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COMENTARIO SOBRE STALKER, DE ANDREI TARKOVSKI.
Por Esteban Ierardo
Una imagen
muestra formas, colores, abanicos de rostros o cuerpos. La
imagen puede aprisionar aquello que muestra. Muestra por
ejemplo un cielo desnudo, y retiene la despojada cúpula
celeste dentro de sí. Una imagen puede ser la
carcelera de sus propios contenidos. Pero
también puede oficiar como un puente resbaladizo dond e
lo que contiene la imagen va más allá, se desplaza, y se
resbala hacia una realidad primera, profunda. Una realidad
inicial, olvidada, un primer aliento de vida, enigmático, que
humedece cada cosa del mundo. La imagen artística es una
figura resbaladiza; es aquel lugar donde, al exhibirse un
rostro, o un paisaje, éstos resbalan, ruedan por un imaginario
puente hacia la realidad del inicio, hacia el primer
aliento.
Imágenes
artísticas resbaladizas son las que bullen en un film de
Tarkovski. En Stalker, la zona, pongamos por caso; un film de
1980, con Anatoli Solonitsin como el Stalker.
El cineasta ruso siempre deseó
que la imagen cinematográfica fuera un salto felino hacia la
trascendencia. Un resbalarse hacia una realidad del comienzo.
El cine no es sólo la exhibición de hechos o situaciones
visibles. Es también rodeo, acecho en torno a la médula
metafísica de la existencia. Stalker es la filmación de esa
intuición, de esa
creencia: la certeza de que las cosas que se ven son la
corteza que oculta un volcán secreto, una realidad inicial, el
aliento primero. Acaso el rostro de Dios. Sí, la faz sin forma
de lo divino, lo sagrado. De una divinidad, el aliento
inicial, la realidad del comienzo que, de continuo, erupciona
fuego y calor mágico, extraño. Stalker es quien custodia la
intuición de que todo es magma sagrado.
Stalker es
un hombre, aparentemente rústico, cuyo oficio es hacer entrar
a forasteros curiosos en la zona. Este es el nombre de una
región envuelta en el enigma donde se cree que descendió una
nave extraterrestre. La zona permanece sometida a una
estricta custodia policial. Stalker sabe cómo vulnerar esa
vigilancia. Así consigue hacer ingresar a los otros dos
personajes esenciales del film: el Escritor y el Científico.
Ambos exhalan el ácido de un nihilismo disolvente. Continuo.
Ambos sienten el taladro de un vacío desgarrador. Quieren
visitar la zona para hallar algún sentido, algún bálsamo que
apacigüe su angustia.
Al llegar a la
misteriosa zona, el Stalker se derrumba sobre un verde
pastizal, abraza a la tierra madre como una generosa y fecunda
mujer. El Stalker respira briznas de magia en el aire; respeta
los ladrillos de materia con los que se compone el cielo y la
tierra; encuentra en el agua, o en las ruinas de unos antiguos
edificios, copas llenas de poesía por beber. Stalker baila con
los elementos. Se precia de “la debilidad y la frescura que
indican la frescura del alma”. Debilidad que promete ser
maleable, receptiva a las incitaciones del misterio y el
espíritu. Stalker baila, con movimientos ágiles, con débiles
pasos. En cambio, el Escritor y el Científico son duros. Y
viven quietos, irritados por alambrados, estacas y
separaciones. Separación del hombre respecto a la esperanza y
a la fe; separación del ser intelectual en relación a la vida
como goce y alegre expansión; divorcio entre el pensamiento y
las sensaciones inexplicables para la razón.
El Escritor y el
Científico miran con desdén al Stalker, nada comprenden de su
aparente ingenuidad, de sus fervores místicos y poéticos.
Mientras dura la exploración de la zona, se sumergen en
sombríos monólogos, se complacen en rezumar frustración y
confusión. Ellos no pueden contemplar al mundo como un racimo
de esplendor; sólo pueden admitirlo como inacabables hileras
de lápidas o de ilusiones sepultadas.
El
Científico ha llevado hasta la zona un artefacto nuclear.
Allí, infructuosamente, pretende hacerla detonar. El Escritor
chapotea entre el lodo de su desesperanza, pero en él aún
subsiste un jirón de nostalgia. Nostalgia que manifiesta antes
de ir en busca del Stalker. Cuando se despide de una mujer,
cuando se aleja de lo femenino, manifiesta su pena por
aquellos días irrecuperables del medioevo dado que “en la Edad
media todo era más interesante. Un duende vivía en cada casa;
en cada iglesia, Dios”.
Al regresar
de la zona, en el Escritor y el Científico perdura un puñal de
plomo hundiéndose entre las entrañas. En cambio, Stalker sigue
respirando en el incienso de enigma que emana desde la zona.
Una fragancia de vida intensa que empapa cada trazo de
existencia.
Stalker regresa
con su esposa y su hijo. Ante su mujer, se lamenta de esos
intelectuales que no creen en nada. Y busca descansar, volver
a recuperar el color de su vida interior entre los anaqueles
atiborrados de libros. Libros que no golpeaban los platillos
de un aturdidor nihilismo. Libros que alimentan el sentido de
veneración del Stalker.
Y mientras
el Stalker descansa, su hija paralítica contempla el vaso
sobre una mesa. Y escucha el paso de un tren. Y la niña recita
versos, y en aquel recitado, es la misma poesía la que recita
a través de la niña. Y la hija del Stalker, ve, piensa, el
agua, el vaso sobre la humilde mesa. Y su pensamiento, su
visión es la poesía capaz de mover los objetos. Poder del
espíritu de abrasar y desplazar la materia. La imagen de una
niña, de la hija de Stalker. Imagen que se resbala hacia la
intuición de una fuerza misteriosa y extraña.
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Ilustraciones (de arriba hacia
abajo): 1: Un momento del film Stalker; 2: abajo, la foto
para ampliar: Anatoli
Solonitsin como el Stalker.
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