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EL SIMBOLISMO DE LOS ANIMALES
En la mirada mítica, los animales no son mera
existencia instintiva y repetida. En ellos burbujean fuerzas sutiles,
naturales, poderosas. El hombre puede ser criatura de disfraces y
máscaras. Pero el animal manifiesta comportamientos unívocos,
estables. Y el simbolismo de esa acción animal también se mantiene
continua. A la manera de un primer acercamiento al simbolismo universal
de los animales, presentamos en este primer latido de Simbolismo
Animal de Temakel, un amplio vuelo sobre esta temática
ensayada por Juan Eduardo Cirlot en su conocido Diccionario de
símbolos.
Los orígenes del simbolismo animal se relacionan estrechamente
con el totemismo y con la zoolatría. La posición del animal en el
espacio, o en el campo simbólico, la situación y actitud en que
aparece son esenciales para la discriminación de los matices simbólicos.
Así, por ejemplo, el «animal domado» es muy característico y su
significación puede corresponder a la inversión de la que tendría
apareciendo en estado salvaje. En la lucha, tema frecuentísimo del
simbolismo universal, entre caballero y animal salvaje o fabuloso, la
victoria del primero puede terminar con la muerte o la domesticación y
sumisión del animal. En la novela El caballero del león, del autor
medieval Chrétien de Troyes, el protagonista es ayudado por un león.
En la leyenda de san Jorge, el dragón vencido sirve a su dominador.
En Occidente, el simbolismo animalístico arranca de Aristóteles y de
Plinio, pero más concretamente del libro Kysiologus, compuesto en
Alejandría en el siglo II después de Jesucristo. Otra aportación
importante fue la de Horus Apollo, una o dos centurias más tarde con
sus dos libros de Hyerogliphica, aplicación del simbolismo egipcio. De
todo ello nace la corriente medieval que florece en los Bestiarios de
Filipo de Thaun (1121), Pedro de Picardía, Guillermo de Normandía
(siglo XIII); en De animalibus, atribuido a Alberto Magno; el Libre de
les Bésties, de Ramon Llull; y el Bestiaire d'Amour, de Fournival
(siglo XIV). Todas estas obras coinciden con el punto de vista de los
primitivos sobre los animales, expuesto por Schneider; mientras el
hombre es un ser equívoco (enmascarado), el animal es unívoco, posee
cualidades positivas o negativas constantes, que permiten adjudicarlo
a un modo esencial de manifestación cósmica.
Como determinación más generalizada, los animales, en su grado de
complejidad y evolución biológica, desde el insecto y, el reptil al
mamífero, expresan la jerarquía de los instintos. En relieves asirios
o persas, la victoria de un animal superior sobre otro inferior
corresponde siempre a un simbolismo análogo. Igualmente, en la América
precolombina, la lucha del águila contra la serpiente. La victoria del
león sobre el toro suele significar la del día sobre la noche y, por
analogía, la de la luz sobre las tinieblas y la del bien sobre el mal.
La clasificación simbólica de los animales corresponde con
frecuencia a la de los cuatro elementos; seres como el pato, la rana,
el pez, a pesar de su diferencia, se hallan en relación con las «aguas
primordiales» y pueden ser, por lo tanto, símbolos del origen y de las
fuerzas de resurrección. Algunos animales, como los dragones y las
serpientes, tan pronto se adscriben al agua como a la tierra o incluso
al fuego, pero la atribución más general y correcta establece que los
seres acuáticos y anfibios corresponden al agua; los reptiles, a la
tierra; las aves, al aire, y los mamíferos, por su sangre caliente, al
fuego.
Desde un punto de vista del arte simbólico, los animales se dividen en
naturales (con frecuencia diferenciados en pares de contrarios: el
sapo es la antítesis de la rana; la lechuza, del águila) y fabulosos;
éstos ocupan en el cosmos un orden intermedio entre los seres definidos
y el mundo de lo informe. Probablemente pudieron ser sugeridos por
hallazgos de esqueletos de animales antediluvianos; por el aspecto de
seres equívocos, aún siendo naturales (plantas carnívoras, erizos de
mar, pez volador, murciélago), los cuales son símbolos de perduración
caótica, de transformismo, pero también de voluntad de superación de
formas dadas; y constituir a la vez poderosos sistemas de proyección
psíquica.
Los más importantes de los animales fabulosos son los que siguen:
quimera, esfinge, lamia, minotauro, sirena, tritón, hidra, unicornio,
grifo, harpía, pegaso, hipogrifo, dragón, etc. En algunos de estos
seres la transformación es simple y posee carácter claramente
afirmativo, como las alas de Pegaso (espiritualización de una fuerza
inferior), pero las más de las veces el símbolo expone una perversión
imaginativa configurada. Sin embargo, una arraigada creencia humana en
los altos poderes de estos seres, corno también en todo lo anormal y
deforme, les confiere una extremada ambivalencia.
Hay animales, también, cuyo aspecto poco o nada tiene de ideal, pero a
los que se atribuyen cualidades no existentes, por proyección simbólica,
o sobrenaturales (pelícano, fénix, salamandra). Calímaco nos ha
legado un fragmento alusivo a la edad de Saturno, cuando los animales
hablaban (símbolo de la edad de oro, anterior al intelecto -hombre- en
que las fuerzas ciegas de la naturaleza, sin estar sometidas al logos,
poseían condiciones extraordinarias y sublimes). Las tradiciones hebrea
e islámica también se refieren a estos «animales parlantes».
Existen otras clasificaciones interesantes, como la de «animales
lunares», dada a los que muestran cierta alternancia en su vida, con
apariciones y desapariciones periódicas, en cuyo caso el animal, aparte
de su simbolismo específico, integra el de la esfera lunar. Schneider
cita asimismo una curiosísima atribución primitiva, por la cual los
animales que pueden simbolizar el cielo tienen la voz aguda si son de
gran tamaño (elefantes) y grave si son pequeños (abeja). Los
terrestres se comportan de manera inversa.
Algunos animales, por sus cualidades sobresalientes, en especial por su
neta agresividad y su belleza, como el águila y el león, han desempeñado
una función preponderante en el alegorismo mundial. Los animales emblemáticos
de los signum romanos eran: águila, lobo, toro, caballo y jabalí.
En simbolismo, cuando los animales (u otros cualesquiera elementos) se
relacionan, el orden siempre tiene importancia e implica, o una gradación
jerárquica, o una distribución espacial. Así, en alquimia, la jerarquía
se establece de arriba abajo por medio de los animales: fénix
(culminación del opus), unicornio, león (cualidades necesarias) y dragón
(materia prima). Las agrupaciones de animales suelen basarse en sistemas
de correspondencias y ordenación numérica: un caso central es el del
famoso tetramorfos bíblico y occidental; otro, el de los cuatro
animales benévolos chinos: unicornio, fénix, tortuga, dragón.
En el arte románico aparecen con particular frecuencia: pavo real,
buey, águila, liebre, león, gallo, grulla, langosta, perdiz. Su
sentido simbólico suele derivar de las Sagradas Escrituras o de los
escritos patrísticos, pero a veces se dan simbolizaciones obvias como
la relación entre el leopardo y la crueldad. Conocido es el simbolismo
mayor del palomo, el cordero y el pez, en el cristianismo.
La actitud de los animales simbólicos plasmados en una representación
puede explicarse casi literalmente: la contraposición de dos iguales o
diferentes, tan común en heráldica, corresponde al símbolo del
equilibrio (justicia, orden, tal como lo simbolizan las dos serpientes
del caduceo). En alquimia, la contraposición de dos animales de la
misma especie, pero de distinto sexo, como león y leona, perro y perra,
significa la contraposición esencial de azufre y mercurio, de fijo y
volátil. Un animal alado y otro sin alas exponen idéntica situación.
Este antiquísimo interés por el animal, como portador de expresiones cósmicas,
como modalidad natural de la creación investida de un sentido
significante (al margen de la mera existencia dada) pasa desde la aurora
neolítica hasta obras como Jubile van den Lleyligen Macarius (1767),
donde se describen procesiones en las que cada carroza simbólica lleva
un animal (pavo, fénix, pelicano, unicornio, león, águila, ciervo,
avestruz, dragón, cocodrilo, jabalí, cabra, cisne, pegaso,
rinoceronte, tigre, elefante). Los mismos y otros muchos (ánade, asno,
buey, búho, caballo, camello, carnero, cerdo, ciervo, cigüeña, gato,
grifo, ibis, leopardo, lobo, mosca, oso, pájaro, paloma, pantera, pez,
serpiente y zorra), constituyen el núcleo principal de las marcas de
papel, cuyo origen místico y simbólico está fuera de duda, y que se
expanden en Occidente desde fines del siglo XIII.
Ahora bien, buscando sentidos generales a cuanto llevamos expuesto, los
animales se relacionan con las ideas de montura (vehículo, medio),
sacrificio y vida inferior. Su aparición en sueños o visiones, como el
célebre cuadro de Füsli, expresa una energía indiferenciada, aún
no racionalizada ni sometida al imperio de la voluntad, entendiendo ésta
como dirigida contra los instintos. Según Jung, «el animal representa
la psique no humana, lo infrahumano instintivo, así como el lado psíquico
inconsciente». La primitividad del animal indica la profundidad del
estrato. La multiplicidad, como en todos los casos, empeora y
primitiviza aún más el símbolo.
La identificación con animales significa una integración del
inconsciente Y, a veces, como la inmersión en las aguas primordiales,
un baño de renovación en las fuentes de la vida. Es evidente que, para
el hombre anterior al cristianismo y las religiones no morales, el
animal representa más bien una magnificación que una oposición. Este
es el sentido de los signum romanos, de las águilas y lobos
triunfantes, colocados simbólicamente sobre los cubos (tierra) y
esferas (ciclo, totalidad), para expresar la idea de un instinto-fuerza
dominante y triunfante. (*)
(*)
Fuente:
Juan Eduardo Cirlot, Diccionario de Símbolos, Ed. Lábor, Barcelona
1991, pp. 69-73.
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