viaje y no regresó más. Bajó entonces la
luna y la consoló tiernamente, diciéndole que esa persona
que ella tanto amaba, estaba muy bien en otro sitio,
disfrutando de otros festejos con otra gente que la quería
tanto como ella. Que todas las noches podía verla desde el
cielo azul y que la observaba sonreír con la mejor de sus
sonrisas. Y que las estrellas le contaban historias muy
graciosas de esa persona viajera. La niña se consoló y se
curó inmediatamente.
La
muerte, en el país del Sabio, no existe. En su lugar, sólo
existen los viajes muy largos hacia lugares bellos y
alegres.
El
Sabio de los Sueños conoce
a
la Niña de los Suspiros
Fue
en la fiesta del Año Nuevo que No Existe donde el Sabio
conoció a una niña menudita, de cabellos castaños, con
melenita y un mechón que caía rebelde sobre su ojito
derecho.
La
pequeña vestía un vestido corto color rosa. En su mano
derecha llevaba una flor turquesa. Lucía una bella pulsera
plateada con piedras de muchos colores y en sus finos dedos,
los más preciosos anillos. Una tobillera de oro y plata
engalanaba sus pies preciosos, que iban descalzos. Tendría
unos siete años, pero como ya sabemos, es muy difícil
determinar la edad de las personas en el país del Sabio.
Acurrucada
en un rincón, lejos de las mesas junto a las cuales la
gente comía, bebía mucha chocolatada y reía al tiempo de
bailar y cantar desafinando como nunca, la niña suspiraba
constantemente.
En
su rostro se notaba una extraña nostalgia que debía ser
muy profunda, ya que la luna jamás demoraba un instante en
dibujar una sonrisa en aquellos que sufrían. Era evidente
que los poderes de la luna no habían sido suficientes o que
la pena había regresado sin que ella lo notara.
El
Sabio se paseaba muy orondo entre la gente compartiendo
chistes y canciones. Ese día estaba muy alegre y disfrutaba
mucho de la fiesta.
Mientras
estaba abocado a la exquisita tarea de comer un enorme trozo
de torta de mirtilly, le llamó la atención que hubiera
alguien que estuviera apartado del numeroso grupo de
invitados. Era la niña que suspiraba en su rincón.
Dejó
la torta en una mesa y se dirigió hacia ella, invadido por
la curiosidad.
Se
detuvo a sus pies, y desde su inmensa altura, le preguntó:
-
¿Qué te sucede, pequeña?
-
¡Ahhhhh! -la niña suspiró profundamente.
-
¿Te sientes bien? ¿Por qué no vienes con el resto a
disfrutar de la fiesta? - insistió el Sabio.
-
¡Ahhhhh! -volvió a suspirar la pequeña.
-
¡Oh, ya entiendo! -dijo el Sabio acariciando su larga barba
roja- Te has atragantado con muchos dulces y te sientes
mal...
-
¡Ahhhh! -suspiró una vez más la niña.
-
Comprendo... no es eso. ¡Hum! ¿Tienes una pena de amor?
-
¡Ahhhh!
-
¿Te has perdido? ¿No encuentras a tus padres?
-
¡Ahhhh!
-
¿Estás aburrida? ¿No te gustan las fiestas?
-
¡Ahhhh!
-
Bien, no es nada de esto... ¿Qué te pasa, pequeña?
-preguntó con mucha ternura el Sabio.
-
¡Ahhhh! No lo sé... Sólo sé que desde el fondo de mi
estómago aparece siempre en mí una sensación muy
extraña, que me oprime el pecho y hace que suspire todo el
tiempo... ¡Ahhhh! -explicó la niña.
El
Sabio se sentó junto a ella, sobre el piso, acomodando su
larga túnica, apoyando su enorme espalda en la pared.
-
Lo que tienes es una inmensa melancolía, niña -dijo el
Sabio acariciando sus cabellos-. Seguramente nadie, ni tú,
saben de dónde viene y qué es lo que la provoca. Hay gente
así, aunque no sea frecuente hallarla en nuestro país.
Pero sí, conozco gente de otros planetas, la que he hallado
en mis numerosos viajes de sueño, que siente una
melancolía infinita pero desconoce sus motivos.
La
niña escuchaba con mucha atención las palabras del Sabio.
-
Esa gente es la que, como tú, se sienta en lo alto de una
colina, en soledad, para ver atardeceres y secar una
lágrima traviesa que corre por las mejillas sin motivo
alguno. Eres de los que se emocionan con las bellas
canciones de la luna y que con cada compás de sus melodías
se sienten transportadas hacia sitios muy lejanos, donde se
extraña lo que jamás se tuvo y se desea lo que jamás se
podrá tener.
La
niña se sentó más cerca del Sabio y apoyó su cabeza en
una de sus piernas. El Sabio continuó acariciando sus
cabellos castaños, peinando cada tanto, el mechón rebelde
descubriendo así su ojito derecho.
-
Y cuando llega la noche, sientes que el día ha transcurrido
en una larga pena, una dulce pena que en nada se parece con
el dolor o la angustia. Es la pena de aquellos que son
dueños de una inmensa sensibilidad. Es la pena de los que
aman demasiado. La pena de quienes sufren con la belleza y
las cosas hermosas del mundo.
La
niña fue quedándose dormida.
Los
invitados se fueron retirando del salón. Ya era muy tarde.
El
Sabio continuaba hablando con sus ojos cerrados, acariciando
la melena de la pequeña. Su voz era muy suave y dulce.
-
Tu pena en nada se asemeja con el llanto de los que sufren
dolores. Tus suspiros son la necesidad de comunicarle al
mundo que todo lo bello está dentro de ti y que no puedes
compartir tantos sentimientos con palabras o con gestos.
Luego
de decir estas palabras, el Sabio también se durmió.
Fue
como trasponer una amplia puerta de madera maciza, que se
abría lentamente: el Sabio se vio entonces conduciendo a la
niña de la mano por un amplio jardín poblado de flores
hermosas, de pájaros dueños de los trinos más delicados
del universo, de un cielo con cuatro soles, ubicados en cada
uno de los puntos cardinales y que al mediodía se
encontraban todo en lo alto del firmamento para fundirse
durante unos minutos y luego continuar sus caminos hacia el
punto opuesto al que habían salido.
Luego
de transitar por un bosque milenario, tan alto como el
cielo, se abrió ante ellos un paisaje increíble. Una
cascada subía por la ladera de una inmensa montaña que
estaba coronada por un cordón de nieve rosada, del que la
luz de los soles hacía desprender destellos de luces
multicolores.
El
Sabio y la Niña de los Suspiros se sentaron junto a un
arroyo a contemplar el paisaje.
-
¿Esto es un sueño? -preguntó la Niña ahora sin suspirar.
-
Sí, es un sueño. Es tu sueño -respondió el Sabio
apoyando una de sus manos en un hombro de la pequeña.
Quedaron
en silencio durante muchos minutos, observando la belleza
del paisaje.
La
Niña estaba fascinada por la vista que se abría delante de
ellos y asombrada por una rara sensación que venía de su
estómago.
-
No tengo deseos de suspirar... ¿Qué me ha pasado?
-preguntó mirando a los ojos al Sabio.
-
¿Cómo te sientes? -preguntó el Sabio por respuesta.
-
¡Muy bien! Así, contigo a mi lado, en este jardín tan
bello, rodeada de tanta hermosura, me siento muy bien...
-dijo la Niña con mucho entusiasmo.
-
Es que la pena que sufres cuando estás despierta es sólo
un sueño. Un sueño de melancolía. Uno de los tantos
sueños que nos fabricamos cuando no sabemos cómo expresar
lo que sentimos. Tus suspiros son sólo un llamado de
atención para que la gente que tú quieres dirija más la
mirada hacia ti, que la necesitas mucho más de lo que crees
-dijo el Sabio a la Niña con una voz clara y tierna.
-
Pero... ¡esto es un sueño! -replicó la Niña-. El
sueño es éste y no mi vida real. Es en mi vida real cuando
los suspiros aparecen en mí sin control.
-
¿Esa cascada te parece real? -le preguntó el Sabio.
-
Bueno, sí. Hasta podría tocarla si así lo deseara.
-
¿Sientes el calor de los cuatro soles?
-
Claro.
-
¿Deleitan tus oídos los trinos de los pájaros de este
bosque?
-
Son muy hermosos, por cierto.
-
¿Percibes el cariño que siento por tí a través del calor
de mi mano?
-
Sí, y te estoy muy agradecida, Sabio.
-
Pero esto es un sueño... -continuó el Sabio.
-
Sí, pero parece tan real... -dijo la Niña con mucha
satisfacción.
-
Y no desearías despertarte, seguramente -arriesgó el
Sabio.
-
¡Oh, no! Es todo tan bello... Me siento muy bien aquí,
contigo.
-
Dime, pequeña -dijo el Sabio mirándola profundamente a los
ojos-. ¿No crees tú que si miraras el mundo real con los
mismos ojos que miran este hermoso paisaje ahora, si
escucharas con estos oídos los sonidos del mundo real, si
acariciaras con estas manos las texturas del mundo real y si
te dejaras calentar la piel con la luz del sol del mundo
real, no podrías sentir la misma sensación?
La
niña meditó durante unos minutos. Luego respondió:
-
Ya entiendo lo que tú dices. Todo pasa por la actitud que
yo tenga hacia las cosas y la gente que me rodea... -la
Niña pensó unos minutos más y agregó contemplando el
entorno: - me he confundido con el paisaje, soy parte de
él, soy parte de toda esta belleza y siento en mí tu
cariño y amistad. Y soy feliz así. Si pudiera, al
despertar, disfrutar de mi mundo real como disfruto este
sueño, sin pensar en aquello que no tengo o que no tendré;
si me maravillaran las cosas cotidianas y me dejara invadir
por el cariño de los que me rodean sin pensar en que algún
día viajarán muy lejos y ya no los veré más, entonces...
-
Entonces serías más feliz -completó el Sabio.
-
¡Ah, si pudiera lograr esto! -dijo la Niña suspirando por
primera vez en su sueño.
-
Es que sólo necesitas utilizar una palabra que no es
mágica, pero sí muy efectiva -dijo el Sabio abriendo su
mano izquierda para permitir que un colibrí se posara en
ella.
-
¿Cuál es la palabra que me permitiría ser feliz en mi
mundo real?
-
Deseo. Ésa es la palabra. Deseo. Si tú lo deseas con el
corazón, esa felicidad se instalará en tu corazón y no
habrá melancolía que impida que te llene cada instante de
tu vida.
-
Deseo... -repitió la Niña.
-
Las acciones de los hombres, sus alegrías y sus
sufrimientos, se basan en sus deseos. Si deseas ser feliz,
con tu alma rebosante de voluntad, lo conseguirás.
-
Deseo... -volvió a repetir la Niña mirando fijamente la
cascada. Y suspiró.
La
pequeña giró su cabeza hacia el rostro del Sabio, que
continuaba observándola con una sonrisa en sus labios. La
Niña sonrió a su vez y el paisaje comenzó a disolverse
lentamente.
-
¿Qué ocurre? -preguntó la Niña al Sabio.
-
El sueño está concluyendo. ¿No es acaso lo que deseabas?
-
Sí, tienes razón. Quiero despertar. Quiero regresar a mi
mundo real, pues tengo mucho que hacer.
-
¿Qué es lo que tienes que hacer? -preguntó el Sabio.
-
Tengo que cumplir mis deseos -afirmó con mucha seguridad la
Niña.
Y
ambos despertaron tomados de la mano.
El
salón estaba vacío. Ya todos los invitados habían
regresado a sus hogares a descansar hasta el día siguiente,
en el que más fiestas llenarían más salones de gente
alegre.
El
Sabio y la Niña quedaron en el rincón en silencio.
La
Niña pensaba en lo mucho que tendría por hacer al día
siguiente.
El
Sabio comprendió esa noche dónde residía su sabiduría y
cuál era su trabajo en el universo: ayudar a que la gente
comprenda que sus sueños pueden ser realidad. Y esa tarea
debía llevarla a cabo en, precisamente, los sueños de la
gente.
Cuando
el Sabio tuvo la certeza de su misión, sintió que desde el
estómago le llegaba una extraña sensación, mezcla de
angustia con felicidad.
Y
suspiró profundamente.
Y
sonrió a la Niña que lo observó con curiosidad...
El
Sabio de los Sueños conoce ahora
al
Señor de los Espejos
Los
días siguientes al encuentro del Sabio con el Hombre Azul,
fueron muy especiales.
Durante
el día, el Sabio se retiraba a pasear fuera de la ciudad,
por campos y bosques. Disfrutaba la luz del sol, se
divertía sobremanera observando al amanecer el apuro del
Hombre Azul transportando al gran astro dorado en su carro
de hielo con mucha prisa, ya que era verano y el sol estaba
más ardiente que nunca. Al atardecer, contemplaba los
últimos rayos del sol que era colocado nuevamente en el
frío carro para dormir en su caja de metal, y se emocionaba
al ver descender las estrellas para posarse en los postes
que se transformaban con su luz, en faroles.
El
Sabio hablaba con las flores, los animales y los insectos,
mientras la gente del pueblo estaba muy ocupada organizando
las fiestas del día y otras labores.
Les
contaba historias maravillosas que capturaban la atención
de todos ellos. Les relataba algunos de sus viajes de sueño
que hacía que los onconi -unos pequeños seres que eran tan
bondadosos como traviesos- lloraran a moco tendido, tan
emocionados que quedaban con las palabras y los sucesos que
salían de la boca del Sabio, que elegía como asiento
siempre una gran piedra blanca en el claro de un bosque
donde concentraba la atención de todos.
Por
las noches, a las diez en punto, el Sabio se retiraba a su
habitación y se tendía en su cama hexagonal de sábanas de
césped y nubes, para sumergirse en el profundo sueño de
todos los que necesitaban de él una palabra de aliento o
compañía.
Al
amanecer, el Sabio hacía fiaca un buen rato en su cama. Se
desperezaba como un gato y remoloneaba entre sus muchas
almohadas hasta que se levantaba y tomaba muchos vasos de
yogur de frutilla. O de mirtilly, que como ya sabemos, es el
gusto preferido del Sabio de los Sueños y que se lo hacía
preparar especialmente para él.
Una
noche, el Sabio tuvo una experiencia bastante extraña.
A
poco de dormir, se vió encerrado en una habitación cuyo
piso, paredes y techo eran espejos.
El
Sabio vio su imagen multiplicada cientos de veces en los
muchos espejos que pisaba, que lo rodeaban y que estaban
colocados con mucha precisión sobre su cabeza.
-
¡Hum! Es raro este sueño -se dijo el Sabio acariciando su
larga barba roja-. No hay nadie... Es muy raro esto...
-
¿Cómo que no hay nadie? -respondió una voz desde algún
lugar de la habitación.
El
Sabio giró sobre sus pies buscando a quien había hablado.
No lo halló.
-
Pues si hay alguien, está muy bien escondido -dijo el Sabio
divertido, pensando que era una broma.
-
No estoy escondido. Es que no me puedes ver y puedes verme
muy bien -volvió a responder la misteriosa voz.
-
¡Ah!, comprendo... Se trata de una adivinanza -arriesgó el
Sabio cada vez más divertido.
-
No, no es una adivinanza.
-
¿Eres tan pequeño que debería buscarte con una lupa?
-inquirió el Sabio agachándose y buscando con mucha
atención en los espejos del piso.
-
Soy tan grande como tú -dijo la voz desde algún lugar que
podía ser al frente, detrás, arriba o abajo del Sabio.
-
Si eres tan grande como yo, y no te veo, entonces eres
invisible -pensó en voz alta el Sabio.
-
Soy invisible y muy visible. Todo depende de ti -dijo la
voz.
-
¿Qué debería hacer para verte? -preguntó el Sabio dando
una vuelta por la habitación.
-
Sólo tienes que mirarte a ti mismo en cualquier espejo
-contestó la voz que salía de todos lados y de ninguno en
particular.
El
Sabio se acercó a uno de los espejos, el que ocasionalmente
estaba frente a él y se observó: la roja y larga cabellera
que caía sobre sus hombros, su rostro marcado por las
arrugas de sus 250 años, su barba, su túnica azul y roja y
sus pies descalzos.
-
Me estoy mirando -dijo el Sabio-. Y sin embargo, no te veo.
-
No estás mirando con la suficiente atención -dijo la voz-.
Obsérvate con detenimiento. ¿Qué sientes cuando estás
frente a un espejo cualquiera?
El
Sabio pensó con detenimiento. Era una buena pregunta.
¿Qué siento cuando estoy frente a un espejo? ¿Acaso no es
una atracción muy especial, casi inevitable, que hace que
deba observarme? Cuando paso al lado de un espejo, ¿no es
que no puedo reprimir el deseo de contemplarme aunque sea
unos pocos segundos? ¿Y por qué me ocurrirá esto? A decir
verdad, veo que le ocurre a todas las personas que
conozco...
El
Sabio continuó analizando esa atracción por los espejos.
¿Y qué hago cuando estoy frente a un espejo, además de
peinar mis cabellos o arreglar mi larga barba, por ejemplo?
-
Eso: ¿qué haces cuando estás frente a un espejo?
-preguntó la voz que evidentemente escuchaba los
pensamientos del Sabio.
-
Me miro a los ojos -respondió el Mago dándose cuenta de
que mientras pensaba, todo el tiempo tenía puestos sus ojos
en los ojos reflejados por el espejo.
-
Bien, vas por buen camino -dijo la voz que ahora se oía
claramente que salía del espejo que reflejaba la imagen del
Sabio.
-
Pero si tu intención es que te vea, entonces deberás
mostrarte, desconocido -dijo el Sabio sin dejar de observar
sus ojos en el espejo.
-
Me estás viendo -afirmó la voz y la imagen del Sabio se
convirtió en un hombre tan alto como él, con una cabellera
tan enrulada y con una barba tan larga y roja como la suya.
-
Pero ése soy yo... -comentó el Sabio extrañado por algo
que no podía definir y que no correspondía a su exacto
reflejo.
-
Es «eso» que no puedes definir lo que nos hace diferentes;
lo que a mí me da mi propia personalidad y que hace que no
seas tú a quien estás viendo -dijo la voz.
-
Pero si no me estoy viendo en el espejo, ¿a quién veo
realmente?
-
Me ves a mí -aseguró la voz-. Al Señor de los Espejos.
-
Eres casi idéntico a mí -señaló el Sabio.
-
Exactamente, «casi» idéntico. Porque tú no eres yo ni yo
soy tú. Lo que ves es mi propia imagen, que cambia de
acuerdo a quien se pare delante de algún espejo. Es el
Señor de los Espejos quien te atrae, quien te obliga a
observarte en cuanto espejo tropiece contigo. Soy yo quien
llama tu atención de un modo casi inevitable. Estos ojos no
son tus ojos, sino los míos, que te conocen mejor que lo
que tú crees que te conoces.
El
Sabio escuchaba muy atentamente.
-
Cuando capto la atención de las personas y las obligo a
pararse frente a los espejos, les devuelvo la imagen real
que ellos tienen, no la que creen tener. Algunos disfrutan
con ella; otros, lamentablemente, no pueden hacerlo porque
no están conformes consigo. Para algunas personas, el
espejo es un tormento porque se ven a sí mismas y ven todas
las miserias de sus corazones. Pero para la mayoría, es un
verdadero placer contemplar su verdadera personalidad en un
espejo.
-
Yo hago muchas morisquetas en los espejos... -comentó el
Sabio hinchando sus mejillas y abriendo desmesuradamente sus
ojos. El espejo devolvió esa imagen con total exactitud.
-
La mayoría de la gente hace morisquetas frente a los
espejos. Sobre todo cuando nadie los ve -dijo el Señor de
los Espejos-. Y es por esto que te explicaba recién de que
frente a los espejos, somos lo que realmente somos, sin los
condicionamientos que imponen las miradas de las demás
personas.
El
Sabio hizo morisquetas hasta que se cansó y se puso serio.
La imagen del espejo también.
-
¿Por qué estoy en este sueño? -preguntó el Sabio a su
imagen, es decir, al Señor de los Espejos.
-
Porque yo te llamé -respondió la imagen.
-
¿En qué puedo serte útil, Señor de los Espejos? -volvió
a preguntar el Sabio ahora con mucha seriedad.
-
Sentémonos, no me resulta fácil explicarlo y estoy cansado
de que estés parado.
Un
pequeño banquito de espejos apareció de pronto detrás del
Sabio, quien tomó asiento al igual que su imagen en el
cristal.
-
Hace miles de años -comenzó a explicar el Señor de los
Espejos- los hombres crearon a los espejos para darles
distintos usos, principalmente, para reflejar cosas y
personas.
-
Siempre he tratado de satisfacer los deseos de todos y
mostrarlos tal como son -continuó el Señor de los
Espejos-, con sus defectos y sus mejores atributos. Ha sido
muy duro mi trabajo en todo este tiempo, porque he reflejado
rostros de personas que en el interior son muy
desagradables. He tenido mis compensaciones, por supuesto,
ya que hay mucha gente muy hermosa en su interior. Pero creo
que me estoy poniendo viejo y estoy muy cansado.
El
Sabio comenzó a peinar su barba larga mientras escuchaba
muy atentamente. La imagen en el espejo hizo lo mismo.
-
Reconozco que es un trabajo arduo, pero a la vez muy
gratificante, más aún cuando son los niños los que buscan
su reflejo y me divierten con sus muecas y gestos tan
cómicos y graciosos. Es muy entretenido ver los rostros de
los más chiquitos que no entienden muy bien qué es lo que
sucede con sus personitas: si están frente a un gemelo o si
se trata de un truco de la gente mayor. Pero, te repito,
creo que estoy viejo y cansado...
-
¿Por qué dices esto? -preguntó el Sabio con mucha
preocupación.
-
Porque... -y el brillo de los ojos de la imagen del Sabio
que se reflejaba en el espejo se nubló, como si estuvieran
a punto de llorar-. Porque nada ni nadie me refleja a mí...
-
Esto que dices es muy triste -expresó el Sabio tan
angustiado como el Señor de los Espejos; y esa pena se
notaba tanto en uno como en otro.
-
Sí. Es muy triste... -agregó el Señor de los Espejos.
-
¿Y qué puedo hacer por ti? -preguntó con ansiedad el
Sabio.
-
Quizás sea pedirte mucho...
-
Quizás no lo sea... -dijo el Sabio.
-
Lo que yo quisiera es...
-
...lo que tú quisieras -completó el Sabio- es que yo tome
tu lugar y refleje tu verdadera imagen.
-
Así es. ¿Será mucho pedirte, Sabio de los Sueños que
ayudas a tanta gente?
-
En los sueños, querido Señor de los Espejos, nada es
imposible ni nada es mucho pedir. Intentaré cumplir tu
sueño. Si me permites...
El
Sabio se incorporó de su banquito y dio un paso al frente.
Se colocó tan cerca del espejo, que su nariz rozaba la
nariz reflejada.
-
¿Estás listo? -preguntó el Sabio.
-
Sí, estoy listo -respondió el Señor de los Espejos con
mucha emoción.
-
Pues allá vamos -dijo el Sabio y dio otro paso al frente.
En
ese momento, las imágenes se cruzaron. El Sabio pasó del
otro lado del espejo y la imagen que éste reflejaba quedó
en el sitio donde él había estado antes.
El
Sabio, desde el interior del espejo, le preguntó al Señor
de los Espejos qué era lo que veía.
El
Señor de los Espejos dejó escapar una lágrima. Lo que él
veía en el espejo era nuevamente la imagen del Sabio de los
Sueños.
-
Te veo a ti, Sabio, no puedo ver mi imagen... -dijo al borde
del llanto el Señor de los Espejos-. ¿Qué es lo que ves
tú? Puedes decírmelo aunque lo que estés viendo sea
horroroso...
-
Lo que veo -dijo el Sabio- es una figura tan alta como yo,
con una cabellera y una barba larga y roja como la mía,
pero toda ella refleja millones de rostros y cosas. Puedo
ver todos los momentos de la historia del mundo que pasaron
delante de los espejos; todas las personas, todos los
muebles, todo el universo que alguna vez fue reflejado.
-
¿Y es agradable, Sabio?
-
Es lo que es, querido Señor de los Espejos. Tú no puedes
elegir los sujetos y los objetos que se pongan delante de
ti. Eres un mundo en ti mismo y no lo puedes evitar. Eres lo
bello y lo feo, lo agradable y lo desagradable, lo alegre y
lo triste, el llanto y las risas, eres todo esto y mucho
más. Mírame a los ojos, Señor de los Espejos, haz lo que
la gente debe hacer para verte. Mira en el reflejo, la
profundidad de mis ojos y podrás observarte de cuerpo
entero.
El
Señor de los Espejos hizo caso a las palabras del Sabio de
los Sueños y se vio todo imágenes, todo gente, todo cosas.
Y sonrió con satisfacción.
-
¡Esto es lo que soy! Soy mi propio mundo, habitado por todo
lo que he reflejado a lo largo de mi historia. Soy el primer
bostezo de la jornada y la despedida en la noche, soy el
momento de maquillaje y el arreglo de una cabellera en
cualquier momento del día. Soy la imagen de los salones de
bailes y las fachadas de algunos edificios. Soy todo y soy
nada. Soy realidad, ilusión y fantasía. Esto es lo que soy
y estoy conforme con ello.
El
Sabio atendía las palabras del Señor de los Espejos con
cariño y comprensión.
-
Gracias, Sabio de los Sueños. Me has devuelto las fuerzas
para seguir reflejando las imágenes sin hacerme ya tantas
preguntas. La vida de los espejos es muy solitaria, te lo
puedo asegurar. Pero mi trabajo es necesario también, y eso
me reconforta. Gracias, puedes si quieres, pasar de este
lado...
El
Sabio hizo dos pasos hacia delante y las dos figuras se
cruzaron en la superficie lisa del espejo. La imagen del
Sabio quedó reflejada nuevamente en él.
Luego
de la despedida, el Sabio decidió despertarse. Deberían
ser ya las nueve de la mañana y ese día debía ayudar a
organizar una fiesta en la casa de unos amigos.
Después
del desperezo habitual y de la obligada fiaca matutina, el
Sabio se dirigió al cuarto de baño a darse una ducha.
Se
detuvo frente al espejo y observó su imagen con
detenimiento.
Miró
sus ojos muy profundamente. Sonrió. Y al sonreír percibió
que el Señor de los Espejos, desde el otro lado del
cristal, también sonreía...
LA
MALDICION DEL CHENQUE
(2001)
EL
CASTIGO DE LOS CHENQUES
Dicen
los paisanos que el que cava y saca esqueletos y cosas de un
chenque, que es el cementerio de los indios antiguos,
tendrá un castigo de cien años para él y para su familia.
Dicen que ahí están sus antiguos parientes y que ellos los
maldicen. Dicen que todos los que han sacado flechas, huesos
y cacharros se han muerto pronto o han quedado malditos. Y
dicen que conocen muchas personas que han muerto por eso.
Los
paisanos tienen miedo de pasar cerca de los chenques en la
noche y los miran con respeto supersticioso. Los chenques
son como tesoros enterrados.
Narrado
por José Autalán, Comodoro Rivadavia (Chubut) 1952.
Recopilado por Berta E. Vidal de Battini, 1984. Publicado en
el libro «Cuentan los mapuches».
Capítulo
III
La
tapa misteriosa en el galpón
Sucedió
lo que tenía que suceder: ese verano las pulgas y las
garrapatas se multiplicaron como una verdadera plaga y
Tacaño, solidario con todos los bichos que andan dando
vueltas por ahí, les dio alojamiento a todos. Mi papá no
necesitó decirme nada. Me dirigió una mirada que hasta
Tacaño comprendió. El perro y yo, en silencio, nos
encaminamos al galpón de atrás para acondicionar lo que
sería su cucha: un gran cajón de madera que puesto de
costado tenía lugar para colocar el almohadón de un sofá
destrozado. Tacaño me observaba con atención sentado en la
puerta, mientras yo quitaba algunas porquerías y el polvo
del cajón. Muy pronto se levantó una nube de tierra en el
interior y tuve que salir para respirar aire puro. A lo
lejos se veía la figura de Maxi que venía con unos libros
bajo el brazo. Seguramente eran los de química. Cuando
sucedía esto, Maxi se descolgaba con la idea de algún
experimento extravagante que siempre terminaba mal: las
remeras manchadas o algún frasco o botellas rotas y la
sensación de que así nunca seríamos científicos.
Cuando
llegó, se enteró de lo que había pasado y abandonando los
libros sobre un tronco, se dispuso a ayudarme en la tarea.
-
Ya que estamos, vamos a ordenar todo el galpón. Vas a
quedar bien con tu papá y de paso, veremos si hay algo que
sirva -dijo refiriéndose a cualquier cosa que fuera útil
para los experimentos, las investigaciones o su museo de
antigüedades.
Pusimos
manos a la obra. Yo me encargaba de sacar las cosas del
galpón y él de seleccionar lo que se debía guardar o
tirar. Hacía tres pilas: una para la basura, otra para lo
que se debía volver a entrar y otra con las cosas que
podrían tener algún tipo de interés para nosotros.
A
medida que fuimos desocupando el galpón, veíamos que la
que más crecía era la de la basura. El jefe de la
estación se había encargado de llevarse todo lo que fuera
útil. Lo que quedaba no servía para nada, ni siquiera para
el experimento más tonto.
Bromeamos
un poco por la mugre que llevábamos encima y decidimos
descansar un rato. Fui hasta mi casa a buscar una gaseosa y
al regresar, estaba Melisa.
-
¿Ahora se dedican a limpiar galpones o es un experimento
nuevo? -preguntó con cierto tono de burla.
Íbamos
a responderle cuando Maxi se dio cuenta de que Tacaño
olfateaba con insistencia en un rincón del galpón.
-
Seguro que encontró la cueva de una laucha -dije al pasar.
Él
no lo creyó así y se levantó para investigar lo que tanto
preocupaba a mi perro.
-
Mañana es el cumpleaños de mi hermanita menor. Si quieren,
pueden venir -dijo Melisa.
-
Estaría bueno -dije yo observando cómo Maxi se dirigía al
rincón con un palito en la mano Sin dejar de observar el
suelo, me pidió una escoba.
Al
costado del galpón había una medio destartalada, pero
servía igual para quitar el grueso de la tierra que se
acumulaba en el rincón.
Me
dirigí hacia allí y vi que Tacaño estaba muy excitado. Le
pregunté qué había.
-
No estoy seguro, pero no es la cueva de ningún animal -dijo
Maxi barriendo enérgicamente
Melisa
se acercó a nosotros con curiosidad. Tacaño comenzó a
gemir. Ahora estaba muy nervioso.
-
La escoba no alcanza -dijo Maxi-. Ahora la tierra está muy
dura.
-
Yo no veo nada. Me parece que ustedes están un poco locos
-comentó Melisa observando que se había ensuciado las
zapatillas blancas.
Entre
la basura había una barra de hierro que podía servir para
retirar la tierra. Se lo alcancé a Maxi y al segundo golpe
se escuchó un ruido metálico. Me miró satisfecho.
-
¿Viste que no era una guarida de ratones? - me preguntó
sonriendo.
No
respondí nada. Ahora estaba tan excitado como Tacaño, que
jadeaba a mi lado.
Fui
al taller de papá en busca de una pala y en pocos minutos
una tapa de grueso metal quedaba al descubierto.
-
Parece la tapa de un sótano -señalé.
-
Sí -dijo Maxi golpeándola con la pala. El ruido ahora era
hueco.
Melisa
preguntó qué habría allí dentro, pero ninguno de los dos
le supimos responder.
-
Debe ser otro depósito -arriesgué.
-
No lo creo -dijo Maxi mientras quitaba el último resquicio
de polvo con sus manos-. ¡Miren! ¡Tiene figuras grabadas!
Todos
-hasta Melisa a quien ya no le importaba la suciedad del
lugar- nos arrodillamos junto a la tapa para observarla con
detenimiento: cuatro extraños dibujos se alzaban en
relieve. Cada uno de nosotros intentaba descifrar esas
figuras, pero ningún argumento parecía válido.
Estábamos
concentrados en esa tarea cuando escuchamos que alguien,
silbando, se acercaba a la puerta del galpón.
Tacaño
comenzó a ladrar con furia, pero sin moverse de su lugar.
Los
tres miramos en esa dirección y por el polvillo y la luz
del sol sólo pudimos ver una figura que se detenía y nos
observaba. Luego de unos segundos reanudó su marcha,
silbando nuevamente. «Seguro que están jugando a las
muñequitas», dijo mientras se alejaba riendo con burla.
-
Es Heriberto -comentó Maxi.
-
Es insoportable -dijo con bronca Melisa.
Sólo
cuando Heriberto se perdió en la distancia, Tacaño dejó
de ladrar y nos miró jadeando, con la lengua afuera.
Propuse
levantar la tapa, pero Maxi sugirió averiguar antes qué
significaban los signos.
-
¿Para qué? -preguntó Melisa-. Levantemos la tapa y veamos
qué hay.
Lo
miré dándole la razón a Melisa, pero él insistió en
averiguar primero qué querían decir los dibujos.
-
Está bien -acepté-. De todos modos se está haciendo tarde
y nos va a dar bastante trabajo. Parece que está muy
agarrada a la tierra. Mejor nos damos un baño y nos
encontramos en tu casa para buscar en tus archivos qué
puede ser esto.
Maxi
buscó entre los libros que había dejado sobre el tronco un
papel en blanco y un lápiz y copió cada una de las
inscripciones. Cerramos el galpón con el candado y nos
fuimos.
A
la hora y media estábamos los tres en la habitación de
Maxi, quien ya estaba rodeado de gruesos libros iniciando su
investigación.
Capítulo
IV